miércoles, 16 de junio de 2021

238. Madrina de guerra

 

Si bien es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, también lo es que una parte de su población tomó partido por alguna de las dos alianzas contendientes, alentada por la disputa que se dirimía en las páginas de los periódicos, los ya conocidos y los que se crearon por entonces con esa finalidad (Los Aliados, Germania...). A pesar de la neutralidad oficial, no era inhabitual que aliadófilos y germanófilos se enzarzaran en discusiones en los cafés, en los tranvías o en las reuniones familiares, alimentados por los argumentos que los intelectuales de una y otra tendencia habían vertido en sus manifiestos: el de los primeros, redactado por Ramón Pérez de Ayala y titulado «Manifiesto de adhesión a las Naciones Aliadas», fue publicado en los primeros días del mes de julio de 1915 en francés y en la prensa francesa (semanas más tarde se reprodujo, ya en español, en las páginas del semanario España); el de los segundos, obra de Jacinto Benavente, apareció a finales de ese mismo año en el periódico maurista La Tribuna con el título «Amistad hispano-germana».

Los posicionamientos de unos y de otros estaban directamente relacionados con los planteamientos políticos que defendían. Para buena parte de los germanófilos la prosperidad alemana se había fundamentado en la tradición, la jerarquía, el orden, la fortaleza, la disciplina o la organización, valores que en su opinión debían de convertirse en un modelo para España. Para muchos aliadófilos Francia (en mayor medida que Inglaterra) representaba el triunfo de la libertad, la secularización y la justicia. También para Rosario de Acuña («...Francia, la patria gloriosa de Víctor Hugo, de Zola, de Severine, de Flammarión... de tantas lumbreras de la ciencia y el arte, será también la que, en futuros días, imponga con sus ejemplos de Justicia y de Amor el imperecedero reinado del Amor y de la Justicia»).

El último domingo del mes de mayo de 1917 se celebra en la plaza de toros de Madrid un mitin de apoyo a los aliados, y allí estaba doña Rosario. Cuando Roberto Castrovido ocupa la tribuna  así se lo hace saber a los presentes, que responden con una gran ovación en el momento en el que el orador le envía el saludo «de esta representación espiritualista, aliadófila en el exterior y revolucionaria en el interior de España». La edad tampoco fue en esta ocasión inconveniente suficiente para que dos días antes tomara el tren correo que la trasladó desde Gijón hasta Madrid, la ciudad en la que había nacido sesenta y seis años antes. Allí estaba y, tal y como contó más tarde, el viaje mereció la pena: «Por un momento, mientras las ráfagas del huracán rodaron entre la muchedumbre, España perteneció a Europa; sobre ella soplaba la renovación, la liberación, la expiación, la dignificación, el engrandecimiento…». Europa representaba el más eficaz revulsivo para aquella España lastrada por la incultura y la superstición. Y Francia, donde ella había pasado algunas temporadas (⇑), constituía un buen modelo a seguir. En aquella contienda que sacudía los cimientos de Europa, su opción estaba clara. Lo había dejado patente y por escrito un año antes del mitin, en una carta pública que dirige a la misión francesa que visita la tierra asturiana en el mes de mayo de 1916: « Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…¡Viva Francia!».

Soldados en las trincheras (fotografía de Argus publicada en el nº 51 de La Guerra Ilustrada)

Compatriotas hubo que pasaron de las palabras a los hechos y se enrolaron como voluntarios en la Legión Extranjera Francesa. En su apoyo surgieron diversas iniciativas. Tal es el caso de la que proyecta un grupo de escritores y artistas a finales del dieciséis: organizar una exposición de dibujos y destinar sus beneficios íntegros al envío de un regalo navideño a los legionarios españoles. La revista España no solo hizo suya la iniciativa sino que decidió complementarla abriendo una suscripción popular. Rosario de Acuña no colaboró con dinero, envió una carta (en la cual ofrecía amistad y madrinazgo a su desconocido destinatario, «catalán o aragonés, andaluz o gallego, castellano o extremeño; joven, casi niño, o mozo casi anciano») y un paquete con «unas golosinas», para endulzar el recuerdo de las nochebuenas pasadas (una botella de jerez, una libra de chocolate, una cajita de turrón, unos cuantos cigarros, unos calcetines de lana y un libro de Galdós). 

La redacción del semanario España hizo llegar el paquete a Agustín Heredia, uno de los suyos, un colaborador del periódico que apenas declarada la guerra se enroló como voluntario en la Legión Francesa, participando en «ataques de importancia» en Artois, la Somme o Champaña, herido dos veces y condecorado con la Cruz de guerra por su heroísmo. A primeros de marzo de 1917, tras varios meses de silencio, envía una carta a la redacción confirmando que ha recibido el paquete. Un mes más tarde aparece publicado un nuevo escrito suyo, lleva por título «Los buenos artistas» y está dedicado a doña Rosario de Acuña, su madrina. Por ella sabemos que el soldado aceptó ser su ahijado: «de las trincheras vino a mí una conmovedora respuesta de un joven español, don Agustín Heredia, voluntario de la guerra, el cual aceptaba gustoso mi madrinazgo. Con él estoy en correspondencia; es un joven de ilustre familia malagueña, cultísimo, simpático (tengo su retrato)...».

La guerra sigue, las batallas se suceden. Las tierras de la Lorena, de Flandes Occidental, de Cambrai, de la Picardía se pueblan de decenas de miles de muertos. La desaparición del frente oriental tras la retirada de Rusia, permite a los alemanes desplegar más divisiones en el oeste. El frente occidental se convierte en el escenario decisivo tras la entrada en el conflicto de Estados Unidos, en abril del diecisiete. Agustín Heredia continúa su lucha en aquella interminable guerra de trincheras, empuñando su fusil. Su madrina prosigue la suya en la retaguardia, utilizando la pluma, la palabra. 

A pesar de que ya llevaba más de tres décadas luchando contra el clericalismo reinante, contra el oscurantismo y la superstición, en pro de la libertad de conciencia, de la emancipación de la mujer («Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada»), en defensa de los más necesitados; a pesar de las calamidades que ha padecido en estos años, de los insultos, las persecuciones, las denuncias, del forzoso exilio; a pesar de todo ello, tal parece que en sus ojos vuelve a anidar la esperanza: además de dolor y muerte, aquella guerra puede ser la antesala de un provenir más alto, puro y limpio («Esta guerra es la postrera convulsión de la animalidad [...] es la convulsión postrera de una Humanidad que deja su cáscara de gusano para que le nazcan alas de mariposa»). De ahí que por entonces redoblara su presencia en las tribunas de papel, arengando a los obreros, apoyando a las mujeres, entonando cantos a la libertad. Aquella redoblada actividad no pasó desapercibida para las autoridades gubernativas quienes, en el verano del diecisiete, en plena huelga general, ordenaron el registro de su casa en busca de proclamas revolucionarias. 

