domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 10 de noviembre de 2019

199. La masonería, bastión estratégico


Fragmento de la cabecera del Boletín de procedimientos, órgano oficial del Soberano Gran Consejo General Ibérico
Su casual encuentro con Las Dominicales del Libre Pensamiento catalizó el proceso de transformación que había iniciado tras la muerte de su padre y la definitiva separación de su marido: en las páginas del semanario «palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad». Tan solo encontraba una objeción a la encomiable tarea que desde meses atrás realizaban Ramón Chíes, Fernando Lozano y el resto de colaboradores del semanario: no es posible defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer. Convencida de que ellos solos no podían conseguirlo, decide dar un paso al frente y unirse a su lucha: «heme aquí, señor Chíes, que vengo a ofrecer mi entusiasta concurso a la causa del librepensamiento, con la mesura del caminante que, viajando solo, ni se precipita ni retrocede.»

Cuando a finales de 1884 inicia la campaña de Las Dominicales (⇑), su voz de mujer se adentra decidida en aquel campo de batalla en el cual unos cuantos hombres pelean contra otros muchos para lograr que, al fin, la luz se abra paso. «Para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes; yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Aunque eluda lo rudo de la batalla, aunque dé por supuesto que puede contar con el apoyo de sus nuevos compañeros, sabe que aquella lucha que ahora comienza no va a ser incruenta, que los enemigos acecharán por doquier: «Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos». Se ve sola, mujer sola, enfrentada al clericalismo y a sus poderosos instrumentos: el confesionario, el púlpito y la prensa confesional.

Sin embargo, apenas iniciada su campaña recibe buenas nuevas: no está tan sola como ella creía. Entre las reacciones de entusiasmo que provoca la publicación de su carta, de su adhesión a la «causa  del librepensamiento» se encuentran las de unas cuantas mujeres que la saludan alborozadas, que se suman a su lucha. No está sola, ciertamente. En aquella España dominada por el oscurantismo y las supersticiones hay otras mujeres que ya han conseguido desembarazarse de los arneses clericales y están prestas para el combate. Pasados unos meses, al  repasar todas aquellas muestras de apoyo («pasan de mil las cartas de adhesión incondicional que guardo en carpeta») bien pudo haber constatado que no todas las mujeres que le habían escrito se encontraban solas y aisladas; supo que también las había que integraban algún tipo de agrupación. Dos hay que destacan especialmente. Por un lado la de aquellas que habían convertido el semanario espiritista  La Luz del Porvenir en un enclave anticlerical, en una plataforma desde la cual se defienden los derechos de la mujer y el laicismo; por otro, la masonería, sociedad que vive por entonces una etapa de expansión, con un incremento de la presencia femenina en las logias y con la creación de logias integradas exclusivamente por mujeres.

Amalia Domingo Soler, directora de la publicación espiritista, apenas tarda unos días en mostrar públicamente su satisfacción por aquel escrito de adhesión (⇑). En carta fechada en Gracia, Barcelona, el 5 de enero de 1885 le cuenta que reproducirá su carta en el semanario y que le encantaría establecer correspondencia con ella «porque sois un genio, y los genios se asemejan a los soles, que con su calor vivifican».  En efecto, tal como había anunciado, en la portada de la edición del 15 de enero se publica el texto íntegro, precedido de una entradilla en la que, entre otras cosas, se dice: «La adquisición de Rosario [de] Acuña, es para el racionalismo filosófico de alta trascendencia, los libre-pensadores podemos decir que es nuestra la victoria». A partir de entonces, los escritos que envía a Las Dominicales serán aquí reproducidos con prontitud: las mujeres de La Luz del Porvenir se convertirán en entusiastas propagadoras de su palabra. Aunque el grupo no sea muy grande, allí cuenta con nuevas aliadas. No está tan sola como podría haber creído en un primer momento.

Más numeroso es el grupo de las masonas, pues, según las fuentes disponibles, en el último tercio del siglo XIX habría varios centenares de mujeres formando parte de las logias españolas. La masonería vive por entonces una etapa de crecimiento y hay masones que se muestran decididos a asociar a la mujer a la causa. Algunos se muestran convencidos de que solo con su concurso podrán neutralizar la perniciosa influencia que ejerce el clericalismo sobre sus compañeras: «vemos con dolor los trabajos de nuestra Orden combatidos por nuestros enemigos que, apoderándose de la mujer en el púlpito y en el confesionario meten la idea enemiga entre nosotros...». Quienes así se expresan son los integrantes de la logia Amistad, de Pedralva (Valencia), en carta dirigida a la recién llegada. En parecidos términos lo hicieron semanas antes los de la ferrolana Luz de Finisterre, a quienes doña Rosario no tarda en contestar mostrándoles su satisfacción por el apoyo que le han ofrecido: «Véanme, por lo tanto, con el sentimiento de mi pequeñez y el agradecimiento hacia su bondad, recibiendo, conmovida y respetuosa, el alto honor de que he sido objeto en su entusiasta felicitación». Las adhesiones y bienvenidas se suceden: los hermanos de la logia Acacia, número 25, también de Valencia, la convierten en «heroína del librepensamiento», en «redentora y defensora de la emancipación de nuestra débil compañera»; los de la Alces, de Alcázar de San Juan, la animan a disipar «con la brillante luz de vuestra inteligencia las sombrías tinieblas en que se halla sumida la mujer española»; los integrantes de la logia Amigos de la Naturaleza y de la Humanidad, de Gijón, le transmiten efusivas muestras de admiración y respeto: «Recibid, señora, la expresión de nuestro más afectuoso cariño, y contad que siempre tendréis un lugar preferente en la memoria de todos los obreros de esta Log .·. que os admiran y veneran»... Del contenido de estas cartas podemos deducir que la masonería ha recibido con satisfacción su llegada al bando de quienes defienden la causa del librepensamiento, también que en las logias existe interés en aproximarse a doña Rosario.


De todas ellas será la Constante Alona, de Alicante, la que lo haga de una manera más explícita y  continuada. Ya en el mes de febrero de 1885 publica en su periódico La Humanidad un escrito ensalzando su labor: «... combate con energía ayudada por su profundo y brillante talento contra la ignorancia y la superstición de la mujer, que han impedido hasta ahora que ocupe en la sociedad el lugar que legítimamente le corresponde». Si las cartas anteriores le produjeron una lógica satisfacción, este laudatorio texto tuvo que hacerlo en mayor medida, por cuanto había sido escrito por Mercedes Vargas, simbólico Juana de Arco, oradora honoraria de la logia. Detrás de esos nombres se encuentra una mujer que comulga con los objetivos de su lucha en pro de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre; una mujer dispuesta a colaborar en la campaña que ha emprendido: «ofrezcámosle mis qq.·. hermanas nuestro humilde grano de arena para ayudarla a dar cima a la colosal obra que ha emprendido y, siguiendo sus huellas, llegará a ser un hecho la recuperación de la mujer por medio de la razón ilustrada».

Quizás el interés de Mercedes Vargas impulsó a los responsables de la logia a ponerse en contacto con nuestra protagonista. Lo cierto es que así lo hicieron, pues disponemos de una carta (⇑) en la cual Rosario de Acuña agradece las atenciones que le han dispensado; sabemos también que en su casa de Pinto recibe «oportunamente» La Humanidad, órgano oficial de la logia que ve la luz cada diez días. Es probable que se mantuvieran los contactos (los hechos acontecidos meses después así parecen corroborarlo), que se hablara de la coincidencia de ideales, de una posible iniciación de quien tan brillante campaña viene haciendo en pro de la libertad y del progreso, que la escritora fuera invitada a visitar la ciudad para propagar allí sus ideas... De haber sido así, lo fue sin una gran concreción pues las noticias que empiezan a circular por la capital alicantina son un tanto difusas. Ya en los primeros días del año 1886 la prensa local informa de la inminente llegada de la escritora; El Graduador del seis de enero dice que «dará alguna conferencia en el teatro o en otro punto a propósito». A finales de mes en la Constante Alona creen que llegará el cinco o el seis de febrero para dar unas conferencias sobre libertad de pensamiento y así se lo comunican a los responsables de las logias Numancia y Alona, solicitándoles designen sendas comisiones para acudir a recibirla. No lo hizo ni el cinco ni el seis; llegó, por fin, la mañana del jueves 11 de febrero a la estación de ferrocarril de la capital alicantina y lo hizo acompañada por el señor Ruzafa que hizo el viaje con ella desde Pinto. Entre quienes se habían acercado para recibirla abundaban los masones y en el carruaje de otro masón, el señor Terol (probablemente Rafael Terol Maluenda, Mateo, iniciado en la Constante Alona en 1880, diputado provincial por entonces y no tardando alcalde de Alicante y diputado en Cortes), se dirigió a la acreditada fonda Bossio.

