sábado, 17 de septiembre de 2022

252. En la prensa internacional

Si echamos la vista atrás, conociendo lo que ahora conocemos, creo que bien podremos afirmar que las evidencias, aunque sean certezas claras y manifiestas, pueden dejar de ser tales si el Poder se empeña en que tal cosa suceda: ¡Qué eficaz puede resultar la maquinaria del olvido forzado cuando está bien engrasada! Bastaron unas décadas para que consiguieran extraer de la memoria colectiva la mayor parte de cuantos recuerdos consideraban nocivos. Ahí tenemos el caso de Rosario de Acuña.

A finales de los años sesenta del siglo pasado, cuatro décadas después de la muerte de doña Rosario, casi nada se conocía de ella en la ciudad en la que había pasado los últimos años de su vida, en la ciudad en la que estaba enterrada. La neblina que todo lo envuelve había conseguido ocultar cualquier vestigio, cualquier rastro de aquella mujer. Tan solo quedaba un topónimo anclado a los acantilados de El Cervigón, y era habitual que la gente lo utilizara habitualmente y dijera  «fui caminando hasta Rosario de Acuña» con la misma naturalidad que pronunciaba «estuve paseando por El Muro», por más que casi nadie supiera quién había sido esa mujer que distinguía este abrupto paraje del litoral gijonés.


El Bosco: Extracción de la piedra de la locura (fragmento), Museo del Prado

Fue suficiente con que su nombre desapareciera de los edificios públicos, de las calles y de los paseos, que no se hablara de ella en diarios ni en revistas, para que entrara en la negrura del silencio. Una vez extirpada de la memoria colectiva el vestigio de su existencia, tan solo había que esperar que el tiempo cicatrizara la herida del recuerdo. Sucede como con esas guerras que un día cualquiera, sin saber muy bien la razón, desaparecen de los informativos  y caen en el olvido colectivo como si se hubiera firmado un armisticio y ya no hubiera dolor ni muerte.

El caso es que su rastro seguía ahí, sus libros continuaban en las estanterías de las bibliotecas, públicas y privadas; sus cartas, sus cuentos, sus artículos o sus conferencias permanecían en las páginas amarillentas de diarios y revistas que dormitaban en las hemerotecas... Lo que habían conseguido era romper la conexión entre la obra, que permanecía viva aunque oculta, y su autora, convertida ya en una auténtica desconocida para la mayoría. 

Para sacarla del olvido tan sólo hacía falta que alguien se empezara a preguntar quién había sido esta mujer que daba nombre a un lugar en el litoral gijonés, que había pronunciado una conferencia, que había escrito un libro, un soneto, un cuento... Eso fue lo que hizo  Patricio Adúriz (⇑) a finales de los sesenta cuando, buscando respuestas, visitó su olvidada tumba en el cementerio civil de Gijón; lo que  hizo Luciano Castañón (⇑) cuando, a instancias de Amaro del Rosal (⇑) , que desde el exilio mexicano impulsaba la investigación, localizó a Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑) , una gijonesa que había sido amiga de la ilustre gijonesa y que, además de su recuerdo, conservaba escritos y fotografías;  lo que hizo María del Carmen Simón Palmer (⇑) cuando, buscando referencias de escritoras decimonónicas, se encontró con una nada desdeñable lista de los escritos de doña Rosario que habían sido publicados en la prensa; lo que hizo José Bolado (⇑) cuando, siendo presidente del Ateneo Obrero de Gijón, se encontró con un ejemplar de El padre Juan que un antiguo socio había guardado en su casa durante décadas; o lo que hizo quien esto escribe cuando, recopilando información sobre la escuela neutra gijonesa, me encontré con una copia del discurso que pronunció en la ceremonia de inauguración. Tras preguntarme quién había sido esta mujer, la autora de aquel discurso, siguió la búsqueda en archivos y bibliotecas,  en periódicos y revistas, que no son pocas las que publicaron sus escritos: hasta el momento tengo registradas más de ciento cincuenta publicaciones, editadas en diversas ciudades de España... y del extranjero, pues también hay constancia de su obra en periódicos de Francia, Portugal, Cuba, México, Puerto Rico, Argentina o Estados Unidos.

La prensa francesa no tarda en hacerse eco del exitoso estreno de su Rienzi el tribuno, del cual queda constancia en las páginas de Le Memorial des Vosges (editado en Épinal), La Dépêche (Toulouse) o Le Journal des debats politiques et littéraires (París). Poco tiempo después, en el otoño de 1878, el parisino Le Figaro da cuenta de la estancia de Rosario de Acuña en la capital para visitar la Exposición Universal. Ya en los primeros años del siglo XX, Berthe Delaunay le dedica elogiosos comentarios en las páginas de La Gran Revue con ocasión de su contundente respuesta a los agresores de una estudiante a las puertas de la madrileña Universidad Central. Tras las protestas de los estudiantes por aquel escrito, a la autora no le quedó más remedio que huir a Portugal para evitar ser detenida. Su obligada estancia en Valença do Minho tampoco pasará desapercibida para los plumillas lusos y el periódico O Valenciano dará cuenta del fin de la misma y de su partida de la ciudad fronteriza para dirigirse a Lisboa. 

No obstante, será en las publicaciones escritas en español donde encontremos mayor número de referencias. En enero de 1885 la revista ilustrada El Progreso, que cada mes ve la luz en Nueva York, dedica un amplio espacio a Rosario de Acuña, la nueva heroína del librepensamiento. Gracias a ello, sus suscriptores, repartidos por diversos países de Hispanoamérica, pueden leer íntegramente la carta en la que comunica a Ramón Chíes su adhesión a la causa, y que había sido publicada tan solo un mes antes en Las Dominicales del Librepensamiento

Mayor presencia tendrá en el periódico ilustrado El Álbum de la Mujer, editado en México y dirigido por la española Concepción Gimeno, pues desde el otoño de 1884 y a lo largo del siguiente año irán apareciendo en sus páginas algunos de sus escritos, empezando por «La cordobesa» (su aportación al proyecto colectivo dirigido por Faustina Sáez que había sido publicado tiempo atrás con el título Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas) y continuando con algunos de los relatos incluidos en su libro La siesta

Antes de que el siglo terminara, su labor como tenaz luchadora frente a la postergación social de la mujer ya había traspasado las fronteras patrias, como lo prueba el hecho de que La Voz de la Mujer, «periódico comunista-libertario» editado en Buenos Aires, utiliza uno de sus textos  para arremeter contra quienes se oponen a la emancipación de la mujer.  Su presencia en Cuba  tendrá como escenario las páginas de los periódicos Diario de la Marina y Asturias. En el primero (en cuyas páginas ya habían aparecido informaciones relevantes sobre su vida, así como algunos de sus sonetos), será donde se publique «La casa del diablo»,  uno más de los escritos aparecidos al calor de las protestas estudiantiles contra «La jarca de la Universidad», en el que se cuenta que, al decir de algunas gentes del lugar, en la casa gijonesa en la que vive se oyen gritos y ruidos de cadenas, y pasan cosas tan raras como la imaginación de cada cual pueda llegar a imaginar. Su colaboración con el semanario Asturias da comienzo en la primavera de 1917. A partir de entonces publicará varios sonetos y artículos, escritos expresamente para la citada publicación. No lejos de Cuba, en otra isla caribeña, La Correspondencia de Puerto Rico había publicado algunos años antes la carta que doña Rosario envía a Galdós adhiriéndose a su carta-manifiesto en contra de las políticas del Gobierno de Maura precedida del título «Brava española» (16/11/1909).

Con todo, será en los semanarios que en Francia dirige su amigo Luis Bonafoux donde sus colaboraciones tengan mayor presencia: primero en La Campaña, luego en Heraldo de París y finalmente en El Internacional, en cuyas páginas aparecerá «La jarca en la Universidad», el escrito que, tras ser reproducido en el barcelonés El Progreso, terminará por conducirla  al exilio para evitar ser encarcelada. 

A la vista está que, además de los libros que dormitaban en las estanterías de las bibliotecas, además de los artículos, cuentos o  poesías que amarilleaban en las páginas de la prensa española, había otros escritos suyos en los periódicos de México, Argentina, Puerto Rico, Portugal, Cuba, Estados Unidos o Francia. No era, por tanto, la falta de testimonios lo que pudiera explicar que casi nadie recordara quién había sido Rosario de Acuña, apenas unas décadas después de que hubiera fallecido. Lo que habían conseguido quienes se erigieron en controladores de lo que formaba o no formaba parte de la memoria colectiva era romper la conexión entre esas obras, esos escritos, que seguían estando ahí, y el nombre de su autora. Por esa razón tan solo hubo que esperar al momento en el cual alguien empezara a preguntarse quién era esa mujer que aparecía al pie de unos escritos que se habían hecho públicos tan solo unas décadas atrás...




