lunes, 10 de mayo de 2021

236. El centenario de su muerte, a dos años vista

https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2021/05/08/centenario-muerte-rosario-acuna-dos-anos-vista/00031620499668573453826.htm 

El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de la muerte de Rosario de Acuña. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable. Así es que, con antelación suficiente, en un escrito titulado «Cuatro años por delante» (⇑) y publicado en la prensa regional a principios del mes de julio de 2019, me atreví a recordar públicamente, y de manera especial a las dieciséis concejalas y once concejales que integraban la nueva corporación municipal gijonesa constituida por entonces, que al final de su recién estrenado mandato se cumpliría el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 

Según pude saber más tarde, aquel escrito no cayó en saco roto, lo cual contribuía a apuntalar la impresión de que las cosas estaban cambiando en la Plaza Mayor, al menos en lo que respecta al asunto que nos atañe. En efecto, tras una etapa en la cual la figura de Rosario de Acuña había caído en el apacible letargo de la desmemoria concejil, los síntomas apuntaban a un deseable cambio de tendencia, que parecía confirmarse poco tiempo después... (Para seguir leyendo, pulsa aquí (⇑). El enlace te llevará a la edición de La Voz de Asturias donde fue publicado el 9 de mayo de 2021). 

 



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lunes, 26 de abril de 2021

235. El retorno del cesante jubilado


El cesante. Ilustración incluida en Los españoles pintados por sí mismos (1851)

Por más que aún haya quien le siga otorgando el título de condesa (⇑), el caso es que su padre ingresa con diecinueve años de edad en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas como escribiente de la clase de terceros, con un sueldo anual de cinco mil reales. El joven Felipe de Acuña Solís había abandonado su Jaén natal cuatro años antes para realizar estudios de Leyes en Madrid, quedando al cuidado de un tío suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tras estudiar tres cursos en un colegio preparatorio, en 1846 obtiene el grado de bachiller en Filosofía e ingresa en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, al menos no me consta que lo hiciera. Y no es de extrañar, pues a finales de 1847, al poco de haber iniciado los estudios, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar su recién estrenada vida de universitario: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices y, como queda escrito más arriba, algunas semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el ministerio. El sueldo no es muy alto, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, gracias a sus contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. Tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá Rosario.

Unos meses después del feliz acontecimiento, en enero de 1852, el joven padre asciende en el escalafón, pasando a ser escribiente octavo de la clase de segundos del ya denominado Ministerio de Fomento, lo que supone un aumento del veinte por ciento en su sueldo, que alcanza los seis mil reales anuales. Al año siguiente se convierte en auxiliar, categoría que desempeñará durante doce años con varios ascensos de clase y con los aumentos de remuneración pertinentes, de manera tal que en el verano 1861, el funcionario Acuña ocupa el puesto de auxiliar noveno de la clase de quintos con un salario anual de doce mil reales. 

Aunque por los datos anteriores bien podemos constatar que durante este periodo, los diez años que han transcurrido desde el nacimiento de Rosario, los ingresos que entran en casa por el sueldo ministerial han aumentado sensiblemente, quizás resulte conveniente establecer un punto de comparación que nos permita hacernos una idea más ajustada de lo que ese dinero podría suponer en aquel momento. Comparemos, pues, con otras remuneraciones conocidas, las que por entonces perciben maestros y catedráticos. Según establece el Real Decreto de septiembre de 1847 por el que se reorganiza la instrucción primaria, el sueldo mínimo de los maestros se sitúa entre los dos mil reales anuales (en los pueblos de menos de cuatrocientos vecinos) y los cinco mil (en las localidades de más de cuatro mil). Dos años antes, otro real decreto había hecho lo propio con el de los profesores de enseñanza secundaria y superior: «El sueldo de los catedráticos de instituto de la enseñanza elemental no bajará de 6 000 reales ni excederá de 10 000, según la asignatura que desempeñen y la población en que se halle el establecimiento. En Madrid podrá subir hasta 12 000 reales». Por tanto, el nivel de vida atribuible a la familia formada por Felipe de Acuña, Dolores Villanueva y su hija Rosario sería el equivalente a la de un catedrático de los institutos madrileños Cardenal Cisneros o San Isidro.  

Dibujo de la Torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886La situación mejorará en la década de los sesenta. En 1864 el padre de familia tiene un nuevo destino en el ministerio, pasando a ocuparse de los ferrocarriles, primero como inspector (1864) y más tarde como inspector jefe (1868), con un haber anual que alcanzará los 24 000 reales (que por entonces se convierten oficialmente en 6 000 pesetas). Además, todo indica que el patrimonio familiar se habría incrementado durante este tiempo con los bienes de su tío abuelo Cristóbal Solís Abellán, propietario de hectáreas de tierra y ganados en la jiennense localidad de Alcaudete, que había dejado en herencia a Felipe y a sus hermanos. De la bonanza de estos tiempos pueden dar testimonio los viajes que por entonces realizaba la familia con cierta frecuencia. A los que desde su niñez llevaban a Rosario a pasar temporadas en la campiña jiennense para mitigar sus dolencias oculares, se sumaban ahora los que realizaba a otros puntos de la geografía nacional (⇑) o del extranjero (⇑), y de los cuales nos ha dejado constancia escrita.  

Los del Sexenio serán años que llevarán cierta agitación a su hoja de servicios, como consecuencia de sus afinidades políticas. Un decreto de octubre de 1869 le concede los «honores y consideración de Jefe de Administración civil» (incluyendo el tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»). La disposición está firmada por Francisco Serrano, regente del Reino y uno de sus compañeros habituales en las cacerías por las serranías de Jaén (⇑). Durante la regencia del duque de la Torre, además de esta distinción honorífica, Felipe de Acuña se convierte en delegado del Gobierno en la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB). Tras el ascenso, llegará la primera de las cesantías en el mes de junio del setenta y dos, situación que mantendrá hasta que Serrano se convierte, tras el golpe de Estado de Pavía, en presidente del Poder Ejecutivo de la República. Tan solo uno días después de este suceso, Felipe de Acuña recupera su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros. No tardando, en el verano de ese mismo año, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, en calidad de tal, vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia. Si su amistad con Serrano y Sagasta (a quien públicamente ofreció «sus sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto») parecen ser la razón de tales nombramientos, su afinidad con el Partido Constitucional que aquellos lideran debió ser la razón por la cual, a los pocos días de que Antonio Cánovas tuviera el control de la Gaceta de Madrid, en las páginas del periódico oficial aparece una resolución del Ministerio-Regencia del Reino fechada el cinco de enero de 1875 por la que se le declara cesante. En esta situación permanecerá hasta que tres años después las autoridades ministeriales tienen a bien concederle la jubilación que había solicitado. 

