miércoles, 21 de julio de 2021

240. Un alto en el camino

Como bien saben quienes suelen disfrutar de la montaña, no se trata de caminar por caminar, de ascender y ascender. De vez en cuando conviene hacer una parada. Resulta conveniente no solo para recuperar el aliento, aliviar el reseco gaznate o calmar el apetito con unos frutos secos o con el tan socorrido plátano, sino también –y no menos importante– para disfrutar con mayor sosiego del reconfortante panorama que se despliega ante nosotros; para escuchar, ver y sentir; para mudar la mirada, que con cierta testarudez vuelve a fijarse en el repecho que tenemos por delante, cuando no en la cima a la cual queremos llegar y que tras cada recodo reaparece ante nuestros ojos. Es entonces cuando, si el escenario lo permite, podemos echar la vista atrás; es entonces cuando nos percatamos de lo que ya llevamos recorrido. 

Tras doscientos treinta y nueve comentarios, bien podemos hacer lo propio: una parada, un alto en el camino para recordar de dónde venimos y para poder visualizar sobre el terreno la huella de nuestra ya larga andadura. El once de julio de 2009 echaba a andar este blog con un escrito de agradecimiento a la investigadora María del Carmen Simón Palmer (⇑), cuyos trabajos posibilitaron que la comunidad académica empezara a interesarse por la figura de nuestra protagonista, desconocida para la mayoría. Desde entonces no han faltado los comentarios, entreverados con análisis propios y ajenos, acerca de su vida y obra, en los que se ha dado cuenta de los avances que se han venido produciendo en el proceso de recuperación del testimonio vital que nos ha legado doña Rosario de Acuña y Villanueva. 

Sendero en las montañas de Covadonga (archivo del autor)

Nos hemos alegrado de que su pasión por la razón y por la libertad cobrara vida en el Centro Dramático Nacional, donde en el otoño de 2018 se estrenó la obra Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán, escrita por Asunción Bernárdez. Asimismo, de su incorporación a espacios digitales muy visitados, no solo a la ya casi ineludible Wikipedia (⇑), sino también a otros más especializados como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (donde cuenta con un portal desde febrero de 2013 ⇑), la Biblioteca Nacional (⇑), cuyos responsables la incluyeron en el programa Escritores en la BNE, o el sitio que acoge el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. 

Aunque en este campo aún quedan asuntos por resolver (⇑), lo cierto es que su nombre ha vuelto a tener presencia en el espacio público, en las calles y en los edificios. Hace un par de años su nombre volvió a figurar en el callejero de Tarrasa, poniendo fin a una situación paradójica (⇑). Unos meses antes, fue un edificio madrileño el que recuperó su antigua denominación. Al centro sociocultural sito en la calle María del Carmen número 65, inaugurado el 11 de febrero de 1933 como Grupo Escolar Rosario de Acuña, le fue entonces oficialmente restituido su anterior nombre (⇑). Mayor significación, si cabe, tiene lo sucedido en Pinto, donde otro centro municipal, en este caso de nueva creación, fue inaugurado con el nombre de nuestra protagonista, al ser el suyo el más votado en la consulta popular que se convocó a tal efecto (⇑).

Parece evidente que esta mayor visibilidad lograda en los últimos años no hubiera sido posible sin un mayor conocimiento de su vida y de su obra. A la recuperación de sus dos obras dramáticas más representativas efectuada a finales de los ochenta por Simón Palmer, siguió la publicación de varios estudios biográficos y la edición de las Obras reunidas (2007-2009). A medida que se iba abriendo el camino, a medida que se iba dibujando el sendero en la ladera, mayor era el número de quienes se adentraban por él, mayor el número de quienes se enrolaban en  esta tarea colectiva (⇑). No hay más que acudir a la relación bibliográfica (⇑) que aparece en la página Rosario para comprobarlo: artículos en la prensa diaria y en revistas académicas, especialistas de universidades españolas y extranjeras, nuevos estudios biográficos,  inclusión de obras suyas en diversas antologías, reedición de algunas otras que se habían dado por desaparecidas (⇑)... Con todo y de cara a lo que aún queda por recorrer, quizás lo más gratificante sea el hecho que Rosario de Acuña se haya convertido en materia de estudio para quienes finalizan sus estudios universitarios y que su vida o su obra sean el fundamento de algunos trabajos fin de grado o fin de máster. 

Aunque, ciertamente, cada vez son más las personas que se interesan por nuestra protagonista, aunque cada vez es mayor el número de quienes transitan por el sendero, también lo es que, vuelta la vista al tramo ya recorrido, notamos la ausencia de algunas otras que lo han dejado. El último en abandonarnos ha sido José Bolado, de cuya ausencia nos enteramos hace unas pocas semanas. Nos unía el interés por conocerla mejor, y ella era el tema principal de nuestras conversaciones. Aunque coincidimos en alguna ocasión, casi todas fueron a distancia. Las primeras, allá en el verano de 2006, cuando preparaba las Obras reunidas. Recuerdo que trataron de la estancia de doña Rosario en Santander. Contrastamos nuestras informaciones sobre los escritos publicados en El Cantábrico y hablamos sobre la fecha de su marcha de Cueto. Fue entonces cuando me contó que su familia paterna era originaria de Cantabria y que unos parientes suyos habían rastreado infructuosamente el asunto de la mudanza; yo le conté lo que yo había averiguado al respecto. Cambió de correo, cambiamos de correo, pero el tema era el mismo. El largo proceso de preparación de Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923) Emoción y razón (⇑), el libro colectivo en el que ambos participamos, propició un intercambio epistolar más intenso.

Mi muy estimado José, aunque sin duda notaremos tu ausencia, creo que estarás de acuerdo conmigo en que debemos dar por finalizado este alto en el camino para volver al sendero, con más ganas aún si cabe y con la mirada puesta en lo que todavía nos queda por recorrer.




