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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009) y de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 14 de octubre de 2018

178. Qué hacemos con la casa de El Cervigón


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)
¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba así mismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña y Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Tremañes que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.


Nota. Texto publicado en La Nueva España, 7-11-2018

martes, 11 de septiembre de 2018

177. Estreno en el Centro Dramático Nacional


Cartel de la obra
El próximo 16 de octubre se estrenará en el Centro Dramático Nacional la obra Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán, escrita por Asunción Bernárdez. La noticia me la regaló hace unas semanas la propia autora, sabedora de que la buena nueva sería muy bien recibida por quienes llevamos años empeñados en la tarea de recuperar y difundir el testimonio vital de esta mujer ejemplar.

Poco a poco, paso a paso, se va logrando el objetivo. Primero fue su inclusión en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. Desde 2010 Rosario de Acuña comparte espacio con destacados pensadores de la talla de Ortega y Gasset, Octavio Paz, José Martí, Simón Bolívar o Emilio Castelar. Tres años después, en febrero de 2013, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) inauguró un portal a ella dedicado, similar al de otras significadas escritoras  del diecinueve como Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda. En marzo de 2017 le llegó el turno a la Biblioteca Nacional (⇑), que la incluye en un nuevo espacio dedicado a las escritoras del siglo XIX. Poco a poco, paso a paso...

Ahora le toca el turno al Centro Dramático Nacional, cuyos responsables han incluido en la programación de la temporada 2018-19 un nuevo ciclo denominado En letra grande, con cuatro protagonistas, cuatro mujeres  «que en el pasado enriquecieron e innovaron la escena española tanto desde la escritura como desde la práctica, y que no han sido reconocidas en la historia de nuestro teatro a pesar de su indudable contribución». Cuatro obras sobre cuatro mujeres que, gracias a tan feliz iniciativa, encuentran su espacio en la propuesta elaborada por este centro de producción y creación teatral dependiente del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. De tal suerte que Luces de bohemia, Calígula, Tres sombreros de copa o El jardín de los cerezos compartirán los escenarios del CDN con estas cuatro obras que ponen el foco en la trayectoria vital de María Teresa León Goyri,  María Lejárraga, Halma Angélico (María Francisca Clar Margarit), y Rosario de Acuña.

Los textos han sido elaborados por otras tantas mujeres, avezadas conocedoras de los escenarios, bien sea como autoras, directoras o estudiosas de las artes escénicas: Luz Arcas ha diseñado la dramaturgia y la coreografía de Una gran emoción política, inspirada en Memoria de la melancolía, autobiografía de María Teresa León; Vanessa Montfort ha escrito Firmado Lejárragaa; Yolanda García Serrano es la autora y directora de Halma... Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán está escrito por Asunción Bernárdez, profesora del departamento de Periodismo y Nuevos Medios de la Universidad Complutense, así como directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la citada universidad madrileña. Si a su interés por el teatro (también por el cine y la televisión) sumamos su dedicación a la investigación del pensamiento feminista y los estudios de género, no era más que una cuestión de tiempo que se topase de lleno con el testimonio vital de doña Rosario, dramaturga y combativa feminista (⇑), aunque lo fuera en otro momento histórico, bien diferente del actual. 

El resultado de ese encuentro entre Asunción y Rosario se vislumbra muy prometedor, a la luz de los indicios que ya conocemos. Empezando por el título, esas ráfagas de huracán que encabezaron un escrito (⇑) suyo de finales de mayo de 1917, exponente de una de las etapas destacadas en su biografía, probablemente la más política, la más obrerista. Tras pasar dos años en Portugal huyendo de la justicia española por el asunto de La jarca (⇑), sus ahorros prácticamente se han esfumado y padece las estrecheces a que obligan su exigua pensión de viudedad. A sus sesenta y seis años ya cumplidos forma parte de la larga nómina de necesitados y, como muchos de ellos, tiene depositadas sus esperanzas en el empuje de las organizaciones políticas de la izquierda. Cree que ha llegado el momento, la hora suprema (⇑), para entablar la batalla y no duda en desplazarse a Madrid para participar en el mitin aliadófilo que convocan las fuerzas de izquierda. Hace llamamientos a la unión y a la lucha, tanto que las autoridades efectúan dos registros en su domicilio buscando, quizás, los panfletos que llaman a secundar la huelga general revolucionaria de agosto de ese año:

Por el norte soplaba otra ola de tempestad; la empujaba el vigor de unas razas puestas en pie hacia la socialización de la tierra, la equivalencia de derechos y deberes entre las mujeres y los hombres, el acabamiento de todo poder dictatorial (responsable o no), de todas las dinastías; el grande, avasallador impulso de las ciencias positivas con su METAFÍSICA DE LA RAZÓN que ha de levantar a la especie humana a un plano superior...

Si prometedor resulta el sugerente título elegido, anuncio cierto de un enfoque interesante del personaje, no lo es menos la estructura dramática de la obra, que intuimos tras la lectura de la sinopsis: Un grupo de personas jóvenes emprenden un viaje para hacer un documental sobre Rosario de Acuña, una de tantas mujeres librepensadoras y radicales perdidas en la historia de nuestro país y de nuestro teatro. En este viaje, nuestros personajes se llevan consigo sus vidas e inquietudes, que no son tan distintas de las que vivió la autora a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, ya que la libertad para pensar y expresar lo que sentimos sigue siendo uno de los grandes desafíos de las sociedades actuales. La pasión de Rosario de Acuña por la razón, por la libertad y por cambiar la vida es explicada en esta obra a través de su condición de escritora infatigable, masona, montañera, empresaria, autora y directora de teatro, poeta o pedagoga. Todo lo quiso cambiar la autora en una España de desmemoria, que la olvidó a ella como a tantas otras creadoras y pensadoras. Ahora, sin embargo, es buen momento para la presencia que es siempre el teatro.

Toda una declaración de intenciones que presagia una mirada más cercana y actualizada de nuestra protagonista; que vaticina diálogos sugerentes entre generaciones, entre el presente  y el ayer olvidado; que presagia una fuerte sacudida a la capa de neblina con la que esa España de la desmemoria cubrió el testimonio vital de nuestra protagonista. En suma, un paso más en la tarea colectiva de recuperación del testimonio vital de doña Rosario de Acuña y Villanueva a la que, sin duda, también contribuirá el cuaderno pedagógico que, acerca de las cuatro obras incluidas en el ciclo En letra grande, ha elaborado Concha Largo, coordinadora de actividades educativas del CDN; así como el resto de actividades paralelas que han programado los responsables del Centro.

Poco a poco, paso a paso...


martes, 4 de septiembre de 2018

176. Republicana


Dibujo alegórico del triunfo de la República (La Flaca, 6-3-1873)
Tenía veintidós años por entonces y es bastante probable que la proclamación de la República viniera a agitar sus inquietudes, contagiada por la zozobra que a buen seguro sentiría su querido padre, vinculado  –fidelidad obliga– al largo historial de vaivenes estratégicos del general Serrano, quien en más de una ocasión había cambiado de papel, pasando de ser favorito de Isabel II a encabezar la rebelión –junto a Prim y el almirante Topete– que la derrocó. Los Acuña (véase el comentario 175. La sobrina descarriada ⇑) habían ligado su posición política a la de don Francisco Serrano Domínguez, para lo bueno y para lo no tan bueno. En 1868, conocido el triunfo de La Gloriosa, Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, al grito de «¡Viva la libertad y viva la soberanía nacional!», se apresura a constituir y asumir la presidencia de la junta provisional de Andújar; poco después es nombrado gobernador de Jaén; y en los primeros días de octubre estaría entre los andujareños que en la estación de Baeza reciben alborozados al general Serrano, de camino hacia Madrid para presidir el Gobierno Provisional. Tras la proclamación de la República, el general marcha a Francia, a verlas venir. Rosario de Acuña y Villanueva, también. Es probable que lo hiciera en compañía de su padre y de su madre. De lo que sí hay constancia escrita es que permaneció una temporada en el sur del país vecino, en Bayona y sus alrededores.

