domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

lunes, 13 de enero de 2020

204. «La vida revolucionaria de Rosario de Acuña», por Raquel C. Pico


Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar. Lo demás son incertidumbres. Ignoro si lo que cuento resultará interesante para quienes lo leen, blanco sobre negro, en todo tipo de pantallas, en cualquier lugar del mundo. No sé si llegan hasta el final o abandonan pronto su lectura. Desconozco si, avivado su interés por conocer más cosas acerca de nuestra protagonista, clican en los enlaces que aparecen en el escrito... Cierto es que, una vez publicado el comentario, la plataforma Blogger proporciona algunos datos al respecto: te cuenta cuántas personas lo han leído, desde que país lo han hecho o qué tipo de navegador han utilizado. Pero esa información tan solo aporta números, cantidades... Lanzo al mar la botella con el mensaje y tan solo conozco el número de ondas que se forman cuando toma contacto con el agua. 

Por fortuna, de vez en cuando recibo en la cuenta de correo (info.rosariodea@gmail.com) escritos que prueban que el mensaje ha llegado a su destino. Por fortuna, en ocasiones leo en algún libro que hay quien ha descubierto el testimonio vital de Rosario de Acuña y Villanueva gracias a alguna cosa que he publicado, quizás algún comentario como este. Por fortuna, de tanto en tanto me llegan noticias acerca de nuevos sitios en Internet que, o bien incluyen enlaces tanto a este blog como a la página a la cual complementa (⇑), o bien hacen mención a alguno de los trabajos que he publicado en formato papel.

Este es el caso del escrito que da título a este comentario: La vida revolucionaria de Rosario de Acuña, escrito por Raquel C. Pico y publicado en Librópatas.com, un espacio dedicado a los libros. Aunque recuerdo haberlo leído tiempo atrás, fue hace un par de semanas cuando, rebuscando en la Red, volví a toparme con él, y en esta segunda lectura encontré algo más que el testimonio de una persona que había recogido la botella y había leído el mensaje que se encontraba en su interior. No solo lo había leído, sino que había quedado atrapada por la fascinante historia de la mujer que protagoniza este blog. La pormenorizada descripción que realiza Raquel acerca de su inesperado encuentro dominical con Rosario de Acuña es un buen ejemplo de lo que suele ocurrir cuando su figura abandona los escondrijos del olvido: «Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad». Su experiencia no solo es una gratificante respuesta al mensaje enviado en aquella botella, sino que también se convierte en un potente acicate para continuar colaborando en la tarea colectiva de recuperación de su valioso testimonio vital (⇑). Parece demostrado que sigue siendo necesario suministrar argumentos a la casualidad.

Cuando empiezo a escribir un comentario como este, tan solo tengo claro lo que quiero contar... también por qué lo hago.


* * *


Imagen que acompaña el texto de Raquel C. Pico


Tiendo a apuntar las cosas en folios que doblo y pongo en algún lugar en el que estoy convencida que llegado el momento encontraré, aunque eso luego no pasa. Por tanto, no he sido capaz de encontrar la lista original de autoras que había creado cuando por primera vez me planteé leer durante un verano a literatas decimonónicas olvidadas. Recuerdo que no eran muchas y creo que rondaban las cinco, con unos cuantos signos de interrogación para cerrar el listado e indicarme que tenía que encontrar más nombres que resultasen atractivos para leer. Estoy casi segura de que en ese listado no estaba Rosario de Acuña. De hecho, estoy igualmente casi segura de que en este listado no habría entrado Acuña de no haber sido por una casualidad.

Y la casualidad viene en forma de compra del Día del Libro. Entre los muchos libros que me compré ese día –en una clara invitación a la ruina– estaba una edición de El crimen de la calle Fuencarral [ enlace (⇑) ], de Benito Pérez Galdós, una lectura en mi lista de ‘cosas que tengo que leer’ desde que en la facultad de Periodismo algún profesor había señalado que el principio de la prensa amarilla en España estaba en la cobertura de ese crimen. Los medios, nos había dicho, no tenían mucho que contar porque era verano y se habían lanzado con uñas y dientes a por el drama. He olvidado quién lo contó y en qué clase, pero no que quería leer las crónicas que Galdós había escrito sobre ello. La única edición contemporánea que tenía localizada de esas crónicas es la que compré, una edición en papel de Ediciones 19. La edición recupera las crónicas de Galdós y recupera también un texto escrito por una mujer, Rosario de Acuña, sobre el mismo crimen.

Decidí, porque no sabía muy bien cómo había sido la historia del crimen, saltarme la introducción preliminar del experto (Macrino Fernández Riera) que acompañaba al texto (ya sabéis, esas introducciones son un nido de spoilers) y empezar por el texto de Rosario de Acuña. Acuña no hace una crónica del asesinato, sino una reflexión sobre los tres investigados principales– o mejor dicho los tres protagonistas principales de la trama, que es interesante pero no tanto –al menos para la lectora actual que busca la crónica periodística– como las crónicas que Pérez Galdós dejó publicadas.

Cuando llegué a la página final del texto de Galdós, el segundo de la edición tras el de Acuña, y con ambos textos leídos quise saber más sobre aquel crimen y sobre el papel de los medios en el tratamiento del mismo, así que volví al principio y a la introducción de Macrino Fernández Riera. Y ahí fue donde me caí por lo que en inglés llaman ‘agujero de conejo’ y que es lo que a tantas nos pasa cuando entramos en la Wikipedia. Claro que lo que me hizo perder un domingo entero (empecé a leer El crimen de la calle Fuencarral con el café de media mañana y acabé de encadenar materiales de lectura y audiovisuales cuando estaba empezando a anochecer) no fue tanto el crimen en sí, sino la historia de la mujer que había escrito la primera de las dos crónicas sobre el tema.

Cuando Rosario de Acuña escribió su texto sobre el crimen de la calle Fuencarral era ya una mujer polémica, una escritora que había pasado de ser la gran señorita prometedora que escribía poesías de la alta sociedad a la que pertenecía a una mujer separada de su marido que se había proclamado librepensadora. Leí la breve biografía que aparece en el apartado que le dedican en Cervantes Virtual (y descubrí ahí que además había tenido una larga y profunda relación con un hombre 17 años menor que ella, lo que la convierte en una todavía más adelantada a su tiempo), vi el documental que en los 90 emitieron sobre ella en La 2 y que ahora está a la carta en la web de RTVE (y que es muy noventero en su estructura, sus recursos y en hasta lo que cuenta de ella…) y me descargué (de forma completamente legal: el link lo podéis encontrar en Cervantes Virtual, que es una página ‘seria’) la biografía – libro de historia del XIX Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato [enlace (⇑)], de Macrino Fernández Riera.

Y así me pasé lo que quedaba de la mañana y la tarde descubriendo la revolucionaria biografía de Rosario de Acuña, una mujer sobre la que mientras leía no paraba de pensar que bien se merecía una serie en Netflix y no sé cuántos telefilmes más.

Una chica de familia bien

Rosario de Acuña nació el 1 de noviembre de 1850 en Madrid, en el seno de una ‘familia bien’, de la que fue hija única. Se suele decir que la escritora era condesa, aunque nunca usaba su título. Fernández Riera pone el dato en cuarentena analizando los recopilatorios de títulos nobiliarios. Lo más probable es que la escritora nunca haya sido noble.

Aunque ella no haya sido condesa, eso no quiere decir que su familia no estuviese dentro de la alta burguesía del período isabelino o al menos muy bien relacionada con ella. Su padre llegaba desde una de las ramas segundonas de una familia noble y su madre era la hija de un médico bien situado. Acuña formaba parte por tanto de un entramado social favorecido.

De hecho, no hay más que ver cómo su familia pudo responder a uno de sus problemas de la infancia para verlo. La futura escritora fue una niña enfermiza (padecería de la vista hasta una operación cuando ya tenía 35 años) y podía permitirse ir a tomar baños de mar o refugiarse en las posesiones en el campo familiares para recuperarse y mejorarse.

Su condición de niña enfermiza hizo que no fuera enviada a estudiar fuera de casa y que sus padres se encargasen directamente de su educación. Su padre, sin ser un revolucionario, era un hombre ilustrado y Rosario de Acuña adquirió conocimientos que otras niñas de su época no consiguieron adquirir. A finales de la década de los 60, la familia se muda a Francia, donde Rosario de Acuña vivirá un tiempo. También pasará unos meses en Roma, viviendo en casa (palacio) de su tío, embajador español ante el Vaticano.

