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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009) y de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

viernes, 22 de marzo de 2019

186. La escopeta nacional



Felipe de Acuña Solís nació en Arjonilla (Jaén) el catorce de marzo de 1828, convirtiéndose en el  segundo hijo del matrimonio formado por María del Rosario Solís Reinoso (Doña Mencía, Córdoba, 15-11-1804) y Felipe Neri de Acuña Cuadros (Baeza, Jaén, 26-5-1790). Su padre era el segundogénito de Juan Plácido de Acuña, IX Señor de la Torre de Valenzuela y de la Casa Solar de Largacha, razón por la cual será Pedro, su hermano mayor, quien herede la dignidad señorial y el patrimonio familiar.

El camino que se abre ante el joven Felipe es el mismo que han seguido anteriormente otros miembros de su familia: los estudios de Leyes. Con este fin se traslada a Madrid cuando tan solo contaba quince años de edad, quedando al cuidado de un pariente suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tres cursos en un colegio preparatorio le permiten obtener en 1846 el grado de bachiller en Filosofía y el posterior ingreso en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, y no es de extrañar pues a finales de 1847, al poco de haberlos iniciado, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar la recién estrenada vida de estudiante: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices; semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas. Los cinco mil reales que cobra de sueldo anual parecen escasos para sus expectativas, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, dados los contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. No le vendrá nada mal pues tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá su hija, a la que pondrán de nombre Rosario, dando continuidad a una tradición muy extendida en la familia paterna.

Asciende en el escalafón entre los escribientes, pasando luego a hacer lo propio entre los auxiliares, convirtiéndose en 1864 en inspector de ferrocarriles, con un sueldo de dieciséis mil reales. A la vista de los resultados, pudiera decirse que ha aprovechado el tiempo, pues no solo ha multiplicado por más de tres sus ingresos, sino que también desarrolla una intensa actividad social, cultivando un creciente círculo de amistades, lo cual le habrá de deparar alguna que otra satisfacción en el futuro, tanto en lo que se refiere a la proyección literaria de su hija, como a su promoción personal. Se desenvuelve bien tanto en el entorno cultural como en el político, a veces interconectados, moviéndose con soltura por los despachos gubernativos intentando obtener beneficios para los ayuntamientos de su provincia natal (logra que el instituto de Baeza sea declarado oficial); apela a su «distinguido amigo y respetable general» Fernando Fernández de Córdoba, marqués de Mendigorría, a la hora de pedir un favor para el director de escena del madrileño teatro Rossini o solicita a escritores y críticos la opinión que les merecen los primeros escritos de su hija, tal y como se ha contado en el comentario 184. De la tutela del padre a la tutela del esposo (⇑).

Con todo, serán sus habilidades cinegéticasticas las que le permitirán acceder a los círculos de poder. Las primeras noticias acerca de su participación en cacerías del más alto nivel, datan de 1869. En diciembre de aquel año, Juan Prim Prats –más conocido como general Prim y por entonces presidente del Consejo de Ministros–  tiene a bien invitarle a una partida de caza que tendrá por escenario la finca de su propiedad ubicada en los montes de Toledo. Tres son las cartas que le envía para informarle de los pormenores de la misma, acerca del equipaje o de los caballos que aguardan en la capital toledana tanto a Felipe como al resto de participantes, entre los que se encuentran el general Milans, el marqués de Ahumada o el barón de Benifaya.

No tenemos noticia de que participara en otras cacerías con Prim (quizás no hubo tiempo para ello pues el general falleció un año después como consecuencia de las heridas sufridas en un atentado), pero sí nos consta que lo hizo al lado de otros ilustres personajes de la política española. Tal es caso de Francisco Serrano o Práxedes Mateo Sagasta, quienes también fueron presidentes del Consejo de Ministros. El general Serrano contaba en Jaén con diversas propiedades rústicas y urbanas entre las que destacaba el Coto del Socor, una finca de más de tres mil hectáreas donde tenían lugar afamadas monterías en las cuales solían participar personas con relevancia en la política, la cultura o la economía. Así, por ejemplo, en la que tuvo lugar en diciembre de 1871 participaron, entre otros,  los marqueses de Caracena y de Ahumada, los condes de Monte Real y de la Quintería, el duque de Hornachuelos o José Luis Albareda, político y periodista, fundador de la Revista de España. También Felipe de Acuña, sus hermanos Antonio y Cristóbal, y su primo Pedro Manuel, los cuales, como se ha contado en un comentario anterior (⇑), eran habituales en las cacerías que el duque de la Torre organizaba en el Socor. Felipe parece que se prodigaba más, pues le acompañaba a otras más que tenían por escenarios distintos lugares de la geografía patria. Así, por ejemplo, en el verano de 1876 (tras el éxito de Rienzi y la boda de su hija ⇑) viaja hasta Reinosa en compañía de Serrano y de Sagasta para participar en unas cacerías por los montes cántabros.

