domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

viernes, 31 de julio de 2020

216. Emilia Villacampa, la hija del héroe


Emilia Villacampa (El Álbum de la Mujer, 13/2/1887)Residía por entonces en Pinto, aunque es bastante probable que la noticia la conociera lejos de su Villa Nueva, en algún lugar de la geografía patria que por entonces solía recorrer en largas expediciones a caballo. Quizás fuera en Galicia, pues sabemos que el mes anterior se encontraba en una de sus localidades costeras  tomando baños de mar, «pues su salud, algo delicada, así lo exige». Estuviera donde estuviese, no parece que fueran las páginas de su semanario las que le pusieron al tanto de la sublevación republicana. En el ejemplar de Las Dominicales que salió a la calle el domingo 19 de septiembre del año ochenta y seis nada había que hiciera sospechar lo que aquella noche sucedería en Madrid; el de la semana siguiente abría con un oficio conminatorio del capitán general de Castilla la Nueva: «Dicte V. las órdenes claras y precisas para que el periódico que V. dirige no se ocupe en absoluto de los procedimientos judiciales que se están siguiendo para esclarecer los hechos ocurridos en la noche del 19...». Tuvo que ser, por tanto, en los diarios, los de Madrid o los de provincias, que esos sí que contaron los detalles de lo sucedido.

Las primeras ediciones de los periódicos madrileños dicen que una parte del Regimiento de Caballeria Albuera y otra del Regimiento de Infantería Garellano, acantonados en el cuartel de San Gil, se habían echado a la calle al mando del capitán Carlos Casero, quien cada poco se paraba para gritar «¡Viva la república federal! ¡Viva Salmerón! ¡Viva Zorrilla! y ¡Viva el Ejército!». Señalan que los sublevados se acercaron hasta las proximidades de otros acuartelamientos (primero al de la Montaña y luego al de los Docks) donde no obtuvieron el apoyo previsto, y que más tarde, a la altura de Atocha, se les unió el brigadier Villacampa y otros oficiales. Cuentan que el capitán general Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque (el mismo que había encabezado el golpe de Estado de enero de 1874), tras haber firmado el bando que declaraba el estado de guerra, se había puesto al frente de las operaciones para reprimir la asonada; que los insurrectos abrieron fuego cuando las compañías al mando directo del general se acercaron a Atocha; que el fuego se generalizó «y el tiroteo adquirió por algunos minutos las proporciones de un verdadero combate»... Días después se supo que las tropas de Villacampa, a quien ya todos asignan el papel de jefe de los amotinados, abandonaron Madrid en dirección a los montes de Toledo; que el brigadier no recibió los apoyos esperados, ni civiles ni militares; y que, tras un enfrentamiento con las tropas perseguidoras en las cercanías de Colmenar de Oreja, fue detenido junto a la mayoría de sus hombres.

Se acaba así aquel frustrado intento de proclamar la República por la fuerza de las armas. En realidad, lo que termina con el apresamiento de Villacampa no fue más que el primer acto de esta historia. Habrá más. Y si las noticias de esta primera parte encontraron a nuestra protagonista alejada del escenario, no sucederá lo mismo con las que se conozcan a partir de ahora, pues tenemos constancia (⇑) de que a primeros de octubre se encuentra en Madrid, pues es una de las personas que por entonces asisten a diario a la sala donde se juzga la causa contra el cura Cayetano Galeote, acusado de ser el causante de la muerte de Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá.

Desde finales de 1884 Rosario de Acuña formaba parte del grupo de Las Dominicales, un nido de librepensadores, anticlericales, masones... y republicanos. Se tenía por tal, por republicana, y aquel asunto no le podía resultar ajeno (⇑). Es razonable suponer, por tanto, que estaría interesada en cualquier noticia relacionada con la situación de cuantos habían participado en la intentona. De lo que se publicara y de lo que no se hiciera público; de lo que contaban los periódicos y de las noticias que le hicieran llegar sus propios correligionarios: al fin y al cabo algunos  de los principales protagonistas de aquel suceso eran, además de republicanos, masones. Como quiera que de estas últimas, por su propia naturaleza, no tenemos constancia cierta, habremos de fijarnos en las primeras, las que se conservan  en las hemerotecas.

Una vez que Manuel Villacampa del Castillo es encarcelado, dan comienzo las actuaciones previas al consejo de guerra. El encausado solicita a Nicolás Salmerón que lo defienda; el expresidente de la República, a quien una parte de la prensa señala como uno de los autores morales de la asonada, declina la petición, razón por la cual le es asignado un abogado de oficio. A primeros de octubre ya se conoce la sentencia. El Consejo Supremo de Guerra y Marina dictaminó que el brigadier Villacampa, el teniente González y cuatro sargentos habían cometido un delito de rebelión, y les condena a la pena de muerte. Tras la ratificación de la sentencia por el Consejo de Ministros, los seis condenados «fueron puestos en capilla» a la espera de su ejecución. Se dice que tanto el presidente Sagasta como María Cristina de Habsburgo, la reina regente, coincidían en mantener una posición firme para que aquel proceso sirviera de escarmiento. No obstante, parece ser que la campaña promovida por los republicanos y otros sectores sociales para conseguir que las penas capitales fueran conmutadas abrió la puerta a una nueva coyuntura: se publicó la (falsa) noticia de que el Gobierno había accedido a la conmutación de la pena; vistas las reacciones favorables a la medida, Sagasta «se vio forzado» a solicitarla.

El caso es que el siete de octubre María Cristina firma los reales decretos de conmutación de la pena capital por la de reclusión militar perpetua, que son publicados en la Gaceta de Madrid en la jornada siguiente. Unos días después, Manuel Villacampa del Castillo y los otros condenados por la asonada del diecinueve de septiembre son enviados a Fernando Poo para que allí cumplieran su condena, bien alejados de la Península con el fin de evitar que participaran en nuevas intentonas. Meses después el Gobierno decide trasladarlos a Melilla aduciendo razones de seguridad, compatibles, según parece, con otras de diversa índole, a juzgar por las explicaciones realizadas por algunos ministros (por humanidad, para que no se diga que se deja morir a los presos en un clima insalubre; por temor a las complicaciones europeas...). Sea cual fuera la razón, el caso es que en la localidad melillense fallece el reo dos años después de su llegada, «víctima de crónicos padecimientos exacerbados por los rigores de un clima para él mortífero».

