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24 diciembre

181. Maternidad


Maternidad, Pierre Augusto Renoir, Museo d´Orsay, París
Luchó con todas sus fuerzas para acabar con las ataduras que sometían a la mujer; combatió sin tregua las teorías que pretendían justificar el secundario papel que la sociedad había asignado a las mujeres en razón de una supuesta menor capacidad intelectual; denunció con tesón aquel reparto injusto que otorgaba preeminencia al varón y «la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer»; animó sin descanso a las mujeres, a sus compañeras («pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía»), para que asumieran sin complejos todo el protagonismo en la imprescindible regeneración patria; atacó con tesón el soporte ideológico que la Iglesia católica había suministrado durante siglos a la sociedad patriarcal, la secular colaboración del confesionario en el sometimiento de la mujer («Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre...»);  alertó del peligro que suponía prestar oídos a los aduladores de halago fácil y a los falsos salvadores («¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería!»)...

No rehuyó el combate frente a los creadores de opinión, frente a quienes utilizaban la tribuna, el púlpito o el escaño para defender la secular primacía del varón. Puso su palabra y su pluma al servicio del engrandecimiento de la mujer («por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?»). En primera línea de batalla la encontraron quienes pretendían conservar sus ancestrales prerrogativas:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia…

En primera línea de batalla, defendiendo su abolición (véase el comentario 90. La ramera ⇑),  la encontraron  «los hábiles gimnastas de la vida, que, en equilibrio constante sobre la sólida maroma de su egoísmo, dominan, con benévola sonrisa, la pública opinión» y presentan la prostitución como vicio preciso, como necesidad de la naturaleza o como mal que evita mayores males...

Y al hallar a la ramera más que culpable desgraciada, ¿cómo no revolverse contra el llamado fuerte, contra el hombre, y arrojar a su frente, manchada con pensamientos repugnantes, un anatema tremendo? ¡Fuerte! ¿Para qué? ¿Para someter a la debilidad?

En primera línea de batalla la encontraron también aquellos estudiantes que, incapaces de soportar lo que algunas mujeres a base de mucho esfuerzo estaban logrando, agredieron a unas universitarias a las mismas puertas de la universidad Central a la que habían osado acudir para recibir la misma formación que sus compañeros varones. Aquel grupo de agresores, rodearon a una de ellas «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cuando aquella noticia llegó hasta su casa gijonesa, doña Rosario no lo dudó, cogió su pluma y se despachó a gusto:

¡Ahí es nada!, ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales. ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas?... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos, y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?

Allí, en la primera línea de la batalla, recibió insultos e improperios, padeció persecuciones y procesamientos (también el exilio ⇑)... Todo por un objetivo: que las mujeres piensen por sí mismas y consigan liberarse de la pesada losa que las ha mantenido oprimidas durante siglos. La liberación de la mujer tan solo tiene un límite para ella: el mandato de la naturaleza, la maternidad. «Las solteras y las viudas hagan lo que quieran; las madres no pueden ser otra cosa que madres». La madre humana, al igual que el resto de las madres, debe supeditar cualquier cosa al cumplimiento de la misión encomendada. Son numerosos los textos en los que describe las muestras de amor con que obsequian las madres de las distintas especies a sus pequeñuelos: la mujer, en cuanto madre, no debe hacer menos, debe seguir el mandato de la Naturaleza y entregarse por entero a la tarea de prolongar la vida con el fruto de sus entrañas.  La lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene, pues, para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue:

No tuvimos hijos. Al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. Cuando desplegué mi atención para conocer a mis contemporáneos me estremecí de espanto al suponer que, acaso yo, habría tenido hijos como multitud de hijos de otras madres ¡Ah! ¡No! ¡Bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres; con los cerebros resquebrajados por herencias alcohólicas o sifilíticas; pingajos de carne macilenta donde fluctuara un espíritu indeterminado, tocado de los delirios de las falsas grandezas, sin más ideales que un libro de cheques, un sibaritismo principesco o una insultadora procacidad para conservar todas las menudencias de la vida!...

Sobre maternidad y naturaleza, sobre las madres de todas las especies trató en algunos de sus escritos. En Ni instinto ni entendimiento (⇑) describe con todo detalle el comportamiento de algunas madres de diferentes especies animales a las que escudriñó en más de una ocasión en el Jardín de Aclimatación situado a las afueras de París. Resalta el comportamiento de las madres monas a la hora de alimentar a sus crías. No puede resistir la tentación de compararlo con el de algunas madres humanas que observó en sus expediciones a lo largo de las tierras de España: «vi dar a niños de tres meses sopas hechas con chorizo [...] meter en la garganta de otros rorros bolas de jamón crudo y de patata cocida mascadas antes por la madre [...] cómo atascaban la boquita de otros niños con galletas mojadas en vino [...] a otros he visto darles castañas, almejas y percebes...».  La ausencia de entendimiento, la incultura, suponían un grave impedimento para que algunas madres racionales consiguieran superar las maravillas del instinto animal.

