viernes, 2 de abril de 2021

233. Marruecos, la tumba de miles de españoles

 

En el verano de 1921 las noticias llegadas de Marruecos ocupan las portadas de los periódicos. El madrileño La Acción, diario de la noche, abre su edición del sábado 23 de julio con un titular a toda página («Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»), que da paso a una información con escasas confirmaciones: «Desde la noche del jueves vienen circulando gravísimos rumores referentes a sucesos desarrollados en la zona de Melilla». A falta de noticias oficiales, la mayor parte de lo publicado son conjeturas, a las que se añade alguna que otra información: se dice que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario. 

En los siguientes días el relato (oficial) de los hechos va tomando forma en las páginas de los principales diarios, sometidos a la censura gubernativa. Se dice que el comandante militar de Melilla Manuel Fernández Silvestre acudió en auxilio de los defensores de la fortificación de Igueriben al mando de una columna de varios millares de soldados. No lo consiguió, y hubo de refugiarse en el campamento de Annual, situado a pocos kilómetros. Los miles de soldados allí concentrados fueron asediados por las tropas rifeñas. El general Silvestre, viendo que no podía defender la posición («porque el ímpetu de los moros, en terrible número, era verdaderamente arrollador»), acordó la evacuación del lugar. Los supervivientes se retiraron de Annual al mando del general Navarro, (Silvestre no abandonó el campamento; allí falleció en circunstancias que no han sido confirmadas) y buscaron refugio en el fuerte de Monte Arruit, a la espera de recibir tropas de refuerzo. No llegaron. La fortificación fue sometida a un asedio durante varias semanas. El día 11 de agosto la prensa da cuenta de la inevitable rendición. En la primera de El Imparcial se puede leer: 

«...el heroico sacrificio de unos hombres, que ha superado cuanto podía concebir la más exaltada concepción del honor y del sacrificio, fue inútil. Destrozados por la sed, emponzoñados por el hedor de los cadáveres, faltos de municiones ante un enemigo cada vez más cuantioso, Navarro y sus héroes tuvieron que capitular. Y la morisma, desatada contra nosotros, acuchilló a los bravos que se entregaban bajo la fe de una palabra cuando ya no podían contenerla con el brío de su alma indomable».

Cadáveres en la fortificación de Monte Arruit

No me cabe duda alguna de que allá en El Cervigón, en la casa gijonesa del acantilado, doña Rosario de Acuña y Villanueva seguía con atención todo cuanto publicaban los periódicos acerca de esta guerra que no parecía terminar nunca. Llamárase como se llamara, venía de lejos, pues españoles obligados a guerrear en África ya los hubo desde los lejanos tiempos en que el señor Leopoldo O´Donell se convirtiera en duque de Tetúan. Ciertamente, aquel escenario de dolor tampoco era nuevo para ella. La guerra de Marruecos y el desgarro que producía en las familias de los soldados enviados al frente ya fue el motivo de su última obra dramática, titulada La voz de la patria (⇑) y estrenada en el teatro Español de Madrid en 1893 (La madre de un reservista llamado a formar parte del ejército de África pretende que su hijo se escape a Francia; el ardor patriótico de su padre, un antiguo soldado cuya bravura le colgó al pecho varias cruces en otra guerra africana, se opone a los planes maternos). La guerra de Marruecos, llamada por entonces «guerra de Melilla», avivó de nuevo el sufrimiento que sentía por su patria en el verano de 1909, en el momento en el cual –tras los ataques de rifeños armados contra un grupo de obreros españoles que trabajan en la construcción de un ferrocarril minero en la región del Rif–  nuevamente fueron llamados a filas los reservistas. Es entonces cuando, recién instalada en el que será su último lugar de residencia, decide volver a representar La voz de la patria en el teatro Jovellanos de la villa gijonesa. De los motivos que le llevaron a hacerlo da cumplida cuenta al redactor de El Publicador que le pregunta sobre la obra en el mismo escenario del teatro (⇑):  «Su sentido patriótico se relaciona con los momentos actuales, y eso, principalmente, fue lo que me impulsó a "hacerla" en Gijón». 

Los «momentos actuales» no son otros que los que dieron lugar a las protestas contra la orden de movilización de los reservistas; no son otros que los violentos acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona, y otras ciudades catalanas, conocidos como la «Semana Trágica», y la dura represión posterior. La guerra; otra vez la guerra de Marruecos. Otra vez el dolor y la muerte. No podía permanecer impasible ante el sufrimiento que provocaba este interminable conflicto. Y no lo hizo. Dirigió los ensayos de aquella patriótica obra y la estrenó en su nueva ciudad. Asistió pocas semanas después al mitin de protesta que tuvo lugar en la plaza de toros gijonesa contra la política represiva que el Gobierno de Antonio Maura había emprendido tras los sucesos de Barcelona. Se alegró a principios de diciembre cuando supo que se había ordenado la licencia de los reservistas; se alegró, y así lo escribió (⇑), por todos los que podían regresar, pero no se olvida de «aquellos pobres soldados que se quedaron allí ¡para siempre solos!...».  Aplaudió meses después en una carta pública (⇑) el «admirable discurso» que pronunció Melquíades Álvarez en el Congreso de los Diputados en el debate parlamentario por el denominado Caso Ferrer...

Nada de lo que tuviera que ver con las muertes de soldados españoles en el norte de África le resultaba ajeno. Ni en 1909, en aquella guerra de Melilla; ni ahora, con esta guerra del Rif. Por ello resulta verosímil pensar que día tras día leyera con atención cuanto sobre ella publicara la prensa gijonesa  y que no le pasara desapercibida una noticia publicada por el diario El Noroeste en su edición del 7 de septiembre del año veintiuno. La sola presencia en el texto de su propio apellido parece reclamo suficiente para que sus ojos se posaran en aquella parte del papel.

Noticia confirmando la muerte de dos  hijos de Felipe de Acuña Robles en el Rif

El general Acuña al que se hace mención, no es otro que su primo Felipe de Acuña y Robles, el primero de los hijos de su tío Antonio de Acuña y Solís; y los dos soldados a los que se alude son sobrinos suyos: José de Acuña y Díaz-Trechuelo, de 32 años, cuyo cadáver fue identificado, y Felipe de Acuña y Díaz-Trechuelo, teniente de Infantería de 28 años de edad que figura en la lista de desaparecidos...  Aquellos dos jóvenes forman parte de su familia, descendientes de su nutrido primazgo (⇑), por más que llevaran tiempo transitando por distanciados senderos y haya sido para ellos una tía lejana, una Acuña en el olvido (⇑).  

