domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 8 de diciembre de 2019

201. Alerta en la villa de Pinto


En lo tocante a las mudanzas, el proceso no siempre resulta todo lo satisfactorio que cabría esperar, por mucha ilusión que se hubiera puesto en el lance. Tal parece que el deseable arraigo de quien las realiza depende de algunas imprevisibles contingencias; que la adaptación a nuevos espacios, a nuevas gentes, a nuevas costumbres, requiere de esfuerzos que, en ocasiones, son difíciles de asumir, más aún si lleva aparejados cambios significativos en el rol que hasta entonces se venía desempeñando. Así sucedió en el obligado traslado de Madrid a Zaragoza, ciudad a la que  había sido destinado Rafael al poco tiempo de celebrarse la boda (⇑). Su nueva residencia queda muy lejos de su madre y de su padre, de los familiares escenarios capitalinos en los cuales se había desarrollado su infancia y juventud; también de sus amigos escritores (⇑)  y de la puerta que daba acceso al éxito literario que había entreabierto con el estreno de Rienzi.

Su nueva casa, sita en el camino de Torrero (sí, el de los muertos ⇑), estaba lejos de todo lo que le resultaba familiar y conocido, y en la primera línea de una imprevista realidad: la hipocresía ciudadana. Las calles ya no son el amable lugar donde había transcurrido su niñez y su juventud, extensión del espacio familiar de su crianza; ni siquiera las simpáticas estampas que contempla en sus viajes a Gijón, Alicante, Córdoba, Roma o Venecia. No. La ciudad, cualquier ciudad, eliminadas las vinculaciones afectivas que desprenden sus piedras y los lazos familiares que enraízan su trama urbana, es el desnudo escenario en el que sus habitantes muestran lo más profundo de su ser: sus miedos, sus creencias o sus esperanzas. Allí están los dos solos. Y las cosas entre ellos parece que no van tan bien como ella esperaba. Asoman los primeros síntomas de desesperanza y desengaño.

A la vista de los acontecimientos, es probable que el retorno a la capital, primero, y la instalación en Pinto, después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que, tras poco más de tres años de matrimonio, parece ser que está pasando por una profunda crisis. De ahí el comentario que hizo tiempo después, cuando escribió que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. De ahí también el traslado del militar, a finales de aquel año, a Alcalá la Real para trabajar como agente del Banco de España y su posterior renuncia al trabajo. Rosario y Rafael han decidido cambiar drásticamente su vida para intentar salvar su matrimonio, y aquella quinta situada a las afueras de una pequeña localidad del sur de la provincia de Madrid parece ser un buen lugar para ello, alejada de las futilidades urbanas y a pie de la estación del ferrocarril que le acerca a los suyos. Un cambio de escenario para un nuevo acto: de la alejada capital zaragozana con sus cerca de noventa mil habitantes a la cercana villa madrileña que cuenta con poco más de dos mil habitantes  (2230 según el censo de 1877 y 2421 en el del ochenta y siete).

A principios de 1881 su Villa Nueva está terminada y allí se instala la pareja, tras serle concedido a Rafael el preceptivo permiso para residir en la localidad  y su pase a la situación de supernumerario en el Ejército. Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los cuales, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Tal y como ella nos ha contado,  su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Novillada en Pinto. Grabado de M. Vierge a partir de un boceto de M. Ubarrieta (Le Monde Ilustré, París, 14/9/1872)

La mudanza tiene visos de ser exitosa, que el cambio ha sido para bien. Claro está que siempre hay que contar con las imprevisibles contingencias, con los azares y acasos. Resulta que también aquí lo inesperado hizo acto de presencia, para enojo de la nueva vecina que habitaba aquella vivienda cercada de altas tapias:  «así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales». Por suerte para ella el Ayuntamiento de Pinto llevaba tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados; por suerte para ella al frente de la Dirección de Agricultura se encuentra un pariente suyo (Véase el comentario 128. El primo Pedro Manuel ⇑) y su padre se ha convertido en su mano derecha en el Ministerio. No hubo que esperar mucho tiempo para que se firmara la ansiada autorización que iba acompañada de una dotación de 3.000 pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, la nueva vecina se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver aquel asunto de los cristales:

Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

Esquela de Felipe de Acuña publicada por el Ayuntamiento de PintoTodo indica que aquella visita surtió efectos inmediatos.  La exposición de ganado del país se celebra en agosto del año ochenta y dos, coincidiendo con las fiestas en honor de la patrona de la villa. A la inauguración acudió el señor director de Agricultura, Industria y Comercio, acompañado de Felipe de Acuña y otros altos cargos del Ministerio de Fomento. Todos contentos. El pueblo de Pinto no podía menos que estar agradecido por los desvelos de su nueva vecina y por las gestiones realizadas por su padre, el jefe del negociado de Agricultura. Tendrá ocasión de demostrarlo meses después, cuando se entere del prematuro fallecimiento de su benefactor. (Véase el comentario 19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís ⇑).

Aunque la celebración de la feria de ganado pusiera fin al asunto de los cristales, la relación de Rosario de Acuña con sus convecinos tuvo sus más y sus menos, y las razones hay que buscarlas en una nueva mudanza, aunque en este caso no implicara un cambio de domicilio. La inesperada muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio (⇑): en el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola; cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Ya no volverán a estar juntos. Huérfana de padre y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida: a finales del año ochenta y cuatro inicia su decidida lucha en defensa de la libertad de conciencia, da comienzo a su campaña de Las Dominicales (⇑); el sábado 20 de febrero de 1886 se apea en la estación de Pinto convertida en Hipatia, el nombre simbólico que había adoptado en la ceremonia de iniciación  que había tenido lugar en la logia alicantina Constante Alona. Tras la mudanza experimentada en estos últimos meses se había convertido en librepensadora y masona, lo cual estimulará alguna que otra reacción por parte de quienes están al tanto de tales asuntos.

Para la mayoría de la población la vida de esta mujer era todo un misterio, lo cual parece ser un buen caldo cultivo para que crezcan todo tipo de fabulaciones. Instalada en una casa rodeada de altos muros y situada a las afueras del caserío, casi nadie la conocía. Apenas salía, y cuando lo hacía era para recorrer el pequeño tramo que separaba su casa de la estación. Allí tomaba un tren para acercarse a Madrid o para iniciar una de aquellas expediciones que realizaba a lomos de un caballo recorriendo durante varios meses la geografía patria. Pocas eran las personas que podían haberla visto, pues no se la recuerda caminando por el pueblo, tampoco se la había visto nunca en la misa dominical. Y eso no pasaba desapercibido en una villa en la que la totalidad de sus habitantes se declaran católicos. En cualquier caso, también existe constancia de que durante el Sexenio germinó en la localidad alguna semilla de disidencia, que en el sesenta y ocho se constituyó un comité  progresista presidido por Francisco Ortiz de Lanzagorta; que un año más tarde lo hizo el comité republicano del distrito de Getafe, siendo elegido vicepresidente el representante de Pinto José Mondéjar Bautista; y que algunos de los disidentes de entonces aún mantienen activos sus ideales, como es el caso de Tomás Pareja, quien en los primeros años setenta fuera alcalde del «Ayuntamiento constitucional de la villa de Pinto».

No es de extrañar que sea en este reducido grupo donde Rosario de Acuña encuentre la mejor acogida; no es de extrañar tampoco que, cuando Las Dominicales del Libre Pensamiento pone en marcha una campaña para auxiliar económicamente a las víctimas de la epidemia de cólera que asola Murcia, acuda a ellos en busca de apoyo:

Ya saben ustedes mis propósitos de coayudar a sus elevadas intenciones respecto a los desgraciados habitantes de Murcia; pues bien; meditando cómo realizaría mis deseos, con una de esas intuiciones de mujer, adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento y buscando en mi memoria de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea… Miento, no era mi idea, era una idea semejante a la de mis amigos el señor don Ramón Herreros, medico titular de Pinto; el señor don Tomás Pareja, exalcalde republicano del pueblo; el señor don Federico Rubín, teniente alcalde en la actualidad, y el señor Lanzagorta, propietario. Sí, a todos estos señores, a quienes hablé y consulté mi proyecto, se les había ocurrido lo mismo que a mí, así es que no hicimos más que comunicarnos idéntica idea… 

Reunidos en su quinta los anteriormente citados, y alguna otra señora que se sumó al grupo, salieron a pedir por las casas del pueblo en la mañana del día dos de julio de 1885. Tan exitosa fue la jornada, que no pudo menos que coger la pluma para agradecer a sus convecinos tanta largueza: «¡Bendito sea Pinto!». Es comprensible el entusiasmo que rezuma su escrito (⇑), aunque aquella generosidad no implicara necesariamente un ejercicio de tolerancia hacia el semanario librepensador que promovía la campaña, ni hacia quienes integraban la petitoria comisión; lo más probable es que obedeciera a un ejercicio de caridad al que, según parece, la población debía de estar bien acostumbrada, pues no en vano cada año la superiora del colegio de niñas huérfanas de San José organizaba una rifa, con carácter benéfico y aplicación de sus productos en favor de dicho establecimiento. Fuera por la razón que fuera, Rosario de Acuña se mostraba entusiasmada con la respuesta de sus convecinos: «jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico». A pesar de aquella comunión coyuntural de sentimientos entre gentes de diversas creencias, los vigías del clericalismo reinante parece que estaban muy alertas para no dar tregua a quienes pudieran suponer un peligro para la religión católica, la única de la nación española.