Fragmento de la portada de El País con la noticia de la muerte de Villacampa

La noticia de su muerte, ocurrida un día después del aniversario de la proclamación de la República, avivó el ánimo de sus correligionarios. Muchos fueron los círculos, centros, casinos o ateneos que organizaron actos para enaltecer su memoria. Uno de ellos, el que tuvo por escenario el casino de Unión Republicana en Gijón, contó con la participación de Rosario de Acuña. La velada, celebrada el día dos de marzo, materializó de manera exitosa la feliz iniciativa del catedrático de instituto Manuel García Molina-Martell: numerosas coronas enviadas desde localidades próximas y lejanas, telegramas procedentes de diversas sociedades republicanas y masónicas, poemas y otros escritos de adhesión... Entre estos últimos se encontraban los enviados por Jaime Martí Miquel (destacado publicista del republicanismo federal), Manuel Ruiz Zorrilla (líder republicano en el eterno exilio) y Rosario de Acuña, «la heroína del librepensamiento y de la República». La lectura de su discurso, «sublime en el fondo e inimitable en la forma», cosechó entusiásticos aplausos, más intensos aún cuando realiza un llamamiento para la unión de todos con el objetivo de restaurar la República o cuando exige a los presentes que juren cumplir como buenos republicanos si las circunstancias así lo requieren. 

Como quiera que el destino de los insurgentes está íntimamente unido al resultado del levantamiento, las veladas fúnebres organizadas en recuerdo de Villacampa ponen el punto final a aquella historia: la insurrección de septiembre fracasó y su principal protagonista pasa a ocupar un destacado lugar en el santuario que una parte de sus compatriotas ha erigido a quienes considera mártires de la libertad. Sin embargo, lo que hasta aquí se ha contado es tan solo una visión parcial, pues tras estos hechos protagonizados por militares y políticos, actores principales en la escena pública española del diecinueve, aparecen otros que se encuentran con ellos entretejidos. Además de los militares sublevados y de los que reprimieron la asonada; además de los miembros del Gobierno y de los de la oposición; de los políticos monárquicos y de los republicanos; además de los directores de periódicos que contaron la historia sin apartarse un ápice de lo que de ellos se esperaba; además de todos ellos, hombres que de manera exclusiva dirimen en la escena pública los asuntos colectivos, aparece algún que otro nombre de mujer. Uno es, como queda dicho, el de Rosario de Acuña, cuya voz de se abre camino entre el varonil runruneo para espolear las conciencias de la ciudadanía republicana. Otro, el de Emilia Villacampa Morán, la hija del brigadier.

Tenía dos hermanos y ella era su única hija, razón por la cual y según una norma no escrita que ha llegado hasta el presente sin apenas modificaciones, a Elena –por el solo hecho de ser mujer y a falta de madre, ya fallecida– le correspondía la tarea de atender y cuidar a los suyos. Y en lo tocante a su padre, nos consta que a tal labor se dedicó con ahínco. Cumplió tan bien la misión encomendada que hasta los adversarios ideológicos de su progenitor le regalaron palabras de reconocimiento: al fin y al cabo, su ejemplo era una buena versión del «ángel del hogar», arquetipo femenino del XIX con el cual parecían sentirse muy cómodos tanto los unos como los otros. Recibió aplausos y parabienes por lo bien que lo había hecho, aunque para hacerlo tuviera que abandonar el ámbito doméstico y salir a la arena pública, al espacio que los hombres ocupaban de manera habitual y cuasiexclusiva.

El mismo día en que se conocía que el brigadier había sido apresado, su hija se presentaba en la sede de la Presidencia del Consejo para entrevistarse con el señor Sagasta. Aunque la puerta permaneció cerrada para ella, la joven –que cuenta por entonces con veintiún años–  no se arredró, no podía permitírselo: bien sabía que, de no hallar clemencia, al reo le esperaba la muerte. Tenía que lograr el indulto, la conmutación de la pena, y a ese objetivo dedicó todo su empeño. En un mismo día, el viernes 24 de septiembre, tras visitar a su padre en la prisión militar, se entrevista con el obispo de la diócesis, se reúne con el exministro Manuel Becerra y aún le queda tiempo para acercarse a Palacio y esperar la salida de los ministros tras la reunión del Consejo. Llama a todas las puertas, a todos solicita intermediación, a políticos y prelados, al nuncio y a León XIII, a quien por telegrama pide haga uso de su influencia ante el Gobierno de España. Al fin, recibe la ansiada noticia. Sus esfuerzos han hallado feliz recompensa: «Vengo en conmutar a los expresados reos la pena de muerte por la inmediata de reclusión militar perpetua...».

Toca ahora recuperar el ánimo, agradecer el apoyo recibido y prepararse para lo que está por llegar. Su padre ha salvado la vida pero se lo ha llevado la distancia: tras una larga travesía a bordo del Navarra, el cuatro de noviembre ha desembarcado en Santa Isabel, en la lejana isla de Fernando Poo, allá en África. No es aquel lugar adecuado para su quebrantada salud (una fiebre del país había agravado su padecimiento cardíaco), y Emilia inicia un nuevo peregrinaje por los despachos. Apenas tres meses después, a primeros de febrero, la prensa afirma que los condenados están en Canarias, de regreso. El día 9 el presidente del Gobierno confirma la noticia: «el traslado del brigadier Villacampa ha obedecido a la insalubridad del clima de Fernando Poo y a los ruegos de la señorita Villacampa». Melilla es su nuevo destino y Emilia inicia los preparativos del viaje para ver a su padre.

Panórámica de Melilla (La Ilustración Ibérica, 21/10/1893)

Llega a Málaga a primeros de abril y allí toma el barco que la llevará a Melilla. Su padre es tratado como un preso común, lleva la misma vestimenta y le han afeitado la cabeza y la barba. Su celda, un pequeño habitáculo sin más luz ni ventilación que la de la puerta de entrada, es muy húmeda y apenas puede dormir pues los centinelas le despiertan dos o tres veces cada noche para comprobar que no se ha escapado. Emilia se queja un día sí y otro también al gobernador militar. Consigue, al fin, que lo visite un médico: además de la afección cardíaca que ya era conocida, padece bronquitis y presenta hinchazón en manos y pies; en el certificado emitido, señala que «si bien no amenazaba su vida de forma inmediata, podría comprometerla seriamente si las condiciones de clima y habitación no fueran lo suficientemente higiénicas». Tras varias semanas en Melilla y una breve estancia en Granada (donde aprovecha para agradecer a los republicanos de la provincia el auxilio económico que le han venido proporcionando) retorna a Madrid con el propósito de lograr el traslado de su padre por razones humanitarias. Una vez en la capital no pierde el tiempo: las noticias que llegan de Melilla hablan de un empeoramiento en la salud del exbrigadier. El catorce de julio se entrevista con el presidente del Gobierno. A pesar de que, según cuenta la prensa, este le dijo que sus deberes le impedían acceder a su petición, parece ser que Sagasta deja abierta la puerta a un posible traslado del preso a la Península.