«Sufrimos sed horrible, hambre feroz, frío tremendo; pasamos noches de angustia indescriptible con nuestras heridas picadas por la mosca, chorreando gusanos y martillando dolores rabiosos en nuestros tuétanos; nos arrastramos como piltrafas de vida, dejando reguero de entrañas enganchadas en la maleza; bebimos tinta, orina, sangre de los moribundos...». Dolor y muerte. Miles de heridos, miles de muertos. Llevaba tiempo sufriendo por todos ellos, ahora también por los suyos. Entre toda la sangre derramada en la tierra rifeña también hay sangre de los Acuña, sangre de su sangre.

Aunque en las páginas de los periódicos todavía no aparecen fotografías como la que se muestra más arriba, con una parte de los centenares de cadáveres desparramados por Monte Arruit, los titulares de la prensa nacional resultan lo suficientemente expresivos como para retratar con suficiente nitidez aquella catástrofe, una masacre que no puede quedar impune. El mismo día en el que se informa de la «tragedia de Monte Arruit» Manuel Allendesalazar, presidente del Consejo de Ministros, presenta la dimisión y  el 14 de agosto toma posesión el nuevo Gobierno presidido por Antonio Maura. El general de división Juan Picasso González, quien días antes había sido encargado de iniciar una investigación sobre los sucesos de Marruecos, se desplaza a Melilla para tratar de averiguar lo que había sucedido.

Un día tras otro la España letrada tiene a su disposición diversidad de informaciones sobre Marruecos: relatos de heridos, noticias sobre diferentes campañas de suscripción en apoyo de las víctimas, movimiento de tropas, notas oficiales... También de editoriales y escritos de autores conocidos que ofrecen sus reflexiones acerca de la función del protectorado, de la política seguida al respecto o de la forma en la que debe de resolverse el «problema marroquí». No faltan tampoco referencias a los debates en Las Cortes, donde se califican los sucesos de Marruecos como de «gran vergüenza» y donde se piden responsabilidades.

Mientras tanto, el general Picasso continúa su labor, la cual, según informa la prensa, da por concluida en el mes de enero del año veintidós, regresando a la Península. Tras varias semanas de espera (en el transcurso de las cuales se acusa al Gobierno bien de intentar dilatar el proceso indagatorio para que se fuera olvidando el asunto, bien de querer ocultar lo que se había averiguado), el autor de aquella minuciosa investigación hace entrega a sus superiores de toda la documentación, en la que se constatan los graves errores cometidos por los mandos militares, tan evidentes que el Consejo Supremo de Guerra y Marina apreció indicios de responsabilidades penales.

Las insistentes exigencias de una parte de los diputados terminaron por vencer las iniciales reticencias gubernativas, y al final se accedió al envío de una parte de la documentación a las Cortes, donde fue sometida a estudio y debate en el seno de la Comisión parlamentaria de Responsabilidades, que se había constituido con esa finalidad. A medida que la prensa iba publicando algunos de los datos a los que había tenido acceso o, por mejor decir, que le habían filtrado, fue creciendo la indignación popular. La lentitud en la tramitación parlamentaria, las discusiones entre militares y políticos o los rumores que implicaban a Alfonso XIII en el desastre militar, no hicieron otra cosa que avivar en la opinión pública la exigencia de responsabilidades políticas y militares. Haciéndose eco del sentir popular, el Ateneo de Madrid convoca una manifestación que tendrá lugar el domingo 10 de diciembre de 1922 «para pedir que se hagan efectivas las responsabilidades del desastre de Marruecos». A la iniciativa se suman diversas organizaciones entre las que se encuentran la Unión General de Trabajadores, la Liga de los Derechos del Hombre, organizaciones políticas juveniles, entidades culturales o asociaciones de vecinos... También nuestra protagonista.

A pesar de contar ya con una edad que no parece muy propicia para la batalla, pues cumplidos tiene los setenta y dos, a pesar de los muchos padecimientos sufridos por quien «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como personas y por su cuenta», Rosario de Acuña y Villanueva no puede permanecer impasible ante lo que está sucediendo y, una vez más, sale a la plaza pública para hacer oír su voz reclamando justicia. Toma su pluma y escribe tres cartas, tres llamamientos a secundar la convocatoria del Ateneo de Madrid para reclamar responsabilidades por aquellos miles de muertos esparcidos por suelo marroquí: al pueblo asturiano (⇑) («¡Alza tus puños amenazantes! ¡No dejes pasar este minuto de la Justicia en cuyo camino andas siempre tan firmemente!...», a los masones (⇑) («Que esta Liga y nosotros, en grupo compacto salgamos resueltamente a esparcir el grito de horror y de indignación que hoy repercute en todos los ámbitos de la patria») y a las mujeres (⇑) («¿No escucháis en vuestras almas de madres el crujir de los huesos de ¡QUINCE MIL! hijos nuestros? [...] ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos...»).

Portada del diario Heraldo de Madrid del 11-12-1922

Se dice que hubo decenas de miles de manifestantes por las calles de Madrid reclamando justicia. No fue el único lugar. También hubo mítines y manifestaciones en Sevilla, Alicante, Santander, San Sebastián, Córdoba, Teruel o Barco de Ávila. ¿Y en Gijón? Pues... nada; ni mítines, ni manifestaciones. No me consta que ninguna de las sociedades gijonesas hubiera acordado realizar acciones similares a las que tuvieron lugar en otras ciudades españolas, ni siquiera aquellas que pudieran considerarse más próximas a las que protagonizaron la movilización madrileña, ni el Ateneo Obrero, ni los masones, ni el Comité local de la Liga de los Derechos del Hombre, que se había constituido meses atrás. Se sabe, eso sí, que el Ateneo Obrero debatió sobre el asunto, que el jueves 14 de diciembre se reunió su junta directiva en sesión extraordinaria para deliberar acerca del escrito presentado por el socio José Díaz Fernández (redactor de El Noroeste, integrante de la lista de invitados a El Cervigón (⇑), y recientemente licenciado del Regimiento de Infantería Tarragona en cuyas filas participó en la guerra de Marruecos), en el cual solicitaba que «se acordara la organización de una manifestación pública pro-responsabilidades». Se debatió la propuesta y se concluyó que la misión del Ateneo no es de dirección de campañas, sino de contribuir a que la opinión pública se fije, para lo cual iniciará gestiones para que una personalidad de reconocido prestigio pronuncie una conferencia que fije una orientación a seguir... 

Rosario de Acuña, pesarosa por no haber sido capaz de encender la mecha, de movilizar a las gentes de Gijón, «el gran Gijón liberal, radical, hondamente (y no de labios afuera) demócrata», para que salieran a las calles reclamando justicia, no puede menos de escribir una tarjeta postal a Gabriel Alomar (⇑) (uno de los promotores de la Liga Española de los Derechos del Hombre y de quien se dice asidua lectora, bien en las páginas de La Libertad o, más probablemente, en las del semanario España) para decirle que no entiende cuál es la razón que pueda explicar tal inacción. Por mucho que piense que la ciudad liberal y amante del progreso que eligió para vivir sus últimos años está sugestionada por la Compañía de Jesús, «a quien obedece servilmente», no alcanza a comprender los motivos por los cuales Gijón no ha respondido a la invitación del Ateneo de Madrid.