Es de suponer que no solo se hablaría de batidas, perros y escopetas. Las largas horas de convivencia dan para mucho más, para comentar de política y de negocios, también de libros y escritores, de palcos y proscenios, habida cuenta de entre los presentes no faltaba quien solía escribir de estos asuntos en las páginas de periódicos y revistas, por no hablar de la presencia de destacadas figuras de los escenarios, como el afamado tenor italiano Enrico Tamberlick (⇑). Cuando así sucedía, cuando las conversaciones derivaban hacia el teatro o la poesía, Felipe de Acuña no debía de desaprovechar la ocasión para hablar de su hija. Y no es suposición vana, pues contamos con algún testimonio, contado por alguno de los integrantes de aquellas monterías, que así lo prueba:

«Aquella noche se leyó en la Avecedilla el drama Rienzi, de la señorita Rosario [de] Acuña de Laiglesia, hija de don Felipe; y seguro es que si gran éxito alcanzó la obra en el teatro del Circo, no le fue a la zaga el que obtuvo en los montes de Toledo, donde escopetas blancas y negras aplaudieron a porfía con frenético entusiasmo, haciendo repetir algunas de aquellas bellísimas escenas...».

En 1874 es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura, también vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia; en 1882 fue nombrado secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio (dependiente del ministerio de Fomento al frente del cual se encontraba José Luis Albareda), miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas... No terminó los estudios de Leyes, ingresó en el ministerio como escribiente... pero Felipe de Acuña Solís no desaprovecha las oportunidades que sus amistades le deparan: se mueve con soltura por los despachos ministeriales, también por palcos y bambalinas, y, al parecer,  no se le da nada mal el manejo de la escopeta.

domingo, 10 de marzo de 2019

185. Siete miradas a una vida de mujer apasionante



Cuando Elena Hernández Sandoica me propuso formar parte del proyecto, no lo dudé ni un instante: siete miradas diferentes, siete formas  de aproximarnos al personaje desde siete perspectivas distintas... No hacía falta darle muchas vueltas para aventurar, sin temor a equivocarse, que el resultado habría de ser enriquecedor. Bastaba con leer el nombre de quienes iban a integrar el equipo, habituales en la sección de bibliografía (⇑) que recoge los estudios dedicados a doña Rosario de Acuña y Villanueva:

Christine Arkinstall,  catedrática de Lengua y Literatura española en la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda); Ana María Díaz Marcos, profesora titular de Literatura española en la Universidad de Connecticut (Estados Unidos); Elena Hernández Sandoica, catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid; Solange Hibbs-Lissorgues, catedrática emérita de Lengua, Literatura y Cultura Hispánicas en la Universidad de Toulouse-Jean Jaurès (Francia); María José Lacalzada de Mateo, profesora titular de la Universidad de Zaragoza. A estas cinco mujeres nos uniríamos dos hombres: José Bolado García, editor de las Obras reunidas, y quien esto escribe.

Coordinados por Elena Hernández Sandoica, iniciamos este proyecto colectivo en los inicios de 2017. Se fueron concretando los temas y los títulos de cada cual. Un año después fueron llegando los textos. Luego vinieron las correcciones y la edición final. El resultado, que no habría sido posible sin el empeño y el trabajo extra que tuvo que realizar Elena, llegó hace unas pocas semanas: un libro excelente que, estoy seguro, agradará a cuantos lo lean. Sirva como anticipo el enunciado de los trabajos que incluye:
  • Christine Arkinstall: «Haciéndose Hipatia: muerte y resurrección en los escritos elegíacos de Rosario de Acuña».
  • José Bolado García: «"Mariposas del alma": corrientes y remanso en la voz poética de Rosario de Acuña».
  • Ana María Díaz Marcos: «"Su Dios no satisface mi  razón": mujer, ateísmo y fe en la obra de Rosario de Acuña».
  • María José Lacalzada de Mateo: «Sosteniendo la libertad de pensamiento: Rosario de Acuña y la masonería».
  • Solange Hibbs-Lissorgues: «Rosario de Acuña y la literatura francesa: un viaje por el alma y la naturaleza».
  • Elena Hernández Sandoica: «La maternidad espiritual de Rosario de Acuña: cartas de guerra e intimidad epistolar».
  • Macrino Fernández Riera: «Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes».
 Por si el contenido de esta lista no resultara lo suficientemente esclarecedor, se transcribe a continuación un fragmento de la contraportada:

«Contiene este volumen siete estudios, más una introducción al personaje: Christine Arkinstall escribe sobre la recreación identitaria de la personalidad masónica de Rosario de Acuña a través de la elegía; José Bolado recupera poesías líricas hasta aquí inéditas, no incluidas en las Obras reunidas de la autora de la que él mismo es editor; María José Lacalzada de Mateo reconsidera y contextualiza el universo masónico de Acuña; Solange Hibbs-Lissorgues y Ana María Díaz Marcos aportan, respectivamente, dos trabajos de gran calado sobre la honda inspiración filosófica y la espiritualidad de un pensamiento muy rico en matices. Por último, Elena Hernández Sandoica revisa la compleja posición de la feminista en torno a la maternidad al hilo de sus cartas a un soldado en la I Guerra mundial, y Macrino Fernández Riera ofrece un completo estudio comparado entre la figura de la escritora Acuña y su homóloga y coetánea Emilia Pardo Bazán».

Poco más queda por decir, solo resta disfrutar de su lectura.


jueves, 28 de febrero de 2019

184. De la tutela del padre a la tutela del esposo



Retrato de una joven (siglo I d.C, pintura al fresco, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles)
Con tan solo veinticinco años, saboreando con deleite el éxito de Rienzi el tribuno (⇑), cuenta que su afición por la poesía viene de bastante tiempo atrás, que desde bien niña empezó a hacer versos:  «desiguales renglones que con lápiz, carbón, o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta».  Los parabienes de los más próximos se habrían de convertir en el acicate más eficaz para que aquella temprana inclinación no se fuera difuminando con el paso del tiempo. Tanto su padre como su madre debieron de ver con buenos ojos las incipientes aficiones literarias de la hija, que bien pudieron ser consideradas como el esperado producto del mimo que habían puesto en su formación, salpicada de buenas lecturas, instructivos viajes y frecuentes conciertos. Más que eso: por los datos que disponemos, tal parece que Felipe de Acuña no escatimó ni tiempo ni dinero a la hora de apoyar la actividad de su hija, hasta el punto de llegar a ejercer lo que bien podríamos considerar labores propias de un agente literario. 

Parece ser que don Felipe disponía de una bien nutrida lista de contactos que no dudó en utilizar para mayor gloria de su hija. Metido en faena, no debió de parecerle mala idea enviar artículos y poesías a algunos de sus conocidos que contaban con cierta influencia en la redacción de algún periódico liberal; tampoco la de recabar opinión y sugerencias de críticos y autores consagrados. Tal es el caso de Antonio Fernández  Grilo, Antonio Ros de Olano o de Adelardo López de Ayala, quienes le envían a vuelta de correo comentarios sobre algunos de los textos de la joven escritora. Tras el éxito de Rienzi, la actividad de Felipe de Acuña se incrementa notablemente, aplicándose en tareas de promoción de la obra y en la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. El marqués de Dos Hermanas le habla del número de ejemplares que pueden venderse en La Habana (también le dice que el rey piensa asistir a la representación); Manuel de Elola y Heras, por entonces gobernador de Navarra, le pide algún ejemplar, al tiempo que le felicita por el éxito obtenido; José de la Calle le escribe desde Valencia acerca del posible estreno de la obra en  aquella ciudad; el actor Rafael Calvo lo hace desde Barcelona para contarle que no ve factible que allí se pueda estrenar a corto plazo. El tenor Enrico Tamberlick, compañero de cacerías con quien mantiene correspondencia, tampoco se olvida de felicitarlo.

El año del éxito de Rienzi el tribuno fue también el de su matrimonio. Rosario de Acuña se casa con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de infantería con el grado de capitán y el matrimonio se traslada a Zaragoza, ciudad a la que es destinado el militar. Todo cambia tras la boda. Según la legislación de entonces, es al marido a quien corresponde ejercer la tutela de la joven escritora. La Ley de matrimonio civil de 1870, aunque modificada parcialmente, sigue vigente en este asunto: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab intestato sin licencia de su marido, a no ser en los casos y con las formalidades y limitaciones que las leyes prescriben». Cierto es que, según parece, el cambio  no se produjo de manera brusca. Al principio padre y marido compartieron administración y tutela, una manera de solventar los inconvenientes que para Rosario suponía vivir alejada de la Villa y Corte: don Felipe podría realizar personalmente las gestiones que fueran necesarias. 

