lunes, 9 de marzo de 2020

208. El paseo que (casi) nadie conoce


La Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón ha editado una agenda y un calendario con el título Mujeres míticas (⇑). El mes de marzo está dedicado a Rosario de Acuña, de quien se dice lo siguiente: 

«Escritora, poeta, pensadora y periodista de origen aristócrata, tenía un talante librepensador e ideología republicana. Algunas de sus obras son Rienzi el tribuno, Amor a la patria o Tribunales de venganza. Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas y defensora de la igualdad social de la mujer y el hombre. Ilustre vecina que se afincó en Gijón/Xixón en 1909, participó activamente en la vida política, social y cultural de la ciudad. El Paseo Rosario de Acuña recuerda su paso por el Cervigón.»

El texto hace referencia a alguna de las razones que, a no dudar, tuvo en cuenta la corporación municipal para dar su nombre a un paseo situado en las proximidades de la que fue su casa gijonesa. Tal y como cuenta mi muy estimado Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón, el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento de Gijón acordó denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Un tramo del paseo Rosario de Acuña (archivo del autor)

Pues bien, tal parece que el citado paseo se haya quedado recluido en el ámbito de los papeles, aquellos que sirvieron de soporte al acta de la sesión en la cual se tomó el acuerdo referido, y estos que conforman la agenda y el calendario que para el presente año ha editado la citada Oficina. Llevo años formando parte del numeroso grupo que, cotidianamente y de formas muy diversas, disfruta del muro que bordea la bahía gijonesa y no he encontrado hasta el momento referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el denominado Paseo Rosario de Acuña.

Cierto es que este muro, que fue construido para proteger a la población de los embates del mar, ha dado nombre a este espléndido paraje de la geografía urbana, y que la mayoría lo conoce como El Muro, por más que unas placas de cerámica situadas en la pétrea base que sustentan las luminarias se empeñe en decirnos cada doscientos cincuenta metros que nos encontramos en el «Paseo litoral de San Lorenzo». Su íntima relación con el mar le otorga la singularidad que lo diferencia y distingue de las calles con las que comparte relación administrativa. Nada hay que recuerde a quienes por él caminan, corren o patinan que se encuentran en la calle Ezcurdia o en la avenida de Rufo Rendueles. Por ello resulta sorprendente que el único indicador relacionado con el callejero que nos encontramos en El Muro se localiza en el lugar en el que aproximadamente debiera comenzar el paseo Rosario de Acuña. Se trata de una placa colocada en una de las farolas que se alza sobre la granítica acera y lleva la siguiente leyenda: avenida de José Bernardo.

Aunque todo es Muro, tramos hay que tienen su propia singularidad. En los inicios se encuentra el Campo Valdés; de todas las escaleras que lo jalonan, hay una con nombre propio: la Escalerona; luego está el puente sobre el río Piles; y las esculturas que han dado nombre a las zonas donde se ubican: Les Chapes y La Lloca. Precisamente ahí, en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante, El Muro cambia de fisonomía: abandona la compañía de la carretera, se estrecha y muda de pavimento. Quizás ese fuera el lugar en el cual comenzara el paseo Rosario de Acuña tras el cambio producido en el lugar con la construcción de una urbanización en la zona. La farola allí situada parece probarlo, pues aún conserva lo que bien pudieran haber sido los soportes de una placa informativa, ahora ausente.   

No fue esta de 1990 la primera vez que el Ayuntamiento gijonés situó a Rosario de Acuña en el callejero. Lo hizo en dos ocasiones anteriores. La primera sucedió en el verano de 1923 (⇑), a los pocos meses de su muerte. A propuesta del Ateneo Obrero, con catorce votos favorables y tres en contra, el pleno municipal acuerda dar el nombre de «Avenida de Rosario de Acuña» al camino que va del Piles a la Providencia. Pocos días después, un grupo de vecinos de la zona presentó un recurso de alzada ante el gobernador civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Según cuenta la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica que oculta la existencia de algunas personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura más atenta nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si a la conocida posición ideológica de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de La Providencia), cabe pensar que las cuestiones de orden material que se aducen no fueran las únicas, que algunos no estaban dispuestos a tolerar que el camino que conduce a la ermita llevara el nombre de una mujer, librepensadora y masona.  Pasados unos meses, la autoridad gubernativa revoca el acuerdo tomado por el consistorio. Rosario de Acuña se queda sin «su» avenida.

Habrá que esperar a la proclamación de la Segunda República para que tenga lugar un segundo intento (⇑). El 30 de abril de 1931 el Ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así fue como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación oficial de «Avenida de Rosario de Acuña». En 1937 las nuevas autoridades, que fueron elegidas por la fuerza de las armas para gestionar el municipio, deciden sustituir el nombre por el de «Avenida de Italia», como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en julio de 1936.

A finales del siglo XX todo hacía indicar que las circunstancias resultaban más favorables para que, tras dos intentos fallidos, Rosario de Acuña tuviera al fin un lugar en el callejero de su ciudad, la que eligió para vivir sus últimos años, y donde quiso permanecer para siempre. Sorprendentemente y por razones que no alcanzo a comprender, casi treinta años después de que el Ayuntamiento así lo acordara, el de Rosario de Acuña se ha convertido en un paseo que (casi) nadie conoce. Un paseo semiclandestino del cual y paradójicamente tan solo existe constancia en algunos documentos oficiales; también en el espacio dedicado al mes de marzo en la agenda que, con el título Mujeres míticas, ha editado la Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón.

Quizás sea este un buen momento, me refiero al mes de marzo del año 2020, para que el paseo Rosario de Acuña salga de los papeles y se haga presente en el lugar señalado. Bastarían un par de placas que así lo indicaran. Sería una excelente forma – no muy costosa, según mi parecer– de dar mayor visibilidad a una mujer ejemplar, de preparar el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa. Nos quedan tres años por delante.

La Nueva España, edición de Gijón, 14-3-2020




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