Aunque por entonces las calles gijonesas no escucharan el clamor de sus gentes exigiendo responsabilidades por los miles de muertos en África, sí que alcanzaron a oír el eco, sonoro y duradero, de la triple demanda que una de sus vecinas proclamó desde los ásperos acantilados de El Cervigón:

«¡Justicia para los que hicieron, sean los que sean, de los montes de Marruecos el cementerio más espantoso, la sima más horrenda que podrán contemplar los anales de España durante siglos!»




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sábado, 20 de marzo de 2021

232. El señorito chulo

Creo que a nadie se le escapa la importancia de contar con un buen diagnóstico a la hora de iniciar el tratamiento para la curación de los males, los que afectan a la salud de cada persona y los que lo hacen a la sociedad en su conjunto. Desde antiguo, al menos desde los tiempos de Galeno, se ha otorgado a la observación un papel destacado para conocer la naturaleza de la enfermedad. Solo después de haber efectuado un examen pormenorizado del cuerpo enfermo y tras ser convenientemente analizados los síntomas, es posible elaborar una conjetura razonable acerca del mal padecido, lo cual permitirá el empleo de los medios necesarios para su alivio o curación. También en lo que respecta a la sociedad: detectado el funcionamiento anómalo, se analizan las posibles causas que lo motivan y, una vez alcanzado un fundamentado diagnóstico, se proponen los remedios que se consideran adecuados para su regeneración.

Mariano Fortuny (1838-1874): Corrida de toros (Museo del Prado)

Ya antes del Desastre, hubo quien advirtió de los males que aquejaban a la España canovista, la del bipartidismo, el clericalismo y la miseria campesina, la del analfabetismo y los caciques, la de la oligarquía y el flamenquismo. Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea... Rosario de Acuña y Villanueva: ahí están sus escritos.   

Aunque en sus primeros textos ha quedado constancia de su capacidad de observación, no será hasta comienzos de la década de los ochenta cuando encontremos descripciones que van más allá de la mera traslación al papel de la realidad observada, pretenden diagnosticar los males y apuntan posibles remedios a los mismos. ¿Qué cambia? La mirada: dónde pone su atención y la finalidad con la que lo hace.

En «Las fiestas del Pilar de Zaragoza» (⇑), «Recuerdos de un día en Elche» (⇑) o «Correspondencia de Andalucía» (⇑), se dedica a describir lo que ve, como una buena cronista que no quiere dejarse nada relevante en el tintero, desde la hora de comienzo de los actos, al número de asistentes o la fisonomía de los personajes, que es descrita con todo lujo de detalles. Los comentarios más negativos, que también los hay («los fétidos miasmas que son tan frecuentes en casi todos los campanarios de nuestra patria», «se encuentren comarcas tan completamente aisladas y desiertas cual si nunca el soplo de la prosperidad hubiese pasado sobre su suelo»...), no van más allá, son uno más de los elementos que utiliza para describir con mayor fidelidad el escenario que contempla. 

Tras su estancia en Zaragoza (en «El camino de Torrero» (⇑) ya describe algunos de los síntomas que abordará más tarde) todo parece cambiar al respecto. Lo que ve no le gusta: el alejamiento del medio natural, la aglomeración urbana, limita los horizontes de las personas, convirtiéndolas en presas fáciles de la apariencia, la hipocresía, la banalidad y el sinsentido. No le gusta lo que ve y para intentar remediar la degeneración paulatina que amenaza el porvenir de la patria, propone el retorno a la vida campestre. Desde su Villa-Nueva, una quinta campestre que se ha hecho construir a las afueras de Pinto, rodeada de plantas y de varios animales domésticos entre los que no faltan dos buenas monturas, predica las bondades de la vida en el campo no solo a sus lectoras de El Correo de la Moda, sino también a quienes se adentran en las honduras divulgativas de Gaceta Agrícola, publicación del Ministerio de Fomento que tiene por objetivo fomentar el desarrollo agrícola y ganadero y la educación rural. Si en el periódico dirigido por Ángela Grassi mantiene una sección titulada «En el campo», en la edición ministerial publicará tres estudios más extensos, en los cuales explica con detalle sus propuestas regeneracionistas: Influencia de la vida del campo en la familia (⇑)El lujo en los pueblos rurales (⇑) y La educación agrícola de la mujer (⇑).

En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...

La España de la Restauración vive un proceso de decadencia y no alcanza los niveles de desarrollo y prosperidad que tienen otros países europeos. Se analizan las causas y se aportan diferentes soluciones. Algunos ponen el foco en el sistema caciquil que sustenta el bipartidismo, otros en la deficiente educación. Rosario de Acuña –quien primero batalló por la regeneración predicando el retorno a la naturaleza y más tarde, durante su campaña de Las Dominicales (⇑), arremetiendo contra el clericalismo en defensa de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento– mostró siempre su admiración y respeto por quienes ponían lo mejor de sí mismos en la búsqueda de las mejores soluciones para los males de la patria. Lo hizo con Joaquín Costa (« ¡Ah, si de la tumba de Costa brotase la savia purificadora de nuestra regeneración!»), lo hizo también con Eugenio Noel, un  costista que años después recorrió España para intentar conocer cuáles eran las razones de su decadencia. Tras observar y analizar con detenimiento los comportamientos populares, llegó a la conclusión de que entre las costumbres que habían configurado sus rasgos distintivos las había que abonaban el tradicionalismo inmovilista («El caso es conservar lo viejo, lo que se ve y usa todos los días, lo que pasó a ser hábito y se consustanció en el instinto, lo que se hizo ley a fuerza de ser costumbre, lo que se convirtió en maneras, tradición, leyenda y gestas.»). Tras el diagnóstico, viene el remedio. Convencido como está de que resulta ineludible combatir los elementos patógenos que dificultan el desarrollo social, emprende una ardua campaña para hacer frente al flamenquismo, la superstición religiosa, el matonismo, la chulería, el desprecio hacia la sensibilidad artística o el caciquismo. 

