domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

viernes, 21 de febrero de 2020

207. Separada hasta la muerte


27 de abril de 1883. Esa es la fecha de la ruptura. La dejó escrita. Pocos días después, la separación se hace efectiva: Rafael se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España; Rosario permanece en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. El sábado 22 de abril de 1876, Rosario de Acuña y Villanueva, que por entonces contaba con veinticinco años de edad, y Rafael de Laiglesia y Auset, que había cumplido los veintidós, habían contraído matrimonio canónico ante el católico ministro y sus respectivas familias, quedando inscrito en el Registro Civil, al amparo del Decreto de 9 de febrero de 1875. Siete años después, la única constancia escrita de la ruptura de aquel vínculo se encuentra en un ejemplar de Rienzi el tribuno, tal y como se cuenta en el comentario 115. Un amor entre dos quintillas (⇑).

 Edvard Munch: «Separación» (1894)

Tanto en el comentario arriba referido como en otros escritos, he tratado de indagar acerca de las posibles causas de la ruptura. Si fue por infidelidad del marido o se debió a otras razones que tenían más que ver con la asfixiante cotidianidad del limitado horizonte urbano (⇑). «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...»: sus propias palabras alientan varias hipótesis. En cualquier caso –haya sido la que haya sido la causa, de haber una sola–, lo que pretendo ahora es poner toda la atención en el día 27 de abril de 1883, en el momento de la ruptura. Sin duda ella sabrá el mañana que le espera; sin duda ha de ser consciente de cuál será su situación –incomprensible y paradójica para la mentalidad actual– desde el mismo momento en que recupere su soledad («Sola estaba, sola estoy»). A partir del último sábado del mes de abril del año ochenta y tres, Rosario de Acuña y Villanueva será, de hecho, una mujer separada de su marido, pero aún le deberá obediencia y precisará de su consentimiento para hacer públicos sus escritos.

La legislación liberal decimonónica no contemplaba ninguna otra posibilidad de disolución del matrimonio que no fuera la muerte. Ni siquiera lo hizo la Ley del Matrimonio Civil de 1870 cuando regula las causas de divorcio («El divorcio no disuelve el matrimonio, suspendiendo tan solo la vida en común de los cónyuges y sus efectos», art. 83). De todas formas, esa ley no era aplicable en su caso pues antes de su casamiento entró en vigor el decreto de 9 de febrero de 1875, que restablecía los efectos civiles del matrimonio católico. Desde entonces, el asunto quedaba de nuevo sujeto al Derecho Canónico, que era bien claro al respecto: «El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte». La de Rosario y Rafael había sido una boda católica y, por tanto, continuaba siendo una mujer casada, por más que se separara de su marido. Y así seguiría siendo hasta que la muerte disolviera el vínculo que había contraído cuando contaba veinticinco años de edad.  Por muy separada que estuviera de su marido continuará sujeta a su tutela legal, pues según establecen las leyes vigentes deberá contar con su autorización para comparecer en juicio o para comprar y vender bienes; tampoco podrá publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin su consentimiento (⇑).

Claro está que ella no era la única española que padece tan sorprendente situación. Otras muchas compatriotas se encuentran también atrapadas entre aquella espada y aquella pared; entre mantener un vínculo, «que incluso obligaba a la unión carnal en casos de aborrecimiento entre los cónyuges» o aventurarse por la incierta senda de una separación –de hecho o de derecho–, que tan solo garantizaba la incomprensión, cuando no el desprecio o la marginación social, y en ningún caso la ansiada independencia legal del marido. Aunque no creo que cueste mucho esfuerzo sentir la asfixiante angustia de tantas mujeres atrapadas en el sinsentido, quizás no esté de más echar mano de la literatura y compartir con Carmen de Burgos los padecimientos de Dolores, La malcasada. Tampoco recordar lo sucedido a la propia Colombine, a Pardo Bazán o a nuestra protagonista.

Emilia Pardo Bazán y Rosario de Acuña

Suelo resaltar que Emilia Pardo Bazán y Rosario de Acuña fueron coetáneas casi perfectas. Y lo hago, no tanto por el hecho de que sus nacimientos tuvieran lugar con apenas unos meses de diferencia y sus muertes se sucedieran con un intervalo de dos años, sino por las sugestivas posibilidades que tal coincidencia nos brinda. Si al componente cronológico –que bien pudiéramos calificar en un principio de anecdótico–, unimos algunos otros que apuntan a similares vivencias infantiles y juveniles, contamos con la valiosa posibilidad de comparar el proceso de construcción de la identidad de dos mujeres que viven coyunturas muy similares. Del resultado de tal comparación he dado cuenta en «Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes», incluido en el libro coordinado por Elena Hernández Sandoica, publicado con el título Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón, y tema del comentario 185. Siete miradas a una vida de mujer apasionante (⇑). Pues bien, ambas se encontraron en la misma situación que otras muchas españolas cuando el desamor les salió al encuentro, y las dos debieron de afrontarla de manera similar, lo cual no fue óbice para que una y otra siguieran trayectorias bien diferentes a partir de ese momento.

Siete años después de su boda expresa su desaliento al pie de la dedicatoria: «Vivo entre penas, sin gloria...». Rosario y Rafael acordaron su separación. «Sola estaba, sola estoy». Treinta y dos años tenía entonces. Toda una vida por delante, que en ningún caso podía estar supeditada a la tutela de quien legalmente continuaba siendo su marido. De ahí la importancia de aquel documento, del  «amplio poder marital que para todo género de asuntos me otorgó el que fue mi marido al tiempo de nuestro mutuamente convenido divorcio». Por más que no le viniera mal el dinero, «la escasa pensión», que Rafael le entrega, aquel documento cuenta con un valor inestimable: le devuelve la libertad. Tiene en sus manos un preciado salvoconducto para transitar por los inescrutables vericuetos de la España del Concordato. Gracias a él puede entablar la querella por injurias y calumnias (⇑) contra La Unión Católica, firmar los contratos de edición de El crimen de la calle de Fuencarral (⇑) o El padre Juan, arrendar en la localidad cántabra de Cueto la finca donde instalará su granja avícola...

