jueves, 25 de febrero de 2021

230. Algunas dudas acerca de la autoría

 

Puzle incompleto

Las tonalidades, la forma... Observas la pieza y todo hace indicar que ese hueco es el suyo. Cuando  encaja, toda la zona cobra sentido; pero hay ocasiones en las no sucede así: a pesar de las apariencias, aquel no es su lugar en el puzle, por mucho que te empeñes allí no va. En el campo de la investigación histórica sucede algo similar: el nuevo dato, la nueva referencia, puede servir para consolidar la hipótesis que previamente habías elaborado o, por el contrario, para ponerla en cuestión. Es lo habitual. Ha sucedido también en la que nos ocupa, como bien saben quienes siguen este blog. 

Sucedió con lo de su título nobiliario. A pesar de que se viniera repitiendo una y otra vez que era condesa de Acuña (por más que no lo hubiera utilizado nunca, como se solía aclarar), tal condición no resultaba coherente con todo lo que ya sabíamos de ella. Dado que la pieza no termina de encajar, lo que procede es intentar averiguar qué hace ahí, de dónde ha venido, qué hay de verdad en ese asunto. De todo ello doy cuenta en el comentario 156. Acerca de un supuesto título de condesa (⇑), que finaliza con dos conclusiones: a) No contamos con fuentes lo suficientemente contrastadas que nos permitan afirmar que Rosario de Acuña heredó el título de condesa de Acuña; b) su vinculación directa con la nobleza concluye con su bisabuelo Juan Plácido de Acuña y Ortiz de Largacha, IX Señor de la Torre de Valenzuela y de la Casa Solar de Largacha, en el Señorío de Vizcaya. 

Pasó también con lo del año de su nacimiento, con lo de dar por bueno que había nacido en 1851. A pesar de contar con algunas informaciones que desaconsejaban colocar aquella pieza en ese lugar, allí estaba. Pero, por mucho que se insistiera, aquella ficha tampoco encajaba, menos aún cuando contábamos con algunos textos en los que la propia protagonista afirmaba que había nacido un año antes (aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, no deja de sorprenderme que hubiera quien resolviera esta disrupción en el relato biográfico con la siguiente nota a pie de página: «En varios escritos del final de la vida de la autora aparece, 1850, como año de su nacimiento, en lugar de 1851. ¿Olvido, o una curiosa expresión de coquetería?»). Afortunadamente, ahora contamos con el documento (⇑) que prueba que Rosario de Acuña y Villanueva nació el primer día de noviembre de 1850 en el número veintinueve de la madrileña calle de Fomento.

Hay ocasiones en las cuales las pruebas no terminan de resultar concluyentes. En estos casos, creo que lo más honesto es hacerlo así constar, enumerar cuáles son las dudas al respecto, exponer los argumentos que las sustentan y mostrar los resultados de las investigaciones seguidas. Así sucedió, por ejemplo, con respecto al tipo de relación que nuestra protagonista mantuvo durante años con Carlos Lamo Jiménez. Se da por hecho que la suya fue una relación de pareja. Yo creo que no, que la que mantuvieron no fue una relación entre iguales, tal y como intento explicar en el comentario 200. El buen discípulo (⇑).

A lo largo de estos años de investigación he ido dejando algunas piezas al lado del tablero, a la espera de que, tras la llegada de nuevos datos, pudiera incorporarlas o terminara por desecharlas. Ese es el caso de los textos a los que me voy a referir a continuación. Se trata de dos escritos publicados sin título en el año 1916 en El Gladiador del Librepensamiento. Desde un principio surgieron las dudas. Cuando me puse a transcribirlos para incorporarlos a la página Rosario de Acuña. VIDA y OBRA me resultaron un tanto extraños; acostumbrado como creía estarlo a sus estructuras compositivas, a sus giros, a su vocabulario, a su estilo, había algo que no terminaba de convencerme. No obstante, los dos habían sido incluidos por José Bolado en el tomo III de las Obras reunidas, lo cual suponía toda una garantía, pues era conocedor de su dedicación a la tarea en la que se había empeñado.

Volví a ellos en más de una ocasión con la intención de incorporarlos a la página, junto a las demás obras que había ido reuniendo, pero terminaba por desistir. Había en los dos textos referencias a la columna en la que se insertaban que no parecían salidos de su pluma, eran más propias de la responsable del periódico o de una colaboradora cuyos escritos la ocuparan habitualmente ( hemos de dejar de consignar en nuestra sección», «va a honrar hoy esta sección»). Tampoco me acaba de convencer lo de la firma. Aunque Bolado no lo haga constar, ambos escritos aparecen firmados por Hipatia, lo cual no deja de resultar sorprendente, pues con la excepción de Amor a la patria, su segunda obra dramática estrenada durante su etapa zaragozana (⇑) bajo el seudónimo Remigio Andrés Delafon, es su nombre –con los dos apellidos o solamente con el primero–  el que figura al pie de sus escritos, también en los que aparecen por entonces en las páginas de El Gladiador del Librepensamiento. No me acaba de convencer, seguía sin verlo claro, y por esa razón las piezas continuaban al borde del tablero, sin ocupar el lugar al que parecían destinadas. 

Hace unas semanas decidí retomar de nuevo el asunto. Solicité copias de varios números del periódico con el objetivo de analizar con mayor detalle los textos publicados en la «Sección científica. Quo vadis?», la misma en la que se incluyeron los firmados por Hipatia. Pues bien, salvo esos dos, el resto estaban escritos por María Marín, maestra y periodista que ya había colaborado con Ángeles López de Ayala en la primera etapa de El Gladiador. Todos ellos tienen una estructura similar y semejante extensión (alrededor de las seiscientas palabras). Las evidencias parecen apuntar a que esta sección era su sección, por lo cual las preguntas resultan inevitables ¿A qué obedece la excepción?, ¿por qué se incluyen en ella dos escritos ajenos? ¿Quién tomó la iniciativa?, ¿fue la directora quien solicitó los escritos o acaso fue la propia escritora la que los envió? ¿Por qué no tuvieron continuidad?, ¿por qué esos dos?

Aunque sabemos que doña Rosario conocía las obras de César Cantú (es bastante probable que los diez tomos de su Historia universal figuraran en su última biblioteca ⇑), no creo que la biografía del historiador italiano justificara tal excepcionalidad; menos aún la del colono John Smith. Más entendible sería si otros fueran los protagonistas, si acaso fueran figuras relevantes en el campo de la libertad de conciencia, como Giordado Bruno, pero de él ya se había ocupado Marín varios meses atrás. En cuanto a su relación con El Gladiador del Librepensamiento, cabe decir que en sus páginas fueron publicados otros escritos suyos, todos ellos firmados con su nombre y dos apellidos. No obstante, y esto creo que es relevante, tan solo en una ocasión fue la directora, su amiga Ángeles López de Ayala, quien le solicitó un original («te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la Sociedad Progresiva Femenina, conferencia que a vuelta de correo enviaste ⇑»); en los demás casos, no fue su primer destino, por lo que habría que concluir que, o bien la iniciativa partió de nuestra protagonista y se los envió a su amiga, o bien fue la directora la que los tomó de otra publicación, como había hecho en otras ocasiones, como cuando utiliza un fragmento de Ateos y lo incluye en la portada de la edición que vio la luz el 15 de abril de 1916. Curiosamente, en el número 92 se produce una coincidencia relevante para el asunto que nos ocupa: una carta que Rosario de Acuña había enviado al director del diario gijonés El Noroeste (acerca de las vicisitudes sufridas tras romperse el aljibe de su casa, y de la negativa de los vecinos a que se abastezca de una fuente pública) comparte espacio con el escrito dedicado al capitán Smith, que se inserta en la «Sección científica. Quo vadis?». El primer texto va firmado con su nombre y dos apellidos; el segundo, por Hipatia. 

