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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017) y de Rosario de Acuña (⇑) (2019), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

lunes, 9 de septiembre de 2019

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a aquella joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.



domingo, 1 de septiembre de 2019

195. El archivo desempolvado


Algunas de las cartas del archivo de Rosario de Acuña A lo largo de su vida se vio obligada a cambiar de residencia varias veces. En cada mudanza se hizo acompañar de los objetos más queridos. Algunos lo eran por ser recuerdo y testimonio de los años vividos (unos alfilerillos dorados comprados en  la Exposición Universal de París de 1867 (⇑), la corbata morada que llevó cuando fue recibida en el Vaticano por Pío IX, un abanico bordado por su madre (⇑) para su canastilla de boda...); otros procedían de las casas solariegas, tanto materna como paterna, que había recibido en herencia. Cuando se instaló en la casa de El Cervigón para vivir a la orilla del mar la última etapa de su vida, llegó con buena parte de ellos. También de algunos libros, los que ella había escrito y los que había ido adquiriendo a lo largo de los años.

Tras su muerte, Carlos Lamo Jiménez, su acompañante durante tantos años y también su heredero, se fue desprendiendo de todos aquellos recuerdos. Vendió primero la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla; en el verano de 1927 se encuentra entre los expositores de la IV Feria de Muestras de Asturias que se celebra en Gijón con varios artículos que figuran bajo el epígrafe «reliquias»; en 1930 en una notaría de la ciudad tiene lugar la subasta de la casa (⇑) de El Cervigón...

He seguido el rastro de sus libros (⇑) y también conocemos buena parte de lo sucedido en relación a la que fuera su casa del acantilado (⇑), pero del resto no tenemos noticia. Siempre me he preguntado qué fue de aquellas reliquias, qué de aquellos recuerdos, qué de tantas y tantas cartas escritas y recibidas a lo largo de su vida, pues la correspondencia, la abundante correspondencia, era una tarea a la cual y según sus propias palabras reservaba un tiempo en sus quehaceres cotidianos. Cierto es que durante muchos años su recuerdo estuvo oculto por la desmemoria, que apenas quedó un eco lejano de su existencia; pero no es menos cierto que todo eso quedó atrás, que el proceso de recuperación de su testimonio vital (⇑) lleva años dando frutos. Pues bien, a pesar de los avances,  tan solo hemos conseguido localizar algunas cartas manuscritas (por ejemplo, la que envía en 1904 a Tomás Costa (⇑)Al presidente del Ateneo Obrero de Gijón (⇑) en 1921); el resto, la gran mayoría, las conocemos por haber sido publicadas en la prensa del momento.

Conste que no he dejado de buscar, por más que los hallazgos fueran más bien escasos o resultaran inalcanzables (tal y como quedó de manifiesto en el comentario titulado Manuscritos a precio de oro ⇑). Conste también que, al fin, ha aparecido lo que bien parece ser el archivo personal de doña Rosario de Acuña o, al menos, una parte nada desdeñable.

Centro cultural Conde Duque, sede de la Biblioteca Histórica Municipal de MadridResulta que hace unos meses, en el otoño de 2018, me llega una información acerca de la existencia del archivo personal de Rosario de Acuña y que se encuentra en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid... Casi sin tiempo para buscar una posible explicación a cuanto de sorprendente tenía aquel hallazgo (¿dónde estuvo hasta ahora?, ¿quién lo localizo?...) me puse en contacto con la citada biblioteca. Ilda Pérez, su directora, me confirma la existencia del archivo, pero me dice que aún debo esperar algún tiempo para cacceder a él pues aún quedan trabajos por realizar. A finales de diciembre Pablo Pérez Casas, responsable de la catalogación del archivo, me comunica que ya ha concluido su trabajo (encomiable labor la suya, detallista y rigurosa) y que está disponible para su consulta...

Integran el archivo 298 documentos de diverso tipo, entre los que se incluye un cartón de 22 centímetros en el que figura escrito el siguiente texto: «Ruego sean leídos por persona que me sea afecta por si en ellos hallara algo de importancia». Bien, bien, bien. La mayoría son cartas (también telegramas) dirigidas a doña Rosario, a su padre o a su marido; había también algunas escritas por nuestra protagonista, bien copias de las enviadas o bien originales que a última hora no lo fueron. Durante las siguientes semanas fui elaborando una base de datos con toda aquella documentación: fecha, lugar, destinatario, remitente, asunto tratado, observaciones... La siguiente tarea fue la de solicitar la digitalización de una parte significativa de aquellos documentos.  Buena parte de ellos no hacen otra cosa que confirmar lo que ya sabíamos; otros, en cambio, abrían nuevas líneas de investigación en las cuales ya estoy trabajando (acerca de la obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España o las gestiones realizadas con vistas a la presentación de una querella por las críticas vertidas contra ella tras la conferencia Consecuencias de la degeneración femenina) . Como quiera que de todo ello me ocuparé en próximos comentarios, sirva ahora como anticipo la enumeración de algunos de los remitentes o destinatarios de la correspondencia catalogada: Isabel de Borbón, Pompeyo Gener, Joaquín Dicenta, Antonio Ros de Olano, Leopoldo Cano, José Echegaray, José Lon Alvareda, Josefa Pujol, Santiago de los Albitos, Luis Bonafoux,  Agustín Urgellés, Francisco Serrano, Faustina Sáez de Melgar, Ramón de Campoamor, vizconde de Ros, Antonio Zozaya, Carmen de Burgos, cardenal Benavides, Enrico Tamberlick...