Cuando vuelve a España y la familia se instala a mediados de los 70 en Madrid, Rosario de Acuña es ya una joven mujer, que no solo ha conocido mundo sino que además ha empezado a escribir – y publicar – poesía. Entonces, es una de esas jóvenes acomodadas que están intentando hacerse un hueco como escritoras, aunque aún no será la mujer totalmente revolucionaria, la pionera feminista (aunque aplicar el término feminismo sea usar el lenguaje de ahora) que será más tarde. Aunque eso no quita que con lo que ha hecho hasta ese momento Acuña ya hubiese debido aparecer en listas de escritoras del XIX.

Pero volvamos a Madrid: la escritora se convertirá en un éxito literario gracias a su primera obra de teatro. Rosario de Acuña se inspira en una historia real para crear Rienzi el tribuno, una obra de teatro que se estrena en el Teatro del Circo, en Madrid, en enero de 1875 con mucho éxito de público y de crítica. Era la primera vez en 20 años que una obra firmada por una mujer se representaba en uno de los teatros principales de la ciudad. Acuña no había firmado la obra, pero ante la insistencia del público durante el estreno sale al escenario a ser ovacionada y asumir su autoría. Como apuntan en el documental que hace ya muchos años le dedicaron en La 2, un literato señaló entonces que era “una mujer muy poco femenina” a lo que otro le repuso que en absoluto. ¡Si estaba a punto de casarse!

Casarse la ponía seguramente a ojos de ese interlocutor lo suficientemente cerca de la idea del ángel del hogar imperante en ese momento como para no parecer una mujer peligrosa.

Un matrimonio no bien avenido

Rosario de Acuña se casó porque se había enamorado (o al menos eso es lo que apuntan en todas las fuentes). El elegido era Rafael de la Iglesia y Auset, un joven militar de familia también bien posicionada en la alta burguesía de la época. Casarse con él era lo que se podría esperar de la época, pero también era –teniendo en cuenta la época– una decisión mucho más compleja que lo que puede parecer. Era casi como un salto de fe.

Las leyes que regían la vida privada en el siglo XIX en España eran muy duras para las mujeres, pero especialmente para las mujeres casadas (sobre las dinámicas familiares en la España de la Restauración, la mejor lectura que conozco es, sin duda, Sangre, amor e interés: la familia en la España de la Restauración, de Pilar Muñoz López). Una mujer casada era a ojos de la ley casi como un niño: cuando se casaba, su marido debía comprometerse a protegerla y ella debía asumir obediencia. Una mujer casada no podía ni siquiera disponer de sus bienes, como recuerda por su parte en el libro sobre Rosario de Acuña Fernández Riera.

¿Se conocerían suficientemente bien en este caso los recién casados? Fernández Riera señala que tuvieron que estar separados varias veces antes del matrimonio (1875) por los datos biográficos que se tienen de ambos. Además, no es difícil imaginar que el contacto entre ambos estaría limitado a los eventos sociales en los que se movían.

Sea como sea, tras casarse el matrimonio se fue a Zaragoza, a donde habían destinado al marido. Acabarían volviendo a Madrid e instalándose en Pinto, entonces una zona rural cerca de Madrid y bien comunicada por tren que cumplía con lo que Acuña buscaba. Entonces, la escritora ya empezaba a mostrar un alto interés por la naturaleza y a considerar que vivir en el campo era lo más recomendable en términos de calidad de vida. El tiempo en común en Pinto era además una suerte de última oportunidad para enmendar un matrimonio que hacía aguas y que acabaría fracasando por completo en 1883. Rosario de Acuña –posiblemente tras descubrir que su marido le era infiel– se separó de Rafael de la Iglesia y empezó una nueva –y escandalosa, por tanto– vida como mujer separada.

Rompiendo convención tras convención

Y es aquí posiblemente cuando para quien lee esta historia desde el siglo XXI la biografía de Rosario de Acuña empieza a convertirse en mucho más interesante. Porque la autora no es solo es una escritora del XIX, sino que además es una mujer que rompió con muchísimas convenciones. En la época en la que Rosario de Acuña se estaba separando de su marido, falleció su padre, al que estaba muy unida. La muerte de su padre la sumió en un proceso del que solo la sacó, según explicaba ella luego, la lectura accidental de un periódico, Los Dominicales del Libre Pensamiento, un semanario de reciente creación y de filosofía librepensadora. En 1884, Rosario de Acuña publica en ese semanario una carta declarándose librepensadora. Es el punto de no retorno en sus relaciones con la alta sociedad de la que había salido y el comienzo de una carrera como autora laicista, republicana, defensora de los derechos de la mujer (aunque esto no es exactamente una novedad: antes ya iba en esta línea) o de la clase obrera, de la que ya no se separará hasta su muerte.

Ser una mujer que escribe estas cosas y en ese momento y que adopta estas posiciones de una forma tan pública no era en absoluto fácil. La vida de Rosario de Acuña estará llena, por tanto, de escándalos, de problemas, de futuros problemas económicos y de exilios interiores y exteriores.

[...]

Nota. Pulsando en este enlace (⇑) accederás directamente al escrito íntegro de Raquel C. Pico, publicado el 7 de mayo de 2018 en el sitito Librópatas.com.



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miércoles, 1 de enero de 2020

203. Ninguno de los dos


Cuento con una base de datos que contiene información relativa a varios centenares de sus escritos. De ellos, alrededor de quinientos ya se encuentran a disposición de las personas interesadas en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑), donde pueden ser localizados mediante dos sistemas diferentes: bien sea por un enlace a cada una de las categorías (⇑) en que se ha divido su obra, bien sea por la búsqueda alfabética del título (⇑) requerido. En cuanto al resto, solo la perseverancia en las investigaciones –con el necesario aliño de la fortuna, ingrediente nada desdeñable en alguno de los anteriores hallazgos (⇑) – podrá depararnos la llegada de nuevas incorporaciones, por más que demos por hecho que algunos de esos escritos serán muy difíciles de localizar, ya sea porque nos conste su extravío (de alguna de esas pérdidas (⇑) era sabedora su autora), ya sea porque fueran destruidos, como suponemos sucedió con buena parte de las cartas que nuestra protagonista enviaba con cierta frecuencia  –ha escrito que dedicaba a diario un tiempo a la correspondencia– a muchas de las personas con las que, por diversos motivos, se relacionaba.

Copia de un fragmento de la sección de este blog donde se encuentra la relación alfabética de sus obras

Consciente de que esos centenares de textos –salidos de su pluma en el transcurso de más de cincuenta años–  estaban desperdigados,  albergaba el deseo de que pudieran ser reunidos y, tras  necesaria ordenación cronológica, vieran nuevamente la luz formando parte de una colección. Así lo dejó escrito en su testamento (⇑) firmado en la ciudad de Santander a veinte de febrero de 1907:

Dejo por ejecutores testamentarios de mi voluntad a don Carlos Lamo y Giménez y a don Luis París y Zejín, y encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso, recomendándole que para la colección y publicación se atenga al orden de las fechas, con la cual podrá seguirse la evolución de mis pensamientos. 

Por la amistad que mantenía con su familia, a Luis París lo conocía desde niño. Más tarde, compartirán esfuerzos en defensa de la libertad de conciencia. En el mes de mayo de 1884, con veintiún años recién cumplidos, este joven estudiante de Medicina proclama su adhesión a la causa del librepensamiento que defienden Las Dominicales del Librepensamiento (meses después hará lo propio nuestra ilustre protagonista). No tardará en llevar a la práctica lo que antes había manifestado por escrito, pues él será uno de los líderes de las protestas (conocidas como «sucesos universitarios de la santa Isabel») que los estudiantes madrileños protagonizaron en defensa del profesor Morayta, a quien la prensa confesional acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso 1884-85. Su firma encabezará la carta que los huelguistas envían a doña Rosario, agradeciendo su oferta (⇑) de asumir el pago de la matrícula al alumno más aventajado que, por negarse a entrar en clase, perdiese el derecho a la matrícula de honor. Luego vino la publicación de Gente Nueva, donde París analiza las «personalidades y los trabajos» de un grupo de disidentes (⇑) entre los cuales tan solo figura una mujer: Rosario de Acuña («sencilla en su estilo, genial en el procedimiento y apasionada de todo cuanto significa progreso nacional»). Años después encontramos al médico librepensador volcado en el mundo de los escenarios: autor de libretos de zarzuela, gerente del teatro Real, director de escena... Su amiga sabe de su dedicación y participa en el homenaje (⇑) que se le dedica en 1909 («Sigue trayéndonos el arte a trazos grandes, sublimes, heroicos, y ya que gracias a ti, los españoles hemos vislumbrado el ritmo de la armonía universal...»). Del encargo testamentario, nada sabemos.

