domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

viernes, 18 de octubre de 2019

198. Un drama extraviado


El de 1876 es un año de gran importancia en la biografía de Rosario de Acuña: en abril recibe los parabienes de público y crítica tras el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática; en abril se casa con Rafael de Laiglesia; a finales de junio abandona Madrid para trasladarse a Zaragoza, ciudad a la que es destinado su marido. Grandes cambios en poco tiempo; se agita su cotidianidad y, no sin contratiempos, se va reacomodando a la nueva situación.

En lo que atañe a su incipiente carrera dramática, no parece que el nuevo escenario le resulte favorable. El éxito obtenido por Rienzi (⇑) supone todo un reto para ella. Es consciente de que su primer drama le ha abierto de par en par las puertas que daban acceso a la gloria literaria; también de que franquearlas o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación.  ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Su primer drama ha situado el listón muy alto (⇑). Las dudas acechan; la inseguridad se va abriendo camino. La lejanía de Madrid tampoco facilita las cosas: en su nueva residencia se encontraba lejos, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla; lejos de su padre, que era quien hasta entonces se había ocupado de todo, de promocionar la obra de su hija ante críticos y escritores consagrados, de realizar las gestiones con editores e impresores, de cobrar los derechos de las obras...

Título de la obra extraviada, un drama en prosa y en tres actos

Rienzi le proporcionó, ciertamente,  una «carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada en el Parnaso», pero la obligada mudanza y el nuevo escenario sumaron dificultades a la tarea de consolidar aquella candidatura. Estaba casada, residía en provincias y su representación legal, que anteriormente ostentaba su padre, quedaba en manos de su marido (⇑), a quien legalmente corresponde esa función por razón de matrimonio.  Aunque no parece que fueran esas las mejores condiciones para lograr su consagración como escritora dramática, a esa labor se aplicó con determinación. Tres fueron las obras que salieron de su pluma durante la etapa aragonesa: Amor a la patria, drama trágico en un acto y en verso, estrenado en Zaragoza en noviembre de 1877; Tribunales de venganza, drama trágico-histórico en dos actos y epílogo, también en verso, escrito en la capital aragonesa en 1888 y estrenado dos años más tarde en el madrileño teatro Español; y otra obra, hasta ahora desconocida (al menos para quien esto escribe) que terminó por extraviarse en los vericuetos administrativos de aquellos editores que tan lejos parecían encontrarse por entonces.

Gracias a un documento manuscrito (⇑) que he podido consultar apenas hace unos meses, sabemos que  en el mes de agosto de 1880 Rosario de Acuña envía a Guillermo Gullón, de la razón social Hijos de A. Gullón, el manuscrito de un drama en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa. Con él había tratado ya con anterioridad acerca de la venta de los derechos de Amor a la patria y Tribunales de venganza y ahora lo vuelva a hacer: le ofrece la venta de esta nueva obra por cuatro mil reales. No tarda en recibir contestación: han recibido el manuscrito y lo reenvían al balneario en el cual el señor Gullón se encuentra «tomando aguas».

Transcurren los meses sin tener noticias del manuscrito, sin que las nuevas cartas enviadas obtuvieran la oportuna contestación. Retornada ya a Madrid, decide pasar a recuperar su obra y lo hace tras haberse enterado de que la casa Hijos de A. Gullón ha pasado a denominarse Florencio Fiscowich Sucesor de Hijos de A. Gullón. Contacta con el nuevo dirigente de la sociedad para decirle que le «devuelva el drama y haciéndole presente que no tenía copia ninguna de la obra, pues el manuscrito se lo mandé doble, y deseaba volviese a mi poder para hacer de él una novela y darlo al público». Su interlocutor le dice que lo lamenta, que no lo encuentran en sus archivos, pero le da su palabra de que lo seguirán buscando y se lo devolverán. Meses después y ante la insistencia de la autora, termina por reconocer que no aparecen los manuscritos.

Como quiera que no pintan nada bien las cosas en lo tocante a la recuperación del drama, a nuestra protagonista se le ocurre una alternativa para no darlo todo por perdido: encarga al señor Fiscowich la edición de Sentir y pensar, «con el solo objeto de que la pagara él [...] y yo, a mi vez, le devolvería los documentos justificativos del abandono e ineptitud de su casa». Parece ser que no estaba por la labor el tal don Florencio, pues en una de sus cartas le recuerda a la autora del drama extraviado que tiene pendiente de abono los gastos de impresión del poema cómico.

Llegados a este punto es cuando toma la determinación de poner el asunto en manos del abogado Manuel Gómez Sigura, a quien da instrucciones muy claras: su objetivo preferente es recuperar su obra; de no ser ello posible, obtener una indemnización que compensara su trabajo. Le da plena libertad para negociar, para pedir lo que considere oportuno, aunque le hace saber que se daría por satisfecha si recibe mil pesetas.  Desea que todo se arregle amistosamente, pues ni su marido ni ella están en condiciones de asumir los gastos que acarrearía llevar el asunto a los tribunales.

A día de hoy ignoro cómo concluyó aquel asunto, lo que sí sabemos es que desde el mes de agosto de 1880 el manuscrito del drama en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa se encuentra en paradero desconocido.

domingo, 6 de octubre de 2019

197. La campaña de Las Dominicales (1884-1891)


Diciembre de 1922, setenta y dos años. Guerra de Marruecos. Tras la derrota de Annual, en la que perdieron la vida cerca de once mil soldados españoles, el Gobierno encargó una investigación de lo ocurrido. Al conocerse que en el denominado informe Picasso se ponía en evidencia la negligencia e irresponsabilidad del alto mando militar, un clamor popular recorre el país exigiendo responsabilidades. Rosario de Acuña, indignada por cuanto se va conociendo, decide luchar contra la desesperanza y la resignación utilizando el arma que mejor domina: toma la pluma y da forma a tres escritos que, con el mismo título («¡Justicia!... ¡Justicia!... ¡Justicia!»), dirige a las mujeres (⇑), a los masones y al pueblo. En el primero de ellos escribe:

«¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión.»

