domingo, 12 de diciembre de 2021

248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete

 

A pesar de que España se mantuvo oficialmente neutral en la devastadora guerra que asolaba a Europa, la vida se fue haciendo más dura para buena parte de su población como consecuencia de aquel conflicto que años después se denominó Primera Guerra Mundial. El aumento de la actividad económica, provocada por una mayor demanda de aquellos productos que habían dejado de producir los países en guerra, derivó en un descontrolado proceso inflacionario: las constantes subidas de precios se comían rápidamente los aumentos salariales. La carestía de las subsistencias azuzó el descontento social, hasta el punto de que en el seno de los dos sindicatos mayoritarios se fueron abriendo paso las propuestas más contundentes.  Con el objetivo de forzar al Gobierno a intervenir en el control de los precios, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores acordaron convocar una huelga general de veinticuatro horas. Fue la primera de este tipo en España y tuvo lugar el 18 de diciembre de 1916 con altas tasas de seguimiento (en algunas ciudades solo abrieron las farmacias y los estancos). Animados por  el éxito obtenido, los sindicatos empiezan a pensar en la posibilidad de convocar una huelga general indefinida si las autoridades gubernamentales no se avienen a sus peticiones.

Como si la unidad mostrada por la clase trabajadora hubiera provocado reacciones balsámicas en su ya cansado organismo, Rosario de Acuña parece encarar el nuevo año con renacida esperanza, dispuesta a continuar interviniendo en la tribuna pública, dando por terminado el voluntario silencio que siguió tras el regreso de su exilio portugués. El año empieza, en efecto, con una mayor presencia en la prensa amiga de lo que ha sido habitual en los últimos tiempos, pues a sus propios escritos hay que añadir aquellos otros que se ocupan de su persona, bien para alabar su trayectoria vital («Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie…»), para sumarse a la propuesta de convertirla en miembro de la Academia Española que públicamente realiza Castrovido en El País; o la elevan a la categoría de ejemplo vivo de la heterodoxia («es muy conocida en todos los centros intelectuales donde haya un poco de arte y un mucho de revolución»).

En cuanto a los que ella publica, tal parece que están cargados de una renacida radicalidad, lo cual debió de poner nervioso a más de uno en un momento en el que militares, fuerzas de la oposición y sindicatos están poniendo en evidencia la descomposición del sistema político de la Restauración. No duda en reafirmar su antiguo republicanismo, arremeter contra «las fuerzas reaccionarias» en las que «renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados»; o tomar partido por los países aliados que están haciendo frente en las trincheras europeas a quienes defienden «la regresión hacia ideales gastados, desmenuzados, inútiles ya para el camino de progresión». Se posiciona, de forma y clara y rotunda,  frente a las fuerzas que sustentan al Gobierno o, quizás mejor, al lado de quienes pretenden derribarlo.

Probablemente sea el artículo que aparece en El Noroeste el 12 de mayo con el título «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado en los círculos regionales de poder. Se trata de un escrito en el cual, dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», les impele a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos en la región, pues bien parecen que están alentando a que convoquen esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Tampoco debió de pasarles inadvertida su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición, y del cual la escritora dio cumplida cuenta en el artículo «Ráfagas de huracán» que publicó el semanario madrileño El Motín.

 José Uría y Uría: Después de la huelga (Museo de Bellas Artes de Asturias)

La llamada pública a la unión de las fuerzas «de izquierda»  es lo que en aquella primavera de 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas ante todo lo que pudiera estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se para de hablar. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid. En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. Buscaban panfletos, pasquines... las «proclamas de Marcelino Domingo», el mismo diputado socialista que, tan solo unos días antes y en las páginas de El Noroeste, había planteado que nuevos hombres, desligados de los partidos en turno, asumieran la dirección del Estado y dieran paso a un proceso constituyente. No encontraron nada, tan solo la contundente respuesta de la dueña de la casa: «Yo no necesito leer proclamas, si acaso las escribiría».   

Unos días antes del registro, los ferroviarios de Valencia habían iniciado una huelga que precipitará los acontecimientos: el Gobierno declara el estado de guerra, la Federación Nacional de Ferroviarios anuncia que si los trabajadores valencianos no son readmitidos convocará a todos sus afiliados del país a una huelga general para el 10 de agosto, la empresa no cede... La huelga de los ferroviarios sorprende a los dirigentes ugetistas trastocando el plan acordado con la CNT. A pesar de considerarla prematura, la UGT, que no podía dejar abandonados a los ferroviarios, decidió convocar una huelga general indefinida que se iniciaría el lunes 13 de agosto. Aunque las circunstancias no eran las más convenientes, pues quedaban muchos aspectos por debatir y muchos temas por concretar, no había marcha atrás y la huelga debería de ser general y revolucionaria y así lo hizo saber el comité de huelga en el manifiesto publicado el día anterior: no cesaría «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno (que al decir de algunos habría precipitado los acontecimientos para no dar tiempo a los sindicatos a organizarse convenientemente) detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas, dando por restablecido el orden cinco días después, aunque se mantuvo activa en Asturias algunas jornadas más. Dispuestos a acabar con aquel último reducto huelguista, los regidores gubernativos no quisieron dejar ningún cabo suelto. En la madrugada del 22 de agosto varios guardias civiles se presentan de nuevo en la casa de doña Rosario, uno de ellos, de paisano, armado de pala y azadón: venían a cavar en busca de  «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado. 

Aunque aquellos intempestivos registros no hacían más que confirmar que su nombre volvía a estar en el punto de mira de los celosos guardianes de la ortodoxia, aunque lo más sensato y razonable hubiera sido, por tanto, alejarse de la primera línea de confrontación, ella no podía hacerlo sin antes saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido  detenidos, sometidos a un consejo de guerra bajo la acusación  de sedición y condenados a cadena perpetua. El domingo 25 de noviembre acude a la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero: en la cárcel también estaba encerrada la esperanza que había depositado en la clase trabajadora, ansiaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso.

Lejos han quedado los tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Las dificultades económicas por las que atraviesa en los últimos años de su vida van a situarla al lado mismo de los más necesitados, con quienes compartirá estrecheces y penalidades, anhelos e ilusiones. Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!». De ahí que tras aquella huelga general, también está más próxima a aquellos que encabezan la lucha.

La madrileña Agrupación Feminista Socialista, tras enterarse por la prensa de los registros, hace pública su enérgica protesta contra semejante tropelía, al tiempo que manifiestan su admiración por la librepensadora y su deseo de contar con ella «para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación». Tiempo después, al aproximarse el aniversario de la huelga, los socialistas quieren contar con su testimonio para hacerlo público en el órgano del partido obrero y doña Rosario no puede menos de manifestar en las páginas de El Socialista cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. Tras varios días de horrores y de martirios, de correr sangre por ciudades y campos, la Semana Roja dio paso a una revolución blanca, una serie de leyes «liberales, progresivas, emancipadoras». No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias:

«De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas».