Rosario de Acuña y Villanueva, oficialmente casada, vivió lejos de su marido primero en Pinto y luego en tierras cántabras. Rafael de Laiglesia y Auset residirá en diversas localidades españolas a las que es sucesivamente destinado por el Banco de España: a finales de 1884 abandonará Badajoz para desempeñar el puesto de delegado en Albacete; a principios del ochenta y siete se convertirá en el director de la sucursal de Guadalajara; y en noviembre de 1890 lo será de la de Alicante, en donde permanecerá hasta su fallecimiento ocurrido el 16 de enero de 1901. Según recoge el certificado correspondiente, una gastritis hemorrágica acabó con su vida de manera prematura, cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta y siete años. La noticia, que fue ampliamente comentada por la prensa alicantina, llegó al fin a Cueto, localidad cántabra donde por entonces residía la que había sido su mujer, y, desde ahora, su respetable viuda. Iniciados los oportunos trámites administrativos, el diez de enero de 1902 la Sala de Gobierno del Consejo Supremo de Guerra acuerda que «su viuda, como comprendida en la Ley de 22 de julio de 1891, tiene derecho a la pensión anual de mil ciento veinticinco pesetas», la que correspondía de acuerdo con el Reglamento del Montepío Militar a familias de comandantes en actividad, situación que disfrutaba el causante cuando falleció. La resolución concluía señalando que «dicha pensión debe abonarse a la interesada mientras permanezca viuda por la delegación de Hacienda de Santander desde el siguiente día al del fallecimiento de su marido».




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lunes, 3 de febrero de 2020

206. «La caverna y el Patronato Rosario de Acuña», por Regina Lamo


Era el nombre de esta mujer lo más protervo, lo más execrado, lo más abominado de los cavernarios españoles.

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máximia impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos.

El Santo Oficio (fragmento), Francisco de Goya (Museo del Prado)

Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos, apostólicos y romanos.

Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

La amé mucho. Tanto que logré reaccionar sobre calumnias inmundas, todas lo son pero algunas lo son más cuando parten de labios familiares, impulsados por complejos psicopáticos atormentados por impotencia manifiesta contumaz. Logré reaccionar, y por encima de todo coloqué el deber indeclinable de que Rosario de Acuña se sobreviese.

Sus obras, sus maravillosas obras, eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotó la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!

Y sacrificándolo todo: mi labor personal hecha a pulso durante dieciocho años en toda la prensa española y americana; mi labor cooperativista a que consagré la mayor y mejor parte de mi tiempo fundando el primer banco obrero cooperativista, bajo el título Institución Regina Lamo –en mi anhelo de democratizarme en absoluto, modifiqué hasta el apellido para mi firma de publicista, suprimiendo el «de» de mi abolengo–, sacrificando cuanto hice y soñaba hacer por mí y para mi nombre, recogí el de Acuña, perseguido, vilipendiado, repudiado por la caverna invencible que en España imperó e impera, y lo enarbolé con todo el brío de un corazón impulsado por lo que consideró el más alto y primordial deber: rehabilitar una memoria, ponerla en marcha, hacerla vivir... ¿Cómo? ¿Sólo con el ditirambo? ¿Con el saumerio? ¿Con la loa como tópico? NO. Con mucho más. Con algo definitivo, palpable, fuerte y hermoso, como lo fue Rosario.

Una escuela, un patronato para vivificar su espíritu, para inyectarle su savia vigorosa en biología admirable... ¡Siempre superhombre!... ¡Siempre con el «plus ultra» infinito de los bellos sueños, de los grandes impulsos, de la progresión indefinida con que ungió toda su gran obra, su imperecedera –gracias a mí–  obra, la gran educadora de la Humanidad, Rosario de Acuña...

Y el patronato surgió al esfuerzo mío. Surgió tras titánica lucha. Era una entelequia para aquellos mismos que habían de ser beneficiaros suyos... ¡En verdad era osado el propósito! Partió de una equivocación básica. Creer que esta República era... la República a que España tenía derecho, después de las vejaciones y esquilmaciones soportadas por los anticlericales librepensadores nacionales durante el infamante siglo XIX...

¡Qué error tan inmenso! ¡Bien caro lo pagamos cuantos contribuimos infatigablemente al éxito de esta pseudorevolución, que fabricamos alegres y confiados.

Desde el más alto sitial de la República hasta el último escondrijo o madriguera burocrática, la caverna impera, la caverna manda, la caverna decreta.

Uno de los decretos transmitidos sotto vocce es boicotear todo cuanto trascienda a laicismo verdad, laicismo de pura cepa; de aquella solera vibrante y cristalina que se llamaron Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín, léase Rosario de Acuña y José Nakens.

Ellos, los dos grandes luchadores por el ideal racionalista, siguen siendo protervos, indeseables y «ab-renunciados» por todos estos ateos «gracias a Dios» que figuran en los mandos de la República, sometidos al papa y al nuncio...

¿Qué más necesitaba el Patronato Rosario de Acuña para ser solapadamente envuelto en malicias e insidias? Solo precisaba llevar el nombre de ella a la cabeza.

Anónimos amenazadores –de que, a su debido tiempo, di cuenta a la Dirección de Seguridad–, calumnias viles, suposiciones injuriosas exteriorizadas sin permiso del juez –¡claro está!–, diatribas, etcétera, etcétera. Todo el arsenal que ya creíamos enterrado con los chirimbolos de la monarquía surge en torno al Patronato Rosario de Acuña.

El Ateneo, que honró con un brillante núcleo de sus miembros al Patronato inscribiéndose en éste, se deja influenciar por dimes y diretes lanzados al socaire de cavernarios, que allí discurren a sus anchas gracias al marchamo republicano, fecha 12 de abril de 1931.

Se desea hundir el Patronato Rosario de Acuña. Se desea que «no florezca» –ésta es frase de un superateneísta–; se desea que fracase.

¿La obra? ¿La idea? ¿La protección puericultora? ¿La propaganda eugénica comenzada en las conferencias celebradas por los insignes pensadores Luis Huerta, Jiménez Asúa, Tato Amat, Belén Sárraga...? ¡No!... Lo que desean extirpar del ámbito español, de la periferia madrileña, del Ateneo de Madrid, es el simbólico nombre que sirve de bandera al Patronato que hoy represento yo.

Es el nombre de Rosario de Acuña, la anticlerical, la librepensadora, lo que estorba. Hay que acabar con lo que significa, como acabaron con ella en vida. Es la consigna de los elementos reaccionarios, más o menos encubiertos, incluso en la barriada del Puente de Segovia.

Acabar con el Patronato Rosario de Acuña les va a ser más difícil que tratar de desacreditarme a mí, fundadora y presidentea –también por derecho propio– del Patronato.

Subrayamos, para terminar, que si era el supremo título de valor  y energías defender el librepensamiento y el laicismo en los ominosos tiempos monárquicos, y ello solo podía ser realizado llevando en el alma temple tan audaz y estoico como era el de aquellos Nakens y Rosario de Acuña, acaso..., acaso..., sean necesarios mayores y más fuertes «reaños» para defenderlos en estos tiempos republicanos, tal y como se está poniendo la República, y tal y como yo los defiendo y me propongo seguir defendiéndolos.

