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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009) y de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

jueves, 28 de junio de 2018

174. Asturias, la tercera opción


Allí estaba Asturias, ¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...

Bien pudiera bastar este fragmento de Recuerdos de una excursión (⇑) para constatar su admiración por aquella tierra asturiana que tan bien conocía, pues mucho antes de recorrerla –de punta a punta, a pie y a caballo– había sido uno de los destinos terapéuticos que aliviaban sus lacerados ojos. Los baños del Cantábrico y la brisa de sus costas debían de procurarle balsámico remedio, pues hasta su admirada Asturias llegaba por ferrocarril para pasar una salutífera estancia, tal y como nos ha dejado escrito en otro de sus recordados viajes, en el cual relata una aventura vivida con tan solo quince años (⇑), cuando el tren que la llevaba de Madrid a Gijón en compañía de su padre fue asaltado por una partida de carlistas en las proximidades de la localidad leonesa de Villamanín.  

El Urriellu desde el mirador del mismo nombre (Archivo del autor)

Además de la del verano de 1865, también tenemos constancia de otra que tuvo lugar en 1874, pues entonces firma en Gijón la poesía titulada «A las niñas del Sr. D.B.D.G» (⇑). Años después recorre Asturias durante días en un viaje a caballo (⇑) iniciado en León y que continuará por Galicia. Entre otras localidades, visita entonces Trubia, en las proximidades de Oviedo, y Luarca. No tarda en regresar, pues en 1891, en la introducción de El padre Juan (⇑), rememora una ascensión al pico Evangelista (⇑), en el macizo oriental de los Picos de Europa, y nos describe la panorámica que desde su cima contempla en compañía de su acompañante:

...la aurora y el ocaso de la humanidad se desenvolvieron, con todas sus grandezas, ante nuestro pensamiento. El Cosmos surgía allí, eterno, infinito, anonadando nuestra pequeñez de átomos con sus inmensidades de Dios... Mi compañero se descubrió respetuosamente: su espíritu, capaz de comprender la majestad de la Naturaleza, había sentido la emoción religiosa; por su rostro varonil, lleno de energías juveniles sin corromper con el veneno de las prostituciones, se deslizó una lágrima: mis rodillas se doblaron en tierra, y nuestros labios murmuraron una bendición, cuya cadencia de plegaria fue repercutiendo en lejanos ecos, como si cien generaciones la hubieran pronunciado [...] Más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias! donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales...

Estaba prendada de aquel escenario que ella consideraba único, irrepetible: ¡la sin par Asturias! Era tal su pasión por la tierra asturiana que, ya instalada en su casa de El Cervigón, confiesa satisfecha que desde muy atrás, casi desde la niñez «fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo».

Altas cumbres abruptas, coronadas
por el cendal de inmaculada nieve;
prados cercados de florida sebe;
maizales, viñedos, pomaradas.

Tupidísimas selvas intrincadas
donde el sol ni a penetrar se atreve;
regatos limpios de corriente leve
y ríos que descienden en cascadas.

¿Quién podrá descifrar tanta belleza
que Asturias toda guarda en sus rincones?
¡Cuando el hombre se libre de locuras

y odie al odio, y encauce las pasiones,
podrá vivir la vida de venturas
que ofrece una región con tales dones!

A pesar de esa admiración que siente por «el florón más espléndido del solar español», no fue Asturias  su destino elegido cuando –tras encontrarse al borde de la muerte por las graves complicaciones que padeció como consecuencia de una fiebres palúdicas mal tratadas– decidió alejarse de su Madrid natal. Lo cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada (⇑), donde dice que está próxima a «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Puso sus ojos en el norte de España, sí; en las orillas del océano, también; pero fue a Galicia donde encaminó sus pasos. Sabemos que allí estuvo en 1894 y 1895, constando que en abril de este último año llegó a la localidad pontevedresa de Santa María de Oya, en la actualidad Oya (Oia), «con objeto de restablecer su quebrantada salud».

No se quedó mucho tiempo en el sur de Pontevedra. Cuenta en Los crímenes en la Montaña (⇑) que al año siguiente analizó la mejor opción para asentarse definitivamente en un lugar de la costa cantábrica, desde Vizcaya hasta Ferrol. Ante un mapa de España se puso a investigar qué lugar ofrecía mayores garantías para vivir con cierta tranquilidad. «Descartadas las provincias vascas por el furioso fanatismo religioso que alimentan los campesinos de ellas y que borra con ferocidades farisaicas sus patriarcales costumbres [...] vi que la menor cantidad y calidad de delitos correspondían a la Montaña, estando en primer término Lugo, luego Orense y después Coruña y Oviedo». Cantabria fue entonces el destino elegido y hasta allí se encaminó en compañía de su madre y de Carlos Lamo Jiménez. En las proximidades de Santander, primero en Cueto y luego en Bezana, permaneció unos doce años. Ya al final de este periodo, tal y como relata en 1906 en  Los crímenes en la Montaña (⇑), su percepción de aquel escenario y de los seres que lo pueblan parece haber cambiado tanto que empieza a darle vueltas a la idea de realizar una nueva mudanza.

