domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 28 de marzo de 2020

209. La conexión alicantina


Entonces como ahora, lo importante es que el mensaje llegue a cuantas más personas mejor. El buen paño, la mejor idea, la eficaz consigna, deben salir de la preciada arca para que sean bien conocidas. Lo sabía, tenía que saberlo, cuando decidió unirse a la tropa que, con casi todo en contra y escasos recursos, luchaba con ahínco defendiendo la libertad de conciencia: «Y al entrar en esa liza donde riñen rudo combate la luz y las tinieblas, voy a asentar la más alta y clara verdad de que estoy poseída». Era preciso que esa verdad fuera propagada, esparcida, aventada a los cuatro vientos. Cuantas más veces se repitiera, mayor sería la probabilidad de que cayera en terreno fértil, de que germinara. Ella se había empeñado en «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre», y su mejor arma de combate era la palabra, propagada a los cuatro vientos a la espera de nuevas voces, de nuevas manos que empujaran en la misma dirección.

A finales de 1884 iniciaba su campaña contra el oscurantismo (⇑) desde las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento; sin duda la mejor plataforma para difundir sus mensajes, pues el semanario cuenta con una activa y concienciada red de suscriptores y corresponsales, que conformaban  un grupo heterogéneo, situado fuera del pensamiento oficial e  integrado por deístas, anticlericales, masones, espiritistas o republicanos. La llegada de Rosario de Acuña fue acogida con entusiasmo, como prueban las numerosas cartas que se publican número tras número, y no tardaron en aparecer otras páginas de otros periódicos que, como si de una red de reemisores se tratara, divulgan con prontitud sus escritos. El primero en hacerlo fue La Luz del Porvenir, semanario espiritista editado en  el barcelonés barrio de Gracia y dirigido por Amalia Domingo Soler, que lo había fundado en 1879. Tan solo dos semanas después de que apareciera publicada en Las Dominicales, su carta de adhesión al librepensamiento (⇑) aparece en la revista espiritista, precedida de la siguiente entrada:

«Retiramos nuestro artículo de fondo, para dar cabida a una carta notabilísima que dirigió la eminente escritora doña Rosario de Acuña, al esforzado campeón del libre pensamiento Ramón Chíes, publicada en Las Dominicales el 28 de diciembre último. La adquisición de Rosario [de] Acuña, es para el racionalismo filosófico de alta trascendencia, los libre-pensadores podemos decir que es nuestra la victoria».

Desde entonces y gracias a la decidida apuesta de su directora, las lectoras de La Luz del Porvenir pudieron leer, uno tras otro, los escritos de doña Rosario que aparecían unas semanas antes en las páginas de Las Dominicales.

Alicante a finales del siglo XIX. Fotografía de Francisco Ramos Martín (Archivo Municipal de Alicante)

Fue otra mujer la que, según todos los indicios, activó la conexión alicantina en el seno de la logia Constante Alona, en la cual ella se había iniciado en mayo de 1883 con el simbólico Juana de Arco. Enterada de la incorporación de Rosario de Acuña a las huestes librepensadoras, Mercedes Vargas no tarda en coger la pluma para mostrar su satisfacción. Lo hace en las páginas del periódico La Humanidad, órgano oficial de la logia, y no escatima elogios para alabar el talento de la recién llegada y su decidida voluntad de luchar contra la postergación de la mujer. Al igual que Amalia Domingo Soler hiciera semanas atrás, también se pone a disposición de la escritora madrileña para «ayudarla a dar cima a la colosal obra que ha emprendido». No parece aventurado pensar, a la vista de su entusiasmo y predisposición, que ella tuviera mucho que ver con la iniciativa de la logia para establecer correspondencia con nuestra protagonista que, tal y como se cuenta en un comentario anterior (⇑), daría como resultado que un año más tarde doña Rosario se integrara en la Constante Alona. 

Tanto La Unión Democrática  ("diario político, literario y de intereses materiales") como La Humanidad (que ve la luz cada los días 10, 20 y 30 de cada mes) dan cumplida cuenta de su llegada a la capital alicantina, de las reacciones que suscita, y de algunas de las actividades que realiza. El miércoles 17 de febrero de 1886, Rosario de Acuña y Villanueva sube al escenario del teatro Principal para recitar unas poesías de su repertorio y algunas otras que fueron escritas para la ocasión. El diario publica en la primera página de su edición correspondiente al viernes 19 una larga reseña de la velada poética, en la cual y entre otras cosas se refiere a la protagonista como la «poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española...». El autor de aquel escrito conoce de primera mano que la poeta ya se ha convertido en Hipatia, el nombre simbólico que había adoptado en su ceremonia de iniciación. Lo sabe bien, pues se trata de Rafael Sevilla Linares, director del periódico, también masón y miembro de la misma logia.

Aunque la estancia de doña Rosario no fue muy prolongada, la conexión alicantina quedó activada. Durante los días que restaban del mes de febrero y en los primeros  de marzo, La Unión Democrática reprodujo en lugar preferente buena parte de las poesías recitadas por su autora en la velada del Principal. También dio cabida en sus páginas al texto de la carta que envió al presidente (⇑) de la Asociación de Enseñanza Laica de Zaragoza. Un mes más tarde se metió en mayores honduras y publicó, en seis entregas, Hipatia (⇑), un largo escrito sobre la sabia de Alejandría. Similar finalidad propagandista cabe atribuirle a «Los descamisados de arriba» (⇑), que ocupó varias ediciones del mes de agosto, y «A las mujeres del siglo XIX» (⇑), publicado en diciembre de 1887, tras haberlo hecho días antes en Las Dominicales.  La comunicación con el señor Sevilla se mantuvo abierta: nos consta que en alguna ocasión la visitó en su casa de Pinto; también que la ilustre luchadora le mantenía informado de sus andanzas: enterado de la persecución a la que fue sometida durante el viaje que realizó en 1887 por las tierras de Galicia, reprodujo íntegramente la carta en la cual relataba a Chíes y Demófilo las denuncias que la condujeron ante el juez de Valdeorras (⇑)

La Humanidad no se quedó atrás en esta labor de divulgación de la palabra de su nueva hermana y se apresuró a publicar aquellos trabajos que más interés podían despertar en el ámbito de la masonería. Tal fue el caso de «Al pueblo masónico. La gran protectora de la masonería española» (⇑), un largo escrito publicado en junio de 1888 en el cual da cuenta de las buenas perspectivas que se abren para la orden tras su entrevista con una infanta de España; también del texto íntegro del discurso que pronunció en el acto de instalación de la logia femenina Hijas del Progreso (⇑), el cual y debido a su extensión fue reproducido a lo largo de cinco ediciones consecutivas. Tampoco faltaron las intervenciones de  Mercedes Vargas animando a sus hermanas a seguir el ejemplo de Hipatia, como lo hace en este escrito titulado «A la eminente escritora Dª Rosario de Acuña»:

«Su puro y fácil lenguaje, el elegante giro de la frase, y lo conveniente de sus argumentos, la colocan en el primer rango de los escritores españoles, y todas las que como nosotras, queridas hermanas, sienten arder en su corazón el amor a la libertad en todas sus santas manifestaciones, deben sentirse poseídas de legítimo orgullo y seguir sin vacilar la senda tan brillantemente trazada por la inspirada autora de Rienzi el tribuno».