Enero de 1923, setenta y dos años. En una inclemente noche, una  goleta naufraga en el litoral gijonés, en la zona de los acantilados de El Cervigón en cuyas proximidades se ubica la casa de Rosario de Acuña. Dos marineros fueron tragados por el mar; los otros dos, tras ser rescatados por unos jóvenes que se lanzaron al agua,  son trasladados a la vivienda de la escritora, donde se les facilitó ropas de abrigo y recibieron las primeras curas. El naufragio pone en evidencia, una vez más, que los hombres de la mar están abandonados a su suerte. La pluma de aquella anciana sale de nuevo a la palestra reclamando justicia (⇑), una vez más:

 «con todos los millones que hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡GRAN PUERTO DEL MUSEL!!, ¿no se hubiera podido quitar algunas rebañaduras siquiera para tener siempre dispuesto un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo de caja impermeable y hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS, para todos los casos que, como el de la Virgen del Carmen, puedan darse en estas costas inmediatas a la villa? El puerto del Musel, donde se embarcan, enriqueciendo a los ricos, qué sé yo cuantos miles de toneladas de mercancías al año, deja sin auxilio ni salvación a los pobres hijos del mar…»

Atenta observadora del comportamiento humano, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Y así fue hasta sus últimos días, como prueban estos textos, escritos y publicados tan solo unos meses antes de su muerte. Por si no bastaran como ejemplo, ahí están los dos registros que los guardias civiles realizaron en su casa con ocasión de la huelga general de 1917, porque las autoridades recelaban de sus escritos de entonces (⇑) («¿No es hora ya de que los que ansían vivir se recojan en una fuerte mesnada y, CLAMOROSAMENTE, ENTUSIASTAMENTE, FERVOROSAMENTE, pidan, o EXIJAN ser tomados en cuenta en la vida de la Humanidad?»); ahí está también «La jarca de la Universidad», su dura respuesta a la agresión sufrida por una universitaria a la salida de las clases a las que asistía en la universidad madrileña, un escrito que la llevó al exilio (⇑), que la condenó a padecer estrecheces y penurias. A pesar de todo, estas y otras más fueron batallas que no buscó, que salieron a su encuentro, que no pudo eludir. De hecho, por más que la suya fuese una vida de lucha, tan solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semajantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

Cabecera del primer número de Las Dominicales

El levantamiento del general Martínez Campos pone fin a la revolución de 1868 y posibilita el proyecto de restauración borbónica planeado por Cánovas: tras la proclamación de Alfonso XII se pondría en pie un régimen en el cual la soberanía estuviese compartida entre el monarca y el pueblo, representado por dos partidos políticos, el conservador y el liberal, que se turnarían en el poder. Para proteger su proyecto, para poner a salvo al monarca y al nuevo régimen de las críticas,  el Gobierno canovista ató corto a la opinión publicada. Aunque la constitución de 1876 ampara el derecho a la libertad de expresión, lo cierto es que la Ley de Prensa de 1879 supuso una auténtica mordaza para periódicos y revistas, con una profusa tipificación de delitos y la creación de tribunales especiales. Con la formación del Gobierno de Sagasta en febrero de 1881 se inicia el turno de partidos y se abre un nuevo tiempo para la prensa: se indulta a los periódicos y periodistas que estuvieran cumpliendo penas de suspensión  y se inician los trámites para elaborar una nueva ley. Los datos que trascienden del proyecto (desaparición del depósito previo, de la necesidad de obtener una licencia para editar, de los tribunales especiales...) presagian nuevos tiempos. El escenario parece bien diferente, tanto que, sin esperar a que el 30 de julio la Gaceta publicara la Ley de Policía de Imprenta del Gobierno fusionista, el 4 de febrero de 1883 sale a la calle el primer número del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento (DLP).

En la cabecera figuran como redactores Ramón Chiés y Demófilo, seudónimo de Fernando Lozano; poco más abajo aparece su primer manifiesto, el texto en el cual dan cuenta de la razón que les impulsa a poner en marcha tal empresa: 

«La Monarquía está, ante el Derecho, muerta; la Religión del simbolismo está muerta; el espíritu del tercer estado, o clase media, que vino a gobernar tras la gloriosa Revolución francesa, está depravado y corrompido por el influjo de las riquezas. Queremos demostrar noble y francamente al público las llagas de esas instituciones decrépitas, no buscando el apoyo en las bayonetas, que sostienen esos restos de un mundo que se desmorona a nuestra vista, sino en la noble y severa razón. Venimos a decir a la Monarquía y a la Iglesia "¡Paso al espíritu del siglo!"...».

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
A partir de aquel primer número, las cuatro páginas del semanario se convertirán en el punto de encuentro de quienes se hallan en los arrabales del régimen canovista: librepensadores, republicanos, anticlericales, deístas, masones, teósofos... No admite anuncios de pago y los que aparecen en la contraportada, de inserción gratuita,  muestran su simpatía por la Institución Libre de Ensañanza, la Sociedad Protectora de los Niños o la Asociación para la Enseñanza de la Mujer...  ¡La mujer! Conscientes de que su ausencia puede ser el flanco más débil de aquel proyecto que acaba de ver la luz, en el número dos se inserta un llamamiento a su participación «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuánto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

Rosario de Acuña y Villanueva vivía por entonces en una quinta campestre situada a las afueras de la localidad de Pinto. Concluida la etapa que la pareja pasó en Zaragoza (⇑), su marido había pasado a la situación de supernumerario en el Ejército, integrándose en la plantilla del Ministerio de Fomento como visitador de Agricultura e integrante del equipo de Gaceta Agrícola, publicación en la que ella colaborará. La relación entre Rafael y Rosario parece que ha mejorado.

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco en el que vivía ilusionada, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores.  Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre (⇑), joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. Un mazazo en la incipiente ilusión recuperada: la muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban».

La muerte del padre debió de precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola. Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre («un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades») y definitivamente separada de su marido (⇑), los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Aquellos fueron meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de reacomodo,de cambio, de metamorfosis.

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
Fue en ese tiempo cuando, por casualidad, se produjo su encuentro con el semanario librepensador. Volvía de la capital con varios paquetes envueltos en papel de periódico. Al desenvolverlos, sus ojos repararon en un título que nunca antes había leído: Las Dominicales del Libre Pensamiento. Allí se encontraba, hecho tinta, encarnado, el ideal de libertad. Al ojear sus páginas, al leer sus escritos, al desmenuzar sus frases, su ser se estremeció ante aquel ejemplo real, lo tenía entre sus manos, de lo que para ella había sido hasta entonces parte de un ideal inalcanzable, al menos en aquella sociedad que le había tocado vivir: por las cinco columnas de cada una de aquellas páginas rezumaban las esencias de la libertad, de la justicia y de la fraternidad. Tras este primer encuentro con el aún joven semanario, Rosario se convirtió en fiel lectora de sus páginas: «¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos!». Tenía delante de sus ojos lo que para ella era «el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta...». Tan solo veía un problema, tan solo encontraba un punto débil en aquel proyecto: «¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!». 