También te pueden interesar


La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988) 241. «Tarea pendiente la del centenario de Rosario de Acuña», por Félix Población
No solo convendría resaltar el nombre del paseo que lleva el nombre de Acuña, desde el Sanatorio Marítimo a la carretera de La Providencia, sino recuperar un uso colectivo...



Un tramo del paseo Rosario de Acuña (archivo del autor) 208. El paseo que (casi) nadie conoce
A pesar de figurar en el callejero oficial desde el año 1990, no he encontrado hasta el momento referencia alguna que informe a quienes por él transitan dónde empieza y dónde acaba el denominado Paseo Rosario de Acuña...



Fotografías de las protestas estudiantiles que tienen lugar en el otoño de 1911 contra Rosario de Acuña137. Yo pago la matrícula 
Noviembre de 1888: los universitarios madrileños, apoyados por compañeros del resto de las universidades españolas y de alguna otra del resto de Europa, agradecen a nuestra protagonista el apoyo, en palabras y en pesetas...



El de 1884 es un año destacado en la historia del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. El 31 enero tiene lugar, el solemne acto de inauguración de su nueva sede, unas semanas después Rosario de Acuña y Villanueva se convierte...



Cabecera de la revista Asturias, editada en La Habana24. Para los asturianos de La Habana
Cierto día encontré en la Biblioteca Asturias, más conocida como Biblioteca del Padre Patac, tres hojas fotocopiadas de un artículo titulado Recuerdos de una excursión que estaba firmado por Rosario de Acuña. La referencia del mismo señalaba...





viernes, 8 de abril de 2022

251. Tini Areces y Rosario de Acuña, de paseo en paseo


Cuentan que Vicente Álvarez Areces era persona de mirada larga, de abordar con perspectiva amplia los problemas. Dicen que solo así se puede explicar que sacara adelante proyectos que transformaron el urbanismo gijonés durante su etapa como alcalde de la ciudad (1987-1999). Hablan de su habilidad para encontrar oportunidades donde otros solo ven aconteceres, más o menos noticiables; y apuntan como muestra de lo antedicho que en 2006, siendo ya presidente del Principado, se marchó a Rio de Janeiro para que el arquitecto Óscar Niemeyer, quien unos años antes había pisado por primera esta región para recoger el Premio Príncipe de Asturias, firmara un acuerdo para la construcción en Avilés de un centro cultural: el Centro Niemeyer, su única obra en España.

Enumeran de carrerilla los hitos de la transformación urbana: reforma de El Llano, desarrollo de los nuevos barrios de Moreda, Montevil o Viesques, de las plazas de Begoña y de Europa; recuperación del pasado romano de la ciudad (Termas de Campo Valdés, Parque Arqueológico Natural de la Campa de Torres), municipalización y reforma del Teatro Jovellanos… Y se detienen en el que se considera uno de los logros más destacados: la recuperación de la fachada marítima, con las playas de Poniente y del Arbeyal y la remodelación del Muro; la construcción del sendero del Cervigón y la creación de los parques de la Providencia y el Cerro, sobre cuyos acantilados se alza el Elogio del horizonte, la gran escultura que había ideado Chillida para homenajear al horizonte, «la patria de todos los hombres», y para la cual el escultor llevaba ya un tiempo buscando un lugar en la costa para darle vida. Areces no desaprovechó la ocasión: le hizo llegar la propuesta, a Chillida le impresionó el lugar, y desde 1990 el Elogio mira al Cantábrico, convertido ya en un símbolo de la ciudad. 

Gijón. Paseo del Muro (archivo del autor)

Quizás fuera en este contexto, el de la recuperación de la fachada marítima y la protección del litoral gijonés, donde Tini Areces se encontró con Rosario de Acuña, una madrileña que, atraída por los salutíferos aires marinos que aliviaban la dolorosa enfermedad ocular que por entonces padecía, conoció Gijón siendo muy joven y que decidió convertirse en una gijonesa más cuando ya era bien conocida como infatigable activista de la libertad de conciencia, los derechos de las mujeres y por su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. Contando con el respaldo del entonces ministro de Obras Públicas y Medioambiente, Josep Borrel, y de los abundantes fondos europeos, el Ayuntamiento se lanzó a prolongar hacia el este el remodelado paseo del Muro con una senda que bordeando el litoral llegara hasta lo que había sido el Campo de Tiro de la Providencia, convertido tras haber pasado a propiedad municipal en un gran parque, una extensa masa verde al lado del mar. Al pie del proyectado sendero se encontraba la última vivienda de esta ilustre gijonesa, cuya memoria se estaba recuperando por entonces de la mano de Luciano Castañón, quien divulgaba su vida y obra por medio de artículos y conferencias, o del Ateneo Obrero, que en 1985 había reeditado El padre Juan, su emblemática obra. Si al proyecto del nuevo sendero unimos el creciente interés por quien había dado vida a aquel edificio situado al borde del acantilado, quizás hallemos algunas de las razones por las cuales, en los inicios de 1988 y tras varios meses de negociaciones con sus por entonces propietarios, el pleno del Ayuntamiento aprueba la compra de la que en El Cervigón fuera casa de Rosario de Acuña, que por entonces se encuentra en estado ruinoso; y que, en el mes de mayo de 1990, se acuerde denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo que discurre entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Treinta años después, Tini Areces y Rosario de Acuña se vuelven a encontrar al borde del Cantábrico. Resulta que a principios del pasado año el consejo de administración de la Autoridad Portuaria de Gijón aprobó por unanimidad denominar Paseo Vicente Álvarez Areces al que bordea la playa de Poniente, aceptando de esta forma la propuesta impulsada por diferentes personalidades y entidades de la ciudad y respaldada por el Ayuntamiento de Gijón. Desde entonces, una en su parte más oriental, el otro en la que mira al sol poner, Acuña y Areces dan nombre a los dos extremos del itinerario gijonés más felizmente transitado. No es la única coincidencia: a pesar de llevar oficialmente sus nombres, los tramos que dan inicio y final al popular sendero urbano se han convertido en unos paseos clandestinos, pues casi nadie sabe cómo se llaman.

Ya he contado en más de una ocasión que la mayoría de caminantes desconocen que, una vez que han dejado atrás la entrada al Sanatorio Marítimo, el paseo por el que transitan en dirección a La Lloca lleva el nombre de Rosario de Acuña, gijonesa por decisión propia, dramaturga, ensayista, poeta y activista social de amplio recorrido, como bien saben quienes siguen esta serie de artículos que sobre ella viene publicando La Voz de Asturias (y que se pueden recuperar con tan solo pulsar sobre el nombre del autor). Sorprendentemente y por razones que no alcanzo a comprender, tres décadas después de que el Ayuntamiento tomara tal acuerdo, no hay en el lugar referido placa, cartel o indicación que así lo informe, tan solo consta en algunos documentos oficiales. En idéntico soporte administrativo se encuentra por ahora el que lleva el nombre de Vicente Álvarez Areces, según ha informado la prensa local hace ya unas cuantas semanas. Al parecer, nadie sabe quién debe asumir la responsabilidad de convertirlo en cotidiana realidad. En el Ayuntamiento dicen que el paseo es propiedad del Puerto y los responsables de El Musel alegan que corresponde a la corporación municipal y a las entidades solicitantes dar el siguiente paso, que su papel en este tema concluyó una vez que el consejo de administración aprobó la iniciativa ciudadana.

Sin duda, habrá quienes consideren que este es un tema menor y que la ciudad tiene por delante retos de mayor importancia que perder el tiempo con los nombres de sus paseos, que sus dirigentes bastante tienen con intentar resolver los problemas del presente y con diseñar proyectos para el futuro. No obstante, para lo uno y para lo otro, para abordar lo cotidiano y para dibujar con tino la ciudad del mañana, quizás no esté de más tener presentes algunos de los rasgos que han caracterizado nuestro pasado común, y que, por suerte, aún afloran en el escenario urbano a pesar del creciente proceso de uniformidad que va camino de despersonalizar las ciudades, que se dibujan con similares equipamientos, similar mobiliario urbano o idénticos escaparates de las mismas cadenas comerciales.