Un documento de 1879 puede servirnos de esclarecedor ejemplo acerca de cómo funcionaría en la práctica esta tutela compartida. Se trata de una carta que con fecha 22 de mayo envía Eduardo Hidalgo a Rafael de Laiglesia. El remitente, que  lo hace en calidad de responsable de Administración Lírico Dramática, la empresa editora de los dos primeros dramas de Rosario, adjunta a la misma la liquidación de la cuenta de ejemplares vendidos de Amor a la patria (⇑), su segundo drama, estrenado en Zaragoza.  El editor complementa el estado de cuentas con algunas anotaciones que bien pueden ilustrarnos sobre el asunto: le dice que los gastos de impresión fueron satisfechos por Felipe de Acuña (probablemente hizo lo propio con los libros anteriormente publicados), a quien entregó parte de los ciento treinta ejemplares que figuran en  la casilla «Entregados al autor» (el resto fueron para diversos actores).

Contando como parece ser que contaba con el beneplácito paterno, en Madrid tuvo las puertas abiertas para acariciar la gloria literaria: Rienzi fue la prueba. En Zaragoza las cosas parecen bien diferentes. La ley lo deja bien claro: al esposo le corresponde «proteger a su mujer» (art. 45); a la esposa, «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia» (art. 48). Para quien como ella además de mujer era escritora, estaba previsto el artículo 52: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente». A las cortapisas legales a las que está sometida por ser una mujer casada, debe añadir los inconvenientes derivados de su residencia en la capital aragonesa, alejada de Madrid, su ciudad natal y el principal centro literario del país (véase el comentario 114. Ostracismo zaragozano ⇑). Si como resultado de todo ello se produce el extravío de un «drama inédito y original, en prosa  y en tres actos» cuyo manuscrito envió a su editor en 1880 y del cual nunca más tuvo noticia,  no debiera de resultar extraño que, cuando la ocasión se presente, Rosario de Acuña y Villanueva tome las medidas oportunas, incluidas las legales, para librarse de tanta tutela, pero eso será asunto de próximos comentarios.  

martes, 12 de febrero de 2019

183. Mujeres coronadas



Entre 1914 a 1918 las armas acabaron con la vida de millones de personas, ya fueran civiles o militares. La muerte cubrió los campos de batalla con los cuerpos de jóvenes soldados. La metralla mutiló la vida de otros muchos, sin importarle que fueran rusos, alemanes, húngaros, austriacos, británicos, franceses, estadounidenses, turcos, italianos, serbios o rumanos. Las pugnas imperiales sembraron Europa de horror y miedo.

La zarina Alejandra Romanova y sus hijas en un fotografía publicada en 1915

Como no podía ser de otra forma, en aquellos aciagos días las crónicas de la Gran Guerra sobrecogen el corazón de quienes las leen en la retaguardia. También el de las mujeres coronadas. Reinas y emperatrices penaban por el padecimiento de sus súbditos en las trincheras. Europa estaba sumida en el sufrimiento y alguna emperatriz hubo que, al parecer, llegó a enfermar ante la visión de tanto dolor, al menos eso es lo que contó en alguno de sus artículos Basilio Álvarez Rodríguez, periodista y político, también sacerdote, aunque un tanto heterodoxo. Las palabras de aquel cura llegaron hasta la mismísima casa de El Cervigón, y doña Rosario de Acuña no puede menos –tampoco en esta ocasión– que tomar la pluma y, en carta publicada en El Parlamentario y dirigida a don Basilio (⇑), poner las cosas en su sitio:

En mi negociado antimonárquico, antidogmático, antirracional y anticabronil, se anota el estado patológico de una emperatriz enferma... por mirar DOLORES. ¡Ay, hermana mujer! ¿Enferma por MIRAR dolores cuando hay tal cantidad de mujeres que están sanas a pesar de sufrir dolores?

Tras la irónica extrañeza que el asunto le provoca, echa la vista atrás y juzga, con rigor y severidad, el papel que a lo largo de la historia protagonizaron esas cabezas coronadas que ahora enferman por mirar dolores, sin hacer distingos entre reyes y reinas, entre emperadores y emperatrices:

Y para ellos, para todos los que, teniendo ojos no vieron y teniendo oídos no oyeron; para todos los que, dueños de la fuerza, no supieron o no quisieron atajar en sus reinos la corriente de las iniquidades y ensamblaron sus tronos con ayes de víctimas e imprecaciones de aplastados; para los que engastaron en las orfebrerías de sus cetros o diademas la miseria, la ignorancia, la brutalidad y el idiotismo de sus pueblos, para esos, si caen en la caldera, no se puede pedir otra cosa sino que crucen valientemente las manos y procuren pasar pronto el mal rato, seguros de que al otro lado de la quema les espera con la paz la recapacitación de lo que no supieron recapacitar en vida; y ¡quién sabe si les parecerá entonces poco el dolor de unos minutos para recoger el que sembraron en largos días, y elijan ellos mismos un retorno bajo el sayal de astroso mendigo que se rasque la sarna con una teja y se le figure pavo trufado la bazofia de un asilo regido por hermanitas de los pobres!...