Dos años después pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara de cómo podría ser su vida en esta villa asturiana. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última vivienda. Ahora sí, a la tercera, podrá ver cumplido aquel sueño rosado de la niñez de vivir y morir en «¡la incomparable Asturias!, el florón más espléndido del solar español; el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria...»

jueves, 24 de mayo de 2018

173. Sinfonía de animales


Encargo a mi heredero universal, don Carlos Lamo y Giménez, con el mayor empeño, y se lo suplico encarecidamente, cuide de los animalitos que haya en mi casa cuando yo muera, especialmente mis perros, y sobre todo mi pobre Tonita; que no los maltrate, y les proporcione una vejez tranquila y cuidada, y que tenga piedad y amor hacia las pobrecillas avecillas que dejé, y si no quiere o puede sostenerlas hasta que vayan muriendo de viejas que las mande matar todas, pero de ninguna manera las venda vivas para que sufran los malos tratos que las da el brutal pueblo español: sean todas muertas antes que vendidas vivas.

Los animales, sus «animalitos», constituían una de sus preocupaciones, tanto que, como se puede comprobar más arriba,  no se olvida de ellos a la hora de redactar su testamento (⇑) que escribió en la ciudad de Santander el veinte de febrero de mil novecientos siete. Menciona  entonces a sus aves de corral y a sus perros, pero hubo más.

Fragmento de un grabado publicado en 1876

Admiradora ferviente de la Naturaleza (así, con mayúscula), de sus principios y de sus leyes, en un primer momento, en sus inicios con la pluma,  los protagonistas de sus escritos son animales genéricos, casi siempre de los que surcan el viento. Son tiempos de juventud, de rimas y de disfrutes, de cantos y de jilgueros. Dedica sus versos a las viajeras golondrinas, a las que vuelan allí donde el alma templada se mira (⇑), y a la que, ya de regreso, reconoce en su ventana revolotear tranquila (⇑); a una tórtola herida (⇑), al enamorado ruiseñor (⇑), a la gaviota (⇑) de gigante y poderoso vuelo o a la codorniz (⇑) que su marcha prepara cuando las hoces la siega inician.

Luego les llegó el turno a las aves de corral. Y entre todas ellas hubo un ejemplar cuya memoria perdura por haber sido distinguido con un nombre propio, un topónimo reutilizado para dar vida a un personaje literario. Se llamaba Pipaón, que tal era el apellido del protagonista de Memorias de un cortesano de 1815, una de las novelas de la segunda serie de los Episodios Nacionales que escribiera su admirado Galdós (⇑). Este otro Pipaón era un gallo domesticado y, al igual que aquel de quien tomó el nombre, tuvo su momento de gloria ocupando un espacio entintado con letras de molde. Su dueña, que lo hizo zaragozano, contó su biografía (⇑) en los primeros ochenta del siglo diecinueve. Escribe entre otras cosas que, subido en una silla de tapicería, «participa de la comida de sus señores, los cuales le hacen plato de varios manjares». Tal historia no pasó desapercibida para sus atentos lectores y, andando el tiempo, la autora del relato se ve en la obligación de responder a una interpelación que al respecto le hacen en una revista. Rimando contesta al interpelante (⇑) dando voz de nuevo al gallo, «que aunque viviendo en aldea / y llamándose animal / con su espíritu cabal / razona, siente y desea».  Para que quien lea estas dos poesías sepa de qué va el asunto, la redacción de El Correo de la Moda explica en una nota lo que ya sabemos: que Rosario de Acuña posee un gallo domesticado que se llama Pipaón.

Por el espacio que ha abierto el gallo, ya famoso, se cuelan perros y caballos. Algunos ocupan un lugar especial en su amplia galería de afectos. Tal es el caso de Tom, un noble san bernardo, «maravilla de inteligencia, valor y lealtad», que la acompañó en los largos viajes que a lomos de un caballo realizaba por la geografía patria. A la memoria de Tom, «el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome», dedicó un sentido soneto con la intención de que se convirtiera en público homenaje, pues, para que su agradecimiento a tan leal compañero fuera bien conocido y perdurara en el tiempo, fue su voluntad que viera la luz en un conocido almanaque de los que por entonces se difundían con generosa profusión (148. Poeta de calendario ⇑).