Tal parece que la proclamación de la República había teñido de incertidumbre el futuro de aquella joven, emparentada con la vieja nobleza castellana (⇑), que había crecido escuchando las lecturas que su padre entresacaba de los volúmenes que Modesto Lafuente iba publicando de su Historia General de España. Aquellas lecciones paternales consiguieron que Rosario asumiera aquella visión de la historia común: formaba parte de una nación que hundía sus raíces en la antigüedad y que se había forjado en los principios cristianos y monárquicos. De ahí que el destronamiento de Isabel II no hacía más que agrietar parte del confortable escenario en el que había crecido, razón por la cual no podía compartir de buen grado las muestras de entusiasmo que aquel hecho provocaba en otros compatriotas. De haber visto por entonces la imagen que ilustra este texto (una alegoría del triunfo de la República que insertó en sus páginas centrales la revista satírica La Flaca), cabe pensar que no sería ilusión lo que experimentaría la hija de Felipe de Acuña, sino más bien algo parecido a la zozobra. Al menos eso parece deducirse de algunos de sus escritos de entonces.

En la Bayona francesa, donde reside por entonces, publica un folleto titulado Un ramo de violetas (⇑), que tiene por destinataria a la mismísima Isabel II, exiliada en el país galo. En sus páginas manifiesta bien a las claras la lealtad y consideración que siente por la destronada reina: «...pues si bien mi canto nunca llegó a Vuestras plantas, mi amor y mi respeto, siempre lo habéis tenido a vuestro lado». También queda patente la visión que por entonces tiene de los sucesos que acontecen en España: « y el día en que Vuestra patria y la mía, vislumbre la aurora de la felicidad en medio de la oscura noche que la envuelve, cuando la veáis para jamás perderla...». No es este el único escrito en el que muestra a las claras su adhesión a la causa monárquica. Apenas un par de años después saluda con ilusión la llegada del nuevo rey a la restaurada corte canovista con una poesía: Al rey don Alfonso (⇑):

¡Llamado estás a despertar a España
del letárgico sueño en que yacía;
tú borrarás la fratricida saña
que la ambición titánica encendía!
¡Tú la puedes borrar, mi voz extraña
acaso torne el cielo en profecía;
Tú puedes, al tomar nuestra bandera,
hacer del mundo la nación primera!

Monárquica y católica: Acuña de vieja raigambre, por más que la suya fuera una rama secundaria y que el entorno familiar en el que había crecido respirara un aire más liberal. En cualquier caso y como quiera que las biografías no vienen escritas al nacer, sino que se van construyendo día a día, resulta que las firmes convicciones que hasta entonces había sostenido empezaron a resquebrajarse tras la muerte de su padre («toda la sombra esparcida en mi existencia, que, como humana que es, no está libre de sombras, se extendió fría y desolada en mi derredor»)... y saltaron hechas añicos cuando decidió adherirse al bando que luchaba en defensa de la libertad de pensamiento, tras estudiar durante casi un año los contenidos publicados en el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento («¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar!»). Sombra y luz.

La publicación de su carta de adhesión (⇑) («...vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede») supone también, como es lógico pensar, el abandono de sus anteriores creencias religiosas. Ya no es católica: es público y notorio tanto para quienes la colman de parabienes, como para aquellos que la repudian desde entonces. Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos de Ramón Chíes y Fernando Lozano, codirectores del semanario librepensador, sino en los de buena parte de sus colaboradores entre los que encontramos, con mayor o menor frecuencia,  a José Francos Rodríguez, Odón de Buen, Antonio García Vao, Miguel Morayta, Manuel Curros Enríquez, Salvador Sellés, Francisco Pi y Margall o Joaquín Dicenta, cuya militancia republicana es de sobra conocida. Era cuestión de tiempo... y hubo que esperar.