En cuanto a Carlos Lamo, su heredero universal, admirador, discípulo, compañero inseparable durante las últimas décadas de su vida... y ejecutor testamentario, sí que somos conocedores de su empeño en evitar que la memoria de doña Rosario quedara envuelta en las entretelas del olvido. A pesar de no recibir ingresos económicos regulares, a pesar de verse obligado a ir vendiendo poco a poco los bienes heredados (⇑), se las fue ingeniando para mantener vivo el testimonio de tan «excelsa mujer». Coincidiendo con el aniversario de su muerte, se celebra en el Ateneo Obrero de Gijón una velada necrológica en el transcurso de la cual Carlos sube a la tribuna para dar lectura a varias obras de «la cantera enorme que dejó doña Rosario». Así lo hace durante varios años. Hizo lo mismo en la localidad mierense de Turón, en la sucursal que el ateneo gijonés tenía abierta en el barrio de La Calzada.... Del encargo testamentario, nada sabemos.

Fotografía de Regina Lamo publicada en Mundo Gráfico, 24-4-1918
Ni uno ni el otro. Ninguno de los dos. Ni el amigo al que conocía desde niño ni el buen discípulo con el que compartió las últimas décadas de su vida. Fue Regina Lamo Jiménez, la hermana de este último, quien se esforzó hasta lo indecible por cumplir los deseos de su tía, por dar a conocer sus obras, por evitar que su ejemplar trayectoria vital cayera en el olvido. Tras la fallida velada del tercer aniversario (⇑) de la muerte de doña Rosario, fue ella la que tomó el relevo de su hermano. Elegida vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona en noviembre de 1928, organiza antes de que el año acabe una velada para honrar la memoria de su amiga Rosario. Tras la proclamación de la Segunda República, Regina redobla sus esfuerzos, que se van a ver en parte recompensados cuando a principios del año 1933 la Junta Municipal de Enseñanza de Madrid, a propuesta de Andrés Saborit, acuerde que uno de los grupos escolares de nueva creación lleve el nombre de nuestra protagonista. El 11 de febrero, con la asistencia de Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública, y Pedro Rico, alcalde de la capital, se inaugura el Grupo Escolar Rosario de Acuña, establecido en la calle de España, en el distrito de La Latina, que inicia su andadura con siete unidades: cuatro de niños y tres de niñas.

Al fin. Parece que en esta España, a la que tanto quería, hay gentes que no están dispuestas a consentir que el silencio entierre su testimonio. Regina se vuelca en cuanto tenga que ver con aquel colegio: participa en los actos previos a la inauguración y pone en marcha el Patronato Rosario de Acuña (⇑), que nace con el objetivo de enriquecer la actividad del centro escolar, programando conferencias para las madres, los padres y los alumnos de las clases de adultos, organizando actividades para los escolares en fechas señaladas o apoyando el funcionamiento del dispensario infantil. Todo para enaltecer a la mujer que daba nombre al colegio, una mujer por la cual sentía una gran admiración, como bien se puede deducir leyendo algunas de las cosas que por entonces escribe sobre ella:

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máxima impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos. Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos apostólicos romanos.
Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

Por esas fechas Regina se involucra en un nuevo proyecto editorial que tendrá a los niños por principales destinatarios, pues la publicación tiene el confesado objetivo de convertir los textos elegidos en material de lectura y reflexión para los escolares españoles. En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, en cuyas páginas los artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, fallecida diez años atrás, comparten espacio con las opiniones que algunos de sus contemporáneos habían pronunciado elogiando su vida y obra, la mayoría de las cuales ya habían aparecido en el folleto editado por el Ayuntamiento de Madrid al inaugurarse el grupo escolar que lleva su nombre. Reunir aquellos textos no le resultó nada fácil,  a juzgar por lo que cuenta en el Pórtico de la obra:

Siemprevivas y laureles acumulados flor a flor, rama a rama, en acarreo tenacísimo, por voluntad voluntariamente sostenida contra viento y marea. Contra propios y extraños.  Despreciando calumnias e insidias, que trataban de presentar mi propósito como maniobra de lucro personal. Con lágrimas, y sonrisas de dolor y desprecio, las regué y mantuve erguidas, laureles y siemprevivas con que fabricar el pórtico a estas obras de Rosario de Acuña, que ahora veré publicadas, como un sueño realizado a tanta costa…

A pesar de las dificultades encontradas, se muestra decidida a completar la tarea, a cumplir el encargo testamentario de su guía, amiga y tía, aunque lo haga de aquella manera, aunque sus obras no estén ordenadas por fechas, aunque su destino sean las escuelas. Claro está que para lograr su objetivo necesita de unos dineros de los que no dispone, y para conseguirlos llama a unas puertas y a otras. También a las del Ayuntamiento de Gijón, a cuyos regidores dirige un escrito dando cuenta de la publicación de aquel libro destinado a los colegios de primera enseñanza: «y teniendo en cuenta los muchos años que aquí residió voluntariamente dicha señora y las muchas simpatías con que en Gijón cuenta, vea el Ayuntamiento el número de ejemplares que desea adquirir para los escolares gijoneses». Pues bien, trasladada la propuesta a la Comisión de Instrucción Pública, y siendo su dictamen contrario a la adquisición, la Corporación desestima comprar ejemplar alguno, por muy vecina y muy ilustre que hubiera sido la autora de aquellos escritos.

El proyecto Rosario de Acuña en la escuela queda truncado: el volumen que se había publicado como «Tomo I», se convierte en «tomo único», pues no tiene la prevista continuidad, quedando así la iniciativa frustrada. A pesar de los reveses, debió de seguir porfiando en su intento de dar a conocer las obras de la ilustre escritora, pues es probable que tuviera algo que ver en la nueva edición de El padre Juan que se realiza en el año 1938: en la ciudad de Valencia, con un prólogo de Regina (⇑),  la editorial Guerri, que por entonces firma sus volúmenes con el añadido «colectivizada», publica la que para algunos es su obra más emblemática. Seguro que no habría sido su último intento para cumplir la voluntad testamentaria de su amiga, pero las feroces fauces de la guerra  –y de la posguerra– se llevaron sus propósitos a la región de lo imposible.

«... y encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a don Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias...». Ni uno ni el otro. Ninguno de los dos.



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jueves, 19 de diciembre de 2019

202. Mujeres míticas


Ilustración incluida en la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Un buen día, consultando Asturias en el resurgimiento español (Apuntes históricos y biográficos) de Antonio López Oliveros, me detuve a analizar el índice onomástico que se incluía en aquella edición. Allí encontré más de quinientos nombres de personajes que, según el autor, tuvieron algún tipo de protagonismo en los sucesos que relata. Pues bien, entre esos cientos de referencias tan solo aparecen citadas tres mujeres. Ellas son: Veneranda García Manzano, maestra, escritora y política, diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; Matilde de la Torre Gutiérrez, de Cabezón de la Sal, folklorista, intelectual y política que fue diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; y Rosario de Acuña. El hecho, además de sorprendente, resultaba muy significativo, tanto por la cualificación del autor como por la trascendencia de la obra. A Antonio L. Oliveros se le puede considerar un testigo excepcional de la época que describe, pues ocupó la dirección del periódico El Noroeste desde 1917 hasta 1934, años en los cuales el rotativo gijonés desempeñó una notable influencia en la sociedad asturiana. Su libro, editado en 1935, pretende recoger los hechos más significativos de la vida regional sucedidos entre 1898 y 1934: el dinamismo de los indianos, el desarrollo del movimiento obrero, la huelga general de 1917, la revolución de 1934… Pues bien, de su lectura se deduce que quienes protagonizaron este periodo de gran significación en la vida de la región fueron los hombres, con esos centenares a la cabeza. ¿Qué hacían las mujeres mientras tanto? ¿Dónde estaban? Esas preguntas fueron el detonante de Mujeres de Gijón (1898-1941), donde intento darles adecuada respuesta.