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jueves, 25 de noviembre de 2021

247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel

 

16 de enero de 1923. Hace ya unas horas que la noche se ha adueñado de la bahía gijonesa. Las escasas personas que por entonces transitan por las proximidades del Muro de San Lorenzo se ven sorprendidas por la presencia de un hombre que, dando muestras de una gran excitación, corre en dirección a Cimadevilla, descalzo y completamente empapado en agua. Cada poco, sale una exclamación de su boca, cada vez más desalentada y fatigosa: « ¡Salvadlos!, que se mueren». 

Sin esperar respuesta alguna, continúa corriendo hasta llegar al establecimiento de Manuel Loché, situado en las proximidades de la capilla de los Remedios. Nada más traspasar el umbral del chigre se deja caer en un banco, extenuado. No cesa de repetir una y otra vez aquella imperiosa petición: « ¡Salvadlos!, que se mueren».

El recién llegado era bien conocido por los presentes, habituales del local. Se trataba de Santiago Aspillaga, Santi, patrón de la goleta Nuestra Señora del Carmen y que solía alojarse en aquel establecimiento cada vez que arribaba a la villa. Tras unos breves instantes, los necesarios para recuperar el aliento, pudo contar lo ocurrido. El velero, de doscientas cincuenta toneladas y matrícula de San Sebastián, hacía la ruta de Zumaya a Gijón con un cargamento de cemento para ser descargado en la consignación de la Junta de Obras del Puerto. Cuando ya divisaban la playa de San Lorenzo, la fuerte marejada hizo imposible el control del buque, arrastrándolo contra los acantilados de El Cervigón, donde quedó encallado con sus seis tripulantes a bordo. El patrón, viendo que en aquella zona no había nadie que pudiera ayudarlos, decidió lanzarse al mar para intentar llegar a nado hasta tierra y pedir auxilio.

Rafael Monleón y Torres: Un naufragio en las costas de Asturias (1875), Museo del Prado

Tras escuchar con atención su relato, los parroquianos se organizaron presurosos: unos pocos se encaminaron a alertar a las autoridades y a los prácticos del puerto, los más se dirigieron hasta el lugar donde se encontraba la goleta. Al llegar al alto de El Cervigón, entre la negrura de la noche acertaron a ver el velero encallado a pocos me-tros de la costa. ¡Allí estaban! Las llamas de la hoguera que no tardaron en encender y los gritos de llamada obtuvieron la ansiada respuesta: ¡Estaban vivos! Los tripulantes encaramados en uno de los palos del navío contestaron alborozados… Eran las primeras horas de la madrugada, el temporal arreciaba y el embravecido mar estrellaba inmisericorde sus olas contra el muro de roca. No cabía otra cosa que esperar.

 Los murmullos se acallaron de pronto. En uno de sus persistentes embates, el mar partió la popa del buque y el palo mesana cayó al agua arrastrando consigo a los marineros que en él se encontraban. Ante la gravedad de la situación, dos jóvenes se ofrecieron a descender al fondo del acantilado por unas cuerdas que alguien había traído de una casa próxima. Armados tan solo con unas lámparas de carburo consiguieron, al fin, rescatar con vida a dos de los náufragos, que fueron trasladados a la casa de Rosario de Acuña, próxima al lugar.

* * *

 Cuatro décadas atrás la primacía portuaria de Gijón estaba en cuestión y son muchas las voces que afirman que el puerto gijonés se ha quedado pequeño. En 1879 Fernando García Arenal, hijo de la ilustre Concepción Arenal y a la sazón ingeniero de la Junta del Puerto, presenta un proyecto para su ampliación. Hay quien piensa, en cambio, que la mejor opción para entrar en la modernidad es construir un puerto nuevo, en la ensenada de El Musel. Tras no pocas discusiones, esta última opción es la que obtiene el apoyo de las autoridades ministeriales, y en el mes de julio de 1889 el ministro del ramo firma el decreto que da vía libre a la construcción del nuevo puerto. Unos cuantos años después y con ya muchos millones empeñados en la obra, El Musel abre la puerta a una modernidad inimaginable por entonces: graneleros, espigones, petroleros, portacontenedores, toneladas por millones, cruceros, plantas regasificadoras, quimiqueros, nuevas ampliaciones…

* * *

 Las voces de llamada alertan a quienes dormitan en el interior de aquella solitaria casa. Rosario de Acuña, que habita en el piso de arriba, insta por el hueco de la escalera a Carlos (« el pariente que, hace ya muchos años, se arrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa») a que abriera pronto la puerta. Sin apenas dar tiempo a que terminaran de explicarse, doña Rosario atiende solícita a los recién llegados. Realiza las primeras curas a los heridos, reparte ropas de abrigo, se enciende un fuego… El café y el coñac que les han servido también ayudan. Y las palabras de aliento y apoyo que les dedica su anfitriona. Poco a poco los náufragos van recuperando el aliento y la calma. Cuentan a los presentes, entre los que se encuentran periodistas de La Prensa y El Noroeste, detalles de lo ocurrido.

 Lo que no saben entonces, no pueden saberlo, es que unas horas más tarde será rescatado el contramaestre del buque, quien, habiendo permanecido amarrado durante horas al botalón, terminó por lanzarse al mar cuando la marejada empezaba a amainar. También desconocen que sus otros dos compañeros no corrieron la misma suerte: el mar apresó los cuerpos de los dos tripulantes del velero que ejercían las funciones de cocinero y de fogonero, vecino este último del gijonés barrio de La Calzada y padre de tres hijos y una hija. La noticia de estas muertes envolvió de tragedia la villa gijonesa.

 Aunque la mayoría parece asumir con resignado dolor este nuevo zarpazo del inclemente océano, Rosario de Acuña no se resigna, no se calla. No lo hizo años atrás al conocer la agresión sufrida por una alumna de la madrileña Universidad Central. A pesar de que aquel escrito en el que arremetió contra los agresores le obligó a exiliarse en Portugal, tampoco se quedó callada al enterarse de que algunos trabajadores eran tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretendían anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma. A pesar de sus ansias de vivir los últimos años de su vida en paz y tranquilidad, su pluma tampoco podrá permanecer envainada ahora, cuando llaman a su corazón las víctimas de la insensatez gobernante.

