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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009) y de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

lunes, 24 de diciembre de 2018

181. Maternidad


Maternidad, Pierre Augusto Renoir, Museo d´Orsay, París
Luchó con todas sus fuerzas para acabar con las ataduras que sometían a la mujer; combatió sin tregua las teorías que pretendían justificar el secundario papel que la sociedad había asignado a las mujeres en razón de una supuesta menor capacidad intelectual; denunció con tesón aquel reparto injusto que otorgaba preeminencia al varón y «la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer»; animó sin descanso a las mujeres, a sus compañeras («pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía»), para que asumieran sin complejos todo el protagonismo en la imprescindible regeneración patria; atacó con tesón el soporte ideológico que la iglesia católica había suministrado durante siglos a la sociedad patriarcal, la secular colaboración del confesionario en el sometimiento de la mujer («Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre...»);  alertó del peligro que suponía prestar oídos a los aduladores de halago fácil y a los falsos salvadores («¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería!»)...

No rehuyó el combate frente a los creadores de opinión, frente a quienes utilizaban la tribuna, el púlpito o el escaño para defender la secular primacía del varón. Puso su palabra y su pluma al servicio del engrandecimiento de la mujer («por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?»). En primera línea de batalla la encontraron quienes pretendían conservar sus ancestrales prerrogativas:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia…

En primera línea de batalla, defendiendo su abolición (véase el comentario 90. La ramera ⇑),  la encontraron  «los hábiles gimnastas de la vida, que, en equilibrio constante sobre la sólida maroma de su egoísmo, dominan, con benévola sonrisa, la pública opinión» y presentan la prostitución como vicio preciso, como necesidad de la naturaleza o como mal que evita mayores males...

Y al hallar a la ramera más que culpable desgraciada, ¿cómo no revolverse contra el llamado fuerte, contra el hombre, y arrojar a su frente, manchada con pensamientos repugnantes, un anatema tremendo? ¡Fuerte! ¿Para qué? ¿Para someter a la debilidad?

En primera línea de batalla la encontraron también aquellos estudiantes que, incapaces de soportar lo que algunas mujeres a base de mucho esfuerzo estaban logrando, agredieron a unas universitarias a las mismas puertas de la universidad Central a la que habían osado acudir para recibir la misma formación que sus compañeros varones. Aquel grupo de agresores, rodearon a una de ellas «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cuando aquella noticia llegó hasta su casa gijonesa, doña Rosario no lo dudó, cogió su pluma y se despachó a gusto:

¡Ahí es nada!, ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales. ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas?... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos, y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?

Allí, en la primera línea de la batalla, recibió insultos e improperios, padeció persecuciones y procesamientos (también el exilio ⇑)... Todo por un objetivo: que las mujeres piensen por sí mismas y consigan liberarse de la pesada losa que las ha mantenido oprimidas durante siglos. La liberación de la mujer tan solo tiene un límite para ella: el mandato de la naturaleza, la maternidad. «Las solteras y las viudas hagan lo que quieran; las madres no pueden ser otra cosa que madres». La madre humana, al igual que el resto de las madres, debe supeditar cualquier cosa al cumplimiento de la misión encomendada. Son numerosos los textos en los que describe las muestras de amor con que obsequian las madres de las distintas especies a sus pequeñuelos: la mujer, en cuanto madre, no debe hacer menos, debe seguir el mandato de la Naturaleza y entregarse por entero a la tarea de prolongar la vida con el fruto de sus entrañas.  La lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene, pues, para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue:

No tuvimos hijos. Al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. Cuando desplegué mi atención para conocer a mis contemporáneos me estremecí de espanto al suponer que, acaso yo, habría tenido hijos como multitud de hijos de otras madres ¡Ah! ¡No! ¡Bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres; con los cerebros resquebrajados por herencias alcohólicas o sifilíticas; pingajos de carne macilenta donde fluctuara un espíritu indeterminado, tocado de los delirios de las falsas grandezas, sin más ideales que un libro de cheques, un sibaritismo principesco o una insultadora procacidad para conservar todas las menudencias de la vida!...