Fonda Bossio y teatro Principal en una fotografía de 1852 (Archivo Municipal de Alicante)

A partir de entonces, los hechos se suceden con celeridad, lo cual parece probar la existencia de comunicaciones anteriores. Al día siguiente, viernes 12 de febrero, Rosario de Acuña dirige un escrito (⇑) al venerable maestro de la logia Constante Alona solicitando su ingreso en la masonería. Ese mismo día un grupo de masones envía al mismo venerable maestro otra carta, en la cual proponen la iniciación de esta señora «muy conocida por sus escritos e ideas que vienen a identificarse con las ideas que defendemos»; también que se realice con celeridad, pues  tan solo permanecerá en la ciudad un corto número de días. Un día después, sábado 13 de febrero, Eduardo Oarrichena Guijarro, Plutón, Gr .·.32 gran delegado en la provincia del Gran Oriente de España, autoriza a la logia Constante Alona «para que se proceda a la iniciación de tan distinguida señora de la forma más breve, relevándola de las tramitaciones ordinarias por exigirlo así el bien de la Orden en general y de esta logia en particular». Ese mismo día, los responsables de la Constante Alona comunican a los de la Alona que, habiendo recibido la autorización pertinente, se procederá a la iniciación de Rosario de Acuña en la noche del lunes 15 de febrero. Quedan dos días para la ceremonia, tiempo que la solicitante aprovecha para recordar una estancia anterior (⇑). El domingo 14 viaja a Elche y lo hace acompañada por tres masones: Eduardo Oarrichena, el delegado del GOE que acaba de autorizar este excepcional procedimiento de iniciación; José María Escuder, Celso, Gr .·.3, autor de la nota añadida a la solicitud de iniciación formulada por Rosario de Acuña, pidiendo se admita y vote, iniciándola a la mayor brevedad; y Rafael Sevilla Linares, miembro también de la logia Constante Alona y director de La Unión Democrática.

Por las informaciones que facilita ese diario alicantino sabemos que las conferencias sobre el librepensamiento de las que se había hablado no pasaron de ser una posibilidad; que sí hubo un recital poético (⇑) en el teatro Principal el miércoles 18 de febrero; que la poeta, convertida ya en Hipatia, cuando apareció en el escenario fue aplaudía por el público asistente «con entusiasmo rayano al delirio». Rafael Sevilla cuenta a los lectores del diario que dirige todo lo acontecido aquella velada, lo hace en una entusiasta crónica (⇑), sin escatimar elogios hacia la protagonista, hacia la «poetisa inspirada, la escritora eminente, la adalid del progreso, la defensora acérrima de las libertades patrias, la Hypatia española...»: conoce de primera mano que ese es el nombre simbólico que adoptó en la ceremonia de iniciación. Rosario de Acuña y Villanueva ya es masona, ya es Hipatia.

Quizás sea este el momento adecuado para preguntarse cuáles han sido las razones de este entendimiento. Las de la masonería parecen claras, a tenor de lo expuesto por el delegado provincial del Gran Oriente de España. En los considerandos que incluye el señor Oarrichena en su carta del día 13 hay dos que resultan muy reveladores. En uno de ellos hace mención a «las altas cualidades que la adornan y su activa propaganda en pro de nuestros principios y del libre pensamiento»; en otro manifiesta «que es una gloria nacional por sus brillantes escritos, y que la masonería patria adquirirá con su iniciación una gran columna que, por medio de la propaganda, atraerá a nuestros templos gran número de adeptos». Para hablar de las posibles razones de Rosario de Acuña será necesario utilizar algo más de espacio.

En primer lugar,  es preciso señalar que la masonería le resultó próxima desde los mismos inicios de su campaña de Las Dominicales (⇑). A las entusiastas muestras de agradecimiento que recibe de las logias, hay que añadir el hecho de que los principios masónicos no le eran ajenos, también que las páginas del semanario librepensador se convirtieron en un espacio favorable a la masonería, pues no debemos de olvidar que tanto Ramón Chíes como Odón de Buen o Fernando Lozano eran masones. Librepensamiento y masonería confluyen de manera natural en Las Dominicales. Allí puede encontrar un sólido respaldo en su lucha. Una mujer sola no puede desdeñar el apoyo que en aquella contienda le puede brindar una organización que le es afín, que vive una etapa de expansión y que cuenta con presencia en algunos sectores influyentes. A esta proximidad inicial a la orden hay y al apoyo que pueda recibir de la misma hay que añadir un elemento de gran importancia para ella: la presencia de mujeres en las logias y, según parece, son unas cuantas más que aquellas que se agrupan en torno a La Luz del Porvenir. En algunos de los templos masónicos se encuentran mujeres que han conseguido liberarse de la nefasta influencia del clericalismo. Quien se lanzó al campo de batalla para defender la ilustración de la mujer, la dignificación de la compañera del hombre, no puede desaprovechar la ocasión de contar con aquellas potenciales aliadas en su lucha. Bien es verdad que no todos los masones están de acuerdo con su presencia; que no está claro cuál es el papel que desempeñan en aquellas logias que sí la contemplan; que en algunas compartieron rituales y cargos con sus compañeros; que en otras, al contar con dos o tres masonas, se constituía una columna o cámara de adopción integrada por hombres y mujeres;  que las había que, alcanzando un número suficiente,  se constituían en logia de adopción con cierta autonomía de funcionamiento; y que las había, al fin, que se independizaban de la logia madre. Quizás sea esta diferencia de trato a la mujer la que pueda explicar el porqué de su iniciación en una logia tan distante de su domicilio habitual.

Creada en 1878 por los integrantes de la preexistente Alona que permanecieron fieles al Gran Oriente de España, la logia Constante Alona tuvo un rápido crecimiento en los primeros años ochenta, instalando logias en diferentes lugares de la provincia de Alicante e iniciando a varias mujeres. La presencia de las primeras masonas en su seno hizo que sus responsables se planteasen la posibilidad de crear una logia de adopción independiente, proyecto que, a requerimiento de la Gran Logia Simbólica del GODE, quedó en suspenso hasta que se modificasen las Constituciones y que finalmente fue sustituida por la creación de un taller o cámara de adopción. Además de Mercedes Vargas otras doce mujeres se iniciaron a lo largo de 1883. Buena parte de ellas eran familiares de masones. Tal es el caso de Petra Cambó Vargas, Carlota Corday, hija de Mercedes o de Rita Genaro Bellver, Raquel,  y su hermana Magdalena, Lara, esposa de Eduardo Oarrichena, el delegado del GOE en Alicante. La admiración de Mercedes Vargas, las facilidades encontradas por los miembros de la logia o la presencia de varias mujeres entre sus integrantes pueden ser algunas de las razones que llevaron a Rosario de Acuña a que su iniciación tuviera lugar en la Constante Alona. La lejanía no era, en cambio, un obstáculo a considerar por quien no parece que tuviera intención alguna de participar en los trabajos habituales de la logia, ni de esta, situada a centenares de kilómetros de Pinto, ni de ninguna otra, por cercana que estuviera. Para la masonería el ingreso de la nueva hermana suponía la incorporación de «una gran columna que, por medio de la propaganda, atraerá a nuestros templos gran número de adeptos»; Hipatia, por su parte, lograba el respaldo de la orden en su lucha en pro del librepensamiento y la posibilidad de contar con nuevas aliadas en su batalla para sacar a la mujer «de los raquíticos destinos de la sierva».

