16 junio

292. La redención del campesinado

 

Aunque nacida en el centro de Madrid, su dolorida mirada infantil fue descubriendo desde bien niña que en aquellos campos no todos era iguales, que unos pocos eran los dueños de la tierra y el resto la trabajaba, que unos eran propietarios desde la cuna y los otros habían nacido para ser braceros o criados. 

Allá, en los campos andaluces, cuando en las haciendas agrícolas que poseía mi familia paterna me llevaban de pequeña a ver labrar olivares, viñas y rastrojos [...] y en el descanso del mediodía comíamos en albos manteles, extendidos por el aperador, los manjares escogidos, las golosinas de la riquísima repostería andaluza, y mis ojillos, indagadores siempre, veían, desde nuestro triclinium campestre, aquel ágape de los gañanes que, a cierta distancia nuestra, comían unos garbanzos, duros como balines, y unos cachos de tocino pasados a fuerza de cebolla cruda, guindilla feroz y pan bazo, casi negro, mientras en nuestra mesa daba alburas el pan, hecho de la flor de nuestros trigales...

Las tierras andaluzas estaban regadas por los sudores de aquellos gañanes, como ella los llama, y por los de otros muchos peones, jornaleros o braceros que desde siglos atrás llenaban los silos –y las arcas– de la propiedad, la vieja y la nueva. La primera constituida a partir del siglo XIII, durante la expansión territorial de los reinos cristianos del norte de la Península, con los repartos de las mejores tierras a la nobleza afín a los reyes conquistadores. La segunda, cuando la Desamortización de principios del  XIX permitió a la gran burguesía convertirse también en terrateniente, tras adquirir los terrenos de la Iglesia y las tierras comunales que por entonces se subastaron.   

Vincent van Gogh, Dos campesinas cavando patatas, 1885, (Museo Kröller-Müller)

A la niña Rosario lo de la servidumbre le resultaba natural y no le extrañaba nada que durante sus estancias en  la casa familiar estuviera rodeada de «una buena porción de criados». Más tarde, cuando en la madurez echaba la vista atrás y analizaba esta relación señor-servidores, aún se mostraba un tanto benevolente:  

...en mi cabeza de cinco o seis años entró la idea de la servidumbre tal como entonces estaba conceptuada, siendo el señor moralmente amo y padre a la vez, y siendo el servidor criado e hijo al mismo tiempo; poseído este concepto de la servidumbre doméstica desde mis tiernos años, excuso decir que no concebí, en mucho tiempo, la posibilidad de que no existieran los criados (Conversaciones femeninas. XV. La servidumbre ⇑)

Creció dando por buena esa relación de servidumbre, que ella decía se había establecido sobre un «contrato mutuo de amor y respeto entre amo y criado» (como prueba de lo cual nos refiere su encuentro con un agradecido catedrático de instituto (⇑), nieto de la nodriza que crió a su padre). Alcanzada la treintena, su mirada empezó a cambiar. Fue entonces, tras su etapa zaragozana, cuando decide alejarse de los escenarios urbanos para reencontrarse con la naturaleza, y se instala en una casa campestre situada a las afueras de Pinto, una pequeña localidad situada al sur de Madrid que contaba con poco más de dos mil habitantes. 

Quería vivir en el campo, en contacto con la naturaleza, y aquel parecía ser un buen lugar. Su nueva villa pinteña disponía de un palomar; un corral con gallinas de variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos; frutales diversos; arbustos y plantas de todas clases; un maizal, una cuidada huerta… Tenía la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el esparcimiento de sus moradores. Pero no podía hacerlo sola, razón por la cual tuvo que contratar para que la ayudaran en las tareas agrícolas y domésticas a un matrimonio manchego y su hija, a los cuales, gracias al capital que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente. Ya no son siervos, son personas que trabajan por un salario.

Y bien ¿la evolución, desde los servidores que amaban y respetaban, a estos criados que odian y denigran, no se habrá realizado porque la servidumbre, en sí misma, es lo más cruel, absurdo y rebajador de la dignidad humana? ¿No será el estado actual de la servidumbre una señal inequívoca de que los tiempos de la manumisión absoluta se acercan presurosos?

La nueva visión de aquella sociedad urbana que empezó a vislumbrar durante su estancia en Zaragoza, dominada por la hipocresía y los convencionalismos, fue una de las razones que la impulsó a instalarse en Pinto. Necesitaba alejarse de la ciudad, de cualquier ciudad, y vivir en el campo: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre». Se muestra convencida de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y para la sociedad, razón por la cual quiere esparcir la nueva simiente en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de su familia. Desde las páginas de  El Correo de la Moda, «Periódico ilustrado para las señoras», irá desgranando entrega a entrega las bondades que para las familias y para la patria representa la vida en contacto con la naturaleza. 

En esas estaba cuando la prematura muerte de su padre precipitó la transformación que llevaba ya un tiempo gestándose: a las pocas semanas se separa de su marido; algunos meses después anuncia públicamente su colaboración con el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento, convirtiéndose desde entonces en una activa defensora de la libertad de conciencia. Tras esta mudanza, lo que he dado en llamar «el renacer pinteño de Rosario de Acuña» (⇑), los cambios en su vida resultan bien relevantes: se ha convertido en una mujer separada, librepensadora y masona; una mujer que realiza expediciones a caballo de varios meses de duración, que asciende a las cimas de las montañas, que clama contra la postergación que sufre la mujer, que arremete contra la superstición y el oscurantismo que asola su querida España. 

En cuanto a la vida en el campo, sigue pensando que hay muchas cosas que cambiar, que hay muchas cosas que mejorar. A sus lectoras les habla de la «máquina incubadora», un recurso apenas explotado en España, que les puede resultar muy beneficioso: «podéis mandar a los mercados remesas de patos, gallinas, pavos y faisanes, pingües productores de una renta fija». Y enumera también otras pequeñas industrias que se pueden poner en marcha en el hogar campesino: la elaboración de mantequilla y quesos; la cría del gusano de seda; la preparación de frutas en conservas y en almíbar; la cría de conejos; el vivero de árboles frutales o de arbustos de adorno, injertados con inteligencia y vendidos a buen precio cuando son selectos... 

Sabía que así se hacía en algunos países de Europa; lo había visto con sus propios ojos durante sus estancias en Francia. Ella misma lo tuvo bien presente cuando en Cantabria puso en marcha su afamada granja avícola (⇑) y quería que otras mujeres en España también lo hicieran. De ahí su entusiasmo cuando nos habla de su encuentro en una aldea gallega con dos jóvenes, que convivían con una madre y un padre que ya habitaban en la ancianidad y a quienes habían sustituido en las tareas agrícolas:

Eran propietarias de algunos viñedos, y precisamente entonces empezaba la filoxera a devastar las ricas viñas del Riveiro. Mi asombro fue enorme escuchando a aquellas jóvenes explicar que, gracias a su previsión, conocimientos y energía, su hacienda no había sufrido gran quebranto, pues al primer asomo de peligro habían traído sarmientos americanos y, puestos por ellas mismas, por ellas mismas cuidados, habían ido transformando sus majuelos de cepas del país en cepas americanas, que ya empezaban a dar algún fruto, precisamente cuando sufría la comarca el peso asolador de la epidemia.(«Avicultura femenina» ⇑)

Bien es verdad que todo cuanto pregona tiene por escenarios los de unas tierras bien diferentes a aquellas de la Andalucía paterna que ella conoció en su niñez y su juventud. Quizás pensara que con la estructura agraria allí imperante sería mucho más difícil poner en marcha las iniciativas regeneradoras que predica; que el sur de España necesitaba otras medidas, quizás más radicales, para transformar una realidad lastrada por el desigual reparto de la propiedad (mucha tierra para unos pocos), el  absentismo de los grandes propietarios, el elevado porcentaje de jornaleros o la expansión de cultivos de fuerte temporalidad, como el olivo, que provoca una reducción de jornales, con el consiguiente aumento de la miseria.

