domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

viernes, 15 de enero de 2021

227. La primera en la Exposición


En 1932 la gaditana Amalia Carvia Bernal pronunciaba unas palabras de reconocimiento al papel que Rosario de Acuña había desempeñado en el despertar de muchas conciencias femeninas. Aunque no era la primera vez que lo hacía, quizás sea en esta ocasión cuando mayor relevancia alcanzan sus manifestaciones, pues las realiza en un acto público, en el homenaje que le tributan las mujeres valencianas que forman parte de la Agrupación Femenina Republicana Entre Naranjos:

«En las últimas décadas del pasado siglo se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España que algunos de los presentes quizás recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensores del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anatemizado por la iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos, las que oyendo cánticos de alondra mañanera sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz».

Casi noventa años después, en la exposición Librepensadoras Andaluzas que actualmente se encuentra abierta al público en la localidad de El Puerto de Santa María, se le asigna de nuevo el papel de iniciadora del movimiento: el panel número dos –el que sigue a la Introducción– está dedicado a doña Rosario,  la «primera librepensadora». No resulta extraña tal coincidencia, menos aún si tenemos en cuenta que el promotor de la muestra es Manuel Almisas Albéndiz,  buen conocedor de la vida y obra de quien pronunció las elogiosas palabras dedicadas a nuestra protagonista, autor de ¡Paso a la mujer! Biografía de Amalia Carvia.

Este libro, publicado en 2019, es el primero de una trilogía que el investigador roteño ha dedicado a rescatar del olvido a tres mujeres librepensadoras andaluzas. A Amalia Carvia le siguieron la también gaditana María Marín Labrador y la malagueña Dolores Zea Urbano. Fruto también de sus investigaciones es la exposición Librepensadoras andaluzas que cuenta con nueve protagonistas. A las ya citadas se unen Amalia Domingo Soler, Soledad Areales, Ángeles López de Ayala, Ana Carvia y Belén Sárraga, nombres que no resultan nada extraños a quienes siguen los comentarios de este blog. Aunque dos de ellas no sean andaluzas de nacimiento, su inclusión está más que justificada. En el caso de la vallisoletana Belén Sárraga, por la intensa actividad que desarrolló en tierras malacitanas, donde fundó la Sociedad Progresiva Femenina y relanzó el semanario La Conciencia Libre; en cuanto a Rosario de Acuña, por el ya comentado papel de impulsora del movimiento librepensador que le han atribuido sus propias integrantes, sin olvidar los fuertes vínculos que mantuvo con la tierra, cuna de su familia paterna (véanse los comentarios 128. El primo Pedro Manuel ⇑, 175. La sobrina descarriada ⇑, 212. La prima repudiada ⇑ o 226. La tía olvidada ⇑ ).

La exposición (que nace con afán de itinerancia, dispuesta a recorrer las tierras andaluzas, preparada para atender las solicitudes de cuantas asociaciones o entidades se muestren interesadas en la misma) se complementa con un blog del mismo título (⇑), en el cual las personas interesadas pueden ampliar la información acerca de cada una de sus protagonistas: un código QR o de respuesta rápida insertado en cada uno de los paneles facilita el enlace. 

Nota. En el siguiente enlace  https://kaosenlared.net/librepensadoras-andaluzas/ se puede obtener más información sobre la exposición.




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viernes, 8 de enero de 2021

226. La tía olvidada

Las opciones vitales que va tomando también tienen consecuencias en su entorno más cercano. Las relaciones con su familia paterna se fueron modificando a medida que ella se adentraba en el campo de batalla «donde riñen duro combate la luz y las tinieblas». Durante los años de su niñez disfrutó de las prerrogativas que le confería ser la primera de las nietas del abuelo Felipe, y a su encuentro iba una y otra vez aquella niña de doloridos ojos acompañada de su joven progenitor, «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena». Con el pasar de los años, con el nacer de nuevos primos, la campiña de Jaén se convirtió también en escenario de gratificantes estancias juveniles, durante las cuales no solo disfrutaba de los salutíferos efectos que le proporcionaban los paisajes serranos, sino también de las reconfortantes muestras de cariño con las que le obsequiaba aquel creciente entramado familiar. Todo empezó a cambiar tras la muerte de su padre, con la separación de su marido, con el inicio de su campaña en Las Dominicales. La querida nieta de Felipe de Acuña y Cuadros, se convirtió entonces en la sobrina descarriada (⇑); más tarde, cuando su nombre anduvo de boca en boca con ocasión de un escrito suyo en el que condenaba la deplorable acción de unos universitarios, en la prima repudiada (⇑); andando los años, apenas quedaría un lejano rastro de aquellos lazos familiares: para los hijos de su  nutrido primazgo se había convertido en la tía olvidada.  

Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña)

Recuerdo que en los primeros tiempos de mis investigaciones, cuando los interrogantes superaban con creces a las certezas, había dos que resultaban recurrentes. El primero se relacionaba con el papel que había desempeñado Carlos Lamo Jiménez en su vida, especialmente en la última época. Me preguntaba una y otra vez, cómo era posible que doña Rosario se viera obligada a vivir de fiado cuando a su lado había una persona que, siendo licenciado en Leyes, podía realizar un trabajo bien remunerado. Después de mucho buscar y tras darle no pocas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que entre ambos no hubo una relación entre iguales, tal y como explico en el comentario 200. El buen discípulo (⇑). La otra pregunta tenía que ver con la brusca ocultación de su testimonio vital, con el olvido colectivo, con el hermético silencio que sepultó su memoria durante décadas. Dando por hecho que las autoridades del Nuevo Estado, surgido tras la incivil guerra, se habían empleado a fondo en la depuración de todo lo que fuera contrario a los ideales del régimen político instaurado por la fuerza de las armas, y que la suya era una de las biografías que había sido enviada a la profunda fosa de la desmemoria, me preguntaba si no habría algún familiar que, conservando vivo su recuerdo, se atreviera a aportar alguna luz en aquella negritud del olvido por la que, a finales de los sesenta del siglo pasado, se adentraron Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal (⇑).  

Años después supimos que sí, que ciertamente existían familiares de doña Rosario de Acuña y Villanueva, vástagos de su nutrido primazgo. A los veintiséis sobrinos segundos (descendientes de sus cinco primos y siete primas que apellidan "de Acuña Robles" y "de Acuña Martínez de Pinillos"), habría que añadir unos cuantos más que, por ser hijos de los primos de su padre, eran sobrinos terceros suyos. Haberlos, habíalos. Otra cosa era que estuvieran dispuestos a facilitar algún dato, algún recuerdo, de aquella señora, otrora ilustre tía y por entonces una auténtica proscrita, por masona, por librepensadora, por republicana, por feminista, por atreverse –en la muy católica España y siendo mujer– «a vivir como persona y por su cuenta». Al fín y al cabo, ella era la que había decidido abandonar el protector entramado familiar, la que había decidido pasar a la otra orilla; el resto de la familia permanecía en su sitio, en la milicia, en la nobleza, en la abogacía, en la Administración, en las cámaras de comercio, en la ingeniería, en los consejos de administración, al otro lado de la trinchera.

Puestos a buscar en este amplio sobrinazgo alguien que hubiera sido capaz de romper una lanza por su tía, tan sólo se me ocurre pensar en José de Acuña y Gómez de la Torre, otro de los heterodoxos de la familia, por más que la suya fuera una heterodoxia bastante más benigna. El primogénito de su primo Antonio de Acuña y Robles había nacido en Barcelona  en el año 1889 y, tras finalizar los estudios en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de esa ciudad, se trasladó a las jiennenses tierras familiares, donde obtuvo una plaza en la jefatura provincial de Obras Públicas. 