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martes, 6 de julio de 2021

239. Las campesinas: protagonistas de la regeneración patria

 

Si nos atenemos a los dos elementos principales que estructuran el heterogéneo movimiento ideológico que denominamos regeneracionismo (diagnóstico de decadencia y prescripción de un tratamiento para su restablecimiento), bien podremos concluir que años antes de que el escenario patrio quedara impregnado por la atmósfera de pesimismo colectivo que insuflaba la crisis finisecular, sin esperar  a que el Desastre hiciera aflorar las diferentes propuestas atribuidas al regeneracionismo, ya hubo regeneracionistas en España, ya hubo quienes alertaron del atraso del país, quienes propusieron vías para atajar los males de la patria. Tal es el caso de Rosario de Acuña, de la cual y sin temor a errar en demasía se podría decir que fue regeneracionista durante buena parte de su vida; luego, ya en la vejez y quizás un tanto desalentada, fue abriéndose a remedios más profundos (⇑).

En los inicios de la década de los ochenta, apenas cumplida la treintena, su vida da un brusco giro. Rosario y Rafael abandonan Zaragoza, ciudad en la que la joven pareja se había establecido poco después de su boda, y se instalan en una quinta campestre a las afueras de Pinto, una localidad situada al sur de la provincia de Madrid y que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. Ha pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron resultar tal como se había imaginado. Por lo que sucedió después, por lo que escribió por entonces, bien pudiera pensarse que la imagen que tenía de su querida España –forjada en sus familiares viajes de juventud o escuchando con atención las lecturas paternas de «obras amplísimas y documentadas» que hablaban de glorias pasadas– se estaba resquebrajando. La ensoñada visión de su patria, aprendida a golpe de charlas y lecturas, se tambalea cuando tropieza de lleno con las insanas vanidades que se gastan sus compatriotas, cuando la acaramelada existencia aburguesada en que ha vivido se da de bruces contra la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad que impregnan las ciudades, contra la «asfixia moral y física» en que están sumidas las aglomeraciones urbanas.

La única alternativa que encontró fue la de poner distancia de por medio: abandonarlo todo y recluirse en el campo, al abrigo de la Naturaleza, para llevar allí una vida más auténtica, más acorde con las leyes naturales que los humanos parecían haber olvidado. Con ese objetivo en mente se hace construir una vivienda en las afueras de una pequeña localidad. La llama Villa-Nueva y pretende convertirla en una unidad de producción autosuficiente, con palomar, gallinero y establo para dos caballos fuertes y mansos, compañeros indispensables en sus expediciones por los caminos de la vieja España (⇑), una cuidada huerta, un maizal, variedad de frutales y plantas de todas clases... Ilusionada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida de la importancia que para la regeneración del país representa la vida en el campo, pretende convertir a las mujeres en protagonistas del cambio que plantea:

Si criáis a las generaciones futuras, hoy infantiles, en el amor a la naturaleza, la agricultura sacudirá su marasmo; la pobreza se sumirá, desapareciendo, en el raudal de los trabajos agrícolas; la repoblación de nuestras desiertas campiñas comenzará con brío, y ese manantial vivo e inagotable de riqueza, que es la agricultura, engrandecerá la España del porvenir, matando el caciquismo, destruyendo la empleomanía, equilibrando las pasiones de partido, y alzando al grito del progreso la bandera de la igualdad.

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)

Convencida de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, se muestra decidida a propagar sus ideas; quiere esparcir aquella simiente en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos. Nada mejor para ello que una revista dirigida a mujeres preocupadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de los suyos. En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 se presenta a las lectoras desde una sección que ha dado en llamar En el campo: «He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes...».

Aquella nueva forma de vida, en armonía con el resto de la naturaleza, adaptándose a sus ciclos y sus exigencias;  aquel vivir sin las obligaciones impuestas por la mirada, el pensamiento y los dichos de los otros, sin la máscara exigida por la vanidad, el lujo y la envidia... La vida se torna más natural, más pura, más digna de ser vivida. Está plenamente convencida de que la vida en el campo no solo es más auténtica, sino que también constituye la antesala de la regeneración que España precisa  y por ello no duda en utilizar cuantos medios tiene a su alcance para dar a conocer sus pensamientos al resto de las mujeres, a quienes en sus escritos llama «compañeras mías». A ello se dedica con dedicación y entusiasmo: en ese tiempo, además de su colaboración en El Correo de la Moda, publicará tres extensos trabajos en Gaceta Agrícola, una publicación de amplia difusión que publica el Ministerio de Fomento. En uno de ellos, titulado «La educación agrícola de la mujer» (⇑), avanza algunas de sus propuestas para construir un futuro más prometedor:

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)
En la escuela granja-modelo puede abrirse un curso de botánica, de zoología, de física y mecánica, las cuatro principales ciencias auxiliares de la agricultura, y prácticamente puede enseñarse la cría de animales caseros; en miniatura podría la joven poseer una heredad, llevar las cuentas minuciosas de ingresos y gastos, así como el alza y baja de los rendimientos de su tierra, haciendo un balance comparativo entre diferentes cosechas, y, en una palabra, podría ejecutar todos los trabajos propios del agricultor ilustrado...

Escribe con la mirada larga, rayana en la utopía, pero lo hace convencida de que sus propuestas, por inviables que pudieran parecer entonces, terminarán por imponerse en un futuro, por lejano que este se encuentre. De ahí su insistencia en algunas de ellas, como la «escuela granja-modelo» a la que se refiere en el texto anterior y que años después incluirá también entre las medidas regeneradoras que pretenden poner en marcha Isabel de Morgovejo y Ramón de Monforte, la pareja de protagonistas de El padre Juan (⇑). De ahí que asuma desde el principio que sus reflexiones solo despertarán el interés de algunas de sus compatriotas. De ahí que se dirija a aquellas mujeres que cuenten «con cierta preparación», con espíritu de observación y análisis, y estén abiertas a la posibilidad de mejorar su vida y la de los suyos. Solo ellas pueden ser capaces de emprender el camino de la regeneración, las únicas que pueden construir un hogar campesino iluminado por la luz de la razón, modelo de virtudes que se alce frente a la degeneración que está corroyendo las ciudades. «En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...».