domingo, 21 de julio de 2019

194. La batalla de El padre Juan


Libertad-reacción. Caricatura publicada en El Motín en 1882
Cumple cuarenta años el primero de noviembre del año 1890 y ese parece el momento elegido para abandonar la lucha activa, para dar por concluida su campaña en Las Dominicales. Así lo había manifestado tiempo atrás («solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia...»), y los hechos posteriores parecen corroborarlo. El padre Juan (⇑) , bien pudiera haber sido concebido como el último acto, la última batalla de la intensa campaña que había iniciado a finales del año 1884, cuando anunciara públicamente (⇑) que se incorporaba «a este campo de glorioso combate» donde se enfrentan la luz y las tinieblas.

Buena conocedora de la eficacia del teatro como medio de propaganda, urde una efectista trama argumental: un joven vecino de una pequeña aldea asturiana pretende convertir la ermita de la localidad, comprada por una fuerte suma al obispado, en una casa de salud que aprovechara las aguas medicinales que afloran en sus proximidades. Ramón de Monforte, joven, rico, republicano y librepensador, tiene además el propósito de combatir con la instrucción las creencias supersticiosas que anidan en las gentes de aquel remoto lugar. Con la colaboración de su prometida Isabel de Morgovejo, pretende que la racionalidad empiece a anidar entre sus convecinos con la puesta en marcha de una escuela, una granja modelo y un instituto industrial que se construirán a su cargo. No obstante, la envidia y el fanatismo, sutilmente alimentados durante largos años por el magisterio del padre Juan, un franciscano de gran ascendencia sobre la población, darán al traste de manera trágica con aquellos proyectos de Isabel y Ramón.

La apología de la libertad de conciencia, del librepensamiento, que se realiza desde el inicio al final de la obra se apoya en un planteamiento claramente maniqueo: ensalza al protagonista, al joven librepensador, al que adorna de todo tipo de virtudes, convirtiéndole finalmente en mártir; al tiempo que demoniza al padre Juan, a quien, a pesar de no pronunciar ni una sola palabra a lo largo de los tres actos, convierte en la sombra que domina las conciencias del pueblo y en el responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista. Es muy fácil tomar partido: el bueno resulta muy bueno y el malo, malísimo.

La obra ya está escrita; resta ahora todo lo demás, que no es poco. Su autora llamó a muchas puertas, pero ningún empresario quiso participar en aquella aventura. Decidida como estaba a dar aquella última batalla, no le queda otra que poner todo de su parte, incluso su dinero, para lograr el objetivo. Forma una pequeña compañía con actrices y actores aficionados (entre ellos se encuentra Adolfo Matarredona, hermano del administrador de Las Dominicales), dirige los ensayos, alquila el teatro, cuida de los detalles de los decorados y el vestuario y, al fin, tras dos meses de preparativos, en la noche del viernes 3 de abril de 1891, con el oportuno permiso gubernativo, se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad aquel drama que ya no es histórico, que ya no es en verso.

Es probable que también hubiera sido suya la idea de pegar carteles por doquier con el título de la obra: «Hace lo menos una semana  que no podíamos doblar ninguna esquina sin ver pegado en ella un rótulo muy llamativo, impreso en letras de gran tamaño que nos llamaba la atención con estas palabras: EL PADRE JUAN». La expectación era grande y se llenó el teatro la noche del estreno. No hubo que esperar mucho para conocer la respuesta del público: antes de que concluyera el primer acto se escucharon los primeros aplausos, que volverán a sonar en numerosas ocasiones; al finalizar el segundo acto y entre las ruidosas aclamaciones que resonaban en  el local,  se pidió la presencia de la autora, pero uno de los actores aseguró que no se encontraba en el teatro.

Los gritos de los emisarios me despertaron sobresaltada. 
— Qué es eso, ¿vamos ya a la cárcel? –fueron mis primeras palabras. 
— ¡Al teatro! ¡Pronto, pronto que el público está delirante aplaudiendo y esperando! 
Los miré sorprendida, temiendo que se burlaran de mí; ¡tan lejos de la mente se hallaba aquel resultado! 
— ¿El público que está hoy en la Alhambra me aplaude y me llama?
— ¡Pronto!, siguieron diciendo mis amigos. 

 Llegó a tiempo. Finalizada la obra,  tuvo que salir varias veces al escenario hasta lograr que se fueran acallando los entusiasmados aplausos.

El público de los estrenos en los teatros de Madrid, no sólo había oído El padre Juan, sino que aplaudía y me llamaba: ¡qué sorpresa! [...] ¡Qué sorpresa para mí! Un público numerosísimo, compuesto de la crema social, haciendo suspender la representación para llamarme, haciéndome salir a escena cinco veces ¡Confieso que correspondía a su fineza, medio dormida y deslumbrada! ¡Se me figuraba estar soñando!