El diputado José de Acuña y Gómez de la Torre con uno de sus sobrinos en una fotografía publicada en 1936

Según parece, era don José persona de gran capacidad creativa, de la cual no solo dejó constancia en su faceta ingenieril (fue inventor de ciertos artilugios entre los que destacó un motor hidráulico rotativo y reversible), sino también en el ámbito político, con la fundación en los inicios de la década de los treinta del Partido Mesocrático Universal, instrumento con el cual aspiraba a conseguir la primacía de la clase media intelectual. Después de tres tentativas frustradas, obtuvo el acta de diputado por Jaén en las elecciones de febrero de 1936. Fue entonces cuando su original visión de la sociedad alcanzó una mayor difusión. Se sustentaba en unas pocas máximas, a partir de las cuales llegaba a concluir «que el hombre civilizado tiene el perfecto derecho a vivir sin trabajar». Bien es verdad que establece una significativa diferencia entre «vivir» (como sinónimo de «subsistir») y «gozar». El derecho a la subsistencia es universal, el derecho a gozar está reservado a quienes sepan conquistar los goces con su esfuerzo y con su trabajo personal. A los Estados compete garantizar a todos los ciudadanos alimento, vestido y cobijo. Claro está que ni será apetitoso, ni cómodo, ni confortable. Así, por ejemplo, en el apartado alimenticio propone el suministro de una papilla nutritiva disponible en unos surtidores (similares a los utilizados en las gasolineras) estratégicamente distribuidos por toda la geografía. Con estos postulados fue con los que obtuvo más de ciento treinta y cinco mil votos que le llevaron a ocupar un escaño en el Congreso, formando parte del grupo denominado «republicanos de centro». No duró mucho: se exilió en Francia tras el inicio de la guerra; a su conclusión fue autorizado a regresar y sometido a un proceso de depuración; falleció en marzo de 1941 a los cincuenta y un años de edad.  

Descartado José, no encuentro otras opciones verosímiles, pues cuesta trabajo creer que quienes se anudaron al entramado nobiliario tuvieran intención alguna de airear la vida y milagros de aquella rama tan singular de su viejo árbol familiar. Ni Fermina de Bonilla de Acuña (hija de su prima Petra de Acuña y Robles) que se había casado con el viudo marqués de Elduayen; ni María del Carmen de Acuña y Gómez de la Torre, que lo había hecho con Luis Sartorius y Díaz de Mendoza, hijo de los condes de San Luis; ni, mucho menos, los hijos de su hermana María de la Purificación, que se había casado en 1924 con Francisco Queipo de Llano y Álvarez de las Asturias Bohorques, vizconde de Valoria y –desde 1938– conde de Toreno, Grande de España de primera clase. 

Y ¿qué decir de la rama militar del sobrinazgo? Ya sabemos que la milicia no resultaba ajena a la familia de Acuña, que dos de sus primos, los hermanos Felipe y Antonio de Acuña Robles, fueron oficiales (alcanzaron el retiro como general de brigada, el primero, y coronel, el segundo); que un hermano de estos tenía por suegro a un oficial de la Guardia Real y coronel de Caballería; y que tres  primas (María Teresa de Acuña y Gómez de la Torre y las hermanas Rosario y Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos) se habían casado con militares. Con estos antecedentes, no debería de resultar extraño que varios de sus sobrinos ingresaran en el Ejército. De todos ellos, hubo quien alcanzó el retiro como oficial; otros murieron en el campo de batalla. Tal fue el caso de Felipe de Acuña y Díaz-Trechuelo, teniente del regimiento de Infantería Ceriñola 42, que tomó parte en la batalla de Annual y cuyo nombre figura en la relación definitiva de oficiales desaparecidos durante los meses de julio y agosto del año veintiuno. Entre los militares que lograron ponerse a salvo tras la caótica evacuación del campamento de Annual, se encontraba  José de Acuña y Díaz-Trechuelo, capitán del mismo regimiento que su hermano y uno de los oficiales que, bajo el mando del general Navarro, logró alcanzar el campamento de Monte Arruit, donde unos días después muere en combate.

Pablo Arredondo de Acuña y José de Acuña y Díaz-Trechuelo, dos de los sobrinos muertos en combate

Pablo Arredondo de Acuña era primo segundo de los dos anteriores y se convirtió en el héroe de la familia, al formar parte del reducido grupo de militares bilaureados, esto es, el de aquellos que recibieron en dos ocasiones la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar española. Le fue concedida la primera por los méritos que contrajo en el combate de Laucién (Tetuán) el 11 de junio de 1913. Al mando de una sección de la tercera compañía del batallón Cazadores de Arapiles nº 9, el por entonces segundo teniente fue herido de bala en una ingle, a pesar de lo cual «continuó en su puesto y tomó parte en otros dos combates, haciéndose notar por su valor y serenidad». Ascendido a capitán, en 1920 es destinado a la primera compañía de la primera bandera del recién creado Tercio de Extranjeros. Un año después fue herido de gravedad durante la toma de unas posiciones. Lo que siguió a partir de entonces fue otra dura batalla, primero en los hospitales para recuperarse, luego en los despachos para conseguir que no le declararan inválido. También resultó vencedor en este combate: en el verano del año veinticuatro, con un artilugio ortopédico en su pierna, se reincorpora a su anterior destino en la Legión. Al mando de su compañía participó en los combates que se sucedieron en los meses siguientes. En uno de ellos fue herido de muerte el 19 de noviembre de 1924, a la edad de treinta y cuatro años.

Desconozco qué hubiera pasado años después de seguir Pablo con vida; ignoro qué opción hubiera tomado de tener que elegir entre permanecer a las órdenes del Gobierno de la Segunda República o seguir los pasos de Francisco Franco Bahamaonde, compañero en la Academia de Infantería de Toledo y su jefe en el último destino, primero como comandante de la I Bandera del Tercio de Extranjeros y después como teniente coronel jefe del citado Tercio. Lo que sí conocemos es la posición que en aquella fratricida confrontación ocuparon otros miembros de la familia, integrantes del sobrinazgo de Rosario de Acuña y Villanueva. Para situar las coordenadas en las que se movieron, quizás no esté de más empezar diciendo que, por lo que conozco, ninguna de las personas a las que se hace mención en este comentario (con la excepción, claro está, del ya citado proceso de depuración al que fue sometido José de Acuña y Gómez de la Torre) penó con las consecuencias que en el Nuevo Estado llevaba aparejadas la disidencia o desafección al Régimen. 

En 1935 el oficial del Ejército retirado Luis Arredondo de Acuña publicaba en El Siglo Futuro un artículo titulado «Judaísmo, masonería, socialismo y comunismo», en el cual muestra a las claras sus afinidades ideológicas: «creo de oportunidad refrescar en la memoria de todos los que pensamos en español que desgraciadamente en España la hiena oriunda de Oriente, "el judaísmo", no ha sido aniquilada, ni aun siquiera amedrentada. Sus infectos engendros, masonería, socialismo y comunismo, al amparo de una política de suavidad, dejación y transigencia…». Unos meses después, en enero del año treinta y seis, el mismo periódico publicó una carta suya dirigida al ministro de Agricultura José María Álvarez Mendizábal en relación a unos comentarios de éste acerca del grado de compromiso de los militares. Sus palabras, que fueron muy aplaudidas por los lectores del periódico, resultaron del todo contundentes: «me veo impulsado como español y comandante retirado de Infantería e expresarle el desprecio que me produce su incapacidad como gobernante...». 

Tampoco deben de existir muchas dudas respecto a la posición adoptada por Antonio de Acuña Díaz-Trechuelo, por entonces capitán de la Guardia Civil que estaba destinado –desde mayo de 1936– en la primera compañía de la comandancia de Logroño. Parece ser que en la capital riojana secundó el golpe de Estado del 18 de julio, pues el suyo es uno de los nombres que aparecen en la orden que el ministerio de la Gobernación publica en el mes de agosto, integrando la relación de oficiales que causan baja definitiva por «haber tenido participación en el movimiento subversivo». Su hermano Luis, alférez de Caballería, también está a las órdenes del Gobierno de Burgos.