Por si no bastaran las dos páginas de aquel almanaque para dar cumplida cuenta de la admiración que profesó al san bernardo, también le dedica un espacio destacado en «Recuerdos de una excursión» (⇑), donde narra cómo su querido perro se aplicó en el cumplimiento de la encomienda que su ama le hizo, cómo defendió caballos y equipaje ante la visita de unos pastores que hasta allí se acercaron. El recuerdo de aquel suceso le hace exclamar conmovida:

¡Noble animal querido! Cuando después de catorce años de tenerte a mi lado y de haberme maravillado de tu entendimiento, te vi morir, tu cabeza en mi falda, tus ojos vidriados por la muerte, mirándome con un postrer reflejo de bondad e inteligencia, comprendí todo el inmenso cariño que te tenía ¡Hoy, que hace ya algunos años que te perdí, todavía se llenan mis ojos de lágrimas al recordar tu vida; un nieto tuyo está a mis pies, mas como tú no fue ninguno de tus descendientes!...

Caballo árabe. Grabado publicado en 1861

No fue Tom el único animal que se encontraba a su lado en aquellos largos viajes, pues, aparte del humano acompañante –primero Gabriel, el criado; más tarde, Carlos, el amigo abnegado y respetuoso–,  la montura resultaba personaje necesario y principal. Fuera yegua o caballo, más que a espuelas, riendas o látigo obedecía a su cadenciosa voz: «no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras». Fuera Chiquita o Viejo la cabalgadura llevaba casi siempre una de sus orejas vuelta hacia la voz de su ama, a la espera de sus susurrantes palabras.

...era menester entablar un diálogo con mi yegua, pues ya sabe el lector cuán útiles me fueron siempre estas alocuciones con el inteligente animal, que en fuerza de llevarme cuatro meses sobre sus lomos ha llegado a identificarse conmigo de una manera pasmosa. En efecto, con el tono de voz más afectuoso que me fue posible armonizar con su pasito menudo de andadura, me dirigí a ella, que me entendió enseguida.

Así lo cuenta en «Las ruinas de un castillo feudal» (⇑), una de sus visitas en aquel largo viaje que realizó en el verano de 1887 por León, Asturias y Galicia (⇑). La de entonces era yegua (Chiquita se llamaba, procedía de una famosa ganadería y de potra había pastado en las dehesas de Aranjuez), pero fueron otros más y a todos susurraba: «¡Vamos arriba, Viejo...!».

Gallos, gallinas, patos, gansos, perros, caballos... tanto le gustaban los animales que en sus visitas a París (⇑) tenía una cita ineludible. No era la torre Eiffel, ni el Louvre, ni el barrio Latino, ni la catedral de Notre Dame, ni los Campos Elíseos. El lugar que siempre visitaba era el Jardín de Aclimatación, un gran parque zoológico situado en el bosque de Bolonia que había sido inaugurado en 1860 para contribuir a la aclimatación de especies animales exóticas. «No hubo nunca para mí en aquella urbe monumental [...] sitios ni espectáculos que lograran cautivar mi atención de manera tan sugestiva y honda. Días enteros pasaba de parque en parque, de instalación en instalación, de acuario en acuario...»

Su amor por los animales era un sentimiento que se alimentaba con la admiración que le producía la atenta observación: en su comportamiento se ponían de manifiesto los principios inexorables de su adorada Naturaleza. Sirva de ejemplo lo que ella misma nos cuenta en «Ni instinto, ni entendimiento» (⇑) acerca de una de esas tardes disfrutadas en el Jardín de Aclimatación. Tras pasar horas y horas examinando atentamente el comportamiento de las monas, las atenciones y cuidados que les dispensaban a sus crías, no puede menos que concluir con absoluta admiración que el instinto que las guía es el mismo «que la Suprema Razón del Universo ha esculpido en todas cuantas madres animales pueblan la tierra».

Su amor por los animales estuvo bien presente cuando redactó su testamento en la ciudad de Santander el veinte de febrero de mil novecientos siete: 

...y se lo suplico encarecidamente, cuide de los animalitos que haya en mi casa cuando yo muera, especialmente mis perros, y sobre todo mi pobre Tonita; que no los maltrate, y les proporcione una vejez tranquila y cuidada

sábado, 5 de mayo de 2018

172. De médicos y enfermedades


Supo pronto de la existencia de los médicos: no en vano tenía uno por abuelo. Era el padre de su madre, de nombre Juan Villanueva Juanes. Tuvo tiempo de conocerlo, de disfrutar de su compañía, de sus aficiones y enseñanzas, pues murió en 1882 cuando Rosario de Acuña ya había iniciado la treintena. De él cuenta su única nieta que había estudiado medicina en Alemania, que era un afamado horticultor,  y que a su lado adquirió  «conocimientos fisiológicos y naturalistas en edad en que apenas la mujer tiene otra pasión que las muñecas».

Reproducción de la pintura titulada ¿Será difteria? de Marcelino Santamaría Sedano (La Ilustración Española y Americana, 30-6-1894)

Una enfermedad ocular

Y fue precisamente en esa edad de juegos infantiles cuando la nieta del señor Villanueva se ve obligada a ampliar la lista de conocidos que usan la misma bata blanca que su abuelo. En esa primera infancia  empezó a padecer los dañinos efectos de una enfermedad ocular que la sumía en una dolorosa oscuridad. Después de varias consultas, hubo acuerdo en el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. Nada mejor que sus propias palabras para aproximarnos a lo que pudiera ser aquel sufrimiento:
 
Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.