El 11 de junio de 1915,  pocas semanas después de haber visto la primera luz, la revista España da inicio a una serie titulada «Los españoles pintados por sí mismos», que a lo largo de varios meses incluirá veintidós tipos de españoles descritos por veintiún afamados escritores, entre los que se encuentran Joaquín Dicenta (⇑), José Francos Rodríguez, los hermanos Álvarez Quintero, Gabriel Miró, Luis Bello, Pedro de Repide o Santiago Rusiñol. En noviembre de ese mismo año se publica «El señorito chulo», en el cual Eugenio Noel disecciona algunos de los males que considera atenazan al pueblo andaluz:  

«Tiene treinta años y su vida es un modelo. Su padre, el cacique de la ciudad, es de Andújar y su madre, hija de un fabricante de licores, malagueña. El padre además de cacique es abogado, jefe de su partido político en la región y propietario de latifundios amén de administrador de las dehesas del duque X. El padre adora a su hijo como solo en Andalucía es posible adorar a un hijo; desde que nació lo tiene a su lado y, cuando las juergas lo retienen fuera de casa, va a por él como una niñera y lo trae en brazos. La madre se lo come a besos minuto a minuto con mimos que parecen de amante. En esta atmósfera ha crecido estudiando cuando le daba la gana y haciendo siempre lo que tenía por conveniente. Desde los doce años sostiene queridas, maneja dinero, viaja cuando hay toros en las ciudades, vuelve sin enterarse de otra cosa que de la corrida, no lee jamás y está absolutamente convencido de que sabe lo que ha de saber un hombre.»

Rosario de Acuña –quien treinta y tantos años atrás había participado con «La cordobesa» en Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, un proyecto similar– reconoce en el texto al personaje, reconoce al señorito chulo. Le parece que ha sido descrito con gran exactitud y no duda en hacérselo saber a su autor a quien escribe una tarjeta postal, sin demora alguna (el matasellos lleva fecha del 23 de noviembre, tan solo cinco días después de que la revista fuera puesta a la venta). «Exacto, exacto...», le dice. Tenía elementos de juicio suficientes para afirmarlo. No hay que olvidar que durante su infancia, también en la juventud, pasaba temporadas en las posesiones que su abuelo tenía en la campiña jiennense, en la campiña jiennense (⇑), a donde acudía acompañada, las más de las veces, de su joven padre. «La vieja casa de los Acuña radicaba en Andújar... Admirable, exacto... exacto», volvía a escribir.

Eugenio Noel (a la izquierda) ante la tumba de Joaquín Costa, fotografía publicada en 1912

Aquella tarjeta postal debió de ser acogida con satisfacción por el joven propagandista, lo cual explicaría que aún hoy se conserve integrando su archivo personal. No le vendría nada mal esa muestra de apoyo, pequeña gragea de estímulo para proseguir la batalla contra el flamenquismo que había comenzado a finales de 1911, cuando decidió recorrer España de parte a parte con el objetivo de propagar su pensamiento, de avivar las conciencias, de ampliar las miradas de cuantas personas acudieran a escucharle a ateneos, casinos o teatros. La patria común no podría progresar mientras no soltara el lastre que la anclaba al pasado, que tomaba por tradición lo que no era más que juerga, matonismo y chulería.

Resulta difícil de admitir que su lucha contra los males que atenazaban a España (el clericalismo, la incultura o el flamenquismo) no fuera conocida por doña Rosario de Acuña desde tiempo atrás, más aún si tenemos en cuenta que ya en 1911 las páginas de El Noroeste, el diario gijonés en el cual ella también colaboraba, acogieron algunos de los escritos del publicista madrileño. No resultaría extraño, por tanto, que hubiera estado interesada en asistir a alguna de las conferencias que Eugenio Noel pronunció en diferentes locales gijoneses, bien fuera en el teatro Jovellanos, en el Ateneo Obrero o en Los Campos Elíseos («En el Teatro Circo de Gijón, que es imponente, tan numerosa era la concurrencia que llegó a emocionarme», escribió el conferenciante algunos meses después), pero le fue imposible hacerlo: en ese tiempo, primavera del año 1913, se encontraba lejos de su casa, en el obligado exilio portugués (⇑).  

A pesar de que, tal y como parece, no llegaron a conocerse personalmente, lo cierto es que tras la publicación de «El señorito chulo» el nombre de Eugenio Noel pasó a integrar la que para doña Rosario constituía la no muy nutrida lista de españoles admirables, acompañando a Costa, Pi y Margall, González de Linares o Giner de los Ríos. Así lo manifestaba un año después en una carta dirigida al director de El Noroeste:

¿No sería cosa de ir por estas aldeas en misiones de tolerancia, amor y cultura, como las que propone uno de los pocos hombres viriles y cultos de España, Eugenio Noel?




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lunes, 8 de marzo de 2021

231. Las hermanas de Rosario de Acuña

«¡Amiga y compañera (pues toda mujer que piensa y trabaja lo es mía)»: así encabezaba Rosario de Acuña una carta abierta dirigida a una joven gijonesa que, a pesar de las presiones recibidas, había decido contraer matrimonio civil hace ahora más de cien años, en 1916. Compañeras eran para ella las mujeres. Así, desde el plural, desde el «nosotras», entendía ella la emancipación de la mujer, lo cual representa una sensible diferencia con otros planteamientos, quizás más individualistas, que al respecto mantenían algunas de sus contemporáneas. 

Fábrica de Tabacos, Gijón. Operarias del taller de cigarrillos superiores. Julio Peinado, 1906. (Museo del Pueblo de Asturias)
 

Si en esta ocasión utilizó la amistad y el compañerismo como lazos de unión, hubo otras en las que no dudó en llamar «hermanas» a las mujeres a las que se dirigía. Lo hizo en su madurez, en plena campaña de Las Dominicales, cuando las exhortaba a luchar contra el clericalismo reinante («Venid con vuestro pensamiento, ¡hermanas mías!, a contribuir a la gran obra de la redención de la mujer… ¡Nuestro pensamiento! ¡He aquí lo único libre sin traba alguna que ha conquistado, Dios sabe a costa de cuántos martirios, la mujer del presente!»); y lo hace también desde la tribuna, dirigiéndose de manera especial a las mujeres presentes o «exclusivamente a mis hermanas». Lo volvió a hacer en su vejez, cuando desde los acantilados de El Cervigón clamaba justicia contra los responsables de las muertes, de los miles de soldados sepultados en la guerra de África (« ¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión»). 

Como he apuntado en otro lugar («Rosario de Acuña y Emilia Pardo Bazán: dos trayectorias divergentes», 2019 ⇑), el hecho de abordar desde el plural, desde el «nosotras», la «emancipación de la mujer» (o «la cuestión femenina») constituye uno de los elementos que configuran el pensamiento feminista de doña Rosario. Ya en sus primeros años de publicista y con esa visión colectiva, de género, exhortaba a sus lectoras de El Correo de la Moda a liderar el proceso de regeneración que España necesita recuperando el contacto con la naturaleza. Solo las mujeres pueden regenerar la sociedad patria, y para ello necesitan huir del mundo de las apariencias y de las sensualidades al que las han abocado y dedicarse al estudio y al trabajo. Lo repitió años después, ya como activa luchadora en defensa de la libertad de conciencia, cuando animaba a sus hermanas, las mujeres del siglo XIX, a agruparse para impedir que se extendieran las sombrías nieblas que surgen del Vaticano, para protestar del pasado, «del mundo viejo; del mundo podrido, que llamó a la mujer, “vaso de inmundicias”, “escorpión de cien cabezas”; “el mayor de todos los demonios”, y otros mil epítetos pronunciados por las bocas de los llamados “santos padres del catolicismo”».