Mientras tanto las crónicas van situando en mapas de la vieja Europa los escenarios de la tragedia (Passchendaele, Caporetto, Cambrai...); mientras tanto los voluntarios españoles siguen combatiendo por la Libertad y la Justicia. Agustín Heredia lo llevaba haciendo desde hacía muchos meses, casi desde los inicios de aquella guerra, y lo siguió haciendo hasta el verano de 1918. El 22 de agosto el semanario España dio cuenta de la luctuosa noticia: su compañero, soldado voluntario español enrolado en la Legión Extranjera, había muerto en el sector de Amiens a los treinta y cinco años de edad. 

A centenares de kilómetros de allí, en una casa edificada en el litoral gijonés, Rosario de Acuña llevaba tiempo penando por aquellos jóvenes españoles que luchaban por un futuro mejor para su patria. La soledad de la noche sabía de su pesar: «se suspende mi sueño muchas noches en una congoja de angustia, pensando en vosotros, y va mi imaginación ahí, a ese cataclismo que os envuelve». El cataclismo se llevó por delante centenares de miles de vidas, también la de muchos de los españoles que se habían alistado como voluntarios en la Legión Francesa; también la de Agustín Heredia, su ahijado de guerra. La noticia llegó a la casa de El Cervigón y el temor se hizo carne. Doña Rosario utilizó su pluma para aliviar el duelo y le dedicó un soneto titulado «A los legionarios españoles en la guerra europea». Iba precedido de la siguiente dedicatoria:

«Agustín Heredia, soldado de esta legión, mi ahijado de guerra, muerto en campaña: ¡duerme en gloriosa paz tu descanso, y que no retorne tu espíritu, si ha de volver, hasta que la Patria sea digna de ti, que supiste morir en su honor!»

 



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lunes, 31 de mayo de 2021

237. Un director de escena en el testamento

 

No parece aventurado pensar que el fallecimiento de su madre, ocurrido en el mes de junio de 1905, tuvo bastante que ver con los cambios que experimentó su vida en los meses siguientes. De nuevo hubo de mirar a la muerte bien de cerca, cara a cara. De nuevo decidió replantearse la vida. Una vez más. Quizás las decisiones que tomó por entonces no tuvieran la trascendencia que aquellas otras que adoptó tras la de su padre (ruptura de su matrimonio, adhesión al librepensamiento, ingreso en la masonería...), pero no fueron en absoluto intrascendentes.

Tal y como había dispuesto (⇑), Dolores Villanueva y Elices fue enterrada en el cementerio civil de Santander. Su hija también quiere que sus restos descansen allí, al lado de los de su madre, y no tarda en  comprar un terreno colindante. Poco tiempo después decide desmantelar la granja avícola, a la cual se había dedicado con ahínco y constancia, y se dedica a recorrer las tierras cántabras: en el verano de 1906 pasa una temporada en Suances, luego en los alrededores de Santillana del Mar, a finales de septiembre se encuentra en Reinosa, desde donde se trasladará a Soto de Campoo para iniciar desde allí una expedición a pie que tiene por destino las tierras de Asturias, lugar al que, no tardando, volverá para hacerse construir una casa sobre uno de los acantilados situados en el litoral gijonés.

Antes, en febrero de 1907, redacta su testamento. En el texto, escrito de su puño y letra y por triplicado, designa dos ejecutores testamentarios, de edad muy similar. El uno es Carlos Lamo Jiménez (o Giménez, como ella escribe), la persona que vivió a su lado las últimas décadas de su vida y a quien le suelen otorgar el papel de «joven amante» o  «compañero sentimental» de nuestra protagonista, por más que en mi opinión (tal y como he argumentado en un texto anterior ⇑) la suya no parece haber sido una relación entre iguales. El otro es Luis París y Zejín, el protagonista de este comentario.

Luis París Zejín en una fotografía publicada en 1933

Era hijo de Luis París y Arriola, maestro sastre del Teatro Real e integrante del círculo de amistades de Felipe de Acuña y Dolores Villanueva, a quienes solía visitar con cierta frecuencia. Rosario lo conocía desde niño, de haberlo visto una y otra vez en la casa familiar acompañando a su padre; lo había visto crecer («ya mostraba los bosquejos de un carácter bien definido»); y, cuando Luis alcanzó la edad adulta, mantuvo con él una relación de amistad que se mantuvo en el tiempo, como bien prueban diversos testimonios escritos. 

Los primeros son de su época de universitario. Rosario parece preocupada por sus estudios y Luis, en una carta que le remite en septiembre de 1883, se muestra tajante: «que ni he dejado, ni pienso dejar mi carrera de médico, que espero terminar en junio de 1884 (grado de licenciado)». No fue como él pensaba; no acabó en la fecha que había escrito, y al principio del curso siguiente, aún como estudiante de Medicina, se convierte en uno de los líderes de las protestas estudiantiles (conocidas como «los sucesos de la Santa Isabel») que tuvieron como origen la campaña desatada contra el catedrático Miguel Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso herético en el acto oficial de inauguración del curso. A mediados de noviembre la situación no tiene visos de calmarse, antes al contrario: protestas en la calle en defensa de la libertad de cátedra, presencia de fuerzas policiales en la universidad, negativa de los alumnos a entrar en clase... En los comunicados que por entonces hace públicos la comisión de universitarios, el nombre de Luis París y Zejín es el que suele encabezar la lista. También en el que da a conocer el apoyo recibido por parte de Rosario de Acuña (⇑), que se compromete a pagar la matrícula de aquel alumno «más adelantado en la carrera y con mejores notas» que perdiera la de honor como consecuencia de una sanción por negarse a entrar en clase en defensa «de la ultrajada libertad de cátedra».