Francisco Delgado Jugo. Grabado publicado en 1875 con ocasión de su muerte
Contando probablemente con la información de primera mano que acerca de la profesión médica dispondría su abuelo materno (y quizás también con la de Pablo León y Luque, el médico que la ayudó a nacer y antiguo amigo de la familia), inició entonces un peregrinaje en búsqueda de la curación por las consultas de los más reputados especialistas, ya fueran operadores y oculistas prácticos, profesores universitarios, cirujanos o titulados en oftalmología por la universidad de París. Bien conocidos le resultarán los nombres de Antonio Ortega, Anselmo Sabatier,  Rafael Cervera Royo, Antonio Alcaide de la Peña o Francisco Delgado Jugo. A este último –un venezolano especializado en París y que en Madrid desarrolló una intensa actividad clínica, primero en una de las casas de socorro y después en el Instituto Oftálmico– le dedicó la joven Rosario una poesía (⇑) al enterarse de su fallecimiento en 1875.

Diez años después, será uno de los discípulos de Delgado Jugo quien ponga fin a las penalidades padecidas durante treinta años. Gracias a la reconocida habilidad y sabiduría del doctor Santiago Albitos Fernández, Rosario de Acuña recuperará la certeza de la luz (⇑) tras una exitosa intervención quirúrgica que tiene lugar en el Hospital Asilo de Santa Lucía, sito en la madrileña calle de la Ruda. 

El origen de la locura

Resueltos de manera definitiva sus problemas de visión, serán otras las oscuridades que le preocupen a partir de entonces: la negritud del mal. Paradojas de la vida. Cuando en los años de infancia y de juventud había días en que amanecía libre de la dolorosa ceguera intermitente, sus ojos, ávidos de luz, se deleitaban con las bellezas que salían a su encuentro, con las brisas mediterráneas, con las olas del embravecido mar Cantábrico, con el sonoro volar de las gaviotas, con las melodiosas coplas de la paterna tierra andaluza, con el abrazo del viento serrano. Ahora que sus ojos pueden observar con atención sin temor a la sobrevenida oscuridad lacerante, su mirada se encuentra con algunas zonas de sombra que entenebrecen el escenario: la hipocresía, la ignorancia, la maldad... la locura. ¿De dónde viene la maldad; de dónde, la locura? Lleva un tiempo dándole vueltas al asunto. Primero se interesa por las lecturas de los teóricos de la frenopatía que ponen el acento en la herencia, en la relación existente entre la forma del cráneo y las cualidades morales; también por las de quienes, como Concepción Arenal, creen que los delincuentes son producto de la sociedad. Ahora, mediados los ochenta, por las informaciones de los llamativos crímenes que ocupan las primeras páginas de la prensa y también por los informes que acerca de los acusados realizan los médicos forenses. Le preocupa el tema; le da vueltas y más vueltas a la pregunta, al persistente dilema: ¿Es la herencia o es la sociedad la que convierte al hombre en criminal?

El ocho de octubre de 1882, tres días después de haberse producido el fallecimiento de Pablo León y Luque (el médico que la ayudó a nacer, antiguo amigo de su padre y, con el tiempo, también suyo), escribe una carta al presidente del cuerpo de médicos forenses haciéndole saber su voluntad de rendirle público homenaje:

...deseando honrar la memoria del que tuvo en vida elevada inteligencia, vasta instrucción y ejemplarísimo amor al trabajo y a la ciencia [...] destinaba la cantidad de mil pesetas para otorgar un premio, mediante invitación a concurso público entre los doctores o licenciados en medicina, al mejor trabajo escrito sobre medicina legal que se presente ante un jurado compuesto de eminencias médicas.

José María Esquerdo Zaragoza. Grabado publicado en 1895
Aceptado el encargo y siguiendo fielmente sus instrucciones,  el comité organizador (entre cuyos miembros se encuentran los doctores Pedro Carnicero Cardiel y Andrés del Busto López, marqués del Busto) hacen públicas las bases que habrán de regir el certamen eligiendo un tema de larguísimo título que habla de conocimientos frenopáticos, de libre albedrío, de moral, de razón y de locura: temas de su mayor interés. No sería extraño que acerca de todo ello hubiera inquirido al señor Pablo León en más de una ocasión. Ahora que él se ha muerto, no duda en visitar el sanatorio mental que el doctor José María Esquerdo Zaragoza dirige en Carabanchel para intentar encontrar allí las respuestas que anda buscando. Por lo que cuenta en el artículo «Un redentor de locos» (⇑), bien podemos concluir que quedó encantada con la visita; también que se va decantando por una de las opciones del dilema: «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos».