A pesar de que el real decreto sustente la aprobación del expediente promovido por Felipe de Acuña en su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», ninguna referencia de las que dispongo me da pie para suponer que esa imposibilidad (notoria) hubiera obligado al padre de nuestra protagonista a reducir de forma significativa su actividad, ni en los años anteriores, cuando figuraba en la lista de los cesantes, ni ahora que, con cuarenta y nueve años de edad, pasa a integrar la de los jubilados. Antes al contrario. Quizás sea la década de los setenta uno de los periodos más fecundos de su biografía. No conviene olvidar que en este tiempo, además de las labores profesionales anteriormente mencionadas (inspector de ferrocarriles, delegado del Gobierno, Consejo Superior de Agricultura...), se dedica a impulsar de forma activa e intensa (⇑) la prometedora carrera de su hija como poeta y dramaturga, abriéndole las puertas de las redacciones de la prensa amiga o requiriendo el apoyo y consejo de algunos escritores veteranos. Tras el éxito de Rienzi, la actividad que desarrolla en apoyo de su hija no decaerá, dedicándose con entusiasmo a tareas de promoción de la obra y a la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. Y así seguirá durante algún tiempo (⇑), por más que Rosario se haya casado en el verano de 1876 y, poco después, se haya instalado en Zaragoza. Tampoco disminuirá su actividad cinegética: si noticias tenemos de su participación en cacerías con anterioridad al mes de mayo de 1878, momento en el que se convierte oficialmente en jubilado, noticias también tenemos de algunas otras en las que participa con posterioridad a esa fecha, acompañando al duque de la Torre. 

En el mes de febrero del año ochenta y uno las páginas de la Gaceta abrirán un nuevo capítulo en su vida: el día 10 se hace público el nombramiento del gaditano José Luis Albareda como ministro de Fomento del Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta; el miércoles 16 el nuevo titular del ministerio convierte a Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (⇑) en director general de Agricultura, Industria y Comercio; al día siguiente, el periódico oficial inserta un real decreto firmado por el señor Albareda por el cual se nombra jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros del Ministerio de Fomento a don Felipe de Acuña y Solís. Treinta y tres meses después de que le fuera concedida la jubilación en razón de su notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo, el primo del director general no solo recupera el puesto del que estaba cesante en el momento de su jubilación, sino que se convierte en director de Agricultura y, en calidad de tal, pasa a ser el secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio, así como  miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas. Actos oficiales, viajes familiares, 

Fuera por el reconfortante apoyo familiar, fuera por los positivos efectos de las aguas del balneario de Panticosa que visita en estos años, lo cierto es que el cesante jubilado parece haberse recuperado de sus pasados males, a tenor de la intensa actividad que desarrolla por entonces: preside el Congreso de Agricultores y Ganaderos que se celebra en Madrid; visita Baeza en compañía del duque de la Torre para asistir a la feria local y al programa de carreras de caballos que organiza la Sociedad Hípica que preside su hermano Cristóbal; participa en los actos de inauguración de la Estación Enológica de Sagunto; en los que dan inicio a la feria ganadera que, gracias a los desvelos de su nueva vecina y a las gestiones de su padre, se celebra por primera vez en Pinto (⇑); o en los que tienen lugar en Ciudad Real con motivo de la feria vitícola. Actos oficiales, viajes familiares, alguna que otra cacería... Nada que ver con lo que se espera de una persona que ha sido jubilada por una notoria imposibilidad física.

Nada hacía pensar, ciertamente, que en el mes de enero de 1883, dos años después de su retorno al servicio activo del Estado y cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, una pulmonía acabara con su vida de manera fulminante. En la tarde del último domingo del mes, unos setenta carruajes precedidos por los porteros del Ministerio de Fomento, los guardas de la Moncloa y los alumnos peritos agrícolas de dicha escuela, acompañaron el coche fúnebre que trasladó sus restos mortales al cementerio de la Sacramental de San Justo. A tenor de la relación de integrantes de aquella comitiva, en la cual, además del ministro del ramo y el duque de la Torre, figuraban personalidades de apellidos bien conocidos en la vida social madrileña del momento, bien pudiera suponerse que el finado, otrora cesante y jubilado, había logrado escalar posiciones en el entramado social y situar a los suyos en una posición desahogada. Pues, no. Al menos, en lo que a la pensión de viudedad de su mujer respecta. Aunque sea tema para tratar en un nuevo comentario, bien se puede avanzar aquí que a su viuda le asignaron una pensión de mil doscientas cincuenta pesetas anuales (1250), las que le correspondían por los veinticinco años, siete meses y dieciocho días de servicios al Estado «abonables», y de nada le sirvieron los años de papeleo, ni las solicitudes que presentó ni los recursos que interpuso, para conseguir una pensión adicional del Montepío del Ministerio. La realidad administrativa insistía machaconamente en el mismo punto: su difunto marido «no pudo adquirir nuevos derechos después de la jubilación». Los casi dos años que Felipe de Acuña y Solís ocupó tan relevante papel en el Ministerio de Fomento no sirvieron para que le añadieran ni una sola peseta a la pensión que se le asignó a su viuda.