De haber existido tal posibilidad, se habría difuminado a mediados de noviembre, cuando la prensa hace pública la noticia del complot descubierto en el peñón de Vélez de la Gomera: al parecer, todo estaba dispuesto para  liberar a Villacampa. A partir de ese momento las medidas de seguridad se refuerzan, la salud del exbrigadier se agrava, su regreso a la Península se desvanece... A primeros de enero Emilia ya se encuentra de nuevo en Melilla. Los médicos dicen que está herido de muerte, «que solo cambiando de clima y de situación, podrían ser menos crueles sus sufrimientos». Su hija escribe a la reine regente, al presidente del Consejo de Ministros, al del Congreso, al ministro de Estado... pide que se le conmute la pena que sufre por la de destierro. Pide, ruega y... espera.

Espera que lo que se publica sea cierto: que el asunto ha sido tratado por el Gobierno, que se estudia la posibilidad de trasladarlo al castillo de Alicante; espera que lo que se cuenta no lo sea: que no se puede acceder al traslado, que la legislación lo impide, que la oposición se opone firmemente a la medida. Su padre sigue en el hospital. Emilia vuelve a Madrid. Algunas puertas se abren, otras no. Cartas a la minoría republicana, a los ministros, a personas del entorno del máximo dirigente del Partido Conservador. Dicen que Cánovas flexibilizó su postura tras la carta que recibió su mujer, que se habían dado instrucciones para que si se autorizaba el traslado no habría protestas ni en el Parlamento ni en la prensa conservadora.

Soneto publicado en el diario El País, 19/9/1891Pasan las semanas, pasan los meses. El asunto se trata varias veces en el Consejo de Ministros, los diputados republicanos plantean preguntas en el Congreso. Emilia sigue esperando. Su fortaleza parece abandonarla, «su organismo, animado por un espíritu vigoroso, flaquea y se resiente». Al fin, en octubre se acuerda por fin el tan esperado traslado. No será a Alicante, ni a ninguno otro penal de la Península: el Gobierno accede a trasladarlo a Ceuta. Los periódicos de Málaga dan cuenta de la próxima llegada de Emilia para acompañar a su padre al nuevo destino, pero la salud del exbrigadier empeora de forma alarmante y no se mueve de Melilla. La Gaceta de Madrid publica el 22 de enero de 1889 el decreto por el que se indulta a todos los condenados por la asonada de septiembre del ochenta y seis. Villacampa puede salir de la prisión, pero su quebrantada salud no le permite abandonar el hospital. Allí falleció la tarde del doce de febrero.

Tras la muerte del exbrigadier, muchas fueron las voces que se alzaron para ensalzar la inagotable capacidad de lucha de su hija. La prensa republicana se hizo eco de las espontáneas muestras de admiración y respeto que llegaban a sus páginas procedentes de los numerosos círculos o ateneos esparcidos por la geografía patria. Elogian su lucha sin desmayo hasta conseguir librarlo de la pena capital; alaban el incansable esfuerzo por ella realizado durante los veintinueve meses de cautiverio.  Rosario de Acuña, también. Desconozco si tuvo ocasión de hacerlo personalmente en las semanas posteriores a la muerte de Villacampa, quizás en una de las esporádicas visitas que realizaba a la capital o si acaso lo hizo por escrito. Lo que sí sabemos es que casi dos años después, el viernes 3 de abril de 1891, Emilia se encuentra en el madrileño teatro Alhambra para asistir a la primera y única representación de El padre Juan (⇑) ,  y que en el mes de septiembre de ese mismo año doña Rosario le dedica el soneto (⇑) que acompaña estas líneas.

¡Y una mujer heroica y bendecida,
que a su débil llorar abandonada,
salvoles a los mártires la vida!




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lunes, 29 de junio de 2020

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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viernes, 12 de junio de 2020

214. Su última confesión


Emblema teosófico (Sophia, Madrid, 1/1913)
Nació católica, pero no murió como tal; basta leer su testamento (⇑) para constatarlo. Mediada la treintena decidió enrolarse en el minoritario grupo de quienes en España defienden la libertad de conciencia y luchan contra la «casta sacerdotal» –a la que considera responsable de fomentar la superstición y el infantilismo religioso en el que está sumido el pueblo–, pero no por ello dejó de ser una persona con hondas convicciones religiosas. Sus escritos así lo atestiguan, por más que no resulte fácil calificarlas de forma estereotipada y simplificadora, por más que no puedan circunscribirse al ámbito de las religiones positivas, razón por la cual no faltará quien le requiera mayor concreción. Tal fue el caso de Consuelo Álvarez, Violeta, que la interpela en este sentido al poco de hacerse pública su adhesión a la causa del librepensamiento: «¿En qué consiste su fe? ¿Cuáles son aquellas creencias que por nada ni por nadie consentiría en perder?».

Aunque no lo haga de manera catequética, en algunos de los textos que publica por entonces asoman los primeros bosquejos de su credo. Por ellos sabemos que el suyo no es un «Dios chico, personal, ocupado en el trajín de penar culpas cometidas por sus propios hijos, Dios de minucias, administrador de premios y castigos; vengativo de peor condición que los padres y abuelos humanos; atareado, como maestro de lugar, en apuntar en la pizarra las picardigüelas de sus discípulos». También que no precisa de ningún lugar específico para rendirle homenaje, respeto y amor, pues hay uno en cada rincón:

Y cuando en mi ansia de obedecer y amar a Dios he ido, año tras año, peregrinando por montañas y costas, mil veces me arrodillé extasiada al alzarse ante mi vista sus majestuosos altares en los ventisqueros pirenaicos, en las crestas rocosas de las cimas cántabras o en las escolleras abruptas donde los torbellinos del mar cantan hosannas eternos… Y allí, en presencia de los grandes cuadros de la Naturaleza, donde todos los colores de la divina paleta trazan la armonía del mundo, mi alma, siempre arrodillada, siempre sumisa y piadosa, volvía sus anhelos a la divinidad desconocida y magnífica que, por decreto inescrutable, nos da ojos para ver, corazón para amar, conciencia para sentir y mente para analizar.

Sobre los escombros de la heredada cosmogonía católica (derruida tras los embates de su insatisfactoria etapa zaragozana, su frustrante experiencia matrimonial y la traumática pérdida de su querido padre), va construyendo una nueva con el «Dios de la Naturaleza» como principal soporte estructural. Cuando todo se derrumbó, cuando tuvo que replantearse la manera de entender el mundo, echó mano de su experiencia personal y en la divina naturaleza encontró el núcleo germinador: «el estudio de las leyes de la naturaleza es una oración clarividente al Sumo Hacedor. Conocer a Dios en su ser nos es imposible, admirarlo en sus obras es la obligación de toda alma racional».