En aquella España trágicamente dividida en dos mitades irreconciliables, hubo otros sobrinos que perdieron su vida por el hecho de que sus adversarios ideológicos los consideraran partidarios de los militares sublevados, enemigos a eliminar. Tal fue el caso Francisco Vela de Almazán y de Acuña (hijo de su prima Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos) y de los hermanos Ángel y Antonio Escavias de Carvajal y de Acuña (hijos de la también prima y hermana de la anterior María del Carmen de Acuña y Martínez de Pinillos). A los tres les arrebataron la vida en un cortijo del término municipal de Ibros en plena juventud, cuando aún no habían cumplido los treinta años de edad. El 3 de septiembre de 1936 pasaron a integrar el censo de víctimas de lo que más tarde se conocería como «represión republicana». Un par de semanas después lo haría un militar retirado de quien ya hemos escrito, Luis Arredondo de Acuña; al mes siguiente, su hermano Juan, oficial de Infantería que se niega a formar parte del Ejército Popular de la República.

No cuesta mucho suponer que el dolor producido por aquellas muertes eliminara de cuajo cualquier atisbo de tibieza en las familias de sus cinco primos y siete primas que apellidan "de Acuña Robles" y "de Acuña Martínez de Pinillos". Los nietos y las nietas de sus tíos carnales, los hermanos Antonio y Cristóbal de Acuña y Solís, se encuentran –por propia voluntad y/o por la ajena percepción– en el bando de quienes confían en el triunfo de los militares sublevados. Y el primero de abril de 1939, tras la proclamación de la derrota del ejército republicano, se hallan entre los que respiran aliviados por el triunfo de las «tropas nacionales».

El capitán de la Guardia Civil Antonio de Acuña Díaz-Trechuelo, que había sido dado de baja por el ministerio de la Gobernación, es destinado por el Gobierno de Burgos a la comandancia de Sevilla, tras haber desempeñado funciones de juez especial para la depuración de responsabilidades en Calahorra; en 1941 recibe la Medalla de la Orden de San Hermenegildo. Fermina de Bonilla de Acuña, hija de Petra de Acuña Robles y viuda del contralmirante de la Armada Ángel Elduayen Mathet, publica un libro titulado Laureados 18 de julio de 1936 que es autorizado en 1939 por el director general de Primera Enseñanza «por su contenido altamente patriótico y de gran ejemplo y estímulo». En 1948 se restablece la legalidad vigente con anterioridad al 14 de abril de 1931 en las Grandezas y Títulos del Reino y siete años más tarde  los hermanos Francisco y Alfonso Queipo de Llano y de Acuña, hijos de María de la Purificación de Acuña y Gómez de la Torre, inician la tramitación para la sucesión de los títulos nobiliarios que ostentaba su padre hasta el momento de su muerte: el primero solicita el título de Conde de Toreno, con Grandeza de España de primera clase; el segundo, el de vizconde de Valoria. Cristóbal Vela de Almazán y de Acuña, hijo de Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos, se había convertido en «oficial aviador» tras finalizar sus estudios en la Academia de Caballería; en 1946 es comandante y está destinado como profesor en la Escuela de Informadores Fotógrafos del Ejército del Aire, sita en Cuatro Vientos; en los primeros años sesenta, ya coronel, es Jefe del Servicio de Defensa Química y Contra Incendios del Ejército del Aire. Pablo Arredondo y Díez de Oñate, hijo de Luis Arredondo de Acuña, ingresa en 1944 en la Orden de Cisneros, creada dos años antes como galardón al mérito político; en marzo de 1956 es nombrado Inspector Nacional de la Vieja Guardia de Falange Española Tradicionalista y de las JONS; en 1968 el Jefe del Estado le concede la Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas...

Familiares, ciertamente los había. Otra cosa bien diferente era que las florecientes ramas surgidas de aquel tronco común de los Acuña de Baeza, descendientes de sus cinco primos y siete primas, tuvieran interés alguno en rescatar del olvido la memoria de doña Rosario de Acuña y Villanueva, aquella tía feminista,  regeneracionista, librepensadora, masona, filo-socialista,  republicana, que había sido calificado en otro tiempo como  «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias».




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viernes, 18 de diciembre de 2020

225. Homenaje a Giordano Bruno


Monumento a Giordano Bruno, plaza Campo de' Fiori, Roma (archivo del autor)

De vez en cuando, alguna de las líneas de investigación que permanecen en vía muerta se reactiva. Hace unas semanas localicé un escrito inédito de nuestra protagonista: se trata de un texto manuscrito que lleva por título «Lo indescifrable», uno de los documentos conservados en el Archivo Luis París que se encuentra depositado en el Centro de Documentación y Museo de las Artes Escénicas (MAE) del Institut del Teatre. Aunque no figura la fecha en la cual fue escrito, creo que contamos con suficientes indicios para poder situarlo en los primeros meses del año 1885. Veámoslos.

Su presentación en sociedad como librepensadora se produce el 28 de diciembre del año ochenta y cuatro, la fecha de publicación del número 98 del semanario Las Dominicales del Librepensamiento, en cuya primera página se da a conocer el contenido de la carta en la cual proclama su adhesión a la causa del librepensamiento. Si bien ése es el día que da comienzo su campaña de Las Dominicales (⇑)  («A contar desde hoy, de los devanadores de mi memoria se irán soltando cabos que habrán de desenredar los cajistas de Las Dominicales...»), no fue esa la primera de sus batallas contra el oscurantismo: semanas atrás sorprendió a más de uno al manifestar su apoyo a los estudiantes de la Universidad Central que mantenían una huelga en defensa de la libertad de cátedra. 

Tal y como se cuenta en el comentario  137. Yo pago la matrícula (⇑), la protesta estudiantil había comenzado después de que la prensa confesional iniciara una campaña en contra del catedrático Miguel Morayta Sagrario, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso irreverente y herético en la ceremonia de inauguración del curso 1884-85. Ya a finales de octubre el obispo de Ávila difundía una pastoral en la cual denunciaba que el conferenciante había puesto en duda el Diluvio o que Adán fuera la primigenia semilla de la estirpe humana; se le acusa también de equiparar el catolicismo con el resto de las religiones o de hacer alarde de panteísmo y darwinismo. Unas semanas después, el 16 de noviembre, un grupo de universitarios –alentados por la posición adoptada por la jerarquía católica– inicia una recogida de firmas contra el contenido del discurso, lo cual provocó que los partidarios de Morayta se movilizaran a su vez, redactando un escrito de apoyo al varias veces excomulgado catedrático –la «contrapropuesta»–, y manifestándose por las calles de la capital en defensa de la libertad de cátedra. Para intentar controlar la situación, el día 20 el gobernador envía un contingente policial a la sede de la Universidad. Su presencia provoca el rechazo de los estudiantes, que se niegan a entrar en clase y se echan a las calles de la capital en defensa de la libertad de cátedra. Las fuerzas policiales disuelven los grupos a sablazos: hay varias decenas de heridos y otros tantos manifestantes son detenidos «por proferir frases subversivas».