Aunque Rosario de Acuña no participe en los trabajos habituales de la logia, su figura permanecerá unida a la Constante Alona y a las masonas (también a los masones) de aquella ciudad. Tras su visita, la conexión alicantina esparcirá sus palabras por todo su radio de acción, contribuyendo a «su activa propaganda en pro de nuestros principios y del libre pensamiento».




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lunes, 9 de marzo de 2020

208. El paseo que (casi) nadie conoce


La Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón ha editado una agenda y un calendario con el título Mujeres míticas (⇑). El mes de marzo está dedicado a Rosario de Acuña, de quien se dice lo siguiente: 

«Escritora, poeta, pensadora y periodista de origen aristócrata, tenía un talante librepensador e ideología republicana. Algunas de sus obras son Rienzi el tribuno, Amor a la patria o Tribunales de venganza. Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas y defensora de la igualdad social de la mujer y el hombre. Ilustre vecina que se afincó en Gijón/Xixón en 1909, participó activamente en la vida política, social y cultural de la ciudad. El Paseo Rosario de Acuña recuerda su paso por el Cervigón.»

El texto hace referencia a alguna de las razones que, a no dudar, tuvo en cuenta la corporación municipal para dar su nombre a un paseo situado en las proximidades de la que fue su casa gijonesa. Tal y como cuenta mi muy estimado Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón, el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento de Gijón acordó denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Un tramo del paseo Rosario de Acuña (archivo del autor)

Pues bien, tal parece que el citado paseo se haya quedado recluido en el ámbito de los papeles, aquellos que sirvieron de soporte al acta de la sesión en la cual se tomó el acuerdo referido, y estos que conforman la agenda y el calendario que para el presente año ha editado la citada Oficina. Llevo años formando parte del numeroso grupo que, cotidianamente y de formas muy diversas, disfruta del muro que bordea la bahía gijonesa y no he encontrado hasta el momento referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el denominado Paseo Rosario de Acuña.

Cierto es que este muro, que fue construido para proteger a la población de los embates del mar, ha dado nombre a este espléndido paraje de la geografía urbana, y que la mayoría lo conoce como El Muro, por más que unas placas de cerámica situadas en la pétrea base que sustentan las luminarias se empeñe en decirnos cada doscientos cincuenta metros que nos encontramos en el «Paseo litoral de San Lorenzo». Su íntima relación con el mar le otorga la singularidad que lo diferencia y distingue de las calles con las que comparte relación administrativa. Nada hay que recuerde a quienes por él caminan, corren o patinan que se encuentran en la calle Ezcurdia o en la avenida de Rufo Rendueles. Por ello resulta sorprendente que el único indicador relacionado con el callejero que nos encontramos en El Muro se localiza en el lugar en el que aproximadamente debiera comenzar el paseo Rosario de Acuña. Se trata de una placa colocada en una de las farolas que se alza sobre la granítica acera y lleva la siguiente leyenda: avenida de José Bernardo.

Aunque todo es Muro, tramos hay que tienen su propia singularidad. En los inicios se encuentra el Campo Valdés; de todas las escaleras que lo jalonan, hay una con nombre propio: la Escalerona; luego está el puente sobre el río Piles; y las esculturas que han dado nombre a las zonas donde se ubican: Les Chapes y La Lloca. Precisamente ahí, en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante, El Muro cambia de fisonomía: abandona la compañía de la carretera, se estrecha y muda de pavimento. Quizás ese fuera el lugar en el cual comenzara el paseo Rosario de Acuña tras el cambio producido en el lugar con la construcción de una urbanización en la zona. La farola allí situada parece probarlo, pues aún conserva lo que bien pudieran haber sido los soportes de una placa informativa, ahora ausente.   

No fue esta de 1990 la primera vez que el Ayuntamiento gijonés situó a Rosario de Acuña en el callejero. Lo hizo en dos ocasiones anteriores. La primera sucedió en el verano de 1923 (⇑), a los pocos meses de su muerte. A propuesta del Ateneo Obrero, con catorce votos favorables y tres en contra, el pleno municipal acuerda dar el nombre de «Avenida de Rosario de Acuña» al camino que va del Piles a la Providencia. Pocos días después, un grupo de vecinos de la zona presentó un recurso de alzada ante el gobernador civil, con la intención de que se dejara sin efecto la decisión municipal. Según cuenta la prosa administrativa, el recurso había sido interpuesto por don José de la Sala «y otros vecinos», expresión genérica que oculta la existencia de algunas personas con mayor significación en la vida ciudadana. Una lectura más atenta nos informa, sin embargo, que entre los recurrentes se encuentran «los herederos del Excelentísimo Señor Conde de Revillagigedo», quienes actúan mediante los oportunos apoderados. Si a la conocida posición ideológica de los herederos unimos las referencias que en el escrito se realizan al carácter religioso del camino (no hay que olvidar que, como allí se dice, el punto final del mismo se encuentra en la ermita de la Virgen de La Providencia), cabe pensar que las cuestiones de orden material que se aducen no fueran las únicas, que algunos no estaban dispuestos a tolerar que el camino que conduce a la ermita llevara el nombre de una mujer, librepensadora y masona.  Pasados unos meses, la autoridad gubernativa revoca el acuerdo tomado por el consistorio. Rosario de Acuña se queda sin «su» avenida.

