viernes, 8 de abril de 2022

251. Tini Areces y Rosario de Acuña, de paseo en paseo


Cuentan que Vicente Álvarez Areces era persona de mirada larga, de abordar con perspectiva amplia los problemas. Dicen que solo así se puede explicar que sacara adelante proyectos que transformaron el urbanismo gijonés durante su etapa como alcalde de la ciudad (1987-1999). Hablan de su habilidad para encontrar oportunidades donde otros solo ven aconteceres, más o menos noticiables; y apuntan como muestra de lo antedicho que en 2006, siendo ya presidente del Principado, se marchó a Rio de Janeiro para que el arquitecto Óscar Niemeyer, quien unos años antes había pisado por primera esta región para recoger el Premio Príncipe de Asturias, firmara un acuerdo para la construcción en Avilés de un centro cultural: el Centro Niemeyer, su única obra en España.

Enumeran de carrerilla los hitos de la transformación urbana: reforma de El Llano, desarrollo de los nuevos barrios de Moreda, Montevil o Viesques, de las plazas de Begoña y de Europa; recuperación del pasado romano de la ciudad (Termas de Campo Valdés, Parque Arqueológico Natural de la Campa de Torres), municipalización y reforma del Teatro Jovellanos… Y se detienen en el que se considera uno de los logros más destacados: la recuperación de la fachada marítima, con las playas de Poniente y del Arbeyal y la remodelación del Muro; la construcción del sendero del Cervigón y la creación de los parques de la Providencia y el Cerro, sobre cuyos acantilados se alza el Elogio del horizonte, la gran escultura que había ideado Chillida para homenajear al horizonte, «la patria de todos los hombres», y para la cual el escultor llevaba ya un tiempo buscando un lugar en la costa para darle vida. Areces no desaprovechó la ocasión: le hizo llegar la propuesta, a Chillida le impresionó el lugar, y desde 1990 el Elogio mira al Cantábrico, convertido ya en un símbolo de la ciudad. 

Gijón. Paseo del Muro (archivo del autor)

Quizás fuera en este contexto, el de la recuperación de la fachada marítima y la protección del litoral gijonés, donde Tini Areces se encontró con Rosario de Acuña, una madrileña que, atraída por los salutíferos aires marinos que aliviaban la dolorosa enfermedad ocular que por entonces padecía, conoció Gijón siendo muy joven y que decidió convertirse en una gijonesa más cuando ya era bien conocida como infatigable activista de la libertad de conciencia, los derechos de las mujeres y por su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. Contando con el respaldo del entonces ministro de Obras Públicas y Medioambiente, Josep Borrel, y de los abundantes fondos europeos, el Ayuntamiento se lanzó a prolongar hacia el este el remodelado paseo del Muro con una senda que bordeando el litoral llegara hasta lo que había sido el Campo de Tiro de la Providencia, convertido tras haber pasado a propiedad municipal en un gran parque, una extensa masa verde al lado del mar. Al pie del proyectado sendero se encontraba la última vivienda de esta ilustre gijonesa, cuya memoria se estaba recuperando por entonces de la mano de Luciano Castañón, quien divulgaba su vida y obra por medio de artículos y conferencias, o del Ateneo Obrero, que en 1985 había reeditado El padre Juan, su emblemática obra. Si al proyecto del nuevo sendero unimos el creciente interés por quien había dado vida a aquel edificio situado al borde del acantilado, quizás hallemos algunas de las razones por las cuales, en los inicios de 1988 y tras varios meses de negociaciones con sus por entonces propietarios, el pleno del Ayuntamiento aprueba la compra de la que en El Cervigón fuera casa de Rosario de Acuña, que por entonces se encuentra en estado ruinoso; y que, en el mes de mayo de 1990, se acuerde denominar Paseo Rosario de Acuña al tramo que discurre entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Treinta años después, Tini Areces y Rosario de Acuña se vuelven a encontrar al borde del Cantábrico. Resulta que a principios del pasado año el consejo de administración de la Autoridad Portuaria de Gijón aprobó por unanimidad denominar Paseo Vicente Álvarez Areces al que bordea la playa de Poniente, aceptando de esta forma la propuesta impulsada por diferentes personalidades y entidades de la ciudad y respaldada por el Ayuntamiento de Gijón. Desde entonces, una en su parte más oriental, el otro en la que mira al sol poner, Acuña y Areces dan nombre a los dos extremos del itinerario gijonés más felizmente transitado. No es la única coincidencia: a pesar de llevar oficialmente sus nombres, los tramos que dan inicio y final al popular sendero urbano se han convertido en unos paseos clandestinos, pues casi nadie sabe cómo se llaman.

Ya he contado en más de una ocasión que la mayoría de caminantes desconocen que, una vez que han dejado atrás la entrada al Sanatorio Marítimo, el paseo por el que transitan en dirección a La Lloca lleva el nombre de Rosario de Acuña, gijonesa por decisión propia, dramaturga, ensayista, poeta y activista social de amplio recorrido, como bien saben quienes siguen esta serie de artículos que sobre ella viene publicando La Voz de Asturias (y que se pueden recuperar con tan solo pulsar sobre el nombre del autor). Sorprendentemente y por razones que no alcanzo a comprender, tres décadas después de que el Ayuntamiento tomara tal acuerdo, no hay en el lugar referido placa, cartel o indicación que así lo informe, tan solo consta en algunos documentos oficiales. En idéntico soporte administrativo se encuentra por ahora el que lleva el nombre de Vicente Álvarez Areces, según ha informado la prensa local hace ya unas cuantas semanas. Al parecer, nadie sabe quién debe asumir la responsabilidad de convertirlo en cotidiana realidad. En el Ayuntamiento dicen que el paseo es propiedad del Puerto y los responsables de El Musel alegan que corresponde a la corporación municipal y a las entidades solicitantes dar el siguiente paso, que su papel en este tema concluyó una vez que el consejo de administración aprobó la iniciativa ciudadana.

Sin duda, habrá quienes consideren que este es un tema menor y que la ciudad tiene por delante retos de mayor importancia que perder el tiempo con los nombres de sus paseos, que sus dirigentes bastante tienen con intentar resolver los problemas del presente y con diseñar proyectos para el futuro. No obstante, para lo uno y para lo otro, para abordar lo cotidiano y para dibujar con tino la ciudad del mañana, quizás no esté de más tener presentes algunos de los rasgos que han caracterizado nuestro pasado común, y que, por suerte, aún afloran en el escenario urbano a pesar del creciente proceso de uniformidad que va camino de despersonalizar las ciudades, que se dibujan con similares equipamientos, similar mobiliario urbano o idénticos escaparates de las mismas cadenas comerciales.

Afortunadamente, entre las intercambiables avenidas motorizadas, salpicadas de afanosos árboles que intentan mitigar algunos de los gases de la modernidad, aún se encuentran monolitos, chimeneas, rincones más o menos ocultos que cuentan a quien preste atención historias de nuestro pasado común. También las placas de calles, plazas, parques y paseos. Hablan de nuestro origen milenario, de la primigenia Gigia (Fortuna Balnearia, Castro romano), y de los vestigios de su crecimiento (Costanilla de la Fuente Vieja, Humedal, Jardines de cocheras). Rememoran los temores producidos por las luchas dinásticas y la intransigencia (Muralla, Batería, Fuerte Viejo, Artillería) o testifican acerca de los afanes por la instrucción de sus gentes (Monolito del Ateneo Obrero en el Muro, calle Les Maestrines, Instituto o Ateneo de la Calzada). Evidencian nuestro pasado fabril (Bohemia, Les Cigarreres, Fábrica de Loza, la Chimenea de Poniente, que lo fue de una empresa maderera) o nuestra vieja relación con el océano (Tránsito de las ballenas), de la que también dan cuenta granitos, hormigón y aceros, que salpican el litoral, jugando con sus sombras, abrazando su infinitud o mostrándonos el desgarrador sufrimiento de una madre que ve partir al hijo, a quien tal vez no volverá a ver nunca más.

Gracias a estos testigos silenciosos sabemos que la nuestra es una ciudad que comparte amores entre el mar y la aldea; que, no sin sobresaltos, optó por la escultura mientras en otros lugares se seguía apostando por la estatuaria de distinto pelaje; que enarbola virtudes ciudadanas en calles y corradas (Libertad, Valor Cívico, La Amistad, La Solidaridad); que, no sin titubeos y con cierta timidez, reconoce y reivindica el protagonismo de las mujeres en el pasado común (La Argandona, Julia Alcayde, Rosario Trabanco, Carolina del Castillo, Aurora Sánchez…); que reparte cartas de naturaleza sin importar si lo eres por nacimiento o por propia decisión.

Llegados a este punto, la opción parece clara. Si consideramos que la función del callejero se limita a situar una dirección postal en la trama urbana, no parece que sea preciso darle muchas vueltas a la hora de las nominaciones, bastaría con utilizar ordinales, plantas, animales, figuras geométricas o colores. Ahora bien, si pensamos que, además de esta función utilitaria, el callejero contribuye a configurar nuestra memoria social, a representar lo que consideramos relevante y a ejemplificar los valores que nos caracterizan como comunidad, entonces esas placas ahora inexistentes valen mucho más de lo que cuestan.

La Voz de Asturias, 6-4-2022 





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viernes, 11 de marzo de 2022

250. ESTACIÓN DE GIJÓN - ROSARIO DE ACUÑA

 

En los inicios del presente mes,  Raquel Sánchez Jiménez, ministra de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, dio a conocer que el Gobierno del que forma parte tiene intención de modificar la nomenclatura de algunas de las principales estaciones ferroviarias de España, que a lo largo de este año se propone ponerles nombres de mujeres a las que la historia «ha invisibilizado». Pocos días después en Gijón se puso en marcha una iniciativa para conseguir que la estación de ferrocarril de Gijón fuera una de las incluidas en la lista del Gobierno y pasara a denominarse oficialmente ESTACIÓN DE GIJÓN - ROSARIO DE ACUÑA.

Como no podía ser de otra manera, este espacio dedicado a esta ejemplar mujer se suma a esta iniciativa dedicando este comentario, que hace el número 250 de los publicados, a reproducir el texto de la petición que ha sido publicada en la plataforma change.org. Dice así:


Imagen que ilustra la campaña de firmas para lograr que la estación de ferrocarril de Gijón pase a denominarse ESTACIÓN DE GIJÓN -ROSARIO DE ACUÑA

 

Parece ser que el Gobierno pretende cambiar la denominación oficial de varias estaciones de la red ferroviaria para ponerles nombre de mujer. ¿Qué mejor nombre para la de Gijón que el de una ilustre gijonesa cuya memoria, sepultada durante décadas, ha sido al fin rescatada del olvido? 

Rosario de Acuña (Madrid, 1850 – Gijón, 1923) nació madrileña pero quiso ser gijonesa: en Gijón vivió la última etapa de su vida y en su cementerio civil está enterrada. La suya fue una vida intensa y ejemplar. Lo abandonó todo, la confortable vida que su nacimiento le había deparado, la prometedora carrera que como poeta y dramaturga le auguraban tanto la crítica como el público, y lo hizo para convertirse en una tenaz defensora de la libertad de conciencia, en una incansable luchadora frente a la superstición y el oscurantismo, contra la postración de la mujer y en defensa de los más desfavorecidos, labor en la que alcanzó un protagonismo como pocas mujeres tuvieron en la España de la época. 

En Gijón se reafirmó su compromiso social. No se podría hablar de su etapa gijonesa sin mencionar el decidido apoyo que dispensa a quienes más sufren y padecen: los presos, las mujeres agredidas, la infancia sin futuro, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en la Guerra de Marruecos o en las trincheras europeas de la Primera Guerra Mundial… El día de su entierro, buena parte del pueblo gijonés se echó a las calles para acompañar en agradecida procesión a su ilustre convecina. Años después una de sus dirigentes escribió no menos agradecida lo que sigue: «Recordamos con admiración su trabajo, sus reivindicaciones laborales, políticas y sociales, su obra artística y literaria. Su memoria se perpetúa desde el cariño, la admiración y el reconocimiento, manteniendo vivo su pensamiento feminista que ha contribuido a hacer de Gijón la ciudad que hoy es». 

Razones no faltan (véanse más en www.rosariodeacuna.es ⇑) para que la estación de ferrocarril gijonesa pase a denominarse Estación de Gijón – Rosario de Acuña


Hasta aquí el texto que da soporte a la campaña. Solo queda por añadir que quienes quieran sumarse a esta petición con su firma no tienen más que pulsar AQUÍ (⇑)





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lunes, 28 de febrero de 2022

249. «Rosario de Acuña. Una gloria menospreciada»

 

 Roberto Castrovido (1)  


Quiero en este tercer aniversario de la muerte en Gijón de la gran mujer, dedicar unas líneas a su memoria. Nunca más oportuno el recuerdo.

Si doña Rosario en vez de nacer en Madrid y de  ser su linaje castizo, clásico, patriótico, hubiera nacido en Cuba, como equivocadamente supuso y dijo en verso y en prosa José Martí (⇑), sería reverenciada, exaltada su memoria. Era española, muy española, honra de su raza –admitiendo la clasificación etnográfica–, descolló en el teatro, en la poesía lírica, en el periodismo, fue una conciencia pura, un carácter entero (no escribo el adjetivo «varonil» por no ofenderla), una idealidad abnegada, un alma grande en cerebro poderoso y una tierna, dulce sensibilidad.  

Madrid no la ha consagrado siquiera la denominación de una calle. Nació aquí en la que llaman de Fomento (2). Se la regatea el mérito por ignorancia y por maldad.

 

Fragmento del escrito publicado en El Noroeste (6/5/1926)

Su aparición y los primeros pasos de doña Rosario de Acuña en el camino de la belleza literaria fueron saludados por el Duque de Rivas, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Echegaray, Núñez de Arce, Antonio Sánchez Pérez. El hijo del gran actor, de don Victoriano Tamayo, creador del protagonista de Un drama nuevo ha recordado hace poco en una efemérides teatral el estreno de El padre Juan en el teatro de la Alhambra. La autora de Rienzi el tribuno después de no pocos disgustos pudo ver representado su «padre Juan». Asistí al estreno, uní mis aplausos a los de un público entusiasta. La autoridad con menguados pretextos, impidió las representaciones (3) . La autora era de la cáscara amarga, ya la tenían en el Índice; desde entonces hasta más allá de la tumba no han cesado de perseguirla. 

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes, Lozano, García Vao, Constantino Miralta, Salvador Sellés, Dorado, Odón de Buen y Francos Rodríguez en Las Dominicales del Librepensamiento. Una mujer, ¡qué escándalo! En 1884 se tenía en España todavía un concepto pobrísimo de la mujer. Era considerada bestia de trabajo o flor de deleite. El Derecho Romano y el Corán eran sus códigos. Por la costumbre se la esclavizaba todavía más que por la Ley. Todavía subsiste el bochornoso artículo penal que asegura la impunidad al parricida, padre o marido, que asesina a su hija o mujer. A ésta solo le era lícito la reclusión, ya en el hogar ya en el convento. Había retroceso, que no progreso, cuando vívía doña Rosario de Acuña respecto a los siglos XV y XVI y aún del XVIII.

Esta gran mujer, como sus contemporáneas o inmediatas antecesoras, Concepción Arenal, Rosalía de Castro, había de luchar no solo contra la ignorancia y contra las dificultades inherentes al dominio de una disciplina, de una técnica literaria o científica, sino contra la hostilidad de las gentes, contra la aspereza del medio. Marimachos, marisabidillas, bachilleras se llamaba a las pensadoras, a las poetisas, a las escritoras. De una de ellas, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, dijo Nicasio Gallego: «¡Es mucho hombre esta mujer!», masculinizándola para elogiarla. Hoy que llenan las aulas de institutos y universidades las mujeres, que acuden a las oposiciones, que trabajan en oficinas y talleres, que van solas por las calles, no se comprende lo que era para una mujer descollar, como una personalidad firme, en la literatura. 

Centuplicó la dificultad para Rosario de Acuña el ser no una poetisa más, sino una singular pensadora y el colocarse fuera de las naves del templo no, como otros, vistiendo las imágenes y adornando los altares, género de ocupaciones bien quistas que proporcionan honor y provecho a las que las realizan. 

Rosario de Acuña pensó por sí misma, lo que ya fue singular, y osó sin miedo y sin tacha manifestar lo que pensaba, hazaña comparable a lo heroico. Arrostró burlas, desafió prejuicios, soportó quebrantos, dio cara a las persecuciones y no se rindió ni a la calumnia, ni a la prisión, ni al destierro. Sincera, ¡firme siempre!, fue ejemplo. 

La claudicación le habría abierto las puertas de teatros, palacios, salones. No claudicó. Con simular renuncias y mentir ideas en vida habría sido rica y respetada, glorificada en muerte. Tuvo que refugiarse a la orilla del mar en Santander primero, en Gijón después. Se la bloqueó, se le negó el fuego y la sal; se azuzó contra ella a los perros negros fanáticos e ignorantes; se la calumnió, se la procesó, se la desterró, no se la dejó morir en paz y, muerta, se le regatea la gloria, se pellizca en su corona de laurel, se la niega, se la cuenta en montón con escritores de poco fuste y se desconoce, o se aparenta desconocer, que solo tiene par con doña Concepción Arenal, que la excede en el vigor científico de su campaña, no la sobrepasa en cuanto prosista. Poetisa era la Acuña, no la Arenal. 

Una de las más ruines consejas que contra la buena fama de doña Rosario de Acuña se pusieron en circulación con siniestro fin, fue la de suponerla enemiga de la juventud escolar y su procaz injuriadora. A la puerta de la Universidad Central se agruparon, no recuerdo por cuál circunstancia, los escolares que no entraban en clase (4) . Acertó a pasar por la calle de San Bernardo una muchachita a la cual requebraron. La jovenzuela escapó corriendo y llorando, como ninfa perseguida por los sátiros. Los periódicos de Madrid refirieron el suceso. Leyó la noticia doña Rosario y en defensa de la mujer y recordando acaso que ella había sido y era perseguida como una cierva por los perros y los cazadores, perseguida por fariseos, juristas, levitas y malos pastores, puso su pluma en defensa de la mujer y de la juventud escolar, y en contra de los errores educativos, de los padres indignos de serlo y de los catedráticos chambones, egoístas, traficantes en libros de texto, atentos únicamente a su conveniencia, incapaces de enseñar al alumno lo que no tienen: educación, dignidad, desinterés, altruismo, solidaridad, las virtudes que adornaron a don Francisco Giner de los Ríos. 

Inflamada su santa, generosa ira, escribió en El Progreso su famoso artículo que la chusma interpretó solapadamente, interesada en encismar a la escritora con los estudiantes. Los pocos de estos que leyeron el artículo comprendieron la sana intención de la escritora y echaron de ver que nada iba contra ellos, sino contra vicios de educación y de enseñanza que harto conocían y sufrían. Pero la mayoría no leyó el artículo, ni se enteró por sí, sino que fue mañosamente soliviantada, torpemente enterada e impulsada contra la mujer que maternalmente los quería y procuraba corregirlos. Contra doña Rosario se amotinaron los estudiantes hostigados por malos profesores y por gente sin conciencia. Los de París amotináronse contra Emilio Zola. La juventud, ciega, generosa, materia propicia a la moldeadura, fue en Francia y en España vilmente engañada y explotada. Se la convirtió en proyectil. Conseguido lo que quería la legión enemiga, se procesó y se hizo huir a doña Rosario de Acuña. 

Confío en que la juventud, cuando conozca a doña Rosario de Acuña por sus obras, será la primera en el entusiasmo hacia una pensadora que albergó en su mente ideas nobles, sanas, beneficiosas para la humanidad, contrarias a la guerra, a la superstición, la ignorancia y la injusticia, y que acertó a sembrar en las inteligencias, ya con punzante reja de arado, profundamente, ya a volteo con arte bello de poeta y de prosista. 

Doña Rosario de Acuña es una figura intelectual y literaria que honra a su tiempo y a su patria, que debe de ser orgullo de su sexo, y vergüenza, humillación, de los hombres dúctiles, maleables, ocultadores de sus ideas, esclavos de sus vanidades y de sus egoísmos, serviles, aduladores, terceros del abuso, cómplices de las injusticias, emplomados con todas las debilidades y flaquezas que ellos en su orgullo proclaman mujeriles. 

Hombres flacos, sin sexo, atiplados cantores de todas las Sixtinas, arrollaos ante la gran mujer espejo de virtud, ejemplo de entereza, fuerte en su conducta, bella en las manifestaciones de su arte. 

¡De rodillas, eunucos!

Madrid - Gijón, 1926

 

El Noroeste, Gijón, 6/5/1926

 

Notas

(1)  Roberto Castrovido (Madrid, 1864-México, 1941) fue periodista de dilatada carrera y una figura destacada del republicanismo español. Tras iniciarse como redactor en algunos periódicos federales barceloneses, se trasladó a Santander donde dirigió La Voz Cántabra y más tarde a Madrid, donde fue director de El País desde 1904 a 1921. Se inició como diputado en 1912 (Partido Republicano Federal) y revalidó su acta en las elecciones de 1916, 1918, 1919 y 1931 como integrante de las diferentes coaliciones electorales formadas entre republicanos y socialistas. En cuanto al origen de su amistad con Rosario de Acuña, bien pudiera situarse en los años noventa, ya en Madrid (dice en este escrito que acudió al estreno de El padre Juan), ya en Cantabria, pero tendremos que esperar hasta la segunda década del siglo siguiente para contar con documentos que la constaten fehacientemente. En cualquier caso, él será una de las personas que más batallaron por preservar la memoria de su amiga. Además del presente escrito, de su pluma salieron algunos de los más sentidos recordatorios: «También era mucho hombre esta mujer» (⇑), «Rosario de Acuña. En muerte como en vida» (⇑), «Las calles de doña Rosario y el marqués de Comillas» (⇑)...

(2) A pesar de que Castrovido dejó escrito que Rosario de Acuña había nacido en Madrid (y que lo había hecho en la calle que «llaman de Fomento»), durante muchos años se escribió que lo había hecho en Cuba, en Cantabria o en Pinto. También que 1851 había sido su año de nacimiento. Hubo que esperar un tiempo hasta que pudimos contar con un documento (⇑) que probaba que, tal como dijo Castrovido,  había nacido en Madrid y lo había hecho el 1 de noviembre de 1850.

(3) En el comentario «194. La batalla de El padre Juan» (⇑) se da cuenta de lo sucedido con la preparación, estreno y suspensión gubernativa de esta obra.

(4) Ciertamente,  aunque sí menciona las consecuencias, no recuerda Castrovido muy bien cuáles fueron las circunstancias que dieron lugar a la publicación de «La jarca de la Universidad». De unas y de otras  se da cuenta en «134. Proceso, exilio e indulto» (⇑) .





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domingo, 12 de diciembre de 2021

248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete

 

A pesar de que España se mantuvo oficialmente neutral en la devastadora guerra que asolaba a Europa, la vida se fue haciendo más dura para buena parte de su población como consecuencia de aquel conflicto que años después se denominó Primera Guerra Mundial. El aumento de la actividad económica, provocada por una mayor demanda de aquellos productos que habían dejado de producir los países en guerra, derivó en un descontrolado proceso inflacionario: las constantes subidas de precios se comían rápidamente los aumentos salariales. La carestía de las subsistencias azuzó el descontento social, hasta el punto de que en el seno de los dos sindicatos mayoritarios se fueron abriendo paso las propuestas más contundentes.  Con el objetivo de forzar al Gobierno a intervenir en el control de los precios, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores acordaron convocar una huelga general de veinticuatro horas. Fue la primera de este tipo en España y tuvo lugar el 18 de diciembre de 1916 con altas tasas de seguimiento (en algunas ciudades solo abrieron las farmacias y los estancos). Animados por  el éxito obtenido, los sindicatos empiezan a pensar en la posibilidad de convocar una huelga general indefinida si las autoridades gubernamentales no se avienen a sus peticiones.

Como si la unidad mostrada por la clase trabajadora hubiera provocado reacciones balsámicas en su ya cansado organismo, Rosario de Acuña parece encarar el nuevo año con renacida esperanza, dispuesta a continuar interviniendo en la tribuna pública, dando por terminado el voluntario silencio que siguió tras el regreso de su exilio portugués. El año empieza, en efecto, con una mayor presencia en la prensa amiga de lo que ha sido habitual en los últimos tiempos, pues a sus propios escritos hay que añadir aquellos otros que se ocupan de su persona, bien para alabar su trayectoria vital («Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie…»), para sumarse a la propuesta de convertirla en miembro de la Academia Española que públicamente realiza Castrovido en El País; o la elevan a la categoría de ejemplo vivo de la heterodoxia («es muy conocida en todos los centros intelectuales donde haya un poco de arte y un mucho de revolución»).

En cuanto a los que ella publica, tal parece que están cargados de una renacida radicalidad, lo cual debió de poner nervioso a más de uno en un momento en el que militares, fuerzas de la oposición y sindicatos están poniendo en evidencia la descomposición del sistema político de la Restauración. No duda en reafirmar su antiguo republicanismo, arremeter contra «las fuerzas reaccionarias» en las que «renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados»; o tomar partido por los países aliados que están haciendo frente en las trincheras europeas a quienes defienden «la regresión hacia ideales gastados, desmenuzados, inútiles ya para el camino de progresión». Se posiciona, de forma y clara y rotunda,  frente a las fuerzas que sustentan al Gobierno o, quizás mejor, al lado de quienes pretenden derribarlo.

Probablemente sea el artículo que aparece en El Noroeste el 12 de mayo con el título «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado en los círculos regionales de poder. Se trata de un escrito en el cual, dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», les impele a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos en la región, pues bien parecen que están alentando a que convoquen esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Tampoco debió de pasarles inadvertida su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición, y del cual la escritora dio cumplida cuenta en el artículo «Ráfagas de huracán» que publicó el semanario madrileño El Motín.

 José Uría y Uría: Después de la huelga (Museo de Bellas Artes de Asturias)

La llamada pública a la unión de las fuerzas «de izquierda»  es lo que en aquella primavera de 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas ante todo lo que pudiera estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se para de hablar. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid. En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. Buscaban panfletos, pasquines... las «proclamas de Marcelino Domingo», el mismo diputado socialista que, tan solo unos días antes y en las páginas de El Noroeste, había planteado que nuevos hombres, desligados de los partidos en turno, asumieran la dirección del Estado y dieran paso a un proceso constituyente. No encontraron nada, tan solo la contundente respuesta de la dueña de la casa: «Yo no necesito leer proclamas, si acaso las escribiría».   

Unos días antes del registro, los ferroviarios de Valencia habían iniciado una huelga que precipitará los acontecimientos: el Gobierno declara el estado de guerra, la Federación Nacional de Ferroviarios anuncia que si los trabajadores valencianos no son readmitidos convocará a todos sus afiliados del país a una huelga general para el 10 de agosto, la empresa no cede... La huelga de los ferroviarios sorprende a los dirigentes ugetistas trastocando el plan acordado con la CNT. A pesar de considerarla prematura, la UGT, que no podía dejar abandonados a los ferroviarios, decidió convocar una huelga general indefinida que se iniciaría el lunes 13 de agosto. Aunque las circunstancias no eran las más convenientes, pues quedaban muchos aspectos por debatir y muchos temas por concretar, no había marcha atrás y la huelga debería de ser general y revolucionaria y así lo hizo saber el comité de huelga en el manifiesto publicado el día anterior: no cesaría «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno (que al decir de algunos habría precipitado los acontecimientos para no dar tiempo a los sindicatos a organizarse convenientemente) detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas, dando por restablecido el orden cinco días después, aunque se mantuvo activa en Asturias algunas jornadas más. Dispuestos a acabar con aquel último reducto huelguista, los regidores gubernativos no quisieron dejar ningún cabo suelto. En la madrugada del 22 de agosto varios guardias civiles se presentan de nuevo en la casa de doña Rosario, uno de ellos, de paisano, armado de pala y azadón: venían a cavar en busca de  «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado. 

Aunque aquellos intempestivos registros no hacían más que confirmar que su nombre volvía a estar en el punto de mira de los celosos guardianes de la ortodoxia, aunque lo más sensato y razonable hubiera sido, por tanto, alejarse de la primera línea de confrontación, ella no podía hacerlo sin antes saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido  detenidos, sometidos a un consejo de guerra bajo la acusación  de sedición y condenados a cadena perpetua. El domingo 25 de noviembre acude a la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero: en la cárcel también estaba encerrada la esperanza que había depositado en la clase trabajadora, ansiaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso.

Lejos han quedado los tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Las dificultades económicas por las que atraviesa en los últimos años de su vida van a situarla al lado mismo de los más necesitados, con quienes compartirá estrecheces y penalidades, anhelos e ilusiones. Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!». De ahí que tras aquella huelga general, también está más próxima a aquellos que encabezan la lucha.

La madrileña Agrupación Feminista Socialista, tras enterarse por la prensa de los registros, hace pública su enérgica protesta contra semejante tropelía, al tiempo que manifiestan su admiración por la librepensadora y su deseo de contar con ella «para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación». Tiempo después, al aproximarse el aniversario de la huelga, los socialistas quieren contar con su testimonio para hacerlo público en el órgano del partido obrero y doña Rosario no puede menos de manifestar en las páginas de El Socialista cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. Tras varios días de horrores y de martirios, de correr sangre por ciudades y campos, la Semana Roja dio paso a una revolución blanca, una serie de leyes «liberales, progresivas, emancipadoras». No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias:

«De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas».




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jueves, 25 de noviembre de 2021

247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel

 

16 de enero de 1923. Hace ya unas horas que la noche se ha adueñado de la bahía gijonesa. Las escasas personas que por entonces transitan por las proximidades del Muro de San Lorenzo se ven sorprendidas por la presencia de un hombre que, dando muestras de una gran excitación, corre en dirección a Cimadevilla, descalzo y completamente empapado en agua. Cada poco, sale una exclamación de su boca, cada vez más desalentada y fatigosa: « ¡Salvadlos!, que se mueren». 

Sin esperar respuesta alguna, continúa corriendo hasta llegar al establecimiento de Manuel Loché, situado en las proximidades de la capilla de los Remedios. Nada más traspasar el umbral del chigre se deja caer en un banco, extenuado. No cesa de repetir una y otra vez aquella imperiosa petición: « ¡Salvadlos!, que se mueren».

El recién llegado era bien conocido por los presentes, habituales del local. Se trataba de Santiago Aspillaga, Santi, patrón de la goleta Nuestra Señora del Carmen y que solía alojarse en aquel establecimiento cada vez que arribaba a la villa. Tras unos breves instantes, los necesarios para recuperar el aliento, pudo contar lo ocurrido. El velero, de doscientas cincuenta toneladas y matrícula de San Sebastián, hacía la ruta de Zumaya a Gijón con un cargamento de cemento para ser descargado en la consignación de la Junta de Obras del Puerto. Cuando ya divisaban la playa de San Lorenzo, la fuerte marejada hizo imposible el control del buque, arrastrándolo contra los acantilados de El Cervigón, donde quedó encallado con sus seis tripulantes a bordo. El patrón, viendo que en aquella zona no había nadie que pudiera ayudarlos, decidió lanzarse al mar para intentar llegar a nado hasta tierra y pedir auxilio.

Rafael Monleón y Torres: Un naufragio en las costas de Asturias (1875), Museo del Prado

Tras escuchar con atención su relato, los parroquianos se organizaron presurosos: unos pocos se encaminaron a alertar a las autoridades y a los prácticos del puerto, los más se dirigieron hasta el lugar donde se encontraba la goleta. Al llegar al alto de El Cervigón, entre la negrura de la noche acertaron a ver el velero encallado a pocos me-tros de la costa. ¡Allí estaban! Las llamas de la hoguera que no tardaron en encender y los gritos de llamada obtuvieron la ansiada respuesta: ¡Estaban vivos! Los tripulantes encaramados en uno de los palos del navío contestaron alborozados… Eran las primeras horas de la madrugada, el temporal arreciaba y el embravecido mar estrellaba inmisericorde sus olas contra el muro de roca. No cabía otra cosa que esperar.

 Los murmullos se acallaron de pronto. En uno de sus persistentes embates, el mar partió la popa del buque y el palo mesana cayó al agua arrastrando consigo a los marineros que en él se encontraban. Ante la gravedad de la situación, dos jóvenes se ofrecieron a descender al fondo del acantilado por unas cuerdas que alguien había traído de una casa próxima. Armados tan solo con unas lámparas de carburo consiguieron, al fin, rescatar con vida a dos de los náufragos, que fueron trasladados a la casa de Rosario de Acuña, próxima al lugar.

* * *

 Cuatro décadas atrás la primacía portuaria de Gijón estaba en cuestión y son muchas las voces que afirman que el puerto gijonés se ha quedado pequeño. En 1879 Fernando García Arenal, hijo de la ilustre Concepción Arenal y a la sazón ingeniero de la Junta del Puerto, presenta un proyecto para su ampliación. Hay quien piensa, en cambio, que la mejor opción para entrar en la modernidad es construir un puerto nuevo, en la ensenada de El Musel. Tras no pocas discusiones, esta última opción es la que obtiene el apoyo de las autoridades ministeriales, y en el mes de julio de 1889 el ministro del ramo firma el decreto que da vía libre a la construcción del nuevo puerto. Unos cuantos años después y con ya muchos millones empeñados en la obra, El Musel abre la puerta a una modernidad inimaginable por entonces: graneleros, espigones, petroleros, portacontenedores, toneladas por millones, cruceros, plantas regasificadoras, quimiqueros, nuevas ampliaciones…

* * *

 Las voces de llamada alertan a quienes dormitan en el interior de aquella solitaria casa. Rosario de Acuña, que habita en el piso de arriba, insta por el hueco de la escalera a Carlos (« el pariente que, hace ya muchos años, se arrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa») a que abriera pronto la puerta. Sin apenas dar tiempo a que terminaran de explicarse, doña Rosario atiende solícita a los recién llegados. Realiza las primeras curas a los heridos, reparte ropas de abrigo, se enciende un fuego… El café y el coñac que les han servido también ayudan. Y las palabras de aliento y apoyo que les dedica su anfitriona. Poco a poco los náufragos van recuperando el aliento y la calma. Cuentan a los presentes, entre los que se encuentran periodistas de La Prensa y El Noroeste, detalles de lo ocurrido.

 Lo que no saben entonces, no pueden saberlo, es que unas horas más tarde será rescatado el contramaestre del buque, quien, habiendo permanecido amarrado durante horas al botalón, terminó por lanzarse al mar cuando la marejada empezaba a amainar. También desconocen que sus otros dos compañeros no corrieron la misma suerte: el mar apresó los cuerpos de los dos tripulantes del velero que ejercían las funciones de cocinero y de fogonero, vecino este último del gijonés barrio de La Calzada y padre de tres hijos y una hija. La noticia de estas muertes envolvió de tragedia la villa gijonesa.

 Aunque la mayoría parece asumir con resignado dolor este nuevo zarpazo del inclemente océano, Rosario de Acuña no se resigna, no se calla. No lo hizo años atrás al conocer la agresión sufrida por una alumna de la madrileña Universidad Central. A pesar de que aquel escrito en el que arremetió contra los agresores le obligó a exiliarse en Portugal, tampoco se quedó callada al enterarse de que algunos trabajadores eran tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretendían anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma. A pesar de sus ansias de vivir los últimos años de su vida en paz y tranquilidad, su pluma tampoco podrá permanecer envainada ahora, cuando llaman a su corazón las víctimas de la insensatez gobernante.

 Doña Rosario, indignada por aquellas muertes, escribe un duro artículo reclamando de las autoridades la adquisición de cuanto material de salvamento marítimo sea necesario, cuyo coste no supondría más que unas migajas del dineral que desde hace años se lleva sumergiendo en el mar para construir el nuevo puerto de Gijón, que, al fin y al cabo, no hará más que enriquecer a los que ya son ricos. Con «algunas rebañaduras» del ingente capital invertido en las obras, con todos los millones que desde hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡gran puerto de El Musel!! bien pudiera tener siempre dispuesto «un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo…» y «hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS» que estuvieran prestos al auxilio de los náufragos.

 A pesar de que en su escrito no se olvide, no, de quienes, arriesgando sus jóvenes vidas, salvaron las de los dos náufragos, para ella el meollo del asunto está en el abandono en el que se encuentran los trabajadores que por un escaso jornal arriesgan su vida a bordo de un barco. Para los primeros, a quienes rinde público homenaje de admiración y respeto, acreedores como son a tener «Alteza» y «Santidad», pide una distinción acorde con sus méritos: « ¡Que venga la cruz de Beneficencia al pecho de estas altezas imberbes…!». Para quienes deben ganarse su sustento en el mar, tan solo una cosa: ¡Justicia!

 Pocos meses después, tendría de nuevo ocasión de hablar de todo ello. Como ya vie-ne siendo habitual en los últimos años, en la tarde del Primero de Mayo grupos de obreros, en silenciosa excursión, se dirigen hasta su casa para rendirle un sencillo homenaje de respeto y admiración. Con ellos confraternizó en amigable charla, hablando del pasado más reciente y del incierto futuro que amenazaba con nuevos padecimientos a los que ya padecían. A tenor de lo que dejó escrito uno de los presentes, tal parece que el análisis que realizó en aquella ocasión, (que resultó ser la última vez que se reunía con ellos, su último Primero de Mayo, pues tan solo unos días después algunos de los que allí estaban volverían a El Cervigón para acompañar su cadáver hasta el cementerio civil de El Sucu) fue del todo clarividente. En opinión de aquella veterana luchadora tan solo había una salida: la unión de los de abajo, de los de tercera, de quienes malviven con el fruto de su trabajo:

 «A ver, amigos socialistas –nos decía– únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; únanse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo...»

 

La Voz de Asturias, 11/11/2021

 

 



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jueves, 11 de noviembre de 2021

246. Remendando pingos para estar sin la indecencia del jirón

 

Primavera del año 1920. A pesar de que en noviembre del año anterior ha cumplido los sesenta y nueve, no para de trajinar, y desde bien temprano ocupa buena parte de sus horas en fregar, barrer, cocinar, lavar, remendar... En la casa de El Cervigón la bolsa no está para muchas alegrías, menos aún después de que los años pasados en el exilio portugués se hubieran llevado buena parte de los ahorros, tanto fue así que, a su regreso, no tuvo más remedio que hipotecar la casa, su único patrimonio. Desde entonces, no le queda otra que milagrear con los diecinueve duros que cobra de pensión para –además de todo lo demás– pagar el importe de los réditos. Todo por arremeter con palabras contundentes contra los agresores de una estudiante de la madrileña Universidad Central.

No es de extrañar que la llegada de aquellas mil pesetas fuera recibida como lluvia en tiempo de sequía, por más que aquellos doscientos duros no cayeran del cielo. No se lo podía creer, y se lo tuvieron que explicar. De acuerdo con la disposición testamentaria del librepensador malagueño Antonio Martín Ayuso, cada año se entrega esa cantidad de dinero a aquellas personas o sociedades que, habiéndose distinguido en su lucha contra el clericalismo y el fanatismo, «más hayan comprometido sus intereses o su porvenir en tal empresa». Ese año, la elegida es Rosario de Acuña que había sido propuesta por José Nakens, director de El Motín, en virtud de su larga trayectoria en defensa de la libertad de pensamiento. La destinataria, que no tenía noticia alguna de la existencia de tal legado, se apresura a escribir una carta en la cual, además de agradecer el donativo, procede a dar cuenta pormenorizada del destino que tuvieron cada uno de los duros recibidos.

Diego Velázquez: Vieja friendo huevos, 1618 (Galería Nacional de Escocia, Edimburgo)
Lo primero que hizo fue pagar lo que había comprado al fiado, empezando por las cosas del comer: «Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden la de vaca». La enumeración de productos con los que abastece su cocina viene a confirmar la penuria en la que vive por entonces, pues no parece que su alimentación fuera muy variada: de legumbres, las judías; ninguna mención al pescado; en cuanto a la fruta y a los huevos, cabría confiar en que siguiera teniendo un gallinero y contara con algún que otro árbol en su finca. En cualquier caso y a la vista de lo que ella misma cuenta, con esta lista de comestibles se las consigue apañar, con algo de ingenio y buena mano: «como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre...».

Ciertamente, el del exilio no fue el único episodio de su vida que se saldó con un quebranto económico. Quizás el más reciente fue el que padeció algunos años antes, cuando vivía en la localidad cántabra de Cueto. Casi sin tiempo para encontrar una nueva vivienda, fue desahuciada de su granja avícola (⇑), en la que había puesto todas sus ilusiones, a la que había dedicado toda su dedicación durante cuatro años, en la que había invertido los ahorros de toda su vida. Y eso que en aquella ocasión ni siquiera había abierto la boca. Sucedió tras conocerse el éxito que había logrado, cuando la prensa santanderina se hizo eco de la medalla de plata que obtuvo en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en el año 1902. Al parecer, la noticia de aquel galardón que premiaba su trabajo como avicultora, llegó a oídos de la dueña de la finca donde estaba instalada la explotación, «feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander». Fue entonces cuando la propietaria debió de darse por enterada de que tenía como inquilina a «una hereje» y fue entonces cuando, horrorizada por tamaña vergüenza y deshonor, la obligó a abandonar la finca: «me arrojó de ella (por cierto sin darme más que quince días de término para desalojarla), sin duda para tener más seguro el paraíso, y sin que me valieran las tres mil pesetas que había gastado en gallineros, cobertizos, etcétera, y aún tuve que derribarlo todo para dejarlo a gusto de ella… y del canónigo».

Por más que las tres mil pesetas que allí quedaron sepultadas constituían para ella todo un dineral (el equivalente a más de tres años de su pensión de viudedad), cierto es que la pérdida de entonces no puede ser comparable con la ruina ocasionada por su obligada estancia en territorio portugués una década después. Conviene no olvidar que durante los dos años de exilio no tuvo más que gastos (alimentación, alojamiento, transporte, ropa...), habida cuenta de que, por evidentes razones procesales y geográficas, le fue imposible cobrar ni una sola mensualidad de la pensión de viudedad que tenía asignada. Por si aquella sangría suelta no fuera suficiente, aun habría de llegar la noticia de un descuadre mayor en el ya muy maltratado libro de caja. Al poco tiempo de haber regreso a su casa gijonesa del acantilado –lo cual no hizo hasta haberse asegurado que estaba incluida en el indulto concedido por el Gobierno para los delitos de imprenta– se enteró de que el resto de sus ahorros había desaparecido, se había volatilizado en el proceso de suspensión de pagos por el que se adentró la empresa promotora de la Ciudad Lineal en el verano de 1914. 

Su interés en aquella iniciativa urbanística habría que situarlo en sus mismos comienzos, en los primeros años noventa del siglo anterior, coincidiendo con su obligada mudanza de Pinto a su Madrid natal, para curarse de unas fiebres palúdicas que la pusieron al borde de la muerte.  El proyecto  del ingeniero Arturo Soria se configura ante sus ojos como una atractiva alternativa a la insana vida ciudadana, de la que ha huido años atrás para recuperar el contacto con la naturaleza.  La luz de la razón al servicio del bienestar de los humanos: construir una ciudad nueva con calles anchas, manzanas de viviendas aisladas y separadas unas de otras por una masa de vegetación, «canalizaciones de agua, luz, calor, fuerza y electricidad», espacios reservados para los edificios de carácter colectivo, y perfectamente estructurada por una doble vía de ferrocarril que la habrá de unir al centro de Madrid. 

Tanto debió de agradarle aquella iniciativa que decidió apoyarla económicamente, quizás con una parte del dinero obtenido con la venta de su casa de Pinto. Lo cierto es que, como ella nos contará más tarde, dejó sus buenas pesetas en la Compañía Madrileña de Urbanización, la empresa promotora de la Ciudad Lineal, probablemente a cambio del derecho a percibir un lote de terreno en la futura urbanización. Pero claro, una cosa son los proyectos y otra muy distinta el proceso para su ejecución: como quiera que la empresa no contara con grandes accionistas  se vio obligada a recurrir a los pequeños ahorradores ofreciéndoles intereses atractivos, hasta el punto de que el pago de los mismos se llevaba una parte considerable de los ingresos, de suerte tal que para atender sus compromisos financieros precisaba la llegada de nuevos depósitos. Llegó un momento en el cual los gastos superaron a los ingresos, la empresa se declaró en suspensión de pagos y los ahorros de Rosario de Acuña pasaron a ocupar un espacio en el limbo de las finanzas.

Con la hipoteca de su casa a cuestas y sin un duro en el bolsillo, resulta que tampoco puede echar mano de aquel dinero. No hay más. De posibles herencias no sabemos otra cosa que lo que ella misma nos ha dicho: «Dos veces, en mi vida, vino a mis manos, por herencia, cantidad cercana a esta cifra y la rechacé». Quizás la ayuda económica de su madre y de su padre la recibiera en vida; tal vez fue, precisamente, el dinero para comprar la casa de campo en Pinto, el mismo que  se había volatizado con la suspensión de pagos de la Compañía Madrileña de Urbanización. Aparte de esa posible donación, tan solo atesora algunos objetos familiares, algunas joyas, convertidas ahora en dolorosa fuente de ingresos, prenda de un préstamo, que ahora puede recuperar con las mil pesetas del legado del difunto Ayuso: «Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre». 

Así estaban las cosas. Disponía de poco más de tres pesetas diarias, y con esa cantidad tenían que vivir...  ¡dos personas! Porque el pariente que «habitaba en el piso bajo de la casa» no aportaba ningún dinero. Nada. Confieso que cada vez que leo esta carta de doña Rosario se me revuelven las neuronas. No alcanzo a entender que, al menos en esta situación de absoluta necesidad, el tal Carlos Lamo Jiménez (dieciocho años más joven que ella, licenciado en Leyes y gozando de buena salud) no hiciera lo posible por encontrar un trabajo remunerado. En fin, como respecto al tipo de relación que mantenían ya he escrito un comentario anterior (⇑), no es cuestión de volver sobre el asunto. El caso es que en aquella casa se vive con estrecheces (ella lo llama «seminecesidad») y que las penurias económicas por las que pasaba la ilustre pensadora de El Cervigón no pasaban desapercibidas para sus correligionarios. Tanto es así que aquel mismo años a su casa llegarán otras doscientas cincuenta pesetas, remitidas en este caso por un entusiasta admirador residente en Cuba. Gracias a aquellos ingresos inesperados, bien se puede hacer un exceso: «habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno». 


 



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martes, 5 de octubre de 2021

245. Dos mujeres y un santuario


Emilia Pardo Bazán de la Rúa Figueroa (La Coruña, 1851 - Madrid, 1921) y Rosario de Acuña Villanueva (Madrid, 1850 - Gijón, 1923) son dos coetáneas casi perfectas, dado que sus nacimientos tienen lugar con apenas unos meses de diferencia, y sus muertes se suceden con un intervalo de dos años. No solo vivirán en una misma época, sino que su crianza y educación serán también muy similares. Las dos eran hijas únicas y las dos tuvieron unos padres, y aquí me refiero al progenitor masculino, que creían en la igualdad intelectual de hombres y mujeres, y puesto que ellos son quienes en aquella España (la del Concordato de 1851 y la de la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano) cuentan con la autoridad requerida, son sus padres quienes les franquean las puertas a una educación más abierta.

Será su pasión –compartida– por la lectura la que dejará en ambas una huella más intensa. De los libros leídos pasarán pronto a los escritos, a la escritura creativa, ya sea en prosa o en verso. Luego, lo previsible, pues no tardarán en dar a conocer sus escritos en diarios y revistas. Tras las primeras escaramuzas en la prensa, recibirán los primeros reconocimientos públicos. Será, y ahí encontramos una nueva coincidencia, en 1876. Ese será el año en el que Rosario obtenga el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento tras el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática. Ese será el año en que Emilia obtenga el premio al mejor estudio crítico de las obras de fray Benito Feijoo que se convoca coincidiendo con la celebración del segundo centenario del nacimiento del monje benedictino. El galardón supondrá un impulso a su actividad literaria, pues le va a abrir las puertas de la prensa nacional en cuyas páginas publicará por entonces artículos de divulgación. Gran satisfacción para Emilia que ve ahora reconocidos sus méritos como escritora y madre, pues meses antes ha dado a luz a Jaime, el primero de los hijos de su matrimonio con José Quiroga y Pérez de Deza, segundogénito de una rica familia hidalga y terrateniente, con quien se había casado seis años antes, cuando aún no había cumplido los diecisiete. Emilia ya era madre… Rosario, menos precoz, se había casado en abril de ese año, tras el exitoso estreno de Rienzi, con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra.

Así pues, al finalizar 1876 todo parece indicar que tanto Rosario, con veintiséis años recién cumplidos, como Emilia, que en septiembre cumplió los veinticinco, se han introducido de lleno en el mundo literario sin abandonar por ello sus obligaciones familiares. José Quiroga, el marido de Emilia, es un estudiante de Derecho y su esposa, cómo no, se traslada de La Coruña a Santiago para que su marido pueda continuar sus estudios. Rafael de Laiglesia, el marido de Rosario, es militar y poco después de su boda es destinado a Zaragoza. Y con él, cómo no, se va Rosario (⇑). Todo está de su lado: la tradición, la sociedad, la doctrina católica… las leyes. Tanto es así, tal es su situación de preeminencia que, conociendo lo que habrá de suceder después, resulta razonable preguntarse ¿Aceptaron sin más las exitosas actividades literarias de sus mujeres?

Santuario de Pastoriza (fotografía publicada en 1930)

Lo cierto es que en los primeros años ochenta los dos matrimonios se rompen. Emilia y José se ven de vez en cuando, asisten juntos a algunas celebraciones, se ocupan de forma conjunta del futuro de sus hijos, en especial de la educación de la más pequeña, pero viven separados: él en alguna de las fincas familiares y, no tardando, en el castillo de Santa Cruz, que adquirió por entonces; ella, en la casa de La Coruña o en Madrid. Rosario y Rafael también se separan. En los primeros meses de 1883 el marido se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de Jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto.

Será a partir de ahora, mediados los ochenta, cuando las vidas de Emilia Pardo Bazán y de Rosario de Acuña Villanueva, que hasta entonces habían transcurrido por escenarios tan similares, tomen caminos bien diferentes. Cuentan con una formación semejante, privilegiada para los momentos en los que les ha tocado vivir; se enfrentan a los mismos impedimentos sociales por su sola condición de mujer; adquieren significación entre sus contemporáneos por su actividad, por la labor profesional que desarrollan; critican abiertamente el papel secundario, cuando no de servidumbre, que la sociedad asigna a las mujeres… Pero, cuando no les queda otra que rehacer sus vidas, ambas tomarán distintas direcciones. Tan solo unos años después ya resulta bien evidente la lejanía en la que se encuentran, de manera especial respecto al papel que ha de desempeñar la Iglesia en la vida colectiva. La una, librepensadora –y masona, desde febrero de 1886–, une su voz a la de quienes critican el poder excesivo que ejerce la jerarquía católica en la sociedad española; la otra no duda en defender públicamente el magisterio de la Iglesia frente a los ataques de los anticlericales.

Una coincidencia nos va a permitir constatar lo alejados que por entonces se encuentran sus puntos de vista en relación con este tema. Resulta que con una diferencia de unas semanas las dos van a visitar el coruñés santuario de Pastoriza; resulta también que ambas dejaron escritas las impresiones que tal visita les produce. Emilia acude al santuario en compañía de unas amistades a mediados de junio de 1887. Lo hace para ofrecer a la virgen la corona de laurel y encina que le había regalado pocos días antes el Círculo Mercantil. No tardaron en hallar al párroco, quien, después de rezar y dar un vistazo al templo, les invitó a refrescarse en la rectoral con un excelente jerez. En aquella animada tertulia, en la cual el sacerdote dio cumplida respuesta a cuantas preguntas le hacían sobre la historia del lugar, surgió la propuesta de que doña Emilia escribiese una obra para que los peregrinos y devotos del santuario conocieran su historia, costumbres y tradiciones. «Al pronto el cura se ofreció a publicarla y discurrió que se vendiese a beneficio del santuario». Dicho y hecho. Antes de que concluyera aquel verano salió de la imprenta La leyenda de la Pastoriza, en cuyas páginas la señora Pardo Bazán, además de cumplir sobradamente con lo que se le había pedido, nos da cuenta de algunas impresiones sobre el templo: «El interior revela en cada detalle la actividad y excelente gestión del señor Cortiella: entarimado de madera, cielo raso del cuerpo de la iglesia, pilas de mármol, embaldosado de la capilla mayor, de mármol también, púlpitos de hierro, arreglos de la sacristía y bautisterio, imágenes nuevas de talla, ricos ornatos, y hasta el mullido almohadón de terciopelo y el reclinatorio que disfruté durante la misa, prueban que el lucimiento del culto y aun la comodidad de los peregrinos sibaritas están atendidos con extremo.»

Rosario visita el santuario unas semanas después, a mediados de septiembre. Llega tras haber estado en el de Santa Eufemia en Arteijo (Arteixo), de donde salió conmo-vida por las escenas que presenció, por los rituales que se allí se practican para que los «endemoniados» arrojen de sí al enemigo que los atormenta. El escenario se puebla de gritos e imprecaciones de familiares y romeros que exhortan a aquellos seres que aúllan en el altar mayor para que expulsen los demonios que llevan dentro. Incapaz de aguantar hasta el final, sale de allí despavorida preguntándose si no le produce más asombro lo que ha visto o el hecho de tener la seguridad que todo aquello sucede, como cosa sin consecuencia, con el consentimiento de todo tipo de autoridades. Con el re-cuerdo de estas imágenes bien presentes llega a Pastoriza: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX, el sensual, el erótico, el que se acomoda con la mayor satisfacción entre el sarao, la orgía y la corrida de toros […] Catolicismo afeminado, con el femenino de la vanidad, de la lujuria y de la hipocresía, que coloca en las manos de sus adeptos el voluminoso devocionario de rica encuadernación, y ofrece a sus rodillas el reclinatorio de suave terciopelo y talla de roble…»

Un mismo escenario, dos puntos de vista diametralmente opuestos. Cuando aún no han cumplido los cuarenta, estas dos mujeres –coetáneas casi perfectas, nacidas y cria-das en ambientes y condiciones muy similares– mantienen posiciones antagónicas en materia religiosa, en relación al papel que juega y que ha de jugar la Iglesia en la sociedad española. Y ese diferente posicionamiento tiene el correspondiente correlato en su vida privada.

Rosario traba amistad a finales del ochenta y siete con un grupo de jóvenes que se han asociado en un denominado Ateneo Familiar, al frente del cual figura Carlos Lamo Jiménez, un estudiante de Derecho que por entonces contaba con diecinueve años, y que permanecerá con ella hasta su muerte. Poco sabemos acerca de la naturaleza de esa relación. Cabe suponer que fuera la propia entre un hombre y una mujer que libremente deciden vivir juntos y hacerlo durante tantos años, por más que en el entorno de la escritora no trascendiera nada que así lo diera a entender y Carlos fuera conocido como «sobrino», y Regina, su hermana, como «sobrina». O, quizás, Carlos solo fuera un amigo abnegado y respetuoso; solo el hijo de Micaela y Anselmo, consecuentes republicanos y librepensadores, amigos ambos de Rosario; solo un discípulo que se mantuvo leal a su mentora durante tantos años (⇑).

Por el contrario, de algunos de los amantes de doña Emilia sí que hay constancia. Tal parece que tras su separación hubiera recuperado la esperanza de alcanzar esa felicidad que le ha sido tan esquiva. Liberada de las ataduras matrimoniales, soslayadas las estrecheces religiosas y sociales del momento, nada le impide rendirse a la atracción física –compatible con la literaria, claro está– que pudiera despertarle la presencia de alguno de los autores con los que habitualmente mantiene correspondencia. Si la católica, ultracatólica para algunos, Emilia Pardo Bazán se las arregló para salir airosa cuando la prensa católica arreciaba sus ataques contra la novela naturalista y no faltaban quienes la situaban al borde del pecado, en estas cuestiones de ámbito más íntimo lo indicado era evitar que trascendieran, mantener una exquisita discreción. Al fin y al cabo, es lo que solían hacer algunos de sus colegas y otros prohombres de la patria. Y ello era compatible con la pública profesión de fe, que para eso disponía de las páginas de algunos de los periódicos de mayor difusión. Como ejemplo, Crónica de la Romería, una serie de artículos que escribe en los últimos días de 1887 y los primeros del año siguiente como corresponsal de El Imparcial en el jubileo sacerdotal del papa León XIII. En el que firma en Roma el 3 de enero, escribe: «Sabía que era católica, no que lo fuese tan apasionadamente; no me juzgaba muerta como Lázaro, pero ignoraba que la fibra poseyese tanta elasticidad y respondiese como la cuerda de una lira al contacto del dedo divino».

El 12 de mayo de 1921 muere Emilia Pardo Bazán en su domicilio madrileño, como consecuencia de un proceso gripal que se fue complicando sin remedio. Durante las últimas horas estuvo acompañada de familiares, doctores y del obispo de Madrid-Alcalá. Durante toda la mañana del sábado siguiente se estuvieron diciendo misas por su alma. A continuación, los numerosos asistentes a la luctuosa ceremonia se aprestaron al acompañamiento del cadáver hasta el cementerio de la Sacramental de San Lorenzo. El cortejo, que caminaba tras la hermosa carroza tirada por ocho caballos, estaba integrado por un nutrido grupo de personalidades entre los que se encontraban los representantes de la familia real, varios ministros, aristócratas, diplomáticos, escritores, artistas o militares. En la lápida de la escritora coruñesa tan solo caben unas pocas líneas: «Doña Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa Mosquera y Somoza, Condesa de Pardo Bazán, Terciaria Franciscana, Dama Noble de la Orden de María Luisa, falleció el día 12 de mayo de 1921, a los setenta años de edad».

Casi dos años más tarde, el 5 de mayo de 1923 fallece en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña, a causa de una embolia cerebral que la sorprende realizando tareas domésticas. A su lado se encuentra su fiel compañero Carlos Lamo, el médico que la atiende y Antonio Oliveros, director de El Noroeste, a quien ruegan que no lo haga público, pues así lo había dejado escrito la finada. A pesar de ello, la noticia se propagó por la ciudad. El día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaron ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos: los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros hasta depositarlo en el cementerio civil (⇑)... Por decisión propia, la tumba donde reposan sus restos, no habría de tener «más que un ladrillo con un número o inicial».

 



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