Afortunadamente, entre las intercambiables avenidas motorizadas, salpicadas de afanosos árboles que intentan mitigar algunos de los gases de la modernidad, aún se encuentran monolitos, chimeneas, rincones más o menos ocultos que cuentan a quien preste atención historias de nuestro pasado común. También las placas de calles, plazas, parques y paseos. Hablan de nuestro origen milenario, de la primigenia Gigia (Fortuna Balnearia, Castro romano), y de los vestigios de su crecimiento (Costanilla de la Fuente Vieja, Humedal, Jardines de cocheras). Rememoran los temores producidos por las luchas dinásticas y la intransigencia (Muralla, Batería, Fuerte Viejo, Artillería) o testifican acerca de los afanes por la instrucción de sus gentes (Monolito del Ateneo Obrero en el Muro, calle Les Maestrines, Instituto o Ateneo de la Calzada). Evidencian nuestro pasado fabril (Bohemia, Les Cigarreres, Fábrica de Loza, la Chimenea de Poniente, que lo fue de una empresa maderera) o nuestra vieja relación con el océano (Tránsito de las ballenas), de la que también dan cuenta granitos, hormigón y aceros, que salpican el litoral, jugando con sus sombras, abrazando su infinitud o mostrándonos el desgarrador sufrimiento de una madre que ve partir al hijo, a quien tal vez no volverá a ver nunca más.

Gracias a estos testigos silenciosos sabemos que la nuestra es una ciudad que comparte amores entre el mar y la aldea; que, no sin sobresaltos, optó por la escultura mientras en otros lugares se seguía apostando por la estatuaria de distinto pelaje; que enarbola virtudes ciudadanas en calles y corradas (Libertad, Valor Cívico, La Amistad, La Solidaridad); que, no sin titubeos y con cierta timidez, reconoce y reivindica el protagonismo de las mujeres en el pasado común (La Argandona, Julia Alcayde, Rosario Trabanco, Carolina del Castillo, Aurora Sánchez…); que reparte cartas de naturaleza sin importar si lo eres por nacimiento o por propia decisión.

Llegados a este punto, la opción parece clara. Si consideramos que la función del callejero se limita a situar una dirección postal en la trama urbana, no parece que sea preciso darle muchas vueltas a la hora de las nominaciones, bastaría con utilizar ordinales, plantas, animales, figuras geométricas o colores. Ahora bien, si pensamos que, además de esta función utilitaria, el callejero contribuye a configurar nuestra memoria social, a representar lo que consideramos relevante y a ejemplificar los valores que nos caracterizan como comunidad, entonces esas placas ahora inexistentes valen mucho más de lo que cuestan.

La Voz de Asturias, 6-4-2022 





También te pueden interesar


Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña) 226. La tía olvidada
La suya era una de las biografías que había sido enviada a la profunda fosa de la desmemoria. Me preguntaba si no habría algún familiar que, conservando vivo su recuerdo, se atreviera a aportar alguna luz en aquella negritud del olvido...



Novillada en Pinto. Grabado de M. Vierge a partir de un boceto de M. Ubarrieta (Le Monde Ilustré, París, 14/9/1872)201. Alerta en la villa de Pinto
La situación debió de volverse un tanto incómoda para aquella mujer que recibe tantas visitas de forasteros, que tantos viajes realiza, que celebra animadas veladas en su vivienda...



Fragmento de un grabado publicado en 1876173. Sinfonía de animales
Su amor por los animales era un sentimiento que se alimentaba con la admiración que le producía la atenta observación: en su comportamiento se ponían de manifiesto los principios inexorables de su adorada...



Fotografía de Ángel Sambrancat publicada en Mi Revista (Barcelona, 10-1-1938)121. «Una mujer ejemplar», por Ángel Samblancat
Ya que el partido republicano no le tributa a esta gran mujer el homenaje que le debe, no quiero yo que le falte el mío. Madre, señora, te aseguro que eres más grande que todas las duquesas, que todas las princesas y que todas las infantas...



Equipo de hokey de la Agrupación Deportiva Femenina hacia 1934 (Fototeca de Asturias)54. De "señora de Laiglesia" a combativa feminista
Ángela Grassi... de Cuenca, Faustina Sáez... de Melgar, María del Pilar Sinués... de Marco, Josefa Pujol... de Collado o Concepción Gimeno... de Flaquer. ¿Se vio obligada Rosario a firmar con un seudónimo su drama Amor...

viernes, 11 de marzo de 2022

250. ESTACIÓN DE GIJÓN - ROSARIO DE ACUÑA

 

En los inicios del presente mes,  Raquel Sánchez Jiménez, ministra de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, dio a conocer que el Gobierno del que forma parte tiene intención de modificar la nomenclatura de algunas de las principales estaciones ferroviarias de España, que a lo largo de este año se propone ponerles nombres de mujeres a las que la historia «ha invisibilizado». Pocos días después en Gijón se puso en marcha una iniciativa para conseguir que la estación de ferrocarril de Gijón fuera una de las incluidas en la lista del Gobierno y pasara a denominarse oficialmente ESTACIÓN DE GIJÓN - ROSARIO DE ACUÑA.

Como no podía ser de otra manera, este espacio dedicado a esta ejemplar mujer se suma a esta iniciativa dedicando este comentario, que hace el número 250 de los publicados, a reproducir el texto de la petición que ha sido publicada en la plataforma change.org. Dice así:


Imagen que ilustra la campaña de firmas para lograr que la estación de ferrocarril de Gijón pase a denominarse ESTACIÓN DE GIJÓN -ROSARIO DE ACUÑA

 

Parece ser que el Gobierno pretende cambiar la denominación oficial de varias estaciones de la red ferroviaria para ponerles nombre de mujer. ¿Qué mejor nombre para la de Gijón que el de una ilustre gijonesa cuya memoria, sepultada durante décadas, ha sido al fin rescatada del olvido? 

Rosario de Acuña (Madrid, 1850 – Gijón, 1923) nació madrileña pero quiso ser gijonesa: en Gijón vivió la última etapa de su vida y en su cementerio civil está enterrada. La suya fue una vida intensa y ejemplar. Lo abandonó todo, la confortable vida que su nacimiento le había deparado, la prometedora carrera que como poeta y dramaturga le auguraban tanto la crítica como el público, y lo hizo para convertirse en una tenaz defensora de la libertad de conciencia, en una incansable luchadora frente a la superstición y el oscurantismo, contra la postración de la mujer y en defensa de los más desfavorecidos, labor en la que alcanzó un protagonismo como pocas mujeres tuvieron en la España de la época. 

En Gijón se reafirmó su compromiso social. No se podría hablar de su etapa gijonesa sin mencionar el decidido apoyo que dispensa a quienes más sufren y padecen: los presos, las mujeres agredidas, la infancia sin futuro, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en la Guerra de Marruecos o en las trincheras europeas de la Primera Guerra Mundial… El día de su entierro, buena parte del pueblo gijonés se echó a las calles para acompañar en agradecida procesión a su ilustre convecina. Años después una de sus dirigentes escribió no menos agradecida lo que sigue: «Recordamos con admiración su trabajo, sus reivindicaciones laborales, políticas y sociales, su obra artística y literaria. Su memoria se perpetúa desde el cariño, la admiración y el reconocimiento, manteniendo vivo su pensamiento feminista que ha contribuido a hacer de Gijón la ciudad que hoy es». 

Razones no faltan (véanse más en www.rosariodeacuna.es ⇑) para que la estación de ferrocarril gijonesa pase a denominarse Estación de Gijón – Rosario de Acuña


Hasta aquí el texto que da soporte a la campaña. Solo queda por añadir que quienes quieran sumarse a esta petición con su firma no tienen más que pulsar AQUÍ (⇑)





También te pueden interesar


Portada del Boletín de la Escuela Moderna Sin una escuela igualitaria y laica el futuro no será el que deseamos
A finales del siglo XIX la gran mayoría de quienes habitaban España no sabían ni leer ni escribir. Los datos del Censo de 1887 reflejan que alrededor de las dos terceras partes de la población eran analfabetas, también que existen grandes diferencias entre hombres y mujeres...



Fábrica de Tabacos, Gijón. Operarias del taller de cigarrillos superiores. Julio Peinado, 1906. (Museo del Pueblo de Asturias) 231. Las hermanas de Rosario de Acuña
Compañeras eran para ella las mujeres. Así, desde el plural, desde el «nosotras», entendía ella la emancipación de la mujer, lo cual representa una sensible diferencia con otros planteamientos, quizás más individualistas, que al respecto mantenían algunas...