Fábrica de chocolates de la Compaía Colonial (ilustración publicada en la revista Escenas Contemporáneas en 1882)

Pocos meses después de tan satisfactoria jornada, aquella señora apenas conocida que vive a las afueras de la villa (⇑) se apea del tren correo procedente de Alicante convertida en una hermana masona, en Hipatia. La noticia no tardará en conocerse, pues en la villa, aunque pocos, hay lectores de Las Dominicales y en el semanario se ha escrito al respecto. Algo más de que hablar. Los dimes y diretes no se aquietan, alentando los recelos, y estos, ciertamente, no debían de estar motivados por su condición de foránea, pues quince de cada cien  habitantes de la villa han nacido como ella en otros lugares de la provincia; incluso hay una treintena que vieron la luz en la vecina Francia, llegados probablemente cuando la Compañía Colonial, propiedad del también francés Jaime Meiric Saisser, abrió en Pinto una fábrica de chocolates. Tampoco cabe pensar que fueran debidos a su actividad literaria, pues en una casa no muy alejada de la suya residía Enrique Pérez Escrich, un exitoso escritor de novelas por entregas, autor de alguna tan conocida como El cura de aldea. Más bien parece que lo que motiva la atención y la alerta es el contenido, lo que escribe, el hecho de que sus escritos son obra de una activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia y, también, de una masona. Estos tres conceptos (librepensamiento, masonería, mujer) bastaban para alimentar –convenientemente aliñados– todo tipo de recelos, suspicacias y temores en la población, la mayoría de la cual no sabía leer ni escribir (siendo aún más alta la tasa de analfabetismo en las mujeres, y en ambos casos con porcentajes sensiblemente superiores a la media provincial).   

Paradójicamente, la estación del ferrocarril –una auténtica puerta abierta para la modernidad de la villa desde que en 1851 quedara conectada con la capital–, se convertirá en el principal instrumento activador de las alertas. El tren es el medio de transporte que utiliza Rosario para trasladarse a uno y otro lugar, para ir y volver a Madrid, para viajar a León e iniciar allí aquel largo viaje a caballo por las tierras del Norte (⇑), para retornar a casa tras la ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona. El tren será también el medio que utilicen quienes la visitan en su quinta campestre. Forasteros que se acercan de tanto en tanto a aquella casa apartada, de la cual tiempo hace que está ausente el marido de la propietaria, una mujer bastante joven, pues aún es treintañera. Allí se apean librepensadores, republicanos y masones como Rafael Sevilla (director de la Unión Democrática de Alicante) o Ramón Chíes (codirector de Las Dominicales del Libre Pensamiento), pero quienes los ven acercarse a Villa Nueva no tienen por qué saberlo. La llegada del ferrocarril a Pinto, que  había impulsado la demanda de fincas rústicas y urbanas del término municipal (en los años sesenta se habían vendido algunas de las viviendas más señaladas de la población, como una casa que había pertenecido al marqués de Pejas y otra propiedad del duque de Osuna y del Infantado), que había posibilitado la instalación en la villa de la fábrica de chocolate, también facilitaba la llegada de algunos foráneos un tanto sospechosos. La estación es la puerta de acceso. Y en el año 1888 habrá un mayor número de entradas y salidas con el mismo destino u origen: la quinta Villa Nueva.

Tras la larga expedición que había realizado el año anterior por las tierras del Norte, la de aquel año de 1888 debió de comenzar más tarde y durar bastante menos de lo acostumbrado, si consideramos  la intensa actividad que desarrolló por entonces en Madrid y sus alrededores: pronuncia dos conferencias (una en enero y otra en abril) en la sociedad Fomento de las Artes; en mayo vuelve al Fomento, en esta ocasión para escuchar a su amiga Ángeles López de Ayala; días después organiza una fiesta del librepensamiento que tiene por escenario su quinta campestre; a finales de junio se desplaza a la cercana localidad de Getafe para participar en la inauguración del colegio-asilo destinado a huérfanos de masones; pronuncia un discurso (⇑) en el acto de instalación de la logia Hijas del Progreso; escribe el folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), que es publicado antes de que concluya el año... Aunque los desplazamientos que requiere tanta actividad habrían de dejar un evidente rastro, de salidas y llegadas, creo que lo más significativo para el tema que se trata, tiene que ver con la fiesta anteriormente referida y con una de las dos conferencias.

Fragmento de la crónica de la fiesta celebrada por el Ateneo Familiar
Invitadas por Rosario de Acuña, unas cuarenta personas se trasladaron de Madrid a Pinto para participar en el banquete que había organizado su anfitriona. La llegada de tanta gente forastera, integrante de la sociedad Ateneo Familiar, no pudo pasar inadvertida para nadie. Su presencia fue conocida, mucho antes de que apareciera en las páginas de Las Dominicales la noticia sobre la celebración de esta fiesta. Tampoco es que los presentes hicieran nada por pasar desapercibidos pues, según cuenta el semanario, durante la velada «se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo».

Aquellos sones festivos no habrían hecho otra cosa que amplificar el eco de otro suceso acontecido algunas semanas atrás. El sábado 21 de abril la anfitriona de aquella celebración había pronunciado en el Fomento de las Artes la conferencia titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑),  que cosechó una dura respuesta por parte de la prensa confesional. El semanario tradicionalista La Hormiga de Oro, fundado por Luis María de Llauder, testificó solemnemente que la conferenciante «expectoraba las secreciones indigestas de su calenturienta pandorga», víctima de una «fiebre que la tiene cogido el cerebro», y esto de la calentura no debía de ser el único síntoma, pues el cronista diagnostica que el suyo es el «primer caso de deliriums tremens psicológico»; La Unión Católica, diario nacionalcatólico en cuyo consejo de redacción se encontraban figuras tan conocidas como Marcelino Menéndez Pelayo, Joaquín Sánchez de Toca o Alejandro Pidal y Mon, también se despachó a gusto con la conferenciante, y lo hizo desde el mismo inicio (⇑): «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Cabe suponer que cuando, días después, se celebra aquella fiesta en la quinta Villa Nueva, buena parte de los vecinos de Pinto ya conocen lo que se dice sobre su vecina, pues a no dudar que el párroco tendría alguna referencia de lo publicado en la prensa de orientación carlista o mestiza. Cuestión de tiempo; no tardando,  a quienes lo hubieran leído habría que sumar a cuantos lo hubieran escuchado de boca de sus vecinos más letrados.

Fragmento del artículo «Un discurso de Rosario de Acuña», publicado en el diario La Unión Católica

La situación debió de volverse un tanto incómoda para aquella mujer que recibe tantas visitas de forasteros, que tantos viajes realiza, que celebra animadas veladas en su vivienda. De tal calibre debió de ser el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, que Rosario acude a Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros y por entonces gran comendador del Gran Oriente Nacional de España, en demanda de auxilio. No tarda mucho el antedicho en ponerse manos a la obra, y en los primeros días de junio de este agitado año de 1888 le escribe una carta a Antonio García Cañabate, a la sazón director general interino del Ministerio de Gracia y Justicia, poniéndole al tanto del asunto. Le dice que la señora de Acuña «se haya amenazada de continuo por las autoridades municipales, que en su natural rusticidad creen terribles conspiradores a los literatos y publicistas que con frecuencia la visitan en su retiro». Tras apelar a la amistad que mantuvo con su padre político, el general Ros de Olano, le suplica «interponga cerca del juez de Getafe, a cuyo partido pertenece Pinto, su valiosa influencia para evitar a la señora de Acuña, tan digna de respeto y consideración por sus virtudes y talentos, las molestias que la rusticidad y malicia de los lugareños pudieran ocasionarle». El señor Cañabate le responde con prontitud. En carta fechada el ocho de junio, le dice que ese mismo día ha escrito «al juez de Getafe en el sentido que ustedes desean a fin de que sea, como debe, atendida la señora de Acuña». Por si no bastara con ello, el señor Vega, quien por entonces mantenía una fluida comunicación con la hermana Hipatia (⇑), se pone en contacto con el secretario de la Guardia Civil y con el gobernador civil de Madrid. Según le cuenta a la interesada, el primero ha dado las instrucciones pertinentes para que «el jefe del puesto de dicha población se ponga a las órdenes de usted»; en cuanto a la otra gestión, da por hecho que el gobernador «habrá escrito al alcalde para que se ponga a sus órdenes y en ningún caso y bajo ningún pretexto la moleste».