La conciencia feminista que ha ido adquiriendo con el paso de los años le hace ver que no son suficientes las soluciones individuales, que no se trata de luchar contra las cortapisas que a ella le salen al paso por el simple hecho de ser mujer, sino que debe emplear todas sus fuerzas en la lucha contra la discriminación que sufren todas las mujeres. Sus palabras son muy claras al respecto: «por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?». 

De ahí que no debería de resultar extraño que reaccionara como reaccionó cuando a su casa de El Cervigón llegó aquella noticia que daba cuenta la violencia ejercida contra una mujer, una joven estudiante. El Heraldo de Madrid daba cuenta de la agresión sufrida por una universitaria en la madrileña Universidad Central, cuando unos estudiantes que con ella compartían estudios, la rodearon a la salida de clase, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Doña Rosario, ni corta ni perezosa, toma entonces la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Utiliza palabras fuertes como las que siguen: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas…». Aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después, desató las iras de los universitarios españoles, que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa. Allí estuvo dos largos años (⇑)

A su regreso a la casa gijonesa del acantilado, tras reponerse un tanto de las heridas de aquella desigual batalla, decide seguir viviendo, decide seguir luchando, a pesar de sentir sobre sus hombros el peso de los años, a pesar del cansancio acumulado por tanta lucha baldía, a pesar de la postración económica en que se encuentra tras los gastos a los que hubo de hacer frente durante su obligada estancia en tierras portuguesas. El exilio no cambió sus ideas al respecto, siguió pensando en plural. Con ese mismo planteamiento colectivo se dirigió en 1916 a las «mujeres proletarias» animándolas a aprovechar el inmenso espacio que, también para las españolas, se estaba abriendo «en medio del fragor de esta horrenda lucha que estremece a Europa». «Todas las almas femeninas han sentido el choque de la nueva edad que se avecina; […] el destino os impulsa, con mano férrea, hacia los más peligrosos sitios de la vanguardia; os saca de la pasividad resignada de nuestros modernos gineceos y os lleva, con ímpetu de ariete, a las actividades febriles del vivir consciente». También se lo hace saber a los hombres. A los integrantes del Centro de Sociedades Obreras de Trubia les manda un recado para sus mujeres: «decidles que estoy con todas ellas, que a todas las deseo emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas, único modo de que sean dignas de figurar en las filas del proletariado». No escatima esfuerzos en apoyo de las mujeres, sus hermanas y compañeras. Tampoco lo hace, cuando en el mes de junio de 1919 se desplaza hasta Turón para asistir a los actos de inauguración de la Agrupación Femenina Socialista (⇑), gesto que las numerosas asistentes, allí congregadas para escuchar a Virginia González, dirigente nacional del PSOE, agradecen irrumpiendo con vivas a la escritora y al socialismo. 

El día de su entierro fueron numerosas las mujeres gijonesas que, abandonando su reducto doméstico y haciendo frente a la lluvia que incesantemente caía aquel sábado de mayo, se echaron a la calle para testimoniar su gratitud a aquella compañera, a aquella hermana suya, que había peleado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas. Es posible que algunas de las presentes recordaran estas palabras suyas escritas años atrás:

«Esta hora nuestra es la del sufrimiento; la hora de nuestras descendientes será la hora de la emancipación».

 



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jueves, 25 de febrero de 2021

230. Algunas dudas acerca de la autoría

 

Puzle incompleto

Las tonalidades, la forma... Observas la pieza y todo hace indicar que ese hueco es el suyo. Cuando  encaja, toda la zona cobra sentido; pero hay ocasiones en las no sucede así: a pesar de las apariencias, aquel no es su lugar en el puzle, por mucho que te empeñes allí no va. En el campo de la investigación histórica sucede algo similar: el nuevo dato, la nueva referencia, puede servir para consolidar la hipótesis que previamente habías elaborado o, por el contrario, para ponerla en cuestión. Es lo habitual. Ha sucedido también en la que nos ocupa, como bien saben quienes siguen este blog. 

Sucedió con lo de su título nobiliario. A pesar de que se viniera repitiendo una y otra vez que era condesa de Acuña (por más que no lo hubiera utilizado nunca, como se solía aclarar), tal condición no resultaba coherente con todo lo que ya sabíamos de ella. Dado que la pieza no termina de encajar, lo que procede es intentar averiguar qué hace ahí, de dónde ha venido, qué hay de verdad en ese asunto. De todo ello doy cuenta en el comentario 156. Acerca de un supuesto título de condesa (⇑), que finaliza con dos conclusiones: a) No contamos con fuentes lo suficientemente contrastadas que nos permitan afirmar que Rosario de Acuña heredó el título de condesa de Acuña; b) su vinculación directa con la nobleza concluye con su bisabuelo Juan Plácido de Acuña y Ortiz de Largacha, IX Señor de la Torre de Valenzuela y de la Casa Solar de Largacha, en el Señorío de Vizcaya. 

Pasó también con lo del año de su nacimiento, con lo de dar por bueno que había nacido en 1851. A pesar de contar con algunas informaciones que desaconsejaban colocar aquella pieza en ese lugar, allí estaba. Pero, por mucho que se insistiera, aquella ficha tampoco encajaba, menos aún cuando contábamos con algunos textos en los que la propia protagonista afirmaba que había nacido un año antes (aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, no deja de sorprenderme que hubiera quien resolviera esta disrupción en el relato biográfico con la siguiente nota a pie de página: «En varios escritos del final de la vida de la autora aparece, 1850, como año de su nacimiento, en lugar de 1851. ¿Olvido, o una curiosa expresión de coquetería?»). Afortunadamente, ahora contamos con el documento (⇑) que prueba que Rosario de Acuña y Villanueva nació el primer día de noviembre de 1850 en el número veintinueve de la madrileña calle de Fomento.

Hay ocasiones en las cuales las pruebas no terminan de resultar concluyentes. En estos casos, creo que lo más honesto es hacerlo así constar, enumerar cuáles son las dudas al respecto, exponer los argumentos que las sustentan y mostrar los resultados de las investigaciones seguidas. Así sucedió, por ejemplo, con respecto al tipo de relación que nuestra protagonista mantuvo durante años con Carlos Lamo Jiménez. Se da por hecho que la suya fue una relación de pareja. Yo creo que no, que la que mantuvieron no fue una relación entre iguales, tal y como intento explicar en el comentario 200. El buen discípulo (⇑).