Regina Lamo de O´Neill

La Tierra, Madrid, 26-7-1933




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martes, 28 de enero de 2020

205. La conferencia y los mestizos


Alegoría de la Justicia, sello de 1874
En la España de finales del siglo diecinueve, la prensa constituía el principal medio de información, al menos para el minoritario sector de la población que sabía leer. Quienes están al tanto de lo que publican los periódicos se enteran de las noticias que les cuentan, de las opiniones que les transmiten y de la vida y obra de los personajes que aparecen en sus páginas. Rosario de Acuña se subió a este escenario de papel con poco más de veinte años y su rastro permanece bien visible. Quien lo hubiera seguido se habría dado cuenta del brusco giro que ha experimentado su trayectoria mediada la década de los ochenta. Ha dejado de ser aquella jovencita de tirabuzones que, tan solo diez años atrás, había entusiasmado tanto al público como a la crítica con el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática, y desde que su nombre apareciera en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento todo parece haber cambiado: se ha convertido en una librepensadora y en una masona, y nada de lo que dice pasa desapercibido, recibiendo incondicionales halagos de sus simpatizantes y reproches un tanto airados de sus detractores.

Un buen ejemplo de la polarización de sentimientos que despierta su palabra lo encontramos en la conferencia «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), que pronuncia en la sociedad madrileña Fomento de las Artes la noche del sábado 21 de abril de 1888. Los editores de Las Dominicales sacan a la calle un número extraordinario con el contenido íntegro de la intervención de su colaboradora, acompañado de elogiosos comentarios: «No sabemos en este nuevo trabajo de la señora de Acuña qué admirar más, si la belleza escultural de la forma, la profundidad de los conceptos científicos que atesora o la valentía que supone en el alma de nuestra amiga». Por su parte  La Unión Católica se despachaba a gusto, tanto en lo referente al contenido de la conferencia como a la propia conferenciante:

¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer! [...] Una mujer extraviada, que tiene la desgracia de haber renegado de las oraciones que le enseñó su madre en el regazo del amor, y de haber aprendido a recitar y a escribir en público las blasfemias más atroces de la impiedad y del librepensamiento, ha leído la otra noche una conferencia acerca «de las consecuencias de la degeneración femenina», y que hoy trascribe el periódico de la secta Las Dominicales.

El texto (⇑), escrito como luego se supo por el redactor Eugenio Fernández Hidalgo, ocupaba un lugar preferente en la primera página de la edición del 25 de abril y no desentonaba en absoluto con la línea editorial de aquel diario autotitulado «religioso, político y literario», auspiciado por Alejandro Pidal y Mon y convertido en órgano oficioso del posibilismo neocatólico. Por mucho que los denominados «mestizos» quisieran marcar distancias con carlistas e integristas, su aceptación del liberalismo no alcanzaba a tolerar «los disparates» de las mujeres del libre-pensamiento que salen a la plaza pública a vocear lo que llaman la emancipación de la mujer. Aunque no debiera de resultar extraño que un periódico situado en el sector más ultraconservador del canovismo defienda su particular visión de la mujer, convertida en «ángel del hogar», recluida en el «hogar santo de la familia prestando culto a las labores domésticas», sí que llama la atención la insistencia del señor Fernández en descalificar a la conferenciante, a quien no duda en tratar como una mujer desvariada, con quien no se puede perder el tiempo discutiendo, pues «los delitos o los casos de psiquiatría no se discuten, si no que se sentencian, o para la galera o para el manicomio». Esa es la razón que lleva a doña Rosario a presentar una querella por injurias contra el autor de aquellas palabras.

En ese punto podría haber concluido esta historia, al menos en lo que toca a su planteamiento, quedando tan solo a la espera de que los tribunales –tras  analizar el texto publicado por La Unión Católica a la luz de lo estipulado en el artículo 470 del Código Penal de 1870–  dirimiesen si las expresiones utilizadas en el mismo suponían deshonra, menosprecio o descrédito para la demandante. Podría haber sido el final, pero no lo fue, pues meses antes de que la Audiencia de Madrid resolviera sobre la demanda, el diario Faro de Vigo volvió a publicar el texto de Fernández Hidalgo en la primera página de su edición del cuatro de mayo. El asunto se complica.


Fragmento de la primera página de la edición de Faro de Vigo del 4 de mayo de 1888

Ya he contado (⇑) que por entonces Rosario de Acuña adquiere cierto protagonismo en el proceso de renovación de la masonería española que en 1887 había iniciado Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros. Ambos comparten el objetivo de incrementar el número de mujeres que ingresan en la orden y, sabedores de la importancia que para tal fin tendría contar con presencia de tal relumbre, coordinan sus actuaciones para lograr que la infanta María del Olvido de Borbón y Castellví se convirtiera en el estandarte de la masonería de adopción. Al gran comendador del Gran Oriente Nacional de España, empeñado en favorecer la incorporación de las mujeres a las logias, le interesa contar con el apoyo de mujeres de renombre; Hipatia, por su parte,  encuentra en la masonería un apoyo inestimable en su campaña de Las Dominicales (⇑), la ardua tarea que inició a finales de 1883 para combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre.

No hubiera resultado extraño que el escrito publicado por La Unión Católica se entendiera en clave personal: un periódico confesional arremete contra una mujer que libra una batalla en pro de la libertad de conciencia. La conferenciante ya contaba con ello. Basta con leer lo que escribía en la carta en la que proclamaba su adhesión al librepensamiento (⇑): «Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos». Que  lo suyo es de psiquiatra, que la tildan de extraviada, pues... ¡querella al canto!, y ahí se acaba la historia. No obstante, la situación se torna más compleja desde el mismo momento en que el escrito del señor Fernández Hidalgo es reproducido por el Faro de Vigo. El diario vigués se alineaba por aquel entonces en el bando de la prensa mestiza, entre los periódicos que en 1887 saludaron con efusividad la llegada del diario promovido por el catolicismo posibilista. Bien pudiera ser que otros diarios alineados con el ideario de La Unión siguieran su estela, que aparecieran nuevas copias en el Diario de Barcelona o en El Criterio Católico; y si esto hacía la prensa posibilista, qué no habría de hacer la ultra e intransigente. Bien pudiera ser que aquel asunto propiciara una nueva batalla entre los dos bandos en litigio.