Fragmento de la copia de la carta que Alfredo Vega, vizconde consorte de Ros, envía a Antonio Díaz Cañabate (Archivo personal de Rosario de Acuña, Biblioteca Histórica Municipal de Madrid)

Al decir del señor vizconde consorte, todo está resuelto. Sin embargo, un mes después nada parece haber cambiado, según la propia interesada le hace saber a su comunicante en una carta fechada en Pinto el tres de julio. Las referidas recomendaciones todavía no han llegado a Pinto, por más que la villa cuente con una estación de ferrocarril desde el año 1851, y tanto los guardias civiles como el alcalde dicen no saber nada del asunto:

...aquí no ha dado señal de vida ninguna autoridad, y que habiendo yo, particularmente, preguntado al cabo del puesto de la Guardia Civil he sabido que no han recibido carta-recomendación alguna. Lo mismo he hecho con el alcalde, que es persona muy fina y que alguna vez me visita; tampoco ha recibido nada. Se lo digo solamente para que, estando en autos, no tenga que agradecer favores que no le hayan hecho: siempre es bueno saber a qué atenerse.

Desconozco si, al fin, las gestiones de don Alfredo Vega resultaron eficaces, si en algún momento, a lo largo de los tres años que aún permanecerá Rosario de Acuña en la villa pinteña, se desactivó la alerta vigilante que se cernía en torno a la quinta Villa Nueva. De no haber sido así,  el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, habrán continuado, pues ella no cambió un ápice,  mantuvo activa su lucha por la libertad de conciencia durante todo ese tiempo. Lo que sí sabemos es que cuando decida poner fin a la campaña de Las Dominicales (⇑), cuando se marche de Pinto (retornando primero a Madrid para curarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, y más tarde a las tierras del norte para iniciar en las riberas del océano una nueva etapa en su vida), en aquella villa la luz también terminará por atravesar la densa y negra capa del oscurantismo reinante: de tanto en tanto el corresponsal-distribuidor del semanario librepensador –que responde a las iniciales MC– solicitará al administrador del periódico un aumento en el número de ejemplares; y algunos vecinos, sin temer a las murmuraciones, proclamarán también –como antes hiciera la ilustre convecina– su adhesión a la causa.


«¡Bendito sea Pinto!»


martes, 26 de noviembre de 2019

200. El buen discípulo


Fragmento de «La escuela de Atenas», de Rafael Sanzio (Museos Vaticanos)
Cuando me incorporé a la tarea colectiva (⇑) de recuperación del testimonio vital de Rosario de Acuña, di por bueno lo que contaban quienes sobre ella habían indagado anteriormente; no podía ser de otra manera. Por aquel entonces, tal y como he contado en el comentario 105. ¡Maldita neblina! (⇑), asumí que había nacido en 1851, que era condesa o que se había educado en un colegio de monjas.

A medida que iba profundizando en la investigación, encontré evidencias que me hicieron dudar de algunas de estas afirmaciones. Llegaron después los documentos que probaban que el apellido correcto de su marido era Auset y no Anset; que había nacido en Madrid y que lo había hecho en el año 1850 (⇑); que no contamos con fuentes que prueben su relación con un supuesto título de condesa de Acuña (⇑)... Asunto bien diferente es aquel que tiene que ver con la figura de Carlos Lamo Jiménez y con el tipo de convivencia que mantendría con doña Rosario: mantengo dudas razonables acerca de que fuera una «relación de pareja» (esto es, que Carlos era su amante o compañero sentimental, expresiones que se han venido utilizando al respecto), pero en este caso no dispongo de documento alguno que pueda respaldar mi suposición, aunque sí de algunos indicios que, a mi juicio, la sustentan.

Todo comenzó al leer la carta que en 1920 envía a José Nakens (⇑), director de El Motín, para agradecerle su mediación en la concesión del Premio Ayuso (y de las mil pesetas con que estaba dotado). La descripción que realiza de los pagos efectuados, los números de la rendición de cuentas del dinero recibido, convierten al escrito en una impactante radiografía de las penurias por las que está pasando aquella mujer:

Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca [...] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. [...] Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros. Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno. Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo...

Pero, bueno, ¿dónde estaba Carlos?, ¿qué hacía? Me resultaba difícil entender aquella situación: Carlos Lamo Jiménez era abogado, pertenecía al minoritario grupo de quienes en aquella España mayoritariamente iletrada había conseguido realizar estudios universitarios... Tenía por entonces cincuenta y un años, y estaba perfectamente capacitado para el desempeño de diversos trabajos... Dediqué tiempo a aquel asunto. Recuerdo que lo hablé con Lidia Falcón, sobrina nieta de Carlos, que me vino a decir que su tío abuelo no debía de estar muy interesado en las cuestiones crematísticas. Bien, vale, pero... cincuenta duros para rescatar alhajas empeñadas, sesenta duros para saldar deudas de comestibles, diez duros para pagar el carbón que se había comprado a fiado...

No consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista

Resumamos. No consta que en aquella casa de El Cervigón entraran más ingresos que las noventa y tantas pesetas mensuales (un poco más de las mil anuales a las que ella hace mención en su carta) de la pensión de viudedad de doña Rosario; no consta que Carlos tuviera a su cargo las tareas domésticas, que debieron de ser de la sola competencia de ella hasta el mismo día de su muerte, así lo evidencian algunos de sus escritos; no consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista; no consta que participara en aquellas jornadas interminables que comenzaban a las tres y media de la madrugada y concluían a las nueve de la noche... Creo suficiente lo hasta aquí apuntado para poder afirmar que la de Rosario de Acuña y Carlos Lamo no parece que haya sido una relación entre iguales. Y no siéndola, conviene recordar algunas de las cosas que ella escribió al respecto:

Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer: los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento, de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; y los dos, juntos, sufriendo, con la misma intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres...

Nada que ver. Suena bien diferente: sin limitaciones externas a su propio desarrollo; comparten dolores y placeres, con la misma intensidad, en el mismo grado; ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de la otra... Me cuesta mucho trabajo aceptar que quien – y no solo en el texto anterior–  proclama la equidad en la pareja (y lo hace en un escrito que, no lo olvidemos, fue el que provocó su exilio portugués ⇑), que quien lleva buena parte de su vida luchando contra la postergación que padece la mujer española, pudiera llegar a asumir una relación de pareja como la que, supuestamente, mantuvo con Carlos Lamo Jiménez, más propia de un sobrino (quizás un tanto consentido), que fue el parentesco que los próximos le atribuyeron. Sobrino era en Cantabria para José Estrañi, director de El Cantábrico, o para el doctor Magarzo; sobrino era en Gijón para Antonio López-Oliveros, director de El Noroeste, o para el joven periodista José Díaz Fernández que acudía de cuando en cuando a la casa de El Cervigón.