A poco de haber despertado, se dio de bruces con otra cara de la realidad. Casi al mismo tiempo que sus letrados convecinos leían en los periódicos capitalinos las críticas del estreno, don Teobaldo de Saavedra y Cueto, marqués de Viana y a la sazón gobernador de Madrid, cursaba la orden por la cual se suspendían las representaciones de la obra, prohibiéndose la venta de billetes para la función programada para ese mismo día. De nada le sirvió a doña Rosario exhibir el documento expedido por el propio gobierno civil días antes, en el cual se autorizaba «el estreno de la obra en tres actos y en prosa, de que es usted autora, titulada El padre Juan, y de la cual se han recibido en este Gobierno los dos ejemplares que previene el Reglamento de espectáculos públicos». Aunque cabría pensar que la mudanza de parecer del tal don Teobaldo pudiera ser achacable a su bisoñez en el cargo (no había transcurrido un mes desde que fuera nombrado), resulta más verosímil suponer que obedecía a la decidida voluntad del mismísimo ministro de la Gobernación, don Francisco Silvela. Receloso del entusiasmo mostrado por los librepensadores en la noche del estreno, también de la posibilidad cierta de que la euforia pudiera prolongarse en el tiempo, a medida que se sucedieran las representaciones   de aquella obra, considerada como un «escarnio a la religión» por parte de la prensa conservadora y confesional, el señor ministro optó por la prohibición, aunque con tan drástica medida la libertad de expresión se viera seriamente amordazada.

Y ese fue el campo en el cual diarios y revistas dirimieron sus disputas en los siguientes días. De un lado la prensa conservadora y confesional que aplaude la prohibición gubernativa por considerar que El padre Juan es una obra «repugnante», «encaminada a escarnecer creencias religiosas», «afrenta y deshonor de todo pueblo culto y honrado». Quienes se oponen a la medida adoptada, lo hacen esgrimiendo la afrenta que para la libertad de expresión supone la prohibición decretada por el gobernador civil. Uno de los periódicos más beligerantes es el diario republicano La Justicia que se muestra categórico en su valoración: «Si en España hubiera leyes, gobierno y tribunales, si aquí no se hubiese perdido por completo en las esferas del poder toda noción de la justicia y del derecho, a estas horas se hallaría el marqués de Viana cesante y obligado a resarcir a la señora Acuña de los perjuicios que con su caprichosa, arbitraria, injusta e ilegal medida le ha irrogado». El teatro, un  eficaz instrumento de propaganda, enfrenta a clericales y anticlericales, a la «buena prensa» y a la «prensa del demonio», a la «conservadora, carca y mestiza», con la librepensadora y republicana. El padre Juan se convierte de esta manera en un tímido anticipo de lo que, no tardando, acontecerá con otras obras que, como Electra, la obra de Galdós estrenada en 1901, fueron calificadas también de anticlericales.

Ciertamente, es obra militante, de propaganda de las ideas librepensadoras. La única de este tipo entre sus obras dramáticas conocidas. Tal parece que fuera concebida como su última aportación a la causa, la última batalla de la campaña emprendida a finales de 1884, la campaña de Las Dominicales. No cabe suponer, por tanto, que su autora fuera tan ingenua como para no contar con la previsible reacción de las poderosas fuerzas clericales. Ya lo había anticipado en su carta de adhesión: sabía que el camino por el que se había adentrado, el camino de la Verdad, era estrecho y estaba orlado de precipicios; contaba con que las alimañas más estrambóticas iban  a surgir a sus orillas... Vale, es probable que ya contara con el hecho de que estas cosas pudieran pasar, pero, en cualquier caso, el resultado de la batalla no parece que fuera muy positivo: ¡tan solo una representación! Meses y meses de preparación, meses y meses de esfuerzos... Al éxito de la noche del estreno le sucede la prohibición, el fracaso del resto de las noches...  Tocaba hacer balance del combate.

Comunicado de Rosario de Acuña tras la prohibición En cuanto a los daños, hay que dar por supuesto que no toma en consideración el apartado de insultos, injurias y calumnias, pues cuenta que no ha leído lo que han escrito contra ella (ni siquiera al crítico de La Ilustración Católica, un tal Mistigris, que muestra abiertamente su condición cuando le dirige las siguientes palabras: «¡Doña Rosario! ¿Por qué no se agarra usted a la aguja, y guarda sus literarias filigranas para la cuenta de la lavandera, para los lunes de la casa?...»). Los económicos no los puede obviar, pues ella corrió con todos los gastos de producción de la obra y tan solo recupera los ingresos correspondientes a la venta de localidades del día del estreno. Tenía vendidas las de la segunda función pero, tras la prohibición, ese dinero no llegó a sus bolsillos. Toca, pues, hacer algo al respecto para intentar minimizar las pérdidas. Puesto que tiene un teatro alquilado y obras en el repertorio que no escarnecen los religiosos sentimientos, decide poner en escena su Rienzi el tribuno.

Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances del combate, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!». Una parte de la España liberal, la que quiere una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo, había acudido esperanzada al teatro. Allí estaba Emilia Villacampa, la hija del general, «la hija del héroe» (⇑); allí estaba también José Nakens, el batallador director de El Motín; mucha gente ilusionada.  Si el solo anuncio del estreno de una obra suya había conseguido movilizar a unos cuantos de los que en aquella España claman contra el clericalismo, la prohibición logrará las adhesiones de muchos más. Un sector  de la prensa, minoritario en verdad, no se quedó callado y denunció el atropello, el ataque a la libertad, el sometimiento al poder eclesial, que se evidenciaba tras aquella prohibición.  Las páginas de Las Dominicales del Librepensamiento acogieron, semana tras semana, las cartas de apoyo que llegaban desde los lugares más diversos de la geografía patria. El semanario, que dedicó un amplio espacio al asunto, inició una campaña de apoyo a su colaboradora, recomendando encarecidamente a lectores y corresponsales la compra de un ejemplar de la obra suspendida. Muchas debieron de ser las personas que así lo hicieron, pues no tardan en agotarse  los ejemplares y a mediados de junio se pone a la venta una segunda edición.

Para el escritor Antonio Zozaya aquella batalla de El padre Juan no le había ocasionado a su autora más que perjuicios: «Muy pocas veces, tal vez ninguna, ha subido una mujer a tan penoso calvario. Las mujeres la desprecian, los hombres la insultan, los amigos la abandonan». Más optimista es la visión que le manifiesta la interesada en su carta de respuesta (⇑):

Amigo Antonio: Todas las obras de mi inteligencia están y estarán durante mucho tiempo, en plena cornisa; lo sé perfectamente, y quiero que usted también lo sepa para que no se extrañe de nada: oiga usted, como yo, con toda serenidad, el clamoreo de lobos, osos, zorras, águilas y cuervos; nuestro fin no es oírlo, y debemos procurar que no nos turbe. ¿Sabemos o no sabemos a dónde vamos? Este es el problema: si tenemos fe en el porvenir, si lo conocemos, ¿a qué preocuparnos de los peligros, escabrosidades y horrores del presente? [...]  En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!

El texto de esta carta de respuesta a Antonio Zozaya apareció en la edición de Las Dominicales correspondiente al 25 de abril de 1891. Fue uno de sus últimos escritos publicados en el semanario librepensador. La campaña se acaba. Lo había anunciado unos años antes: «solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia, marchándome, si puedo, a la América del Sur». Mudó el destino, pero se mantuvo firme en su voluntad de retirarse de la primera línea de batalla. A principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas y con cuarenta y un años cumplidos, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Y allí, se fue al fin. En la costa gallega, estuvo un tiempo; luego se desplazó a Cantabria. En Cueto, una localidad situada por entonces a unos pocos kilómetros del centro de Santander, pondrá en marcha una granja avícola. Atrás, muy atrás queda ya, la batalla de El padre Juan  que puso término a la campaña de Las Dominicales.


domingo, 7 de julio de 2019

193. Cuatro años por delante. El reto del centenario


La sede del Ayuntamiento gijonés a principios del siglo XX
El pasado sábado día 15 se constituyó el Ayuntamiento de Gijón: dieciséis concejalas y once concejales que, a buen seguro, llegan al salón de plenos con el decidido propósito de dar cumplida respuesta a los retos que el concejo tiene planteados, de satisfacer las demandas de la ciudadanía. Aunque doy por hecho que acuden con una mochila repleta de ideas, de ilusionantes proyectos, que intentarán llevar a buen término a lo largo de los cuatro años de mandato que tienen por delante, voy a atreverme a plantearles uno más, con la esperanza de que tengan a bien tomarlo en consideración.

Resulta que en 2023, coincidiendo con el final del mandato de este renovado consistorio, se cumplirá el centenario de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que en Gijón quiso vivir los últimos años de su vida, cumpliendo así un deseo que abrigaba desde que visitó la ciudad por primera vez, cuando tan solo contaba quince años de edad: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo, pues que la recorrí a caballo y a pie durante varios años…». En El Cervigón construyó su última morada y en el cementerio civil de El Sucu descansan sus restos desde el día aquel, una tarde gris y lluviosa del primer domingo del mes de mayo de 1923, en el cual una muchedumbre silenciosa acompañara su humilde féretro hasta una sencilla tumba, con sus iniciales grabadas por única distinción.

Cuando en 1908 llega a la ciudad esta ejemplar gijonesa (¿podemos acaso negarle tal condición a quien, no siéndolo por los azares del nacimiento, lo es por voluntaria decisión?), ya era bien conocida en el solar patrio por su largo batallar en defensa de la libertad de conciencia y en apoyo de los más desfavorecidos. Nacida en confortable cuna y convertida en reputada escritora (desde que, con tan solo veinticinco año y tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, alcanzara el aplauso del público y el reconocimiento de la crítica), decidió abandonar su cómoda situación para adentrarse en la otra orilla, allí donde se encuentran quienes, enfrentándose al omnímodo poder de la jerarquía religiosa, del pensamiento único, se afanan en cizallar las cadenas de oscuridad que aprisionan al pueblo español. Admira su lucha, su tenacidad, pero cree que nada podrán hacer sin contar con las mujeres. El hombre, por temor a considerarla su igual, ha preferido mantenerla en la ignorancia y ahora se encuentra con que su compañera se ha convertido en un dócil instrumento al servicio del púlpito y del confesionario. Combatan ustedes leyes, combatan ustedes a los prelados y a los gobiernos que se oponen al progreso de la libertad, que «yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Y vaya si lo hizo.