Cuando dueña de mí huí, para siempre, de la vista de aquella gleba campesina de Andalucía, buscando más equidad, más libertad y, a la vez, más suave clima y más delicados paisajes en las costas cantábricas, y alcé mi pobre choza junto a este mar rugiente y magnífico que me trae los ecos de mundos más justos, más sabios, más libres, más aptos para la perfectibilidad humana...

Vincent van Gogh, Campesina cavando patatas, 1885, (Museo Van Gogh, Ámsterdam)A resultas de sus expediciones a caballo conoce buena parte de las tierras de España y, por lo que cuenta, parece tener bastante claro que los campos del norte reunían mejores condiciones para la vida, razón por la cual fueron los elegidos para pasar las últimas décadas de su vida, primero en Cantabria y, finalmente, en Gijón. 

Tanto en un lugar como en el otro aprovechó cualquier circunstancia para propagar las virtudes de la vida en el campo, para hablar de las bondades que reunía la región cantábrica para el desarrollo de las pequeñas industrias agrícolas. Así lo hizo tanto en las páginas del diario santanderino El Cantábrico como en las del gijonés El Noroeste. Artículos dirigidos a las mujeres (véase «Conversaciones femeninas» ⇑) o a las sociedades de agricultores. Hablaba de modificar, de innovar, de adaptar, de reformar, de mejorar. («Las sociedades de labradores pueden, si quieren, ser el núcleo propulsor de la innovación»). Le interesaba el mundo del campo. No debiera de resultar extraño, por tanto, que siguiera con atención la conferencia que José Bango León, presidente de la Asociación de Agricultores de Carreño, pronunció  el 19 de mayo de 1918 en la sede de la sociedad y que fue publicada en seis entregas en el periódico El Noroeste. Tampoco que le enviara una carta (⇑) para mostrarle todo su entusiasmo por lo que ha leído: «¡Qué esfuerzo representa ese trabajo suyo de aunar, condensar hacia un fin de engrandecimiento colectivo e individual, al mísero pueblo labriego!».

En su intervención ante la asamblea extraordinaria de la asociación, que tiene por objetivo lograr la aprobación del nuevo reglamento de la sociedad, realiza un repaso a sus diez años de funcionamiento, a los logros alcanzados (cuentas saneadas, local social en propiedad, exitoso funcionamiento de la cooperativa de consumo y del seguro para el ganado vacuno...) y también a las dificultades que han encontrado para alcanzar un mayor número de asociados, que, en su opinión, se deben a dos causas principales: la historia («prejuicios que han despertado los labradores unidos en un concejo que era por su historia feudo del dominio de castas han dado lugar a una labor de dispersión») y la ignorancia (un pueblo «sin ninguna preparación para la vida social, sin ningún espíritu de asociación, sin acertar a conocer el valor de la fuerza colectiva»). 

Esa descripción de las causas que dificultan la redención del campesinado coincide, en buena parte, con su propia experiencia, con lo que ella observa cada día desde su atalaya de El Cervigón

Todo esto desaparece de mi recuerdo al verlos detrás de sus encaperuzados bueyes un día y otro haciendo, en esta riquísima ería, el cultivo intensivo, cogiendo, sembrando el alcacer, recolectando este y sembrando la remolacha, el maíz, la judía, la patata, la achicoria, haciendo dar a la tierra ¡tres! cosechas al año, para que luego sus amos –pues casi todos son colonos– pongan a una carta lo sacado a cien renteros, o dejen entre las patas de un caballo los tesoros de muchos años de trabajo y fatiga.

No son braceros, que son colonos, pero la propiedad sigue siendo de otros. A lo largo del siglo anterior, en la Asturias campesina se hizo evidente que sobraba población y faltaba producción. La superficie de la tierra disponible era la que era y no se podían dividir más las caserías; los propietarios subieron el precio y acortaron los plazos de arrendamiento. La creciente emigración a América logró atenuar la negrura en el horizonte. Aun así, la realidad que se vislumbraba desde la casa del acantilado no contribuye a presagiar una pronta redención del campesinado. Aunque se alegre al leer los logros cosechados por algunas sociedades de agricultores, Rosario no parece tener claro que se pueda conseguir tan solo con reformas y mejoras. Al final de sus días, parece anidar la idea de que sean precisas medidas más drásticas, tal y como se desprende de lo que escribe en «Las castañas asadas» (⇑), un artículo publicado pocas semanas antes de su muerte en El Pueblo, periódico republicano editado en Valencia que había sido fundado por Vicente Blasco Ibáñez: 

Ya han salido las guadañas, las hoces y las piedras: las armas de la jacquerie, una, dos, tres veces vencidas, pero, al fin, triunfadora ante la Bastilla [...] No vencerán enseguida; «no venceremos» los que llevamos dentro, como hilo sutil, la capacidad de la indignación ante lo inicuo. Pero ellos y nosotros no perdemos de vista la luz guiadora, y aun muriendo sin haberla alcanzado, cumplimos bien con nuestra obligación... Vencerán los que les sigan. El caso es empezar la obra; rematarla no es más que cuestión de tiempo. Y de cimientos pueden servir nuestros despojos.


 



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29 mayo

291. Madrid, estación de SALIDA

 

Hubo quien dijo que aquella dolorosa enfermedad ocular que padeció en su infancia, que aquella ceguera intermitente que tiñó de negro algunos de sus juveniles días, le abrió la puerta a una educación alternativa, diferente a la inicialmente prevista para ella, de colegio de monjas, piano y francés. Es una forma de verlo. Cierto es que la conjuntivitis escrofulosa –que tal fue el diagnóstico– modificó los planes iniciales, que madre y padre asumieron la enseñanza de lectura, escritura y demás materias escolares, que la naturaleza se convirtió en privilegiado espacio de aprendizaje; también los viajes. 

Aunque su actividad viajera no obedeciera únicamente a cuestiones terapéuticas, que otras muchachas de su condición también ampliaron su mirada con nuevos escenarios, con otros horizontes, lo cierto es que la joven Rosario viajó y viajó, y lo hizo por buena parte de España, también por Italia, Francia o Portugal. Gracias a la acomodada posición de su familia y libre de las sujeciones escolares, cuando su enfermedad se lo permitía salía de Madrid para encontrar alivio en su mirada. Y lo solía hacer en tren, quizás por aquello de que su padre fue durante un tiempo inspector de ferrocarriles y, algo más tarde, delegado del Gobierno en el consejo de administración de una de las principales empresas ferroviarias; quizás también porque sus años juveniles coincidieron con el despliegue de la red ferroviaria. Así que, hablar de sus viajes supone, también y en cierta medida, hacerlo de la historia del ferrocarril en España.

Grabado de la cabecera de Gaceta de los caminos de hierro (1868)

Unos meses después de su nacimiento se inauguraba la línea Madrid-Aranjuez, la segunda que entraba en funcionamiento en la España peninsular y la de su estreno como viajera del ferrocarril, pues ese trayecto constituía la primera etapa de sus frecuentes viajes a la campiña jiennense, residencia de su familia paterna y escenario sanador para sus infantiles y doloridos ojos. Tal y como se cuenta en un comentario anterior (⇑), en cuanto se presentaba la ocasión propicia y alentada por la llamada de su abuelo Felipe  («Venga esa niña al campo»), la niña se iba hasta el embarcadero de Atocha  para tomar el tren correo de Andalucía. Los nombres de las estaciones que encontraba en el trayecto debieron de convertirse pronto en familiares: Aranjuez, Tembleque, Villacañas, Alcázar de San Juan, Manzanares, Valdepeñas... y así hasta la denominada estación de Baeza, donde, a pesar de que el nombre sugiriera proximidad al destino, aún debían de tomar un coche de caballos para salvar los kilómetros que los separaban del lugar donde le aguardaban los suyos.