Si para los próximos era su sobrino, ¿qué era Carlos para ella?,  ¿cómo calificaba Rosario su relación con él? Al principio lo trató como amigo («Estimado amigo: Empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo...», así iniciaba una carta que le escribió en 1888 (⇑); «A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico...», contaba en 1891). Más tarde se referirá a él, y así lo hizo en varias ocasiones, como compañero («Decidimos que yo escribiría al general Burguete y que mi compañero iría, comisionado, a llevarle la carta, enterándole de la estulticia que se estaba cometiendo conmigo...»), lo cual pudiera ser razón suficiente para que se diera por válida la acepción coloquial del término («persona con la que se convive maritalmente»), desechando a priori alguna otra que, quizás, pudiera cobrar mayor sentido en textos como el siguiente:  «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 

En cualquier caso, no deberíamos olvidar que ella no es, para nada, una mujer timorata, a quien le importe gran cosa el qué dirán; no es de las que refrene su pluma por temor, por más que algunos de sus escritos le ocasionaran no pocos sufrimientos (⇑). Cabe pensar, por tanto, que de haber alguna razón para que no afirmase abiertamente que Carlos era su amante, compañero sentimental o cualquier otro término similar utilizado por entonces, en ningún caso pudiera ser atribuible a consideraciones de conveniencia social, a un deseo de no violentar las convicciones morales o religiosas de sus convecinos. Tampoco conviene pasar por alto que sus enemigos son poderosos y que, a buen seguro, no dudarían en arrojar sobre ella toda la munición que su supuesto adulterio les brindaría (recordemos que hasta 1901, año de la muerte de Rafael de Laiglesia, su estado civil era el de casada). Quienes afirmaron que  «ni era mujer ni española», quienes la calificaron públicamente de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias» no hicieron mención alguna, al menos que yo sepa, a su «vida licenciosa» ni caracterizaron a Carlos como «su amante».

Reseña necrológica publicada en El Cantábrico el 21 de julio de 1905Volviendo al sobrinazgo, parece conveniente que recordemos en este punto dos aspectos que bien pudieran aportarnos alguna luz acerca de la naturaleza de este vínculo. Alude el primero al hecho de que su condición de sobrino fue, de alguna forma, heredada, pues antes de serlo de Rosario, lo fue de su madre, Dolores Villanueva (así consta, por ejemplo, en las reseñas necrológicas aparecidas en El País y en El Cantábrico, en este último caso quien la escribe parece saberlo de primera mano, pues dice que es buen amigo de Carlos). El segundo tiene por protagonista a Regina Lamo, quien en un escrito de 1933 se refiere a la relación que ambas mantuvieron utilizando las siguientes palabras: «Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...» Ya antes había compartido sobrinazgo con su hermano llamándola públicamente «mi tía», ahora compartía con su padre la admiración que sentían hacia ella. Tal parece que, más que una relación de pareja, lo que se vislumbra es la existencia de otra más amplia que implica a los integrantes de ambas familias. Todo comenzó en la segunda mitad de la década de los ochenta, momento en el cual  nuestra protagonista conoce a los Lamo Jiménez (⇑): a Carlos, a su hermana, a su madre y a su padre.

A finales de 1884 los universitarios madrileños salen a la calle en defensa de la libertad de cátedra tras los ataques vertidos contra el profesor Miguel Morayta, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso. Rosario de Acuña no duda en salir a la palestra para defenderlos públicamente,  ofreciéndose a correr con los gastos de matrícula de uno de los estudiantes que, contando con el derecho de matrícula de honor, «lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra». Días después ofrece un banquete en un conocido restaurante madrileño (⇑) a una comisión de estudiantes y al propio Morayta. A partir de entonces compartirá ideales y esfuerzos con la juventud liberal, como ella misma contará tiempo después:

«Hace cuatro años que en fraternal banquete de protesta contra los sucesos del 19 de noviembre reuní a compañeros vuestros atropellados por la soberbia e insultante política conservadora. Desde aquella memorable fecha vengo consagrando mi inteligencia a la defensa de todos los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad, dispuesta siempre a aplaudir sus triunfos y participar de sus desgracias.» 

Estas palabras forman parte de un escrito titulado «A los estudiantes de Madrid», en el cual manifiesta su apoyo a la comisión que redactó un mensaje de adhesión a los universitarios sevillanos, quienes, unos días antes y aprovechando la visita a la ciudad de Cánovas del Castillo que lo hacía acompañado de quien fuera gobernador civil cuando se produjeron las protestas, se habían manifestado en gran número por las calles de la capital andaluza recordando «la improcedente conducta observada por don Raimundo Fernández Villaverde y sus secuaces contra los estudiantes de Madrid» cuatro años atrás. A una parte de la prensa le preocupaba que el recuerdo de los sucesos de la Santa Isabel, que la protesta sevillana se extendiera por el resto de las universidades españolas. Como quiera que el temor se incrementara cuando los universitarios madrileños publicaron su «entusiasta felicitación», hubo quien ya proponía que se procesase a la comisión que había redactado el escrito. Rosario de Acuña, una vez más, se apresuró a tomar la pluma para mostrar públicamente su apoyo a «los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad»:

Entusiasmada con el magnífico mensaje de adhesión que habéis suscrito a vuestros compañeros de Sevilla, y habiendo sabido que espíritus ruines y caracteres innobles intentan procesar a la comisión iniciadora y redactora de tan elocuente, profundo y digno escrito, me apresuro a poner en vuestro conocimiento que de aquí a cuando sea requerida por la Justicia (si así sucede) la susodicha comisión, suscribo con mi firma el documento. 

El primero de los doce nombres de la comisión redactora que figuraba al pie de aquel escrito era el de Carlos Lamo Jiménez, estudiante de veinte años de edad, alumno de tercer curso de la carrera de Leyes y domiciliado en la madrileña calle Montera, donde su padre tiene abierta una sastrería. Anselmo Lamo y Micaela Jiménez habían decidido abandonar su residencia en Úbeda para instalarse en Madrid con el objetivo de que su hijo Carlos y su hija Regina pudieran educarse en un entorno más abierto y tolerante. Su llegada a la capital debió de producirse a finales del año ochenta y dos o principios del ochenta y tres, y Anselmo no tardó mucho en encontrar los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en Jaén. A pesar de la manifiesta comunión de ideales con Rosario de Acuña, parece que no fue él sino su hijo el primero en entablar amistad con nuestra protagonista: Carlos es presidente de una entidad cultural denominada Ateneo Familiar que ha decidido nombrarla presidenta honoraria, y ella acepta el nombramiento (⇑). Unos meses después se convierte en anfitriona de una fiesta en su quinta de Pinto a la que acuden unos cuarenta integrantes del ateneo. Entre los invitados se encuentra la familia Lamo Jiménez al completo. En el transcurso de aquella velada de ambiente familiar se alabaron los méritos de los ateneístas, se recitaron poesías, se «cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo», y también se bailó. A la hora de los brindis, habló Carlos en calidad de presidente de aquella fraternal sociedad; lo hizo también Anselmo, quien «presentó sencillamente su vida como ejemplo de lo que pueden lograr la constancia y el trabajo honrado»; la anfitriona puso fin a las intervenciones con entusiastas palabras a favor de una trinidad presente y viva: «libertad, mujer y juventud».

Copia de la firma de Carlos Lamo en una de las solicitudes de matrícula en la Unversidad Central

«Libertad, mujer y juventud»... Anselmo Lamo era lector habitual de Las Dominicales del Libre Pensamiento (consta que a principios del ochenta y cuatro colabora en la suscripción abierta para pagar una multa impuesta al semanario), vocal en la directiva del Casino Democrático de Madrid, presidente de la sección de sastres constituida en la sociedad Fomento de las Artes, secretario del comité de Coalición Republicana del distrito del Congreso, y habría leído sus escritos en el periódico de Chíes y de Lozano, y habría escuchado sus conferencias en el Fomento: «Los convencionalismos» (⇑), que pronunció en enero y «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), tres meses después, en abril de 1888.  Ese debió de ser un año de gran significación en las relaciones entre los Lamo Jiménez y Rosario de Acuña, y más aún si consideramos que el 5 de abril tiene lugar la constitución del Grande Oriente Español a partir de la fusión de dos de las obediencias masónicas existentes en España. Tal era la importancia de aquella unión que la fecha dio nombre a una de las logias que se constituyó por entonces. Ni Rosario, ni Micaela, ni Anselmo, ni Carlos, ni Regina debían de andar muy lejos de las masonas y masones que la componían. Coincidirían con sus integrantes en los anhelos por conseguir una masonería más fuerte, más unida; abierta de par en par a las mujeres. También en la defensa del iberismo, tan querido por muchos republicanos de entonces, y que se habría de poner a prueba en 1890 con ocasión del ultimátum del gobierno británico a Portugal para que retirase sus tropas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique. Fue entonces cuando aquella logia decide enviar un escrito de apoyo. Lleva por título «La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués» (⇑) y está firmado por una nutrida lista de nombres, que encabeza el de Rosario de Acuña y entre los que se encuentran los de Anselmo Lamo y Micaela Jiménez, los de Carlos y Regina Lamo Jiménez.