En una carta abierta dirigida a Anselmo López (quien probablemente fuera el primer presidente del Sporting de Gijón tal y como planteo en un comentario anterior ⇑) publicada a principios de 1917 doña Rosario, en una larga descripción retrospectiva de sus años de lucha en defensa de la libertad de pensamiento, nos cuenta que en cierta ocasión, encontrándose en la zona en la cual se unen las tierras cántabras y palentinas, decidió ascender a lo más alto del pico Cordel portando una gran bandera; y que, una vez alcanzada la cima situada a más de dos mil metros de altura, puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre...». No consta cuándo tuvo lugar tal ascensión. Quizás fuera en los años ochenta, en alguna de las expediciones a caballo (⇑) que por entonces acostumbraba  realizar  recorriendo durante meses las tierras patrias; quizás ocurriera más tarde, en los primeros años del siglo veinte, cuando –habiendo dado por finalizada su trabajo de avicultora que con tanto afán había desarrollado en Cantabria– se dedicó a recorrer la Montaña (⇑) y los territorios limítrofes. Aunque este «¡Viva la República!» no tenga fecha, sí que contamos con otro documento que la tiene. Veamos.


En la primavera de 1902 José Nakens, director del semanario El Motín, hace pública una propuesta a los periódicos republicanos para que tomen la iniciativa y lideren la convocatoria de una asamblea  «que fije y determine la marcha futura del partido», en la que participen cuantos republicanos puedan costearse el viaje para, olvidándose de lo que les diferencia, sean capaces de elegir un líder, «un hombre de autoridad, prestigio y voluntad», que ponga al partido «en condiciones de lucha». Se trata de logar el partido republicano y no un (otro) partido republicano y así lo entienden los periódicos y exsenadores republicanos que se suman a la iniciativa. Tras varios meses de propuestas y contrapropuestas, de réplicas y matices, el 14 de febrero de 1903 se reúnen los representantes de las distintas facciones republicanas y alcanzan un acuerdo: se constituye una comisión «que, puesta de acuerdo con los elementos republicanos que se han declarado, y aún puedan declararse, partidarios de la Asamblea general, prepare y realice con ellos la urgente convocatoria de la misma».  Con el fin de que los republicanos de toda España pudieran participar en aquel proceso de unificación, se publican unos boletines de adhesión en los cuales las personas interesadas designan un delegado que los represente. Pues bien, allí está ella y José Nakens es la persona en quien delega.



Cuarta lista de adhesiones a la Asamblea Republicana

Al fin, el 25 de marzo de 1903 se celebra en el teatro Lírico de Madrid la «magna asamblea republicana» que dio origen a la Unión Republicana, presidida por Nicolás Salmerón. Aquella unificación casi completa de los republicanos (el Partido Republicano Democrático Federal se mantuvo aparte, aunque accedió a una alianza electoral) se tradujo, tal y como predecía José Nakens, en una mejora evidente en los resultados electorales. En las elecciones celebradas en aquella primavera, la Unión Republicana obtuvo treinta y seis diputados, algunos de los cuales contaban con la amistad y admiración de la republicana Rosario de Acuña. Tal es el caso de Miguel Morayta (⇑), Joaquín Costa (⇑), Melquíades Álvarez o Nicolás Salmerón (Exoristo, uno de sus hijos, era uno de los invitados habituales (⇑) a la casa de El Cervigón). A ellos habría que unir los nombres de otros ilustres republicanos que también contaron con su afecto y respeto: Ramón Chíes, Fernando Lozano, José Nakens, Roberto Castrovido, Joaquín Dicenta (⇑), José María Esquerdo (⇑) o Luis Bonafoux (⇑).

Aunque fue reacia a que se la adscribiera a formación política alguna, resulta evidente a la luz de todo lo anterior que no tuvo mayor inconveniente –antes al contrario– a que su nombre figurara en el campo del republicanismo español.

viernes, 10 de agosto de 2018

175. La sobrina descarriada


A pesar de haber nacido en pleno centro (⇑) del Madrid isabelino (en las cercanías de la Puerta del Sol y de la que más tarde será la Gran Vía madrileña), las tierras jiennenses formarán parte de su  infancia y juventud, pues allí, en los salutíferos aires de sus serranías, encontraban temporal remedio sus dañados ojos. Cuando ni los grandes oculistas del momento, ni los remedios farmacológicos por ellos recetados conseguían mitigar los dolores, llegaba la sabia prescripción de su abuelo paterno: «¡Venga esa niña al campo!» Y al campo se iba la niña acompañada, las más de las veces, de su joven padre: «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena».