Situada por propia voluntad al margen de las religiones positivas, su credo permanece en la penumbra de lo aparentemente inconcreto, por más que se entrevean algunos de los rasgos que lo pudieran bosquejar (panteísmo, deísmo, espiritualismo...). Sin acotaciones artificiales e interesadas, sin la mediación e influencia de las castas sacerdotales, sin el sometimiento a los rígidos códigos religiosos, ante sus ojos surge un amplísimo espacio en el cual todas las criaturas humanas pueden asomarse a la religión universal de la humanidad. Es su convencimiento de que todas las religiones tienen idéntico fundamento («la misma sagrada Verdad que las alumbró y engrandece a todas, al fundamentarlas sobre el AMOR AL PRÓJIMO») la razón que pudiera explicar la diversidad de sus conexiones religiosas, bien sean los círculos espiritistas surgidos en torno a Amalia Domingo Soler y el semanario  La Luz del Porvenir, donde sus escritos ocupan lugar destacado; sea un franciscano seglar (⇑) estudioso de la botánica y farmacéutico de profesión; o un misionero evangélico de origen inglés llamado Eduardo Turrall, avecindado en un pueblo leonés y que en Gijón pasaba los veranos en compañía de su familia.  

Mario Roso de Luna (Ahora, Madrid, 10/11/1931) Habrá que esperar hasta después de su muerte para que Carlos Lamo Jiménez – la persona que estuvo a su lado (⇑), día tras día, durante los últimos treinta y cinco años de su vida– haga pública la que podemos considerar su última confesión acerca de sus creencias religiosas. Lo hace en una carta que envía a Mario Roso de Luna, un ilustre personaje de trayectoria polifacética: doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Físico-Químicas, apasionado de la astronomía y la arqueología, periodista, miembro destacado del Ateneo de Madrid, masón, gran divulgador de la teosofía...  En 1923 es director-propietario de Hesperia, «Revista teosófica y poligráfica» que se edita en Madrid mensualmente. En el número correspondiente al mes de octubre de ese año se publica en lugar preferente un escrito titulado «Rosario de Acuña, teósofa».

Se incluyen en el mismo fragmentos de la carta enviada por Carlo Lamo. En uno de ellos afirma: «Sus escritos eran profundamente teosóficos, aun antes de conocer las doctrinas de H.P. Blavatsky [Helena Petrovna Blavatsky, considerada la iniciadora del movimiento teosófico moderno, tras participar en la fundación en 1875 de la Sociedad Teosófica] y sus conferencias y libros de usted». El propio Roso de Luna corrobora tal aseveración al afirmar que el párrafo final de su testamento es, en efecto, digno de un teósofo. No se conforma Carlos con lo ya apuntado y aporta nuevas evidencias. Afirma que algunos de los libros del señor Roso (cita expresamente los titulados Conferencias [Conferencias teosóficas en América del Sur], Hacia la Gnosis y En el umbral del misterio) «estaban desde hace muchos años a la cabecera de su cama sirviéndole en sus largos y dolorosos insomnios de consuelo, de estudio, de confianza en otra más justa vida para ella que la que en el ciclo de las suyas le tocó vivir ahora. Decía que constituía su biblia».

El eco de esta pública confesión acerca de su condición de teósofa –aunque fuera a título póstumo y realizada por otra persona– debió de perdurar en el tiempo, pues a finales de los sesenta del pasado siglo llega a oídos de Patricio Adúriz («Incluso hubo –así por las buenas– quienes la adscribían a la quiromancia, a la teosofía, al ocultismo...»), que la desestima tras realizar algunas indagaciones al respecto, y lo hace con un argumento que parece bien sólido. Resulta que en 1916 el señor Roso de Luna publica El tesoro de los Lagos de Somiedo, un libro escrito tras un viaje a la Asturias tenebrosa en el que se mezclan la leyenda, la mitología y el ocultismo; resulta también que en ninguna de sus varias centenares de páginas aparece el nombre de Rosario de Acuña. A la vista de lo cual, el señor Adúriz se pregunta en uno de los apartados de su extenso escrito (⇑) «¿cómo es posible que una tal autoridad en la materia no mencionase a tan ilustre dama ni, tan siquiera, la hubiese ido a visitar?». La pregunta resulta  a todas vistas pertinente y razonable, pues doña Rosario vivía por entonces en Gijón, localidad que el autor del libro visitó en aquel viaje; la respuesta no se hace esperar y resulta concluyente: «¡porque no existía afinidad alguna entre ellos!».

Fragmento del texto publicado en la revista Hesperia

Ahora sabemos que Adúriz no tenía todas las claves del asunto, pues, si bien es cierto que no se conocían, también lo es que doña Rosario comulgaba con la doctrina teosófica de don Mario, hasta el punto de que sus obras eran por ella consideradas como libros de cabecera, al decir de Carlos Lamo. Él será también quien nos aporte una explicación plausible a la inexistencia de comunicación entre ambos, lo cual no deja de resultar un tanto extraño pues sabemos que nuestra protagonista era muy dada a la correspondencia epistolar. Al respecto dice el buen discípulo que en más de una ocasión él la había instado a que le enviase una carta de adhesión, en la cual le manifestara lo que sentía por la doctrina teosófica. Ella, dolida como estaba por las vejaciones sufridas a lo largo de sus muchos años de lucha, por no haber recibido más que desaires y desprecios, aun por muchos de los que se decían sus correligionarios, «siempre me contestaba que no; que ella era demasiado insignificante, que usted ni la contestaría siquiera y que quería conservar la ilusión de que usted no era un hombre como los demás españoles».

Tras su muerte, Carlos no pudo menos que tomar la pluma para transmitir a Mario Roso la que bien pudiera considerarse la última confesión de Rosario de Acuña acerca de sus creencias religiosas. Además de lo ya afirmado respecto a la consideración como «su biblia» a los libros teosóficos, cuenta que en la noche anterior a su muerte estuvo leyendo uno de sus libros, dejó registro acerca de la lectura de la página 119 del primer tomo de Conferencias. Por si todo ello no fuera suficiente, cuenta que al abrir el departamento de sus originales, encima de todos ellos, para que se viera bien, encontró el siguiente soneto, el cual y en su opinión sintetiza muy bien el credo teosófico:

El día terminó; la noche llega;
he sentido, he pensado y he llorado;
amé y odié, pero jamás ha dado
asilo el alma a la pasión que ciega.