Sobre maternidad y naturaleza, sobre las madres de todas las especies trató en algunos de sus escritos. En Ni instinto ni entendimiento (⇑) describe con todo detalle el comportamiento de algunas madres de diferentes especies animales a las que escudriñó en más de una ocasión en el Jardín de Aclimatación situado a las afueras de París. Resalta el comportamiento de las madres monas a la hora de alimentar a sus crías. No puede resistir la tentación de compararlo con el de algunas madres humanas que observó en sus expediciones a lo largo de las tierras de España: «vi dar a niños de tres meses sopas hechas con chorizo [...] meter en la garganta de otros rorros bolas de jamón crudo y de patata cocida mascadas antes por la madre [...] cómo atascaban la boquita de otros niños con galletas mojadas en vino [...] a otros he visto darles castañas, almejas y percebes...».  La ausencia de entendimiento, la incultura, suponían un grave impedimento para que algunas madres racionales consiguieran superar las maravillas del instinto animal.

Si en el asunto de la alimentación de los pequeños el panorama no resultaba muy alentador, qué decir del horror que de tanto en tanto se asomaba a las páginas de sucesos de los periódicos dando cuenta de algunos macabros infanticidios. Rosario de Acuña reflexiona acerca de estas atrocidades en Las madres (⇑), un proyecto de libro que, según parece, no llegó a ser y del que tan solo conservamos algunos fragmentos. Para ella, aquellas muertes son todo un síntoma,  una manifestación más de la profunda hipocresía que anidaba en aquella España dominada por el oscurantismo:  «¡Oh! ¡Las madres!, ¡las madres humanas... y cristianas! ¡Qué edificantes!, ¡qué sublimes!, bien cuando queman o despedazan a sus hijos, bien cuando rellenan las inclusas a los nueve meses del carnaval, o a los nueve meses de la feria del pueblo».

Queda mucho por hacer, mucho atraso e incultura que vencer. La mujer es la víctima propiciatoria de los vacíos convencionalismos, las hueras normas, las apariencias vanas y los comportamientos fatuos con que se nutre esa sociedad; es la primera damnificada de la ignorancia y la superstición que invade la vida patria. Es preciso conseguir que las madres preparen el camino a las nuevas generaciones para que puedan formarse con planteamientos bien diferentes a los que han originado aquella sociedad decadente: en un nuevo ambiente, con una nueva formación, los hombres y mujeres del mañana habrán de ser diferentes.

¡Mujeres, mujeres futuras!, ¡solo madres!, ¡salud! ¡Salve a vuestra majestad, a vuestra libertad, a vuestra consciente mayoría de edad en las décadas de los siglos, a vuestra liberación del macho, que afirmará sobre el planeta la evolución del racionalismo en sus más culminantes alturas! 


martes, 18 de diciembre de 2018

180. Centro Sociocultural Rosario de Acuña, Madrid


Centro Sociocultrual Rosario de Acuña (fotografía www.madrid.es)
La Junta Municipal del Distrito de Latina, en sesión celebrada el 5 de abril de 2018, acordó asignar el nombre Rosario de Acuña al centro sociocultural sito en la calle María del Carmen, número 65. Días después, la decisión es ratificada por el delegado del Área de Gobierno de Coordinación Territorial y Cooperación Público-Social. Culminaba así un proceso que se había iniciado un año antes por iniciativa de la Mesa de Memoria Histórica del distrito. .

Constituida dos semanas antes con los objetivos de fomentar el debate histórico en la zona y de apoyar «el proyecto iniciado por el Ayuntamiento en relación con el cambio de los nombres de aquellas calles relacionadas con personas y pasajes de la dictadura franquista», será en la segunda reunión de la Mesa, celebrada el cuatro de mayo de 2017,  cuando Rosa María Arteaga Cerrada presente su propuesta de restitución del nombre del centro cultural conocido como San José de Calasanz por el de Rosario de Acuña, que es acogida de forma favorable por los presentes, razón por la cual se acuerda trasladarla a los dirigentes municipales.