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

A buen seguro que habrá de notar este apoyo cuando, al año siguiente, realice un largo viaje a caballo (⇑) por algunas provincias del noroeste, que las cartas de recomendación surtirán sus efectos cuando visite Luarca, Orense o La Coruña; que sabrá de las gestiones del soberano gran comendador del Gran Oriente Nacional de España para intentar solventar algunas molestias que padece en su cotidianidad pinteña; o de las gestiones que, años después, realizan algunos masones gijoneses para intentar conseguir un indulto (⇑) y que pueda regresar del exilio portugués. Lo nota y lo agradece: «Conmovida de gratitud, dispuesta a corresponder a vuestra generosa protección como únicamente creo que os será grato mi reconocimiento, que es dedicando todas mis actividades a la propaganda de nuestro sublime credo». En cuanto a la mujer, a las mujeres masonas, sabrá aprovechar la coyuntura favorable que le deparará el año 1888.

Alfredo Vega Fernández, vizconde consorte de Ros, había encabezado el año anterior una escisión en el Gran Oriente Nacional de España con la pretensión de lograr una democratización de la obediencia. Convertido en soberano gran comendador, reconoció la autonomía de las logias para ejercer su gobierno y administración; propició la incorporación de las mujeres a la orden; y procuró la unión con una parte del disgregado Gran Oriente de España representado por Miguel Morayta. Todas estas medidas debían de sonar muy bien a los oídos de la hermana Hipatia: una organización más democrática, más unida y con mayores facilidades para la presencia de la mujer en sus filas. La coyuntura se mostraba favorable a su participación en las actividades masónicas: no en Alicante, sino en Madrid; no en las periódicas tenidas de su logia, sino en otros actos, de mayor trascendencia y simbolismo. Doña Rosario, que ya conocía a Miguel Morayta de los tiempos de las protestas universitarias de 1884 (⇑), también debía de conocer a Alfredo Vega, al menos sí que nos consta que entre sus amistades se encontraba su suegro, Antonio Ros de Olano (quien utiliza el familiar término de Rosarito en una de las cartas que le envía) y, probablemente, también su mujer Isabel Ros de Olano Quintana («Comunique a Isabel, si así lo quiere, el proyecto y la carta; por mi parte, no solo no tengo inconveniente, sino que estimo su criterio en mucho, y cualquiera modificación o reforma que ella indicase será para mí muy tomada en cuenta»). Será en este contexto de proximidad, de amistad, de relación directa con la persona que lidera el Supremo Consejo de la obediencia (que se había reservado para sí la administración de los grados superiores, mientras las grandes logias regionales se encargaban de la administración de los tres primeros: aprendiz, compañero, maestro), donde haya que situar las actuaciones de Rosario de Acuña.

Firmado con el simbólico Hipatia.·. que figura tras su nombre y apellido, en la primera página de Las Dominicales del Libre Pensamiento del día 25 de mayo de 1888 se publica el escrito titulado «Al pueblo masónico. La gran protectora de la masonería española» (⇑), a lo largo del cual va hilvanando las impresiones de su reunión con María del Olvido de Borbón y Castellví, aunque en ningún momento se refiera a ella por su nombre: «Como un rumor no bien definido sabía que la masonería española, al unificarse bajo una sola autoridad representada por el nobilísimo vizconde de Ros, había elevado al Protectorado a una mujer de estirpe regia». Cuatro horas más tarde, salía alborozada de su encuentro, deseosa de proclamar la buena nueva, esperanzada ante los buenos presagios que el futuro parecía reservar a la masonería y a la mujer española: «¡Pueblo masónico! Ha llegado el instante en que tus esfuerzos en pro de la fraternidad humana se vean condensados por un espíritu capaz de conducirnos a la victoria: solo una mujer de excepcionales condiciones podría levantar sobre la gran familia el emblema del triunfo». Al día siguiente, lunes 26, un agradecido vizconde de Ros le cuenta por carta que esa misma noche doña María (a quien «le parece encantador y extraordinario su artículo y da a usted mil millones de gracias») asistirá a una reunión, a la cual invita: «Usted y ella solo serán las que concurran, pues está prohibido a las señoras asistir, y solo ustedes irán como las protectoras, las que vengan por derecho propio».

La noticia de la iniciación de María Olvido –que  había tenido lugar ese mismo año en la logia Amantes del Progreso, de Madrid–, fue bien recibida por cuantos se habían mostrado partidarios de facilitar el acceso de las mujeres a la masonería, de manera especial por las masonas (las de la logia Creación nº 3 de Barcelona acordaron por unanimidad felicitarla «por haberos dignado aceptar el alto cargo de Protectora de la Masonería de Adopción»). Tanto Hipatia como el gran comendador saben de la importancia de este tipo de incorporaciones para propiciar el acercamiento de las mujeres a la masonería. Tanto es así que Rosario de Acuña no duda en proponer que se invite a formar parte de la orden a otra mujer de la familia real: María Cristina Gurowski de Borbón. Su propuesta fue muy tenida en cuenta y en carta fechada el dos de julio el vizconde consorte de Ros le confirma el éxito de la gestión encomendada: ese mismo día será iniciada. Se muestra feliz con aquella adquisición, pues es mujer dotada de grandes cualidades y que está «dispuesta a todo por la orden».

Aquel acercamiento a algunas mujeres de la familia Borbón, bien recibido en la masonería, causó honda preocupación en los sectores confesionales, hasta el punto de que una parte de la prensa se apresuró a desmentir algunos rumores que apuntaba a que aquella María Cristina fuera la mismísima reina regente, tal y como había publicado el extravagante Jogand-Pagès (más conocido por Leo Taxil) haciéndose eco de lo publicado por un periódico español: «Una gran desgracia acaba de experimentar España. La reina regente doña María Cristina ha aceptado la afiliación a la francmasonería [...] La Masonería española ha puesto en manos de María Cristina las insignias del grado 33. Asistían a esta formalidad y ceremonia que la acompaña doña María Olvido, hija del infante don Enrique, doña Rosario de Acuña y muchas señoras elegantes y distinguidas de la Corte». Entusiasmo en un bando, nerviosismo en el otro.

Tal es la satisfacción que parece sentir el señor vizconde consorte de Ros con la actividad desarrollado por su «queridísima hermana» que no duda en proponerle que sea la directora de un periódico masónico. Según parece, comenzaron a hablar de la importancia que podría suponer para la orden el hecho de contar con un medio de difusión –su estandarte e interlocutor ante la sociedad– en alguno de los diversos actos en los que coincidieron a lo largo de la primera mitad de 1888. Aquellas conversaciones –que para Rosario de Acuña no debieron de ser más que una aproximación teórica a una iniciativa interesante– dieron pie a que el señor gran comendador considerara que el proyecto podría ser una pronta realidad. Tanto que en una carta le dice que Isabel está  «entusiasmada con la idea de que dirija usted un periódico» y en otra, fechada el dos de julio, concreta algo más su propuesta: «Respecto del periódico que será semanal y, si no le parece mal, puede llamarse La Igualdad en el Libre Pensamiento o La Acción del Libre Pensamiento, y le dará nombre si estos no le parecen bien». Llegados a este punto es cuando su interlocutora se ve en la necesidad de exponer por extenso los motivos que le asisten para no aceptar aquella propuesta. Tan solo un día después le envía una extensa carta (⇑) en la cual argumenta las razones –de orden social, físico y moral– que se lo impiden. No obstante, muestra su disposición  a colaborar en aquella empresa, incluso en un puesto de importancia como el de primera redactora del periódico.

Fragmento de la carta que envía al vizconde de Ros exponiéndole las razones para no aceptar la driección de un periódico masónico

Cierto es que lleva años dedicada a la propaganda de los ideales de libertad y progreso, pero no es menos cierto que su compromiso es el de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Toca conciliar ambos objetivos. De ahí que, aunque no sea como directora, sí que se muestre dispuesta a colaborar en la puesta en marcha de un periódico masónico,  pues se muestra convencida de que el engrandecimiento de la masonería habrá de propiciar un escenario más favorable al desarrollo moral e intelectual de la mujer, a su equiparación con el hombre; y no desaprovechará su privilegiada situación en la orden para manifestarlo así ante sus hermanos y hermanas, tal como había hecho tan solo unos días antes, con ocasión de la inauguración en Getafe de un colegio-asilo para huérfanos de masones. Tras el banquete que se celebra con motivo de tan feliz evento, Rosario de Acuña toma la palabra para ligar, una vez más, su campaña en defensa de la mujer con los ideales de progreso que persigue la masonería:

Brindo por el enaltecimiento de la mujer española en todas las esferas del orden intelectual, para que deje de ser débil, no por medio de una usurpación ridícula e imposible de los destinos masculinos, sino por el íntimo convencimiento de su propia valía, que la dignificará, haciéndola hermana y compañera del hombre, para que sea declarada responsable, lo mismo de sus crímenes que de sus virtudes, y que así como hoy asciende las gradas del cadalso entre la compasión o el desprecio de las multitudes, mañana ascienda las gradas de la cátedra entre el respeto y la admiración de sus conciudadanos [...] Que el pueblo masónico, con su importante influencia, contribuya a la reforma de nuestras legislaciones, de un modo tal que cuando la mujer pretenda reivindicar sus derechos de persona racional no se encuentre, como en la actualidad, con que las leyes la hacen esclava, la religión la hace víctima, la sociedad la hace paria, y la familia la hace réproba...