Habrá que esperar a la proclamación de la Segunda República para que tenga lugar un segundo intento (⇑). El 30 de abril de 1931 el Ayuntamiento gijonés vuelve a las andadas y retoma el acuerdo del verano de 1923, el recurrido. Así fue como durante seis años el camino de la Providencia, el que conduce a la ermita, ostentará la denominación oficial de «Avenida de Rosario de Acuña». En 1937 las nuevas autoridades, que fueron elegidas por la fuerza de las armas para gestionar el municipio, deciden sustituir el nombre por el de «Avenida de Italia», como homenaje a los soldados italianos que colaboran con los militares sublevados en julio de 1936.

A finales del siglo XX todo hacía indicar que las circunstancias resultaban más favorables para que, tras dos intentos fallidos, Rosario de Acuña tuviera al fin un lugar en el callejero de su ciudad, la que eligió para vivir sus últimos años, y donde quiso permanecer para siempre. Sorprendentemente y por razones que no alcanzo a comprender, casi treinta años después de que el Ayuntamiento así lo acordara, el de Rosario de Acuña se ha convertido en un paseo que (casi) nadie conoce. Un paseo semiclandestino del cual y paradójicamente tan solo existe constancia en algunos documentos oficiales; también en el espacio dedicado al mes de marzo en la agenda que, con el título Mujeres míticas, ha editado la Oficina de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón.

Quizás sea este un buen momento, me refiero al mes de marzo del año 2020, para que el paseo Rosario de Acuña salga de los papeles y se haga presente en el lugar señalado. Bastarían un par de placas que así lo indicaran. Sería una excelente forma – no muy costosa, según mi parecer– de dar mayor visibilidad a una mujer ejemplar, de preparar el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa. Nos quedan tres años por delante.

La Nueva España, edición de Gijón, 14-3-2020




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viernes, 21 de febrero de 2020

207. Separada hasta la muerte


27 de abril de 1883. Esa es la fecha de la ruptura. La dejó escrita. Pocos días después, la separación se hace efectiva: Rafael se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España; Rosario permanece en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. El sábado 22 de abril de 1876, Rosario de Acuña y Villanueva, que por entonces contaba con veinticinco años de edad, y Rafael de Laiglesia y Auset, que había cumplido los veintidós, habían contraído matrimonio canónico ante el católico ministro y sus respectivas familias, quedando inscrito en el Registro Civil, al amparo del Decreto de 9 de febrero de 1875. Siete años después, la única constancia escrita de la ruptura de aquel vínculo se encuentra en un ejemplar de Rienzi el tribuno, tal y como se cuenta en el comentario 115. Un amor entre dos quintillas (⇑).

 Edvard Munch: «Separación» (1894)

Tanto en el comentario arriba referido como en otros escritos, he tratado de indagar acerca de las posibles causas de la ruptura. Si fue por infidelidad del marido o se debió a otras razones que tenían más que ver con la asfixiante cotidianidad del limitado horizonte urbano (⇑). «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...»: sus propias palabras alientan varias hipótesis. En cualquier caso –haya sido la que haya sido la causa, de haber una sola–, lo que pretendo ahora es poner toda la atención en el día 27 de abril de 1883, en el momento de la ruptura. Sin duda ella sabrá el mañana que le espera; sin duda ha de ser consciente de cuál será su situación –incomprensible y paradójica para la mentalidad actual– desde el mismo momento en que recupere su soledad («Sola estaba, sola estoy»). A partir del último sábado del mes de abril del año ochenta y tres, Rosario de Acuña y Villanueva será, de hecho, una mujer separada de su marido, pero aún le deberá obediencia y precisará de su consentimiento para hacer públicos sus escritos.

La legislación liberal decimonónica no contemplaba ninguna otra posibilidad de disolución del matrimonio que no fuera la muerte. Ni siquiera lo hizo la Ley del Matrimonio Civil de 1870 cuando regula las causas de divorcio («El divorcio no disuelve el matrimonio, suspendiendo tan solo la vida en común de los cónyuges y sus efectos», art. 83). De todas formas, esa ley no era aplicable en su caso pues antes de su casamiento entró en vigor el decreto de 9 de febrero de 1875, que restablecía los efectos civiles del matrimonio católico. Desde entonces, el asunto quedaba de nuevo sujeto al Derecho Canónico, que era bien claro al respecto: «El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte». La de Rosario y Rafael había sido una boda católica y, por tanto, continuaba siendo una mujer casada, por más que se separara de su marido. Y así seguiría siendo hasta que la muerte disolviera el vínculo que había contraído cuando contaba veinticinco años de edad.  Por muy separada que estuviera de su marido continuará sujeta a su tutela legal, pues según establecen las leyes vigentes deberá contar con su autorización para comparecer en juicio o para comprar y vender bienes; tampoco podrá publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin su consentimiento (⇑).

Claro está que ella no era la única española que padece tan sorprendente situación. Otras muchas compatriotas se encuentran también atrapadas entre aquella espada y aquella pared; entre mantener un vínculo, «que incluso obligaba a la unión carnal en casos de aborrecimiento entre los cónyuges» o aventurarse por la incierta senda de una separación –de hecho o de derecho–, que tan solo garantizaba la incomprensión, cuando no el desprecio o la marginación social, y en ningún caso la ansiada independencia legal del marido. Aunque no creo que cueste mucho esfuerzo sentir la asfixiante angustia de tantas mujeres atrapadas en el sinsentido, quizás no esté de más echar mano de la literatura y compartir con Carmen de Burgos los padecimientos de Dolores, La malcasada. Tampoco recordar lo sucedido a la propia Colombine, a Pardo Bazán o a nuestra protagonista.

Emilia Pardo Bazán y Rosario de Acuña

Suelo resaltar que Emilia Pardo Bazán y Rosario de Acuña fueron coetáneas casi perfectas. Y lo hago, no tanto por el hecho de que sus nacimientos tuvieran lugar con apenas unos meses de diferencia y sus muertes se sucedieran con un intervalo de dos años, sino por las sugestivas posibilidades que tal coincidencia nos brinda. Si al componente cronológico –que bien pudiéramos calificar en un principio de anecdótico–, unimos algunos otros que apuntan a similares vivencias infantiles y juveniles, contamos con la valiosa posibilidad de comparar el proceso de construcción de la identidad de dos mujeres que viven coyunturas muy similares. Del resultado de tal comparación he dado cuenta en «Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes», incluido en el libro coordinado por Elena Hernández Sandoica, publicado con el título Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón, y tema del comentario 185. Siete miradas a una vida de mujer apasionante (⇑). Pues bien, ambas se encontraron en la misma situación que otras muchas españolas cuando el desamor les salió al encuentro, y las dos debieron de afrontarla de manera similar, lo cual no fue óbice para que una y otra siguieran trayectorias bien diferentes a partir de ese momento.