La fe en el porvenir mi ser anega;
constante y rudamente he trabajado;
sufrí el dolor con ánimo esforzado
y sembré mucho, sin hacer la siega.

Gané el descanso en la región ignota
donde reina la paz del sueño inerte;
pero la luz que de la muerte brota

y en ruta eterna sus destellos vierte,
será encendida en estación remota,
¡Tendré otro día al terminar la muerte!




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lunes, 1 de junio de 2020

213. Preparando el centenario


Xosé Bolado ha donado al Ayuntamiento de Gijón la documentación que durante años ha ido reuniendo acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. El fondo incluye material de su época: «álbumes, antologías con textos (poemas y otras composiciones) de la escritora, hojas y folletos, abundante documentación hemerográfica, grabados, fototipias, fotos, documentación del contexto literario e histórico, almanaques, programas, revistas, tarjetas, convocatorias...». Ha sido depositado en la Hemeroteca Municipal y, tras su catalogación, estará a disposición de cuentas personas quieran profundizar en el conocimiento de nuestra protagonista.

La noticia, que no puede ser calificada más que como magnífica por quienes llevamos años empeñando nuestro esfuerzo en la tarea de difusión del testimonio vital de doña Rosario, se complementa con otra información que tiene una especial relevancia para quien esto escribe: como contrapartida a la donación, el Ayuntamiento se ha comprometido «a organizar los actos conmemorativos del centenario del fallecimiento en Gijón, en 1923, y en los que se incluye la programación y ejecución de una exposición dedicada a la escritora y activista madrileña afincada en Gijón».

El cuarto estado (Il Quarto Stato), óleo de Giusseppe Pellizza (Museo del Novecento, Milán)

Parece ser que algo empieza a moverse y que el centenario del fallecimiento de Rosario de Acuña no pasará inadvertido. Queda ahora por saber qué tipo de «actos conmemorativos» serán los que se desarrollarán o, dicho de otra forma, qué tipo de objetivos serán los que se pretendan alcanzar con las actividades que a tal fin se programen. Pues conmemorar supone recordar algo o a alguien, y tal acción es susceptible de ser abordada de diferentes grados y maneras. Se puede, ciertamente, acotar unos espacios y unos tiempos para rememorar con mayor o menor solemnidad quién fue esta ilustre vecina de Gijón y seguidamente entregarnos, de nuevo, al apacible letargo de la progresiva desmemoria. O, mirando más allá, podemos aprovechar la coyuntura del centenario para intentar que su testimonio vital se integre en la memoria colectiva de la ciudadanía gijonesa.

Hace unos meses, una concejala del Ayuntamiento de Gijón se interesaba por conocer cuáles eran mis propuestas al respecto. Por diversas circunstancias no se las pude hacer llegar entonces. Quizás ahora sea buen momento para dar respuesta a su interés y, de paso, exponerlas a la consideración pública. Como bien se puede deducir de lo más arriba expresado, el objetivo de las mismas trasciende el propio centenario para intentar lograr que, al fin, la figura de Rosario de Acuña y Villanueva forme parte del acervo gijonés. Se estructuran en tres ámbitos de actuación:

Primero. Habida cuenta de que no se parte de cero, de que ya hay un camino recorrido, creo que desde el principio –en la fase de preparación y diseño de las actividades– es preciso contar con aquellos colectivos que, de una u otra forma, ya han mostrado su interés en preservar vivo su recuerdo. Es el caso de la entidades que han asumido el nombre de Rosario de Acuña como enseña (un coro de voces femeninas, una logia masónica, un instituto, una escuela feminista); también del Ateneo Obrero de Gijón (con vinculación histórica con doña Rosario) o de aquellas otras que tienen su razón de ser en la defensa de algunos de los postulados por los cuales ella batalló a lo largo de su vida (Tertulia Feminista Les Comadres, Asturias Laica, Ateneo Republicano de Asturias...). Con el concurso de todas ellas, el programa de actos del centenario resultará más rico, plural y participativo.

Pero no sólo eso, la confluencia de estas entidades representa además una magnífica ocasión –y he aquí lo que a mi juicio adquiere mayor trascendencia–, para impulsar la creación de una plataforma que tuviera entre sus objetivos la difusión del pensamiento de doña Rosario, a semejanza de otras ya existentes.

Segundo. Si queremos que su testimonio vital enraíce en la colectividad y perdure en el tiempo, debemos procurar que sea conocido por la juventud gijonesa. También en este campo de actuación contamos con un trabajo previo que deberíamos tener en cuenta. Desde hace ya unos cuantos años, el instituto que en Gijón lleva su nombre entrega al alumnado que termina sus estudios de Bachillerato un libro que tiene a la librepensadora como protagonista. En un principio fue la edición que realizó María del Carmen Simón Palmer de dos de sus obras dramáticas más emblemáticas: Rienzi el tribuno y El padre Juan. Luego fue Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y, más recientemente, ¿Quién fue Rosario de Acuña? Quizás fuera posible que esta labor de divulgación llegara a otros centros docentes, lo cual posibilitaría que el alumnado de Bachillerato del concejo de Gijón conociera, primero, e indagara, después, en el valioso testimonio vital que nos ha legado. A tal fin y si se considera de interés, me comprometo a ceder los derechos de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) y a entregar los archivos correspondientes en los formatos PDF, EPUB y MOBI para que la obra pueda ser conveniente distribuida.

Sería posible entonces que en la edición del centenario, la de 2023, el Premio de Investigación Rosario de Acuñad abriera una nueva modalidad para estudiantes de Bachillerato, que tuviera por objeto el estudio de su vida, su obra o de aquellas materias a las cuales ella dedicó buena parte de sus escritos (feminismo, movimiento obrero, la naturaleza y su conservación, la libertad de conciencia...). Ni qué decir tiene que si la experiencia alcanzara el éxito que auguramos, habría de tener la deseable continuidad, lo cual facilitaría grandemente el objetivo perseguido.