A lo largo de estos años de investigación he ido dejando algunas piezas al lado del tablero, a la espera de que, tras la llegada de nuevos datos, pudiera incorporarlas o terminara por desecharlas. Ese es el caso de los textos a los que me voy a referir a continuación. Se trata de dos escritos publicados sin título en el año 1916 en El Gladiador del Librepensamiento. Desde un principio surgieron las dudas. Cuando me puse a transcribirlos para incorporarlos a la página Rosario de Acuña. VIDA y OBRA me resultaron un tanto extraños; acostumbrado como creía estarlo a sus estructuras compositivas, a sus giros, a su vocabulario, a su estilo, había algo que no terminaba de convencerme. No obstante, los dos habían sido incluidos por José Bolado en el tomo III de las Obras reunidas, lo cual suponía toda una garantía, pues era conocedor de su dedicación a la tarea en la que se había empeñado.

Volví a ellos en más de una ocasión con la intención de incorporarlos a la página, junto a las demás obras que había ido reuniendo, pero terminaba por desistir. Había en los dos textos referencias a la columna en la que se insertaban que no parecían salidos de su pluma, eran más propias de la responsable del periódico o de una colaboradora cuyos escritos la ocuparan habitualmente ( hemos de dejar de consignar en nuestra sección», «va a honrar hoy esta sección»). Tampoco me acaba de convencer lo de la firma. Aunque Bolado no lo haga constar, ambos escritos aparecen firmados por Hipatia, lo cual no deja de resultar sorprendente, pues con la excepción de Amor a la patria, su segunda obra dramática estrenada durante su etapa zaragozana (⇑) bajo el seudónimo Remigio Andrés Delafon, es su nombre –con los dos apellidos o solamente con el primero–  el que figura al pie de sus escritos, también en los que aparecen por entonces en las páginas de El Gladiador del Librepensamiento. No me acaba de convencer, seguía sin verlo claro, y por esa razón las piezas continuaban al borde del tablero, sin ocupar el lugar al que parecían destinadas. 

Hace unas semanas decidí retomar de nuevo el asunto. Solicité copias de varios números del periódico con el objetivo de analizar con mayor detalle los textos publicados en la «Sección científica. Quo vadis?», la misma en la que se incluyeron los firmados por Hipatia. Pues bien, salvo esos dos, el resto estaban escritos por María Marín, maestra y periodista que ya había colaborado con Ángeles López de Ayala en la primera etapa de El Gladiador. Todos ellos tienen una estructura similar y semejante extensión (alrededor de las seiscientas palabras). Las evidencias parecen apuntar a que esta sección era su sección, por lo cual las preguntas resultan inevitables ¿A qué obedece la excepción?, ¿por qué se incluyen en ella dos escritos ajenos? ¿Quién tomó la iniciativa?, ¿fue la directora quien solicitó los escritos o acaso fue la propia escritora la que los envió? ¿Por qué no tuvieron continuidad?, ¿por qué esos dos?

Aunque sabemos que doña Rosario conocía las obras de César Cantú (es bastante probable que los diez tomos de su Historia universal figuraran en su última biblioteca ⇑), no creo que la biografía del historiador italiano justificara tal excepcionalidad; menos aún la del colono John Smith. Más entendible sería si otros fueran los protagonistas, si acaso fueran figuras relevantes en el campo de la libertad de conciencia, como Giordado Bruno, pero de él ya se había ocupado Marín varios meses atrás. En cuanto a su relación con El Gladiador del Librepensamiento, cabe decir que en sus páginas fueron publicados otros escritos suyos, todos ellos firmados con su nombre y dos apellidos. No obstante, y esto creo que es relevante, tan solo en una ocasión fue la directora, su amiga Ángeles López de Ayala, quien le solicitó un original («te molesté una vez pidiéndote original para una conferencia a la Sociedad Progresiva Femenina, conferencia que a vuelta de correo enviaste ⇑»); en los demás casos, no fue su primer destino, por lo que habría que concluir que, o bien la iniciativa partió de nuestra protagonista y se los envió a su amiga, o bien fue la directora la que los tomó de otra publicación, como había hecho en otras ocasiones, como cuando utiliza un fragmento de Ateos y lo incluye en la portada de la edición que vio la luz el 15 de abril de 1916. Curiosamente, en el número 92 se produce una coincidencia relevante para el asunto que nos ocupa: una carta que Rosario de Acuña había enviado al director del diario gijonés El Noroeste (acerca de las vicisitudes sufridas tras romperse el aljibe de su casa, y de la negativa de los vecinos a que se abastezca de una fuente pública) comparte espacio con el escrito dedicado al capitán Smith, que se inserta en la «Sección científica. Quo vadis?». El primer texto va firmado con su nombre y dos apellidos; el segundo, por Hipatia. 

Queda dicho que esa firma resulta un tanto sorprendente por lo excepcional. No recuerdo otros escritos firmados únicamente con su nombre simbólico. En los contados casos en los que sí figura, se sitúa tras su nombre y apellidos. Así sucede en el telegrama que envía en 1910 al diputado Pérez Galdós en apoyo de la denominada Ley del Candado (Rosario de Acuña y Villanueva, de Solís y Elices, Cuadros y Juanes, Jiménez de Vargas y Román - Hipatía.·. gr.·. 32). Ni siquiera lo utiliza de esa forma, en solitario, en los escritos que tiene por destinatarios a los masones. No lo hace en 1888 cuando da cuenta al pueblo masónico de su reunión con María del Olvido de Borbón y Castellví  en «La gran protectora de la masonería española»; tampoco en  el año 1922 cuando se dirige a los «hermanos masones de Asturias» instándoles a unirse a la Liga de los Derechos del Hombre para clamar contra el desastre, para reclamar justicia para las familias de los millares de soldados muertos en la guerra de África.

Ni era habitual que firmara de esta manera, ni ella era la única masona que en España había elegido el de la filósofa y científica alejandrina como nombre simbólico. Ahora bien, es preciso añadir que Ángeles López de Ayala conocía personalmente a la mujer que había elegido el de Hipatia en su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona: eran amigas. Se conocieron cuando las dos residían en Madrid (⇑), la una en Pinto, la otra en la capital. Sabemos que en el año 1888 participaron en diversos actos masónicos y culturales; y compartieron mesa y mantel, en grandes banquetes y en el más reducido ámbito familiar («aún están frescas en mi memoria las comidas que en unión de tu madre saboreábamos»). De ahí que me cueste creer que Ángeles, la directora de El Gladiador del Librepensamiento lo hubiera utilizado en vano.