Libertad-reacción. Caricatura publicada en El Motín en 1882 194. La batalla de El padre Juan
Cumple cuarenta años el primero de noviembre del año 1890 y ese parece el momento elegido para abandonar la lucha activa, para dar por concluida su campaña en Las Dominicales. Así lo había manifestado tiempo atrás («solo me quedan tres años...




Fotografía de una manifestación anticlerical celebrada en Lisboa en 1912134. Proceso, exilio e indulto
La autora de aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, no podría menos que sorprenderse por la trascendencia que tomaba el asunto. Las cosas se ponían difíciles y no tuvo más remedio...



Un anuncio de los productos de su granja publicado en El Cantábrico37. Huevos para incubar
A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos...



lunes, 28 de febrero de 2022

249. «Rosario de Acuña. Una gloria menospreciada»

 

 Roberto Castrovido (1)  


Quiero en este tercer aniversario de la muerte en Gijón de la gran mujer, dedicar unas líneas a su memoria. Nunca más oportuno el recuerdo.

Si doña Rosario en vez de nacer en Madrid y de  ser su linaje castizo, clásico, patriótico, hubiera nacido en Cuba, como equivocadamente supuso y dijo en verso y en prosa José Martí (⇑), sería reverenciada, exaltada su memoria. Era española, muy española, honra de su raza –admitiendo la clasificación etnográfica–, descolló en el teatro, en la poesía lírica, en el periodismo, fue una conciencia pura, un carácter entero (no escribo el adjetivo «varonil» por no ofenderla), una idealidad abnegada, un alma grande en cerebro poderoso y una tierna, dulce sensibilidad.  

Madrid no la ha consagrado siquiera la denominación de una calle. Nació aquí en la que llaman de Fomento (2). Se la regatea el mérito por ignorancia y por maldad.

 

Fragmento del escrito publicado en El Noroeste (6/5/1926)

Su aparición y los primeros pasos de doña Rosario de Acuña en el camino de la belleza literaria fueron saludados por el Duque de Rivas, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Echegaray, Núñez de Arce, Antonio Sánchez Pérez. El hijo del gran actor, de don Victoriano Tamayo, creador del protagonista de Un drama nuevo ha recordado hace poco en una efemérides teatral el estreno de El padre Juan en el teatro de la Alhambra. La autora de Rienzi el tribuno después de no pocos disgustos pudo ver representado su «padre Juan». Asistí al estreno, uní mis aplausos a los de un público entusiasta. La autoridad con menguados pretextos, impidió las representaciones (3) . La autora era de la cáscara amarga, ya la tenían en el Índice; desde entonces hasta más allá de la tumba no han cesado de perseguirla. 

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes, Lozano, García Vao, Constantino Miralta, Salvador Sellés, Dorado, Odón de Buen y Francos Rodríguez en Las Dominicales del Librepensamiento. Una mujer, ¡qué escándalo! En 1884 se tenía en España todavía un concepto pobrísimo de la mujer. Era considerada bestia de trabajo o flor de deleite. El Derecho Romano y el Corán eran sus códigos. Por la costumbre se la esclavizaba todavía más que por la Ley. Todavía subsiste el bochornoso artículo penal que asegura la impunidad al parricida, padre o marido, que asesina a su hija o mujer. A ésta solo le era lícito la reclusión, ya en el hogar ya en el convento. Había retroceso, que no progreso, cuando vívía doña Rosario de Acuña respecto a los siglos XV y XVI y aún del XVIII.

Esta gran mujer, como sus contemporáneas o inmediatas antecesoras, Concepción Arenal, Rosalía de Castro, había de luchar no solo contra la ignorancia y contra las dificultades inherentes al dominio de una disciplina, de una técnica literaria o científica, sino contra la hostilidad de las gentes, contra la aspereza del medio. Marimachos, marisabidillas, bachilleras se llamaba a las pensadoras, a las poetisas, a las escritoras. De una de ellas, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, dijo Nicasio Gallego: «¡Es mucho hombre esta mujer!», masculinizándola para elogiarla. Hoy que llenan las aulas de institutos y universidades las mujeres, que acuden a las oposiciones, que trabajan en oficinas y talleres, que van solas por las calles, no se comprende lo que era para una mujer descollar, como una personalidad firme, en la literatura. 

Centuplicó la dificultad para Rosario de Acuña el ser no una poetisa más, sino una singular pensadora y el colocarse fuera de las naves del templo no, como otros, vistiendo las imágenes y adornando los altares, género de ocupaciones bien quistas que proporcionan honor y provecho a las que las realizan. 

Rosario de Acuña pensó por sí misma, lo que ya fue singular, y osó sin miedo y sin tacha manifestar lo que pensaba, hazaña comparable a lo heroico. Arrostró burlas, desafió prejuicios, soportó quebrantos, dio cara a las persecuciones y no se rindió ni a la calumnia, ni a la prisión, ni al destierro. Sincera, ¡firme siempre!, fue ejemplo. 

La claudicación le habría abierto las puertas de teatros, palacios, salones. No claudicó. Con simular renuncias y mentir ideas en vida habría sido rica y respetada, glorificada en muerte. Tuvo que refugiarse a la orilla del mar en Santander primero, en Gijón después. Se la bloqueó, se le negó el fuego y la sal; se azuzó contra ella a los perros negros fanáticos e ignorantes; se la calumnió, se la procesó, se la desterró, no se la dejó morir en paz y, muerta, se le regatea la gloria, se pellizca en su corona de laurel, se la niega, se la cuenta en montón con escritores de poco fuste y se desconoce, o se aparenta desconocer, que solo tiene par con doña Concepción Arenal, que la excede en el vigor científico de su campaña, no la sobrepasa en cuanto prosista. Poetisa era la Acuña, no la Arenal. 

Una de las más ruines consejas que contra la buena fama de doña Rosario de Acuña se pusieron en circulación con siniestro fin, fue la de suponerla enemiga de la juventud escolar y su procaz injuriadora. A la puerta de la Universidad Central se agruparon, no recuerdo por cuál circunstancia, los escolares que no entraban en clase (4) . Acertó a pasar por la calle de San Bernardo una muchachita a la cual requebraron. La jovenzuela escapó corriendo y llorando, como ninfa perseguida por los sátiros. Los periódicos de Madrid refirieron el suceso. Leyó la noticia doña Rosario y en defensa de la mujer y recordando acaso que ella había sido y era perseguida como una cierva por los perros y los cazadores, perseguida por fariseos, juristas, levitas y malos pastores, puso su pluma en defensa de la mujer y de la juventud escolar, y en contra de los errores educativos, de los padres indignos de serlo y de los catedráticos chambones, egoístas, traficantes en libros de texto, atentos únicamente a su conveniencia, incapaces de enseñar al alumno lo que no tienen: educación, dignidad, desinterés, altruismo, solidaridad, las virtudes que adornaron a don Francisco Giner de los Ríos. 

Inflamada su santa, generosa ira, escribió en El Progreso su famoso artículo que la chusma interpretó solapadamente, interesada en encismar a la escritora con los estudiantes. Los pocos de estos que leyeron el artículo comprendieron la sana intención de la escritora y echaron de ver que nada iba contra ellos, sino contra vicios de educación y de enseñanza que harto conocían y sufrían. Pero la mayoría no leyó el artículo, ni se enteró por sí, sino que fue mañosamente soliviantada, torpemente enterada e impulsada contra la mujer que maternalmente los quería y procuraba corregirlos. Contra doña Rosario se amotinaron los estudiantes hostigados por malos profesores y por gente sin conciencia. Los de París amotináronse contra Emilio Zola. La juventud, ciega, generosa, materia propicia a la moldeadura, fue en Francia y en España vilmente engañada y explotada. Se la convirtió en proyectil. Conseguido lo que quería la legión enemiga, se procesó y se hizo huir a doña Rosario de Acuña. 

Confío en que la juventud, cuando conozca a doña Rosario de Acuña por sus obras, será la primera en el entusiasmo hacia una pensadora que albergó en su mente ideas nobles, sanas, beneficiosas para la humanidad, contrarias a la guerra, a la superstición, la ignorancia y la injusticia, y que acertó a sembrar en las inteligencias, ya con punzante reja de arado, profundamente, ya a volteo con arte bello de poeta y de prosista. 