Ciertamente, la masonería con «su importante influencia», es para ella un estratégico bastión en la campaña de Las Dominicales (⇑) en la que está inmersa, pues no solo le proporciona amparo y defensa, sino que además le brinda la posibilidad de ir sumando a su causa nuevas aliadas, alentadas por los ecos de la reciente incorporación de algunas hermanas que cuentan con apellidos tan ligados a los poderes del Estado. También de conocer a Ángeles López de Ayala y Molero (⇑), una de sus más renombradas seguidoras.  Su amistad con el vizconde le dio ocasión de participar a lo largo del año 1888 en diversos actos, en algunos de ellos junto a López de Ayala, y no desaprovechó ninguna de las ocasiones que se le presentaron para seguir batallando, fiel al convencimiento de que era imposible alcanzar los proclamdos y perseguidos ideales sin contar con la mujer. Lo volvió a repetir en el otoño de ese año cuando participa como oradora en la instalación de la logia femenina Hijas del Progreso. A las mujeres dirige, una vez más, sus palabras:

Pero bien sea luz y sombra lo que en el porvenir espere, no puedo menos de dirigirme a ella que condensa, a ella que realiza uno de los más caros ideales de mi alma, la mujer por la mujer, la mujer engrandecida, ilustrada, dignificada por la mujer; la mujer, permitidme la frase, probando sus fuerzas como ser pensante, manifestando sus condiciones como ser racional en un radio de acción pura y genuinamente femenino.

Discursos, encuentros con masonas, cartas, banquetes, escritos... el año 1888 ha sido muy intenso para la hermana Hipatia. Tanta fue la actividad desarrollada entonces, que no deja de llamar la atención su práctica desaparición del universo masónico tan solo unos años después. Desde que en el mes de marzo de 1890 su firma encabezara el escrito (⇑) que la logia «8 de abril de 1888» hace público en apoyo del pueblo portugués tras el ultimátum británico (exigiendo la retirada de los militares lusos que se encontraban entre Angola y Mozambique), no tenemos constancia de ninguna actividad o de escrito alguno que tenga relación con la masonería, salvo la inclusión de su nombre simbólico (Hipatia .·. gr.·.32) al pie del telegrama que en 1911 envía a Galdós (⇑) en apoyo de la llamada Ley del Candado,  y el artículo que en 1922 y con el título «¡Justicia!...¡Justicia!...¡Justicia!» (⇑) dirige, en este caso, a los «Hermanos Masones de Asturias» para reclamarles su participación en las campañas contra la guerra de Marruecos.

Las razones de este alejamiento de la primera línea masónica son, a mi juicio, de dos tipos: las que atañen a la masonería y las que tienen que ver con su propia trayectoria vital.  En cuanto a las primeras, es preciso referirse a la prematura ruptura de la ilusionante unión alcanzada por las facciones encabezadas por Morayta y Alfredo Vega; a la dimisión del vizconde de Ros como gran comendador en noviembre de 1891; y al retroceso que, a partir de ese mismo año, experimenta la aceptación de la mujer en la masonería en igualdad de condiciones que el hombre, tras la promulgación de las reglamentaciones que sobre la adopción promulgan tanto el Grande Oriente Nacional de España como el Gran Oriente Español. Por lo que respecta a sus razones personales, probablemente las más determinantes en este caso, no debemos olvidar que ya había anunciado años antes  (⇑) al propio vizconde consorte de Ros su decisión de retirarse del trabajo activo de la inteligencia al cumplir los cuarenta años; que, tal y como explico en el comentario 194. La batalla de El padre Juan, el estreno de esta obra de combate puso fin a su campaña de Las Dominicales (⇑); y que a principios del verano del año noventa y dos, tras varios meses postrada en la cama por unas fiebres palúdicas y con cuarenta y un años cumplidos, hace público su renovado propósito de retirada,  de «marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano».

viernes, 18 de octubre de 2019

198. Un drama extraviado


El de 1876 es un año de gran importancia en la biografía de Rosario de Acuña: en abril recibe los parabienes de público y crítica tras el estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática; en abril se casa con Rafael de Laiglesia; a finales de junio abandona Madrid para trasladarse a Zaragoza, ciudad a la que es destinado su marido. Grandes cambios en poco tiempo; se agita su cotidianidad y, no sin contratiempos, se va reacomodando a la nueva situación.

En lo que atañe a su incipiente carrera dramática, no parece que el nuevo escenario le resulte favorable. El éxito obtenido por Rienzi (⇑) supone todo un reto para ella. Es consciente de que su primer drama le ha abierto de par en par las puertas que daban acceso a la gloria literaria; también de que franquearlas o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación.  ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Su primer drama ha situado el listón muy alto (⇑). Las dudas acechan; la inseguridad se va abriendo camino. La lejanía de Madrid tampoco facilita las cosas: en su nueva residencia se encontraba lejos, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla; lejos de su padre, que era quien hasta entonces se había ocupado de todo, de promocionar la obra de su hija ante críticos y escritores consagrados, de realizar las gestiones con editores e impresores, de cobrar los derechos de las obras...

Título de la obra extraviada, un drama en prosa y en tres actos

Rienzi le proporcionó, ciertamente,  una «carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada en el Parnaso», pero la obligada mudanza y el nuevo escenario sumaron dificultades a la tarea de consolidar aquella candidatura. Estaba casada, residía en provincias y su representación legal, que anteriormente ostentaba su padre, quedaba en manos de su marido (⇑), a quien legalmente corresponde esa función por razón de matrimonio.  Aunque no parece que fueran esas las mejores condiciones para lograr su consagración como escritora dramática, a esa labor se aplicó con determinación. Tres fueron las obras que salieron de su pluma durante la etapa aragonesa: Amor a la patria, drama trágico en un acto y en verso, estrenado en Zaragoza en noviembre de 1877; Tribunales de venganza, drama trágico-histórico en dos actos y epílogo, también en verso, escrito en la capital aragonesa en 1888 y estrenado dos años más tarde en el madrileño teatro Español; y otra obra, hasta ahora desconocida (al menos para quien esto escribe) que terminó por extraviarse en los vericuetos administrativos de aquellos editores que tan lejos parecían encontrarse por entonces.

Gracias a un documento manuscrito (⇑) que he podido consultar apenas hace unos meses, sabemos que  en el mes de agosto de 1880 Rosario de Acuña envía a Guillermo Gullón, de la razón social Hijos de A. Gullón, el manuscrito de un drama en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa. Con él había tratado ya con anterioridad acerca de la venta de los derechos de Amor a la patria y Tribunales de venganza y ahora lo vuelva a hacer: le ofrece la venta de esta nueva obra por cuatro mil reales. No tarda en recibir contestación: han recibido el manuscrito y lo reenvían al balneario en el cual el señor Gullón se encuentra «tomando aguas».

Transcurren los meses sin tener noticias del manuscrito, sin que las nuevas cartas enviadas obtuvieran la oportuna contestación. Retornada ya a Madrid, decide pasar a recuperar su obra y lo hace tras haberse enterado de que la casa Hijos de A. Gullón ha pasado a denominarse Florencio Fiscowich Sucesor de Hijos de A. Gullón. Contacta con el nuevo dirigente de la sociedad para decirle que le «devuelva el drama y haciéndole presente que no tenía copia ninguna de la obra, pues el manuscrito se lo mandé doble, y deseaba volviese a mi poder para hacer de él una novela y darlo al público». Su interlocutor le dice que lo lamenta, que no lo encuentran en sus archivos, pero le da su palabra de que lo seguirán buscando y se lo devolverán. Meses después y ante la insistencia de la autora, termina por reconocer que no aparecen los manuscritos.

