martes, 5 de octubre de 2021

245. Dos mujeres y un santuario


Emilia Pardo Bazán de la Rúa Figueroa (La Coruña, 1851 - Madrid, 1921) y Rosario de Acuña Villanueva (Madrid, 1850 - Gijón, 1923) son dos coetáneas casi perfectas, dado que sus nacimientos tienen lugar con apenas unos meses de diferencia, y sus muertes se suceden con un intervalo de dos años. No solo vivirán en una misma época, sino que su crianza y educación serán también muy similares. Las dos eran hijas únicas y las dos tuvieron unos padres, y aquí me refiero al progenitor masculino, que creían en la igualdad intelectual de hombres y mujeres, y puesto que ellos son quienes en aquella España (la del Concordato de 1851 y la de la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano) cuentan con la autoridad requerida, son sus padres quienes les franquean las puertas a una educación más abierta.

Será su pasión –compartida– por la lectura la que dejará en ambas una huella más intensa. De los libros leídos pasarán pronto a los escritos, a la escritura creativa, ya sea en prosa o en verso. Luego, lo previsible, pues no tardarán en dar a conocer sus escritos en diarios y revistas. Tras las primeras escaramuzas en la prensa, recibirán los primeros reconocimientos públicos. Será, y ahí encontramos una nueva coincidencia, en 1876. Ese será el año en el que Rosario obtenga el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento tras el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática. Ese será el año en que Emilia obtenga el premio al mejor estudio crítico de las obras de fray Benito Feijoo que se convoca coincidiendo con la celebración del segundo centenario del nacimiento del monje benedictino. El galardón supondrá un impulso a su actividad literaria, pues le va a abrir las puertas de la prensa nacional en cuyas páginas publicará por entonces artículos de divulgación. Gran satisfacción para Emilia que ve ahora reconocidos sus méritos como escritora y madre, pues meses antes ha dado a luz a Jaime, el primero de los hijos de su matrimonio con José Quiroga y Pérez de Deza, segundogénito de una rica familia hidalga y terrateniente, con quien se había casado seis años antes, cuando aún no había cumplido los diecisiete. Emilia ya era madre… Rosario, menos precoz, se había casado en abril de ese año, tras el exitoso estreno de Rienzi, con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra.

Así pues, al finalizar 1876 todo parece indicar que tanto Rosario, con veintiséis años recién cumplidos, como Emilia, que en septiembre cumplió los veinticinco, se han introducido de lleno en el mundo literario sin abandonar por ello sus obligaciones familiares. José Quiroga, el marido de Emilia, es un estudiante de Derecho y su esposa, cómo no, se traslada de La Coruña a Santiago para que su marido pueda continuar sus estudios. Rafael de Laiglesia, el marido de Rosario, es militar y poco después de su boda es destinado a Zaragoza. Y con él, cómo no, se va Rosario (⇑). Todo está de su lado: la tradición, la sociedad, la doctrina católica… las leyes. Tanto es así, tal es su situación de preeminencia que, conociendo lo que habrá de suceder después, resulta razonable preguntarse ¿Aceptaron sin más las exitosas actividades literarias de sus mujeres?

Santuario de Pastoriza (fotografía publicada en 1930)

Lo cierto es que en los primeros años ochenta los dos matrimonios se rompen. Emilia y José se ven de vez en cuando, asisten juntos a algunas celebraciones, se ocupan de forma conjunta del futuro de sus hijos, en especial de la educación de la más pequeña, pero viven separados: él en alguna de las fincas familiares y, no tardando, en el castillo de Santa Cruz, que adquirió por entonces; ella, en la casa de La Coruña o en Madrid. Rosario y Rafael también se separan. En los primeros meses de 1883 el marido se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de Jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto.

Será a partir de ahora, mediados los ochenta, cuando las vidas de Emilia Pardo Bazán y de Rosario de Acuña Villanueva, que hasta entonces habían transcurrido por escenarios tan similares, tomen caminos bien diferentes. Cuentan con una formación semejante, privilegiada para los momentos en los que les ha tocado vivir; se enfrentan a los mismos impedimentos sociales por su sola condición de mujer; adquieren significación entre sus contemporáneos por su actividad, por la labor profesional que desarrollan; critican abiertamente el papel secundario, cuando no de servidumbre, que la sociedad asigna a las mujeres… Pero, cuando no les queda otra que rehacer sus vidas, ambas tomarán distintas direcciones. Tan solo unos años después ya resulta bien evidente la lejanía en la que se encuentran, de manera especial respecto al papel que ha de desempeñar la Iglesia en la vida colectiva. La una, librepensadora –y masona, desde febrero de 1886–, une su voz a la de quienes critican el poder excesivo que ejerce la jerarquía católica en la sociedad española; la otra no duda en defender públicamente el magisterio de la Iglesia frente a los ataques de los anticlericales.

Una coincidencia nos va a permitir constatar lo alejados que por entonces se encuentran sus puntos de vista en relación con este tema. Resulta que con una diferencia de unas semanas las dos van a visitar el coruñés santuario de Pastoriza; resulta también que ambas dejaron escritas las impresiones que tal visita les produce. Emilia acude al santuario en compañía de unas amistades a mediados de junio de 1887. Lo hace para ofrecer a la virgen la corona de laurel y encina que le había regalado pocos días antes el Círculo Mercantil. No tardaron en hallar al párroco, quien, después de rezar y dar un vistazo al templo, les invitó a refrescarse en la rectoral con un excelente jerez. En aquella animada tertulia, en la cual el sacerdote dio cumplida respuesta a cuantas preguntas le hacían sobre la historia del lugar, surgió la propuesta de que doña Emilia escribiese una obra para que los peregrinos y devotos del santuario conocieran su historia, costumbres y tradiciones. «Al pronto el cura se ofreció a publicarla y discurrió que se vendiese a beneficio del santuario». Dicho y hecho. Antes de que concluyera aquel verano salió de la imprenta La leyenda de la Pastoriza, en cuyas páginas la señora Pardo Bazán, además de cumplir sobradamente con lo que se le había pedido, nos da cuenta de algunas impresiones sobre el templo: «El interior revela en cada detalle la actividad y excelente gestión del señor Cortiella: entarimado de madera, cielo raso del cuerpo de la iglesia, pilas de mármol, embaldosado de la capilla mayor, de mármol también, púlpitos de hierro, arreglos de la sacristía y bautisterio, imágenes nuevas de talla, ricos ornatos, y hasta el mullido almohadón de terciopelo y el reclinatorio que disfruté durante la misa, prueban que el lucimiento del culto y aun la comodidad de los peregrinos sibaritas están atendidos con extremo.»

Rosario visita el santuario unas semanas después, a mediados de septiembre. Llega tras haber estado en el de Santa Eufemia en Arteijo (Arteixo), de donde salió conmo-vida por las escenas que presenció, por los rituales que se allí se practican para que los «endemoniados» arrojen de sí al enemigo que los atormenta. El escenario se puebla de gritos e imprecaciones de familiares y romeros que exhortan a aquellos seres que aúllan en el altar mayor para que expulsen los demonios que llevan dentro. Incapaz de aguantar hasta el final, sale de allí despavorida preguntándose si no le produce más asombro lo que ha visto o el hecho de tener la seguridad que todo aquello sucede, como cosa sin consecuencia, con el consentimiento de todo tipo de autoridades. Con el re-cuerdo de estas imágenes bien presentes llega a Pastoriza: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX, el sensual, el erótico, el que se acomoda con la mayor satisfacción entre el sarao, la orgía y la corrida de toros […] Catolicismo afeminado, con el femenino de la vanidad, de la lujuria y de la hipocresía, que coloca en las manos de sus adeptos el voluminoso devocionario de rica encuadernación, y ofrece a sus rodillas el reclinatorio de suave terciopelo y talla de roble…»

Un mismo escenario, dos puntos de vista diametralmente opuestos. Cuando aún no han cumplido los cuarenta, estas dos mujeres –coetáneas casi perfectas, nacidas y cria-das en ambientes y condiciones muy similares– mantienen posiciones antagónicas en materia religiosa, en relación al papel que juega y que ha de jugar la Iglesia en la sociedad española. Y ese diferente posicionamiento tiene el correspondiente correlato en su vida privada.