La propuesta para el cambio de denominación es incluida en el orden del día de la sesión ordinaria de la Junta Municipal correspondiente al mes de julio. Cuando llega el momento y en representación de la Mesa de Memoria Histórica, interviene Rosa María Arteaga quien, mediante una documentada exposición, realiza un completo resumen de la biografía de doña Rosario con el objetivo de que los presentes «comprendan la idoneidad e interés del cambio que promovemos".  No se trata sin embargo de alegar méritos para otorgar su nombre a un centro municipal, sino –como hace constar al principio de su intervención– de restituir, de recuperar, la denominación original de este edificio que fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 como grupo escolar Rosario de Acuña. Tal y como la proponente expone en la junta (y aquí se ha dejado escrito en el comentario 147. Un patronato para el colegio ⇑) aquella edificación formaba parte del ambicioso plan que el Gobierno de la Segunda República puso en marcha para paliar la escasez de plazas existentes en los centros públicos: a los seis grupos escolares que se habían construido entre 1922 y 1928  se iban a sumar otros dieciocho... ¡en menos de dos años! Algunos de los nombres elegidos para denominar a los colegios inaugurados por entonces (Pablo Iglesias, Joaquín Dicenta, Catorce de Abril, Nicolás Salmerón, Rosario de Acuña...) no debieron resultar muy acordes con los principios doctrinales que inspiraban el nuevo estado instaurado por la fuerza de las armas, de manera tal que en 1939 recibieron una nueva denominación y fue entonces cuando  pasó a denominarse San José de Calasanz el que anteriormente fuera conocido como Rosario de Acuña. Y ahora lo que se pretende es restituir su nombre primigenio.

Grupo escolar Rosario de Acuña, semanas antes de su inauguración

Sometida la proposición a votación, obtuvo el mismo número de votos a favor que en contra. Realizada una segunda votación, el resultado es idéntico. La presidenta de la Junta,  haciendo uso de su prerrogativa de voto de calidad, deshizo el empate, quedando aprobada. No obstante, pasa el tiempo y el acuerdo no recibe el visto bueno de la Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Madrid. Al parecer existe algún procedimiento o normativa que impide la duplicidad en el nombre de calles y de edificios municipales, lo cual sucedería en este caso pues ya existe una calle Rosario de Acuña.

Rosa María Arteaga no se da por vencida, ni mucho menos. En la reunión de la Mesa de Memoria Histórica del 8 de noviembre facilita la información pertinente y da lectura al recurso de impugnación que ha preparado acerca de la interpretación realizada de la ordenanza en vigor. Los presentes no están satisfechos con el procedimiento seguido hasta entonces, tal y como se recoge en el acta de la sesión: «Entendemos y acordamos que no se ha hecho el suficiente esfuerzo por parte de la actual Administración por dar el visto bueno y sí para entorpecer su realización». Parece ser que hay algún precedente en el asunto de la duplicidad, pues  existe un instituto y una avenida que llevan el nombre de Manuel Fraga Iribarne.

Llegados a este punto no puedo menos de acordarme del proceder de Roberto Castrovido en una situación similar (⇑). Resulta que en 1925 andaban en el Ayuntamiento madrileño dándole vueltas a la posibilidad de renombrar una de sus calles para mayor gloria de Antonio López López, convertido en 1878 en marqués de Comillas por obra y gracia de Alfonso XII. Pues bien, al republicano periodista aquella  posibilidad, no gustándole en absoluto,  le brinda la ocasión para reclamar la misma vara de medir en el caso de la propuesta que lleva tiempo defendiendo: «si se sustituye el de San Andrés por el de Marqués de Comillas, abrogando las disposiciones legales que impiden los cambios de nombres y el darlos nuevos sin anuencia de la mitad más uno de los vecinos, lograré mi intento de que se cambie el nombre de Fomento por el de doña Rosario de Acuña, merecedora de dárselo a la calle en que nació».  

No logró Castrovido su propósito; sí que lo consiguió Rosa María Arteaga. Su decisión y perseverancia tuvieron, al fin, el éxito deseado. Tras ser aprobada por segunda vez la propuesta en una nueva sesión de la Junta Municipal del Distrito de Latina, celebrada nueve meses después de la primera aprobación, la Mesa de la Memoria recibe a primeros de junio de 2018 la confirmación de que el cambio de nombre ha sido finalmente aprobado, como queda dicho,  por el delegado del Área de Gobierno de Coordinación Territorial y Cooperación Público-Social. El centro sociocultural sito en la calle María del Carmen, número 65, pasa a denominarse Rosario de Acuña. Si Pinto, donde vivió algunos años, dio su nombre a un centro municipal (⇑) y Gijón, donde decidió pasar la última etapa de su vida, hizo lo propio con un instituto (⇑), ahora, en su Madrid natal,  habían logrado que su nombre volviera a lucir en un edificio destinado a iluminar el porvenir, primero como colegio y ahora como centro cultural.