Queda dicho que esa firma resulta un tanto sorprendente por lo excepcional. No recuerdo otros escritos firmados únicamente con su nombre simbólico. En los contados casos en los que sí figura, se sitúa tras su nombre y apellidos. Así sucede en el telegrama que envía en 1910 al diputado Pérez Galdós en apoyo de la denominada Ley del Candado (Rosario de Acuña y Villanueva, de Solís y Elices, Cuadros y Juanes, Jiménez de Vargas y Román - Hipatía.·. gr.·. 32). Ni siquiera lo utiliza de esa forma, en solitario, en los escritos que tiene por destinatarios a los masones. No lo hace en 1888 cuando da cuenta al pueblo masónico de su reunión con María del Olvido de Borbón y Castellví  en «La gran protectora de la masonería española»; tampoco en  el año 1922 cuando se dirige a los «hermanos masones de Asturias» instándoles a unirse a la Liga de los Derechos del Hombre para clamar contra el desastre, para reclamar justicia para las familias de los millares de soldados muertos en la guerra de África.

Ni era habitual que firmara de esta manera, ni ella era la única masona que en España había elegido el de la filósofa y científica alejandrina como nombre simbólico. Ahora bien, es preciso añadir que Ángeles López de Ayala conocía personalmente a la mujer que había elegido el de Hipatia en su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona: eran amigas. Se conocieron cuando las dos residían en Madrid (⇑), la una en Pinto, la otra en la capital. Sabemos que en el año 1888 participaron en diversos actos masónicos y culturales; y compartieron mesa y mantel, en grandes banquetes y en el más reducido ámbito familiar («aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos»). De ahí que me cueste creer que Ángeles, la directora de El Gladiador del Librepensamiento lo hubiera utilizado en vano.

Así las cosas, sin pruebas que resulten concluyentes en uno o en otro sentido, creo que lo procedente es incluir los dos escritos, (dedicados a el capitán Smith (⇑) y a César Cantú ⇑) entre los suyos, añadiendo al final de los mismos una nota en la que se incluya el enlace a este comentario, a las salvedades que aquí se ponen de manifiesto. De esta forma, aquellas personas que accedan a la página Rosario de Acuña. VIDA y OBRA estarán al tanto de que, al menos para quien esto escribe, existen dudas acerca de su autoría. 




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sábado, 13 de febrero de 2021

229. Estadísticas y algo más

 

Muestra de una gráfica de líneas
¿Habrá alguien que lea esto que estoy escribiendo?  Resulta inimaginable pensar que la respuesta pudiera ser negativa, más aún después de haber escrito doscientos veintiocho comentarios en este blog. Doy por hecho que sí, que al otro extremo del cable que une mi ordenador a la Red hay personas que lo leerán. Ciertamente, no es un asunto que me haya inquietado: ahora tengo evidencias que lo prueban y antes, en los primeros momentos de mi andadura por este universo digital, ni siquiera me lo llegué a plantear, al igual que había sucedido anteriormente con el de la tinta y las imprentas, propios del formato papel. En ambos casos el proceso resulta similar: estás convencido de que tienes algo interesante que contar y todos tus esfuerzos se centran en dar forma a ese mensaje. No será hasta que, tras no pocos borradores y mucho pulir y repulir, das por concluida la tarea cuando te ves obligado a preguntarte por el objetivo último del proceso tiempo atrás iniciado y terminas por darte de bruces con la ineludible pregunta: qué hacer a partir de ese momento.

Hace ahora alrededor de veinte años, en los primeros de este siglo, cuando investigaba acerca de la Escuela Neutra de Gijón, leí el primer escrito de Rosario de Acuña y Villanueva: el texto del discurso que había pronunciado en el acto de inauguración de aquella escuela. Tras leerlo varias veces, salí del Archivo del Padre Patac con una copia en las manos y la firme voluntad de dar respuesta a las muchas preguntas que me planteaba aquel escrito. Fue así como me incorporé a la lista de quienes se habían empeñado en rescatar del olvido su testimonio vital (⇑). Los que siguieron fueron tiempos de indagar en archivos y en bibliotecas, de reunir escritos y datos. A medida que se resolvían los interrogantes, que aumentaban las certezas, se iba abriendo camino la necesidad de realizar una aproximación biográfica lo más completa posible. Me metí en faena y a comienzos de 2007 puse el punto y final a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Fue entonces cuando no tuve más remedio que enfrentarme  a la inevitable pregunta: ¿Y ahora qué?, ¿qué haces con este montón de páginas? Doy por hecho que pueden existir diversas razones para escribir, para contar, pero si algo tenía claro por entonces era que no había escrito aquella biografía para guardarla en un cajón; lo había hecho para que fuera leída.

Portada del libro «Rosario de Acuña y Villanueva.Una heterodoxa en la España del Concordato»Pero el asunto este de dar a conocer lo que has escrito no resulta nada fácil. Pasaron más de dos años antes de que el libro fuera publicado. Bien, ya está en las librerías, ya está en las bibliotecas (andando el tiempo, también en Internet, primero en el portal bibliográfico Dialnet y más tarde, superados unos contratiempos iniciales (⇑), en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes), ya puede ser consultado, ya puede ser leído. No obstante, me doy cuenta que no he concluido mi tarea, que aún quedan cosas pendientes pues, a pesar de que en sus páginas se recogen los hechos más relevantes de su biografía, mantengo abiertas varias líneas de investigación y todavía sigo la pista a algunos de sus escritos. Así es que, con el objetivo de poder incorporar estos nuevos datos y de aprovechar las posibilidades de divulgación que ofrece la red informática mundial, abro la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑) y, un tiempo después, este blog que la complementa. 

Escribí más arriba que, tanto en el ámbito del libro impreso como en el de los escritos para la Red, el proceso era similar; a esta afirmación inicial añado ahora cierto matiz, relevante para el tema que nos ocupa y que paso a comentar. En la lista de los comentarios publicados, los que ya estaban accesibles para quien los quisiera leer desde cualquier lugar del planeta, aparece una información, un número, con el cual habría de convivir a partir de entonces: «Veces que ha sido visto». Resultaba sorprendente su inmediatez; nada que ver con lo que sucedía con los libros, de los cuales y en el mejor de los casos tan solo podías conocer cómo iban las ventas pasadas unas semanas; saber el número de los que se habían vendido el año anterior cuando te liquidaban los derechos de autor. En el caso del blog, la información era prácticamente instantánea. Aquel dato no solo confirmaba que, efectivamente, había alguien al otro lado que lo había «visto», sino que también establecía diferencias entre los diferentes escritos, pues unos se «veían» más que otros. 

La información disponible aumentó considerablemente cuando, por cuestiones técnicas, lo trasladé de Educastur Blog a Blogger. Gracias a las omnipresentes cookies, Google Analytics, la herramienta de análisis de audiencia asociada a esta plataforma, facilita información acerca de los contenidos visitados, la duración de las visitas o la procedencia de las mismas. Es así como pude saber que Madrid es el lugar de origen del mayor número de visitantes y que a la capital le siguen Gijón, Barcelona, Pinto, Sevilla, Valencia, Avilés, Oviedo, Zaragoza, Alcalá de Henares, Granada, Palma, Málaga, Santander, Bilbao, Valladolid, Pozuelo de Alarcón, Coruña, Jaén, Alcorcón, San Sebastián, Almería...; también que, además de visitantes ubicados en países de Hispanoamérica, se suelen producir visitas con origen en Reino Unido (Londres, Cardiff o Nottingam), Italia (Florencia o Roma), Francia (Ussel, Fontenay-le-Fleury, Lyon, Cahors, Noisy-le-Grand o Rennes), Letonia (Riga), Irlanda (Dublín), Finlandia (Tampere), Estados Unidos (Edwardsville, Jersey City, Mansfield o New Haven)...

