domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 15 de noviembre de 2020

223. No, no era Carmen de Burgos (Colombine)


Carmen de Burgos en una fotogafría publicada en 1905
Una vez que tuve a punto la base de datos con los cerca de trescientos documentos que integran el archivo personal de Rosario de Acuña, ese que– como ya he contado en un comentario anterior (⇑)– había aparecido sorprendentemente en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, llegaba la hora de entrar en materia, de conocer su contenido.  Elaboré una lista con aquellos que consideraba más interesantes y solicité su digitalización. (Fácil resulta conocer cuáles fueron los documentos elegidos, pues el equipo de Ilda Pérez, una vez cumplido mi encargo y creo que con muy buen criterio, los ha dejado accesibles para que puedan ser consultados libremente). 

Entre los seleccionados se encuentra una carta remitida por Carmen de Burgos firmada un 29 de julio en calle Teruel, 9 (hotel), Cuatro Caminos, Madrid. A pesar de que no figura el año, por su contenido sabemos que está escrita con posterioridad al mes de marzo del año 1905. En cualquier caso, es respuesta a una anterior que le había enviado nuestra protagonista solicitando su mediación ante algunos ministros del Gobierno. Aunque desconozco el asunto que motiva tal petición, como quiera que en ese tiempo doña Rosario está padeciendo los embates del oscurantismo y la sinrazón que azotan inmisericordes los cimientos de la empresa avícola que había puesto en pie en tierras cántabras, no sería de extrañar que su misiva fuera un último intento de salvar lo que, no tardando, resultaría ser insalvable (⇑).

Carmen da cuenta de sus gestiones («hoy mismo escribo al señor conde de Romanones», «al señor Echegaray le envío la carta de usted») y le adelanta lo que espera de ellas: confianza plena en lo que respecta al ministro Figueroa («No dudo que el conde de Romanones me atenderá, y deseo sea eficaz mi recomendación, ya que en este desdichado país se necesitan para pedir justicia»); todas las dudas acerca de lo que se pudiera esperar de quien recientemente se había convertido en el primer nobel español. Pronóstico tan negativo merece una aclaración, más cuando ella ha sido la persona que ha logrado que un nutrido grupo de escritoras (la propia Rosario de Acuña, Consuelo Álvarez, Carolina de Soto, Blanca de los Ríos, Patrocinio de Biedma, Cándida López Venegas, María de Echarri, Matilde García del Real...) se adhirieran al homenaje que se tributa al dramaturgo tras serle concedido el galardón. Sus palabras requieren una explicación y ella se explica. Dice que no lo conoce personalmente y que su decidida contribución al homenaje estuvo motivado por «la grosera protesta de la juventud decadente que se llama intelectual» (refiriéndose, sin duda, al comunicado que en relación con el homenaje que se piensa tributar al señor Echegaray ha sido elaborado por Azorín y refrendado por un grupo de escritores, entre los que se encuentra Valle Inclán, Baroja, los hermanos Machado, Rubén Darío o Maeztu, en el cual hacen constar que sus ideales artísticos son otros y sus admiraciones muy distintas). Que si su trayectoria ha sido extraordinaria en el pasado, su imagen se ha empañado al abandonar los ideales republicanos para convertirse en ministro de la monarquía alfonsina: «Él mismo ha cubierto de basura su historia pasada; lo mejor que puede pensarse es que chochea». 

A la hora de despedirse, utiliza palabras que manifiestan el afecto que dispensa a su interlocutora (se declara «siempre admiradora, correligionaria y amiga»), lo cual a quien esto escribe no le resulta para nada extraño pues doy por hecho que su amistad viene de muy atrás y que entre ambas existe una comunión ideológica que han mantenido en el tiempo. Tanto que ya en 1888, diecisiete años atrás, una joven Carmen Burgos envía a Las Dominicales del Libre Pensamiento una carta en la cual proclamaba su firme adhesión a cuantas ideas había manifestado Rosario de Acuña en su escrito titulado «A las mujeres del siglo XIX». 

Bien. Pues resulta que no son la misma mujer; que esta Carmen Burgos del ochenta y ocho no es la Carmen de Burgos del homenaje a Echegaray: son dos personas distintas, tal y como ha podido constatar Manuel Almisas Albéndiz en un trabajo titulado «¿Carmen de Burgos (Colombine), Librepensadora? Otro bulo más en la historia del feminismo» (⇑) que ha sido publicado recientemente. A este investigador gaditano no le cuadraban algunas cosas al respecto y se puso a indagar sobre el tema. Dos fueron los elementos que centraron su atención: que la carta publicada en Las Dominicales estuviera fechada en Andújar y que su autora tuviera por entonces una activa (y precoz) participación en diversas publicaciones espiritistas. Estos son los datos que resultan más clarificadores, pues la Carmen que dirige su escrito de adhesión a la obra emprendida por doña Rosario («Cuénteme usted pues como una humilde pero entusiasta y firme cooperadora...») también firma en Andújar otros textos que se publican en el semanario espiritista La Luz del Porvenir, y lo hace en el transcurso de tres años (del verano del ochenta y siete a finales del ochenta y nueve). Aunque hubieran pasado inadvertidos para el resto, los dos resultaban un tanto incoherentes con la biografía conocida de Colombine.  La inercia había dado por buenos datos que, cuando menos, eran cuestionables. La duda, el interrogante, la disrupción discursiva, habilitaba una vía alternativa, la de la coherencia, como tantas otras veces. 

Detectadas las incongruencias, Almisas acude a las fuentes primarias en busca de la necesaria clarificación. La encuentra: en el padrón municipal de Andújar correspondiente al año 1888 no aparece Carmen de Burgos Seguí, pero sí una mujer de apenas veinte años de edad llamada Carmen Burgos Villalba. El hallazgo le permite zurcir aquel roto que había descubierto con el resistente hilo de la verosimilitud: la autora de la carta escrita en Andújar en febrero del año 1888 y dirigida a Rosario de Acuña y Villanueva no fue la que, andando el tiempo, será conocida como Colombine. La aparición de esta otra Carmen, vecina en aquel tiempo de la localidad jiennense, devolvía a la escritora almeriense su perfil biográfico: residía en Almería, su ciudad natal, en compañía del pintor y periodista Arturo Álvarez Bustos con quien se había casado cinco años atrás (cuando ella tan solo contaba con dieciséis); ayudaba en la imprenta que regentaba su suegro; y no consta que estuviera próxima a los círculos espiritistas y librepensadores en los que se movía la joven Burgos Villalba. 

Este trabajo no solo deshace un error que la inercia ha logrado mantener en el tiempo, sino que también nos permite incrementar la ya nutrida lista de aquellas mujeres que públicamente se han adherido a la lucha que a mediados de los ochenta emprende Rosario de Acuña, una larga batalla en pro de la redención de la mujer española, que años después recordaría Amalia Carvia: «Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida». No fueron pocas las que respondieron a aquella llamada. Al nombre de Carmen de Burgos Seguí es preciso unir ahora el de Carmen Burgos Villalba, una mujer que en su juventud decidió alistarse en aquel ejército de mujeres luchadoras: «deseo conste en las columnas de sus Dominicales mi fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa, pues aunque joven, ni temo la opinión de los hipócritas, ni oculto la mía». Ahora que, gracias al concienzudo trabajo de Almisas Albéndiz, conocemos su filiación, quizás podamos llegar a saber algo más de ella. Tal vez tirando del hilo que la une a Andújar, localidad donde veinte años más tarde constatamos la presencia de quien parece ser uno de sus hermanos, un tal Antonio Burgos Villaba que por entonces regenta un taller de encuadernación en la villa. 