Dibujo de Antonio de Acuña Solís publicado en 1882Aunque tanto su padre como sus tíos habían nacido en Arjonilla, localidad de poco más de dos mil habitantes de la que su abuelo había sido alcalde primero, es muy probable que las correrías infantiles de Rosario tuvieran por escenario Andújar, la cabecera comarcal, pues como vecino del lugar figura el abuelo Felipe de Acuña Cuadros en un documento del año cincuenta y tres. Quizás el prematuro fallecimiento de su mujer, ocurrido nueve años antes, fuera una de las causas que motivaron su traslado. Lo cierto es que, en la mitad de la década de los cincuenta, cuando nuestra protagonista contaba con cinco años de edad, la muerte había mermado sensiblemente el número de familiares que poblaban aquella casa solar. A la ausencia de la abuela,  fallecida en 1844, se habría de sumar la de Pedro Antonio, el hijo mayor, y la de Petra, la única hija del matrimonio, que murió en el verano del cincuenta y cinco mediada la tercera década de su vida. Así pues, Felipe, Cristóbal y Antonio eran los tres hermanos que sobrevivían y los tres se mantuvieron muy unidos a lo largo del tiempo. Formaban una sociedad muy bien avenida, en la cual habría que incluir también al primo Pedro Manuel ⇑, (en realidad, como hijo de un primo carnal, era sobrino segundo), de una edad pareja a la suya y con quien compartían aficiones, inquietudes políticas y proyectos empresariales.

«¡Venga esa niña al campo!» Y a la Campiña de Jaén se iba encantada Rosario, pues allí, en los saludables escenarios de la sierra de Andújar, encontraban sus doloridos ojos la pócima reparadora; allí encontraba el cariño de su abuelo Felipe, de su tío abuelo Antonio María y de sus numerosos hijos,  de su primo Pedro Manuel y de sus tíos Cristóbal y Antonio. La esperaban con los brazos abiertos, en Andújar  y en Baeza, localidad muy ligada a su familia desde que a finales del siglo XV allí se asentara  la rama de los Acuña de la cual descienden, y a la que trasladaron tanto Antonio como Cristóbal su residencia y donde el abuelo morirá en el mes de septiembre de 1873. Baezanos eran también los hermanos Benavides, Antonio y Francisco de Paula, que como tíos eran tratados aunque realmente lo fueran de la mujer de su tío Cristóbal.

El viaje desde Madrid resultaba toda una aventura. Después de varias horas a bordo del tren correo de Andalucía (Aranjuez, Tembleque, Villacañas, Alcázar de San Juan, Manzanares, Valdepeñas...),  debía de apearse en una estación de nombre engañoso, pues aunque había sido titulada como Baeza para diferenciarla de otra que también se localizaba en las proximidades de Linares, se encontraba a casi veinte kilómetros de su destino. Para recorrerlos era preciso tomar un coche de caballos que durante años realizaba el trayecto en dos etapas, pues hasta que no se construyó el puente sobre el río Guadalimar resultaba obligado cruzar a la otra orilla en una pequeña barcaza.