No será ésta la única ocasión en la que coincidirán por entonces. Probablemente lo hicieron en la comida (⇑) que, pocos días después, nuestra protagonista ofreció a una comisión de estudiantes y a destacados librepensadores en el madrileño Café de Fornos. Lo volverán a hacer en el homenaje a Giordano Bruno: un proyecto que se pondrá en marcha por iniciativa de los universitarios romanos, que quieren hacer del mártir napolitano el emblema del librepensamiento, de quienes luchan por la libertad de conciencia. Luis París preside la comisión que se constituye al efecto y que invita a los estudiantes de toda España a participar en un acto artístico-literario con el envío de escritos para contribuir «a la gran manifestación europea en favor de la libertad de pensar» (⇑). Rosario de Acuña, que apenas unas semanas antes ha hecho pública su adhesión a la causa del librepensamiento, también toma parte en aquella iniciativa: no sólo es la única mujer que participa en el número extraordinario en honor a Giordano Bruno que publica el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento, sino que también envía un texto a Luis, titulado «Lo indescifrable», quizás para que fuera leído en la celebración que la comisión por él presidida había programado. Unas semanas después escribe una elogiosa crítica de Fray Giordano Bruno y su tiempo, el escrito de su amigo convertido en libro y  que se publicó por entonces:

El 17 del pasado febrero se celebraba en Roma una fiesta, en honor de uno los más grandes mártires de la libertad. Buscando, en España, el eco de aquel concurso en que las eminencias de Italia se habían congregado para rendir culto a la memoria del ilustre Nolano, abrí el libro de mi amigo París, bien ajena, por cierto, de que su lectura había de obligarme a hacer un ligero estudio de esta obra…

Cierto es que a Luis le interesan los estudios de Medicina y que, como le escribe a su amiga en septiembre de 1883, tiene previsto pasar un año en Francia y otro en Alemania para «completar todo el programa científico de mi carrera». Pero no es menos cierto que su campo de intereses es bien amplio y no se limita al ámbito de la ciencia médica. Así es que, además de traducir manuales de patología o de clínica quirúrgica, escribe sobre lo que le rodea, también sobre teatro. El seis de diciembre del año ochenta y ocho se convierte en crítico teatral de El Motín, con un texto un tanto demoledor acerca del estreno en el teatro Español de Madrid de la zarzuela titulada Pedro el bastardo. Unas semanas después, en las páginas de ese mismo períódico satírico que dirige José Nakens, se anuncia la puesta a la venta de Gente Nueva (⇑), de la que es autor Luis París, «encargado desde hace quince días de juzgar las obras literarias y teatrales». En esa obra se analizan «las personalidades y los trabajos» de varios integrantes de un grupo que tenía como nexo la disidencia, la oposición a las ideas dominantes, a la intransigencia y el reaccionarismo. Solo había una mujer: Rosario de Acuña, su amiga.

Fragmento de un texto suyo publicado en 1902

Licenciado en Medicina, que no médico, la prensa y el teatro compartirán sus ocupaciones y desvelos. Además de las ya mencionadas críticas teatrales que realiza para El Motín, colabora en diversas publicaciones periódicas (El Liberal, La Nación, El Cascabel, El Resumen...) y en 1895 se integra en la redacción de La Correspondencia Militar para dirigir el suplemento semanal ilustrado Militares y Paisanos, donde el mundo de la escena tendrá un lugar destacado.

Los escenarios son, sin duda, su gran pasión y a ellos se dedicará con mayor intensidad a poco de adentrarse en la treintena. En 1895 se convierte en director del teatro Moderno de la Alhambra. Un año después, la nueva empresa arrendataria del Teatro Real pone en sus manos toda la organización y funcionamiento, al nombrarlo su representante legal, secretario general de la empresa y encomendarle la dirección de escena. En el noventa y ocho será él quien se subroga el contrato de arrendamiento, convirtiéndose también en empresario teatral. Cuatro años después, las pérdidas que había acumulado le hicieron desistir, lo cual es fácilmente entendible con sólo echar un vistazo al balance de la temporada que realiza en 1901: los ingresos (729 900 pesetas) sólo cubren el 69´44 por ciento de los gastos (1 050 954 pesetas).

Luis París fue ante todo director de escena, uno de los primeros que hubo en España, y es opinión generalizada que desarrolló su actividad con gran brillantez, de manera especial en las representaciones de las óperas de Richard Wagner, varias traducidas por él mismo. Apasionado wagneriano, no escatima recursos en la preparación de sus obras, costosas y complejas, cuidando de todos los detalles, desde la posición de los coros en el escenario hasta la iluminación, el atrezo o el vestuario, con una especial atención a la maquinaria empleada, utilizando croquis muy detallados y precisos. Al parecer, sus cuidadas puestas en escena contribuyeron a alimentar la creciente pasión que empezaba a despertar en España  la obra de Wagner, de la que son buena muestra las asociaciones wagnerianas que se constituyen por entonces (la de Barcelona se creó en 1901; la de Madrid, diez años más tarde) y los influjos que de la misma se constatan en la pintura o la literatura.

Fragmento de la crónica del homenaje tributado

Como reconocimiento a su trabajo, en 1909, al final de una temporada en la cual se representaron en el Real varias óperas de Wagner y que concluyó con el exitoso estreno de El ocaso de los dioses, se le tributó un homenaje. Al banquete, que tuvo lugar en el madrileño Café Fornos, asistieron distinguidos representantes de la ilustración capitalina. A los postres se dio cuenta de las adhesiones recibidas, entre las que figuraban las de otros ilustres firmantes que no acudieron al encuentro. Entre los nombres de unos y otros, comensales y adheridos, tan solo figura el de una mujer: su amiga Rosario de Acuña, que le envió una cariñosa carta (⇑) y un bastón como regalo, seguramente sabedora de que se había fracturado una pierna meses atrás. 

«Sigue trayéndonos el arte a trazos grandes, sublimes, heroicos, y ya que gracias a ti, los españoles hemos vislumbrado el ritmo de la armonía universal, cuyo facsímil son las obras de Wagner»: le escribía su amiga, y él le hizo caso. Siguió al frente de la dirección escénica del Real hasta que en 1925 el edificio fue cerrado por problemas estructurales;  luego pasó a realizar la misma función en el recién creado Teatro Lírico Nacional, con sede en el de Zarzuela y de cuya dirección colegiada pasó a formar parte. Tiempo atrás se había convertido en el primer director del Museo Museo-Archivo del Teatro Real creado a propuesta suya en 1919 para conservar e inventariar el material artístico que generaban las producciones del teatro. 

En 1934, cuando contaba con setenta y un años de edad, es nombrado delegado del Gobierno en el Teatro de la Ópera, cargo que compatibiliza con la dirección del Museo. Dos años más tarde, todo se acaba: presenta la dimisión de todos sus cargos y, poco después, «resultando que, a pesar de haberse hecho las gestiones necesarias al efecto, el interesado no ha remitido con la debida anticipación los documentos originales de sus respectivos cargos», se le declara jubilado con fecha 31 de mayo de 1936. No lo será por mucho tiempo.

De mis alhajas que elija una para él y otra para su hija D. Luis París y Zejín [...] encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso, recomendándole que para la colección y publicación se atenga al orden de las fechas, con la cual podrá seguirse la evolución de mis pensamientos.