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domingo, 25 de octubre de 2020

222. Arrivederci Roma

Siete de junio de mil ochocientos cincuenta y siete. La llegada de forasteros y el trajín de los días anteriores ya anunciaba que aquel no sería un domingo cualquiera. Baeza iba a ser el escenario de la boda de una de sus distinguidas vecinas, una joven que aún no había cumplido los quince años, tierno vástago de una de las familias con mayor raigambre en la historia de la ciudad. La del novio tampoco le quedaba a la zaga, pues sus antepasados «fueron siempre tenidos en el goce de caballeros hijosdalgo, notorios, y figuraron constantemente en los padrones del estado noble, lo mismo en Baeza que en Úbeda y Arjonilla; y repetidamente probaron su nobleza ante el Consejo de las Órdenes para ponerse los hábitos de Santiago y de Calatrava, y ante la Asamblea de la Orden de Malta para llevar la Cruz de San Juan como caballeros de justicia». María del Carmen Martínez de Pinillos y Benavides se casa con Cristóbal de Acuña y Solís. Con esta unión se entrelazaban estas dos conocidas familias baetanas: una de las ramas de los Acuña (la de aquel vasallo de los Reyes Católicos que a principios del siglo XVI fue regidor de la ciudad de Baeza y teniente de alcalde de la Real Fortaleza de la Alhambra de Granada), con la familia de los Benavides, de activa presencia en la vida pública de la España decimonónica. 

No cuento con la lista de participantes en el evento, pero –de no mediar asunto de gravedad que impidiera su asistencia– es fácil suponer que allí estuviera el padre del novio, Felipe de Acuña y Cuadros, también baetano aunque residente en Arjonilla, localidad de la que fue alcalde, viudo desde hacía trece años; su hermano Felipe (⇑) y su cuñada Dolores (⇑), residentes en Madrid; su también hermano Antonio, que se había casado dos años antes con otra baetana de nombre María Dolores y padre de un niño que acababa de cumplir un año; su tío Antonio, el único hermano vivo de su padre; su primo Luis María de Acuña y Calmaestra, convertido en el XI Señor de la Torre de Valenzuela desde que siete años atrás falleciera su padre, el mayor de los tíos del novio.

Entre los familiares de la novia, encontramos a conocidos integrantes de la clase dirigente provincial, pues su madre, Carmen de Benavides y Fernández de Navarrete, tiene varios hermanos que desempeñan, o han desempeñado (y desempeñarán), puestos relevantes tanto en la jerarquía eclesiástica como en el poder legislativo y en el Gobierno. Sus tíos Manuel y Trinidad se suceden como diputados por el distrito de Cazorla; Francisco de Paula, que fue rector del seminario de Baeza, arcediano de Úbeda, y arcipreste de Jaén, es por entonces deán de la catedral de Córdoba; y el hermano mayor, de nombre Antonio y diputado por el distrito de Villacarrillo, ha desarrollado una dilatada e influyente actividad en la política nacional, ya sea en el Congreso o en el Consejo de Ministros (lo fue de Gracia y Justicia, de Fomento, y de Gobernación).

Si he dado por supuesto que en la boda estaba presente Felipe de Acuña, el hermano mayor del novio, y su mujer Dolores Villanueva, resultaría muy extraño que a su lado no se encontrara la única hija del matrimonio, una niña de seis años de edad a quien llaman Rosario y que en las familiares tierras jiennenses alcanzaba el anhelado alivio a los crónicos sufrimientos provocados por la enfermedad ocular que padecía (⇑). Cuando los dolores se hacían más inaguantables, en el tren andaluz abandonaba Madrid y a la Campiña de Jaén se iba encantada (⇑), pues allí, en los saludables escenarios de la sierra de Andújar, encontraban sus doloridos ojos la pócima reparadora; allí encontraba el cariño de su abuelo Felipe, de su tío abuelo Antonio María y de sus numerosos hijos, de su primo Pedro Manuel y de sus tíos Antonio y Cristóbal. Y desde este siete de junio del año cincuenta y siete, cabe pensar que  también disfrutara del afecto de sus nuevos tíos, aunque en puridad lo fueran de María del Carmen, aquella novia casi niña que desde entonces tía suya también era. 

Viviano Codazzi: Exterior de San Pedro, Roma (Museo del Prado)

De todos ellos, quizás fuera con Antonio Benavides con quien mayor relación pudo haber mantenido, pues tenía ocasión de visitarlo no sólo en Jaén sino también en Madrid, que era donde habitualmente residía en compañía de su mujer María Antonia Godínez y Zea Bermúdez, de la Real Orden de Damas Nobles de España. Además, no tenían hijos y Rosario resultaba ser la sobrina más cercana. Desconozco si realmente el contacto entre don Antonio y la familia Acuña y Villanueva fue habitual; lo que sí sabemos es que existió y que debió de mantenerse en el tiempo, pues contamos con una carta que el señor Benavides envía en la primavera del año setenta y cinco a su «querida sobrina Rosario», que ya cuenta con veinticuatro años de edad y que por entonces disfruta expresando sensaciones, emociones o sentimientos por medio de la poesía. De poemas habla la carta: «la sorpresa que he tenido al leer tus obras poéticas, dignas de darse a la estampa, por la belleza de su composición, la elevación de los pensamientos y la estructura del conjunto...». Es bastante probable que entre las poesías que Rosario había enviado a su tío estuviera un largo poema titulado «En las orillas del mar», publicado meses después en La Ilustración Española y Americana y que puede ser considerado como su carta de presentación como poeta. Parece que no tiene mal ojo el señor Benavides, pues la crítica madrileña coincide con él a la hora de aplaudir los versos de la recién llegada. El Imparcial y La Iberia no tardan en publicar otras poesías suyas y en las páginas de El Gobierno aparece una laudatoria crítica firmada por Antonio Bastida, que cumple así el encargo que le había hecho Juan Bautista Topete, tal y como éste ya había anunciado a Felipe de Acuña en una afectuosa carta de felicitación.

Unos meses después de tan prometedora acogida, tiene lugar el pronunciamiento de Sagunto que protagoniza el general Arsenio Martínez Campos y, como consecuencia, Antonio Cánovas del Castillo se convierte en el hombre fuerte de la nueva situación. Tras los convulsos años del Sexenio (Gobierno provisional, reinado de Amadeo I, proclamación de la Primera República, golpe de Pavía, república unitaria o dictadura de Serrano), Cánovas se afana en consolidar los cimientos de la restaurada monarquía constitucional, razón por la cual cree imprescindible recomponer las relaciones con la jerarquía católica, muy deterioradas durante los últimos años. La persona elegida para esta misión es Antonio Benavides y Fernández de Navarrete, que en el mes de marzo del año setenta y cinco recibe el nombramiento que lo convierte en Embajador Extraordinario y Plenipotenciario cerca de la Santa Sede. Dos son los principales objetivos que le han encomendado: acelerar la llegada a España de un nuncio papal y disipar las simpatías que algunos círculos vaticanos muestran hacia el pretendiente carlista.