Entre viaje y viaje a Andalucía, hubo otros más, y de alguno de ellos nos ha dejado pormenorizada constancia escrita. Tal sucede con el que realizó cuando contaba con quince o dieciséis años a Gijón. Viajó entonces en compañía de su padre, a disfrutar de los efectos salutíferos del mar, a los baños. Cuando salieron de la estación madrileña, la que con carácter provisional se había construido en las proximidades de la montaña de Príncipe Pío, ya sabían que el viaje no era directo, que tenían que hacer transbordos y que, además, poco después de La Robla debían de tomar un coche de caballos para llegar hasta Asturias, pues había tramos en obras y el tendido ferroviario por la rampa de Pajares no se concluiría hasta varios años después. 

Aquel viaje no lo olvidó y, ya en la vejez, nos da cuenta de lo que ella recuerda de aquella aventura (⇑), con algunas inexactitudes debidas al largo tiempo transcurrido. Poco antes de llegar al último tramo de su recorrido por territorio leonés, el tren correo se paró bruscamente a pocos metros del lugar donde se habían levantado algunos raíles. Por las ventanillas podían verse hombres a caballo que, armados con escopetas y trabucos, amenazaban con la muerte a quien osara apearse. Otros entraban en los vagones pidiendo la documentación a los pasajeros. El que se subió al suyo aprovechó la circunstancia para coger los billetes que había en la cartera que su padre sacó para mostrarles su cédula de identificación. Al poco, un sonido de corneta dio por terminada la operación: los carlistas ya habían encontrado en otro de los vagones el botín que venían buscando. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, padre e hija tuvieron que caminar en dirección a Busdongo, hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Llegados a la primera estación, ya pudieron coger el tren que, al fin, les trasladaría a Gijón.

Exposición Universal de París, 1867. Ilustración con distintos motivos del jardín de horticultura habilitado en la isla de Billancourt

A las pocas semanas de regresar de su estancia gijonesa, en el mes de septiembre de 1867, Rosario inicia un nuevo viaje. Se va a París a visitar la Exposición Universal y lo hace en compañía de su madre y de su padre. La estación de salida vuelve a ser la misma, la que con carácter provisional había construido unos años atrás la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España en las proximidades de la montaña de Príncipe Pío y que aún estará en funcionamiento unos años más, hasta que sea sustituida por una nueva construcción en 1882. En cuanto a los itinerarios, dos eran los opciones que tenían a su disposición para llegar hasta la frontera: podían viajar con la misma compañía que había construido la estación (Ávila, Valladolid, Burgos, Vitoria, San Sebastián, Irún-Hendaya) o hacerlo con la Compañía de los Ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA) que, tras el acuerdo alcanzado en 1861 con la empresa concesionaria de la ruta Zaragoza a Pamplona, organiza un servicio Madrid-París vía Tudela, Pamplona y Bayona, con una duración prevista de unas cincuenta y cuatro horas.

La Exposición, diseñada para mostrar al mundo la grandeza del Segundo Imperio, resultó ser la más grandiosa de las habidas hasta entonces. Había sido inaugurada por el emperador Napoleón III el primero de abril, y Rosario la visitó unas semanas antes de que fuera clausurada el último día de octubre. Los miles de expositores allí reunidos, en un extenso escenario de casi setenta hectáreas, le abrían la posibilidad de acceder a muchas páginas de muchos libros que no estaban disponibles en los colegios españoles. La visita le brindó la ocasión de acercarse a aquellas ventanas que para la ocasión habían abierto China, Egipto o Japón; también a conocer los últimos avances tecnológicos. Resultó ser una visita inolvidable. Volverá a Francia, regresará a París (⇑).

Su padre conoce bien el sector ferroviario. En los años sesenta, como inspector jefe de ferrocarriles, tuvo a su cargo la línea Madrid-Zaragoza, de la concesionaria Compañía de los Ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA); en el mes de marzo de 1873 es nombrado delegado del Gobierno en la Compañía de los Caminos de Hierro de Zaragoza a Pamplona y Barcelona. En estas ciudades tiene contactos y amigos, razón por la cual no debiera de extrañar que los considere un buen destino para su hija.

Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)

En el mes de octubre de 1872, diez años después de que se abriera la línea Madrid-Zaragoza, la joven Rosario de Acuña se desplaza a la capital aragonesa para presenciar los actos de consagración de la basílica del Pilar. Tal y como nos cuenta (⇑), ya se encuentra en la ciudad en los días previos, y el día 10, bien temprano, disfruta de los gigantes y cabezudos que recorren las calles zaragozanas; «la multitud de chiquillos que en confuso tropel y pánico terror van huyendo de las extravagantes figuras que representan; es entretenimiento curioso y divertido».

En ese tiempo se desplaza a Alicante, destino también de la MZA. Por lo que dice, la visita tuvo lugar en el mes de junio, es de suponer que de ese mismo año setenta y dos, antes de viajar a Zaragoza, aunque la crónica de este viaje (⇑) se publique semanas después. Lo primero de todo, el mar, tan diferente a ese otro, rugiente, inmenso y cambiante, que agita el litoral gijonés: «Nada hay tan poético, ni bello, como ese hermoso lago, recuerdo amoroso que el océano lanza al seno de la Europa y que, al reflejar el puro azul de nuestro cielo, se reviste de encantos mágicos e indescriptibles a la pluma del viajero».  

Al año siguiente, cruzó de nuevo la frontera para pasar una temporada en Pirineos Bajos, que así era como se denominaba este departamento francés desde 1790. Sabemos que fijó su residencia en Bayona, pues contamos con algunos escritos que están fechados en esta ciudad. En casa debieron de pensar que aquel era un buen momento para alejarse de las convulsiones políticas que se vivían por entonces en España, buen momento para completar su formación con un mayor conocimiento del idioma y de la cultura del país vecino. Y Rosario se acercó de nuevo a la estación situada en la zona de la montaña de Príncipe Pío (la estación del Norte no entrará en funcionamiento hasta nueve años más tarde), para tomar el tren que la llevará a la estación de Irún, punto de conexión con la red ferroviaria francesa desde que en el verano de 1864 se levantara el puente internacional sobre el río Bidasoa.

Vista de la catedral de Bayona, grabado de Hélène Feillet (Koldo Mitxelena Kulturunea)

Otro país, otra cultura, otro idioma. Los aires que se respiraban por entonces en esta localidad de poco más de veinte mil habitantes, próxima pero distante, debieron de despertar sentimientos de pertenencia a una patria temporalmente lejana, y la por entonces monárquica Rosario decide enviarle «Un ramo de violetas» (⇑) a Isabel de Borbón, exiliada en París desde que fuera destronada en septiembre de 1868: 

Solo hay en Francia, para mí, Vuestro nombre, y al pisarla, a Vos sola, Señora, debo cantaros» [...]¡La patria! Aun la tierra que huellan mis plantas puede llamarse mía; al dar un paso más me encontré sin ella: más allá, nada, nada que pueda despertar mi cariño en el fondo de mi corazón español.