¡La mujer! Confinada en el hogar, adormecida su capacidad de aprender, de pensar por sí misma, desconocedora de «la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la humanidad», se cobija en cuanto le inspira confianza, en aquello que le enseñaron en su niñez: es presa fácil del púlpito y del confesionario, queda a merced de los enemigos de la libertad. Convencida de que no se puede vencer en aquella batalla sin entrar en lo más íntimo del hogar, convencida de que resulta imprescindible cubrir aquel flanco, Rosario de Acuña y Villanueva decide dar un paso al frente, haciendo pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), con el firme propósito de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Con la publicación de aquella carta dirigida a Ramón Chíes, que vio la luz el 28 de diciembre de 1884 en la portada del número 98 de DLP bajo el título «Valiosísima adhesión», Rosario de Acuña sale decidida a la palestra, presta a combatir: «vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder...».

Bueno, en realidad la campaña comenzó algunas semanas antes, con ocasión de la huelga de los universitarios madrileños en defensa del profesor Miguel Morayta, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso. En una nota pública que será ampliamente reproducida en la prensa de la capital, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Su anuncio provocó la reacción de una parte de la prensa («ha de perdonarnos la libre pensadora poetisa [...] el que  hagamos notar que, si es aceptable la mujer literata, no lo es seguramente la mujer política; y que si no suelen sentar mal en su sexo las "medias azules", sienta detestablemente mal el gorro colorado»). En el otro bando, aplauden con entusiasmo. Lo hace otro sector de la prensa (La República, El Porvenir, El Liberal...); también los estudiantes. Una comisión de los universitarios en huelga, encabezada por Luis París Zejín (el mismo a quien dos décadas después convertiría en uno de sus dos ejecutores testamentarios ⇑ ), publica una nota, aceptando el ofrecimiento y agradeciéndole efusivamente su apoyo.

Imagen de la fachada del Café de Fornos (1908)
Aquella nota, aquel apoyo público a los huelguistas, la ha puesto en evidencia. Ya hay quien la tilda de librepensadora... ¿a qué esperar más? Con la decisión ya tomada, tan solo hacía falta la ocasión propicia, y aquella se produjo en el banquete que organizó en el café de Fornos (⇑). Entre los invitados, además de los integrantes de la comisión de estudiantes, se encontraba el profesor Morayta,  el industrial –masón y republicano– Ruperto J. Chávarri, el escritor y diputado Eduardo Gómez Sigura (⇑); también Ramón Chíes. En un aparte, en conversación particular, la anfitriona ya adelantó al codirector del semanario la decisión que había tomado.

No hay duda, pues, a la hora de fijar el momento en el que Rosario de Acuña inicia la campaña de Las Dominicales: finales de 1884, como prueba su carta de adhesión. En cuanto a su finalización, no creo que pueda haberlas, pues, aunque no contemos con documento de similar naturaleza, sí que disponemos de algunas evidencias que nos permiten apuntar que tuvo lugar en el transcurso del año 1891:

Primero, consta por escrito su decidida voluntad de «retirarse del trabajo activo de la inteligencia» a «la crítica edad de cuarenta», y esos eran justamente los años que tenía cuando, en mi opinión, la dio por concluida. Segundo, resulta coherente con tal decisión, que para entonces, decidiese entablar su última batalla (⇑): poner en marcha el proyecto de El padre Juan, un drama al servicio de la propaganda librepensadora,  cuyo estreno tuvo lugar meses después de que su autora hubiera cumplido la cuarta década de su vida. Tercero, tras los coletazos del escándalo que se produce cuando, pocas horas de su estreno, la autoridad gubernativa suspende la representación de esta obra, su firma prácticamente desaparece de las páginas del semanario. En la práctica, su colaboración ha finalizado. Cuarto, por si aún hubiera existido alguna posibilidad de que pudiera reconsiderar su decisión de abandonar por entonces el trabajo activo de la inteligencia, resulta que su dañada salud lo habría impedido. A finales de 1891, queda postrada en la cama víctima de unas fiebres palúdicas que la dejan al borde mismo de la muerte. Esa es la razón por la cual no puede asistir al Congreso Universal de Librepensamiento que meses después se celebra en Madrid, tal y como le explica a su presidente, su amigo Remigio Sánchez Covisa (⇑), a quien envía un lote de ejemplares de El padre Juan con el encargo de que se entreguen a cada uno de los representantes que asistan al citado congreso (así también se lo hace saber al director de DLP (⇑), en un comunicado en el cual hace pública la razón de su ausencia); y quinto, en los inicios del verano de 1892, tras varios meses de padecimiento, en una dedicatoria al médico (⇑) que la ha atendido en su enfermedad le cuenta que está  «próxima a marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano»: propósito que parece confirmar que ha concluido la campaña, que tiene en mente iniciar una nueva etapa en su vida. Y así sucederá: apenas unos años después la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. En consecuencia, habremos de convenir que la campaña de Las Dominicales discurre en el periodo comprendido entre finales de 1884 y 1891.

A lo largo de estos siete años Rosario de Acuña se entrega a la tarea de combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre, y el semanario dirigido por Chíes y Lozano se convierte en el instrumento más eficaz de la campaña. Sus escritos, que son recibidos con entusiasmo por quienes, de una u otra forma, se oponen al imperio del pensamiento único, aportan altas dosis de ilusión y fecundo sustrato ideológico a los suyos ( ¡Ateos! ⇑, Hipatia ⇑, Se lo merecen ⇑, La ramera ⇑...). Su palabra –ariete demoledor del oscurantismo, al tiempo que vigoroso acicate para quienes lo padecen– es seguida con expectación por un creciente número de mujeres, como bien prueban las adhesiones y cartas de agradecimiento que regularmente aparecen publicados en sus páginas. Tal y como se cuenta en el comentario 171. Mujeres en lucha (⇑),  la lista se va ampliando semana a semana; cada vez son más las que, siguiendo su testimonio, van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». Una de ellas, Amalia Carvia Bernal, recordará años más tarde la trascendencia que tuvo la campaña de Las Dominicales para el despertar de la mujer española:

«En las últimas décadas del pasado siglo, se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España, que algunos de los presentes quizá recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensoras del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la Iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos las que, oyendo cánticos de alondra mañanera, sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz...»
 
Quienes la escuchan son mujeres de toda España, pues durante los siete años de campaña, su voz se desparrama por la geografía patria alcanzando localidades pequeñas y recónditos rincones; en cualquier lugar donde se encuentre un corresponsal de DLP, hasta allí llegarán sus palabras, su testimonio, las noticias de su lucha, la última hora de su campaña... En las páginas del semanario aparecerá todo cuanto con ella tenga que ver: las colaboraciones que envía a sus directores, pero también las conferencias que pronuncia, los escritos que se publican en otros periódicos, las noticias de sus viajes, las reacciones que provoca su presencia, las persecuciones, los insultos, las denuncias...