Doña Rosario de Acuña es una figura intelectual y literaria que honra a su tiempo y a su patria, que debe de ser orgullo de su sexo, y vergüenza, humillación, de los hombres dúctiles, maleables, ocultadores de sus ideas, esclavos de sus vanidades y de sus egoísmos, serviles, aduladores, terceros del abuso, cómplices de las injusticias, emplomados con todas las debilidades y flaquezas que ellos en su orgullo proclaman mujeriles. 

Hombres flacos, sin sexo, atiplados cantores de todas las Sixtinas, arrollaos ante la gran mujer espejo de virtud, ejemplo de entereza, fuerte en su conducta, bella en las manifestaciones de su arte. 

¡De rodillas, eunucos!

Madrid - Gijón, 1926

 

El Noroeste, Gijón, 6/5/1926

 

Notas

(1)  Roberto Castrovido (Madrid, 1864-México, 1941) fue periodista de dilatada carrera y una figura destacada del republicanismo español. Tras iniciarse como redactor en algunos periódicos federales barceloneses, se trasladó a Santander donde dirigió La Voz Cántabra y más tarde a Madrid, donde fue director de El País desde 1904 a 1921. Se inició como diputado en 1912 (Partido Republicano Federal) y revalidó su acta en las elecciones de 1916, 1918, 1919 y 1931 como integrante de las diferentes coaliciones electorales formadas entre republicanos y socialistas. En cuanto al origen de su amistad con Rosario de Acuña, bien pudiera situarse en los años noventa, ya en Madrid (dice en este escrito que acudió al estreno de El padre Juan), ya en Cantabria, pero tendremos que esperar hasta la segunda década del siglo siguiente para contar con documentos que la constaten fehacientemente. En cualquier caso, él será una de las personas que más batallaron por preservar la memoria de su amiga. Además del presente escrito, de su pluma salieron algunos de los más sentidos recordatorios: «También era mucho hombre esta mujer» (⇑), «Rosario de Acuña. En muerte como en vida» (⇑), «Las calles de doña Rosario y el marqués de Comillas» (⇑)...

(2) A pesar de que Castrovido dejó escrito que Rosario de Acuña había nacido en Madrid (y que lo había hecho en la calle que «llaman de Fomento»), durante muchos años se escribió que lo había hecho en Cuba, en Cantabria o en Pinto. También que 1851 había sido su año de nacimiento. Hubo que esperar un tiempo hasta que pudimos contar con un documento (⇑) que probaba que, tal como dijo Castrovido,  había nacido en Madrid y lo había hecho el 1 de noviembre de 1850.

(3) En el comentario «194. La batalla de El padre Juan» (⇑) se da cuenta de lo sucedido con la preparación, estreno y suspensión gubernativa de esta obra.

(4) Ciertamente,  aunque sí menciona las consecuencias, no recuerda Castrovido muy bien cuáles fueron las circunstancias que dieron lugar a la publicación de «La jarca de la Universidad». De unas y de otras  se da cuenta en «134. Proceso, exilio e indulto» (⇑) .





También te pueden interesar


Lema de la Real Academia Española incluido en los Estatutos publicados en 1715 221. La Academia de papel
En 1917 el diario madrileño El Imparcial dedica un lugar destacado de su portada a la Academia, poniendo en duda que sus integrantes sean los más idóneos. Para probarlo, nada mejor que realizar un referéndum...


Dibujo alegórico del triunfo de la República publicado en 1873176. Republicana
Aún habrá que esperar hasta que se pueda constatar que también ha dejado de ser monárquica. Tan solo es cuestión de tiempo, pues en aquella redacción, en aquellas páginas, las ideas republicanas afloran por doquier, no sólo en los escritos...




Cabecera del segundo número de La Voz de la Mujer116. La Voz de la Mujer: periódico comunista-anárquico
Un ejemplo de la amplia repercusión que tuvo el testimonio de Rosario de Acuña lo encontramos en La Voz de la Mujer, una publicación editada en Buenos Aires a finales del siglo XIX por iniciativa de un grupo de mujeres


Anselmo López, fundador del Sporting97. De la admiración del fundador del Sporting a Rosario de Acuña
El Cervigón, fantástico cerro, parece andar, moverse; parece querer marchar por los ámbitos del mundo como presuntuoso y orgulloso sostén de un templo desamparado por una raza dormida, y en cuyo templo se halla la Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora...



Fragmento de la carta enviada por la logia Jovellanos17. Los masones se movilizan
«Trátase de conseguir un indulto general por delitos políticos y de imprenta, para que salgan de las cárceles los presos y vuelvan a España los desterrados y expatriados. Entre estos últimos se encuentra la ilustre h.·. Rosario Acuña, y aquí se susurra...


domingo, 12 de diciembre de 2021

248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete

 

A pesar de que España se mantuvo oficialmente neutral en la devastadora guerra que asolaba a Europa, la vida se fue haciendo más dura para buena parte de su población como consecuencia de aquel conflicto que años después se denominó Primera Guerra Mundial. El aumento de la actividad económica, provocada por una mayor demanda de aquellos productos que habían dejado de producir los países en guerra, derivó en un descontrolado proceso inflacionario: las constantes subidas de precios se comían rápidamente los aumentos salariales. La carestía de las subsistencias azuzó el descontento social, hasta el punto de que en el seno de los dos sindicatos mayoritarios se fueron abriendo paso las propuestas más contundentes.  Con el objetivo de forzar al Gobierno a intervenir en el control de los precios, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores acordaron convocar una huelga general de veinticuatro horas. Fue la primera de este tipo en España y tuvo lugar el 18 de diciembre de 1916 con altas tasas de seguimiento (en algunas ciudades solo abrieron las farmacias y los estancos). Animados por  el éxito obtenido, los sindicatos empiezan a pensar en la posibilidad de convocar una huelga general indefinida si las autoridades gubernamentales no se avienen a sus peticiones.

Como si la unidad mostrada por la clase trabajadora hubiera provocado reacciones balsámicas en su ya cansado organismo, Rosario de Acuña parece encarar el nuevo año con renacida esperanza, dispuesta a continuar interviniendo en la tribuna pública, dando por terminado el voluntario silencio que siguió tras el regreso de su exilio portugués. El año empieza, en efecto, con una mayor presencia en la prensa amiga de lo que ha sido habitual en los últimos tiempos, pues a sus propios escritos hay que añadir aquellos otros que se ocupan de su persona, bien para alabar su trayectoria vital («Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie…»), para sumarse a la propuesta de convertirla en miembro de la Academia Española que públicamente realiza Castrovido en El País; o la elevan a la categoría de ejemplo vivo de la heterodoxia («es muy conocida en todos los centros intelectuales donde haya un poco de arte y un mucho de revolución»).

En cuanto a los que ella publica, tal parece que están cargados de una renacida radicalidad, lo cual debió de poner nervioso a más de uno en un momento en el que militares, fuerzas de la oposición y sindicatos están poniendo en evidencia la descomposición del sistema político de la Restauración. No duda en reafirmar su antiguo republicanismo, arremeter contra «las fuerzas reaccionarias» en las que «renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados»; o tomar partido por los países aliados que están haciendo frente en las trincheras europeas a quienes defienden «la regresión hacia ideales gastados, desmenuzados, inútiles ya para el camino de progresión». Se posiciona, de forma y clara y rotunda,  frente a las fuerzas que sustentan al Gobierno o, quizás mejor, al lado de quienes pretenden derribarlo.

Probablemente sea el artículo que aparece en El Noroeste el 12 de mayo con el título «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado en los círculos regionales de poder. Se trata de un escrito en el cual, dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», les impele a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos en la región, pues bien parecen que están alentando a que convoquen esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Tampoco debió de pasarles inadvertida su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición, y del cual la escritora dio cumplida cuenta en el artículo «Ráfagas de huracán» que publicó el semanario madrileño El Motín.

 José Uría y Uría: Después de la huelga (Museo de Bellas Artes de Asturias)

La llamada pública a la unión de las fuerzas «de izquierda»  es lo que en aquella primavera de 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas ante todo lo que pudiera estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se para de hablar. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid. En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. Buscaban panfletos, pasquines... las «proclamas de Marcelino Domingo», el mismo diputado socialista que, tan solo unos días antes y en las páginas de El Noroeste, había planteado que nuevos hombres, desligados de los partidos en turno, asumieran la dirección del Estado y dieran paso a un proceso constituyente. No encontraron nada, tan solo la contundente respuesta de la dueña de la casa: «Yo no necesito leer proclamas, si acaso las escribiría».   