Fotografía de la fachada del Ayuntamiento de Baeza publicada en 1920

Llegada, al fin, a su destino, en la casa solar encontraba el afectuoso recibimiento y el cariño de una red familiar que cada poco se incrementaba con nuevos vástagos. El nacimiento en 1856 de Felipe de Acuña Robles, el primer hijo de su tío Antonio, puso fin a su condición de nieta única y dio inicio a una larga lista de primos, hijos de sus dos tíos carnales: Rosario, Antonio, Francisco, María Teresa, Joaquín, Rafaela, Ana María, Petra, Ramón, María del Carmen y Teresa. Aunque no con todos pudo mantener la misma relación, pues entre el primero y la última había veintisiete años de diferencia, lo cierto es que todos ellos formaban parte de su largo elenco familiar, que aún podría ampliarse a Bernardo José, María Florencia, Juan Bautista, María Josefa, María de los Dolores y José María de Acuña y Jiménez de Soto, los siete hijos de su tío abuelo Antonio María de Acuña Quadros que ella pudo conocer (hubo otros dos que fallecieron antes de su nacimiento); y también a Rosario, Josefa y Francisca de Acuña y Espinosa de los Monteros, hermanas de su primo Pedro Manuel (⇑), y a sus descendientes. Una hija de la última de ellas, de nombre Petra de Solís y Acuña, figura en su testamento (⇑) escrito por su mano unos cuantos años después. A ella le dejará todas sus ropas de su uso particular «para que las use en memoria del cariño que nos unió desde la más tierna infancia». No será esta la única mención a sus primas que figure en sus escritos. Ya en Ecos del alma, su primer poemario, encontramos la poesía titulada A mi prima R. de A. y R. (⇑) , dedicado probablemente a Rafaela de Acuña y Robles (hija de Antonio de Acuña y Solís y de María de los Dolores Robles López), quien en la fecha en la cual fue escrito el poema contaba con cinco años de edad, pues había nacido en Baeza el 24 de diciembre de 1868.

Aquel entramado familiar no solo nutría con afectos a sus miembros, constituía también un eficaz instrumento de promoción social para la familia. El tío Antonio Benavides, que había sido ministro en diferentes gobiernos a lo largo del reinado de Isabel II,  fue nombrado embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede en el mes de enero de 1875. Su hermano, Francisco de Paula, es por entonces senador y obispo de Sigüenza. El primo Pedro Manuel, que en los primeros años setenta era diputado por la circunscripción de Baeza, había sido gobernador civil en Jaén, Toledo y Sevilla; el tío Antonio  lo fue de Albacete y Castellón; y el tío Cristóbal era alcalde de Baeza en el año 1874, cargo que ya había ocupado su hermano desde el año sesenta y nueve.

Como queda dicho, Rosario disfrutaba en el terruño paterno no solo de los saludables efectos que los paisajes serranos proporcionaban a sus delicados ojos, sino también de los beneficios que sus relaciones familiares le brindaban. De unos y de otros tenemos alguna constancia escrita. La más relevante se produce en 1875. En la primavera de aquel año pasa una larga temporada en Andalucía: en Córdoba, tierra de su abuela paterna,  escribe «La vuelta de una golondrina» (⇑); en Baeza, «A una flor» ( ⇑); en Navalahiguera «Correspondencia de Andalucía» ( ⇑); y en Solana del Tamaral, ya en la vertiente manchega de la serranía,  «Las tres ilusiones» (⇑) y «Los dos ángeles» (⇑). La novedad de aquel año es consecuencia del reciente nombramiento de su tío Antonio Benavides como embajador ante la Santa Sede al que he me he referido más arriba. Apenas unos pocos meses después, Rosario viaja a Roma y se instala en la residencia oficial del embajador. No desaprovecha la ocasión: es recibida por el papa Pío IX, viaja por Italia y escribe Ante el sepulcro de Rafael (⇑), Al niño Manuel Baldasano y Godinez (⇑), Una ramilletera en Venecia (⇑)...

De la buena sintonía existente en el grupo formado por los tres hermanos (Felipe, Antonio y Cristóbal) y su primo Pedro Manuel son buena prueba tanto las actividades económicas conjuntas como las afinidades políticas. Sirva como ejemplo de las primeras El Fomento Minero, una sociedad constituida a finales de 1877 para la explotación de la mina de plomo Alcolea, sita en Linares. En cuanto a la política, los cuatro se encuadran en el ámbito liberal, en las cercanías del general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre desde que Isabel II así lo decidiese a principios de los sesenta.

Aunque gaditano de nacimiento, el general Serrano mantenía estrechos vínculos en la provincia de Jaén, con propiedades rústicas y urbanas en Andújar y Arjonilla. Luego estaba el Coto del Socor, una finca de más de tres mil hectáreas «situada en el corazón de Sierra Morena», a unos veinte kilómetros de Andújar, que era su lugar de descanso preferido y escenario de afamadas monterías a las cuales, además de  destacados empresarios, solían acudir diputados, senadores y altos cargos de la administración del Estado, afines al duque. Los Acuña al completo, los tres hermanos y su primo, no solo eran asiduos participantes de las cacerías que se organizaban en el Socor, sino que alguno de ellos,  también era acompañante habitual de Serrano en otras que tenían lugar en diversos lugares de España.