Rosario traba amistad a finales del ochenta y siete con un grupo de jóvenes que se han asociado en un denominado Ateneo Familiar, al frente del cual figura Carlos Lamo Jiménez, un estudiante de Derecho que por entonces contaba con diecinueve años, y que permanecerá con ella hasta su muerte. Poco sabemos acerca de la naturaleza de esa relación. Cabe suponer que fuera la propia entre un hombre y una mujer que libremente deciden vivir juntos y hacerlo durante tantos años, por más que en el entorno de la escritora no trascendiera nada que así lo diera a entender y Carlos fuera conocido como «sobrino», y Regina, su hermana, como «sobrina». O, quizás, Carlos solo fuera un amigo abnegado y respetuoso; solo el hijo de Micaela y Anselmo, consecuentes republicanos y librepensadores, amigos ambos de Rosario; solo un discípulo que se mantuvo leal a su mentora durante tantos años (⇑).

Por el contrario, de algunos de los amantes de doña Emilia sí que hay constancia. Tal parece que tras su separación hubiera recuperado la esperanza de alcanzar esa felicidad que le ha sido tan esquiva. Liberada de las ataduras matrimoniales, soslayadas las estrecheces religiosas y sociales del momento, nada le impide rendirse a la atracción física –compatible con la literaria, claro está– que pudiera despertarle la presencia de alguno de los autores con los que habitualmente mantiene correspondencia. Si la católica, ultracatólica para algunos, Emilia Pardo Bazán se las arregló para salir airosa cuando la prensa católica arreciaba sus ataques contra la novela naturalista y no faltaban quienes la situaban al borde del pecado, en estas cuestiones de ámbito más íntimo lo indicado era evitar que trascendieran, mantener una exquisita discreción. Al fin y al cabo, es lo que solían hacer algunos de sus colegas y otros prohombres de la patria. Y ello era compatible con la pública profesión de fe, que para eso disponía de las páginas de algunos de los periódicos de mayor difusión. Como ejemplo, Crónica de la Romería, una serie de artículos que escribe en los últimos días de 1887 y los primeros del año siguiente como corresponsal de El Imparcial en el jubileo sacerdotal del papa León XIII. En el que firma en Roma el 3 de enero, escribe: «Sabía que era católica, no que lo fuese tan apasionadamente; no me juzgaba muerta como Lázaro, pero ignoraba que la fibra poseyese tanta elasticidad y respondiese como la cuerda de una lira al contacto del dedo divino».

El 12 de mayo de 1921 muere Emilia Pardo Bazán en su domicilio madrileño, como consecuencia de un proceso gripal que se fue complicando sin remedio. Durante las últimas horas estuvo acompañada de familiares, doctores y del obispo de Madrid-Alcalá. Durante toda la mañana del sábado siguiente se estuvieron diciendo misas por su alma. A continuación, los numerosos asistentes a la luctuosa ceremonia se aprestaron al acompañamiento del cadáver hasta el cementerio de la Sacramental de San Lorenzo. El cortejo, que caminaba tras la hermosa carroza tirada por ocho caballos, estaba integrado por un nutrido grupo de personalidades entre los que se encontraban los representantes de la familia real, varios ministros, aristócratas, diplomáticos, escritores, artistas o militares. En la lápida de la escritora coruñesa tan solo caben unas pocas líneas: «Doña Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa Mosquera y Somoza, Condesa de Pardo Bazán, Terciaria Franciscana, Dama Noble de la Orden de María Luisa, falleció el día 12 de mayo de 1921, a los setenta años de edad».

Casi dos años más tarde, el 5 de mayo de 1923 fallece en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña, a causa de una embolia cerebral que la sorprende realizando tareas domésticas. A su lado se encuentra su fiel compañero Carlos Lamo, el médico que la atiende y Antonio Oliveros, director de El Noroeste, a quien ruegan que no lo haga público, pues así lo había dejado escrito la finada. A pesar de ello, la noticia se propagó por la ciudad. El día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaron ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos: los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros hasta depositarlo en el cementerio civil (⇑)... Por decisión propia, la tumba donde reposan sus restos, no habría de tener «más que un ladrillo con un número o inicial».

 



También te pueden interesar


Alegoría de la Justicia, sello de 1874205. La conferencia y los mestizos
Una lección aprendida: que en asuntos de tribunales conviene ser bien prudente, pues para que tan renombrada Dama se ponga el turbante en los ojos y se avenga a resolver los litigios «necesita como primera condición para actuar la tasa de precio»...




ragmento de la carta que Rosario de Acuña envía en 1921 al presidente del Ateneo Obrero de Gijón166. De una carta manuscrita en la Biblioteca Jovellanos
Agradecida por habérsele concedido permiso para leer los libros de la Biblioteca Circulante les adjunta dos presentes: una revista y un retrato suyo. Por lo que respecta a la publicación, de la cual se atreve a asegurar que hay poquísimos ejemplares...




Portada de la revista Anathema,Coimbra, 1890107. Del Ultimátum británico y la Unión Ibérica
A las pocas semanas de conocerse el Ultimátum dado por Gran Bretaña a Portugal, Rosario de Acuña hace público su apoyo al pueblo portugués en dos escritos en los que exalta la mutua pertenencia de los dos pueblos a la raza latina...




Grabado con símbolos masónicos incluido en la cabecera de la revista El Simbolismo, 20-8-188855. ¿Cuánto de masona?
En torno a la participación de Rosario de Acuña en la masonería: ni existe constancia de que fuera muy activa —más allá de un corto periodo de su vida—, ni su pluma fue pródiga en escritos relacionados con la orden...



Suelto relativo a la prohibición gubernativa publicado en el diario republicano La Justicia4. Defendiendo la propiedad intelectual
La autora no se arredra, ella se hará cargo de todo. Alquila el teatro de la Alhambra, costea la producción, reúne un grupo de actores modestos, dirige los ensayos... A la primera representación no le siguieron otras, pues el gobernador...


martes, 21 de septiembre de 2021

244. Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria

 

Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito, «privilegiado lugar con que la Naturaleza dotó a Asturias». Tal fue el caso también de Rosario de Acuña Villanueva, una madrileña que eligió un lugar en el litoral gijonés para pasar los últimos años de su vida: «Medio mundo vendría a extasiarse en estos incomparables paisajes astures […] porque no hay nada más soberanamente bello que Asturias».

Aunque nacida en pleno centro de Madrid, no tardó en disfrutar de los efectos salutíferos de la brisa yodada del Cantábrico. Sabemos de sus tempranas estancias en Gijón donde, quizás por primera vez, sus doloridos contemplaron la inmensidad del océano. El primer viaje a Asturias del que tenemos noticia tuvo lugar en su primera juventud y no lo olvidó. El tren correo en el que viajaba junto a su padre para pasar un mes en la villa gijonesa, a los baños, fue asaltado por una partida carlista en las proximidades de Villamanín. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, tuvieron que caminar en dirección a Busdongo hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Una vez allí, tomaron otro tren que, al fin, les condujo hasta su ansiado destino, donde les esperaban unos buenos amigos.

Villanueva de Oscos. Senda verde del Agüeira (Archivo del autor)

Volvió en más de una ocasión, y no solo a Gijón, y no solo para que sus ojos obtu-vieran los beneficios del aire marino. Conservamos algunos testimonios de sus andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heladeras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en Soto del Barco»... La mayoría de las veces lo hizo a lomos de una fiel cabalgadura, en alguna de las expediciones que, partiendo de Pinto, realizaba cada año para recorrer durante meses buena parte del norte de España. Así sucedió en 1887 cuando, procedente de León, pasó algunas semanas en Asturias (con estancias de varios días en, al menos, Trubia y Luarca) antes de internarse en tierras gallegas. Volvió a suceder pocos años después. Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa, valiéndose de un asturcón para la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... En la cima de la Pica del Jierru (o pico del Evangelista, que era como solía aparecer por entonces en los mapas), sus ojos se recrearon en la panorámica que desde aquellas alturas, a más de dos mil cuatrocientos metros, se contemplaba: al sur, las estepas castellanas; al norte, la azul inmensidad del mar; «más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias!, donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales».