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miércoles, 14 de abril de 2021

234. «Una madrileña insigne», por Pedro de Répide

 

Pedro de Répide en una fotografía publicada en 1908
Al fin tiene, aunque tarde y no en toda la proporción que merece, los honores de la recordación y el homenaje la ilustre madrileña Rosario de Acuña. Queda rotulado con su nombre un grupo escolar que hoy se inaugura (1), entre las conmemoraciones de una fecha, la del 11 de febrero, que debió ser gloriosa, pero que en nuestra historia queda ensombrecida de tristeza, pues significa el comienzo de una República que fue perecedera y fugaz porque los republicanos no acertaron a afirmarla y guardarla y tenían a los enemigos dentro de casa, que la Historia es ejemplo.

Rosario de Acuña, contra lo que llegó a decirse no ha mucho tiempo, no carecía de un recuerdo en la villa que la vio nacer. El paseo que antes se llamaba de los jesuitas lleva el nombre de la ilustre escritora (2). Es una satisfacción para mí que la calle designada con el nombre mío se halle entre dos tan significativas de madrileñismo como la de Barrafón, el corregidor que transformó y embelleció Madrid hace un siglo, y que dejó todavía gloria suficiente para Pontejos con solo seguir ejecutando sus planes y proyectos, y la de la pensadora y poeta a quien su disconformidad con el ambiente en que se veía obligada a vivir condujo a una existencia misantrópica.

Hoy por cierto veo también que la Sección de Pedagogía del Ateneo de Madrid celebra una sesión en homenaje a Rosario de Acuña y coloca mi nombre entre la lista de oradores. No podré asistir; pero no es menester que se marque tal o cual fecha para que yo honre la memoria de la gran madrileña que he tenido presente siempre cuanto tantos la olvidaban, y aun ahora mismo creo que otros que hablan de ella siguen sin conocerla. 

He visto el programa de la sesión del Ateneo, y me cuesta mucho trabajo creer que esté redactado por una Sección que se llama de Pedagogía. Empezando porque dice que se trata de una «velada» y la anuncia a determinada hora de la tarde. Velada, sustantivo que corresponde al verbo velar, tiene que ser forzosamente de noche y después de cenar. Claro es que después de cenar quienes todavía pueden permitirse ese lujo.

Leemos también en el texto de la invitación programa: 

«La Sección de Pedagogía, ayudada por sus colaboradoras las Secciones de Ciencias Morales y Políticas y Literatura [supongo que habrán querido decir «y de Literaturas»], gestionará la reposición en escena de la obra cumbre de doña Rosario de Acuña Rianzzi el tribuno, para la cual ha pedido un prólogo a D. Manuel Azaña, destinándose los ingresos que la reposición produzca a dotar la cantina del nuevo grupo escolar.» (Entre «produzca» y «a dotar» era indispensable una coma, pero en el texto no está).

Loable es el fin que se persigue; pero ¿quién será Rianzii? De los admiradores improvisados nos libren los dioses. ¡Bien que tanto se repentiza y se improvisa en estos tiempos! ¿Y para eso complican a la Sección de Literatura? El drama que Rafael Calvo estrenó a Rosario de Acuña en el teatro del Circo la noche del 12 de enero de 1876 se titulaba no Rianzzi, sino Rienzi el tribuno, y su protagonista (resulta que toda hay que explicarlo) era y es Nicolás Rienzi, el revolucionario romano del siglo XIV que soñó con la República de Roma y la unión de Repúblicas italianas, y que enloquecido, cegado por la ambición y la soberbia, malogró la revolución, convirtiéndose en dictador y tirano y acabando desastrosamente. 

Al drama que representa ese personaje, tema también de la primera ópera de Wagner, no se sabe si de Azaña o de Benito, pero no tanto, desde luego, de doña Rosario, puesto que juzgan que a su obra le falta algo, desean que ponga un prólogo el actual jefe del Gobierno. Prólogo que bien claro se dice que es para la reposición en escena, es decir, para la representación. Por fortuna, el presidente del Consejo de Ministros posee un talento y una conciencia literarios que es de creer le libren de atender a semejantes solicitudes. Aunque ya ha confesado lo dócil que es a las sugestiones de sus amigos y comensales, y dice que va adonde le llevan. Como el loro del cuento.

Placa colocada en 1991 en la casa natal de Pedro de Répide situada en la calle de la Morería
Por otra parte, repito que sigue extrañándome ver autorizada la redacción de tal programa por la Sección de Pedagogía del Ateneo de Madrid, y que más bien lo creo efecto de haber querido descansar en un encargo hecho ligeramente y aceptado y cumplido con igual ligereza. Por más que de todo tiene la viña pedagógica. Si no, que lo declaren los alumnos de algún instituto de los modernamente creados en Madrid, y donde se hacen preguntas como las siguientes:

– ¿Cuál es el número del teléfono de don Fulano de Tal?

– ¿A qué hora sale el corto de Guadalajara?

Eso de convertir a los discípulos en informadores de las menudencias que al profesor le interesa conocer en un momento determinado y cobrar un sueldo de catedrático, que además puede atraer otro u otros, en la Península o fuera de ella, sin incompatibilidad que valga, es posible que tenga su intríngulis pedagógico. Y no deja de ser divertido que sean formuladas estas interrogantes:

– ¿Por dónde le entra el agua al coco?

– ¿Quién fue el padre de los hijos del Zebedeo?

Volviendo, para terminar, al recuerdo de Rosario de Acuña, comprendemos su apartamiento voluntario de la sociedad en que debió brillar, y la vemos en su retiro de Pinto, cerca de la torre que sirviera de prisión a la princesa de Éboli, o atisbamos de nuevo su figura en las soledades de la costa de Cantabria y de Asturias, llena de desdén para la mayor parte de lo que medraba en sus días y avizorante del porvenir con que soñaba. 

Una de sus obras se titula Morise a tiempo. Título que tiene la significación con que a veces lo subconsciente aparece en la labor de los artistas. Rosario de Acuña se murió a tiempo. Quién sabe si no las amarguras y las decepciones que hubiera sufrido cuando precisamente creyera haber alcanzado a ver la realización de los ideales de toda su vida.