Felicitemos a Rosa María Arteaga y disfrutemos del logro que ha conseguido, pues bien sabemos que los vaivenes de la memoria no siempre resultan todo lo favorables que quisiéramos,  como hemos podido comprobar en los últimos comentarios, tanto en el referido a su última casa (⇑), levantada en el litoral gijonés, como al dedicado a las vueltas que ha dado su nombre en los callejeros patrios (⇑).


martes, 27 de noviembre de 2018

179. A vuelta con sus calles


Cuando el periodista Roberto Castrovido reclamaba en 1925 (⇑) que el Ayuntamiento madrileño pusiera el nombre de Rosario de Acuña a una de las calles de la capital, es bastante probable que desconociera que ya la tenía. Lo ignoraban también las autoridades municipales cuando decidieron purgar el callejero de la capital tras la Guerra Civil: eliminaron una, pero convivieron años y más años con la otra. Ese mismo desconocimiento explicaría por qué durante décadas se mantuvo presente en las calles de otras ciudades, la razón por la cual cartas y más cartas mantuvieron vivo el nombre de tan ilustre librepensadora y masona, en aquel tiempo de la tan manida «conspiración judeo-masónica». Resulta aún más paradójico que fueran los nuevos ediles, los elegidos democráticamente, quienes decidieran eliminarla de aquellos callejeros en los cuales había conseguido sobrevivir durante los largos años de la dictadura.

Placa de la calle

Aunque Castrovido no tuviera noticia de ello,  gracias a la prensa de la época sabemos que a principios del siglo XX en Madrid ya existía una calle con su nombre: dos noticias de sucesos –la primera de 1901– sitúan en ese escenario unos lamentables accidentes laborales. Si una tuvo en vida, alguna más tendrá tras su muerte. Las primeras en movilizarse para lograrlo fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad, de conciencia, de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unas pocas semanas en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el Ateneo madrileño el 30 de mayo del año veintitrés. Pocos días después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». De las peripecias administrativas de aquella propuesta (aprobación por el plenario del Ayuntamiento, recurso de alzada contra el acuerdo, estimación del recurso por parte del gobernador...) ya he dado cuenta en el comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la librepensadora recién fallecida a una de las principales calles de la localidad. En Madrid el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña (sin la preposición «de», tal y como figura en la placa que ilustra este comentario). Así que, de no haberse eliminado la anterior, serían dos las que figurarían con tal nombre. No sería la única vez.

Reproducción de un cartel de Luis DubónTras la proclamación de la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades se remozaron, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos.  Fue entonces cuando en Gijón, al fin, acordaron denominar Rosario de Acuña a la avenida que conduce a la ermita (⇑). Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes.  Así lo hicieron en  Sama de Langreo, Pola de Laviana, Porcuna, Puertollano o Santander. También en Madrid. Otra vez en Madrid. En el mes de mayo de 1931 la corporación municipal decide que el paseo de Los jesuitas, pasara a denominarse paseo de Rosario Acuña (también sin la preposición «de»).

De nuevo tenía dos vías públicas con su nombre en la capital de España, y la existencia de esta última, el paseo, llevaba aparejada una gran carga ideológica, pues a nadie se le escapaba la importancia –una auténtica victoria simbólica– que para los anticlericales suponía aquel cambio, pues no solo eliminaban del espacio público a los jesuitas (una de sus bestias negras), sino que elevaban a las alturas a una destacada librepensadora.  Claro está, que lo que tenía de victoria para unos, suponía una derrota, una auténtica afrenta, para otros. Así las cosas,  en este terreno de abierta confrontación, no debiera de resultar muy extraño que, cuando la fuerza de las armas que habían sido enarboladas por los militares sublevados en julio del año treinta y seis logró cambiar los designios de las urnas, todo se volviera del revés: se  sacralizaron de nuevo las calles, las avenidas y los paseos; el de los jesuitas, también. Se retiró la placa que llevaba el nombre de aquella librepensadora. ¡Y masona! La afrenta quedaba reparada. Así sucedió también en aquellos otros lugares en los que había lucido durante el periodo republicano. No en todos. Permaneció, al menos,  en Tarrasa... y en Madrid, donde, no lo olvidemos, había otra calle con su nombre. Quizás la desmemoria fuera la razón, quizás el olvido pueda explicar por qué durante tantos años se mantuvo vivo su recuerdo en las placas de aquellas calles; por qué en el Boletín Oficial del Estado se recordaba su nombre de tiempo en tiempo; por qué los vendedores de hilaturas o los industriales colchoneros avivaban la tenue llama del recuerdo cuando anunciaban sus productos.