Abandonaron las tierras de Jaén para que su prole pudiera educarse en un entorno más abierto y tolerante. Parece que lo están logrando. Carlos sigue los pasos de su padre y se ha convertido en un joven comprometido con la lucha por la «libertad de la patria» frente a los «ídolos innobles»: republicano como él (es procesado por publicar un artículo en el que afirma que no hay otro medio para el establecimiento de la república que el procedimiento revolucionario), librepensador como él (es elegido por el grupo cubano Roque Barcia como delegado en el Congreso de Librepensadores celebrado en Madrid en 1892), iberista como él (proclamando vivas a Portugal, a la península Ibérica y a la raza latina), admirador como él de aquella luchadora mujer. En abril del noventa y tres obtiene el grado de licenciado en Derecho.

La batalla de El padre Juan pone fin a su campaña de Las Dominicales (⇑). Unas fiebres palúdicas la llevan al borde de la muerte. En el verano del noventa y dos publicó un cuento en Heraldo de Madrid, precedido de una agradecida dedicatoria al doctor que la atendió en su enfermedad, en la cual anuncia que está pensando seriamente en marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano. Tan pronto como pudo tenerse en pie marchó a Galicia donde pasó algunos meses devolviendo la fortaleza a su debilitado cuerpo. Regresó a Madrid y en diciembre de 1893 presentó en el teatro Español el que habría de ser su último estreno: La voz de la patria. Tiempo después marchó de la capital, ahora para siempre, y en este viaje sí llevó consigo a Carlos Lamo Jiménez, por entonces más unido, si cabe, a quien era su guía, mentora y compañera, pues poco tiempo atrás había ingresado en la logia Española nº 176, con el nombre simbólico de Michelet.

En los últimos años  del siglo diecinueve tres personas conviven en una finca de la localidad cántabra de Cueto, por entonces situada a unos pocos kilómetros del centro de Santander. Se trata de Dolores Villanueva Elices, de su hija Rosario de Acuña y de su sobrino Carlos Lamo Jiménez. Fallecida su madre en 1905, Rosario continúa al lado de Carlos. Ambos se trasladan en 1909 a Gijón, instalándose en una casa situada sobre un acantilado, a las afueras de la ciudad. Allí los encuentra la Guardia Civil cuando en el verano de 1917 acuden para registrar la vivienda en busca de las proclamas de la huelga general:

Llega una mañana de agosto –olvidé la fecha– y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. El pariente que, hace ya muchos años, se abrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa y yo en el alto. Y como nuestra vida es racional, nos levantamos y acostamos con la luz del día. «¿Llaman?», nos dijimos por el hueco de la escalera. «Yo voy», dijo mi compañero, y salió a abrir.

Aquel pariente que un día decidiera seguir los pasos de quien, en palabras de su padre, era un «ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...», no solo la defendía de los villanos ataques, sino que también seguía sus enseñanzas, y como buen discípulo era capaz de hablar de avicultura (como hiciera en 1905 en Puente de San Miguel, en el municipio de Reocín, donde pronunció una conferencia titulada «Avicultura rústica») o de «La higiene en el hogar obrero» (que tuvo por escenario la sucursal de La Calzada del Ateneo Obrero de Gijón y con un título bien similar (⇑) a la leída por doña Rosario en el Centro Obrero de Santander en el año 1902). Lo que no hizo fue cumplir el encargo testamentario de «ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) [...] de todas mis obras literarias, publicadas o inéditas, en prosa o en verso». Será su hermana Regina quien pondrá todo su afán para intentar cumplir el deseo de su tía. A finales de la década de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones EC., que publicará la colección La Novela Blanca con una periodicidad quincenal. Las dos primeras entregas están dedicadas por entero a Rosario de Acuña: el número uno contiene los cuentos titulados El secreto de la abuela Justa, que da título al volumen, y El pedazo de oro, así como Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra; en el número dos, titulado El país del sol, se incluye un cuento homónimo y ¡España! (Estudio sobre España hecho para América). En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, con una selección de artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, destinados a la lectura escolar.

«Sus obras. Sus maravillosas obras eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotaron la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!».

Anuncio de la subasta de la casa de Rosario de Acuña (julio 1930)
¿Y Carlos? Desconozco cómo se las arregló a partir de la muerte de su mentora, a partir del momento en que dejaron de entrar en aquella casa las noventa y tantas pesetas mensuales de la pensión de viudedad de doña Rosario. Lo que sí sabemos es que obtiene la ayuda de algunos amigos de Galicia, Extremadura y Santander, así como de las logias alicantinas Numancia y Constante Alona, para hacer frente al importe de la lápida (⇑) (también del grabado y del transporte al cementerio de Ciriego) que se colocará en la tumba de su tía Dolores Villanueva con los versos del soneto que su hija le había dedicado. Sabemos también que en 1924 vendió la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla; que a finales de la década inicia los trámites para vender la casa de El Cervigón (⇑) y que unos años antes, entre los expositores que concurren a la IV Feria de Muestras Asturiana, que se celebra en la ciudad gijonesa, figura Carlos Lamo Jiménez con una serie de objetos que se describen como «reliquias».

Probablemente no se encontrara entre los elementos expuestos la carta que Rosario de Acuña le escribiera a Fernando Mora en 1915, pero, sin duda, las frases que en la misma le dedicaba tenían  para él mayor valor sentimental que el resto:

 «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 

domingo, 10 de noviembre de 2019

199. La masonería, bastión estratégico


Fragmento de la cabecera del Boletín de procedimientos, órgano oficial del Soberano Gran Consejo General Ibérico
Su casual encuentro con Las Dominicales del Libre Pensamiento catalizó el proceso de transformación que había iniciado tras la muerte de su padre y la definitiva separación de su marido: en las páginas del semanario «palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad». Tan solo encontraba una objeción a la encomiable tarea que desde meses atrás realizaban Ramón Chíes, Fernando Lozano y el resto de colaboradores del semanario: no es posible defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer. Convencida de que ellos solos no podían conseguirlo, decide dar un paso al frente y unirse a su lucha: «heme aquí, señor Chíes, que vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede.»

Cuando a finales de 1884 inicia la campaña de Las Dominicales (⇑), su voz de mujer se adentra decidida en aquel campo de batalla en el cual unos cuantos hombres pelean contra otros muchos para lograr que, al fin, la luz se abra paso. «Para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes; yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Aunque eluda lo rudo de la batalla, aunque dé por supuesto que puede contar con el apoyo de sus nuevos compañeros, sabe que aquella lucha que ahora comienza no va a ser incruenta, que los enemigos acecharán por doquier: «Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos». Se ve sola, mujer sola, enfrentada al clericalismo y a sus poderosos instrumentos: el confesionario, el púlpito y la prensa confesional.

Sin embargo, apenas iniciada su campaña recibe buenas nuevas: no está tan sola como ella creía. Entre las reacciones de entusiasmo que provoca la publicación de su carta, de su adhesión a la «causa  del librepensamiento» se encuentran las de unas cuantas mujeres que la saludan alborozadas, que se suman a su lucha. No está sola, ciertamente. En aquella España dominada por el oscurantismo y las supersticiones hay otras mujeres que ya han conseguido desembarazarse de los arneses clericales y están prestas para el combate. Pasados unos meses, al  repasar todas aquellas muestras de apoyo («pasan de mil las cartas de adhesión incondicional que guardo en carpeta») bien pudo haber constatado que no todas las mujeres que le habían escrito se encontraban solas y aisladas; supo que también las había que integraban algún tipo de agrupación. Dos hay que destacan especialmente. Por un lado la de aquellas que habían convertido el semanario espiritista  La Luz del Porvenir en un enclave anticlerical, en una plataforma desde la cual se defienden los derechos de la mujer y el laicismo; por otro, la masonería, sociedad que vive por entonces una etapa de expansión, con un incremento de la presencia femenina en las logias y con la creación de logias integradas exclusivamente por mujeres.

Amalia Domingo Soler, directora de la publicación espiritista, apenas tarda unos días en mostrar públicamente su satisfacción por aquel escrito de adhesión (⇑). En carta fechada en Gracia, Barcelona, el 5 de enero de 1885 le cuenta que reproducirá su carta en el semanario y que le encantaría establecer correspondencia con ella «porque sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican».  En efecto, tal como había anunciado, en la portada de la edición del 15 de enero se publica el texto íntegro, precedido de una entradilla en la que, entre otras cosas, se dice: «La adquisición de Rosario [de] Acuña, es para el racionalismo filosófico de alta trascendencia, los libre-pensadores podemos decir que es nuestra la victoria». A partir de entonces, los escritos que envía a Las Dominicales serán aquí reproducidos con prontitud: las mujeres de La Luz del Porvenir se convertirán en entusiastas propagadoras de su palabra. Aunque el grupo no sea muy grande, allí cuenta con nuevas aliadas. No está tan sola como podría haber creído en un primer momento.