Al juicio le sigue la sentencia, dictada con palaras claras, directas y contundentes, propias de quien, alejada desde la juventud de las riberas cortesanas, se ocupa por su mano de las labores domésticas, de la fregadura de los suelos, de la limpieza de la casa:

¡Conque a sufrir toca, mujeres coronadas o descoronadas! Con sangre y con lágrimas se está lavando la especie humana las cascarrias de la brutalidad; está del todo mal que cuantos debieron haber sido en todo tiempo estropajos limpios, en vez de propagadores de infección, empiecen ya a esponjarse con el baldeo. 

Resulta evidente que en sus palabras afloran sus ideas republicanas (⇑).  ¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Cómo ha cambiado su pensamiento! ¡Qué lejos quedan aquellas cartas cruzadas con Isabel de Borbón, la depuesta reina de las Españas! ¡Qué lejos los parabienes recibidos por el éxito de Rienzi («Una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura...») ¡Qué lejos aquella cariñosa felicitación por su boda con Rafael! («Yo, que admiro tu talento, comprendo tu corazón y no dudo que harás feliz al que no puede ser sino muy dichoso a tu lado») ¡Qué lejos, aquel aromático canto (⇑) que la joven poeta le envía desde la Bayona francesa! ¡Qué lejos la afectuosa respuesta de la destinataria! («Las humildes violetas que en su suelo nacieron, y que tu cariño puso en mi mano, adornadas con tus delicados pensamientos, vinieron, como tu inspirado canto de hoy, a llenar mi alma de consuelo; que nada hay tan grato para mí como el eco de un corazón castellano y por lo tanto leal, que late al par del mío»).

No fue esta la única ocasión que aquel cura-político se ocupa de los padecimientos de alguna de aquellas mujeres coronadas. Ante las alarmantes noticias que, según avanza el año 1918, llegan sobre la situación de la familia imperial rusa, cuyos miembros fueron encarcelados tras la Revolución de Febrero, Basilio Álvarez pide públicamente misericordia para la zarina Alejandra Romanov y sus hijas. La hidalguía española no puede, en su opinión, abandonar a aquellas desvalidas mujeres, es menester que las ampare y las proteja. Se unía así a quienes proponían acoger en España a la familia de Nicolás II. La réplica de doña Rosario deja entonces el perfil republicano que había utilizado en el texto anteriormente citado para adoptar un enfoque mucho más feminista: «Las mujeres tenemos el derecho al cadalso». Sus afanes igualitarios alcanzan hasta la misma muerte: «Lo justo es que toda esa familia zarista se quede allá, en ese infierno de dolores que ha ido acumulando durante los años de su reinado sobre el suelo de Rusia». Tanto el zar como la zarina, que en asunto de coronas parece no hacer distingos entre aquellas que las lucen por ser hijas de emperadores o reyes (tal es el caso de Guillermina, la reina gobernante de los Países Bajos) o por su condición de consortes, como sucede en la mayoría de las casas reinantes, sean emperatrices (Alejandra Romanov, de Rusia; Zita de Borbón-Parma, del Imperio austrohúngaro; María de Teck, del Imperio británico) o reinas (Isabel Gabriela de Baviera, de Bélgica; Elena de Montenegro, de Italia; Alejandrina de Mecklenburg-Schwerin, de Dinamarca;  Maud de Gales, de Noruega; Victoria de Baden, de Suecia o Victoria Eugenia de Battenberg, de España).

Los reinados femeninos, las regencias femeninas, las consortes de reyes o emperadores, toda esta feminidad y la que rodea sus solios, si merece la guillotina, ¡arriba con ella, si se les puede coger! ¡Es la menor compensación que pueden dar a sus pueblos destrozados por su poder...

Como cabe suponer, no fueron muchos los parabienes recibidos, antes al contrario: no hay más que recordar el comentario 109. Ni mujer ni española (⇑), referido al texto que con el mismo título fue publicado en agosto de 1918 por La Voz de Galicia, en el cual, tras arremeter contra su autora –que «ni es mujer más que fisiológicamente, ni española, porque no desperdicia ocasión de escarnecer la patria generosa en que nació»–  los responsables del periódico solo desean para ella «la reclusión en una casa de salud y que Dios le dispense su misericordia».