La Libertad, Madrid, 11 de febrero de 1933 

 

Notas 

(1) En efecto, el grupo escolar Rosario de Acuña fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República. Tal y como se recoge en un comentario anterior (⇑), cuenta con comedor, biblioteca, duchas, patio cubierto, servicio médico-escolar, vivienda para el conserje y seis secciones para unos trescientos alumnos...

(2) Además de este paseo, en el callejero de Madrid había otra calle con su nombre (véase el comentario 179. A vuelta con sus calles ⇑).




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viernes, 2 de abril de 2021

233. Marruecos, la tumba de miles de españoles

 

En el verano de 1921 las noticias llegadas de Marruecos ocupan las portadas de los periódicos. El madrileño La Acción, diario de la noche, abre su edición del sábado 23 de julio con un titular a toda página («Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»), que da paso a una información con escasas confirmaciones: «Desde la noche del jueves vienen circulando gravísimos rumores referentes a sucesos desarrollados en la zona de Melilla». A falta de noticias oficiales, la mayor parte de lo publicado son conjeturas, a las que se añade alguna que otra información: se dice que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario. 

En los siguientes días el relato (oficial) de los hechos va tomando forma en las páginas de los principales diarios, sometidos a la censura gubernativa. Se dice que el comandante militar de Melilla Manuel Fernández Silvestre acudió en auxilio de los defensores de la fortificación de Igueriben al mando de una columna de varios millares de soldados. No lo consiguió, y hubo de refugiarse en el campamento de Annual, situado a pocos kilómetros. Los miles de soldados allí concentrados fueron asediados por las tropas rifeñas. El general Silvestre, viendo que no podía defender la posición («porque el ímpetu de los moros, en terrible número, era verdaderamente arrollador»), acordó la evacuación del lugar. Los supervivientes se retiraron de Annual al mando del general Navarro, (Silvestre no abandonó el campamento; allí falleció en circunstancias que no han sido confirmadas) y buscaron refugio en el fuerte de Monte Arruit, a la espera de recibir tropas de refuerzo. No llegaron. La fortificación fue sometida a un asedio durante varias semanas. El día 11 de agosto la prensa da cuenta de la inevitable rendición. En la primera de El Imparcial se puede leer: 

«...el heroico sacrificio de unos hombres, que ha superado cuanto podía concebir la más exaltada concepción del honor y del sacrificio, fue inútil. Destrozados por la sed, emponzoñados por el hedor de los cadáveres, faltos de municiones ante un enemigo cada vez más cuantioso, Navarro y sus héroes tuvieron que capitular. Y la morisma, desatada contra nosotros, acuchilló a los bravos que se entregaban bajo la fe de una palabra cuando ya no podían contenerla con el brío de su alma indomable».

Cadáveres en la fortificación de Monte Arruit

No me cabe duda alguna de que allá en El Cervigón, en la casa gijonesa del acantilado, doña Rosario de Acuña y Villanueva seguía con atención todo cuanto publicaban los periódicos acerca de esta guerra que no parecía terminar nunca. Llamárase como se llamara, venía de lejos, pues españoles obligados a guerrear en África ya los hubo desde los lejanos tiempos en que el señor Leopoldo O´Donell se convirtiera en duque de Tetúan. Ciertamente, aquel escenario de dolor tampoco era nuevo para ella. La guerra de Marruecos y el desgarro que producía en las familias de los soldados enviados al frente ya fue el motivo de su última obra dramática, titulada La voz de la patria (⇑) y estrenada en el teatro Español de Madrid en 1893 (La madre de un reservista llamado a formar parte del ejército de África pretende que su hijo se escape a Francia; el ardor patriótico de su padre, un antiguo soldado cuya bravura le colgó al pecho varias cruces en otra guerra africana, se opone a los planes maternos). La guerra de Marruecos, llamada por entonces «guerra de Melilla», avivó de nuevo el sufrimiento que sentía por su patria en el verano de 1909, en el momento en el cual –tras los ataques de rifeños armados contra un grupo de obreros españoles que trabajan en la construcción de un ferrocarril minero en la región del Rif–  nuevamente fueron llamados a filas los reservistas. Es entonces cuando, recién instalada en el que será su último lugar de residencia, decide volver a representar La voz de la patria en el teatro Jovellanos de la villa gijonesa. De los motivos que le llevaron a hacerlo da cumplida cuenta al redactor de El Publicador que le pregunta sobre la obra en el mismo escenario del teatro (⇑):  «Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a "hacerla" en Gijón». 

Los «momentos actuales» no son otros que los que dieron lugar a las protestas contra la orden de movilización de los reservistas; no son otros que los violentos acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona, y otras ciudades catalanas, conocidos como la «Semana Trágica», y la dura represión posterior. La guerra; otra vez la guerra de Marruecos. Otra vez el dolor y la muerte. No podía permanecer impasible ante el sufrimiento que provocaba este interminable conflicto. Y no lo hizo. Dirigió los ensayos de aquella patriótica obra y la estrenó en su nueva ciudad. Asistió pocas semanas después al mitin de protesta que tuvo lugar en la plaza de toros gijonesa contra la política represiva que el Gobierno de Antonio Maura había emprendido tras los sucesos de Barcelona. Se alegró a principios de diciembre cuando supo que se había ordenado la licencia de los reservistas; se alegró, y así lo escribió (⇑), por todos los que podían regresar, pero no se olvida de «aquellos pobres soldados que se quedaron allí ¡para siempre solos!...».  Aplaudió meses después en una carta pública (⇑) el «admirable discurso» que pronunció Melquíades Álvarez en el Congreso de los Diputados en el debate parlamentario por el denominado Caso Ferrer...

Nada de lo que tuviera que ver con las muertes de soldados españoles en el norte de África le resultaba ajeno. Ni en 1909, en aquella guerra de Melilla; ni ahora, con esta guerra del Rif. Por ello resulta verosímil pensar que día tras día leyera con atención cuanto sobre ella publicara la prensa gijonesa  y que no le pasara desapercibida una noticia publicada por el diario El Noroeste en su edición del 7 de septiembre del año veintiuno. La sola presencia en el texto de su propio apellido parece reclamo suficiente para que sus ojos se posaran en aquella parte del papel.