Desconozco si, de acuerdo con la voluntad expresada por  Rosario de Acuña en su testamento, don Luis París y Zejín eligió, para sí y para su hija, algunas de las piezas de su joyero, lo que sí sabemos es que a su muerte no fueron publicadas sus obras, tal y como era su deseo. Lo que sí sabemos es que quien se empeñó en lograrlo fue Regina Lamo Jiménez (⇑), y que a ella se debe tanto la reedición de El padre Juan como la publicación de Rosario de Acuña en la escuela, el cual y si hacemos caso del subtítulo ("Cuentos y versos" "Tomo I") parecía estar destinado a ser la primera entrega del encargo de la autora. Ni Carlos Lamo Jiménez, ni Luis París y Zejín; ni el buen discípulo, ni el afamado director de escena...

 



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lunes, 10 de mayo de 2021

236. El centenario de su muerte, a dos años vista


El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de la muerte de Rosario de Acuña. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable. Así es que, con antelación suficiente, en un escrito titulado «Cuatro años por delante» (⇑) y publicado en la prensa regional a principios del mes de julio de 2019, me atreví a recordar públicamente, y de manera especial a las dieciséis concejalas y once concejales que integraban la nueva corporación municipal gijonesa constituida por entonces, que al final de su recién estrenado mandato se cumpliría el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 

Según pude saber más tarde, aquel escrito no cayó en saco roto, lo cual contribuía a apuntalar la impresión de que las cosas estaban cambiando en la Plaza Mayor, al menos en lo que respecta al asunto que nos atañe. En efecto, tras una etapa en la cual la figura de Rosario de Acuña había caído en el apacible letargo de la desmemoria concejil, los síntomas apuntaban a un deseable cambio de tendencia, que parecía confirmarse poco tiempo después... (Para seguir leyendo este comentario, pulsa aquí (⇑). El enlace te llevará a la edición de La Voz de Asturias donde fue publicado el 9 de mayo de 2021). 

 



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lunes, 26 de abril de 2021

235. El retorno del cesante jubilado


El cesante. Ilustración incluida en Los españoles pintados por sí mismos (1851)

Por más que aún haya quien le siga otorgando el título de condesa (⇑), el caso es que su padre ingresa con diecinueve años de edad en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas como escribiente de la clase de terceros, con un sueldo anual de cinco mil reales. El joven Felipe de Acuña Solís había abandonado su Jaén natal cuatro años antes para realizar estudios de Leyes en Madrid, quedando al cuidado de un tío suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tras estudiar tres cursos en un colegio preparatorio, en 1846 obtiene el grado de bachiller en Filosofía e ingresa en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, al menos no me consta que lo hiciera. Y no es de extrañar, pues a finales de 1847, al poco de haber iniciado los estudios, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar su recién estrenada vida de universitario: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices y, como queda escrito más arriba, algunas semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el ministerio. El sueldo no es muy alto, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, gracias a sus contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. Tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá Rosario.

Unos meses después del feliz acontecimiento, en enero de 1852, el joven padre asciende en el escalafón, pasando a ser escribiente octavo de la clase de segundos del ya denominado Ministerio de Fomento, lo que supone un aumento del veinte por ciento en su sueldo, que alcanza los seis mil reales anuales. Al año siguiente se convierte en auxiliar, categoría que desempeñará durante doce años con varios ascensos de clase y con los aumentos de remuneración pertinentes, de manera tal que en el verano 1861, el funcionario Acuña ocupa el puesto de auxiliar noveno de la clase de quintos con un salario anual de doce mil reales. 

Aunque por los datos anteriores bien podemos constatar que durante este periodo, los diez años que han transcurrido desde el nacimiento de Rosario, los ingresos que entran en casa por el sueldo ministerial han aumentado sensiblemente, quizás resulte conveniente establecer un punto de comparación que nos permita hacernos una idea más ajustada de lo que ese dinero podría suponer en aquel momento. Comparemos, pues, con otras remuneraciones conocidas, las que por entonces perciben maestros y catedráticos. Según establece el Real Decreto de septiembre de 1847 por el que se reorganiza la instrucción primaria, el sueldo mínimo de los maestros se sitúa entre los dos mil reales anuales (en los pueblos de menos de cuatrocientos vecinos) y los cinco mil (en las localidades de más de cuatro mil). Dos años antes, otro real decreto había hecho lo propio con el de los profesores de enseñanza secundaria y superior: «El sueldo de los catedráticos de instituto de la enseñanza elemental no bajará de 6 000 reales ni excederá de 10 000, según la asignatura que desempeñen y la población en que se halle el establecimiento. En Madrid podrá subir hasta 12 000 reales». Por tanto, el nivel de vida atribuible a la familia formada por Felipe de Acuña, Dolores Villanueva y su hija Rosario sería el equivalente a la de un catedrático de los institutos madrileños Cardenal Cisneros o San Isidro.  

Dibujo de la Torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886La situación mejorará en la década de los sesenta. En 1864 el padre de familia tiene un nuevo destino en el ministerio, pasando a ocuparse de los ferrocarriles, primero como inspector (1864) y más tarde como inspector jefe (1868), con un haber anual que alcanzará los 24 000 reales (que por entonces se convierten oficialmente en 6 000 pesetas). Además, todo indica que el patrimonio familiar se habría incrementado durante este tiempo con los bienes de su tío abuelo Cristóbal Solís Abellán, propietario de hectáreas de tierra y ganados en la jiennense localidad de Alcaudete, que había dejado en herencia a Felipe y a sus hermanos. De la bonanza de estos tiempos pueden dar testimonio los viajes que por entonces realizaba la familia con cierta frecuencia. A los que desde su niñez llevaban a Rosario a pasar temporadas en la campiña jiennense para mitigar sus dolencias oculares, se sumaban ahora los que realizaba a otros puntos de la geografía nacional (⇑) o del extranjero (⇑), y de los cuales nos ha dejado constancia escrita.  

Los del Sexenio serán años que llevarán cierta agitación a su hoja de servicios, como consecuencia de sus afinidades políticas. Un decreto de octubre de 1869 le concede los «honores y consideración de Jefe de Administración civil» (incluyendo el tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»). La disposición está firmada por Francisco Serrano, regente del Reino y uno de sus compañeros habituales en las cacerías por las serranías de Jaén (⇑). Durante la regencia del duque de la Torre, además de esta distinción honorífica, Felipe de Acuña se convierte en delegado del Gobierno en la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB). Tras el ascenso, llegará la primera de las cesantías en el mes de junio del setenta y dos, situación que mantendrá hasta que Serrano se convierte, tras el golpe de Estado de Pavía, en presidente del Poder Ejecutivo de la República. Tan solo uno días después de este suceso, Felipe de Acuña recupera su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros. No tardando, en el verano de ese mismo año, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, en calidad de tal, vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia. Si su amistad con Serrano y Sagasta (a quien públicamente ofreció «sus sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto») parecen ser la razón de tales nombramientos, su afinidad con el Partido Constitucional que aquellos lideran debió ser la razón por la cual, a los pocos días de que Antonio Cánovas tuviera el control de la Gaceta de Madrid, en las páginas del periódico oficial aparece una resolución del Ministerio-Regencia del Reino fechada el cinco de enero de 1875 por la que se le declara cesante. En esta situación permanecerá hasta que tres años después las autoridades ministeriales tienen a bien concederle la jubilación que había solicitado. 