Además de haber dado rienda suelta a su sentimiento patriótico –y monárquico– con este folleto impreso en la misma Bayona en 1873, y que la exreina Isabel agradeció en una carta que le remite algunos meses después desde París, parece ser que Rosario abrió bien los ojos para no perder detalle de cuanto allí se encuentra y vuelve a Madrid con más saberes y experiencias (años después, tendrá bien presente a una viuda avicultora que allí conoció, el ejemplo que tuvo en mente cuando abrió su propia granja avícola ⇑), con nuevas amistades (que no se olvidan, por cierto, de felicitarla cuando se enteran por la prensa española del exitoso estreno de Rienzi) y con el deseo de realizar nuevos viajes a otros países. 

Italia será el próximo. Pero mientras eso sucede, mientras inicia ese largo viaje, realizará algún otro, bien que más corto, y se embarcará alguna que otra vez en uno de esos trenes que desde Atocha la traslada a la Campiña de Jaén, a Baeza, Navalahiguera o a los altos de Tamaral... a Sierra Morena. Del que realiza en la primavera de 1875 ha quedado constancia escrita en  La Mesa Revuelta, un nuevo semanario editado en Madrid en cuyas páginas se publican unas cuartillas que, tal y como había prometido, le envía a su amiga Julia Asensi, describiendo con su pluma la belleza de la Sierra, «la grandeza salvaje de sus panoramas, toda la sublime sencillez de sus habitantes, toda la inagotable riqueza de su fertilísimo suelo».

Aquella tierra y sus gentes representan el gratificante contrapunto al escenario ciudadano en el que transcurren sus días. La hermosura de aquellas soledades y la naturalidad de quienes las pueblan le resultan un tanto incompatibles con la mentalidad urbana, más proclive a los fastos y a las apariencias:  «¿Quién podrá sostener la natural sencillez y hermosura de estas soledades trayendo a ellas los gérmenes de la civilización?». Dudas y preguntas acerca de la vida en la ciudad y en el campo, que volverá a plantearse años después y que la llevarán a abandonar Madrid, a alejarse de las aglomeraciones urbanas. Pero eso, como digo, años después, que ahora toca visitar Italia, que el momento es propicio para ello. 

Resulta que en el mes de marzo de 1875 el Gobierno de Antonio Cánovas nombra Embajador Extraordinario y Plenipotenciario cerca de la Santa Sede a Antonio Benavides y Fernández Navarrete, un pariente suyo, que como «tío» es tratado, integrante de una familia que mantiene muy buenas relaciones con la suya paterna, más aún desde que María del Carmen Martínez de Pinillos y Benavides, sobrina de don Antonio, se casara con Cristóbal de Acuña Solís,  hermano de su padre y, por tanto, su tío carnal. Resulta que unos meses después del nombramiento, cuando Antonio y su mujer ya llevan unos meses residiendo en el antiguo Palacio Monaldeschi, sede de la embajada, reciben a su «sobrina» Rosario de Acuña, que ha llegado desde Madrid para pasar unas semanas en Italia.  

Viviano Codazzi: Exterior de San Pedro, Roma (Museo del Prado)

Desconozco cuál fue el itinerario de su viaje, si decidió dirigirse a Barcelona y utilizar un sistema alternativo para pasar la frontera, pues la conexión ferroviaria por Portbou aún no estaba operativa (se inaugurará cuatro años después, cuando entre en servicio el tramo que unía esta localidad con Figueras), o si, como parece más probable, atravesó el puente sobre el Bidasoa para tomar la línea que por Toulouse la llevara a Marsella y de ahí a Génova, por el tramo que unía la ciudad italiana con Francia y que había sido inaugurado tan solo cuatro años antes.

Fuera cual fuera la alternativa, lo que está claro es que por aquel entonces, en el tiempo de nuestras tatarabuelas, lo trasladarse de Madrid a Roma no era cualquier cosa. Si el viaje a París, el que realizó años atrás para visitar la Exposición Universal, fue largo, de más de cincuenta horas de duración, este no lo será menos y, además, deberá transitar por tres redes ferroviarias distintas, la española, la francesa y la italiana.

Tras aquel largo viaje en ferrocarril, ya se encuentra en su destino, ya está en Roma (⇑), la ciudad tantas veces estudiada: el Coliseo, los Foros, el Circo Máximo, el castillo de Sant´Angelo, las termas de Caracalla, el panteón de Agripa, las catacumbas, las basílicas paleocristianas, el Vaticano... Mucha historia, muchas emociones, muchas experiencias, muchas cosas que contar...

Bien se puede decir que su estancia romana propició algunos cambios notables en su vida. Pocos meses después de su regreso estrenará en un teatro madrileño su primera obra dramática, que tiene por protagonista a un tribuno del pueblo romano que en el siglo XIV proclamó la república. El éxito de crítica y público que cosechó Rienzi el tribuno le abrió las puertas del mundo literario, de teatros, periódicos y revistas. Semanas después de aquel exitoso estreno contraerá matrimonio con un joven militar y abandonará Madrid. La última vez que tomó el tren en la estación de SALIDA (y a la vez de regreso) de su ciudad natal fue, precisamente, cuando lo hizo en unión de Rafael para iniciar su viaje de novios por tierras andaluzas. A su regreso, volverá a hacerlo de nuevo para marchar con su marido a su nuevo destino y allí se quedará: Zaragoza tomará el relevo de Madrid. Con la excepción, de un pequeño periodo de tiempo, en aquellos meses en los que, a principios de los noventa, allí estuvo recluida  para recuperarse de unas graves fiebres palúdicas, ya no volverá a residir en la capital. Cuando a lo largo de los años se apee en una de sus estaciones, sabe que deberá regresar a la capital zaragozana, a Pinto, a Santander o a Gijón.

 



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05 mayo

290. La abuela de la «revolución»

 

Cuando, apenas cumplidos los veinticinco, irrumpió en el mundo del teatro con un drama histórico y en verso, hubo quien se vio en la necesidad de acudir a Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba, 1814-Madrid, 1873) para encontrar un referente a aquella jovencita que se adentraba por los vericuetos del «verso viril». Años después, esta referencia dejó de servir, pues Rosario de Acuña, abandonando su prometedora trayectoria literaria, decidió convertirse en una activa publicista de la libertad de conciencia, y en una masona. Fue entonces cuando su nombre empezó a unirse al de la escritora anarquista francesa Luisa Michel (1830-1905), convirtiéndola en su «competidora», «segunda edición» o semejante a ella, una «especie de Luisa Michel atenuada».

Catalina Breshkovskaya (1844-1934)
Catalina Breshkovskaya (1844-1934)

No fueron los únicos nombres de mujer que se unieron al suyo para ilustrar o ejemplificar el relato de sus acciones, de sus manifestaciones, de sus batallas, de su vida. Además del de Flora Tristán (1) o Rosa Luxemburgo (2) , en la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón, la de su acercamiento a «las izquierdas», al movimiento obrero, no faltaron quienes se acordaron de Catalina Breshkovskaya (1844-1934), escrito de esta forma o en cualquiera de las distintas transcripciones de su nombre utilizadas en las prensa española para referirse a la llamada «abuela de la revolución rusa».

Regresó del exilio portugués más cansada, más decepcionada y bastante más pobre que cuando se vio obligada a marchar para evitar ser procesada por aquel asunto de La jarca (⇑). Tras los dos años pasados en las tierras portuguesas, sus ahorros se han esfumado y debe de acostumbrarse a vivir, a malvivir, con la pensión de viudedad que tiene asignada. Su situación económica la aproxima más aún a los más humildes de sus convecinos. Se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio, fuera una publicación socialista la que acogiera sus nuevos escritos: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias que por entonces dirigía Isidoro Acevedo, un viejo conocido de los tiempos de Santander con quien ya había colaborado, publica un artículo suyo. A partir de entonces,  sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo y, más asiduamente, en las de El Noroeste, portavoz oficioso de los reformistas. Es ahí, en el ámbito de «las izquierdas», donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas: «¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!». De ahí que, a pesar de su avanzada edad, a finales de mayo de 1917 no dude en tomar el tren y desplazarse a Madrid para acudir al mitin que en apoyo de los aliados habían organizado los partidos «de izquierda». Allí recibirá el público reconocimiento de los presentes, tras ser saludada desde la tribuna por Roberto Castrovido, uno de los oradores de aquel multitudinario acto.

