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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño, (Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑) (2005), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) (2017) y de Rosario de Acuña (⇑) (2019), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 21 de julio de 2019

194. La batalla de El padre Juan


Libertad-reacción. Caricatura publicada en El Motín en 1882
Cumple cuarenta años el primero de noviembre del año 1890 y ese parece el momento elegido para abandonar la lucha activa, para dar por concluida su campaña en Las Dominicales. Así lo había manifestado tiempo atrás («solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia...»), y los hechos posteriores parecen corroborarlo. El padre Juan (⇑) , bien pudiera haber sido concebido como el último acto, la última batalla de la intensa campaña que había iniciado a finales del año 1884, cuando anunciara públicamente (⇑) que se incorporaba «a este campo de glorioso combate» donde se enfrentan la luz y las tinieblas.

Buena conocedora de la eficacia del teatro como medio de propaganda, urde una efectista trama argumental: un joven vecino de una pequeña aldea asturiana pretende convertir la ermita de la localidad, comprada por una fuerte suma al obispado, en una casa de salud que aprovechara las aguas medicinales que afloran en sus proximidades. Ramón de Monforte, joven, rico, republicano y librepensador, tiene además el propósito de combatir con la instrucción las creencias supersticiosas que anidan en las gentes de aquel remoto lugar. Con la colaboración de su prometida Isabel de Morgovejo, pretende que la racionalidad empiece a anidar entre sus convecinos con la puesta en marcha de una escuela, una granja modelo y un instituto industrial que se construirán a su cargo. No obstante, la envidia y el fanatismo, sutilmente alimentados durante largos años por el magisterio del padre Juan, un franciscano de gran ascendencia sobre la población, darán al traste de manera trágica con aquellos proyectos de Isabel y Ramón.

La apología de la libertad de conciencia, del librepensamiento, que se realiza desde el inicio al final de la obra se apoya en un planteamiento claramente maniqueo: ensalza al protagonista, al joven librepensador, al que adorna de todo tipo de virtudes, convirtiéndole finalmente en mártir; al tiempo que demoniza al padre Juan, a quien, a pesar de no pronunciar ni una sola palabra a lo largo de los tres actos, convierte en la sombra que domina las conciencias del pueblo y en el responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista. Es muy fácil tomar partido: el bueno resulta muy bueno y el malo, malísimo.

La obra ya está escrita; resta ahora todo lo demás, que no es poco. Su autora llamó a muchas puertas, pero ningún empresario quiso participar en aquella aventura. Decidida como estaba a dar aquella última batalla, no le queda otra que poner todo de su parte, incluso su dinero, para lograr el objetivo. Forma una pequeña compañía con actrices y actores aficionados (entre ellos se encuentra Adolfo Matarredona, hermano del administrador de Las Dominicales), dirige los ensayos, alquila el teatro, cuida de los detalles de los decorados y el vestuario y, al fin, tras dos meses de preparativos, en la noche del viernes 3 de abril de 1891, con el oportuno permiso gubernativo, se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad aquel drama que ya no es histórico, que ya no es en verso.

Es probable que también hubiera sido suya la idea de pegar carteles por doquier con el título de la obra: «Hace lo menos una semana  que no podíamos doblar ninguna esquina sin ver pegado en ella un rótulo muy llamativo, impreso en letras de gran tamaño que nos llamaba la atención con estas palabras: EL PADRE JUAN». La expectación era grande y se llenó el teatro la noche del estreno. No hubo que esperar mucho para conocer la respuesta del público: antes de que concluyera el primer acto se escucharon los primeros aplausos, que volverán a sonar en numerosas ocasiones; al finalizar el segundo acto y entre las ruidosas aclamaciones que resonaban en  el local,  se pidió la presencia de la autora, pero uno de los actores aseguró que no se encontraba en el teatro.

Los gritos de los emisarios me despertaron sobresaltada. 
— Qué es eso, ¿vamos ya a la cárcel? –fueron mis primeras palabras. 
— ¡Al teatro! ¡Pronto, pronto que el público está delirante aplaudiendo y esperando! 
Los miré sorprendida, temiendo que se burlaran de mí; ¡tan lejos de la mente se hallaba aquel resultado! 
— ¿El público que está hoy en la Alhambra me aplaude y me llama?
— ¡Pronto!, siguieron diciendo mis amigos. 

 Llegó a tiempo. Finalizada la obra,  tuvo que salir varias veces al escenario hasta lograr que se fueran acallando los entusiasmados aplausos.

El público de los estrenos en los teatros de Madrid, no sólo había oído El padre Juan, sino que aplaudía y me llamaba: ¡qué sorpresa! [...] ¡Qué sorpresa para mí! Un público numerosísimo, compuesto de la crema social, haciendo suspender la representación para llamarme, haciéndome salir a escena cinco veces ¡Confieso que correspondía a su fineza, medio dormida y deslumbrada! ¡Se me figuraba estar soñando!

A poco de haber despertado, se dio de bruces con otra cara de la realidad. Casi al mismo tiempo que sus letrados convecinos leían en los periódicos capitalinos las críticas del estreno, don Teobaldo de Saavedra y Cueto, marqués de Viana y a la sazón gobernador de Madrid, cursaba la orden por la cual se suspendían las representaciones de la obra, prohibiéndose la venta de billetes para la función programada para ese mismo día. De nada le sirvió a doña Rosario exhibir el documento expedido por el propio gobierno civil días antes, en el cual se autorizaba «el estreno de la obra en tres actos y en prosa, de que es usted autora, titulada El padre Juan, y de la cual se han recibido en este Gobierno los dos ejemplares que previene el Reglamento de espectáculos públicos». Aunque cabría pensar que la mudanza de parecer del tal don Teobaldo pudiera ser achacable a su bisoñez en el cargo (no había transcurrido un mes desde que fuera nombrado), resulta más verosímil suponer que obedecía a la decidida voluntad del mismísimo ministro de la Gobernación, don Francisco Silvela. Receloso del entusiasmo mostrado por los librepensadores en la noche del estreno, también de la posibilidad cierta de que la euforia pudiera prolongarse en el tiempo, a medida que se sucedieran las representaciones   de aquella obra, considerada como un «escarnio a la religión» por parte de la prensa conservadora y confesional, el señor ministro optó por la prohibición, aunque con tan drástica medida la libertad de expresión se viera seriamente amordazada.

Y ese fue el campo en el cual diarios y revistas dirimieron sus disputas en los siguientes días. De un lado la prensa conservadora y confesional que aplaude la prohibición gubernativa por considerar que El padre Juan es una obra «repugnante», «encaminada a escarnecer creencias religiosas», «afrenta y deshonor de todo pueblo culto y honrado». Quienes se oponen a la medida adoptada, lo hacen esgrimiendo la afrenta que para la libertad de expresión supone la prohibición decretada por el gobernador civil. Uno de los periódicos más beligerantes es el diario republicano La Justicia que se muestra categórico en su valoración: «Si en España hubiera leyes, gobierno y tribunales, si aquí no se hubiese perdido por completo en las esferas del poder toda noción de la justicia y del derecho, a estas horas se hallaría el marqués de Viana cesante y obligado a resarcir a la señora Acuña de los perjuicios que con su caprichosa, arbitraria, injusta e ilegal medida le ha irrogado». El teatro, un  eficaz instrumento de propaganda, enfrenta a clericales y anticlericales, a la «buena prensa» y a la «prensa del demonio», a la «conservadora, carca y mestiza», con la librepensadora y republicana. El padre Juan se convierte de esta manera en un tímido anticipo de lo que, no tardando, acontecerá con otras obras que, como Electra, la obra de Galdós estrenada en 1901, fueron calificadas también de anticlericales.

Ciertamente, es obra militante, de propaganda de las ideas librepensadoras. La única de este tipo entre sus obras dramáticas conocidas. Tal parece que fuera concebida como su última aportación a la causa, la última batalla de la campaña emprendida a finales de 1884, la campaña de Las Dominicales. No cabe suponer, por tanto, que su autora fuera tan ingenua como para no contar con la previsible reacción de las poderosas fuerzas clericales. Ya lo había anticipado en su carta de adhesión: sabía que el camino por el que se había adentrado, el camino de la Verdad, era estrecho y estaba orlado de precipicios; contaba con que las alimañas más estrambóticas iban  a surgir a sus orillas... Vale, es probable que ya contara con el hecho de que estas cosas pudieran pasar, pero, en cualquier caso, el resultado de la batalla no parece que fuera muy positivo: ¡tan solo una representación! Meses y meses de preparación, meses y meses de esfuerzos... Al éxito de la noche del estreno le sucede la prohibición, el fracaso del resto de las noches...  Tocaba hacer balance del combate.

Comunicado de Rosario de Acuña tras la prohibición En cuanto a los daños, hay que dar por supuesto que no toma en consideración el apartado de insultos, injurias y calumnias, pues cuenta que no ha leído lo que han escrito contra ella (ni siquiera al crítico de La Ilustración Católica, un tal Mistigris, que muestra abiertamente su condición cuando le dirige las siguientes palabras: «¡Doña Rosario! ¿Por qué no se agarra usted a la aguja, y guarda sus literarias filigranas para la cuenta de la lavandera, para los lunes de la casa?...»). Los económicos no los puede obviar, pues ella corrió con todos los gastos de producción de la obra y tan solo recupera los ingresos correspondientes a la venta de localidades del día del estreno. Tenía vendidas las de la segunda función pero, tras la prohibición, ese dinero no llegó a sus bolsillos. Toca, pues, hacer algo al respecto para intentar minimizar las pérdidas. Puesto que tiene un teatro alquilado y obras en el repertorio que no escarnecen los religiosos sentimientos, decide poner en escena su Rienzi el tribuno.

Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances del combate, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!». Una parte de la España liberal, la que quiere una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo, había acudido esperanzada al teatro. Allí estaba Emilia Villacampa, la hija del general, «la hija del héroe» (⇑); allí estaba también José Nakens, el batallador director de El Motín; mucha gente ilusionada.  Si el solo anuncio del estreno de una obra suya había conseguido movilizar a unos cuantos de los que en aquella España claman contra el clericalismo, la prohibición logrará las adhesiones de muchos más. Un sector  de la prensa, minoritario en verdad, no se quedó callado y denunció el atropello, el ataque a la libertad, el sometimiento al poder eclesial, que se evidenciaba tras aquella prohibición.  Las páginas de Las Dominicales del Librepensamiento acogieron, semana tras semana, las cartas de apoyo que llegaban desde los lugares más diversos de la geografía patria. El semanario, que dedicó un amplio espacio al asunto, inició una campaña de apoyo a su colaboradora, recomendando encarecidamente a lectores y corresponsales la compra de un ejemplar de la obra suspendida. Muchas debieron de ser las personas que así lo hicieron, pues no tardan en agotarse  los ejemplares y a mediados de junio se pone a la venta una segunda edición.