Más numeroso es el grupo de las masonas, pues, según las fuentes disponibles, en el último tercio del siglo XIX habría varios centenares de mujeres formando parte de las logias españolas. La masonería vive por entonces una etapa de crecimiento y hay masones que se muestran decididos a asociar a la mujer a la causa. Algunos se muestran convencidos de que solo con su concurso podrán neutralizar la perniciosa influencia que ejerce el clericalismo sobre sus compañeras: «vemos con dolor los trabajos de nuestra Orden combatidos por nuestros enemigos que, apoderándose de la mujer en el púlpito y en el confesionario meten la idea enemiga entre nosotros...». Quienes así se expresan son los integrantes de la logia Amistad, de Pedralva (Valencia), en carta dirigida a la recién llegada. En parecidos términos lo hicieron semanas antes los de la ferrolana Luz de Finisterre, a quienes doña Rosario no tarda en contestar mostrándoles su satisfacción por el apoyo que le han ofrecido: «Véanme, por lo tanto, con el sentimiento de mi pequeñez y el agradecimiento hacia su bondad, recibiendo, conmovida y respetuosa, el alto honor de que he sido objeto en su entusiasta felicitación». Las adhesiones y bienvenidas se suceden: los hermanos de la logia Acacia, número 25, también de Valencia, la convierten en «heroína del librepensamiento», en «redentora y defensora de la emancipación de nuestra débil compañera»; los de la Alces, de Alcázar de San Juan, la animan a disipar «con la brillante luz de vuestra inteligencia las sombrías tinieblas en que se halla sumida la mujer española»; los integrantes de la logia Amigos de la Naturaleza y de la Humanidad, de Gijón, le transmiten efusivas muestras de admiración y respeto: «Recibid, señora, la expresión de nuestro más afectuoso cariño, y contad que siempre tendréis un lugar preferente en la memoria de todos los obreros de esta Log .·. que os admiran y veneran»... Del contenido de estas cartas podemos deducir que la masonería ha recibido con satisfacción su llegada al bando de quienes defienden la causa del librepensamiento, también que en las logias existe interés en aproximarse a doña Rosario.


De todas ellas será la Constante Alona, de Alicante, la que lo haga de una manera más explícita y  continuada. Ya en el mes de febrero de 1885 publica en su periódico La Humanidad un escrito ensalzando su labor: «... combate con energía ayudada por su profundo y brillante talento contra la ignorancia y la superstición de la mujer, que han impedido hasta ahora que ocupe en la sociedad el lugar que legítimamente le corresponde». Si las cartas anteriores le produjeron una lógica satisfacción, este laudatorio texto tuvo que hacerlo en mayor medida, por cuanto había sido escrito por Mercedes Vargas, simbólico Juana de Arco, oradora honoraria de la logia. Detrás de esos nombres se encuentra una mujer que comulga con los objetivos de su lucha en pro de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre; una mujer dispuesta a colaborar en la campaña que ha emprendido: «ofrezcámosle mis qq.·. hermanas nuestro humilde grano de arena para ayudarla a dar cima a la colosal obra que ha emprendido y, siguiendo sus huellas, llegará a ser un hecho la recuperación de la mujer por medio de la razón ilustrada».

Quizás el interés de Mercedes Vargas impulsó a los responsables de la logia a ponerse en contacto con nuestra protagonista. Lo cierto es que así lo hicieron, pues disponemos de una carta (⇑) en la cual Rosario de Acuña agradece las atenciones que le han dispensado; sabemos también que en su casa de Pinto recibe «oportunamente» La Humanidad, órgano oficial de la logia que ve la luz cada diez días. Es probable que se mantuvieran los contactos (los hechos acontecidos meses después así parecen corroborarlo), que se hablara de la coincidencia de ideales, de una posible iniciación de quien tan brillante campaña viene haciendo en pro de la libertad y del progreso, que la escritora fuera invitada a visitar la ciudad para propagar allí sus ideas... De haber sido así, lo fue sin una gran concreción pues las noticias que empiezan a circular por la capital alicantina son un tanto difusas. Ya en los primeros días del año 1886 la prensa local informa de la inminente llegada de la escritora; El Graduador del seis de enero dice que «dará alguna conferencia en el teatro o en otro punto a propósito». A finales de mes en la Constante Alona creen que llegará el cinco o el seis de febrero para dar unas conferencias sobre libertad de pensamiento y así se lo comunican a los responsables de las logias Numancia y Alona, solicitándoles designen sendas comisiones para acudir a recibirla. No lo hizo ni el cinco ni el seis; llegó, por fin, la mañana del jueves 11 de febrero a la estación de ferrocarril de la capital alicantina y lo hizo acompañada por el señor Ruzafa que hizo el viaje con ella desde Pinto. Entre quienes se habían acercado para recibirla abundaban los masones y en el carruaje de otro masón, el señor Terol (probablemente Rafael Terol Maluenda, Mateo, iniciado en la Constante Alona en 1880, diputado provincial por entonces y no tardando alcalde de Alicante y diputado en Cortes), se dirigió a la acreditada fonda Bossio.

Fonda Bossio y teatro Principal en una fotografía de 1852 (Archivo Municipal de Alicante)

A partir de entonces, los hechos se suceden con celeridad, lo cual parece probar la existencia de comunicaciones anteriores. Al día siguiente, viernes 12 de febrero, Rosario de Acuña dirige un escrito (⇑) al venerable maestro de la logia Constante Alona solicitando su ingreso en la masonería. Ese mismo día un grupo de masones envía al mismo venerable maestro otra carta, en la cual proponen la iniciación de esta señora «muy conocida por sus escritos e ideas que vienen a identificarse con las ideas que defendemos»; también que se realice con celeridad, pues  tan solo permanecerá en la ciudad un corto número de días. Un día después, sábado 13 de febrero, Eduardo Oarrichena Guijarro, Plutón, Gr .·.32 gran delegado en la provincia del Gran Oriente de España, autoriza a la logia Constante Alona «para que se proceda a la iniciación de tan distinguida señora de la forma más breve, relevándola de las tramitaciones ordinarias por exigirlo así el bien de la Orden en general y de esta logia en particular». Ese mismo día, los responsables de la Constante Alona comunican a los de la Alona que, habiendo recibido la autorización pertinente, se procederá a la iniciación de Rosario de Acuña en la noche del lunes 15 de febrero. Quedan dos días para la ceremonia, tiempo que la solicitante aprovecha para recordar una estancia anterior (⇑). El domingo 14 viaja a Elche y lo hace acompañada por tres masones: Eduardo Oarrichena, el delegado del GOE que acaba de autorizar este excepcional procedimiento de iniciación; José María Escuder, Celso, Gr .·.3, autor de la nota añadida a la solicitud de iniciación formulada por Rosario de Acuña, pidiendo se admita y vote, iniciándola a la mayor brevedad; y Rafael Sevilla Linares, miembro también de la logia Constante Alona y director de La Unión Democrática.

Por las informaciones que facilita ese diario alicantino sabemos que las conferencias sobre el librepensamiento de las que se había hablado no pasaron de ser una posibilidad; que sí hubo un recital poético (⇑) en el teatro Principal el miércoles 18 de febrero; que la poeta, convertida ya en Hipatia, cuando apareció en el escenario fue aplaudía por el público asistente «con entusiasmo rayano al delirio». Rafael Sevilla cuenta a los lectores del diario que dirige todo lo acontecido aquella velada, lo hace en una entusiasta crónica (⇑), sin escatimar elogios hacia la protagonista, hacia la «poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española...»: conoce de primera mano que ese es el nombre simbólico que adoptó en la ceremonia de iniciación. Rosario de Acuña y Villanueva ya es masona, ya es Hipatia.

Quizás sea este el momento adecuado para preguntarse cuáles han sido las razones de este entendimiento. Las de la masonería parecen claras, a tenor de lo expuesto por el delegado provincial del Gran Oriente de España. En los considerandos que incluye el señor Oarrichena en su carta del día 13 hay dos que resultan muy reveladores. En uno de ellos hace mención a «las altas cualidades que la adornan y su activa propaganda en pro de nuestros principios y del libre pensamiento»; en otro manifiesta «que es una gloria nacional por sus brillantes escritos, y que la masonería patria adquirirá con su iniciación una gran columna que, por medio de la propaganda, atraerá a nuestros templos gran número de adeptos». Para hablar de las posibles razones de Rosario de Acuña será necesario utilizar algo más de espacio.