Si en el asunto de la alimentación de los pequeños el panorama no resultaba muy alentador, qué decir del horror que de tanto en tanto se asomaba a las páginas de sucesos de los periódicos dando cuenta de algunos macabros infanticidios. Rosario de Acuña reflexiona acerca de estas atrocidades en Las madres (⇑), un proyecto de libro que, según parece, no llegó a ser y del que tan solo conservamos algunos fragmentos. Para ella, aquellas muertes son todo un síntoma,  una manifestación más de la profunda hipocresía que anidaba en aquella España dominada por el oscurantismo:  «¡Oh! ¡Las madres!, ¡las madres humanas... y cristianas! ¡Qué edificantes!, ¡qué sublimes!, bien cuando queman o despedazan a sus hijos, bien cuando rellenan las inclusas a los nueve meses del carnaval, o a los nueve meses de la feria del pueblo».

Queda mucho por hacer, mucho atraso e incultura que vencer. La mujer es la víctima propiciatoria de los vacíos convencionalismos, las hueras normas, las apariencias vanas y los comportamientos fatuos con que se nutre esa sociedad; es la primera damnificada de la ignorancia y la superstición que invade la vida patria. Es preciso conseguir que las madres preparen el camino a las nuevas generaciones para que puedan formarse con planteamientos bien diferentes a los que han originado aquella sociedad decadente: en un nuevo ambiente, con una nueva formación, los hombres y mujeres del mañana habrán de ser diferentes.

¡Mujeres, mujeres futuras!, ¡solo madres!, ¡salud! ¡Salve a vuestra majestad, a vuestra libertad, a vuestra consciente mayoría de edad en las décadas de los siglos, a vuestra liberación del macho, que afirmará sobre el planeta la evolución del racionalismo en sus más culminantes alturas! 




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18 junio

116. La Voz de la Mujer: periódico comunista-anárquico


Su testimonio alimentó durante años la esperanza de numerosas mujeres; y muchas fueron las que públicamente agradecieron su valentía. Las páginas de Las Dominicales son buena prueba del entusiasmo que despertó entre las librepensadoras su adhesión a la causa. Pero no sólo fueron ellas; hubo otras, –ya fueran socialistas o anarquistas, ya fueran  «despreciables e ignorantes mujeres» que luchaban por acabar con la postración social en la que se encontraban– que leían, estudiaban y debatían muchos de sus escritos. En España y en América.

Un ejemplo de la amplia repercusión que tuvo el testimonio de Rosario de Acuña lo encontramos en La Voz de la Mujer, una publicación editada en Buenos Aires a finales del siglo XIX que «aparece cuando puede», teniendo los primeros ejemplares periodicidad mensual. Gracias a la edición que realizó en 1997 la Universidad Nacional de Quilmes tenemos a nuestro alcance su contenido.

Cabecera de La Voz de la Mujer

De los objetivos de la publicación nos da cuenta el número inicial, que salió a la calle el 8 de enero de 1896. Allí podemos leer las intenciones de sus promotoras:

 Entonces quisimos romper con todas las preocupaciones y absurdas trabas, con esta cadena impía cuyos eslabones son más gruesos que nuestros cuerpos. Comprendimos que teníamos un enemigo poderoso en la sociedad actual, y fue entonces también que mirando a nuestro alrededor, vimos muchos de nuestros compañeros luchando contra la tal sociedad; y como comprendimos que ése era también nuestro enemigo, decidimos ir con ellos en contra del común enemigo, mas como no queríamos depender de nadie, alzamos nosotras también un jirón del rojo estandarte; salimos a la lucha sin Dios y sin jefe.

He aquí, queridas compañeras, el porqué de nuestro periódico, no nuestro sino de todos, y he aquí, también, porqué nos declaramos COMUNISTAS ANÁRQUICAS, proclamando el derecho a la vida, o sea, igualdad y libertad.

La reacción a aquella iniciativa de tan combativas mujeres no se hizo esperar. Ellas mismas lo cuentan en el siguiente número, publicado el día 31 de ese mismo mes de enero:

Apareció el primer número de La Voz de la Mujer, y claro ¡allí fue Troya!, «nosotras no somos dignas de tanto, ¡ca! no señor», «¿emanciparse la mujer?», «¿para qué?», «¿qué emancipación femenina ni qué ocho rábanos», «¡la nuestra, venga la nuestra primero! y luego cuando nosotros, "los hombres", estemos emancipados y seamos libres, allá veremos» La lucha sería larga, no les cabía duda alguna. No había más remedio que prepararse para una larga contienda; que pertrecharse bien pertrechadas con cuantos argumentos pudieran utilizarse en la batalla, también ideológica, que cada mujer debía de entablar en cada hogar. Toda ayuda era poca, toda luz insuficiente, razón por la cual no dudaron en echar mano de aquella que alumbraba en la distancia, al otro lado del océano. Y así fue como en ese mismo número dos que salió a la calle a finales del mes de enero de 1896, ocupó las páginas de La Voz de la Mujer un texto de Rosario de Acuña bajo el título «A los críticos».
Página de La Voz de la Mujer donde aparece el texto de Rosario de Acuña

¡Cómo, pues, sintiendo en mí algo de águila, había de pasar sobre tan hondas, monstruosas y sangrientas iniquidades, sin hundir mis garras en ellas, y sin agitar mi vuelo en derredor para que se disipe en lo posible el aire pestilente que envenena las almas de las desgraciadas mujeres!

¡De esas mujeres bárbara y miserablemente opresas por leyes arbitrarias y costumbres en pugna con los principios de la pura moral; inspiradas y protegidas por una secta farisaica que, nombrándose pomposamente emancipadora de la mujer, no intenta otra cosa que sumirla en la mansedumbre y en la resignación de los siervos; anulando su voluntad con torpes halagos, embruteciendo su entendimiento con viles concesiones; empequeñeciendo su espíritu con groseros artificios; llevando sus aspiraciones hacia todo lo mísero, lo vano, lo inútil, y haciéndola temer, o despreciar, todo lo positivo, lo trascendental, lo beneficioso; entregándosela al hombre, no como su compañera, sino como su hembra, y para mayor escarnio recomendándole la consideración hacia ella! ¡Como si en un concubinato, y lo es la unión de dos almas desemejantes, pudiera haber otra cosa que tirano y siervo!

¡Condición real del alma de la mujer en manos de esos seides del autoritarismo, los cuales no cejan en sus propósitos hasta no rendirla sumisa y dócil, como torpe bestia, en una conformidad sin límites, inagotable, que la entregue indefensa, y lo que es mis horrible, satisfecha, al soberbio amor propio del hombre, sin dejarla otro medio de apelación a los ultrajes que reciba, que una astucia de culebra y e1 envilecimiento de ciertas venganzas!

¡Oh!, que no le fuera dado a mi voluntad el poder de emitir una voz tan penetrante como dicen que será la de la trompeta apocalíptica, para que a sus voces se levantase los cadáveres de las almas femeninas y aunque fuera desgarradas y corruptas se alzasen en impotente muchedumbre, reclamando justicia ante la conciencia universal.

Está claro que las editoras de La Voz de la Mujer conocían bien la obra de Rosario de Acuña, al menos lo suficiente como para elegir de entre sus escritos alguno que viniera a consolidar su propia visión de la situación de la mujer. Optaron por utilizar un fragmento de un artículo  titulado «A Lo Anónimo» (⇑), que había sido publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento unos años antes, para lanzarlo contra quienes habían criticado su posición y el propio nacimiento de aquel órgano de expresión. Lo encabezaron como sigue:

A los críticos

Para que se vea que no sólo nosotras, sino muchas más, comprenden el triste estado y pésima condición de la mujer...

Aquel texto venido del otro lado del océano no sólo servía como arma arrojadiza contra los «falsos anarquistas», a quienes se les llena la boca de libertad y en el hogar quieren ser unos zares; también habría de servir para fortalecer los ánimos de las mujeres, para abastecer de pertrechos ideológicos, de argumentos a sus lectoras. Así que, ¡manos a la obra!:

Estúdiese este artículo y reflexiónese, y se podrá formar una idea de nuestra condición social.

La voz de esta mujer llamada Rosario de Acuña Villanueva volvía a atravesar el Atlántico, como ya lo había hecho para posarse en las páginas del semanario mexicano El Álbum de la Mujer tras convertirse en la primera en ocupar la tribuna del Ateneo madrileño; como hizo más tarde en las de El Progreso neoyorquino, cuando se hizo pública su adhesión a la causa del librepensamiento (véase el comentario 106. Heroína en Nueva York ⇑). La voz de esta mujer, incansable y generosa, estaba siempre pronta a partir hacia «la hermosa y fecunda hija de España». La voz de esta mujer encontraba siempre un hueco para apoyar a cuantas mujeres, sus amigas y compañeras («pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía»), se aprestan a la lucha frente a una sociedad que hace de la mujer la primera víctima:

... la desdichada mujer, que sube al patíbulo si mata, que se la empadrona en la infamia sí cae, que se la hunde en el hospital si la contagian, que se la asesina impunemente si falta, y que en cambio se la tiene como un menor de edad (¡!) para todos los actos de la vida en los cuales se trate de legislaciones, privilegios y regalías.