Para el escritor Antonio Zozaya aquella batalla de El padre Juan no le había ocasionado a su autora más que perjuicios: «Muy pocas veces, tal vez ninguna, ha subido una mujer a tan penoso calvario. Las mujeres la desprecian, los hombres la insultan, los amigos la abandonan». Más optimista es la visión que le manifiesta la interesada en su carta de respuesta (⇑):

Amigo Antonio: Todas las obras de mi inteligencia están y estarán durante mucho tiempo, en plena cornisa; lo sé perfectamente, y quiero que usted también lo sepa para que no se extrañe de nada: oiga usted, como yo, con toda serenidad, el clamoreo de lobos, osos, zorras, águilas y cuervos; nuestro fin no es oírlo, y debemos procurar que no nos turbe. ¿Sabemos o no sabemos a dónde vamos? Este es el problema: si tenemos fe en el porvenir, si lo conocemos, ¿a qué preocuparnos de los peligros, escabrosidades y horrores del presente? [...]  En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!

El texto de esta carta de respuesta a Antonio Zozaya apareció en la edición de Las Dominicales correspondiente al 25 de abril de 1891. Fue uno de sus últimos escritos publicados en el semanario librepensador. La campaña se acaba. Lo había anunciado unos años antes: «solo me quedan tres años menos cinco meses para la crítica edad de cuarenta, en la cual he resuelto retirarme para siempre del trabajo activo de la inteligencia, marchándome, si puedo, a la América del Sur». Mudó el destino, pero se mantuvo firme en su voluntad de retirarse de la primera línea de batalla. A principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas y con cuarenta y un años cumplidos, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano». Y allí, se fue al fin. En la costa gallega, estuvo un tiempo; luego se desplazó a Cantabria. En Cueto, una localidad situada por entonces a unos pocos kilómetros del centro de Santander, pondrá en marcha una granja avícola. Atrás, muy atrás queda ya, la batalla de El padre Juan  que puso término a la campaña de Las Dominicales.


domingo, 7 de julio de 2019

193. Cuatro años por delante. El reto del centenario


La sede del Ayuntamiento gijonés a principios del siglo XX
El pasado sábado día 15 se constituyó el Ayuntamiento de Gijón: dieciséis concejalas y once concejales que, a buen seguro, llegan al salón de plenos con el decidido propósito de dar cumplida respuesta a los retos que el concejo tiene planteados, de satisfacer las demandas de la ciudadanía. Aunque doy por hecho que acuden con una mochila repleta de ideas, de ilusionantes proyectos, que intentarán llevar a buen término a lo largo de los cuatro años de mandato que tienen por delante, voy a atreverme a plantearles uno más, con la esperanza de que tengan a bien tomarlo en consideración.

Resulta que en 2023, coincidiendo con el final del mandato de este renovado consistorio, se cumplirá el centenario de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que en Gijón quiso vivir los últimos años de su vida, cumpliendo así un deseo que abrigaba desde que visitó la ciudad por primera vez, cuando tan solo contaba quince años de edad: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo, pues que la recorrí a caballo y a pie durante varios años…». En El Cervigón construyó su última morada y en el cementerio civil de El Sucu descansan sus restos desde el día aquel, una tarde gris y lluviosa del primer domingo del mes de mayo de 1923, en el cual una muchedumbre silenciosa acompañara su humilde féretro hasta una sencilla tumba, con sus iniciales grabadas por única distinción.

Cuando en 1908 llega a la ciudad esta ejemplar gijonesa (¿podemos acaso negarle tal condición a quien, no siéndolo por los azares del nacimiento, lo es por voluntaria decisión?), ya era bien conocida en el solar patrio por su largo batallar en defensa de la libertad de conciencia y en apoyo de los más desfavorecidos. Nacida en confortable cuna y convertida en reputada escritora (desde que, con tan solo veinticinco año y tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, alcanzara el aplauso del público y el reconocimiento de la crítica), decidió abandonar su cómoda situación para adentrarse en la otra orilla, allí donde se encuentran quienes, enfrentándose al omnímodo poder de la jerarquía religiosa, del pensamiento único, se afanan en cizallar las cadenas de oscuridad que aprisionan al pueblo español. Admira su lucha, su tenacidad, pero cree que nada podrán hacer sin contar con las mujeres. El hombre, por temor a considerarla su igual, ha preferido mantenerla en la ignorancia y ahora se encuentra con que su compañera se ha convertido en un dócil instrumento al servicio del púlpito y del confesionario. Combatan ustedes leyes, combatan ustedes a los prelados y a los gobiernos que se oponen al progreso de la libertad, que «yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Y vaya si lo hizo.

A punto de llegar a los sesenta, cansada ya de batallar, creyó hallar en los acantilados de El Cervigón la tranquilidad que andaba buscando. Se equivocó. Bien puede decirse que en esta última etapa, su compromiso social fue aún más intenso y evidente. Nada de lo que pasa a su alrededor le es indiferente y no puede menos que prestar todo su apoyo a quien más lo necesita: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en las trincheras africanas o europeas... Enterada de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Su escrito de repulsa (⇑) desató las iras de los universitarios, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales («Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje… »). Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», se encuentra ahora tan próxima a las personas desheredadas, a quienes sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una más entre ellas, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Tan próxima está, tan próxima la ven, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos de que en algún lugar de la finca habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

«No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de elevarse…» Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde que regresara del exilio, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a quienes sufren la marginación y la pobreza. La última visita tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas. El día de su entierro fueron numerosas las personas que allí se congregaron para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sirvan los párrafos anteriores como escueto resumen de su valioso testimonio vital (quienes quieran conocerlo con mayor profundidad pueden consultar la edición de las Obras reunidas (⇑), alguno de los libros que he escrito sobre ella o la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑), que desde hace diez años mantengo actualizada). Su recuerdo, sepultado durante décadas por la desmemoria, empezó a recuperarse a finales de los sesenta gracias al trabajo de Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal. Aunque aún era mucho lo que se desconocía, el eco difuso de algunos de los hechos que aquí se han recordado fue razón suficiente para que, poco a poco, floreciera en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A ellas se debe en gran medida que una asociación de viudas de la República, un coro femenino, un instituto (⇑) o una escuela feminista lleven su nombre.

Señoras concejalas, señores concejales, esta es la mujer de cuya muerte se cumplirán cien años en 2023. Su valioso testimonio vital forma parte ya del patrimonio colectivo, del patrimonio de la ciudad, y este centenario puede ser ocasión propicia para darle una mayor visibilidad. Sería deseable que la corporación municipal que ustedes integran tome la iniciativa en este asunto y prepare como se merece el importante evento que el calendario ha puesto en sus manos. Sería una buena forma de recuperar el protagonismo que en este tema tuvo el Ayuntamiento de Gijón tiempo atrás. A finales de los ochenta compró la que había sido su casa en, unos años más tarde tomó el acuerdo de denominar «paseo Rosario de Acuña» al tramo que va del sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia: se notaba entonces cierta sensibilidad hacia la figura de esta ilustre vecina. En los últimos años parece que la desmemoria ha vuelto a hacer de las suyas. Así, mientras su nombre recupera protagonismo en otros lugares (en 2015 un centro municipal en Pinto (⇑); hace unos meses, otro en Madrid (⇑) , en el mismo edificio en el que estuviera ubicado el colegio con su nombre que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933; hace tan solo unas semanas recuperó su espacio en el callejero de Tarrasa (⇑)…), aquí, en la ciudad en la que ella quiso permanecer para siempre, parece desvanecerse el impulso de otro tiempo. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Pocas son las personas que hoy conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un escrito publicado hace unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa, que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para evitar que siguiera siendo un edificio entregado a los avatares del tiempo, un punto que se divisa en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista, tan cercanos ambos al discurrir de sus días.

La Nueva España, Gijón, 2-7-2019
Hacer reconocible el paseo Rosario de Acuña, darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa, constituirían una magnífica manera de afrontar el centenario de la muerte de una ilustre gijonesa, dramaturga, feminista, montañera, poeta, republicana, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, productora teatral, autodidacta, deísta, masona, publicista, melómana… empecinada luchadora por la libertad de conciencia, incansable defensora de quienes sufren la injusticia y la marginación. Tan intensa fue su etapa gijonesa, tan fuerte fue la huella que aquí dejó, que la pesada losa del olvido con la que se pretendió ocultar cualquier rastro de su presencia no fue capaz de extinguir su recuerdo. Ahora que, gracias al esfuerzo colectivo, hemos conseguido recuperar su memoria no creo que la ciudadanía gijonesa, al menos una parte de ella, acepte de buena gana que volviera a caer en el olvido (a las intervenciones de algunas de las presentes en la charla (⇑) que pronuncié el pasado seis de mayo en el Club La Nueva España me remito).

Señoras concejalas, señores concejales, dentro de cuatro años se cumplirá el centenario de la muerte de esta portentosa mujer que quiso vivir y morir en Gijón. En sus manos está recuperar el protagonismo perdido en los últimos tiempos, en sus manos está la posibilidad de contribuir a dar la mayor visibilidad posible a su valioso testimonio vital, en sus manos está aprovechar esta oportunidad que se presenta ante ustedes. Ciertamente, el centenario de la muerte de Rosario de Acuña constituye todo un reto para las dieciséis concejalas y los once concejales que desde el pasado sábado día 15 integran el Ayuntamiento de Gijón.

viernes, 21 de junio de 2019

192. Un cuñado poderoso y cada vez más distante


Retrato de Francisco de Laiglesia Auset (1849-1822)
Madrid, parroquia de Santa Cruz, 22 de abril de 1876.  La novia, de veinticinco años de edad, es hija única. El novio, que en enero ha cumplido los veintidós, tiene dos hermanas y un hermano: Dolores, Consuelo y Francisco.

Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra, y Rosario de Acuña y Villanueva, joven escritora a la que auguran un brillante futuro en el mundo de las letras, se otorgan mutua promesa de fidelidad eterna ante el católico ministro y sus respectivas familias, muestra representativa de la clase acomodada del nuevo Estado liberal.