Llegados a este punto, tengo que decir que, una vez que ha quedado constancia de que al otro lado hay personas interesadas en saber algo más acerca de la trayectoria vital de doña Rosario, el resto de los datos tiene una importancia menor. Creo que poco aporta a mi labor conocer qué porcentaje de visitantes accede al blog desde un ordenador o desde un teléfono móvil; tampoco saber si las visitas proceden de un motor de búsqueda o de un enlace inserto en otra página; y quizás menos aún averiguar cuál es el día o la franja horaria con mayor número de visitas. En cuanto a los datos que sí podrían interesarme, como el del tiempo de la visita a un determinado comentario, tampoco me aportan información que pudiera confirmar de manera concluyente que además de «visto» ha sido «leído». Pongo un ejemplo como aclaración. Hace unos días una persona «vio» uno a uno los doscientos veintiocho comentarios publicados; lo hizo en dos sesiones diferentes, con un total de más de dos horas y cuarto de permanencia en el sitito (más de setenta y ocho minutos en la primera, casi sesenta y tres en la segunda). Pues bien, como no es posible leer en ese tiempo todos y cada uno de los comentarios, deberíamos concluir que no los leyó. No obstante y dado que  resulta difícil de asumir que alguien estuviera ciento cuarenta y un minutos visitando uno a uno y de manera sistemática todos los comentarios por el mero hecho de pasar el tiempo, quizás haya que considerar la posibilidad de que la persona en cuestión lo que hizo fue copiar los textos de los comentarios (quizás para almacenarlos y poder leerlos posteriormente con mayor tranquilidad), lo cual sí que sería posible realizar en el tiempo referido. Fuera o no fuera así en este caso, habida cuenta de la verosimilitud de tal posibilidad, ya no resulta fácil afirmar de forma categórica que un comentario no ha sido «leído» por más que el tiempo de permanencia sea inferior al necesario.

Es probable que para quienes tengan interés en todo lo relacionado con el tráfico en Internet y el posicionamiento en buscadores todos estos datos resulten muy útiles. Por lo que a mí respecta, me quedo con el número de visitantes (varias decenas de miles a lo largo de estos años, imprescindibles acompañantes en esta tarea en la que me he involucrado) y con los lugares que mantienen enlaces en sus sitios web, bien a la página, bien al blog, bien a Una heterodoxa (Biblioteca Nacional, Wikipedia, Hemeroteca Municipal de Madrid, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Dialnet o un creciente número de blogs relacionados con el librepensamiento, la literatura, el feminismo o la masonería).

Bien está contar con datos que, siendo favorables, contribuyen a retroalimentar el objetivo inicial del proyecto, pero, sin duda, resulta mucho más satisfactorio lo que uno se encuentra más allá de los mismos. Por fortuna, he habilitado una dirección de correo (que figura tanto en el blog como en la página: info.rosariodea@gmail.com), y allí me he encontrado testimonios que personifican lo que hay detrás de lo digital, de las estadísticas o de los números. Hay quien me ha escrito preguntándome acerca de lo que representan cada uno de los personajes de El padre Juan, o requiriendo mi opinión acerca de aquellos de sus escritos que pudieran tener mayor interés para un lector actual. Allí me he encontrado también a familiares de doña Rosario, descendientes de su nutrido primazgo (⇑), con quienes he compartido impresiones, textos y fotos; a responsables de la catalogación de archivos que me agradecen algunas de las informaciones publicadas y que, por lo visto, han facilitado su labor; a blogueros, cronistas e investigadoras que me escriben acerca de sus hallazgos, de sus estudios o de sus escritos... Detrás de estos mensajes hay personas con nombres y apellidos que comparten conmigo la admiración por nuestra protagonista.

Imagen de la página Proyecto Ensayo Hispánico
Al otro lado del correo también encontré propuestas que me abrían la posibilidad de ampliar la difusión de mis investigaciones. Por invitación de José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, elaboré «Rosario de Acuña y Villanueva. Una vida entregada a la búsqueda de la Verdad», el capítulo a ella dedicado que figura en el Repertorio Íbero e Iberoamericano de Ensayistas y Filósofos (⇑), encuadrado en el Proyecto Ensayo Hispánico. La escritora y periodista Ada del Moral, buena conocedora de Joaquín Dicenta, Luis Bonafoux y demás integrantes de la «Gente Nueva», me encargó su biografía para la colección Mujeres en la Historia (⇑) que publica El País.

Con todo, resultando muy gratificante enterarse de la satisfactoria evolución de la audiencia –y, más aún, conocer a algunas de las personas que se encuentran detrás de esos datos–, no conviene olvidar que el objetivo último del trabajo emprendido es el de contribuir a disipar la neblina que durante tantos años ocultó su existencia. El hecho de que su nombre resulte más familiar a un número creciente de personas no creo que deba ser el único parámetro a considerar a la hora de evaluar el grado de consecución del mismo. Si en su momento hubo decisiones políticas que la condenaron al público desconocimiento, quizás ahora deberíamos fijarnos en otros aspectos para comprobar que, gracias a ese mayor conocimiento que sugieren las estadísticas, su figura va recuperando el protagonismo que le arrebataron. Algunos, ciertamente, sí que son constatables. Veamos. Han ido desapareciendo de la Red las informaciones erróneas (⇑) acerca del lugar y año de su nacimiento; desde hace ya un tiempo en todos los sitios aparece reflejado que lo hizo en Madrid el primero de noviembre de 1850. Su nombre ha recuperado el lugar que tiempo atrás ocupó en el callejero (⇑) de algunas de las ciudades españolas (incluso en el insólito caso de Tarrasa ⇑); también lo hizo en el edificio madrileño inaugurado en el año 1933 como sede de un grupo escolar y que actualmente lo es del Centro Sociocultural Rosario de Acuña (⇑). Poco a poco se ha ido abriendo espacio en las páginas especializadas: desde 2013 cuenta con un portal a ella dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; cuatro años más tarde fue la Biblioteca Nacional (⇑) quien la incorporó a su proyecto Escritores en la BNE. En la temporada 2018-19 el suyo fue uno de los cuatro nombres de mujer que dieron vida a otras tantas obras estrenadas en el Centro Dramático Nacional (⇑) dentro del ciclo En letra grande. No hace mucho tiempo supimos de la sorprendente aparición en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid del denominado Archivo Personal Rosario de Acuña (⇑): doscientos noventa y ocho documentos que durante décadas habían permanecido ocultos en los oscuros rincones del olvido.  Sus cuentos y sus poesías se incluyen en diversas antologías; sus obras se integran en nuevos proyectos impulsados por diferentes empresas de comunicación  (si en 2019 su biografía se incluyó en la colección Mujeres en la Historia del diario El País, ahora son algunos de sus textos los que forman parte de la que edita La Gaceta de Salamanca con el título Escritoras inolvidables del siglo XIX)...

Quiero pensar que mis afanes no han sido en vano, que la labor divulgativa que vengo desarrollando durante los últimos años ha contribuido al mayor conocimiento de la vida y obra de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Es lo que me mueve a teclear cuando, bien de mañana, el cursor parpadea intermitentemente a la espera de que escriba un nuevo comentario o que transcriba uno de sus textos recuperados.




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domingo, 31 de enero de 2021

228. Su gran valedor

 

El estreno fue un éxito; sorprendente, hay que añadir. A la vista de cuanto se publicó por entonces (⇑), bien se puede pensar que lo sorpresivo resultó ser que aquella obra de versos vigorosos no hubiera sido escrita por un recio varón. De ningún modo; quien subió al escenario para satisfacer la curiosidad del público que de forma reiterada reclamaba su presencia, era una mujer, una joven de rostro ovalado y tirabuzones clareados. Hubo coincidencia en el beneplácito concedido a la primeriza dramaturga: de Ramón de Navarrete, Asmodeo, a Peregrín García Cadena, pasando por el aún más joven Leopoldo Alas, quien en su «Revista del año cómico (1875 a 1876)» le dedica estos cariñosos versos:  «sólo juzgo oportuno / reservar un aplauso cariñoso / para Rienzi el Tribuno,/ brillante ensayo de una señorita / liberal, inspirada y muy bonita».