Los nuevos aires que penetraron en los ayuntamientos en la primavera de 1979 volvieron a agitar los callejeros de España. Paradójicamente, su nombre se cayó entonces del de Tarrasa. A Madrid, su ciudad natal, se unieron Pinto y Santander, localidades en las cuales residió durante dos etapas de su vida. Y en Gijón, donde decidió vivir sus últimos años, donde quiso permanecer para siempre, también acordaron dar su nombre a un vial urbano, aunque la mayoría de la población ignore que en la ciudad exista un paseo Rosario de Acuña: nadie lo lee, pues no hay placa alguna en el paseo; nadie lo escribe, pues en el lugar no hay vivienda a la que enviar carta alguna; nadie lo pronuncia, pues el paseo que a ella decidieron dedicar es un tramo (desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia, según cuenta Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón) de un camino que todo el mundo conoce como «sendero de El Cervigón», el mismo que bordea la que fue su última morada (⇑). Una casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller. Una casa que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido, y a la que se llega caminando por el paseo Rosario de Acuña, aunque casi nadie lo sepa.

domingo, 14 de octubre de 2018

178. Qué hacemos con la casa de Rosario de Acuña


Vista de la casa de Rosario de Acuña desde El Rinconín (archivo del autor)
Recientemente me acerqué hasta la casa de Rosario de Acuña. Quería comprobar si la conversación que había mantenido meses atrás con un viejo conocido, concejal del Ayuntamiento gijonés, había dado sus frutos; si en el panel informativo que se encuentra al borde de la senda de El Cervigón se había modificado el año de nacimiento de la ilustre librepensadora. Una vez allí, no di de primeras con el objeto buscado  y tuve que volver sobre mis pasos. Al fin, por el hueco existente en la tupida vegetación que rodea la finca, pude ver la lámina metálica, fuera de su sitio, tirada sobre el verde suelo del interior. ¡Qué decepción! No solo no habían cambiado el año –a pesar de que desde hace ya un tiempo disponemos de la documentación que prueba que nació en 1850 (⇑)  y no un año después como allí figura–, sino que la única fuente de información acerca de doña Rosario con la que contaban los numerosos vecinos y visitantes que por esta senda transitan yacía ahora por los suelos. Aquello era, sin duda, un paso atrás para cuantos llevamos años empeñados en la tarea colectiva de recuperación de la memoria, del testimonio vital, de quien fuera una de nuestras ilustres convecinas.

Casa de Rosario de Acuña. El panel informativo en el suelo (archivo del autor)
¿Cómo podía ser posible que precisamente ahora, cuando su nombre recupera protagonismo en otras ciudades, la casa en la que pasó los últimos años de su vida fuera a perder su singularidad para convertirse en una más, en otra de las edificaciones que, de tanto en tanto, jalonan este privilegiado sendero? Contrariado por el resultado de mi visita, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a revisar la documentación que disponía acerca de aquella vivienda cuya historia dio comienzo en 1909 cuando doña Rosario, que había decidido vivir en Gijón los últimos años de su vida, se avino a pagar los cuatro mil reales que le pidieron por aquel terreno situado sobre uno de los acantilados de El Cervigón y que ahora, ciento nueve años después, parece condenada a perder su singularidad para convertirse en un elemento más del maravilloso entorno en el que se halla.