A pesar de que el real decreto sustente la aprobación del expediente promovido por Felipe de Acuña en su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», ninguna referencia de las que dispongo me da pie para suponer que esa imposibilidad (notoria) hubiera obligado al padre de nuestra protagonista a reducir de forma significativa su actividad, ni en los años anteriores, cuando figuraba en la lista de los cesantes, ni ahora que, con cuarenta y nueve años de edad, pasa a integrar la de los jubilados. Antes al contrario. Quizás sea la década de los setenta uno de los periodos más fecundos de su biografía. No conviene olvidar que en este tiempo, además de las labores profesionales anteriormente mencionadas (inspector de ferrocarriles, delegado del Gobierno, Consejo Superior de Agricultura...), se dedica a impulsar de forma activa e intensa (⇑) la prometedora carrera de su hija como poeta y dramaturga, abriéndole las puertas de las redacciones de la prensa amiga o requiriendo el apoyo y consejo de algunos escritores veteranos. Tras el éxito de Rienzi, la actividad que desarrolla en apoyo de su hija no decaerá, dedicándose con entusiasmo a tareas de promoción de la obra y a la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. Y así seguirá durante algún tiempo (⇑), por más que Rosario se haya casado en el verano de 1876 y, poco después, se haya instalado en Zaragoza. Tampoco disminuirá su actividad cinegética: si noticias tenemos de su participación en cacerías con anterioridad al mes de mayo de 1878, momento en el que se convierte oficialmente en jubilado, noticias también tenemos de algunas otras en las que participa con posterioridad a esa fecha, acompañando al duque de la Torre. 

En el mes de febrero del año ochenta y uno las páginas de la Gaceta abrirán un nuevo capítulo en su vida: el día 10 se hace público el nombramiento del gaditano José Luis Albareda como ministro de Fomento del Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta; el miércoles 16 el nuevo titular del ministerio convierte a Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (⇑) en director general de Agricultura, Industria y Comercio; al día siguiente, el periódico oficial inserta un real decreto firmado por el señor Albareda por el cual se nombra jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros del Ministerio de Fomento a don Felipe de Acuña y Solís. Treinta y tres meses después de que le fuera concedida la jubilación en razón de su notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo, el primo del director general no solo recupera el puesto del que estaba cesante en el momento de su jubilación, sino que se convierte en director de Agricultura y, en calidad de tal, pasa a ser el secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio, así como  miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas. Actos oficiales, viajes familiares, 

Fuera por el reconfortante apoyo familiar, fuera por los positivos efectos de las aguas del balneario de Panticosa que visita en estos años, lo cierto es que el cesante jubilado parece haberse recuperado de sus pasados males, a tenor de la intensa actividad que desarrolla por entonces: preside el Congreso de Agricultores y Ganaderos que se celebra en Madrid; visita Baeza en compañía del duque de la Torre para asistir a la feria local y al programa de carreras de caballos que organiza la Sociedad Hípica que preside su hermano Cristóbal; participa en los actos de inauguración de la Estación Enológica de Sagunto; en los que dan inicio a la feria ganadera que, gracias a los desvelos de su nueva vecina y a las gestiones de su padre, se celebra por primera vez en Pinto (⇑); o en los que tienen lugar en Ciudad Real con motivo de la feria vitícola. Actos oficiales, viajes familiares, alguna que otra cacería... Nada que ver con lo que se espera de una persona que ha sido jubilada por una notoria imposibilidad física.

Nada hacía pensar, ciertamente, que en el mes de enero de 1883, dos años después de su retorno al servicio activo del Estado y cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, una pulmonía acabara con su vida de manera fulminante. En la tarde del último domingo del mes, unos setenta carruajes precedidos por los porteros del Ministerio de Fomento, los guardas de la Moncloa y los alumnos peritos agrícolas de dicha escuela, acompañaron el coche fúnebre que trasladó sus restos mortales al cementerio de la Sacramental de San Justo. A tenor de la relación de integrantes de aquella comitiva, en la cual, además del ministro del ramo y el duque de la Torre, figuraban personalidades de apellidos bien conocidos en la vida social madrileña del momento, bien pudiera suponerse que el finado, otrora cesante y jubilado, había logrado escalar posiciones en el entramado social y situar a los suyos en una posición desahogada. Pues, no. Al menos, en lo que a la pensión de viudedad de su mujer respecta. Aunque sea tema para tratar en un nuevo comentario, bien se puede avanzar aquí que a su viuda le asignaron una pensión de mil doscientas cincuenta pesetas anuales (1250), las que le correspondían por los veinticinco años, siete meses y dieciocho días de servicios al Estado «abonables», y de nada le sirvieron los años de papeleo, ni las solicitudes que presentó ni los recursos que interpuso, para conseguir una pensión adicional del Montepío del Ministerio. La realidad administrativa insistía machaconamente en el mismo punto: su difunto marido «no pudo adquirir nuevos derechos después de la jubilación». Los casi dos años que Felipe de Acuña y Solís ocupó tan relevante papel en el Ministerio de Fomento no sirvieron para que le añadieran ni una sola peseta a la pensión que se le asignó a su viuda.




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miércoles, 14 de abril de 2021

234. «Una madrileña insigne», por Pedro de Répide

 

Pedro de Répide en una fotografía publicada en 1908
Al fin tiene, aunque tarde y no en toda la proporción que merece, los honores de la recordación y el homenaje la ilustre madrileña Rosario de Acuña. Queda rotulado con su nombre un grupo escolar que hoy se inaugura (1), entre las conmemoraciones de una fecha, la del 11 de febrero, que debió ser gloriosa, pero que en nuestra historia queda ensombrecida de tristeza, pues significa el comienzo de una República que fue perecedera y fugaz porque los republicanos no acertaron a afirmarla y guardarla y tenían a los enemigos dentro de casa, que la Historia es ejemplo.