Durante estos siete años de lucha no desaprovechó ocasión para combatir a cuantos habían sumido a su patria en el oscurantismo, y lo hizo en diferentes frentes, con distintos medios:

 a)  A la hora de buscar posibles aliadas en aquel desigual enfrentamiento, eran escasas las opciones existentes, pues apenas unas pocas habían conseguido desembarazarse del férreo control clerical y solo algunas habían logrado fraguar algún tipo de colaboración entre ellas. Tal era el caso del movimiento espiritista que se había formado en torno al semanario La Luz del Porvenir, fundado por Amalia Domingo Soler en 1879. Escrito por mujeres y dirigido a las mujeres, sus páginas estuvieron siempre abiertas a cuanto tuviera que ver con la defensa de los derechos de la mujer, el librepensamiento y el laicismo. Desde los inicios de su campaña, Rosario de Acuña encontró en aquel círculo de mujeres un fiel aliado y la revista se convirtió en altavoz de su palabra, reproduciendo con prontitud los escritos publicados en DLP. No obstante, había otro grupo que para su empeño tenía un mayor valor estratégico: la masonería, institución que vivía por entonces una etapa de expansión y de apertura a la presencia de la mujer, con logias integradas exclusivamente por mujeres (las llamadas «logias de adopción») o con logias mixtas; en ambos casos, con los mismos títulos, rito y derechos que el hombre. Dado el creciente número de mujeres que ingresan en la masonería (con un censo de varios centenares en el último cuarto del siglo XIX), aquel parece ser un bastión estratégico. Tras su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona que tuvo lugar en febrero de 1886, Rosario de Acuña participa en diversos actos institucionales de la masonería  (inauguración del colegio-asilo de Getafe (⇑), promovido por el Gran Oriente Nacional de España; instalación de la logia de adopción Hijas del Progreso ⇑), al tiempo que mantiene contactos con algunos de sus más destacados representantes (tal es el caso de su  entrevista con la infanta María Olvido de Borbón (⇑), protectora de la masonería de adopción).

Fragmento de la portada del ejemplar en el que se da cuenta del interregotario

b) Acostumbrada a recorrer el suelo patrio a lomos de un caballo, las expediciones que realizó durante la campaña debieron de ser muy útiles a sus propósitos, en tanto en cuanto le permitían conocer de primera mano los efectos que surtían las batallas que entablaba, al tiempo que ponía en evidencia las secuelas del fanatismo que se encontraba a su paso. Gracias a las comunicaciones que envió a Chíes y Lozano, conocemos con cierto detalle la expedición que llevó a cabo en 1887 por León, Asturias y Galicia y de la cual he dado cuenta en un comentario anterior (⇑). Su llegada a las localidades que visita no pasa desapercibida para nadie: quienes ansían el triunfo de la libertad de conciencia,  la agasajan; quienes la ven como una atea, una enemiga de la religión católica («la única de la Nación española»), la rechazan, la insultan, la amenazan, la denuncian. Ejemplos de este dispar recibimiento, evidencia de los efectos de su campaña, los encontramos en ¡Luarca!... (⇑),  o en  Mis últimas jornadas (⇑), donde nos cuenta de las peripecias que le acontecen por tierras orensanas (un jinete la persigue, es escoltada por una pareja de la Guardia Civil, hay una denuncia contra ella, es interrogada por el juez de primera instancia de Barco de Valdeorras...). El eco de sus escritos, el rumor de su campaña de Las Dominicales, han llegado a aquellas tierras y su presencia, ciertamente, no pasa desapercibida. Menos aún desde que se conocieran sus comentarios acerca del «atraso, la corrupción y la ignorancia de nuestras costumbres», del sometimiento de las conciencias que ha visto en algunos obreros asturianos y que ha descrito en Restos del feudalismo (Trubia) (⇑), de los horrores del fanatismo religioso, del macabro ritual que protagonizan los endemoniados de Santa Eufemia (⇑)

Fragmento del ejemplar en el cual se recoge el texto de la conferencia

c) Puesto que tan solo contaba con su palabra como única arma, no desaprovecha tribuna propicia para propagar sus ideas acerca de la emancipación de la mujer. El Fomento de las Artes, una «sociedad de artesanos, artistas, industriales y de todos aquellos que puedan contribuir a la emancipación de las clases trabajadoras», era en los años ochenta un activo centro de educación popular. Por aquel entonces, Rosario había conocido a Anselmo Lamo, sastre de profesión y persona abierta de mente, que no hacía mucho se había instalado con su familia en Madrid. Probablemente fuera su hijo Carlos, universitario por entonces y quizás miembro del grupo con el que la escritora había establecido contacto tras las huelgas estudiantiles de finales de 1884, el primero en relacionarse con ella. Sea como fuere, parece que Anselmo no tardó en encontrar en la capital los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en la provincia de Jaén, de donde era originaria la familia, y que cuando Rosario de Acuña conoce a la familia Lamo Jiménez (⇑),  se desenvuelve con soltura en Fomento de las Artes (no tardando será elegido presidente de la sección de sastres de la sociedad). El caso es que a lo largo de 1888 nuestra protagonista pronuncia en aquella tribuna dos conferencias, las dos centradas en la llamada cuestión de la mujer: en el mes de enero, la que lleva por título «Los convencionalismos» (⇑) ; tres meses después la titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑). Aunque las dos tuvieron el mismo tratamiento por parte de los directores de DLP (publicaron el contenido íntegro de las mismas en dos números extraordinarios), la segunda fue la que tuvo una mayor repercusión, pues hubo algunos periódicos que salieron un tanto airados a la palestra. En un escrito publicado por La Unión Católica (que luego reprodujo Faro de Vigo) la conferenciante es tratada como una enferma ya desde el principio: «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Lo que sigue es del mismo tenor: tacha de pornográfica parte de la conferencia y pone en duda el estado intelectual y moral de la conferenciante. El asunto terminará en los juzgados.

Fragmento de la portada donde se da cuenta de la prohibición de El padre Juan

d) Persecuciones, insultos, querellas, problemas con la correspondencia que no siempre llega a su destino y que en otras ocasiones lo hace con evidentes señales de registro... El primero de noviembre de 1890 cumplirá cuarenta años, «la crítica edad de los cuarenta», el momento elegido para «retirarse del trabajo activo de la inteligencia», ocasión propicia para preparar algo especial, su despedida. Para ello nada mejor que utilizar el escenario para enfrentar la luz del librepensamiento contra la oscuridad del clericalismo, al joven Ramón de Monforte (joven, rico, republicano y librepensador) contra el viejo padre Juan (un sombrío franciscano que domina las conciencias del pueblo y responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista): el teatro al servicio de la apología de la libertad de conciencia. Tal y como he contado en un comentario anterior (⇑), tras no pocos esfuerzos, el viernes 3 de abril de 1891se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad El padre Juan, drama en tres actos y en prosa. Aplaudieron con entusiasmo y reclamaron la presencia de la autora en el escenario. Bien es verdad que la mayor parte del público asistente debía de comulgar con la causa. No toda, ciertamente, pues a la mañana siguiente el gobernador de Madrid  suspendía las representaciones de la obra. La batalla de El padre Juan se salda con sombras y luces, descalabro económico (ella había corrido con todos los gastos de producción, alquiler del teatro, vestuario, decorados...)  y estimulante cierre de filas en torno a su persona, por parte de quienes ansían una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo. Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances de aquella última batalla, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!».

