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jueves, 8 de marzo de 2018

171. Mujeres en lucha


Los directores de Las Dominicales, sabedores de que aquella carta bien podría contribuir a la consecución de sus objetivos,  retiraron otros trabajos que tenían previsto incluir en aquel número y la publicaron en la primera página bajo el título Valiosísima adhesión (⇑).

Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre...

La adhesión a la causa del librepensamiento por parte de Rosario de Acuña Villanueva era, ciertamente, muy valiosa para cuantos se afanaban en combatir la que consideran nociva influencia de la religión oficial en la sociedad española. Tanto es así, tanto el valor que se le concedió,  que el texto de la carta fue reproducido en otros periódicos, de España y del extranjero (⇑).  Muchos son los que consideran que la participación de la mujer en aquella lucha es vital para el fin que se proponen.  También Ramón Chíes y Fernando Lozano, quienes no tardan mucho en pedir su incorporación a la labor que han emprendido en  Las Dominicales del Libre Pensamiento. Lo hacen en el artículo titulado «A la mujer» que ve la luz en el segundo número:

¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuanto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!

A pesar del interés de los directores del semanario, a pesar de tener abiertas de par en par las páginas de su periódico, apenas habían aparecido algunos nombres de mujer en los noventa y siete números que precedieron a aquel en el cual se anunció la adhesión de Rosario de Acuña Villanueva a la causa del librepensamiento. En aquellos veintitrés meses que siguieron al cuatro de febrero de 1883 en que apareció su primer número, son unas pocas mujeres las que figuran entre los centenares de hombres que integran las listas de donantes en las suscripciones abiertas por el semanario, algunas de ellas,  ocultas tras descripciones vagas o genéricas: «una institutriz», «una racionalista libre pensadora», «una mujer que sufre desde el 17 de julio de 1884», «una huérfana», «una hermana de un militar», «una viuda». Y entre las numerosas adhesiones que publica el periódico semana tras semana, tan solo hemos encontrado tres firmadas por una mujer: Plácida Martínez, de Cervera de Pisuerga; Juana Pérez, de Palencia; Matilde Ros, de Alcañiz.

¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!

La publicación de su escrito de adhesión a la causa del librepensamiento (⇑) supuso todo un revulsivo para las lectoras de Las Dominicales. Su reacción no se hizo esperar. Apenas unos días después dos de ellas, la una en Ferrol, la otra en Barcelona, redactan sendas cartas que rebosan satisfacción, «indecible gozo», por aquella valiosa incorporación. Josefa Obertin la convierte en «adalid tan competente como decidida»; Amalia Domingo Soler, por su parte,  alaba su capacidad y le otorga cualidades vigorizantes: «sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican»

Fotografía de Constantino Suárez (Fototeca del Pueblo de Asturias), portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)

¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas?

Sí que hay mujeres que piensan y sienten como ella, aunque muchas han permanecido hasta ahora en la penumbra, sin manifestar abiertamente sus pensamientos. Aquella carta agitó sus conciencias  y algunas de sus lectoras, agradecidas y vigorizadas por sus ilusionantes palabras, no dudaron en coger la pluma para proclamar su condición de librepensadoras, racionalistas, masonas o espiritistas.

A lo largo de 1885 y en los años siguientes Las Dominicales publicará nuevas cartas de mujeres, venidas de diferentes lugares de España y firmadas con su nombre y apellidos: Justa González, de Palencia; Andrea Martín, Enriqueta Galinsoga, Eusebia López, Desirée Barrera, Dolores y Elena Molina, Clotilde, Rita y Dolores Mouton,  Elena Torres, de Alcalá la Real; Ángela Castelló, Josefa y Cayetana Llauradó,  Trinidad Sentís, Carmen Alemany, Catalina Coll, Agustina Calafell, Antonia Benet..., de Barcelona; Carmen Rubio, Josefa y Dolores Calle Gamir, Patrocinio Ruiz Matas, Concepción Curiel y Flores..., de Loja; Josefa Martínez, de Murcia; Ángela de Liza, de Madrid; Luisa Royo, de Puertollano; Encarnación Mula, de Cartagena; Avelina Ortega, de Cuba... Reconocen el liderazgo de Rosario de Acuña  en aquella lucha («faro luminoso que alumbra nuestro porvenir», «sois la gran mujer y vuestra humanitaria propaganda habrá de enaltecernos y dignificarnos»...) y se ponen incondicionalmente a su disposición.