A punto de llegar a los sesenta, cansada ya de batallar, creyó hallar en los acantilados de El Cervigón la tranquilidad que andaba buscando. Se equivocó. Bien puede decirse que en esta última etapa, su compromiso social fue aún más intenso y evidente. Nada de lo que pasa a su alrededor le es indiferente y no puede menos que prestar todo su apoyo a quien más lo necesita: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en las trincheras africanas o europeas... Enterada de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Su escrito de repulsa (⇑) desató las iras de los universitarios, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales («Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje… »). Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», se encuentra ahora tan próxima a las personas desheredadas, a quienes sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una más entre ellas, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Tan próxima está, tan próxima la ven, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos de que en algún lugar de la finca habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

«No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de elevarse…» Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde que regresara del exilio, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a quienes sufren la marginación y la pobreza. La última visita tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas. El día de su entierro fueron numerosas las personas que allí se congregaron para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sirvan los párrafos anteriores como escueto resumen de su valioso testimonio vital (quienes quieran conocerlo con mayor profundidad pueden consultar la edición de las Obras reunidas (⇑), alguno de los libros que he escrito sobre ella o la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑), que desde hace diez años mantengo actualizada). Su recuerdo, sepultado durante décadas por la desmemoria, empezó a recuperarse a finales de los sesenta gracias al trabajo de Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal. Aunque aún era mucho lo que se desconocía, el eco difuso de algunos de los hechos que aquí se han recordado fue razón suficiente para que, poco a poco, floreciera en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A ellas se debe en gran medida que una asociación de viudas de la República, un coro femenino, un instituto (⇑) o una escuela feminista lleven su nombre.

Señoras concejalas, señores concejales, esta es la mujer de cuya muerte se cumplirán cien años en 2023. Su valioso testimonio vital forma parte ya del patrimonio colectivo, del patrimonio de la ciudad, y este centenario puede ser ocasión propicia para darle una mayor visibilidad. Sería deseable que la corporación municipal que ustedes integran tome la iniciativa en este asunto y prepare como se merece el importante evento que el calendario ha puesto en sus manos. Sería una buena forma de recuperar el protagonismo que en este tema tuvo el Ayuntamiento de Gijón tiempo atrás. A finales de los ochenta compró la que había sido su casa en, unos años más tarde tomó el acuerdo de denominar «paseo Rosario de Acuña» al tramo que va del sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia: se notaba entonces cierta sensibilidad hacia la figura de esta ilustre vecina. En los últimos años parece que la desmemoria ha vuelto a hacer de las suyas. Así, mientras su nombre recupera protagonismo en otros lugares (en 2015 un centro municipal en Pinto (⇑); hace unos meses, otro en Madrid (⇑) , en el mismo edificio en el que estuviera ubicado el colegio con su nombre que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933; hace tan solo unas semanas recuperó su espacio en el callejero de Tarrasa (⇑)…), aquí, en la ciudad en la que ella quiso permanecer para siempre, parece desvanecerse el impulso de otro tiempo. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Pocas son las personas que hoy conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un escrito publicado hace unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa, que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para evitar que siguiera siendo un edificio entregado a los avatares del tiempo, un punto que se divisa en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista, tan cercanos ambos al discurrir de sus días.

La Nueva España, Gijón, 2-7-2019
Hacer reconocible el paseo Rosario de Acuña, darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa, constituirían una magnífica manera de afrontar el centenario de la muerte de una ilustre gijonesa, dramaturga, feminista, montañera, poeta, republicana, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, productora teatral, autodidacta, deísta, masona, publicista, melómana… empecinada luchadora por la libertad de conciencia, incansable defensora de quienes sufren la injusticia y la marginación. Tan intensa fue su etapa gijonesa, tan fuerte fue la huella que aquí dejó, que la pesada losa del olvido con la que se pretendió ocultar cualquier rastro de su presencia no fue capaz de extinguir su recuerdo. Ahora que, gracias al esfuerzo colectivo, hemos conseguido recuperar su memoria no creo que la ciudadanía gijonesa, al menos una parte de ella, acepte de buena gana que volviera a caer en el olvido (a las intervenciones de algunas de las presentes en la charla (⇑) que pronuncié el pasado seis de mayo en el Club La Nueva España me remito).

Señoras concejalas, señores concejales, dentro de cuatro años se cumplirá el centenario de la muerte de esta portentosa mujer que quiso vivir y morir en Gijón. En sus manos está recuperar el protagonismo perdido en los últimos tiempos, en sus manos está la posibilidad de contribuir a dar la mayor visibilidad posible a su valioso testimonio vital, en sus manos está aprovechar esta oportunidad que se presenta ante ustedes. Ciertamente, el centenario de la muerte de Rosario de Acuña constituye todo un reto para las dieciséis concejalas y los once concejales que desde el pasado sábado día 15 integran el Ayuntamiento de Gijón.

viernes, 21 de junio de 2019

192. Un cuñado poderoso y cada vez más distante


Retrato de Francisco de Laiglesia Auset (1849-1822)
Madrid, parroquia de Santa Cruz, 22 de abril de 1876.  La novia, de veinticinco años de edad, es hija única. El novio, que en enero ha cumplido los veintidós, tiene dos hermanas y un hermano: Dolores, Consuelo y Francisco.

Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra, y Rosario de Acuña y Villanueva, joven escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, se otorgan mutua promesa de fidelidad eterna ante el católico ministro y sus respectivas familias, muestra representativa de la clase acomodada del nuevo Estado liberal.

La novia es hija de Felipe de Acuña,  por entonces inspector jefe de Ferrocarriles del Ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña Solís, gobernador civil cesante de Castellón; prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros (⇑), diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela; prima también del marqués de Rianzuela y  de la condesa de Benazuza; así como sobrina del académico,  senador y exministro don Antonio Benavides Fernández-Navarrete y de su hermano Francisco de Paula, limosnero, capellán real y Patriarca de las Indias.

La familia del novio está encabezada por Augusto de Laiglesia Laiglesia (de quien ya se ha dado noticia en este blog, en un asunto relacionado con caballos ⇑),  viudo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, que había fallecido catorce años atrás. Le acompañan sus hijas María Dolores, casada con el escritor y exdiputado Emilio Gutiérrez-Gamero Romate, y María Consuelo. Pero es Francisco, el hermano mayor de Rafael, quien concita el interés y orgullo de los suyos, pues apenas hace unos meses, en las elecciones celebradas en enero, consiguió  un acta de diputado por la circunscripción de Puerto Rico, distrito de San Juan Bautista. Iniciaba entonces una larga carrera política en las filas del Partido Conservador.

Nacido en Madrid tres años antes que Rafael, no tardará en convertirse en un joven funcionario del Ministerio de Ultramar, puesto que abandonará poco después para adentrarse en el mundo de la política. Su llegada al Congreso de los Diputados con tan solo veintisiete años le facilitará el acceso a la elite política y económica que controlará los destinos del país a lo largo del periodo interrepublicano. Influencias, contactos y complicidades le llevarán del escaño a los consejos de administración, compartiendo sillón e intereses con conservadores y también, de presentarse la ocasión, con los liberales. Una vez consolidada su influyente posición, llegará el momento de dar satisfacción a sus inquietudes culturales (de las que ya dejó constancia en su juventud cuando se convirtió en uno de los últimos amigos de Bécquer ⇑). Será entonces cuando su nombre se una a los del duque de Alba, el marqués de Comillas, el duque de Medinacelli, el conde de Romanones y al de otros miembros de la nobleza de vieja y de nueva cuna en la distinguida lista de socios de la Sociedad Española de Amigos del Arte; será entonces también cuando se convierta en académico de la de Historia, en virtud a su actividad como coleccionista y estudioso del reinado de Carlos I.  

En 1879, mientras su hermano Rafael y su cuñada Rosario continúan residiendo en Zaragoza (⇑), Francisco renueva su escaño, ahora por el distrito de Játiva, al tiempo que se adentra en el mundo de los negocios constituyendo la Compañía del Puerto de Águilas, con el objetivo de realizar la construcción del mismo.  En 1882, el diputado y vicepresidente de la compañía constructora se une a otros socios (entre los que se encuentra el también diputado Segismundo Moret, que se convertirá al año siguiente en ministro de la Gobernación tras integrarse en el Partido Liberal liderado por Sagasta) para fundar La Forestal Extremeña, una sociedad anónima destinada a la adquisición y explotación de bosques maderables que habrían de suministrar la materia prima necesaria para la fabricación de traviesas.

Política, negocios... familia. En la primavera de 1883 ya es conocedor de que su hermano y su cuñada Rosario han decido separarse (⇑) . En mayo Rafael ya se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Si Bécquer pudo haber sido un excelente punto de encuentro con el hermano de su marido, si la publicación el año anterior de su poesía al poeta dedicada (⇑) pudo haber sido una satisfacción compartida (Ya eres polvo; ya nada de lo que era / calor o movimiento / queda de ti sobre la humana esfera...), poco hay que compartir a partir de entonces.

A finales de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publica una carta (⇑) de Rosario de Acuña y Villanueva: lo abandona todo para convertirse en activa publicista del librepensamiento. Atraviesa a la otra orilla, en la que están los heterodoxos, los que luchan por la libertad de conciencia. Se aleja  de quienes han sido «los suyos» hasta ahora. También de Francisco de Laiglesia Auset, que ese mismo año ha renovado su acta de diputado, ahora por el distrito de Gandía; que prosigue su incursión por el sector de la metalurgia,  al constituir junto a otro socio la Sociedad Metalúrgica de Levante, para la fundición de minerales de plomo en la fábrica El Porvenir (La Unión, partido judicial de Cartagena) y Santo Tomás (Almería). Al año siguiente ahondará un tanto más en esta nueva vertiente empresarial con la creación de la Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, sita en Almería. En 1886, siendo vicepresidente de la Compañía del Puerto de Águilas y presidente de las sociedades La Forestal Extremeña, Sociedad Metalúrgica de Levante, Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, La Partidaria Sociedad Minera, es elegido diputado nuevamente por Játiva.