Es preciso recordar que la autora tiene veinticinco años, y que esas dos notas distintivas –ser mujer y ser joven–, que tanto sorprendieron a los críticos por entonces, no dejan de resultar sorprendentes también en la actualidad, no tanto por lo que respecta a la capacidad creativa de la autora, sino por el hecho de que, siendo tan joven –y mujer–, fuera capaz de estrenar una obra dramática en un teatro de la capital. Es aquí, en el campo de la intrincada república de las letras y sus aledaños, donde parece que cobra especial significación el papel jugado por su padre, su gran valedor.

Firma de Felipe de Acuña cuando era estudiante de Leyes

Ya ha quedado constancia (⇑) del protagonismo que tanto la madre como el padre asumieron en la educación de su única hija, tras haberle sido diagnosticada una dolorosa enfermedad ocular que le impedía asistir regularmente al colegio que habían elegido para ella. También que sus progenitores debieron ver con buenos ojos las incipientes aficiones literarias de su hija, hasta el punto de que don Felipe asumió la tarea de ir abriéndole camino, de facilitarle la inicial andadura por aquella azarosa senda. Bien es verdad que una cosa es querer hacer algo y otra, bien diferente, poder hacerlo. A lo que parece, el señor de Acuña sí que pudo, gracias a que contaba con una valiosa red de contactos articulada en torno a dos ámbitos sociales, no exentos de conexiones entre sí: el artístico-literario y el político.

Sabemos que los escenarios no le resultaban extraños, que no debió de estar muy alejado de los ambientes artísticos de la época, como bien parece desprenderse de la carta de recomendación que en 1870 dirige a Fernando Fernández de Córdoba, marqués de Mendigorría y a la sazón director general de Infantería, solicitando su apoyo para una iniciativa promovida por Maximino Fernández «director de escena del teatro de Rossini»; o de la que le envía el dramaturgo Manuel Tamayo y Baus solicitándole una gestión para abaratar el transporte ferroviario de los actores que interan la compañía de su hermano. Conocemos también que mantuvo amistad con otras personas vinculadas a la escena. Tal es el caso de Lorenzo París y Arriola, una de las personas que frecuentaba su casa, maestro sastre del Teatro Real y padre  de Luis París y Zejín, personaje bien conocido en esta página ⇑ que andando el tiempo será director de escena del mismo teatro; o del tenor italiano Enrico Tamberlick, compañero suyo de cacerías y uno de los integrantes de su lista de correspondientes.

En cuanto al ámbito de la política, conviene resaltar desde un primer momento que su posición estuvo muy ligada a la de Francisco Serrano Domínguez, militar renombrado durante la Primera Guerra Carlista y político de largo recorrido, amplia flexibilidad programática y destacado protagonismo. Aunque nacido en la localidad gaditana de San Fernando, su familia paterna estaba enraizada en la provincia de Jaén desde siglos atrás, desde que el rey Fernando III concediera a uno de sus antepasados tierras en los pueblos de Arjona y Arjonilla por su participación en la conquista. En la segunda localidad citada fue donde nacieron Felipe y sus hermanos, hijos de quien fuera alcalde de la ciudad y segundogénito del XVI Señor de la Torre de Valenzuela, jefe de la rama no extinguida de los Acuña de Baeza. No debería de resultar extraño, por tanto, que los integrantes de ambas familias se encontraran. Y lo hicieron. Al principio de la década de los setenta la Unión Liberal y un sector del Partido Progresista se integraron en el nuevo Partido Constitucional liderado por Sagasta y Serrano. En sus filas hallamos tanto a Felipe (quien por este tiempo hace públicos sus «sentimientos de leal adhesión, cariño y respeto» a don Práxedes Mateo) como a sus hermanos Antonio y Cristóbal y a su primo Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros.

Tiempo atrás he escrito en este blog (⇑) acerca de la participación de Felipe de Acuña y Solís en algunas de las cacerías que tenían lugar a principios de los setenta en el Coto del Socor, una finca propiedad de Serrano –por entonces presidente del Consejo de Ministros– de más de tres mil hectáreas situada en plena Sierra Morena, en el límite de los municipios de Montoro y Córdaba. Unos años antes, al poco de que el duque de la Torre se hubiera convertido en regente del Reino, la Gaceta de Madrid publica un decreto por el cual se le conceden al padre de nuestra protagonista los honores de jefe de Administración Civil (pasando a ser desde entonces «ilustrísimo señor»); poco tiempo después, recibe el nombramiento como delegado del Gobierno de la Compañía de los Ferrocarriles de Zaragoza a Pamplona y Barcelona (ZPB); y en 1874, cuando Francisco Serrano se había convertido en presidente del Poder Ejecutivo de la República, es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura y, unos meses después, vocal de la de la Comisión General Española encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles  en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876.

Una de las consecuencias de su proximidad al duque de la Torre es la ampliación de su círculo de conocidos, bien sean miembros de la citada comisión o integrantes del Partido Constitucional, lo cual le brindará la posibilidad de impulsar la actividad literaria de su hija, pues entre los partidarios de Serrano o de Sagasta se encontran conocidos integrantes de los círculos literarios o periodísticos del país. Unos le brindan su apreciado consejo (tal es el caso de Antonio Ros de Olano o de Adelardo López de Ayala, quienes le envían a vuelta de correo comentarios sobre algunos de los textos de la joven escritora); otros, las páginas de sus periódicos. No parece que sea casual que sus primeros escritos publicados aparecieran en El Eco Popular (órgano del Partido Constitucional),  El Constitucional  (al frente del cual se encontraba Federico Bas Moró, diputado del citado partido por la circunscripción de Elche), La Iberia (diario del cual Sagasta había sido su director y que, al decir de algunos, se convirtió en su «permanente órgano de prensa») o en Gaceta Universal, cuyo fundador y director era Agustín Urgellés de Tovar, de cuya amistad con Felipe de Acuña contamos con algunos testimonios pues, además de la existencia de varias cartas dirigidas a la familia, sabemos que en alguna ocasión don Felipe y su mujer se alojaron en su vivienda situada en la barcelonesa calle Hostal del Sol. 

Fragmento de la carta que López de Ayala le envía a Felipe de Acuña

En la sección correspondiente de la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑) se pueden leer sus escritos «Las fiestas del Pilar de Zaragoza», «Recuerdos de un día en Elche», «Una lágrima», «Paso a la verdad» o «Las ilusiones», aparecidos a lo largo de los años 1872 y 1873 en páginas amigas, así como «Un ramo de violetas», escrito y publicado –muy probablemente con los dineros de la familia– en la Bayona francesa. Son su carta de presentación. Los periódicos y las imprentas no le eran desconocidas cuando, un año después, La Ilustración Española y Americana publicó su poema «En las orillas del mar», convirtiéndose de esta forma en «el primer periódico que dio cabida en sus columnas a la primera composición poética de la señorita doña Rosario de Acuña y Villanueva». Aquel autoproclamado mérito se producía tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno. La joven escritora se encontraba ante las puertas que daban acceso al parnaso nacional por su prometedora fuerza poética, pero también por los desvelos de su progenitor.

Tras el feliz resultado obtenido por la primera obra dramática escrita por su hija, la actividad de Felipe de Acuña se incrementa notablemente, aplicándose en tareas de promoción de la obra y en la búsqueda de nuevos lugares en los que representarla. El marqués de Dos Hermanas le habla del número de ejemplares que pueden venderse en La Habana (también le dice que el rey piensa asistir a la representación); Manuel de Elola y Heras, por entonces gobernador de Navarra, le pide algún ejemplar, al tiempo que le felicita por el éxito obtenido; José de la Calle le escribe desde Valencia acerca del posible estreno de la obra en aquella ciudad; el actor Rafael Calvo lo hace desde Barcelona para contarle que no ve factible que allí se pueda estrenar a corto plazo. El tenor Enrico Tamberlick, tampoco se olvida de felicitarlo.