En su opinión, este privilegiado territorio no solo posee innumerables bellezas paisajísticas capaces de atraer a turistas de medio mundo, sino que también cuenta con un clima suave y con una tierra fértil que bien pudieran convertirlo en un auténtico vergel, donde florecieran la agricultura y la ganadería, la vacuna y la equina, así como la industria avícola, que ella tan bien conoce. A sus ojos, la tierra astur se configura como el escenario paradisiaco que, sabiamente utilizado, debiera proporcionarle « tal riqueza que fuera el asombro de Europa, porque no hay en ella, ¡no!, (conozco Francia e Italia en viajes también despaciosos), una región más fértil, más templada, más exuberante de vegetación ni de tierra más substanciosa que esta faja vertiente norte del Pirineo cantábrico».

Tan solo es preciso que sus gentes sean capaces de aprovechar racionalmente los bienes con los que la naturaleza ha premiado a su tierra: un clima privilegiado, suelos de alto valor y agua; que las gentes del campo, mirando más hondo a la tierra que al cielo, buscando el bien de todos, se asocien para recoger con sabiduría y mesura los recursos que tienen a su disposición. Tal sería el sentido de la carta que remite a la Asociación de Agricultores de Carreño, así lo escribe también en algunos de los textos que desde su casa del acantilado gijonés envía a la prensa amiga: «Las sociedades de labradores pueden, si quieren, ser el núcleo propulsor de la innovación». Con una buena organización, con un adecuado reparto de tareas entre los integrantes de las cooperativas agrícolas, Asturias podría convertirse en poco tiempo en la abastecedora de huevos y aves (gallinas, patos, ocas, faisanes…) de media España.

Aunque la avicultura sea la protagonista de sus propuestas, no por ello deja de ver las potencialidades que para la riqueza de la región presenta la ciencia agrícola. El ejemplo lo tiene cerca de su casa, en el vergel que se extiende por la ería del Piles, con sus elevados trigales, sus campos de remolacha, sus caserías «enguirnaldadas de parrales» y rodeadas de laureles e higueras, sus huertos floridos de frutales diversos, sus eras de alcachofas y sus tablares de fresa… «Y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia». Tampoco se olvida de las pequeñas industrias caseras para la elaboración de mermeladas y confituras, de mantequilla o de quesos, como los que ya se producen en las montañas orientales, los exquisitos quesos de Cabrales, «enmohecidos por las nieblas de los ventisqueros, y la paciente habilidad femenina».

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en este privilegiado escenario habita tam-bién la esperanza: «un apretado haz de consecuentes, austeros y resueltos» que militan en el campo de la libertad, obreros concienciados y combativos, hijos del pueblo ansio-sos de ilustrarse, de librarse de la superstición y de abrazar la racionalidad y el progreso, mujeres a quienes desea ver «emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas», como las que, no tardando, se manifestarán a su lado por las calles de Gijón en defensa de la llamada «Ley del candado».

¿Qué más podría pedir? Tan solo faltaba la ocasión para hacer realidad su sueño: «vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo». Y la oportunidad se presentó a finales de la primera década del siglo veinte, cuando, tras un desahucio, dos mudanzas obligadas y un robo que diezmó su granja, puso fin a su etapa como avicultora en Cantabria. En 1908 pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última morada. Meses más tarde se encuentra en su nueva casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean el cabo de San Lorenzo: « ¡Gijón!, ¡Gijón!, el mar en oleadas vierte en ti su infinita poesía…».

Muchas horas, muchos días de cabalgar caminos, de ascender lomas y montañas, de andar senderos, de atravesar collados, de vadear riachuelos; muchas horas, muchos días, de ver y sentir. « ¡Ay! ¡Asturias!, ¡Asturias! Si tus hijos quisieran, si metieran allá, muy dentro del alma, en el más oscuro rincón, el catecismo clerical y llenaran su inteligencia de ciencia positiva, y su corazón de amor a la vida…». Recorriendo esta tierra desde los quince años, cuando sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa cantábrica, hasta pocos antes de su muerte. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco, recién vuelta del exilio portugués al que la llevó aquel contundente artículo en el cual arremetió contra los agresores de una joven universitaria, realizó la que probablemente fue su última expedición por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón al suroccidente asturiano. Por la costa hasta Ribadeo; subida a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos (« ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón.

« ¿Quién podrá descifrar tanta belleza

 que Asturias toda guarda en sus rincones?

 ¡Cuando el hombre se libre de locuras 

y odie al odio, y encauce las pasiones, 

podrá vivir la vida de venturas 

que ofrece una región con tales dones! ».

 

 La Voz de Asturias, 20-9-2021




También te pueden interesar


Carmen de Burgos en una fotogafría publicada en 1905 223. No, no era Carmen de Burgos (Colombine)
Pues resulta que, en contra de lo que se había escrito, no son la misma mujer; que esta Carmen Burgos del ochenta y ocho no es la Carmen de Burgos del homenaje a Echegaray: son dos persona distintas, tal y como ha podido constatar Manuel Almisas Albéndiz en un artículo...



Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Tarrasa (Terrassadigital.cat)191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero
Los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años...



Asamblea de universitarios en Barcelona (Mundo Gráfico, 13-12-1911165. Jóvenes y... jóvenes
Unos salieron airados a las calles de España para protestar contra lo que había escrito, obligándola a partir hacia el exilio para evitar ser encarcelada; otros, calmos y discretos, la animaron...



Imagen actual de la tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (archivo del autor)62. «La fosa de Rosario de Acuña», por Mario Eduardo de la Viña
Que la fosa de Rosario de Acuña y la fosa de un animal cualquiera son una misma cosa. Que si a alguien le da por llevarse de allí aquel trozo miserable...



Álbum de la Mujer, portada13. Una bella poeta de rubios cabellos y azules ojos
Parece ser que Rosario de Acuña comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita. Tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice que ya llevaba dieciocho años haciendo versos...



domingo, 5 de septiembre de 2021

243. Un nuevo aliado en las tareas divulgativas

 

A medida que avanzaba en la investigación, a medida que iba profundizando en el conocimiento de su vida y de su obra, me afianzaba más en la idea de que todo aquello había que darlo a conocer, debía de ser conocido. Supongo que fue lo mismo que pensaron quienes me precedieron en esta labor de redescubrimiento: la desmemoria había ocultado durante años un valioso testimonio vital que había que sacar a la luz. Lo había dicho Amaro del Rosal décadas atrás desde su exilio mexicano: era preciso «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...». 

Pronto comprendí que la investigación debía de ir unida a la divulgación. En el otoño de 2004 me propusieron publicar un libro sobre Rosario de Acuña (⇑) destinado al alumnado que terminaba el bachillerato y fue entonces cuando me enfrenté con el dilema. Aunque no tenía concluido el plan que me había trazado, a pesar de tener abiertas varias vías de investigación, contaba con suficiente información, con datos contrastados, que bien podían ayudar a clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. Analicé pros y contras y terminé por aceptar el reto. El resultado fue Rosario de Acuña en Asturias, un libro que tenía por objetivo aproximar el valioso testimonio vital de esta mujer a quienes terminaban sus estudios en el instituto gijonés que lleva su nombre y, por añadidura, a cuantas personas estuvieran interesadas en conocer quién había sido esa mujer y se acercaran a sus páginas. Con los apuntes que sobre su vida en Asturias se dibujan en la primera parte y con la lectura de sus escritos gijoneses (publicados en El Noroeste desde 1909 a 1923) recogidos en la segunda, pretendía contribuir a disipar la borrina que la había ocultado durante tantos años.