En primer lugar,  es preciso señalar que la masonería le resultó próxima desde los mismos inicios de su campaña de Las Dominicales (⇑). A las entusiastas muestras de agradecimiento que recibe de las logias, hay que añadir el hecho de que los principios masónicos no le eran ajenos, también que las páginas del semanario librepensador se convirtieron en un espacio favorable a la masonería, pues no debemos de olvidar que tanto Ramón Chíes como Odón de Buen o Fernando Lozano eran masones. Librepensamiento y masonería confluyen de manera natural en Las Dominicales. Allí puede encontrar un sólido respaldo en su lucha. Una mujer sola no puede desdeñar el apoyo que en aquella contienda le puede brindar una organización que le es afín, que vive una etapa de expansión y que cuenta con presencia en algunos sectores influyentes. A esta proximidad inicial a la orden hay y al apoyo que pueda recibir de la misma hay que añadir un elemento de gran importancia para ella: la presencia de mujeres en las logias y, según parece, son unas cuantas más que aquellas que se agrupan en torno a La Luz del Porvenir. En algunos de los templos masónicos se encuentran mujeres que han conseguido liberarse de la nefasta influencia del clericalismo. Quien se lanzó al campo de batalla para defender la ilustración de la mujer, la dignificación de la compañera del hombre, no puede desaprovechar la ocasión de contar con aquellas potenciales aliadas en su lucha. Bien es verdad que no todos los masones están de acuerdo con su presencia; que no está claro cuál es el papel que desempeñan en aquellas logias que sí la contemplan; que en algunas compartieron rituales y cargos con sus compañeros; que en otras, al contar con dos o tres masonas, se constituía una columna o cámara de adopción integrada por hombres y mujeres;  que las había que, alcanzando un número suficiente,  se constituían en logia de adopción con cierta autonomía de funcionamiento; y que las había, al fin, que se independizaban de la logia madre. Quizás sea esta diferencia de trato a la mujer la que pueda explicar el porqué de su iniciación en una logia tan distante de su domicilio habitual.

Creada en 1878 por los integrantes de la preexistente Alona que permanecieron fieles al Gran Oriente de España, la logia Constante Alona tuvo un rápido crecimiento en los primeros años ochenta, instalando logias en diferentes lugares de la provincia de Alicante e iniciando a varias mujeres. La presencia de las primeras masonas en su seno hizo que sus responsables se planteasen la posibilidad de crear una logia de adopción independiente, proyecto que, a requerimiento de la Gran Logia Simbólica del GODE, quedó en suspenso hasta que se modificasen las Constituciones y que finalmente fue sustituida por la creación de un taller o cámara de adopción. Además de Mercedes Vargas otras doce mujeres se iniciaron a lo largo de 1883. Buena parte de ellas eran familiares de masones. Tal es el caso de Petra Cambó Vargas, Carlota Corday, hija de Mercedes o de Rita Genaro Bellver, Raquel,  y su hermana Magdalena, Lara, esposa de Eduardo Oarrichena, el delegado del GOE en Alicante. La admiración de Mercedes Vargas, las facilidades encontradas por los miembros de la logia o la presencia de varias mujeres entre sus integrantes pueden ser algunas de las razones que llevaron a Rosario de Acuña a que su iniciación tuviera lugar en la Constante Alona. La lejanía no era, en cambio, un obstáculo a considerar por quien no parece que tuviera intención alguna de participar en los trabajos habituales de la logia, ni de esta, situada a centenares de kilómetros de Pinto, ni de ninguna otra, por cercana que estuviera. Para la masonería el ingreso de la nueva hermana suponía la incorporación de «una gran columna que, por medio de la propaganda, atraerá a nuestros templos gran número de adeptos»; Hipatia, por su parte, lograba el respaldo de la orden en su lucha en pro del librepensamiento y la posibilidad de contar con nuevas aliadas en su batalla para sacar a la mujer «de los raquíticos destinos de la sierva».

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

A buen seguro que habrá de notar este apoyo cuando, al año siguiente, realice un largo viaje a caballo (⇑) por algunas provincias del noroeste, que las cartas de recomendación surtirán sus efectos cuando visite Luarca, Orense o La Coruña; que sabrá de las gestiones del soberano gran comendador del Gran Oriente Nacional de España para intentar solventar algunas molestias que padece en su cotidianidad pinteña; o de las gestiones que, años después, realizan algunos masones gijoneses para intentar conseguir un indulto (⇑) y que pueda regresar del exilio portugués. Lo nota y lo agradece: «Conmovida de gratitud, dispuesta a corresponder a vuestra generosa protección como únicamente creo que os será grato mi reconocimiento, que es dedicando todas mis actividades a la propaganda de nuestro sublime credo». En cuanto a la mujer, a las mujeres masonas, sabrá aprovechar la coyuntura favorable que le deparará el año 1888.

Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros, había encabezado el año anterior una escisión en el Gran Oriente Nacional de España con la pretensión de lograr una democratización de la obediencia. Convertido en soberano gran comendador, reconoció la autonomía de las logias para ejercer su gobierno y administración; propició la incorporación de las mujeres a la orden; y procuró la unión con una parte del disgregado Gran Oriente de España representado por Miguel Morayta. Todas estas medidas debían de sonar muy bien a los oídos de la hermana Hipatia: una organización más democrática, más unida y con mayores facilidades para la presencia de la mujer en sus filas. La coyuntura se mostraba favorable a su participación en las actividades masónicas: no en Alicante, sino en Madrid; no en las periódicas tenidas de su logia, sino en otros actos, de mayor trascendencia y simbolismo. Doña Rosario, que ya conocía a Miguel Morayta de los tiempos de las protestas universitarias de 1884 (⇑), también debía de conocer a Alfredo Vega, al menos sí que nos consta que entre sus amistades se encontraba su suegro, Antonio Ros de Olano (quien utiliza el familiar término de Rosarito en una de las cartas que le envía) y, probablemente, también su mujer Isabel Ros de Olano Quintana («Comunique a Isabel, si así lo quiere, el proyecto y la carta; por mi parte, no solo no tengo inconveniente, sino que estimo su criterio en mucho, y cualquiera modificación o reforma que ella indicase será para mí muy tomada en cuenta»). Será en este contexto de proximidad, de amistad, de relación directa con la persona que lidera el Supremo Consejo de la obediencia (que se había reservado para sí la administración de los grados superiores, mientras las grandes logias regionales se encargaban de la administración de los tres primeros: aprendiz, compañero, maestro), donde haya que situar las actuaciones de Rosario de Acuña.

Firmado con el simbólico Hipatia.·. que figura tras su nombre y apellido, en la primera página de Las Dominicales del Libre Pensamiento del día 25 de mayo de 1888 se publica el escrito titulado «Al pueblo masónico. La gran protectora de la masonería española» (⇑), a lo largo del cual va hilvanando las impresiones de su reunión con María del Olvido de Borbón y Castellví, aunque en ningún momento se refiera a ella por su nombre: «Como un rumor no bien definido sabía que la masonería española, al unificarse bajo una sola autoridad representada por el nobilísimo vizconde de Ros, había elevado al Protectorado a una mujer de estirpe regia». Cuatro horas más tarde, salía alborozada de su encuentro, deseosa de proclamar la buena nueva, esperanzada ante los buenos presagios que el futuro parecía reservar a la masonería y a la mujer española: «¡Pueblo masónico! Ha llegado el instante en que tus esfuerzos en pro de la fraternidad humana se vean condensados por un espíritu capaz de conducirnos a la victoria: solo una mujer de excepcionales condiciones podría levantar sobre la gran familia el emblema del triunfo». Al día siguiente, lunes 26, un agradecido vizconde de Ros le cuenta por carta que esa misma noche doña María (a quien «le parece encantador y extraordinario su artículo y da a usted mil millones de gracias») asistirá a una reunión, a la cual invita: «Usted y ella solo serán las que concurran, pues está prohibido a las señoras asistir, y solo ustedes irán como las protectoras, las que vengan por derecho propio».