Rosario de Acuña, contra lo que llegó a decirse no ha mucho tiempo, no carecía de un recuerdo en la villa que la vio nacer. El paseo que antes se llamaba de los jesuitas lleva el nombre de la ilustre escritora (2). Es una satisfacción para mí que la calle designada con el nombre mío se halle entre dos tan significativas de madrileñismo como la de Barrafón, el corregidor que transformó y embelleció Madrid hace un siglo, y que dejó todavía gloria suficiente para Pontejos con solo seguir ejecutando sus planes y proyectos, y la de la pensadora y poeta a quien su disconformidad con el ambiente en que se veía obligada a vivir condujo a una existencia misantrópica.

Hoy por cierto veo también que la Sección de Pedagogía del Ateneo de Madrid celebra una sesión en homenaje a Rosario de Acuña y coloca mi nombre entre la lista de oradores. No podré asistir; pero no es menester que se marque tal o cual fecha para que yo honre la memoria de la gran madrileña que he tenido presente siempre cuanto tantos la olvidaban, y aun ahora mismo creo que otros que hablan de ella siguen sin conocerla. 

He visto el programa de la sesión del Ateneo, y me cuesta mucho trabajo creer que esté redactado por una Sección que se llama de Pedagogía. Empezando porque dice que se trata de una «velada» y la anuncia a determinada hora de la tarde. Velada, sustantivo que corresponde al verbo velar, tiene que ser forzosamente de noche y después de cenar. Claro es que después de cenar quienes todavía pueden permitirse ese lujo.

Leemos también en el texto de la invitación programa: 

«La Sección de Pedagogía, ayudada por sus colaboradoras las Secciones de Ciencias Morales y Políticas y Literatura [supongo que habrán querido decir «y de Literaturas»], gestionará la reposición en escena de la obra cumbre de doña Rosario de Acuña Rianzzi el tribuno, para la cual ha pedido un prólogo a D. Manuel Azaña, destinándose los ingresos que la reposición produzca a dotar la cantina del nuevo grupo escolar.» (Entre «produzca» y «a dotar» era indispensable una coma, pero en el texto no está).

Loable es el fin que se persigue; pero ¿quién será Rianzii? De los admiradores improvisados nos libren los dioses. ¡Bien que tanto se repentiza y se improvisa en estos tiempos! ¿Y para eso complican a la Sección de Literatura? El drama que Rafael Calvo estrenó a Rosario de Acuña en el teatro del Circo la noche del 12 de enero de 1876 se titulaba no Rianzzi, sino Rienzi el tribuno, y su protagonista (resulta que toda hay que explicarlo) era y es Nicolás Rienzi, el revolucionario romano del siglo XIV que soñó con la República de Roma y la unión de Repúblicas italianas, y que enloquecido, cegado por la ambición y la soberbia, malogró la revolución, convirtiéndose en dictador y tirano y acabando desastrosamente. 

Al drama que representa ese personaje, tema también de la primera ópera de Wagner, no se sabe si de Azaña o de Benito, pero no tanto, desde luego, de doña Rosario, puesto que juzgan que a su obra le falta algo, desean que ponga un prólogo el actual jefe del Gobierno. Prólogo que bien claro se dice que es para la reposición en escena, es decir, para la representación. Por fortuna, el presidente del Consejo de Ministros posee un talento y una conciencia literarios que es de creer le libren de atender a semejantes solicitudes. Aunque ya ha confesado lo dócil que es a las sugestiones de sus amigos y comensales, y dice que va adonde le llevan. Como el loro del cuento.

Placa colocada en 1991 en la casa natal de Pedro de Répide situada en la calle de la Morería
Por otra parte, repito que sigue extrañándome ver autorizada la redacción de tal programa por la Sección de Pedagogía del Ateneo de Madrid, y que más bien lo creo efecto de haber querido descansar en un encargo hecho ligeramente y aceptado y cumplido con igual ligereza. Por más que de todo tiene la viña pedagógica. Si no, que lo declaren los alumnos de algún instituto de los modernamente creados en Madrid, y donde se hacen preguntas como las siguientes:

– ¿Cuál es el número del teléfono de don Fulano de Tal?

– ¿A qué hora sale el corto de Guadalajara?

Eso de convertir a los discípulos en informadores de las menudencias que al profesor le interesa conocer en un momento determinado y cobrar un sueldo de catedrático, que además puede atraer otro u otros, en la Península o fuera de ella, sin incompatibilidad que valga, es posible que tenga su intríngulis pedagógico. Y no deja de ser divertido que sean formuladas estas interrogantes:

– ¿Por dónde le entra el agua al coco?

– ¿Quién fue el padre de los hijos del Zebedeo?

Volviendo, para terminar, al recuerdo de Rosario de Acuña, comprendemos su apartamiento voluntario de la sociedad en que debió brillar, y la vemos en su retiro de Pinto, cerca de la torre que sirviera de prisión a la princesa de Éboli, o atisbamos de nuevo su figura en las soledades de la costa de Cantabria y de Asturias, llena de desdén para la mayor parte de lo que medraba en sus días y avizorante del porvenir con que soñaba. 

Una de sus obras se titula Morise a tiempo. Título que tiene la significación con que a veces lo subconsciente aparece en la labor de los artistas. Rosario de Acuña se murió a tiempo. Quién sabe si no las amarguras y las decepciones que hubiera sufrido cuando precisamente creyera haber alcanzado a ver la realización de los ideales de toda su vida.

La Libertad, Madrid, 11 de febrero de 1933 

 

Notas 

(1) En efecto, el grupo escolar Rosario de Acuña fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República. Tal y como se recoge en un comentario anterior (⇑), cuenta con comedor, biblioteca, duchas, patio cubierto, servicio médico-escolar, vivienda para el conserje y seis secciones para unos trescientos alumnos...

(2) Además de este paseo, en el callejero de Madrid había otra calle con su nombre (véase el comentario 179. A vuelta con sus calles ⇑).




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viernes, 2 de abril de 2021

233. Marruecos, la tumba de miles de españoles

 

En el verano de 1921 las noticias llegadas de Marruecos ocupan las portadas de los periódicos. El madrileño La Acción, diario de la noche, abre su edición del sábado 23 de julio con un titular a toda página («Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»), que da paso a una información con escasas confirmaciones: «Desde la noche del jueves vienen circulando gravísimos rumores referentes a sucesos desarrollados en la zona de Melilla». A falta de noticias oficiales, la mayor parte de lo publicado son conjeturas, a las que se añade alguna que otra información: se dice que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario. 