Imagen de la portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)
Hombres eran los que dirigían la política, las empresas, las organizaciones obreras, los periódicos… Hombres los que se manifestaban, los que se ponían en huelga, los que acudían a asambleas, los que se agrupaban… Hombres los de la Extensión Universitaria, los del Ateneo, los de los casinos, los de los clubes deportivos… Ante esa evidencia, ante la constatación de la ausencia de mujeres en las crónicas de un periodo de gran interés en la historia regional y, especialmente, en la gijonesa, no pude menos de preguntarme ¿qué hacían las mujeres mientras tanto?, ¿dónde estaban? La búsqueda de respuestas a esas preguntas me ocupó varios meses en los que me vi obligado a ajustar la lente con la cual miramos el mundo. Con paciencia y enfoque adecuado las busqué en las fábricas, en las calles, en los bailes, en las casas… Al final, como no, las encontré. Allí estaban: en la Gota de Leche, en la Pescadería, en La Algodonera, en el matadero, cogiendo agua en La Pipa, manifestándose por las calles, en el Ateneo Obrero, en la playa, en las trincheras, en el Ayuntamiento, en la cárcel de El Coto, en la Escuela de Comercio, en el Sindicato de la Aguja, ante los tribunales, en la Fábrica de Tabaco, jugando a jóquey, en las Agrupaciones de Mujeres Antifascistas, en el teatro Dindurra, atendiendo la Cocina Económica, descargando pescado, en los conventos, en la Fábrica de Vidrios, huyendo de la guerra… Ahí están por centenares, con nombre y apellidos.

Estaban ahí. ¡Claro que estaban ahí! Solo era preciso buscarlas en el sitio adecuado y, una vez encontradas, darles la visibilidad adecuada. Eso es lo que ha venido haciendo en los últimos años el Ayuntamiento de Gijón que por estas fechas publica una agenda que tiene por únicas protagonistas a las mujeres. La de 2020 lleva por título Mujeres míticas de Gijón/Xixón y sus protagonistas  son –según escribe Ana González Rodríguez, alcaldesa de la ciudad– destacadas mujeres «que forman parte de nuestra cultura, de nuestra memoria colectiva, de nuestra idiosincrasia». Al lado de Rosario de Acuña, a quien se le dedica el mes de marzo, aparecen Xosefa Jovellanos, Les Cigarreres (las obreras de la fábrica de tabacos de Cimavilla), Esmeralda Maseda (la primera concejala del Ayuntamiento) o las mujeres dedicadas a los tradicionales oficios de la mar (las pescaderas ambulantes y con puesto fijo, rederas, conserveras).

«Recordamos con admiración su trabajo, sus reivindicaciones laborales, políticas y sociales, su obra artística y literaria. Su memoria se perpetúa desde el cariño, la admiración y el reconocimiento, manteniendo vivo su pensamiento feminista que ha contribuido a hacer de Gijón/Xixón la ciudad que hoy es».

Portada de la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Tanto la inclusión de nuestra protagonista en la agenda como las palabras de la alcaldesa, dan pie a pensar que algo parece haber cambiado en el Ayuntamiento con respecto a la figura de Rosario de Acuña. Tras varios años de atonía, me enrolé en la lista de quienes confiaban en que la llegada de una nueva corporación municipal podría restablecer el respaldo que, tiempo atrás y desde la plaza Mayor, se había prestado a todo cuanto tuviera que ver con la recuperación de su testimonio vital. Así lo manifesté en el escrito «Cuatro años por delante» (⇑), publicado en la edición gijonesa del diario La Nueva España el pasado 2 de julio, con la mirada puesta en 2023, año en el que se cumplirá el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Aunque ya han pasado unos meses desde entonces, aún se está a tiempo para hacer reconocible ese paseo que lleva su nombre y que, como se escribe en la agenda, «recuerda su paso por el Cervigón» (aunque casi nadie sepa que camina por él, pues nada hay que así lo informe); aún se está a tiempo de darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa. Lograrlo sería una magnífica manera de afrontar el reto del centenario: una oportunidad para dar visibilidad a esta mujer excepcional, «gran defensora de los derechos sociales y la emancipación de las mujeres». Confío en que Mujeres míticas, la agenda para el año 2020, sea un indicio de que, efectivamente, el Ayuntamiento de Gijón va a involucrarse en la organización del centenario de la muerte de una de sus vecinas más ilustres. Al fin y al cabo, toda caminata, por larga y exigente que sea, empieza siempre por un primer paso.




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domingo, 8 de diciembre de 2019

201. Alerta en la villa de Pinto


En lo tocante a las mudanzas, el proceso no siempre resulta todo lo satisfactorio que cabría esperar, por mucha ilusión que se hubiera puesto en el lance. Tal parece que el deseable arraigo de quien las realiza depende de algunas imprevisibles contingencias; que la adaptación a nuevos espacios, a nuevas gentes, a nuevas costumbres, requiere de esfuerzos que, en ocasiones, son difíciles de asumir, más aún si lleva aparejados cambios significativos en el rol que hasta entonces se venía desempeñando. Así sucedió en el obligado traslado de Madrid a Zaragoza, ciudad a la que  había sido destinado Rafael al poco tiempo de celebrarse la boda (⇑). Su nueva residencia queda muy lejos de su madre y de su padre, de los familiares escenarios capitalinos en los cuales se había desarrollado su infancia y juventud; también de sus amigos escritores (⇑)  y de la puerta que daba acceso al éxito literario que había entreabierto con el estreno de Rienzi.

Su nueva casa, sita en el camino de Torrero (sí, el de los muertos ⇑), estaba lejos de todo lo que le resultaba familiar y conocido, y en la primera línea de una imprevista realidad: la hipocresía ciudadana. Las calles ya no son el amable lugar donde había transcurrido su niñez y su juventud, extensión del espacio familiar de su crianza; ni siquiera las simpáticas estampas que contempla en sus viajes a Gijón, Alicante, Córdoba, Roma o Venecia. No. La ciudad, cualquier ciudad, eliminadas las vinculaciones afectivas que desprenden sus piedras y los lazos familiares que enraízan su trama urbana, es el desnudo escenario en el que sus habitantes muestran lo más profundo de su ser: sus miedos, sus creencias o sus esperanzas. Allí están los dos solos. Y las cosas entre ellos parece que no van tan bien como ella esperaba. Asoman los primeros síntomas de desesperanza y desengaño.

A la vista de los acontecimientos, es probable que el retorno a la capital, primero, y la instalación en Pinto, después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que, tras poco más de tres años de matrimonio, parece ser que está pasando por una profunda crisis. De ahí el comentario que hizo tiempo después, cuando escribió que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. De ahí también el traslado del militar, a finales de aquel año, a Alcalá la Real para trabajar como agente del Banco de España y su posterior renuncia al trabajo. Rosario y Rafael han decidido cambiar drásticamente su vida para intentar salvar su matrimonio, y aquella quinta situada a las afueras de una pequeña localidad del sur de la provincia de Madrid parece ser un buen lugar para ello, alejada de las futilidades urbanas y a pie de la estación del ferrocarril que le acerca a los suyos. Un cambio de escenario para un nuevo acto: de la alejada capital zaragozana con sus cerca de noventa mil habitantes a la cercana villa madrileña que cuenta con poco más de dos mil habitantes  (2230 según el censo de 1877 y 2421 en el del ochenta y siete).

A principios de 1881 su Villa Nueva está terminada y allí se instala la pareja, tras serle concedido a Rafael el preceptivo permiso para residir en la localidad  y su pase a la situación de supernumerario en el Ejército. Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los cuales, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Tal y como ella nos ha contado,  su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

Novillada en Pinto. Grabado de M. Vierge a partir de un boceto de M. Ubarrieta (Le Monde Ilustré, París, 14/9/1872)

La mudanza tiene visos de ser exitosa, que el cambio ha sido para bien. Claro está que siempre hay que contar con las imprevisibles contingencias, con los azares y acasos. Resulta que también aquí lo inesperado hizo acto de presencia, para enojo de la nueva vecina que habitaba aquella vivienda cercada de altas tapias:  «así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales». Por suerte para ella el Ayuntamiento de Pinto llevaba tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados; por suerte para ella al frente de la Dirección de Agricultura se encuentra un pariente suyo (Véase el comentario 128. El primo Pedro Manuel ⇑) y su padre se ha convertido en su mano derecha en el Ministerio. No hubo que esperar mucho tiempo para que se firmara la ansiada autorización que iba acompañada de una dotación de 3.000 pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, la nueva vecina se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver aquel asunto de los cristales:

Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

Esquela de Felipe de Acuña publicada por el Ayuntamiento de PintoTodo indica que aquella visita surtió efectos inmediatos.  La exposición de ganado del país se celebra en agosto del año ochenta y dos, coincidiendo con las fiestas en honor de la patrona de la villa. A la inauguración acudió el señor director de Agricultura, Industria y Comercio, acompañado de Felipe de Acuña y otros altos cargos del Ministerio de Fomento. Todos contentos. El pueblo de Pinto no podía menos que estar agradecido por los desvelos de su nueva vecina y por las gestiones realizadas por su padre, el jefe del negociado de Agricultura. Tendrá ocasión de demostrarlo meses después, cuando se entere del prematuro fallecimiento de su benefactor. (Véase el comentario 19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís ⇑).