Por entonces, las autoridades provinciales la tienen bajo sospecha, pues recelan de todo cuanto que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad de las izquierdas en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su presencia en el mitin aliadófilo. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

A medida que todo aquello se va sabiendo (⇑) (también que acude a Madrid para participar en la manifestación que pide la libertad de los integrantes del comité de huelga), se suceden las reacciones de apoyo y de simpatía hacia aquella mujer, que ya en la vejez, sigue luchando por conseguir una España más justa: «Antes de pudrirnos del todo ¿podremos, las viejas y los viejos, ver la revolución, aunque sea blanda, como alba de justicia y libertad? 

Las integrantes de la Agrupación Femenina Socialista de Madrid hacen público su apoyo y admiración en una carta pública (⇑). La casa de El Cervigón, la que fue objeto de dos minuciosos registros en busca de proclamas revolucionarias, se convierte en destino obligado para algunos jóvenes socialistas de visita en la región, tal y como tiempo atrás había propuesto (⇑) un joven portugalujo llamado Volney Conde-Pelayo. Sabemos que en mayo de 1918, unos meses después de los sucesos de agosto, César Rodríguez González (el hijo de la dirigente socialista Virginia González Polo e integrante de las Juventudes Socialistas), Wenceslao Carrillo (secretario general del Sindicato Metalúrgico de Asturias) y Emilio Torralba Beci (director durante un tiempo de El Socialista) la visitan tras haber intervenido en un mitin, tal y como nos cuenta este último en un escrito publicado en España Nueva (⇑) , en el cual manifiesta su más profunda admiración por su anfitriona, a quien no duda en comparar con Catalina Breskovskaia: «A nuestros labios, sin que el respeto nos permitiera enunciarla, vino una palabra que nos salía del corazón; ¡«Babuchsca»!... Se nos representó en doña Rosario de Acuña la abuela de la revolución, Catalina Breskovskaia».

La misma imagen de la abuela Breskovskaia es la que le viene a la mente al joven publicista Ángel Samblancat cuando la visita en El Cervigón en el verano de 1919. Samblancat, que había venido a Asturias a intervenir en varios mítines, ya había publicado algunos escritos en los que manifestaba su admiración por aquella mujer ejemplar. Ahora, tras haberla conocido en persona, nos dejó escritas algunas de las cosas que le contó su anfitriona:

 

 «Cosas de la abuela Rosario»

Abuela Rosario de Acuña, usted me recuerda siempre a María Breskoskaya, la abuela de la revolución rusa, que se pasó cuarenta o cincuenta años en presidio, y a la que, al caer el zarismo, hicieron dormir los revolucionarios en la cama de la emperatriz Alejandra. 

–Pues los revolucionarios de aquí tenéis la palabra. No tengo ganas de dormir en ningún lecho imperial o real, entre otras razones por temor a ciertos contagios; pero del presidio de barbarie sarracena y de estupidez clerical en que vivimos, ya es hora de que salgamos, ¡redios!

 * * *

–Mi apellido es portugués. Es la traducción castellana de Da Cunha. Los Da Cunhas lusitanos tienen grandes pretensiones nobiliarias. Parece que la primera astilla del árbol genealógico fue cierto paje del rey de Portugal. Este rey perdió una batalla, y en la fuga tomó al paje sobre la grupa de su caballo. La bestia, abrumada por la carga, no iba bastante ligera, y cayera el monarca en poder de sus perseguidores, si el paje no se apeara y facilitara de este modo la huida de su señor. El paje cayó prisionero, y para que dijera a sus enemigos hacia dónde se había dirigido su señor, le aplicaron el tormento y le pusieron cuñas entre los dedos. El mozalbete resistió heroicamente el suplicio, y como escapara de la muerte y el cautiverio, el rey lo premió, autorizándole a utilizar cinco cuñas en su escudo. 

 * * *

–Confío en los obreros, en los hijos de hombres rudos y madres feas. Los señoritos, los niños «bien», son todos unos cretinos. Son hijos de dos faldas y de un par de pantalones: las faldas de la mujer, las faldas del padre confesor y los pantalones vacíos del marido.

 * * *

–El ideal de las muchachas españolas es un cadete, un niño zangolitino, un pelele para marido; y para amante, un garañón, un semental, y si es vestido de negro, mejor. Cuando un padre jesuita ha casado a una chica con un niño gótico, con una sombra de hombre, va él a ofrecer sus relevantes servicios a la desconsolada mujer. 

 * * *

–No he visto generación de castrados y de «manfloritos» como la actual. Todos los hombres son impotentes o de una frigidez desesperante. Sin duda, por eso las mujeres cada día van más ligeras de ropa: a ver si los animan.

 * * *

–Barcelona, Andalucía: ¿puedo creer lo que usted me cuenta? Los incendios de Andalucía todavía no se ven desde aquí. En cuanto a los atentados de Barcelona, hasta que la sangre no llegue desde aquel mar a este mar y me moje los zapatos, creeré que todo es pura broma. 

 * * *

–A nuestros burgueses y a nuestras clases ricas les espanta lo de Rusia. Y aquello no es más que un rigodón. Cien años de orgía revolucionaria se necesitan. Cien años de quebrantar leyes, de pisotear prejuicios, de romper cacharros, de tumbar cachivaches. A los cien años de cólera popular, la atmósfera del mundo empezaría a ser respirable.

 * * *

–He visto que las izquierdas no han celebrado este año el aniversario de la revolución de agosto de 1917. Han hecho bien. Aquello no fue más que una revolución intestinal. Una revolución blanca, como dijo Araquistain. ¿Revolución blanca? –me pregunto yo cuando leí esto. ¿Revolución blanca? Pues revolución leche.

 * * *

–En nuestras inclusas matan de hambre a los niños y en nuestros asilos, a los viejos. ¿No sería más humano encerrar a toda esta población sobrante en una estufa y axfisiarlos como a los perros? Si de todos modos los hemos de asesinar, ¿para qué andarnos con dilaciones, con repulgos y con hipocresías?

Ángel Samblancat

Gijón

España Nueva, 14 de septiembre de 1919


Notas

(1) Amaro del Rosal Díaz, un socialista asturiano que en su juventud había conocido a Rosario de Acuña, fue uno de los que, tal y como se ha contado en un comentario anterior (⇑),  solía comparar la figura de nuestra protagonista con la de la luchadora francesa Flora Tristán (1803-1844).

(2) Sobre los paralelismos entre las trayectorias vitales de Rosario de Acuña y Rosa Luxemburgo trató la conferencia pronunciada por el profesor Antonio García Menéndez (⇑), incluida en el amplio programa de actividades desarrollado por el Seminario de Historia Local de Pinto con motivo del centenario de la muerte de quien fue vecina de la localidad madrileña.