Noticia confirmando la muerte de dos  hijos de Felipe de Acuña Robles en el Rif

El general Acuña al que se hace mención, no es otro que su primo Felipe de Acuña y Robles, el primero de los hijos de su tío Antonio de Acuña y Solís; y los dos soldados a los que se alude son sobrinos suyos: José de Acuña y Díaz-Trechuelo, de 32 años, cuyo cadáver fue identificado, y Felipe de Acuña y Díaz-Trechuelo, teniente de Infantería de 28 años de edad que figura en la lista de desaparecidos...  Aquellos dos jóvenes forman parte de su familia, descendientes de su nutrido primazgo (⇑), por más que llevaran tiempo transitando por distanciados senderos y haya sido para ellos una tía lejana, una Acuña en el olvido (⇑).  

«Sufrimos sed horrible, hambre feroz, frío tremendo; pasamos noches de angustia indescriptible con nuestras heridas picadas por la mosca, chorreando gusanos y martillando dolores rabiosos en nuestros tuétanos; nos arrastramos como piltrafas de vida, dejando reguero de entrañas enganchadas en la maleza; bebimos tinta, orina, sangre de los moribundos...». Dolor y muerte. Miles de heridos, miles de muertos. Llevaba tiempo sufriendo por todos ellos, ahora también por los suyos. Entre toda la sangre derramada en la tierra rifeña también hay sangre de los Acuña, sangre de su sangre.

Aunque en las páginas de los periódicos todavía no aparecen fotografías como la que se muestra más arriba, con una parte de los centenares de cadáveres desparramados por Monte Arruit, los titulares de la prensa nacional resultan lo suficientemente expresivos como para retratar con suficiente nitidez aquella catástrofe, una masacre que no puede quedar impune. El mismo día en el que se informa de la «tragedia de Monte Arruit» Manuel Allendesalazar, presidente del Consejo de Ministros, presenta la dimisión y  el 14 de agosto toma posesión el nuevo Gobierno presidido por Antonio Maura. El general de división Juan Picasso González, quien días antes había sido encargado de iniciar una investigación sobre los sucesos de Marruecos, se desplaza a Melilla para tratar de averiguar lo que había sucedido.

Un día tras otro la España letrada tiene a su disposición diversidad de informaciones sobre Marruecos: relatos de heridos, noticias sobre diferentes campañas de suscripción en apoyo de las víctimas, movimiento de tropas, notas oficiales... También de editoriales y escritos de autores conocidos que ofrecen sus reflexiones acerca de la función del protectorado, de la política seguida al respecto o de la forma en la que debe de resolverse el «problema marroquí». No faltan tampoco referencias a los debates en Las Cortes, donde se califican los sucesos de Marruecos como de «gran vergüenza» y donde se piden responsabilidades.

Mientras tanto, el general Picasso continúa su labor, la cual, según informa la prensa, da por concluida en el mes de enero del año veintidós, regresando a la Península. Tras varias semanas de espera (en el transcurso de las cuales se acusa al Gobierno bien de intentar dilatar el proceso indagatorio para que se fuera olvidando el asunto, bien de querer ocultar lo que se había averiguado), el autor de aquella minuciosa investigación hace entrega a sus superiores de toda la documentación, en la que se constatan los graves errores cometidos por los mandos militares, tan evidentes que el Consejo Supremo de Guerra y Marina apreció indicios de responsabilidades penales.

Las insistentes exigencias de una parte de los diputados terminaron por vencer las iniciales reticencias gubernativas, y al final se accedió al envío de una parte de la documentación a las Cortes, donde fue sometida a estudio y debate en el seno de la Comisión parlamentaria de Responsabilidades, que se había constituido con esa finalidad. A medida que la prensa iba publicando algunos de los datos a los que había tenido acceso o, por mejor decir, que le habían filtrado, fue creciendo la indignación popular. La lentitud en la tramitación parlamentaria, las discusiones entre militares y políticos o los rumores que implicaban a Alfonso XIII en el desastre militar, no hicieron otra cosa que avivar en la opinión pública la exigencia de responsabilidades políticas y militares. Haciéndose eco del sentir popular, el Ateneo de Madrid convoca una manifestación que tendrá lugar el domingo 10 de diciembre de 1922 «para pedir que se hagan efectivas las responsabilidades del desastre de Marruecos». A la iniciativa se suman diversas organizaciones entre las que se encuentran la Unión General de Trabajadores, la Liga de los Derechos del Hombre, organizaciones políticas juveniles, entidades culturales o asociaciones de vecinos... También nuestra protagonista.

A pesar de contar ya con una edad que no parece muy propicia para la batalla, pues cumplidos tiene los setenta y dos, a pesar de los muchos padecimientos sufridos por quien «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como personas y por su cuenta», Rosario de Acuña y Villanueva no puede permanecer impasible ante lo que está sucediendo y, una vez más, sale a la plaza pública para hacer oír su voz reclamando justicia. Toma su pluma y escribe tres cartas, tres llamamientos a secundar la convocatoria del Ateneo de Madrid para reclamar responsabilidades por aquellos miles de muertos esparcidos por suelo marroquí: al pueblo asturiano (⇑) («¡Alza tus puños amenazantes! ¡No dejes pasar este minuto de la Justicia en cuyo camino andas siempre tan firmemente!...», a los masones (⇑) («Que esta Liga y nosotros, en grupo compacto salgamos resueltamente a esparcir el grito de horror y de indignación que hoy repercute en todos los ámbitos de la patria») y a las mujeres (⇑) («¿No escucháis en vuestras almas de madres el crujir de los huesos de ¡QUINCE MIL! hijos nuestros? [...] ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos...»).