La intervención de las fuerzas del orden aviva el conflicto; los catedráticos de la Central elevan una propuesta por escrito al ministro del ramo manifestando su protesta por la violación del recinto universitario; una parte de la prensa se manifiesta en contra de «los brutales atropellos cometidos»; los estudiantes, que se niegan a volver a clase, reclaman la libertad de sus compañeros detenidos, lo hacen en las calles, también en las redacciones de los periódicos; se inician movilizaciones estudiantiles en el resto de las universidades del país. La prensa se hace eco de los apoyos que reciben los huelguistas. El 7 de diciembre varios periódicos de la capital publican una carta de Rosario de Acuña en la que se ofrece a costear la matrícula del alumno con mejor expediente que teniendo derecho a matrícula gratuita lo perdiese por negarse a entrar a clase en defensa de la libertad de cátedra. También se hacen públicos los escritos enviados por los estudiantes de otras universidades europeas (Coimbra, Turín, Lieja...). Los de la Universidad de Roma, reunidos en asamblea, aplauden con entusiasmo «vuestro heroísmo que, por reivindicar la libertad de enseñanza y de pensamiento, os ha hecho sufrir persecuciones teñidas de sangre...», también acuerdan abrir, «como protesta ante esta cruzada de los clericales», una suscripción internacional para levantar en Roma un gran monumento a Giordano Bruno, condenado por la inquisición romana por hereje y quemado vivo en la hoguera el 17 de febrero de 1600.

Inscripción en el monumento a Giordano Bruno (archivo del autor)

La iniciativa de los estudiantes romanos avivó el ánimo de los librepensadores españoles: Giordano Bruno era un magnífico estandarte en aquella guerra abierta contra la intransigencia. Pocas semanas después, los universitarios madrileños, reunidos en una asamblea convocada al efecto, deciden sumarse a la iniciativa, nombrando un comité encargado de poner en marcha el proyecto. Como presidente del mismo fue elegido el estudiante de Medicina Luis París y Zejín, a quien se encomendó la redacción de una circular que sería remitida al resto de universidades españolas «invitándolas a coadyuvar en la medida de sus fuerzas a dicha solemnidad».

Se inicia febrero. Quedan pocos días para que se conmemore el CCLXXXV aniversario del suplicio y muerte del mártir napolitano. El día 19 aparece en La Universidad –«periódico escolar librepensador» que los universitarios habían creado para convertirlo en su «órgano de prensa– un manifiesto dirigido a los estudiantes de España, que concluye de la siguiente manera: «Con vuestro auxilio, queridos estudiantes, concurriremos a la gran manifestación europea en favor de la libertad de pensar, dispuesta por nuestros compañeros de Italia». El comité había decidido que el homenaje a Bruno se prolongara más allá de la jornada en la cual se recordaba su muerte en la hoguera: tenía previsto celebrar el 14 de marzo una reunión artística-literaria y esperaba contar para ese día con los trabajos que a tal efecto se hubieran enviado en prosa o en verso, pero relacionados con el acto que en ella se conmemora. 

Muchas de las convenciones que la han acompañado durante su niñez y su juventud han perdido parte de su valor desde que a finales del mes de enero del año 1883 falleciera su padre, el anclaje más firme que aún la mantenía unida a su pasada mirada. Se abrió entonces un tiempo de tempestad y zozobra, de ansiosa angustia, de agitarse las carnes en busca de una pronta muda. Meses enteros de aislamiento casi completo... Y al fin, ante sus ojos se hizo la luz: «me pareció haber soñado cuando terminé de leer LAS DOMINICALES, porque en ellas palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad». Desde entonces solo una ocasión faltaba a su propósito. La huelga de los estudiantes madrileños la propició. Se ofreció a costear la matrícula del más aventajado si por no entrar a clase la perdiese; ofrece un banquete a una comisión de estudiantes (⇑) y otros ilustres librepensadores; hace pública su adhesión a la causa del librepensamiento iniciando su intensa campaña de Las Dominicales... y se suma, como no podía ser de otra manera, a los actos de homenaje a Giordano Bruno.


Imagen del sobre que contenía «Lo indescifrable»

El día 17 de febrero Las Dominicales publica un número extraordinario dedicado a Giordano y en sus páginas, junto a otros escritos de Demófilo, Emilio Castelar, José Nakens, Rafael M. de Labra, Miguel Morayta o Ramón Chíes se encuentra su texto «A Giordano Bruno», público reconocimiento a la «grandeza heroica» del homenajeado: «no hablemos de tus doctrinas, de tus ideales; fueren los que fueren, tu corona más inmarcesible es la de mártir de la libertad del pensamiento». Ahí está. Su nombre ya figura junto a los de otros destacados publicistas, dispuesta a colaborar en aquel glorioso combate, tal y como había anunciado: «Heme aquí, señor Chíes, que vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento». De ahí que resulte razonable pensar que, al igual que lo hizo para el extraordinario de Las Dominicales, se prestara también  a colaborar con los universitarios madrileños  en el homenaje a Giordano Bruno que llevaban tiempo preparando; y que, por tanto, sea en estos primeros meses del año ochenta y cinco cuando escriba «Lo indescifrable». 

El contenido del escrito, las referencias explícitas a Bruno («¿Se inicia en el corazón de un hombre?, Giordano Bruno sonríe en medio de las llamas que lo abrazaron»; «¡He ahí lo indescifrable! Bajo su imperio cruzaba la tierra Giordano Bruno, siempre ansioso, inquieto, intranquilo») y el hecho de que su destinatario fuera un destacado miembro de la comisión de estudiantes al tiempo que presidente de la comisión organizadora del homenaje, sustentan la hipótesis de que este texto fue escrito en los primeros meses del año ochenta y cinco. Desconozco si lo hizo para la velada artístico-literaria prevista para el 14 de marzo. Cierto es que, en principio, aquel certamen estaba dirigido a los universitarios, pero no lo es menos que los organizadores contaron con la colaboración de Ernest Haekel, Alfredo Naquet o Víctor Hugo, que realizaron diversas donaciones, o del marmolista Claudio Estrada, que se ofreció a realizar un busto de Bruno. En cualquier caso, de haber sido así, de haber sido el suyo uno de los noventa y seis escritos recibidos, no hubo ocasión para que fuera leído, ni en el paraninfo de la Universidad ni en el teatro Alhambra, que el comité había apalabrado tras la negativa del rector a cederles el local: las presiones gubernativas impidieron la celebración del público homenaje. Desconozco también si, tal y como pudiera deducirse de la lectura del sobre que lo contenía, aquel texto estaba destinado a formar parte del número extraordinario del semanario La Universidad, (dirigido por Luis París y en el cual vieron la luz otras colaboraciones suyas) al que se hace mención en la edición del 16 de abril.

Lo que sí sabemos es que el escrito llegó a su destino y que su destinatario lo consideró lo suficientemente interesante como para conservarlo, lo cual no debe de resultar extraño, tanto por la importancia que ambos otorgan al homenajeado (el propio Luis París presentó un trabajo a aquel frustrado certamen que más tarde se convertirá en Fray Giordano Bruno y su tiempo, una obra publicada ese mismo año y de la cual Rosario de Acuña realizó una elogiosa reseña), como por la antigua amistad que mantenían sus familias. Lo conservó y paso a formar parte de su archivo, integrado por diversos documentos relacionados con su actividad como director artístico (programas, cuadernos del director, cartas, bocetos y figurines, fotografías...). Gracias a ello, hoy podemos recuperar este texto salido de la pluma de Rosario de Acuña, probablemente en los primeros meses del año ochenta y cinco:

 «¡Saludemos al pasado! Nuestra voz, resonando a través de las edades, baje a buscar el polvo de los sepulcros y ascienda a encontrarse en las regiones del pensamiento para honrar la memoria del mártir y enaltecer la grandeza del héroe. ¡Que su recuerdo nos una y nos lleve a lo porvenir!» 

 



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lunes, 30 de noviembre de 2020

224. Entretenimiento para la esposa


Escalonilla, Casa Ayuntamiento, construido en 1881 (Diputación de Toledo)

Aquel lote de huevos para incubar se fue para Escalonilla, una localidad situada en la comarca toledana de Torrijos y que por entonces contaba con unos tres mil quinientos habitantes. Esos se fueron para allí, como otros se habían ido a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias españolas.  Era su trabajo: se ganaba la vida con lo que obtenía por la venta de los productos de su granja.

