domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

jueves, 17 de septiembre de 2020

219. Una feliz iniciativa con incierto final

El 5 de octubre de 1882 fallece en Madrid Pablo León y Luque, médico forense del distrito del Congreso, antiguo presidente de los forenses madrileños, amigo de Felipe de Acuña Solís y, tal y como se cuenta en un comentario anterior (⇑), el médico que vio nacer a su hija. Unas semanas después de la defunción, la prensa especializada da cuenta de la feliz iniciativa que había tenido Rosario de Acuña para honrar la memoria del difunto galeno, a quien estaba unida por lazos de profunda amistad: la insigne autora de Rienzi ofrece la cantidad de mil pesetas como premio de un certamen que se habría de organizar en honor del finado. 

Ángel con corona de azucenas

Se dice que es su voluntad que en la fecha del aniversario del fallecimiento de don Pablo León se celebre «la solemnidad pública de entrega del premio» y que, para dar mayor realce al acto de adjudicación, solicita a Pedro Colmenero –por entonces presidente del cuerpo de médicos forenses de Madrid–, que pronuncie el discurso preliminar del acto; a Andrés del Busto –antiguo presidente del mismo cuerpo– que realice una reseña biográfica del finado, y a Gregorio Sáez –también forense, director que fue de la sección oftálmica del hospital Nuestra Señora de Atocha y discípulo de Francisco Delgado Jugo– el «resumen conmemorativo de la solemnidad verificada». 

A finales de noviembre se constituye una comisión que asume la organización del certamen y que está integrada, entre otros miembros, por los forenses anteriormente citados. Los reunidos establecen el tema sobre el que versarán los trabajos, que tiene que ver con la indagación y razonamiento de la falta del libre albedrío en las acciones humanas en los casos dudosos de razón o de locura y algunos añadidos más, sin duda entendibles por los doctores o licenciados de las facultades de Medicina a quienes va dirigida la información, pues son ellos los que pueden optar al premio; y acuerdan invitar para la constitución del jurado a individuos eminentes de la Escuela Médica de Madrid, de la Real Academia de Medicina, del cuerpo médico-forense, hospitales, Beneficencia municipal, prensa médica y academias libres. Todo parece estar preparado para que se inicie el proceso. La comisión organizadora ha dado a conocer las bases del certamen y Andrés del Busto López es el depositario de las mil pesetas que Rosario de Acuña le ha entregado como premio para el ganador.

Llegados a este punto, quizás resulte conveniente hacer un inciso para intentar fijar la atención en un punto que creo de interés. Para la mirada actual, es bastante probable que nada de lo dicho hasta aquí resulte anómalo o chocante: una señora ofrece un dinero para la celebración de un certamen literario que tiene por objetivo honrar la memoria de un amigo fallecido. Sin embargo, en la España de finales del siglo XIX (y aun bastante después, ciertamente) era preciso añadir una coletilla para que la noticia no provocara cierta estupefacción en los lectores. Rosario de Acuña entregaba las mil pesetas del premio, pero lo hacía «conforme también con los deseos de su esposo, el señor don Rafael de Laiglesia». Aclaración del todo punto necesaria, no sólo porque era él quien aportaba regularmente dinero al matrimonio, sino –y sin duda más importante para el pensar del momento–  porque la esposa requería el permiso del marido para casi todo, incluso, como es su caso (y se ha tratado en el comentario 184. De la tutela del padre a la tutela del esposo ⇑ ), para poder publicar dramas o poemas.   

En cuanto al depositario del dinero salido del caudal matrimonial, el señor Andrés del Busto, conviene resaltar que goza de toda la confianza de Rosario (lo que probablemente sea causa más que sobrada para que sea él quien reciba las mil pesetas), pues no solo es amigo de la familia, sino que también es uno de los médicos que alivió los crónicos padecimientos oculares de nuestra protagonista, quien, agradecida, no dudó en ponerlo de manifiesto en el primer poemario que dio a la imprenta. En la página cuarenta de Ecos del alma encontramos la poesía titulada «A la vida», dedicada a D. Andrés del Busto y López (por entonces no ostentaba el título de marqués, pues tal dignidad le fue concedida por León XIII en el año 1880), que iba precedida de tres quintillas a él dedicadas. Creo que la segunda  de ellas creo habla bien a las claras del motivo de su eterno agradecimiento:

ANDRÉS, la luz de tu ciencia 
luz a mi vida le dio; 
mientras tenga inteligencia 
nunca olvidaré que yo 
te debo a ti mi existencia.

Bien, prosigamos con el relato. La comisión organizadora ha publicado las bases del certamen y Andrés del Busto tiene en su poder las mil pesetas que le ha entregado Rosario de Acuña (conforme también a los deseos de su esposo, claro). Parece que solo resta esperar que todo vaya según lo previsto y que el día 5 de octubre de 1883, cuando se cumpla el aniversario del fallecimiento de Pablo León, se celebre con toda la solemnidad requerida la ceremonia de entrega del premio al ganador. 

Sin embargo, no sucedió como estaba previsto. Resulta que llega la fecha señalada, el día en el que, por voluntad de la fundadora del certamen, tendría lugar «la solemnidad pública de entrega del premio», y nada se sabe del asunto. La prensa madrileña no ha facilitado información alguna acerca de acto alguno que se hubiera celebrado para honrar la memoria del eminente galeno, forense del distrito del Congreso, antiguo presidente del Cuerpo de Médicos Forenses de Madrid, caballero de la Orden de Carlos III, condecorado con la Cruz de Isabel la Católica...