El escritor y académico Adelardo López de Ayala en una carta enviada a su correligionario, en la cual alaba las dotes que para la rima posee la joven escritora («percibe y siente muy bien la armonía de la versificación»), suplica a su amigo que la deje escribir. Felipe de Acuña hizo más que eso, pues no solo la animó a hacerlo, sino que se convirtió en su gran valedor.




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viernes, 15 de enero de 2021

227. La primera en la Exposición


Panel dedicado a Rosario de Acuña (Imagen cedida por Manuel Almisas Albéndiz)

En 1932 la gaditana Amalia Carvia Bernal pronunciaba unas palabras de reconocimiento al papel que Rosario de Acuña había desempeñado en el despertar de muchas conciencias femeninas. Aunque no era la primera vez que lo hacía, quizás sea en esta ocasión cuando mayor relevancia alcanzan sus manifestaciones, pues las realiza en un acto público, en el homenaje que le tributan las mujeres valencianas que forman parte de la Agrupación Femenina Republicana Entre Naranjos:

«En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anatemizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz».

Casi noventa años después, en la exposición Librepensadoras Andaluzas que actualmente se encuentra abierta al público en la localidad de El Puerto de Santa María, se le asigna de nuevo el papel de iniciadora del movimiento: el panel número dos –el que sigue a la Introducción– está dedicado a doña Rosario,  la «primera librepensadora». No resulta extraña tal coincidencia, menos aún si tenemos en cuenta que el promotor de la muestra es Manuel Almisas Albéndiz,  buen conocedor de la vida y obra de quien pronunció las elogiosas palabras dedicadas a nuestra protagonista, autor de ¡Paso a la mujer! Biografía de Amalia Carvia.

Este libro, publicado en 2019, es el primero de una trilogía que el investigador roteño ha dedicado a rescatar del olvido a tres mujeres librepensadoras andaluzas. A Amalia Carvia le siguieron la también gaditana María Marín Labrador y la malagueña Dolores Zea Urbano. Fruto también de sus investigaciones es la exposición Librepensadoras andaluzas que cuenta con nueve protagonistas. A las ya citadas se unen Amalia Domingo Soler, Soledad Areales, Ángeles López de Ayala, Ana Carvia y Belén Sárraga, nombres que no resultan nada extraños a quienes siguen los comentarios de este blog. Aunque dos de ellas no sean andaluzas de nacimiento, su inclusión está más que justificada. En el caso de la vallisoletana Belén Sárraga, por la intensa actividad que desarrolló en tierras malacitanas, donde fundó la Sociedad Progresiva Femenina y relanzó el semanario La Conciencia Libre; en cuanto a Rosario de Acuña, por el ya comentado papel de impulsora del movimiento librepensador que le han atribuido sus propias integrantes, sin olvidar los fuertes vínculos que mantuvo con la tierra, cuna de su familia paterna (véanse los comentarios 128. El primo Pedro Manuel ⇑, 175. La sobrina descarriada ⇑, 212. La prima repudiada ⇑ o 226. La tía olvidada ⇑ ).

La exposición (que nace con afán de itinerancia, dispuesta a recorrer las tierras andaluzas, preparada para atender las solicitudes de cuantas asociaciones o entidades se muestren interesadas en la misma) se complementa con un blog del mismo título (⇑), en el cual las personas interesadas pueden ampliar la información acerca de cada una de sus protagonistas: un código QR o de respuesta rápida insertado en cada uno de los paneles facilita el enlace. 

Nota. En el siguiente enlace  https://kaosenlared.net/librepensadoras-andaluzas/ se puede obtener más información sobre la exposición.




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viernes, 8 de enero de 2021

226. La tía olvidada

Las opciones vitales que va tomando también tienen consecuencias en su entorno más cercano. Las relaciones con su familia paterna se fueron modificando a medida que ella se adentraba en el campo de batalla «donde riñen duro combate la luz y las tinieblas». Durante los años de su niñez disfrutó de las prerrogativas que le confería ser la primera de las nietas del abuelo Felipe, y a su encuentro iba una y otra vez aquella niña de doloridos ojos acompañada de su joven progenitor, «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena». Con el pasar de los años, con el nacer de nuevos primos, la campiña de Jaén se convirtió también en escenario de gratificantes estancias juveniles, durante las cuales no solo disfrutaba de los salutíferos efectos que le proporcionaban los paisajes serranos, sino también de las reconfortantes muestras de cariño con las que le obsequiaba aquel creciente entramado familiar. Todo empezó a cambiar tras la muerte de su padre, con la separación de su marido, con el inicio de su campaña en Las Dominicales. La querida nieta de Felipe de Acuña y Cuadros, se convirtió entonces en la sobrina descarriada (⇑); más tarde, cuando su nombre anduvo de boca en boca con ocasión de un escrito suyo en el que condenaba la deplorable acción de unos universitarios, en la prima repudiada (⇑); andando los años, apenas quedaría un lejano rastro de aquellos lazos familiares: para los hijos de su  nutrido primazgo se había convertido en la tía olvidada.  

Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña)

Recuerdo que en los primeros tiempos de mis investigaciones, cuando los interrogantes superaban con creces a las certezas, había dos que resultaban recurrentes. El primero se relacionaba con el papel que había desempeñado Carlos Lamo Jiménez en su vida, especialmente en la última época. Me preguntaba una y otra vez, cómo era posible que doña Rosario se viera obligada a vivir de fiado cuando a su lado había una persona que, siendo licenciado en Leyes, podía realizar un trabajo bien remunerado. Después de mucho buscar y tras darle no pocas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que entre ambos no hubo una relación entre iguales, tal y como explico en el comentario 200. El buen discípulo (⇑). La otra pregunta tenía que ver con la brusca ocultación de su testimonio vital, con el olvido colectivo, con el hermético silencio que sepultó su memoria durante décadas. Dando por hecho que las autoridades del Nuevo Estado, surgido tras la incivil guerra, se habían empleado a fondo en la depuración de todo lo que fuera contrario a los ideales del régimen político instaurado por la fuerza de las armas, y que la suya era una de las biografías que había sido enviada a la profunda fosa de la desmemoria, me preguntaba si no habría algún familiar que, conservando vivo su recuerdo, se atreviera a aportar alguna luz en aquella negritud del olvido por la que, a finales de los sesenta del siglo pasado, se adentraron Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal (⇑).  

Años después supimos que sí, que ciertamente existían familiares de doña Rosario de Acuña y Villanueva, vástagos de su nutrido primazgo. A los veintiséis sobrinos segundos (descendientes de sus cinco primos y siete primas que apellidan "de Acuña Robles" y "de Acuña Martínez de Pinillos"), habría que añadir unos cuantos más que, por ser hijos de los primos de su padre, eran sobrinos terceros suyos. Haberlos, habíalos. Otra cosa era que estuvieran dispuestos a facilitar algún dato, algún recuerdo, de aquella señora, otrora ilustre tía y por entonces una auténtica proscrita, por masona, por librepensadora, por republicana, por feminista, por atreverse –en la muy católica España y siendo mujer– «a vivir como persona y por su cuenta». Al fín y al cabo, ella era la que había decidido abandonar el protector entramado familiar, la que había decidido pasar a la otra orilla; el resto de la familia permanecía en su sitio, en la milicia, en la nobleza, en la abogacía, en la Administración, en las cámaras de comercio, en la ingeniería, en los consejos de administración, al otro lado de la trinchera.