La novia es hija de Felipe de Acuña,  por entonces inspector jefe de Ferrocarriles del Ministerio de Fomento, sobrina de don Antonio María de Acuña Solís, gobernador civil cesante de Castellón; prima de don Pedro Manuel de Acuña Espinosa de los Monteros (⇑), diputado y gobernador, al tiempo que Señor de la Torre de Valenzuela; prima también del marqués de Rianzuela y  de la condesa de Benazuza; así como sobrina del académico,  senador y exministro don Antonio Benavides Fernández-Navarrete y de su hermano Francisco de Paula, limosnero, capellán real y Patriarca de las Indias.

La familia del novio está encabezada por Augusto de Laiglesia Laiglesia (de quien ya se ha dado noticia en este blog, en un asunto relacionado con caballos ⇑),  viudo de María del Rosario Auset y Pérez de Lema, que había fallecido catorce años atrás. Le acompañan sus hijas María Dolores, casada con el escritor y exdiputado Emilio Gutiérrez-Gamero Romate, y María Consuelo. Pero es Francisco, el hermano mayor de Rafael, quien concita el interés y orgullo de los suyos, pues apenas hace unos meses, en las elecciones celebradas en enero, consiguió  un acta de diputado por la circunscripción de Puerto Rico, distrito de San Juan Bautista. Iniciaba entonces una larga carrera política en las filas del Partido Conservador.

Nacido en Madrid tres años antes que Rafael, no tardará en convertirse en un joven funcionario del Ministerio de Ultramar, puesto que abandonará poco después para adentrarse en el mundo de la política. Su llegada al Congreso de los Diputados con tan solo veintisiete años le facilitará el acceso a la elite política y económica que controlará los destinos del país a lo largo del periodo interrepublicano. Influencias, contactos y complicidades le llevarán del escaño a los consejos de administración, compartiendo sillón e intereses con conservadores y también, de presentarse la ocasión, con los liberales. Una vez consolidada su influyente posición, llegará el momento de dar satisfacción a sus inquietudes culturales (de las que ya dejó constancia en su juventud cuando se convirtió en uno de los últimos amigos de Bécquer ⇑). Será entonces cuando su nombre se una a los del duque de Alba, el marqués de Comillas, el duque de Medinacelli, el conde de Romanones y al de otros miembros de la nobleza de vieja y de nueva cuna en la distinguida lista de socios de la Sociedad Española de Amigos del Arte; será entonces también cuando se convierta en académico de la de Historia, en virtud a su actividad como coleccionista y estudioso del reinado de Carlos I.  

En 1879, mientras su hermano Rafael y su cuñada Rosario continúan residiendo en Zaragoza (⇑), Francisco renueva su escaño, ahora por el distrito de Játiva, al tiempo que se adentra en el mundo de los negocios constituyendo la Compañía del Puerto de Águilas, con el objetivo de realizar la construcción del mismo.  En 1882, el diputado y vicepresidente de la compañía constructora se une a otros socios (entre los que se encuentra el también diputado Segismundo Moret, que se convertirá al año siguiente en ministro de la Gobernación tras integrarse en el Partido Liberal liderado por Sagasta) para fundar La Forestal Extremeña, una sociedad anónima destinada a la adquisición y explotación de bosques maderables que habrían de suministrar la materia prima necesaria para la fabricación de traviesas.

Política, negocios... familia. En la primavera de 1883 ya es conocedor de que su hermano y su cuñada Rosario han decido separarse (⇑) . En mayo Rafael ya se encuentra en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Si Bécquer pudo haber sido un excelente punto de encuentro con el hermano de su marido, si la publicación el año anterior de su poesía al poeta dedicada (⇑) pudo haber sido una satisfacción compartida (Ya eres polvo; ya nada de lo que era / calor o movimiento / queda de ti sobre la humana esfera...), poco hay que compartir a partir de entonces.

A finales de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento publica una carta (⇑) de Rosario de Acuña y Villanueva: lo abandona todo para convertirse en activa publicista del librepensamiento. Atraviesa a la otra orilla, en la que están los heterodoxos, los que luchan por la libertad de conciencia. Se aleja  de quienes han sido «los suyos» hasta ahora. También de Francisco de Laiglesia Auset, que ese mismo año ha renovado su acta de diputado, ahora por el distrito de Gandía; que prosigue su incursión por el sector de la metalurgia,  al constituir junto a otro socio la Sociedad Metalúrgica de Levante, para la fundición de minerales de plomo en la fábrica El Porvenir (La Unión, partido judicial de Cartagena) y Santo Tomás (Almería). Al año siguiente ahondará un tanto más en esta nueva vertiente empresarial con la creación de la Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, sita en Almería. En 1886, siendo vicepresidente de la Compañía del Puerto de Águilas y presidente de las sociedades La Forestal Extremeña, Sociedad Metalúrgica de Levante, Sociedad de Explotación de las Minas de Hierro de Bédar, La Partidaria Sociedad Minera, es elegido diputado nuevamente por Játiva.

A pesar de no haber cumplido aún los cuarenta, ya resulta evidente que camina con paso firme por la senda del éxito que el Estado liberal, la España de la restauración borbónica, reserva a los miembros más aventajados de la burguesía. Bien pudiera pensarse que su creciente influencia pudiera haber tenido algo que ver con el hecho de que su hermano, militar de formación, se convierta en los inicios del año ochenta y siete en director de la sucursal del Banco de España en Guadalajara. Rosario, por su parte, realiza por entonces un largo viaje a caballo por León, Asturias y Galicia (⇑). Aunque su pretensión es la de publicar un libro en el cual dé a conocer la vida de las gentes de estas tierras,  aquel periplo de varios meses constituye una prueba fehaciente del gran cambio que se ha producido en su vida. Como librepensadora y masona la reciben en los lugares que visita; como librepensadora y masona la tratan. Los unos la agasajan; los otros la persiguen, la amenazan, la denuncian.  Qué lejos se encuentra de su cuñado, del mundo en el que triunfa Francisco de Laiglesia y Auset. Tan lejos está que su nombre no aparece en la esquela de su suegro, fallecido en 1889. 


Una de las esquelas aparecidas en la prensa comunicando el fallecimiento de Augusto de Laiglesia

Está lejos y aún lo estará más. Pocos meses después de la muerte de su padre, Rafael –quien, no lo olvidemos,  sigue siendo legalmente su marido– se traslada a Alicante para ocupar el puesto de director del Banco de España en aquella plaza; Francisco, continúa en el Madrid de los éxitos políticos y económicos. De su influencia entre los conservadores da buena prueba el que, elección tras elección,  sea uno de los fijos en el encasillado del turnismo bipartidista, convirtiéndose en vicepresidente del Congreso de Diputados. La primera vez que fue elegido para tal cargo fue en 1891, el año en que su cuñada también fue noticia en la prensa madrileña: el cuatro de abril la autoridad gubernativa prohíbe las representaciones de su obra El padre Juan (⇑), la misma noche de su estreno. 

Aunque no la consideren parte de su familia, lo que no pueden evitar don Francisco y sus hermanas es que Rosario de Acuña se convierta en viuda del comandante de Laiglesia. Rafael fallece en Alicante en los primeros días de 1901, a la edad de cuarenta y seis años de edad y con el rango de comandante de Infanteria de la escala de reserva, empleo al que había sido ascendido por antigüedad.  Un año después Rosario recibe la notificación del acuerdo adoptado por el Consejo Supremo de Guerra: tiene derecho a una pensión de viudedad por un importe anual de 1125 pesetas, que le será abonado por la delegación de Hacienda en Santander, situada a unos pocos kilómetros de distancia de Cueto, la localidad donde se ubica su afamada granja avícola (⇑).

El primero de mayo de 1902 se inaugura en los Jardines del Buen Retiro de Madrid la Primera Exposición Internacional de Avicultura, todo un acontecimiento, con seguimiento destacado por parte de la prensa diaria de Madrid desde el mismo momento de la inauguración oficial, que contó con la asistencia de Alfonso XIII y la reina regente, miembros del Gobierno y representantes extranjeros. Es probable que en la comitiva real se encontrara Francisco de Laiglesia, convertido nuevamente en vicepresidente del Congreso de los Diputados. Estuviera o no presente, lo que no sería de extrañar es que hasta él llegara la noticia de que a la viuda de su hermano le fue concedida una Medalla de Plata en aquella muestra avícola.

El éxito obtenido por Rosario de Acuña en aquella exposición, quizás fuera el detonante que ocasionó el cierra de su granja. Al enterarse su casera de quién era su inquilina, una masona anticlerical, la obligó a abandonar la granja casi sin tiempo para recoger sus pertenencias, perdiendo prácticamente todo el capital que había invertido en las instalaciones. El éxito cosechado por Francisco de Laiglesia le elevó a una de las cúpulas del poder económico: en 1903 abandona la vicepresidencia del Congreso de los Diputados para convertirse en gobernador del Banco Hipotecario.  Un año antes fue elegido miembro del consejo de administración de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces, cuyo presidente era por entonces el señor Antonio Cánovas del Castillo;  Francisco Silvela, el abogado consultor.

Lograda la alta posición que le confería su presencia en instituciones tan preeminentes (hasta su muerte mantendrá sus puestos tanto en el Hipotecario como en los Andaluces),  desarrolla una intensa actividad como historiador y coleccionista especializado en el reinado de Carlos V, tema sobre el que versará tanto su discurso de ingreso en la Academia de la Historia en octubre de 1909, como la mayoría de sus publicaciones: Una crisis parlamentaria en 1538 (1903), Los caudales de Indias en la primera mitad del siglo XVI (1904), Las deudas del imperio (1904), Cómo se defendían los españoles en el siglo XVI (1906), Los gastos de la Corona en el Imperio (1907)…

En Gijón, lugar al que se trasladó en 1909,  Rosario de Acuña no puede menos de reírse, al enterarse de que Roberto Castrovido ha propuesto su nombre como candidata a ingresar en la Real Academia (⇑). En una casa situada a las afueras de la ciudad, sobre un acantilado del litoral gijonés, intenta recuperarse de las penalidades sufridas por la publicación de La jarca en la Universidad (⇑). Tras dos largos años de exilio en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales. Quien, aquel 22 de abril de 1876, el día de su boda,  estuviera rodeada de algunos de los integrantes de la «buena sociedad» madrileña, quien  formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», era ahora una anciana y menesterosa mujer, que por avatares de la vida (por opciones personales, sí, pero también por decisiones ajenas) se ha integrado en alguna sección de la extensa nómina de españoles que necesitan estirar sus reducidos ingresos para ir malviviendo.