Así las cosas, sin pruebas que resulten concluyentes en uno o en otro sentido, creo que lo procedente es incluir los dos escritos, (dedicados a el capitán Smith (⇑) y a César Cantú ⇑) entre los suyos, añadiendo al final de los mismos una nota en la que se incluya el enlace a este comentario, a las salvedades que aquí se ponen de manifiesto. De esta forma, aquellas personas que accedan a la página Rosario de Acuña. VIDA y OBRA estarán al tanto de que, al menos para quien esto escribe, existen dudas acerca de su autoría. 




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sábado, 13 de febrero de 2021

229. Estadísticas y algo más

 

Muestra de una gráfica de líneas
¿Habrá alguien que lea esto que estoy escribiendo?  Resulta inimaginable pensar que la respuesta pudiera ser negativa, más aún después de haber escrito doscientos veintiocho comentarios en este blog. Doy por hecho que sí, que al otro extremo del cable que une mi ordenador a la Red hay personas que lo leerán. Ciertamente, no es un asunto que me haya inquietado: ahora tengo evidencias que lo prueban y antes, en los primeros momentos de mi andadura por este universo digital, ni siquiera me lo llegué a plantear, al igual que había sucedido anteriormente con el de la tinta y las imprentas, propios del formato papel. En ambos casos el proceso resulta similar: estás convencido de que tienes algo interesante que contar y todos tus esfuerzos se centran en dar forma a ese mensaje. No será hasta que, tras no pocos borradores y mucho pulir y repulir, das por concluida la tarea cuando te ves obligado a preguntarte por el objetivo último del proceso tiempo atrás iniciado y terminas por darte de bruces con la ineludible pregunta: qué hacer a partir de ese momento.

Hace ahora alrededor de veinte años, en los primeros de este siglo, cuando investigaba acerca de la Escuela Neutra de Gijón, leí el primer escrito de Rosario de Acuña y Villanueva: el texto del discurso que había pronunciado en el acto de inauguración de aquella escuela. Tras leerlo varias veces, salí del Archivo del Padre Patac con una copia en las manos y la firme voluntad de dar respuesta a las muchas preguntas que me planteaba aquel escrito. Fue así como me incorporé a la lista de quienes se habían empeñado en rescatar del olvido su testimonio vital (⇑). Los que siguieron fueron tiempos de indagar en archivos y en bibliotecas, de reunir escritos y datos. A medida que se resolvían los interrogantes, que aumentaban las certezas, se iba abriendo camino la necesidad de realizar una aproximación biográfica lo más completa posible. Me metí en faena y a comienzos de 2007 puse el punto y final a Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. Fue entonces cuando no tuve más remedio que enfrentarme  a la inevitable pregunta: ¿Y ahora qué?, ¿qué haces con este montón de páginas? Doy por hecho que pueden existir diversas razones para escribir, para contar, pero si algo tenía claro por entonces era que no había escrito aquella biografía para guardarla en un cajón; lo había hecho para que fuera leída.

Portada del libro «Rosario de Acuña y Villanueva.Una heterodoxa en la España del Concordato»Pero el asunto este de dar a conocer lo que has escrito no resulta nada fácil. Pasaron más de dos años antes de que el libro fuera publicado. Bien, ya está en las librerías, ya está en las bibliotecas (andando el tiempo, también en Internet, primero en el portal bibliográfico Dialnet y más tarde, superados unos contratiempos iniciales (⇑), en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes), ya puede ser consultado, ya puede ser leído. No obstante, me doy cuenta que no he concluido mi tarea, que aún quedan cosas pendientes pues, a pesar de que en sus páginas se recogen los hechos más relevantes de su biografía, mantengo abiertas varias líneas de investigación y todavía sigo la pista a algunos de sus escritos. Así es que, con el objetivo de poder incorporar estos nuevos datos y de aprovechar las posibilidades de divulgación que ofrece la red informática mundial, abro la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑) y, un tiempo después, este blog que la complementa. 

Escribí más arriba que, tanto en el ámbito del libro impreso como en el de los escritos para la Red, el proceso era similar; a esta afirmación inicial añado ahora cierto matiz, relevante para el tema que nos ocupa y que paso a comentar. En la lista de los comentarios publicados, los que ya estaban accesibles para quien los quisiera leer desde cualquier lugar del planeta, aparece una información, un número, con el cual habría de convivir a partir de entonces: «Veces que ha sido visto». Resultaba sorprendente su inmediatez; nada que ver con lo que sucedía con los libros, de los cuales y en el mejor de los casos tan solo podías conocer cómo iban las ventas pasadas unas semanas; saber el número de los que se habían vendido el año anterior cuando te liquidaban los derechos de autor. En el caso del blog, la información era prácticamente instantánea. Aquel dato no solo confirmaba que, efectivamente, había alguien al otro lado que lo había «visto», sino que también establecía diferencias entre los diferentes escritos, pues unos se «veían» más que otros. 

La información disponible aumentó considerablemente cuando, por cuestiones técnicas, lo trasladé de Educastur Blog a Blogger. Gracias a las omnipresentes cookies, Google Analytics, la herramienta de análisis de audiencia asociada a esta plataforma, facilita información acerca de los contenidos visitados, la duración de las visitas o la procedencia de las mismas. Es así como pude saber que Madrid es el lugar de origen del mayor número de visitantes y que a la capital le siguen Gijón, Barcelona, Pinto, Sevilla, Valencia, Avilés, Oviedo, Zaragoza, Alcalá de Henares, Granada, Palma, Málaga, Santander, Bilbao, Valladolid, Pozuelo de Alarcón, Coruña, Jaén, Alcorcón, San Sebastián, Almería...; también que, además de visitantes ubicados en países de Hispanoamérica, se suelen producir visitas con origen en Reino Unido (Londres, Cardiff o Nottingam), Italia (Florencia o Roma), Francia (Ussel, Fontenay-le-Fleury, Lyon, Cahors, Noisy-le-Grand o Rennes), Letonia (Riga), Irlanda (Dublín), Finlandia (Tampere), Estados Unidos (Edwardsville, Jersey City, Mansfield o New Haven)...