Siete años después de su boda expresa su desaliento al pie de la dedicatoria: «Vivo entre penas, sin gloria...». Rosario y Rafael acordaron su separación. «Sola estaba, sola estoy». Treinta y dos años tenía entonces. Toda una vida por delante, que en ningún caso podía estar supeditada a la tutela de quien legalmente continuaba siendo su marido. De ahí la importancia de aquel documento, del  «amplio poder marital que para todo género de asuntos me otorgó el que fue mi marido al tiempo de nuestro mutuamente convenido divorcio». Por más que no le viniera mal el dinero, «la escasa pensión», que Rafael le entrega, aquel documento cuenta con un valor inestimable: le devuelve la libertad. Tiene en sus manos un preciado salvoconducto para transitar por los inescrutables vericuetos de la España del Concordato. Gracias a él puede entablar la querella por injurias y calumnias (⇑) contra La Unión Católica, firmar los contratos de edición de El crimen de la calle de Fuencarral (⇑) o El padre Juan, arrendar en la localidad cántabra de Cueto la finca donde instalará su granja avícola...

Rosario de Acuña y Villanueva, oficialmente casada, vivió lejos de su marido primero en Pinto y luego en tierras cántabras. Rafael de Laiglesia y Auset residirá en diversas localidades españolas a las que es sucesivamente destinado por el Banco de España: a finales de 1884 abandonará Badajoz para desempeñar el puesto de delegado en Albacete; a principios del ochenta y siete se convertirá en el director de la sucursal de Guadalajara; y en noviembre de 1890 lo será de la de Alicante, en donde permanecerá hasta su fallecimiento ocurrido el 16 de enero de 1901. Según recoge el certificado correspondiente, una gastritis hemorrágica acabó con su vida de manera prematura, cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta y siete años. La noticia, que fue ampliamente comentada por la prensa alicantina, llegó al fin a Cueto, localidad cántabra donde por entonces residía la que había sido su mujer, y, desde ahora, su respetable viuda. Iniciados los oportunos trámites administrativos, el diez de enero de 1902 la Sala de Gobierno del Consejo Supremo de Guerra acuerda que «su viuda, como comprendida en la Ley de 22 de julio de 1891, tiene derecho a la pensión anual de mil ciento veinticinco pesetas», la que correspondía de acuerdo con el Reglamento del Montepío Militar a familias de comandantes en actividad, situación que disfrutaba el causante cuando falleció. La resolución concluía señalando que «dicha pensión debe abonarse a la interesada mientras permanezca viuda por la delegación de Hacienda de Santander desde el siguiente día al del fallecimiento de su marido».




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lunes, 3 de febrero de 2020

206. «La caverna y el Patronato Rosario de Acuña», por Regina Lamo


Era el nombre de esta mujer lo más protervo, lo más execrado, lo más abominado de los cavernarios españoles.

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máximia impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos.

El Santo Oficio (fragmento), Francisco de Goya (Museo del Prado)

Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos, apostólicos y romanos.

Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

La amé mucho. Tanto que logré reaccionar sobre calumnias inmundas, todas lo son pero algunas lo son más cuando parten de labios familiares, impulsados por complejos psicopáticos atormentados por impotencia manifiesta contumaz. Logré reaccionar, y por encima de todo coloqué el deber indeclinable de que Rosario de Acuña se sobreviese.

Sus obras, sus maravillosas obras, eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotó la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!

Y sacrificándolo todo: mi labor personal hecha a pulso durante dieciocho años en toda la prensa española y americana; mi labor cooperativista a que consagré la mayor y mejor parte de mi tiempo fundando el primer banco obrero cooperativista, bajo el título Institución Regina Lamo –en mi anhelo de democratizarme en absoluto, modifiqué hasta el apellido para mi firma de publicista, suprimiendo el «de» de mi abolengo–, sacrificando cuanto hice y soñaba hacer por mí y para mi nombre, recogí el de Acuña, perseguido, vilipendiado, repudiado por la caverna invencible que en España imperó e impera, y lo enarbolé con todo el brío de un corazón impulsado por lo que consideró el más alto y primordial deber: rehabilitar una memoria, ponerla en marcha, hacerla vivir... ¿Cómo? ¿Sólo con el ditirambo? ¿Con el saumerio? ¿Con la loa como tópico? NO. Con mucho más. Con algo definitivo, palpable, fuerte y hermoso, como lo fue Rosario.

Una escuela, un patronato para vivificar su espíritu, para inyectarle su savia vigorosa en biología admirable... ¡Siempre superhombre!... ¡Siempre con el «plus ultra» infinito de los bellos sueños, de los grandes impulsos, de la progresión indefinida con que ungió toda su gran obra, su imperecedera –gracias a mí–  obra, la gran educadora de la Humanidad, Rosario de Acuña...

Y el patronato surgió al esfuerzo mío. Surgió tras titánica lucha. Era una entelequia para aquellos mismos que habían de ser beneficiaros suyos... ¡En verdad era osado el propósito! Partió de una equivocación básica. Creer que esta República era... la República a que España tenía derecho, después de las vejaciones y esquilmaciones soportadas por los anticlericales librepensadores nacionales durante el infamante siglo XIX...

¡Qué error tan inmenso! ¡Bien caro lo pagamos cuantos contribuimos infatigablemente al éxito de esta pseudorevolución, que fabricamos alegres y confiados.

Desde el más alto sitial de la República hasta el último escondrijo o madriguera burocrática, la caverna impera, la caverna manda, la caverna decreta.

Uno de los decretos transmitidos sotto vocce es boicotear todo cuanto trascienda a laicismo verdad, laicismo de pura cepa; de aquella solera vibrante y cristalina que se llamaron Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín, léase Rosario de Acuña y José Nakens.

Ellos, los dos grandes luchadores por el ideal racionalista, siguen siendo protervos, indeseables y «ab-renunciados» por todos estos ateos «gracias a Dios» que figuran en los mandos de la República, sometidos al papa y al nuncio...

¿Qué más necesitaba el Patronato Rosario de Acuña para ser solapadamente envuelto en malicias e insidias? Solo precisaba llevar el nombre de ella a la cabeza.

Anónimos amenazadores –de que, a su debido tiempo, di cuenta a la Dirección de Seguridad–, calumnias viles, suposiciones injuriosas exteriorizadas sin permiso del juez –¡claro está!–, diatribas, etcétera, etcétera. Todo el arsenal que ya creíamos enterrado con los chirimbolos de la monarquía surge en torno al Patronato Rosario de Acuña.

El Ateneo, que honró con un brillante núcleo de sus miembros al Patronato inscribiéndose en éste, se deja influenciar por dimes y diretes lanzados al socaire de cavernarios, que allí discurren a sus anchas gracias al marchamo republicano, fecha 12 de abril de 1931.

Se desea hundir el Patronato Rosario de Acuña. Se desea que «no florezca» –ésta es frase de un superateneísta–; se desea que fracase.

¿La obra? ¿La idea? ¿La protección puericultora? ¿La propaganda eugénica comenzada en las conferencias celebradas por los insignes pensadores Luis Huerta, Jiménez Asúa, Tato Amat, Belén Sárraga...? ¡No!... Lo que desean extirpar del ámbito español, de la periferia madrileña, del Ateneo de Madrid, es el simbólico nombre que sirve de bandera al Patronato que hoy represento yo.

Es el nombre de Rosario de Acuña, la anticlerical, la librepensadora, lo que estorba. Hay que acabar con lo que significa, como acabaron con ella en vida. Es la consigna de los elementos reaccionarios, más o menos encubiertos, incluso en la barriada del Puente de Segovia.

Acabar con el Patronato Rosario de Acuña les va a ser más difícil que tratar de desacreditarme a mí, fundadora y presidentea –también por derecho propio– del Patronato.

Subrayamos, para terminar, que si era el supremo título de valor  y energías defender el librepensamiento y el laicismo en los ominosos tiempos monárquicos, y ello solo podía ser realizado llevando en el alma temple tan audaz y estoico como era el de aquellos Nakens y Rosario de Acuña, acaso..., acaso..., sean necesarios mayores y más fuertes «reaños» para defenderlos en estos tiempos republicanos, tal y como se está poniendo la República, y tal y como yo los defiendo y me propongo seguir defendiéndolos.

Regina Lamo de O´Neill

La Tierra, Madrid, 26-7-1933




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martes, 28 de enero de 2020

205. La conferencia y los mestizos


Alegoría de la Justicia, sello de 1874
En la España de finales del siglo diecinueve, la prensa constituía el principal medio de información, al menos para el minoritario sector de la población que sabía leer. Quienes están al tanto de lo que publican los periódicos se enteran de las noticias que les cuentan, de las opiniones que les transmiten y de la vida y obra de los personajes que aparecen en sus páginas. Rosario de Acuña se subió a este escenario de papel con poco más de veinte años y su rastro permanece bien visible. Quien lo hubiera seguido se habría dado cuenta del brusco giro que ha experimentado su trayectoria mediada la década de los ochenta. Ha dejado de ser aquella jovencita de tirabuzones que, tan solo diez años atrás, había entusiasmado tanto al público como a la crítica con el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática, y desde que su nombre apareciera en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento todo parece haber cambiado: se ha convertido en una librepensadora y en una masona, y nada de lo que dice pasa desapercibido, recibiendo incondicionales halagos de sus simpatizantes y reproches un tanto airados de sus detractores.

Un buen ejemplo de la polarización de sentimientos que despierta su palabra lo encontramos en la conferencia «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), que pronuncia en la sociedad madrileña Fomento de las Artes la noche del sábado 21 de abril de 1888. Los editores de Las Dominicales sacan a la calle un número extraordinario con el contenido íntegro de la intervención de su colaboradora, acompañado de elogiosos comentarios: «No sabemos en este nuevo trabajo de la señora de Acuña qué admirar más, si la belleza escultural de la forma, la profundidad de los conceptos científicos que atesora o la valentía que supone en el alma de nuestra amiga». Por su parte  La Unión Católica se despachaba a gusto, tanto en lo referente al contenido de la conferencia como a la propia conferenciante:

¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer! [...] Una mujer extraviada, que tiene la desgracia de haber renegado de las oraciones que le enseñó su madre en el regazo del amor, y de haber aprendido a recitar y a escribir en público las blasfemias más atroces de la impiedad y del librepensamiento, ha leído la otra noche una conferencia acerca «de las consecuencias de la degeneración femenina», y que hoy trascribe el periódico de la secta Las Dominicales.

El texto (⇑), escrito como luego se supo por el redactor Eugenio Fernández Hidalgo, ocupaba un lugar preferente en la primera página de la edición del 25 de abril y no desentonaba en absoluto con la línea editorial de aquel diario autotitulado «religioso, político y literario», auspiciado por Alejandro Pidal y Mon y convertido en órgano oficioso del posibilismo neocatólico. Por mucho que los denominados «mestizos» quisieran marcar distancias con carlistas e integristas, su aceptación del liberalismo no alcanzaba a tolerar «los disparates» de las mujeres del libre-pensamiento que salen a la plaza pública a vocear lo que llaman la emancipación de la mujer. Aunque no debiera de resultar extraño que un periódico situado en el sector más ultraconservador del canovismo defienda su particular visión de la mujer, convertida en «ángel del hogar», recluida en el «hogar santo de la familia prestando culto a las labores domésticas», sí que llama la atención la insistencia del señor Fernández en descalificar a la conferenciante, a quien no duda en tratar como una mujer desvariada, con quien no se puede perder el tiempo discutiendo, pues «los delitos o los casos de psiquiatría no se discuten, si no que se sentencian, o para la galera o para el manicomio». Esa es la razón que lleva a doña Rosario a presentar una querella por injurias contra el autor de aquellas palabras.

En ese punto podría haber concluido esta historia, al menos en lo que toca a su planteamiento, quedando tan solo a la espera de que los tribunales –tras  analizar el texto publicado por La Unión Católica a la luz de lo estipulado en el artículo 470 del Código Penal de 1870–  dirimiesen si las expresiones utilizadas en el mismo suponían deshonra, menosprecio o descrédito para la demandante. Podría haber sido el final, pero no lo fue, pues meses antes de que la Audiencia de Madrid resolviera sobre la demanda, el diario Faro de Vigo volvió a publicar el texto de Fernández Hidalgo en la primera página de su edición del cuatro de mayo. El asunto se complica.


Fragmento de la primera página de la edición de Faro de Vigo del 4 de mayo de 1888

Ya he contado (⇑) que por entonces Rosario de Acuña adquiere cierto protagonismo en el proceso de renovación de la masonería española que en 1887 había iniciado Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros. Ambos comparten el objetivo de incrementar el número de mujeres que ingresan en la orden y, sabedores de la importancia que para tal fin tendría contar con presencia de tal relumbre, coordinan sus actuaciones para lograr que la infanta María del Olvido de Borbón y Castellví se convirtiera en el estandarte de la masonería de adopción. Al gran comendador del Gran Oriente Nacional de España, empeñado en favorecer la incorporación de las mujeres a las logias, le interesa contar con el apoyo de mujeres de renombre; Hipatia, por su parte,  encuentra en la masonería un apoyo inestimable en su campaña de Las Dominicales (⇑), la ardua tarea que inició a finales de 1883 para combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre.

No hubiera resultado extraño que el escrito publicado por La Unión Católica se entendiera en clave personal: un periódico confesional arremete contra una mujer que libra una batalla en pro de la libertad de conciencia. La conferenciante ya contaba con ello. Basta con leer lo que escribía en la carta en la que proclamaba su adhesión al librepensamiento (⇑): «Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos». Que  lo suyo es de psiquiatra, que la tildan de extraviada, pues... ¡querella al canto!, y ahí se acaba la historia. No obstante, la situación se torna más compleja desde el mismo momento en que el escrito del señor Fernández Hidalgo es reproducido por el Faro de Vigo. El diario vigués se alineaba por aquel entonces en el bando de la prensa mestiza, entre los periódicos que en 1887 saludaron con efusividad la llegada del diario promovido por el catolicismo posibilista. Bien pudiera ser que otros diarios alineados con el ideario de La Unión siguieran su estela, que aparecieran nuevas copias en el Diario de Barcelona o en El Criterio Católico; y si esto hacía la prensa posibilista, qué no habría de hacer la ultra e intransigente. Bien pudiera ser que aquel asunto propiciara una nueva batalla entre los dos bandos en litigio.

Sea por proteger a la nueva hermana, sea por apuntalar el proceso iniciado en el seno del Gran Oriente Nacional de España para favorecer la llegada de mujeres a las logias, lo cierto es que los masones no parecen estar dispuestos a dejar pasar tal afrenta. Nada más conocer que el Faro de Vigo había vuelto a publicar el escrito de marras, se movilizan para ofrecer a Rosario de Acuña, la hermana Hipatia, el nombre de un abogado solvente, y preferiblemente librepensador, que le prestara la ayuda legal que iba a necesitar en aquella batalla. Desde Galicia realizan algunas recomendaciones, hablan del pontevedrés Indalecio Armesto, director del periódico La Justicia, también de Enrique Iglesias, «jefe en este distrito del Partido Fusionista» y «enemigo declarado del Faro de Vigo». La opción del señor Iglesias parece ser la más satisfactoria, razón por la cual doña Rosario,  siguiendo la propuesta del señor vizconde consorte de Ros, escribe una carta a Humberto Mulder (⇑), comerciante de origen holandés afincado en la villa viguesa, encomendándole que  transmita al abogado su interés en que sea él quien entable la demanda por injurias y calumnias. Ahora bien, debe de hacerlo en concepto de «abogado de pobres», pues aunque ella está dispuesta a iniciar aquel proceso –para «dar al asunto la importancia que a juicio de nuestros amigos requiere»–, no puede permitirse el lujo de afrontar los costes del litigio. 

Desconozco si el señor Mulder tuvo éxito en la gestión encomendada, si al final se interpuso la querella contra el Faro de Vigo y, de haber sido así, cuál fue el resultado de la misma. Lo que sí conocemos es lo sucedido con la que se sustanció contra La Unión Católica. Sabemos que en los primeros días del mes de julio se celebra el acto de conciliación en los juzgados municipales del distrito de Congreso: el procurador que actúa en representación de Rosario de Acuña no se mostró conforme con las explicaciones dadas por el autor del escrito, el redactor Alfredo Vega. Al concluir el acto sin avenencia, continúa abierto el proceso. Unos meses más tarde, el diez de abril del año ochenta y nueve, en la Audiencia de Madrid tiene lugar el juicio oral y público. Pocos días después, el tribunal dicta sentencia absolutoria.

«¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Ya lo decía el señor Fernández en su escrito: «los delitos o los casos de psiquiatría no se discuten, si no que se sentencian, o para la galera o para el manicomio». Y la Justicia sentenció que en las palabras vertidas por el redactor no había nada punible. Viviendo y aprendiendo. Bien presente lo habría de tener doña Rosario cuando, andando el tiempo, el gobernador de Madrid suspenda las representaciones de El padre Juan, o cuando la fiscalía la acuse de un delito de escándalo público. Una lección aprendida: que en asuntos de tribunales conviene ser bien prudente, puespara que tan renombrada Dama se ponga el turbante en los ojos y se avenga a resolver los litigios «necesita como primera condición para actuar la tasa de precio».


Nota. Agradezco a Isidoro Nicieza, director del Faro de Vigo, las facilicidades que me ha dispensado para acceder al fondo histórico del periódico, donde he podido constatar ese brusco giro en la trayectoria vital de nuestra protagonista del que hablo al inicio de este escrito. Las páginas del Faro reflejan esta mutación; también el cambio de actitud hacia su figura –y su obra– por parte de los promotores del diario.  Con anterioridad al duro escrito publicado sobre la conferencia  «Consecuencias de la degeneración femenina», objeto de este comentario, las páginas del diario no solo se hicieron eco de los éxitos de la joven dramaturga y de algunas de sus peripecias personales (como el viaje realizado por Galicia en 1887), sino que también acogieron algunos de sus primeros trabajos, como la poesía «Una flor para el sepulcro de Salas» o el relato «Fuerza y materia. El nido de una golondrina».




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lunes, 13 de enero de 2020

204. «La vida revolucionaria de Rosario de Acuña», por Raquel C. Pico


Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar. Lo demás son incertidumbres. Ignoro si lo que cuento resultará interesante para quienes lo leen, blanco sobre negro, en todo tipo de pantallas, en cualquier lugar del mundo. No sé si llegan hasta el final o abandonan pronto su lectura. Desconozco si, avivado su interés por conocer más cosas acerca de nuestra protagonista, clican en los enlaces que aparecen en el escrito... Cierto es que, una vez publicado el comentario, la plataforma Blogger proporciona algunos datos al respecto: te cuenta cuántas personas lo han leído, desde que país lo han hecho o qué tipo de navegador han utilizado. Pero esa información tan solo aporta números, cantidades... Lanzo al mar la botella con el mensaje y tan solo conozco el número de ondas que se forman cuando toma contacto con el agua. 

Por fortuna, de vez en cuando recibo en la cuenta de correo (info.rosariodea@gmail.com) escritos que prueban que el mensaje ha llegado a su destino. Por fortuna, en ocasiones leo en algún libro que hay quien ha descubierto el testimonio vital de Rosario de Acuña y Villanueva gracias a alguna cosa que he publicado, quizás algún comentario como este. Por fortuna, de tanto en tanto me llegan noticias acerca de nuevos sitios en Internet que, o bien incluyen enlaces tanto a este blog como a la página a la cual complementa (⇑), o bien hacen mención a alguno de los trabajos que he publicado en formato papel.

Este es el caso del escrito que da título a este comentario: La vida revolucionaria de Rosario de Acuña, escrito por Raquel C. Pico y publicado en Librópatas.com, un espacio dedicado a los libros. Aunque recuerdo haberlo leído tiempo atrás, fue hace un par de semanas cuando, rebuscando en la Red, volví a toparme con él, y en esta segunda lectura encontré algo más que el testimonio de una persona que había recogido la botella y había leído el mensaje que se encontraba en su interior. No solo lo había leído, sino que había quedado atrapada por la fascinante historia de la mujer que protagoniza este blog. La pormenorizada descripción que realiza Raquel acerca de su inesperado encuentro dominical con Rosario de Acuña es un buen ejemplo de lo que suele ocurrir cuando su figura abandona los escondrijos del olvido: «Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad». Su experiencia no solo es una gratificante respuesta al mensaje enviado en aquella botella, sino que también se convierte en un potente acicate para continuar colaborando en la tarea colectiva de recuperación de su valioso testimonio vital (⇑). Parece demostrado que sigue siendo necesario suministrar argumentos a la casualidad.

Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar... también por qué lo hago.


* * *


Imagen que acompaña el texto de Raquel C. Pico


Tiendo a apuntar las cosas en folios que doblo y pongo en algún lugar en el que estoy convencida que llegado el momento encontraré, aunque eso luego no pasa. Por tanto, no he sido capaz de encontrar la lista original de autoras que había creado cuando por primera vez me planteé leer durante un verano a literatas decimonónicas olvidadas. Recuerdo que no eran muchas y creo que rondaban las cinco, con unos cuantos signos de interrogación para cerrar el listado e indicarme que tenía que encontrar más nombres que resultasen atractivos para leer. Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad.

Y la casualidad viene en forma de compra del Día del Libro. Entre los muchos libros que me compré ese día –en una clara invitación a la ruina– estaba una edición de El crimen de la calle Fuencarral [ enlace (⇑) ], de Benito Pérez Galdós, una lectura en mi lista de ‘cosas que tengo que leer’ desde que en la facultad de Periodismo algún profesor había señalado que el principio de la prensa amarilla en España estaba en la cobertura de ese crimen. Los medios, nos había dicho, no tenían mucho que contar porque era verano y se habían lanzado con uñas y dientes a por el drama. He olvidado quién lo contó y en qué clase, pero no que quería leer las crónicas que Galdós había escrito sobre ello. La única edición contemporánea que tenía localizada de esas crónicas es la que compré, una edición en papel de Ediciones 19. La edición recupera las crónicas de Galdós y recupera también un texto escrito por una mujer, Rosario de Acuña, sobre el mismo crimen.

Decidí, porque no sabía muy bien cómo había sido la historia del crimen, saltarme la introducción preliminar del experto (Macrino Fernández Riera) que acompañaba al texto (ya sabéis, esas introducciones son un nido de spoilers) y empezar por el texto de Rosario de Acuña. Acuña no hace una crónica del asesinato, sino una reflexión sobre los tres investigados principales– o mejor dicho los tres protagonistas principales de la trama, que es interesante pero no tanto –al menos para la lectora actual que busca la crónica periodística– como las crónicas que Pérez Galdós dejó publicadas.

Cuando llegué a la página final del texto de Galdós, el segundo de la edición tras el de Acuña, y con ambos textos leídos quise saber más sobre aquel crimen y sobre el papel de los medios en el tratamiento del mismo, así que volví al principio y a la introducción de Macrino Fernández Riera. Y ahí fue donde me caí por lo que en inglés llaman ‘agujero de conejo’ y que es lo que a tantas nos pasa cuando entramos en la Wikipedia. Claro que lo que me hizo perder un domingo entero (empecé a leer El crimen de la calle Fuencarral con el café de media mañana y acabé de encadenar materiales de lectura y audiovisuales cuando estaba empezando a anochecer) no fue tanto el crimen en sí, sino la historia de la mujer que había escrito la primera de las dos crónicas sobre el tema.

Cuando Rosario de Acuña escribió su texto sobre el crimen de la calle Fuencarral era ya una mujer polémica, una escritora que había pasado de ser la gran señorita prometedora que escribía poesías de la alta sociedad a la que pertenecía a una mujer separada de su marido que se había proclamado librepensadora. Leí la breve biografía que aparece en el apartado que le dedican en Cervantes Virtual (y descubrí ahí que además había tenido una larga y profunda relación con un hombre 17 años menor que ella, lo que la convierte en una todavía más adelantada a su tiempo), vi el documental que en los 90 emitieron sobre ella en La 2 y que ahora está a la carta en la web de RTVE (y que es muy noventero en su estructura, sus recursos y en hasta lo que cuenta de ella…) y me descargué (de forma completamente legal: el link lo podéis encontrar en Cervantes Virtual, que es una página ‘seria’) la biografía – libro de historia del XIX Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato [enlace (⇑)], de Macrino Fernández Riera.

Y así me pasé lo que quedaba de la mañana y la tarde descubriendo la revolucionaria biografía de Rosario de Acuña, una mujer sobre la que mientras leía no paraba de pensar que bien se merecía una serie en Netflix y no sé cuántos telefilmes más.

Una chica de familia bien

Rosario de Acuña nació el 1 de noviembre de 1850 en Madrid, en el seno de una ‘familia bien’, de la que fue hija única. Se suele decir que la escritora era condesa, aunque nunca usaba su título. Fernández Riera pone el dato en cuarentena analizando los recopilatorios de títulos nobiliarios. Lo más probable es que la escritora nunca haya sido noble.