En los siguientes días el relato (oficial) de los hechos va tomando forma en las páginas de los principales diarios, sometidos a la censura gubernativa. Se dice que el comandante militar de Melilla Manuel Fernández Silvestre acudió en auxilio de los defensores de la fortificación de Igueriben al mando de una columna de varios millares de soldados. No lo consiguió, y hubo de refugiarse en el campamento de Annual, situado a pocos kilómetros. Los miles de soldados allí concentrados fueron asediados por las tropas rifeñas. El general Silvestre, viendo que no podía defender la posición («porque el ímpetu de los moros, en terrible número, era verdaderamente arrollador»), acordó la evacuación del lugar. Los supervivientes se retiraron de Annual al mando del general Navarro, (Silvestre no abandonó el campamento; allí falleció en circunstancias que no han sido confirmadas) y buscaron refugio en el fuerte de Monte Arruit, a la espera de recibir tropas de refuerzo. No llegaron. La fortificación fue sometida a un asedio durante varias semanas. El día 11 de agosto la prensa da cuenta de la inevitable rendición. En la primera de El Imparcial se puede leer: 

«...el heroico sacrificio de unos hombres, que ha superado cuanto podía concebir la más exaltada concepción del honor y del sacrificio, fue inútil. Destrozados por la sed, emponzoñados por el hedor de los cadáveres, faltos de municiones ante un enemigo cada vez más cuantioso, Navarro y sus héroes tuvieron que capitular. Y la morisma, desatada contra nosotros, acuchilló a los bravos que se entregaban bajo la fe de una palabra cuando ya no podían contenerla con el brío de su alma indomable».

Cadáveres en la fortificación de Monte Arruit

No me cabe duda alguna de que allá en El Cervigón, en la casa gijonesa del acantilado, doña Rosario de Acuña y Villanueva seguía con atención todo cuanto publicaban los periódicos acerca de esta guerra que no parecía terminar nunca. Llamárase como se llamara, venía de lejos, pues españoles obligados a guerrear en África ya los hubo desde los lejanos tiempos en que el señor Leopoldo O´Donell se convirtiera en duque de Tetúan. Ciertamente, aquel escenario de dolor tampoco era nuevo para ella. La guerra de Marruecos y el desgarro que producía en las familias de los soldados enviados al frente ya fue el motivo de su última obra dramática, titulada La voz de la patria (⇑) y estrenada en el teatro Español de Madrid en 1893 (La madre de un reservista llamado a formar parte del ejército de África pretende que su hijo se escape a Francia; el ardor patriótico de su padre, un antiguo soldado cuya bravura le colgó al pecho varias cruces en otra guerra africana, se opone a los planes maternos). La guerra de Marruecos, llamada por entonces «guerra de Melilla», avivó de nuevo el sufrimiento que sentía por su patria en el verano de 1909, en el momento en el cual –tras los ataques de rifeños armados contra un grupo de obreros españoles que trabajan en la construcción de un ferrocarril minero en la región del Rif–  nuevamente fueron llamados a filas los reservistas. Es entonces cuando, recién instalada en el que será su último lugar de residencia, decide volver a representar La voz de la patria en el teatro Jovellanos de la villa gijonesa. De los motivos que le llevaron a hacerlo da cumplida cuenta al redactor de El Publicador que le pregunta sobre la obra en el mismo escenario del teatro (⇑):  «Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a "hacerla" en Gijón». 

Los «momentos actuales» no son otros que los que dieron lugar a las protestas contra la orden de movilización de los reservistas; no son otros que los violentos acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona, y otras ciudades catalanas, conocidos como la «Semana Trágica», y la dura represión posterior. La guerra; otra vez la guerra de Marruecos. Otra vez el dolor y la muerte. No podía permanecer impasible ante el sufrimiento que provocaba este interminable conflicto. Y no lo hizo. Dirigió los ensayos de aquella patriótica obra y la estrenó en su nueva ciudad. Asistió pocas semanas después al mitin de protesta que tuvo lugar en la plaza de toros gijonesa contra la política represiva que el Gobierno de Antonio Maura había emprendido tras los sucesos de Barcelona. Se alegró a principios de diciembre cuando supo que se había ordenado la licencia de los reservistas; se alegró, y así lo escribió (⇑), por todos los que podían regresar, pero no se olvida de «aquellos pobres soldados que se quedaron allí ¡para siempre solos!...».  Aplaudió meses después en una carta pública (⇑) el «admirable discurso» que pronunció Melquíades Álvarez en el Congreso de los Diputados en el debate parlamentario por el denominado Caso Ferrer...

Nada de lo que tuviera que ver con las muertes de soldados españoles en el norte de África le resultaba ajeno. Ni en 1909, en aquella guerra de Melilla; ni ahora, con esta guerra del Rif. Por ello resulta verosímil pensar que día tras día leyera con atención cuanto sobre ella publicara la prensa gijonesa  y que no le pasara desapercibida una noticia publicada por el diario El Noroeste en su edición del 7 de septiembre del año veintiuno. La sola presencia en el texto de su propio apellido parece reclamo suficiente para que sus ojos se posaran en aquella parte del papel.

Noticia confirmando la muerte de dos  hijos de Felipe de Acuña Robles en el Rif

El general Acuña al que se hace mención, no es otro que su primo Felipe de Acuña y Robles, el primero de los hijos de su tío Antonio de Acuña y Solís; y los dos soldados a los que se alude son sobrinos suyos: José de Acuña y Díaz-Trechuelo, de 32 años, cuyo cadáver fue identificado, y Felipe de Acuña y Díaz-Trechuelo, teniente de Infantería de 28 años de edad que figura en la lista de desaparecidos...  Aquellos dos jóvenes forman parte de su familia, descendientes de su nutrido primazgo (⇑), por más que llevaran tiempo transitando por distanciados senderos y haya sido para ellos una tía lejana, una Acuña en el olvido (⇑).  

«Sufrimos sed horrible, hambre feroz, frío tremendo; pasamos noches de angustia indescriptible con nuestras heridas picadas por la mosca, chorreando gusanos y martillando dolores rabiosos en nuestros tuétanos; nos arrastramos como piltrafas de vida, dejando reguero de entrañas enganchadas en la maleza; bebimos tinta, orina, sangre de los moribundos...». Dolor y muerte. Miles de heridos, miles de muertos. Llevaba tiempo sufriendo por todos ellos, ahora también por los suyos. Entre toda la sangre derramada en la tierra rifeña también hay sangre de los Acuña, sangre de su sangre.

Aunque en las páginas de los periódicos todavía no aparecen fotografías como la que se muestra más arriba, con una parte de los centenares de cadáveres desparramados por Monte Arruit, los titulares de la prensa nacional resultan lo suficientemente expresivos como para retratar con suficiente nitidez aquella catástrofe, una masacre que no puede quedar impune. El mismo día en el que se informa de la «tragedia de Monte Arruit» Manuel Allendesalazar, presidente del Consejo de Ministros, presenta la dimisión y  el 14 de agosto toma posesión el nuevo Gobierno presidido por Antonio Maura. El general de división Juan Picasso González, quien días antes había sido encargado de iniciar una investigación sobre los sucesos de Marruecos, se desplaza a Melilla para tratar de averiguar lo que había sucedido.