Su dedicación a la avicultura había comenzado unos años antes, tras establecer su residencia en Cantabria. Entonces comienza una nueva etapa en su vida, cada vez más alejada de la gran urbe, cada vez más convencida de las bondades de la vida en el campo. No obstante, las cosas han cambiado mucho desde que, allá en los primeros años ochenta, se fuera a vivir a Pinto. Desamparada del padre protector, desasistida de la mercenaria servidumbre que apechugaba con los quehaceres domésticos, y desprovista de la pasada fortuna que aseguraba su ilustrada vida campestre, debe ahora poner en práctica todo lo que antes había predicado, obligada por los avatares de la vida. Parece ser que algún lance imprevisto precipitó los acontecimientos: «una catástrofe de fortuna que me puso a las puertas de la miseria». No había más remedio que echar mano del ingenio para afrontar aquella situación y encontrar la manera de ganarse el sustento de cada día, para ella y para quienes con ella viven: su madre y Carlos Lamo, el joven y fiel discípulo que las acompaña  (⇑). A su cabeza acude entonces el ejemplo de una viuda normanda que conoció en su juventud, cuando en los primeros años setenta residió durante un tiempo en el sur de Francia (⇑). Una mujer que, viéndose joven aún con dos hijos que mantener y una modesta pensión, decidió mudarse a la Bayona francesa para poner en marcha una pequeña granja avícola la cual, atendida con inteligencia y esmero, aportaba las ganancias suficientes para que tanto ella como sus hijos pudieran llevar una vida desahogada. Ahora, que la situación económica de Rosario se asemejaba a la de la aquella viuda, su ejemplo aparecía ante sus ojos como la mejor iniciativa a seguir, pues las cuentas –como entonces había comprobado– parecían claras.

Solo había que ponerse manos a la obra: acondicionó su granja con los materiales más modernos, acudió a los más acreditados avicultores del país para comprarles varios lotes de gallos y gallinas de diversas y selectas razas, y dedicó muchas horas al cuidado de las aves. Su proyecto está en marcha y, gracias al trabajo bien hecho, sus productos comienzan a ser valorados, más aún tras haber obtenido el segundo premio (Medalla de plata) en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en Madrid en el mes de mayo de 1902. Satisfecha con la labor emprendida, contaría más tarde que en un solo año había vendido catorce mil huevos para la incubación. El hecho de que unos pocos se fueran para Escalonilla no hubiera tenido mayor trascendencia si no fuera porque quien los había adquirido era Tomás Costa Martínez, por aquel entonces jefe provincial de Fomento en Toledo, presidente del Consejo de Agricultura y Ganadería en la misma provincia y, lo que era aún más relevante para doña Rosario, hermano de la figura más destacada del regeneracionismo.

Enterada de quien es el destinatario de aquel cajón con cinco docenas de huevos para incubar que había partido hacia la localidad toledana, con fecha 10 de abril de 1904 se toma «la libertad de escribirle congratulándome de que un producto de mi granja haya ido a parar a la familia que es honra de España y galardón de la Humanidad». Tras este breve preámbulo en el cual manifiesta además que las tres personas que moran en aquella casa (ella, su madre y Carlos Lamo, quien por entonces pasa por ser sobrino de doña Dolores Villanueva y Elices ⇑) son fervientes entusiastas de su señor hermano don Joaquín, la avicultora Rosario de Acuña realiza una descripción pormenorizada del procedimiento que han de seguir con aquellos huevos para lograr el objetivo perseguido. 

Antes de que lo hiciera la caja con los huevos, llegó la carta con las indicaciones. El señor Costa no tarda en tomar papel y pluma para mostrar su agradecimiento por las instrucciones recibidas, «todo un tratado de avicultura práctica, del que estaba muy necesitado». Le dice también que a ella debe su afición, pues durante una de sus estancias en Santander, donde suele pasar la temporada veraniega con la familia de su esposa, adquirió su folleto Avicultura (⇑), editado por El Cantábrico. Con lo allí aprendido por todo bagaje se adentró en la nueva tarea en la que ya comienza a cosechar las primeros frutos, pues dice que ya cuentan con unas treinta y cinco cluecas, y que piensa que se pongan muchos más y «sobre todo estoy esperando la llegada de los huevos de su granja para hacer con ellos cuanto usted me indica».

Es razonable suponer que a la avicultora Rosario de Acuña aquellas palabras le hubieran producido una lógica satisfacción, pues las elogiosas frases incluidas en esta carta (así como las de otras recibidas por entonces, además del escrito sobre su granja publicado en la prensa cántabra por uno de los promotores de la Asociación de Avicultores de Cantabria y –en mayor medida– el premio obtenido en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902) resultarían para ella un excelente bálsamo reparador frente a la indiferencia –teñida en ocasiones de cierto menosprecio– con la que los peritos titulados –partidarios de la selección genética de las gallinas– habían acogido su apuesta por el mestizaje («La selección, sí, pero antes la variabilidad. Sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre»). Sin embargo, no creo que tuviera la misma impresión cuando leyó las líneas en las cuales el señor Costa le contaba acerca de lo que la nueva actividad representaba tanto para él como para su mujer: «lo he tomado solamente como un sport de primavera, en el cual mi esposa lo pase menos aburrido, distrayéndose en llevar a sus pollitos el migón de pan, salvado y demás alimentos de aquella familia gallinácea». 

Luisa Sánchez y Gómez-Alía (Forja, Boletín de la asociación Mesa de Trabajo para Los Navalmorales, nº 32, diciembre 2017)

El menor de los hermanos de Joaquín Costa se había casado en 1900 con Luisa Sánchez y Gómez-Alía, hija única de una distinguida familia de propietarios que aportó al matrimonio una sustanciosa suma en metálico y varias fincas situadas en los términos toledanos de Los Navalmorales y Escalonilla, lugar este último en el que fijarán su residencia tras finalizar el viaje de novios que la pareja realizó por su Aragón natal y la capital cántabra, que desde entonces se convertirá en su destino habitual de veraneo. La vida cotidiana asigna roles bien diferentes a cada cual: mientras Tomás debe de ocuparse de las labores inherentes a la jefatura provincial de Fomento  que recientemente se le ha asignado, Luisa queda al cargo (de manera explícita o tácita) de la jefatura doméstica y de la representación familiar ante la comunidad. Para el desempeño de su nuevo papel, es probable que tome como referente a su madre, por más que los roles de la una y la otra resulten bien diferentes, pues doña Carmen Gómez Alía, viuda desde tiempo atrás, no solo participa activamente en la vida social de Escalonilla (liderando actos de gran relevancia como, por ejemplo, la puesta en marcha de la escuela de párvulos de la localidad, la segunda de la provincia) sino que también administra sus propiedades, labor que en el caso de Luisa era realizada por su marido (de hecho, en algunos anuarios de la época el nombre de Tomás Cuesta figuraba al lado del de su suegra, tanto en el apartado «Aceite de oliva, molinos de» como en el de «Ganaderos»). 

Así las cosas, habida cuenta del campo reducido de actuación que se le asigna, no resulta difícil suponer que su ánimo fuera decayendo ante la falta de estímulos; tampoco que, para intentar remediarlo, al marido se le ocurriera que la avicultura podría ser una eficaz pócima para aquel mal, que el cuidado de las gallinas se convirtiera en adecuado entretenimiento para su esposa: «...lo pase menos aburrido, distrayéndose en llevar a sus pollitos el migón de pan, salvado y demás alimentos de aquella familia gallinácea».