Quizás hasta los ya cansados oídos de la viuda del comandante de Laiglesia lleguen los ecos, cada vez más distantes, de alguna  noticia relacionada con quien fue su cuñado: de la boda de su hijo Fernando de Laiglesia Romea con Rosario González Labarga (una ceremonia a la que asistió lo más selecto de la sociedad capitalina); de la mansión que se ha hecho construir en la madrileña calle Bécquer; del retrato que ha encargado a Manuel Benedito y que lucirá en los salones de su vivienda; del nacimiento del último de sus nietos, de nombre Álvaro quien, con el tiempo, se habrá de convertir en el reputado director de la revista La Codorniz (⇑); ...de su fallecimiento el día 17 de octubre de 1922.

lunes, 10 de junio de 2019

191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero


Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Terrasa (Terrassadigital.cat)Hace tan solo unos días que me llegó una noticia reconfortante: los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años. De esta forma se pone fin a una situación un tanto incomprensible, que solo se puede explicar por la corrosiva acción de la desmemoria, por la pesada losa de olvido que sepultó su recuerdo durante tantos años. Decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.

Siempre me llamó la atención lo que había sucedido en esta ciudad. Tras la muerte de doña Rosario, fue  la primera en España en tomar la decisión de conceder su nombre a una de sus calles principales. El Ayuntamiento lo acordó por unanimidad y su alcalde así se lo comunicó a Carlos Lamo Jiménez, la persona con la que la ilustre librepensadora pasó buena parte de su vida. Como bien señalaba la prensa que le era más afín, el homenaje que le tributaba esta populosa urbe catalana suponía todo un ejemplo para el resto de las ciudades españolas. Hubo que esperar algunos años para que, tras la proclamación de la Segunda República,  en diversos lugares de España se acordaran de esta incansable luchadora (⇑), y decidieran que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Gijón, Madrid, Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana.

Fragmento del artículo publicado en la edición de El Motín de 29-3-1924Tras la barbarie bélica todo cambió. Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades. No sucedió así en Tarrasa, donde permaneció incólume en su callejero. Durante más de cuarenta años, las páginas de los periódicos testificaron  su persistencia con la publicación de anuncios relacionados con alguna sociedad allí radicada (ya fuera acerca de la venta de hilaturas, de la actividad societaria de una empresa de colchones o de la existencia de un servicio técnico de reparación de electrodomésticos), también de algún triste suceso que tuvo lugar en esta calle que llevaba el nombre de una mujer –de la que casi nadie se acordaba por entonces–,  que había dedicado buena parte de su vida en una larga lucha en pro de la libertad de conciencia y en defensa de los más desfavorecidos.

Pero, y aquí viene lo sorprendente del asunto, la calle Rosario de Acuña que, contra todo pronóstico,  permaneció  en el callejero de Terrassa durante los años del franquismo, desapareció del mismo con los primeros ayuntamientos democráticos. Toda una paradoja. Era tan difícil de entender, al menos para mí, que no se me ocurrió otra cosa que recurrir a Alfredo Vega López, alcalde de la ciudad. Su perfil académico y profesional me hacía albergar esperanzas. Así que hace unos meses, a primeros de noviembre del pasado año, le envié un mensaje describiendo la paradoja que acabo de relatar, al tiempo que le apuntaba, a grandes rasgos (cierto es que también con enlaces a la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑) y a comentarios de este blog),  algunas de los rasgos biográficos de nuestra protagonista.

Aunque razonablemente se pudiera pensar que algo tuvo que ver este escrito, quizás fuera otro el detonante. Sea como fuere, lo cierto es que poco tiempo después de haberlo enviado se puso en marcha el protocolo previsto. La Comisión de Nomenclátor de Espacios Públicos (un órgano asesor de carácter consultivo, integrado por políticos, técnicos de diferentes áreas municipales y personas especializadas en la toponimia, la geografía o la historia de la ciudad) analizó el procedimiento seguido en los años ochenta, cuando la Alcaldía firmó un decreto por el cual se sustituía el nombre de la calle Rosario de Acuña. Parece ser que aquella decisión se adoptó de acuerdo a unos criterios, acordado por el Ayuntamiento unos años antes,  para retirar del callejero urbano los nombres de aquellos personajes y hechos históricos de significación contraria a las instituciones democráticas. Treinta y dos años después, la Comisión, en reunión celebrada el pasado 27 de marzo, dictamina que «no había razones objetivas» para tal cambio, razón por la cual propone se proceda a la restitución de su nombre en el callejero de la ciudad. Tan solo unas semanas después, el 17 de mayo, el alcalde de Tarrasa firmó un decreto por el cual la plaza situada entre las calles de Nuria, de Valencia y de Atenas pasa a denominarse «plaza Rosario de Acuña».

Ciertamente, decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.

martes, 28 de mayo de 2019

190. Regreso al Ateneo



Fragmento del cartel anunciador de la mesa redonda

«Mañana, a las ocho y media de la noche, habrá velada en el Ateneo. La eminente poetisa doña Rosario de Acuña de Laiglesia dará lectura a su último poema Pensar y sentir [por Sentir y pensar] y a algunos sonetos inéditos.  El mérito de la señora Acuña, que tiene un nombre envidiable en la literatura, y la circunstancia de ser esta la primera vez que una señora concurre al primero de nuestros centros científicos, atraerá sin duda gran número de socios y de público deseosos de aplaudir las hermosas composiciones de la autora de Rienzi el tribuno».

El referido acto constituía toda una novedad y los periódicos de la capital así lo habían venido anunciando en los días previos: una mujer iba a hablar desde la tribuna del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. La expectación creada (hubo quien calificó de «espectáculo» el hecho de que aquella iba a ser la primera vez que «ocupará su cátedra una dama») propició que el sábado 19 de abril de 1884 fueran numerosos los socios (y «señoras invitadas») que acudieron al flamante edificio de la calle del Prado, la nueva sede del Ateneo que había sido inaugurada tan solo unos meses antes.

En los días posteriores, la prensa recogió comentarios con diversas consideraciones acerca de la calidad de los poemas recitados, de la entonación de la poeta, del carácter más o menos intimista de la dedicatoria. No faltaron tampoco algunas reflexiones que, trascendiendo lo poético, ponían el énfasis en el hecho mismo de la presencia de la mujer en aquella docta institución.  Hubo quienes echaron mano de la ironía para mostrar su desacuerdo; desde otras redacciones influyentes se pidió mesura a la junta directiva en aquella «atención galante en pro de las señoras»; Josefa Pujol, por el contrario, se mostraba exultante en las páginas de La Ilustración de la Mujer:

«Nunca con mayor gusto que hoy corre la pluma sobre el papel para consignar un nuevo e importantísimo triunfo femenino. Rosario [de] Acuña, la ilustre autora de Rienzi el tribuno, sobreponiéndose a rancias preocupaciones, arrostrando las prevenciones de unos cuantos y confiando en la imparcialidad y justo criterio de muchos, ha ocupado la cátedra del primer ateneo español. Y debemos confesar que la denodada dama e inspirada poetisa ha dejado bien sentado el pabellón femenino en nuestra primera corporación literaria.»

Portada del libro Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923) Emoción y razónEl próximo cuatro de junio, ciento treinta y cinco años después, Rosario de Acuña volverá al ateneo madrileño. Ese día está programada una mesa redonda para hablar del libro Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón, una obra de reciente aparición que recoge siete estudios inéditos, de siete voces especializadas, que se unen con el objetivo común de contribuir a la divulgación de su valioso testimonio vital. Christine Arkinstall, Ana María Díaz Marcos, Elena Hernández Sandoica, Solange Hibbs-Lissorgues y María José Lacalzada de Mateo, profesoras de las universidades de Aukland, Connecticut, Autónoma de Madrid, Toulousse y Zaragoza respectivamente, analizan desde diferentes perspectivas su rica personalidad, su inspiración filosófica, la espiritualidad de su pensamiento, su universo masónico o su posición feminista en torno a la maternidad. Un análisis de sus poesías líricas, elaborado por José Bolado, y el estudio que realizo acerca de las figuras de Acuña y su coetánea Emilia Pardo Bazán, completan esta obra colectiva a la cual ya se ha dedicado un comentario anterior (⇑).  

No será esta la primera vez que el Ateneo abra sus puertas a quien, desde aquella noche de la primavera de 1884, forma parte de la historia de la entidad. Ya lo hizo en febrero del año 1933, el día anterior al de la inauguración del colegio Rosario de Acuña (⇑). Con tal motivo, la sección de Pedagogía –en colaboración con las de Literatura y Ciencias Morales y Políticas– organizó un acto de homenaje a la ilustre escritora que contó con la intervención de Augusto Barcia Trelles, presidente por entonces del Ateneo, Antonio de Lezama y los diputados Eduardo Barriobero y Rodolfo Llopis.

Cartel anunciador de la mesa redondaSi aquel evento hizo posible que –al menos para el público que en gran número acudió a la sede de la sociedad cultural– se iluminara un tanto el oscuro recuerdo de la homenajeada, el que tendrá lugar el próximo martes cuatro de junio supondrá un nuevo hito en la recuperación de su memoria. El regreso al Ateneo de doña Rosario de Acuña y Villanueva, por medio de la intervención de algunas de las voces especializadas en su vida y en su obra, jalonará este largo proceso (⇑) que está consiguiendo rescatar del olvido su valioso testimonio vital. Iniciado a finales de los sesenta del pasado siglo, en los últimos tiempos ha dado muestras bien visibles de sus significativos avances: cuenta ya con espacio propio en la Biblioteca Nacional (⇑), la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑), en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑); el Centro Dramático Nacional ha estrenado hace unos meses Rosario de Acuña. Ráfagas de huracán (⇑), una obra escrita por Asunción Bernárdez que la tiene a ella por protagonista; Desde el año 2015 Pinto cuenta con un centro municipal que lleva su nombre, tras haber obtenido el mayor número de votos en una consulta popular (⇑), que a tal fin organizó el Ayuntamiento de esta localidad donde estuvo avecindada durante varios años. Hace tan solo unos meses que en Madrid, su ciudad natal, el centro sociocultural (⇑) sito en la calle María del Carmen, en el distrito de La Latina, pasó a denominarse Rosario de Acuña, recuperando así el nombre del colegio ubicado en este mismo edificio y que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933...