Instalado en el antiguo Palacio Monaldeschi, el embajador comienza a moverse con soltura por los vericuetos vaticanos. Además de los asuntos oficiales, el señor Benavides también se ocupa de otros temas más personales o familiares. A finales de mayo, su hermano Francisco de Paula, por entonces obispo de Sigüenza, es nombrado Patriarca de las Indias y, unos días después, Vicario General de los Ejércitos y de la Armada. De la primera dignidad toma posesión inmediatamente «al tenor de Bulas Pontificias»; de la segunda, el 15 de septiembre en virtud del Breve Pontificio de facultades espirituales expedido por Pío IX. Como quiera que los asuntos que le han llevado a la embajada de la plaza de España discurren por el sendero esperado, parece llegado el momento de tomarse un pequeño respiro. Cuando el verano está a punto de finalizar, don Antonio y doña María Antonia reciben en palacio a Rosario de Acuña y Villanueva, su sobrina poeta (⇑), que ha llegado desde Madrid para pasar en la Ciudad Eterna unas inolvidables semanas. 

La joven cuenta con veinticuatro años de edad y aquella parece ser una magnífica ocasión para complementar una formación que, por imperativos de la conjuntivitis escrofulosa que padece desde niña, tuvo por protagonistas a su madre, su padre, la naturaleza y los viajes. Había visitado diversos lugares de España (ese mismo año, tan solo unos meses antes, pasó una temporada en Andalucía), había estado en, al menos, dos ocasiones en Francia (⇑) y ahora podía conocer aquella nueva tierra y aquellas nuevas gentes. Contemplar la milenaria Roma y también descubrir otras regiones de Italia («Venecia sin flores sería una sirena sin joyas, una hermosa mujer sin sonrisas; he aquí lo que son las flores en Venecia; la ramilletera es el hada encantadora, dueña de tan riquísimo tesoro...»). De la ciudad de los canales escribió y, salvo que lo hiciera de oído, cabe pensar que allí estuviera por más que el texto fuera datado en «Roma, septiembre de 1875».

Aunque no viviera por entonces uno de los momentos de su máximo esplendor (de hecho, la capital de la Italia unificada estaba en aquel momento menos poblada que su Madrid natal), las huellas de su pasado afloraban en cualquiera de los itinerarios que pudiera realizar desde la plaza de España, ubicación de la embajada en la que ella estaba alojada. Ante sus ojos, liberados a lo que parece de las «úlceras perforantes de la córnea» que de manera intermitente solía padecer, surgen los vestigios de una historia imaginada: el Coliseo, los Foros, el Circo Máximo, el castillo de Sant´Angelo, las termas de Caracalla, el panteón de Agripa... Allí, bajo la gran bóveda coronada por una abertura cenital, el óculo, se detuvo ante el sepulcro de un pintor renacentista de nombre bien familiar para ella. De aquella visita brotaron unos versos titulados «Ante la sencilla tumba de Rafael»  (¡Bruñida piedra inerte,/ que separas la vida de la muerte;/ con la tranquila inspiración del alma/ te saludo al mirarte;/ que para honrar tu calma/ es el medio mejor de saludarte!/...). Quizás aquel nombre fuera tema de conversación en alguna de las veladas familiares habidas en la embajada, pues –además del artista de Urbino– también se llamaba Rafael su novio (⇑), y no sería de extrañar que con la joven invitada se hablara del pasado y del futuro de los unos y de los otros, No solo de los Acuña y de los Benavides, también de los Godínez. Y en la familia de doña Antonia estaban de celebración, pues hacía pocos meses que habían recibido un nuevo retoño. Se llamaba Manuel y era hijo de su sobrina Luisa Godínez y Miura y del capitán de navío Manuel Baldasano Topete. Aquel niño también inspiró unos versos a él dedicados («Nunca te vi, pero sé/ que tu imagen en la tierra/ reflejo del alma fue,/ y el alma, aunque no se ve,/ del ángel la forma encierra./...»).

Pero Roma no solo fue la capital de un imperio, también lo es de una de las religiones más extendidas del mundo. La visita no sería completa sin conocer las catacumbas, las basílicas paleocristianas y, por supuesto, el Vaticano. Por suerte para Rosario, su tío gozaba por entonces de una situación privilegiada que, sin duda, le facilitarían las cosas en aquellos lugares: la plaza de San Pedro, la basílica, los museos... la Capilla Sixtina. Para que nada faltara, fue recibida en audiencia privada por el papa Pío IX, lo cual resultó ser un momento inolvidable, tanto que –a pesar del cambio radical que no tardando iba a experimentar su valoración acerca de la Iglesia católica– conservó durante décadas la corbata morada que llevó en aquella ocasión, sobre la cual y sobre su cabeza puso la mano el pontífice para bendecirla. 

Federico Faruccini: Cola di Rienzo contempla le rovine di Roma, 1855 (Pavía, colección privada)
Transcurridas ya varias semanas desde su llegada, es hora de iniciar el regreso. En el equipaje se lleva muchas sensaciones, algunos textos, ya en prosa ya en verso, escritos en aquellos días y que verán la luz en las semanas venideras; una deuda de agradecimiento por el afecto con el que la acogió su anfitriona, de la cual dejará constancia en la dedicatoria de una de las poesías que publicará en su primer poemario («A mi querida tía la Excma. señora doña Antonia Godínez de Benavides en prueba de cariño y consideración»). También se llevó con ella una historia, la de Nicolás Rienzi, un romano del siglo XIV que  ansiaba restituir la pasada grandeza de Roma. De aquella semilla romana surgirá pocos meses después Rienzi el tribuno, su primera obra dramática y su primer gran éxito, una obra en verso, en dos actos y epílogo, estrenada en el madrileño teatro del Circo la noche del sábado 12 de febrero de 1876, que obtiene el aplauso del público (⇑), la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional.





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miércoles, 14 de octubre de 2020

221. La Academia de papel

¿Qué sabemos de la Real Academia Española? ¿Quiénes la integran? ¿Cuál es el procedimiento que se sigue para el ingreso en la misma? ¿Cuántos años lleva funcionando? ¿Cuáles son las fuentes de su financiación? ¿Qué capacidad normativa tiene?... Si alguien saliera a la calle e interrogara a quienes encontrara al paso con éstas u otras preguntas similares, no sé cuantas recibirían una respuesta que pudiéramos considerar aceptable. Quizás lo primero que habría que hacer para conseguir la colaboración de las personas interrogadas sería facilitarles algunas pistas acerca de la actividad que le es propia a la citada institución, pues en su denominación y contrariamente a lo que es habitual nada hay que así lo indique. Probablemente fuera necesario mencionar algunas sugerentes palabras: «lengua», «diccionario»... tal vez pudiera servir también el lema que ya figuraba en la primera edición de sus estatutos: «Limpia, fija y da esplendor».  

 
Acaso entonces, sabiendo ya a qué institución nos estamos refiriendo, alguien se atreviera a decirnos el nombre de algún académico o académica, habida cuenta de que entre los cuarenta y tres que la integran actualmente los hay de conocidas autoras, renombrados articulistas y algún Premio Nobel de Literatura. Si a pesar de ello y a tenor de las respuestas obtenidas, concluyéramos que la Academia (de la Lengua) no es en la actualidad muy conocida, ¿qué podríamos pensar de lo que habría sucedido si estas mismas preguntas las hubiéramos formulado a quienes deambulaban por las calles patrias cien años atrás?, dado que por entonces gran parte de la población no estaba muy familiarizada con la lengua escrita, pues el cincuenta y nueve por ciento era analfabeta, por más que la voz «analfabetismo» no figurara en ninguna de las ediciones del Diccionario hasta que lo hiciera en la de 1925.
 