 Doña Rosario, indignada por aquellas muertes, escribe un duro artículo reclamando de las autoridades la adquisición de cuanto material de salvamento marítimo sea necesario, cuyo coste no supondría más que unas migajas del dineral que desde hace años se lleva sumergiendo en el mar para construir el nuevo puerto de Gijón, que, al fin y al cabo, no hará más que enriquecer a los que ya son ricos. Con «algunas rebañaduras» del ingente capital invertido en las obras, con todos los millones que desde hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡gran puerto de El Musel!! bien pudiera tener siempre dispuesto «un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo…» y «hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS» que estuvieran prestos al auxilio de los náufragos.

 A pesar de que en su escrito no se olvide, no, de quienes, arriesgando sus jóvenes vidas, salvaron las de los dos náufragos, para ella el meollo del asunto está en el abandono en el que se encuentran los trabajadores que por un escaso jornal arriesgan su vida a bordo de un barco. Para los primeros, a quienes rinde público homenaje de admiración y respeto, acreedores como son a tener «Alteza» y «Santidad», pide una distinción acorde con sus méritos: « ¡Que venga la cruz de Beneficencia al pecho de estas altezas imberbes…!». Para quienes deben ganarse su sustento en el mar, tan solo una cosa: ¡Justicia!

 Pocos meses después, tendría de nuevo ocasión de hablar de todo ello. Como ya vie-ne siendo habitual en los últimos años, en la tarde del Primero de Mayo grupos de obreros, en silenciosa excursión, se dirigen hasta su casa para rendirle un sencillo homenaje de respeto y admiración. Con ellos confraternizó en amigable charla, hablando del pasado más reciente y del incierto futuro que amenazaba con nuevos padecimientos a los que ya padecían. A tenor de lo que dejó escrito uno de los presentes, tal parece que el análisis que realizó en aquella ocasión, (que resultó ser la última vez que se reunía con ellos, su último Primero de Mayo, pues tan solo unos días después algunos de los que allí estaban volverían a El Cervigón para acompañar su cadáver hasta el cementerio civil de El Sucu) fue del todo clarividente. En opinión de aquella veterana luchadora tan solo había una salida: la unión de los de abajo, de los de tercera, de quienes malviven con el fruto de su trabajo:

 «A ver, amigos socialistas –nos decía– únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; únanse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo...»

 

La Voz de Asturias, 11/11/2021

 

 



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jueves, 11 de noviembre de 2021

246. Remendando pingos para estar sin la indecencia del jirón

 

Primavera del año 1920. A pesar de que en noviembre del año anterior ha cumplido los sesenta y nueve, no para de trajinar, y desde bien temprano ocupa buena parte de sus horas en fregar, barrer, cocinar, lavar, remendar... En la casa de El Cervigón la bolsa no está para muchas alegrías, menos aún después de que los años pasados en el exilio portugués se hubieran llevado buena parte de los ahorros, tanto fue así que, a su regreso, no tuvo más remedio que hipotecar la casa, su único patrimonio. Desde entonces, no le queda otra que milagrear con los diecinueve duros que cobra de pensión para –además de todo lo demás– pagar el importe de los réditos. Todo por arremeter con palabras contundentes contra los agresores de una estudiante de la madrileña Universidad Central.

No es de extrañar que la llegada de aquellas mil pesetas fuera recibida como lluvia en tiempo de sequía, por más que aquellos doscientos duros no cayeran del cielo. No se lo podía creer, y se lo tuvieron que explicar. De acuerdo con la disposición testamentaria del librepensador malagueño Antonio Martín Ayuso, cada año se entrega esa cantidad de dinero a aquellas personas o sociedades que, habiéndose distinguido en su lucha contra el clericalismo y el fanatismo, «más hayan comprometido sus intereses o su porvenir en tal empresa». Ese año, la elegida es Rosario de Acuña que había sido propuesta por José Nakens, director de El Motín, en virtud de su larga trayectoria en defensa de la libertad de pensamiento. La destinataria, que no tenía noticia alguna de la existencia de tal legado, se apresura a escribir una carta en la cual, además de agradecer el donativo, procede a dar cuenta pormenorizada del destino que tuvieron cada uno de los duros recibidos.

Diego Velázquez: Vieja friendo huevos, 1618 (Galería Nacional de Escocia, Edimburgo)
Lo primero que hizo fue pagar lo que había comprado al fiado, empezando por las cosas del comer: «Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden la de vaca». La enumeración de productos con los que abastece su cocina viene a confirmar la penuria en la que vive por entonces, pues no parece que su alimentación fuera muy variada: de legumbres, las judías; ninguna mención al pescado; en cuanto a la fruta y a los huevos, cabría confiar en que siguiera teniendo un gallinero y contara con algún que otro árbol en su finca. En cualquier caso y a la vista de lo que ella misma cuenta, con esta lista de comestibles se las consigue apañar, con algo de ingenio y buena mano: «como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre...».

Ciertamente, el del exilio no fue el único episodio de su vida que se saldó con un quebranto económico. Quizás el más reciente fue el que padeció algunos años antes, cuando vivía en la localidad cántabra de Cueto. Casi sin tiempo para encontrar una nueva vivienda, fue desahuciada de su granja avícola (⇑), en la que había puesto todas sus ilusiones, a la que había dedicado toda su dedicación durante cuatro años, en la que había invertido los ahorros de toda su vida. Y eso que en aquella ocasión ni siquiera había abierto la boca. Sucedió tras conocerse el éxito que había logrado, cuando la prensa santanderina se hizo eco de la medalla de plata que obtuvo en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en el año 1902. Al parecer, la noticia de aquel galardón que premiaba su trabajo como avicultora, llegó a oídos de la dueña de la finca donde estaba instalada la explotación, «feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander». Fue entonces cuando la propietaria debió de darse por enterada de que tenía como inquilina a «una hereje» y fue entonces cuando, horrorizada por tamaña vergüenza y deshonor, la obligó a abandonar la finca: «me arrojó de ella (por cierto sin darme más que quince días de término para desalojarla), sin duda para tener más seguro el paraíso, y sin que me valieran las tres mil pesetas que había gastado en gallineros, cobertizos, etcétera, y aún tuve que derribarlo todo para dejarlo a gusto de ella… y del canónigo».

Por más que las tres mil pesetas que allí quedaron sepultadas constituían para ella todo un dineral (el equivalente a más de tres años de su pensión de viudedad), cierto es que la pérdida de entonces no puede ser comparable con la ruina ocasionada por su obligada estancia en territorio portugués una década después. Conviene no olvidar que durante los dos años de exilio no tuvo más que gastos (alimentación, alojamiento, transporte, ropa...), habida cuenta de que, por evidentes razones procesales y geográficas, le fue imposible cobrar ni una sola mensualidad de la pensión de viudedad que tenía asignada. Por si aquella sangría suelta no fuera suficiente, aun habría de llegar la noticia de un descuadre mayor en el ya muy maltratado libro de caja. Al poco tiempo de haber regreso a su casa gijonesa del acantilado –lo cual no hizo hasta haberse asegurado que estaba incluida en el indulto concedido por el Gobierno para los delitos de imprenta– se enteró de que el resto de sus ahorros había desaparecido, se había volatilizado en el proceso de suspensión de pagos por el que se adentró la empresa promotora de la Ciudad Lineal en el verano de 1914. 