Aunque aún puedan aparecer nuevos documentos, nuevos estudios, nuevas obras; aunque desde hace unos meses contamos con nuevos documentos, con documentación fehaciente que habla de una obra de teatro, hasta ahora desconocida, que traspapelaron sus editores; de su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España. Aunque, como es de desear, se vaya profundizando en todo lo que ya conocemos, creo que este es buen momento para, tras echar la vista atrás, sentirnos satisfechos de lo que ya hemos conseguido gracias al esfuerzo colectivo. Tras el regocijo habrá que volver a la tarea, pues apenas quedan cuatro años para que en 2023 nos topemos de frente con el centenario de su muerte. Convendría empezar a prepararlo.

domingo, 19 de mayo de 2019

189. Rosario de Acuña, patrimonio colectivo...


Rosario de Acuña, patrimonio colectivo. La recuperación de su valioso testimonio vital

Charla pronunciada en el Club La Nueva España de Gijón el 6 de mayo de 2019 

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Buenas tardes

A finales de los sesenta del pasado siglo casi nadie en Gijón sabía quién era Rosario de Acuña. Según contaba por entonces el escritor Patricio Adúriz, muchos eran los que habitualmente utilizaban su nombre para referirse a un determinado lugar del litoral, pero pocos los que eran capaces de decir algo acerca de aquella desconocida mujer. Atraído por la curiosidad, un día se acercó hasta el cementerio de El Sucu para intentar localizar su tumba. Después de mucho buscar, nos cuenta lo que encontró:

«Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción, en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas»

Imagen con el título de la charla pronunciada el 6/5/2019

Aunque apenas habían pasado poco más de cuatro décadas desde su muerte, tan solo quedaba ese rastro: tres renglones en una sencilla lápida con pocos datos y alguno de ellos erróneo, como tiempo después sabremos. Aquellos cuarenta y tantos años transcurridos habían logrado acallar el eco de esta mujer, entonces casi olvidada, por mucho que antaño fuera bien conocida, por mucho que en las páginas de los periódicos y las revistas de su época, hubieran aparecido varios centenares de sus obras, bien fueran poesías, cartas, artículos o conferencias. En esas mismas páginas, que ahora amarilleaban en olvidadas estanterías de archivos y bibliotecas, se dio cuenta de algunos de los hechos más significados que le acontecieron a lo largo de su vida.


En 1876 la prensa informó ampliamente del éxito cosechado por Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, que fue estrenada en un teatro madrileño cuando tan solo contaba veinticinco años de edad. Unos meses después también se hace eco de su boda con un joven militar, y de la obligada marcha a Zaragoza (⇑), ciudad a la que ha sido destinado su marido. Escribe poesías y artículos, estrena nuevos dramas, retorna a Madrid y se instala en una finca campestre situada a las afueras de Pinto, una pequeña localidad al sur de la capital. Tampoco pasó inadvertido otro hito importante en su biografía: Rosario de Acuña se convirtió en la primera mujer que había subido a la tribuna del Ateneo Científico y Literario de Madrid (⇑), la primera en haber sido invitada a recitar sus poesías desde aquel prestigioso estrado, que hasta entonces había estado completamente vetado a las mujeres, simplemente por el hecho de serlo. Se había convertido en una escritora reconocida y todo cuanto a ella se refería merecía la atención de la prensa.

Los elogios recibidos por buena parte de la crítica la habían situado a las mismas puertas del Parnaso nacional. Sin embargo, todo habrá de cambiar para ella. Ya en 1884 aparecen algunas noticias que van a poner de manifiesto los cambios que se estaban produciendo en su vida, como consecuencia del profundo proceso de reflexión que llevó a cabo tras la muerte de su querido padre y la separación definitiva de su marido. A finales de ese mismo año, cuando los universitarios madrileños se ponen en huelga en defensa de un profesor, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Unas semanas después hace pública una carta (⇑) en la que proclama su decisión de convertirse en una tenaz luchadora en defensa de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia. La prometedora escritora, que tantas alabanzas había cosechado como dramaturga y poeta, abandona toda aspiración literaria para convertirse en una activa publicista.

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

A partir de ese momento y durante varios años, serán las páginas del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento la principal fuente de información acerca de la larga lucha que ha emprendido. En ellas se informa de su ingreso en la masonería, de su iniciación en la logia Constante Alona de Alicante. También de su participación en la ceremonia de inauguración del colegio-asilo, que el Gran Oriente de España abrirá en Getafe para huérfanos de masones. Y en varios números aparecidos en el verano de 1887, se facilita información pormenorizada de lo que le aconteció en un viaje por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), en una de sus habituales expediciones a caballo, que solía hacer cada año para recorrer durante varios meses la geografía patria. Pero aquella, gracias a las crónicas que enviaba al semanario, se convirtió en una prueba fehaciente de las pasiones que la sola mención de su nombre despertaba en los lugares que visitaba esta mujer, librepensadora y masona, que viajaba a lomos de un caballo. Durante su estancia en Luarca (⇑), los unos la agasajan, los otros le envían anónimos amenazantes. Camino de Tribes es seguida por un jinete; en Barco de Valdeorras, fue interrogada por el juez de primera instancia, pues hay una denuncia contra ella, la acusan de repartir proclamas revolucionarias, de instigar tenebrosos planes de levantamientos sociales…

Regida con mano firme desde el púlpito y los confesionarios, aquella España que tan bien decía conocer languidece alimentada por la ignorancia y las supersticiones. Era preciso, según su parecer profusamente publicado, acabar con el oscurantismo y la sinrazón; era ineludible que entrara luz a raudales y para ello, para regenerar su querida patria, nada se podría hacer sin contar con las mujeres. De ahí que ella hubiera asumido la tarea de combatir a los enemigos «de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». De ahí que en muchas ocasiones, su mensaje estuviera destinado a las mujeres, a quienes consideraba sus compañeras (⇑), como manifiesta en alguno de sus escritos, donde afirma que «toda mujer que trabaja y piensa, lo es mía». Pues bien, en 1888 pronuncia dos conferencias en la sociedad madrileña Fomento de las Artes, que están dedicadas a las mujeres y a la importante misión que tienen asignada en la imprescindible regeneración de la sociedad. La segunda de ellas, titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑) y publicada, como la anterior, en un número extraordinario de Las Dominicales, tuvo las repercusiones que cabía esperar por parte de la prensa confesional. Algún diario hubo que la tildó de pornográfica, incluyendo a su autora en ese grupo de «mujeres que en vez de estar en el hogar santo de la familia prestando culto a las virtudes domésticas, se salen a la plaza pública a vocear lo que llaman la emancipación de la mujer», a proclamar que «la mujer debe emanciparse de la religión, de la fe, de la oración, de la caridad, de la tranquilidad del hogar, de la autoridad patriarcal de su marido y de la ley».


Las críticas recibidas no consiguen que abandone la batalla, y en 1891 ya la encontramos dispuesta a estrenar El padre Juan (⇑), un drama en tres actos y en prosa concebido con una evidente voluntad proselitista, como bien se puede deducir del argumento: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Isabel y Ramón deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales, pero sus altruistas iniciativas chocan con la abierta oposición de sus convecinos, cuyas conciencias han sido corrompidas durante años por el perverso magisterio del cura, del padre Juan. Su apuesta es tan fuerte que no encuentra empresario que se quiera embarcar en tal aventura, así que no tiene más remedio que echar mano de sus ahorros y asumir todos los riesgos. Alquila un teatro, contrata a los actores, se encarga de los decorados y del vestuario, dirige los ensayos y consigue estrenar la obra. Pero esta primera representación se convierte también en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones que se producen la misma noche del estreno, prohíbe que la obra continúe en cartel.

Ninguna sorpresa, nada con lo que no hubiera ya contado. Cuando decidió dar aquel paso, cuando inició su campaña en Las Dominicales, ya suponía que aquel camino por el que se adentraba era estrecho y estaba orlado de precipicios: «Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas». Sabía que iba a ser una lucha intensa, sin cuartel, y que sus fuerzas se irían debilitando con el paso de los años. De ahí que ya hubiera pensado que no podría estar siempre en la primera línea de combate, de ahí que no tardara mucho en anunciar su intención de retirarse «para siempre del trabajo activo de la inteligencia» cuando cumpliese los cuarenta años, momento en el que, si pudiera, se marcharía para América del Sur. Sin embargo, no fueron las persecuciones, las amenazas, las denuncias o las prohibiciones gubernativas las que lograran aminorar la intensidad de su lucha. Fue la malaria (⇑).


Durante meses padeció los maliciosos efectos de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde la muerte. En aquel tiempo de horrible agonía solo pensaba en abandonarlo todo y correr a la orilla del océano para recuperar su salud. Tras haberlo intentado primero en tierras gallegas, será en Cantabria donde establezca su nueva residencia. Antes de que acabe el siglo la encontramos residiendo en Cueto, por entonces una pequeña localidad situada a algunos kilómetros de la capital. Con ella se encuentra su madre y Carlos Lamo, el hijo de unos correligionarios (⇑) que permanecerá a su lado hasta que la muerte acabe por separarlos. Será en este lugar, en una finca situada en las proximidades de la costa cántabra, donde decida ganarse la vida como avicultora. Y no le fue nada mal: en 1902 obtiene una Medalla de Planta en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebra en Madrid. Aquel premio supuso para ella una merecida recompensa al intenso trabajo que había dedicado a aquel proyecto, a las interminables jornadas que dedicaba a sus patos y gallinas, al riesgo económico que asumió, pues invirtió buena parte de sus ahorros en la compra de los mejores ejemplares, de la más moderna maquinaria. Fue todo un reconocimiento a su apuesta por el mestizaje de las razas. Gracias a los cruces realizados, había conseguido que sus gallinas fueran grandes ponedoras, razón por la cual los productos de su granja eran muy apreciados (⇑), tal y como ella misma contará tiempo después: «mandé ejemplares de aves y huevos a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias de España; en un solo año vendí catorce mil huevos para incubación».

Una muestra de su trabajo como avicultora

Aunque las labores de la granja ocupaban la mayor parte de sus largas jornadas, no por ello dejó de escribir. Tenía mucho que contar y sus escritos aparecieron con frecuencia en las páginas de El Cantábrico, casi siempre con afán divulgativo, para mejorar la vida de sus convecinos. Tal es el caso de las series de artículos que dedica a la avicultura o a la tuberculosis, una enfermedad que por entonces causaba estragos en el pueblo montañés. A las mujeres cántabras les ofrece la sección titulada Conversaciones femeninas (⇑), en la cual va reflexionando acerca de aquellos temas que considera pueden ser de su interés: la vida en la aldea, la infancia y la juventud, el trabajo, la enfermedad, el interés por aprender o la elaboración y venta de productos del campo: flor cortada, seda, miel, quesos, mantequilla, conservas de frutas y legumbres… A ellas también está destinada la conferencia titulada «La higiene en la familia obrera» (⇑), dentro del ciclo programado por la federación santanderina de la UGT, con el objetivo de mejorar la instrucción del proletariado.