 

 



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22 abril

289. Aquí está



A finales de la década de los sesenta del siglo pasado dieron con ella. Unos pocos saben de su existencia; unos pocos saben que la conoció, que fue su amiga. Amaro del Rosal (⇑) es uno de ellos. Le han dicho que en una aldea gijonesa aún vive una mujer que tuvo una relación de amistad con Rosario de Acuña, que guarda algunos textos de ella, además de otros valiosos recuerdos, y le escribe una carta desde el exilio mexicano para interesarse por ellos. Luciano Castañón (⇑), es otro de los gijoneses que sabe quién es. Se acerca hasta su casa y comprueba que, en efecto, allí se encuentra el último eslabón, el enlace que nos une con el recuerdo de su memoria, oculta durante tanto tiempo. No sólo por lo que cuenta, también por lo que ha atesorado durante décadas: algunas de sus cartas, recortes de periódico, copias manuscritas o fotografías. De todo ello también es conocedor Patricio Adúriz (⇑), quien cita su nombre –uno más entre los diecinueve que figuran al inicio de «Rosario Acuña»(1),  la serie de cinco entregas publicadas en el gijonés diario El Comercio en 1969– como muestra de agradecimiento: «Vosotros, uno por uno, aportando el pequeño detalle o el dato vital hicisteis posible que se diera cima a esta trabajosa tarea en la que nos metimos de lleno». Por lo que supimos después, ella era de las del «dato vital» o, mejor,  de los datos vitales. 

Habrá que esperar unos años más para que su testimonio sea conocido, trascienda el reducido ámbito de los investigadores y se haga público, gracias al reportaje de Javier Ramos que aparece en la revista Asturias Semanal en su edición del 27 de octubre de 1973. 


Aquilina Rodríguez Arbesú (Asturias Semanal; fotografía de Piñera)

«Bruno salió a recibirnos cuando franqueamos el portón de hierro de esta casa llamada Rienzi...». Rienzi, como el personaje de su primer éxito teatral... Ya desde el inicio, ya desde las primeras palabras,  Rosario de Acuña, es la auténtica protagonista del reportaje, revivida en el recuerdo de quien, a pesar de la diferencia de edad, fue su amiga. 

«Recuerdo que mi padre, que fue quien me presentó un día en una conferencia a doña Rosario, me mandaba leer todas sus obras». Bien pudiera ser que ese encuentro hubiera tenido lugar el 29 de septiembre de 1911, día en el cual Rosario de Acuña pronunció una conferencia en el acto de inauguración de la Escuela Neutra Graduada de Gijón. De haber sido así, Aquilina Rodríguez Arbesú tendría por entonces veintiún años y ahora, en el momento en el que rememora aquel acto que tuvo por escenario el gijonés teatro de los Campos Elíseos, ya ha cumplido los ochenta y tres. Mucho es el tiempo transcurrido desde entonces, y cincuenta son ya los años que han pasado desde la muerte de quien fuera su amiga. Aunque la memoria se resienta y desdibuje algunos recuerdos (como sucede con  el año en el cual doña Rosario se instaló en Gijón), hay otros que ya quedaron entonces debidamente contrastados, pues Aquilina cuenta con recortes de periódicos o cartas que los respaldan, y algunos más abrirán nuevas vías de investigación que, tiempo adelante, nos permitirán concretar la fecha de su nacimiento (⇑): por entonces se daba por hecho que había sido en una indeterminada fecha del año 1851, como también se afirma en el texto. 

En otra ocasión Aquilina ya había contado que, al menos, dos veces al año llevaba flores a la tumba de Rosario de Acuña: el 5 de mayo y el 1 de noviembre. Hubo quien creyó que la visita al cementerio en la segunda fecha estaba relacionada con la festividad de Todos los Santos, pero en esta ocasión Aquilina lo deja más claro: «Desde que murió vamos por lo menos dos veces al año a llevarle flores al cementerio: el día de su nacimiento y el de su muerte». De ese hilo fui tirando hasta concluir que, en contra de lo que se pensaba, Rosario de Acuña Villanueva había nacido el 1 de noviembre de 1850, como tiempo después quedó probado cuando pudimos contar con su partida de bautismo.

Copia del testamento ológrafo de Rosario de Acuña, 1907 (Asturias Semanal, fotografía de Piñera
Los recuerdos de Aquilina se complementan con fotografías que nos muestran algunos de los documentos que guarda en su casa, como el texto impreso del discurso que Rosario de Acuña pronunció en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra, una de las hojas volanderas que unos admiradores encargaron imprimir tiempo después. (Al margen o entre paréntesis: otra como esa, conservada en la Biblioteca Asturiana del Padre Patac, valioso material en mi investigación sobre la Escuela, fue la responsable de que en los comienzos del presente siglo iniciara esta tarea inacabada que tiene por objetivo conocer a la autora de aquel texto). En otra de las fotografías aparece una auténtica joya: Aquilina conserva en su casa una copia del testamento manuscrito (⇑) que Rosario de Acuña firmara en Santander en el año 1907.

Aquí está. Ella es Aquilina Rodríguez Arbesú: una mujer que no solo la conoció, sino que fue su amiga; una mujer que durante años ha atesorado su recuerdo y que ahora nos lo transmite con orgullo. De alguna forma, sus palabras logran rescatarla de la borrina del olvido y la devuelven a la memoria colectiva. De alguna forma, su testimonio se convierte en nutriente de nuevos afanes recuperadores. Pocos meses después de la aparición del reportaje, el mismo semanario hace pública en una sección destinada a recoger las opiniones de sus lectores el texto siguiente:

 

Homenaje a Rosario de Acuña

Señor director:

Cada época tiene sus grandes olvidados; unos, después de muchos años han vuelto a resucitar, otros permanecen  latentes en la historia, pero marginados en el recuerdo. Los olvidados forman una «casta de malditos» que vagan por la historia como almas en pena buscando una época en la que reencarnarse. Generalmente son adelantados a su tiempo que no han encontrado acomodo entre los de su generación, que se equivocaron de siglo y solo saldrán a flote con el paso de los años. 

Rosario de Acuña (1851-1923) es una de ellas (2) . Cuando pensar era para la mujer una deshonra, cuando los movimientos de liberación femeninos, de conocerse, sonarían a fin del mundo, esta gijonesa de adopción ya estaba dando ejemplo a las generaciones futuras. Muchas de sus ideas, avanzadas incluso para bastantes hombres librepensadores de su época, siguen hoy teniendo plena vigencia. Contemporánea de Rosalía de Castro, supo atacar con energía los prejuicios y supersticiones de la época, enfrentándose a una mentalidad de redil y telarañas. 

Sus poemas, sus obras de teatro, sus valientes artículos de prensa, su pensamiento polémico y su crítica contra una Iglesia y un Estado anclados en viejas glorias ya periclitadas, fueron suficientes para declararla enemigo público número uno. Mal estaba que se fustigasen de tal forma los valores tradicionales, pero que esos ataques al espíritu y la gloria almidonada del pasado partiesen precisamente de una mujer ya era el colmo. Así fue como desde la España oficial unos y otros solo se acordaron de Rosario de Acuña para calumniarla. Ella era la voz acusadora, el anticristo y el antipolitiquerismo que no perdonaba la estrechez de miras, las ideas de redil. 

Con la II República volvió a resucitar su memoria. El paseo de la Providencia en Gijón pasó a denominarse Paseo de Rosario de Acuña, pero luego, como el Guadiana, volvería a desaparecer de la faz del recuerdo para permanecer sepultada en el cementerio civil de Gijón hasta hoy. 

Ahora que han pasado más de cincuenta años desde su muerte, ahora que su figura ya forma parte de la historia y han quedado atrás los partidismos, ¿por qué no se recupera para Gijón el honor de haber albergado a una mujer de tal categoría humana e intelectual? ¿Es que andamos tan sobrados de figuras históricas como para permitirnos el lujo de despreciar o ignorar los talentos enterrados?, ¿tendrán que pasar otros cincuenta años para que nuestros nietos del siglo XXI descubran entusiasmados la enorme talla intelectual y clarividencia de esta mujer del siglo XIX?