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22 diciembre

47. «La hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación»


Dejando al margen, que ya es dejar, las penalidades padecidas por su enfermedad ocular, esa  conjuntivitis escrofulosa que por temporadas atenazó su dolorida mirada, bien podríamos afirmar –a la luz de sus escritos– que tanto la infancia como la mocedad de Rosario de Acuña transcurrieron por gozosa y feliz senda. Visto desde fuera del escenario, el de 1876 fue un año para remarcar: la crítica y el público se deshacen en elogios tras el estreno de Rienzi el tribuno (⇑); animada por el éxito cosechado por su primer drama, publica el poemario Ecos del alma (⇑); se casa con un joven oficial del que, según se dice, está muy enamorada... El país del sol está radiante... La ópera, el teatro, los viajes, Andalucía... La católica, burguesa y monárquica Rosario de Acuña y Villanueva, convertida en señora de Laiglesia, parte ilusionada hacia Zaragoza...

No conocemos con  detalle lo que sucedió durante los tres años y medio que pasó en tierras aragonesas, pero lo cierto es que  en 1880 el matrimonio regresa a Madrid, y nuestra protagonista parece que lo hace con otra mirada. No le gusta lo que ve; no le gustan ni la hipocresía, ni la vanidad, ni la falsedad que impregnan la vida de las ciudades: la patria, su querida patria, necesita una cura... No, España no va bien y algo hay que hacer para enderezar su rumbo. Toca tiempo de reflexión, de leer y releer a quienes hablan de regenerar la patria. Coincide con ellos en el objetivo, pero difiere en quién ha de ser protagonista del cambio. En su opinión, todo intento de regeneración debe pasar por la mujer, sin ella cualquier cambio es imposible.

Desde entonces, mediados de los ochenta, y hasta el mismo momento de su muerte, las mujeres se convertirán en las principales destinatarias de sus propuestas para regenerar la patria; junto a ellas, sus hermanas, caminará en busca de esa sociedad justa, regida por la VERDAD que, diez o veinte generaciones más adelante, habrá de alumbrar el porvenir.

No son pocos los escritos en los cuales Rosario de Acuña analiza la situación de la mujer, en los que anima a sus hermanas a estudiar, a trabajar o a empezar una lucha –que ella imagina durará varias generaciones– para conseguir que, al fin, la mitad de la humanidad camine al lado de la otra mitad por la senda del progreso en busca de la Verdad.

Grabado publicado en la portada de El Correo de la Moda, 26-5-1886

He aquí una pequeña muestra, unos párrafos del artículo «A las mujeres del siglo XIX» (⇑), publicado en Las Dominicales del Libre Pensamiento en diciembre de 1887:

«...el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a la mujer como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aún a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He ahí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es sólo la hembra del hombre… Carga de los padres en su juventud, procuran hacerla antes bella que útil, antes sagaz que digna, antes vanidosa que honrada, antes sensual que inteligente, antes mercadera que trabajadora, viniendo a colocarla en las contrataciones sociales como deleite impuro de los sentidos, no como chispa luminosa de las inspiraciones.
[...]

« El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! » 
[...]
 «... protestad del pasado; del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, «vaso de inmundicias»; «escorpión de cien cabezas»; «el mayor de todos los demonios», y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados «santos padres del catolicismo»; acordaos de que hubo un concilio de eminencias de la secta, en el que, sólo por tres votos, se aprobó que el alma de la mujer era superior a la del animal, y mandad a Roma vuestra protesta.
[...]

« Nosotras, nuestras hijas y nuestras nietas morirán siervas; y es en vano que el alma suba, y el entendimiento crezca, y la voluntad se acrisole, y el corazón se abnegue, antes de que el astro de la nueva era comience a lucir en el rosado oriente, el sudario de la tierra envolverá con sus pliegues sombríos los despojos de nuestros huesos. ¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos! ¡Todas las amarguras, y las humillaciones, y los trabajos, y las penas, y los sacrificios, y las anulaciones, son nuestras; y todas las felicidades, y las grandezas, y los descansos, y las satisfacciones, y las glorias, y las dignidades, serán de nuestras nietas; alejad de vosotras la más efímera y leve idea de triunfo que os seduzca con sus espejismos de dicha. Esta hora nuestra es la hora del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación.»

No es el único escrito que dedica a la mujer. He aquí algunas otras recomendaciones, algunos otros de sus escritos que tienen a la mujer por protagonista:


Por si no fuera suficiente, también se puede consultar el capítulo «Las mujeres: sus hermanas» (⇑) y estos otros textos suyos: Algo sobre la mujer (⇑) (uno de sus primeros artículos sobre el tema), «Carta abierta. A la señorita María Oliva Riestra Rubiera» (⇑), «¡Justicia!...¡Justicia!...¡Justicia!» (⇑) .


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 27-2-2010.




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