No habrá de pasar mucho tiempo para tener una nueva ocasión de contrastar todo lo que lleva meditando sobre el asunto. El 18 de abril de 1886 Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá, caía herido de muerte a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Se planteaba un nuevo dilema: el sacerdote era un asesino y debería de ser juzgado como tal o se trataba de un demente que no era dueño de sus actos y habría que tratarlo como un enfermo. Será en la vista oral donde los especialistas argumentarán sus razones y hasta la sala de justicia acudirá Rosario día tras día para aprender de cuanto allí se diga. A alguno de los peritos que acuden hasta la sede judicial ya los conoce. Tal es el caso de José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo que fue quien resultó ganador del certamen por ella promovido para homenajear a su amigo Pablo León.

De todo lo que ha aprendido durante el juicio, de las lecciones impartidas en aquella causa por los seis doctores que han actuado de peritos, sacará sus propias conclusiones. De parte de ellas dará cuenta en  El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), un folleto publicado en 1888  a propósito de este nuevo suceso, que volverá a captar la atención de la España letrada a lo largo de los varios meses que los periódicos se ocupan de la la larga instrucción del sumario y de la posterior vista oral. 

Paludismo

Estaba plenamente convencida de los beneficios de la vida en el campo, de los efectos salutíferos de la naturaleza, tanto que hubo ocasiones en las que estando enferma no dudó en acudir a la montaña para curarse. Ha dejado escrito que habiendo cogido un buen catarro, «de esos de mano armada, que son primos hermanos de la pulmonía», no se le ocurrió otra cosa que marchar desde Pinto a la sierra de Guadarrama, en compañía de su criado Gabriel y sus respectivas monturas. Cabalgó de Cercedilla al Alto del León «con fiebre bastante alta, con una respiración jadeante, con un escalofrío continuo, y con dolores aplastantes en todas las articulaciones». Detuvieron sus monturas al pie de un manantial de aguas cristalinas. En una cocinilla de campaña pusieron a calentar aquella agua pura endulzada con miel. Mientras tanto, la enferma se hizo un lecho de monte. Envuelta en los abrigos, en los impermeables, se tumbó con la cara hacia el viento del norte y, poco a poco, sorbo a sorbo, fue tomando aquella saludable bebida. Cuenta que aquel tratamiento no tardó en funcionar, que por la tarde, «con el pulso normal, sin fatiga, sin dolores, aspirando e inspirando como émbolo bien regido, ágil, alegre, fuerte y sana, montaba a caballo para pernoctar en El Espinar». Sin embargo, los resultados no siempre resultan tan satisfactorios.

En otra ocasión y en algún paraje de esta misma sierra sufrió la picadura de un mosquito que por entonces propagaba por España el paludismo, malaria o tercianas (una enfermedad endémica en nuestro país, que no se consideró erradicada de manera oficial hasta el año 1964). Un par de semanas después de aquella picadura aparecieron los primeros síntomas, que venían a confirmar que estaba infectada por el parásito Plasmodium. Al principio aquellas fiebres palúdicas no parecían graves («unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de aires suelen curarse»), pero se hicieron resistentes y perduraron en el tiempo. El cuadro clínico se complicó hasta el punto de alcanzar un estado de caquexia (pérdida de masa muscular, anemia, agrandamiento del bazo...) que la situó al borde de la muerte. Afortunadamente para ella fue tratada por Félix Aramendía y Bolea, quien consiguió ponerla a salvo de la amenaza que la acechaba. En 1892, una vez recuperada de tan terrible mal, dedicó a este médico y catedrático de la Universidad Central el cuento titulado La abeja desterrada (⇑):

Su ciencia y su bondad me devolvieron la salud cuando hacía meses que luchaba contra el veneno de extenuantes fiebres infecciosas; el destino le trajo a mi hogar a tiempo de sacarme de una horrible agonía, ya iniciada en larguísimas horas de caquexia palúdica. Salud y vida le debo, y es bien cierto que, de existir el milagro, fuera uno de ellos el que vos hicisteis...

Tan agradecida estaba a este joven doctor que, cuando apenas dos años después, en abril del noventa y cuatro, se entera de su repentino fallecimiento, no duda en desplazarse hasta Zaragoza para asistir a su funeral.

Tuberculosis

Una de las consecuencias de aquella prolongada enfermedad de tan perniciosos efectos fue su decisión de trasladarse a vivir a las orillas del mar Cantábrico. Aunque tuvo en cuenta diversas zonas de la costa norte, terminó optando por la Montaña, y en las proximidades de Santander fijó su residencia. Está decidida a pasar allí los últimos años de su vida. Parece el escenario perfecto:  «hermosísima tierra montañesa, de rico y fecundo suelo, de dulcísimo clima, de aguas cristalinas y puras». No obstante, al cabo de un tiempo descubre que no todo es tan maravilloso.

A poco que se ahonde en la vida y costumbres de este pueblo, veremos surgir, junto a cada llar de la Montaña, el prototipo fisiológico del hambriento de vida, del ser cuyos tejidos insuficientemente nutridos, albergan en sus células el plasma predispuesto a todas las infecciones. Aquí, en estos hogares montañeses, rodeados del medio ambiente más sano de España, aquí se han dado cita todos los genios malos del hombre, la escrófula, el alcoholismo, la sífilis, para encunar en sus funestos brazos el hijo amado de tan villanos padres: la tuberculosis. 