Aunque la celebración de la feria de ganado pusiera fin al asunto de los cristales, la relación de Rosario de Acuña con sus convecinos tuvo sus más y sus menos, y las razones hay que buscarlas en una nueva mudanza, aunque en este caso no implicara un cambio de domicilio. La inesperada muerte del padre parece precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio (⇑): en el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia y Auset en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola; cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Ya no volverán a estar juntos. Huérfana de padre y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida: a finales del año ochenta y cuatro inicia su decidida lucha en defensa de la libertad de conciencia, da comienzo a su campaña de Las Dominicales (⇑); el sábado 20 de febrero de 1886 se apea en la estación de Pinto convertida en Hipatia, el nombre simbólico que había adoptado en la ceremonia de iniciación  que había tenido lugar en la logia alicantina Constante Alona. Tras la mudanza experimentada en estos últimos meses se había convertido en librepensadora y masona, lo cual estimulará alguna que otra reacción por parte de quienes están al tanto de tales asuntos.

Para la mayoría de la población la vida de esta mujer era todo un misterio, lo cual parece ser un buen caldo cultivo para que crezcan todo tipo de fabulaciones. Instalada en una casa rodeada de altos muros y situada a las afueras del caserío, casi nadie la conocía. Apenas salía, y cuando lo hacía era para recorrer el pequeño tramo que separaba su casa de la estación. Allí tomaba un tren para acercarse a Madrid o para iniciar una de aquellas expediciones que realizaba a lomos de un caballo recorriendo durante varios meses la geografía patria. Pocas eran las personas que podían haberla visto, pues no se la recuerda caminando por el pueblo, tampoco se la había visto nunca en la misa dominical. Y eso no pasaba desapercibido en una villa en la que la totalidad de sus habitantes se declaran católicos. En cualquier caso, también existe constancia de que durante el Sexenio germinó en la localidad alguna semilla de disidencia, que en el sesenta y ocho se constituyó un comité  progresista presidido por Francisco Ortiz de Lanzagorta; que un año más tarde lo hizo el comité republicano del distrito de Getafe, siendo elegido vicepresidente el representante de Pinto José Mondéjar Bautista; y que algunos de los disidentes de entonces aún mantienen activos sus ideales, como es el caso de Tomás Pareja, quien en los primeros años setenta fuera alcalde del «Ayuntamiento constitucional de la villa de Pinto».

No es de extrañar que sea en este reducido grupo donde Rosario de Acuña encuentre la mejor acogida; no es de extrañar tampoco que, cuando Las Dominicales del Libre Pensamiento pone en marcha una campaña para auxiliar económicamente a las víctimas de la epidemia de cólera que asola Murcia, acuda a ellos en busca de apoyo:

Ya saben ustedes mis propósitos de coayudar a sus elevadas intenciones respecto a los desgraciados habitantes de Murcia; pues bien; meditando cómo realizaría mis deseos, con una de esas intuiciones de mujer, adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento y buscando en mi memoria de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea… Miento, no era mi idea, era una idea semejante a la de mis amigos el señor don Ramón Herreros, medico titular de Pinto; el señor don Tomás Pareja, exalcalde republicano del pueblo; el señor don Federico Rubín, teniente alcalde en la actualidad, y el señor Lanzagorta, propietario. Sí, a todos estos señores, a quienes hablé y consulté mi proyecto, se les había ocurrido lo mismo que a mí, así es que no hicimos más que comunicarnos idéntica idea… 

Reunidos en su quinta los anteriormente citados, y alguna otra señora que se sumó al grupo, salieron a pedir por las casas del pueblo en la mañana del día dos de julio de 1885. Tan exitosa fue la jornada, que no pudo menos que coger la pluma para agradecer a sus convecinos tanta largueza: «¡Bendito sea Pinto!». Es comprensible el entusiasmo que rezuma su escrito (⇑), aunque aquella generosidad no implicara necesariamente un ejercicio de tolerancia hacia el semanario librepensador que promovía la campaña, ni hacia quienes integraban la petitoria comisión; lo más probable es que obedeciera a un ejercicio de caridad al que, según parece, la población debía de estar bien acostumbrada, pues no en vano cada año la superiora del colegio de niñas huérfanas de San José organizaba una rifa, con carácter benéfico y aplicación de sus productos en favor de dicho establecimiento. Fuera por la razón que fuera, Rosario de Acuña se mostraba entusiasmada con la respuesta de sus convecinos: «jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico». A pesar de aquella comunión coyuntural de sentimientos entre gentes de diversas creencias, los vigías del clericalismo reinante parece que estaban muy alertas para no dar tregua a quienes pudieran suponer un peligro para la religión católica, la única de la nación española.

Fábrica de chocolates de la Compaía Colonial (ilustración publicada en la revista Escenas Contemporáneas en 1882)

Pocos meses después de tan satisfactoria jornada, aquella señora apenas conocida que vive a las afueras de la villa (⇑) se apea del tren correo procedente de Alicante convertida en una hermana masona, en Hipatia. La noticia no tardará en conocerse, pues en la villa, aunque pocos, hay lectores de Las Dominicales y en el semanario se ha escrito al respecto. Algo más de que hablar. Los dimes y diretes no se aquietan, alentando los recelos, y estos, ciertamente, no debían de estar motivados por su condición de foránea, pues quince de cada cien  habitantes de la villa han nacido como ella en otros lugares de la provincia; incluso hay una treintena que vieron la luz en la vecina Francia, llegados probablemente cuando la Compañía Colonial, propiedad del también francés Jaime Meiric Saisser, abrió en Pinto una fábrica de chocolates. Tampoco cabe pensar que fueran debidos a su actividad literaria, pues en una casa no muy alejada de la suya residía Enrique Pérez Escrich, un exitoso escritor de novelas por entregas, autor de alguna tan conocida como El cura de aldea. Más bien parece que lo que motiva la atención y la alerta es el contenido, lo que escribe, el hecho de que sus escritos son obra de una activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia y, también, de una masona. Estos tres conceptos (librepensamiento, masonería, mujer) bastaban para alimentar –convenientemente aliñados– todo tipo de recelos, suspicacias y temores en la población, la mayoría de la cual no sabía leer ni escribir (siendo aún más alta la tasa de analfabetismo en las mujeres, y en ambos casos con porcentajes sensiblemente superiores a la media provincial).   

Paradójicamente, la estación del ferrocarril –una auténtica puerta abierta para la modernidad de la villa desde que en 1851 quedara conectada con la capital–, se convertirá en el principal instrumento activador de las alertas. El tren es el medio de transporte que utiliza Rosario para trasladarse a uno y otro lugar, para ir y volver a Madrid, para viajar a León e iniciar allí aquel largo viaje a caballo por las tierras del Norte (⇑), para retornar a casa tras la ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona. El tren será también el medio que utilicen quienes la visitan en su quinta campestre. Forasteros que se acercan de tanto en tanto a aquella casa apartada, de la cual tiempo hace que está ausente el marido de la propietaria, una mujer bastante joven, pues aún es treintañera. Allí se apean librepensadores, republicanos y masones como Rafael Sevilla (director de la Unión Democrática de Alicante) o Ramón Chíes (codirector de Las Dominicales del Libre Pensamiento), pero quienes los ven acercarse a Villa Nueva no tienen por qué saberlo. La llegada del ferrocarril a Pinto, que  había impulsado la demanda de fincas rústicas y urbanas del término municipal (en los años sesenta se habían vendido algunas de las viviendas más señaladas de la población, como una casa que había pertenecido al marqués de Pejas y otra propiedad del duque de Osuna y del Infantado), que había posibilitado la instalación en la villa de la fábrica de chocolate, también facilitaba la llegada de algunos foráneos un tanto sospechosos. La estación es la puerta de acceso. Y en el año 1888 habrá un mayor número de entradas y salidas con el mismo destino u origen: la quinta Villa Nueva.

Tras la larga expedición que había realizado el año anterior por las tierras del Norte, la de aquel año de 1888 debió de comenzar más tarde y durar bastante menos de lo acostumbrado, si consideramos  la intensa actividad que desarrolló por entonces en Madrid y sus alrededores: pronuncia dos conferencias (una en enero y otra en abril) en la sociedad Fomento de las Artes; en mayo vuelve al Fomento, en esta ocasión para escuchar a su amiga Ángeles López de Ayala; días después organiza una fiesta del librepensamiento que tiene por escenario su quinta campestre; a finales de junio se desplaza a la cercana localidad de Getafe para participar en la inauguración del colegio-asilo destinado a huérfanos de masones; pronuncia un discurso (⇑) en el acto de instalación de la logia Hijas del Progreso; escribe el folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), que es publicado antes de que concluya el año... Aunque los desplazamientos que requiere tanta actividad habrían de dejar un evidente rastro, de salidas y llegadas, creo que lo más significativo para el tema que se trata, tiene que ver con la fiesta anteriormente referida y con una de las dos conferencias.