Algo habrá que hacer, sin duda, para darle a Rosario de Acuña el puesto que se merece como dramaturga y pensadora, como mujer que desarrolló una labor aperturista, en opinión de diversas personas, «no superada por nadie e igualada por muy pocos de su época».

Ricardo Santuña

Gijón

Asturias Semanal, 7 de septiembre de 1974


Notas

(1) Patricio Adúriz utiliza en el título y en los primeros párrafos del texto del primer capítulo «Acuña» por «de Acuña», que es la forma correcta, al menos la que utiliza la interesada en sus escritos. En las entregas siguientes ya será habitual la utilización «de Acuña».

(2) Como ya ha quedado dicho, por entonces se daba por bueno que Rosario de Acuña había nacido en 1851. Habrá que esperar a contar con la copia de su partida de bautismo (⇑) para que se enmendara tal error. 

 

 



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07 abril

288. Carrillo, Rodríguez y Beci: del mitin a El Cervigón

 

Bien parece que los sucesos del año anterior supusieron un hito significativo para las organizaciones obreras del país. La huelga general de agosto de 1917 fue diferente a las anteriores: su objetivo ya no se limitaba a exigir medidas para paliar la crisis de subsistencias, sino que perseguía un cambio en las estructuras políticas y económicas del país.

Aquella huelga sirvió también para que Rosario de Acuña se afianzara aún más en los postulados obreristas que había ido predicando tras regresar de su exilio portugués. Aunque ya desde finales del quince contamos con varios indicios de su aproximación a los círculos obreros,  será en 1917 cuando se hagan más evidentes. En mayo publica «La hora suprema», un escrito en el cual insta a las izquierdas a «ponerse en pie». Unas semanas después se desplaza a Madrid para asistir al gran mitin aliadófilo que allí tiene lugar. Las autoridades recelan de ella y ordenan registrar su casa (⇑). Las fuerzas de orden lo hacen en dos ocasiones. En noviembre volverá a su ciudad natal para participar en la manifestación organizada para reclamar la libertad de los miembros del comité de huelga que permanecían encarcelados...

«Asamblea del año XIII», boceto de autor desconocido

Unos meses después, en los primeros días del mes de mayo de 1918, el Sindicato Metalúrgico de Asturias organiza un mitin en Gijón en el cual intervienen Eduardo Torralba Beci, director durante un tiempo del El Socialista y activo colaborador del diario, César Rodríguez González, de las Juventudes Socialistas, y Wenceslao Carrillo, secretario general del Sindicato. Los dos primeros habían llegado desde Madrid para participar en distintos actos en la región con motivo del Primero de Mayo, así como del centenario del nacimiento de Carlos Marx, que fue el tema de su intervención en los discursos que pronunciaron en Sama el día anterior.

El primero en intervenir es Carrillo, que exhorta a la unión de todos los metalúrgicos de Asturias, y de toda España, en apoyo de las reclamaciones presentadas a la patronal, entre las que destaca la jornada laboral de ocho horas y el establecimiento de un salario mínimo. César Rodríguez centra su intervención en la huelga, pasada, y la guerra, presente. De la primera: «los obreros organizados aspiran a luchar y combatir a la clase patronal»; de la segunda: triunfen unos u otros, los capitalistas se habrán enriquecido y a la clase obrera mundial no le quedan más opciones que «soluciones revolucionarias». Torralba, por su parte, reclama la liberación de Anguiano, Besteiro, Largo Caballero, Saborit, los cuatro integrantes del comité de huelga detenidos en el penal de Cartagena, y exhorta a la unión de la clase trabajadora;  «nuestro consejo de corazón, puro y sincero, es el de constituyáis en un solo ejército contra un enemigo único: el capitalismo». 

Terminado el mitin, los tres acuerdan que al día siguiente caminarán hasta El Cervigón para visitar a la ilustre luchadora que allí vive, pues, como dejó escrito Torralba, «Estar en Gijón y no haber ido a visitar a doña Rosario de Acuña hubiera sido imperdonable delito».

En El Cervigón, donde algunas visitas son muy bien recibidas (⇑), debían de estar sobre aviso, pues los caminantes,  después de recorrer un buen trecho por el litoral no encontraron el camino que les habían aconsejado tomar. No obstante, pudieron llegar a la casa siguiendo las indicaciones que por señas realizaba desde lo alto Carlos Lamo, «el sobrino de doña Rosario» (⇑). «Estrechamos cariñosamente las manos del antiguo y querido amigo y, precedidos de él, franqueamos la puerta de la huerta que hay delante de la casa. Allí estaba esperándonos ya doña Rosario». 

Wenceslao Carrillo (Archivo Fundación Pablo Iglesias)
Wenceslao Carrillo
Ya están dentro las cinco personas que intervienen en esta historia: Rosario de Acuña Villanueva (67 años), Carlos Lamo Jiménez (49 años), Emilio Torralba Beci (36 años), Wenceslao Carrillo Alonso-Forjador (28 años) y César Rodríguez González, el más joven, pues tan solo cuenta con 23 años de edad, y de cuya filiación es fácil suponer que se habló en la reunión, pues es hijo, el único hijo, de Virginia González Polo, la primera mujer en formar parte de la Ejecutiva del partido socialista y la primera también en la dirección de un sindicato en España, la única mujer en el Comité de la huelga general de agosto de 1917, por la cual Rosario de Acuña sentía una gran admiración, tanta como para desplazarse hasta la localidad mierense de Turón, donde iba a pronunciar un mitin, y así conocerla personalmente (⇑)

Lo que sigue es el relato de aquel encuentro, tal y como nos lo ha contado Torralba Beci, autor también de un elogioso artículo de su anfitriona (⇑), referido a la presencia de Rosario de Acuña en el mitin aliadófilo que tuvo lugar en la plaza de toros de Madrid en mayo del año anterior. 

 

 «Hablando con doña Rosario de Acuña»

[...]

La encontramos recia, en una robusta ancianidad, curtida por las brisas cantábricas y por la sana vida rústica. Llevaba arrollada a la cabeza una toquilla negra, a modo de turbante. El rostro, en el que se reflejaba esa noble ternura de las ancianas que han amado  mucho y que no cesan nunca de amar, estaba aureolado por venerables cabellos blancos. A nuestros labios, sin que el respeto nos permitiera enunciarla, vino una palabra que nos salía del corazón; ¡«Babuchsca»!... Se nos representó en doña Rosario de Acuña la abuela de la revolución, Catalina Breskovskaia. En otro medio que el medio asfixiante de España, doña Rosario hubiera alcanzado la gloriosa exaltación de la admirable mártir rusa. Pero aquí, donde más aún que las persecuciones de los que despóticamente gobiernan y juzgan, hieren y desgarran el alma de los luchadores de corazón los escarnios, las envidias, las concupiscencias de los que se llaman hermanos de ideal y obran como si fueran los enemigos más encarnizados de él, doña Rosario de Acuña no ocupa el puesto de honor que merecía. Baldón es ello, y no pequeño, para los que ponen en los anhelos de redención, la misma superficial ligereza que pondrían en ganar una partida de balompié.

Eduardo Torralba Beci (Archivo Fundación Pablo Iglesias)
Eduardo Torralba
Pasamos a la cocina, una amplia cocina, limpísima. No había otra habitación mejor en la casa. «Cuando aquello de los estudiantes –nos dijo doña Rosario– empezaba a arreglar esta vieja casa solariega. Tuve que huir precipitadamente y refugiarme en Portugal (⇑). Al volver, todo estaba devastado. Aún no he podido arreglarlo. Eso cuesta mucho dinero, y no lo tengo.» 