Su interés en aquella iniciativa urbanística habría que situarlo en sus mismos comienzos, en los primeros años noventa del siglo anterior, coincidiendo con su obligada mudanza de Pinto a su Madrid natal, para curarse de unas fiebres palúdicas que la pusieron al borde de la muerte.  El proyecto  del ingeniero Arturo Soria se configura ante sus ojos como una atractiva alternativa a la insana vida ciudadana, de la que ha huido años atrás para recuperar el contacto con la naturaleza.  La luz de la razón al servicio del bienestar de los humanos: construir una ciudad nueva con calles anchas, manzanas de viviendas aisladas y separadas unas de otras por una masa de vegetación, «canalizaciones de agua, luz, calor, fuerza y electricidad», espacios reservados para los edificios de carácter colectivo, y perfectamente estructurada por una doble vía de ferrocarril que la habrá de unir al centro de Madrid. 

Tanto debió de agradarle aquella iniciativa que decidió apoyarla económicamente, quizás con una parte del dinero obtenido con la venta de su casa de Pinto. Lo cierto es que, como ella nos contará más tarde, dejó sus buenas pesetas en la Compañía Madrileña de Urbanización, la empresa promotora de la Ciudad Lineal, probablemente a cambio del derecho a percibir un lote de terreno en la futura urbanización. Pero claro, una cosa son los proyectos y otra muy distinta el proceso para su ejecución: como quiera que la empresa no contara con grandes accionistas  se vio obligada a recurrir a los pequeños ahorradores ofreciéndoles intereses atractivos, hasta el punto de que el pago de los mismos se llevaba una parte considerable de los ingresos, de suerte tal que para atender sus compromisos financieros precisaba la llegada de nuevos depósitos. Llegó un momento en el cual los gastos superaron a los ingresos, la empresa se declaró en suspensión de pagos y los ahorros de Rosario de Acuña pasaron a ocupar un espacio en el limbo de las finanzas.

Con la hipoteca de su casa a cuestas y sin un duro en el bolsillo, resulta que tampoco puede echar mano de aquel dinero. No hay más. De posibles herencias no sabemos otra cosa que lo que ella misma nos ha dicho: «Dos veces, en mi vida, vino a mis manos, por herencia, cantidad cercana a esta cifra y la rechacé». Quizás la ayuda económica de su madre y de su padre la recibiera en vida; tal vez fue, precisamente, el dinero para comprar la casa de campo en Pinto, el mismo que  se había volatizado con la suspensión de pagos de la Compañía Madrileña de Urbanización. Aparte de esa posible donación, tan solo atesora algunos objetos familiares, algunas joyas, convertidas ahora en dolorosa fuente de ingresos, prenda de un préstamo, que ahora puede recuperar con las mil pesetas del legado del difunto Ayuso: «Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre». 

Así estaban las cosas. Disponía de poco más de tres pesetas diarias, y con esa cantidad tenían que vivir...  ¡dos personas! Porque el pariente que «habitaba en el piso bajo de la casa» no aportaba ningún dinero. Nada. Confieso que cada vez que leo esta carta de doña Rosario se me revuelven las neuronas. No alcanzo a entender que, al menos en esta situación de absoluta necesidad, el tal Carlos Lamo Jiménez (dieciocho años más joven que ella, licenciado en Leyes y gozando de buena salud) no hiciera lo posible por encontrar un trabajo remunerado. En fin, como respecto al tipo de relación que mantenían ya he escrito un comentario anterior (⇑), no es cuestión de volver sobre el asunto. El caso es que en aquella casa se vive con estrecheces (ella lo llama «seminecesidad») y que las penurias económicas por las que pasaba la ilustre pensadora de El Cervigón no pasaban desapercibidas para sus correligionarios. Tanto es así que aquel mismo años a su casa llegarán otras doscientas cincuenta pesetas, remitidas en este caso por un entusiasta admirador residente en Cuba. Gracias a aquellos ingresos inesperados, bien se puede hacer un exceso: «habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno». 


 



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martes, 5 de octubre de 2021

245. Dos mujeres y un santuario


Emilia Pardo Bazán de la Rúa Figueroa (La Coruña, 1851 - Madrid, 1921) y Rosario de Acuña Villanueva (Madrid, 1850 - Gijón, 1923) son dos coetáneas casi perfectas, dado que sus nacimientos tienen lugar con apenas unos meses de diferencia, y sus muertes se suceden con un intervalo de dos años. No solo vivirán en una misma época, sino que su crianza y educación serán también muy similares. Las dos eran hijas únicas y las dos tuvieron unos padres, y aquí me refiero al progenitor masculino, que creían en la igualdad intelectual de hombres y mujeres, y puesto que ellos son quienes en aquella España (la del Concordato de 1851 y la de la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano) cuentan con la autoridad requerida, son sus padres quienes les franquean las puertas a una educación más abierta.

Será su pasión –compartida– por la lectura la que dejará en ambas una huella más intensa. De los libros leídos pasarán pronto a los escritos, a la escritura creativa, ya sea en prosa o en verso. Luego, lo previsible, pues no tardarán en dar a conocer sus escritos en diarios y revistas. Tras las primeras escaramuzas en la prensa, recibirán los primeros reconocimientos públicos. Será, y ahí encontramos una nueva coincidencia, en 1876. Ese será el año en el que Rosario obtenga el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento tras el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática. Ese será el año en que Emilia obtenga el premio al mejor estudio crítico de las obras de fray Benito Feijoo que se convoca coincidiendo con la celebración del segundo centenario del nacimiento del monje benedictino. El galardón supondrá un impulso a su actividad literaria, pues le va a abrir las puertas de la prensa nacional en cuyas páginas publicará por entonces artículos de divulgación. Gran satisfacción para Emilia que ve ahora reconocidos sus méritos como escritora y madre, pues meses antes ha dado a luz a Jaime, el primero de los hijos de su matrimonio con José Quiroga y Pérez de Deza, segundogénito de una rica familia hidalga y terrateniente, con quien se había casado seis años antes, cuando aún no había cumplido los diecisiete. Emilia ya era madre… Rosario, menos precoz, se había casado en abril de ese año, tras el exitoso estreno de Rienzi, con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra.

