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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009) y de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

martes, 27 de noviembre de 2018

179. A vuelta con sus calles


Cuando el periodista Roberto Castrovido reclamaba en 1925 (⇑) que el Ayuntamiento madrileño pusiera el nombre de Rosario de Acuña a una de las calles de la capital, es bastante probable que desconociera que ya la tenía. Lo ignoraban también las autoridades municipales cuando decidieron purgar el callejero de la capital tras la Guerra Civil: eliminaron una, pero convivieron años y más años con la otra. Ese mismo desconocimiento explicaría por qué durante décadas se mantuvo presente en las calles de otras ciudades, la razón por la cual cartas y más cartas mantuvieron vivo el nombre de tan ilustre librepensadora y masona, en aquel tiempo de la tan manida «conspiración judeo-masónica». Resulta aún más paradójico que fueran los nuevos ediles, los elegidos democráticamente, quienes decidieran eliminarla de aquellos callejeros en los cuales había conseguido sobrevivir durante los largos años de la dictadura.

Placa de la calle

Aunque Castrovido no tuviera noticia de ello,  gracias a la prensa de la época sabemos que a principios del siglo XX en Madrid ya existía una calle con su nombre: dos noticias de sucesos –la primera de 1901– sitúan en ese escenario unos lamentables accidentes laborales. Si una tuvo en vida, alguna más tendrá tras su muerte. Las primeras en movilizarse para lograrlo fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad, de conciencia, de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unas pocas semanas en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el Ateneo madrileño el 30 de mayo del año veintitrés. Pocos días después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». De las peripecias administrativas de aquella propuesta (aprobación por el plenario del Ayuntamiento, recurso de alzada contra el acuerdo, estimación del recurso por parte del gobernador...) ya he dado cuenta en el comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la librepensadora recién fallecida a una de las principales calles de la localidad. En Madrid el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña (sin la preposición «de», tal y como figura en la placa que ilustra este comentario). Así que, de no haberse eliminado la anterior, serían dos las que figurarían con tal nombre. No sería la única vez.

Reproducción de un cartel de Luis DubónTras la proclamación de la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades se remozaron, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos.  Fue entonces cuando en Gijón, al fin, acordaron denominar Rosario de Acuña a la avenida que conduce a la ermita (⇑). Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes.  Así lo hicieron en  Sama de Langreo, Pola de Laviana, Porcuna, Puertollano o Santander. También en Madrid. Otra vez en Madrid. En el mes de mayo de 1931 la corporación municipal decide que el paseo de Los jesuitas, pasara a denominarse paseo de Rosario Acuña (también sin la preposición «de»).

De nuevo tenía dos vías públicas con su nombre en la capital de España, y la existencia de esta última, el paseo, llevaba aparejada una gran carga ideológica, pues a nadie se le escapaba la importancia –una auténtica victoria simbólica– que para los anticlericales suponía aquel cambio, pues no solo eliminaban del espacio público a los jesuitas (una de sus bestias negras), sino que elevaban a las alturas a una destacada librepensadora.  Claro está, que lo que tenía de victoria para unos, suponía una derrota, una auténtica afrenta, para otros. Así las cosas,  en este terreno de abierta confrontación, no debiera de resultar muy extraño que, cuando la fuerza de las armas que habían sido enarboladas por los militares sublevados en julio del año treinta y seis logró cambiar los designios de las urnas, todo se volviera del revés: se  sacralizaron de nuevo las calles, las avenidas y los paseos; el de los jesuitas, también. Se retiró la placa que llevaba el nombre de aquella librepensadora. ¡Y masona! La afrenta quedaba reparada. Así sucedió también en aquellos otros lugares en los que había lucido durante el periodo republicano. No en todos. Permaneció, al menos,  en Tarrasa... y en Madrid, donde, no lo olvidemos, había otra calle con su nombre. Quizás la desmemoria fuera la razón, quizás el olvido pueda explicar por qué durante tantos años se mantuvo vivo su recuerdo en las placas de aquellas calles; por qué en el Boletín Oficial del Estado se recordaba su nombre de tiempo en tiempo; por qué los vendedores de hilaturas o los industriales colchoneros avivaban la tenue llama del recuerdo cuando anunciaban sus productos.