¿Qué pasó? Quizás nada explique mejor lo sucedido que una carta que con fecha cinco de febrero del año ochenta y cinco (esto es dieciséis meses después de la fecha en la cual debería de haberse celebrado acto tan solemne) le escribe el señor del Busto a doña Rosario. En uno de los párrafos habla sin tapujos de la desidia que ha alimentado la demora: 

Vergonzoso es por demás que ya han pasado dos años y que no haya habido interés ni tiempo para leer y juzgar las memorias ligeras que se han presentado, y que después de fallado ya el asunto, se tarde meses en extender el acta a pesar de mis ruegos empeñados. Veo en esto dos cosas que son deplorables. Primero, el poco entusiasmo con que se ha acogido pensamiento tan noble como el tuyo por compañeros de la profesión, y aun de la especialidad que Pablo cultivaba; y segundo, que aunque el acta se extienda, no sé cuando, pues no logro recabarla, la ceremonia o solemnidad para la adjudicación resultará un acto frío y deslucido que honrará poco la memoria y el cariño que hacia el finado deberían tener sus compañeros, y poco hablará también en favor del prestigio e influencia para con ellos de los que en dos años no hemos logrado que este asunto ande.

El injustificable retraso en el cumplimiento de los compromisos adquiridos no sólo le provoca vergüenza, también le ha ocasionado no pocos contratiempos. Se cree en boca de unos y otros pues le ha llegado el rumor de que hay quien piensa que el retraso obedece a su interés por retener el dinero del depósito. Cuenta que días atrás ha recibido por segunda vez un anónimo indecente en relación con el premio. Y le dice que el autor premiado le aburre a visitas y recados. Por todo lo anterior, solicita a su amiga que le releve de la responsabilidad y que, a la mayor brevedad, busque a otra persona «que le pueda sustituir con más provecho».

La lectura de la carta contesta algunas de las preguntas, pero no todas. Al menos queda una en el aire: ¿Cómo es posible que la promotora de aquel premio nada hiciera al respeto cuando aún había tiempo para remediarlo? Cuesta trabajo creer que quien tanto interés había mostrado en brindar a su amigo Pablo León un homenaje acorde a sus merecimientos, viera pasar el tiempo sin tener noticias del certamen por ella promovido y no apremiara a unos y a otros. Quizás la explicación haya que buscarla, de no aparecer algún documento que diga otra cosa, en la intricada senda por que discurría su vida por entonces. Apenas unas semanas después de que la comisión organizadora hiciera públicas las bases del certamen, una pulmonía acabó con la vida de su querido padre sin haber cumplido los cincuenta y cinco años. El escenario se agrietó entonces,  «toda la sombra esparcida en mi existencia [...] se extendió fría y desolada en mi derredor». A la muerte del padre sucede, pocas semanas después, la separación de su marido. Rafael de Laiglesia se va a trabajar a Badajoz; Rosario permanece en su quinta campestre de Pinto. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas y reflexiones. Tras meses de alejamiento, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento. Quizás en este voluntario alejamiento del mundo, se encuentre la respuesta a la pregunta planteada.

Sea como fuere, el caso es que tan solo unas semanas después de que Andrés del Busto le escribiera la carta arriba citada, la prensa da cuenta del final, no esperado, de esta historia:

Se ha adjudicado ya en público certamen el premio de 4000 reales propuesto por doña Rosario de Acuña, para el autor de la mejor memoria acerca de la «irresponsabilidad del loco lúcido», mereciendo este honor, según acuerdo del tribunal médico nombrado, el doctor Escuder, médico alienista. 




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lunes, 31 de agosto de 2020

218. A propósito de Dreyfus

Alfred Dreyfus (1885) (Biblioteca Nacional y Universitaria de Estrasburgo)
El primer día del mes de noviembre del año 1894 los principales periódicos de Madrid publican una información recibida por telégrafo desde París. Procede de la agencia Fabra y en ella se da cuenta de las reacciones de la prensa parisina tras conocerse la detención de un capitán de artillería acusado de un delito de alta traición. Se dice que el oficial ha sido arrestado tras descubrirse las relaciones que mantenía con un coronel italiano, al cual había enviado diversa información relativa a los planes de defensa del ejército francés para la zona alpina. Se llama Alfredo Dreyfus. 

Unos días después se publican nuevos datos acerca del capitán. Se cuenta entonces que es miembro de una familia de judíos alsacianos, que sus tres hermanos habían optado por adquirir la nacionalidad alemana tras los acuerdos que pusieron fin a la guerra franco-prusiana de 1871, con la cesión de los territorios de Alsacia y Lorena al naciente Imperio alemán. La referencia a su origen no era un asunto menor, el nacionalismo/revanchismo surgido tras la dolorosa derrota alimentó varias de las hipótesis que conferían verosimilitud a la traición del oficial. En las informaciones que se recibían de París no había espacio para la duda, se daba por cierto que Dreyfus era culpable. De ahí que cuando el 23 de diciembre los periódicos españoles publican el veredicto del consejo de guerra a casi nadie debió de sorprender. Por unanimidad los integrantes del tribunal contestaron afirmativamente: el capitán Alfredo Dreyfus, destinado en el Estado Mayor, era culpable de haber entregado a una potencia extranjera o a sus agentes cierto número de documentos secretos, proporcionándoles el medio de cometer hostilidades o de emprender una guerra contra Francia. Fue degradado públicamente, condenado a cadena perpetua y confinado en el penal de la Isla del Diablo, situada frente a la costa de la Guayana francesa. 