Así pues, al finalizar 1876 todo parece indicar que tanto Rosario, con veintiséis años recién cumplidos, como Emilia, que en septiembre cumplió los veinticinco, se han introducido de lleno en el mundo literario sin abandonar por ello sus obligaciones familiares. José Quiroga, el marido de Emilia, es un estudiante de Derecho y su esposa, cómo no, se traslada de La Coruña a Santiago para que su marido pueda continuar sus estudios. Rafael de Laiglesia, el marido de Rosario, es militar y poco después de su boda es destinado a Zaragoza. Y con él, cómo no, se va Rosario (⇑). Todo está de su lado: la tradición, la sociedad, la doctrina católica… las leyes. Tanto es así, tal es su situación de preeminencia que, conociendo lo que habrá de suceder después, resulta razonable preguntarse ¿Aceptaron sin más las exitosas actividades literarias de sus mujeres?

Santuario de Pastoriza (fotografía publicada en 1930)

Lo cierto es que en los primeros años ochenta los dos matrimonios se rompen. Emilia y José se ven de vez en cuando, asisten juntos a algunas celebraciones, se ocupan de forma conjunta del futuro de sus hijos, en especial de la educación de la más pequeña, pero viven separados: él en alguna de las fincas familiares y, no tardando, en el castillo de Santa Cruz, que adquirió por entonces; ella, en la casa de La Coruña o en Madrid. Rosario y Rafael también se separan. En los primeros meses de 1883 el marido se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de Jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto.

Será a partir de ahora, mediados los ochenta, cuando las vidas de Emilia Pardo Bazán y de Rosario de Acuña Villanueva, que hasta entonces habían transcurrido por escenarios tan similares, tomen caminos bien diferentes. Cuentan con una formación semejante, privilegiada para los momentos en los que les ha tocado vivir; se enfrentan a los mismos impedimentos sociales por su sola condición de mujer; adquieren significación entre sus contemporáneos por su actividad, por la labor profesional que desarrollan; critican abiertamente el papel secundario, cuando no de servidumbre, que la sociedad asigna a las mujeres… Pero, cuando no les queda otra que rehacer sus vidas, ambas tomarán distintas direcciones. Tan solo unos años después ya resulta bien evidente la lejanía en la que se encuentran, de manera especial respecto al papel que ha de desempeñar la Iglesia en la vida colectiva. La una, librepensadora –y masona, desde febrero de 1886–, une su voz a la de quienes critican el poder excesivo que ejerce la jerarquía católica en la sociedad española; la otra no duda en defender públicamente el magisterio de la Iglesia frente a los ataques de los anticlericales.

Una coincidencia nos va a permitir constatar lo alejados que por entonces se encuentran sus puntos de vista en relación con este tema. Resulta que con una diferencia de unas semanas las dos van a visitar el coruñés santuario de Pastoriza; resulta también que ambas dejaron escritas las impresiones que tal visita les produce. Emilia acude al santuario en compañía de unas amistades a mediados de junio de 1887. Lo hace para ofrecer a la virgen la corona de laurel y encina que le había regalado pocos días antes el Círculo Mercantil. No tardaron en hallar al párroco, quien, después de rezar y dar un vistazo al templo, les invitó a refrescarse en la rectoral con un excelente jerez. En aquella animada tertulia, en la cual el sacerdote dio cumplida respuesta a cuantas preguntas le hacían sobre la historia del lugar, surgió la propuesta de que doña Emilia escribiese una obra para que los peregrinos y devotos del santuario conocieran su historia, costumbres y tradiciones. «Al pronto el cura se ofreció a publicarla y discurrió que se vendiese a beneficio del santuario». Dicho y hecho. Antes de que concluyera aquel verano salió de la imprenta La leyenda de la Pastoriza, en cuyas páginas la señora Pardo Bazán, además de cumplir sobradamente con lo que se le había pedido, nos da cuenta de algunas impresiones sobre el templo: «El interior revela en cada detalle la actividad y excelente gestión del señor Cortiella: entarimado de madera, cielo raso del cuerpo de la iglesia, pilas de mármol, embaldosado de la capilla mayor, de mármol también, púlpitos de hierro, arreglos de la sacristía y bautisterio, imágenes nuevas de talla, ricos ornatos, y hasta el mullido almohadón de terciopelo y el reclinatorio que disfruté durante la misa, prueban que el lucimiento del culto y aun la comodidad de los peregrinos sibaritas están atendidos con extremo.»

Rosario visita el santuario unas semanas después, a mediados de septiembre. Llega tras haber estado en el de Santa Eufemia en Arteijo (Arteixo), de donde salió conmo-vida por las escenas que presenció, por los rituales que se allí se practican para que los «endemoniados» arrojen de sí al enemigo que los atormenta. El escenario se puebla de gritos e imprecaciones de familiares y romeros que exhortan a aquellos seres que aúllan en el altar mayor para que expulsen los demonios que llevan dentro. Incapaz de aguantar hasta el final, sale de allí despavorida preguntándose si no le produce más asombro lo que ha visto o el hecho de tener la seguridad que todo aquello sucede, como cosa sin consecuencia, con el consentimiento de todo tipo de autoridades. Con el re-cuerdo de estas imágenes bien presentes llega a Pastoriza: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX, el sensual, el erótico, el que se acomoda con la mayor satisfacción entre el sarao, la orgía y la corrida de toros […] Catolicismo afeminado, con el femenino de la vanidad, de la lujuria y de la hipocresía, que coloca en las manos de sus adeptos el voluminoso devocionario de rica encuadernación, y ofrece a sus rodillas el reclinatorio de suave terciopelo y talla de roble…»

Un mismo escenario, dos puntos de vista diametralmente opuestos. Cuando aún no han cumplido los cuarenta, estas dos mujeres –coetáneas casi perfectas, nacidas y cria-das en ambientes y condiciones muy similares– mantienen posiciones antagónicas en materia religiosa, en relación al papel que juega y que ha de jugar la Iglesia en la sociedad española. Y ese diferente posicionamiento tiene el correspondiente correlato en su vida privada.

Rosario traba amistad a finales del ochenta y siete con un grupo de jóvenes que se han asociado en un denominado Ateneo Familiar, al frente del cual figura Carlos Lamo Jiménez, un estudiante de Derecho que por entonces contaba con diecinueve años, y que permanecerá con ella hasta su muerte. Poco sabemos acerca de la naturaleza de esa relación. Cabe suponer que fuera la propia entre un hombre y una mujer que libremente deciden vivir juntos y hacerlo durante tantos años, por más que en el entorno de la escritora no trascendiera nada que así lo diera a entender y Carlos fuera conocido como «sobrino», y Regina, su hermana, como «sobrina». O, quizás, Carlos solo fuera un amigo abnegado y respetuoso; solo el hijo de Micaela y Anselmo, consecuentes republicanos y librepensadores, amigos ambos de Rosario; solo un discípulo que se mantuvo leal a su mentora durante tantos años (⇑).