Desde entonces, fui consciente de que investigación y divulgación podían –y debían– ir de la mano, tan solo era preciso encontrar los mecanismos adecuados. La publicación en formato libro era la forma tradicional de dar a conocer algo. Sus ventajas resultaban evidentes: las estanterías de las bibliotecas las corroboran. Pero también tenía inconvenientes, dos de ellos a tener muy en cuenta: no depende de la propia voluntad, por lo cual el proceso puede alargarse más de lo deseado (pasaron dos años desde que en 2007 di por concluido Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato hasta que fue publicado); además, una vez que está en imprenta ya no se pueden incorporar nuevos datos, nuevas referencias, nuevas actualizaciones, lo que obliga a reediciones o a preparar nuevas publicaciones que completen la anterior.  De ahí que, sin renunciar a las indudables ventajas del libro (ahí están:  ¿Quien fue Rosario de Acuña?El crimen de la calle de Fuencarral; Rosario de Acuña Hipatia (1850-1923). Emoción y razón; Rosario de Acuña), en 2009 abrí dos espacios en Internet que, gracias a la versatilidad propia del medio, me han ayudado a solventar la rigidez del formato papel. Quienes accedan a Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑) encontrarán información actualizada sobre los aspectos más sobresalientes de su biografía, los escritos salidos de su pluma y las referencias más recientes de cuanto se haya publicado sobre ella; quienes lo hagan a Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios (⇑) hallarán opiniones y reflexiones –las propias y las, siempre bien venidas,  ajenas– acerca de su trayectoria vital.

Cabecera de La Voz de Asturias del 8-5-1923 donde aparece un texto de Mario Rey: un emocionado homenaje a la fallecida recordando una visita reciente a su casa en El Cervigón

Además de los libros y de los espacios en Internet, me pareció que la prensa resultaba un canal muy apropiado para divulgar su mensaje, pues no sólo llegaría a más personas, sino que también quedaba abierta la  posibilidad de que hubiera quien buscara más información sobre ella en los libros y en la Red. Con este objetivo en mente, desde principios de 2006 («Rosario de Acuña, pionera del montañismo en Asturias» se publicó por entonces) fueron apareciendo algunos escritos en la prensa regional, tanto en La Nueva España como en El Comercio. En esas estaba cuando hace apenas unos meses me topé con diversas informaciones referidas a las audiencias de la prensa que me dieron que pensar: resulta que los periódicos digitales siguen batiendo récords de audiencia; resulta que la diferencia porcentual entre quienes leen los diarios por internet y los que lo hacen en papel sigue aumentando; resulta que, por esta razón, los diarios se han digitalizado y en la mayor parte de los casos requieren de una cuota de suscripción para acceder a los contenidos; resulta que hay diarios que han optado únicamente por la digitalización y el acceso libre, sin pago... Este era el caso de La Voz de Asturias, una cabecera casi centenaria que, tras su cierre en 2012, resurgió tiempo después en formato digital  con un crecimiento constante de su audiencia. Las últimas cifras publicadas (3,3 millones de usuarios únicos durante el año, nueve millones de páginas leídas al mes en 2020... ) se encuentran muy alejadas de las que estoy acostumbrado a ver y  hablan bien a las claras del potencial divulgativo del medio.

Me puse en contacto con Ángel Falcón, su director, y con la vista puesta en la fecha del centenario (días antes de que se cumpla el de la muerte de nuestra protagonista, La Voz de Asturias celebrará el de su salida a la calle), acordamos que periódicamente les enviaría un escrito sobre Rosario de Acuña. En ello estoy. Voy seleccionando entre los comentarios incluidos en este blog aquellos que considero más interesantes y, tras someterlos a un necesario proceso de adaptación (tamaño, contextualización...), se los envío cada tres o cuatro semanas. He aquí el resultado (pulsando sobre el título, podrás acceder al contenido completo):

  • El centenario de la muerte de Rosario de Acuña a dos años vista (⇑). El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de su muerte. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable...

  • La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo de Madrid (⇑). No fue la primera vez que sorprendió a la sociedad madrileña. Ya lo había hecho en 1876, con ocasión del estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática: concluido el segundo acto, la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena a la joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes...

  • Marruecos: la tumba de miles de españoles (⇑). Verano de 1921. «Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»: con este titular a toda página abre el periódico madrileño La Acción su edición del sábado 23 de julio. La prensa de la capital cuenta que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario...

  • Salvoconducto para una mujer separada (⇑). El imaginario colectivo, cimentado sobre arraigados soportes religiosos («Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará»), había situado al esposo y a la esposa en niveles diferentes, y la legislación civil asume y sanciona tal desigualdad: la mujer debe «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia […] no puede administrar sus bienes ni los de su marido…»

  • Por la libertad de cátedra ¡Yo pago la matrícula! (⇑). El artículo segundo del Concordato de 1851, vigente durante ochenta años, lo dejaba meridianamente claro. A la jerarquía católica española le correspondía el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud»...

  • A pesar de las llagas en los ojos, aprendió a aprender (⇑). En 1857 fue aprobada la Ley de Instrucción Pública, que regulaba cómo habría de ser la educación de las nuevas generaciones de escolares. Rosario de Acuña, que no había cumplido aún los siete años, era una de las destinatarias de aquel programa que había diseñado el equipo del ministro Moyano Samaniego. Además de las materias instrumentales (Lectura, Escritura, Principios de gramática castellana y Principios de aritmética), la ley también establecía la obligatoriedad...

  • Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria (⇑). Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito...

 
(Continuará)

miércoles, 18 de agosto de 2021

242. Sin una buena educación el futuro no será el que deseamos

 

A finales del siglo XIX la gran mayoría de quienes habitaban España no sabían ni leer ni escribir. Y eso era así a pesar que la Ley de Instrucción Pública (Ley Moyano, 1857) había establecido que la enseñanza era obligatoria desde los seis hasta los nueve años. Treinta años después de que Gaceta de Madrid publicara esta norma de obligado cumplimiento, los datos del Censo de 1887 reflejan que alrededor de las dos terceras partes de la población eran analfabetas, también que existen grandes diferencias entre hombres (alrededor del 52%) y mujeres (77%). Unos porcentajes que evidencian el retraso con respecto a Inglaterra, Francia, Bélgica o Irlanda y mucho más en comparación con Alemania, Suiza o los países nórdicos. De ahí que fuera la educación uno de los elementos sobre los que se construyeron las diferentes propuestas que pretendían poner fin al atraso, económico y social, que padecía España. Ahí están los escritos de Joaquín Costa («El problema de la regeneración de España es pedagógico tanto o más que económico y financiero») o de Macías Picavea (« ¿cómo no creer en la pobreza de España, resultado fatal de su ya demostrada incultura, torpeza o ignorancia?»). También los de Rosario de Acuña, quien no solo habla de la ineludible necesidad de mejorar la instrucción, sino que también señala los ejes sobre los cuales deberían girar las propuestas para su mejora: la liberación del yugo clerical y la igualdad educativa para niñas y niños. 

Portada del Boletín de la Escuela Moderna
El Concordato de 1851 había dejado en manos de la jerarquía católica el control de la educación en España, «que será en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica», incluso en las escuelas públicas. Seis años después, la Ley de Instrucción Pública  no sólo incorporó el contenido del acuerdo a su articulado, sino que también estableció el procedimiento a seguir para garantizar su cumplimiento: «Cuando un prelado diocesano advierta que en los libros de texto, o en las explicaciones de los profesores, se emiten doctrinas perjudiciales a la buena educación religiosa de la juventud, dará cuenta al Gobierno, quien instruirá el oportuno expediente...». 

Tras el paréntesis del Sexenio Democrático (durante el cual se dan pasos para poner fin a la confesionalidad educativa y para afianzar la libertad de cátedra) y la subsiguiente purga que sigue a la circular que en febrero de 1875 el ministro de Fomento Manuel de Orovio envía a los rectores («el Gobierno no puede consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explique contra un dogma que es la verdad social de nuestra patria»), a consecuencia de la misma varios profesores dimitieron y otros fueron separados o suspendidos, Antonio Cánovas abre una pequeña rendija en el entramado del sistema político de la Restauración que está poniendo en pie: la Constitución de 1876 mantiene la confesionalidad del Estado, pero deja abierta la puerta a la libertad de pensamiento («nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas») y al ejercicio, en privado eso sí, del culto de otras religiones. En ese espacio de tolerancia se instala la Institución Libre de Enseñanza, que en 1878 pone en marcha un centro de Enseñanza Primaria y Secundaria regido por el principio de neutralidad ideológica, ajeno  a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político; proclamando el solo principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia. También lo hacen las escuelas laicas o neutras que, no sin grandes reticencias, van surgiendo a partir de entonces.

Rosario de Acuña, quien a finales de 1884 inicia una campaña como propagandista (⇑) en defensa de la libertad de conciencia, muestra su más firme apoyo a este tipo de escuelas que desarrollan su actividad educativa al margen de la tutela eclesiástica. Lo hará en el caso de las escuelas laicas de Zaragoza, a cuyos promotores envía una larga carta para ser leída con ocasión del aniversario de su fundación («estáis haciendo la grande obra, el gran trabajo de redimir y libertar las conciencias infantiles, es decir, las conciencias de los hombres futuros»); lo hará también en 1888 cuando acuda a Getafe para participar en el banquete que se celebra tras la inauguración del colegio-asilo para huérfanos de masones; lo volverá a hacer  a principios del nuevo siglo, con ocasión de la instalación de una escuela laica en  Cádiz, a la que enviará unos poemas como muestra de apoyo y felicitación y algunas de sus publicaciones.

Mayor implicación parece haber tenido con las se ponen en marcha en Madrid, pues su promotora, la sociedad Los Amigos del Progreso –de la cual es presidenta honoraria junto a Pi y Margall o Nicolás Salmerón–, declara su obra Certamen de insectos libro de texto para las escuelas laicas que ha abierto en la capital. También con la escuela neutra de Gijón, en cuya ceremonia de inauguración pronunciará un alabado discurso, titulado El ateísmo en las escuelas neutras y que será ampliamente reproducido, en el transcurso del cual va desgranando, materia a materia, las ventajas que para el progreso del país presentan este tipo de escuelas: «La enseñanza de las ciencias positivas no radica ni se sustenta en las palabras de los hombres, manera pueril de inculcar la fe muy usual en España, donde todavía se siente el horror a la funesta manía de pensar, única manía que emancipará el rebaño humano de las dentelladas del lobo...».

Portada de uno de los manuales editados en vida de Rosario de Acuña que tuvo una amplia difusión
Con todo, su pensamiento en materia educativa no se limita a apoyar el establecimiento de escuelas laicas, racionalistas o neutras, imbuidas de razones científicas y ajenas a las supersticiones y los dogmatismos. Le preocupa también, y mucho, que la educación que reciban las niñas sea en todo «semejante y equivalente» a la de los niños. Un buen ejemplo de ello es  La casa de muñecas, un cuento o cartilla de lectura, incluida como tal por el Consejo de Instrucción Pública en la lista las consideradas de utilidad para servir de texto en las escuelas de primera enseñanza.  La obra constituye una alegoría, una representación del ideal que su autora se ha ido forjando de la pareja y de la familia. El argumento es muy sencillo: Rosario y su hermano Rafael se reencuentran tras haber pasado algunos años separados por exigencias del sistema educativo vigente que preceptuaba que los niños estudiasen sus materias en sus colegios, lejos de las niñas. 

A lo largo de casi noventa páginas de grandes letras que facilitan que los ojos infantiles puedan aprehender fácilmente el mensaje de futuro que allí se lanza, Rosario de Acuña va a reescribir la historia del hombre y la mujer. Para empezar, nada mejor que hacer añicos algún que otro estereotipo, pues la niña de la historia nace viva, alegre, expansiva, llena de vigor; el niño, por su parte, es cariñoso, reflexivo y menos alborotador que su hermana. Nada de diferencias originales que expliquen comportamientos dispares: «sus almitas eran gemelas, exactamente iguales en sentimientos e inteligencia, y la diferencia y desconocimiento mutuo no provenía de la naturaleza, sino del molde en que los habían tenido sujetos». 

La obra permite a su autora ir desgranando algunas de las propuestas que va a defender a lo largo de su vida. Así sucede con las que plantea en el ámbito educativo, que en gran medida resultan coincidentes con las que sustentan las iniciativas que han puesto en marcha los krausistas españoles a través de la Institución Libre de Enseñanza: coeducación (las niñas y los niños reciben la misma educación, en la misma escuela), formación integral (a las materias instructivas se suman la moral, la higiene o la economía doméstica), educación activa (son protagonistas de su propia formación gracias a su creatividad, iniciativa e imaginación)… Constituye una imagen adelantada, una proyección a futuro de un nuevo escenario, en el cual las mujeres y los hombres no tendrán que asumir los papeles que la tradición les ha venido asignando en el transcurso de los siglos. La casa de muñecas dibuja un mañana deseado, un mañana en el cual la mujer, «radiosa mitad humana que entrará en los mundos de la ciencia y del arte con representación propia», no tendrá que ver su vida reducida a las cuatro paredes del hogar: «no será necesario, para que la respeten y la estimen los suyos que planche, que cosa, ni que friegue».

Claro está que una cosa es el mundo de la ficción y otra, muy diferente, la cruda realidad, como bien tendrá ocasión de comprobar doña Rosario en 1911. Veintitantos años después de que hubiera escrito esta cartilla, la situación dista mucho de parecerse a la que ella había soñado. Fue entonces cuando se enteró de la agresión a la que fue sometida una estudiante a la salida de las clases en la Universidad Central, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra»; fue entonces cuando no pudo menos que coger la pluma para arremeter públicamente no solo contra los agresores sino también contra el entramado social que lo posibilitaba: « ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas... digo, pobres chicos..., si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos, [...]? ¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!». Aquel escrito, publicado con el título La jarca de la Universidad, desató las iras de los universitarios españoles que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Quizás en algún momento de sus dos largos años de exilio rememorara aquellas palabras llenas de esperanza que salieron de su pluma tiempo atrás: « Hay una cosa que positivamente sabemos; que en pos de nosotros llega una generación más apta para el conocimiento de la Verdad. [...] Dejémosla, al morir nosotros, con la conciencia bien iluminada por la luz de la sabiduría».




También te pueden interesar


Viviano Codazzi: Exterior de San Pedro, Roma (Museo del Prado) 222. Arrivederci Roma
La estancia no sería completa sin visitar el Vaticano. Por suerte para Rosario, su tío gozaba por entonces de una situación privilegiada. Para que nada faltara, fue recibida en audiencia privada por el papa Pío IX...



Gijón, Campo Valdés con la iglesia de San Lorenso al fondo, fotografía publicada en 1930154. Alpargatas para todos
A poco que el tiempo acompañara, allí se congregaban, en aquella explanada situada ante la iglesia. Los podía ver desde su nueva casa, aquella que se había hecho construir sobre un acantilado, en El Cervigón, al otro lado de la bahía...



Caricatura publicada en El Motín, 7-8-1881117. Tres sonetos para un siglo
Nació cuando el siglo XIX cumplía la mitad de su andadura. Transitó, ávida de conocimiento, por la senda que, año a año, dibujaba ante sus pies. Cosechó sonoro triunfo al llegar al tercer cuarto, cuando crítica y público...




Retrato de Josefa Pujol de Collado (La Ilustración de la Mujer, 15-5-1884)100. «La autora de Rienzi», por Josefa Pujol de Collado
Ser la primera mujer en ocupar la tribuna del Ateneo de Madrid, despierta el interés acerca de su vida y obra. La escritora Josefa Pujol, cuyos trabajos literarios aparecieron con cierta regularidad en diversas publicaciones españolas, se apresura a dedicarle este elogioso escrito que aparece poco...



Fotografía de la que fuera casa de Rosario de Acuña en El Cervigón (El Comercio, 9-3-1969)65. La casa de Rosario de Acuña: cien años en el Cervigón
Quiso construir su casa al lado del acantilado, alejada de la ciudad. La casa de las cinco ventanas enrejadas que miran al sudoeste y otra más que soporta los vientos del nordeste, la que «se adorna con rosales y claveles, y matas de geranios de hierro...



miércoles, 4 de agosto de 2021

241. «Tarea pendiente la del centenario de Rosario de Acuña», por Félix Población

 

El reciente fallecimiento de José Bolado, a quien tuvo el gusto de conocer cuando se publicó su magnífica edición de las Obras Reunidas de Rosario de Acuña, me hizo recordar a la escritora librepensadora que vivió y murió en Gijón el 5 de mayo de 1923 y de la que tuve temprana noticia cuando pocos adolescentes de mi edad sabían que ese nombre no solo respondía al de una apartada zona de la ciudad sino al de una personalidad literaria, comprometida con la lucha social, y sepultada, como tantas otras, por la mordaza de la dictadura.

Mi conocimiento precoz se lo debo a Amaro del Rosal (⇑), que había tenido oportunidad de visitar a la poeta y escritora en su casa del Cervigón un primero de mayo y desde su exilio en México solicitaba regularmente a Luciano Castañón artículos publicados por Acuña en el diario local El Noroeste, en el que colaboró durante bastantes años. Movido por la curiosidad, recuerdo haber solicitado en la biblioteca pública del viejo instituto, con catorce o quince años, un tomo de ese periódico sin que se me permitiera su lectura. 

Con el paso del tiempo, antes de que Bolado llevase adelante su más que notable edición –en la que podemos leer una excelente biografía de la escritora–, tuve oportunidad de revisar los artículos publicados por Rosario de Acuña en Las Dominicales del Libre Pensamiento, al lado de las firmas más sobresalientes del primer feminismo en España. Amaro de Rosal, que guardaba un recuerdo imborrable de Acuña, comparaba su personalidad con la de Flora Tristán, sobre la que Vargas Llosa escribió una novela (El paraíso en la otra esquina) que no está precisamente entre las mejores.

 La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Desconozco si la actual corporación municipal, con ocasión de centenario del fallecimiento de Acuña –cuyo entierro reunió a una multitud en las calles de la ciudad–, tiene proyectado algún tipo de conmemoraciones que haga más viva la precaria presencia de su memoria. Macrino Fernández Riera, que tan bien conoce la obra de Rosario de Acuña, recordaba en varios artículos la necesidad de que el equipo de gobierno municipal no pasase por alto esa oportunidad.

En este sentido, no solo convendría resaltar el nombre del paseo que lleva el nombre de Acuña, desde el Sanatorio Marítimo a la carretera de La Providencia, sino recuperar un uso colectivo para la casa del Cervigón, que bien podría convertirse en un centro de documentación feminista. Se da la circunstancia de que el tío abuelo de Lidia Falcón, la persona que reúne en España la mayor documentación sobre el feminismo histórico, fue Carlos de Lamo Jiménez, con quien convivió Acuña durante los últimos años de su vida, hermano de la abuela de Falcón, Regina de Lamo, música, escritora y una avanzada también en la lucha por los derechos de la mujer.

En la localidad de Pinto (Madrid), en donde Rosario de Acuña también vivió, su nombre no solo está en el callejero sino al frente de un centro social inaugurado hace más de diez años. Esos precedentes son la base para que, con vistas al año 2023, una de las asociaciones culturales de aquella ciudad proyecte incrementar las obras de Acuña en las bibliotecas públicas y dedicar todo el año del Aula de Historia a la personalidad y obra de la escritora. Allí, ya está entre las previsiones del municipio todo un mes de mayo de 2023 dedicado a exposiciones, conferencias, proyecciones y funciones teatrales en torno a Rosario de Acuña.

Porque Gijón puede y debe, si quiere ser coherente con la multitudinaria despedida que sus ciudadanos dieron a quien tanto se preocupó por las clases populares en su lucha por una vida digna, sería deseable que en breve tuviéramos noticia de que Rosario de Acuña ha dejado de ser algo más que un bello promontorio desde el que se avista el mar. También debería avistarse desde allí una ciudad agradecida con quienes se comprometieron con la emancipación social.

MiGijón, 28-6-2021

 

 



También te pueden interesar


Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 236. El centenario de su muerte, a dos años vista
En el momento actual, a dos años vista de cumplirse el centenario de su muerte, las únicas noticias alentadoras que he recibido llegan de Pinto. Los planes que me han hecho llegar los responsables de una de las aociaciones...



El cuarto estado (Il Quarto Stato), óleo de Giusseppe Pellizza (Museo del Novecento, Milán) 213. Preparando el centenario
Hace unos meses, una concejala del Ayuntamiento de Gijón se interesaba por conocer cuáles eran mis propuestas al respecto. Por diversas circunstancias no se las pude hacer llegar entonces. Quizás ahora sea buen momento...



Un tramo del paseo Rosario de Acuña (archivo del autor) 208. El paseo que (casi) nadie conoce
A pesar de figurar en el callejero oficial desde el año 1990, no he encontrado hasta el momento referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el denominado Paseo Rosario de Acuña...



La sede del Ayuntamiento gijonés a principios del siglo XX 193. Cuatro años por delante. El reto del centenario
El centenario de la muerte de Rosario de Acuña constituye todo un reto para las dieciséis concejalas y los once concejales que desde el pasado sábado día 15 integran el Ayuntamiento de Gijón. En sus manos está el reto de recuperar el protagonismo...



Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)178. ¿Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña?
El Ayuntamiento de Gijón adquirió la que fuera casa de Rosario de Acuña en 1988 para convertirla en un albergue juvenil. Finalmente fue la sede de una escuela-taller medioambiental. Hace tiempo que tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido...



miércoles, 21 de julio de 2021

240. Un alto en el camino

Como bien saben quienes suelen disfrutar de la montaña, no se trata de caminar por caminar, de ascender y ascender. De vez en cuando conviene hacer una parada. Resulta conveniente no solo para recuperar el aliento, aliviar el reseco gaznate o calmar el apetito con unos frutos secos o con el tan socorrido plátano, sino también –y no menos importante– para disfrutar con mayor sosiego del reconfortante panorama que se despliega ante nosotros; para escuchar, ver y sentir; para mudar la mirada, que con cierta testarudez vuelve a fijarse en el repecho que tenemos por delante, cuando no en la cima a la cual queremos llegar y que tras cada recodo reaparece ante nuestros ojos. Es entonces cuando, si el escenario lo permite, podemos echar la vista atrás; es entonces cuando nos percatamos de lo que ya llevamos recorrido. 

Tras doscientos treinta y nueve comentarios, bien podemos hacer lo propio: una parada, un alto en el camino para recordar de dónde venimos y para poder visualizar sobre el terreno la huella de nuestra ya larga andadura. El once de julio de 2009 echaba a andar este blog con un escrito de agradecimiento a la investigadora María del Carmen Simón Palmer (⇑), cuyos trabajos posibilitaron que la comunidad académica empezara a interesarse por la figura de nuestra protagonista, desconocida para la mayoría. Desde entonces no han faltado los comentarios, entreverados con análisis propios y ajenos, acerca de su vida y obra, en los que se ha dado cuenta de los avances que se han venido produciendo en el proceso de recuperación del testimonio vital que nos ha legado doña Rosario de Acuña y Villanueva. 

Sendero en las montañas de Covadonga (archivo del autor)

Nos hemos alegrado de que su pasión por la razón y por la libertad cobrara vida en el Centro Dramático Nacional, donde en el otoño de 2018 se estrenó la obra Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán, escrita por Asunción Bernárdez. Asimismo, de su incorporación a espacios digitales muy visitados, no solo a la ya casi ineludible Wikipedia (⇑), sino también a otros más especializados como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (donde cuenta con un portal desde febrero de 2013 ⇑), la Biblioteca Nacional (⇑), cuyos responsables la incluyeron en el programa Escritores en la BNE, o el sitio que acoge el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. 

Aunque en este campo aún quedan asuntos por resolver (⇑), lo cierto es que su nombre ha vuelto a tener presencia en el espacio público, en las calles y en los edificios. Hace un par de años su nombre volvió a figurar en el callejero de Tarrasa, poniendo fin a una situación paradójica (⇑). Unos meses antes, fue un edificio madrileño el que recuperó su antigua denominación. Al centro sociocultural sito en la calle María del Carmen número 65, inaugurado el 11 de febrero de 1933 como Grupo Escolar Rosario de Acuña, le fue entonces oficialmente restituido su anterior nombre (⇑). Mayor significación, si cabe, tiene lo sucedido en Pinto, donde otro centro municipal, en este caso de nueva creación, fue inaugurado con el nombre de nuestra protagonista, al ser el suyo el más votado en la consulta popular que se convocó a tal efecto (⇑).

Parece evidente que esta mayor visibilidad lograda en los últimos años no hubiera sido posible sin un mayor conocimiento de su vida y de su obra. A la recuperación de sus dos obras dramáticas más representativas efectuada a finales de los ochenta por Simón Palmer, siguió la publicación de varios estudios biográficos y la edición de las Obras reunidas (2007-2009). A medida que se iba abriendo el camino, a medida que se iba dibujando el sendero en la ladera, mayor era el número de quienes se adentraban por él, mayor el número de quienes se enrolaban en  esta tarea colectiva (⇑). No hay más que acudir a la relación bibliográfica (⇑) que aparece en la página Rosario para comprobarlo: artículos en la prensa diaria y en revistas académicas, especialistas de universidades españolas y extranjeras, nuevos estudios biográficos,  inclusión de obras suyas en diversas antologías, reedición de algunas otras que se habían dado por desaparecidas (⇑)... Con todo y de cara a lo que aún queda por recorrer, quizás lo más gratificante sea el hecho que Rosario de Acuña se haya convertido en materia de estudio para quienes finalizan sus estudios universitarios y que su vida o su obra sean el fundamento de algunos trabajos fin de grado o fin de máster. 

Aunque, ciertamente, cada vez son más las personas que se interesan por nuestra protagonista, aunque cada vez es mayor el número de quienes transitan por el sendero, también lo es que, vuelta la vista al tramo ya recorrido, notamos la ausencia de algunas otras que lo han dejado. El último en abandonarnos ha sido José Bolado, de cuya ausencia nos enteramos hace unas pocas semanas. Nos unía el interés por conocerla mejor, y ella era el tema principal de nuestras conversaciones. Aunque coincidimos en alguna ocasión, casi todas fueron a distancia. Las primeras, allá en el verano de 2006, cuando preparaba las Obras reunidas. Recuerdo que trataron de la estancia de doña Rosario en Santander. Contrastamos nuestras informaciones sobre los escritos publicados en El Cantábrico y hablamos sobre la fecha de su marcha de Cueto. Fue entonces cuando me contó que su familia paterna era originaria de Cantabria y que unos parientes suyos habían rastreado infructuosamente el asunto de la mudanza; yo le conté lo que yo había averiguado al respecto. Cambió de correo, cambiamos de correo, pero el tema era el mismo. El largo proceso de preparación de Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923) Emoción y razón (⇑), el libro colectivo en el que ambos participamos, propició un intercambio epistolar más intenso.

Mi muy estimado José, aunque sin duda notaremos tu ausencia, creo que estarás de acuerdo conmigo en que debemos dar por finalizado este alto en el camino para volver al sendero, con más ganas aún si cabe y con la mirada puesta en lo que todavía nos queda por recorrer.




También te pueden interesar


Imagen que acompaña el texto de Raquel C. Pico204. «La vida revolucionaria de Rosario de Acuña», por Raquel C. Pico
La pormenorizada descripción que realiza Raquel acerca de su inesperado encuentro dominical con Rosario de Acuña es un buen ejemplo de lo que suele ocurrir cuando su figura abandona...



Suances. Ilustración publicada en los años ochenta en la que aparece la torre situada a la entrada de la ría167. ¡Se acabó!
Durante la noche del dos al tres de abril del año 1905 se comete un robo en una finca de la localidad cántabra de Santa Cruz de Bezana. El suceso tiene importancia, pues no solo se han llevado un buen lote de gallos y gallinas, sino también...



Portada de la revista Gaceta Agrícola128. El primo Pedro Manuel
La llegada del primo Pedro Manuel de Acuña a la Dirección de Agricultura va a tener una gran trascendencia en la vida de Felipe de Acuña y de su hija: el padre recupera el puesto que desempeñaba en el ministerio de Fomento, Rosario...



Fragmento del escrito de la Agrupación Feminista84. El apoyo de la Agrupación Feminista Socialista
Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía...



Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo-Bazán y Rosario de Acuña31. Tres mujeres a las puertas de la Academia
Hubo que esperar hasta 1979 para escuchar a Carmen Conde Abellán pronunciar el discurso de entrada que la convertiría en la primera académica de número. En este comentario se da cuenta de tres tentativas, fallidas las tres, que tenían por objetivo...



martes, 6 de julio de 2021

239. Las campesinas: protagonistas de la regeneración patria

 

Si nos atenemos a los dos elementos principales que estructuran el heterogéneo movimiento ideológico que denominamos regeneracionismo (diagnóstico de decadencia y prescripción de un tratamiento para su restablecimiento), bien podremos concluir que años antes de que el escenario patrio quedara impregnado por la atmósfera de pesimismo colectivo que insuflaba la crisis finisecular, sin esperar  a que el Desastre hiciera aflorar las diferentes propuestas atribuidas al regeneracionismo, ya hubo regeneracionistas en España, ya hubo quienes alertaron del atraso del país, quienes propusieron vías para atajar los males de la patria. Tal es el caso de Rosario de Acuña, de la cual y sin temor a errar en demasía se podría decir que fue regeneracionista durante buena parte de su vida; luego, ya en la vejez y quizás un tanto desalentada, fue abriéndose a remedios más profundos (⇑).

En los inicios de la década de los ochenta, apenas cumplida la treintena, su vida da un brusco giro. Rosario y Rafael abandonan Zaragoza, ciudad en la que la joven pareja se había establecido poco después de su boda, y se instalan en una quinta campestre a las afueras de Pinto, una localidad situada al sur de la provincia de Madrid y que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. Ha pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron resultar tal como se había imaginado. Por lo que sucedió después, por lo que escribió por entonces, bien pudiera pensarse que la imagen que tenía de su querida España –forjada en sus familiares viajes de juventud o escuchando con atención las lecturas paternas de «obras amplísimas y documentadas» que hablaban de glorias pasadas– se estaba resquebrajando. La ensoñada visión de su patria, aprendida a golpe de charlas y lecturas, se tambalea cuando tropieza de lleno con las insanas vanidades que se gastan sus compatriotas, cuando la acaramelada existencia aburguesada en que ha vivido se da de bruces contra la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad que impregnan las ciudades, contra la «asfixia moral y física» en que están sumidas las aglomeraciones urbanas.

La única alternativa que encontró fue la de poner distancia de por medio: abandonarlo todo y recluirse en el campo, al abrigo de la Naturaleza, para llevar allí una vida más auténtica, más acorde con las leyes naturales que los humanos parecían haber olvidado. Con ese objetivo en mente se hace construir una vivienda en las afueras de una pequeña localidad. La llama Villa-Nueva y pretende convertirla en una unidad de producción autosuficiente, con palomar, gallinero y establo para dos caballos fuertes y mansos, compañeros indispensables en sus expediciones por los caminos de la vieja España (⇑), una cuidada huerta, un maizal, variedad de frutales y plantas de todas clases... Ilusionada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida de la importancia que para la regeneración del país representa la vida en el campo, pretende convertir a las mujeres en protagonistas del cambio que plantea:

Si criáis a las generaciones futuras, hoy infantiles, en el amor a la naturaleza, la agricultura sacudirá su marasmo; la pobreza se sumirá, desapareciendo, en el raudal de los trabajos agrícolas; la repoblación de nuestras desiertas campiñas comenzará con brío, y ese manantial vivo e inagotable de riqueza, que es la agricultura, engrandecerá la España del porvenir, matando el caciquismo, destruyendo la empleomanía, equilibrando las pasiones de partido, y alzando al grito del progreso la bandera de la igualdad.

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)

Convencida de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, se muestra decidida a propagar sus ideas; quiere esparcir aquella simiente en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos. Nada mejor para ello que una revista dirigida a mujeres preocupadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de los suyos. En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 se presenta a las lectoras desde una sección que ha dado en llamar En el campo: «He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes...».