Fragmento de la crónica de la fiesta celebrada por el Ateneo Familiar
Invitadas por Rosario de Acuña, unas cuarenta personas se trasladaron de Madrid a Pinto para participar en el banquete que había organizado su anfitriona. La llegada de tanta gente forastera, integrante de la sociedad Ateneo Familiar, no pudo pasar inadvertida para nadie. Su presencia fue conocida, mucho antes de que apareciera en las páginas de Las Dominicales la noticia sobre la celebración de esta fiesta. Tampoco es que los presentes hicieran nada por pasar desapercibidos pues, según cuenta el semanario, durante la velada «se bailó, se recitaron y leyeron poesías, se cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo».

Aquellos sones festivos no habrían hecho otra cosa que amplificar el eco de otro suceso acontecido algunas semanas atrás. El sábado 21 de abril la anfitriona de aquella celebración había pronunciado en el Fomento de las Artes la conferencia titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑),  que cosechó una dura respuesta por parte de la prensa confesional. El semanario tradicionalista La Hormiga de Oro, fundado por Luis María de Llauder, testificó solemnemente que la conferenciante «expectoraba las secreciones indigestas de su calenturienta pandorga», víctima de una «fiebre que la tiene cogido el cerebro», y esto de la calentura no debía de ser el único síntoma, pues el cronista diagnostica que el suyo es el «primer caso de deliriums tremens psicológico»; La Unión Católica, diario nacionalcatólico en cuyo consejo de redacción se encontraban figuras tan conocidas como Marcelino Menéndez Pelayo, Joaquín Sánchez de Toca o Alejandro Pidal y Mon, también se despachó a gusto con la conferenciante, y lo hizo desde el mismo inicio (⇑): «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Cabe suponer que cuando, días después, se celebra aquella fiesta en la quinta Villa Nueva, buena parte de los vecinos de Pinto ya conocen lo que se dice sobre su vecina, pues a no dudar que el párroco tendría alguna referencia de lo publicado en la prensa de orientación carlista o mestiza. Cuestión de tiempo; no tardando,  a quienes lo hubieran leído habría que sumar a cuantos lo hubieran escuchado de boca de sus vecinos más letrados.

Fragmento del artículo «Un discurso de Rosario de Acuña», publicado en el diario La Unión Católica

La situación debió de volverse un tanto incómoda para aquella mujer que recibe tantas visitas de forasteros, que tantos viajes realiza, que celebra animadas veladas en su vivienda. De tal calibre debió de ser el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, que Rosario acude a Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros y por entonces gran comendador del Gran Oriente Nacional de España, en demanda de auxilio. No tarda mucho el antedicho en ponerse manos a la obra, y en los primeros días de junio de este agitado año de 1888 le escribe una carta a Antonio García Cañabate, a la sazón director general interino del Ministerio de Gracia y Justicia, poniéndole al tanto del asunto. Le dice que la señora de Acuña «se haya amenazada de continuo por las autoridades municipales, que en su natural rusticidad creen terribles conspiradores a los literatos y publicistas que con frecuencia la visitan en su retiro». Tras apelar a la amistad que mantuvo con su padre político, el general Ros de Olano, le suplica «interponga cerca del juez de Getafe, a cuyo partido pertenece Pinto, su valiosa influencia para evitar a la señora de Acuña, tan digna de respeto y consideración por sus virtudes y talentos, las molestias que la rusticidad y malicia de los lugareños pudieran ocasionarle». El señor Cañabate le responde con prontitud. En carta fechada el ocho de junio, le dice que ese mismo día ha escrito «al juez de Getafe en el sentido que ustedes desean a fin de que sea, como debe, atendida la señora de Acuña». Por si no bastara con ello, el señor Vega, quien por entonces mantenía una fluida comunicación con la hermana Hipatia (⇑), se pone en contacto con el secretario de la Guardia Civil y con el gobernador civil de Madrid. Según le cuenta a la interesada, el primero ha dado las instrucciones pertinentes para que «el jefe del puesto de dicha población se ponga a las órdenes de usted»; en cuanto a la otra gestión, da por hecho que el gobernador «habrá escrito al alcalde para que se ponga a sus órdenes y en ningún caso y bajo ningún pretexto la moleste».

Fragmento de la copia de la carta que Alfredo Vega, vizconde consorte de Ros, envía a Antonio Díaz Cañabate (Archivo personal de Rosario de Acuña, Biblioteca Histórica Municipal de Madrid)

Al decir del señor vizconde consorte, todo está resuelto. Sin embargo, un mes después nada parece haber cambiado, según la propia interesada le hace saber a su comunicante en una carta fechada en Pinto el tres de julio. Las referidas recomendaciones todavía no han llegado a Pinto, por más que la villa cuente con una estación de ferrocarril desde el año 1851, y tanto los guardias civiles como el alcalde dicen no saber nada del asunto:

...aquí no ha dado señal de vida ninguna autoridad, y que habiendo yo, particularmente, preguntado al cabo del puesto de la Guardia Civil he sabido que no han recibido carta-recomendación alguna. Lo mismo he hecho con el alcalde, que es persona muy fina y que alguna vez me visita; tampoco ha recibido nada. Se lo digo solamente para que, estando en autos, no tenga que agradecer favores que no le hayan hecho: siempre es bueno saber a qué atenerse.

Desconozco si, al fin, las gestiones de don Alfredo Vega resultaron eficaces, si en algún momento, a lo largo de los tres años que aún permanecerá Rosario de Acuña en la villa pinteña, se desactivó la alerta vigilante que se cernía en torno a la quinta Villa Nueva. De no haber sido así,  el fisgoneo, las murmuraciones y, quizás también, las injerencias de las autoridades municipales, habrán continuado, pues ella no cambió un ápice,  mantuvo activa su lucha por la libertad de conciencia durante todo ese tiempo. Lo que sí sabemos es que cuando decida poner fin a la campaña de Las Dominicales (⇑), cuando se marche de Pinto (retornando primero a Madrid para curarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, y más tarde a las tierras del norte para iniciar en las riberas del océano una nueva etapa en su vida), en aquella villa la luz también terminará por atravesar la densa y negra capa del oscurantismo reinante: de tanto en tanto el corresponsal-distribuidor del semanario librepensador –que responde a las iniciales MC– solicitará al administrador del periódico un aumento en el número de ejemplares; y algunos vecinos, sin temer a las murmuraciones, proclamarán también –como antes hiciera la ilustre convecina– su adhesión a la causa.


«¡Bendito sea Pinto!»




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martes, 26 de noviembre de 2019

200. El buen discípulo


Fragmento de «La escuela de Atenas», de Rafael Sanzio (Museos Vaticanos)
Cuando me incorporé a la tarea colectiva (⇑) de recuperación del testimonio vital de Rosario de Acuña, di por bueno lo que contaban quienes sobre ella habían indagado anteriormente; no podía ser de otra manera. Por aquel entonces, tal y como he contado en el comentario 105. ¡Maldita neblina! (⇑), asumí que había nacido en 1851, que era condesa o que se había educado en un colegio de monjas.

A medida que iba profundizando en la investigación, encontré evidencias que me hicieron dudar de algunas de estas afirmaciones. Llegaron después los documentos que probaban que el apellido correcto de su marido era Auset y no Anset; que había nacido en Madrid y que lo había hecho en el año 1850 (⇑); que no contamos con fuentes que prueben su relación con un supuesto título de condesa de Acuña (⇑)... Asunto bien diferente es aquel que tiene que ver con la figura de Carlos Lamo Jiménez y con el tipo de convivencia que mantendría con doña Rosario: mantengo dudas razonables acerca de que fuera una «relación de pareja» (esto es, que Carlos era su amante o compañero sentimental, expresiones que se han venido utilizando al respecto), pero en este caso no dispongo de documento alguno que pueda respaldar mi suposición, aunque sí de algunos indicios que, a mi juicio, la sustentan.

Todo comenzó al leer la carta que en 1920 envía a José Nakens (⇑), director de El Motín, para agradecerle su mediación en la concesión del Premio Ayuso (y de las mil pesetas con que estaba dotado). La descripción que realiza de los pagos efectuados, los números de la rendición de cuentas del dinero recibido, convierten al escrito en una impactante radiografía de las penurias por las que está pasando aquella mujer:

Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca [...] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. [...] Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros. Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno. Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo...