Unos días antes del registro, los ferroviarios de Valencia habían iniciado una huelga que precipitará los acontecimientos: el Gobierno declara el estado de guerra, la Federación Nacional de Ferroviarios anuncia que si los trabajadores valencianos no son readmitidos convocará a todos sus afiliados del país a una huelga general para el 10 de agosto, la empresa no cede... La huelga de los ferroviarios sorprende a los dirigentes ugetistas trastocando el plan acordado con la CNT. A pesar de considerarla prematura, la UGT, que no podía dejar abandonados a los ferroviarios, decidió convocar una huelga general indefinida que se iniciaría el lunes 13 de agosto. Aunque las circunstancias no eran las más convenientes, pues quedaban muchos aspectos por debatir y muchos temas por concretar, no había marcha atrás y la huelga debería de ser general y revolucionaria y así lo hizo saber el comité de huelga en el manifiesto publicado el día anterior: no cesaría «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno (que al decir de algunos habría precipitado los acontecimientos para no dar tiempo a los sindicatos a organizarse convenientemente) detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas, dando por restablecido el orden cinco días después, aunque se mantuvo activa en Asturias algunas jornadas más. Dispuestos a acabar con aquel último reducto huelguista, los regidores gubernativos no quisieron dejar ningún cabo suelto. En la madrugada del 22 de agosto varios guardias civiles se presentan de nuevo en la casa de doña Rosario, uno de ellos, de paisano, armado de pala y azadón: venían a cavar en busca de  «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado. 

Aunque aquellos intempestivos registros no hacían más que confirmar que su nombre volvía a estar en el punto de mira de los celosos guardianes de la ortodoxia, aunque lo más sensato y razonable hubiera sido, por tanto, alejarse de la primera línea de confrontación, ella no podía hacerlo sin antes saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido  detenidos, sometidos a un consejo de guerra bajo la acusación  de sedición y condenados a cadena perpetua. El domingo 25 de noviembre acude a la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero: en la cárcel también estaba encerrada la esperanza que había depositado en la clase trabajadora, ansiaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso.

Lejos han quedado los tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Las dificultades económicas por las que atraviesa en los últimos años de su vida van a situarla al lado mismo de los más necesitados, con quienes compartirá estrecheces y penalidades, anhelos e ilusiones. Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!». De ahí que tras aquella huelga general, también está más próxima a aquellos que encabezan la lucha.

La madrileña Agrupación Feminista Socialista, tras enterarse por la prensa de los registros, hace pública su enérgica protesta contra semejante tropelía, al tiempo que manifiestan su admiración por la librepensadora y su deseo de contar con ella «para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación». Tiempo después, al aproximarse el aniversario de la huelga, los socialistas quieren contar con su testimonio para hacerlo público en el órgano del partido obrero y doña Rosario no puede menos de manifestar en las páginas de El Socialista cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. Tras varios días de horrores y de martirios, de correr sangre por ciudades y campos, la Semana Roja dio paso a una revolución blanca, una serie de leyes «liberales, progresivas, emancipadoras». No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias:

«De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas».




También te pueden interesar


Escalonilla, Casa Ayuntamiento, construido en 1881 (Diputación de Toledo) 224. Entretenimiento para la esposa
Mientras ella se ganaba la vida con los productos de su granja avícola, había ilustres compatriotas que instalaban un gallinero para entretenimiento de la esposa, para que lo pasara menos aburrido, distrayéndose en llevar a sus pollitos el migón de pan...



Teodomiro Menéndez Fernández (Oviedo, 1879-Madrid, 1978). Fotografía publicada en 1918182. Amigo Teodomiro
Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en algunas de sus iniciativas y que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos...




Fragmento del artículo «Un discurso de Rosario de Acuña», publicado en La Unión Católica124. «Un discurso de Rosario de Acuña», en La Unión Católica
«Una mujer extraviada, que tiene la desgracia de haber renegado de las oraciones que le enseñó su madre en el regazo del amor, y de haber aprendido a recitar y a escribir en público las blasfemias más atroces de la impiedad y del librepensamiento...



Imagen de una biblioteca (archivo del autor)69. «La biblioteca de doña Rosario», por José Díaz Fernández
El autor del artículo, un joven periodista que solía subir a la casa del acantilado para conversar largo y tendido con doña Rosario, aprovecha la ocasión de la venta de su biblioteca para hilvanar una cariñosa semblanza de su ilustre...



Fragmento del artículo publicado en Las Dominicales38. Tratando con una infanta de España sobre el futuro de la masonería
Como un rumor no bien definido sabía que la masonería española, al unificarse bajo una sola autoridad representada por el nobilísimo vizconde de Ros, había elevado al Protectorado...



jueves, 25 de noviembre de 2021

247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel

 

16 de enero de 1923. Hace ya unas horas que la noche se ha adueñado de la bahía gijonesa. Las escasas personas que por entonces transitan por las proximidades del Muro de San Lorenzo se ven sorprendidas por la presencia de un hombre que, dando muestras de una gran excitación, corre en dirección a Cimadevilla, descalzo y completamente empapado en agua. Cada poco, sale una exclamación de su boca, cada vez más desalentada y fatigosa: « ¡Salvadlos!, que se mueren». 

Sin esperar respuesta alguna, continúa corriendo hasta llegar al establecimiento de Manuel Loché, situado en las proximidades de la capilla de los Remedios. Nada más traspasar el umbral del chigre se deja caer en un banco, extenuado. No cesa de repetir una y otra vez aquella imperiosa petición: « ¡Salvadlos!, que se mueren».

El recién llegado era bien conocido por los presentes, habituales del local. Se trataba de Santiago Aspillaga, Santi, patrón de la goleta Nuestra Señora del Carmen y que solía alojarse en aquel establecimiento cada vez que arribaba a la villa. Tras unos breves instantes, los necesarios para recuperar el aliento, pudo contar lo ocurrido. El velero, de doscientas cincuenta toneladas y matrícula de San Sebastián, hacía la ruta de Zumaya a Gijón con un cargamento de cemento para ser descargado en la consignación de la Junta de Obras del Puerto. Cuando ya divisaban la playa de San Lorenzo, la fuerte marejada hizo imposible el control del buque, arrastrándolo contra los acantilados de El Cervigón, donde quedó encallado con sus seis tripulantes a bordo. El patrón, viendo que en aquella zona no había nadie que pudiera ayudarlos, decidió lanzarse al mar para intentar llegar a nado hasta tierra y pedir auxilio.

Rafael Monleón y Torres: Un naufragio en las costas de Asturias (1875), Museo del Prado

Tras escuchar con atención su relato, los parroquianos se organizaron presurosos: unos pocos se encaminaron a alertar a las autoridades y a los prácticos del puerto, los más se dirigieron hasta el lugar donde se encontraba la goleta. Al llegar al alto de El Cervigón, entre la negrura de la noche acertaron a ver el velero encallado a pocos me-tros de la costa. ¡Allí estaban! Las llamas de la hoguera que no tardaron en encender y los gritos de llamada obtuvieron la ansiada respuesta: ¡Estaban vivos! Los tripulantes encaramados en uno de los palos del navío contestaron alborozados… Eran las primeras horas de la madrugada, el temporal arreciaba y el embravecido mar estrellaba inmisericorde sus olas contra el muro de roca. No cabía otra cosa que esperar.

 Los murmullos se acallaron de pronto. En uno de sus persistentes embates, el mar partió la popa del buque y el palo mesana cayó al agua arrastrando consigo a los marineros que en él se encontraban. Ante la gravedad de la situación, dos jóvenes se ofrecieron a descender al fondo del acantilado por unas cuerdas que alguien había traído de una casa próxima. Armados tan solo con unas lámparas de carburo consiguieron, al fin, rescatar con vida a dos de los náufragos, que fueron trasladados a la casa de Rosario de Acuña, próxima al lugar.