Para aquellos que conocieran el vínculo que mantenían desde tiempo atrás con el duque de la Torre no debió de resultarles sorprendente que, tras la llegada al poder de los liberales de Sagasta en 1881, los Acuña recuperaran el protagonismo político que habían perdido durante los gobiernos conservadores de Cánovas. Antes de que terminara el año, Antonio volvió a ser nombrado gobernador; entonces lo fue de Sevilla y al año siguiente, de Granada. Menos tiempo tuvo que esperar Pedro Manuel: la Gaceta de Madrid del 16 de febrero publica su nombramiento como nuevo director general de Agricultura, Industria y Comercio. Quizás no fuera casualidad que el ministro de Fomento que firma el decreto fuera José Luis Albareda, otro de los participantes en las monterías del duque. Menos aún –claro está– que unos días después su primo Cristóbal fuera nombrado comisario de Agricultura, Industria y Comercio de la provincia de Jaén; tampoco que Felipe, jubilado por enfermedad tres años antes, retornara al ministerio de Fomento como oficial para convertirse en la mano derecha de su primo, acompañándolo a inauguraciones y otros actos oficiales, ocupando un puesto en la Junta Central de Exposiciones Agrícolas o ejerciendo como secretario del Consejo Superior de Agricultura (privilegiada posición que utilizó para echarle una mano al Ayuntamiento de Pinto y, con ello, mejorar las relaciones de su hija con sus nuevos vecinos ⇑). Estos nombramientos son un claro ejemplo de nepotismo que aún tendrá nuevos beneficiarios, pues, tal y como quedó de manifiesto en un comentario anterior (⇑), Rafael de Laiglesia, el marido de Rosario, va a ser nombrado visitador de Agricultura, con un suculento sueldo que será incrementado con el que recibirá como miembro del equipo responsable de la Gaceta Agrícola, revista editada por el ministerio de Fomento.

Aunque no desconocieran que, como consecuencia de la alternancia de partidos que se había iniciado entonces con la llegada al poder de los liberales de Sagasta, aquella privilegiada situación no podría mantenerse durante mucho tiempo, parece evidente que aquel era un buen año para los Acuña y no desperdiciaron la ocasión de dejarlo bien patente durante la inauguración del hipódromo de Baeza, que tuvo lugar durante las ferias de mayo de ese venturoso año de 1881. Cristóbal de Acuña, el flamante comisario de Agricultura de la provincia, era también –además de alcalde de la localidad– presidente de la Sociedad Hípica de Baeza y no desaprovechó la ocasión que aquel evento le brindaba. Sus caballos compitieron en las carreras inaugurales y entre sus invitados se encontraba el mismísimo general Serrano que había viajado desde Madrid con tal motivo, en compañía de Pedro Manuel y de Felipe.

No duró mucho aquel estado de gracia que parecía acompañar al grupo formado por los tres hermanos y su primo. La causa del fin no fue la acordada alternancia de poder entre conservadores y liberales, sino la repentina muerte de Felipe de Acuña,  ocurrida el 27 de enero de 1883. Nada fue igual desde entonces. Mucho menos para Rosario, su única hija, la mayor de las sobrinas de Antonio y de Cristóbal de Acuña Solís.

El primero en darse cuenta de que las cosas no iban como acostumbraban debió de ser Pedro Manuel al enterarse que Rafael de Laiglesia abandona las rentables ocupaciones que le había proporcionado: cesa en su trabajo como visitador de Agricultura, Industria y Comercio al tiempo que abandona sus funciones como responsable de Gaceta Agrícola. La confirmación de la ruptura de su matrimonio (⇑) con Rosario no tardará en llegar, pues a finales de mayo ya se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España. Su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Luego vino lo de su carta en Las Dominicales del Libre Pensamiento en la cual anunciaba su firme propósito de convertirse en una combativa librepensandora, en una tenaz luchadora en defensa de la libertad de conciencia frente a las fuerzas clericales. Apenas dos años más tarde se conocía su ingreso en la masonería...

