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jueves, 28 de febrero de 2019

184. De la tutela del padre a la tutela del esposo



Retrato de una joven (siglo I d.C, pintura al fresco, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles)
Con tan solo veinticinco años, saboreando con deleite el éxito de Rienzi el tribuno (⇑), cuenta que su afición por la poesía viene de bastante tiempo atrás, que desde bien niña empezó a hacer versos:  «desiguales renglones que con lápiz, carbón, o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta».  Los parabienes de los más próximos se habrían de convertir en el acicate más eficaz para que aquella temprana inclinación no se fuera difuminando con el paso del tiempo. Tanto su padre como su madre debieron de ver con buenos ojos las incipientes aficiones literarias de la hija, que bien pudieron ser consideradas como el esperado producto del mimo que habían puesto en su formación, salpicada de buenas lecturas, instructivos viajes y frecuentes conciertos. Más que eso: por los datos que disponemos, tal parece que Felipe de Acuña no escatimó ni tiempo ni dinero a la hora de apoyar la actividad de su hija, hasta el punto de llegar a ejercer lo que bien podríamos considerar labores propias de un agente literario. 

Parece ser que don Felipe disponía de una bien nutrida lista de contactos que no dudó en utilizar para mayor gloria de su hija. Metido en faena, no debió de parecerle mala idea enviar artículos y poesías a algunos de sus conocidos que contaban con cierta influencia en la redacción de algún periódico liberal; tampoco la de recabar opinión y sugerencias de críticos y autores consagrados. Tal es el caso de Antonio Fernández  Grilo, Antonio Ros de Olano o de Adelardo López de Ayala, quienes le envían a vuelta de correo comentarios sobre algunos de los textos de la joven escritora. Tras el éxito de Rienzi, la actividad de Felipe de Acuña se incrementa notablemente, aplicándose en tareas de promoción de la obra y en la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. El marqués de Dos Hermanas le habla del número de ejemplares que pueden venderse en La Habana (también le dice que el rey piensa asistir a la representación); Manuel de Elola y Heras, por entonces gobernador de Navarra, le pide algún ejemplar, al tiempo que le felicita por el éxito obtenido; José de la Calle le escribe desde Valencia acerca del posible estreno de la obra en  aquella ciudad; el actor Rafael Calvo lo hace desde Barcelona para contarle que no ve factible que allí se pueda estrenar a corto plazo. El tenor Enrico Tamberlick, compañero de cacerías con quien mantiene correspondencia, tampoco se olvida de felicitarlo.

El año del éxito de Rienzi el tribuno fue también el de su matrimonio. Rosario de Acuña se casa con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de infantería con el grado de capitán y el matrimonio se traslada a Zaragoza, ciudad a la que es destinado el militar. Todo cambia tras la boda. Según la legislación de entonces, es al marido a quien corresponde ejercer la tutela de la joven escritora. La Ley de matrimonio civil de 1870, aunque modificada parcialmente, sigue vigente en este asunto: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab intestato sin licencia de su marido, a no ser en los casos y con las formalidades y limitaciones que las leyes prescriben». Cierto es que, según parece, el cambio  no se produjo de manera brusca. Al principio padre y marido compartieron administración y tutela, una manera de solventar los inconvenientes que para Rosario suponía vivir alejada de la Villa y Corte: don Felipe podría realizar personalmente las gestiones que fueran necesarias. 

Un documento de 1879 puede servirnos de esclarecedor ejemplo acerca de cómo funcionaría en la práctica esta tutela compartida. Se trata de una carta que con fecha 22 de mayo envía Eduardo Hidalgo a Rafael de Laiglesia. El remitente, que  lo hace en calidad de responsable de Administración Lírico Dramática, la empresa editora de los dos primeros dramas de Rosario, adjunta a la misma la liquidación de la cuenta de ejemplares vendidos de Amor a la patria (⇑), su segundo drama, estrenado en Zaragoza.  El editor complementa el estado de cuentas con algunas anotaciones que bien pueden ilustrarnos sobre el asunto: le dice que los gastos de impresión fueron satisfechos por Felipe de Acuña (probablemente hizo lo propio con los libros anteriormente publicados), a quien entregó parte de los ciento treinta ejemplares que figuran en  la casilla «Entregados al autor» (el resto fueron para diversos actores).

Contando como parece ser que contaba con el beneplácito paterno, en Madrid tuvo las puertas abiertas para acariciar la gloria literaria: Rienzi fue la prueba. En Zaragoza las cosas parecen bien diferentes. La ley lo deja bien claro: al esposo le corresponde «proteger a su mujer» (art. 45); a la esposa, «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia» (art. 48). Para quien como ella además de mujer era escritora, estaba previsto el artículo 52: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente». A las cortapisas legales a las que está sometida por ser una mujer casada, debe añadir los inconvenientes derivados de su residencia en la capital aragonesa, alejada de Madrid, su ciudad natal y el principal centro literario del país (véase el comentario 114. Ostracismo zaragozano ⇑). Si como resultado de todo ello se produce el extravío de un «drama inédito y original, en prosa  y en tres actos» cuyo manuscrito envió a su editor en 1880 y del cual nunca más tuvo noticia,  no debiera de resultar extraño que, cuando la ocasión se presente, Rosario de Acuña y Villanueva tome las medidas oportunas, incluidas las legales, para librarse de tanta tutela, pero eso será asunto de próximos comentarios.  

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