Tercero. Bien está que en las estanterías de las bibliotecas encontremos sus obras y los trabajos que sobre ella se van publicando; bien está que estén accesibles en Internet y que cada vez sean más consultadas (un dato alentador al respecto: las consultas de su entrada en la Wikipedia han aumentado en el último semestre un 62%); pero no por ello debemos de olvidarnos de la necesaria presencia de  su recuerdo en el paisaje urbano, en la cotidianidad ciudadana. Creo que no está demás que, al tiempo que ponemos los ojos más allá del centenario, intentemos consolidar lo que en este sentido ya se hizo tiempo atrás. A finales de la década de los ochenta del pasado siglo, el Ayuntamiento de Gijón decidió contribuir a la recuperación para el acervo ciudadano de la figura de Rosario de Acuña, durante tantos años sumida en el más absoluto olvido. Fue entonces cuando se compró la que durante años fue su vivienda en El Cervigón, salvándola de la ruina, y poco tiempo después se tomó el acuerdo de denominar Paseo Rosario de Acuña (⇑) al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia. Pues bien, como ya he contado en escritos anteriores, la casa lleva años sin uso conocido y del paseo casi nadie conoce su existencia, pues no se encuentra en el lugar indicador alguno que lo informe. Las medidas a tomar en este último caso no parece que sean ni complicadas ni costosas, bastarían un par de placas que así lo indicaran a las numerosas personas que cotidianamente disfrutan de este lugar privilegiado del litoral gijonés.

En cuanto a los posibles usos de la casa de El Cervigón que permitieran su recuperación para la vida ciudadana, tuve ocasión de plantear algunas propuestas en un escrito titulado «Qué hacer con la casa de Rosario de Acuña» (⇑) (La Nueva España, 7 de noviembre de 2018). Sugería entonces que se dieran los pasos necesarios para convertirla en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron, citando expresamente la posibilidad de albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista. De la propuesta apenas me llegaron algunos ecos, que situaban el principal inconveniente en la lejanía del edificio. Cierto es que la casa de doña Rosario se encuentra a poco más de tres kilómetros y medio de la plaza Mayor, pero también lo es que a mayor distancia se hallan otros edificios municipales, otros equipamientos culturales, y ello no es obstáculo para que reciban varios miles de visitantes al año.

La casa de El Cervigón lleva años sin uso conocido, y el centenario de la muerte de quien fue su primera moradora bien pudiera ser momento idóneo para que recuperara su uso colectivo y, de esa forma, se convirtiera en referente vivo y cotidiano de esta ilustre gijonesa, de esta incansable luchadora que, contando con treinta y pocos años, abandonó su prometedora carrera como dramaturga para iniciar una larga lucha en defensa de la libertad de conciencia y en contra de la subordinación social de la mujer. Una gijonesa ilustre que al avecindarse en la ciudad ya estaba bien curtida en el duro batallar, y que a pesar de encontrarse próxima a iniciar la sesentena no por ello dejó de luchar. Tanto es así que si tuviéramos que definir la etapa gijonesa con pocas palabras, éstas tendrían que referirse al decidido apoyo que dispensa a los más necesitados: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en trincheras africanas o europeas... A juzgar por las palabras que escribió el cronista el día de su entierro, bien podemos afirmar que el pueblo gijonés no lo olvidó: «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sucedió hace noventa y siete años. Tenemos tres años por delante para preparar adecuadamente su centenario.

La Nueva España, edición de Gijón, 29-5-2020





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lunes, 25 de mayo de 2020

212. La prima repudiada


Se enteraron, claro que se enteraron. Cuesta trabajo creer que no lo hicieran, pues los periódicos de toda España, aun los de menor tirada, se hicieron eco de aquel escándalo. La prima Rosario, la hija del difunto tío Felipe, estaba en boca de todos. Cuentan que ha escrito barbaridades sobre los jóvenes españoles y sobre sus madres, que los universitarios están en huelga reclamando una reparación a tan grave ofensa, que la Justicia se ha puesto en marcha (⇑) y que van a procesar a la autora de aquel infamante escrito. Desde finales del mes de noviembre del año 1911, la prensa nacional reserva un espacio a la «cuestión escolar» para dar cuenta de las movilizaciones de los estudiantes contra la autora de aquel escrito denigrante y difamatorio. De no haberlo leído en los periódicos madrileños que se recibían en algunas de sus localidades de residencia, bien pudieran haberlo hecho en las páginas de El Noticiario Sevillano o de El Correo de Andalucía, publicados en Sevilla; en el diario La Lealtad que se editaba en Jaén; en los linarenses El Noticiero, El Popular o El Heraldo de Linares; en los semanarios baezanos  El Liberal de Baeza o Norte Andaluz; o en el que desde el año anterior veía la luz en Torreperogil con el título El Domingo, que en todas esas localidades andaluzas residían la mayoría de quienes formaban parte del primazgo.

Bien es verdad  que quedaban ya muy lejos los tiempos en que Rosario, la prima mayor, viajaba desde su Madrid natal para pasar largas temporadas en la casa que el abuelo Felipe tenía en Andújar.  Era entonces tiempo de reuniones entre primos;  se acercaban hasta allí para verla o la recibían en Baeza, donde habían nacido y donde por entonces vivían sus siete primas y sus cinco primos. También es cierto que no tenían contacto con ella desde hacía ya unos cuantos años, desde el momento aquel en el que la prima, poco después de la muerte del tío Felipe, decidió apartarse del sendero común (⇑): se separó del marido, se convirtió en librepensadora primero y más tarde en masona. Las más pequeñas (Teresa tan sólo tenía dos años por entonces) habrían de enterarse de todo ello tiempo después, probablemente en alguna reunión familiar,  como esta de la que da testimonio la fotografía  que acompaña estas líneas, donde podemos ver a la descendencia del matrimonio formado por su tío Antonio de Acuña y Solís y su mujer, María de los Dolores Robles y López.

Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña)

Aunque Rosario llevaba ciertamente  bastantes años en el olvido familiar, es de suponer que el escándalo de La jarca –aquel escrito suyo del que todo el mundo hablaba (⇑)– reverdeciera viejos recuerdos y antiguas conversaciones familiares; avivara pasadas vivencias, sensaciones e ilusiones compartidas. El tiempo de las fraternales estancias familiares de la prima madrileña en tierras jiennenses ha quedado muy atrás, y por muy liberal que hubiese sido el ambiente en el que se criaron, todo tenía un límite. Quien más y quien menos, los de Acuña Robles y los de Acuña Martínez de Pinillos ostentaban por entonces una posición destacada en la sociedad, con distinguida presencia en el campo de la milicia, la judicatura, la política o la Administración. Y lo que es más importante para el asunto que nos ocupa: la mayoría eran padres y madres, que aquel primazgo ya cuenta con una larga lista de descendientes, que Rosario de Acuña y Villanueva tiene veintiséis sobrinos segundos. «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho». «Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia, que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas...». Aquellas frases extremadamente duras ponían en duda la hombría de los jóvenes españoles, también la de sus hijos,  algunos de los cuales forman parte de esa misma clase escolar tan duramente atacada, pues los hay que son alumnos de una academia militar o estudian en alguna de las diez universidades españolas.  