Mientras tal cosa no suceda, allá en El Cervigón hay una anciana mujer que tiene muy claro lo que hay que hacer con las mujeres coronadas: «Si merecen la guillotina, ¡arriba con ella!».


martes, 29 de enero de 2019

182. Amigo Teodomiro



Teodomiro Menéndez Fernández (Oviedo, 1879-Madrid, 1978). Fotografía publicada en 1918
Cierto es que dejó escrito (⇑) que no pertenecía a ningún grupo social organizado («yo que no soy -ista de ninguna clase...»), que a nadie ni a nada rendía la integridad de su razón; cierto es también que manifestó (⇑) que no se consideraba socialista «en el sentido dogmático y científico de la palabra». Pero no es menos cierto que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos dirigentes socialistas y que colaboró en algunas de sus iniciativas; que ya en Cantabria participó en un ciclo de conferencias organizado por la federación local de la UGT, pronunciando una dirigida a las mujeres que llevaba por título  «La higiene en la familia obrera» (⇑), y que colaboraba con el  semanario La Voz del Pueblo, dirigido por el socialista Isidoro Acevedo, quien de tanto en tanto le solicitaba sus escritos.

Esta proximidad a los socialistas se hizo aún más patente durante la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón. Fueron los integrantes de la Juventud Socialista Gijonesa quienes tomaron la iniciativa: decidieron incluir en los actos del Primero de Mayo de 1914 la celebración de un té fraternal presidido por la ilustre librepensadora, en lo que constituía el primer acto público en el cual participara desde su reciente regreso del exilio portugués (⇑).  A partir de entonces, la clase obrera gijonesa no se olvidó de aquella veterana luchadora en las celebraciones sucesivas. Durante los últimos años de su vida, la ilustre librepensadora recibía en esa fecha tan señalada a las decenas de trabajadores que hasta su casa se acercaban para interesarse por su estado y mostrarle su respeto.

El proceso de acercamiento progresivo a la clase trabajadora, iniciado en tierras cántabras, es ahora, tras su retorno del exilio, mucho más evidente. No es solo por justicia social; es también una  cuestión de esperanza: anhelaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso. No podía menos que confiar en quienes, hurtando horas al merecido descanso tras las largas jornadas de trabajo intenso, eran capaces de  acudir a las clases nocturnas: «No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse». Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio durante los cuales el olvido se afanó en tapar las ofensas recibidas,  fuera una publicación socialista la que acogiera sus palabras: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias publicará una carta suya (⇑). Desde entonces, terminado el periodo de voluntario alejamiento de la pública tribuna, sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo. También en las de  Acción Socialista, «revista semanal ilustrada», órgano del grupo de igual nombre constituido por militantes pertenecientes a las Juventudes Socialistas Madrileñas, cuyo director era Andrés Saborit, en cuyas páginas aparecerán por entonces algunas obras de doña Rosario, en el mes de octubre de ese año quince se publica en portada su soneto «¡Por saturación...!» (⇑) y unas semanas después un artículo titulado «Los deportes del porvenir» (⇑).

No solo se acercó a las páginas de la prensa de los trabajadores (se confiesa lectora habitual de El Socialista), sino que también mantiene una buena relación con alguno de los dirigentes socialistas. Tal es el caso de Isidoro Acevedo, al que me he referido anteriormente, y de Teodomiro Menéndez, directores ambos, claro está que en momentos diferentes, del semanario La Aurora Social. Si la amistad con el primero se fraguó en los años en que ambos vivían en Cantabria, la que entabló con Teodomiro fue más tardía, no por ello menos intensa ni fluida, pues a su condición de socialista unía este último la de su pertenencia a la masonería, lo cual, supuestamente, habría de facilitar la comunicación entre ambos.

El jueves 13 de enero de 1916 el diario gijonés El Noroeste publica un escrito remitido por Teodomiro Menéndez en el cual denuncia las malas artes de «la gente reaccionaria y clerical» de Oviedo. Resulta que las huestes eclesiales acechan día tras otro el hogar de un obrero moribundo, militante antiguo,  «un hombre honrado que defendió siempre los ideales de la libertad y del socialismo». Ofrecen un escapulario para su letal tuberculosis, ayuda y protección para sus hijos. Y todo a cambio de que aceptara la entrada de un padre carmelita «para reconciliarle con la Iglesia y absolverle de sus errores».

El autor del escrito, Teodomiro Menéndez Fernández, tenía por entonces treinta y seis años de edad y contaba con una ya larga trayectoria en el seno de la UGT y del PSOE. Compatibilizó su trabajo en la ovetense fábrica de armas con los cursos de la Extensión Universitaria y en 1901 ingresó en la Agrupación Socialista de Oviedo. Asistió como delegado a los congresos de la UGT celebrados en 1905 y 1908. Fue presidente de las Juventudes Socialistas y director de La Aurora Social  desde 1909 a 1911, año en el que fue elegido concejal del Ayuntamiento de Oviedo. En 1912 ingresó en la masonería, en la logia  Jovellanos nº 337 de Gijón. 