* * *

 Cuatro décadas atrás la primacía portuaria de Gijón estaba en cuestión y son muchas las voces que afirman que el puerto gijonés se ha quedado pequeño. En 1879 Fernando García Arenal, hijo de la ilustre Concepción Arenal y a la sazón ingeniero de la Junta del Puerto, presenta un proyecto para su ampliación. Hay quien piensa, en cambio, que la mejor opción para entrar en la modernidad es construir un puerto nuevo, en la ensenada de El Musel. Tras no pocas discusiones, esta última opción es la que obtiene el apoyo de las autoridades ministeriales, y en el mes de julio de 1889 el ministro del ramo firma el decreto que da vía libre a la construcción del nuevo puerto. Unos cuantos años después y con ya muchos millones empeñados en la obra, El Musel abre la puerta a una modernidad inimaginable por entonces: graneleros, espigones, petroleros, portacontenedores, toneladas por millones, cruceros, plantas regasificadoras, quimiqueros, nuevas ampliaciones…

* * *

 Las voces de llamada alertan a quienes dormitan en el interior de aquella solitaria casa. Rosario de Acuña, que habita en el piso de arriba, insta por el hueco de la escalera a Carlos (« el pariente que, hace ya muchos años, se arrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa») a que abriera pronto la puerta. Sin apenas dar tiempo a que terminaran de explicarse, doña Rosario atiende solícita a los recién llegados. Realiza las primeras curas a los heridos, reparte ropas de abrigo, se enciende un fuego… El café y el coñac que les han servido también ayudan. Y las palabras de aliento y apoyo que les dedica su anfitriona. Poco a poco los náufragos van recuperando el aliento y la calma. Cuentan a los presentes, entre los que se encuentran periodistas de La Prensa y El Noroeste, detalles de lo ocurrido.

 Lo que no saben entonces, no pueden saberlo, es que unas horas más tarde será rescatado el contramaestre del buque, quien, habiendo permanecido amarrado durante horas al botalón, terminó por lanzarse al mar cuando la marejada empezaba a amainar. También desconocen que sus otros dos compañeros no corrieron la misma suerte: el mar apresó los cuerpos de los dos tripulantes del velero que ejercían las funciones de cocinero y de fogonero, vecino este último del gijonés barrio de La Calzada y padre de tres hijos y una hija. La noticia de estas muertes envolvió de tragedia la villa gijonesa.

 Aunque la mayoría parece asumir con resignado dolor este nuevo zarpazo del inclemente océano, Rosario de Acuña no se resigna, no se calla. No lo hizo años atrás al conocer la agresión sufrida por una alumna de la madrileña Universidad Central. A pesar de que aquel escrito en el que arremetió contra los agresores le obligó a exiliarse en Portugal, tampoco se quedó callada al enterarse de que algunos trabajadores eran tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretendían anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma. A pesar de sus ansias de vivir los últimos años de su vida en paz y tranquilidad, su pluma tampoco podrá permanecer envainada ahora, cuando llaman a su corazón las víctimas de la insensatez gobernante.

 Doña Rosario, indignada por aquellas muertes, escribe un duro artículo reclamando de las autoridades la adquisición de cuanto material de salvamento marítimo sea necesario, cuyo coste no supondría más que unas migajas del dineral que desde hace años se lleva sumergiendo en el mar para construir el nuevo puerto de Gijón, que, al fin y al cabo, no hará más que enriquecer a los que ya son ricos. Con «algunas rebañaduras» del ingente capital invertido en las obras, con todos los millones que desde hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡gran puerto de El Musel!! bien pudiera tener siempre dispuesto «un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo…» y «hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS» que estuvieran prestos al auxilio de los náufragos.

 A pesar de que en su escrito no se olvide, no, de quienes, arriesgando sus jóvenes vidas, salvaron las de los dos náufragos, para ella el meollo del asunto está en el abandono en el que se encuentran los trabajadores que por un escaso jornal arriesgan su vida a bordo de un barco. Para los primeros, a quienes rinde público homenaje de admiración y respeto, acreedores como son a tener «Alteza» y «Santidad», pide una distinción acorde con sus méritos: « ¡Que venga la cruz de Beneficencia al pecho de estas altezas imberbes…!». Para quienes deben ganarse su sustento en el mar, tan solo una cosa: ¡Justicia!

 Pocos meses después, tendría de nuevo ocasión de hablar de todo ello. Como ya vie-ne siendo habitual en los últimos años, en la tarde del Primero de Mayo grupos de obreros, en silenciosa excursión, se dirigen hasta su casa para rendirle un sencillo homenaje de respeto y admiración. Con ellos confraternizó en amigable charla, hablando del pasado más reciente y del incierto futuro que amenazaba con nuevos padecimientos a los que ya padecían. A tenor de lo que dejó escrito uno de los presentes, tal parece que el análisis que realizó en aquella ocasión, (que resultó ser la última vez que se reunía con ellos, su último Primero de Mayo, pues tan solo unos días después algunos de los que allí estaban volverían a El Cervigón para acompañar su cadáver hasta el cementerio civil de El Sucu) fue del todo clarividente. En opinión de aquella veterana luchadora tan solo había una salida: la unión de los de abajo, de los de tercera, de quienes malviven con el fruto de su trabajo:

 «A ver, amigos socialistas –nos decía– únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; únanse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo...»

 

La Voz de Asturias, 11/11/2021

 

 



También te pueden interesar


Monumento a Giordano Bruno, plaza Campo de' Fiori, Roma (archivo del autor) 225. Homenaje a Giordano Bruno
De vez en cuando, alguna de las líneas de investigación que permanecen en vía muerta se reactiva. Hace unas semanas localicé un escrito inédito de nuestra protagonista: se trata de un texto manuscrito que lleva por título «Lo indescifrable», uno de los documentos...



Placa de una calle con su nombre179. A vueltas con sus calles
Cuando el periodista Roberto Castrovido reclamaba en 1925 que el Ayuntamiento madrileño pusiera el nombre de Rosario de Acuña a una de las calles de la capital, es bastante probable que desconociera que ya la tenía. Lo ignoraban también...



Portada del libro Historia genealógica y heráldica, de Fernández de Bethencourt156. Acerca de un supuesto título de condesa
En el presente comentario quiero analizar otra de las afirmaciones que con más insistencia se ha venido realizando acerca de nuestra protagonista: su condición de condesa. La fuente originaria de tales afirmaciones parece que se encuentra en la obra Rosario de Acuña en la escuela, que vio la luz en el año 1933 por iniciativa...




Fragmento de la contestación de Carlos Lamo77. Ateneo Familiar: La respuesta de Carlos Lamo
Cuando un grupo de universitarios se dirige a ella ofreciéndole la presidencia honoraria de una sociedad denominada Ateneo Familiar, la escritora —convertida ya en abanderada del librepensamiento y de la masonería— accede...



Fotografía de Amaro del Rosal publicada en el año 197735. El impulso que vino de México
Amaro del Rosal, director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil impulsó desde el exilio la recuperación de la figura de Rosario de Acuña. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia...



jueves, 11 de noviembre de 2021

246. Remendando pingos para estar sin la indecencia del jirón

 

Primavera del año 1920. A pesar de que en noviembre del año anterior ha cumplido los sesenta y nueve, no para de trajinar, y desde bien temprano ocupa buena parte de sus horas en fregar, barrer, cocinar, lavar, remendar... En la casa de El Cervigón la bolsa no está para muchas alegrías, menos aún después de que los años pasados en el exilio portugués se hubieran llevado buena parte de los ahorros, tanto fue así que, a su regreso, no tuvo más remedio que hipotecar la casa, su único patrimonio. Desde entonces, no le queda otra que milagrear con los diecinueve duros que cobra de pensión para –además de todo lo demás– pagar el importe de los réditos. Todo por arremeter con palabras contundentes contra los agresores de una estudiante de la madrileña Universidad Central.

No es de extrañar que la llegada de aquellas mil pesetas fuera recibida como lluvia en tiempo de sequía, por más que aquellos doscientos duros no cayeran del cielo. No se lo podía creer, y se lo tuvieron que explicar. De acuerdo con la disposición testamentaria del librepensador malagueño Antonio Martín Ayuso, cada año se entrega esa cantidad de dinero a aquellas personas o sociedades que, habiéndose distinguido en su lucha contra el clericalismo y el fanatismo, «más hayan comprometido sus intereses o su porvenir en tal empresa». Ese año, la elegida es Rosario de Acuña que había sido propuesta por José Nakens, director de El Motín, en virtud de su larga trayectoria en defensa de la libertad de pensamiento. La destinataria, que no tenía noticia alguna de la existencia de tal legado, se apresura a escribir una carta en la cual, además de agradecer el donativo, procede a dar cuenta pormenorizada del destino que tuvieron cada uno de los duros recibidos.