Resulta razonable suponer que aquellas palabras, aquel escándalo, ocasionara menor estupor en sus primos más pequeños, pues por la diferencia de edad apenas habían coincidido con ella antes del alejamiento: treinta y tres años la separaban de Teresa, la hija menor de su tío Cristóbal. No por ello habrían de permanecer ajenos al impacto de aquella noticia, mucho menos los que aún residían en Baeza, una localidad de poco más de quince mil habitantes donde los Acuña eran bien conocidos, no en vano sus dos tíos habían sido regidores de la ciudad en diversos periodos y habían ocupado otros puestos de relevancia. Teresa de Acuña y Martínez de Pinillos tenía por entonces veintiocho años; su hermana María del Carmen, de treinta y cinco, acababa de dar a luz a su segundo hijo; y su hermano Ramón, que cuenta con treinta y siete años de edad, también ha sido padre el año anterior. 

Los hijos de sus tíos Antonio y Cristóbal forman parte de la España acomodada. Integran la denominada burguesía rural, sustentadora del estrato superior de la oligarquía que rige el país desde la Restauración borbónica. De todos ellos, quizás sea el primo Francisco de Acuña y Martínez de Pinillos quien mejor ejemplifique esta posición de privilegio. Él será quien ostentará la jefatura de la rama segunda de la Casa de Acuña de la línea de los Señores de la Torre de Valenzuela. Permanecerá en Baeza para preservar las propiedades familiares; será alcalde de su localidad natal, como antes lo había sido su tío y su padre. Los Acuña, durante siglos señores y ahora propietarios, se han tenido que adaptar al nuevo Estado liberal, abandonando los privilegios del Antiguo Régimen. No obstante, en la crianza de los nietos de Felipe de Acuña y Cuadros, el abuelo común, aún se han mantenido presentes algunos de los elementos constitutivos de la vieja sociedad estamental. Sirva como ejemplo el hecho de que aquel primazgo se crió considerando natural la servidumbre: «siendo el señor moralmente amo y padre a la vez, y siendo el servidor criado e hijo al mismo tiempo». Tan normal era aquella relación que para doña Rosario, tal y como afirma en un escrito de principios del siglo XX (⇑), «el servidor era un ser de imprescindible necesidad en todo hogar medianamente digno». Gracias a sus muchas horas de estudio y profundas reflexiones, nuestra protagonista pudo dejar atrás estas y otras consideraciones que había interiorizado en el entorno familiar, como aquella que asignaba a las de su género el papel buena madre y esposa, de «ángel del hogar», expresión muy utilizada para referirse al trascendental papel o sagrada misión que la mujer habría de jugar en sus dominios domésticos. La mayor parte de sus primos, siguiendo la tradición familiar, se encuadrarán en la milicia; sus primas se casarán con magistrados o militares.

Fragmento de la portada del diario La Correspondencia de Españ, (Madrid, 28/11/1911)

Antonio de Acuña y Robles contaba  por entonces con cuarenta y ocho años de edad, era comandante de Artillería y estaba destinado en el Tercer Regimiento Montado, que tenía su sede en Burgos. Se había casado en el verano de 1888 con María Purificación Gómez de la Torre y Bonilla. Su carrera, como militar primero y como gobernador civil después, lo llevó a trasladar el domicilio familiar en varias ocasiones. Sus ocho hijos nacieron en Barcelona, Madrid, Sevilla y Jaén. Uno murió al poco de nacer. Del resto, solo el mayor era varón y solo él se convirtió en universitario: se llama José María de Acuña y Gómez de la Torre, tiene  veintidós años y estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Aquel joven formaba parte de la grey estudiantil y, en consecuencia,  era uno más de los que, en palabras de su tía segunda, no tenía nada de macho; uno de esos «engendros de un par de sayas (la de la mujer y la del cura o el fraile) y de unos solos calzones (los del marido o querido)». No resulta muy aventurado suponer que aquellos improperios de la prima no hicieran ninguna gracia ni a la madre ni al padre del muchacho. Tampoco que la boda de su hija María Dolores, celebrada en Madrid el primero de diciembre de 1911, fuera a coincidir con la noticia de la frustrada detención de la tía segunda de la novia, que huyó a Portugal horas antes de que la Guardia Civil se presentase en su casa con la preceptiva orden judicial.

Más sedentaria fue la carrera militar de Felipe, su hermano mayor. El primogénito de su tío Antonio llevaba años en Sevilla, allí se había casado en el año ochenta y cuatro con una sevillana de Huévar llamada María de la Concepción Díaz-Trechuelo Aguirre, hija primero y hermana después del marqués de Villavelviestre. En esa capital estaba destinado a finales de 1911, cuando el escándalo de la Jarca. Era por entonces teniente coronel de Caballería, en el Regimiento de Cazadores Alfonso XII núm. 21. Tiene dos hijas y cinco hijos, de los cuales tan solo los dos últimos, por su corta edad, podrían quedar a salvo de las insolencias escritas por la descarriada prima. El primogénito, José María de Acuña Díaz-Trechuelo, hace unos meses que abandonó la academia y es segundo teniente del Regimiento de Infantería de Granada. Su hermana Felisa, que cuenta por entonces con veintitrés años continúa ligada a la milicia al casarse con otro segundo teniente, en este caso del arma de Ingenieros.

Quizás fuera por la impronta de Felipe de Acuña y Cuadros, el abuelo común, que sirvió durante la guerra de la Independencia en el Cuerpo de Carabineros Reales del que se retiró con el grado de teniente, lo cierto es que la milicia no les resultaba ajena en absoluto. Y a los primos militares hay que añadir otras primas que la conocieron bien, pues se casaron con oficiales; también al primo Joaquín de Acuña y Robles, el inspector del Banco Hipotecario, que tenía por suegro a un oficial de la Guardia Real y coronel de Caballería. La tradición y el Ejército cuadran mal con aquellas ideas disolventes de la prima literata: «¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!». Cuesta trabajo que frases como esta no ocasionaran alboroto en  el entorno familiar de su prima Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos, casada también con un militar, por entonces teniente coronel de Caballería, al tiempo que maestrante de Ronda, camarero de honor supernumerario, camarero de España y capa de Su Santidad, condecorado con la medalla de Alfonso XIII, patrono lego de la capilla de San Juan Evangelista de Baeza...