Los nuevos aires que penetraron en los ayuntamientos en la primavera de 1979 volvieron a agitar los callejeros de España. Paradójicamente, su nombre se cayó entonces del de Tarrasa. A Madrid, su ciudad natal, se unieron Pinto y Santander, localidades en las cuales residió durante dos etapas de su vida. Y en Gijón, donde decidió vivir sus últimos años, donde quiso permanecer para siempre, también acordaron dar su nombre a un vial urbano, aunque la mayoría de la población ignore que en la ciudad exista un paseo Rosario de Acuña: nadie lo lee, pues no hay placa alguna en el paseo; nadie lo escribe, pues en el lugar no hay vivienda a la que enviar carta alguna; nadie lo pronuncia, pues el paseo que a ella decidieron dedicar es un tramo (desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia) de un camino que todo el mundo conoce como «sendero de El Cervigón», el mismo que bordea la que fue su última morada (⇑). Una casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller. Una casa que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido, y a la que se llega caminando por el paseo Rosario de Acuña, aunque casi nadie lo sepa.

domingo, 14 de octubre de 2018

178. Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)
¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba así mismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Tremañes que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.



Nota. Texto publicado en La Nueva España, 7-11-2018

martes, 11 de septiembre de 2018

177. Estreno en el Centro Dramático Nacional


Cartel de la obra
El próximo 16 de octubre se estrenará en el Centro Dramático Nacional la obra Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán, escrita por Asunción Bernárdez. La noticia me la regaló hace unas semanas la propia autora, sabedora de que la buena nueva sería muy bien recibida por quienes llevamos años empeñados en la tarea de recuperar y difundir el testimonio vital de esta mujer ejemplar.

Poco a poco, paso a paso, se va logrando el objetivo. Primero fue su inclusión en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. Desde 2010 Rosario de Acuña comparte espacio con destacados pensadores de la talla de Ortega y Gasset, Octavio Paz, José Martí, Simón Bolívar o Emilio Castelar. Tres años después, en febrero de 2013, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) inauguró un portal a ella dedicado, similar al de otras significadas escritoras  del diecinueve como Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda. En marzo de 2017 le llegó el turno a la Biblioteca Nacional (⇑), que la incluye en un nuevo espacio dedicado a las escritoras del siglo XIX. Poco a poco, paso a paso...

Ahora le toca el turno al Centro Dramático Nacional, cuyos responsables han incluido en la programación de la temporada 2018-19 un nuevo ciclo denominado En letra grande, con cuatro protagonistas, cuatro mujeres  «que en el pasado enriquecieron e innovaron la escena española tanto desde la escritura como desde la práctica, y que no han sido reconocidas en la historia de nuestro teatro a pesar de su indudable contribución». Cuatro obras sobre cuatro mujeres que, gracias a tan feliz iniciativa, encuentran su espacio en la propuesta elaborada por este centro de producción y creación teatral dependiente del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. De tal suerte que Luces de bohemia, Calígula, Tres sombreros de copa o El jardín de los cerezos compartirán los escenarios del CDN con estas cuatro obras que ponen el foco en la trayectoria vital de María Teresa León Goyri,  María Lejárraga, Halma Angélico (María Francisca Clar Margarit), y Rosario de Acuña.

Los textos han sido elaborados por otras tantas mujeres, avezadas conocedoras de los escenarios, bien sea como autoras, directoras o estudiosas de las artes escénicas: Luz Arcas ha diseñado la dramaturgia y la coreografía de Una gran emoción política, inspirada en Memoria de la melancolía, autobiografía de María Teresa León; Vanessa Montfort ha escrito Firmado Lejárragaa; Yolanda García Serrano es la autora y directora de Halma... Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán está escrito por Asunción Bernárdez, profesora del departamento de Periodismo y Nuevos Medios de la Universidad Complutense, así como directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la citada universidad madrileña. Si a su interés por el teatro (también por el cine y la televisión) sumamos su dedicación a la investigación del pensamiento feminista y los estudios de género, no era más que una cuestión de tiempo que se topase de lleno con el testimonio vital de doña Rosario, dramaturga y combativa feminista (⇑), aunque lo fuera en otro momento histórico, bien diferente del actual. 