Diego Velázquez: Vieja friendo huevos, 1618 (Galería Nacional de Escocia, Edimburgo)
Lo primero que hizo fue pagar lo que había comprado al fiado, empezando por las cosas del comer: «Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden la de vaca». La enumeración de productos con los que abastece su cocina viene a confirmar la penuria en la que vive por entonces, pues no parece que su alimentación fuera muy variada: de legumbres, las judías; ninguna mención al pescado; en cuanto a la fruta y a los huevos, cabría confiar en que siguiera teniendo un gallinero y contara con algún que otro árbol en su finca. En cualquier caso y a la vista de lo que ella misma cuenta, con esta lista de comestibles se las consigue apañar, con algo de ingenio y buena mano: «como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre...».

Ciertamente, el del exilio no fue el único episodio de su vida que se saldó con un quebranto económico. Quizás el más reciente fue el que padeció algunos años antes, cuando vivía en la localidad cántabra de Cueto. Casi sin tiempo para encontrar una nueva vivienda, fue desahuciada de su granja avícola (⇑), en la que había puesto todas sus ilusiones, a la que había dedicado toda su dedicación durante cuatro años, en la que había invertido los ahorros de toda su vida. Y eso que en aquella ocasión ni siquiera había abierto la boca. Sucedió tras conocerse el éxito que había logrado, cuando la prensa santanderina se hizo eco de la medalla de plata que obtuvo en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en el año 1902. Al parecer, la noticia de aquel galardón que premiaba su trabajo como avicultora, llegó a oídos de la dueña de la finca donde estaba instalada la explotación, «feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander». Fue entonces cuando la propietaria debió de darse por enterada de que tenía como inquilina a «una hereje» y fue entonces cuando, horrorizada por tamaña vergüenza y deshonor, la obligó a abandonar la finca: «me arrojó de ella (por cierto sin darme más que quince días de término para desalojarla), sin duda para tener más seguro el paraíso, y sin que me valieran las tres mil pesetas que había gastado en gallineros, cobertizos, etcétera, y aún tuve que derribarlo todo para dejarlo a gusto de ella… y del canónigo».

Por más que las tres mil pesetas que allí quedaron sepultadas constituían para ella todo un dineral (el equivalente a más de tres años de su pensión de viudedad), cierto es que la pérdida de entonces no puede ser comparable con la ruina ocasionada por su obligada estancia en territorio portugués una década después. Conviene no olvidar que durante los dos años de exilio no tuvo más que gastos (alimentación, alojamiento, transporte, ropa...), habida cuenta de que, por evidentes razones procesales y geográficas, le fue imposible cobrar ni una sola mensualidad de la pensión de viudedad que tenía asignada. Por si aquella sangría suelta no fuera suficiente, aun habría de llegar la noticia de un descuadre mayor en el ya muy maltratado libro de caja. Al poco tiempo de haber regreso a su casa gijonesa del acantilado –lo cual no hizo hasta haberse asegurado que estaba incluida en el indulto concedido por el Gobierno para los delitos de imprenta– se enteró de que el resto de sus ahorros había desaparecido, se había volatilizado en el proceso de suspensión de pagos por el que se adentró la empresa promotora de la Ciudad Lineal en el verano de 1914. 

Su interés en aquella iniciativa urbanística habría que situarlo en sus mismos comienzos, en los primeros años noventa del siglo anterior, coincidiendo con su obligada mudanza de Pinto a su Madrid natal, para curarse de unas fiebres palúdicas que la pusieron al borde de la muerte.  El proyecto  del ingeniero Arturo Soria se configura ante sus ojos como una atractiva alternativa a la insana vida ciudadana, de la que ha huido años atrás para recuperar el contacto con la naturaleza.  La luz de la razón al servicio del bienestar de los humanos: construir una ciudad nueva con calles anchas, manzanas de viviendas aisladas y separadas unas de otras por una masa de vegetación, «canalizaciones de agua, luz, calor, fuerza y electricidad», espacios reservados para los edificios de carácter colectivo, y perfectamente estructurada por una doble vía de ferrocarril que la habrá de unir al centro de Madrid. 

Tanto debió de agradarle aquella iniciativa que decidió apoyarla económicamente, quizás con una parte del dinero obtenido con la venta de su casa de Pinto. Lo cierto es que, como ella nos contará más tarde, dejó sus buenas pesetas en la Compañía Madrileña de Urbanización, la empresa promotora de la Ciudad Lineal, probablemente a cambio del derecho a percibir un lote de terreno en la futura urbanización. Pero claro, una cosa son los proyectos y otra muy distinta el proceso para su ejecución: como quiera que la empresa no contara con grandes accionistas  se vio obligada a recurrir a los pequeños ahorradores ofreciéndoles intereses atractivos, hasta el punto de que el pago de los mismos se llevaba una parte considerable de los ingresos, de suerte tal que para atender sus compromisos financieros precisaba la llegada de nuevos depósitos. Llegó un momento en el cual los gastos superaron a los ingresos, la empresa se declaró en suspensión de pagos y los ahorros de Rosario de Acuña pasaron a ocupar un espacio en el limbo de las finanzas.

Con la hipoteca de su casa a cuestas y sin un duro en el bolsillo, resulta que tampoco puede echar mano de aquel dinero. No hay más. De posibles herencias no sabemos otra cosa que lo que ella misma nos ha dicho: «Dos veces, en mi vida, vino a mis manos, por herencia, cantidad cercana a esta cifra y la rechacé». Quizás la ayuda económica de su madre y de su padre la recibiera en vida; tal vez fue, precisamente, el dinero para comprar la casa de campo en Pinto, el mismo que  se había volatizado con la suspensión de pagos de la Compañía Madrileña de Urbanización. Aparte de esa posible donación, tan solo atesora algunos objetos familiares, algunas joyas, convertidas ahora en dolorosa fuente de ingresos, prenda de un préstamo, que ahora puede recuperar con las mil pesetas del legado del difunto Ayuso: «Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre». 

Así estaban las cosas. Disponía de poco más de tres pesetas diarias, y con esa cantidad tenían que vivir...  ¡dos personas! Porque el pariente que «habitaba en el piso bajo de la casa» no aportaba ningún dinero. Nada. Confieso que cada vez que leo esta carta de doña Rosario se me revuelven las neuronas. No alcanzo a entender que, al menos en esta situación de absoluta necesidad, el tal Carlos Lamo Jiménez (dieciocho años más joven que ella, licenciado en Leyes y gozando de buena salud) no hiciera lo posible por encontrar un trabajo remunerado. En fin, como respecto al tipo de relación que mantenían ya he escrito un comentario anterior (⇑), no es cuestión de volver sobre el asunto. El caso es que en aquella casa se vive con estrecheces (ella lo llama «seminecesidad») y que las penurias económicas por las que pasaba la ilustre pensadora de El Cervigón no pasaban desapercibidas para sus correligionarios. Tanto es así que aquel mismo años a su casa llegarán otras doscientas cincuenta pesetas, remitidas en este caso por un entusiasta admirador residente en Cuba. Gracias a aquellos ingresos inesperados, bien se puede hacer un exceso: «habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno». 


 



También te pueden interesar


Exoristo Salmerón en una fotografía publicada a principios de 1916 220. Salmerón padre, Salmerón hijo
Es probable que en una de sus estancias en la casa de El Cervigón le contara a su invitado, el hijo del protagonista de esta historia, lo que sucedió en 1891 cuando visitó la casa familiar de los Salmerón: entregó su tarjeta, pasaron a una sala; esperaron; al cabo de un rato salió un señor...



Dibujo de Antonio de Acuña Solís publicado en 1882175. La sobrina descarriada
Junto al primo Pedro Manuel, los hermanos Felipe, Antonio y Cristóbal forman un grupo muy bien avenido. Compartían aficiones, inquietudes políticas y proyectos empresariales. Rosario de Acuña, la hija única de Felipe, era la mayor de las sobrinas...




Anuncio del libro Gente nueva publicado en <i>El Motín</i>139. Con la «gente nueva»
A partir de su carta de adhesión al librepensamiento Rosario de Acuña identificará como correligionarios a periodistas de la «mala prensa», a científicos no creacionistas, a autores de obras...



Fotografía del autor (Archivo Fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias)67. «La herencia del Cervigón», por Javier Bueno
Rosario de Acuña tenía una casita en el Cervigón, en Asturias, frente al mar. Es posible que ella creyese que tenía una alhaja; pero pudo desengañarse cuando, puesta en el trance de hipotecar la casita...




Fragmento de la entrevista, El Publicador 25-9-19096. Una entrevista de hace cien años
ontamos ya con una parte considerable de su obra; conocemos los aspectos más significativos de su biografía; y algunos de sus retratos. Tenemos a nuestro alcance artículos y cartas; poesías y dramas; conferencias y discursos... ¡y una entrevista...