Bien; no hay problema. Retrocedamos todos esos años en el calendario y situémonos en 1917. El veintiséis de enero de ese año de gracia, el diario madrileño El Imparcial dedica un lugar destacado de su portada a la Academia. Cuenta que es una institución creada en el Antiguo Régimen, con unas bases y funcionamiento que permanecen ancladas en el pasado, ajena a los influjos del «aura vivificadora de la democracia», y pone en duda que sus integrantes sean los más idóneos, los más capaces, para la alta misión que tiene encomendada, concluyendo con una frase muy socorrida: «Ni están todos los que son, ni son todos los que están». Para probarlo –dice– nada mejor que utilizar el sistema suizo de referéndum y consultar a sus lectores al respecto. Les pide el envío de una lista con los treinta y seis escritores, oradores, poetas, dramaturgos y eruditos que, a su entender, deberían integrar la Academia Española. Las personas interesadas en participar tendrán varias semanas de plazo para hacer llegar sus propuestas, pues la consulta concluirá el 15 de abril, el día señalado para publicar el resultado final. Aunque el diario no se olvida de solicitar el apoyo de sus colegas en tan clarificadora empresa, conviene recordar que El Imparcial se edita también en Barcelona, Bilbao, Murcia y Sevilla, y es promotor y estandarte de la Sociedad Editorial de España que agrupa a otras conocidas cabeceras como  Heraldo de Madrid, El Noroeste de Gijón o El Defensor de Granada, con una tirada diaria conjunta de más de cuatrocientos treinta y cinco mil ejemplares. 
 
Desde el primer momento unos cuantos periódicos se suman a la iniciativa emprendida por El Liberal, de manera tal que la Academia, los académicos y el sistema de elección que se sigue para su nombramiento ocupan la atención de la prensa durante aquellas semanas. Varios son los escritores que son llamados para dar su opinión al respecto. Ramón María del Valle Inclán dice en una entrevista que los hombres van a la Academia por tres motivos: por conveniencia, por vanidad o por debilidad de carácter para rechazar ser académicos. Pío Baroja muestra su más absoluto desinterés por todo lo que tenga que ver con la Academia: nunca le preocupó y no sabe lo que hace o lo que deja de hacer. Entre los que ya son miembros,  los hay que ven con buenos ojos la consulta; tal es el caso de Benito Pérez Galdós que cree que debe de ser tenida en cuenta por los académicos en futuras elecciones; otros, en cambio, como Juan Antonio Cavestany, la consideran inadmisible, por cuanto la docta institución es para los consagrados y el sistema utilizado para su elección es efectivo como prueba que «todos los consagrados, los que por sus obras merecen estar en la Academia, antes o después, ingresan en ella». 
 
 
 
El País es uno de los diarios que primero se sumó a la iniciativa. Al día siguiente de hacerse pública, dedica parte de su primera plana al asunto. Defiende que la institución debe ampliar sus bases de reclutamiento, acogiendo a dos sectores que hasta el momento han estado completamente olvidados: los autores que escriben en las otras lenguas que se hablan en España y las mujeres. No rehúye Roberto Castrovido, su director por entonces, dar cuenta de la lista con los treinta y seis nombres que propone. Comienza con cuatro nombres de mujer: Rosario de Acuña («injustamente olvidada de muchos y, más injustamente, maltratada de algunos; es poetisa, autora de dramas y escritora de grandes bríos, algo parecido a don Joaquín Costa, nada menos»), Emilia Pardo Bazán («uno de los mejores novelistas y cuentistas españoles, crítico, además, y formidable polígrafo»), Blanca de los Ríos («erudito de primer orden, ilustrador de la vida de Tirso de Molina») y Sofía Casanova («literata y, sobre todo, periodista de mérito extraordinario»). Y sigue con otros treinta y dos... no, con treinta y cinco (para que no falten) de hombres. 

La inclusión de Rosario de Acuña en la lista de Castrovido no pasó inadvertida en Asturias, región en la que por entonces vivía la librepensadora. Ramón Sánchez de Ocaña se hace eco de la misma en la primera del gijonés diario El Noroeste, del cual era director. Aunque apoya la candidatura de su amiga, no por ello deja de mostrar lo inverosímil que le resultaría ver a doña Rosario rodeada de según qué académicos: «¿Qué haría la insigne creadora de El padre Juan en una reunión presidida por Maura, teniendo a la diestra a Cotarelo y a la siniestra a Pablo León?». Al día siguiente, es la propia interesada quien en un escrito titulado «¡Yo, en la Academia!» (⇑) da una respuesta contundente, no carente de ironía, a la pregunta:
 
Aparte que, para mí, ni aun suponiendo, como un ensueño de imaginación perturbada, que me pudieran ofrecer un sillón en la Academia ¿qué iba yo a hacer con semejante armatoste? Lo primero que haría sería limpiarle pulcramente con zorros, cepillo y esponja; luego, antes de sentarme en él, pondría a mi lado la escoba, el cubo de fregar suelos, la pala de lavar, el estropajo, las agujas, el hilo y unos retazos para remendar camisas y sábanas; el puchero y la sartén para poner el cocido y freír la cena; las planchas y un plumero...
 
Habida cuenta de sus palabras, parece razonable pensar que nuestra protagonista no tuviera interés alguno en conocer el resultado final del referéndum promovido por El Imparcial, que hizo público el primer día del mes de abril de ese año diecisiete. La lista muestra –como algunos ya habían anticipado– que una cosa es la opinión de una parte de la España letrada, la que ha participado en la consulta, y otra la de los miembros de la Academia, que, como es lógico, han seguido sus propios criterios a la hora de elegir a sus integrantes. Tal podemos concluir al comprobar que entre los diez primeros nombres de la lista tan sólo cuatro son ya académicos: Benito Pérez Galdós, Mariano de Cavia, Octavio Picón y  Jacinto Benavente. En cuanto a las mujeres, el voto popular parece dispuesto a franquearles la entrada que reiteradamente se les ha negado, pues no solo convierte en «académica» a doña Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa al otorgarle 2 390 votos (cantidad suficiente para situarla en el undécimo lugar) sino que incluye a otras seis escritoras en el selecto grupo de quienes alcanzan más de mil votos. Ellas son, por orden de votación, Rosario de Acuña, Consuelo Álvarez (Violeta), Carmen de Burgos (Colombine), Sofía Casanova, Concha Espina y Blanca de los Ríos.
 
A pesar del buen resultado obtenido, la Real Academia Española no es asunto que en aquel tramo de su ya larga trayectoria le ocupe ni siquiera un momento («Ni como cuento chino, ni siquiera como motivo para pasar el rato, se me debe a mí mezclar en el tráfago de todas estas oralinas de la sociedad»). Sus intereses y esperanzas son otras. Mientras El Imparcial da a conocer el resultado de su referéndum, Europa se convulsiona por los horrores de la Gran Guerra y por el estallido de la Revolución rusa («Rusia ha despertado a la "Edad Futura"»). Se ha encendido una tea «ante cuyo resplandor se vuelcan, en las necrópolis de la historia, todos los poderíos aristócratas, todos los privilegios de clase...». España no es ajena a estos grandes cambios que se adivinan en el horizonte: los sindicatos UGT y CNT acuerdan  coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en primavera; reformistas, republicanos y socialistas pactan la formación de un hipotético Gobierno provisional, del cual Melquíades Álvarez sería el presidente y Pablo Iglesias, ministro de Trabajo. Las autoridades, que están sobre aviso, extreman las precauciones y vigilan a los posibles instigadores. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad de acción en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia a actos conjuntos de «las izquierdas», aunque ello supusiera desplazarse hasta Madrid, tal como hace a finales de mayo para participar en el gran mitin aliadófilo que allí tiene lugar. Su nombre no sólo está en la lista de candidatas a la Academia de papel, también en el de las supuesta instigadoras de la huelga general. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, de manera tal que el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

Mujer de otro siglo, solo quise ser «poeta», desde mis siete años, en que hice el primer soneto; y, al fin, solo he conseguido ser pensadora «para mí misma», sin que por eso deje de estar sentimentalmente al lado de los sufrientes, vencidos, irresponsables o débiles y en contra de verdugos, hipócritas, brutos o vanidosos que forman la legión de los egoístas. Y solo por esta sentimentalidad escribí para el público dándoles a mis compatriotas aquello que imaginaba ser lo mejor de mi alma, sin pretender, a cambio, ni sacarles los cuartos ni siquiera esperar de ninguno el más leve pláceme.