Quien no tarda en darse por enterada de la denuncia es Rosario de Acuña y Villanueva, que cuenta por entonces con sesenta y cinco años de edad y una larga trayectoria como incansable luchadora en defensa de la libertad y de los más desfavorecidos. Quisiera descansar, gozar de la tranquilidad de una vida retirada, al lado del mar, pero noticias como esta, agresiones como las que sufren algunos de sus convecinos, se lo impiden. Tras leer lo que en el escrito se cuenta, tras conocer el asedio al que es sometido aquel enfermo desahuciado, no puede hacer otra cosa que coger la pluma y salir de nuevo a la palestra, para escribir dos cartas, la una remitida a Teodomiro Menéndez (⇑), la otra al obrero ovetense Faustino Fernández (⇑).

Al año siguiente volverán a estar en la misma trinchera. Desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de 1917,  algunos creen llegado el momento de alcanzar un gran acuerdo entre las organizaciones de la izquierda para hacer frente a las fuerzas reaccionarias. Tal es el caso de Rosario de Acuña quien, en «La hora suprema» (⇑), se dirige a «las izquierdas de Asturias» para decirles que «es hora ya de ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones, conservando en la actuación las particularidades de cada grupo (que es lo secundario para el gran ideal de la libertad) e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto...». La convocatoria de una huelga general, apoyada por republicanos y socialistas, va tomando cuerpo.  Al inicio del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro. Teodomiro Menéndez, que tuvo un destacado papel en aquellos días de agosto como responsable que era del Sindicato Ferroviario, fue detenido, encarcelado y, posteriormente, desterrado.

En 1919 se celebran elecciones al Congreso y Teodomiro Menéndez presenta su candidatura por la circunscripción de Gijón. Rosario de Acuña abandona su retiro de El Cervigón para apoyar públicamente al candidato asistiendo al mitin de cierre de campaña. Tras la victoria, coge la pluma y escribe una carta a su amigo (⇑) en la cual, muestra su alegría por el triunfo conseguido («Y he aquí, en Gijón, hecho el milagro, que es de necesidad, se realice en toda España de unirnos, en haz apretado todos cuantos suspiramos […] los albores de una nueva edad»), para conminarle después a trabajar duramente para conseguir el objetivo final: «¡Alerta!, mi muy estimado amigo, […] siga recto derecho y sin más rodeos que las aparentes curvas de los atajos, que, a la postre, hacen más breve la caminata».

Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en la prensa del partido, que mostró públicamente su admiración por Pablo Iglesias (⇑), que recorrió decenas de kilómetros para escuchar la intervención de Virginia González (⇑), que en alguna de sus cartas enviadas a algún socialista se autodefinió como «compañera», y que entre sus amistades figurara el amigo Teodomiro.



lunes, 24 de diciembre de 2018

181. Maternidad


Maternidad, Pierre Augusto Renoir, Museo d´Orsay, París
Luchó con todas sus fuerzas para acabar con las ataduras que sometían a la mujer; combatió sin tregua las teorías que pretendían justificar el secundario papel que la sociedad había asignado a las mujeres en razón de una supuesta menor capacidad intelectual; denunció con tesón aquel reparto injusto que otorgaba preeminencia al varón y «la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer»; animó sin descanso a las mujeres, a sus compañeras («pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía»), para que asumieran sin complejos todo el protagonismo en la imprescindible regeneración patria; atacó con tesón el soporte ideológico que la iglesia católica había suministrado durante siglos a la sociedad patriarcal, la secular colaboración del confesionario en el sometimiento de la mujer («Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre...»);  alertó del peligro que suponía prestar oídos a los aduladores de halago fácil y a los falsos salvadores («¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería!»)...

No rehuyó el combate frente a los creadores de opinión, frente a quienes utilizaban la tribuna, el púlpito o el escaño para defender la secular primacía del varón. Puso su palabra y su pluma al servicio del engrandecimiento de la mujer («por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?»). En primera línea de batalla la encontraron quienes pretendían conservar sus ancestrales prerrogativas:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia…

En primera línea de batalla, defendiendo su abolición (véase el comentario 90. La ramera ⇑),  la encontraron  «los hábiles gimnastas de la vida, que, en equilibrio constante sobre la sólida maroma de su egoísmo, dominan, con benévola sonrisa, la pública opinión» y presentan la prostitución como vicio preciso, como necesidad de la naturaleza o como mal que evita mayores males...

Y al hallar a la ramera más que culpable desgraciada, ¿cómo no revolverse contra el llamado fuerte, contra el hombre, y arrojar a su frente, manchada con pensamientos repugnantes, un anatema tremendo? ¡Fuerte! ¿Para qué? ¿Para someter a la debilidad?