Aunque ella no haya sido condesa, eso no quiere decir que su familia no estuviese dentro de la alta burguesía del período isabelino o al menos muy bien relacionada con ella. Su padre llegaba desde una de las ramas segundonas de una familia noble y su madre era la hija de un médico bien situado. Acuña formaba parte por tanto de un entramado social favorecido.

De hecho, no hay más que ver cómo su familia pudo responder a uno de sus problemas de la infancia para verlo. La futura escritora fue una niña enfermiza (padecería de la vista hasta una operación cuando ya tenía 35 años) y podía permitirse ir a tomar baños de mar o refugiarse en las posesiones en el campo familiares para recuperarse y mejorarse.

Su condición de niña enfermiza hizo que no fuera enviada a estudiar fuera de casa y que sus padres se encargasen directamente de su educación. Su padre, sin ser un revolucionario, era un hombre ilustrado y Rosario de Acuña adquirió conocimientos que otras niñas de su época no consiguieron adquirir. A finales de la década de los 60, la familia se muda a Francia, donde Rosario de Acuña vivirá un tiempo. También pasará unos meses en Roma, viviendo en casa (palacio) de su tío, embajador español ante el Vaticano.

Cuando vuelve a España y la familia se instala a mediados de los 70 en Madrid, Rosario de Acuña es ya una joven mujer, que no solo ha conocido mundo sino que además ha empezado a escribir – y publicar – poesía. Entonces, es una de esas jóvenes acomodadas que están intentando hacerse un hueco como escritoras, aunque aún no será la mujer totalmente revolucionaria, la pionera feminista (aunque aplicar el término feminismo sea usar el lenguaje de ahora) que será más tarde. Aunque eso no quita que con lo que ha hecho hasta ese momento Acuña ya hubiese debido aparecer en listas de escritoras del XIX.

Pero volvamos a Madrid: la escritora se convertirá en un éxito literario gracias a su primera obra de teatro. Rosario de Acuña se inspira en una historia real para crear Rienzi el tribuno, una obra de teatro que se estrena en el Teatro del Circo, en Madrid, en enero de 1875 con mucho éxito de público y de crítica. Era la primera vez en 20 años que una obra firmada por una mujer se representaba en uno de los teatros principales de la ciudad. Acuña no había firmado la obra, pero ante la insistencia del público durante el estreno sale al escenario a ser ovacionada y asumir su autoría. Como apuntan en el documental que hace ya muchos años le dedicaron en La 2, un literato señaló entonces que era “una mujer muy poco femenina” a lo que otro le repuso que en absoluto. ¡Si estaba a punto de casarse!

Casarse la ponía seguramente a ojos de ese interlocutor lo suficientemente cerca de la idea del ángel del hogar imperante en ese momento como para no parecer una mujer peligrosa.

Un matrimonio no bien avenido

Rosario de Acuña se casó porque se había enamorado (o al menos eso es lo que apuntan en todas las fuentes). El elegido era Rafael de la Iglesia y Auset, un joven militar de familia también bien posicionada en la alta burguesía de la época. Casarse con él era lo que se podría esperar de la época, pero también era –teniendo en cuenta la época– una decisión mucho más compleja que lo que puede parecer. Era casi como un salto de fe.

Las leyes que regían la vida privada en el siglo XIX en España eran muy duras para las mujeres, pero especialmente para las mujeres casadas (sobre las dinámicas familiares en la España de la Restauración, la mejor lectura que conozco es, sin duda, Sangre, amor e interés: la familia en la España de la Restauración, de Pilar Muñoz López). Una mujer casada era a ojos de la ley casi como un niño: cuando se casaba, su marido debía comprometerse a protegerla y ella debía asumir obediencia. Una mujer casada no podía ni siquiera disponer de sus bienes, como recuerda por su parte en el libro sobre Rosario de Acuña Fernández Riera.

¿Se conocerían suficientemente bien en este caso los recién casados? Fernández Riera señala que tuvieron que estar separados varias veces antes del matrimonio (1875) por los datos biográficos que se tienen de ambos. Además, no es difícil imaginar que el contacto entre ambos estaría limitado a los eventos sociales en los que se movían.

Sea como sea, tras casarse el matrimonio se fue a Zaragoza, a donde habían destinado al marido. Acabarían volviendo a Madrid e instalándose en Pinto, entonces una zona rural cerca de Madrid y bien comunicada por tren que cumplía con lo que Acuña buscaba. Entonces, la escritora ya empezaba a mostrar un alto interés por la naturaleza y a considerar que vivir en el campo era lo más recomendable en términos de calidad de vida. El tiempo en común en Pinto era además una suerte de última oportunidad para enmendar un matrimonio que hacía aguas y que acabaría fracasando por completo en 1883. Rosario de Acuña –posiblemente tras descubrir que su marido le era infiel– se separó de Rafael de la Iglesia y empezó una nueva –y escandalosa, por tanto– vida como mujer separada.

Rompiendo convención tras convención

Y es aquí posiblemente cuando para quien lee esta historia desde el siglo XXI la biografía de Rosario de Acuña empieza a convertirse en mucho más interesante. Porque la autora no es solo es una escritora del XIX, sino que además es una mujer que rompió con muchísimas convenciones. En la época en la que Rosario de Acuña se estaba separando de su marido, falleció su padre, al que estaba muy unida. La muerte de su padre la sumió en un proceso del que solo la sacó, según explicaba ella luego, la lectura accidental de un periódico, Los Dominicales del Libre Pensamiento, un semanario de reciente creación y de filosofía librepensadora. En 1884, Rosario de Acuña publica en ese semanario una carta declarándose librepensadora. Es el punto de no retorno en sus relaciones con la alta sociedad de la que había salido y el comienzo de una carrera como autora laicista, republicana, defensora de los derechos de la mujer (aunque esto no es exactamente una novedad: antes ya iba en esta línea) o de la clase obrera, de la que ya no se separará hasta su muerte.

Ser una mujer que escribe estas cosas y en ese momento y que adopta estas posiciones de una forma tan pública no era en absoluto fácil. La vida de Rosario de Acuña estará llena, por tanto, de escándalos, de problemas, de futuros problemas económicos y de exilios interiores y exteriores.

[...]

Nota. Pulsando en este enlace (⇑) accederás directamente al escrito íntegro de Raquel C. Pico, publicado el 7 de mayo de 2018 en el sitito Librópatas.com.



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