Un día tras otro la España letrada tiene a su disposición diversidad de informaciones sobre Marruecos: relatos de heridos, noticias sobre diferentes campañas de suscripción en apoyo de las víctimas, movimiento de tropas, notas oficiales... También de editoriales y escritos de autores conocidos que ofrecen sus reflexiones acerca de la función del protectorado, de la política seguida al respecto o de la forma en la que debe de resolverse el «problema marroquí». No faltan tampoco referencias a los debates en Las Cortes, donde se califican los sucesos de Marruecos como de «gran vergüenza» y donde se piden responsabilidades.

Mientras tanto, el general Picasso continúa su labor, la cual, según informa la prensa, da por concluida en el mes de enero del año veintidós, regresando a la Península. Tras varias semanas de espera (en el transcurso de las cuales se acusa al Gobierno bien de intentar dilatar el proceso indagatorio para que se fuera olvidando el asunto, bien de querer ocultar lo que se había averiguado), el autor de aquella minuciosa investigación hace entrega a sus superiores de toda la documentación, en la que se constatan los graves errores cometidos por los mandos militares, tan evidentes que el Consejo Supremo de Guerra y Marina apreció indicios de responsabilidades penales.

Las insistentes exigencias de una parte de los diputados terminaron por vencer las iniciales reticencias gubernativas, y al final se accedió al envío de una parte de la documentación a las Cortes, donde fue sometida a estudio y debate en el seno de la Comisión parlamentaria de Responsabilidades, que se había constituido con esa finalidad. A medida que la prensa iba publicando algunos de los datos a los que había tenido acceso o, por mejor decir, que le habían filtrado, fue creciendo la indignación popular. La lentitud en la tramitación parlamentaria, las discusiones entre militares y políticos o los rumores que implicaban a Alfonso XIII en el desastre militar, no hicieron otra cosa que avivar en la opinión pública la exigencia de responsabilidades políticas y militares. Haciéndose eco del sentir popular, el Ateneo de Madrid convoca una manifestación que tendrá lugar el domingo 10 de diciembre de 1922 «para pedir que se hagan efectivas las responsabilidades del desastre de Marruecos». A la iniciativa se suman diversas organizaciones entre las que se encuentran la Unión General de Trabajadores, la Liga de los Derechos del Hombre, organizaciones políticas juveniles, entidades culturales o asociaciones de vecinos... También nuestra protagonista.

A pesar de contar ya con una edad que no parece muy propicia para la batalla, pues cumplidos tiene los setenta y dos, a pesar de los muchos padecimientos sufridos por quien «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como personas y por su cuenta», Rosario de Acuña y Villanueva no puede permanecer impasible ante lo que está sucediendo y, una vez más, sale a la plaza pública para hacer oír su voz reclamando justicia. Toma su pluma y escribe tres cartas, tres llamamientos a secundar la convocatoria del Ateneo de Madrid para reclamar responsabilidades por aquellos miles de muertos esparcidos por suelo marroquí: al pueblo asturiano (⇑) («¡Alza tus puños amenazantes! ¡No dejes pasar este minuto de la Justicia en cuyo camino andas siempre tan firmemente!...», a los masones (⇑) («Que esta Liga y nosotros, en grupo compacto salgamos resueltamente a esparcir el grito de horror y de indignación que hoy repercute en todos los ámbitos de la patria») y a las mujeres (⇑) («¿No escucháis en vuestras almas de madres el crujir de los huesos de ¡QUINCE MIL! hijos nuestros? [...] ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos...»).

Portada del diario Heraldo de Madrid del 11-12-1922

Se dice que hubo decenas de miles de manifestantes por las calles de Madrid reclamando justicia. No fue el único lugar. También hubo mítines y manifestaciones en Sevilla, Alicante, Santander, San Sebastián, Córdoba, Teruel o Barco de Ávila. ¿Y en Gijón? Pues... nada; ni mítines, ni manifestaciones. No me consta que ninguna de las sociedades gijonesas hubiera acordado realizar acciones similares a las que tuvieron lugar en otras ciudades españolas, ni siquiera aquellas que pudieran considerarse más próximas a las que protagonizaron la movilización madrileña, ni el Ateneo Obrero, ni los masones, ni el Comité local de la Liga de los Derechos del Hombre, que se había constituido meses atrás. Se sabe, eso sí, que el Ateneo Obrero debatió sobre el asunto, que el jueves 14 de diciembre se reunió su junta directiva en sesión extraordinaria para deliberar acerca del escrito presentado por el socio José Díaz Fernández (redactor de El Noroeste, integrante de la lista de invitados a El Cervigón (⇑), y recientemente licenciado del Regimiento de Infantería Tarragona en cuyas filas participó en la guerra de Marruecos), en el cual solicitaba que «se acordara la organización de una manifestación pública pro-responsabilidades». Se debatió la propuesta y se concluyó que la misión del Ateneo no es de dirección de campañas, sino de contribuir a que la opinión pública se fije, para lo cual iniciará gestiones para que una personalidad de reconocido prestigio pronuncie una conferencia que fije una orientación a seguir... 

Rosario de Acuña, pesarosa por no haber sido capaz de encender la mecha, de movilizar a las gentes de Gijón, «el gran Gijón liberal, radical, hondamente (y no de labios afuera) demócrata», para que salieran a las calles reclamando justicia, no puede menos de escribir una tarjeta postal a Gabriel Alomar (⇑) (uno de los promotores de la Liga Española de los Derechos del Hombre y de quien se dice asidua lectora, bien en las páginas de La Libertad o, más probablemente, en las del semanario España) para decirle que no entiende cuál es la razón que pueda explicar tal inacción. Por mucho que piense que la ciudad liberal y amante del progreso que eligió para vivir sus últimos años está sugestionada por la Compañía de Jesús, «a quien obedece servilmente», no alcanza a comprender los motivos por los cuales Gijón no ha respondido a la invitación del Ateneo de Madrid.

Aunque por entonces las calles gijonesas no escucharan el clamor de sus gentes exigiendo responsabilidades por los miles de muertos en África, sí que alcanzaron a oír el eco, sonoro y duradero, de la triple demanda que una de sus vecinas proclamó desde los ásperos acantilados de El Cervigón:

«¡Justicia para los que hicieron, sean los que sean, de los montes de Marruecos el cementerio más espantoso, la sima más horrenda que podrán contemplar los anales de España durante siglos!»




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