Imagen de las publicaciones

Sus primeros años en Cantabria pasaron desapercibidos para la mayoría. Pero en 1902, al aparecer su nombre con cierta frecuencia en la prensa, la situación cambió. Tanto lo hizo, que su casera, al enterarse de quién era su inquilina y sintiendo «terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje», le dio un plazo de quince días para desalojarla. Tuvo que derribarlo todo, los gallineros, los cobertizos y el resto de las instalaciones. Tres mil pesetas perdidas: una parte importante de los beneficios obtenidos en varios años de duros trabajos. No se amilanó, sin embargo. Lo volvió a intentar en otra finca de Cueto y, más tarde, en Santa Cruz de Bezana. Será aquí donde se plantee abandonar definitivamente aquel proyecto, como consecuencia de las pérdidas ocasionadas por el robo de un buen lote de gallinas (⇑). Tras la muerte de su madre, ocurrida en 1905, parece que se toma un tiempo de reflexión. Las dudas se agolpan en su cabeza, pues está convencida de que los ladrones son vecinos suyos y que, además, están amparados por la complicidad y el silencio de la mayoría. Un año después desmantela la granja y, libre de las diarias obligaciones, aprovecha el tiempo para recorrer la preciosa tierra cántabra. Está pensando en una nueva mudanza (⇑).

En 1908 reside durante seis meses en Gijón, lo hace de forma discreta, «sin que nadie notase mi presencia». Aunque no le es desconocida, pues en ella pasó algunas temporadas en su juventud, tal parece que aquella estancia temporal tuviera por objetivo experimentar, de forma anticipada, cómo se encontraría en la ciudad si decidiera convertirse en una gijonesa más. La experiencia debió de resultar positiva, pues al año siguiente compra un terreno en El Cervigón, para construir allí la vivienda en la que habría de pasar los últimos años de su vida. Aunque en un primer momento pretende pasar inadvertida, pronto se dará cuenta de que no es posible, razón por la cual decide aproximarse a los sectores más liberales de la ciudad. No tarda en establecer contacto con los responsables del Ateneo Obrero, sociedad con la cual ya había colaborado en el pasado; sus escritos empiezan a aparecer en las páginas de El Noroeste; asiste a un mitin contra la política del gobierno de Maura que se celebra en la plaza de toros; participa en una manifestación por las calles gijonesas a favor de la denominada ley del Candado; y su palabra es escuchada en el teatro de los Campos Elíseos (⇑), por las más de tres mil personas que, según cuentan las crónicas, asisten a la ceremonia de inauguración de la primera escuela neutra que abre sus puertas en la ciudad.

Unos meses después de haber participado en este multitudinario acto, su nombre aparecerá, un día sí y otro también, en las páginas de la práctica totalidad de los periódicos y revistas que por entonces se publican en España. Resulta que a su apartada casa del litoral, llegó la noticia de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central (⇑), cuando unos estudiantes que con ella compartían estudios, la rodearon a la salida de clase, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Doña Rosario, ni corta ni perezosa, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Utiliza palabras fuertes (⇑) como las que siguen: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas…». El destino de aquel escrito es el periódico El Internacional, que edita en París su amigo Luis Bonafoux (⇑). Es probable que, de no mediar otros intereses, su eco se hubiera pronto desvanecido, pero la aparición de una copia del mismo en un periódico barcelonés, desató las iras de los estudiantes de las diez universidades españolas, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Algunas de las respuestas a la publicación de La jarca

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales. Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», era ahora una anciana y menesterosa mujer, que por avatares de la vida (por opciones personales, sí, pero también por decisiones ajenas) se ha integrado en alguna sección de la extensa nómina de españoles que necesitan estirar sus reducidos ingresos para ir malviviendo. Aquella pudiente y sensibilizada mujer que en el pasado había enarbolado banderas de justicia y solidaridad en apoyo de sus hermanos proletarios, se encuentra ahora tan próxima a los desheredados, a los que sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una de ellos, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Mantiene su admiración por Melquíades Álvarez y sus propuestas reformistas, pero, según sus propias palabras, es lectora habitual de El Socialista. Es ahí, en lo que por entonces se denomina «las izquierdas» (⇑), donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas. Tan próxima está, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos como están de que en algún lugar de la finca, habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

Aunque no las encontraron, doña Rosario sigue en su punto de mira. Sus simpatías políticas eran conocidas; sus contactos con socialistas, reformistas y anarquistas, también; sus apelaciones a la «nueva era», que habría de llegar para acabar con la civilización que se derrumba, estaban en las páginas de los periódicos. Es firme partidaria de la confluencia estratégica de las fuerzas de izquierda, y no desaprovecha ocasión para exhortar a la unidad a cuantos luchan por la libertad y la causa proletaria: «¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!». Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse distinguidos reformistas, republicanos y socialistas (⇑). También los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde su regreso del exilio portugués, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. La última visita (⇑) que realizaron tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas.

Fragmento de la primera página de El Noroeste en la cual se da cuenta de su fallecimiento

Cuando el director de El Noroeste, su amigo Antonio Oliveros, se dispone a dar cuenta de la noticia, se le hace saber que la voluntad de la finada es tajante al respecto: «Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento». No fue posible evitar, sin embargo, que la mala nueva se propagara de boca en boca por toda la ciudad y que al día siguiente, una plomiza y lluviosa mañana de domingo, fueran numerosas las personas que acudieron hasta El Cervigón para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Tras su muerte, llegó el momento de las alabanzas, llegó el momento de los homenajes. Las primeras en movilizarse fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unos días en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el ateneo madrileño el día treinta de ese mismo mes de mayo. Poco después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». Aunque así se hizo, aunque el plenario del Ayuntamiento aprobó por amplia mayoría dar su nombre al camino que va del Piles a la Providencia, el acuerdo tardó bastante tiempo en hacerse efectivo, por la oposición de quienes consideraban que la vía de acceso a la ermita no podía llevar el nombre de una hereje (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la ilustre librepensadora a una de las principales calles de la localidad. En Madrid, su ciudad natal, el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña, así como suena, sin la preposición «de».

Tiempo después, tras ser proclamada la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades comenzaron a remozarse, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos. Fue entonces cuando los responsables municipales de Gijón consiguieron que, por fin, la avenida que conduce a la ermita de la Providencia estuviera dedicada a una de sus vecinas más ilustres. Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora (⇑), y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana. También en Madrid. Otra vez en Madrid, pues en el mes de mayo de 1931, los nuevos gobernantes municipales decidieron que una de las calles próximas a la Casa de Campo, el hasta entonces denominado paseo de Los jesuitas, tomara el nombre de quien, durante tantos años, había luchado para que la luz de la razón se abriera paso en su querida patria.

Seguimiento en la prensa de la inauguración del colegio

El Gobierno de la República también quiso rendirle público homenaje, y decidió poner su nombre a uno de los dieciocho colegios que se construyeron en Madrid, dentro del ambicioso plan de construcciones escolares, diseñado con el objetivo de paliar la escasez de plazas existentes en los centros públicos. El 11 de febrero de 1933, el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, inauguró el grupo escolar Rosario de Acuña (⇑), situado en el paseo de Extremadura, en la calle España. Para que nada faltara, el día anterior se celebró en el Ateneo de Madrid una velada en su honor, en la que participaron Eduardo Barriobero, diputado del Partido Republicano Democrático Federal por el distrito de Oviedo, y Rodolfo Llopis, diputado del Partido Socialista Obrero Español, que lo era por el de Alicante.

A Regina Lamo Jiménez (la hermana de quien durante treinta y tantos años vivió al lado de doña Rosario, primero como sobrino de su madre, y luego como su propio sobrino), le hemos de adjudicar buena parte del mérito, pues fue ella, en mayor medida que su hermano Carlos, quien porfió para que su recuerdo no cayera en el olvido (⇑), llamando a cuantas puertas consideró necesario, visitando despachos, enviando cartas y peticiones o dirigiendo el patronato Rosario de Acuña, constituido con el objetivo de servir de soporte, de complementar la actividad educativa, incluso de «atender materialmente» a los alumnos del colegio, con la puesta en marcha de un dispensario infantil de asistencia médica y económica. Todo ello sin menoscabo del enaltecimiento de la mujer que da nombre al grupo escolar, a quien ella se refería como su tía. Será Regina quien también tome la iniciativa en lo que a la divulgación de las obras de doña Rosario se refiere. A finales de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones ECO, que publicará la colección La Novela Blanca, en cuyas dos primeras entregas se reeditan diversos escritos de su admirada amiga. En 1933 se hace cargo de la edición de Rosario de Acuña en la escuela. Cuentos y versos. Anunciado como «Tomo I», se convierte en tomo único, lo cual parece indicar que las dificultades encontradas frustraron el propósito inicial de aquella empresa. Si por falta de apoyos económicos no fue posible su continuidad en tiempos de paz, mucho menos lo sería durante la larga noche que siguió a los años más sangrientos.

Dos de la ediciones realizadas por Regina Lamo Jiménez

Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar, de ninguna de las maneras, que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Los vencedores de aquella sangrienta guerra no consentirían, en modo alguno, que hubiera un solo resquicio por el que se colara el recuerdo de quien, como ella hizo, había dedicado buena parte de su vida a luchar contra la jerarquía de aquella Iglesia, que habrá de convertirse en uno de los pilares ideológicos del nuevo Estado. Los ideólogos del naciente régimen no permitirían, en ningún caso, que su ejemplo pudiera distorsionar el modelo de esposa-madre virtuosa, soporte y refugio del varón, que tienen reservado para las mujeres. Ni lo podían tolerar ni lo consintieron: su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades (⇑), el madrileño grupo escolar Rosario de Acuña pasó a llamarse San José de Calasanz… Una espesa borrina fue ocultando su recuerdo. El miedo, el silencio y el paso del tiempo acabaron por arrinconar su memoria en el algún recóndito lugar del olvido. Tan eficaz fue el tratamiento empleado, que a finales de los sesenta casi nadie en Gijón sabía quién había sido. Muchos eran los que habitualmente utilizaban su nombre para referirse a un determinado lugar del litoral, pero pocos los que podía decir algo acerca de aquella desconocida mujer.

Lo que no pudieron evitar los guardianes del pensamiento único fue que, a pesar del tiempo transcurrido, hubiera quien consideraba que el testimonio de aquella mujer era tan valioso que bien merecía la pena intentar localizar el eco de su nombre, por muy acallado que estuviera. Tal era el caso de Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido secretario adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va recopilando información acerca de aquella mujer que él había tenido la fortuna de conocer poco antes de su muerte, va reuniendo cuanto material tuviera con ella alguna relación, pues —según sus propias palabras— pretendía publicar un libro que pudiera «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...».