Pero, bueno, ¿dónde estaba Carlos?, ¿qué hacía? Me resultaba difícil entender aquella situación: Carlos Lamo Jiménez era abogado, pertenecía al minoritario grupo de quienes en aquella España mayoritariamente iletrada había conseguido realizar estudios universitarios... Tenía por entonces cincuenta y un años, y estaba perfectamente capacitado para el desempeño de diversos trabajos... Dediqué tiempo a aquel asunto. Recuerdo que lo hablé con Lidia Falcón, sobrina nieta de Carlos, que me vino a decir que su tío abuelo no debía de estar muy interesado en las cuestiones crematísticas. Bien, vale, pero... cincuenta duros para rescatar alhajas empeñadas, sesenta duros para saldar deudas de comestibles, diez duros para pagar el carbón que se había comprado a fiado...

No consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista

Resumamos. No consta que en aquella casa de El Cervigón entraran más ingresos que las noventa y tantas pesetas mensuales (un poco más de las mil anuales a las que ella hace mención en su carta) de la pensión de viudedad de doña Rosario; no consta que Carlos tuviera a su cargo las tareas domésticas, que debieron de ser de la sola competencia de ella hasta el mismo día de su muerte, así lo evidencian algunos de sus escritos; no consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista; no consta que participara en aquellas jornadas interminables que comenzaban a las tres y media de la madrugada y concluían a las nueve de la noche... Creo suficiente lo hasta aquí apuntado para poder afirmar que la de Rosario de Acuña y Carlos Lamo no parece que haya sido una relación entre iguales. Y no siéndola, conviene recordar algunas de las cosas que ella escribió al respecto:

Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer: los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento, de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; y los dos, juntos, sufriendo, con la misma intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres...

Nada que ver. Suena bien diferente: sin limitaciones externas a su propio desarrollo; comparten dolores y placeres, con la misma intensidad, en el mismo grado; ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de la otra... Me cuesta mucho trabajo aceptar que quien – y no solo en el texto anterior–  proclama la equidad en la pareja (y lo hace en un escrito que, no lo olvidemos, fue el que provocó su exilio portugués ⇑), que quien lleva buena parte de su vida luchando contra la postergación que padece la mujer española, pudiera llegar a asumir una relación de pareja como la que, supuestamente, mantuvo con Carlos Lamo Jiménez, más propia de un sobrino (quizás un tanto consentido), que fue el parentesco que los próximos le atribuyeron. Sobrino era en Cantabria para José Estrañi, director de El Cantábrico, o para el doctor Magarzo; sobrino era en Gijón para Antonio López-Oliveros, director de El Noroeste, o para el joven periodista José Díaz Fernández que acudía de cuando en cuando a la casa de El Cervigón.

Si para los próximos era su sobrino, ¿qué era Carlos para ella?,  ¿cómo calificaba Rosario su relación con él? Al principio lo trató como amigo («Estimado amigo: Empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo...», así iniciaba una carta que le escribió en 1888 (⇑); «A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico...», contaba en 1891). Más tarde se referirá a él, y así lo hizo en varias ocasiones, como compañero («Decidimos que yo escribiría al general Burguete y que mi compañero iría, comisionado, a llevarle la carta, enterándole de la estulticia que se estaba cometiendo conmigo...»), lo cual pudiera ser razón suficiente para que se diera por válida la acepción coloquial del término («persona con la que se convive maritalmente»), desechando a priori alguna otra que, quizás, pudiera cobrar mayor sentido en textos como el siguiente:  «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 

En cualquier caso, no deberíamos olvidar que ella no es, para nada, una mujer timorata, a quien le importe gran cosa el qué dirán; no es de las que refrene su pluma por temor, por más que algunos de sus escritos le ocasionaran no pocos sufrimientos (⇑). Cabe pensar, por tanto, que de haber alguna razón para que no afirmase abiertamente que Carlos era su amante, compañero sentimental o cualquier otro término similar utilizado por entonces, en ningún caso pudiera ser atribuible a consideraciones de conveniencia social, a un deseo de no violentar las convicciones morales o religiosas de sus convecinos. Tampoco conviene pasar por alto que sus enemigos son poderosos y que, a buen seguro, no dudarían en arrojar sobre ella toda la munición que su supuesto adulterio les brindaría (recordemos que hasta 1901, año de la muerte de Rafael de Laiglesia, su estado civil era el de casada). Quienes afirmaron que  «ni era mujer ni española», quienes la calificaron públicamente de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias» no hicieron mención alguna, al menos que yo sepa, a su «vida licenciosa» ni caracterizaron a Carlos como «su amante».

Reseña necrológica publicada en El Cantábrico el 21 de julio de 1905Volviendo al sobrinazgo, parece conveniente que recordemos en este punto dos aspectos que bien pudieran aportarnos alguna luz acerca de la naturaleza de este vínculo. Alude el primero al hecho de que su condición de sobrino fue, de alguna forma, heredada, pues antes de serlo de Rosario, lo fue de su madre, Dolores Villanueva (así consta, por ejemplo, en las reseñas necrológicas aparecidas en El País y en El Cantábrico, en este último caso quien la escribe parece saberlo de primera mano, pues dice que es buen amigo de Carlos). El segundo tiene por protagonista a Regina Lamo, quien en un escrito de 1933 se refiere a la relación que ambas mantuvieron utilizando las siguientes palabras: «Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...» Ya antes había compartido sobrinazgo con su hermano llamándola públicamente «mi tía», ahora compartía con su padre la admiración que sentían hacia ella. Tal parece que, más que una relación de pareja, lo que se vislumbra es la existencia de otra más amplia que implica a los integrantes de ambas familias. Todo comenzó en la segunda mitad de la década de los ochenta, momento en el cual  nuestra protagonista conoce a los Lamo Jiménez (⇑): a Carlos, a su hermana, a su madre y a su padre.

A finales de 1884 los universitarios madrileños salen a la calle en defensa de la libertad de cátedra tras los ataques vertidos contra el profesor Miguel Morayta, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso. Rosario de Acuña no duda en salir a la palestra para defenderlos públicamente,  ofreciéndose a correr con los gastos de matrícula de uno de los estudiantes que, contando con el derecho de matrícula de honor, «lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra». Días después ofrece un banquete en un conocido restaurante madrileño (⇑) a una comisión de estudiantes y al propio Morayta. A partir de entonces compartirá ideales y esfuerzos con la juventud liberal, como ella misma contará tiempo después:

«Hace cuatro años que en fraternal banquete de protesta contra los sucesos del 19 de noviembre reuní a compañeros vuestros atropellados por la soberbia e insultante política conservadora. Desde aquella memorable fecha vengo consagrando mi inteligencia a la defensa de todos los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad, dispuesta siempre a aplaudir sus triunfos y participar de sus desgracias.» 

Estas palabras forman parte de un escrito titulado «A los estudiantes de Madrid», en el cual manifiesta su apoyo a la comisión que redactó un mensaje de adhesión a los universitarios sevillanos, quienes, unos días antes y aprovechando la visita a la ciudad de Cánovas del Castillo que lo hacía acompañado de quien fuera gobernador civil cuando se produjeron las protestas, se habían manifestado en gran número por las calles de la capital andaluza recordando «la improcedente conducta observada por don Raimundo Fernández Villaverde y sus secuaces contra los estudiantes de Madrid» cuatro años atrás. A una parte de la prensa le preocupaba que el recuerdo de los sucesos de la Santa Isabel, que la protesta sevillana se extendiera por el resto de las universidades españolas. Como quiera que el temor se incrementara cuando los universitarios madrileños publicaron su «entusiasta felicitación», hubo quien ya proponía que se procesase a la comisión que había redactado el escrito. Rosario de Acuña, una vez más, se apresuró a tomar la pluma para mostrar públicamente su apoyo a «los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad»:

Entusiasmada con el magnífico mensaje de adhesión que habéis suscrito a vuestros compañeros de Sevilla, y habiendo sabido que espíritus ruines y caracteres innobles intentan procesar a la comisión iniciadora y redactora de tan elocuente, profundo y digno escrito, me apresuro a poner en vuestro conocimiento que de aquí a cuando sea requerida por la Justicia (si así sucede) la susodicha comisión, suscribo con mi firma el documento. 