Portada del diario Heraldo de Madrid del 11-12-1922

Se dice que hubo decenas de miles de manifestantes por las calles de Madrid reclamando justicia. No fue el único lugar. También hubo mítines y manifestaciones en Sevilla, Alicante, Santander, San Sebastián, Córdoba, Teruel o Barco de Ávila. ¿Y en Gijón? Pues... nada; ni mítines, ni manifestaciones. No me consta que ninguna de las sociedades gijonesas hubiera acordado realizar acciones similares a las que tuvieron lugar en otras ciudades españolas, ni siquiera aquellas que pudieran considerarse más próximas a las que protagonizaron la movilización madrileña, ni el Ateneo Obrero, ni los masones, ni el Comité local de la Liga de los Derechos del Hombre, que se había constituido meses atrás. Se sabe, eso sí, que el Ateneo Obrero debatió sobre el asunto, que el jueves 14 de diciembre se reunió su junta directiva en sesión extraordinaria para deliberar acerca del escrito presentado por el socio José Díaz Fernández (redactor de El Noroeste, integrante de la lista de invitados a El Cervigón (⇑), y recientemente licenciado del Regimiento de Infantería Tarragona en cuyas filas participó en la guerra de Marruecos), en el cual solicitaba que «se acordara la organización de una manifestación pública pro-responsabilidades». Se debatió la propuesta y se concluyó que la misión del Ateneo no es de dirección de campañas, sino de contribuir a que la opinión pública se fije, para lo cual iniciará gestiones para que una personalidad de reconocido prestigio pronuncie una conferencia que fije una orientación a seguir... 

Rosario de Acuña, pesarosa por no haber sido capaz de encender la mecha, de movilizar a las gentes de Gijón, «el gran Gijón liberal, radical, hondamente (y no de labios afuera) demócrata», para que salieran a las calles reclamando justicia, no puede menos de escribir una tarjeta postal a Gabriel Alomar (⇑) (uno de los promotores de la Liga Española de los Derechos del Hombre y de quien se dice asidua lectora, bien en las páginas de La Libertad o, más probablemente, en las del semanario España) para decirle que no entiende cuál es la razón que pueda explicar tal inacción. Por mucho que piense que la ciudad liberal y amante del progreso que eligió para vivir sus últimos años está sugestionada por la Compañía de Jesús, «a quien obedece servilmente», no alcanza a comprender los motivos por los cuales Gijón no ha respondido a la invitación del Ateneo de Madrid.

Aunque por entonces las calles gijonesas no escucharan el clamor de sus gentes exigiendo responsabilidades por los miles de muertos en África, sí que alcanzaron a oír el eco, sonoro y duradero, de la triple demanda que una de sus vecinas proclamó desde los ásperos acantilados de El Cervigón:

«¡Justicia para los que hicieron, sean los que sean, de los montes de Marruecos el cementerio más espantoso, la sima más horrenda que podrán contemplar los anales de España durante siglos!»




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sábado, 20 de marzo de 2021

232. El señorito chulo

Creo que a nadie se le escapa la importancia de contar con un buen diagnóstico a la hora de iniciar el tratamiento para la curación de los males, los que afectan a la salud de cada persona y los que lo hacen a la sociedad en su conjunto. Desde antiguo, al menos desde los tiempos de Galeno, se ha otorgado a la observación un papel destacado para conocer la naturaleza de la enfermedad. Solo después de haber efectuado un examen pormenorizado del cuerpo enfermo y tras ser convenientemente analizados los síntomas, es posible elaborar una conjetura razonable acerca del mal padecido, lo cual permitirá el empleo de los medios necesarios para su alivio o curación. También en lo que respecta a la sociedad: detectado el funcionamiento anómalo, se analizan las posibles causas que lo motivan y, una vez alcanzado un fundamentado diagnóstico, se proponen los remedios que se consideran adecuados para su regeneración.

Mariano Fortuny (1838-1874): Corrida de toros (Museo del Prado)

Ya antes del Desastre, hubo quien advirtió de los males que aquejaban a la España canovista, la del bipartidismo, el clericalismo y la miseria campesina, la del analfabetismo y los caciques, la de la oligarquía y el flamenquismo. Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea... Rosario de Acuña y Villanueva: ahí están sus escritos.   

Aunque en sus primeros textos ha quedado constancia de su capacidad de observación, no será hasta comienzos de la década de los ochenta cuando encontremos descripciones que van más allá de la mera traslación al papel de la realidad observada, pretenden diagnosticar los males y apuntan posibles remedios a los mismos. ¿Qué cambia? La mirada: dónde pone su atención y la finalidad con la que lo hace.

En «Las fiestas del Pilar de Zaragoza» (⇑), «Recuerdos de un día en Elche» (⇑) o «Correspondencia de Andalucía» (⇑), se dedica a describir lo que ve, como una buena cronista que no quiere dejarse nada relevante en el tintero, desde la hora de comienzo de los actos, al número de asistentes o la fisonomía de los personajes, que es descrita con todo lujo de detalles. Los comentarios más negativos, que también los hay («los fétidos miasmas que son tan frecuentes en casi todos los campanarios de nuestra patria», «se encuentren comarcas tan completamente aisladas y desiertas cual si nunca el soplo de la prosperidad hubiese pasado sobre su suelo»...), no van más allá, son uno más de los elementos que utiliza para describir con mayor fidelidad el escenario que contempla. 

Tras su estancia en Zaragoza (en «El camino de Torrero» (⇑) ya describe algunos de los síntomas que abordará más tarde) todo parece cambiar al respecto. Lo que ve no le gusta: el alejamiento del medio natural, la aglomeración urbana, limita los horizontes de las personas, convirtiéndolas en presas fáciles de la apariencia, la hipocresía, la banalidad y el sinsentido. No le gusta lo que ve y para intentar remediar la degeneración paulatina que amenaza el porvenir de la patria, propone el retorno a la vida campestre. Desde su Villa-Nueva, una quinta campestre que se ha hecho construir a las afueras de Pinto, rodeada de plantas y de varios animales domésticos entre los que no faltan dos buenas monturas, predica las bondades de la vida en el campo no solo a sus lectoras de El Correo de la Moda, sino también a quienes se adentran en las honduras divulgativas de Gaceta Agrícola, publicación del Ministerio de Fomento que tiene por objetivo fomentar el desarrollo agrícola y ganadero y la educación rural. Si en el periódico dirigido por Ángela Grassi mantiene una sección titulada «En el campo», en la edición ministerial publicará tres estudios más extensos, en los cuales explica con detalle sus propuestas regeneracionistas: Influencia de la vida del campo en la familia (⇑)El lujo en los pueblos rurales (⇑) y La educación agrícola de la mujer (⇑).

