
Siempre me llamó la atención lo que había sucedido en esta ciudad. Tras la muerte de doña Rosario, Tarrasa fue la primera de las ciudades españolas en tomar la decisión de conceder su nombre a una de sus calles principales. El Ayuntamiento lo acordó por unanimidad y su alcalde así se lo comunicó en el mes de marzo de 1924 a Carlos Lamo Jiménez, la persona con la que la ilustre librepensadora pasó buena parte de su vida. Como bien señalaba la prensa que le era más afín, el homenaje que le tributaba esta populosa urbe catalana suponía todo un ejemplo para el resto de las ciudades españolas, y Carlos agradeció el gesto enviando a los responsables municipales tarrasenses un ejemplar de Rienzi el tribuno con la siguiente dedicatoria: «Al Ayuntamiento de Tarrasa en modesta prueba de la gratitud que le guarda el corazón de quien compartió casi la mitad de la vida de Rosario de Acuña por el acuerdo tomado con su nombre». Hubo que esperar algunos años para que, tras la proclamación de la Segunda República, en diversos lugares de España se acordaran de esta incansable luchadora (⇑), y decidieran que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Gijón, Madrid, Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana.

Pero, y aquí viene lo sorprendente del asunto, la calle Rosario de Acuña que, contra todo pronóstico, permaneció en el callejero de Tarrasa durante los años del franquismo, desapareció del mismo con los primeros ayuntamientos democráticos. Toda una paradoja. Era tan difícil de entender, al menos para mí, que no se me ocurrió otra cosa que recurrir a Alfredo Vega López, alcalde de la ciudad. Las afinidades académicas y profesionales me hacían albergar esperanzas. Así que hace unos meses, a primeros de noviembre del pasado año, le envié un mensaje describiendo la paradoja que acabo de relatar, al tiempo que le apuntaba, a grandes rasgos (cierto es que también con enlaces a la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑) y a comentarios de este blog), algunas de los rasgos biográficos de nuestra protagonista.
Pasó el tiempo y no tuve noticia alguna al respecto; di por hecho que mi propuesta dormiría el sueño de los justos. Sin embargo y como bien pude saber en correo recibido hace apenas unos días, resultó que mi escrito no cayó en saco rato, que el señor Vega lo tomó en consideración y puso en marcha el protocolo previsto para estos asuntos. Tiempo después, la Comisión de Nomenclátor de Espacios Públicos (un órgano asesor de carácter consultivo, integrado por políticos, técnicos de diferentes áreas municipales y personas especializadas en la toponimia, la geografía o la historia de la ciudad) analizó el procedimiento seguido en los años ochenta, cuando la Alcaldía firmó un decreto por el cual se sustituía el nombre de la calle Rosario de Acuña. Parece ser que aquella decisión se adoptó de acuerdo a unos criterios, acordados por el Ayuntamiento unos años antes, para retirar del callejero urbano los nombres de aquellos personajes y hechos históricos de significación contraria a las instituciones democráticas. Treinta y dos años después, la Comisión, en reunión celebrada el pasado 27 de marzo, dictamina que «no había razones objetivas» para tal cambio, razón por la cual propone se proceda a la restitución de su nombre en el callejero de la ciudad. Tan solo unas semanas después, el 17 de mayo, el alcalde de Tarrasa firmó un decreto por el cual la plaza situada entre las calles de Nuria, de Valencia y de Atenas pasa a denominarse «plaza Rosario de Acuña».
Ciertamente, decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.
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