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martes, 18 de julio de 2017

163. Por la canal del Embudo


Necesitábamos pernoctar en Espinama,  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras.

Año a año recorría durante meses la geografía hispana. Primero acompañada de Gabriel, su fiel criado; más tarde de Carlos de Lamo, su joven y valeroso amigo. Muchas leguas a caballo, muchos lugares, muchas historias. El lance al que se refiere en esta ocasión tiene por escenario el macizo oriental de los Picos de Europa,  y sabemos de él porque la protagonista se lo cuenta al escritor Antonio Zozaya en carta (⇑) que le envía para agradecerle el elogioso artículo que el jurista y publicista publicó en el periódico La Justicia tras el estreno de El padre Juan (⇑), el drama prohibido por la autoridad gubernativa la noche misma de su  estreno.
 
Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa», y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Tiene razón. La aventura que nos está contando tiene lugar a finales de la década de los ochenta y no será hasta algunos años más tarde cuando las crónicas den cuenta de las primeras ascensiones conocidas a algunas de las cumbres de esos Picos de Europa protagonizadas por Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud: Morra de Lechugales, Peña Vieja (1890), Pica del Jierro (1891), Torrecerredo (1892)...

 Torrecerredo y Peña Vieja en un mapa topografíco del Instituto Geográfico Nacional

... se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), 

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar:  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

Un momento. Volvamos a leer: «... quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo» ¿Estaban en la cima del pico Torrecerredo? ¿Rosario de Acuña y Villanueva y sus dos acompañantes habían ascendido a la cima más alta de los Picos de Europa y lo habían hecho dos o tres años antes que el conde de Saint-Saud?

Montañeros, estudiosos del montañismo, especialistas en el tema... ¡tranquilidad! Entiendo que cueste aceptar que se venga a poner en duda algo que se ha venido dando por cierto durante tanto tiempo... Vayamos por partes.

Dejemos por ahora el Torrecerredo y vayamos a otro de los picos que doña Rosario afirmó haber ascendido por entonces: El Evangelista. La mención por la escritora de su ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de topónimo semejante. Aquello parecía suficiente para poner en duda sus supuestas ascensiones, tal vez un recurso literario de una escritora decimonónica. Aquella conclusión no satisfizo a todos, pues doña Rosario no era dada a artificios de aquel tipo. Tal fue el caso de Daniel Palacio (⇑) que investigó con afán el asunto, hasta el punto de aclararlo. En las páginas de  «Rosario de Acuña. Homenaje», publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992,  nos cuenta que el pico que actualmente conocemos como Pica del Jierro aparecía citado en algunos mapas de finales del XIX con la denominación «pico El Evangelista». O sea que sí existía y  que, al parecer,  tenía que ver con  la existencia de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista.

Por tanto, gracias a las investigaciones de Daniel Palacio, sabemos ahora que –a pesar de las dudas suscitadas por el desconocimiento y, tal vez, los prejuicios–   el pico El Evangelista sí existía y, por tanto, no hay razón alguna para dudar que Rosario de Acuña hubiera ascendido a su cumbre, situada a 2425 metros de altura, durante una expedición que efectuó por los Picos de Europa a finales de la década de los ochenta. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint–Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista; por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Bien. Admitamos lo de El Evangelista; también la ascensión al resto de picos que se citan en  «Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano» (⇑) (La Nueva España, 6-2-2006),  pero lo del pico Torrecerredo es, ciertamente, otra historia. La posibilidad de que hubiera ascendido a esa cima resultaba más difícil de admitir, no tanto por tratarse del techo de los Picos de Europa, sino porque su descripción no se corresponde con aquel escenario:

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. 

Aquello no terminaba de encajar. Lo del heno alpino y la hierba finísima resultaba bien extraño. No obstante, había que seguir investigando sobre el asunto. A ello me comprometí en aquel artículo escrito hace once años. Pregunté a montañeros conocedores de la zona y todos me decían lo mismo: lo que allí se describía no era el Torrecerredo.

Hace unos meses di con un comentario que sí podría explicar aquel asunto. La clave estaba en una parte de la descripción:

El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. 

«La olla de los embudos». Tanto el nombre como la descripción bien podrían coincidir con la zona conocida como canal del Embudo, un serpenteante sendero en la zona de Liordes con cerca de novecientos metros de desnivel. 

La Canal del Embudo en un mapa del Instituto Geográfico Nacional

Con estos datos en la mano el investigador Ramón Sordo Sotres, gran conocedor de los Picos, nos ofrece una hipótesis que resulta ciertamente verosímil y que fue publicada en Foropicos (⇑), un espacio dedicado a la montaña especializado en Picos de Europa. Según su versión de los hechos, doña Rosario de Acuña y sus acompañantes bien podrían estar situados frente «al monstruo de la cordillera Peña Vieja», como ella relata, pero la contemplarían desde un punto de vista bien diferente, pues no se encontrarían en la cima de Torrecerredo, tal y como creían, sino en lo alto de Peña Remoña.

La Torre Cerredu, por lo menos en su ubicación actual, está lejos de La Canal del Embudu y nuestra autora puede haber llamado Torre Cerredo –cima a la que otorga unos 322 metros menos que a Peña Vieja– a La Peña Remoña, y entonces al bajar de esta hacia Juentedé [Fuente Dé], haya llegado por malos vericuetos a La Canal del Embudu sin dar con el camino de Los Tornos de Llordes. 

Lo dicho. Teniendo a la vista el mapa del Instituto Geográfico Nacional, la hipótesis parece que da una respuesta satisfactoria a las dudas planteadas, razón por la cual  parece razonable que aquí quede recogido. Dando por buena la versión del señor Sordo Sotres (de la cual tuve noticias hace apenas unos meses, por más que fuera publicada a finales del mes de mayo del año 2008), bien podríamos concluir que doña Rosario de Acuña y Villanueva realizó una expedición por los Picos de Europa, en el transcurso de la cual ascendió, al menos, a las cimas del pico El Evangelista (o Pica del Jierro) y a Peña Remoña.

Si a estas ascensiones unimos aquellas otras de las que ella ha dejado constancia escrita, tanto por el Sistema Central como por Sierra Morena,  tanto por las tierras asturianas como por las cántabras (véase, por ejemplo,  el comentario que realiza sobre la ascensión al pico Cordel (⇑), el dosmil más oriental de la Cordillera), bien podremos concluir que, habida cuenta de que la mayoría tuvieron lugar con anterioridad a la última década del siglo XIX, doña Rosario de Acuña fue una verdadera pionera del montañismo en España.


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