Por el contrario, de algunos de los amantes de doña Emilia sí que hay constancia. Tal parece que tras su separación hubiera recuperado la esperanza de alcanzar esa felicidad que le ha sido tan esquiva. Liberada de las ataduras matrimoniales, soslayadas las estrecheces religiosas y sociales del momento, nada le impide rendirse a la atracción física –compatible con la literaria, claro está– que pudiera despertarle la presencia de alguno de los autores con los que habitualmente mantiene correspondencia. Si la católica, ultracatólica para algunos, Emilia Pardo Bazán se las arregló para salir airosa cuando la prensa católica arreciaba sus ataques contra la novela naturalista y no faltaban quienes la situaban al borde del pecado, en estas cuestiones de ámbito más íntimo lo indicado era evitar que trascendieran, mantener una exquisita discreción. Al fin y al cabo, es lo que solían hacer algunos de sus colegas y otros prohombres de la patria. Y ello era compatible con la pública profesión de fe, que para eso disponía de las páginas de algunos de los periódicos de mayor difusión. Como ejemplo, Crónica de la Romería, una serie de artículos que escribe en los últimos días de 1887 y los primeros del año siguiente como corresponsal de El Imparcial en el jubileo sacerdotal del papa León XIII. En el que firma en Roma el 3 de enero, escribe: «Sabía que era católica, no que lo fuese tan apasionadamente; no me juzgaba muerta como Lázaro, pero ignoraba que la fibra poseyese tanta elasticidad y respondiese como la cuerda de una lira al contacto del dedo divino».

El 12 de mayo de 1921 muere Emilia Pardo Bazán en su domicilio madrileño, como consecuencia de un proceso gripal que se fue complicando sin remedio. Durante las últimas horas estuvo acompañada de familiares, doctores y del obispo de Madrid-Alcalá. Durante toda la mañana del sábado siguiente se estuvieron diciendo misas por su alma. A continuación, los numerosos asistentes a la luctuosa ceremonia se aprestaron al acompañamiento del cadáver hasta el cementerio de la Sacramental de San Lorenzo. El cortejo, que caminaba tras la hermosa carroza tirada por ocho caballos, estaba integrado por un nutrido grupo de personalidades entre los que se encontraban los representantes de la familia real, varios ministros, aristócratas, diplomáticos, escritores, artistas o militares. En la lápida de la escritora coruñesa tan solo caben unas pocas líneas: «Doña Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa Mosquera y Somoza, Condesa de Pardo Bazán, Terciaria Franciscana, Dama Noble de la Orden de María Luisa, falleció el día 12 de mayo de 1921, a los setenta años de edad».

Casi dos años más tarde, el 5 de mayo de 1923 fallece en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña, a causa de una embolia cerebral que la sorprende realizando tareas domésticas. A su lado se encuentra su fiel compañero Carlos Lamo, el médico que la atiende y Antonio Oliveros, director de El Noroeste, a quien ruegan que no lo haga público, pues así lo había dejado escrito la finada. A pesar de ello, la noticia se propagó por la ciudad. El día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaron ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos: los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros hasta depositarlo en el cementerio civil (⇑)... Por decisión propia, la tumba donde reposan sus restos, no habría de tener «más que un ladrillo con un número o inicial».

 



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martes, 21 de septiembre de 2021

244. Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria

 

Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito, «privilegiado lugar con que la Naturaleza dotó a Asturias». Tal fue el caso también de Rosario de Acuña Villanueva, una madrileña que eligió un lugar en el litoral gijonés para pasar los últimos años de su vida: «Medio mundo vendría a extasiarse en estos incomparables paisajes astures […] porque no hay nada más soberanamente bello que Asturias».

Aunque nacida en pleno centro de Madrid, no tardó en disfrutar de los efectos salutíferos de la brisa yodada del Cantábrico. Sabemos de sus tempranas estancias en Gijón donde, quizás por primera vez, sus doloridos contemplaron la inmensidad del océano. El primer viaje a Asturias del que tenemos noticia tuvo lugar en su primera juventud y no lo olvidó. El tren correo en el que viajaba junto a su padre para pasar un mes en la villa gijonesa, a los baños, fue asaltado por una partida carlista en las proximidades de Villamanín. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, tuvieron que caminar en dirección a Busdongo hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Una vez allí, tomaron otro tren que, al fin, les condujo hasta su ansiado destino, donde les esperaban unos buenos amigos.

Villanueva de Oscos. Senda verde del Agüeira (Archivo del autor)

Volvió en más de una ocasión, y no solo a Gijón, y no solo para que sus ojos obtu-vieran los beneficios del aire marino. Conservamos algunos testimonios de sus andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heladeras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en Soto del Barco»... La mayoría de las veces lo hizo a lomos de una fiel cabalgadura, en alguna de las expediciones que, partiendo de Pinto, realizaba cada año para recorrer durante meses buena parte del norte de España. Así sucedió en 1887 cuando, procedente de León, pasó algunas semanas en Asturias (con estancias de varios días en, al menos, Trubia y Luarca) antes de internarse en tierras gallegas. Volvió a suceder pocos años después. Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa, valiéndose de un asturcón para la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... En la cima de la Pica del Jierru (o pico del Evangelista, que era como solía aparecer por entonces en los mapas), sus ojos se recrearon en la panorámica que desde aquellas alturas, a más de dos mil cuatrocientos metros, se contemplaba: al sur, las estepas castellanas; al norte, la azul inmensidad del mar; «más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias!, donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales».

En su opinión, este privilegiado territorio no solo posee innumerables bellezas paisajísticas capaces de atraer a turistas de medio mundo, sino que también cuenta con un clima suave y con una tierra fértil que bien pudieran convertirlo en un auténtico vergel, donde florecieran la agricultura y la ganadería, la vacuna y la equina, así como la industria avícola, que ella tan bien conoce. A sus ojos, la tierra astur se configura como el escenario paradisiaco que, sabiamente utilizado, debiera proporcionarle « tal riqueza que fuera el asombro de Europa, porque no hay en ella, ¡no!, (conozco Francia e Italia en viajes también despaciosos), una región más fértil, más templada, más exuberante de vegetación ni de tierra más substanciosa que esta faja vertiente norte del Pirineo cantábrico».