Mientras sus colaboradores en Madrid y en Barcelona buscan algunas de sus obras, el escritor Luciano Castañón localiza a una anciana mujer que en Roces rememora su etapa de librepensadora, republicana y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Cuenta entonces que su padre, que fue quien se la presentó en una conferencia, le mandaba leer todas sus obras. Y debió de leerlas con atención, pues aquella veinteañera se convirtió en una entusiasta discípula de la librepensadora de El Cervigón (⇑): suscriptora del semanario anticlerical El Motín, militante del Partido Republicano Federal y, tras la muerte de su admirada amiga, una de las promotoras del Comité Femenino Pro-Rosario de Acuña, que tenía por finalidad enaltecer su memoria. En los años de silencio de la posguerra, no faltaron nunca unas flores en su tumba. El uno de noviembre, aniversario de su nacimiento, y el cinco de mayo, el de su despedida, aquella fosa austera que albergaba los restos de quien habitara la casa de El Cervigón, aparecía coronada por un ramo de flores rojas. Allí habían estado Aquilina y su hermana Rosario, recordando a quien había sido su amiga y maestra.

A pesar de la diferencia de edad, Aquilina había mantenido una estrecha relación con doña Rosario, al menos en los últimos años de su vida. Sentía tanta admiración por ella que durante décadas atesoró recuerdos y más recuerdos hasta convertir su casa en un auténtico relicario: recortes de prensa con algunos de los artículos de su amiga o con escritos a ella dedicados; copias manuscritas que había realizado de algunas de sus poesías; alguna carta; varias fotografías, un ejemplar de El padre Juan… Toda esta colección de recuerdos le fue entregada en el año 1969 a Amaro del Rosal Díaz, quien la fue incrementando con nuevos materiales: más artículos de prensa, copias mecanografiadas de algunas obras, fotografías de la que había sido su casa…

Aquilina era la última posibilidad, el último eslabón al que se agarraron quienes querían saber algo más, quienes a finales de los sesenta se interesaban por conocer qué había tras aquel nombre, quién era aquella mujer de la cual tan solo quedaba un topónimo en el litoral, una sencilla lápida en el cementerio civil gijonés. Consiguieron localizarla cuando la ancianidad ya nublaba su memoria. Los escritos y los recuerdos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Adúriz, titulado «Rosario Acuña» (⇑), que el diario gijonés El Comercio publicó a lo largo de cinco entregas en la primavera de 1969; también documentaron el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época»; y fueron el soporte en el que se apoyó Luciano Castañón para elaborar su «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña».


Gracias al impulso que vino de México, se había logrado evitar que la información atesorada durante tanto tiempo por Aquilina Rodríguez Arbesú se perdiera para siempre. No obstante, aún habrá que esperar hasta la década de los ochenta para constatar nuevos avances, propiciados, sin duda, por la mayor libertad que por entonces se respira en el ambiente. Su nombre ya se asocia con el de una tenaz defensora de los derechos de las mujeres, razón por la cual una sociedad de viudas, la que desde 1978 agrupa a las de quienes murieron por defender los valores republicanos, pasa a denominarse Asociación de Viudas de la República Rosario de Acuña. Es tal el interés por conocer a esta mujer, de quien se dice que fue una infatigable defensora de los más desfavorecidos y una tenaz defensora de la libertad de conciencia, que en un mismo día del año 1980 se programan dos conferencias que la tienen a ella por protagonista: organizada por la Asociación de Vecinos Jovellanos, Luciano Castañón pronuncia en el salón de actos de la Caja de Ahorros de Asturias la que lleva por título «Algunas referencias de Rosario de Acuña»; Enrique Dosal Quintana, por su parte, habla a los presentes en el Ateneo Jovellanos acerca del testamento de Rosario de Acuña y sus creencias. Es este buen momento para destacar la labor de difusión que por entonces lleva a cabo Luciano Castañón, quien, animado por el eco que despiertan sus entusiasmadas palabras acerca de la vida y obra de doña Rosario, no solo solicita una calle para la ilustre escritora en un artículo publicado en 1982, sino que, por fin, da a conocer en el Boletín del RIDEA su documentado trabajo titulado «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña», del que ya se ha hecho mención y en el cual se incluye la transcripción del testamento escrito por su mano, fehaciente testimonio de sus firmes convicciones. Otros trabajos se hacen públicos por entonces complementando la labor de Castañón: la profesora Sara Suárez Solís publica un estudio acerca de Rienzi el tribuno y el Ateneo Obrero de Gijón realiza una nueva edición de El padre Juan. Este creciente interés ciudadano por la recuperación de la figura de quien fuera una de las más ilustres vecinas de la ciudad, va a propiciar que en los inicios de 1988 y tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento apruebe la compra de la que fuera su casa en El Cervigón, que por entonces se encuentra en estado ruinoso; también que, en el mes de mayo de 1990, se acuerde denominar paseo Rosario de Acuña al tramo que discurre entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Portada de la edición realizada por María del Carmen Simón Palmer
A medida que su nombre aparece una y otra vez en la prensa, aumenta el número de personas interesadas en conocer algo más sobre su vida. Es mucho aún lo que se ignora pero, gracias a lo que ya se ha ido contando, va creciendo en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A propuesta de María José Marqués, responsable de la secretaría del instituto conocido por entonces como «número 9», la comunidad escolar del citado centro escolar aprobará, en el mes de junio de 1994, la presentación formal de una solicitud ante las autoridades competentes, para que su denominación oficial pasara a ser la de «Instituto Rosario de Acuña» (⇑). Cuatro años más tarde y por iniciativa de Yolanda Cueto, se va a crear en uno de los barrios de la ciudad un coro integrado en su totalidad por voces femeninas, al que decidieron poner el nombre de nuestra protagonista. Las razones de tal elección las explicarían sus responsables tiempo después: «Elegimos a Rosario de Acuña para dar nombre al coro porque fue una mujer luchadora y librepensadora: un ejemplo para nosotras que somos fieles a su memoria». Ella también fue una de las elegidas por María Teresa Álvarez para protagonizar uno de los documentales de la serie Mujeres de la historia, que fue emitido por Televisión Española en el verano de 1998. En cuanto a las publicaciones que vieron la luz en esta década, la de los años noventa, es preciso destacar además otro nombre de mujer, el de María del Carmen Simón Palmer, profesora de Investigación en el Instituto de Lengua Literatura y Antropología, organismo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ella será la responsable de una nueva edición de Rienzi el tribuno y El padre Juan, promovida por el Instituto de la Mujer; asimismo, de la obra Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio-bibliográfico, en cuyas páginas facilita detallada información sobre el paradero de un centenar de sus obras (⇑) (bibliotecas donde se encuentran, periódicos o revistas en cuyas páginas se publicaron...). Gracias a la amplia difusión que tienen estos dos trabajos en el ámbito académico, el proceso de recuperación de la figura de doña Rosario, que se había iniciado en Asturias al final de los años sesenta, recibirá un notable impulso: recupera espacio en las historias de la literatura que aparecieron desde entonces, aparece como tema de debate en algunos congresos especializados y se incrementa el número de artículos que se publican sobre ella.


Mi primera lectura de un escrito de Rosario de Acuña tuvo lugar hace ya unos cuantos años, cuando el siglo presente apenas había echado a andar. No lo buscaba, me lo encontré cuando andaba investigando acerca de la escuela neutra de Gijón. Fue en el archivo del padre Patac que se conserva en la biblioteca Jovellanos donde leí «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑), el texto del discurso que había pronunciado en la ceremonia de inauguración. A medida que lo iba leyendo se me fueron haciendo añicos las cuatro cosas que había oído acerca de aquella mujer. Salí de allí con una copia del discurso en la mano, también con la decidida voluntad de encontrar respuesta a las muchas preguntas que me planteó su lectura. Leí con avidez Las luces de la ciudad. Biografías gijonesas, de Luis Roda, y El cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, de José Bolado, dos libros aparecidos por entonces y que a ella dedicaban una parte de sus páginas. También, todo cuanto se había publicado con anterioridad. Con la lista de Simón Palmer como principal referencia, pedí copias de sus obras a la Biblioteca Nacional y a las de Ciudad Real, Zamora, Santander o León; a sociedades culturales como el Ateneo de Madrid, el Gabinete Literario de Las Palmas o el Ateneu Enciclopedic Popular de Barcelona; al instituto Gil y Carrasco de Ponferrada, en cuya biblioteca se conservaba alguno de sus dramas. Pasé tardes y tardes rastreando, microficha a microficha, cualquier información con ella relacionada que se hubiera publicado en la prensa asturiana del momento; revisé con atención revistas de Hispanoamérica que estaban depositadas en el Archivo de Indianos de Colombres, en cuyas páginas encontré referencias y alguno de sus escritos; en la biblioteca municipal de Santander pude consultar la edición digitalizada del periódico El Cantábrico y hacerme así con las copias de una buena relación de poesías y artículos que allí fueron publicadas. En cuanto avanzó la digitalización de la prensa histórica, ya no resultó imprescindible el desplazamiento para realizar la consulta, aunque no por ello la tarea dejó de ser laboriosa, pues en los inicios no todas las cabeceras estaban incluidas en los buscadores. Tal sucedió con la prensa alicantina, de gran interés para conocer todo lo relacionado con su presencia en la ciudad y con la ceremonia de su iniciación en la masonería. La consulta, día a día, de los ejemplares de La Unión Democrática publicados a lo largo de varios meses de 1886 me permitió obtener información de interés (⇑) y algunas obras más.

A medida que atesoraba escritos y datos, que llegaban hasta mí las informaciones que había solicitado a distintos archivos, que iba encontrando respuestas a los interrogantes que me había planteado, cobraba sentido la necesidad de abordar, de una vez por todas, un estudio biográfico lo más completo posible. No obstante y ya desde el principio, lo que me interesaba no era tanto el relato de su vida, como el diálogo intenso y abierto que ella estableció con aquella sociedad en la que le tocó vivir. Conocedor de este proyecto, en el año 2004 Francisco Alonso Llano, director por entonces del instituto que en Gijón lleva su nombre, me habló de su intención de publicar un libro sobre Rosario de Acuña, que se habría de entregar a los alumnos al finalizar sus estudios de Bachillerato, y me preguntó si estaba dispuesto. Tuve mis dudas, pues me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, representara una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando. Suponía todo un reto hacer posible este primer e inesperado trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo. El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias (⇑), un libro centrado en la etapa final de su vida, que se complementaba con la edición de veintinueve de sus escritos que fueron publicados en el diario gijonés El Noroeste.