Algunas llegaron para quedarse. Tal es el caso de Amalia Carvia o Luisa Cervera, cuyos escritos, en prosa o en verso, aparecerán de tanto en tanto en el semanario librepensador. Lo mismo le sucede a Dolores Navas, quien, tras la publicación de su carta de felicitación a Rosario de Acuña («honra de nuestro sexo, por la fe y el entusiasmo con que ha venido al campo del libre-pensamiento...»), hubo de soportar las represalias de la directora de la Escuela Normal de Córdoba y las invectivas de un presbítero del mismo centro de estudios, quien desde el púlpito no duda en pedir a sus compañeras que eviten todo trato con quien había osado proclamarse librepensadora. Lejos de arredrarse por los ataques recibidos, aquella joven maestra, la primera alumna del instituto provincial de Córdoba, siguió enviando sus escritos a Las Dominicales.

La brecha abierta con aquella valiosísima adhesión (⇑) se iba haciendo más grande y por ella asomaban nuevos nombres de mujer, nuevas propagandistas.  Las lectoras contaban con más ejemplos en los que mirarse.

Fragmento de una carta publicada en el verano de 1887

Algunas otras firmantes como Amalia Domingo Soler, una de las primeras en felicitar a Rosario de Acuña por su carta, proseguirá su labor propagandística desde La Luz del Porvenir, revista espiritista que ella misma había fundado y que se caracteriza por la defensa de los derechos de la mujer y del laicismo, en cuyas páginas se reproducirán buena parte de los escritos de Rosario de Acuña que aparecen en Las Dominicales del Libre Pensamiento.

Unas y otras van conformando un grupo cada vez más numeroso; unas y otras van  extendiendo por su entorno más inmediato la atmósfera regeneradora; unas y otras van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». A todas ellas se dirige nuestra protagonista en el escrito titulado A las mujeres del siglo XIX (⇑)

Hermanas mías: Vosotras, en primer término, las que pudierais llamaros «mujeres de Las Dominicales», no con menos razón que las «mujeres de la Biblia» y «mujeres del Evangelio» [...] y vosotras, en segundo lugar, las que con vuestras adhesiones, por cientos contadas, y vuestras firmas al pie de las adhesiones masculinas, sois dique inconmovible a las iras impías de las ideas teocráticas

Aquel escrito propició nuevas incorporaciones,  algunas tan significadas como la de Carmen de Burgos, quien, tras manifestar su «fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa», se ofrece «como una humilde pero entusiasta colaboradora».

Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente! Servíos de vuestro pensamiento por la escritura expresado para barrenar el inmenso talud que nos separa del porvenir; luchemos en el seno de la sociedad con nuestra pluma, en el fondo de nuestro hogar con la perseverancia, y abramos el camino de la victoria a nuestras descendientes.

El pensamiento. El pensamiento libre. La defensa de la libertad de pensamiento es el instrumento que permitirá a la mujer abandonar el oscuro pozo en que vive postergada en aquella «España masculina», con la bendición de la jerarquía católica y el auxilio de algunas teorías seudocientíficas (⇑). La pluma y la educación. La maestra Amalia Carvia, funda en Huelva la Unión Femenina, una sociedad que tiene como objetivo la creación de escuelas laicas; la maestra Dolores Navas abre en Córdoba una escuela laica para niñas; la maestra Carmen de Burgos, compagina su trabajo como profesora de la Escuela Normal de Guadalajara con una intensa actividad propagandística en periódicos y revistas.

El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! 

Hubo mujeres que nunca olvidaron aquel momento en el cual Rosario de Acuña Villanueva proclamó su adhesión a la causa del libre pensamiento. Tampoco el papel que protagonizó como entusiasta abanderada en la larga lucha emprendida, que tenía por objetivo la redención de la mujer española. Casi cuarenta años después, tras la muerte de la incansable luchadora, dos de aquellas «mujeres de Las Dominicales», cogieron la pluma para rendir público homenaje a su memoria.  Luisa Cervera tan solo necesita dos versos de un soneto para recordar sus afanes: Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada; Amalia Carvia, por su parte, declara entonces (⇑) haber sido una de aquellas mujeres que un día ya lejano Rosario de Acuña ganó para la causa. Años después, en un discurso pronunciado con motivo de un homenaje, volverá a reclamar para ella todo el protagonismo:

En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz.

No está de más que hoy, 8 de marzo de 2018, día en el cual millones de mujeres españolas están en huelga recordemos a estas otras mujeres que en las décadas finales del siglo XIX decidieron emprender una larga lucha para abrir el camino de la victoria a sus descendientes. No está de más, que hoy, día en el que millones de mujeres reivindican una sociedad libre de opresiones, de explotación y violencias machistas recordemos el testimonio vital de una luchadora incasable llamada Rosario de Acuña Villanueva. No está de más que hoy, día en el que millones de mujeres españolas  llaman a la rebeldía y a la lucha, rindamos un merecido homenaje a quienes, sabedoras de la tenaz resistencia que encontrarían, se aprestaron a una larga batalla:

¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos!


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