Con la publicación de la sentencia no se dio por concluida aquella historia de espionaje. Semanas después, una parte de la prensa española (La Unión Católica, La Dinastía...) da cuenta de una iniciativa del parisino diario La Verité que ha preguntado públicamente al Gran Oriente «acerca del traidor y judío H.·. Dreyfus». La pregunta, que al parecer fue reproducida por varios periódicos y no obtuvo ninguna respuesta, es la siguiente: «Dreyfus ha traicionado a la Patria, si se admite que un judío puede tener patria [...] vosotros debéis decirnos, y debéis deciros a vosotros mismos, ¿no será, por ventura, el famoso Dreyfus de los vuestros? Y si lo es, ¿cuándo lo habéis expulsado?» A primeros de febrero, el madrileño diario El País, de orientación bien distinta a los anteriores, publica unas palabras que habían sido pronunciadas por el alsaciano, judío y ¿masón? cuando aguardaba el momento en que sería conducido al patio de la cárcel militar para ser públicamente degradado, y que dejaban abiertas algunas preguntas, a modo de pequeñas fisuras en la monolítica verdad publicada. 

«Tenía ante mí un porvenir magnífico y una renta de 50 000 francos [...] No necesitaba el dinero. ¿Para qué iba yo a ser traidor? [...] Mi sentencia es el mayor crimen de este siglo, y dentro de tres años se verá que no miento. Mi familia me defenderá y probará mi inocencia. Todo el mundo sentirá entonces la pena con que hoy me infaman».

Tres años después de haber sido publicadas estas palabras, la prensa española propaga nuevas noticias procedentes de Francia que hablan de un vuelco en el caso Dreyfus: El escritor Émile Zola, quien durante las semanas anteriores ha denunciado en periódicos y en folletos las intrigas y maquinaciones que se esconden tras la condena de Alfred Dreyfus, hace pública una carta abierta al presidente de la República, que aparece en la edición del parisino  L' Aurore del 13 de enero del año noventa y ocho. Describe en primer lugar el irregular proceso seguido por el responsable de la investigación oficial, el por entonces comandante Armand du Paty de Clam; pasa después a explicar las condiciones que llevaron al descubrimiento del verdadero culpable, el también oficial Ferdinand Walsin Esterhazy, y a su incomprensible absolución tras un consejo de guerra; y termina con una demoledora acusación a los responsables de aquel gran error por el que se condena a un inocente y se absuelve al verdadero culpable.  

Fragmento de L' Aurore (BnF - RMN-Grand Palais )

Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más descabelladas y delictivas maquinaciones. Acuso al general Mercier de haberse hecho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa humanidad y de lesa justicia con fines políticos y para salvar al Estado Mayor, que se vela comprometido en el caso [...] 

Las acusaciones de Zola agitan la opinión pública francesa. Los periódicos españoles vuelven a ocuparse del caso Dreyfus y a diario publican las noticias que por telégrafo llegan de Francia. Se cuenta que varios centenares de estudiantes se manifiestan por las calles y bulevares de París a los gritos de ¡abajo Zola!, ¡mueran los judíos!, ¡viva el ejército!; que la gendarmería debe proteger su casa; que varios intelectuales (entre los que se encuentran Anatole France, Marcel Proust, Claude Monet, Jules Renard o Émile Duclaux, director por entonces del Instituto Pasteur), firman una petición reclamando la revisión del juicio; que se celebran mítines contra los defensores del militar condenado; que las manifestaciones antisemitas se extienden por todo el país; que el ministro de Guerra presentó una denuncia contra él por difamación de una autoridad; que el escritor ha sido procesado. 

Francia se parte en dos. A un lado se encuentran los que consideraban que Dreyfus es culpable; al otro, quienes lo tienen por inocente. A un lado, los que cierran filas en defensa del Ejército, quienes defienden la razón de Estado por encima de otras consideraciones que estiman de orden menor; al otro, aquellos que piensan que sin la Verdad y la Justicia no se puede sustentar el Estado de Derecho.  El debate llega a España. La prensa nacional también toma partido en aquella batalla ideológica. Algunos periódicos expresan con claridad su punto de vista. Sirva como ejemplo lo publicado por El Siglo Futuro en la primera página de su edición del veinticinco de enero del año noventa y ocho. Las primeras líneas del escrito titulado «¡Abajo los judíos!» dicen lo que sigue:

Nada más justificado que la explosión de ira del pueblo francés. Este general movimiento de indignación empieza a dar idea de la situación a la que había llegado Francia, anegada por la ola de cieno levantada y agitada por mano de los judíos. El gobierno, las leyes, la banca, las grandes y las pequeñas industrias, la prensa, el teatro, la novela... todo, todo segregaba baba semita [...]

Aunque resulte lógico suponer que no utilizaría para informarse las páginas del medio de difusión del Partido Integrista, sabemos que Rosario de Acuña estaba al tanto del asunto Dreyfus; también de la batalla que Zola había emprendido en defensa de la Verdad. No sería extraño que hubiera leído los comentarios enviados desde París por su amigo Luis Bonafoux (⇑) y que fueron publicados en las páginas del Heraldo de Madrid o las crónicas de L. Arzubialde que aparecieron en El Imparcial, el caso es que en pleno proceso contra el autor de Germinal, sin esperar a que fuese conocida la sentencia (lo mismo había hecho años atrás en el asunto del crimen de la calle de Fuencarral ⇑), el catorce de febrero del año noventa y ocho tomó la pluma y le escribió una carta para rendirle lo que ella llama «mi pobre homenaje de respeto y admiración». 

A vuestro lado tiene, no lo dude, lo sano y viril que sobrenada en esta corriente social cada vez más hundida en el cauce de las corrupciones. A vuestro lado se hallan cuantos fijan la postrera esperanza en el lejano porvenir. Y en el lugar más humilde, como en el más suntuoso palacio; lo mismo entre las razas del frío norte, que entre las alegres muchedumbres del mediodía; allí donde viva un corazón honrado y un cerebro que piense, allí estará hoy escrito vuestro nombre ilustre, rodeado con limbos de gloria a través de cuyos resplandores sentirán las almas la intuición de la posible ventura humana.

Una vez escrita, queda por decidir qué hacer con ella, qué destino dará a aquella carta. Si fuera unos años antes, es muy probable que hubiera ocupado un lugar preferente en la primera página del semanario librepensador en el cual se inició como publicista, pero tras el escándalo de El padre Juan, parece haber dado por finalizada la campaña de Las Dominicales (⇑). De hecho, los últimos escritos suyos de los que tengo constancia fueron publicados en octubre de 1892: son dos cartas dirigidas al director del semanario y a Remigio Sánchez Covisa, en las que les informa de que no podrá acudir al Congreso Librepensador que se celebrará en Madrid. Desde entonces no aparecen nuevos textos suyos  en el más conocido de los periódicos librepensadores. 

Aunque no sería esta la primera vez que un escrito suyo termina en una carpeta o en un cajón, cabe pensar –y parece lo más probable– que cuando escribió aquellas líneas dirigidas al «señor don Emilio Zola» ya sabía que el destino de esta carta era el mismísimo París. Tan solo cuatro días después, el viernes 14 de febrero de 1898 veía la luz en la primera página de La Campaña, un semanario que su amigo Bonafoux había empezado a publicar tan solo unas semanas antes. 

Desconozco si la carta tuvo respuesta por parte del destinatario, aunque no sería del todo extraño que tal cosa hubiera sucedido, pues sabemos que a otras muestras de apoyo recibidas desde España sí que el señor Zola contestó agradecido. Tal es el caso de la que con fecha 4 de marzo envía a Miguel Sawa, director del semanario Don Quijote y promotor de un manifiesto de apoyo al escritor que fue firmado por más de dos mil jóvenes españoles. Desconozco si al autor de «J'Accuse...!» le llegó el eco de las palabras que en Madrid había escrito una empecinada batalladora en defensa de la Verdad, («la más desconocida de las escritoras españolas», según sus palabras), lo que sí sabemos, a tenor de su escrito,  es que Rosario de Acuña estaba bien al tanto de la trayectoria más reciente de don Emilio, pues la última de las novelas que cita (la que pone fin a la serie Las tres ciudades) acababa de publicarse: 

Faltaba a esa grandiosa trilogía Lourdes-Roma-París, cuya síntesis demuestra teóricamente todo cuanto la razón humana puede concebir de noble y de justo, el acto tangible de colocaros voluntariamente en las aras del sacrificio, ofreciendo a las iras de los espíritus ruines, tan magistralmente descubiertos por vuestro talento, los bienes que pueden hacer dichosa la vida del honrado, y las grandezas que hacen feliz la grandeza del genio.




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sábado, 15 de agosto de 2020

217. Acuerdo de separación

Hace un par de meses que ha cumplido treinta y dos años. Vive en una casa de campo situada a las afueras de una pequeña localidad del sur de la provincia de Madrid, alejada del bullicio ciudadano pero cerca del calor familiar pues se encuentra al lado de la estación del ferrocarril. Su marido, un joven teniente de Infantería, ha pasado  a la situación de supernumerario en el Ejército y, desde hace casi dos años, ejerce como visitador de Agricultura, Industria y Comercio, al tiempo que integra el equipo responsable de la edición de la Gaceta Agrícola, publicación trimestral del Ministerio de Fomento. Todo indica que el nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas que por entonces tiene su mujer, y la tranquila y salutífera vida que les ofrece su nueva residencia campestre han conseguido abrir una nueva y prometedora senda tras haber dado por concluida la no muy satisfactoria etapa zaragozana (⇑).

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y de su hija, a quienes, gracias al patrimonio que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Veamos: su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus habituales expediciones por los caminos patrios (⇑); frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Acaba de estrenarse el año 1883 y bien parece que se encuentra muy a gusto en aquel nuevo escenario, tan cercano a la naturaleza, que ha elegido. Tanto que no puede menos que contar sus vivencias y reflexiones. Lo hace en una nueva sección titulada En el campo que publica El Correo de la Moda. Sus escritos están destinados a las mujeres, a quienes asigna el papel protagonista en la necesaria regeneración de la sociedad. Está tan satisfecha con la opción vital que ha tomado que se muestra firme y segura a la hora de compartir sus experiencias: «Entrad resueltamente conmigo en el mundo adonde voy a llevaros». En el primer texto del año, titulado El tocador, sus palabras rezuman  la satisfacción que siente en su Villa-Nueva: «¡Toda la naturaleza se torna pura hacia la faz del día, adornada con las espléndidas galas de su tocado matinal! ¡Imitadla; como ella engalanaos, pura y sencillamente, para cumplimentar el deber de la vida!».

Apenas unas semanas después, el escenario se agrieta y tambalea. Aquella nueva y esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. Su padre fallece a finales de enero a la edad de cincuenta y cuatro años.  Luego, como si esta inesperada muerte la hubiera precipitado, vino la ruptura definitiva de su matrimonio. Tenemos constancia de las dos fechas: la primera por las esquelas publicadas en la prensa; la segunda, por una anotación de la propia interesada en un ejemplar de su obra Rienzi el tribuno, tal y como se da cuenta en el comentario 115. Un amor entre dos quintillas (⇑)

Capitulaciones de boda y baile campestre, de Jean Antoine Wateau (Museo del Prado)
 
Pocos días después de aquel 23 de abril de 1883 Rafael se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras que Rosario permanece en la casa de Pinto. Desde entonces vivirán separados pero, no lo olvidemos, legalmente continúan estando casados. Rosario de Acuña y Villanueva sigue siendo la esposa de Rafael de Laiglesia y Auset. Desconozco qué pasó aquel día, qué fue lo que hizo que aquella fuera una fecha destacada, lo que sí sabemos es que la separación, ella lo llama «divorcio», fue de mutuo acuerdo. De una parte de ese convenio ya me he ocupado con anterioridad. En el comentario 207. Separada hasta la muerte (⇑) hice mención a dos compromisos asumidos por Rafael: girar a su mujer una pensión, «escasa pensión» en palabras de la interesada, y otorgarle un «amplio poder marital» «para todo género de asuntos»; en el presente me referiré a algunos indicios que apuntan a una probable contrapartida asumida por parte de Rosario.

Resulta que, tal y como se recoge en la sección Su vida año a año ⇑ (a la que se accede pulsando en una de las pestañas situadas debajo de la cabecera de este blog), sabíamos desde hace tiempo que en el mes de febrero del año ochenta y cinco nuestra protagonista pasó unos días en Albacete, que durante su estancia se alojó en el hotel Francisquillo, en cuyas dependencias recibió a una comisión del Ateneo Albacetense, a un periodista del periódico local La Unión Democrática (de igual nombre que el publicado en Alicante) y a unos cuantos librepensadores de la ciudad. La noticia no tendría mayor transcendencia si no fuera por su relación con las que mencionaré más abajo, si no fuera porque en Albacete residía Rafael de Laiglesia desde que en el mes de octubre anterior fuera nombrado director de la delegación del Banco de España sita en aquella localidad... ¿Y si el motivo de aquel viaje no fuera otro que ver a su marido? La existencia de varias cartas de fecha posterior que hablan de un nuevo viaje a la capital manchega confiere verisimilitud a tal posibilidad.

A primeros de junio de ese mismo año y tras una exitosa intervención quirúrgica (⇑), el oftalmólogo Santiago de los Albitos libera a Rosario de la conjuntivitis escrofulosa que tantos problemas oculares, y no pocos dolores, le había causado desde la niñez. La operación, como queda dicho, resultó satisfactoria pero al doctor le preocupa el riesgo que conlleva un nuevo viaje a Albacete que la convaleciente tiene proyectado realizar, como bien podemos constatar tras la lectura de las cartas que con tal motivo se cruzan los protagonistas de esta historia en las semanas siguientes. No solo escribe a Rosario, también lo hace a Rafael. A ella le pregunta por las razones últimas de aquel desplazamiento: «¿Usted cree que debe ir? ¿Quién se lo manda, el mundo, la conciencia o el corazón?». A él le expone las razones médicas que sustentan la improcedencia de aquel viaje. La respuesta del marido no tarda en llegar desde la capital manchega: «con esta misma fecha le escribo prohibiéndole su venida a esta capital y relevándola por lo tanto del cumplimiento de un deber que se ha impuesto y del cual yo la eximo por un acto espontáneo de mi voluntad».

Si tal y como escribe Rafael, aquel viaje obedece al cumplimiento de un deber, restaría por saber si esta obligación autoimpuesta se debe a un hecho coyuntural (por ejemplo la epidemia de cólera que por entonces asola la vecina provincia murciana y de la que también se habla en las cartas), o se trata de algo más habitual, de un compromiso asumido por Rosario en el acuerdo de separación, en cuyo caso no sería Albacete su único destino, ni ese el único desplazamiento realizado por idéntica causa. Es entonces cuando adquiere importancia la existencia de una  referencia a otro viaje anterior que  realiza nuestra protagonista a Badajoz, localidad a la cual su marido se había trasladado tras abandonar Pinto. Se encuentra en uno de los documentos del archivo de Rosario de Acuña (⇑) que los responsables de la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, accediendo diligentemente a la solicitud que en tal sentido les había realizado, tuvieron a bien hacerme llegar tras proceder a su digitalización (desde entonces son de libre acceso en su página web). Se trata de una carta fechada en junio de 1884 (*) que le envía el editor Florencio Fiscowich en contestación a otras dos suyas, en una de las cuales le había comunicado su inmediata partida a Badajoz donde tiene previsto pasar un mes.
 
A la vista de todo lo anterior, podemos concluir que, a finales de abril del año ochenta y tres, Rosario y Rafael alcanzaron algunos acuerdos para poner punto y final a su etapa matrimonial. Él se va del domicilio familiar, se compromete al pago de una pensión y firma un amplio poder marital mediante el cual la que fuera su mujer podía vivir como una persona libre, sin estar continuamente supeditada a la tutela de quien legalmente continuaba siendo su esposo. Ella, por su parte, asume la obligación de visitar a su marido en el domicilio de éste y así lo hace en, al menos, dos ocasiones: en el verano de 1884 cuando se instala en Badajoz durante un mes y en febrero del año ochenta y cinco, que pasa unos días en Albacete.

Llegados a este punto, no puedo menos que constatar una vez más ese extraño e inquietante fenómeno mediante el cual las nuevas certidumbres suelen traer consigo nuevos interrogantes: basta releer la quintilla siguiente y preguntarse por el significado último de algunos de sus versos.

27 de abril de 1883:
¡Siete años de ayer a hoy!
Vivo entre penas, sin gloria...
Tienes mi cuerpo... ¡la escoria!
Sola estaba; sola estoy.
 

= = = = =
(*) La fecha del documento tiene importancia para el asunto que estamos tratando, dado que Rafael de Laiglesia y Auset ocupa el puesto de delegado del Banco de España en la capital pacense desde los primeros días del mes de mayo del año ochenta y tres hasta finales de octubre del ochenta y cuatro. Digo esto porque si la carta del señor Fiscowich hubiera sido escrita en el año 1882 como figura en el catálogo de la BHM, el viaje de Rosario a Badajoz no tendría la finalidad que le estoy atribuyendo. Afortunadamente, el contenido de la misma guarda relación con un asunto del cual ya me he ocupado anteriormente (⇑), razón por la cual sabemos que el poema a que se refiere en la misma (le recuerda que tiene pendiente cierta cantidad por los gastos de edición) es el titulado Sentir y pensar, que se inicia con una dedicatoria firmada en marzo de 1884.
 



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viernes, 31 de julio de 2020

216. Emilia Villacampa, la hija del héroe


Emilia Villacampa (El Álbum de la Mujer, 13/2/1887)Residía por entonces en Pinto, aunque es bastante probable que la noticia la conociera lejos de su Villa Nueva, en algún lugar de la geografía patria que por entonces solía recorrer en largas expediciones a caballo. Quizás fuera en Galicia, pues sabemos que el mes anterior se encontraba en una de sus localidades costeras  tomando baños de mar, «pues su salud, algo delicada, así lo exige». Estuviera donde estuviese, no parece que fueran las páginas de su semanario las que le pusieron al tanto de la sublevación republicana. En el ejemplar de Las Dominicales que salió a la calle el domingo 19 de septiembre del año ochenta y seis nada había que hiciera sospechar lo que aquella noche sucedería en Madrid; el de la semana siguiente abría con un oficio conminatorio del capitán general de Castilla la Nueva: «Dicte V. las órdenes claras y precisas para que el periódico que V. dirige no se ocupe en absoluto de los procedimientos judiciales que se están siguiendo para esclarecer los hechos ocurridos en la noche del 19...». Tuvo que ser, por tanto, en los diarios, los de Madrid o los de provincias, que esos sí que contaron los detalles de lo sucedido.

Las primeras ediciones de los periódicos madrileños dicen que una parte del Regimiento de Caballeria Albuera y otra del Regimiento de Infantería Garellano, acantonados en el cuartel de San Gil, se habían echado a la calle al mando del capitán Carlos Casero, quien cada poco se paraba para gritar «¡Viva la república federal! ¡Viva Salmerón! ¡Viva Zorrilla! y ¡Viva el Ejército!». Señalan que los sublevados se acercaron hasta las proximidades de otros acuartelamientos (primero al de la Montaña y luego al de los Docks) donde no obtuvieron el apoyo previsto, y que más tarde, a la altura de Atocha, se les unió el brigadier Villacampa y otros oficiales. Cuentan que el capitán general Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque (el mismo que había encabezado el golpe de Estado de enero de 1874), tras haber firmado el bando que declaraba el estado de guerra, se había puesto al frente de las operaciones para reprimir la asonada; que los insurrectos abrieron fuego cuando las compañías al mando directo del general se acercaron a Atocha; que el fuego se generalizó «y el tiroteo adquirió por algunos minutos las proporciones de un verdadero combate»... Días después se supo que las tropas de Villacampa, a quien ya todos asignan el papel de jefe de los amotinados, abandonaron Madrid en dirección a los montes de Toledo; que el brigadier no recibió los apoyos esperados, ni civiles ni militares; y que, tras un enfrentamiento con las tropas perseguidoras en las cercanías de Colmenar de Oreja, fue detenido junto a la mayoría de sus hombres.

Se acaba así aquel frustrado intento de proclamar la República por la fuerza de las armas. En realidad, lo que termina con el apresamiento de Villacampa no fue más que el primer acto de esta historia. Habrá más. Y si las noticias de esta primera parte encontraron a nuestra protagonista alejada del escenario, no sucederá lo mismo con las que se conozcan a partir de ahora, pues tenemos constancia (⇑) de que a primeros de octubre se encuentra en Madrid, pues es una de las personas que por entonces asisten a diario a la sala donde se juzga la causa contra el cura Cayetano Galeote, acusado de ser el causante de la muerte de Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá.

Desde finales de 1884 Rosario de Acuña formaba parte del grupo de Las Dominicales, un nido de librepensadores, anticlericales, masones... y republicanos. Se tenía por tal, por republicana, y aquel asunto no le podía resultar ajeno (⇑). Es razonable suponer, por tanto, que estaría interesada en cualquier noticia relacionada con la situación de cuantos habían participado en la intentona. De lo que se publicara y de lo que no se hiciera público; de lo que contaban los periódicos y de las noticias que le hicieran llegar sus propios correligionarios: al fin y al cabo algunos  de los principales protagonistas de aquel suceso eran, además de republicanos, masones. Como quiera que de estas últimas, por su propia naturaleza, no tenemos constancia cierta, habremos de fijarnos en las primeras, las que se conservan  en las hemerotecas.

Una vez que Manuel Villacampa del Castillo es encarcelado, dan comienzo las actuaciones previas al consejo de guerra. El encausado solicita a Nicolás Salmerón que lo defienda; el expresidente de la República, a quien una parte de la prensa señala como uno de los autores morales de la asonada, declina la petición, razón por la cual le es asignado un abogado de oficio. A primeros de octubre ya se conoce la sentencia. El Consejo Supremo de Guerra y Marina dictaminó que el brigadier Villacampa, el teniente González y cuatro sargentos habían cometido un delito de rebelión, y les condena a la pena de muerte. Tras la ratificación de la sentencia por el Consejo de Ministros, los seis condenados «fueron puestos en capilla» a la espera de su ejecución. Se dice que tanto el presidente Sagasta como María Cristina de Habsburgo, la reina regente, coincidían en mantener una posición firme para que aquel proceso sirviera de escarmiento. No obstante, parece ser que la campaña promovida por los republicanos y otros sectores sociales para conseguir que las penas capitales fueran conmutadas abrió la puerta a una nueva coyuntura: se publicó la (falsa) noticia de que el Gobierno había accedido a la conmutación de la pena; vistas las reacciones favorables a la medida, Sagasta «se vio forzado» a solicitarla.

El caso es que el siete de octubre María Cristina firma los reales decretos de conmutación de la pena capital por la de reclusión militar perpetua, que son publicados en la Gaceta de Madrid en la jornada siguiente. Unos días después, Manuel Villacampa del Castillo y los otros condenados por la asonada del diecinueve de septiembre son enviados a Fernando Poo para que allí cumplieran su condena, bien alejados de la Península con el fin de evitar que participaran en nuevas intentonas. Meses después el Gobierno decide trasladarlos a Melilla aduciendo razones de seguridad, compatibles, según parece, con otras de diversa índole, a juzgar por las explicaciones realizadas por algunos ministros (por humanidad, para que no se diga que se deja morir a los presos en un clima insalubre; por temor a las complicaciones europeas...). Sea cual fuera la razón, el caso es que en la localidad melillense fallece el reo dos años después de su llegada, «víctima de crónicos padecimientos exacerbados por los rigores de un clima para él mortífero».

Fragmento de la portada de El País con la noticia de la muerte de Villacampa

La noticia de su muerte, ocurrida un día después del aniversario de la proclamación de la República, avivó el ánimo de sus correligionarios. Muchos fueron los círculos, centros, casinos o ateneos que organizaron actos para enaltecer su memoria. Uno de ellos, el que tuvo por escenario el casino de Unión Republicana en Gijón, contó con la participación de Rosario de Acuña. La velada, celebrada el día dos de marzo, materializó de manera exitosa la feliz iniciativa del catedrático de instituto Manuel García Molina-Martell: numerosas coronas enviadas desde localidades próximas y lejanas, telegramas procedentes de diversas sociedades republicanas y masónicas, poemas y otros escritos de adhesión... Entre estos últimos se encontraban los enviados por Jaime Martí Miquel (destacado publicista del republicanismo federal), Manuel Ruiz Zorrilla (líder republicano en el eterno exilio) y Rosario de Acuña, «la heroína del librepensamiento y de la República». La lectura de su discurso, «sublime en el fondo e inimitable en la forma», cosechó entusiásticos aplausos, más intensos aún cuando realiza un llamamiento para la unión de todos con el objetivo de restaurar la República o cuando exige a los presentes que juren cumplir como buenos republicanos si las circunstancias así lo requieren. 

Como quiera que el destino de los insurgentes está íntimamente unido al resultado del levantamiento, las veladas fúnebres organizadas en recuerdo de Villacampa ponen el punto final a aquella historia: la insurrección de septiembre fracasó y su principal protagonista pasa a ocupar un destacado lugar en el santuario que una parte de sus compatriotas ha erigido a quienes considera mártires de la libertad. Sin embargo, lo que hasta aquí se ha contado es tan solo una visión parcial, pues tras estos hechos protagonizados por militares y políticos, actores principales en la escena pública española del diecinueve, aparecen otros que se encuentran con ellos entretejidos. Además de los militares sublevados y de los que reprimieron la asonada; además de los miembros del Gobierno y de los de la oposición; de los políticos monárquicos y de los republicanos; además de los directores de periódicos que contaron la historia sin apartarse un ápice de lo que de ellos se esperaba; además de todos ellos, hombres que de manera exclusiva dirimen en la escena pública los asuntos colectivos, aparece algún que otro nombre de mujer. Uno es, como queda dicho, el de Rosario de Acuña, cuya voz de se abre camino entre el varonil runruneo para espolear las conciencias de la ciudadanía republicana. Otro, el de Emilia Villacampa Morán, la hija del brigadier.

Tenía dos hermanos y ella era su única hija, razón por la cual y según una norma no escrita que ha llegado hasta el presente sin apenas modificaciones, a Elena –por el solo hecho de ser mujer y a falta de madre, ya fallecida– le correspondía la tarea de atender y cuidar a los suyos. Y en lo tocante a su padre, nos consta que a tal labor se dedicó con ahínco. Cumplió tan bien la misión encomendada que hasta los adversarios ideológicos de su progenitor le regalaron palabras de reconocimiento: al fin y al cabo, su ejemplo era una buena versión del «ángel del hogar», arquetipo femenino del XIX con el cual parecían sentirse muy cómodos tanto los unos como los otros. Recibió aplausos y parabienes por lo bien que lo había hecho, aunque para hacerlo tuviera que abandonar el ámbito doméstico y salir a la arena pública, al espacio que los hombres ocupaban de manera habitual y cuasiexclusiva.

El mismo día en que se conocía que el brigadier había sido apresado, su hija se presentaba en la sede de la Presidencia del Consejo para entrevistarse con el señor Sagasta. Aunque la puerta permaneció cerrada para ella, la joven –que cuenta por entonces con veintiún años–  no se arredró, no podía permitírselo: bien sabía que, de no hallar clemencia, al reo le esperaba la muerte. Tenía que lograr el indulto, la conmutación de la pena, y a ese objetivo dedicó todo su empeño. En un mismo día, el viernes 24 de septiembre, tras visitar a su padre en la prisión militar, se entrevista con el obispo de la diócesis, se reúne con el exministro Manuel Becerra y aún le queda tiempo para acercarse a Palacio y esperar la salida de los ministros tras la reunión del Consejo. Llama a todas las puertas, a todos solicita intermediación, a políticos y prelados, al nuncio y a León XIII, a quien por telegrama pide haga uso de su influencia ante el Gobierno de España. Al fin, recibe la ansiada noticia. Sus esfuerzos han hallado feliz recompensa: «Vengo en conmutar a los expresados reos la pena de muerte por la inmediata de reclusión militar perpetua...».

Toca ahora recuperar el ánimo, agradecer el apoyo recibido y prepararse para lo que está por llegar. Su padre ha salvado la vida pero se lo ha llevado la distancia: tras una larga travesía a bordo del Navarra, el cuatro de noviembre ha desembarcado en Santa Isabel, en la lejana isla de Fernando Poo, allá en África. No es aquel lugar adecuado para su quebrantada salud (una fiebre del país había agravado su padecimiento cardíaco), y Emilia inicia un nuevo peregrinaje por los despachos. Apenas tres meses después, a primeros de febrero, la prensa afirma que los condenados están en Canarias, de regreso. El día 9 el presidente del Gobierno confirma la noticia: «el traslado del brigadier Villacampa ha obedecido a la insalubridad del clima de Fernando Poo y a los ruegos de la señorita Villacampa». Melilla es su nuevo destino y Emilia inicia los preparativos del viaje para ver a su padre.

Panórámica de Melilla (La Ilustración Ibérica, 21/10/1893)

Llega a Málaga a primeros de abril y allí toma el barco que la llevará a Melilla. Su padre es tratado como un preso común, lleva la misma vestimenta y le han afeitado la cabeza y la barba. Su celda, un pequeño habitáculo sin más luz ni ventilación que la de la puerta de entrada, es muy húmeda y apenas puede dormir pues los centinelas le despiertan dos o tres veces cada noche para comprobar que no se ha escapado. Emilia se queja un día sí y otro también al gobernador militar. Consigue, al fin, que lo visite un médico: además de la afección cardíaca que ya era conocida, padece bronquitis y presenta hinchazón en manos y pies; en el certificado emitido, señala que «si bien no amenazaba su vida de forma inmediata, podría comprometerla seriamente si las condiciones de clima y habitación no fueran lo suficientemente higiénicas». Tras varias semanas en Melilla y una breve estancia en Granada (donde aprovecha para agradecer a los republicanos de la provincia el auxilio económico que le han venido proporcionando) retorna a Madrid con el propósito de lograr el traslado de su padre por razones humanitarias. Una vez en la capital no pierde el tiempo: las noticias que llegan de Melilla hablan de un empeoramiento en la salud del exbrigadier. El catorce de julio se entrevista con el presidente del Gobierno. A pesar de que, según cuenta la prensa, este le dijo que sus deberes le impedían acceder a su petición, parece ser que Sagasta deja abierta la puerta a un posible traslado del preso a la Península.

De haber existido tal posibilidad, se habría difuminado a mediados de noviembre, cuando la prensa hace pública la noticia del complot descubierto en el peñón de Vélez de la Gomera: al parecer, todo estaba dispuesto para  liberar a Villacampa. A partir de ese momento las medidas de seguridad se refuerzan, la salud del exbrigadier se agrava, su regreso a la Península se desvanece... A primeros de enero Emilia ya se encuentra de nuevo en Melilla. Los médicos dicen que está herido de muerte, «que solo cambiando de clima y de situación, podrían ser menos crueles sus sufrimientos». Su hija escribe a la reine regente, al presidente del Consejo de Ministros, al del Congreso, al ministro de Estado... pide que se le conmute la pena que sufre por la de destierro. Pide, ruega y... espera.

Espera que lo que se publica sea cierto: que el asunto ha sido tratado por el Gobierno, que se estudia la posibilidad de trasladarlo al castillo de Alicante; espera que lo que se cuenta no lo sea: que no se puede acceder al traslado, que la legislación lo impide, que la oposición se opone firmemente a la medida. Su padre sigue en el hospital. Emilia vuelve a Madrid. Algunas puertas se abren, otras no. Cartas a la minoría republicana, a los ministros, a personas del entorno del máximo dirigente del Partido Conservador. Dicen que Cánovas flexibilizó su postura tras la misiva que recibió su mujer, que se habían dado instrucciones para que si se autorizaba el traslado no hubiera protestas ni en el Parlamento ni en la prensa conservadora.

Soneto publicado en el diario El País, 19/9/1891Pasan las semanas, pasan los meses. El asunto se trata varias veces en el Consejo de Ministros, los diputados republicanos plantean preguntas en el Congreso. Emilia sigue esperando. Su fortaleza parece abandonarla, «su organismo, animado por un espíritu vigoroso, flaquea y se resiente». Al fin, en octubre se acuerda por fin el tan esperado traslado. No será a Alicante, ni a ninguno otro penal de la Península: el Gobierno accede a trasladarlo a Ceuta. Los periódicos de Málaga dan cuenta de la próxima llegada de Emilia para acompañar a su padre al nuevo destino, pero la salud del exbrigadier empeora de forma alarmante y no se mueve de Melilla. La Gaceta de Madrid publica el 22 de enero de 1889 el decreto por el que se indulta a todos los condenados por la asonada de septiembre del ochenta y seis. Villacampa puede salir de la prisión, pero su quebrantada salud no le permite abandonar el hospital. Allí falleció la tarde del doce de febrero.

Tras la muerte del exbrigadier, muchas fueron las voces que se alzaron para ensalzar la inagotable capacidad de lucha de su hija. La prensa republicana se hizo eco de las espontáneas muestras de admiración y respeto que llegaban a sus páginas procedentes de los numerosos círculos o ateneos esparcidos por la geografía patria. Elogian su lucha sin desmayo hasta conseguir librarlo de la pena capital; alaban el incansable esfuerzo por ella realizado durante los veintinueve meses de cautiverio.  Rosario de Acuña, también. Desconozco si tuvo ocasión de hacerlo personalmente en las semanas posteriores a la muerte de Villacampa, quizás en una de las esporádicas visitas que realizaba a la capital o si, acaso, lo hizo por escrito. Lo que sí sabemos es que casi dos años después, el viernes 3 de abril de 1891, Emilia se encuentra en el madrileño teatro Alhambra para asistir a la primera y única representación de El padre Juan (⇑) ,  y que en el mes de septiembre de ese mismo año doña Rosario le dedica el soneto (⇑) que acompaña estas líneas.

¡Y una mujer heroica y bendecida,
que a su débil llorar abandonada,
salvoles a los mártires la vida!




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lunes, 29 de junio de 2020

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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