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domingo, 27 de septiembre de 2020

220. Salmerón padre, Salmerón hijo

Cuando hablamos de Nicolás Salmerón lo primero que nos suele venir a la cabeza es que fue uno de los cuatro presidentes de la Primera República y que, como sucedió con el de los otros tres, el suyo fue un Gobierno efímero, pues duró poco más de cincuenta días. Pero, evidentemente, no se acaba ahí el relato de la trayectoria vital de don Nicolás. Hay otros rasgos destacados en su biografía, algunos de los cuales resultan de interés para el objetivo de este blog, pues tienen que ver con nuestra protagonista. 

Empecemos recordando que, tras estudiar el Bachillerato en Almería y los estudios de Leyes y Filosofía y Letras en Granada, se convirtió en catedrático de la Universidad Central de Madrid con veintiocho años de edad (1866);  que se afilió al Partido Democrático y que, desde entonces, la política se entreveró con su actividad académica, perdiendo su cátedra en diversas ocasiones, bien por sufrir presidio o por el distanciamiento a que obligaba el forzoso exilio.

Exoristo Salmerón en una fotografía publicada a principios de 1916

Fue padre de una prole numerosa, aunque no todos sus vástagos traspasaron el umbral de la niñez. Del primero, también llamado Nicolás, se dice que, además del nombre, heredó de su padre su «talante político y su cultura cívica democrática». En Las Dominicales del Libre Pensamiento fue presentado como «ilustradísimo joven y fervoroso librepensador republicano»: así se decía en el texto que precedía a una carta suya publicada en el año ochenta y siete, a la cual Rosario de Acuña hizo mención en «Restos del feudalismo (Trubia)», escrito durante la larga expedición a caballo por las tierras del norte (⇑) del año ochenta y siete. Coinciden ambos en la necesidad de «redimir a nuestro pueblo del fanatismo religioso», en que las leyes españolas del momento solo sirven para que resalten más el atraso, la corrupción y la ignorancia de nuestras costumbres. En palabras del joven Nicolás: «si las leyes son retrógradas e inspiradas en un criterio reaccionario y poco expansivo, las costumbres son falsas y artificiosas, como producto de una moral errónea y detestable». Sin embargo, será con su hermano Exoristo con quien doña Rosario sintonice mejor, hasta el punto de que tanto él como su mujer Esperanza pasaron algunas temporadas en Gijón, en la casa de El Cervigón. 

Tito –que era el nombre por el cual era conocido – había nacido en París en el año 1877, en la etapa del exilio que concluyó siete años después cuando la familia retornó a Madrid. Tras estudiar en el Colegio Francés y en el Instituto San Isidro, inició los estudios universitarios que abandonará para dedicarse a la pintura y al dibujo, convirtiéndose en un afamado caricaturista, de humor mordaz, implacable con el caciquismo, la ignorancia y el fanatismo. Sus dibujos son habituales en diversas publicaciones humorísticas o satíricas, como El Gran Bufón, Gedeón o Menipo, el cínico. La combativa crítica al sistema sociopolítico que alentaba su actividad no se limitó al dibujo y la caricatura, también le llevó a desarrollar una intensa labor política. Primero en el ámbito de los partidos republicanos, más tarde en las filas socialistas (se afilió al PSOE en 1915, formó parte de la redacción de El Socialista  y colaboró en Acción Socialista) y –tras el congreso extraordinario de 1921, en el transcurso del cual se integró en el grupo de delegados partidarios de la Tercera Internacional–, ingresó en el Partido Comunista (al igual que, por cierto, hicieron otras figuras destacadas del socialismo español que mantenían o habían mantenido relaciones de amistad con doña Rosario: tal fue el caso de Virginia González (⇑) o de Isidoro Acevedo ⇑). Era también masón: se había iniciado en julio de 1913 en la madrileña logia Ibérica,  adoptando el simbólico Epicuro.

A pesar de la diferencia de edad (tenía veintisiete años menos que doña Rosario y era nueve más joven que Carlos Lamo, su compañero de vida, el buen discípulo ⇑) tenía muchos puntos de coincidencia con su anfitriona: la masonería, el republicanismo, la lucha contra el oscurantismo y el caciquismo... incluso su común posición aliadófila en la Gran Guerra (ella no había dudado en desplazarse de Gijón a Madrid para asistir al gran mitin celebrado en la plaza de toros en el mes de mayo del diecisiete; él participa, como representante del Gran Oriente de España, en el congreso masónico de las naciones aliadas o neutrales que se celebra unas semanas después en París). Tenían mucho de qué hablar, no me cabe duda alguna. Metidos en conversaciones, es posible también, que en una de aquellas veladas en la casa del acantilado, la anfitriona hubiera recordado en voz alta aquella ocasión en la que estuvo en la casa familiar de los Salmerón García, y que lo hubiera hecho con palabras parecidas a las que había utilizado en una carta fechada en Cueto a principios del año 1900 y remitida a Luis Bonafoux (⇑). Veamos.

A comienzos de la última década del siglo Rosario de Acuña y Villanueva parece decidida a dar por concluida su campaña de Las Dominicales (⇑). Ya había manifestado que era su voluntad «retirarse del trabajo activo de la inteligencia» a «la crítica edad de cuarenta», (y, al poco de cumplir esos años escribe: «mi corazón está agotado; sus fibras flácidas me avisaron hace tiempo que les llegó la vejez: con fatigoso impulso cumple sus leyes de marcha, y toda agitación impuesta por el luchar de ajenas pasiones, son para él una amenaza de muerte»), y nada mejor para dar por terminada aquella etapa de su vida que poner en escena El padre Juan, un drama al servicio de la propaganda librepensadora. Con la obra debajo del brazo recorre los diversos teatros de la Corte, pero ninguno de sus directores artísticos quiso participar en tal proyecto, que consideraron totalmente inapropiado. Decidida como estaba a dar aquella última batalla, no le queda otra que poner todo de su parte, incluso su dinero, para lograr el objetivo: «Con aquellos cuantos miles de reales, me gasté buen golpe de salud y de vida, trabajando en ensayar la obra, en hacer con mis propias manos el vestuario y en luchar con los hombres y las mujeres encargados de sacarla a las tablas». Tras dos meses de preparativos, en la noche del viernes 3 de abril de 1891, con el oportuno permiso gubernativo en la mano, se alza el telón del madrileño teatro Alhambra  para presentar su drama en sociedad. Al finalizar la representación, la autora subió al escenario para recibir los aplausos nutridos y las aclamaciones entusiastas de un público que manifestaba así su sintonía con la proclama librepensadora a la que habían asistido. Bien es verdad que no todos los asistentes pensaron lo mismo, pues hubo quienes calificaron la obra como «uno de los mayores extravíos del fanatismo racionalista» y otros que hicieron llegar sus protestas al mismísimo gobernador civil, quien tomó la decisión de prohibir la representación de la obra: no habría más funciones de aquel drama, en tres actos y en prosa, que se había estrenado en un teatro situado, dicho sea de paso, en la calle de la Libertad.