Como quiera que no pintan nada bien las cosas en lo tocante a la recuperación del drama, a nuestra protagonista se le ocurre una alternativa para no darlo todo por perdido: encarga al señor Fiscowich la edición de Sentir y pensar, «con el solo objeto de que la pagara él [...] y yo, a mi vez, le devolvería los documentos justificativos del abandono e ineptitud de su casa». Parece ser que no estaba por la labor el tal don Florencio, pues en una de sus cartas le recuerda a la autora del drama extraviado que tiene pendiente de abono los gastos de impresión del poema cómico.

Llegados a este punto es cuando toma la determinación de poner el asunto en manos del abogado Manuel Gómez Sigura, a quien da instrucciones muy claras: su objetivo preferente es recuperar su obra; de no ser ello posible, obtener una indemnización que compensara su trabajo. Le da plena libertad para negociar, para pedir lo que considere oportuno, aunque le hace saber que se daría por satisfecha si recibe mil pesetas.  Desea que todo se arregle amistosamente, pues ni su marido ni ella están en condiciones de asumir los gastos que acarrearía llevar el asunto a los tribunales.

A día de hoy ignoro cómo concluyó aquel asunto, lo que sí sabemos es que desde el mes de agosto de 1880 el manuscrito del drama en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa se encuentra en paradero desconocido.

domingo, 6 de octubre de 2019

197. La campaña de Las Dominicales (1884-1891)


Diciembre de 1922, setenta y dos años. Guerra de Marruecos. Tras la derrota de Annual, en la que perdieron la vida cerca de once mil soldados españoles, el Gobierno encargó una investigación de lo ocurrido. Al conocerse que en el denominado informe Picasso se ponía en evidencia la negligencia e irresponsabilidad del alto mando militar, un clamor popular recorre el país exigiendo responsabilidades. Rosario de Acuña, indignada por cuanto se va conociendo, decide luchar contra la desesperanza y la resignación utilizando el arma que mejor domina: toma la pluma y da forma a tres escritos que, con el mismo título («¡Justicia!... ¡Justicia!... ¡Justicia!»), dirige a las mujeres (⇑), a los masones y al pueblo. En el primero de ellos escribe:

«¡Mujeres, hermanas mías! Es preciso agruparse, y, en cabalgata de lamentos, de imprecaciones y de sacrificios, ir por medio de las ciudades, de las aldeas y de los campos, no peripuestas con los viles trapos llamativos con que el egoísmo de los hombres ofrenda a vuestra debilidad para el fin de encontraros más apetitosas; sino con la cabeza al aire para que luzca el rostro ceñudo y doliente del dolor más hondo y desgarrador que pueda henchir el corazón humano; con la saya del trabajo, que no importa que se desgarre al golpe del arma con que, acaso, quieran escribir el INRI de vuestra crucifixión.»

Enero de 1923, setenta y dos años. En una inclemente noche, una  goleta naufraga en el litoral gijonés, en la zona de los acantilados de El Cervigón en cuyas proximidades se ubica la casa de Rosario de Acuña. Dos marineros fueron tragados por el mar; los otros dos, tras ser rescatados por unos jóvenes que se lanzaron al agua,  son trasladados a la vivienda de la escritora, donde se les facilitó ropas de abrigo y recibieron las primeras curas. El naufragio pone en evidencia, una vez más, que los hombres de la mar están abandonados a su suerte. La pluma de aquella anciana sale de nuevo a la palestra reclamando justicia (⇑), una vez más:

 «con todos los millones que hace treinta años se están tirando al mar en el ¡¡GRAN PUERTO DEL MUSEL!!, ¿no se hubiera podido quitar algunas rebañaduras siquiera para tener siempre dispuesto un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo de caja impermeable y hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS, para todos los casos que, como el de la Virgen del Carmen, puedan darse en estas costas inmediatas a la villa? El puerto del Musel, donde se embarcan, enriqueciendo a los ricos, qué sé yo cuantos miles de toneladas de mercancías al año, deja sin auxilio ni salvación a los pobres hijos del mar…»

Atenta observadora del comportamiento humano, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Y así fue hasta sus últimos días, como prueban estos textos, escritos y publicados tan solo unos meses antes de su muerte. Por si no bastaran como ejemplo, ahí están los dos registros que los guardias civiles realizaron en su casa con ocasión de la huelga general de 1917, porque las autoridades recelaban de sus escritos de entonces (⇑) («¿No es hora ya de que los que ansían vivir se recojan en una fuerte mesnada y, CLAMOROSAMENTE, ENTUSIASTAMENTE, FERVOROSAMENTE, pidan, o EXIJAN ser tomados en cuenta en la vida de la Humanidad?»); ahí está también «La jarca de la Universidad», su dura respuesta a la agresión sufrida por una universitaria a la salida de las clases a las que asistía en la universidad madrileña, un escrito que la llevó al exilio (⇑), que la condenó a padecer estrecheces y penurias. A pesar de todo, estas y otras más fueron batallas que no buscó, que salieron a su encuentro, que no pudo eludir. De hecho, por más que la suya fuese una vida de lucha, tan solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semajantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

Cabecera del primer número de Las Dominicales

El levantamiento del general Martínez Campos pone fin a la revolución de 1868 y posibilita el proyecto de restauración borbónica planeado por Cánovas: tras la proclamación de Alfonso XII se pondría en pie un régimen en el cual la soberanía estuviese compartida entre el monarca y el pueblo, representado por dos partidos políticos, el conservador y el liberal, que se turnarían en el poder. Para proteger su proyecto, para poner a salvo al monarca y al nuevo régimen de las críticas,  el Gobierno canovista ató corto a la opinión publicada. Aunque la constitución de 1876 ampara el derecho a la libertad de expresión, lo cierto es que la Ley de Prensa de 1879 supuso una auténtica mordaza para periódicos y revistas, con una profusa tipificación de delitos y la creación de tribunales especiales. Con la formación del Gobierno de Sagasta en febrero de 1881 se inicia el turno de partidos y se abre un nuevo tiempo para la prensa: se indulta a los periódicos y periodistas que estuvieran cumpliendo penas de suspensión  y se inician los trámites para elaborar una nueva ley. Los datos que trascienden del proyecto (desaparición del depósito previo, de la necesidad de obtener una licencia para editar, de los tribunales especiales...) presagian nuevos tiempos. El escenario parece bien diferente, tanto que, sin esperar a que el 30 de julio la Gaceta publicara la Ley de Policía de Imprenta del Gobierno fusionista, el 4 de febrero de 1883 sale a la calle el primer número del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento (DLP).

En la cabecera figuran como redactores Ramón Chiés y Demófilo, seudónimo de Fernando Lozano; poco más abajo aparece su primer manifiesto, el texto en el cual dan cuenta de la razón que les impulsa a poner en marcha tal empresa: 

«La Monarquía está, ante el Derecho, muerta; la Religión del simbolismo está muerta; el espíritu del tercer estado, o clase media, que vino a gobernar tras la gloriosa Revolución francesa, está depravado y corrompido por el influjo de las riquezas. Queremos demostrar noble y francamente al público las llagas de esas instituciones decrépitas, no buscando el apoyo en las bayonetas, que sostienen esos restos de un mundo que se desmorona a nuestra vista, sino en la noble y severa razón. Venimos a decir a la Monarquía y a la Iglesia "¡Paso al espíritu del siglo!"...».

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
A partir de aquel primer número, las cuatro páginas del semanario se convertirán en el punto de encuentro de quienes se hallan en los arrabales del régimen canovista: librepensadores, republicanos, anticlericales, deístas, masones, teósofos... No admite anuncios de pago y los que aparecen en la contraportada, de inserción gratuita,  muestran su simpatía por la Institución Libre de Ensañanza, la Sociedad Protectora de los Niños o la Asociación para la Enseñanza de la Mujer...  ¡La mujer! Conscientes de que su ausencia puede ser el flanco más débil de aquel proyecto que acaba de ver la luz, en el número dos se inserta un llamamiento a su participación «¡Cuánto no daríamos por verte al lado de nuestra causa! [...] ¡Cuánto, cuánto no diéramos porque tu corazón se juntara al nuestro en el amor de las ideas modernas!».