Juan de Acuña Jiménez (Archivo de Jose María de Acuña Torres)
Las noticias no tardarían en llegar a sus tíos; tampoco a cuantos la conocían en Baeza (que contaba por entonces con unos trece mil habitantes) y en Andújar (lugar de residencia del primo Pedro Manuel y de sus otros primos, los nietos de su tío abuelo Antonio María), pues aun en el caso de que en estas poblaciones no se distribuyera el semanario librepensador, ya se encargaba la autodenominada «buena prensa» de dar cumplida cuenta de las impiedades publicadas en la «prensa del demonio» y de quién eran sus colaboradores. No tardaría en ser público y notorio que la única hija de Felipe de Acuña Solís; la sobrina de don Antonio, el gobernador; de don Cristóbal, el alcalde de Baeza, el presidente de la Sociedad Hípica, el comisario provincial de Agricultura; la sobrina segunda de don Juan de Acuña Jiménez , el alcalde de Andújar; la prima segunda de don Pedro Manuel, el diputado, el director general de Agricultura, Industria y Comercio; la sobrina de su eminencia Francisco de Paula, cardenal y arzobispo de Zaragoza; se había separado de la senda, del carril por el cual había transcurrido su vida hasta entonces, en compañía de sus ilustres familiares: caminaba descarriada, alejada del amparo familiar.

La vida para los Acuña continuó por derroteros similares a los que habían seguido hasta entonces. Pedro Manuel, que volvió a ser diputado por diversas circunscripciones de la provincia de Jaén, parece que también retoma su antigua afición por el teatro en verso, por las loas de asunto religioso. Si en 1867 había participado en la representación de la obra La institución del Rosario, de José Martín y Santiago, compartiendo escenario con su hermana Rosario y con su cuñado Enrique Lassús (véase el comentario 123. La otra Rosario de Acuña ⇑), en 1885 se convierte en autor (aunque algunos afirman que está escrita por su hija Camila) de la que lleva por título Loa de la Aparición de Nuestra Señora de La Cabeza. Antonio –gobernador de nuevo en los años noventa– y Cristóbal siguieron combinando política y negocios, dejando su impronta en la trama urbana de Baeza. El primero compra los restos de la iglesia del convento de San Francisco, demuele las partes dañadas y construye El Liceo, un teatro con capacidad para mil quinientos espectadores que acogerá las primeras proyecciones cinematográficas en el verano de 1906. También obtiene la concesión para la construcción de un mercado de abastos en las inmediaciones del teatro, para la cual utilizará parte de los materiales del convento derruido. Por último, la plaza de toros, que fue inaugurada en 1892. Hay quien dice su construcción  «fue sufragada por Cristóbal de Acuña»; en otros lugares se afirma que la obra se realizó también por iniciativa de Antonio.

Bipartidismo monárquico, loas a la virgen, cinematógrafo («¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve»), toros... Sí, está claro que Rosario se ha salido completamente del carril por el que transitan sus tíos. Se ha convertido en la sobrina descarriada.

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Nota.  Una vez terminado el borrador de este comentario quise contrastar su contenido con José María de Acuña Torres quien, además de nieto de Juan de Acuña Jiménez (el primo de Felipe de Acuña y alcalde de Andújar que se menciona en el texto), es autor de una exhaustiva Historia genealógica y heráldica de la Casa de Acuña que complementa los trabajos sobre los Acuña de Baeza que Fernández de Bethencourt concluye en los inicios del siglo XX.  Quiero dejar aquí constancia de mi agradecimiento pues, como era previsible, sus indicaciones y sugerencias me ayudaron a perfilar con mayor detalle el entramado familiar que Rosario se encontraba cuando visitaba Jaén. Gracias a José María conocemos a otros tíos, tíos segundos por ser hijos de su tío abuelo Antonio María de Acuña Quadros. Suya es también la fotografía de Juan de Acuña y Jiménez que ilustra el texto.