Puestos a buscar en este amplio sobrinazgo alguien que hubiera sido capaz de romper una lanza por su tía, tan sólo se me ocurre pensar en José de Acuña y Gómez de la Torre, otro de los heterodoxos de la familia, por más que la suya fuera una heterodoxia bastante más benigna. El primogénito de su primo Antonio de Acuña y Robles había nacido en Barcelona  en el año 1889 y, tras finalizar los estudios en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de esa ciudad, se trasladó a las jiennenses tierras familiares, donde obtuvo una plaza en la jefatura provincial de Obras Públicas. 

El diputado José de Acuña y Gómez de la Torre con uno de sus sobrinos en una fotografía publicada en 1936

Según parece, era don José persona de gran capacidad creativa, de la cual no solo dejó constancia en su faceta ingenieril (fue inventor de ciertos artilugios entre los que destacó un motor hidráulico rotativo y reversible), sino también en el ámbito político, con la fundación en los inicios de la década de los treinta del Partido Mesocrático Universal, instrumento con el cual aspiraba a conseguir la primacía de la clase media intelectual. Después de tres tentativas frustradas, obtuvo el acta de diputado por Jaén en las elecciones de febrero de 1936. Fue entonces cuando su original visión de la sociedad alcanzó una mayor difusión. Se sustentaba en unas pocas máximas, a partir de las cuales llegaba a concluir «que el hombre civilizado tiene el perfecto derecho a vivir sin trabajar». Bien es verdad que establece una significativa diferencia entre «vivir» (como sinónimo de «subsistir») y «gozar». El derecho a la subsistencia es universal, el derecho a gozar está reservado a quienes sepan conquistar los goces con su esfuerzo y con su trabajo personal. A los Estados compete garantizar a todos los ciudadanos alimento, vestido y cobijo. Claro está que ni será apetitoso, ni cómodo, ni confortable. Así, por ejemplo, en el apartado alimenticio propone el suministro de una papilla nutritiva disponible en unos surtidores (similares a los utilizados en las gasolineras) estratégicamente distribuidos por toda la geografía. Con estos postulados fue con los que obtuvo más de ciento treinta y cinco mil votos que le llevaron a ocupar un escaño en el Congreso, formando parte del grupo denominado «republicanos de centro». No duró mucho: se exilió en Francia tras el inicio de la guerra; a su conclusión fue autorizado a regresar y sometido a un proceso de depuración; falleció en marzo de 1941 a los cincuenta y un años de edad.  

Descartado José, no encuentro otras opciones verosímiles, pues cuesta trabajo creer que quienes se anudaron al entramado nobiliario tuvieran intención alguna de airear la vida y milagros de aquella rama tan singular de su viejo árbol familiar. Ni Fermina de Bonilla de Acuña (hija de su prima Petra de Acuña y Robles) que se había casado con el viudo marqués de Elduayen; ni María del Carmen de Acuña y Gómez de la Torre, que lo había hecho con Luis Sartorius y Díaz de Mendoza, hijo de los condes de San Luis; ni, mucho menos, los hijos de su hermana María de la Purificación, que se había casado en 1924 con Francisco Queipo de Llano y Álvarez de las Asturias Bohorques, vizconde de Valoria y –desde 1938– conde de Toreno, Grande de España de primera clase. 

Y ¿qué decir de la rama militar del sobrinazgo? Ya sabemos que la milicia no resultaba ajena a la familia de Acuña, que dos de sus primos, los hermanos Felipe y Antonio de Acuña Robles, fueron oficiales (alcanzaron el retiro como general de brigada, el primero, y coronel, el segundo); que un hermano de estos tenía por suegro a un oficial de la Guardia Real y coronel de Caballería; y que tres  primas (María Teresa de Acuña y Gómez de la Torre y las hermanas Rosario y Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos) se habían casado con militares. Con estos antecedentes, no debería de resultar extraño que varios de sus sobrinos ingresaran en el Ejército. De todos ellos, hubo quien alcanzó el retiro como oficial; otros murieron en el campo de batalla. Tal fue el caso de Felipe de Acuña y Díaz-Trechuelo, teniente del regimiento de Infantería Ceriñola 42, que tomó parte en la batalla de Annual y cuyo nombre figura en la relación definitiva de oficiales desaparecidos durante los meses de julio y agosto del año veintiuno. Entre los militares que lograron ponerse a salvo tras la caótica evacuación del campamento de Annual, se encontraba  José de Acuña y Díaz-Trechuelo, capitán del mismo regimiento que su hermano y uno de los oficiales que, bajo el mando del general Navarro, logró alcanzar el campamento de Monte Arruit, donde unos días después muere en combate.

Pablo Arredondo de Acuña y José de Acuña y Díaz-Trechuelo, dos de los sobrinos muertos en combate

Pablo Arredondo de Acuña era primo segundo de los dos anteriores y se convirtió en el héroe de la familia, al formar parte del reducido grupo de militares bilaureados, esto es, el de aquellos que recibieron en dos ocasiones la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar española. Le fue concedida la primera por los méritos que contrajo en el combate de Laucién (Tetuán) el 11 de junio de 1913. Al mando de una sección de la tercera compañía del batallón Cazadores de Arapiles nº 9, el por entonces segundo teniente fue herido de bala en una ingle, a pesar de lo cual «continuó en su puesto y tomó parte en otros dos combates, haciéndose notar por su valor y serenidad». Ascendido a capitán, en 1920 es destinado a la primera compañía de la primera bandera del recién creado Tercio de Extranjeros. Un año después fue herido de gravedad durante la toma de unas posiciones. Lo que siguió a partir de entonces fue otra dura batalla, primero en los hospitales para recuperarse, luego en los despachos para conseguir que no le declararan inválido. También resultó vencedor en este combate: en el verano del año veinticuatro, con un artilugio ortopédico en su pierna, se reincorpora a su anterior destino en la Legión. Al mando de su compañía participó en los combates que se sucedieron en los meses siguientes. En uno de ellos fue herido de muerte el 19 de noviembre de 1924, a la edad de treinta y cuatro años.

Desconozco qué hubiera pasado años después de seguir Pablo con vida; ignoro qué opción hubiera tomado de tener que elegir entre permanecer a las órdenes del Gobierno de la Segunda República o seguir los pasos de Francisco Franco Bahamaonde, compañero en la Academia de Infantería de Toledo y su jefe en el último destino, primero como comandante de la I Bandera del Tercio de Extranjeros y después como teniente coronel jefe del citado Tercio. Lo que sí conocemos es la posición que en aquella fratricida confrontación ocuparon otros miembros de la familia, integrantes del sobrinazgo de Rosario de Acuña y Villanueva. Para situar las coordenadas en las que se movieron, quizás no esté de más empezar diciendo que, por lo que conozco, ninguna de las personas a las que se hace mención en este comentario (con la excepción, claro está, del ya citado proceso de depuración al que fue sometido José de Acuña y Gómez de la Torre) penó con las consecuencias que en el Nuevo Estado llevaba aparejadas la disidencia o desafección al Régimen. 

En 1935 el oficial del Ejército retirado Luis Arredondo de Acuña publicaba en El Siglo Futuro un artículo titulado «Judaísmo, masonería, socialismo y comunismo», en el cual muestra a las claras sus afinidades ideológicas: «creo de oportunidad refrescar en la memoria de todos los que pensamos en español que desgraciadamente en España la hiena oriunda de Oriente, "el judaísmo", no ha sido aniquilada, ni aun siquiera amedrentada. Sus infectos engendros, masonería, socialismo y comunismo, al amparo de una política de suavidad, dejación y transigencia…». Unos meses después, en enero del año treinta y seis, el mismo periódico publicó una carta suya dirigida al ministro de Agricultura José María Álvarez Mendizábal en relación a unos comentarios de éste acerca del grado de compromiso de los militares. Sus palabras, que fueron muy aplaudidas por los lectores del periódico, resultaron del todo contundentes: «me veo impulsado como español y comandante retirado de Infantería e expresarle el desprecio que me produce su incapacidad como gobernante...». 