Entretenimiento para la esposa... No era ése, ciertamente, el objetivo que Rosario de Acuña asignaba a la avicultura, ni tampoco era ése el papel que deseaba para la mujer. Ni siquiera cuando, en los primeros años ochenta, recién instalada en la quinta que se había hecho construir a las afueras de Pinto, se dirigía a las lectoras de El Correo de la Moda para hablarles, entre figurines, de las ventajas que para la familia y la comunidad tenía la vida en el campo. Ni siquiera entonces, cuando en la firma de sus escritos añadía a su primer apellido el de su esposo, asumía dócilmente el papel de «ángel del hogar», el modelo de buena madre y mejor esposa que defendían los moralistas y que se perfilaba desde ese mismo semanario dirigido por Ángela Grassi, viuda de Cuenca. En esas mismas páginas ella postulaba un papel protagonista para las mujeres: «la sociedad tiene que regenerar por vosotras». Ni siquiera entonces, leería con indiferencia unas palabras tan diametralmente alejadas de lo que ella había defendido en «La educación agrícola de la mujer»:

La mujer científicamente agrícola; la que mirando el azul de los cielos señalase la parda nubecilla precursora del huracán y de la tormenta; la que eligiese sin vacilación la semilla fecunda, capaz de desarrollarse por el calor del sol y la humedad de la tierra; la mujer que con reposado acento diera la orden de la recolección, segura de sus beneficios por el conocimiento de la sazón del grano o del fruto; la que sin zozobra improvisara un aparato que pudiera sustituir en caso de rotura la pieza del arado o de la trilladora; la que en el silencio de su laboratorio analizara las combinaciones químicas, capaces de librar a la planta o al árbol del dañino insecto o de la epidemia funesta; la que a través de los rayos solares buscase en el microscopio las causas del empobrecimiento del vegetal, o de la extenuación de la ganadería, esa mujer capaz de formar el capital de sus hijos con las rentas de sus fincas rurales, mejoradas constantemente por una entendida dirección agrícola, esa mujer es la más necesaria en nuestra sociedad.

Si el hecho de que un señor pusiera en marcha una instalación avícola para que su esposa combatiera el aburrimiento, ocupándose de llevar cada día la comida a los pollitos, distaba mucho del modelo de mujer agricultora que ella promovía en los primeros años ochenta, mucho más alejada se encontraba dos décadas después, cuando la avicultura se había convertido en su medio de subsistencia, cuando propugna que la mujer campesina debe de jugar el papel protagonista en el desarrollo de las pequeñas industrias rurales (⇑), «una de las fuentes de mayor riqueza de todo país culto y trabajador», tal y como describe en varias entregas de su sección Conversaciones femeninas que publica El Cantábrico (sericicultura, elaboración de quesos y mantequilla, floricultura, conservas de frutas y legumbres, apicultura...). Ciertamente, la avicultura no representaba para ella lo mismo que para el señor Costa, don Tomás. 




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domingo, 15 de noviembre de 2020

223. No, no era Carmen de Burgos (Colombine)


Carmen de Burgos en una fotogafría publicada en 1905
Una vez que tuve a punto la base de datos con los cerca de trescientos documentos que integran el archivo personal de Rosario de Acuña, ese que– como ya he contado en un comentario anterior (⇑)– había aparecido sorprendentemente en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, llegaba la hora de entrar en materia, de conocer su contenido.  Elaboré una lista con aquellos que consideraba más interesantes y solicité su digitalización. (Fácil resulta conocer cuáles fueron los documentos elegidos, pues el equipo de Ilda Pérez, una vez cumplido mi encargo y creo que con muy buen criterio, los ha dejado accesibles para que puedan ser consultados libremente). 

Entre los seleccionados se encuentra una carta remitida por Carmen de Burgos firmada un 29 de julio en calle Teruel, 9 (hotel), Cuatro Caminos, Madrid. A pesar de que no figura el año, por su contenido sabemos que está escrita con posterioridad al mes de marzo del año 1905. En cualquier caso, es respuesta a una anterior que le había enviado nuestra protagonista solicitando su mediación ante algunos ministros del Gobierno. Aunque desconozco el asunto que motiva tal petición, como quiera que en ese tiempo doña Rosario está padeciendo los embates del oscurantismo y la sinrazón que azotan inmisericordes los cimientos de la empresa avícola que había puesto en pie en tierras cántabras, no sería de extrañar que su misiva fuera un último intento de salvar lo que, no tardando, resultaría ser insalvable (⇑).

Carmen da cuenta de sus gestiones («hoy mismo escribo al señor conde de Romanones», «al señor Echegaray le envío la carta de usted») y le adelanta lo que espera de ellas: confianza plena en lo que respecta al ministro Figueroa («No dudo que el conde de Romanones me atenderá, y deseo sea eficaz mi recomendación, ya que en este desdichado país se necesitan para pedir justicia»); todas las dudas acerca de lo que se pudiera esperar de quien recientemente se había convertido en el primer nobel español. Pronóstico tan negativo merece una aclaración, más cuando ella ha sido la persona que ha logrado que un nutrido grupo de escritoras (la propia Rosario de Acuña, Consuelo Álvarez, Carolina de Soto, Blanca de los Ríos, Patrocinio de Biedma, Cándida López Venegas, María de Echarri, Matilde García del Real...) se adhirieran al homenaje que se tributa al dramaturgo tras serle concedido el galardón. Sus palabras requieren una explicación y ella se explica. Dice que no lo conoce personalmente y que su decidida contribución al homenaje estuvo motivado por «la grosera protesta de la juventud decadente que se llama intelectual» (refiriéndose, sin duda, al comunicado que en relación con el homenaje que se piensa tributar al señor Echegaray ha sido elaborado por Azorín y refrendado por un grupo de escritores, entre los que se encuentra Valle Inclán, Baroja, los hermanos Machado, Rubén Darío o Maeztu, en el cual hacen constar que sus ideales artísticos son otros y sus admiraciones muy distintas). Que si su trayectoria ha sido extraordinaria en el pasado, su imagen se ha empañado al abandonar los ideales republicanos para convertirse en ministro de la monarquía alfonsina: «Él mismo ha cubierto de basura su historia pasada; lo mejor que puede pensarse es que chochea». 

A la hora de despedirse, utiliza palabras que manifiestan el afecto que dispensa a su interlocutora (se declara «siempre admiradora, correligionaria y amiga»), lo cual a quien esto escribe no le resulta para nada extraño pues doy por hecho que su amistad viene de muy atrás y que entre ambas existe una comunión ideológica que han mantenido en el tiempo. Tanto que ya en 1888, diecisiete años atrás, una joven Carmen Burgos envía a Las Dominicales del Libre Pensamiento una carta en la cual proclamaba su firme adhesión a cuantas ideas había manifestado Rosario de Acuña en su escrito titulado «A las mujeres del siglo XIX». 

Bien. Pues resulta que no son la misma mujer; que esta Carmen Burgos del ochenta y ocho no es la Carmen de Burgos del homenaje a Echegaray: son dos personas distintas, tal y como ha podido constatar Manuel Almisas Albéndiz en un trabajo titulado «¿Carmen de Burgos (Colombine), Librepensadora? Otro bulo más en la historia del feminismo» (⇑) que ha sido publicado recientemente. A este investigador gaditano no le cuadraban algunas cosas al respecto y se puso a indagar sobre el tema. Dos fueron los elementos que centraron su atención: que la carta publicada en Las Dominicales estuviera fechada en Andújar y que su autora tuviera por entonces una activa (y precoz) participación en diversas publicaciones espiritistas. Estos son los datos que resultan más clarificadores, pues la Carmen que dirige su escrito de adhesión a la obra emprendida por doña Rosario («Cuénteme usted pues como una humilde pero entusiasta y firme cooperadora...») también firma en Andújar otros textos que se publican en el semanario espiritista La Luz del Porvenir, y lo hace en el transcurso de tres años (del verano del ochenta y siete a finales del ochenta y nueve). Aunque hubieran pasado inadvertidos para el resto, los dos resultaban un tanto incoherentes con la biografía conocida de Colombine.  La inercia había dado por buenos datos que, cuando menos, eran cuestionables. La duda, el interrogante, la disrupción discursiva, habilitaba una vía alternativa, la de la coherencia, como tantas otras veces. 