Rosario de Acuña y Villanueva vivía por entonces en una quinta campestre situada a las afueras de la localidad de Pinto. Concluida la etapa que la pareja pasó en Zaragoza (⇑), su marido había pasado a la situación de supernumerario en el Ejército, integrándose en la plantilla del Ministerio de Fomento como visitador de Agricultura e integrante del equipo de Gaceta Agrícola, publicación en la que ella colaborará. La relación entre Rafael y Rosario parece que ha mejorado.

Con la ayuda, en calidad de sirvientes, de un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias a la fortuna que por entonces poseía, podía pagar espléndidamente, se dispuso a disfrutar de aquel oasis paradisíaco en el que vivía ilusionada, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores.  Su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o volteadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

La nueva vida en el campo parece satisfacerla plenamente. No obstante, aquella aventura vital, aquella nueva esperanzadora etapa va a verse bruscamente alterada al poco de haber comenzado. En el mes de enero de 1883 fallece su padre (⇑), joven aún, pues apenas cuenta cincuenta y cuatro años de edad. Un mazazo en la incipiente ilusión recuperada: la muerte «vino a recoger de mi lado el más querido, el más idolatrado de cuantos seres me rodeaban».

La muerte del padre debió de precipitar la ruptura definitiva de su matrimonio. En el mismo mes de enero cesa Rafael de Laiglesia en su puesto de visitador de Agricultura, Industria y Comercio y en la Gaceta Agrícola. Cuatro meses después, se convierte en el nuevo jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España en Badajoz. Desde entonces sus vidas discurrirán por alejadas trayectorias. Huérfana de padre («un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades») y definitivamente separada de su marido (⇑), los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Aquellos fueron meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de reacomodo,de cambio, de metamorfosis.

Imagen publicada en Almanaque civil de librepensadores para 1894
Fue en ese tiempo cuando, por casualidad, se produjo su encuentro con el semanario librepensador. Volvía de la capital con varios paquetes envueltos en papel de periódico. Al desenvolverlos, sus ojos repararon en un título que nunca antes había leído: Las Dominicales del Libre Pensamiento. Allí se encontraba, hecho tinta, encarnado, el ideal de libertad. Al ojear sus páginas, al leer sus escritos, al desmenuzar sus frases, su ser se estremeció ante aquel ejemplo real, lo tenía entre sus manos, de lo que para ella había sido hasta entonces parte de un ideal inalcanzable, al menos en aquella sociedad que le había tocado vivir: por las cinco columnas de cada una de aquellas páginas rezumaban las esencias de la libertad, de la justicia y de la fraternidad. Tras este primer encuentro con el aún joven semanario, Rosario se convirtió en fiel lectora de sus páginas: «¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos!». Tenía delante de sus ojos lo que para ella era «el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta...». Tan solo veía un problema, tan solo encontraba un punto débil en aquel proyecto: «¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡Regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible!». 

¡La mujer! Confinada en el hogar, adormecida su capacidad de aprender, de pensar por sí misma, desconocedora de «la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la humanidad», se cobija en cuanto le inspira confianza, en aquello que le enseñaron en su niñez: es presa fácil del púlpito y del confesionario, queda a merced de los enemigos de la libertad. Convencida de que no se puede vencer en aquella batalla sin entrar en lo más íntimo del hogar, convencida de que resulta imprescindible cubrir aquel flanco, Rosario de Acuña y Villanueva decide dar un paso al frente, haciendo pública su adhesión a la causa del librepensamiento (⇑), con el firme propósito de «combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

Con la publicación de aquella carta dirigida a Ramón Chíes, que vio la luz el 28 de diciembre de 1884 en la portada del número 98 de DLP bajo el título «Valiosísima adhesión», Rosario de Acuña sale decidida a la palestra, presta a combatir: «vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder...».

Bueno, en realidad la campaña comenzó algunas semanas antes, con ocasión de la huelga de los universitarios madrileños en defensa del profesor Miguel Morayta, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso. En una nota pública que será ampliamente reproducida en la prensa de la capital, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Su anuncio provocó la reacción de una parte de la prensa («ha de perdonarnos la libre pensadora poetisa [...] el que  hagamos notar que, si es aceptable la mujer literata, no lo es seguramente la mujer política; y que si no suelen sentar mal en su sexo las "medias azules", sienta detestablemente mal el gorro colorado»). En el otro bando, aplauden con entusiasmo. Lo hace otro sector de la prensa (La República, El Porvenir, El Liberal...); también los estudiantes. Una comisión de los universitarios en huelga, encabezada por Luis París Zejín (el mismo a quien dos décadas después convertiría en uno de sus dos ejecutores testamentarios ⇑ ), publica una nota, aceptando el ofrecimiento y agradeciéndole efusivamente su apoyo.

Imagen de la fachada del Café de Fornos (1908)
Aquella nota, aquel apoyo público a los huelguistas, la ha puesto en evidencia. Ya hay quien la tilda de librepensadora... ¿a qué esperar más? Con la decisión ya tomada, tan solo hacía falta la ocasión propicia, y aquella se produjo en el banquete que organizó en el café de Fornos (⇑). Entre los invitados, además de los integrantes de la comisión de estudiantes, se encontraba el profesor Morayta,  el industrial –masón y republicano– Ruperto J. Chávarri, el escritor y diputado Eduardo Gómez Sigura (⇑); también Ramón Chíes. En un aparte, en conversación particular, la anfitriona ya adelantó al codirector del semanario la decisión que había tomado.

No hay duda, pues, a la hora de fijar el momento en el que Rosario de Acuña inicia la campaña de Las Dominicales: finales de 1884, como prueba su carta de adhesión. En cuanto a su finalización, no creo que pueda haberlas, pues, aunque no contemos con documento de similar naturaleza, sí que disponemos de algunas evidencias que nos permiten apuntar que tuvo lugar en el transcurso del año 1891:

Primero, consta por escrito su decidida voluntad de «retirarse del trabajo activo de la inteligencia» a «la crítica edad de cuarenta», y esos eran justamente los años que tenía cuando, en mi opinión, la dio por concluida. Segundo, resulta coherente con tal decisión, que para entonces, decidiese entablar su última batalla (⇑): poner en marcha el proyecto de El padre Juan, un drama al servicio de la propaganda librepensadora,  cuyo estreno tuvo lugar meses después de que su autora hubiera cumplido la cuarta década de su vida. Tercero, tras los coletazos del escándalo que se produce cuando, pocas horas de su estreno, la autoridad gubernativa suspende la representación de esta obra, su firma prácticamente desaparece de las páginas del semanario. En la práctica, su colaboración ha finalizado. Cuarto, por si aún hubiera existido alguna posibilidad de que pudiera reconsiderar su decisión de abandonar por entonces el trabajo activo de la inteligencia, resulta que su dañada salud lo habría impedido. A finales de 1891, queda postrada en la cama víctima de unas fiebres palúdicas que la dejan al borde mismo de la muerte. Esa es la razón por la cual no puede asistir al Congreso Universal de Librepensamiento que meses después se celebra en Madrid, tal y como le explica a su presidente, su amigo Remigio Sánchez Covisa (⇑), a quien envía un lote de ejemplares de El padre Juan con el encargo de que se entreguen a cada uno de los representantes que asistan al citado congreso (así también se lo hace saber al director de DLP (⇑), en un comunicado en el cual hace pública la razón de su ausencia); y quinto, en los inicios del verano de 1892, tras varios meses de padecimiento, en una dedicatoria al médico (⇑) que la ha atendido en su enfermedad le cuenta que está  «próxima a marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano»: propósito que parece confirmar que ha concluido la campaña, que tiene en mente iniciar una nueva etapa en su vida. Y así sucederá: apenas unos años después la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. En consecuencia, habremos de convenir que la campaña de Las Dominicales discurre en el periodo comprendido entre finales de 1884 y 1891.