Con todo, probablemente sea el caso de su prima tocaya el que mejor pueda ejemplificar la relación del primazgo con el patriotismo, la milicia y la tradición, pues la vida de Rosario de Acuña y Martínez de Pinillos se había movido, y seguía moviéndose, dentro de estas coordenadas. Tenía por entonces cincuenta y tres años y era viuda desde hacía doce del teniente coronel de Infantería Pablo Arredondo y Muñoz-Cobo. Madre de familia numerosa, lo era de seis hijos varones tras haber sufrido la muerte de su única y joven hija tan solo dos años atrás, cuando no había cumplido los diecisiete. Seis hijos, y los seis militares; unos en ejercicio y otros, los más jóvenes, en fase de formación. El mayor, Juan Arredondo de Acuña, tenía por entonces treinta y un años y era capitán de Infantería; le seguía su hermano Luis, en esos días primer teniente del mismo arma; Alfredo había terminado sus estudios en la academia el año anterior, siendo destinado al regimiento de Infantería Granada 34 como segundo teniente; Pablo los ha terminado hace unos meses y se ha incorporado al batallón de Cazadores de Barbastro nº4, de guarnición en Alcalá de Henares. Los más pequeños siguen idéntica trayectoria: José es nuevo alumno de la Academia de Caballería y Carlos, que tan solo cuenta con catorce años, acaba de ser admitido para ingresar en el colegio para huérfanos de oficiales del Ejército en Guadalajara.

Las manifestaciones de los universitarios españoles (en muchas localidades también de los estudiantes de bachillerato) surten sus efectos. Tras la denuncia de la Fiscalía, el asunto está en los tribunales. La Audiencia de Barcelona dicta una orden de captura contra aquella mujer de sesenta y un años de edad que, al enterarse de la agresión (⇑) a la que fueron sometidas unas universitarias al salir de las aulas de la Central, no había dudado en coger su pluma para arremeter contra los agresores. Huyó a Portugal para no ser detenida y aquí hubo quien no se quedó callado. En el Congreso se cuestionó que se publicaran edictos interesando la busca y captura de Rosario de Acuña «sólo porque se acusa a esta de un delito de injurias que no tiene prisión preventiva»: controversia tenemos. A otra audiencia, la de Jaén, se ha incorporado meses atrás un nuevo magistrado. Se llama Juan de Bonilla y Goizueta, marido de una prima de la huída, de nombre Petra de Acuña y Robles. ¡Cuánto no hablarían de este asunto! O quizás no. Acaso las cuestiones legales, profesionales, formaran parte del ámbito privativo del señor magistrado, y hubiera otras, como las reuniones de la Junta de Damas de la Cruz Roja o de la Junta Provincial de Caridad de Jaén, que lo fueran del de su esposa. Bueno, cabe pensar que sí lo hicieran, al menos para dilucidar si sus dos hijas, de nombre Fermina y Ana Rita, se convertirían en unas de esas intrépidas universitarias a las que su tía segunda había defendido.

Fotografía tomada en su casa de El Cervigón (Blanco y Negro, 3-12-1911) «Bien pronto una de las señoritas pasó ante el grupo, tan ajena, y en menos que se dice la rodearon, vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cristóbal de Castro lo contó en el Heraldo de Madrid: un grupo de estudiantes de la Universidad Central, que llevaban tiempo al acecho, había agredido a unas  universitarias. La noticia llegó hasta la aislada casa situada en un promontorio del litoral gijonés donde por entonces vivía la prima Rosario. No lo pasó por alto y escribió «La jarca de la Universidad», utilizando aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después. No menos gruesas fueron las utilizadas por sus detractores en los virulentos ataques que hicieron públicos contra la autora de aquel escrito. La llamaron histérica, proxeneta roja, engendro sáfico, buscona de estercolero social (⇑), alcohólica, degenerada, harpía laica y otras lindezas similares (⇑). Todos los pormenores del caso, todos estos insultos, estaban al alcance de aquellos primos de brillantes hojas de servicios, de aquellas primas casadas con prestigiosos militares y magistrados. No podían ignorarlo, el apellido las señalaba, los delataba: aquella mujer, que estaba en boca de todo el mundo y cuya imagen aparecía en la revista ilustrada Blanco y Negro dando de comer a patos y pavos, era su prima.

Habrán tenido que dar explicaciones al respecto en el cuartel, en la audiencia, en el banco o en las reuniones de sociedad. Llegado el caso, es probable que tuvieran que echar mano del tiempo transcurrido, del largo alejamiento, de su condición de hija única, de aquella enfermedad ocular que padeció durante tanto tiempo, de su prematuro gusto por la rima, de su amor por la naturaleza, del brusco cambio de trayectoria que llevó a cabo tras la prematura muerte de su querido padre, de su condición de literata... 

Es probable que no faltaran las preguntas o las insinuaciones al respecto, que  tuvieran que dar algunas explicaciones en el cuartel, en la audiencia, en el banco o en las reuniones. Llegado el caso,  tal vez se vieran en la necesidad de echar mano del tiempo transcurrido, del largo alejamiento, de su condición de hija única, de aquella enfermedad ocular que padeció durante tanto tiempo, de su prematuro gusto por la rima, de su amor por la naturaleza, del brusco cambio de trayectoria que llevó a cabo tras la prematura muerte de su querido padre, de su condición de literata... De todas formas, una cosa parece estar bien clara: no tienen nada que ver con esa tal Rosario de Acuña y Villanueva, de la que todo el mundo habla. 

Primero fue la nieta deseada, la primera de todas, aquella niña que animada por su abuelo paterno («¡Venga esa niña al campo!») acompañaba a su padre a las salutíferas tierras de Jaén; la querida prima mayor que a todos encantaba con sus poesías; la prometedora dramaturga, que se había casado con un joven militar y que, al igual que harán sus primas, acompañará a su marido al destino asignado. Luego se convirtió en la sobrina descarriada, en el momento en el que decidió abandonar el sendero familiar, el del buen sentido y la tradición, para cruzar a la otra orilla, la que pueblan masones, librepensadores, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas... Ahora, tras largos años de distanciamiento, parece claro que tanto sus distinguidos primos, como sus no menos distinguidas primas,  desde la preeminente situación que ocupan en la sociedad del momento, rechacen cualquier vínculo con aquella mujer. Ningún contacto, nada que ver, no aceptan como prima suya a quien es capaz de escribir barbaridades que atronan sus oídos:

¿Qué va a ser ellos?¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas... digo, pobres chicos..., si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos, y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?



Nota.  Agradezco a María José de Acuña  el envío de algunas fotografías de su familia. En la que aparece al inicio de este comentario podemos observar a su tatarabuelo Antonio de Acuña Solís (sentado a la derecha) y a su tatarabuela María de los Dolores Robles López (sentada a su lado) en compañía de sus tres hijas y sus tres hijos: (de izquierda a derecha, de pie) María Teresa, Rafaela, Antonio, Petra; (en primer término, también de izquierda a derecha) Joaquín y Felipe de Acuña Robles (su bisabuelo).  




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