Ciertamente estos textos, que fueron apareciendo de 1882 a 1885 en la sección En el campo, estaban escritos con la mirada larga. Por entonces parece conformarse con haber despertado la curiosidad de sus interlocutoras, a las que les ha mostrado la vida en el campo («que muchas desconocéis») tal y como ella la estaba viviendo en aquel tiempo; parece conformarse con la posibilidad de que algunas de ellas mediten despacio acerca de la importancia que para la regeneración patria representa la mujer en el campo, asumiendo las riendas de un hogar racional regido por su inteligencia. Pero no acaba ahí, su propuesta sigue viva, y volverá a retomarla años después cuando, en otro lugar y en otras circunstancias, se dirija de nuevo a otras mujeres para decirles que ellas son las llamadas, que ellas han de ser las protagonistas, las hacedoras de la sociedad del porvenir, «que uno de los factores esenciales de la regeneración española estriba en elevar el nivel físico, moral e intelectual de las almas femeninas». Lo hace entonces desde una columna titulada Conversaciones femeninas que publica el santanderino diario El Cantábrico a lo largo de 1902. 

Han pasado dos décadas y su vida ha cambiado. Ya no es la joven ilustrada que vive en el oasis pinteño; ya no cuenta con la ayuda que, en calidad de sirvientes, le proporcionaba un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias al capital que en aquel tiempo poseía, podía pagar espléndidamente; ya no realiza largas expediciones a caballo por las tierras de España... Ha entrado en la cincuentena, se ha convertido en viuda recientemente (⇑), vive en Cueto, por entonces una aldea situada a escasos kilómetros del centro de Santander, y se esfuerza en sacar adelante una granja avícola, con cuyos esperados beneficios podrá completar la pensión de viudedad que ha empezado a cobrar por entonces. 

Aunque hay diferencias evidentes entre las dos series de artículos, tanto en el tono como en los puntos desde los que articula su discurso, la tesis sigue siendo la misma, a pesar de los veinte años que los separan: la regeneración de la sociedad debe de iniciarse en el campo, en el contacto con la naturaleza, y la mujer, la mujer campesina, ha de ser la protagonista de ese cambio tan inevitable como necesario. La redención del campo, y por ende de la sociedad española, ha de lograrse por la implantación en el medio rural de hogares cultos, a cuyo frente se halle la mujer campesina, culta e inteligente. Cambia, eso sí, el tono con el que articula su propuesta. Suena ahora menos bucólico, más admisible, más próximo a la realidad, a la suya y a la de algunas mujeres montañesas, coetáneas suyas.  

Su ejemplo parece avalar su propuesta. Debe de ganarse su sustento y lo hace poniendo en práctica buena parte de lo que ha predicado. Convertida en una de esas campesinas que deben protagonizar la regeneración patria, trabaja, estudia y aprende. Diseñó la instalación de su  granja avícola (⇑), la dotó de las últimas novedades mecánicas, compró lotes de las mejores razas ponedoras y se dedicó de lleno, en largas jornadas cada uno de los siete días de la semana, al cuidado de sus patos y gallinas. El concienzudo trabajo no tardó en obtener sus frutos: los productos de su granja no solo contaron con el favor del público sino que obtuvieron un galardón en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902. 

La utopía no parece serlo tanto. Su ejemplo y el de otras mujeres invitan a pensar que, ciertamente, el cambio es posible. De ahí que dedique las últimas entregas de sus Conversaciones femeninas a esbozar el camino para lograrlo: las pequeñas industrias rurales, «una de las fuentes de mayor riqueza de todo país culto y trabajador». Riqueza y cultura en el campo, de la mano de la mujer campesina, que es quien debe liderar el cambio, ella es quien debe poner en marcha esas actividades que supondrán un valor añadido en la vida de los suyos y un impulso para el restablecimiento de la adormecida nación. El abanico es bien amplio, a tenor de la enumeración que realiza, pues, además de la avicultura que bien conoce, se refiere también a la avicultura, a la producción de quesos, la elaboración de mantequilla, la cría del gusano de seda, la preparación de  conservas de frutas y legumbres, la floricultura... Convencida de que es posible, exclama con entusiasmo:

« ¡Volvamos el rostro a los campos de la patria; hagamos en ellos surgir el ideal de la mujer agrícola, culta e inteligente!»

 



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miércoles, 16 de junio de 2021

238. Madrina de guerra

 

Si bien es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, también lo es que una parte de su población tomó partido por alguna de las dos alianzas contendientes, alentada por la disputa que se dirimía en las páginas de los periódicos, los ya conocidos y los que se crearon por entonces con esa finalidad (Los Aliados, Germania...). A pesar de la neutralidad oficial, no era inhabitual que aliadófilos y germanófilos se enzarzaran en discusiones en los cafés, en los tranvías o en las reuniones familiares, alimentados por los argumentos que los intelectuales de una y otra tendencia habían vertido en sus manifiestos: el de los primeros, redactado por Ramón Pérez de Ayala y titulado «Manifiesto de adhesión a las Naciones Aliadas», fue publicado en los primeros días del mes de julio de 1915 en francés y en la prensa francesa (semanas más tarde se reprodujo, ya en español, en las páginas del semanario España); el de los segundos, obra de Jacinto Benavente, apareció a finales de ese mismo año en el periódico maurista La Tribuna con el título «Amistad hispano-germana».

Los posicionamientos de unos y de otros estaban directamente relacionados con los planteamientos políticos que defendían. Para buena parte de los germanófilos la prosperidad alemana se había fundamentado en la tradición, la jerarquía, el orden, la fortaleza, la disciplina o la organización, valores que en su opinión debían de convertirse en un modelo para España. Para muchos aliadófilos Francia (en mayor medida que Inglaterra) representaba el triunfo de la libertad, la secularización y la justicia. También para Rosario de Acuña («...Francia, la patria gloriosa de Víctor Hugo, de Zola, de Severine, de Flammarión... de tantas lumbreras de la ciencia y el arte, será también la que, en futuros días, imponga con sus ejemplos de Justicia y de Amor el imperecedero reinado del Amor y de la Justicia»).