Detectadas las incongruencias, Almisas acude a las fuentes primarias en busca de la necesaria clarificación. La encuentra: en el padrón municipal de Andújar correspondiente al año 1888 no aparece Carmen de Burgos Seguí, pero sí una mujer de apenas veinte años de edad llamada Carmen Burgos Villalba. El hallazgo le permite zurcir aquel roto que había descubierto con el resistente hilo de la verosimilitud: la autora de la carta escrita en Andújar en febrero del año 1888 y dirigida a Rosario de Acuña y Villanueva no fue la que, andando el tiempo, será conocida como Colombine. La aparición de esta otra Carmen, vecina en aquel tiempo de la localidad jiennense, devolvía a la escritora almeriense su perfil biográfico: residía en Almería, su ciudad natal, en compañía del pintor y periodista Arturo Álvarez Bustos con quien se había casado cinco años atrás (cuando ella tan solo contaba con dieciséis); ayudaba en la imprenta que regentaba su suegro; y no consta que estuviera próxima a los círculos espiritistas y librepensadores en los que se movía la joven Burgos Villalba. 

Este trabajo no solo deshace un error que la inercia ha logrado mantener en el tiempo, sino que también nos permite incrementar la ya nutrida lista de aquellas mujeres que públicamente se han adherido a la lucha que a mediados de los ochenta emprende Rosario de Acuña, una larga batalla en pro de la redención de la mujer española, que años después recordaría Amalia Carvia: «Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida». No fueron pocas las que respondieron a aquella llamada. Al nombre de Carmen de Burgos Seguí es preciso unir ahora el de Carmen Burgos Villalba, una mujer que en su juventud decidió alistarse en aquel ejército de mujeres luchadoras: «deseo conste en las columnas de sus Dominicales mi fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa, pues aunque joven, ni temo la opinión de los hipócritas, ni oculto la mía». Ahora que, gracias al concienzudo trabajo de Almisas Albéndiz, conocemos su filiación, quizás podamos llegar a saber algo más de ella. Tal vez tirando del hilo que la une a Andújar, localidad donde veinte años más tarde constatamos la presencia de quien parece ser uno de sus hermanos, un tal Antonio Burgos Villaba que por entonces regenta un taller de encuadernación en la villa. 




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domingo, 25 de octubre de 2020

222. Arrivederci Roma

Siete de junio de mil ochocientos cincuenta y siete. La llegada de forasteros y el trajín de los días anteriores ya anunciaba que aquel no sería un domingo cualquiera. Baeza iba a ser el escenario de la boda de una de sus distinguidas vecinas, una joven que aún no había cumplido los quince años, tierno vástago de una de las familias con mayor raigambre en la historia de la ciudad. La del novio tampoco le quedaba a la zaga, pues sus antepasados «fueron siempre tenidos en el goce de caballeros hijosdalgo, notorios, y figuraron constantemente en los padrones del estado noble, lo mismo en Baeza que en Úbeda y Arjonilla; y repetidamente probaron su nobleza ante el Consejo de las Órdenes para ponerse los hábitos de Santiago y de Calatrava, y ante la Asamblea de la Orden de Malta para llevar la Cruz de San Juan como caballeros de justicia». María del Carmen Martínez de Pinillos y Benavides se casa con Cristóbal de Acuña y Solís. Con esta unión se entrelazaban estas dos conocidas familias baetanas: una de las ramas de los Acuña (la de aquel vasallo de los Reyes Católicos que a principios del siglo XVI fue regidor de la ciudad de Baeza y teniente de alcalde de la Real Fortaleza de la Alhambra de Granada), con la familia de los Benavides, de activa presencia en la vida pública de la España decimonónica. 

No cuento con la lista de participantes en el evento, pero –de no mediar asunto de gravedad que impidiera su asistencia– es fácil suponer que allí estuviera el padre del novio, Felipe de Acuña y Cuadros, también baetano aunque residente en Arjonilla, localidad de la que fue alcalde, viudo desde hacía trece años; su hermano Felipe (⇑) y su cuñada Dolores (⇑), residentes en Madrid; su también hermano Antonio, que se había casado dos años antes con otra baetana de nombre María Dolores y padre de un niño que acababa de cumplir un año; su tío Antonio, el único hermano vivo de su padre; su primo Luis María de Acuña y Calmaestra, convertido en el XI Señor de la Torre de Valenzuela desde que siete años atrás falleciera su padre, el mayor de los tíos del novio.

Entre los familiares de la novia, encontramos a conocidos integrantes de la clase dirigente provincial, pues su madre, Carmen de Benavides y Fernández de Navarrete, tiene varios hermanos que desempeñan, o han desempeñado (y desempeñarán), puestos relevantes tanto en la jerarquía eclesiástica como en el poder legislativo y en el Gobierno. Sus tíos Manuel y Trinidad se suceden como diputados por el distrito de Cazorla; Francisco de Paula, que fue rector del seminario de Baeza, arcediano de Úbeda, y arcipreste de Jaén, es por entonces deán de la catedral de Córdoba; y el hermano mayor, de nombre Antonio y diputado por el distrito de Villacarrillo, ha desarrollado una dilatada e influyente actividad en la política nacional, ya sea en el Congreso o en el Consejo de Ministros (lo fue de Gracia y Justicia, de Fomento, y de Gobernación).

Si he dado por supuesto que en la boda estaba presente Felipe de Acuña, el hermano mayor del novio, y su mujer Dolores Villanueva, resultaría muy extraño que a su lado no se encontrara la única hija del matrimonio, una niña de seis años de edad a quien llaman Rosario y que en las familiares tierras jiennenses alcanzaba el anhelado alivio a los crónicos sufrimientos provocados por la enfermedad ocular que padecía (⇑). Cuando los dolores se hacían más inaguantables, en el tren andaluz abandonaba Madrid y a la Campiña de Jaén se iba encantada (⇑), pues allí, en los saludables escenarios de la sierra de Andújar, encontraban sus doloridos ojos la pócima reparadora; allí encontraba el cariño de su abuelo Felipe, de su tío abuelo Antonio María y de sus numerosos hijos, de su primo Pedro Manuel y de sus tíos Antonio y Cristóbal. Y desde este siete de junio del año cincuenta y siete, cabe pensar que  también disfrutara del afecto de sus nuevos tíos, aunque en puridad lo fueran de María del Carmen, aquella novia casi niña que desde entonces tía suya también era. 