La batalla de El padre Juan fue la última de la campaña de Las Dominicales. Tras recuperarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, busca un lugar cerca del océano en el cual iniciar una nueva etapa en su vida. Unos años más tarde de aquel estreno en el teatro Alhambra la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. Por mucho que ansiara alejarse del ajetreo urbano, por mucho que quisiera disfrutar de la Naturaleza, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Por mucho que se alejara del campo de batalla, la suya fue la vida de una luchadora. Pero solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semejantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

lunes, 9 de septiembre de 2019

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a aquella joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.



domingo, 1 de septiembre de 2019

195. El archivo desempolvado


Algunas de las cartas del archivo de Rosario de Acuña A lo largo de su vida se vio obligada a cambiar de residencia varias veces. En cada mudanza se hizo acompañar de los objetos más queridos. Algunos lo eran por ser recuerdo y testimonio de los años vividos (unos alfilerillos dorados comprados en  la Exposición Universal de París de 1867 (⇑), la corbata morada que llevó cuando fue recibida en el Vaticano por Pío IX, un abanico bordado por su madre (⇑) para su canastilla de boda...); otros procedían de las casas solariegas, tanto materna como paterna, que había recibido en herencia. Cuando se instaló en la casa de El Cervigón para vivir a la orilla del mar la última etapa de su vida, llegó con buena parte de ellos. También de algunos libros, los que ella había escrito y los que había ido adquiriendo a lo largo de los años.

Tras su muerte, Carlos Lamo Jiménez, su acompañante durante tantos años y también su heredero, se fue desprendiendo de todos aquellos recuerdos. Vendió primero la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla; en el verano de 1927 se encuentra entre los expositores de la IV Feria de Muestras de Asturias que se celebra en Gijón con varios artículos que figuran bajo el epígrafe «reliquias»; en 1930 en una notaría de la ciudad tiene lugar la subasta de la casa (⇑) de El Cervigón...

He seguido el rastro de sus libros (⇑) y también conocemos buena parte de lo sucedido en relación a la que fuera su casa del acantilado (⇑), pero del resto no tenemos noticia. Siempre me he preguntado qué fue de aquellas reliquias, qué de aquellos recuerdos, qué de tantas y tantas cartas escritas y recibidas a lo largo de su vida, pues la correspondencia, la abundante correspondencia, era una tarea a la cual y según sus propias palabras reservaba un tiempo en sus quehaceres cotidianos. Cierto es que durante muchos años su recuerdo estuvo oculto por la desmemoria, que apenas quedó un eco lejano de su existencia; pero no es menos cierto que todo eso quedó atrás, que el proceso de recuperación de su testimonio vital (⇑) lleva años dando frutos. Pues bien, a pesar de los avances,  tan solo hemos conseguido localizar algunas cartas manuscritas (por ejemplo, la que envía en 1904 a Tomás Costa (⇑)Al presidente del Ateneo Obrero de Gijón (⇑) en 1921); el resto, la gran mayoría, las conocemos por haber sido publicadas en la prensa del momento.

Conste que no he dejado de buscar, por más que los hallazgos fueran más bien escasos o resultaran inalcanzables (tal y como quedó de manifiesto en el comentario titulado Manuscritos a precio de oro ⇑). Conste también que, al fin, ha aparecido lo que bien parece ser el archivo personal de doña Rosario de Acuña o, al menos, una parte nada desdeñable.

Centro cultural Conde Duque, sede de la Biblioteca Histórica Municipal de MadridResulta que hace unos meses, en el otoño de 2018, me llega una información acerca de la existencia del archivo personal de Rosario de Acuña y que se encuentra en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid... Casi sin tiempo para buscar una posible explicación a cuanto de sorprendente tenía aquel hallazgo (¿dónde estuvo hasta ahora?, ¿quién lo localizó?...) me puse en contacto con la citada biblioteca. Ilda Pérez, su directora, me confirma la existencia del archivo, pero me dice que aún debo esperar algún tiempo para acceder a él, pues aún quedan trabajos por realizar. A finales de diciembre Pablo Pérez Casas, responsable de la catalogación del archivo, me comunica que ya ha concluido su trabajo (encomiable labor la suya, detallista y rigurosa) y que está disponible para su consulta...

Integran el archivo 298 documentos de diverso tipo, entre los que se incluye un cartón de 22 centímetros en el que figura escrito el siguiente texto: «Ruego sean leídos por persona que me sea afecta por si en ellos hallara algo de importancia». Bien, bien, bien. La mayoría son cartas (también telegramas) dirigidas a doña Rosario, a su padre o a su marido; había también algunas escritas por nuestra protagonista, bien copias de las enviadas o bien originales que a última hora no lo fueron. Durante las siguientes semanas fui elaborando una base de datos con toda aquella documentación: fecha, lugar, destinatario, remitente, asunto tratado, observaciones... La siguiente tarea fue la de solicitar la digitalización de una parte significativa de aquellos documentos.  Buena parte de ellos no hacen otra cosa que confirmar lo que ya sabíamos; otros, en cambio, abrían nuevas líneas de investigación en las cuales ya estoy trabajando (acerca de la obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España o las gestiones realizadas con vistas a la presentación de una querella por las críticas vertidas contra ella tras la conferencia «Consecuencias de la degeneración femenina») . Como quiera que de todo ello me ocuparé en próximos comentarios, sirva ahora como anticipo la enumeración de algunos de los remitentes o destinatarios de la correspondencia catalogada: Isabel de Borbón, Pompeyo Gener, Joaquín Dicenta, Antonio Ros de Olano, Leopoldo Cano, José Echegaray, José Lon Alvareda, Josefa Pujol, Santiago de los Albitos, Luis Bonafoux,  Agustín Urgellés, Francisco Serrano, Faustina Sáez de Melgar, Ramón de Campoamor, vizconde de Ros, Antonio Zozaya, Carmen de Burgos, cardenal Benavides, Enrico Tamberlick...

domingo, 21 de julio de 2019

194. La batalla de El padre Juan


Libertad-reacción. Caricatura publicada en El Motín en 1882
Cumple cuarenta años el primero de noviembre del año 1890 y ese parece el momento elegido para abandonar la lucha activa, para dar por concluida su campaña en Las Dominicales. Así lo había manifestado tiempo atrás («solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia...»), y los hechos posteriores parecen corroborarlo. El padre Juan (⇑) , bien pudiera haber sido concebido como el último acto, la última batalla de la intensa campaña que había iniciado a finales del año 1884, cuando anunciara públicamente (⇑) que se incorporaba «a este campo de glorioso combate» donde se enfrentan la luz y las tinieblas.