El resultado de ese encuentro entre Asunción y Rosario se vislumbra muy prometedor, a la luz de los indicios que ya conocemos. Empezando por el título, esas ráfagas de huracán que encabezaron un escrito (⇑) suyo de finales de mayo de 1917, exponente de una de las etapas destacadas en su biografía, probablemente la más política, la más obrerista. Tras pasar dos años en Portugal huyendo de la justicia española por el asunto de La jarca (⇑), sus ahorros prácticamente se han esfumado y padece las estrecheces a que obligan su exigua pensión de viudedad. A sus sesenta y seis años ya cumplidos forma parte de la larga nómina de necesitados y, como muchos de ellos, tiene depositadas sus esperanzas en el empuje de las organizaciones políticas de la izquierda. Cree que ha llegado el momento, la hora suprema (⇑), para entablar la batalla y no duda en desplazarse a Madrid para participar en el mitin aliadófilo que convocan las fuerzas de izquierda. Hace llamamientos a la unión y a la lucha, tanto que las autoridades efectúan dos registros en su domicilio buscando, quizás, los panfletos que llaman a secundar la huelga general revolucionaria de agosto de ese año:

Por el norte soplaba otra ola de tempestad; la empujaba el vigor de unas razas puestas en pie hacia la socialización de la tierra, la equivalencia de derechos y deberes entre las mujeres y los hombres, el acabamiento de todo poder dictatorial (responsable o no), de todas las dinastías; el grande, avasallador impulso de las ciencias positivas con su METAFÍSICA DE LA RAZÓN que ha de levantar a la especie humana a un plano superior...

Si prometedor resulta el sugerente título elegido, anuncio cierto de un enfoque interesante del personaje, no lo es menos la estructura dramática de la obra, que intuimos tras la lectura de la sinopsis: Un grupo de personas jóvenes emprenden un viaje para hacer un documental sobre Rosario de Acuña, una de tantas mujeres librepensadoras y radicales perdidas en la historia de nuestro país y de nuestro teatro. En este viaje, nuestros personajes se llevan consigo sus vidas e inquietudes, que no son tan distintas de las que vivió la autora a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, ya que la libertad para pensar y expresar lo que sentimos sigue siendo uno de los grandes desafíos de las sociedades actuales. La pasión de Rosario de Acuña por la razón, por la libertad y por cambiar la vida es explicada en esta obra a través de su condición de escritora infatigable, masona, montañera, empresaria, autora y directora de teatro, poeta o pedagoga. Todo lo quiso cambiar la autora en una España de desmemoria, que la olvidó a ella como a tantas otras creadoras y pensadoras. Ahora, sin embargo, es buen momento para la presencia que es siempre el teatro.

Toda una declaración de intenciones que presagia una mirada más cercana y actualizada de nuestra protagonista; que vaticina diálogos sugerentes entre generaciones, entre el presente  y el ayer olvidado; que presagia una fuerte sacudida a la capa de neblina con la que esa España de la desmemoria cubrió el testimonio vital de nuestra protagonista. En suma, un paso más en la tarea colectiva de recuperación del testimonio vital de doña Rosario de Acuña Villanueva a la que, sin duda, también contribuirá el cuaderno pedagógico que, acerca de las cuatro obras incluidas en el ciclo En letra grande, ha elaborado Concha Largo, coordinadora de actividades educativas del CDN; así como el resto de actividades paralelas que han programado los responsables del Centro.

Poco a poco, paso a paso...