Sea por proteger a la nueva hermana, sea por apuntalar el proceso iniciado en el seno del Gran Oriente Nacional de España para favorecer la llegada de mujeres a las logias, lo cierto es que los masones no parecen estar dispuestos a dejar pasar tal afrenta. Nada más conocer que el Faro de Vigo había vuelto a publicar el escrito de marras, se movilizan para ofrecer a Rosario de Acuña, la hermana Hipatia, el nombre de un abogado solvente, y preferiblemente librepensador, que le prestara la ayuda legal que iba a necesitar en aquella batalla. Desde Galicia realizan algunas recomendaciones, hablan del pontevedrés Indalecio Armesto, director del periódico La Justicia, también de Enrique Iglesias, «jefe en este distrito del Partido Fusionista» y «enemigo declarado del Faro de Vigo». La opción del señor Iglesias parece ser la más satisfactoria, razón por la cual doña Rosario,  siguiendo la propuesta del señor vizconde consorte de Ros, escribe una carta a Humberto Mulder (⇑), comerciante de origen holandés afincado en la villa viguesa, encomendándole que  transmita al abogado su interés en que sea él quien entable la demanda por injurias y calumnias. Ahora bien, debe de hacerlo en concepto de «abogado de pobres», pues aunque ella está dispuesta a iniciar aquel proceso –para «dar al asunto la importancia que a juicio de nuestros amigos requiere»–, no puede permitirse el lujo de afrontar los costes del litigio. 

Desconozco si el señor Mulder tuvo éxito en la gestión encomendada, si al final se interpuso la querella contra el Faro de Vigo y, de haber sido así, cuál fue el resultado de la misma. Lo que sí conocemos es lo sucedido con la que se sustanció contra La Unión Católica. Sabemos que en los primeros días del mes de julio se celebra el acto de conciliación en los juzgados municipales del distrito de Congreso: el procurador que actúa en representación de Rosario de Acuña no se mostró conforme con las explicaciones dadas por el autor del escrito, el redactor Alfredo Vega. Al concluir el acto sin avenencia, continúa abierto el proceso. Unos meses más tarde, el diez de abril del año ochenta y nueve, en la Audiencia de Madrid tiene lugar el juicio oral y público. Pocos días después, el tribunal dicta sentencia absolutoria.

«¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Ya lo decía el señor Fernández en su escrito: «los delitos o los casos de psiquiatría no se discuten, si no que se sentencian, o para la galera o para el manicomio». Y la Justicia sentenció que en las palabras vertidas por el redactor no había nada punible. Viviendo y aprendiendo. Bien presente lo habría de tener doña Rosario cuando, andando el tiempo, el gobernador de Madrid suspenda las representaciones de El padre Juan, o cuando la fiscalía la acuse de un delito de escándalo público. Una lección aprendida: que en asuntos de tribunales conviene ser bien prudente, puespara que tan renombrada Dama se ponga el turbante en los ojos y se avenga a resolver los litigios «necesita como primera condición para actuar la tasa de precio».


Nota. Agradezco a Isidoro Nicieza, director del Faro de Vigo, las facilicidades que me ha dispensado para acceder al fondo histórico del periódico, donde he podido constatar ese brusco giro en la trayectoria vital de nuestra protagonista del que hablo al inicio de este escrito. Las páginas del Faro reflejan esta mutación; también el cambio de actitud hacia su figura –y su obra– por parte de los promotores del diario.  Con anterioridad al duro escrito publicado sobre la conferencia  «Consecuencias de la degeneración femenina», objeto de este comentario, las páginas del diario no solo se hicieron eco de los éxitos de la joven dramaturga y de algunas de sus peripecias personales (como el viaje realizado por Galicia en 1887), sino que también acogieron algunos de sus primeros trabajos, como la poesía «Una flor para el sepulcro de Salas» o el relato «Fuerza y materia. El nido de una golondrina».




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Portada del diario El Pais del lunes 25 de octubre de 1909102. ¿Qué opina de Pablo Iglesias?
A instancias de la revista Acción Socialista, Rosario de Acuña responde: «Me preguntan ustedes cuál es mi opinión respecto a Pablo Iglesias. Pues la de que es uno de los pocos españoles por los cuales no se siente absoluta vergüenza de llamarse español...





Grabado publicado en El Correo de la Moda, 26-5-188647. «La hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación»
Rosario de Acuña anima a sus hermanas a estudiar, a trabajar, a luchar: «El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está...




Programa de la IX Muestra de Teatro Escolar - U. Labroral de Gijón, 20017. El padre Juan más reciente
El padre Juan se alejó de los escenarios tradicionales y se hizo un hueco en el repertorio de algunos grupos teatrales constituidos en sociedades obreras, republicanas o librepensadoras. Aquí se da cuenta de la representación que tuvo lugar el miércoles 9 de mayo de 2001 en el teatro...



lunes, 13 de enero de 2020

204. «La vida revolucionaria de Rosario de Acuña», por Raquel C. Pico


Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar. Lo demás son incertidumbres. Ignoro si lo que cuento resultará interesante para quienes lo leen, blanco sobre negro, en todo tipo de pantallas, en cualquier lugar del mundo. No sé si llegan hasta el final o abandonan pronto su lectura. Desconozco si, avivado su interés por conocer más cosas acerca de nuestra protagonista, clican en los enlaces que aparecen en el escrito... Cierto es que, una vez publicado el comentario, la plataforma Blogger proporciona algunos datos al respecto: te cuenta cuántas personas lo han leído, desde que país lo han hecho o qué tipo de navegador han utilizado. Pero esa información tan solo aporta números, cantidades... Lanzo al mar la botella con el mensaje y tan solo conozco el número de ondas que se forman cuando toma contacto con el agua. 

Por fortuna, de vez en cuando recibo en la cuenta de correo (info.rosariodea@gmail.com) escritos que prueban que el mensaje ha llegado a su destino. Por fortuna, en ocasiones leo en algún libro que hay quien ha descubierto el testimonio vital de Rosario de Acuña y Villanueva gracias a alguna cosa que he publicado, quizás algún comentario como este. Por fortuna, de tanto en tanto me llegan noticias acerca de nuevos sitios en Internet que, o bien incluyen enlaces tanto a este blog como a la página a la cual complementa (⇑), o bien hacen mención a alguno de los trabajos que he publicado en formato papel.

Este es el caso del escrito que da título a este comentario: La vida revolucionaria de Rosario de Acuña, escrito por Raquel C. Pico y publicado en Librópatas.com, un espacio dedicado a los libros. Aunque recuerdo haberlo leído tiempo atrás, fue hace un par de semanas cuando, rebuscando en la Red, volví a toparme con él, y en esta segunda lectura encontré algo más que el testimonio de una persona que había recogido la botella y había leído el mensaje que se encontraba en su interior. No solo lo había leído, sino que había quedado atrapada por la fascinante historia de la mujer que protagoniza este blog. La pormenorizada descripción que realiza Raquel acerca de su inesperado encuentro dominical con Rosario de Acuña es un buen ejemplo de lo que suele ocurrir cuando su figura abandona los escondrijos del olvido: «Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad». Su experiencia no solo es una gratificante respuesta al mensaje enviado en aquella botella, sino que también se convierte en un potente acicate para continuar colaborando en la tarea colectiva de recuperación de su valioso testimonio vital (⇑). Parece demostrado que sigue siendo necesario suministrar argumentos a la casualidad.

Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar... también por qué lo hago.


* * *


Imagen que acompaña el texto de Raquel C. Pico


Tiendo a apuntar las cosas en folios que doblo y pongo en algún lugar en el que estoy convencida que llegado el momento encontraré, aunque eso luego no pasa. Por tanto, no he sido capaz de encontrar la lista original de autoras que había creado cuando por primera vez me planteé leer durante un verano a literatas decimonónicas olvidadas. Recuerdo que no eran muchas y creo que rondaban las cinco, con unos cuantos signos de interrogación para cerrar el listado e indicarme que tenía que encontrar más nombres que resultasen atractivos para leer. Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad.

Y la casualidad viene en forma de compra del Día del Libro. Entre los muchos libros que me compré ese día –en una clara invitación a la ruina– estaba una edición de El crimen de la calle Fuencarral [ enlace (⇑) ], de Benito Pérez Galdós, una lectura en mi lista de ‘cosas que tengo que leer’ desde que en la facultad de Periodismo algún profesor había señalado que el principio de la prensa amarilla en España estaba en la cobertura de ese crimen. Los medios, nos había dicho, no tenían mucho que contar porque era verano y se habían lanzado con uñas y dientes a por el drama. He olvidado quién lo contó y en qué clase, pero no que quería leer las crónicas que Galdós había escrito sobre ello. La única edición contemporánea que tenía localizada de esas crónicas es la que compré, una edición en papel de Ediciones 19. La edición recupera las crónicas de Galdós y recupera también un texto escrito por una mujer, Rosario de Acuña, sobre el mismo crimen.

Decidí, porque no sabía muy bien cómo había sido la historia del crimen, saltarme la introducción preliminar del experto (Macrino Fernández Riera) que acompañaba al texto (ya sabéis, esas introducciones son un nido de spoilers) y empezar por el texto de Rosario de Acuña. Acuña no hace una crónica del asesinato, sino una reflexión sobre los tres investigados principales– o mejor dicho los tres protagonistas principales de la trama, que es interesante pero no tanto –al menos para la lectora actual que busca la crónica periodística– como las crónicas que Pérez Galdós dejó publicadas.

Cuando llegué a la página final del texto de Galdós, el segundo de la edición tras el de Acuña, y con ambos textos leídos quise saber más sobre aquel crimen y sobre el papel de los medios en el tratamiento del mismo, así que volví al principio y a la introducción de Macrino Fernández Riera. Y ahí fue donde me caí por lo que en inglés llaman ‘agujero de conejo’ y que es lo que a tantas nos pasa cuando entramos en la Wikipedia. Claro que lo que me hizo perder un domingo entero (empecé a leer El crimen de la calle Fuencarral con el café de media mañana y acabé de encadenar materiales de lectura y audiovisuales cuando estaba empezando a anochecer) no fue tanto el crimen en sí, sino la historia de la mujer que había escrito la primera de las dos crónicas sobre el tema.

Cuando Rosario de Acuña escribió su texto sobre el crimen de la calle Fuencarral era ya una mujer polémica, una escritora que había pasado de ser la gran señorita prometedora que escribía poesías de la alta sociedad a la que pertenecía a una mujer separada de su marido que se había proclamado librepensadora. Leí la breve biografía que aparece en el apartado que le dedican en Cervantes Virtual (y descubrí ahí que además había tenido una larga y profunda relación con un hombre 17 años menor que ella, lo que la convierte en una todavía más adelantada a su tiempo), vi el documental que en los 90 emitieron sobre ella en La 2 y que ahora está a la carta en la web de RTVE (y que es muy noventero en su estructura, sus recursos y en hasta lo que cuenta de ella…) y me descargué (de forma completamente legal: el link lo podéis encontrar en Cervantes Virtual, que es una página ‘seria’) la biografía – libro de historia del XIX Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato [enlace (⇑)], de Macrino Fernández Riera.

Y así me pasé lo que quedaba de la mañana y la tarde descubriendo la revolucionaria biografía de Rosario de Acuña, una mujer sobre la que mientras leía no paraba de pensar que bien se merecía una serie en Netflix y no sé cuántos telefilmes más.

Una chica de familia bien

Rosario de Acuña nació el 1 de noviembre de 1850 en Madrid, en el seno de una ‘familia bien’, de la que fue hija única. Se suele decir que la escritora era condesa, aunque nunca usaba su título. Fernández Riera pone el dato en cuarentena analizando los recopilatorios de títulos nobiliarios. Lo más probable es que la escritora nunca haya sido noble.

Aunque ella no haya sido condesa, eso no quiere decir que su familia no estuviese dentro de la alta burguesía del período isabelino o al menos muy bien relacionada con ella. Su padre llegaba desde una de las ramas segundonas de una familia noble y su madre era la hija de un médico bien situado. Acuña formaba parte por tanto de un entramado social favorecido.

De hecho, no hay más que ver cómo su familia pudo responder a uno de sus problemas de la infancia para verlo. La futura escritora fue una niña enfermiza (padecería de la vista hasta una operación cuando ya tenía 35 años) y podía permitirse ir a tomar baños de mar o refugiarse en las posesiones en el campo familiares para recuperarse y mejorarse.

Su condición de niña enfermiza hizo que no fuera enviada a estudiar fuera de casa y que sus padres se encargasen directamente de su educación. Su padre, sin ser un revolucionario, era un hombre ilustrado y Rosario de Acuña adquirió conocimientos que otras niñas de su época no consiguieron adquirir. A finales de la década de los 60, la familia se muda a Francia, donde Rosario de Acuña vivirá un tiempo. También pasará unos meses en Roma, viviendo en casa (palacio) de su tío, embajador español ante el Vaticano.

Cuando vuelve a España y la familia se instala a mediados de los 70 en Madrid, Rosario de Acuña es ya una joven mujer, que no solo ha conocido mundo sino que además ha empezado a escribir – y publicar – poesía. Entonces, es una de esas jóvenes acomodadas que están intentando hacerse un hueco como escritoras, aunque aún no será la mujer totalmente revolucionaria, la pionera feminista (aunque aplicar el término feminismo sea usar el lenguaje de ahora) que será más tarde. Aunque eso no quita que con lo que ha hecho hasta ese momento Acuña ya hubiese debido aparecer en listas de escritoras del XIX.