Viviano Codazzi: Exterior de San Pedro, Roma (Museo del Prado)

De todos ellos, quizás fuera con Antonio Benavides con quien mayor relación pudo haber mantenido, pues tenía ocasión de visitarlo no sólo en Jaén sino también en Madrid, que era donde habitualmente residía en compañía de su mujer María Antonia Godínez y Zea Bermúdez, de la Real Orden de Damas Nobles de España. Además, no tenían hijos y Rosario resultaba ser la sobrina más cercana. Desconozco si realmente el contacto entre don Antonio y la familia Acuña y Villanueva fue habitual; lo que sí sabemos es que existió y que debió de mantenerse en el tiempo, pues contamos con una carta que el señor Benavides envía en la primavera del año setenta y cinco a su «querida sobrina Rosario», que ya cuenta con veinticuatro años de edad y que por entonces disfruta expresando sensaciones, emociones o sentimientos por medio de la poesía. De poemas habla la carta: «la sorpresa que he tenido al leer tus obras poéticas, dignas de darse a la estampa, por la belleza de su composición, la elevación de los pensamientos y la estructura del conjunto...». Es bastante probable que entre las poesías que Rosario había enviado a su tío estuviera un largo poema titulado «En las orillas del mar», publicado meses después en La Ilustración Española y Americana y que puede ser considerado como su carta de presentación como poeta. Parece que no tiene mal ojo el señor Benavides, pues la crítica madrileña coincide con él a la hora de aplaudir los versos de la recién llegada. El Imparcial y La Iberia no tardan en publicar otras poesías suyas y en las páginas de El Gobierno aparece una laudatoria crítica firmada por Antonio Bastida, que cumple así el encargo que le había hecho Juan Bautista Topete, tal y como éste ya había anunciado a Felipe de Acuña en una afectuosa carta de felicitación.

Unos meses después de tan prometedora acogida, tiene lugar el pronunciamiento de Sagunto que protagoniza el general Arsenio Martínez Campos y, como consecuencia, Antonio Cánovas del Castillo se convierte en el hombre fuerte de la nueva situación. Tras los convulsos años del Sexenio (Gobierno provisional, reinado de Amadeo I, proclamación de la Primera República, golpe de Pavía, república unitaria o dictadura de Serrano), Cánovas se afana en consolidar los cimientos de la restaurada monarquía constitucional, razón por la cual cree imprescindible recomponer las relaciones con la jerarquía católica, muy deterioradas durante los últimos años. La persona elegida para esta misión es Antonio Benavides y Fernández de Navarrete, que en el mes de marzo del año setenta y cinco recibe el nombramiento que lo convierte en Embajador Extraordinario y Plenipotenciario cerca de la Santa Sede. Dos son los principales objetivos que le han encomendado: acelerar la llegada a España de un nuncio papal y disipar las simpatías que algunos círculos vaticanos muestran hacia el pretendiente carlista.

Instalado en el antiguo Palacio Monaldeschi, el embajador comienza a moverse con soltura por los vericuetos vaticanos. Además de los asuntos oficiales, el señor Benavides también se ocupa de otros temas más personales o familiares. A finales de mayo, su hermano Francisco de Paula, por entonces obispo de Sigüenza, es nombrado Patriarca de las Indias y, unos días después, Vicario General de los Ejércitos y de la Armada. De la primera dignidad toma posesión inmediatamente «al tenor de Bulas Pontificias»; de la segunda, el 15 de septiembre en virtud del Breve Pontificio de facultades espirituales expedido por Pío IX. Como quiera que los asuntos que le han llevado a la embajada de la plaza de España discurren por el sendero esperado, parece llegado el momento de tomarse un pequeño respiro. Cuando el verano está a punto de finalizar, don Antonio y doña María Antonia reciben en palacio a Rosario de Acuña y Villanueva, su sobrina poeta (⇑), que ha llegado desde Madrid para pasar en la Ciudad Eterna unas inolvidables semanas. 

La joven cuenta con veinticuatro años de edad y aquella parece ser una magnífica ocasión para complementar una formación que, por imperativos de la conjuntivitis escrofulosa que padece desde niña, tuvo por protagonistas a su madre, su padre, la naturaleza y los viajes. Había visitado diversos lugares de España (ese mismo año, tan solo unos meses antes, pasó una temporada en Andalucía), había estado en, al menos, dos ocasiones en Francia (⇑) y ahora podía conocer aquella nueva tierra y aquellas nuevas gentes. Contemplar la milenaria Roma y también descubrir otras regiones de Italia («Venecia sin flores sería una sirena sin joyas, una hermosa mujer sin sonrisas; he aquí lo que son las flores en Venecia; la ramilletera es el hada encantadora, dueña de tan riquísimo tesoro...»). De la ciudad de los canales escribió y, salvo que lo hiciera de oído, cabe pensar que allí estuviera por más que el texto fuera datado en «Roma, septiembre de 1875».

Aunque no viviera por entonces uno de los momentos de su máximo esplendor (de hecho, la capital de la Italia unificada estaba en aquel momento menos poblada que su Madrid natal), las huellas de su pasado afloraban en cualquiera de los itinerarios que pudiera realizar desde la plaza de España, ubicación de la embajada en la que ella estaba alojada. Ante sus ojos, liberados a lo que parece de las «úlceras perforantes de la córnea» que de manera intermitente solía padecer, surgen los vestigios de una historia imaginada: el Coliseo, los Foros, el Circo Máximo, el castillo de Sant´Angelo, las termas de Caracalla, el panteón de Agripa... Allí, bajo la gran bóveda coronada por una abertura cenital, el óculo, se detuvo ante el sepulcro de un pintor renacentista de nombre bien familiar para ella. De aquella visita brotaron unos versos titulados «Ante la sencilla tumba de Rafael»  (¡Bruñida piedra inerte,/ que separas la vida de la muerte;/ con la tranquila inspiración del alma/ te saludo al mirarte;/ que para honrar tu calma/ es el medio mejor de saludarte!/...). Quizás aquel nombre fuera tema de conversación en alguna de las veladas familiares habidas en la embajada, pues –además del artista de Urbino– también se llamaba Rafael su novio (⇑), y no sería de extrañar que con la joven invitada se hablara del pasado y del futuro de los unos y de los otros, No solo de los Acuña y de los Benavides, también de los Godínez. Y en la familia de doña Antonia estaban de celebración, pues hacía pocos meses que habían recibido un nuevo retoño. Se llamaba Manuel y era hijo de su sobrina Luisa Godínez y Miura y del capitán de navío Manuel Baldasano Topete. Aquel niño también inspiró unos versos a él dedicados («Nunca te vi, pero sé/ que tu imagen en la tierra/ reflejo del alma fue,/ y el alma, aunque no se ve,/ del ángel la forma encierra./...»).

Pero Roma no solo fue la capital de un imperio, también lo es de una de las religiones más extendidas del mundo. La visita no sería completa sin conocer las catacumbas, las basílicas paleocristianas y, por supuesto, el Vaticano. Por suerte para Rosario, su tío gozaba por entonces de una situación privilegiada que, sin duda, le facilitarían las cosas en aquellos lugares: la plaza de San Pedro, la basílica, los museos... la Capilla Sixtina. Para que nada faltara, fue recibida en audiencia privada por el papa Pío IX, lo cual resultó ser un momento inolvidable, tanto que –a pesar del cambio radical que no tardando iba a experimentar su valoración acerca de la Iglesia católica– conservó durante décadas la corbata morada que llevó en aquella ocasión, sobre la cual y sobre su cabeza puso la mano el pontífice para bendecirla. 

Federico Faruccini: Cola di Rienzo contempla le rovine di Roma, 1855 (Pavía, colección privada)
Transcurridas ya varias semanas desde su llegada, es hora de iniciar el regreso. En el equipaje se lleva muchas sensaciones, algunos textos, ya en prosa ya en verso, escritos en aquellos días y que verán la luz en las semanas venideras; una deuda de agradecimiento por el afecto con el que la acogió su anfitriona, de la cual dejará constancia en la dedicatoria de una de las poesías que publicará en su primer poemario («A mi querida tía la Excma. señora doña Antonia Godínez de Benavides en prueba de cariño y consideración»). También se llevó con ella una historia, la de Nicolás Rienzi, un romano del siglo XIV que  ansiaba restituir la pasada grandeza de Roma. De aquella semilla romana surgirá pocos meses después Rienzi el tribuno, su primera obra dramática y su primer gran éxito, una obra en verso, en dos actos y epílogo, estrenada en el madrileño teatro del Circo la noche del sábado 12 de febrero de 1876, que obtiene el aplauso del público (⇑), la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional.





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