En primera línea de batalla la encontraron también aquellos estudiantes que, incapaces de soportar lo que algunas mujeres a base de mucho esfuerzo estaban logrando, agredieron a unas universitarias a las mismas puertas de la universidad Central a la que habían osado acudir para recibir la misma formación que sus compañeros varones. Aquel grupo de agresores, rodearon a una de ellas «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cuando aquella noticia llegó hasta su casa gijonesa, doña Rosario no lo dudó, cogió su pluma y se despachó a gusto:

¡Ahí es nada!, ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales. ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas?... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos, y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?

Allí, en la primera línea de la batalla, recibió insultos e improperios, padeció persecuciones y procesamientos (también el exilio ⇑)... Todo por un objetivo: que las mujeres piensen por sí mismas y consigan liberarse de la pesada losa que las ha mantenido oprimidas durante siglos. La liberación de la mujer tan solo tiene un límite para ella: el mandato de la naturaleza, la maternidad. «Las solteras y las viudas hagan lo que quieran; las madres no pueden ser otra cosa que madres». La madre humana, al igual que el resto de las madres, debe supeditar cualquier cosa al cumplimiento de la misión encomendada. Son numerosos los textos en los que describe las muestras de amor con que obsequian las madres de las distintas especies a sus pequeñuelos: la mujer, en cuanto madre, no debe hacer menos, debe seguir el mandato de la Naturaleza y entregarse por entero a la tarea de prolongar la vida con el fruto de sus entrañas.  La lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene, pues, para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue:

No tuvimos hijos. Al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. Cuando desplegué mi atención para conocer a mis contemporáneos me estremecí de espanto al suponer que, acaso yo, habría tenido hijos como multitud de hijos de otras madres ¡Ah! ¡No! ¡Bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres; con los cerebros resquebrajados por herencias alcohólicas o sifilíticas; pingajos de carne macilenta donde fluctuara un espíritu indeterminado, tocado de los delirios de las falsas grandezas, sin más ideales que un libro de cheques, un sibaritismo principesco o una insultadora procacidad para conservar todas las menudencias de la vida!...

Sobre maternidad y naturaleza, sobre las madres de todas las especies trató en algunos de sus escritos. En Ni instinto ni entendimiento (⇑) describe con todo detalle el comportamiento de algunas madres de diferentes especies animales a las que escudriñó en más de una ocasión en el Jardín de Aclimatación situado a las afueras de París. Resalta el comportamiento de las madres monas a la hora de alimentar a sus crías. No puede resistir la tentación de compararlo con el de algunas madres humanas que observó en sus expediciones a lo largo de las tierras de España: «vi dar a niños de tres meses sopas hechas con chorizo [...] meter en la garganta de otros rorros bolas de jamón crudo y de patata cocida mascadas antes por la madre [...] cómo atascaban la boquita de otros niños con galletas mojadas en vino [...] a otros he visto darles castañas, almejas y percebes...».  La ausencia de entendimiento, la incultura, suponían un grave impedimento para que algunas madres racionales consiguieran superar las maravillas del instinto animal.

Si en el asunto de la alimentación de los pequeños el panorama no resultaba muy alentador, qué decir del horror que de tanto en tanto se asomaba a las páginas de sucesos de los periódicos dando cuenta de algunos macabros infanticidios. Rosario de Acuña reflexiona acerca de estas atrocidades en Las madres (⇑), un proyecto de libro que, según parece, no llegó a ser y del que tan solo conservamos algunos fragmentos. Para ella, aquellas muertes son todo un síntoma,  una manifestación más de la profunda hipocresía que anidaba en aquella España dominada por el oscurantismo:  «¡Oh! ¡Las madres!, ¡las madres humanas... y cristianas! ¡Qué edificantes!, ¡qué sublimes!, bien cuando queman o despedazan a sus hijos, bien cuando rellenan las inclusas a los nueve meses del carnaval, o a los nueve meses de la feria del pueblo».

Queda mucho por hacer, mucho atraso e incultura que vencer. La mujer es la víctima propiciatoria de los vacíos convencionalismos, las hueras normas, las apariencias vanas y los comportamientos fatuos con que se nutre esa sociedad; es la primera damnificada de la ignorancia y la superstición que invade la vida patria. Es preciso conseguir que las madres preparen el camino a las nuevas generaciones para que puedan formarse con planteamientos bien diferentes a los que han originado aquella sociedad decadente: en un nuevo ambiente, con una nueva formación, los hombres y mujeres del mañana habrán de ser diferentes.

¡Mujeres, mujeres futuras!, ¡solo madres!, ¡salud! ¡Salve a vuestra majestad, a vuestra libertad, a vuestra consciente mayoría de edad en las décadas de los siglos, a vuestra liberación del macho, que afirmará sobre el planeta la evolución del racionalismo en sus más culminantes alturas!