Tampoco deben de existir muchas dudas respecto a la posición adoptada por Antonio de Acuña Díaz-Trechuelo, por entonces capitán de la Guardia Civil que estaba destinado –desde mayo de 1936– en la primera compañía de la comandancia de Logroño. Parece ser que en la capital riojana secundó el golpe de Estado del 18 de julio, pues el suyo es uno de los nombres que aparecen en la orden que el ministerio de la Gobernación publica en el mes de agosto, integrando la relación de oficiales que causan baja definitiva por «haber tenido participación en el movimiento subversivo». Su hermano Luis, alférez de Caballería, también está a las órdenes del Gobierno de Burgos.

En aquella España trágicamente dividida en dos mitades irreconciliables, hubo otros sobrinos que perdieron su vida por el hecho de que sus adversarios ideológicos los consideraran partidarios de los militares sublevados, enemigos a eliminar. Tal fue el caso Francisco Vela de Almazán y de Acuña (hijo de su prima Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos) y de los hermanos Ángel y Antonio Escavias de Carvajal y de Acuña (hijos de la también prima y hermana de la anterior María del Carmen de Acuña y Martínez de Pinillos). A los tres les arrebataron la vida en un cortijo del término municipal de Ibros en plena juventud, cuando aún no habían cumplido los treinta años de edad. El 3 de septiembre de 1936 pasaron a integrar el censo de víctimas de lo que más tarde se conocería como «represión republicana». Un par de semanas después lo haría un militar retirado de quien ya hemos escrito, Luis Arredondo de Acuña; al mes siguiente, su hermano Juan, oficial de Infantería que se niega a formar parte del Ejército Popular de la República.

No cuesta mucho suponer que el dolor producido por aquellas muertes eliminara de cuajo cualquier atisbo de tibieza en las familias de sus cinco primos y siete primas que apellidan "de Acuña Robles" y "de Acuña Martínez de Pinillos". Los nietos y las nietas de sus tíos carnales, los hermanos Antonio y Cristóbal de Acuña y Solís, se encuentran –por propia voluntad y/o por la ajena percepción– en el bando de quienes confían en el triunfo de los militares sublevados. Y el primero de abril de 1939, tras la proclamación de la derrota del ejército republicano, se hallan entre los que respiran aliviados por el triunfo de las «tropas nacionales».

El capitán de la Guardia Civil Antonio de Acuña Díaz-Trechuelo, que había sido dado de baja por el ministerio de la Gobernación, es destinado por el Gobierno de Burgos a la comandancia de Sevilla, tras haber desempeñado funciones de juez especial para la depuración de responsabilidades en Calahorra; en 1941 recibe la Medalla de la Orden de San Hermenegildo. Fermina de Bonilla de Acuña, hija de Petra de Acuña Robles y viuda del contralmirante de la Armada Ángel Elduayen Mathet, publica un libro titulado Laureados 18 de julio de 1936 que es autorizado en 1939 por el director general de Primera Enseñanza «por su contenido altamente patriótico y de gran ejemplo y estímulo». En 1948 se restablece la legalidad vigente con anterioridad al 14 de abril de 1931 en las Grandezas y Títulos del Reino y siete años más tarde  los hermanos Francisco y Alfonso Queipo de Llano y de Acuña, hijos de María de la Purificación de Acuña y Gómez de la Torre, inician la tramitación para la sucesión de los títulos nobiliarios que ostentaba su padre hasta el momento de su muerte: el primero solicita el título de Conde de Toreno, con Grandeza de España de primera clase; el segundo, el de vizconde de Valoria. Cristóbal Vela de Almazán y de Acuña, hijo de Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos, se había convertido en «oficial aviador» tras finalizar sus estudios en la Academia de Caballería; en 1946 es comandante y está destinado como profesor en la Escuela de Informadores Fotógrafos del Ejército del Aire, sita en Cuatro Vientos; en los primeros años sesenta, ya coronel, es Jefe del Servicio de Defensa Química y Contra Incendios del Ejército del Aire. Pablo Arredondo y Díez de Oñate, hijo de Luis Arredondo de Acuña, ingresa en 1944 en la Orden de Cisneros, creada dos años antes como galardón al mérito político; en marzo de 1956 es nombrado Inspector Nacional de la Vieja Guardia de Falange Española Tradicionalista y de las JONS; en 1968 el Jefe del Estado le concede la Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas...

Familiares, ciertamente los había. Otra cosa bien diferente era que las florecientes ramas surgidas de aquel tronco común de los Acuña de Baeza, descendientes de sus cinco primos y siete primas, tuvieran interés alguno en rescatar del olvido la memoria de doña Rosario de Acuña y Villanueva, aquella tía feminista,  regeneracionista, librepensadora, masona, filo-socialista,  republicana, que había sido calificado en otro tiempo como  «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias».




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viernes, 18 de diciembre de 2020

225. Homenaje a Giordano Bruno


Monumento a Giordano Bruno, plaza Campo de' Fiori, Roma (archivo del autor)

De vez en cuando, alguna de las líneas de investigación que permanecen en vía muerta se reactiva. Hace unas semanas localicé un escrito inédito de nuestra protagonista: se trata de un texto manuscrito que lleva por título «Lo indescifrable», uno de los documentos conservados en el Archivo Luis París que se encuentra depositado en el Centro de Documentación y Museo de las Artes Escénicas (MAE) del Institut del Teatre. Aunque no figura la fecha en la cual fue escrito, creo que contamos con suficientes indicios para poder situarlo en los primeros meses del año 1885. Veámoslos.

Su presentación en sociedad como librepensadora se produce el 28 de diciembre del año ochenta y cuatro, la fecha de publicación del número 98 del semanario Las Dominicales del Librepensamiento, en cuya primera página se da a conocer el contenido de la carta en la cual proclama su adhesión a la causa del librepensamiento. Si bien ése es el día que da comienzo su campaña de Las Dominicales (⇑)  («A contar desde hoy, de los devanadores de mi memoria se irán soltando cabos que habrán de desenredar los cajistas de Las Dominicales...»), no fue esa la primera de sus batallas contra el oscurantismo: semanas atrás sorprendió a más de uno al manifestar su apoyo a los estudiantes de la Universidad Central que mantenían una huelga en defensa de la libertad de cátedra. 

Tal y como se cuenta en el comentario  137. Yo pago la matrícula (⇑), la protesta estudiantil había comenzado después de que la prensa confesional iniciara una campaña en contra del catedrático Miguel Morayta Sagrario, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso irreverente y herético en la ceremonia de inauguración del curso 1884-85. Ya a finales de octubre el obispo de Ávila difundía una pastoral en la cual denunciaba que el conferenciante había puesto en duda el Diluvio o que Adán fuera la primigenia semilla de la estirpe humana; se le acusa también de equiparar el catolicismo con el resto de las religiones o de hacer alarde de panteísmo y darwinismo. Unas semanas después, el 16 de noviembre, un grupo de universitarios –alentados por la posición adoptada por la jerarquía católica– inicia una recogida de firmas contra el contenido del discurso, lo cual provocó que los partidarios de Morayta se movilizaran a su vez, redactando un escrito de apoyo al varias veces excomulgado catedrático –la «contrapropuesta»–, y manifestándose por las calles de la capital en defensa de la libertad de cátedra. Para intentar controlar la situación, el día 20 el gobernador envía un contingente policial a la sede de la Universidad. Su presencia provoca el rechazo de los estudiantes, que se niegan a entrar en clase y se echan a las calles de la capital en defensa de la libertad de cátedra. Las fuerzas policiales disuelven los grupos a sablazos: hay varias decenas de heridos y otros tantos manifestantes son detenidos «por proferir frases subversivas».