En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...

La España de la Restauración vive un proceso de decadencia y no alcanza los niveles de desarrollo y prosperidad que tienen otros países europeos. Se analizan las causas y se aportan diferentes soluciones. Algunos ponen el foco en el sistema caciquil que sustenta el bipartidismo, otros en la deficiente educación. Rosario de Acuña –quien primero batalló por la regeneración predicando el retorno a la naturaleza y más tarde, durante su campaña de Las Dominicales (⇑), arremetiendo contra el clericalismo en defensa de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento– mostró siempre su admiración y respeto por quienes ponían lo mejor de sí mismos en la búsqueda de las mejores soluciones para los males de la patria. Lo hizo con Joaquín Costa (« ¡Ah, si de la tumba de Costa brotase la savia purificadora de nuestra regeneración!»), lo hizo también con Eugenio Noel, un  costista que años después recorrió España para intentar conocer cuáles eran las razones de su decadencia. Tras observar y analizar con detenimiento los comportamientos populares, llegó a la conclusión de que entre las costumbres que habían configurado sus rasgos distintivos las había que abonaban el tradicionalismo inmovilista («El caso es conservar lo viejo, lo que se ve y usa todos los días, lo que pasó a ser hábito y se consustanció en el instinto, lo que se hizo ley a fuerza de ser costumbre, lo que se convirtió en maneras, tradición, leyenda y gestas.»). Tras el diagnóstico, viene el remedio. Convencido como está de que resulta ineludible combatir los elementos patógenos que dificultan el desarrollo social, emprende una ardua campaña para hacer frente al flamenquismo, la superstición religiosa, el matonismo, la chulería, el desprecio hacia la sensibilidad artística o el caciquismo. 

El 11 de junio de 1915,  pocas semanas después de haber visto la primera luz, la revista España da inicio a una serie titulada «Los españoles pintados por sí mismos», que a lo largo de varios meses incluirá veintidós tipos de españoles descritos por veintiún afamados escritores, entre los que se encuentran Joaquín Dicenta (⇑), José Francos Rodríguez, los hermanos Álvarez Quintero, Gabriel Miró, Luis Bello, Pedro de Repide o Santiago Rusiñol. En noviembre de ese mismo año se publica «El señorito chulo», en el cual Eugenio Noel disecciona algunos de los males que considera atenazan al pueblo andaluz:  

«Tiene treinta años y su vida es un modelo. Su padre, el cacique de la ciudad, es de Andújar y su madre, hija de un fabricante de licores, malagueña. El padre además de cacique es abogado, jefe de su partido político en la región y propietario de latifundios amén de administrador de las dehesas del duque X. El padre adora a su hijo como solo en Andalucía es posible adorar a un hijo; desde que nació lo tiene a su lado y, cuando las juergas lo retienen fuera de casa, va a por él como una niñera y lo trae en brazos. La madre se lo come a besos minuto a minuto con mimos que parecen de amante. En esta atmósfera ha crecido estudiando cuando le daba la gana y haciendo siempre lo que tenía por conveniente. Desde los doce años sostiene queridas, maneja dinero, viaja cuando hay toros en las ciudades, vuelve sin enterarse de otra cosa que de la corrida, no lee jamás y está absolutamente convencido de que sabe lo que ha de saber un hombre.»

Rosario de Acuña –quien treinta y tantos años atrás había participado con «La cordobesa» en Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, un proyecto similar– reconoce en el texto al personaje, reconoce al señorito chulo. Le parece que ha sido descrito con gran exactitud y no duda en hacérselo saber a su autor a quien escribe una tarjeta postal, sin demora alguna (el matasellos lleva fecha del 23 de noviembre, tan solo cinco días después de que la revista fuera puesta a la venta). «Exacto, exacto...», le dice. Tenía elementos de juicio suficientes para afirmarlo. No hay que olvidar que durante su infancia, también en la juventud, pasaba temporadas en las posesiones que su abuelo tenía en la campiña jiennense, en la campiña jiennense (⇑), a donde acudía acompañada, las más de las veces, de su joven padre. «La vieja casa de los Acuña radicaba en Andújar... Admirable, exacto... exacto», volvía a escribir.

Eugenio Noel (a la izquierda) ante la tumba de Joaquín Costa, fotografía publicada en 1912

Aquella tarjeta postal debió de ser acogida con satisfacción por el joven propagandista, lo cual explicaría que aún hoy se conserve integrando su archivo personal. No le vendría nada mal esa muestra de apoyo, pequeña gragea de estímulo para proseguir la batalla contra el flamenquismo que había comenzado a finales de 1911, cuando decidió recorrer España de parte a parte con el objetivo de propagar su pensamiento, de avivar las conciencias, de ampliar las miradas de cuantas personas acudieran a escucharle a ateneos, casinos o teatros. La patria común no podría progresar mientras no soltara el lastre que la anclaba al pasado, que tomaba por tradición lo que no era más que juerga, matonismo y chulería.

Resulta difícil de admitir que su lucha contra los males que atenazaban a España (el clericalismo, la incultura o el flamenquismo) no fuera conocida por doña Rosario de Acuña desde tiempo atrás, más aún si tenemos en cuenta que ya en 1911 las páginas de El Noroeste, el diario gijonés en el cual ella también colaboraba, acogieron algunos de los escritos del publicista madrileño. No resultaría extraño, por tanto, que hubiera estado interesada en asistir a alguna de las conferencias que Eugenio Noel pronunció en diferentes locales gijoneses, bien fuera en el teatro Jovellanos, en el Ateneo Obrero o en Los Campos Elíseos («En el Teatro Circo de Gijón, que es imponente, tan numerosa era la concurrencia que llegó a emocionarme», escribió el conferenciante algunos meses después), pero le fue imposible hacerlo: en ese tiempo, primavera del año 1913, se encontraba lejos de su casa, en el obligado exilio portugués (⇑).  