Buena conocedora de la eficacia del teatro como medio de propaganda, urde una efectista trama argumental: un joven vecino de una pequeña aldea asturiana pretende convertir la ermita de la localidad, comprada por una fuerte suma al obispado, en una casa de salud que aprovechara las aguas medicinales que afloran en sus proximidades. Ramón de Monforte, joven, rico, republicano y librepensador, tiene además el propósito de combatir con la instrucción las creencias supersticiosas que anidan en las gentes de aquel remoto lugar. Con la colaboración de su prometida Isabel de Morgovejo, pretende que la racionalidad empiece a anidar entre sus convecinos con la puesta en marcha de una escuela, una granja modelo y un instituto industrial que se construirán a su cargo. No obstante, la envidia y el fanatismo, sutilmente alimentados durante largos años por el magisterio del padre Juan, un franciscano de gran ascendencia sobre la población, darán al traste de manera trágica con aquellos proyectos de Isabel y Ramón.

La apología de la libertad de conciencia, del librepensamiento, que se realiza desde el inicio al final de la obra se apoya en un planteamiento claramente maniqueo: ensalza al protagonista, al joven librepensador, al que adorna de todo tipo de virtudes, convirtiéndole finalmente en mártir; al tiempo que demoniza al padre Juan, a quien, a pesar de no pronunciar ni una sola palabra a lo largo de los tres actos, convierte en la sombra que domina las conciencias del pueblo y en el responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista. Es muy fácil tomar partido: el bueno resulta muy bueno y el malo, malísimo.

La obra ya está escrita; resta ahora todo lo demás, que no es poco. Su autora llamó a muchas puertas, pero ningún empresario quiso participar en aquella aventura. Decidida como estaba a dar aquella última batalla, no le queda otra que poner todo de su parte, incluso su dinero, para lograr el objetivo. Forma una pequeña compañía con actrices y actores aficionados (entre ellos se encuentra Adolfo Matarredona, hermano del administrador de Las Dominicales), dirige los ensayos, alquila el teatro, cuida de los detalles de los decorados y el vestuario y, al fin, tras dos meses de preparativos, en la noche del viernes 3 de abril de 1891, con el oportuno permiso gubernativo, se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad aquel drama que ya no es histórico, que ya no es en verso.

Es probable que también hubiera sido suya la idea de pegar carteles por doquier con el título de la obra: «Hace lo menos una semana  que no podíamos doblar ninguna esquina sin ver pegado en ella un rótulo muy llamativo, impreso en letras de gran tamaño que nos llamaba la atención con estas palabras: EL PADRE JUAN». La expectación era grande y se llenó el teatro la noche del estreno. No hubo que esperar mucho para conocer la respuesta del público: antes de que concluyera el primer acto se escucharon los primeros aplausos, que volverán a sonar en numerosas ocasiones; al finalizar el segundo acto y entre las ruidosas aclamaciones que resonaban en  el local,  se pidió la presencia de la autora, pero uno de los actores aseguró que no se encontraba en el teatro.

Los gritos de los emisarios me despertaron sobresaltada. 
— Qué es eso, ¿vamos ya a la cárcel? –fueron mis primeras palabras. 
— ¡Al teatro! ¡Pronto, pronto que el público está delirante aplaudiendo y esperando! 
Los miré sorprendida, temiendo que se burlaran de mí; ¡tan lejos de la mente se hallaba aquel resultado! 
— ¿El público que está hoy en la Alhambra me aplaude y me llama?
— ¡Pronto!, siguieron diciendo mis amigos. 

 Llegó a tiempo. Finalizada la obra,  tuvo que salir varias veces al escenario hasta lograr que se fueran acallando los entusiasmados aplausos.

El público de los estrenos en los teatros de Madrid, no sólo había oído El padre Juan, sino que aplaudía y me llamaba: ¡qué sorpresa! [...] ¡Qué sorpresa para mí! Un público numerosísimo, compuesto de la crema social, haciendo suspender la representación para llamarme, haciéndome salir a escena cinco veces ¡Confieso que correspondía a su fineza, medio dormida y deslumbrada! ¡Se me figuraba estar soñando!

A poco de haber despertado, se dio de bruces con otra cara de la realidad. Casi al mismo tiempo que sus letrados convecinos leían en los periódicos capitalinos las críticas del estreno, don Teobaldo de Saavedra y Cueto, marqués de Viana y a la sazón gobernador de Madrid, cursaba la orden por la cual se suspendían las representaciones de la obra, prohibiéndose la venta de billetes para la función programada para ese mismo día. De nada le sirvió a doña Rosario exhibir el documento expedido por el propio gobierno civil días antes, en el cual se autorizaba «el estreno de la obra en tres actos y en prosa, de que es usted autora, titulada El padre Juan, y de la cual se han recibido en este Gobierno los dos ejemplares que previene el Reglamento de espectáculos públicos». Aunque cabría pensar que la mudanza de parecer del tal don Teobaldo pudiera ser achacable a su bisoñez en el cargo (no había transcurrido un mes desde que fuera nombrado), resulta más verosímil suponer que obedecía a la decidida voluntad del mismísimo ministro de la Gobernación, don Francisco Silvela. Receloso del entusiasmo mostrado por los librepensadores en la noche del estreno, también de la posibilidad cierta de que la euforia pudiera prolongarse en el tiempo, a medida que se sucedieran las representaciones   de aquella obra, considerada como un «escarnio a la religión» por parte de la prensa conservadora y confesional, el señor ministro optó por la prohibición, aunque con tan drástica medida la libertad de expresión se viera seriamente amordazada.