martes, 4 de septiembre de 2018

176. Republicana


Dibujo alegórico del triunfo de la República (La Flaca, 6-3-1873)
Tenía veintidós años por entonces y es bastante probable que la proclamación de la República viniera a agitar sus inquietudes, contagiada por la zozobra que a buen seguro sentiría su querido padre, vinculado  –fidelidad obliga– al largo historial de vaivenes estratégicos del general Serrano, quien en más de una ocasión había cambiado de papel, pasando de ser favorito de Isabel II a encabezar la rebelión –junto a Prim y el almirante Topete– que la derrocó. Los Acuña (véase el comentario 175. La sobrina descarriada ⇑) habían ligado su posición política a la de don Francisco Serrano Domínguez, para lo bueno y para lo no tan bueno. En 1868, conocido el triunfo de La Gloriosa, Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros, al grito de «¡Viva la libertad y viva la soberanía nacional!», se apresura a constituir y asumir la presidencia de la junta provisional de Andújar; poco después es nombrado gobernador de Jaén; y en los primeros días de octubre estaría entre los andujareños que en la estación de Baeza reciben alborozados al general Serrano, de camino hacia Madrid para presidir el Gobierno Provisional. Tras la proclamación de la República, el general marcha a Francia, a verlas venir. Rosario de Acuña Villanueva, también. Es probable que lo hiciera en compañía de su padre y de su madre. De lo que sí hay constancia escrita es que permaneció una temporada en el sur del país vecino, en Bayona y sus alrededores.

Tal parece que la proclamación de la República había teñido de incertidumbre el futuro de aquella joven, emparentada con la vieja nobleza castellana (⇑), que había crecido escuchando las lecturas que su padre entresacaba de los volúmenes que Modesto Lafuente iba publicando de su Historia General de España. Aquellas lecciones paternales consiguieron que Rosario asumiera aquella visión de la historia común: formaba parte de una nación que hundía sus raíces en la antigüedad y que se había forjado en los principios cristianos y monárquicos. De ahí que el destronamiento de Isabel II no hacía más que agrietar parte del confortable escenario en el que había crecido, razón por la cual no podía compartir de buen grado las muestras de entusiasmo que aquel hecho provocaba en otros compatriotas. De haber visto por entonces la imagen que ilustra este texto (una alegoría del triunfo de la República que insertó en sus páginas centrales la revista satírica La Flaca), cabe pensar que no sería ilusión lo que experimentaría la hija de Felipe de Acuña, sino más bien algo parecido a la zozobra. Al menos eso parece deducirse de algunos de sus escritos de entonces.

En la Bayona francesa, donde reside por entonces, publica un folleto titulado Un ramo de violetas (⇑), que tiene por destinataria a la mismísima Isabel II, exiliada en el país galo. En sus páginas manifiesta bien a las claras la lealtad y consideración que siente por la destronada reina: «...pues si bien mi canto nunca llegó a Vuestras plantas, mi amor y mi respeto, siempre lo habéis tenido a vuestro lado». También queda patente la visión que por entonces tiene de los sucesos que acontecen en España: « y el día en que Vuestra patria y la mía, vislumbre la aurora de la felicidad en medio de la oscura noche que la envuelve, cuando la veáis para jamás perderla...». No es este el único escrito en el que muestra a las claras su adhesión a la causa monárquica. Apenas un par de años después saluda con ilusión la llegada del nuevo rey a la restaurada corte canovista con una poesía: Al rey don Alfonso (⇑):

¡Llamado estás a despertar a España
del letárgico sueño en que yacía;
tú borrarás la fratricida saña
que la ambición titánica encendía!
¡Tú la puedes borrar, mi voz extraña
acaso torne el cielo en profecía;
Tú puedes, al tomar nuestra bandera,
hacer del mundo la nación primera!

Monárquica y católica: Acuña de vieja raigambre, por más que la suya fuera una rama secundaria y que el entorno familiar en el que había crecido respirara un aire más liberal. En cualquier caso y como quiera que las biografías no vienen escritas al nacer, sino que se van construyendo día a día, resulta que las firmes convicciones que hasta entonces había sostenido empezaron a resquebrajarse tras la muerte de su padre («toda la sombra esparcida en mi existencia, que, como humana que es, no está libre de sombras, se extendió fría y desolada en mi derredor»)... y saltaron hechas añicos cuando decidió adherirse al bando que luchaba en defensa de la libertad de pensamiento, tras estudiar durante casi un año los contenidos publicados en el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento («¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar!»). Sombra y luz.

La publicación de su carta de adhesión (⇑) («...vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede») supone también, como es lógico pensar, el abandono de sus anteriores creencias religiosas. Ya no es católica: es público y notorio tanto para quienes la colman de parabienes, como para aquellos que la repudian desde entonces. Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos de Ramón Chíes y Fernando Lozano, codirectores del semanario librepensador, sino en los de buena parte de sus colaboradores entre los que encontramos, con mayor o menor frecuencia,  a José Francos Rodríguez, Odón de Buen, Antonio García Vao, Miguel Morayta, Manuel Curros Enríquez, Salvador Sellés, Francisco Pi y Margall o Joaquín Dicenta, cuya militancia republicana es de sobra conocida. Era cuestión de tiempo... y hubo que esperar.