A lo largo de estos siete años Rosario de Acuña se entrega a la tarea de combatir a los enemigos de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre, y el semanario dirigido por Chíes y Lozano se convierte en el instrumento más eficaz de la campaña. Sus escritos, que son recibidos con entusiasmo por quienes, de una u otra forma, se oponen al imperio del pensamiento único, aportan altas dosis de ilusión y fecundo sustrato ideológico a los suyos ( ¡Ateos! ⇑, Hipatia ⇑, Se lo merecen ⇑, La ramera ⇑...). Su palabra –ariete demoledor del oscurantismo, al tiempo que vigoroso acicate para quienes lo padecen– es seguida con expectación por un creciente número de mujeres, como bien prueban las adhesiones y cartas de agradecimiento que regularmente aparecen publicados en sus páginas. Tal y como se cuenta en el comentario 171. Mujeres en lucha (⇑),  la lista se va ampliando semana a semana; cada vez son más las que, siguiendo su testimonio, van «anunciando a la mujer que su sitio está al lado de la libertad y del progreso». Una de ellas, Amalia Carvia Bernal, recordará años más tarde la trascendencia que tuvo la campaña de Las Dominicales para el despertar de la mujer española:

«En las últimas décadas del pasado siglo, se inició un sorprendente movimiento femenino en nuestra España, que algunos de los presentes quizá recordarán. Por casi todas las regiones surgieron entusiastas defensoras del racionalismo y se crearon centros librepensadores, y periódicos, y agrupaciones femeninas, con el solo intento de combatir al clericalismo que se enseñoreaba de nuestra patria. Este movimiento fue iniciado por la ilustre Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida. El nombre de Rosario de Acuña, bendecido por muchos y anametizado por la Iglesia católica, fue una bandera bajo la cual nos agrupamos las que, oyendo cánticos de alondra mañanera, sacudimos nuestro letargo y nos apresuramos a bañar nuestras almas en plena luz...»
 
Quienes la escuchan son mujeres de toda España, pues durante los siete años de campaña, su voz se desparrama por la geografía patria alcanzando localidades pequeñas y recónditos rincones; en cualquier lugar donde se encuentre un corresponsal de DLP, hasta allí llegarán sus palabras, su testimonio, las noticias de su lucha, la última hora de su campaña... En las páginas del semanario aparecerá todo cuanto con ella tenga que ver: las colaboraciones que envía a sus directores, pero también las conferencias que pronuncia, los escritos que se publican en otros periódicos, las noticias de sus viajes, las reacciones que provoca su presencia, las persecuciones, los insultos, las denuncias...

Durante estos siete años de lucha no desaprovechó ocasión para combatir a cuantos habían sumido a su patria en el oscurantismo, y lo hizo en diferentes frentes, con distintos medios:

 a)  A la hora de buscar posibles aliadas en aquel desigual enfrentamiento, eran escasas las opciones existentes, pues apenas unas pocas habían conseguido desembarazarse del férreo control clerical y solo algunas habían logrado fraguar algún tipo de colaboración entre ellas. Tal era el caso del movimiento espiritista que se había formado en torno al semanario La Luz del Porvenir, fundado por Amalia Domingo Soler en 1879. Escrito por mujeres y dirigido a las mujeres, sus páginas estuvieron siempre abiertas a cuanto tuviera que ver con la defensa de los derechos de la mujer, el librepensamiento y el laicismo. Desde los inicios de su campaña, Rosario de Acuña encontró en aquel círculo de mujeres un fiel aliado y la revista se convirtió en altavoz de su palabra, reproduciendo con prontitud los escritos publicados en DLP. No obstante, había otro grupo que para su empeño tenía un mayor valor estratégico: la masonería, institución que vivía por entonces una etapa de expansión y de apertura a la presencia de la mujer, con logias integradas exclusivamente por mujeres (las llamadas «logias de adopción») o con logias mixtas; en ambos casos, con los mismos títulos, rito y derechos que el hombre. Dado el creciente número de mujeres que ingresan en la masonería (con un censo de varios centenares en el último cuarto del siglo XIX), aquel parece ser un bastión estratégico. Tras su ceremonia de iniciación en la logia alicantina Constante Alona que tuvo lugar en febrero de 1886, Rosario de Acuña participa en diversos actos institucionales de la masonería  (inauguración del colegio-asilo de Getafe (⇑), promovido por el Gran Oriente Nacional de España; instalación de la logia de adopción Hijas del Progreso ⇑), al tiempo que mantiene contactos con algunos de sus más destacados representantes (tal es el caso de su  entrevista con la infanta María Olvido de Borbón (⇑), protectora de la masonería de adopción).

Fragmento de la portada del ejemplar en el que se da cuenta del interregotario

b) Acostumbrada a recorrer el suelo patrio a lomos de un caballo, las expediciones que realizó durante la campaña debieron de ser muy útiles a sus propósitos, en tanto en cuanto le permitían conocer de primera mano los efectos que surtían las batallas que entablaba, al tiempo que ponía en evidencia las secuelas del fanatismo que se encontraba a su paso. Gracias a las comunicaciones que envió a Chíes y Lozano, conocemos con cierto detalle la expedición que llevó a cabo en 1887 por León, Asturias y Galicia y de la cual he dado cuenta en un comentario anterior (⇑). Su llegada a las localidades que visita no pasa desapercibida para nadie: quienes ansían el triunfo de la libertad de conciencia,  la agasajan; quienes la ven como una atea, una enemiga de la religión católica («la única de la Nación española»), la rechazan, la insultan, la amenazan, la denuncian. Ejemplos de este dispar recibimiento, evidencia de los efectos de su campaña, los encontramos en ¡Luarca!... (⇑),  o en  Mis últimas jornadas (⇑), donde nos cuenta de las peripecias que le acontecen por tierras orensanas (un jinete la persigue, es escoltada por una pareja de la Guardia Civil, hay una denuncia contra ella, es interrogada por el juez de primera instancia de Barco de Valdeorras...). El eco de sus escritos, el rumor de su campaña de Las Dominicales, han llegado a aquellas tierras y su presencia, ciertamente, no pasa desapercibida. Menos aún desde que se conocieran sus comentarios acerca del «atraso, la corrupción y la ignorancia de nuestras costumbres», del sometimiento de las conciencias que ha visto en algunos obreros asturianos y que ha descrito en Restos del feudalismo (Trubia) (⇑), de los horrores del fanatismo religioso, del macabro ritual que protagonizan los endemoniados de Santa Eufemia (⇑)

Fragmento del ejemplar en el cual se recoge el texto de la conferencia

c) Puesto que tan solo contaba con su palabra como única arma, no desaprovecha tribuna propicia para propagar sus ideas acerca de la emancipación de la mujer. El Fomento de las Artes, una «sociedad de artesanos, artistas, industriales y de todos aquellos que puedan contribuir a la emancipación de las clases trabajadoras», era en los años ochenta un activo centro de educación popular. Por aquel entonces, Rosario había conocido a Anselmo Lamo, sastre de profesión y persona abierta de mente, que no hacía mucho se había instalado con su familia en Madrid. Probablemente fuera su hijo Carlos, universitario por entonces y quizás miembro del grupo con el que la escritora había establecido contacto tras las huelgas estudiantiles de finales de 1884, el primero en relacionarse con ella. Sea como fuere, parece que Anselmo no tardó en encontrar en la capital los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en la provincia de Jaén, de donde era originaria la familia, y que cuando Rosario de Acuña conoce a la familia Lamo Jiménez (⇑),  se desenvuelve con soltura en Fomento de las Artes (no tardando será elegido presidente de la sección de sastres de la sociedad). El caso es que a lo largo de 1888 nuestra protagonista pronuncia en aquella tribuna dos conferencias, las dos centradas en la llamada cuestión de la mujer: en el mes de enero, la que lleva por título «Los convencionalismos» (⇑) ; tres meses después la titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑). Aunque las dos tuvieron el mismo tratamiento por parte de los directores de DLP (publicaron el contenido íntegro de las mismas en dos números extraordinarios), la segunda fue la que tuvo una mayor repercusión, pues hubo algunos periódicos que salieron un tanto airados a la palestra. En un escrito publicado por La Unión Católica (que luego reprodujo Faro de Vigo) la conferenciante es tratada como una enferma ya desde el principio: «¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!». Lo que sigue es del mismo tenor: tacha de pornográfica parte de la conferencia y pone en duda el estado intelectual y moral de la conferenciante. El asunto terminará en los juzgados.