El primero de los doce nombres de la comisión redactora que figuraba al pie de aquel escrito era el de Carlos Lamo Jiménez, estudiante de veinte años de edad, alumno de tercer curso de la carrera de Leyes y domiciliado en la madrileña calle Montera, donde su padre tiene abierta una sastrería. Anselmo Lamo y Micaela Jiménez habían decidido abandonar su residencia en Úbeda para instalarse en Madrid con el objetivo de que su hijo Carlos y su hija Regina pudieran educarse en un entorno más abierto y tolerante. Su llegada a la capital debió de producirse a finales del año ochenta y dos o principios del ochenta y tres, y Anselmo no tardó mucho en encontrar los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en Jaén. A pesar de la manifiesta comunión de ideales con Rosario de Acuña, parece que no fue él sino su hijo el primero en entablar amistad con nuestra protagonista: Carlos es presidente de una entidad cultural denominada Ateneo Familiar que ha decidido nombrarla presidenta honoraria, y ella acepta el nombramiento (⇑). Unos meses después se convierte en anfitriona de una fiesta en su quinta de Pinto a la que acuden unos cuarenta integrantes del ateneo. Entre los invitados se encuentra la familia Lamo Jiménez al completo. En el transcurso de aquella velada de ambiente familiar se alabaron los méritos de los ateneístas, se recitaron poesías, se «cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo», y también se bailó. A la hora de los brindis, habló Carlos en calidad de presidente de aquella fraternal sociedad; lo hizo también Anselmo, quien «presentó sencillamente su vida como ejemplo de lo que pueden lograr la constancia y el trabajo honrado»; la anfitriona puso fin a las intervenciones con entusiastas palabras a favor de una trinidad presente y viva: «libertad, mujer y juventud».

Copia de la firma de Carlos Lamo en una de las solicitudes de matrícula en la Unversidad Central

«Libertad, mujer y juventud»... Anselmo Lamo era lector habitual de Las Dominicales del Libre Pensamiento (consta que a principios del ochenta y cuatro colabora en la suscripción abierta para pagar una multa impuesta al semanario), vocal en la directiva del Casino Democrático de Madrid, presidente de la sección de sastres constituida en la sociedad Fomento de las Artes, secretario del comité de Coalición Republicana del distrito del Congreso, y habría leído sus escritos en el periódico de Chíes y de Lozano, y habría escuchado sus conferencias en el Fomento: «Los convencionalismos» (⇑), que pronunció en enero y «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), tres meses después, en abril de 1888.  Ese debió de ser un año de gran significación en las relaciones entre los Lamo Jiménez y Rosario de Acuña, y más aún si consideramos que el 5 de abril tiene lugar la constitución del Grande Oriente Español a partir de la fusión de dos de las obediencias masónicas existentes en España. Tal era la importancia de aquella unión que la fecha dio nombre a una de las logias que se constituyó por entonces. Ni Rosario, ni Micaela, ni Anselmo, ni Carlos, ni Regina debían de andar muy lejos de las masonas y masones que la componían. Coincidirían con sus integrantes en los anhelos por conseguir una masonería más fuerte, más unida; abierta de par en par a las mujeres. También en la defensa del iberismo, tan querido por muchos republicanos de entonces, y que se habría de poner a prueba en 1890 con ocasión del ultimátum del gobierno británico a Portugal para que retirase sus tropas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique. Fue entonces cuando aquella logia decide enviar un escrito de apoyo. Lleva por título «La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués» (⇑) y está firmado por una nutrida lista de nombres, que encabeza el de Rosario de Acuña y entre los que se encuentran los de Anselmo Lamo y Micaela Jiménez, los de Carlos y Regina Lamo Jiménez.

Abandonaron las tierras de Jaén para que su prole pudiera educarse en un entorno más abierto y tolerante. Parece que lo están logrando. Carlos sigue los pasos de su padre y se ha convertido en un joven comprometido con la lucha por la «libertad de la patria» frente a los «ídolos innobles»: republicano como él (es procesado por publicar un artículo en el que afirma que no hay otro medio para el establecimiento de la república que el procedimiento revolucionario), librepensador como él (es elegido por el grupo cubano Roque Barcia como delegado en el Congreso de Librepensadores celebrado en Madrid en 1892), iberista como él (proclamando vivas a Portugal, a la península Ibérica y a la raza latina), admirador como él de aquella luchadora mujer. En abril del noventa y tres obtiene el grado de licenciado en Derecho.

La batalla de El padre Juan pone fin a su campaña de Las Dominicales (⇑). Unas fiebres palúdicas la llevan al borde de la muerte. En el verano del noventa y dos publicó un cuento en Heraldo de Madrid, precedido de una agradecida dedicatoria al doctor que la atendió en su enfermedad, en la cual anuncia que está pensando seriamente en marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano. Tan pronto como pudo tenerse en pie marchó a Galicia donde pasó algunos meses devolviendo la fortaleza a su debilitado cuerpo. Regresó a Madrid y en diciembre de 1893 presentó en el teatro Español el que habría de ser su último estreno: La voz de la patria. Tiempo después marchó de la capital, ahora para siempre, y en este viaje sí llevó consigo a Carlos Lamo Jiménez, por entonces más unido, si cabe, a quien era su guía, mentora y compañera, pues poco tiempo atrás había ingresado en la logia Española nº 176, con el nombre simbólico de Michelet.

En los últimos años  del siglo diecinueve tres personas conviven en una finca de la localidad cántabra de Cueto, por entonces situada a unos pocos kilómetros del centro de Santander. Se trata de Dolores Villanueva Elices, de su hija Rosario de Acuña y de su sobrino Carlos Lamo Jiménez. Fallecida su madre en 1905, Rosario continúa al lado de Carlos. Ambos se trasladan en 1909 a Gijón, instalándose en una casa situada sobre un acantilado, a las afueras de la ciudad. Allí los encuentra la Guardia Civil cuando en el verano de 1917 acuden para registrar la vivienda en busca de las proclamas de la huelga general:

Llega una mañana de agosto –olvidé la fecha– y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. El pariente que, hace ya muchos años, se abrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa y yo en el alto. Y como nuestra vida es racional, nos levantamos y acostamos con la luz del día. «¿Llaman?», nos dijimos por el hueco de la escalera. «Yo voy», dijo mi compañero, y salió a abrir.

Aquel pariente que un día decidiera seguir los pasos de quien, en palabras de su padre, era un «ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...», no solo la defendía de los villanos ataques, sino que también seguía sus enseñanzas, y como buen discípulo era capaz de hablar de avicultura (como hiciera en 1905 en Puente de San Miguel, en el municipio de Reocín, donde pronunció una conferencia titulada «Avicultura rústica») o de «La higiene en el hogar obrero» (que tuvo por escenario la sucursal de La Calzada del Ateneo Obrero de Gijón y con un título bien similar (⇑) a la leída por doña Rosario en el Centro Obrero de Santander en el año 1902). Lo que no hizo fue cumplir el encargo testamentario de «ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) [...] de todas mis obras literarias, publicadas o inéditas, en prosa o en verso». Será su hermana Regina quien pondrá todo su afán para intentar cumplir el deseo de su tía. A finales de la década de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones EC., que publicará la colección La Novela Blanca con una periodicidad quincenal. Las dos primeras entregas están dedicadas por entero a Rosario de Acuña: el número uno contiene los cuentos titulados El secreto de la abuela Justa, que da título al volumen, y El pedazo de oro, así como Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra; en el número dos, titulado El país del sol, se incluye un cuento homónimo y ¡España! (Estudio sobre España hecho para América). En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, con una selección de artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, destinados a la lectura escolar.

«Sus obras. Sus maravillosas obras eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotaron la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!».

Anuncio de la subasta de la casa de Rosario de Acuña (julio 1930)
¿Y Carlos? Desconozco cómo se las arregló a partir de la muerte de su mentora, a partir del momento en que dejaron de entrar en aquella casa las noventa y tantas pesetas mensuales de la pensión de viudedad de doña Rosario. Lo que sí sabemos es que obtiene la ayuda de algunos amigos de Galicia, Extremadura y Santander, así como de las logias alicantinas Numancia y Constante Alona, para hacer frente al importe de la lápida (⇑) (también del grabado y del transporte al cementerio de Ciriego) que se colocará en la tumba de su tía Dolores Villanueva con los versos del soneto que su hija le había dedicado. Sabemos también que en 1924 vendió la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla por mil quinientas pesetas; que a finales de la década inicia los trámites para vender la casa de El Cervigón (⇑) y que unos años antes, entre los expositores que concurren a la IV Feria de Muestras Asturiana, que se celebra en la ciudad gijonesa, figura Carlos Lamo Jiménez con una serie de objetos que se describen como «reliquias».

Probablemente no se encontrara entre los elementos expuestos la carta que Rosario de Acuña le escribiera a Fernando Mora en 1915, pero, sin duda, las frases que en la misma le dedicaba tenían  para él mayor valor sentimental que el resto:

 «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 




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