A pesar de no haber cumplido aún los cuarenta, ya resulta evidente que camina con paso firme por la senda del éxito que el Estado liberal, la España de la restauración borbónica, reserva a los miembros más aventajados de la burguesía. Bien pudiera pensarse que su creciente influencia pudiera haber tenido algo que ver con el hecho de que su hermano, militar de formación, se convierta en los inicios del año ochenta y siete en director de la sucursal del Banco de España en Guadalajara. Rosario, por su parte, realiza por entonces un largo viaje a caballo por León, Asturias y Galicia (⇑). Aunque su pretensión es la de publicar un libro en el cual dé a conocer la vida de las gentes de estas tierras,  aquel periplo de varios meses constituye una prueba fehaciente del gran cambio que se ha producido en su vida. Como librepensadora y masona la reciben en los lugares que visita; como librepensadora y masona la tratan. Los unos la agasajan; los otros la persiguen, la amenazan, la denuncian.  Qué lejos se encuentra de su cuñado, del mundo en el que triunfa Francisco de Laiglesia y Auset. Tan lejos está que su nombre no aparece en la esquela de su suegro, fallecido en 1889. 


Una de las esquelas aparecidas en la prensa comunicando el fallecimiento de Augusto de Laiglesia

Está lejos y aún lo estará más. Pocos meses después de la muerte de su padre, Rafael –quien, no lo olvidemos,  sigue siendo legalmente su marido– se traslada a Alicante para ocupar el puesto de director del Banco de España en aquella plaza; Francisco, continúa en el Madrid de los éxitos políticos y económicos. De su influencia entre los conservadores da buena prueba el que, elección tras elección,  sea uno de los fijos en el encasillado del turnismo bipartidista, convirtiéndose en vicepresidente del Congreso de Diputados. La primera vez que fue elegido para tal cargo fue en 1891, el año en que su cuñada también fue noticia en la prensa madrileña: el cuatro de abril la autoridad gubernativa prohíbe las representaciones de su obra El padre Juan (⇑), la misma noche de su estreno. 

Aunque no la consideren parte de su familia, lo que no pueden evitar don Francisco y sus hermanas es que Rosario de Acuña se convierta en viuda del comandante de Laiglesia. Rafael fallece en Alicante en los primeros días de 1901, a la edad de cuarenta y seis años de edad y con el rango de comandante de Infanteria de la escala de reserva, empleo al que había sido ascendido por antigüedad.  Un año después Rosario recibe la notificación del acuerdo adoptado por el Consejo Supremo de Guerra: tiene derecho a una pensión de viudedad por un importe anual de 1125 pesetas, que le será abonado por la delegación de Hacienda en Santander, situada a unos pocos kilómetros de distancia de Cueto, la localidad donde se ubica su afamada granja avícola (⇑).

El primero de mayo de 1902 se inaugura en los Jardines del Buen Retiro de Madrid la Primera Exposición Internacional de Avicultura, todo un acontecimiento, con seguimiento destacado por parte de la prensa diaria de Madrid desde el mismo momento de la inauguración oficial, que contó con la asistencia de Alfonso XIII y la reina regente, miembros del Gobierno y representantes extranjeros. Es probable que en la comitiva real se encontrara Francisco de Laiglesia, convertido nuevamente en vicepresidente del Congreso de los Diputados. Estuviera o no presente, lo que no sería de extrañar es que hasta él llegara la noticia de que a la viuda de su hermano le fue concedida una Medalla de Plata en aquella muestra avícola.

El éxito obtenido por Rosario de Acuña en aquella exposición, quizás fuera el detonante que ocasionó el cierra de su granja. Al enterarse su casera de quién era su inquilina, una masona anticlerical, la obligó a abandonar la granja casi sin tiempo para recoger sus pertenencias, perdiendo prácticamente todo el capital que había invertido en las instalaciones. El éxito cosechado por Francisco de Laiglesia le elevó a una de las cúpulas del poder económico: en 1903 abandona la vicepresidencia del Congreso de los Diputados para convertirse en gobernador del Banco Hipotecario.  Un año antes fue elegido miembro del consejo de administración de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, cuyo presidente era por entonces el señor Antonio Cánovas del Castillo;  Francisco Silvela, el abogado consultor.

Lograda la alta posición que le confería su presencia en instituciones tan preeminentes (hasta su muerte mantendrá sus puestos tanto en el Hipotecario como en los Andaluces),  desarrolla una intensa actividad como historiador y coleccionista especializado en el reinado de Carlos V, tema sobre el que versará tanto su discurso de ingreso en la Academia de la Historia en octubre de 1909, como la mayoría de sus publicaciones: Una crisis parlamentaria en 1538 (1903), Los caudales de Indias en la primera mitad del siglo XVI (1904), Las deudas del imperio (1904), Cómo se defendían los españoles en el siglo XVI (1906), Los gastos de la Corona en el Imperio (1907)…

En Gijón, lugar al que se trasladó en 1909,  Rosario de Acuña no puede menos de reírse, al enterarse de que Roberto Castrovido ha propuesto su nombre como candidata a ingresar en la Real Academia (⇑). En una casa situada a las afueras de la ciudad, sobre un acantilado del litoral gijonés, intenta recuperarse de las penalidades sufridas por la publicación de La jarca en la Universidad (⇑). Tras dos largos años de exilio en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales. Quien, aquel 22 de abril de 1876, el día de su boda,  estuviera rodeada de algunos de los integrantes de la «buena sociedad» madrileña, quien  formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», era ahora una anciana y menesterosa mujer, que por avatares de la vida (por opciones personales, sí, pero también por decisiones ajenas) se ha integrado en alguna sección de la extensa nómina de españoles que necesitan estirar sus reducidos ingresos para ir malviviendo.