Aquella nueva forma de vida, en armonía con el resto de la naturaleza, adaptándose a sus ciclos y sus exigencias;  aquel vivir sin las obligaciones impuestas por la mirada, el pensamiento y los dichos de los otros, sin la máscara exigida por la vanidad, el lujo y la envidia... La vida se torna más natural, más pura, más digna de ser vivida. Está plenamente convencida de que la vida en el campo no solo es más auténtica, sino que también constituye la antesala de la regeneración que España precisa  y por ello no duda en utilizar cuantos medios tiene a su alcance para dar a conocer sus pensamientos al resto de las mujeres, a quienes en sus escritos llama «compañeras mías». A ello se dedica con dedicación y entusiasmo: en ese tiempo, además de su colaboración en El Correo de la Moda, publicará tres extensos trabajos en Gaceta Agrícola, una publicación de amplia difusión que publica el Ministerio de Fomento. En uno de ellos, titulado «La educación agrícola de la mujer» (⇑), avanza algunas de sus propuestas para construir un futuro más prometedor:

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)
En la escuela granja-modelo puede abrirse un curso de botánica, de zoología, de física y mecánica, las cuatro principales ciencias auxiliares de la agricultura, y prácticamente puede enseñarse la cría de animales caseros; en miniatura podría la joven poseer una heredad, llevar las cuentas minuciosas de ingresos y gastos, así como el alza y baja de los rendimientos de su tierra, haciendo un balance comparativo entre diferentes cosechas, y, en una palabra, podría ejecutar todos los trabajos propios del agricultor ilustrado...

Escribe con la mirada larga, rayana en la utopía, pero lo hace convencida de que sus propuestas, por inviables que pudieran parecer entonces, terminarán por imponerse en un futuro, por lejano que este se encuentre. De ahí su insistencia en algunas de ellas, como la «escuela granja-modelo» a la que se refiere en el texto anterior y que años después incluirá también entre las medidas regeneradoras que pretenden poner en marcha Isabel de Morgovejo y Ramón de Monforte, la pareja de protagonistas de El padre Juan (⇑). De ahí que asuma desde el principio que sus reflexiones solo despertarán el interés de algunas de sus compatriotas. De ahí que se dirija a aquellas mujeres que cuenten «con cierta preparación», con espíritu de observación y análisis, y estén abiertas a la posibilidad de mejorar su vida y la de los suyos. Solo ellas pueden ser capaces de emprender el camino de la regeneración, las únicas que pueden construir un hogar campesino iluminado por la luz de la razón, modelo de virtudes que se alce frente a la degeneración que está corroyendo las ciudades. «En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...».

Ciertamente estos textos, que fueron apareciendo de 1882 a 1885 en la sección En el campo, estaban escritos con la mirada larga. Por entonces parece conformarse con haber despertado la curiosidad de sus interlocutoras, a las que les ha mostrado la vida en el campo («que muchas desconocéis») tal y como ella la estaba viviendo en aquel tiempo; parece conformarse con la posibilidad de que algunas de ellas mediten despacio acerca de la importancia que para la regeneración patria representa la mujer en el campo, asumiendo las riendas de un hogar racional regido por su inteligencia. Pero no acaba ahí, su propuesta sigue viva, y volverá a retomarla años después cuando, en otro lugar y en otras circunstancias, se dirija de nuevo a otras mujeres para decirles que ellas son las llamadas, que ellas han de ser las protagonistas, las hacedoras de la sociedad del porvenir, «que uno de los factores esenciales de la regeneración española estriba en elevar el nivel físico, moral e intelectual de las almas femeninas». Lo hace entonces desde una columna titulada Conversaciones femeninas que publica el santanderino diario El Cantábrico a lo largo de 1902. 

Han pasado dos décadas y su vida ha cambiado. Ya no es la joven ilustrada que vive en el oasis pinteño; ya no cuenta con la ayuda que, en calidad de sirvientes, le proporcionaba un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias al capital que en aquel tiempo poseía, podía pagar espléndidamente; ya no realiza largas expediciones a caballo por las tierras de España... Ha entrado en la cincuentena, se ha convertido en viuda recientemente (⇑), vive en Cueto, por entonces una aldea situada a escasos kilómetros del centro de Santander, y se esfuerza en sacar adelante una granja avícola, con cuyos esperados beneficios podrá completar la pensión de viudedad que ha empezado a cobrar por entonces. 

Aunque hay diferencias evidentes entre las dos series de artículos, tanto en el tono como en los puntos desde los que articula su discurso, la tesis sigue siendo la misma, a pesar de los veinte años que los separan: la regeneración de la sociedad debe de iniciarse en el campo, en el contacto con la naturaleza, y la mujer, la mujer campesina, ha de ser la protagonista de ese cambio tan inevitable como necesario. La redención del campo, y por ende de la sociedad española, ha de lograrse por la implantación en el medio rural de hogares cultos, a cuyo frente se halle la mujer campesina, culta e inteligente. Cambia, eso sí, el tono con el que articula su propuesta. Suena ahora menos bucólico, más admisible, más próximo a la realidad, a la suya y a la de algunas mujeres montañesas, coetáneas suyas.  

Su ejemplo parece avalar su propuesta. Debe de ganarse su sustento y lo hace poniendo en práctica buena parte de lo que ha predicado. Convertida en una de esas campesinas que deben protagonizar la regeneración patria, trabaja, estudia y aprende. Diseñó la instalación de su  granja avícola (⇑), la dotó de las últimas novedades mecánicas, compró lotes de las mejores razas ponedoras y se dedicó de lleno, en largas jornadas cada uno de los siete días de la semana, al cuidado de sus patos y gallinas. El concienzudo trabajo no tardó en obtener sus frutos: los productos de su granja no solo contaron con el favor del público sino que obtuvieron un galardón en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902. 

La utopía no parece serlo tanto. Su ejemplo y el de otras mujeres invitan a pensar que, ciertamente, el cambio es posible. De ahí que dedique las últimas entregas de sus Conversaciones femeninas a esbozar el camino para lograrlo: las pequeñas industrias rurales, «una de las fuentes de mayor riqueza de todo país culto y trabajador». Riqueza y cultura en el campo, de la mano de la mujer campesina, que es quien debe liderar el cambio, ella es quien debe poner en marcha esas actividades que supondrán un valor añadido en la vida de los suyos y un impulso para el restablecimiento de la adormecida nación. El abanico es bien amplio, a tenor de la enumeración que realiza, pues, además de la avicultura que bien conoce, se refiere también a la avicultura, a la producción de quesos, la elaboración de mantequilla, la cría del gusano de seda, la preparación de  conservas de frutas y legumbres, la floricultura... Convencida de que es posible, exclama con entusiasmo:

« ¡Volvamos el rostro a los campos de la patria; hagamos en ellos surgir el ideal de la mujer agrícola, culta e inteligente!»

 



También te pueden interesar


Capitulaciones de boda y baile campestre, de Jean Antoine Wateau (Museo del Prado) 217. Acuerdo de separación
Se separan de mutuo acuerdo. Él se va del domicilio familiar, le pasa una pensión; ella asume la obligación de visitar a su marido y así lo hace en, al menos...



Cabecera de una revista de educación editada en los años sesenta del siglo XIX170. Aprendió a aprender
No tiene sentido elucubrar acerca de la formación que nuestra protagonista hubiera alcanzado de haber seguido el plan de estudios establecido en la Ley de Instrucción Pública de 1857. No sabemos, ciertamente, cómo hubiera sido su educación...



Fotografía de José Jackson publicada en 1922133. «Couplets de actualidad con música de La gatita blanca», José Jackson Veyán
Manifestaciones y protestas de universitarios ofendidos. No tarda mucho Pepe Jackson en afilar su pluma y, a ritmo de opereta, sacar a relucir los fantasmas varoniles de la tropa estudiantil...



José Vázquez Varela, hijo de la víctima92. Rosario de Acuña y la naturaleza humana
A ella no parece interesarle ni la repercusión social que está teniendo aquel proceso, ni el papel que en este asunto desempeña la prensa, ni si se está intentando aprovechar este juicio para sacar rédito político. Lo que le preocupa es indagar en el pasado de Vázquez Varela para intentar localizar el inicio del mal...



Fragmento de la carta publicada en Las Dominicales34. Pidiendo por las calles de Pinto
Una epidemia de cólera causa estragos en el Levante español. En Murcia causó los mayores estragos a juzgar por el elevado número de defunciones, los aislamientos, las partidas de auxilio para los damnificados. Rosario de Acuña se echa a las calles...