En una carta abierta dirigida a Anselmo López (quien probablemente fuera el primer presidente del Sporting de Gijón tal y como planteo en un comentario anterior ⇑) publicada a principios de 1917 doña Rosario, en una larga descripción retrospectiva de sus años de lucha en defensa de la libertad de pensamiento, nos cuenta que en cierta ocasión, encontrándose en la zona en la cual se unen las tierras cántabras y palentinas, decidió ascender a lo más alto del pico Cordel portando una gran bandera; y que, una vez alcanzada la cima situada a más de dos mil metros de altura, puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre...». No consta cuándo tuvo lugar tal ascensión. Quizás fuera en los años ochenta, en alguna de las expediciones a caballo (⇑) que por entonces acostumbraba  realizar  recorriendo durante meses las tierras patrias; quizás ocurriera más tarde, en los primeros años del siglo veinte, cuando –habiendo dado por finalizada su trabajo de avicultora que con tanto afán había desarrollado en Cantabria– se dedicó a recorrer la Montaña (⇑) y los territorios limítrofes. Aunque este «¡Viva la República!» no tenga fecha, sí que contamos con otro documento que la tiene. Veamos.


En la primavera de 1902 José Nakens, director del semanario El Motín, hace pública una propuesta a los periódicos republicanos para que tomen la iniciativa y lideren la convocatoria de una asamblea  «que fije y determine la marcha futura del partido», en la que participen cuantos republicanos puedan costearse el viaje para, olvidándose de lo que les diferencia, sean capaces de elegir un líder, «un hombre de autoridad, prestigio y voluntad», que ponga al partido «en condiciones de lucha». Se trata de logar el partido republicano y no un (otro) partido republicano y así lo entienden los periódicos y exsenadores republicanos que se suman a la iniciativa. Tras varios meses de propuestas y contrapropuestas, de réplicas y matices, el 14 de febrero de 1903 se reúnen los representantes de las distintas facciones republicanas y alcanzan un acuerdo: se constituye una comisión «que, puesta de acuerdo con los elementos republicanos que se han declarado, y aún puedan declararse, partidarios de la Asamblea general, prepare y realice con ellos la urgente convocatoria de la misma».  Con el fin de que los republicanos de toda España pudieran participar en aquel proceso de unificación, se publican unos boletines de adhesión en los cuales las personas interesadas designan un delegado que los represente. Pues bien, allí está ella y José Nakens es la persona en quien delega.



Cuarta lista de adhesiones a la Asamblea Republicana

Al fin, el 25 de marzo de 1903 se celebra en el teatro Lírico de Madrid la «magna asamblea republicana» que dio origen a la Unión Republicana, presidida por Nicolás Salmerón. Aquella unificación casi completa de los republicanos (el Partido Republicano Democrático Federal se mantuvo aparte, aunque accedió a una alianza electoral) se tradujo, tal y como predecía José Nakens, en una mejora evidente en los resultados electorales. En las elecciones celebradas en aquella primavera, la Unión Republicana obtuvo treinta y seis diputados, algunos de los cuales contaban con la amistad y admiración de la republicana Rosario de Acuña. Tal es el caso de Miguel Morayta (⇑), Joaquín Costa (⇑), Melquíades Álvarez o Nicolás Salmerón (Exoristo, uno de sus hijos, era uno de los invitados habituales (⇑) a la casa de El Cervigón). A ellos habría que unir los nombres de otros ilustres republicanos que también contaron con su afecto y respeto: Ramón Chíes, Fernando Lozano, José Nakens, Roberto Castrovido, Joaquín Dicenta (⇑), José María Esquerdo (⇑) o Luis Bonafoux (⇑).

Aunque fue reacia a que se la adscribiera a formación política alguna, resulta evidente a la luz de todo lo anterior que no tuvo mayor inconveniente –antes al contrario– a que su nombre figurara en el campo del republicanismo español.