La propiedad urbana, caricatura de Tito Salmerón publicada en Acción SocialistaIndignada por la arbitrariedad de la autoridad gubernativa de la que había sido objeto, la autora de la censurada obra inicia un largo peregrinaje, llamando a todas las puertas en las cuales cree que encontrará apoyo frente a aquel ultraje. Visita las redacciones de los periódicos y se entrevista con algunos diputados. Tras haberse reunido con el republicano Manuel Pedregal y Cañedo («a quien visité con recomendación»), se le ocurrió que debía de acudir a lo más alto y preclaro del foro patrio. Fue entonces cuando, en compañía de un antiguo amigo de su padre, se presentó en la casa familiar de los Salmerón «con esa fe candorosa que todos los humildes tenemos hacia los que brillan muy alto por encima de nuestras cabezas». Al otro lado de la puerta es probable que les recibiera la leal Úrsula Mamblona, que estaba en la casa desde el nacimiento de los primeros hijos del matrimonio. Tras los saludos, la recién llegada entregó su tarjeta; pasaron a una sala; esperaron; al cabo de un rato salió un señor...

Lo que sucedió a continuación ya se lo había contado a Luis Bonafoux en los primeros días del último año del siglo, y ahora, algunos años después de la muerte del protagonista de aquella historia, es posible que con palabras similares se lo contara a Tito Salmerón, su invitado: El señor diputado y expresidente de la Primera República no podía recibirles, estaba ocupado; quien estaba ante ellos era su secretario y él fue quien escuchó la petición de aquella mujer que hasta allí había llegado ávida de justicia: suplicaba una interpelación en las Cortes, o que la auxiliase en una demanda judicial, o cualquiera otra actuación que el diputado y expresidente estimara procedente... Pasaron los días, pasaron las semanas, pasaron los meses, y el señor Salmerón no dijo ni hizo nada al respecto. 

Tito era el hijo de aquel hombre que había fallecido en 1908, cuando estaba de vacaciones en la ciudad francesa de Pau. Tito era el autor del diseño del mausoleo erigido en el cementerio civil de Madrid al que se trasladaron sus restos años después, y en el cual figura un epitafio con las siguientes palabras: «Por la elevación de su pensamiento, por la rectitud inflexible de su espíritu, por la noble dignidad de su vida...» Quizás doña Rosario de Acuña no le contó nunca nada. No sé. En cualquier caso, la última ocasión que tuvo para poder hacerlo fue en el verano de 1922, pues constancia hay de que en Gijón se encontraba por entonces «el notable dibujante e ingenioso caricaturista Exoristo Salmerón (Tito)». Más tarde ya no sería posible: no hubo más veranos compartidos, como bien recuerda en un texto un tanto enigmático Carlos Lamo:

En una noche del mes de enero de 1923, al retirarnos a nuestras habitaciones para descansar, hablando de algo, que no recuerdo, le dije:

–Bien; esto lo haremos para cuando vengan Tito y Esperanza.

Nuestros amigos, hijo y nuera de don Nicolás Salmerón, venían siempre en agosto.

Ella me replicó:

– ¡Ya veremos si paso de mayo!




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jueves, 17 de septiembre de 2020

219. Una feliz iniciativa con incierto final

El 5 de octubre de 1882 fallece en Madrid Pablo León y Luque, médico forense del distrito del Congreso, antiguo presidente de los forenses madrileños, amigo de Felipe de Acuña Solís y, tal y como se cuenta en un comentario anterior (⇑), el médico que vio nacer a su hija. Unas semanas después de la defunción, la prensa especializada da cuenta de la feliz iniciativa que había tenido Rosario de Acuña para honrar la memoria del difunto galeno, a quien estaba unida por lazos de profunda amistad: la insigne autora de Rienzi ofrece la cantidad de mil pesetas como premio de un certamen que se habría de organizar en honor del finado. 

Ángel con corona de azucenas

Se dice que es su voluntad que en la fecha del aniversario del fallecimiento de don Pablo León se celebre «la solemnidad pública de entrega del premio» y que, para dar mayor realce al acto de adjudicación, solicita a Pedro Colmenero –por entonces presidente del cuerpo de médicos forenses de Madrid–, que pronuncie el discurso preliminar del acto; a Andrés del Busto –antiguo presidente del mismo cuerpo– que realice una reseña biográfica del finado, y a Gregorio Sáez –también forense, director que fue de la sección oftálmica del hospital Nuestra Señora de Atocha y discípulo de Francisco Delgado Jugo– el «resumen conmemorativo de la solemnidad verificada». 

A finales de noviembre se constituye una comisión que asume la organización del certamen y que está integrada, entre otros miembros, por los forenses anteriormente citados. Los reunidos establecen el tema sobre el que versarán los trabajos, que tiene que ver con la indagación y razonamiento de la falta del libre albedrío en las acciones humanas en los casos dudosos de razón o de locura y algunos añadidos más, sin duda entendibles por los doctores o licenciados de las facultades de Medicina a quienes va dirigida la información, pues son ellos los que pueden optar al premio; y acuerdan invitar para la constitución del jurado a individuos eminentes de la Escuela Médica de Madrid, de la Real Academia de Medicina, del cuerpo médico-forense, hospitales, Beneficencia municipal, prensa médica y academias libres. Todo parece estar preparado para que se inicie el proceso. La comisión organizadora ha dado a conocer las bases del certamen y Andrés del Busto López es el depositario de las mil pesetas que Rosario de Acuña le ha entregado como premio para el ganador.

Llegados a este punto, quizás resulte conveniente hacer un inciso para intentar fijar la atención en un punto que creo de interés. Para la mirada actual, es bastante probable que nada de lo dicho hasta aquí resulte anómalo o chocante: una señora ofrece un dinero para la celebración de un certamen literario que tiene por objetivo honrar la memoria de un amigo fallecido. Sin embargo, en la España de finales del siglo XIX (y aun bastante después, ciertamente) era preciso añadir una coletilla para que la noticia no provocara cierta estupefacción en los lectores. Rosario de Acuña entregaba las mil pesetas del premio, pero lo hacía «conforme también con los deseos de su esposo, el señor don Rafael de Laiglesia». Aclaración del todo punto necesaria, no sólo porque era él quien aportaba regularmente dinero al matrimonio, sino –y sin duda más importante para el pensar del momento–  porque la esposa requería el permiso del marido para casi todo, incluso, como es su caso (y se ha tratado en el comentario 184. De la tutela del padre a la tutela del esposo ⇑ ), para poder publicar dramas o poemas.   

En cuanto al depositario del dinero salido del caudal matrimonial, el señor Andrés del Busto, conviene resaltar que goza de toda la confianza de Rosario (lo que probablemente sea causa más que sobrada para que sea él quien reciba las mil pesetas), pues no solo es amigo de la familia, sino que también es uno de los médicos que alivió los crónicos padecimientos oculares de nuestra protagonista, quien, agradecida, no dudó en ponerlo de manifiesto en el primer poemario que dio a la imprenta. En la página cuarenta de Ecos del alma encontramos la poesía titulada «A la vida», dedicada a D. Andrés del Busto y López (por entonces no ostentaba el título de marqués, pues tal dignidad le fue concedida por León XIII en el año 1880), que iba precedida de tres quintillas a él dedicadas. Creo que la segunda  de ellas creo habla bien a las claras del motivo de su eterno agradecimiento:

ANDRÉS, la luz de tu ciencia 
luz a mi vida le dio; 
mientras tenga inteligencia 
nunca olvidaré que yo 
te debo a ti mi existencia.