Pero volvamos a Madrid: la escritora se convertirá en un éxito literario gracias a su primera obra de teatro. Rosario de Acuña se inspira en una historia real para crear Rienzi el tribuno, una obra de teatro que se estrena en el Teatro del Circo, en Madrid, en enero de 1875 con mucho éxito de público y de crítica. Era la primera vez en 20 años que una obra firmada por una mujer se representaba en uno de los teatros principales de la ciudad. Acuña no había firmado la obra, pero ante la insistencia del público durante el estreno sale al escenario a ser ovacionada y asumir su autoría. Como apuntan en el documental que hace ya muchos años le dedicaron en La 2, un literato señaló entonces que era “una mujer muy poco femenina” a lo que otro le repuso que en absoluto. ¡Si estaba a punto de casarse!

Casarse la ponía seguramente a ojos de ese interlocutor lo suficientemente cerca de la idea del ángel del hogar imperante en ese momento como para no parecer una mujer peligrosa.

Un matrimonio no bien avenido

Rosario de Acuña se casó porque se había enamorado (o al menos eso es lo que apuntan en todas las fuentes). El elegido era Rafael de la Iglesia y Auset, un joven militar de familia también bien posicionada en la alta burguesía de la época. Casarse con él era lo que se podría esperar de la época, pero también era –teniendo en cuenta la época– una decisión mucho más compleja que lo que puede parecer. Era casi como un salto de fe.

Las leyes que regían la vida privada en el siglo XIX en España eran muy duras para las mujeres, pero especialmente para las mujeres casadas (sobre las dinámicas familiares en la España de la Restauración, la mejor lectura que conozco es, sin duda, Sangre, amor e interés: la familia en la España de la Restauración, de Pilar Muñoz López). Una mujer casada era a ojos de la ley casi como un niño: cuando se casaba, su marido debía comprometerse a protegerla y ella debía asumir obediencia. Una mujer casada no podía ni siquiera disponer de sus bienes, como recuerda por su parte en el libro sobre Rosario de Acuña Fernández Riera.

¿Se conocerían suficientemente bien en este caso los recién casados? Fernández Riera señala que tuvieron que estar separados varias veces antes del matrimonio (1875) por los datos biográficos que se tienen de ambos. Además, no es difícil imaginar que el contacto entre ambos estaría limitado a los eventos sociales en los que se movían.

Sea como sea, tras casarse el matrimonio se fue a Zaragoza, a donde habían destinado al marido. Acabarían volviendo a Madrid e instalándose en Pinto, entonces una zona rural cerca de Madrid y bien comunicada por tren que cumplía con lo que Acuña buscaba. Entonces, la escritora ya empezaba a mostrar un alto interés por la naturaleza y a considerar que vivir en el campo era lo más recomendable en términos de calidad de vida. El tiempo en común en Pinto era además una suerte de última oportunidad para enmendar un matrimonio que hacía aguas y que acabaría fracasando por completo en 1883. Rosario de Acuña –posiblemente tras descubrir que su marido le era infiel– se separó de Rafael de la Iglesia y empezó una nueva –y escandalosa, por tanto– vida como mujer separada.

Rompiendo convención tras convención

Y es aquí posiblemente cuando para quien lee esta historia desde el siglo XXI la biografía de Rosario de Acuña empieza a convertirse en mucho más interesante. Porque la autora no es solo es una escritora del XIX, sino que además es una mujer que rompió con muchísimas convenciones. En la época en la que Rosario de Acuña se estaba separando de su marido, falleció su padre, al que estaba muy unida. La muerte de su padre la sumió en un proceso del que solo la sacó, según explicaba ella luego, la lectura accidental de un periódico, Los Dominicales del Libre Pensamiento, un semanario de reciente creación y de filosofía librepensadora. En 1884, Rosario de Acuña publica en ese semanario una carta declarándose librepensadora. Es el punto de no retorno en sus relaciones con la alta sociedad de la que había salido y el comienzo de una carrera como autora laicista, republicana, defensora de los derechos de la mujer (aunque esto no es exactamente una novedad: antes ya iba en esta línea) o de la clase obrera, de la que ya no se separará hasta su muerte.

Ser una mujer que escribe estas cosas y en ese momento y que adopta estas posiciones de una forma tan pública no era en absoluto fácil. La vida de Rosario de Acuña estará llena, por tanto, de escándalos, de problemas, de futuros problemas económicos y de exilios interiores y exteriores.

[...]

Nota. Pulsando en este enlace (⇑) accederás directamente al escrito íntegro de Raquel C. Pico, publicado el 7 de mayo de 2018 en el sitito Librópatas.com.



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miércoles, 1 de enero de 2020

203. Ninguno de los dos


Cuento con una base de datos que contiene información relativa a varios centenares de sus escritos. De ellos, alrededor de quinientos ya se encuentran a disposición de las personas interesadas en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), donde pueden ser localizados mediante dos sistemas diferentes: bien sea por un enlace a cada una de las categorías (⇑) en que se ha divido su obra, bien sea por la búsqueda alfabética del título (⇑) requerido. En cuanto al resto, solo la perseverancia en las investigaciones –con el necesario aliño de la fortuna, ingrediente nada desdeñable en alguno de los anteriores hallazgos (⇑) – podrá depararnos la llegada de nuevas incorporaciones, por más que demos por hecho que algunos de esos escritos serán muy difíciles de localizar, ya sea porque nos conste su extravío (de alguna de esas pérdidas (⇑) era sabedora su autora), ya sea porque fueran destruidos, como suponemos sucedió con buena parte de las cartas que nuestra protagonista enviaba con cierta frecuencia  –ha escrito que dedicaba a diario un tiempo a la correspondencia– a muchas de las personas con las que, por diversos motivos, se relacionaba.

Copia de un fragmento de la sección de este blog donde se encuentra la relación alfabética de sus obras

Consciente de que esos centenares de textos –salidos de su pluma en el transcurso de más de cincuenta años–  estaban desperdigados,  albergaba el deseo de que pudieran ser reunidos y, tras  necesaria ordenación cronológica, vieran nuevamente la luz formando parte de una colección. Así lo dejó escrito en su testamento (⇑) firmado en la ciudad de Santander a veinte de febrero de 1907:

Dejo por ejecutores testamentarios de mi voluntad a don Carlos Lamo y Giménez y a don Luis París y Zejín, y encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso, recomendándole que para la colección y publicación se atenga al orden de las fechas, con la cual podrá seguirse la evolución de mis pensamientos. 

Por la amistad que mantenía con su familia, a Luis París lo conocía desde niño. Más tarde, compartirán esfuerzos en defensa de la libertad de conciencia. En el mes de mayo de 1884, con veintiún años recién cumplidos, este joven estudiante de Medicina proclama su adhesión a la causa del librepensamiento que defienden Las Dominicales del Librepensamiento (meses después hará lo propio nuestra ilustre protagonista). No tardará en llevar a la práctica lo que antes había manifestado por escrito, pues él será uno de los líderes de las protestas (conocidas como «sucesos universitarios de la santa Isabel») que los estudiantes madrileños protagonizaron en defensa del profesor Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso 1884-85. Su firma encabezará la carta que los huelguistas envían a doña Rosario, agradeciendo su oferta (⇑) de asumir el pago de la matrícula al alumno más aventajado que, por negarse a entrar en clase, perdiese el derecho a la matrícula de honor. Luego vino la publicación de Gente Nueva, donde París analiza las «personalidades y los trabajos» de un grupo de disidentes (⇑) entre los cuales tan solo figura una mujer: Rosario de Acuña («sencilla en su estilo, genial en el procedimiento y apasionada de todo cuanto significa progreso nacional»). Años después encontramos al médico librepensador volcado en el mundo de los escenarios: autor de libretos de zarzuela, gerente del teatro Real, director de escena... Su amiga sabe de su dedicación y participa en el homenaje (⇑) que se le dedica en 1909 («Sigue trayéndonos el arte a trazos grandes, sublimes, heroicos, y ya que gracias a ti, los españoles hemos vislumbrado el ritmo de la armonía universal...»). Del encargo testamentario, nada sabemos.

En cuanto a Carlos Lamo, su heredero universal, admirador, discípulo, compañero inseparable durante las últimas décadas de su vida... y ejecutor testamentario, sí que somos conocedores de su empeño en evitar que la memoria de doña Rosario quedara envuelta en las entretelas del olvido. A pesar de no recibir ingresos económicos regulares, a pesar de verse obligado a ir vendiendo poco a poco los bienes heredados (⇑), se las fue ingeniando para mantener vivo el testimonio de tan «excelsa mujer». Coincidiendo con el aniversario de su muerte, se celebra en el Ateneo Obrero de Gijón una velada necrológica en el transcurso de la cual Carlos sube a la tribuna para dar lectura a varias obras de «la cantera enorme que dejó doña Rosario». Así lo hace durante varios años. Hizo lo mismo en la localidad mierense de Turón, en la sucursal que el ateneo gijonés tenía abierta en el barrio de La Calzada.... Del encargo testamentario, nada sabemos.

Fotografía de Regina Lamo publicada en Mundo Gráfico, 24-4-1918
Ni uno ni el otro. Ninguno de los dos. Ni el amigo al que conocía desde niño ni el buen discípulo con el que compartió las últimas décadas de su vida. Fue Regina Lamo Jiménez, la hermana de este último, quien se esforzó hasta lo indecible por cumplir los deseos de su tía, por dar a conocer sus obras, por evitar que su ejemplar trayectoria vital cayera en el olvido. Tras la fallida velada del tercer aniversario (⇑) de la muerte de doña Rosario, fue ella la que tomó el relevo de su hermano. Elegida vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona en noviembre de 1928, organiza antes de que el año acabe una velada para honrar la memoria de su amiga Rosario. Tras la proclamación de la Segunda República, Regina redobla sus esfuerzos, que se van a ver en parte recompensados cuando a principios del año 1933 la Junta Municipal de Enseñanza de Madrid, a propuesta de Andrés Saborit, acuerde que uno de los grupos escolares de nueva creación lleve el nombre de nuestra protagonista. El 11 de febrero, con la asistencia de Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública, y Pedro Rico, alcalde de la capital, se inaugura el Grupo Escolar Rosario de Acuña, establecido en la calle de España, en el distrito de La Latina, que inicia su andadura con siete unidades: cuatro de niños y tres de niñas.

Al fin. Parece que en esta España, a la que tanto quería, hay gentes que no están dispuestas a consentir que el silencio entierre su testimonio. Regina se vuelca en cuanto tenga que ver con aquel colegio: participa en los actos previos a la inauguración y pone en marcha el Patronato Rosario de Acuña (⇑), que nace con el objetivo de enriquecer la actividad del centro escolar, programando conferencias para las madres, los padres y los alumnos de las clases de adultos, organizando actividades para los escolares en fechas señaladas o apoyando el funcionamiento del dispensario infantil. Todo para enaltecer a la mujer que daba nombre al colegio, una mujer por la cual sentía una gran admiración, como bien se puede deducir leyendo algunas de las cosas que por entonces escribe sobre ella:

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máxima impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos. Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos apostólicos romanos.
Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

Por esas fechas Regina se involucra en un nuevo proyecto editorial que tendrá a los niños por principales destinatarios, pues la publicación tiene el confesado objetivo de convertir los textos elegidos en material de lectura y reflexión para los escolares españoles. En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, en cuyas páginas los artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, fallecida diez años atrás, comparten espacio con las opiniones que algunos de sus contemporáneos habían pronunciado elogiando su vida y obra, la mayoría de las cuales ya habían aparecido en el folleto editado por el Ayuntamiento de Madrid al inaugurarse el grupo escolar que lleva su nombre. Reunir aquellos textos no le resultó nada fácil,  a juzgar por lo que cuenta en el Pórtico de la obra:

Siemprevivas y laureles acumulados flor a flor, rama a rama, en acarreo tenacísimo, por voluntad voluntariamente sostenida contra viento y marea. Contra propios y extraños.  Despreciando calumnias e insidias, que trataban de presentar mi propósito como maniobra de lucro personal. Con lágrimas, y sonrisas de dolor y desprecio, las regué y mantuve erguidas, laureles y siemprevivas con que fabricar el pórtico a estas obras de Rosario de Acuña, que ahora veré publicadas, como un sueño realizado a tanta costa…

A pesar de las dificultades encontradas, se muestra decidida a completar la tarea, a cumplir el encargo testamentario de su guía, amiga y tía, aunque lo haga de aquella manera, aunque sus obras no estén ordenadas por fechas, aunque su destino sean las escuelas. Claro está que para lograr su objetivo necesita de unos dineros de los que no dispone, y para conseguirlos llama a unas puertas y a otras. También a las del Ayuntamiento de Gijón, a cuyos regidores dirige un escrito dando cuenta de la publicación de aquel libro destinado a los colegios de primera enseñanza: «y teniendo en cuenta los muchos años que aquí residió voluntariamente dicha señora y las muchas simpatías con que en Gijón cuenta, vea el Ayuntamiento el número de ejemplares que desea adquirir para los escolares gijoneses». Pues bien, trasladada la propuesta a la Comisión de Instrucción Pública, y siendo su dictamen contrario a la adquisición, la Corporación desestima comprar ejemplar alguno, por muy vecina y muy ilustre que hubiera sido la autora de aquellos escritos.

El proyecto Rosario de Acuña en la escuela queda truncado: el volumen que se había publicado como «Tomo I», se convierte en «tomo único», pues no tiene la prevista continuidad, quedando así la iniciativa frustrada. A pesar de los reveses, debió de seguir porfiando en su intento de dar a conocer las obras de la ilustre escritora, pues es probable que tuviera algo que ver en la nueva edición de El padre Juan que se realiza en el año 1938: en la ciudad de Valencia, con un prólogo de Regina (⇑),  la editorial Guerri, que por entonces firma sus volúmenes con el añadido «colectivizada», publica la que para algunos es su obra más emblemática. Seguro que no habría sido su último intento para cumplir la voluntad testamentaria de su amiga, pero las feroces fauces de la guerra  –y de la posguerra– se llevaron sus propósitos a la región de lo imposible.

«... y encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a don Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias...». Ni uno ni el otro. Ninguno de los dos.



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jueves, 19 de diciembre de 2019

202. Mujeres míticas


Ilustración incluida en la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Un buen día, consultando Asturias en el resurgimiento español (Apuntes históricos y biográficos) de Antonio López Oliveros, me detuve a analizar el índice onomástico que se incluía en aquella edición. Allí encontré más de quinientos nombres de personajes que, según el autor, tuvieron algún tipo de protagonismo en los sucesos que relata. Pues bien, entre esos cientos de referencias tan solo aparecen citadas tres mujeres. Ellas son: Veneranda García Manzano, maestra, escritora y política, diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; Matilde de la Torre Gutiérrez, de Cabezón de la Sal, folklorista, intelectual y política que fue diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; y Rosario de Acuña. El hecho, además de sorprendente, resultaba muy significativo, tanto por la cualificación del autor como por la trascendencia de la obra. A Antonio L. Oliveros se le puede considerar un testigo excepcional de la época que describe, pues ocupó la dirección del periódico El Noroeste desde 1917 hasta 1934, años en los cuales el rotativo gijonés desempeñó una notable influencia en la sociedad asturiana. Su libro, editado en 1935, pretende recoger los hechos más significativos de la vida regional sucedidos entre 1898 y 1934: el dinamismo de los indianos, el desarrollo del movimiento obrero, la huelga general de 1917, la revolución de 1934… Pues bien, de su lectura se deduce que quienes protagonizaron este periodo de gran significación en la vida de la región fueron los hombres, con esos centenares a la cabeza. ¿Qué hacían las mujeres mientras tanto? ¿Dónde estaban? Esas preguntas fueron el detonante de Mujeres de Gijón (1898-1941), donde intento darles adecuada respuesta.

Imagen de la portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)
Hombres eran los que dirigían la política, las empresas, las organizaciones obreras, los periódicos… Hombres los que se manifestaban, los que se ponían en huelga, los que acudían a asambleas, los que se agrupaban… Hombres los de la Extensión Universitaria, los del Ateneo, los de los casinos, los de los clubes deportivos… Ante esa evidencia, ante la constatación de la ausencia de mujeres en las crónicas de un periodo de gran interés en la historia regional y, especialmente, en la gijonesa, no pude menos de preguntarme ¿qué hacían las mujeres mientras tanto?, ¿dónde estaban? La búsqueda de respuestas a esas preguntas me ocupó varios meses en los que me vi obligado a ajustar la lente con la cual miramos el mundo. Con paciencia y enfoque adecuado las busqué en las fábricas, en las calles, en los bailes, en las casas… Al final, como no, las encontré. Allí estaban: en la Gota de Leche, en la Pescadería, en La Algodonera, en el matadero, cogiendo agua en La Pipa, manifestándose por las calles, en el Ateneo Obrero, en la playa, en las trincheras, en el Ayuntamiento, en la cárcel de El Coto, en la Escuela de Comercio, en el Sindicato de la Aguja, ante los tribunales, en la Fábrica de Tabaco, jugando a jóquey, en las Agrupaciones de Mujeres Antifascistas, en el teatro Dindurra, atendiendo la Cocina Económica, descargando pescado, en los conventos, en la Fábrica de Vidrios, huyendo de la guerra… Ahí están por centenares, con nombre y apellidos.

Estaban ahí. ¡Claro que estaban ahí! Solo era preciso buscarlas en el sitio adecuado y, una vez encontradas, darles la visibilidad adecuada. Eso es lo que ha venido haciendo en los últimos años el Ayuntamiento de Gijón que por estas fechas publica una agenda que tiene por únicas protagonistas a las mujeres. La de 2020 lleva por título Mujeres míticas de Gijón/Xixón y sus protagonistas  son –según escribe Ana González Rodríguez, alcaldesa de la ciudad– destacadas mujeres «que forman parte de nuestra cultura, de nuestra memoria colectiva, de nuestra idiosincrasia». Al lado de Rosario de Acuña, a quien se le dedica el mes de marzo, aparecen Xosefa Jovellanos, Les Cigarreres (las obreras de la fábrica de tabacos de Cimavilla), Esmeralda Maseda (la primera concejala del Ayuntamiento) o las mujeres dedicadas a los tradicionales oficios de la mar (las pescaderas ambulantes y con puesto fijo, rederas, conserveras).

«Recordamos con admiración su trabajo, sus reivindicaciones laborales, políticas y sociales, su obra artística y literaria. Su memoria se perpetúa desde el cariño, la admiración y el reconocimiento, manteniendo vivo su pensamiento feminista que ha contribuido a hacer de Gijón/Xixón la ciudad que hoy es».

Portada de la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Tanto la inclusión de nuestra protagonista en la agenda como las palabras de la alcaldesa, dan pie a pensar que algo parece haber cambiado en el Ayuntamiento con respecto a la figura de Rosario de Acuña. Tras varios años de atonía, me enrolé en la lista de quienes confiaban en que la llegada de una nueva corporación municipal podría restablecer el respaldo que, tiempo atrás y desde la plaza Mayor, se había prestado a todo cuanto tuviera que ver con la recuperación de su testimonio vital. Así lo manifesté en el escrito «Cuatro años por delante» (⇑), publicado en la edición gijonesa del diario La Nueva España el pasado 2 de julio, con la mirada puesta en 2023, año en el que se cumplirá el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Aunque ya han pasado unos meses desde entonces, aún se está a tiempo para hacer reconocible ese paseo que lleva su nombre y que, como se escribe en la agenda, «recuerda su paso por el Cervigón» (aunque casi nadie sepa que camina por él, pues nada hay que así lo informe); aún se está a tiempo de darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa. Lograrlo sería una magnífica manera de afrontar el reto del centenario: una oportunidad para dar visibilidad a esta mujer excepcional, «gran defensora de los derechos sociales y la emancipación de las mujeres». Confío en que Mujeres míticas, la agenda para el año 2020, sea un indicio de que, efectivamente, el Ayuntamiento de Gijón va a involucrarse en la organización del centenario de la muerte de una de sus vecinas más ilustres. Al fin y al cabo, toda caminata, por larga y exigente que sea, empieza siempre por un primer paso.




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