No lo tiene. Doña Rosario es pobre, ciudadanos (⇑). Toda su hacienda consiste en aquella casa, la pequeña huerta que la circunda y una pensión de 75 pesetas mensuales. Nada más. ¿No es esto un dolor y una vergüenza? Doña Rosario de Acuña no pide una limosna. La inferiría una ofensa insufrible quien se la propusiera. Pero con el trabajo de su intelecto pudiera ganar una cantidad apreciable que la permitiera una más desahogada existencia, ¿No habéis leído recientemente, en este  mismo año y en el pasado, sus trabajos en «La Aurora Social», en «El Noroeste» y en algún otro periódico? Su estilo es hermoso, lleno de fuego, de vivacidad, de robustez. Hay en él un ardiente lirismo que 1a coloca al lado de los más preclaros poetas castellanos. Y hay, sobre todo –y por eso doña Rosario no está hoy inmortalizada en vida e incensada por todos los «botafumeiros» de periódicos y Academias–, una valentía de expresión y un varonil desgarro en la formulación de la idea, siempre atrevida e hiriente como una espada; una sinceridad y una verdad que no se ven ni aun en los escritores menos apegados al medio de hipocresías y contenciones a que obliga un mal entendido convencionalismo social. Y siendo así, que así es, no podemos explicarnos, no podemos justificar que periódicos y revistas que se dicen avanzados no soliciten y paguen una colaboración preciosa. Cuando hay tantos arribistas, tantos analfabetos, que viven, y viven muy bien, de lo que ganan escribiendo, es un crimen que doña Rosario de Acuña no tenga para su existencia más que los miserables 15 duros de pensión.

Había en nosotros una profunda amargura cuando oíamos esto. En doña Rosario, no. Estaba jovial, indiferente a todas las desdichas, inaccesible a todos los miedos, pronta siempre a todos los sacrificios. ¡Qué grande alma la suya! Cuando nos hablaba de lo de los estudiantes, que trastornó su bienestar, no había timbres de rencor en su voz. Una nota de gratitud, sí. Fue para D. Miguel de Unamuno (⇑), cuya pluma generosa fue la única que la defendió. Bien que no lo hizo en ningún periódico de España. Acaso ninguno de los que viven de no disgustar a la gran muchedumbre de gentes vulgares se lo hubiera admitido en aquellos momentos. ¡Si parece que aún, después de los años transcurridos, respiran todavía el ambiente de cobardía que entonces les infamaba! Don Miguel de Unamuno defendió briosamente a doña Rosario de Acuña en «La Nación», de Buenos Aires. Es ello un blasón honroso de Unamuno.

Jovial, nos hablaba doña Rosario de su miseria. Es mayor aún de lo que hemos dicho. La casa tendrá que pasar por una hipoteca, que no podrá levantarse, y sin ese postrero refugio se quedará esta nuestra abuela de la revolución. «Babuchsca» se quedará en el arroyo tendrá que ir por los caminos...

Con una serena placidez nos lo decía: «Cogeré un cerdito y me iré carretera adelante. Las buenas almas, por esos pueblos y esas aldeas, me darán un pedazo de pan, y yo les pagaré desgarrando con mis palabras la tiniebla en que yacen sus espíritus. Romperé su fanatismo. Las hablaré de lo malos que son el cura y el cacique y el acaparador y cuantos les mantienen en esa negra miseria moral que asesina a la población agrícola española.» Esta perspectiva trágica exaltaba a la admirable anciana. «Me echarán de un pueblo  e iré a otro, y a otro, y a otro, y así acabaré mi vida, en un apostolado humilde de la verdad y de la redención de España.» Y añadía, riendo: «¿Quiere alguno de ustedes acompañarme?...»

«Volveré a ver la España que estuve once años recorriendo a caballo (⇑), cuando yo era rica y joven, y veré las transformaciones que se han ido operando en ella.» 

La hablamos de las asociaciones socialistas que en los pueblos agrícolas se han ido formando. «Eso está bien, muy bien –nos argüía–; pero tendrán ustedes que pelear mucho contra el terrible enemigo eterno, contra la Iglesia. Vean los sindicatos agrícolas católicos... Siguen las mismas huellas de ustedes, y siempre haciendo daño. ¡Y como disponen del dinero!... Hay que hacer mucho, mucho, en esos pueblos contra el caciquismo y contra e1 fanatismo, que son los dos menstruos que los devastan.» 

Un giro de la conversación le dio ocasión de dedicarnos a los autodidactos elogios que hubieron de ruborizamos. Correspondimos refiriéndonos a la obra gigantesca que ella había realizado. «Es verdad-–nos dijo con una sinceridad simpática–; son dignos de admiración los que ascienden desde un estado inferior hasta el plano de una intelectualidad brillante; pero también lo son los que, habiendo nacido en un medio aristocrático, se desprenden de él para mezclarse con la clase que trabaja y que sufre, y luchar mezclados con ella por redimirla de su dolor.»

Volvió a pasar por nuestra mente el recuerdo de «Babuchsca», de Sofía Perovskaia, de aquellas heroínas de las revoluciones rusas desprendidas de una aristocracia abyecta para mezclarse con las capas más bajas del pueblo. Porque Rosario de Acuña desciende también de esa grandeza española, estúpida y degenerada. Se crió en la corte de Isabel II, donde aprendió a odiar las lacras morales de la clase dorada, de las que su alma está limpia.

«Siempre pensé –nos decía– que yo no tenía derecho a disfrutar de riquezas y comodidades que no había ganado, mientras había miles y miles de seres infelices para quienes la vida no tenía sino trabajos y penas. Hoy mismo, cuando en una fábrica próxima oigo tocar el pito que llama a las obreras al trabajo en las tibias horas de la madrugada, yo también dejo el lecho, porque no quiero ser más que ellas; no quiero disfrutar de lo que ellas, las infelices, no disfrutan. Y trabajo también.» Nos señaló el suelo, resplandeciente de limpieza. «Esta mañana, yo misma he fregado el suelo, he arreglado la casa, he trabajado en la huerta. Yo soy mi propia criada, y no necesito más.» Y repetía con un digno y honroso orgullo: «Yo también madrugo y trabajo...»

¿Cómo no hablar en los breves instantes de que disponíamos del movimiento de agosto? Doña Rosario al referirse a él tuvo un gesto de honda decepción. «Se ha malogrado el sueño de mis últimos años. ¡No he visto arder España por sus cuatro costados!...»

No está conforme doña Rosario de Acuña, testigo de las epopeyas revolucionarias de antaño, enamorada de las gloriosas hazañas de los pueblos en armas, con que la, masa, en agosto, se resignara a morir o a ir a la prisión. «Es terrible, sí –decía–, pero en toda revolución hace falta un poquito de sangre.» 

Nos dio una noticia preciosa; está escribiendo sus memorias. Las memorias que salgan de la pluma de doña Rosario de Acuña serán un soberbio monumento histórico y literario del pensamiento español. Sin embargo, la ilustre escritora dudaba de que haya un editor que se las admita y las publique. ¿Será posible?...

Corrían rápidas las horas. Era forzoso ya despedirse de la autora de El padre Juan y de Rienzi, el tribuno. Nos despidió efusivamente. Y a la puerta de su casa –de aquella casa hipotecada, de aquella casa de donde la avaricia de algún ricacho sin entrañas la expulsará para siempre– estuvimos contemplando largo rato su noble figura. Erguida, majestuosa, flotando su modesta vestidura al viento, no sé qué salto de la imaginación nos hizo recordar a la Victoria de Samotracia. Pero en nuestro corazón había otro nombre, que repetía cada latido:

 «Babuchsca», santa y querida «Babuchsca»!...

E. Torralva Beci (1)

España Nueva, 16-5-1918

Nota

 
(1) En ocasiones, como es el caso, su apellido aparece escrito así.




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