Hace pocos días volví al sendero, volví a la casa. Regresé con la esperanza de que se hubiera reparado aquel lamentable desperfecto. Y, en efecto, así fue: alguien había hecho bien su trabajo y el panel estaba de nuevo en su sitio, razón por la cual es de justicia felicitar a los responsables. Bien está que así lo hagamos, y hecho queda. ¿Punto final? Aunque algunos, ciertamente, bien pudieran dar aquí el asunto por zanjado, creo, por el contario, que este puede resultar el momento apropiado para plantearnos qué hacer con este edificio de propiedad municipal para conseguir que se convierta en un valioso activo del patrimonio de la ciudad y lograr que, al fin, la casa de Rosario de Acuña deje de estar sometida a los vaivenes de la memoria.

Alejada de la ciudad, la casa fue durante mucho tiempo un punto de referencia en el litoral gijonés (Fotografía de fecha desconocida cedida por Julián Rufino Gómez González)

Durante muchos años, aquella casa no fue otra cosa que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la abrupta costa gijonesa, tal y como manifiesta Patricio Adúriz (⇑), el último cronista oficial de Gijón: «Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña?  Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como esta: “estuve por Rosario Acuña” o “fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña” se repiten, al cabo del año, miles de veces». Ciertamente, a finales de los sesenta del pasado siglo el rastro de su existencia parece haberse esfumado por completo, incluso se ha olvidado la despedida que le tributó el pueblo gijonés aquella lluviosa tarde de domingo del mes de mayo de 1923. Se ha olvidado que cuatro décadas atrás fueron numerosos los gijoneses que se acercaron hasta El Cervigón para dar el último adiós a aquella mujer luchadora; que a pesar de la lluvia persistente, a pesar de lo desapacible del tiempo, una «multitud silenciosa y apenada» acompañó por las calles de la ciudad el modestísimo féretro que, habiendo sido «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo», así siguió, a hombros, durante el largo trayecto que separa la casa del acantilado del cementerio civil, tal y como proclamó a toda plana y en primera página el gijonés diario El Noroeste.

Todo parece haberse olvidado. Y es que, a pesar de que durante algunos años se sucedieron recuerdos y homenajes que mantuvieron viva su memoria; a pesar de que tras la proclamación de la nueva República, dio nombre a varias calles en unas cuantas ciudades, a alguna que otra escuela y algún que otro colegio, tal parece que su recuerdo se esfumó al final de la década de los treinta: una densa borrina ocultó todo rastro de su activa presencia. El nuevo orden establecido por la fuerza de las armas no podía permitir que persistiera la memoria de aquella mujer, masona y librepensadora, empecinada luchadora en pro de la libertad, convencida feminista que siempre defendió el protagonismo de la mujer en la regeneración patria, infatigable luchadora frente a las injusticias, presta a brindar su apoyo a los más desfavorecidos.

La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Fue tan eficaz el mecanismo del olvido que en la década de los sesenta, tal y como señalaba Adúriz, muy pocos eran los que tenían noticia alguna acerca de quién era la tal Rosario de Acuña. Nadie parecía acordarse de que a aquella casa de El Cervigón solían acudir algunos destacados miembros de la sociedad gijonesa del momento (tal es el caso de Benito Conde, profesor de la Escuela Industrial; Lucas Merediz, destacado dirigente del Partido Reformista; el periodista Antonio L. Oliveros, director de El Noroeste; o el maestro e higienista Luis Huerta Naves). Tampoco de que aquella vivienda hubiera sido destino del dramaturgo Joaquín Dicenta (⇑), del actor y músico José Tejada; de la dirigente socialista Virginia González o del notable ilustrador y caricaturista Exoristo Salmerón –uno de los hijos de don Nicolás– que cada mes de agosto pasaba allí una temporada en compañía de su mujer (véase el comentario 119. El Cervigón: parada y fonda ⇑). Menos aún de que, en dos ocasiones, fuera también objetivo de las fuerzas policiales. La primera, en diciembre de 1911 cuando la Guardia Civil se encontró la casa vacía pues doña Rosario había huido a Portugal (⇑) para evitar ser detenida, como consecuencia del escándalo que sacudió la universidad española tras la publicación de un artículo suyo en el que condenaba crudamente las vejaciones a las que fueron sometidas unas estudiantes a la salida de clase; la segunda, en el verano de 1917 cuando varios agentes de orden público realizan un minucioso registro a lo largo de cinco horas buscando, al parecer, algunos de los panfletos que animaban a los trabajadores secundar la huelga general. Se ignoraba así mismo que año tras año, coincidiendo con la celebración del Primero de Mayo, los obreros realizaban una gira hasta su casa para manifestarle su admiración y respeto. En el olvido permanecía también la visita a El Cervigón de Manuel Azaña (⇑), quien en un viaje realizado a Gijón en el verano de 1933 quiso conocer la vivienda en la que vivió y murió aquella ilustre republicana que se llamó Rosario de Acuña Villanueva.

