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lunes, 24 de agosto de 2009

20. Tocaba nadar contra corriente


Conocedor como era de mis investigaciones, en el otoño de 2004 Francisco Alonso Llano, director entonces y ahora del instituto que en Gijón lleva el nombre de nuestra protagonista, me habló del interés que tenía en publicar un libro sobre Rosario de Acuña: el mejor recuerdo que, según sus palabras, habrían de tener los alumnos cuando, terminados los estudios de Bachillerato, abandonasen sus aulas. Me preguntó si estaba dispuesto; a lo que yo, tras agradecerle que hubiera pensado en mí para el proyecto, le contesté con una petición de tiempo para sopesarlo.

Aunque la propuesta resultaba muy estimulante, me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, no supusiera una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando; de si sería capaz de ofrecer un primer trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo.

Me tomé su tiempo. El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias: una parte de su biografía, la que más interés podía tener, ciertamente, para los alumnos del instituto que lleva su nombre, y un enfoque diferente a aquel con el que se concibió Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato.

Aunque no había concluido, ni mucho menos, mis investigaciones ya podía aportar algunos datos que podían clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. En aquellas páginas aparecían datos contrastados de su familia, especialmente de la paterna, rama de los Acuña, originarios de Portugal, que se había asentado en Baeza; de sus famosos parientes, que no tíos, –el uno renombrado político y académico, el otro cardenal–; de los tíos carnales, entre los que destacaba Antonio de Acuña y Solís, gobernador civil en varias provincias; de su cercanía y parentesco con la nobleza, aunque doña Rosario no hubiera ostentado el título de condesa de Acuña que tantas veces se le había adjudicado; del historial académico y profesional de su admirado padre... Se rescataba del anonimato a Rafael de Laiglesia y Auset, su marido, a quien una errónea transcripción de su segundo apellido le condenó al mundo de los no existentes (véase el testamento ológrafo de la escritora), de quien se decía que tras su paso por el ejército, actividad que se conocía, había ejercido como director de la sucursal del Banco de España en Alicante, ciudad en la que había muerto... Se documentaba la figura de Carlos de Lamo y Jiménez, quien durante casi cuarenta años fue el compañero de vida de la escritora, por más que casi siempre fuera presentado como su sobrino; también la de Regina, su hermana, quien tantas cosas tenía en común con doña Rosario; gracias todo ello a las aportaciones de Lidia Falcón O´Neill, sobrina-nieta del primero, y nieta de la segunda... Y se aportaban datos que ponían en cuestión todo lo referido a la fecha y lugar de nacimiento de la escritora.

Cuando años atrás, empecé a interesarme por la trayectoria de esta mujer, pude comprobar que existían pocos datos y que en cuanto al lugar de su nacimiento éstos eran contradictorios, pues había quien decía que lo había hecho en Bezana, en Galicia o en Cuba, aunque las localidades que más veces aparecían citadas eran las de Pinto y Madrid. En cuanto al año de nacimiento, parecía existir unanimidad: 1851. No obstante, a medida que avanzaba en mi investigación empezaron a surgir dudas, no tanto en lo que a la localidad se refiere, pues pronto di con escritos de la escritora en la que aseguraba haber nacido en la capital de España, como al año de su nacimiento. Tanto fue así, que fui fijando en un calendario las referencias que iban surgiendo al respecto y no tardé en darme cuenta de que había más datos que apuntaban hacia 1850 que los que lo hacían a un año después. En estas estaba cuando me topé con la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española... escrita por Fernández de Bethencourt en 1901. En el capítulo titulado Las casas de Acuña en Baeza leo lo siguiente:
«Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la Parroquial de San Martín; escritora y poetisa notable, autora del drama Rienzi el tribuno, y, entre otros muchos trabajos del libro titulado En el campo...»
Aquel hallazgo no hacía otra cosa que dar solidez al resto de evidencias que por entonces barajaba y que apuntaban a ese primer día de noviembre del año 1850:

a) En varios escritos suyos la escritora señala que nació en 1850: «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía» (1917); «¡Justicia!...¡Justicia!...¡Justicia!» (1920); y en una carta dirigida a José Nakens y publicada en El Motín el primer día del año 1923 (se podrían citar varios más), por más que algunos, sin duda incómodos con la incomprensible insistencia de la escritora en llevar la contaria a quienes se empeñaban en hacerla nacer un año después, llegaran a escribir en la reproducción de alguno de estos artículos una nota aclaratoria con las, para mí, intrigantes palabras siguientes : «En varios escritos del final de la vida de la autora aparece, 1850, como año de su nacimiento, en lugar de 1851. ¿Olvido, o una curiosa expresión de coquetería?»

b) Aquella fecha del primero de noviembre de 1850 no contradecía lo manifestado en el certificado de defunción, en el que se decía que la finada contaba en el momento de su muerte con «setenta y dos años de edad», pues de ser cierta mi hipótesis, los setenta y tres años los habría cumplido, en efecto, el primero de noviembre del año 1923.

c) Estaba además lo de las flores rojas que dos veces al año, el 5 de mayo y el primer día de noviembre, una admiradora fiel, de la que hablaré en otro momento, depositaba sobre su tumba. Al respecto escribía yo entonces: «Es bastante improbable que una persona de su círculo de amistades, que le profesaba respeto y cariño, que había participado en la creación de un comité para ensalzar la vida y obra de la pensadora, que conocía las penalidades que la escritora había padecido frente al clericalismo reinante, tuviese la ocurrencia de acudir al cementerio coincidiendo con una fecha señalada en el calendario litúrgico de los católicos. Por el contrario, pienso que si lo hacía, a pesar de todas estas consideraciones, es porque había una razón de peso: ese día era un día importante en la biografía de doña Rosario»

Para mí las argumentaciones eran muy convincentes. Faltaba, no obstante, la prueba irrefutable que, después de varias indagaciones, estaba próximo a recibir, pero no terminaba de llegar y todo estaba previsto para que el libro fuera presentado el 5 de mayo de 2005, coincidiendo con el aniversario de la muerte de la escritora, al objeto de que a finales de ese mismo mes pudiera ser entregado a los alumnos del instituto que terminaban entonces sus estudios.

Así que, a falta del documento definitivo, «osé» ir contra la corriente y afirmar que, a pesar de lo que machaconamente se había venido afirmando, Rosario de Acuña y Villanueva «ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la será años más tarde la Gran Vía madrileña». Poco tiempo después llegaba la documentación que había solicitado tiempo atrás, en la que figuraba la partida de bautismo de la escritora donde, en efecto, se confirma lo que ya había quedado escrito en el libro.

Aunque algunos ya han rectificado, todavía podrá encontrar el lector interesado el año equivocado en muchas reseñas de la escritora. Si resulta lógico en manuales y enciclopedias, no lo es tanto en el caso de bibliotecas y páginas web. Esperemos, no obstante, que el tiempo juegue al final su papel.


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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 24-8-2009

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