Le preocupan los efectos nocivos de aquella terrible enfermedad que, poco a poco, va debilitando la vitalidad del pueblo cántabro. Para combatirla no se le ocurre otra cosa que echar mano de su pluma y contar a sus lectores cómo se puede hacer frente al bacilo invasor. Es probable que, para contrastar la información obtenida en los manuales de medicina, acudiera a algunos de sus amigos médicos, pues entre sus nuevas amistades cántabras se encuentran  los doctores Enrique Madrazo Azcona (fundador de un prestigioso sanatorio ubicado en la capital santanderina) y Eduardo Estrañi Campo (hijo del fundador y director de El Cantábrico).

Fragmento de la tercera entrega de su trabajo sobre la tuberculosis publicado en el verano de 1901

Su aportación a la lucha contra aquel mal lleva por título  La tuberculosis en el pueblo montañés (⇑). A lo largo de las cinco entregas publicadas en el verano de 1901 en las páginas de El Cantábrico se dedica a ahondar en las causas que la producen, a describir los efectos de la enfermedad y a proponer diversas medidas profilácticas para intentar reducir el impacto que su contagio produce. Satisfecha con lo que ha escrito y creyendo que algunas de las medidas que propone bien podrían ponerse en marcha, no duda en enviarle una copia al mismísimo director general de Sanidad. Lo era por entonces el doctor Ángel Pulido Fernández, a quien debía de conocer de tiempo atrás, pues, además de ser un madrileño de edad parecida a la suya, fue otro de los discípulos de José María Esquerdo y autor, entre otras muchas obras, de una que bien pudiera haber sido leída por nuestra protagonista cuando estaba empeñada en desentrañar  –también en matizar y combatir, en la medida de sus posibilidades– las teorías frenopáticas: Conflictos entre la frenopatía y el código.

La respuesta del doctor Pulido («Si suprime usted la firma, cualquiera persona podría creer sin violencia que los ha escrito un médico...»), debieron animarla a seguir con su personal batalla contra el bacilo. Unos meses después de haber escrito sobre la tuberculosis pronuncia una conferencia dirigida a las mujeres obreras que lleva por título La higiene en la familia obrera (⇑), en el transcurso de la cual no puede menos de insistir en lo que ella considera el principal instrumento preventivo: limpieza, limpieza y limpieza.

 Embolia cerebral

A pesar de que esa había inicialmente su intención, no fue en Cantabria donde pasaría los últimos años de su vida. A sus ojos aquel idílico escenario ya no lo es tanto, tal y como nos cuenta en «Los crímenes en la Montaña» (⇑). Decidida a cambiar de nuevo de residencia, en 1908 reside discretamente durante seis meses en Gijón, «sin que nadie notase mi presencia». Al año siguiente ya se encuentra en la villa gijonesa donde compra unos terrenos para construir la que será, ahora sí, su última morada.

Aunque en estos postreros años no padeció, que sepamos, enfermedades dignas de mención, no por ello resultaron todo lo plácidos y tranquilos que ella hubiera deseado. Las protestas contra aquel artículo que no pudo dejar de escribir (⇑) la condujeron al exilio portugués, y aquellos dos años de vivir errante en el vecino país consumieron la mayor parte de su capital, condenándola tras su regreso a una vida gobernada por penurias y estrecheces que nunca antes había conocido. Menos mal que su casa se encontraba al cuidado de la naturaleza y que la brisa del mar acariciaba sus encalados muros.

No murió atormentada por el dolor de aquellas vesículas que durante años abrasaron su córnea; no fue como consecuencia de los efectos del parásito que en la treintena le ocasionó la grave caquexia palúdica; tampoco fue responsable el bacilo de Koch que con tanto ahínco combatió utilizando su voz y su pluma. Mientras realizaba las cotidianas tareas domésticas, un coágulo desprendido de alguna vena y que circulaba por el torrente sanguíneo se detuvo en una de sus arterias cerebrales, taponándola. Fue una embolia cerebral la que en pocas horas puso fin a su vida cuando contaba con setenta y dos años de edad.

Todo se acabó entonces. Aquí concluye esta historia de médicos y enfermedades que dio comienzo el primer día del mes de noviembre de 1850, cuando el doctor Pablo León y Luque la ayudaba a nacer en el domicilio familiar situado en la madrileña calle de Fomento, y termina en el momento en que el doctor Alfredo Pico Díaz certifica su defunción a las seis de la tarde de aquel sábado cinco de mayo del año 1923, hace hoy noventa y cinco años.

jueves, 8 de marzo de 2018

171. Mujeres en lucha


Los directores de Las Dominicales, sabedores de que aquella carta bien podría contribuir a la consecución de sus objetivos,  retiraron otros trabajos que tenían previsto incluir en aquel número y la publicaron en la primera página bajo el título Valiosísima adhesión (⇑).

Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre...

La adhesión a la causa del librepensamiento por parte de Rosario de Acuña y Villanueva era, ciertamente, muy valiosa para cuantos se afanaban en combatir la que consideran nociva influencia de la religión oficial en la sociedad española. Tanto es así, tanto el valor que se le concedió,  que el texto de la carta fue reproducido en otros periódicos, de España y del extranjero (⇑).  Muchos son los que consideran que la participación de la mujer en aquella lucha es vital para el fin que se proponen.  También Ramón Chíes y Fernando Lozano, quienes no tardan mucho en pedir su incorporación a la labor que han emprendido en  Las Dominicales del Libre Pensamiento. Lo hacen en el artículo titulado «A la mujer» que ve la luz en el segundo número:

¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuanto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!

A pesar del interés de los directores del semanario, a pesar de tener abiertas de par en par las páginas de su periódico, apenas habían aparecido algunos nombres de mujer en los noventa y siete números que precedieron a aquel en el cual se anunció la adhesión de Rosario de Acuña y Villanueva a la causa del librepensamiento. En aquellos veintitrés meses que siguieron al cuatro de febrero de 1883 en que apareció su primer número, son unas pocas mujeres las que figuran entre los centenares de hombres que integran las listas de donantes en las suscripciones abiertas por el semanario, algunas de ellas,  ocultas tras descripciones vagas o genéricas: «una institutriz», «una racionalista libre pensadora», «una mujer que sufre desde el 17 de julio de 1884», «una huérfana», «una hermana de un militar», «una viuda». Y entre las numerosas adhesiones que publica el periódico semana tras semana, tan solo hemos encontrado tres firmadas por una mujer: Plácida Martínez, de Cervera de Pisuerga; Juana Pérez, de Palencia; Matilde Ros, de Alcañiz.

¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!

La publicación de su escrito de adhesión a la causa del librepensamiento (⇑) supuso todo un revulsivo para las lectoras de Las Dominicales. Su reacción no se hizo esperar. Apenas unos días después dos de ellas, la una en Ferrol, la otra en Barcelona, redactan sendas cartas que rebosan satisfacción, «indecible gozo», por aquella valiosa incorporación. Josefa Obertin la convierte en «adalid tan competente como decidida»; Amalia Domingo Soler, por su parte,  alaba su capacidad y le otorga cualidades vigorizantes: «sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican»

Fotografía de Constantino Suárez (Fototeca del Pueblo de Asturias), portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)

¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas?

Sí que hay mujeres que piensan y sienten como ella, aunque muchas han permanecido hasta ahora en la penumbra, sin manifestar abiertamente sus pensamientos. Aquella carta agitó sus conciencias  y algunas de sus lectoras, agradecidas y vigorizadas por sus ilusionantes palabras, no dudaron en coger la pluma para proclamar su condición de librepensadoras, racionalistas, masonas o espiritistas.

A lo largo de 1885 y en los años siguientes Las Dominicales publicará nuevas cartas de mujeres, venidas de diferentes lugares de España y firmadas con su nombre y apellidos: Justa González, de Palencia; Andrea Martín, Enriqueta Galinsoga, Eusebia López, Desirée Barrera, Dolores y Elena Molina, Clotilde, Rita y Dolores Mouton,  Elena Torres, de Alcalá la Real; Ángela Castelló, Josefa y Cayetana Llauradó,  Trinidad Sentís, Carmen Alemany, Catalina Coll, Agustina Calafell, Antonia Benet..., de Barcelona; Carmen Rubio, Josefa y Dolores Calle Gamir, Patrocinio Ruiz Matas, Concepción Curiel y Flores..., de Loja; Josefa Martínez, de Murcia; Ángela de Liza, de Madrid; Luisa Royo, de Puertollano; Encarnación Mula, de Cartagena; Avelina Ortega, de Cuba... Reconocen el liderazgo de Rosario de Acuña  en aquella lucha («faro luminoso que alumbra nuestro porvenir», «sois la gran mujer y vuestra humanitaria propaganda habrá de enaltecernos y dignificarnos»...) y se ponen incondicionalmente a su disposición.

Algunas llegaron para quedarse. Tal es el caso de Amalia Carvia o Luisa Cervera, cuyos escritos, en prosa o en verso, aparecerán de tanto en tanto en el semanario librepensador. Lo mismo le sucede a Dolores Navas, quien, tras la publicación de su carta de felicitación a Rosario de Acuña («honra de nuestro sexo, por la fe y el entusiasmo con que ha venido al campo del libre-pensamiento...»), hubo de soportar las represalias de la directora de la Escuela Normal de Córdoba y las invectivas de un presbítero del mismo centro de estudios, quien desde el púlpito no duda en pedir a sus compañeras que eviten todo trato con quien había osado proclamarse librepensadora. Lejos de arredrarse por los ataques recibidos, aquella joven maestra, la primera alumna del instituto provincial de Córdoba, siguió enviando sus escritos a Las Dominicales.