Bien, prosigamos con el relato. La comisión organizadora ha publicado las bases del certamen y Andrés del Busto tiene en su poder las mil pesetas que le ha entregado Rosario de Acuña (conforme también a los deseos de su esposo, claro). Parece que solo resta esperar que todo vaya según lo previsto y que el día 5 de octubre de 1883, cuando se cumpla el aniversario del fallecimiento de Pablo León, se celebre con toda la solemnidad requerida la ceremonia de entrega del premio al ganador. 

Sin embargo, no sucedió como estaba previsto. Resulta que llega la fecha señalada, el día en el que, por voluntad de la fundadora del certamen, tendría lugar «la solemnidad pública de entrega del premio», y nada se sabe del asunto. La prensa madrileña no ha facilitado información alguna acerca de acto alguno que se hubiera celebrado para honrar la memoria del eminente galeno, forense del distrito del Congreso, antiguo presidente del Cuerpo de Médicos Forenses de Madrid, caballero de la Orden de Carlos III, condecorado con la Cruz de Isabel la Católica...

¿Qué pasó? Quizás nada explique mejor lo sucedido que una carta que con fecha cinco de febrero del año ochenta y cinco (esto es dieciséis meses después de la fecha en la cual debería de haberse celebrado acto tan solemne) le escribe el señor del Busto a doña Rosario. En uno de los párrafos habla sin tapujos de la desidia que ha alimentado la demora: 

Vergonzoso es por demás que ya han pasado dos años y que no haya habido interés ni tiempo para leer y juzgar las memorias ligeras que se han presentado, y que después de fallado ya el asunto, se tarde meses en extender el acta a pesar de mis ruegos empeñados. Veo en esto dos cosas que son deplorables. Primero, el poco entusiasmo con que se ha acogido pensamiento tan noble como el tuyo por compañeros de la profesión, y aun de la especialidad que Pablo cultivaba; y segundo, que aunque el acta se extienda, no sé cuando, pues no logro recabarla, la ceremonia o solemnidad para la adjudicación resultará un acto frío y deslucido que honrará poco la memoria y el cariño que hacia el finado deberían tener sus compañeros, y poco hablará también en favor del prestigio e influencia para con ellos de los que en dos años no hemos logrado que este asunto ande.

El injustificable retraso en el cumplimiento de los compromisos adquiridos no sólo le provoca vergüenza, también le ha ocasionado no pocos contratiempos. Se cree en boca de unos y otros pues le ha llegado el rumor de que hay quien piensa que el retraso obedece a su interés por retener el dinero del depósito. Cuenta que días atrás ha recibido por segunda vez un anónimo indecente en relación con el premio. Y le dice que el autor premiado le aburre a visitas y recados. Por todo lo anterior, solicita a su amiga que le releve de la responsabilidad y que, a la mayor brevedad, busque a otra persona «que le pueda sustituir con más provecho».

La lectura de la carta contesta algunas de las preguntas, pero no todas. Al menos queda una en el aire: ¿Cómo es posible que la promotora de aquel premio nada hiciera al respeto cuando aún había tiempo para remediarlo? Cuesta trabajo creer que quien tanto interés había mostrado en brindar a su amigo Pablo León un homenaje acorde a sus merecimientos, viera pasar el tiempo sin tener noticias del certamen por ella promovido y no apremiara a unos y a otros. Quizás la explicación haya que buscarla, de no aparecer algún documento que diga otra cosa, en la intricada senda por que discurría su vida por entonces. Apenas unas semanas después de que la comisión organizadora hiciera públicas las bases del certamen, una pulmonía acabó con la vida de su querido padre sin haber cumplido los cincuenta y cinco años. El escenario se agrietó entonces,  «toda la sombra esparcida en mi existencia [...] se extendió fría y desolada en mi derredor». A la muerte del padre sucede, pocas semanas después, la separación de su marido. Rafael de Laiglesia se va a trabajar a Badajoz; Rosario permanece en su quinta campestre de Pinto. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas y reflexiones. Tras meses de alejamiento, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento. Quizás en este voluntario alejamiento del mundo, se encuentre la respuesta a la pregunta planteada.

Sea como fuere, el caso es que tan solo unas semanas después de que Andrés del Busto le escribiera la carta arriba citada, la prensa da cuenta del final, no esperado, de esta historia:

Se ha adjudicado ya en público certamen el premio de 4000 reales propuesto por doña Rosario de Acuña, para el autor de la mejor memoria acerca de la «irresponsabilidad del loco lúcido», mereciendo este honor, según acuerdo del tribunal médico nombrado, el doctor Escuder, médico alienista. 




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lunes, 31 de agosto de 2020

218. A propósito de Dreyfus

Alfred Dreyfus (1885) (Biblioteca Nacional y Universitaria de Estrasburgo)
El primer día del mes de noviembre del año 1894 los principales periódicos de Madrid publican una información recibida por telégrafo desde París. Procede de la agencia Fabra y en ella se da cuenta de las reacciones de la prensa parisina tras conocerse la detención de un capitán de artillería acusado de un delito de alta traición. Se dice que el oficial ha sido arrestado tras descubrirse las relaciones que mantenía con un coronel italiano, al cual había enviado diversa información relativa a los planes de defensa del ejército francés para la zona alpina. Se llama Alfredo Dreyfus. 

Unos días después se publican nuevos datos acerca del capitán. Se cuenta entonces que es miembro de una familia de judíos alsacianos, que sus tres hermanos habían optado por adquirir la nacionalidad alemana tras los acuerdos que pusieron fin a la guerra franco-prusiana de 1871, con la cesión de los territorios de Alsacia y Lorena al naciente Imperio alemán. La referencia a su origen no era un asunto menor, el nacionalismo/revanchismo surgido tras la dolorosa derrota alimentó varias de las hipótesis que conferían verosimilitud a la traición del oficial. En las informaciones que se recibían de París no había espacio para la duda, se daba por cierto que Dreyfus era culpable. De ahí que cuando el 23 de diciembre los periódicos españoles publican el veredicto del consejo de guerra a casi nadie debió de sorprender. Por unanimidad los integrantes del tribunal contestaron afirmativamente: el capitán Alfredo Dreyfus, destinado en el Estado Mayor, era culpable de haber entregado a una potencia extranjera o a sus agentes cierto número de documentos secretos, proporcionándoles el medio de cometer hostilidades o de emprender una guerra contra Francia. Fue degradado públicamente, condenado a cadena perpetua y confinado en el penal de la Isla del Diablo, situada frente a la costa de la Guayana francesa. 

Con la publicación de la sentencia no se dio por concluida aquella historia de espionaje. Semanas después, una parte de la prensa española (La Unión Católica, La Dinastía...) da cuenta de una iniciativa del parisino diario La Verité que ha preguntado públicamente al Gran Oriente «acerca del traidor y judío H.·. Dreyfus». La pregunta, que al parecer fue reproducida por varios periódicos y no obtuvo ninguna respuesta, es la siguiente: «Dreyfus ha traicionado a la Patria, si se admite que un judío puede tener patria [...] vosotros debéis decirnos, y debéis deciros a vosotros mismos, ¿no será, por ventura, el famoso Dreyfus de los vuestros? Y si lo es, ¿cuándo lo habéis expulsado?» A primeros de febrero, el madrileño diario El País, de orientación bien distinta a los anteriores, publica unas palabras que habían sido pronunciadas por el alsaciano, judío y ¿masón? cuando aguardaba el momento en que sería conducido al patio de la cárcel militar para ser públicamente degradado, y que dejaban abiertas algunas preguntas, a modo de pequeñas fisuras en la monolítica verdad publicada. 

«Tenía ante mí un porvenir magnífico y una renta de 50 000 francos [...] No necesitaba el dinero. ¿Para qué iba yo a ser traidor? [...] Mi sentencia es el mayor crimen de este siglo, y dentro de tres años se verá que no miento. Mi familia me defenderá y probará mi inocencia. Todo el mundo sentirá entonces la pena con que hoy me infaman».

Tres años después de haber sido publicadas estas palabras, la prensa española propaga nuevas noticias procedentes de Francia que hablan de un vuelco en el caso Dreyfus: El escritor Émile Zola, quien durante las semanas anteriores ha denunciado en periódicos y en folletos las intrigas y maquinaciones que se esconden tras la condena de Alfred Dreyfus, hace pública una carta abierta al presidente de la República, que aparece en la edición del parisino  L' Aurore del 13 de enero del año noventa y ocho. Describe en primer lugar el irregular proceso seguido por el responsable de la investigación oficial, el por entonces comandante Armand du Paty de Clam; pasa después a explicar las condiciones que llevaron al descubrimiento del verdadero culpable, el también oficial Ferdinand Walsin Esterhazy, y a su incomprensible absolución tras un consejo de guerra; y termina con una demoledora acusación a los responsables de aquel gran error por el que se condena a un inocente y se absuelve al verdadero culpable.  

Fragmento de L' Aurore (BnF - RMN-Grand Palais )

Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más descabelladas y delictivas maquinaciones. Acuso al general Mercier de haberse hecho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa humanidad y de lesa justicia con fines políticos y para salvar al Estado Mayor, que se vela comprometido en el caso [...] 

Las acusaciones de Zola agitan la opinión pública francesa. Los periódicos españoles vuelven a ocuparse del caso Dreyfus y a diario publican las noticias que por telégrafo llegan de Francia. Se cuenta que varios centenares de estudiantes se manifiestan por las calles y bulevares de París a los gritos de ¡abajo Zola!, ¡mueran los judíos!, ¡viva el ejército!; que la gendarmería debe proteger su casa; que varios intelectuales (entre los que se encuentran Anatole France, Marcel Proust, Claude Monet, Jules Renard o Émile Duclaux, director por entonces del Instituto Pasteur), firman una petición reclamando la revisión del juicio; que se celebran mítines contra los defensores del militar condenado; que las manifestaciones antisemitas se extienden por todo el país; que el ministro de Guerra presentó una denuncia contra él por difamación de una autoridad; que el escritor ha sido procesado. 

Francia se parte en dos. A un lado se encuentran los que consideraban que Dreyfus es culpable; al otro, quienes lo tienen por inocente. A un lado, los que cierran filas en defensa del Ejército, quienes defienden la razón de Estado por encima de otras consideraciones que estiman de orden menor; al otro, aquellos que piensan que sin la Verdad y la Justicia no se puede sustentar el Estado de Derecho.  El debate llega a España. La prensa nacional también toma partido en aquella batalla ideológica. Algunos periódicos expresan con claridad su punto de vista. Sirva como ejemplo lo publicado por El Siglo Futuro en la primera página de su edición del veinticinco de enero del año noventa y ocho. Las primeras líneas del escrito titulado «¡Abajo los judíos!» dicen lo que sigue:

Nada más justificado que la explosión de ira del pueblo francés. Este general movimiento de indignación empieza a dar idea de la situación a la que había llegado Francia, anegada por la ola de cieno levantada y agitada por mano de los judíos. El gobierno, las leyes, la banca, las grandes y las pequeñas industrias, la prensa, el teatro, la novela... todo, todo segregaba baba semita [...]

Aunque resulte lógico suponer que no utilizaría para informarse las páginas del medio de difusión del Partido Integrista, sabemos que Rosario de Acuña estaba al tanto del asunto Dreyfus; también de la batalla que Zola había emprendido en defensa de la Verdad. No sería extraño que hubiera leído los comentarios enviados desde París por su amigo Luis Bonafoux (⇑) y que fueron publicados en las páginas del Heraldo de Madrid o las crónicas de L. Arzubialde que aparecieron en El Imparcial, el caso es que en pleno proceso contra el autor de Germinal, sin esperar a que fuese conocida la sentencia (lo mismo había hecho años atrás en el asunto del crimen de la calle de Fuencarral ⇑), el catorce de febrero del año noventa y ocho tomó la pluma y le escribió una carta para rendirle lo que ella llama «mi pobre homenaje de respeto y admiración». 

A vuestro lado tiene, no lo dude, lo sano y viril que sobrenada en esta corriente social cada vez más hundida en el cauce de las corrupciones. A vuestro lado se hallan cuantos fijan la postrera esperanza en el lejano porvenir. Y en el lugar más humilde, como en el más suntuoso palacio; lo mismo entre las razas del frío norte, que entre las alegres muchedumbres del mediodía; allí donde viva un corazón honrado y un cerebro que piense, allí estará hoy escrito vuestro nombre ilustre, rodeado con limbos de gloria a través de cuyos resplandores sentirán las almas la intuición de la posible ventura humana.

Una vez escrita, queda por decidir qué hacer con ella, qué destino dará a aquella carta. Si fuera unos años antes, es muy probable que hubiera ocupado un lugar preferente en la primera página del semanario librepensador en el cual se inició como publicista, pero tras el escándalo de El padre Juan, parece haber dado por finalizada la campaña de Las Dominicales (⇑). De hecho, los últimos escritos suyos de los que tengo constancia fueron publicados en octubre de 1892: son dos cartas dirigidas al director del semanario y a Remigio Sánchez Covisa, en las que les informa de que no podrá acudir al Congreso Librepensador que se celebrará en Madrid. Desde entonces no aparecen nuevos textos suyos  en el más conocido de los periódicos librepensadores. 

Aunque no sería esta la primera vez que un escrito suyo termina en una carpeta o en un cajón, cabe pensar –y parece lo más probable– que cuando escribió aquellas líneas dirigidas al «señor don Emilio Zola» ya sabía que el destino de esta carta era el mismísimo París. Tan solo cuatro días después, el viernes 14 de febrero de 1898 veía la luz en la primera página de La Campaña, un semanario que su amigo Bonafoux había empezado a publicar tan solo unas semanas antes. 

Desconozco si la carta tuvo respuesta por parte del destinatario, aunque no sería del todo extraño que tal cosa hubiera sucedido, pues sabemos que a otras muestras de apoyo recibidas desde España sí que el señor Zola contestó agradecido. Tal es el caso de la que con fecha 4 de marzo envía a Miguel Sawa, director del semanario Don Quijote y promotor de un manifiesto de apoyo al escritor que fue firmado por más de dos mil jóvenes españoles. Desconozco si al autor de «J'Accuse...!» le llegó el eco de las palabras que en Madrid había escrito una empecinada batalladora en defensa de la Verdad, («la más desconocida de las escritoras españolas», según sus palabras), lo que sí sabemos, a tenor de su escrito,  es que Rosario de Acuña estaba bien al tanto de la trayectoria más reciente de don Emilio, pues la última de las novelas que cita (la que pone fin a la serie Las tres ciudades) acababa de publicarse: 

Faltaba a esa grandiosa trilogía Lourdes-Roma-París, cuya síntesis demuestra teóricamente todo cuanto la razón humana puede concebir de noble y de justo, el acto tangible de colocaros voluntariamente en las aras del sacrificio, ofreciendo a las iras de los espíritus ruines, tan magistralmente descubiertos por vuestro talento, los bienes que pueden hacer dichosa la vida del honrado, y las grandezas que hacen feliz la grandeza del genio.




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