Y ese fue el campo en el cual diarios y revistas dirimieron sus disputas en los siguientes días. De un lado la prensa conservadora y confesional que aplaude la prohibición gubernativa por considerar que El padre Juan es una obra «repugnante», «encaminada a escarnecer creencias religiosas», «afrenta y deshonor de todo pueblo culto y honrado». Quienes se oponen a la medida adoptada, lo hacen esgrimiendo la afrenta que para la libertad de expresión supone la prohibición decretada por el gobernador civil. Uno de los periódicos más beligerantes es el diario republicano La Justicia que se muestra categórico en su valoración: «Si en España hubiera leyes, gobierno y tribunales, si aquí no se hubiese perdido por completo en las esferas del poder toda noción de la justicia y del derecho, a estas horas se hallaría el marqués de Viana cesante y obligado a resarcir a la señora Acuña de los perjuicios que con su caprichosa, arbitraria, injusta e ilegal medida le ha irrogado». El teatro, un  eficaz instrumento de propaganda, enfrenta a clericales y anticlericales, a la «buena prensa» y a la «prensa del demonio», a la «conservadora, carca y mestiza», con la librepensadora y republicana. El padre Juan se convierte de esta manera en un tímido anticipo de lo que, no tardando, acontecerá con otras obras que, como Electra, la obra de Galdós estrenada en 1901, fueron calificadas también de anticlericales.

Ciertamente, es obra militante, de propaganda de las ideas librepensadoras. La única de este tipo entre sus obras dramáticas conocidas. Tal parece que fuera concebida como su última aportación a la causa, la última batalla de la campaña emprendida a finales de 1884, la campaña de Las Dominicales. No cabe suponer, por tanto, que su autora fuera tan ingenua como para no contar con la previsible reacción de las poderosas fuerzas clericales. Ya lo había anticipado en su carta de adhesión: sabía que el camino por el que se había adentrado, el camino de la Verdad, era estrecho y estaba orlado de precipicios; contaba con que las alimañas más estrambóticas iban  a surgir a sus orillas... Vale, es probable que ya contara con el hecho de que estas cosas pudieran pasar, pero, en cualquier caso, el resultado de la batalla no parece que fuera muy positivo: ¡tan solo una representación! Meses y meses de preparación, meses y meses de esfuerzos... Al éxito de la noche del estreno le sucede la prohibición, el fracaso del resto de las noches...  Tocaba hacer balance del combate.

Comunicado de Rosario de Acuña tras la prohibición En cuanto a los daños, hay que dar por supuesto que no toma en consideración el apartado de insultos, injurias y calumnias, pues cuenta que no ha leído lo que han escrito contra ella (ni siquiera al crítico de La Ilustración Católica, un tal Mistigris, que muestra abiertamente su condición cuando le dirige las siguientes palabras: «¡Doña Rosario! ¿Por qué no se agarra usted a la aguja, y guarda sus literarias filigranas para la cuenta de la lavandera, para los lunes de la casa?...»). Los económicos no los puede obviar, pues ella corrió con todos los gastos de producción de la obra y tan solo recupera los ingresos correspondientes a la venta de localidades del día del estreno. Tenía vendidas las de la segunda función pero, tras la prohibición, ese dinero no llegó a sus bolsillos. Toca, pues, hacer algo al respecto para intentar minimizar las pérdidas. Puesto que tiene un teatro alquilado y obras en el repertorio que no escarnecen los religiosos sentimientos, decide poner en escena su Rienzi el tribuno.

Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances del combate, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!». Una parte de la España liberal, la que quiere una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo, había acudido esperanzada al teatro. Allí estaba Emilia Villacampa, la hija del general, «la hija del héroe» (⇑); allí estaba también José Nakens, el batallador director de El Motín; mucha gente ilusionada.  Si el solo anuncio del estreno de una obra suya había conseguido movilizar a unos cuantos de los que en aquella España claman contra el clericalismo, la prohibición logrará las adhesiones de muchos más. Un sector  de la prensa, minoritario en verdad, no se quedó callado y denunció el atropello, el ataque a la libertad, el sometimiento al poder eclesial, que se evidenciaba tras aquella prohibición.  Las páginas de Las Dominicales del Librepensamiento acogieron, semana tras semana, las cartas de apoyo que llegaban desde los lugares más diversos de la geografía patria. El semanario, que dedicó un amplio espacio al asunto, inició una campaña de apoyo a su colaboradora, recomendando encarecidamente a lectores y corresponsales la compra de un ejemplar de la obra suspendida. Muchas debieron de ser las personas que así lo hicieron, pues no tardan en agotarse  los ejemplares y a mediados de junio se pone a la venta una segunda edición.

Para el escritor Antonio Zozaya aquella batalla de El padre Juan no le había ocasionado a su autora más que perjuicios: «Muy pocas veces, tal vez ninguna, ha subido una mujer a tan penoso calvario. Las mujeres la desprecian, los hombres la insultan, los amigos la abandonan». Más optimista es la visión que le manifiesta la interesada en su carta de respuesta (⇑):

Amigo Antonio: Todas las obras de mi inteligencia están y estarán durante mucho tiempo, en plena cornisa; lo sé perfectamente, y quiero que usted también lo sepa para que no se extrañe de nada: oiga usted, como yo, con toda serenidad, el clamoreo de lobos, osos, zorras, águilas y cuervos; nuestro fin no es oírlo, y debemos procurar que no nos turbe. ¿Sabemos o no sabemos a dónde vamos? Este es el problema: si tenemos fe en el porvenir, si lo conocemos, ¿a qué preocuparnos de los peligros, escabrosidades y horrores del presente? [...]  En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!

El texto de esta carta de respuesta a Antonio Zozaya apareció en la edición de Las Dominicales correspondiente al 25 de abril de 1891. Fue uno de sus últimos escritos publicados en el semanario librepensador. La campaña se acaba. Lo había anunciado unos años antes: «solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia, marchándome, si puedo, a la América del Sur». Mudó el destino, pero se mantuvo firme en su voluntad de retirarse de la primera línea de batalla. A principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas y con cuarenta y un años cumplidos, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Y allí, se fue al fin. En la costa gallega, estuvo un tiempo; luego se desplazó a Cantabria. En Cueto, una localidad situada por entonces a unos pocos kilómetros del centro de Santander, pondrá en marcha una granja avícola. Atrás, muy atrás queda ya, la batalla de El padre Juan  que puso término a la campaña de Las Dominicales.


domingo, 7 de julio de 2019

193. Cuatro años por delante. El reto del centenario


La sede del Ayuntamiento gijonés a principios del siglo XX
El pasado sábado día 15 se constituyó el Ayuntamiento de Gijón: dieciséis concejalas y once concejales que, a buen seguro, llegan al salón de plenos con el decidido propósito de dar cumplida respuesta a los retos que el concejo tiene planteados, de satisfacer las demandas de la ciudadanía. Aunque doy por hecho que acuden con una mochila repleta de ideas, de ilusionantes proyectos, que intentarán llevar a buen término a lo largo de los cuatro años de mandato que tienen por delante, voy a atreverme a plantearles uno más, con la esperanza de que tengan a bien tomarlo en consideración.