A pesar de que, tal y como parece, no llegaron a conocerse personalmente, lo cierto es que tras la publicación de «El señorito chulo» el nombre de Eugenio Noel pasó a integrar la que para doña Rosario constituía la no muy nutrida lista de españoles admirables, acompañando a Costa, Pi y Margall, González de Linares o Giner de los Ríos. Así lo manifestaba un año después en una carta dirigida al director de El Noroeste:

¿No sería cosa de ir por estas aldeas en misiones de tolerancia, amor y cultura, como las que propone uno de los pocos hombres viriles y cultos de España, Eugenio Noel?




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lunes, 8 de marzo de 2021

231. Las hermanas de Rosario de Acuña

«¡Amiga y compañera (pues toda mujer que piensa y trabaja lo es mía)»: así encabezaba Rosario de Acuña una carta abierta dirigida a una joven gijonesa que, a pesar de las presiones recibidas, había decido contraer matrimonio civil hace ahora más de cien años, en 1916. Compañeras eran para ella las mujeres. Así, desde el plural, desde el «nosotras», entendía ella la emancipación de la mujer, lo cual representa una sensible diferencia con otros planteamientos, quizás más individualistas, que al respecto mantenían algunas de sus contemporáneas. 

Fábrica de Tabacos, Gijón. Operarias del taller de cigarrillos superiores. Julio Peinado, 1906. (Museo del Pueblo de Asturias)
 

Si en esta ocasión utilizó la amistad y el compañerismo como lazos de unión, hubo otras en las que no dudó en llamar «hermanas» a las mujeres a las que se dirigía. Lo hizo en su madurez, en plena campaña de Las Dominicales, cuando las exhortaba a luchar contra el clericalismo reinante («Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente!»); y lo hace también desde la tribuna, dirigiéndose de manera especial a las mujeres presentes o «exclusivamente a mis hermanas». Lo volvió a hacer en su vejez, cuando desde los acantilados de El Cervigón clamaba justicia contra los responsables de las muertes, de los miles de soldados sepultados en la guerra de África (« ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión»). 

Como he apuntado en otro lugar («Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes», 2019 ⇑), el hecho de abordar desde el plural, desde el «nosotras», la «emancipación de la mujer» (o «la cuestión femenina») constituye uno de los elementos que configuran el pensamiento feminista de doña Rosario. Ya en sus primeros años de publicista y con esa visión colectiva, de género, exhortaba a sus lectoras de El Correo de la Moda a liderar el proceso de regeneración que España necesita recuperando el contacto con la naturaleza. Solo las mujeres pueden regenerar la sociedad patria, y para ello necesitan huir del mundo de las apariencias y de las sensualidades al que las han abocado y dedicarse al estudio y al trabajo. Lo repitió años después, ya como activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia, cuando animaba a sus hermanas, las mujeres del siglo XIX, a agruparse para impedir que se extendieran las sombrías nieblas que surgen del Vaticano, para protestar del pasado, «del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, “vaso de inmundicias”, “escorpión de cien cabezas”; “el mayor de todos los demonios”, y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados “santos padres del catolicismo”».

La conciencia feminista que ha ido adquiriendo con el paso de los años le hace ver que no son suficientes las soluciones individuales, que no se trata de luchar contra las cortapisas que a ella le salen al paso por el simple hecho de ser mujer, sino que debe emplear todas sus fuerzas en la lucha contra la discriminación que sufren todas las mujeres. Sus palabras son muy claras al respecto: «por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?». 

De ahí que no debería de resultar extraño que reaccionara como reaccionó cuando a su casa de El Cervigón llegó aquella noticia que daba cuenta la violencia ejercida contra una mujer, una joven estudiante. El Heraldo de Madrid daba cuenta de la agresión sufrida por una universitaria en la madrileña Universidad Central, cuando unos estudiantes que con ella compartían estudios, la rodearon a la salida de clase, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Doña Rosario, ni corta ni perezosa, toma entonces la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Utiliza palabras fuertes como las que siguen: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas…». Aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, desató las iras de los universitarios españoles, que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa. Allí estuvo dos largos años (⇑)

A su regreso a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando, a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del cansancio acumulado por tanta lucha baldía, a pesar de la postración económica en que se encuentra tras los gastos a los que hubo de hacer frente durante su obligada estancia en tierras portuguesas. El exilio no cambió sus ideas al respecto, siguió pensando en plural. Con ese mismo planteamiento colectivo se dirigió en 1916 a las «mujeres proletarias» animándolas a aprovechar el inmenso espacio que, también para las españolas, se estaba abriendo «en medio del fragor de esta horrenda lucha que estremece a Europa». «Todas las almas femeninas han sentido el choque de la nueva edad que se avecina; […] el destino os impulsa, con mano férrea, hacia los más peligrosos sitios de la vanguardia; os saca de la pasividad resignada de nuestros modernos gineceos y os lleva, con ímpetu de ariete, a las actividades febriles del vivir consciente». También se lo hace saber a los hombres. A los integrantes del Centro de Sociedades Obreras de Trubia les manda un recado para sus mujeres: «decidles que estoy con todas ellas, que a todas las deseo emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas, único modo de que sean dignas de figurar en las filas del proletariado». No escatima esfuerzos en apoyo de las mujeres, sus hermanas y compañeras. Tampoco lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista (⇑), gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo. 

El día de su entierro fueron numerosas las mujeres gijonesas que, abandonando su reducto doméstico y haciendo frente a la lluvia que incesantemente caía aquel sábado de mayo, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera, a aquella hermana suya, que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Es posible que algunas de las presentes recordaran estas palabras suyas escritas años atrás:

«Esta hora nuestra es la del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación».

 



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