Tan solo es preciso que sus gentes sean capaces de aprovechar racionalmente los bienes con los que la naturaleza ha premiado a su tierra: un clima privilegiado, suelos de alto valor y agua; que las gentes del campo, mirando más hondo a la tierra que al cielo, buscando el bien de todos, se asocien para recoger con sabiduría y mesura los recursos que tienen a su disposición. Tal sería el sentido de la carta que remite a la Asociación de Agricultores de Carreño, así lo escribe también en algunos de los textos que desde su casa del acantilado gijonés envía a la prensa amiga: «Las sociedades de labradores pueden, si quieren, ser el núcleo propulsor de la innovación». Con una buena organización, con un adecuado reparto de tareas entre los integrantes de las cooperativas agrícolas, Asturias podría convertirse en poco tiempo en la abastecedora de huevos y aves (gallinas, patos, ocas, faisanes…) de media España.

Aunque la avicultura sea la protagonista de sus propuestas, no por ello deja de ver las potencialidades que para la riqueza de la región presenta la ciencia agrícola. El ejemplo lo tiene cerca de su casa, en el vergel que se extiende por la ería del Piles, con sus elevados trigales, sus campos de remolacha, sus caserías «enguirnaldadas de parrales» y rodeadas de laureles e higueras, sus huertos floridos de frutales diversos, sus eras de alcachofas y sus tablares de fresa… «Y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia». Tampoco se olvida de las pequeñas industrias caseras para la elaboración de mermeladas y confituras, de mantequilla o de quesos, como los que ya se producen en las montañas orientales, los exquisitos quesos de Cabrales, «enmohecidos por las nieblas de los ventisqueros, y la paciente habilidad femenina».

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en este privilegiado escenario habita tam-bién la esperanza: «un apretado haz de consecuentes, austeros y resueltos» que militan en el campo de la libertad, obreros concienciados y combativos, hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de librarse de la superstición y de abrazar la racionalidad y el progreso, mujeres a quienes desea ver «emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas», como las que, no tardando, se manifestarán a su lado por las calles de Gijón en defensa de la llamada «Ley del candado».

¿Qué más podría pedir? Tan solo faltaba la ocasión para hacer realidad su sueño: «vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo». Y la oportunidad se presentó a finales de la primera década del siglo veinte, cuando, tras un desahucio, dos mudanzas obligadas y un robo que diezmó su granja, puso fin a su etapa como avicultora en Cantabria. En 1908 pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última morada. Meses más tarde se encuentra en su nueva casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean el cabo de San Lorenzo: « ¡Gijón!, ¡Gijón!, el mar en oleadas vierte en ti su infinita poesía…».

Muchas horas, muchos días de cabalgar caminos, de ascender lomas y montañas, de andar senderos, de atravesar collados, de vadear riachuelos; muchas horas, muchos días, de ver y sentir. « ¡Ay! ¡Asturias!, ¡Asturias! Si tus hijos quisieran, si metieran allá, muy dentro del alma, en el más oscuro rincón, el catecismo clerical y llenaran su inteligencia de ciencia positiva, y su corazón de amor a la vida…». Recorriendo esta tierra desde los quince años, cuando sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa cantábrica, hasta pocos antes de su muerte. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco, recién vuelta del exilio portugués al que la llevó aquel contundente artículo en el cual arremetió contra los agresores de una joven universitaria, realizó la que probablemente fue su última expedición por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón al suroccidente asturiano. Por la costa hasta Ribadeo; subida a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos (« ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón.

« ¿Quién podrá descifrar tanta belleza

 que Asturias toda guarda en sus rincones?

 ¡Cuando el hombre se libre de locuras 

y odie al odio, y encauce las pasiones, 

podrá vivir la vida de venturas 

que ofrece una región con tales dones! ».

 

 La Voz de Asturias, 20-9-2021




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domingo, 5 de septiembre de 2021

243. Un nuevo aliado en las tareas divulgativas

 

A medida que avanzaba en la investigación, a medida que iba profundizando en el conocimiento de su vida y de su obra, me afianzaba más en la idea de que todo aquello había que darlo a conocer, debía de ser conocido. Supongo que fue lo mismo que pensaron quienes me precedieron en esta labor de redescubrimiento: la desmemoria había ocultado durante años un valioso testimonio vital que había que sacar a la luz. Lo había dicho Amaro del Rosal décadas atrás desde su exilio mexicano: era preciso «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...». 

Pronto comprendí que la investigación debía de ir unida a la divulgación. En el otoño de 2004 me propusieron publicar un libro sobre Rosario de Acuña (⇑) destinado al alumnado que terminaba el bachillerato y fue entonces cuando me enfrenté con el dilema. Aunque no tenía concluido el plan que me había trazado, a pesar de tener abiertas varias vías de investigación, contaba con suficiente información, con datos contrastados, que bien podían ayudar a clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. Analicé pros y contras y terminé por aceptar el reto. El resultado fue Rosario de Acuña en Asturias, un libro que tenía por objetivo aproximar el valioso testimonio vital de esta mujer a quienes terminaban sus estudios en el instituto gijonés que lleva su nombre y, por añadidura, a cuantas personas estuvieran interesadas en conocer quién había sido esa mujer y se acercaran a sus páginas. Con los apuntes que sobre su vida en Asturias se dibujan en la primera parte y con la lectura de sus escritos gijoneses (publicados en El Noroeste desde 1909 a 1923) recogidos en la segunda, pretendía contribuir a disipar la borrina que la había ocultado durante tantos años.

Desde entonces, fui consciente de que investigación y divulgación podían –y debían– ir de la mano, tan solo era preciso encontrar los mecanismos adecuados. La publicación en formato libro era la forma tradicional de dar a conocer algo. Sus ventajas resultaban evidentes: las estanterías de las bibliotecas las corroboran. Pero también tenía inconvenientes, dos de ellos a tener muy en cuenta: no depende de la propia voluntad, por lo cual el proceso puede alargarse más de lo deseado (pasaron dos años desde que en 2007 di por concluido Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato hasta que fue publicado); además, una vez que está en imprenta ya no se pueden incorporar nuevos datos, nuevas referencias, nuevas actualizaciones, lo que obliga a reediciones o a preparar nuevas publicaciones que completen la anterior.  De ahí que, sin renunciar a las indudables ventajas del libro (ahí están:  ¿Quien fue Rosario de Acuña?El crimen de la calle de Fuencarral; Rosario de Acuña Hipatia (1850-1923). Emoción y razón; Rosario de Acuña), en 2009 abrí dos espacios en Internet que, gracias a la versatilidad propia del medio, me han ayudado a solventar la rigidez del formato papel. Quienes accedan a Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑) encontrarán información actualizada sobre los aspectos más sobresalientes de su biografía, los escritos salidos de su pluma y las referencias más recientes de cuanto se haya publicado sobre ella; quienes lo hagan a Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios (⇑) hallarán opiniones y reflexiones –las propias y las, siempre bien venidas,  ajenas– acerca de su trayectoria vital.