Resulta que en 2023, coincidiendo con el final del mandato de este renovado consistorio, se cumplirá el centenario de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que en Gijón quiso vivir los últimos años de su vida, cumpliendo así un deseo que abrigaba desde que visitó la ciudad por primera vez, cuando tan solo contaba quince años de edad: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo, pues que la recorrí a caballo y a pie durante varios años…». En El Cervigón construyó su última morada y en el cementerio civil de El Sucu descansan sus restos desde el día aquel, una tarde gris y lluviosa del primer domingo del mes de mayo de 1923, en el cual una muchedumbre silenciosa acompañara su humilde féretro hasta una sencilla tumba, con sus iniciales grabadas por única distinción.

Cuando en 1908 llega a la ciudad esta ejemplar gijonesa (¿podemos acaso negarle tal condición a quien, no siéndolo por los azares del nacimiento, lo es por voluntaria decisión?), ya era bien conocida en el solar patrio por su largo batallar en defensa de la libertad de conciencia y en apoyo de los más desfavorecidos. Nacida en confortable cuna y convertida en reputada escritora (desde que, con tan solo veinticinco año y tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, alcanzara el aplauso del público y el reconocimiento de la crítica), decidió abandonar su cómoda situación para adentrarse en la otra orilla, allí donde se encuentran quienes, enfrentándose al omnímodo poder de la jerarquía religiosa, del pensamiento único, se afanan en cizallar las cadenas de oscuridad que aprisionan al pueblo español. Admira su lucha, su tenacidad, pero cree que nada podrán hacer sin contar con las mujeres. El hombre, por temor a considerarla su igual, ha preferido mantenerla en la ignorancia y ahora se encuentra con que su compañera se ha convertido en un dócil instrumento al servicio del púlpito y del confesionario. Combatan ustedes leyes, combatan ustedes a los prelados y a los gobiernos que se oponen al progreso de la libertad, que «yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Y vaya si lo hizo.

A punto de llegar a los sesenta, cansada ya de batallar, creyó hallar en los acantilados de El Cervigón la tranquilidad que andaba buscando. Se equivocó. Bien puede decirse que en esta última etapa, su compromiso social fue aún más intenso y evidente. Nada de lo que pasa a su alrededor le es indiferente y no puede menos que prestar todo su apoyo a quien más lo necesita: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en las trincheras africanas o europeas... Enterada de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Su escrito de repulsa (⇑) desató las iras de los universitarios, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales («Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje… »). Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», se encuentra ahora tan próxima a las personas desheredadas, a quienes sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una más entre ellas, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Tan próxima está, tan próxima la ven, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos de que en algún lugar de la finca habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

«No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de elevarse…» Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde que regresara del exilio, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a quienes sufren la marginación y la pobreza. La última visita tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas. El día de su entierro fueron numerosas las personas que allí se congregaron para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sirvan los párrafos anteriores como escueto resumen de su valioso testimonio vital (quienes quieran conocerlo con mayor profundidad pueden consultar la edición de las Obras reunidas (⇑), alguno de los libros que he escrito sobre ella o la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑), que desde hace diez años mantengo actualizada). Su recuerdo, sepultado durante décadas por la desmemoria, empezó a recuperarse a finales de los sesenta gracias al trabajo de Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal. Aunque aún era mucho lo que se desconocía, el eco difuso de algunos de los hechos que aquí se han recordado fue razón suficiente para que, poco a poco, floreciera en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A ellas se debe en gran medida que una asociación de viudas de la República, un coro femenino, un instituto (⇑) o una escuela feminista lleven su nombre.

Señoras concejalas, señores concejales, esta es la mujer de cuya muerte se cumplirán cien años en 2023. Su valioso testimonio vital forma parte ya del patrimonio colectivo, del patrimonio de la ciudad, y este centenario puede ser ocasión propicia para darle una mayor visibilidad. Sería deseable que la corporación municipal que ustedes integran tome la iniciativa en este asunto y prepare como se merece el importante evento que el calendario ha puesto en sus manos. Sería una buena forma de recuperar el protagonismo que en este tema tuvo el Ayuntamiento de Gijón tiempo atrás. A finales de los ochenta compró la que había sido su casa en, unos años más tarde tomó el acuerdo de denominar «paseo Rosario de Acuña» al tramo que va del sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia: se notaba entonces cierta sensibilidad hacia la figura de esta ilustre vecina. En los últimos años parece que la desmemoria ha vuelto a hacer de las suyas. Así, mientras su nombre recupera protagonismo en otros lugares (en 2015 un centro municipal en Pinto (⇑); hace unos meses, otro en Madrid (⇑) , en el mismo edificio en el que estuviera ubicado el colegio con su nombre que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933; hace tan solo unas semanas recuperó su espacio en el callejero de Tarrasa (⇑)…), aquí, en la ciudad en la que ella quiso permanecer para siempre, parece desvanecerse el impulso de otro tiempo. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Pocas son las personas que hoy conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un escrito publicado hace unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa, que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para evitar que siguiera siendo un edificio entregado a los avatares del tiempo, un punto que se divisa en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista, tan cercanos ambos al discurrir de sus días.

La Nueva España, Gijón, 2-7-2019
Hacer reconocible el paseo Rosario de Acuña, darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa, constituirían una magnífica manera de afrontar el centenario de la muerte de una ilustre gijonesa, dramaturga, feminista, montañera, poeta, republicana, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, productora teatral, autodidacta, deísta, masona, publicista, melómana… empecinada luchadora por la libertad de conciencia, incansable defensora de quienes sufren la injusticia y la marginación. Tan intensa fue su etapa gijonesa, tan fuerte fue la huella que aquí dejó, que la pesada losa del olvido con la que se pretendió ocultar cualquier rastro de su presencia no fue capaz de extinguir su recuerdo. Ahora que, gracias al esfuerzo colectivo, hemos conseguido recuperar su memoria no creo que la ciudadanía gijonesa, al menos una parte de ella, acepte de buena gana que volviera a caer en el olvido (a las intervenciones de algunas de las presentes en la charla (⇑) que pronuncié el pasado seis de mayo en el Club La Nueva España me remito).

Señoras concejalas, señores concejales, dentro de cuatro años se cumplirá el centenario de la muerte de esta portentosa mujer que quiso vivir y morir en Gijón. En sus manos está recuperar el protagonismo perdido en los últimos tiempos, en sus manos está la posibilidad de contribuir a dar la mayor visibilidad posible a su valioso testimonio vital, en sus manos está aprovechar esta oportunidad que se presenta ante ustedes. Ciertamente, el centenario de la muerte de Rosario de Acuña constituye todo un reto para las dieciséis concejalas y los once concejales que desde el pasado sábado día 15 integran el Ayuntamiento de Gijón.