Fragmento de la portada donde se da cuenta de la prohibición de El padre Juan

d) Persecuciones, insultos, querellas, problemas con la correspondencia que no siempre llega a su destino y que en otras ocasiones lo hace con evidentes señales de registro... El primero de noviembre de 1890 cumplirá cuarenta años, «la crítica edad de los cuarenta», el momento elegido para «retirarse del trabajo activo de la inteligencia», ocasión propicia para preparar algo especial, su despedida. Para ello nada mejor que utilizar el escenario para enfrentar la luz del librepensamiento contra la oscuridad del clericalismo, al joven Ramón de Monforte (joven, rico, republicano y librepensador) contra el viejo padre Juan (un sombrío franciscano que domina las conciencias del pueblo y responsable último del asesinato del idealista y desinteresado protagonista): el teatro al servicio de la apología de la libertad de conciencia. Tal y como he contado en un comentario anterior (⇑), tras no pocos esfuerzos, el viernes 3 de abril de 1891se alza el telón del madrileño teatro Alhambra para presentar en sociedad El padre Juan, drama en tres actos y en prosa. Aplaudieron con entusiasmo y reclamaron la presencia de la autora en el escenario. Bien es verdad que la mayor parte del público asistente debía de comulgar con la causa. No toda, ciertamente, pues a la mañana siguiente el gobernador de Madrid  suspendía las representaciones de la obra. La batalla de El padre Juan se salda con sombras y luces, descalabro económico (ella había corrido con todos los gastos de producción, alquiler del teatro, vestuario, decorados...)  y estimulante cierre de filas en torno a su persona, por parte de quienes ansían una patria libre del pesado yugo de la superstición y el fanatismo. Alejada del campo de batalla, en la tranquilidad de su villa campestre, analizando con mesura los lances de aquella última batalla, resuelve esperanzada que entre la sarta de daños florecen los beneficios. «En cuanto al éxito positivo de El padre Juan, ¡qué éxito!».

La batalla de El padre Juan fue la última de la campaña de Las Dominicales. Tras recuperarse de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde de la muerte, busca un lugar cerca del océano en el cual iniciar una nueva etapa en su vida. Unos años más tarde de aquel estreno en el teatro Alhambra la encontramos en una pequeña localidad de Cantabria, en las proximidades del mar, regentando una  granja avícola. Por mucho que ansiara alejarse del ajetreo urbano, por mucho que quisiera disfrutar de la Naturaleza, nada de lo que pasaba a su alrededor le era indiferente y sus entrañas se revolvían ante las injusticias, ante el sufrimiento de los más desfavorecidos. Por mucho que se alejara del campo de batalla, la suya fue la vida de una luchadora. Pero solo en una ocasión decidió enfundar la armadura; tan solo en una ocasión quiso voluntariamente acudir al «campo de glorioso combate» para luchar contra el oscurantismo reinante, responsable de que buena parte de sus semejantes penaran en brazos de la miseria. Aquella fue la campaña de Las Dominicales.

lunes, 9 de septiembre de 2019

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a aquella joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.



domingo, 1 de septiembre de 2019

195. El archivo desempolvado


Algunas de las cartas del archivo de Rosario de Acuña A lo largo de su vida se vio obligada a cambiar de residencia varias veces. En cada mudanza se hizo acompañar de los objetos más queridos. Algunos lo eran por ser recuerdo y testimonio de los años vividos (unos alfilerillos dorados comprados en  la Exposición Universal de París de 1867 (⇑), la corbata morada que llevó cuando fue recibida en el Vaticano por Pío IX, un abanico bordado por su madre (⇑) para su canastilla de boda...); otros procedían de las casas solariegas, tanto materna como paterna, que había recibido en herencia. Cuando se instaló en la casa de El Cervigón para vivir a la orilla del mar la última etapa de su vida, llegó con buena parte de ellos. También de algunos libros, los que ella había escrito y los que había ido adquiriendo a lo largo de los años.

Tras su muerte, Carlos Lamo Jiménez, su acompañante durante tantos años y también su heredero, se fue desprendiendo de todos aquellos recuerdos. Vendió primero la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla; en el verano de 1927 se encuentra entre los expositores de la IV Feria de Muestras de Asturias que se celebra en Gijón con varios artículos que figuran bajo el epígrafe «reliquias»; en 1930 en una notaría de la ciudad tiene lugar la subasta de la casa (⇑) de El Cervigón...

He seguido el rastro de sus libros (⇑) y también conocemos buena parte de lo sucedido en relación a la que fuera su casa del acantilado (⇑), pero del resto no tenemos noticia. Siempre me he preguntado qué fue de aquellas reliquias, qué de aquellos recuerdos, qué de tantas y tantas cartas escritas y recibidas a lo largo de su vida, pues la correspondencia, la abundante correspondencia, era una tarea a la cual y según sus propias palabras reservaba un tiempo en sus quehaceres cotidianos. Cierto es que durante muchos años su recuerdo estuvo oculto por la desmemoria, que apenas quedó un eco lejano de su existencia; pero no es menos cierto que todo eso quedó atrás, que el proceso de recuperación de su testimonio vital (⇑) lleva años dando frutos. Pues bien, a pesar de los avances,  tan solo hemos conseguido localizar algunas cartas manuscritas (por ejemplo, la que envía en 1904 a Tomás Costa (⇑)Al presidente del Ateneo Obrero de Gijón (⇑) en 1921); el resto, la gran mayoría, las conocemos por haber sido publicadas en la prensa del momento.

Conste que no he dejado de buscar, por más que los hallazgos fueran más bien escasos o resultaran inalcanzables (tal y como quedó de manifiesto en el comentario titulado Manuscritos a precio de oro ⇑). Conste también que, al fin, ha aparecido lo que bien parece ser el archivo personal de doña Rosario de Acuña o, al menos, una parte nada desdeñable.

Centro cultural Conde Duque, sede de la Biblioteca Histórica Municipal de MadridResulta que hace unos meses, en el otoño de 2018, me llega una información acerca de la existencia del archivo personal de Rosario de Acuña y que se encuentra en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid... Casi sin tiempo para buscar una posible explicación a cuanto de sorprendente tenía aquel hallazgo (¿dónde estuvo hasta ahora?, ¿quién lo localizó?...) me puse en contacto con la citada biblioteca. Ilda Pérez, su directora, me confirma la existencia del archivo, pero me dice que aún debo esperar algún tiempo para acceder a él, pues aún quedan trabajos por realizar. A finales de diciembre Pablo Pérez Casas, responsable de la catalogación del archivo, me comunica que ya ha concluido su trabajo (encomiable labor la suya, detallista y rigurosa) y que está disponible para su consulta...

Integran el archivo 298 documentos de diverso tipo, entre los que se incluye un cartón de 22 centímetros en el que figura escrito el siguiente texto: «Ruego sean leídos por persona que me sea afecta por si en ellos hallara algo de importancia». Bien, bien, bien. La mayoría son cartas (también telegramas) dirigidas a doña Rosario, a su padre o a su marido; había también algunas escritas por nuestra protagonista, bien copias de las enviadas o bien originales que a última hora no lo fueron. Durante las siguientes semanas fui elaborando una base de datos con toda aquella documentación: fecha, lugar, destinatario, remitente, asunto tratado, observaciones... La siguiente tarea fue la de solicitar la digitalización de una parte significativa de aquellos documentos.  Buena parte de ellos no hacen otra cosa que confirmar lo que ya sabíamos; otros, en cambio, abrían nuevas líneas de investigación en las cuales ya estoy trabajando (acerca de la obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España o las gestiones realizadas con vistas a la presentación de una querella por las críticas vertidas contra ella tras la conferencia «Consecuencias de la degeneración femenina») . Como quiera que de todo ello me ocuparé en próximos comentarios, sirva ahora como anticipo la enumeración de algunos de los remitentes o destinatarios de la correspondencia catalogada: Isabel de Borbón, Pompeyo Gener, Joaquín Dicenta, Antonio Ros de Olano, Leopoldo Cano, José Echegaray, José Lon Alvareda, Josefa Pujol, Santiago de los Albitos, Luis Bonafoux,  Agustín Urgellés, Francisco Serrano, Faustina Sáez de Melgar, Ramón de Campoamor, vizconde de Ros, Antonio Zozaya, Carmen de Burgos, cardenal Benavides, Enrico Tamberlick...