La intervención de las fuerzas del orden aviva el conflicto; los catedráticos de la Central elevan una propuesta por escrito al ministro del ramo manifestando su protesta por la violación del recinto universitario; una parte de la prensa se manifiesta en contra de «los brutales atropellos cometidos»; los estudiantes, que se niegan a volver a clase, reclaman la libertad de sus compañeros detenidos, lo hacen en las calles, también en las redacciones de los periódicos; se inician movilizaciones estudiantiles en el resto de las universidades del país. La prensa se hace eco de los apoyos que reciben los huelguistas. El 7 de diciembre varios periódicos de la capital publican una carta de Rosario de Acuña en la que se ofrece a costear la matrícula del alumno con mejor expediente que teniendo derecho a matrícula gratuita lo perdiese por negarse a entrar a clase en defensa de la libertad de cátedra. También se hacen públicos los escritos enviados por los estudiantes de otras universidades europeas (Coimbra, Turín, Lieja...). Los de la Universidad de Roma, reunidos en asamblea, aplauden con entusiasmo «vuestro heroísmo que, por reivindicar la libertad de enseñanza y de pensamiento, os ha hecho sufrir persecuciones teñidas de sangre...», también acuerdan abrir, «como protesta ante esta cruzada de los clericales», una suscripción internacional para levantar en Roma un gran monumento a Giordano Bruno, condenado por la inquisición romana por hereje y quemado vivo en la hoguera el 17 de febrero de 1600.

Inscripción en el monumento a Giordano Bruno (archivo del autor)

La iniciativa de los estudiantes romanos avivó el ánimo de los librepensadores españoles: Giordano Bruno era un magnífico estandarte en aquella guerra abierta contra la intransigencia. Pocas semanas después, los universitarios madrileños, reunidos en una asamblea convocada al efecto, deciden sumarse a la iniciativa, nombrando un comité encargado de poner en marcha el proyecto. Como presidente del mismo fue elegido el estudiante de Medicina Luis París y Zejín, a quien se encomendó la redacción de una circular que sería remitida al resto de universidades españolas «invitándolas a coadyuvar en la medida de sus fuerzas a dicha solemnidad».

Se inicia febrero. Quedan pocos días para que se conmemore el CCLXXXV aniversario del suplicio y muerte del mártir napolitano. El día 19 aparece en La Universidad –«periódico escolar librepensador» que los universitarios habían creado para convertirlo en su «órgano de prensa– un manifiesto dirigido a los estudiantes de España, que concluye de la siguiente manera: «Con vuestro auxilio, queridos estudiantes, concurriremos a la gran manifestación europea en favor de la libertad de pensar, dispuesta por nuestros compañeros de Italia». El comité había decidido que el homenaje a Bruno se prolongara más allá de la jornada en la cual se recordaba su muerte en la hoguera: tenía previsto celebrar el 14 de marzo una reunión artística-literaria y esperaba contar para ese día con los trabajos que a tal efecto se hubieran enviado en prosa o en verso, pero relacionados con el acto que en ella se conmemora. 

Muchas de las convenciones que la han acompañado durante su niñez y su juventud han perdido parte de su valor desde que a finales del mes de enero del año 1883 falleciera su padre, el anclaje más firme que aún la mantenía unida a su pasada mirada. Se abrió entonces un tiempo de tempestad y zozobra, de ansiosa angustia, de agitarse las carnes en busca de una pronta muda. Meses enteros de aislamiento casi completo... Y al fin, ante sus ojos se hizo la luz: «me pareció haber soñado cuando terminé de leer LAS DOMINICALES, porque en ellas palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad». Desde entonces solo una ocasión faltaba a su propósito. La huelga de los estudiantes madrileños la propició. Se ofreció a costear la matrícula del más aventajado si por no entrar a clase la perdiese; ofrece un banquete a una comisión de estudiantes (⇑) y otros ilustres librepensadores; hace pública su adhesión a la causa del librepensamiento iniciando su intensa campaña de Las Dominicales... y se suma, como no podía ser de otra manera, a los actos de homenaje a Giordano Bruno.


Imagen del sobre que contenía «Lo indescifrable»

El día 17 de febrero Las Dominicales publica un número extraordinario dedicado a Giordano y en sus páginas, junto a otros escritos de Demófilo, Emilio Castelar, José Nakens, Rafael M. de Labra, Miguel Morayta o Ramón Chíes se encuentra su texto «A Giordano Bruno», público reconocimiento a la «grandeza heroica» del homenajeado: «no hablemos de tus doctrinas, de tus ideales; fueren los que fueren, tu corona más inmarcesible es la de mártir de la libertad del pensamiento». Ahí está. Su nombre ya figura junto a los de otros destacados publicistas, dispuesta a colaborar en aquel glorioso combate, tal y como había anunciado: «Heme aquí, señor Chíes, que vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento». De ahí que resulte razonable pensar que, al igual que lo hizo para el extraordinario de Las Dominicales, se prestara también  a colaborar con los universitarios madrileños  en el homenaje a Giordano Bruno que llevaban tiempo preparando; y que, por tanto, sea en estos primeros meses del año ochenta y cinco cuando escriba «Lo indescifrable». 

El contenido del escrito, las referencias explícitas a Bruno («¿Se inicia en el corazón de un hombre?, Giordano Bruno sonríe en medio de las llamas que lo abrazaron»; «¡He ahí lo indescifrable! Bajo su imperio cruzaba la tierra Giordano Bruno, siempre ansioso, inquieto, intranquilo») y el hecho de que su destinatario fuera un destacado miembro de la comisión de estudiantes al tiempo que presidente de la comisión organizadora del homenaje, sustentan la hipótesis de que este texto fue escrito en los primeros meses del año ochenta y cinco. Desconozco si lo hizo para la velada artístico-literaria prevista para el 14 de marzo. Cierto es que, en principio, aquel certamen estaba dirigido a los universitarios, pero no lo es menos que los organizadores contaron con la colaboración de Ernest Haekel, Alfredo Naquet o Víctor Hugo, que realizaron diversas donaciones, o del marmolista Claudio Estrada, que se ofreció a realizar un busto de Bruno. En cualquier caso, de haber sido así, de haber sido el suyo uno de los noventa y seis escritos recibidos, no hubo ocasión para que fuera leído, ni en el paraninfo de la Universidad ni en el teatro Alhambra, que el comité había apalabrado tras la negativa del rector a cederles el local: las presiones gubernativas impidieron la celebración del público homenaje. Desconozco también si, tal y como pudiera deducirse de la lectura del sobre que lo contenía, aquel texto estaba destinado a formar parte del número extraordinario del semanario La Universidad, (dirigido por Luis París y en el cual vieron la luz otras colaboraciones suyas) al que se hace mención en la edición del 16 de abril.

Lo que sí sabemos es que el escrito llegó a su destino y que su destinatario lo consideró lo suficientemente interesante como para conservarlo, lo cual no debe de resultar extraño, tanto por la importancia que ambos otorgan al homenajeado (el propio Luis París presentó un trabajo a aquel frustrado certamen que más tarde se convertirá en Fray Giordano Bruno y su tiempo, una obra publicada ese mismo año y de la cual Rosario de Acuña realizó una elogiosa reseña), como por la antigua amistad que mantenían sus familias. Lo conservó y paso a formar parte de su archivo, integrado por diversos documentos relacionados con su actividad como director artístico (programas, cuadernos del director, cartas, bocetos y figurines, fotografías...). Gracias a ello, hoy podemos recuperar este texto salido de la pluma de Rosario de Acuña, probablemente en los primeros meses del año ochenta y cinco:

 «¡Saludemos al pasado! Nuestra voz, resonando a través de las edades, baje a buscar el polvo de los sepulcros y ascienda a encontrarse en las regiones del pensamiento para honrar la memoria del mártir y enaltecer la grandeza del héroe. ¡Que su recuerdo nos una y nos lleve a lo porvenir!» 

 



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