El último domingo del mes de mayo de 1917 se celebra en la plaza de toros de Madrid un mitin de apoyo a los aliados, y allí estaba doña Rosario. Cuando Roberto Castrovido ocupa la tribuna  así se lo hace saber a los presentes, que responden con una gran ovación en el momento en el que el orador le envía el saludo «de esta representación espiritualista, aliadófila en el exterior y revolucionaria en el interior de España». La edad tampoco fue en esta ocasión inconveniente suficiente para que dos días antes tomara el tren correo que la trasladó desde Gijón hasta Madrid, la ciudad en la que había nacido sesenta y seis años antes. Allí estaba y, tal y como contó más tarde, el viaje mereció la pena: «Por un momento, mientras las ráfagas del huracán rodaron entre la muchedumbre, España perteneció a Europa; sobre ella soplaba la renovación, la liberación, la expiación, la dignificación, el engrandecimiento…». Europa representaba el más eficaz revulsivo para aquella España lastrada por la incultura y la superstición. Y Francia, donde ella había pasado algunas temporadas (⇑), constituía un buen modelo a seguir. En aquella contienda que sacudía los cimientos de Europa, su opción estaba clara. Lo había dejado patente y por escrito un año antes del mitin, en una carta pública que dirige a la misión francesa que visita la tierra asturiana en el mes de mayo de 1916: « Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…¡Viva Francia!».

Soldados en las trincheras (fotografía de Argus publicada en el nº 51 de La Guerra Ilustrada)

Compatriotas hubo que pasaron de las palabras a los hechos y se enrolaron como voluntarios en la Legión Extranjera Francesa. En su apoyo surgieron diversas iniciativas. Tal es el caso de la que proyecta un grupo de escritores y artistas a finales del dieciséis: organizar una exposición de dibujos y destinar sus beneficios íntegros al envío de un regalo navideño a los legionarios españoles. La revista España no solo hizo suya la iniciativa sino que decidió complementarla abriendo una suscripción popular. Rosario de Acuña no colaboró con dinero, envió una carta (en la cual ofrecía amistad y madrinazgo a su desconocido destinatario, «catalán o aragonés, andaluz o gallego, castellano o extremeño; joven, casi niño, o mozo casi anciano») y un paquete con «unas golosinas», para endulzar el recuerdo de las nochebuenas pasadas (una botella de jerez, una libra de chocolate, una cajita de turrón, unos cuantos cigarros, unos calcetines de lana y un libro de Galdós). 

La redacción del semanario España hizo llegar el paquete a Agustín Heredia, uno de los suyos, un colaborador del periódico que apenas declarada la guerra se enroló como voluntario en la Legión Francesa, participando en «ataques de importancia» en Artois, la Somme o Champaña, herido dos veces y condecorado con la Cruz de guerra por su heroísmo. A primeros de marzo de 1917, tras varios meses de silencio, envía una carta a la redacción confirmando que ha recibido el paquete. Un mes más tarde aparece publicado un nuevo escrito suyo, lleva por título «Los buenos artistas» y está dedicado a doña Rosario de Acuña, su madrina. Por ella sabemos que el soldado aceptó ser su ahijado: «de las trincheras vino a mí una conmovedora respuesta de un joven español, don Agustín Heredia, voluntario de la guerra, el cual aceptaba gustoso mi madrinazgo. Con él estoy en correspondencia; es un joven de ilustre familia malagueña, cultísimo, simpático (tengo su retrato)...».

La guerra sigue, las batallas se suceden. Las tierras de la Lorena, de Flandes Occidental, de Cambrai, de la Picardía se pueblan de decenas de miles de muertos. La desaparición del frente oriental tras la retirada de Rusia, permite a los alemanes desplegar más divisiones en el oeste. El frente occidental se convierte en el escenario decisivo tras la entrada en el conflicto de Estados Unidos, en abril del diecisiete. Agustín Heredia continúa su lucha en aquella interminable guerra de trincheras, empuñando su fusil. Su madrina prosigue la suya en la retaguardia, utilizando la pluma, la palabra. 

A pesar de que ya llevaba más de tres décadas luchando contra el clericalismo reinante, contra el oscurantismo y la superstición, en pro de la libertad de conciencia, de la emancipación de la mujer («Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada»), en defensa de los más necesitados; a pesar de las calamidades que ha padecido en estos años, de los insultos, las persecuciones, las denuncias, del forzoso exilio; a pesar de todo ello, tal parece que en sus ojos vuelve a anidar la esperanza: además de dolor y muerte, aquella guerra puede ser la antesala de un provenir más alto, puro y limpio («Esta guerra es la postrera convulsión de la animalidad [...] es la convulsión postrera de una Humanidad que deja su cáscara de gusano para que le nazcan alas de mariposa»). De ahí que por entonces redoblara su presencia en las tribunas de papel, arengando a los obreros, apoyando a las mujeres, entonando cantos a la libertad. Aquella redoblada actividad no pasó desapercibida para las autoridades gubernativas quienes, en el verano del diecisiete, en plena huelga general, ordenaron el registro de su casa en busca de proclamas revolucionarias. 

Mientras tanto las crónicas van situando en mapas de la vieja Europa los escenarios de la tragedia (Passchendaele, Caporetto, Cambrai...); mientras tanto los voluntarios españoles siguen combatiendo por la Libertad y la Justicia. Agustín Heredia lo llevaba haciendo desde hacía muchos meses, casi desde los inicios de aquella guerra, y lo siguió haciendo hasta el verano de 1918. El 22 de agosto el semanario España dio cuenta de la luctuosa noticia: su compañero, soldado voluntario español enrolado en la Legión Extranjera, había muerto en el sector de Amiens a los treinta y cinco años de edad. 

A centenares de kilómetros de allí, en una casa edificada en el litoral gijonés, Rosario de Acuña llevaba tiempo penando por aquellos jóvenes españoles que luchaban por un futuro mejor para su patria. La soledad de la noche sabía de su pesar: «se suspende mi sueño muchas noches en una congoja de angustia, pensando en vosotros, y va mi imaginación ahí, a ese cataclismo que os envuelve». El cataclismo se llevó por delante centenares de miles de vidas, también la de muchos de los españoles que se habían alistado como voluntarios en la Legión Francesa; también la de Agustín Heredia, su ahijado de guerra. La noticia llegó a la casa de El Cervigón y el temor se hizo carne. Doña Rosario utilizó su pluma para aliviar el duelo y le dedicó un soneto titulado «A los legionarios españoles en la guerra europea». Iba precedido de la siguiente dedicatoria:

«Agustín Heredia, soldado de esta legión, mi ahijado de guerra, muerto en campaña: ¡duerme en gloriosa paz tu descanso, y que no retorne tu espíritu, si ha de volver, hasta que la Patria sea digna de ti, que supiste morir en su honor!»

 



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lunes, 31 de mayo de 2021

237. Un director de escena en el testamento

 

No parece aventurado pensar que el fallecimiento de su madre, ocurrido en el mes de junio de 1905, tuvo bastante que ver con los cambios que experimentó su vida en los meses siguientes. De nuevo hubo de mirar a la muerte bien de cerca, cara a cara. De nuevo decidió replantearse la vida. Una vez más. Quizás las decisiones que tomó por entonces no tuvieran la trascendencia que aquellas otras que adoptó tras la de su padre (ruptura de su matrimonio, adhesión al librepensamiento, ingreso en la masonería...), pero no fueron en absoluto intrascendentes.

Tal y como había dispuesto (⇑), Dolores Villanueva y Elices fue enterrada en el cementerio civil de Santander. Su hija también quiere que sus restos descansen allí, al lado de los de su madre, y no tarda en  comprar un terreno colindante. Poco tiempo después decide desmantelar la granja avícola, a la cual se había dedicado con ahínco y constancia, y se dedica a recorrer las tierras cántabras: en el verano de 1906 pasa una temporada en Suances, luego en los alrededores de Santillana del Mar, a finales de septiembre se encuentra en Reinosa, desde donde se trasladará a Soto de Campoo para iniciar desde allí una expedición a pie que tiene por destino las tierras de Asturias, lugar al que, no tardando, volverá para hacerse construir una casa sobre uno de los acantilados situados en el litoral gijonés.

Antes, en febrero de 1907, redacta su testamento. En el texto, escrito de su puño y letra y por triplicado, designa dos ejecutores testamentarios, de edad muy similar. El uno es Carlos Lamo Jiménez (o Giménez, como ella escribe), la persona que vivió a su lado las últimas décadas de su vida y a quien le suelen otorgar el papel de «joven amante» o  «compañero sentimental» de nuestra protagonista, por más que en mi opinión (tal y como he argumentado en un texto anterior ⇑) la suya no parece haber sido una relación entre iguales. El otro es Luis París y Zejín, el protagonista de este comentario.

Luis París Zejín en una fotografía publicada en 1933

Era hijo de Luis París y Arriola, maestro sastre del Teatro Real e integrante del círculo de amistades de Felipe de Acuña y Dolores Villanueva, a quienes solía visitar con cierta frecuencia. Rosario lo conocía desde niño, de haberlo visto una y otra vez en la casa familiar acompañando a su padre; lo había visto crecer («ya mostraba los bosquejos de un carácter bien definido»); y, cuando Luis alcanzó la edad adulta, mantuvo con él una relación de amistad que se mantuvo en el tiempo, como bien prueban diversos testimonios escritos. 

Los primeros son de su época de universitario. Rosario parece preocupada por sus estudios y Luis, en una carta que le remite en septiembre de 1883, se muestra tajante: «que ni he dejado, ni pienso dejar mi carrera de médico, que espero terminar en junio de 1884 (grado de licenciado)». No fue como él pensaba; no acabó en la fecha que había escrito, y al principio del curso siguiente, aún como estudiante de Medicina, se convierte en uno de los líderes de las protestas estudiantiles (conocidas como «los sucesos de la Santa Isabel») que tuvieron como origen la campaña desatada contra el catedrático Miguel Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso herético en el acto oficial de inauguración del curso. A mediados de noviembre la situación no tiene visos de calmarse, antes al contrario: protestas en la calle en defensa de la libertad de cátedra, presencia de fuerzas policiales en la universidad, negativa de los alumnos a entrar en clase... En los comunicados que por entonces hace públicos la comisión de universitarios, el nombre de Luis París y Zejín es el que suele encabezar la lista. También en el que da a conocer el apoyo recibido por parte de Rosario de Acuña (⇑), que se compromete a pagar la matrícula de aquel alumno «más adelantado en la carrera y con mejores notas» que perdiera la de honor como consecuencia de una sanción por negarse a entrar en clase en defensa «de la ultrajada libertad de cátedra».

No será ésta la única ocasión en la que coincidirán por entonces. Probablemente lo hicieron en la comida (⇑) que, pocos días después, nuestra protagonista ofreció a una comisión de estudiantes y a destacados librepensadores en el madrileño Café de Fornos. Lo volverán a hacer en el homenaje a Giordano Bruno: un proyecto que se pondrá en marcha por iniciativa de los universitarios romanos, que quieren hacer del mártir napolitano el emblema del librepensamiento, de quienes luchan por la libertad de conciencia. Luis París preside la comisión que se constituye al efecto y que invita a los estudiantes de toda España a participar en un acto artístico-literario con el envío de escritos para contribuir «a la gran manifestación europea en favor de la libertad de pensar» (⇑). Rosario de Acuña, que apenas unas semanas antes ha hecho pública su adhesión a la causa del librepensamiento, también toma parte en aquella iniciativa: no sólo es la única mujer que participa en el número extraordinario en honor a Giordano Bruno que publica el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento, sino que también envía un texto a Luis, titulado «Lo indescifrable», quizás para que fuera leído en la celebración que la comisión por él presidida había programado. Unas semanas después escribe una elogiosa crítica de Fray Giordano Bruno y su tiempo, el escrito de su amigo convertido en libro y  que se publicó por entonces:

El 17 del pasado febrero se celebraba en Roma una fiesta, en honor de uno los más grandes mártires de la libertad. Buscando, en España, el eco de aquel concurso en que las eminencias de Italia se habían congregado para rendir culto a la memoria del ilustre Nolano, abrí el libro de mi amigo París, bien ajena, por cierto, de que su lectura había de obligarme a hacer un ligero estudio de esta obra…

Cierto es que a Luis le interesan los estudios de Medicina y que, como le escribe a su amiga en septiembre de 1883, tiene previsto pasar un año en Francia y otro en Alemania para «completar todo el programa científico de mi carrera». Pero no es menos cierto que su campo de intereses es bien amplio y no se limita al ámbito de la ciencia médica. Así es que, además de traducir manuales de patología o de clínica quirúrgica, escribe sobre lo que le rodea, también sobre teatro. El seis de diciembre del año ochenta y ocho se convierte en crítico teatral de El Motín, con un texto un tanto demoledor acerca del estreno en el teatro Español de Madrid de la zarzuela titulada Pedro el bastardo. Unas semanas después, en las páginas de ese mismo períódico satírico que dirige José Nakens, se anuncia la puesta a la venta de Gente Nueva (⇑), de la que es autor Luis París, «encargado desde hace quince días de juzgar las obras literarias y teatrales». En esa obra se analizan «las personalidades y los trabajos» de varios integrantes de un grupo que tenía como nexo la disidencia, la oposición a las ideas dominantes, a la intransigencia y el reaccionarismo. Solo había una mujer: Rosario de Acuña, su amiga.

Fragmento de un texto suyo publicado en 1902

Licenciado en Medicina, que no médico, la prensa y el teatro compartirán sus ocupaciones y desvelos. Además de las ya mencionadas críticas teatrales que realiza para El Motín, colabora en diversas publicaciones periódicas (El Liberal, La Nación, El Cascabel, El Resumen...) y en 1895 se integra en la redacción de La Correspondencia Militar para dirigir el suplemento semanal ilustrado Militares y Paisanos, donde el mundo de la escena tendrá un lugar destacado.

Los escenarios son, sin duda, su gran pasión y a ellos se dedicará con mayor intensidad a poco de adentrarse en la treintena. En 1895 se convierte en director del teatro Moderno de la Alhambra. Un año después, la nueva empresa arrendataria del Teatro Real pone en sus manos toda la organización y funcionamiento, al nombrarlo su representante legal, secretario general de la empresa y encomendarle la dirección de escena. En el noventa y ocho será él quien se subroga el contrato de arrendamiento, convirtiéndose también en empresario teatral. Cuatro años después, las pérdidas que había acumulado le hicieron desistir, lo cual es fácilmente entendible con sólo echar un vistazo al balance de la temporada que realiza en 1901: los ingresos (729 900 pesetas) sólo cubren el 69´44 por ciento de los gastos (1 050 954 pesetas).

Luis París fue ante todo director de escena, uno de los primeros que hubo en España, y es opinión generalizada que desarrolló su actividad con gran brillantez, de manera especial en las representaciones de las óperas de Richard Wagner, varias traducidas por él mismo. Apasionado wagneriano, no escatima recursos en la preparación de sus obras, costosas y complejas, cuidando de todos los detalles, desde la posición de los coros en el escenario hasta la iluminación, el atrezo o el vestuario, con una especial atención a la maquinaria empleada, utilizando croquis muy detallados y precisos. Al parecer, sus cuidadas puestas en escena contribuyeron a alimentar la creciente pasión que empezaba a despertar en España  la obra de Wagner, de la que son buena muestra las asociaciones wagnerianas que se constituyen por entonces (la de Barcelona se creó en 1901; la de Madrid, diez años más tarde) y los influjos que de la misma se constatan en la pintura o la literatura.

Fragmento de la crónica del homenaje tributado

Como reconocimiento a su trabajo, en 1909, al final de una temporada en la cual se representaron en el Real varias óperas de Wagner y que concluyó con el exitoso estreno de El ocaso de los dioses, se le tributó un homenaje. Al banquete, que tuvo lugar en el madrileño Café Fornos, asistieron distinguidos representantes de la ilustración capitalina. A los postres se dio cuenta de las adhesiones recibidas, entre las que figuraban las de otros ilustres firmantes que no acudieron al encuentro. Entre los nombres de unos y otros, comensales y adheridos, tan solo figura el de una mujer: su amiga Rosario de Acuña, que le envió una cariñosa carta (⇑) y un bastón como regalo, seguramente sabedora de que se había fracturado una pierna meses atrás. 

«Sigue trayéndonos el arte a trazos grandes, sublimes, heroicos, y ya que gracias a ti, los españoles hemos vislumbrado el ritmo de la armonía universal, cuyo facsímil son las obras de Wagner»: le escribía su amiga, y él le hizo caso. Siguió al frente de la dirección escénica del Real hasta que en 1925 el edificio fue cerrado por problemas estructurales;  luego pasó a realizar la misma función en el recién creado Teatro Lírico Nacional, con sede en el de Zarzuela y de cuya dirección colegiada pasó a formar parte. Tiempo atrás se había convertido en el primer director del Museo Museo-Archivo del Teatro Real creado a propuesta suya en 1919 para conservar e inventariar el material artístico que generaban las producciones del teatro. 

En 1934, cuando contaba con setenta y un años de edad, es nombrado delegado del Gobierno en el Teatro de la Ópera, cargo que compatibiliza con la dirección del Museo. Dos años más tarde, todo se acaba: presenta la dimisión de todos sus cargos y, poco después, «resultando que, a pesar de haberse hecho las gestiones necesarias al efecto, el interesado no ha remitido con la debida anticipación los documentos originales de sus respectivos cargos», se le declara jubilado con fecha 31 de mayo de 1936. No lo será por mucho tiempo.

De mis alhajas que elija una para él y otra para su hija D. Luis París y Zejín [...] encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso, recomendándole que para la colección y publicación se atenga al orden de las fechas, con la cual podrá seguirse la evolución de mis pensamientos.

Desconozco si, de acuerdo con la voluntad expresada por  Rosario de Acuña en su testamento, don Luis París y Zejín eligió, para sí y para su hija, algunas de las piezas de su joyero, lo que sí sabemos es que a su muerte no fueron publicadas sus obras, tal y como era su deseo. Lo que sí sabemos es que quien se empeñó en lograrlo fue Regina Lamo Jiménez (⇑), y que a ella se debe tanto la reedición de El padre Juan como la publicación de Rosario de Acuña en la escuela, el cual y si hacemos caso del subtítulo ("Cuentos y versos" "Tomo I") parecía estar destinado a ser la primera entrega del encargo de la autora. Ni Carlos Lamo Jiménez, ni Luis París y Zejín; ni el buen discípulo, ni el afamado director de escena...

 



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lunes, 10 de mayo de 2021

236. El centenario de su muerte, a dos años vista


El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de la muerte de Rosario de Acuña. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable. Así es que, con antelación suficiente, en un escrito titulado «Cuatro años por delante» (⇑) y publicado en la prensa regional a principios del mes de julio de 2019, me atreví a recordar públicamente, y de manera especial a las dieciséis concejalas y once concejales que integraban la nueva corporación municipal gijonesa constituida por entonces, que al final de su recién estrenado mandato se cumpliría el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (Archivo del autor) 

Según pude saber más tarde, aquel escrito no cayó en saco roto, lo cual contribuía a apuntalar la impresión de que las cosas estaban cambiando en la Plaza Mayor, al menos en lo que respecta al asunto que nos atañe. En efecto, tras una etapa en la cual la figura de Rosario de Acuña había caído en el apacible letargo de la desmemoria concejil, los síntomas apuntaban a un deseable cambio de tendencia, que parecía confirmarse poco tiempo después... (Para seguir leyendo este comentario, pulsa aquí (⇑). El enlace te llevará a la edición de La Voz de Asturias donde fue publicado el 9 de mayo de 2021). 

 



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lunes, 26 de abril de 2021

235. El retorno del cesante jubilado


El cesante. Ilustración incluida en Los españoles pintados por sí mismos (1851)

Por más que aún haya quien le siga otorgando el título de condesa (⇑), el caso es que su padre ingresa con diecinueve años de edad en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas como escribiente de la clase de terceros, con un sueldo anual de cinco mil reales. El joven Felipe de Acuña Solís había abandonado su Jaén natal cuatro años antes para realizar estudios de Leyes en Madrid, quedando al cuidado de un tío suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tras estudiar tres cursos en un colegio preparatorio, en 1846 obtiene el grado de bachiller en Filosofía e ingresa en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, al menos no me consta que lo hiciera. Y no es de extrañar, pues a finales de 1847, al poco de haber iniciado los estudios, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar su recién estrenada vida de universitario: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices y, como queda escrito más arriba, algunas semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el ministerio. El sueldo no es muy alto, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, gracias a sus contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. Tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá Rosario.

Unos meses después del feliz acontecimiento, en enero de 1852, el joven padre asciende en el escalafón, pasando a ser escribiente octavo de la clase de segundos del ya denominado Ministerio de Fomento, lo que supone un aumento del veinte por ciento en su sueldo, que alcanza los seis mil reales anuales. Al año siguiente se convierte en auxiliar, categoría que desempeñará durante doce años con varios ascensos de clase y con los aumentos de remuneración pertinentes, de manera tal que en el verano 1861, el funcionario Acuña ocupa el puesto de auxiliar noveno de la clase de quintos con un salario anual de doce mil reales. 

Aunque por los datos anteriores bien podemos constatar que durante este periodo, los diez años que han transcurrido desde el nacimiento de Rosario, los ingresos que entran en casa por el sueldo ministerial han aumentado sensiblemente, quizás resulte conveniente establecer un punto de comparación que nos permita hacernos una idea más ajustada de lo que ese dinero podría suponer en aquel momento. Comparemos, pues, con otras remuneraciones conocidas, las que por entonces perciben maestros y catedráticos. Según establece el Real Decreto de septiembre de 1847 por el que se reorganiza la instrucción primaria, el sueldo mínimo de los maestros se sitúa entre los dos mil reales anuales (en los pueblos de menos de cuatrocientos vecinos) y los cinco mil (en las localidades de más de cuatro mil). Dos años antes, otro real decreto había hecho lo propio con el de los profesores de enseñanza secundaria y superior: «El sueldo de los catedráticos de instituto de la enseñanza elemental no bajará de 6 000 reales ni excederá de 10 000, según la asignatura que desempeñen y la población en que se halle el establecimiento. En Madrid podrá subir hasta 12 000 reales». Por tanto, el nivel de vida atribuible a la familia formada por Felipe de Acuña, Dolores Villanueva y su hija Rosario sería el equivalente a la de un catedrático de los institutos madrileños Cardenal Cisneros o San Isidro.  

Dibujo de la Torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886La situación mejorará en la década de los sesenta. En 1864 el padre de familia tiene un nuevo destino en el ministerio, pasando a ocuparse de los ferrocarriles, primero como inspector (1864) y más tarde como inspector jefe (1868), con un haber anual que alcanzará los 24 000 reales (que por entonces se convierten oficialmente en 6 000 pesetas). Además, todo indica que el patrimonio familiar se habría incrementado durante este tiempo con los bienes de su tío abuelo Cristóbal Solís Abellán, propietario de hectáreas de tierra y ganados en la jiennense localidad de Alcaudete, que había dejado en herencia a Felipe y a sus hermanos. De la bonanza de estos tiempos pueden dar testimonio los viajes que por entonces realizaba la familia con cierta frecuencia. A los que desde su niñez llevaban a Rosario a pasar temporadas en la campiña jiennense para mitigar sus dolencias oculares, se sumaban ahora los que realizaba a otros puntos de la geografía nacional (⇑) o del extranjero (⇑), y de los cuales nos ha dejado constancia escrita.  

Los del Sexenio serán años que llevarán cierta agitación a su hoja de servicios, como consecuencia de sus afinidades políticas. Un decreto de octubre de 1869 le concede los «honores y consideración de Jefe de Administración civil» (incluyendo el tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»). La disposición está firmada por Francisco Serrano, regente del Reino y uno de sus compañeros habituales en las cacerías por las serranías de Jaén (⇑). Durante la regencia del duque de la Torre, además de esta distinción honorífica, Felipe de Acuña se convierte en delegado del Gobierno en la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB). Tras el ascenso, llegará la primera de las cesantías en el mes de junio del setenta y dos, situación que mantendrá hasta que Serrano se convierte, tras el golpe de Estado de Pavía, en presidente del Poder Ejecutivo de la República. Tan solo uno días después de este suceso, Felipe de Acuña recupera su puesto de jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros. No tardando, en el verano de ese mismo año, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, en calidad de tal, vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia. Si su amistad con Serrano y Sagasta (a quien públicamente ofreció «sus sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto») parecen ser la razón de tales nombramientos, su afinidad con el Partido Constitucional que aquellos lideran debió ser la razón por la cual, a los pocos días de que Antonio Cánovas tuviera el control de la Gaceta de Madrid, en las páginas del periódico oficial aparece una resolución del Ministerio-Regencia del Reino fechada el cinco de enero de 1875 por la que se le declara cesante. En esta situación permanecerá hasta que tres años después las autoridades ministeriales tienen a bien concederle la jubilación que había solicitado. 

A pesar de que el real decreto sustente la aprobación del expediente promovido por Felipe de Acuña en su «notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado», ninguna referencia de las que dispongo me da pie para suponer que esa imposibilidad (notoria) hubiera obligado al padre de nuestra protagonista a reducir de forma significativa su actividad, ni en los años anteriores, cuando figuraba en la lista de los cesantes, ni ahora que, con cuarenta y nueve años de edad, pasa a integrar la de los jubilados. Antes al contrario. Quizás sea la década de los setenta uno de los periodos más fecundos de su biografía. No conviene olvidar que en este tiempo, además de las labores profesionales anteriormente mencionadas (inspector de ferrocarriles, delegado del Gobierno, Consejo Superior de Agricultura...), se dedica a impulsar de forma activa e intensa (⇑) la prometedora carrera de su hija como poeta y dramaturga, abriéndole las puertas de las redacciones de la prensa amiga o requiriendo el apoyo y consejo de algunos escritores veteranos. Tras el éxito de Rienzi, la actividad que desarrolla en apoyo de su hija no decaerá, dedicándose con entusiasmo a tareas de promoción de la obra y a la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. Y así seguirá durante algún tiempo (⇑), por más que Rosario se haya casado en el verano de 1876 y, poco después, se haya instalado en Zaragoza. Tampoco disminuirá su actividad cinegética: si noticias tenemos de su participación en cacerías con anterioridad al mes de mayo de 1878, momento en el que se convierte oficialmente en jubilado, noticias también tenemos de algunas otras en las que participa con posterioridad a esa fecha, acompañando al duque de la Torre. 

En el mes de febrero del año ochenta y uno las páginas de la Gaceta abrirán un nuevo capítulo en su vida: el día 10 se hace público el nombramiento del gaditano José Luis Albareda como ministro de Fomento del Gobierno presidido por Práxedes Mateo Sagasta; el miércoles 16 el nuevo titular del ministerio convierte a Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros (⇑) en director general de Agricultura, Industria y Comercio; al día siguiente, el periódico oficial inserta un real decreto firmado por el señor Albareda por el cual se nombra jefe de Administración de cuarta clase, oficial de la de terceros del Ministerio de Fomento a don Felipe de Acuña y Solís. Treinta y tres meses después de que le fuera concedida la jubilación en razón de su notoria imposibilidad física para continuar en el servicio activo, el primo del director general no solo recupera el puesto del que estaba cesante en el momento de su jubilación, sino que se convierte en director de Agricultura y, en calidad de tal, pasa a ser el secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio, así como  miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas. Actos oficiales, viajes familiares, 

Fuera por el reconfortante apoyo familiar, fuera por los positivos efectos de las aguas del balneario de Panticosa que visita en estos años, lo cierto es que el cesante jubilado parece haberse recuperado de sus pasados males, a tenor de la intensa actividad que desarrolla por entonces: preside el Congreso de Agricultores y Ganaderos que se celebra en Madrid; visita Baeza en compañía del duque de la Torre para asistir a la feria local y al programa de carreras de caballos que organiza la Sociedad Hípica que preside su hermano Cristóbal; participa en los actos de inauguración de la Estación Enológica de Sagunto; en los que dan inicio a la feria ganadera que, gracias a los desvelos de su nueva vecina y a las gestiones de su padre, se celebra por primera vez en Pinto (⇑); o en los que tienen lugar en Ciudad Real con motivo de la feria vitícola. Actos oficiales, viajes familiares, alguna que otra cacería... Nada que ver con lo que se espera de una persona que ha sido jubilada por una notoria imposibilidad física.

Nada hacía pensar, ciertamente, que en el mes de enero de 1883, dos años después de su retorno al servicio activo del Estado y cuando estaba próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, una pulmonía acabara con su vida de manera fulminante. En la tarde del último domingo del mes, unos setenta carruajes precedidos por los porteros del Ministerio de Fomento, los guardas de la Moncloa y los alumnos peritos agrícolas de dicha escuela, acompañaron el coche fúnebre que trasladó sus restos mortales al cementerio de la Sacramental de San Justo. A tenor de la relación de integrantes de aquella comitiva, en la cual, además del ministro del ramo y el duque de la Torre, figuraban personalidades de apellidos bien conocidos en la vida social madrileña del momento, bien pudiera suponerse que el finado, otrora cesante y jubilado, había logrado escalar posiciones en el entramado social y situar a los suyos en una posición desahogada. Pues, no. Al menos, en lo que a la pensión de viudedad de su mujer respecta. Aunque sea tema para tratar en un nuevo comentario, bien se puede avanzar aquí que a su viuda le asignaron una pensión de mil doscientas cincuenta pesetas anuales (1250), las que le correspondían por los veinticinco años, siete meses y dieciocho días de servicios al Estado «abonables», y de nada le sirvieron los años de papeleo, ni las solicitudes que presentó ni los recursos que interpuso, para conseguir una pensión adicional del Montepío del Ministerio. La realidad administrativa insistía machaconamente en el mismo punto: su difunto marido «no pudo adquirir nuevos derechos después de la jubilación». Los casi dos años que Felipe de Acuña y Solís ocupó tan relevante papel en el Ministerio de Fomento no sirvieron para que le añadieran ni una sola peseta a la pensión que se le asignó a su viuda.




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