Aunque la espera fue larga, al final se volvieron las tornas. Las investigaciones que –con el apoyo y el estímulo que desde el exilio mejicano le brindó Amaro del Rosal (⇑)– realizó Luciano Castañón, por un lado, y las del ya citado Patricio Adúriz, por otro, confluyeron en Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑), una vecina de Tremañes que, habiendo conocido a doña Rosario en su juventud, atesoraba valiosos recuerdos que contribuyeron a disipar una parte de la neblina que durante tantos años había ocultado su recuerdo. No obstante, aún habrá que esperar hasta los primeros años ochenta para asistir a un cambio significativo en este asunto. Entonces confluyeron dos elementos que hicieron posible un nuevo escenario. Por un lado, la decidida voluntad de las autoridades municipales para lograr que el litoral gijonés (desde El Rinconín a Rosario Acuña) se convirtiera en una zona de recreo y disfrute paisajístico; por el otro, el interés del Ateneo Obrero por recuperar la figura de quien fuera una de sus colaboradoras más ilustres. La conjunción de estos elementos, recuperación paisajística del litoral y un mayor conocimiento de aquella ilustre vecina tanto tiempo olvidada, propició que en 1987 los dirigentes municipales se mostraran decididos a comprar la que fuera casa de Rosario de Acuña con la intención de convertirla en un albergue juvenil, «uno de los mejores albergues de España por su ubicación y su calidad», según se dijo entonces.
Estado de la casa antes de la conclusión de las obras de reforma (El Comercio, 1-5-1991)
Tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento acuerda la compra de la vivienda, que se encuentra en situación ruinosa. El proyecto de reforma establece la ineludible necesidad de realizar una ampliación del inmueble: el nuevo albergue tendrá dos plantas, una planta bajo cubierta y un sótano. Dos años más tarde se muda de opinión y, «ateniéndose a criterios puramente estratégicos», se decide que lo que iba a ser un albergue se convierta en una escuela-taller medioambiental que, finalmente, abrirá sus puertas a finales de marzo 1992, manteniéndose en funcionamiento unos cuantos años.

Pero hace tiempo que la escuela taller dejó de funcionar; hace tiempo que aquella casa tiene sus puertas cerradas, sin uso conocido. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años ¿No creen las concejalas y los concejales del Ayuntamiento de Gijón que bien pudiera ser este el momento para darle un uso adecuado a este equipamiento municipal? Ahora que conocemos con cierto detalle su biografía; ahora que tenemos a nuestro alcance buena parte de su obra, bien en papel (gracias al inapreciable trabajo realizado por José Bolado en las Obras reunidas ⇑), bien en formato digital (disponible en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), que mantengo actualizada desde hace años); ahora que ha recuperado protagonismo y está presente en diversos portales culturales (Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), Biblioteca Nacional (⇑)…); ahora que tanto en Pinto como en Madrid han decidido darle su nombre a diversos equipamientos culturales… ¿no sería posible que aquí en Gijón, el lugar que ella eligió para pasar los últimos años de su vida, se dieran los pasos necesarios para convertir este edificio en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron? ¿No sería posible, por tanto, que pudiera también albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista? ¿No sería posible que, en el caso de que la vigente Ley de Costas planteara impedimentos para que este uso fuera posible, el Ayuntamiento realizara los trámites necesarios hasta conseguir la pertinente autorización, de la cual disfrutan hoy otros edificios del litoral destinados a usos hosteleros, hoteleros o recreativos?

De no ser por el panel informativo que allí se encuentra, la casa de Rosario de Acuña no sería más que un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo en la abrupta costa gijonesa. Hace tiempo, demasiado tiempo, que aquella casa parece destinada a ver cómo se suceden los días, los meses, las estaciones, los años. Creo que ha llegado el momento de encontrar una alternativa.



Nota. Texto publicado en La Nueva España, 7-11-2018