La noticia de la iniciación de María Olvido –que  había tenido lugar ese mismo año en la logia Amantes del Progreso, de Madrid–, fue bien recibida por cuantos se habían mostrado partidarios de facilitar el acceso de las mujeres a la masonería, de manera especial por las masonas (las de la logia Creación nº 3 de Barcelona acordaron por unanimidad felicitarla «por haberos dignado aceptar el alto cargo de Protectora de la Masonería de Adopción»). Tanto Hipatia como el gran comendador saben de la importancia de este tipo de incorporaciones para propiciar el acercamiento de las mujeres a la masonería. Tanto es así que Rosario de Acuña no duda en proponer que se invite a formar parte de la orden a otra mujer de la familia real: María Cristina Gurowski de Borbón. Su propuesta fue muy tenida en cuenta y en carta fechada el dos de julio el vizconde consorte de Ros le confirma el éxito de la gestión encomendada: ese mismo día será iniciada. Se muestra feliz con aquella adquisición, pues es mujer dotada de grandes cualidades y que está «dispuesta a todo por la orden».

Aquel acercamiento a algunas mujeres de la familia Borbón, bien recibido en la masonería, causó honda preocupación en los sectores confesionales, hasta el punto de que una parte de la prensa se apresuró a desmentir algunos rumores que apuntaba a que aquella María Cristina fuera la mismísima reina regente, tal y como había publicado el extravagante Jogand-Pagès (más conocido por Leo Taxil) haciéndose eco de lo publicado por un periódico español: «Una gran desgracia acaba de experimentar España. La reina regente doña María Cristina ha aceptado la afiliación a la francmasonería [...] La Masonería española ha puesto en manos de María Cristina las insignias del grado 33. Asistían a esta formalidad y ceremonia que la acompaña doña María Olvido, hija del infante don Enrique, doña Rosario de Acuña y muchas señoras elegantes y distinguidas de la Corte». Entusiasmo en un bando, nerviosismo en el otro.

Tal es la satisfacción que parece sentir el señor vizconde consorte de Ros con la actividad desarrollado por su «queridísima hermana» que no duda en proponerle que sea la directora de un periódico masónico. Según parece, comenzaron a hablar de la importancia que podría suponer para la orden el hecho de contar con un medio de difusión –su estandarte e interlocutor ante la sociedad– en alguno de los diversos actos en los que coincidieron a lo largo de la primera mitad de 1888. Aquellas conversaciones –que para Rosario de Acuña no debieron de ser más que una aproximación teórica a una iniciativa interesante– dieron pie a que el señor gran comendador considerara que el proyecto podría ser una pronta realidad. Tanto que en una carta le dice que Isabel está  «entusiasmada con la idea de que dirija usted un periódico» y en otra, fechada el dos de julio, concreta algo más su propuesta: «Respecto del periódico que será semanal y, si no le parece mal, puede llamarse La Igualdad en el Libre Pensamiento o La Acción del Libre Pensamiento, y le dará nombre si estos no le parecen bien». Llegados a este punto es cuando su interlocutora se ve en la necesidad de exponer por extenso los motivos que le asisten para no aceptar aquella propuesta. Tan solo un día después le envía una extensa carta (⇑) en la cual argumenta las razones –de orden social, físico y moral– que se lo impiden. No obstante, muestra su disposición  a colaborar en aquella empresa, incluso en un puesto de importancia como el de primera redactora del periódico.

Fragmento de la carta que envía al vizconde de Ros exponiéndole las razones para no aceptar la driección de un periódico masónico

Cierto es que lleva años dedicada a la propaganda de los ideales de libertad y progreso, pero no es menos cierto que su compromiso es el de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Toca conciliar ambos objetivos. De ahí que, aunque no sea como directora, sí que se muestre dispuesta a colaborar en la puesta en marcha de un periódico masónico,  pues se muestra convencida de que el engrandecimiento de la masonería habrá de propiciar un escenario más favorable al desarrollo moral e intelectual de la mujer, a su equiparación con el hombre; y no desaprovechará su privilegiada situación en la orden para manifestarlo así ante sus hermanos y hermanas, tal como había hecho tan solo unos días antes, con ocasión de la inauguración en Getafe de un colegio-asilo para huérfanos de masones. Tras el banquete que se celebra con motivo de tan feliz evento, Rosario de Acuña toma la palabra para ligar, una vez más, su campaña en defensa de la mujer con los ideales de progreso que persigue la masonería:

Brindo por el enaltecimiento de la mujer española en todas las esferas del orden intelectual, para que deje de ser débil, no por medio de una usurpación ridícula e imposible de los destinos masculinos, sino por el íntimo convencimiento de su propia valía, que la dignificará, haciéndola hermana y compañera del hombre, para que sea declarada responsable, lo mismo de sus crímenes que de sus virtudes, y que así como hoy asciende las gradas del cadalso entre la compasión o el desprecio de las multitudes, mañana ascienda las gradas de la cátedra entre el respeto y la admiración de sus conciudadanos [...] Que el pueblo masónico, con su importante influencia, contribuya a la reforma de nuestras legislaciones, de un modo tal que cuando la mujer pretenda reivindicar sus derechos de persona racional no se encuentre, como en la actualidad, con que las leyes la hacen esclava, la religión la hace víctima, la sociedad la hace paria, y la familia la hace réproba...

Ciertamente, la masonería con «su importante influencia», es para ella un estratégico bastión en la campaña de Las Dominicales (⇑) en la que está inmersa, pues no solo le proporciona amparo y defensa, sino que además le brinda la posibilidad de ir sumando a su causa nuevas aliadas, alentadas por los ecos de la reciente incorporación de algunas hermanas que cuentan con apellidos tan ligados a los poderes del Estado. También de conocer a Ángeles López de Ayala y Molero (⇑), una de sus más renombradas seguidoras.  Su amistad con el vizconde le dio ocasión de participar a lo largo del año 1888 en diversos actos, en algunos de ellos junto a López de Ayala, y no desaprovechó ninguna de las ocasiones que se le presentaron para seguir batallando, fiel al convencimiento de que era imposible alcanzar los proclamdos y perseguidos ideales sin contar con la mujer. Lo volvió a repetir en el otoño de ese año cuando participa como oradora en la instalación de la logia femenina Hijas del Progreso. A las mujeres dirige, una vez más, sus palabras:

Pero bien sea luz y sombra lo que en el porvenir espere, no puedo menos de dirigirme a ella que condensa, a ella que realiza uno de los más caros ideales de mi alma, la mujer por la mujer, la mujer engrandecida, ilustrada, dignificada por la mujer; la mujer, permitidme la frase, probando sus fuerzas como ser pensante, manifestando sus condiciones como ser racional en un radio de acción pura y genuinamente femenino.

Discursos, encuentros con masonas, cartas, banquetes, escritos... el año 1888 ha sido muy intenso para la hermana Hipatia. Tanta fue la actividad desarrollada entonces, que no deja de llamar la atención su práctica desaparición del universo masónico tan solo unos años después. Desde que en el mes de marzo de 1890 su firma encabezara el escrito (⇑) que la logia «8 de abril de 1888» hace público en apoyo del pueblo portugués tras el ultimátum británico (exigiendo la retirada de los militares lusos que se encontraban entre Angola y Mozambique), no tenemos constancia de ninguna actividad o de escrito alguno que tenga relación con la masonería, salvo la inclusión de su nombre simbólico (Hipatia .·. gr.·.32) al pie del telegrama que en 1911 envía a Galdós (⇑) en apoyo de la llamada Ley del Candado,  y el artículo que en 1922 y con el título «¡Justicia!...¡Justicia!...¡Justicia!» (⇑) dirige, en este caso, a los «Hermanos Masones de Asturias» para reclamarles su participación en las campañas contra la guerra de Marruecos.

Las razones de este alejamiento de la primera línea masónica son, a mi juicio, de dos tipos: las que atañen a la masonería y las que tienen que ver con su propia trayectoria vital.  En cuanto a las primeras, es preciso referirse a la prematura ruptura de la ilusionante unión alcanzada por las facciones encabezadas por Morayta y Alfredo Vega; a la dimisión del vizconde de Ros como gran comendador en noviembre de 1891; y al retroceso que, a partir de ese mismo año, experimenta la aceptación de la mujer en la masonería en igualdad de condiciones que el hombre, tras la promulgación de las reglamentaciones que sobre la adopción promulgan tanto el Grande Oriente Nacional de España como el Gran Oriente Español. Por lo que respecta a sus razones personales, probablemente las más determinantes en este caso, no debemos olvidar que ya había anunciado años antes  (⇑) al propio vizconde consorte de Ros su decisión de retirarse del trabajo activo de la inteligencia al cumplir los cuarenta años; que, tal y como explico en el comentario 194. La batalla de El padre Juan, el estreno de esta obra de combate puso fin a su campaña de Las Dominicales (⇑); y que a principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas y con cuarenta y un años cumplidos, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano».