domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación


Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la EstrellaA finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño (Amaro del Rosal, María del Carmen Simón Palmer, Luciano Castañón, Sara Suárez Solís, José Bolado, Elvira María Pérez-Manso, Mauro Muñiz,  María Teresa Álvarez, Christine Arkinstall, Pedro Álvarez Lázaro,  María José Lacalzada, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, Ana María Díaz Marcos, Íñigo Sánchez Lama,  Esther Zaplana,  Luis Roda, María de los Ángeles Ayala, Javier Ramos, Solange Hibbs-Lissorgues, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Elena Hernández Sandoica o Macrino F. Riera, autor de estas líneas así como de los libros Rosario de Acuña en Asturias  (⇑)Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑)  y de Rosario de Acuña ⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

lunes, 29 de junio de 2020

215. Amazona


Amazonas

Contemplando la ilustración que inicia este comentario, bien pudiéramos decir que no se aprecian grandes diferencias: la imagen de la izquierda muestra el modelo de traje de amazona que apareció en la portada del primer número de El Mundo de las Damas publicado en el mes de enero de 1887; a la derecha se puede contemplar una copia del retrato ecuestre de nuestra protagonista, «en la forma que hizo su último viaje por Asturias y Galicia», puesto a la venta por El Porvenir Editorial en 1888 al precio de dos pesetas.

Aunque la imagen de doña Rosario de Acuña a lomos de una cabalgadura no desemejara en grado sumo de la que aparecía en los figurines del momento, cabe pensar que, según en qué lugares y en qué situaciones, no siempre podría pasar inadvertida. Basta suponer lo que pudo acontecer en el transcurso de ese viaje al que se hace mención más arriba: años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega; lo hace a lomo de una caballería; su negro atavío oculta el aparejo en el que se asienta... Quizás lo sea entre las damas, en los cortijos o en las dehesas, pero allí la estampa no es habitual. Ella misma nos da cuenta de la sorpresa que causa su presencia: los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa, a la respetable altura de mi noble yegua: —«¡Milagro, milagro!»— he oído decir a algunas mujeres de estos infelices».

Ni aquella de 1887, por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), fue la primera expedición ni la yegua de blanco pelaje su único corcel. Cada año, cuando el sol de mayo comenzaba a calentar las tierras, salía de Pinto a lomos de una dócil montura, con escaso equipaje a la grupa y bien acompañada (al principio, al lado de su viejo criado Gabriel; más tarde, junto al joven Carlos Lamo (⇑), su buen discípulo) para conocer una parte de su vieja patria, en largas jornadas en las que recorrían de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supondrían varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), que terminaban con un merecido descanso, bien fuera en una fonda, posada o al abrigo de una tienda de campaña. Y así durante semanas, hasta que a finales de noviembre regresaban a la quinta que poseía en la pequeña localidad madrileña. Ni que decir tiene que el buen entendimiento entre la amazona y su caballería constituía  un elemento de gran valor en aquellas largas y periódicas aventuras. Rosario presumía de la eficacia del amigable control que ejercía sobre sus animales:

Siempre, más que las riendas, espuela y látigo, guié a mis caballos con la voz; no sé qué hay en ella para los animales, mas sí sé que todos cuantos me rodearon obedecieron, dulce y prontamente, mis palabras; siempre cabalgué en animales de raza noble, es cierto, mas siempre una de las orejas del bruto iba vuelta hacia atrás, escuchándome, y me bastaba decir: «¡A correr!», para que corriera; y cuando la escabrosidad del camino surgía delante, con decir: «¡Cuidado!», bastaba para que sus cascos se posaran con tiento y firmeza.

Fuera Vieja o fuera Viejo, que así acostumbraba llamar a sus monturas, lo cierto es que fue en Pinto donde encontraron mejor acomodo, pues su Villa Nueva –además de huerto, palomar y corral–  contaba con un establo preparado para dos caballos. De hecho, fue en los años en que residió en la villa pinteña cuando realizó la mayor parte de sus expediciones. La que mejor conocemos es la de 1887, pues, animada por el propósito de escribir «un librito» sobre las tierras y las gentes del Norte, tomó notas de reflexiones y aconteceres, parte de las cuales le sirvió de base para escribir algunos artículos que fueron publicados en Las Dominicales. Fue la más documentada, pero no fue la única. Ese mismo año, después de recorrer a lomos de su yegua trescientas ochenta y nueve leguas por Asturias y Galicia (alrededor de dos mil cien kilómetros), y tras una breve estancia en Madrid, partió hacia Andalucía. Sabemos también de otras expediciones, como aquella que tuvo por escenario las tierras castellanas lindantes con Extremadura, en el transcurso de la cual se encontró con un conocido (⇑), catedrático del instituto de la cercana ciudad donde se ubicaba su posada e hijo de la nodriza de su padre; o aquella otra en la cual recorrió por entero el litoral cantábrico (⇑) a la grupa de su Viejo de entonces, quizás la misma que le llevó a la cima de El Evangelista, en el macizo oriental de los Picos de Europa, y de cuyas impresiones nos da cuenta en la dedicatoria que inicia El padre Juan (⇑). Muchas jornadas, muchas leguas; tantas que en la quietud brumosa de la añoranza llegó a escribir: «¡Ah, sí! ¡España, la tierra española, la Península Ibérica, es hermosamente espléndida! [...] Yo la conozco casi palmo a palmo; en cuanto a Asturias, La Montaña y Galicia, las sé como mi casa». 

Sin duda, la de Pinto fue la mejor etapa; luego las circunstancias cambiaron. En Cantabria no le fue posible repetir aquellas expediciones. La granja avícola (⇑) que puso en marcha en Cueto le obligaba a permanecer día tras día al lado de sus aves. Tan solo se permitía un descanso de un par de horas en las tardes del domingo, durante las cuales solía sentarse en un acantilado próximo a su vivienda para contemplar la inmensidad del mar. Tenía que ganarse la vida con su trabajo; no había tiempo para más. Y así fue hasta el verano de 1906 cuando, desmantelada definitivamente la última de sus granjas, pudo viajar de nuevo. En un primer momento fueron desplazamientos cortos, por las tierras cántabras, pero en su mente ya debía de haberse instalado la idea de reanudar las antiguas expediciones, pues en septiembre la encontramos en la feria de Reinosa con la intención de hacerse con una nueva montura. Allí compró un potro de buena planta y allí dio inicio a una nueva aventura con las vecinas tierras asturianas como destino. Le acompañaba Carlos Lamo, leal discípulo a quien todos conocían como su sobrino. Se reanudaron, al fin, los viajes, pero aquel la amazona lo hizo a pie, que al joven caballo le asignaron la misión de transportar los pertrechos necesarios.

Un par de años después volverá a Asturias (⇑); lo hará entonces para quedarse definitivamente, instalándose en una finca que se hizo construir en el litoral gijonés. Casi sin tiempo para echar raíces, tuvo que abandonar de prisa y corriendo su nuevo hogar para evitar ser apresada, pues la fiscalía la acusa de un delito de injurias tras varios días de ruidosas protestas de los estudiantes contra su escrito La jarca de la Universidad. Desconozco cómo llegó a Portugal, sí sabemos que a los pocos días de su huída está alojada en un hotel de Valença do Minho. Allí estuvo unas semanas, probablemente a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tres meses después, informada de las infructuosas gestiones para hacer posible un pronto regreso, abandonó la localidad fronteriza. A mediados de marzo del año 1912 emprende viaje a Lisboa. Tal y como apunto en el comentario 134. Proceso, exilio e indulto (⇑), bien pudiera ser que se instalara en las inmediaciones de la capital o, tal vez, se decidiera  a comprar dos buenos caballos para recorrer al lado de Carlos el territorio portugués.  

De haberlo hecho así, aquella habría sido la última de sus expediciones, pues cuando regresó a su casa gijonesa, lo hizo bastante más pobre que cuando partió: en el exilio gastó buena parte de sus ahorros, viéndose obligada a hipotecar su casa para poder completar su pensión de poco más de dieciocho duros que como viuda de comandante percibía cada mes. La última etapa de su vida fue un tiempo de estrecheces, de mirar la peseta, de apretarse el cinturón. No por ello renunció a realizar alguna excursión, remedando tiempos pasados. Claro está que lo hizo de forma bien diferente:

Mi última expedición fue salir de aquí a pie y, por la costa, contorneándola, llegar a Ribadeo, subir a Villaodrid, trasmontar la sierra Bobia y entrar en los Oscos… ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! […] Por las sierras de Salime, bajando y subiendo aquellas agrias cuestas, donde medí un castaño que tenía once metros de circunferencia a la mitad de su tronco, ascendí a la sierra de Rañadoiro, el fantástico cordal que permitía, sin vadear su río, llevar el oro de sus minas por la cumbre hasta los puertos de Navia y Luarca, labor que hicieron, primero los romanos, después, los árabes [...] Por Grandas de Salime salí a Tineo, atravesando el puerto del Palo, y luego, por la Espina, a Salas, Grado y aquí; unos cuantos puñados de leguas (las tengo consignadas en mis apuntes de viaje, que no tengo a la vista).

Con los actuales trazados, el itinerario supone una distancia total de alrededor de cuatrocientos kilómetros, lo que no está nada mal para una mujer que por entonces cuenta con sesenta y tantos años. Ni silla inglesa, ni bridas, ni freno, ni cascos, ni espuela, ni Vieja, ni Viejo. Las penurias económicas han obligado a apearse de la montura a la veterana amazona. Atrás quedan las largas expediciones a lomos de sus cabalgaduras por las tierras de su querida España.




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viernes, 12 de junio de 2020

214. Su última confesión


Emblema teosófico (Sophia, Madrid, 1/1913)
Nació católica, pero no murió como tal; basta leer su testamento (⇑) para constatarlo. Mediada la treintena decidió enrolarse en el minoritario grupo de quienes en España defienden la libertad de conciencia y luchan contra la «casta sacerdotal» –a la que considera responsable de fomentar la superstición y el infantilismo religioso en el que está sumido el pueblo–, pero no por ello dejó de ser una persona con hondas convicciones religiosas. Sus escritos así lo atestiguan, por más que no resulte fácil calificarlas de forma estereotipada y simplificadora, por más que no puedan circunscribirse al ámbito de las religiones positivas, razón por la cual no faltará quien le requiera mayor concreción. Tal fue el caso de Consuelo Álvarez, Violeta, que la interpela en este sentido al poco de hacerse pública su adhesión a la causa del librepensamiento: «¿En qué consiste su fe? ¿Cuáles son aquellas creencias que por nada ni por nadie consentiría en perder?».

Aunque no lo haga de manera catequética, en algunos de los textos que publica por entonces asoman los primeros bosquejos de su credo. Por ellos sabemos que el suyo no es un «Dios chico, personal, ocupado en el trajín de penar culpas cometidas por sus propios hijos, Dios de minucias, administrador de premios y castigos; vengativo de peor condición que los padres y abuelos humanos; atareado, como maestro de lugar, en apuntar en la pizarra las picardigüelas de sus discípulos». También que no precisa de ningún lugar específico para rendirle homenaje, respeto y amor, pues hay uno en cada rincón:

Y cuando en mi ansia de obedecer y amar a Dios he ido, año tras año, peregrinando por montañas y costas, mil veces me arrodillé extasiada al alzarse ante mi vista sus majestuosos altares en los ventisqueros pirenaicos, en las crestas rocosas de las cimas cántabras o en las escolleras abruptas donde los torbellinos del mar cantan hosannas eternos… Y allí, en presencia de los grandes cuadros de la Naturaleza, donde todos los colores de la divina paleta trazan la armonía del mundo, mi alma, siempre arrodillada, siempre sumisa y piadosa, volvía sus anhelos a la divinidad desconocida y magnífica que, por decreto inescrutable, nos da ojos para ver, corazón para amar, conciencia para sentir y mente para analizar.

Sobre los escombros de la heredada cosmogonía católica (derruida tras los embates de su insatisfactoria etapa zaragozana, su frustrante experiencia matrimonial y la traumática pérdida de su querido padre), va construyendo una nueva con el «Dios de la Naturaleza» como principal soporte estructural. Cuando todo se derrumbó, cuando tuvo que replantearse la manera de entender el mundo, echó mano de su experiencia personal y en la divina naturaleza encontró el núcleo germinador: «el estudio de las leyes de la naturaleza es una oración clarividente al Sumo Hacedor. Conocer a Dios en su ser nos es imposible, admirarlo en sus obras es la obligación de toda alma racional».

Situada por propia voluntad al margen de las religiones positivas, su credo permanece en la penumbra de lo aparentemente inconcreto, por más que se entrevean algunos de los rasgos que lo pudieran bosquejar (panteísmo, deísmo, espiritualismo...). Sin acotaciones artificiales e interesadas, sin la mediación e influencia de las castas sacerdotales, sin el sometimiento a los rígidos códigos religiosos, ante sus ojos surge un amplísimo espacio en el cual todas las criaturas humanas pueden asomarse a la religión universal de la humanidad. Es su convencimiento de que todas las religiones tienen idéntico fundamento («la misma sagrada Verdad que las alumbró y engrandece a todas, al fundamentarlas sobre el AMOR AL PRÓJIMO») la razón que pudiera explicar la diversidad de sus conexiones religiosas, bien sean los círculos espiritistas surgidos en torno a Amalia Domingo Soler y el semanario  La Luz del Porvenir, donde sus escritos ocupan lugar destacado; sea un franciscano seglar (⇑) estudioso de la botánica y farmacéutico de profesión; o un misionero evangélico de origen inglés llamado Eduardo Turrall, avecindado en un pueblo leonés y que en Gijón pasaba los veranos en compañía de su familia.  

Mario Roso de Luna (Ahora, Madrid, 10/11/1931) Habrá que esperar hasta después de su muerte para que Carlos Lamo Jiménez – la persona que estuvo a su lado (⇑), día tras día, durante los últimos treinta y cinco años de su vida– haga pública la que podemos considerar su última confesión acerca de sus creencias religiosas. Lo hace en una carta que envía a Mario Roso de Luna, un ilustre personaje de trayectoria polifacética: doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Físico-Químicas, apasionado de la astronomía y la arqueología, periodista, miembro destacado del Ateneo de Madrid, masón, gran divulgador de la teosofía...  En 1923 es director-propietario de Hesperia, «Revista teosófica y poligráfica» que se edita en Madrid mensualmente. En el número correspondiente al mes de octubre de ese año se publica en lugar preferente un escrito titulado «Rosario de Acuña, teósofa».

Se incluyen en el mismo fragmentos de la carta enviada por Carlo Lamo. En uno de ellos afirma: «Sus escritos eran profundamente teosóficos, aun antes de conocer las doctrinas de H.P. Blavatsky [Helena Petrovna Blavatsky, considerada la iniciadora del movimiento teosófico moderno, tras participar en la fundación en 1875 de la Sociedad Teosófica] y sus conferencias y libros de usted». El propio Roso de Luna corrobora tal aseveración al afirmar que el párrafo final de su testamento es, en efecto, digno de un teósofo. No se conforma Carlos con lo ya apuntado y aporta nuevas evidencias. Afirma que algunos de los libros del señor Roso (cita expresamente los titulados Conferencias [Conferencias teosóficas en América del Sur], Hacia la Gnosis y En el umbral del misterio) «estaban desde hace muchos años a la cabecera de su cama sirviéndole en sus largos y dolorosos insomnios de consuelo, de estudio, de confianza en otra más justa vida para ella que la que en el ciclo de las suyas le tocó vivir ahora. Decía que constituía su biblia».

El eco de esta pública confesión acerca de su condición de teósofa –aunque fuera a título póstumo y realizada por otra persona– debió de perdurar en el tiempo, pues a finales de los sesenta del pasado siglo llega a oídos de Patricio Adúriz («Incluso hubo –así por las buenas– quienes la adscribían a la quiromancia, a la teosofía, al ocultismo...»), que la desestima tras realizar algunas indagaciones al respecto, y lo hace con un argumento que parece bien sólido. Resulta que en 1916 el señor Roso de Luna publica El tesoro de los Lagos de Somiedo, un libro escrito tras un viaje a la Asturias tenebrosa en el que se mezclan la leyenda, la mitología y el ocultismo; resulta también que en ninguna de sus varias centenares de páginas aparece el nombre de Rosario de Acuña. A la vista de lo cual, el señor Adúriz se pregunta en uno de los apartados de su extenso escrito (⇑) «¿cómo es posible que una tal autoridad en la materia no mencionase a tan ilustre dama ni, tan siquiera, la hubiese ido a visitar?». La pregunta resulta  a todas vistas pertinente y razonable, pues doña Rosario vivía por entonces en Gijón, localidad que el autor del libro visitó en aquel viaje; la respuesta no se hace esperar y resulta concluyente: «¡porque no existía afinidad alguna entre ellos!».

Fragmento del texto publicado en la revista Hesperia

Ahora sabemos que Adúriz no tenía todas las claves del asunto, pues, si bien es cierto que no se conocían, también lo es que doña Rosario comulgaba con la doctrina teosófica de don Mario, hasta el punto de que sus obras eran por ella consideradas como libros de cabecera, al decir de Carlos Lamo. Él será también quien nos aporte una explicación plausible a la inexistencia de comunicación entre ambos, lo cual no deja de resultar un tanto extraño pues sabemos que nuestra protagonista era muy dada a la correspondencia epistolar. Al respecto dice el buen discípulo que en más de una ocasión él la había instado a que le enviase una carta de adhesión, en la cual le manifestara lo que sentía por la doctrina teosófica. Ella, dolida como estaba por las vejaciones sufridas a lo largo de sus muchos años de lucha, por no haber recibido más que desaires y desprecios, aun por muchos de los que se decían sus correligionarios, «siempre me contestaba que no; que ella era demasiado insignificante, que usted ni la contestaría siquiera y que quería conservar la ilusión de que usted no era un hombre como los demás españoles».

Tras su muerte, Carlos no pudo menos que tomar la pluma para transmitir a Mario Roso la que bien pudiera considerarse la última confesión de Rosario de Acuña acerca de sus creencias religiosas. Además de lo ya afirmado respecto a la consideración como «su biblia» a los libros teosóficos, cuenta que en la noche anterior a su muerte estuvo leyendo uno de sus libros, dejó registro acerca de la lectura de la página 119 del primer tomo de Conferencias. Por si todo ello no fuera suficiente, cuenta que al abrir el departamento de sus originales, encima de todos ellos, para que se viera bien, encontró el siguiente soneto, el cual y en su opinión sintetiza muy bien el credo teosófico:

El día terminó; la noche llega;
he sentido, he pensado y he llorado;
amé y odié, pero jamás ha dado
asilo el alma a la pasión que ciega.

La fe en el porvenir mi ser anega;
constante y rudamente he trabajado;
sufrí el dolor con ánimo esforzado
y sembré mucho, sin hacer la siega.

Gané el descanso en la región ignota
donde reina la paz del sueño inerte;
pero la luz que de la muerte brota

y en ruta eterna sus destellos vierte,
será encendida en estación remota,
¡Tendré otro día al terminar la muerte!




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lunes, 1 de junio de 2020

213. Preparando el centenario


Xosé Bolado ha donado al Ayuntamiento de Gijón la documentación que durante años ha ido reuniendo acerca de Rosario de Acuña y Villanueva. El fondo incluye material de su época: «álbumes, antologías con textos (poemas y otras composiciones) de la escritora, hojas y folletos, abundante documentación hemerográfica, grabados, fototipias, fotos, documentación del contexto literario e histórico, almanaques, programas, revistas, tarjetas, convocatorias...». Ha sido depositado en la Hemeroteca Municipal y, tras su catalogación, estará a disposición de cuentas personas quieran profundizar en el conocimiento de nuestra protagonista.

La noticia, que no puede ser calificada más que como magnífica por quienes llevamos años empeñando nuestro esfuerzo en la tarea de difusión del testimonio vital de doña Rosario, se complementa con otra información que tiene una especial relevancia para quien esto escribe: como contrapartida a la donación, el Ayuntamiento se ha comprometido «a organizar los actos conmemorativos del centenario del fallecimiento en Gijón, en 1923, y en los que se incluye la programación y ejecución de una exposición dedicada a la escritora y activista madrileña afincada en Gijón».

El cuarto estado (Il Quarto Stato), óleo de Giusseppe Pellizza (Museo del Novecento, Milán)

Parece ser que algo empieza a moverse y que el centenario del fallecimiento de Rosario de Acuña no pasará inadvertido. Queda ahora por saber qué tipo de «actos conmemorativos» serán los que se desarrollarán o, dicho de otra forma, qué tipo de objetivos serán los que se pretendan alcanzar con las actividades que a tal fin se programen. Pues conmemorar supone recordar algo o a alguien, y tal acción es susceptible de ser abordada de diferentes grados y maneras. Se puede, ciertamente, acotar unos espacios y unos tiempos para rememorar con mayor o menor solemnidad quién fue esta ilustre vecina de Gijón y seguidamente entregarnos, de nuevo, al apacible letargo de la progresiva desmemoria. O, mirando más allá, podemos aprovechar la coyuntura del centenario para intentar que su testimonio vital se integre en la memoria colectiva de la ciudadanía gijonesa.

Hace unos meses, una concejala del Ayuntamiento de Gijón se interesaba por conocer cuáles eran mis propuestas al respecto. Por diversas circunstancias no se las pude hacer llegar entonces. Quizás ahora sea buen momento para dar respuesta a su interés y, de paso, exponerlas a la consideración pública. Como bien se puede deducir de lo más arriba expresado, el objetivo de las mismas trasciende el propio centenario para intentar lograr que, al fin, la figura de Rosario de Acuña y Villanueva forme parte del acervo gijonés. Se estructuran en tres ámbitos de actuación:

Primero. Habida cuenta de que no se parte de cero, de que ya hay un camino recorrido, creo que desde el principio –en la fase de preparación y diseño de las actividades– es preciso contar con aquellos colectivos que, de una u otra forma, ya han mostrado su interés en preservar vivo su recuerdo. Es el caso de la entidades que han asumido el nombre de Rosario de Acuña como enseña (un coro de voces femeninas, una logia masónica, un instituto, una escuela feminista); también del Ateneo Obrero de Gijón (con vinculación histórica con doña Rosario) o de aquellas otras que tienen su razón de ser en la defensa de algunos de los postulados por los cuales ella batalló a lo largo de su vida (Tertulia Feminista Les Comadres, Asturias Laica, Ateneo Republicano de Asturias...). Con el concurso de todas ellas, el programa de actos del centenario resultará más rico, plural y participativo.

Pero no sólo eso, la confluencia de estas entidades representa además una magnífica ocasión –y he aquí lo que a mi juicio adquiere mayor trascendencia–, para impulsar la creación de una plataforma que tuviera entre sus objetivos la difusión del pensamiento de doña Rosario, a semejanza de otras ya existentes.

Segundo. Si queremos que su testimonio vital enraíce en la colectividad y perdure en el tiempo, debemos procurar que sea conocido por la juventud gijonesa. También en este campo de actuación contamos con un trabajo previo que deberíamos tener en cuenta. Desde hace ya unos cuantos años, el instituto que en Gijón lleva su nombre entrega al alumnado que termina sus estudios de Bachillerato un libro que tiene a la librepensadora como protagonista. En un principio fue la edición que realizó María del Carmen Simón Palmer de dos de sus obras dramáticas más emblemáticas: Rienzi el tribuno y El padre Juan. Luego fue Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y, más recientemente, ¿Quién fue Rosario de Acuña? Quizás fuera posible que esta labor de divulgación llegara a otros centros docentes, lo cual posibilitaría que el alumnado de Bachillerato del concejo de Gijón conociera, primero, e indagara, después, en el valioso testimonio vital que nos ha legado. A tal fin y si se considera de interés, me comprometo a ceder los derechos de ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) y a entregar los archivos correspondientes en los formatos PDF, EPUB y MOBI para que la obra pueda ser conveniente distribuida.

Sería posible entonces que en la edición del centenario, la de 2023, el Premio de Investigación Rosario de Acuñad abriera una nueva modalidad para estudiantes de Bachillerato, que tuviera por objeto el estudio de su vida, su obra o de aquellas materias a las cuales ella dedicó buena parte de sus escritos (feminismo, movimiento obrero, la naturaleza y su conservación, la libertad de conciencia...). Ni qué decir tiene que si la experiencia alcanzara el éxito que auguramos, habría de tener la deseable continuidad, lo cual facilitaría grandemente el objetivo perseguido.

Tercero. Bien está que en las estanterías de las bibliotecas encontremos sus obras y los trabajos que sobre ella se van publicando; bien está que estén accesibles en Internet y que cada vez sean más consultadas (un dato alentador al respecto: las consultas de su entrada en la Wikipedia han aumentado en el último semestre un 62%); pero no por ello debemos de olvidarnos de la necesaria presencia de  su recuerdo en el paisaje urbano, en la cotidianidad ciudadana. Creo que no está demás que, al tiempo que ponemos los ojos más allá del centenario, intentemos consolidar lo que en este sentido ya se hizo tiempo atrás. A finales de la década de los ochenta del pasado siglo, el Ayuntamiento de Gijón decidió contribuir a la recuperación para el acervo ciudadano de la figura de Rosario de Acuña, durante tantos años sumida en el más absoluto olvido. Fue entonces cuando se compró la que durante años fue su vivienda en El Cervigón, salvándola de la ruina, y poco tiempo después se tomó el acuerdo de denominar Paseo Rosario de Acuña (⇑) al tramo comprendido entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia. Pues bien, como ya he contado en escritos anteriores, la casa lleva años sin uso conocido y del paseo casi nadie conoce su existencia, pues no se encuentra en el lugar indicador alguno que lo informe. Las medidas a tomar en este último caso no parece que sean ni complicadas ni costosas, bastarían un par de placas que así lo indicaran a las numerosas personas que cotidianamente disfrutan de este lugar privilegiado del litoral gijonés.

En cuanto a los posibles usos de la casa de El Cervigón que permitieran su recuperación para la vida ciudadana, tuve ocasión de plantear algunas propuestas en un escrito titulado «Qué hacer con la casa de Rosario de Acuña» (⇑) (La Nueva España, 7 de noviembre de 2018). Sugería entonces que se dieran los pasos necesarios para convertirla en una casa-museo en donde, además de dar a conocer su testimonio vital a las personas interesadas, se pudiera ahondar en algunos de los temas que a ella más le interesaron, citando expresamente la posibilidad de albergar un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista. De la propuesta apenas me llegaron algunos ecos, que situaban el principal inconveniente en la lejanía del edificio. Cierto es que la casa de doña Rosario se encuentra a poco más de tres kilómetros y medio de la plaza Mayor, pero también lo es que a mayor distancia se hallan otros edificios municipales, otros equipamientos culturales, y ello no es obstáculo para que reciban varios miles de visitantes al año.

La casa de El Cervigón lleva años sin uso conocido, y el centenario de la muerte de quien fue su primera moradora bien pudiera ser momento idóneo para que recuperara su uso colectivo y, de esa forma, se convirtiera en referente vivo y cotidiano de esta ilustre gijonesa, de esta incansable luchadora que, contando con treinta y pocos años, abandonó su prometedora carrera como dramaturga para iniciar una larga lucha en defensa de la libertad de conciencia y en contra de la subordinación social de la mujer. Una gijonesa ilustre que al avecindarse en la ciudad ya estaba bien curtida en el duro batallar, y que a pesar de encontrarse próxima a iniciar la sesentena no por ello dejó de luchar. Tanto es así que si tuviéramos que definir la etapa gijonesa con pocas palabras, éstas tendrían que referirse al decidido apoyo que dispensa a los más necesitados: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en trincheras africanas o europeas... A juzgar por las palabras que escribió el cronista el día de su entierro, bien podemos afirmar que el pueblo gijonés no lo olvidó: «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sucedió hace noventa y siete años. Tenemos tres años por delante para preparar adecuadamente su centenario.

La Nueva España, edición de Gijón, 29-5-2020





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lunes, 25 de mayo de 2020

212. La prima repudiada


Se enteraron, claro que se enteraron. Cuesta trabajo creer que no lo hicieran, pues los periódicos de toda España, aun los de menor tirada, se hicieron eco de aquel escándalo. La prima Rosario, la hija del difunto tío Felipe, estaba en boca de todos. Cuentan que ha escrito barbaridades sobre los jóvenes españoles y sobre sus madres, que los universitarios están en huelga reclamando una reparación a tan grave ofensa, que la Justicia se ha puesto en marcha (⇑) y que van a procesar a la autora de aquel infamante escrito. Desde finales del mes de noviembre del año 1911, la prensa nacional reserva un espacio a la «cuestión escolar» para dar cuenta de las movilizaciones de los estudiantes contra la autora de aquel escrito denigrante y difamatorio. De no haberlo leído en los periódicos madrileños que se recibían en algunas de sus localidades de residencia, bien pudieran haberlo hecho en las páginas de El Noticiario Sevillano o de El Correo de Andalucía, publicados en Sevilla; en el diario La Lealtad que se editaba en Jaén; en los linarenses El Noticiero, El Popular o El Heraldo de Linares; en los semanarios baezanos  El Liberal de Baeza o Norte Andaluz; o en el que desde el año anterior veía la luz en Torreperogil con el título El Domingo, que en todas esas localidades andaluzas residían la mayoría de quienes formaban parte del primazgo.

Bien es verdad  que quedaban ya muy lejos los tiempos en que Rosario, la prima mayor, viajaba desde su Madrid natal para pasar largas temporadas en la casa que el abuelo Felipe tenía en Andújar.  Era entonces tiempo de reuniones entre primos;  se acercaban hasta allí para verla o la recibían en Baeza, donde habían nacido y donde por entonces vivían sus siete primas y sus cinco primos. También es cierto que no tenían contacto con ella desde hacía ya unos cuantos años, desde el momento aquel en el que la prima, poco después de la muerte del tío Felipe, decidió apartarse del sendero común (⇑): se separó del marido, se convirtió en librepensadora primero y más tarde en masona. Las más pequeñas (Teresa tan sólo tenía dos años por entonces) habrían de enterarse de todo ello tiempo después, probablemente en alguna reunión familiar,  como esta de la que da testimonio la fotografía  que acompaña estas líneas, donde podemos ver a la descendencia del matrimonio formado por su tío Antonio de Acuña y Solís y su mujer, María de los Dolores Robles y López.

Familia de Acuña y Robles, (fotografía cedida por María José de Acuña)

Aunque Rosario llevaba ciertamente  bastantes años en el olvido familiar, es de suponer que el escándalo de La jarca –aquel escrito suyo del que todo el mundo hablaba (⇑)– reverdeciera viejos recuerdos y antiguas conversaciones familiares; avivara pasadas vivencias, sensaciones e ilusiones compartidas. El tiempo de las fraternales estancias familiares de la prima madrileña en tierras jiennenses ha quedado muy atrás, y por muy liberal que hubiese sido el ambiente en el que se criaron, todo tenía un límite. Quien más y quien menos, los de Acuña Robles y los de Acuña Martínez de Pinillos ostentaban por entonces una posición destacada en la sociedad, con distinguida presencia en el campo de la milicia, la judicatura, la política o la Administración. Y lo que es más importante para el asunto que nos ocupa: la mayoría eran padres y madres, que aquel primazgo ya cuenta con una larga lista de descendientes, que Rosario de Acuña y Villanueva tiene veintiséis sobrinos segundos. «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho». «Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia, que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas...». Aquellas frases extremadamente duras ponían en duda la hombría de los jóvenes españoles, también la de sus hijos,  algunos de los cuales forman parte de esa misma clase escolar tan duramente atacada, pues los hay que son alumnos de una academia militar o estudian en alguna de las diez universidades españolas.  

Resulta razonable suponer que aquellas palabras, aquel escándalo, ocasionara menor estupor en sus primos más pequeños, pues por la diferencia de edad apenas habían coincidido con ella antes del alejamiento: treinta y tres años la separaban de Teresa, la hija menor de su tío Cristóbal. No por ello habrían de permanecer ajenos al impacto de aquella noticia, mucho menos los que aún residían en Baeza, una localidad de poco más de quince mil habitantes donde los Acuña eran bien conocidos, no en vano sus dos tíos habían sido regidores de la ciudad en diversos periodos y habían ocupado otros puestos de relevancia. Teresa de Acuña y Martínez de Pinillos tenía por entonces veintiocho años; su hermana María del Carmen, de treinta y cinco, acababa de dar a luz a su segundo hijo; y su hermano Ramón, que cuenta con treinta y siete años de edad, también ha sido padre el año anterior. 

Los hijos de sus tíos Antonio y Cristóbal forman parte de la España acomodada. Integran la denominada burguesía rural, sustentadora del estrato superior de la oligarquía que rige el país desde la Restauración borbónica. De todos ellos, quizás sea el primo Francisco de Acuña y Martínez de Pinillos quien mejor ejemplifique esta posición de privilegio. Él será quien ostentará la jefatura de la rama segunda de la Casa de Acuña de la línea de los Señores de la Torre de Valenzuela. Permanecerá en Baeza para preservar las propiedades familiares; será alcalde de su localidad natal, como antes lo había sido su tío y su padre. Los Acuña, durante siglos señores y ahora propietarios, se han tenido que adaptar al nuevo Estado liberal, abandonando los privilegios del Antiguo Régimen. No obstante, en la crianza de los nietos de Felipe de Acuña y Cuadros, el abuelo común, aún se han mantenido presentes algunos de los elementos constitutivos de la vieja sociedad estamental. Sirva como ejemplo el hecho de que aquel primazgo se crió considerando natural la servidumbre: «siendo el señor moralmente amo y padre a la vez, y siendo el servidor criado e hijo al mismo tiempo». Tan normal era aquella relación que para doña Rosario, tal y como afirma en un escrito de principios del siglo XX (⇑), «el servidor era un ser de imprescindible necesidad en todo hogar medianamente digno». Gracias a sus muchas horas de estudio y profundas reflexiones, nuestra protagonista pudo dejar atrás estas y otras consideraciones que había interiorizado en el entorno familiar, como aquella que asignaba a las de su género el papel buena madre y esposa, de «ángel del hogar», expresión muy utilizada para referirse al trascendental papel o sagrada misión que la mujer habría de jugar en sus dominios domésticos. La mayor parte de sus primos, siguiendo la tradición familiar, se encuadrarán en la milicia; sus primas se casarán con magistrados o militares.

Fragmento de la portada del diario La Correspondencia de Españ, (Madrid, 28/11/1911)

Antonio de Acuña y Robles contaba  por entonces con cuarenta y ocho años de edad, era comandante de Artillería y estaba destinado en el Tercer Regimiento Montado, que tenía su sede en Burgos. Se había casado en el verano de 1888 con María Purificación Gómez de la Torre y Bonilla. Su carrera, como militar primero y como gobernador civil después, lo llevó a trasladar el domicilio familiar en varias ocasiones. Sus ocho hijos nacieron en Barcelona, Madrid, Sevilla y Jaén. Uno murió al poco de nacer. Del resto, solo el mayor era varón y solo él se convirtió en universitario: se llama José María de Acuña y Gómez de la Torre, tiene  veintidós años y estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Aquel joven formaba parte de la grey estudiantil y, en consecuencia,  era uno más de los que, en palabras de su tía segunda, no tenía nada de macho; uno de esos «engendros de un par de sayas (la de la mujer y la del cura o el fraile) y de unos solos calzones (los del marido o querido)». No resulta muy aventurado suponer que aquellos improperios de la prima no hicieran ninguna gracia ni a la madre ni al padre del muchacho. Tampoco que la boda de su hija María Dolores, celebrada en Madrid el primero de diciembre de 1911, fuera a coincidir con la noticia de la frustrada detención de la tía segunda de la novia, que huyó a Portugal horas antes de que la Guardia Civil se presentase en su casa con la preceptiva orden judicial.

Más sedentaria fue la carrera militar de Felipe, su hermano mayor. El primogénito de su tío Antonio llevaba años en Sevilla, allí se había casado en el año ochenta y cuatro con una sevillana de Huévar llamada María de la Concepción Díaz-Trechuelo Aguirre, hija primero y hermana después del marqués de Villavelviestre. En esa capital estaba destinado a finales de 1911, cuando el escándalo de la Jarca. Era por entonces teniente coronel de Caballería, en el Regimiento de Cazadores Alfonso XII núm. 21. Tiene dos hijas y cinco hijos, de los cuales tan solo los dos últimos, por su corta edad, podrían quedar a salvo de las insolencias escritas por la descarriada prima. El primogénito, José María de Acuña Díaz-Trechuelo, hace unos meses que abandonó la academia y es segundo teniente del Regimiento de Infantería de Granada. Su hermana Felisa, que cuenta por entonces con veintitrés años continúa ligada a la milicia al casarse con otro segundo teniente, en este caso del arma de Ingenieros.

Quizás fuera por la impronta de Felipe de Acuña y Cuadros, el abuelo común, que sirvió durante la guerra de la Independencia en el Cuerpo de Carabineros Reales del que se retiró con el grado de teniente, lo cierto es que la milicia no les resultaba ajena en absoluto. Y a los primos militares hay que añadir otras primas que la conocieron bien, pues se casaron con oficiales; también al primo Joaquín de Acuña y Robles, el inspector del Banco Hipotecario, que tenía por suegro a un oficial de la Guardia Real y coronel de Caballería. La tradición y el Ejército cuadran mal con aquellas ideas disolventes de la prima literata: «¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!». Cuesta trabajo que frases como esta no ocasionaran alboroto en  el entorno familiar de su prima Ana María de Acuña y Martínez de Pinillos, casada también con un militar, por entonces teniente coronel de Caballería, al tiempo que maestrante de Ronda, camarero de honor supernumerario, camarero de España y capa de Su Santidad, condecorado con la medalla de Alfonso XIII, patrono lego de la capilla de San Juan Evangelista de Baeza...

Con todo, probablemente sea el caso de su prima tocaya el que mejor pueda ejemplificar la relación del primazgo con el patriotismo, la milicia y la tradición, pues la vida de Rosario de Acuña y Martínez de Pinillos se había movido, y seguía moviéndose, dentro de estas coordenadas. Tenía por entonces cincuenta y tres años y era viuda desde hacía doce del teniente coronel de Infantería Pablo Arredondo y Muñoz-Cobo. Madre de familia numerosa, lo era de seis hijos varones tras haber sufrido la muerte de su única y joven hija tan solo dos años atrás, cuando no había cumplido los diecisiete. Seis hijos, y los seis militares; unos en ejercicio y otros, los más jóvenes, en fase de formación. El mayor, Juan Arredondo de Acuña, tenía por entonces treinta y un años y era capitán de Infantería; le seguía su hermano Luis, en esos días primer teniente del mismo arma; Alfredo había terminado sus estudios en la academia el año anterior, siendo destinado al regimiento de Infantería Granada 34 como segundo teniente; Pablo los ha terminado hace unos meses y se ha incorporado al batallón de Cazadores de Barbastro nº4, de guarnición en Alcalá de Henares. Los más pequeños siguen idéntica trayectoria: José es nuevo alumno de la Academia de Caballería y Carlos, que tan solo cuenta con catorce años, acaba de ser admitido para ingresar en el colegio para huérfanos de oficiales del Ejército en Guadalajara.

Las manifestaciones de los universitarios españoles (en muchas localidades también de los estudiantes de bachillerato) surten sus efectos. Tras la denuncia de la Fiscalía, el asunto está en los tribunales. La Audiencia de Barcelona dicta una orden de captura contra aquella mujer de sesenta y un años de edad que, al enterarse de la agresión (⇑) a la que fueron sometidas unas universitarias al salir de las aulas de la Central, no había dudado en coger su pluma para arremeter contra los agresores. Huyó a Portugal para no ser detenida y aquí hubo quien no se quedó callado. En el Congreso se cuestionó que se publicaran edictos interesando la busca y captura de Rosario de Acuña «sólo porque se acusa a esta de un delito de injurias que no tiene prisión preventiva»: controversia tenemos. A otra audiencia, la de Jaén, se ha incorporado meses atrás un nuevo magistrado. Se llama Juan de Bonilla y Goizueta, marido de una prima de la huída, de nombre Petra de Acuña y Robles. ¡Cuánto no hablarían de este asunto! O quizás no. Acaso las cuestiones legales, profesionales, formaran parte del ámbito privativo del señor magistrado, y hubiera otras, como las reuniones de la Junta de Damas de la Cruz Roja o de la Junta Provincial de Caridad de Jaén, que lo fueran del de su esposa. Bueno, cabe pensar que sí lo hicieran, al menos para dilucidar si sus dos hijas, de nombre Fermina y Ana Rita, se convertirían en unas de esas intrépidas universitarias a las que su tía segunda había defendido.

Fotografía tomada en su casa de El Cervigón (Blanco y Negro, 3-12-1911) «Bien pronto una de las señoritas pasó ante el grupo, tan ajena, y en menos que se dice la rodearon, vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cristóbal de Castro lo contó en el Heraldo de Madrid: un grupo de estudiantes de la Universidad Central, que llevaban tiempo al acecho, había agredido a unas  universitarias. La noticia llegó hasta la aislada casa situada en un promontorio del litoral gijonés donde por entonces vivía la prima Rosario. No lo pasó por alto y escribió «La jarca de la Universidad», utilizando aquellas ácidas palabras, «de lenguaje viril», como ella misma las calificaría tiempo después. No menos gruesas fueron las utilizadas por sus detractores en los virulentos ataques que hicieron públicos contra la autora de aquel escrito. La llamaron histérica, proxeneta roja, engendro sáfico, buscona de estercolero social (⇑), alcohólica, degenerada, harpía laica y otras lindezas similares (⇑). Todos los pormenores del caso, todos estos insultos, estaban al alcance de aquellos primos de brillantes hojas de servicios, de aquellas primas casadas con prestigiosos militares y magistrados. No podían ignorarlo, el apellido las señalaba, los delataba: aquella mujer, que estaba en boca de todo el mundo y cuya imagen aparecía en la revista ilustrada Blanco y Negro dando de comer a patos y pavos, era su prima.

Habrán tenido que dar explicaciones al respecto en el cuartel, en la audiencia, en el banco o en las reuniones de sociedad. Llegado el caso, es probable que tuvieran que echar mano del tiempo transcurrido, del largo alejamiento, de su condición de hija única, de aquella enfermedad ocular que padeció durante tanto tiempo, de su prematuro gusto por la rima, de su amor por la naturaleza, del brusco cambio de trayectoria que llevó a cabo tras la prematura muerte de su querido padre, de su condición de literata... 

Es probable que no faltaran las preguntas o las insinuaciones al respecto, que  tuvieran que dar algunas explicaciones en el cuartel, en la audiencia, en el banco o en las reuniones. Llegado el caso,  tal vez se vieran en la necesidad de echar mano del tiempo transcurrido, del largo alejamiento, de su condición de hija única, de aquella enfermedad ocular que padeció durante tanto tiempo, de su prematuro gusto por la rima, de su amor por la naturaleza, del brusco cambio de trayectoria que llevó a cabo tras la prematura muerte de su querido padre, de su condición de literata... De todas formas, una cosa parece estar bien clara: no tienen nada que ver con esa tal Rosario de Acuña y Villanueva, de la que todo el mundo habla. 

Primero fue la nieta deseada, la primera de todas, aquella niña que animada por su abuelo paterno («¡Venga esa niña al campo!») acompañaba a su padre a las salutíferas tierras de Jaén; la querida prima mayor que a todos encantaba con sus poesías; la prometedora dramaturga, que se había casado con un joven militar y que, al igual que harán sus primas, acompañará a su marido al destino asignado. Luego se convirtió en la sobrina descarriada, en el momento en el que decidió abandonar el sendero familiar, el del buen sentido y la tradición, para cruzar a la otra orilla, la que pueblan masones, librepensadores, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas... Ahora, tras largos años de distanciamiento, parece claro que tanto sus distinguidos primos, como sus no menos distinguidas primas,  desde la preeminente situación que ocupan en la sociedad del momento, rechacen cualquier vínculo con aquella mujer. Ningún contacto, nada que ver, no aceptan como prima suya a quien es capaz de escribir barbaridades que atronan sus oídos:

¿Qué va a ser ellos?¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas... digo, pobres chicos..., si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos, y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?



Nota.  Agradezco a María José de Acuña  el envío de algunas fotografías de su familia. En la que aparece al inicio de este comentario podemos observar a su tatarabuelo Antonio de Acuña Solís (sentado a la derecha) y a su tatarabuela María de los Dolores Robles López (sentada a su lado) en compañía de sus tres hijas y sus tres hijos: (de izquierda a derecha, de pie) María Teresa, Rafaela, Antonio, Petra; (en primer término, también de izquierda a derecha) Joaquín y Felipe de Acuña Robles (su bisabuelo).  




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jueves, 23 de abril de 2020

211. El médico que la vio nacer


Hace apenas unos años errábamos tanto en el año como en el lugar de su nacimiento, ahora no sólo sabemos que nació el día primero de noviembre de 1850 y que lo hizo en la madrileña calle de Fomento (⇑), sino también conocemos el nombre del médico que la vio nacer. Nos lo dejó escrito cuando, enterada de su muerte, quiso rendirle un público homenaje. Se trata de Pablo León y Luque, afamado galeno que repartió sus esfuerzos entre los juzgados y las casas de socorro de Madrid, entre la beneficencia y la medicina forense.

The doctor (1891) óleo de Luke Fildes (Tate Britain. Londres)

Unas semanas después de producirse su fallecimiento, las más prestigiosas revistas médicas del país se hicieron eco del certamen convocado por Rosario de Acuña «con el fin de honrar la memoria del que la vio nacer y era íntimo amigo suyo y de su familia, el malogrado doctor D. Pablo León y Luque...». Aunque, por la propia naturaleza del feliz acontecimiento, no tengamos prueba documentada de la primera aseveración, creo que debemos darla por cierta por, al menos,  dos razones: primera, porque tal parece que lo afirma la propia interesada; segunda, porque sí contamos con datos documentales que prueban la relación de amistad que se declara, lo cual confiere verosimilitud a todo lo manifestado.

En 1876 publica su poemario  Ecos del alma,  en cuya página ciento ochenta y dos encontramos la poesía titulada «La felicidad» (⇑), dedicada «A mi querido amigo Pablo León y Luque». En cuanto a la amistad del referido médico con el padre de nuestra protagonista, es de suponer que se remonte a los tiempos de juventud, pues don Felipe contaba veintidós años en el momento del nacimiento de su hija,  y jóvenes eran cuando en 1856 ambos compartían ideales progresistas como oficiales del quinto batallón de la Milicia Nacional de la Villa y Corte. La relación se mantuvo, como luego constataremos, hasta que la muerte hizo acto de presencia, poniendo fin a la vida del médico en octubre del año ochenta y dos, y tres meses después a la de su amigo Felipe.

La actividad profesional de Pablo León está ligada a la ciudad de Madrid. Si médico era en noviembre de 1850, cuando vio nacer a Rosario de Acuña y Villanueva, su nombre aparece cuatro años más tarde en la relación de profesores que por real orden se adscriben a los juzgados de primera instancia de la capital, para realizar los análisis reclamados por los jueces, para el reconocimiento de heridas y para la asistencia de quienes las padecen. Compatibiliza esta labor en los juzgados con su trabajo como médico numerario de hospitalidad domiciliaria, actividad que incluye el servicio de guardia permanente en la casa de socorro. En ese desempeño, asumida la secretaría de la Junta Municipal de Sanidad, le correspondió combatir la epidemia de cólera de 1865, labor por la cual le fue concedida la Cruz de Beneficencia de Segunda Clase. Al año siguiente es elegido presidente del Cuerpo Médico Forense de la capital.

Su labor profesional no se limita a los juzgados y la beneficencia, pues el señor León (Arana) y Luque también destaca como traductor: pues vuelca al español afamados manuales de las diferentes disciplinas médicas (Tratado de patología interna, Lecciones de clínica médica, Tratado práctico de las enfermedades de las vías urinarias...). Consta también su participación en diferentes congresos médicos, siendo secretario de la junta organizadora del que se celebra en Madrid en 1864, en el transcurso del cual procede a la lectura de una ponencia titulada «Consideraciones sobre el criterio de la libertad moral en la perpetración de un delito», texto que, a buen seguro, será atentamente estudiado por nuestra protagonista cuando años después se dedique a indagar sobre la naturaleza humana (⇑) y sobre el comportamiento de algunos conocidos delincuentes (⇑).

A mediados del año ochenta y dos la prensa se hace eco de un suceso que tuvo a don Pablo como uno de sus protagonistas. En calidad de médico forense asistió al nacimiento del que se creía hijo póstumo de un barcelonés de mediana fortuna. Resultó ser que la viuda había convenido con otra mujer –embarazada, soltera y carente de medios– que se hiciera pasar por ella, y así poder reclamar la herencia en nombre de ese hijo que, gracias a la estratagema, la Justicia consideraría como  suyo. Fue una de sus últimas ocupaciones profesionales, pues en el mes de septiembre de ese mismo año se conoce que el presidente del cuerpo de médicos forenses de Madrid se encuentra en estado de gravedad. Pocos días después,  se hace público su fallecimiento. En la esquela tan solo aparecen dos nombres además del suyo: el ilustrísimo señor don Felipe de Acuña y Solís y el excelentísimo señor marqués del Busto, don Andrés del Busto y López, de quien nos ocuparemos más abajo.

La Correspondencia de España, Madrid,  6/10/1882

Tan solo tres días después de su fallecimiento, Rosario de Acuña envía una carta a varios doctores del círculo de amistades del finado, entre los que se encontraban tanto Pedro Carnicero, a la sazón presidente del cuerpo de forenses, como el ya citado Andrés del Busto, que lo había sido con anterioridad, para comunicarles que destinaba la cantidad de mil pesetas para entregar al mejor trabajo escrito sobre medicina legal. Lo hacía para «honrar la memoria del que tuvo en vida elevada inteligencia, vasta instrucción y ejemplarísimo amor al trabajo y a la ciencia». A tal fin entregó en depósito tal cantidad al marqués del Busto y encomendó a los destinatarios de sus misivas la organización del concurso público dirigido a doctores o licenciados en Medicina, cuyos trabajos deberían de ser valorados por un jurado «compuesto de eminencias médicas».

Del resultado del certamen y de las peripecias que acontecieron (inexplicable tardanza en la lectura de los trabajos presentados, demora en la elaboración del acta de adjudicación, envío de anónimos al depositario del dinero...) daré cuenta en un próximo comentario. Baste por ahora decir que el acto solemne de adjudicación del premio previsto para el día 5 de octubre del año ochenta y tres, la fecha del aniversario de la muerte de don Pablo, no se pudo celebrar porque nada se había hecho al respecto. A pesar del interés por ella mostrado, tal parece que el recuerdo del eminente médico que la vio nacer se ha disipado a los pocos meses de su fallecimiento, en razón al escaso entusiasmo mostrado por compañeros de la profesión y aun de su especialidad, y no son palabras mías, que escritas están por la pluma del señor del Busto.




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jueves, 9 de abril de 2020

210. La sombra de Galileo y el eclipse


Fue uno de los textos que Regina Lamo incluyó en Rosario de Acuña en la escuela, publicado en 1933, diez años después de su muerte. Desconozco cuándo lo escribió y tampoco he podido encontrar el periódico en que se publicó. No obstante, «La sombra de Galileo» contiene algunas referencias que bien pudieran permitirnos situarlo en el contexto adecuado, con lo cual doy por supuesto que cobraría buena parte de su originario potencial.

Galileo ante el Santo Oficio, obra de Joseph-Nicolas Robert-Fleury (Museo de Luxemburgo, París)

Los ingredientes principales de su pública reflexión (⇑) son dos clásicos: la oscuridad y la luz;  la religión y la ciencia; la Iglesia católica y Galileo. La podía haber escrito en cualquier momento de su larga lucha como librepensadora pues el tema da para ello, basta recordar. Finalizaba el primer tercio del siglo XVII cuando el científico pisano, cumplidos ya los sesenta y ocho, publica un libro titulado Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, en el cual defendía el modelo heliocéntrico de Copérnico: la Tierra y el resto de planetas del sistema solar giraba alrededor del Sol. Esta tesis chocaba frontalmente con la teoría geocéntrica que situaba a nuestro planeta en el centro del universo, tal y como había formulado Aristóteles, completado Ptolomeo y consagrado la Iglesia católica, al considerar que era la que mejor se ajustaba a las Sagradas Escrituras. Poco después de la aparición del libro, la Inquisición romana inicia un proceso contra él. Se le acusa formalmente de haber violado la censura vigente sobre la teoría copernicana, que el Santo Oficio había declarado herética años atrás. Las amenazas de tortura debieron de ser lo suficientemente convincentes y Galileo,  condenado a cadena perpetua y conminado a abjurar de sus ideas, confesó y abjuró.

Lo dicho: dos ingredientes clásicos en un viejo combate. Pero resulta que en el escrito aparece un tercer elemento, el eclipse total de Sol que, al  actuar como nexo de unión entre el pasado y el entonces presente, confiere contemporaneidad a la disputa, abriendo la puerta a una revisión del proceso inquisitorial. Llegado el momento, la Luna se encuentra tan cercana a la Tierra que va ocultando al Sol por completo. «Entonces, cuando más sombrío y tétrico se mostraban el monte y el mar, no sé si de las profundidades de mi memoria, o venida del mundo ignorado que principia más allá de la muerte, surgió una figura austera, emanando de sí la grandeza de la ancianidad sabia». El espectro se abre paso entre la penumbra de aquel oscurecer forzado por el predecible movimiento astral, en una de las ocultaciones solares, ahora ya sabidas y esperadas. Sí, pero ¿en cuál? ¿Cuál de los eclipses que tuvieron lugar a lo largo de su vida fue el que hizo surgir la sombra de Galileo?

De los tres que pudieron ser vistos en España por nuestra ilustre heterodoxa, parece descartable el de 1912, por su brevedad (unos pocos segundos), por la estrecha franja de totalidad (unos centenares de metros) y porque ésta se situaba en el mar (con excepción de una pequeña zona de tierra). El primero de los otros dos tuvo lugar el 28 de mayo de 1900 y contó con un atento seguimiento por parte de la prensa nacional. Los estudios previos realizados por un astrónomo valenciano apuntaban a la zona de Elche como uno de los mejores puntos de observación de toda Europa. Y hasta allí se desplazaron varias comisiones científicas procedentes de los más prestigiosos observatorios europeos, integradas por reputados astrónomos, entre los cuales se encontraba Camille Flammarion, fundador de la Sociedad Astronómica Francesa y conocido divulgador de la astronomía.



Mejores perspectivas presenta para el tema que nos ocupa el que tuvo lugar el 30 de agosto de 1905. Fue un eclipse total visible en la costa cantábrica (su amigo José Estrañi, director de El Cantábrico, inició una pronta campaña para incluir tal evento en los festejos veraniegos de la capital: «la celebración de los Santos Mártires, patronos de Santander, con un espectáculo magnífico que se puede organizar sin gastar un céntimo»). Sin embargo, no fue la capital cántabra el destino elegido por los astrónomos (probablemente por razones metereológicas), sino otras localidades de la meseta castellana, decantándose la mayoría por Burgos. Rosario de Acuña vivía por entonces en Bezana, localidad cántabra situada bien próxima a la «zona de la totalidad del eclipse», razón por la cual  resulta más plausible que su descripción de aquel señalado momento fuera escrita ahora y no en 1900:  « A mi alrededor el mundo de animales que me tienen por Providencia se agrupaba, sorprendido por tan pronto anochecer...».

De todas formas y aunque resulte más probable que fuera este eclipse de 1905 el que impulsara a Rosario de Acuña a escribir «La sombra de Galileo», aún nos restaría por confirmar   –en uno o en otro momento, en uno de los dos eclipses en cuestión– la presencia cierta del cuarto elemento que aparece en su escrito, el personaje que confiere a la escena toda su fuerza dramática, pues es quien da la réplica muda a Galileo: un astrónomo enviado por el Vaticano para estudiar aquel llamativo suceso.

No es preciso buscar mucho para encontrarlo entre las personalidades desplazadas al Levante español. A mediados del mes de mayo de 1900 la prensa se hace eco de la llegada a Elche del enviado de Roma, «al cual manda Su Santidad a España, con objeto de estudiar el fenómeno celeste». Antes de desechar la segunda hipótesis, la que por su cercanía resultaba más plausible en un primer momento, aún nos queda por realizar una última búsqueda para corroborar o no lo que ya se vislumbra como cierto. Es entonces cuando descubro que también en esta ocasión, entre los astrónomos venidos se encuentra el enviado del Vaticano. Sabemos de sus estancias previas en La Rioja y Medina del Campo, y que luego partió hacia el convento de La Vid, desde donde realiza las observaciones que hasta aquí le han traído.

Resulta, por tanto, que ese titular de prensa con el que Rosario de Acuña inicia su escrito («El Vaticano ha mandado un astrónomo a estudiar el eclipse»), no tiene el poder discriminatorio que yo le concedía en un principio. Es tan válido para uno como para otro, para el de mayo de 1900 y para el de agosto de 1905, lo pudo haber escrito en un año o en el otro, residiendo en Cueto o en Bezana. Resulta también que, en ambos casos, el enviado es la misma persona, el agustino zamorano Ángel Rodríguez Prada, quien desde el año noventa y ocho ejerce la dirección  del  Observatorio Astronómico Vaticano. 

Llegados a este punto, pudiera resultar que lo de menos sea el hecho de saber quién es el enviado papal y que a éste lo hubiera enviado León XIII  o Pío X –según se trate del primer o segundo eclipse–, que lo realmente importante para esta historia es su misma presencia, el hecho de que el Vaticano enviara un astrónomo a estudiar el eclipse (los eclipses), pues esa decisión es la de que da pie a que Galileo, la sombra de Galileo, –tras mostrar su asombro por la mansedumbre experimentada por aquella casta sacerdotal que imponía sus creencias con mano de hierro y que ahora «acude sumisa a deponer su autoridad en el concurso donde los sabios analizan y descubren»–, reclame entonces el resarcimiento de la sangre derramada por tantas víctimas que lucharon en defensa de la verdad:

¡El Vaticano mandando a uno de sus astrónomos a investigar el Sol, su ser y sus modos de ser!... ¡Ah! ¡La losa de mármol donde quedaron las huellas de mis rodillas deber saltar en pedazos estremecida al escuchar la nueva! ¡Ah! ¡La infatigable, la omnipotente, la que cerró con el anatema y el tormento todos los caminos de investigación a la razón humana y se plantó erguida e inmóvil en el dintel de los siglos, negando toda verdad que no emanase de ella, manda hoy sin corte, sin ejércitos, sin realeza ninguna, a uno de los suyos para que fije su pupila en el telescopio y entregue después, en los laboratorios de la ciencia, sus investigaciones!...¿Y mis lágrimas y mis sufrimientos de vencido siendo el fuerte? ¿Y la sangre que a torrentes, antes y después de mi vida, corrió de las venas humanas en holocausto de la verdad, cruelmente perseguida por la Iglesia?...

La presencia del agustino zamorano Ángel Rodríguez Prada, el astrónomo enviado por el Vaticano a estudiar los eclipses visibles en la España de los años 1900 y 1905 (no fueron los primeros; ya en 1887 hubo una delegación pontificia que se desplazó a Rusia con el mismo objetivo), es todo un símbolo, pues supone el implícito reconocimiento del gran error, del craso error cometido siglo tras siglo por la jerarquía de la omnipotente Iglesia, que arrasó con todo lo que pudiera representar una sombra de duda de la «verdad revelada», que actuaba como si fuera la poseedora de la única sabiduría verdadera.




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