Cabecera de La Voz de Asturias del 8-5-1923 donde aparece un texto de Mario Rey: un emocionado homenaje a la fallecida recordando una visita reciente a su casa en El Cervigón

Además de los libros y de los espacios en Internet, me pareció que la prensa resultaba un canal muy apropiado para divulgar su mensaje, pues no sólo llegaría a más personas, sino que también quedaba abierta la  posibilidad de que hubiera quien buscara más información sobre ella en los libros y en la Red. Con este objetivo en mente, desde principios de 2006 («Rosario de Acuña, pionera del montañismo en Asturias» se publicó por entonces) fueron apareciendo algunos escritos en la prensa regional, tanto en La Nueva España como en El Comercio. En esas estaba cuando hace apenas unos meses me topé con diversas informaciones referidas a las audiencias de la prensa que me dieron que pensar: resulta que los periódicos digitales siguen batiendo récords de audiencia; resulta que la diferencia porcentual entre quienes leen los diarios por internet y los que lo hacen en papel sigue aumentando; resulta que, por esta razón, los diarios se han digitalizado y en la mayor parte de los casos requieren de una cuota de suscripción para acceder a los contenidos; resulta que hay diarios que han optado únicamente por la digitalización y el acceso libre, sin pago... Este era el caso de La Voz de Asturias, una cabecera casi centenaria que, tras su cierre en 2012, resurgió tiempo después en formato digital  con un crecimiento constante de su audiencia. Las últimas cifras publicadas (3,3 millones de usuarios únicos durante el año, nueve millones de páginas leídas al mes en 2020... ) se encuentran muy alejadas de las que estoy acostumbrado a ver y  hablan bien a las claras del potencial divulgativo del medio.

Me puse en contacto con Ángel Falcón, su director, y con la vista puesta en la fecha del centenario (días antes de que se cumpla el de la muerte de nuestra protagonista, La Voz de Asturias celebrará el de su salida a la calle), acordamos que periódicamente les enviaría un escrito sobre Rosario de Acuña. En ello estoy. Voy seleccionando entre los comentarios incluidos en este blog aquellos que considero más interesantes y, tras someterlos a un necesario proceso de adaptación (tamaño, contextualización...), se los envío cada tres o cuatro semanas. He aquí el resultado (pulsando sobre el título, podrás acceder al texto completo):

  • Madrina de guerra en una España neutral (⇑). Si bien es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, también lo es que una parte de su población tomó partido por alguna de las dos alianzas contendientes, alentada por la disputa que se dirimía en las páginas de los periódicos, los ya conocidos y los que se crearon por entonces con esa finalidad (Los Aliados, Germania...). A pesar de la neutralidad oficial, no era inhabitual que aliadófilos y germanófilos se enzarzaran en discusiones ...

  • Una mujer en lo más alto de la montaña (⇑). Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós lo tiene decidido. Será el verano próximo. No puede demorarlo por más tiempo, pues cabe la posibilidad de que algunos de los alpinistas extranjeros que ya habían alcanzado la gloria de coronar en primer lugar otras cumbres de los Picos hicieran lo mismo con el Urriellu. Se fue a Londres a comprar la mejor cuerda que pudo encontrar, y con ella marchó a...

  • «Con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder» (⇑). El levantamiento del general Martínez Campos a fines de 1874 pone fin al Sexenio Democrático y a la Primera República y abre paso al proyecto de restauración borbónica planeado por Cánovas: tras la proclamación de Alfonso XII se pondría en pie un régimen en el cual la soberanía fuera compartida entre el monarca y el pueblo, representado por dos partidos políticos...

  • Ecos de una agresión. «Por la sola razón de ser muchachas guapas y estudiantas» (⇑). Los nuevos aires del Sexenio propiciaron que algunas jóvenes tuvieran la osadía de solicitar un permiso especial para realizar los estudios de Segunda Enseñanza y, con este título en la mano, matricularse en la universidad. Tal fue el caso de Elena Maseras, quien en el curso 1872-73 se convierte en la primera alumna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. A ella siguieron otras en parsimonioso goteo, una a una, de forma tal que en un principio...

  • Un recado para los responsables del puerto de El Musel (⇑). 6 de enero de 1923. Hace ya unas horas que la noche se ha adueñado de la bahía gijonesa. Las escasas personas que por entonces transitan por las proximidades del Muro de San Lorenzo se ven sorprendidas por la presencia de un hombre que, dando muestras de una gran excitación, corre en dirección a Cimadevilla, descalzo y completamente empapado en agua. Cada poco, sale una exclamación de su boca, cada vez más desalentada y fatigosa: « ¡Salvadlos!, que se mueren»... 

  • Sorpresa en el teatro. No terminan de creérselo... (⇑). «Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después de que el madrileño teatro del Circo acogiera el estreno de...

  • Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria (⇑). Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito... 

  • A pesar de las llagas en los ojos, aprendió a aprender (⇑). En 1857 fue aprobada la Ley de Instrucción Pública, que regulaba cómo habría de ser la educación de las nuevas generaciones de escolares. Rosario de Acuña, que no había cumplido aún los siete años, era una de las destinatarias de aquel programa que había diseñado el equipo del ministro Moyano Samaniego. Además de las materias instrumentales (Lectura, Escritura, Principios de gramática castellana y Principios de aritmética), la ley también establecía la obligatoriedad...

  • Por la libertad de cátedra ¡Yo pago la matrícula! (⇑). El artículo segundo del Concordato de 1851, vigente durante ochenta años, lo dejaba meridianamente claro. A la jerarquía católica española le correspondía el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud»...

  • Salvoconducto para una mujer separada (⇑). El imaginario colectivo, cimentado sobre arraigados soportes religiosos («Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará»), había situado al esposo y a la esposa en niveles diferentes, y la legislación civil asume y sanciona tal desigualdad: la mujer debe «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia […] no puede administrar sus bienes ni los de su marido…»

  • Marruecos: la tumba de miles de españoles (⇑). Verano de 1921. «Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»: con este titular a toda página abre el periódico madrileño La Acción su edición del sábado 23 de julio. La prensa de la capital cuenta que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario...  

  • La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo de Madrid (⇑). No fue la primera vez que sorprendió a la sociedad madrileña. Ya lo había hecho en 1876, con ocasión del estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática: concluido el segundo acto, la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena a la joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes...

  • El centenario de la muerte de Rosario de Acuña a dos años vista (⇑). El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de su muerte. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable...

(Continuará)