La brecha abierta con aquella valiosísima adhesión (⇑) se iba haciendo más grande y por ella asomaban nuevos nombres de mujer, nuevas propagandistas.  Las lectoras contaban con más ejemplos en los que mirarse.

Fragmento de una carta publicada en el verano de 1887

Algunas otras firmantes como Amalia Domingo Soler, una de las primeras en felicitar a Rosario de Acuña por su carta, proseguirá su labor propagandística desde La Luz del Porvenir, revista espiritista que ella misma había fundado y que se caracteriza por la defensa de los derechos de la mujer y del laicismo, en cuyas páginas se reproducirán buena parte de los escritos de Rosario de Acuña que aparecen en Las Dominicales del Libre Pensamiento.

Unas y otras van conformando un grupo cada vez más numeroso; unas y otras van  extendiendo por su entorno más inmediato la atmósfera regeneradora; unas y otras van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». A todas ellas se dirige nuestra protagonista en el escrito titulado A las mujeres del siglo XIX (⇑)

Hermanas mías: Vosotras, en primer término, las que pudierais llamaros «mujeres de Las Dominicales», no con menos razón que las «mujeres de la Biblia» y «mujeres del Evangelio» [...] y vosotras, en segundo lugar, las que con vuestras adhesiones, por cientos contadas, y vuestras firmas al pie de las adhesiones masculinas, sois dique inconmovible a las iras impías de las ideas teocráticas

Aquel escrito propició nuevas incorporaciones,  algunas tan significadas como la de Carmen de Burgos, quien, tras manifestar su «fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa», se ofrece «como una humilde pero entusiasta colaboradora».

Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente! Servíos de vuestro pensamiento por la escritura expresado para barrenar el inmenso talud que nos separa del porvenir; luchemos en el seno de la sociedad con nuestra pluma, en el fondo de nuestro hogar con la perseverancia, y abramos el camino de la victoria a nuestras descendientes.

El pensamiento. El pensamiento libre. La defensa de la libertad de pensamiento es el instrumento que permitirá a la mujer abandonar el oscuro pozo en que vive postergada en aquella «España masculina», con la bendición de la jerarquía católica y el auxilio de algunas teorías seudocientíficas (⇑). La pluma y la educación. La maestra Amalia Carvia, funda en Huelva la Unión Femenina, una sociedad que tiene como objetivo la creación de escuelas laicas; la maestra Dolores Navas abre en Córdoba una escuela laica para niñas; la maestra Carmen de Burgos, compagina su trabajo como profesora de la Escuela Normal de Guadalajara con una intensa actividad propagandística en periódicos y revistas.

El estudio, la carrera, el oficio, compatibles con tus pudores, son tuyos, exclusivamente tuyos: tu defensa no es tu debilidad, ni tu impudicia, es tu inteligencia. El amor sexual no es tu único destino; antes de ser hija, esposa y madre, eres criatura racional, y a tu alcance está lo mismo criar hijos que educar pueblos. ¡Alza, pues, tu frente y mira el horizonte ilimitado a tu actividad de ser pensante! 

Hubo mujeres que nunca olvidaron aquel momento en el cual Rosario de Acuña y Villanueva proclamó su adhesión a la causa del libre pensamiento. Tampoco el papel que protagonizó como entusiasta abanderada en la larga lucha emprendida, que tenía por objetivo la redención de la mujer española. Casi cuarenta años después, tras la muerte de la incansable luchadora, dos de aquellas «mujeres de Las Dominicales», cogieron la pluma para rendir público homenaje a su memoria.  Luisa Cervera tan solo necesita dos versos de un soneto para recordar sus afanes: Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada; Amalia Carvia, por su parte, declara entonces (⇑) haber sido una de aquellas mujeres que un día ya lejano Rosario de Acuña ganó para la causa. Años después, en un discurso pronunciado con motivo de un homenaje, volverá a reclamar para ella todo el protagonismo:

En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz.

No está de más que hoy, 8 de marzo de 2018, día en el cual millones de mujeres españolas están en huelga recordemos a estas otras mujeres que en las décadas finales del siglo XIX decidieron emprender una larga lucha para abrir el camino de la victoria a sus descendientes. No está de más, que hoy, día en el que millones de mujeres reivindican una sociedad libre de opresiones, de explotación y violencias machistas recordemos el testimonio vital de una luchadora incasable llamada Rosario de Acuña y Villanueva. No está de más que hoy, día en el que millones de mujeres españolas  llaman a la rebeldía y a la lucha, rindamos un merecido homenaje a quienes, sabedoras de la tenaz resistencia que encontrarían, se aprestaron a una larga batalla:

¡La lucha hay que empezarla en nuestro hogar! ¡La rebelión hay que inaugurarla al lado de la cuna de nuestros hijos!