Quizás hasta los ya cansados oídos de la viuda del comandante de Laiglesia lleguen los ecos, cada vez más distantes, de alguna  noticia relacionada con quien fue su cuñado: de la boda de su hijo Fernando de Laiglesia Romea con Rosario González Labarga (una ceremonia a la que asistió lo más selecto de la sociedad capitalina); de la mansión que se ha hecho construir en la madrileña calle Bécquer; del retrato que ha encargado a Manuel Benedito y que lucirá en los salones de su vivienda; del nacimiento del último de sus nietos, de nombre Álvaro quien, con el tiempo, se habrá de convertir en el reputado director de la revista La Codorniz (⇑); ...de su fallecimiento el día 17 de octubre de 1922.

lunes, 10 de junio de 2019

191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero


Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Terrasa (Terrassadigital.cat)Hace tan solo unos días que me llegó una noticia reconfortante: los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años. De esta forma se pone fin a una situación un tanto incomprensible, que solo se puede explicar por la corrosiva acción de la desmemoria, por la pesada losa de olvido que sepultó su recuerdo durante tantos años. Decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.

Siempre me llamó la atención lo que había sucedido en esta ciudad. Tras la muerte de doña Rosario, fue  la primera en España en tomar la decisión de conceder su nombre a una de sus calles principales. El Ayuntamiento lo acordó por unanimidad y su alcalde así se lo comunicó a Carlos Lamo Jiménez, la persona con la que la ilustre librepensadora pasó buena parte de su vida. Como bien señalaba la prensa que le era más afín, el homenaje que le tributaba esta populosa urbe catalana suponía todo un ejemplo para el resto de las ciudades españolas. Hubo que esperar algunos años para que, tras la proclamación de la Segunda República,  en diversos lugares de España se acordaran de esta incansable luchadora (⇑), y decidieran que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Gijón, Madrid, Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana.

Fragmento del artículo publicado en la edición de El Motín de 29-3-1924Tras la barbarie bélica todo cambió. Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades. No sucedió así en Tarrasa, donde permaneció incólume en su callejero. Durante más de cuarenta años, las páginas de los periódicos testificaron  su persistencia con la publicación de anuncios relacionados con alguna sociedad allí radicada (ya fuera acerca de la venta de hilaturas, de la actividad societaria de una empresa de colchones o de la existencia de un servicio técnico de reparación de electrodomésticos), también de algún triste suceso que tuvo lugar en esta calle que llevaba el nombre de una mujer –de la que casi nadie se acordaba por entonces–,  que había dedicado buena parte de su vida en una larga lucha en pro de la libertad de conciencia y en defensa de los más desfavorecidos.

Pero, y aquí viene lo sorprendente del asunto, la calle Rosario de Acuña que, contra todo pronóstico,  permaneció  en el callejero de Tarrasa durante los años del franquismo, desapareció del mismo con los primeros ayuntamientos democráticos. Toda una paradoja. Era tan difícil de entender, al menos para mí, que no se me ocurrió otra cosa que recurrir a Alfredo Vega López, alcalde de la ciudad. Su perfil académico y profesional me hacía albergar esperanzas. Así que hace unos meses, a primeros de noviembre del pasado año, le envié un mensaje describiendo la paradoja que acabo de relatar, al tiempo que le apuntaba, a grandes rasgos (cierto es que también con enlaces a la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑) y a comentarios de este blog), algunas de los rasgos biográficos de nuestra protagonista.

Pasó el tiempo y no tuve noticia alguna al respecto; di por hecho que mi propuesta dormiría el sueño de los justos. Sin embargo y como bien pude saber en correo recibido hace apenas unos días, resultó que mi escrito no cayó en saco rato, que el señor Vega lo tomó en consideración y puso en marcha el protocolo previsto para estos asuntos. Tiempo después, la Comisión de Nomenclátor de Espacios Públicos (un órgano asesor de carácter consultivo, integrado por políticos, técnicos de diferentes áreas municipales y personas especializadas en la toponimia, la geografía o la historia de la ciudad) analizó el procedimiento seguido en los años ochenta, cuando la Alcaldía firmó un decreto por el cual se sustituía el nombre de la calle Rosario de Acuña. Parece ser que aquella decisión se adoptó de acuerdo a unos criterios, acordados por el Ayuntamiento unos años antes,  para retirar del callejero urbano los nombres de aquellos personajes y hechos históricos de significación contraria a las instituciones democráticas. Treinta y dos años después, la Comisión, en reunión celebrada el pasado 27 de marzo, dictamina que «no había razones objetivas» para tal cambio, razón por la cual propone se proceda a la restitución de su nombre en el callejero de la ciudad. Tan solo unas semanas después, el 17 de mayo, el alcalde de Tarrasa firmó un decreto por el cual la plaza situada entre las calles de Nuria, de Valencia y de Atenas pasa a denominarse «plaza Rosario de Acuña».

Ciertamente, decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.