Dos años más tarde, a comienzos de 2007, di por terminada la biografía en la que tanto tiempo llevaba trabajando. Se la llevé a Benito García Noriega de KRK Ediciones, con quien ya había publicado dos trabajos anteriores. Fue entonces cuando me enteré del proyecto de edición de las obras reunidas que le había presentado José Bolado. Me habló de que tenían pensado distribuirlas en cuatro volúmenes, agrupadas por géneros. ¡Vaya casualidad!, ambos trabajos fueron a parar casi al mismo tiempo a las manos de la misma persona. De hecho, convivieron en los ordenadores de la editorial durante un periodo indeterminado. Luego siguieron rumbos bien diferentes: las Obras reunidas (⇑), que iniciaron su publicación a los pocos meses, añadiendo finalmente un nuevo volumen a los cuatro inicialmente proyectados, convirtieron en inviable que la misma editorial se embarcase en la publicación de una nueva obra sobre Rosario de Acuña. Así que no me quedó más remedio que buscar otra alternativa. Tras varios intentos fallidos, tras varios meses de recibir negativas por parte de algunos responsables editoriales, para quienes la figura de doña Rosario les decía más bien poco, en 2009 me uní a otros tres socios para poner en marcha Zahorí Ediciones, una pequeña editorial que, a lo largo de sus cinco años de funcionamiento, publicó treinta obras de temática diversa, entre ellas Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), que fue presentada públicamente antes de que el año terminara.

Portada del libro «Rosario de Acuña y Villanueva.Una heterodoxa en la España del Concordato»
A lo largo de sus casi quinientas páginas, el libro intenta dar cumplida cuenta de los hechos más relevantes de su vida, sin olvidar el análisis del escenario en el que se desarrolla y poniendo especial atención al diálogo, continuo y reflexivo, que ella establece con la sociedad en la que vivió. Pero claro, aún hay algunos escritos sin localizar, aún hay algunas líneas de investigación abiertas, y de unos y de otras el libro, una vez publicado, ya no podrá dar cuenta.  Esa es la razón por la cual no tardo en tomar la decisión de adentrarme en un ámbito con mayores posibilidades de actualización, también de divulgación, el amplio espacio de la red de redes, de internet. Abro la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑) y, algo más tarde, Rosario de Acuña. Comentarios, el blog que la complementa (⇑); escribo el capítulo a ella dedicado en el portal Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), que dirige el profesor José Luis Gómez Martínez, catedrático de la Universidad de Georgia; y, cuando se agota la edición en papel, subo su biografía a las plataformas Dialnet y Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en donde se puede consultar libremente su contenido.

La publicación de las Obras reunidas (⇑) supuso un hito de gran importancia en la recuperación de la palabra de Rosario de Acuña. Gracias al trabajo ímprobo de José Bolado, tenemos al alcance de la mano la mayor parte de los textos que doña Rosario dio a la imprenta a lo largo de casi cincuenta años. Con las Obras reunidas en formato papel, con su biografía disponible tanto en libro como en formato digital, con las incorporaciones que van apareciendo en la página web (⇑) de nuevos textos, que Bolado no pudo reunir, con los casi doscientos comentarios publicados en el blog, bien puede afirmarse que aquellas personas interesadas en conocer quién fue doña Rosario cuentan actualmente con la información necesaria. La documentación disponible ha facilitado que en los últimos años hayan visto la luz nuevas publicaciones sobre distintos aspectos de su biografía o de su obra: desde el año 2010 son más de una veintena las que aparecen reseñadas en la bibliografía recogida en la página web. Voy a mencionar aquí a tres de ellas: La primera es El crimen de la calle de Fuencarral (⇑). Su publicación en el año 2017 supone un buen ejemplo de todo cuanto llevo contado hasta aquí: años y años de seguir indicios, de preguntar aquí y allá, de consultar archivos y bibliotecas, tanto españolas como extranjeras, que en este caso –y no siempre es así–, tuvo un exitoso final que nos permitió rescatar del olvido, de recuperar para el patrimonio colectivo, esta obra suya que ya se daba por perdida. La segunda tiene por protagonista al profesor Sergio Sánchez Collantes, uno de los investigadores más cualificados en lo que respecta a la historia del republicanismo español, también en la relación de las mujeres con el espacio público. Y es ahí, en la confluencia de esos dos campos de estudio, donde se han producido sus reiterados encuentros. «El republicanismo libre de Rosario de Acuña (1850-1923): ni adjetivos, ni dogmas, ni rediles», fue su aportación al libro Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), publicado hace poco más de un año. Y con la tercera referencia quiero destacar la importancia que ha tenido el trabajo colectivo en este largo proceso de recuperación. Se trata de Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón (⇑), una obra de reciente aparición que recoge siete estudios inéditos, de siete voces especializadas, que se unen con el objetivo común de contribuir a la divulgación de su valioso testimonio vital. Christine Arkinstall, Ana María Díaz Marcos, Elena Hernández Sandoica, Solange Hibbs-Lissorgues y María José Lacalzada de Mateo, profesoras de las universidades de Aukland, Connecticut, Autónoma de Madrid, Toulousse y Zaragoza respectivamente, analizan desde diferentes perspectivas su rica personalidad, su inspiración filosófica, la espiritualidad de su pensamiento, su universo masónico o su posición feminista en torno a la maternidad. Un análisis de sus poesías líricas, elaborado por Bolado, y el estudio que realizo acerca de las figuras de Acuña y su coetánea Emilia Pardo Bazán, completan este volumen colectivo.

A todas estas obras ya publicadas, habrá que añadir en los próximos días una más, pues la de Rosario de Acuña es una de las biografías que integran la colección Mujeres en la Historia (⇑) que edita el diario El País, compartiendo espacio con Isabel de Castilla, Simone de Beauvoir, Victoria Kent, Marie Curie o Cleopatra. Hace unos meses la coordinadora editorial del proyecto se puso en contacto conmigo para encargarme la obra, y será este próximo domingo cuando se ponga a la venta. Es de esperar que, a partir de entonces, se incremente en varios miles de personas el grupo, cada vez más numeroso, de quienes ya conocen quién fue la mujer que hoy aquí nos ha reunido.

Llegados a este punto, no parece arriesgado afirmar que, en el tema que nos ocupa, la situación ha cambiado notablemente. Aunque aún puedan aparecer nuevos documentos, nuevos estudios, nuevas obras; aunque desde hace unos meses cuento con nuevos documentos, con documentación fehaciente que habla de una obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; de su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España. Aunque, como es de desear, se vaya profundizando en todo lo que ya conocemos, creo que, a la vista de todo cuanto se ha contado hasta aquí, bien podemos afirmar que, poco a poco y gracias al esfuerzo de un grupo cada vez más numeroso, estamos consiguiendo, al fin, rescatarla del olvido. Cincuenta años después de que Patricio Adúriz se lamentara de que casi nadie sabía quién era Rosario de Acuña, contamos ahora con la posibilidad de seguir el eco cierto de su historia. Tenemos a nuestra disposición buena parte de su obra, ya sea en papel, en las Obras reunidas, ya sea en la pantalla, en Rosario de Acuña. Vida y obra. Dispone de espacio propio en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) y en la Biblioteca Nacional (⇑). Ha recuperado su presencia en los callejeros de las ciudades en las que pasó parte de su vida. Apenas hace unos meses que el Centro Dramático Nacional la ha situado de nuevo en el escenario con el estreno de la obra Rosario de Acuña. Ráfagas de huracán (⇑). Desde el año 2015 Pinto cuenta con un centro municipal que lleva su nombre, tras haber obtenido el mayor número de votos en una consulta popular (⇑), que a tal fin organizó el Ayuntamiento de esta localidad donde estuvo avecindada durante varios años. Hace tan solo unos meses que en Madrid, su ciudad natal, el centro sociocultural (⇑) sito en la calle María del Carmen, en el distrito de La Latina, pasó a denominarse Rosario de Acuña, recuperando así el nombre del colegio ubicado en este mismo edificio y que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933.

Fragmento del escrito sobre la casa de Rosario de Acuña publicado en noviembre de 2018

¿Y qué decir de Gijón, la ciudad que ella eligió para que fuera su última morada? Pues creo que en los últimos tiempos ha perdido el protagonismo que tuvo años atrás, cuando aquí se dieron los primeros pasos para recuperar el testimonio vital de quien fue una de sus más ilustres vecinas. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Resulta que el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento de Gijón decidió dar el nombre de Rosario de Acuña al tramo que va desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia. La referencia está tomada del libro Las calles de Gijón de Luis Miguel Piñera, gran conocedor de la historia local, y uno de los integrantes de ese grupo de investigadores que han seguido la estela que en la ciudad dejó doña Rosario, prueba de ello son los artículos que, con menor frecuencia de lo que habría sido deseable, ha escrito sobre ella. Lo que seguramente quien hoy es nuestro anfitrión no pudo siquiera imaginar, cuando nos facilitó el dato, es que fueran pocos, muy pocos, los que en la actualidad conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un largo escrito publicado hace apenas unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para intentar remediarlo, para evitar que siguiera siendo tan solo un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista. De las consultas que se efectuaron tras la publicación del escrito a algunos grupos y sociedades, parece que la respuesta más utilizada tenía que ver con la lejanía de la casa. Ciertamente, como bien saben las numerosas personas que a diario caminan por el litoral gijonés, la distancia que separa el Ayuntamiento de aquella casa es de unos 3600 metros, aunque tal parece que desde hace ya algún tiempo, para algunos (y para algunas también), la casa de Rosario de Acuña está tan lejos que no son capaces de verla más que como un punto dibujado en la línea costera.

Dicho lo cual, también he decir que albergo la esperanza de que, tras las elecciones previstas para dentro de unos días, las cosas comiencen a cambiar. Espero y deseo que la nueva corporación municipal encuentre un destino adecuado para esta vivienda que cada Primero de Mayo, en los últimos de su vida, acogía a cuantos trabajadores hasta allí se acercaban para agradecer a aquella mujer su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. Espero y deseo que quienes integren el nuevo Ayuntamiento sean capaces de recuperar el protagonismo de tiempos pasados, de aprovechar la excepcional circunstancia que les brinda el calendario para consolidar la recuperación de su valioso testimonio vital e integrarlo en el patrimonio colectivo de la ciudad, pues resulta que casualmente el final de su mandato coincidirá con el centenario de la muerte de esta ejemplar luchadora.

Esperando que así sea, solo me queda agradecerles su presencia y la reconfortante atención con que han seguido mis palabras.

Muchas gracias