Llegados a este punto, tengo que decir que, una vez que ha quedado constancia de que al otro lado hay personas interesadas en saber algo más acerca de la trayectoria vital de doña Rosario, el resto de los datos tiene una importancia menor. Creo que poco aporta a mi labor conocer qué porcentaje de visitantes accede al blog desde un ordenador o desde un teléfono móvil; tampoco saber si las visitas proceden de un motor de búsqueda o de un enlace inserto en otra página; y quizás menos aún averiguar cuál es el día o la franja horaria con mayor número de visitas. En cuanto a los datos que sí podrían interesarme, como el del tiempo de la visita a un determinado comentario, tampoco me aportan información que pudiera confirmar de manera concluyente que además de «visto» ha sido «leído». Pongo un ejemplo como aclaración. Hace unos días una persona «vio» uno a uno los doscientos veintiocho comentarios publicados; lo hizo en dos sesiones diferentes, con un total de más de dos horas y cuarto de permanencia en el sitito (más de setenta y ocho minutos en la primera, casi sesenta y tres en la segunda). Pues bien, como no es posible leer en ese tiempo todos y cada uno de los comentarios, deberíamos concluir que no los leyó. No obstante y dado que  resulta difícil de asumir que alguien estuviera ciento cuarenta y un minutos visitando uno a uno y de manera sistemática todos los comentarios por el mero hecho de pasar el tiempo, quizás haya que considerar la posibilidad de que la persona en cuestión lo que hizo fue copiar los textos de los comentarios (quizás para almacenarlos y poder leerlos posteriormente con mayor tranquilidad), lo cual sí que sería posible realizar en el tiempo referido. Fuera o no fuera así en este caso, habida cuenta de la verosimilitud de tal posibilidad, ya no resulta fácil afirmar de forma categórica que un comentario no ha sido «leído» por más que el tiempo de permanencia sea inferior al necesario.

Es probable que para quienes tengan interés en todo lo relacionado con el tráfico en Internet y el posicionamiento en buscadores todos estos datos resulten muy útiles. Por lo que a mí respecta, me quedo con el número de visitantes (varias decenas de miles a lo largo de estos años, imprescindibles acompañantes en esta tarea en la que me he involucrado) y con los lugares que mantienen enlaces en sus sitios web, bien a la página, bien al blog, bien a Una heterodoxa (Biblioteca Nacional, Wikipedia, Hemeroteca Municipal de Madrid, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Dialnet o un creciente número de blogs relacionados con el librepensamiento, la literatura, el feminismo o la masonería).

Bien está contar con datos que, siendo favorables, contribuyen a retroalimentar el objetivo inicial del proyecto, pero, sin duda, resulta mucho más satisfactorio lo que uno se encuentra más allá de los mismos. Por fortuna, he habilitado una dirección de correo (que figura tanto en el blog como en la página: info.rosariodea@gmail.com), y allí me he encontrado testimonios que personifican lo que hay detrás de lo digital, de las estadísticas o de los números. Hay quien me ha escrito preguntándome acerca de lo que representan cada uno de los personajes de El padre Juan, o requiriendo mi opinión acerca de aquellos de sus escritos que pudieran tener mayor interés para un lector actual. Allí me he encontrado también a familiares de doña Rosario, descendientes de su nutrido primazgo (⇑), con quienes he compartido impresiones, textos y fotos; a responsables de la catalogación de archivos que me agradecen algunas de las informaciones publicadas y que, por lo visto, han facilitado su labor; a blogueros, cronistas e investigadoras que me escriben acerca de sus hallazgos, de sus estudios o de sus escritos... Detrás de estos mensajes hay personas con nombres y apellidos que comparten conmigo la admiración por nuestra protagonista.

Imagen de la página Proyecto Ensayo Hispánico
Al otro lado del correo también encontré propuestas que me abrían la posibilidad de ampliar la difusión de mis investigaciones. Por invitación de José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, elaboré «Rosario de Acuña y Villanueva. Una vida entregada a la búsqueda de la Verdad», el capítulo a ella dedicado que figura en el Repertorio Íbero e Iberoamericano de Ensayistas y Filósofos (⇑), encuadrado en el Proyecto Ensayo Hispánico. La escritora y periodista Ada del Moral, buena conocedora de Joaquín Dicenta, Luis Bonafoux y demás integrantes de la «Gente Nueva», me encargó su biografía para la colección Mujeres en la Historia (⇑) que publica El País.

Con todo, resultando muy gratificante enterarse de la satisfactoria evolución de la audiencia –y, más aún, conocer a algunas de las personas que se encuentran detrás de esos datos–, no conviene olvidar que el objetivo último del trabajo emprendido es el de contribuir a disipar la neblina que durante tantos años ocultó su existencia. El hecho de que su nombre resulte más familiar a un número creciente de personas no creo que deba ser el único parámetro a considerar a la hora de evaluar el grado de consecución del mismo. Si en su momento hubo decisiones políticas que la condenaron al público desconocimiento, quizás ahora deberíamos fijarnos en otros aspectos para comprobar que, gracias a ese mayor conocimiento que sugieren las estadísticas, su figura va recuperando el protagonismo que le arrebataron. Algunos, ciertamente, sí que son constatables. Veamos. Han ido desapareciendo de la Red las informaciones erróneas (⇑) acerca del lugar y año de su nacimiento; desde hace ya un tiempo en todos los sitios aparece reflejado que lo hizo en Madrid el primero de noviembre de 1850. Su nombre ha recuperado el lugar que tiempo atrás ocupó en el callejero (⇑) de algunas de las ciudades españolas (incluso en el insólito caso de Tarrasa ⇑); también lo hizo en el edificio madrileño inaugurado en el año 1933 como sede de un grupo escolar y que actualmente lo es del Centro Sociocultural Rosario de Acuña (⇑). Poco a poco se ha ido abriendo espacio en las páginas especializadas: desde 2013 cuenta con un portal a ella dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; cuatro años más tarde fue la Biblioteca Nacional (⇑) quien la incorporó a su proyecto Escritores en la BNE. En la temporada 2018-19 el suyo fue uno de los cuatro nombres de mujer que dieron vida a otras tantas obras estrenadas en el Centro Dramático Nacional (⇑) dentro del ciclo En letra grande. No hace mucho tiempo supimos de la sorprendente aparición en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid del denominado Archivo Personal Rosario de Acuña (⇑): doscientos noventa y ocho documentos que durante décadas habían permanecido ocultos en los oscuros rincones del olvido.  Sus cuentos y sus poesías se incluyen en diversas antologías; sus obras se integran en nuevos proyectos impulsados por diferentes empresas de comunicación  (si en 2019 su biografía se incluyó en la colección Mujeres en la Historia del diario El País, ahora son algunos de sus textos los que forman parte de la que edita La Gaceta de Salamanca con el título Escritoras inolvidables del siglo XIX)...

Quiero pensar que mis afanes no han sido en vano, que la labor divulgativa que vengo desarrollando durante los últimos años ha contribuido al mayor conocimiento de la vida y obra de doña Rosario de Acuña y Villanueva. Es lo que me mueve a teclear cuando, bien de mañana, el cursor parpadea intermitentemente a la espera de que escriba un nuevo comentario o que transcriba uno de sus textos recuperados.




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Fragmento de la primera página de El Socialista, 8-5-192311. El último adiós de El Socialista
AAunque no desaprovechó ninguna ocasión para rechazar su pertenencia a cualquiera de los «ismos» que componían el grupo de los «verdaderos liberales», bien puede decirse que –al menos en los últimos años de su vida– mantuvo relaciones cordiales...