martes, 21 de septiembre de 2021

244. Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria

 

Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito, «privilegiado lugar con que la Naturaleza dotó a Asturias». Tal fue el caso también de Rosario de Acuña Villanueva, una madrileña que eligió un lugar en el litoral gijonés para pasar los últimos años de su vida: «Medio mundo vendría a extasiarse en estos incomparables paisajes astures […] porque no hay nada más soberanamente bello que Asturias».

Aunque nacida en pleno centro de Madrid, no tardó en disfrutar de los efectos salutíferos de la brisa yodada del Cantábrico. Sabemos de sus tempranas estancias en Gijón donde, quizás por primera vez, sus doloridos contemplaron la inmensidad del océano. El primer viaje a Asturias del que tenemos noticia tuvo lugar en su primera juventud y no lo olvidó. El tren correo en el que viajaba junto a su padre para pasar un mes en la villa gijonesa, a los baños, fue asaltado por una partida carlista en las proximidades de Villamanín. Tras la marcha de los asaltantes y con menos dinero en el bolsillo, tuvieron que caminar en dirección a Busdongo hasta encontrar cobijo en una de las casas del lugar. A la mañana siguiente, pusieron rumbo a Puente los Fierros, puerto abajo, en un carro tirado por un burro que habían conseguido alquilar en la localidad leonesa. Una vez allí, tomaron otro tren que, al fin, les condujo hasta su ansiado destino, donde les esperaban unos buenos amigos.

Villanueva de Oscos. Senda verde del Agüeira (Archivo del autor)

Volvió en más de una ocasión, y no solo a Gijón, y no solo para que sus ojos obtu-vieran los beneficios del aire marino. Conservamos algunos testimonios de sus andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heladeras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en Soto del Barco»... La mayoría de las veces lo hizo a lomos de una fiel cabalgadura, en alguna de las expediciones que, partiendo de Pinto, realizaba cada año para recorrer durante meses buena parte del norte de España. Así sucedió en 1887 cuando, procedente de León, pasó algunas semanas en Asturias (con estancias de varios días en, al menos, Trubia y Luarca) antes de internarse en tierras gallegas. Volvió a suceder pocos años después. Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa, valiéndose de un asturcón para la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... En la cima de la Pica del Jierru (o pico del Evangelista, que era como solía aparecer por entonces en los mapas), sus ojos se recrearon en la panorámica que desde aquellas alturas, a más de dos mil cuatrocientos metros, se contemplaba: al sur, las estepas castellanas; al norte, la azul inmensidad del mar; «más cerca de nosotros, Asturias, ¡la sin par Asturias!, donde el alma se embriaga de suavidades y la imaginación se impregna de ideales».

En su opinión, este privilegiado territorio no solo posee innumerables bellezas paisajísticas capaces de atraer a turistas de medio mundo, sino que también cuenta con un clima suave y con una tierra fértil que bien pudieran convertirlo en un auténtico vergel, donde florecieran la agricultura y la ganadería, la vacuna y la equina, así como la industria avícola, que ella tan bien conoce. A sus ojos, la tierra astur se configura como el escenario paradisiaco que, sabiamente utilizado, debiera proporcionarle « tal riqueza que fuera el asombro de Europa, porque no hay en ella, ¡no!, (conozco Francia e Italia en viajes también despaciosos), una región más fértil, más templada, más exuberante de vegetación ni de tierra más substanciosa que esta faja vertiente norte del Pirineo cantábrico».

Tan solo es preciso que sus gentes sean capaces de aprovechar racionalmente los bienes con los que la naturaleza ha premiado a su tierra: un clima privilegiado, suelos de alto valor y agua; que las gentes del campo, mirando más hondo a la tierra que al cielo, buscando el bien de todos, se asocien para recoger con sabiduría y mesura los recursos que tienen a su disposición. Tal sería el sentido de la carta que remite a la Asociación de Agricultores de Carreño, así lo escribe también en algunos de los textos que desde su casa del acantilado gijonés envía a la prensa amiga: «Las sociedades de labradores pueden, si quieren, ser el núcleo propulsor de la innovación». Con una buena organización, con un adecuado reparto de tareas entre los integrantes de las cooperativas agrícolas, Asturias podría convertirse en poco tiempo en la abastecedora de huevos y aves (gallinas, patos, ocas, faisanes…) de media España.

Aunque la avicultura sea la protagonista de sus propuestas, no por ello deja de ver las potencialidades que para la riqueza de la región presenta la ciencia agrícola. El ejemplo lo tiene cerca de su casa, en el vergel que se extiende por la ería del Piles, con sus elevados trigales, sus campos de remolacha, sus caserías «enguirnaldadas de parrales» y rodeadas de laureles e higueras, sus huertos floridos de frutales diversos, sus eras de alcachofas y sus tablares de fresa… «Y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia». Tampoco se olvida de las pequeñas industrias caseras para la elaboración de mermeladas y confituras, de mantequilla o de quesos, como los que ya se producen en las montañas orientales, los exquisitos quesos de Cabrales, «enmohecidos por las nieblas de los ventisqueros, y la paciente habilidad femenina».

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, en este privilegiado escenario habita tam-bién la esperanza: «un apretado haz de consecuentes, austeros y resueltos» que militan en el campo de la libertad, obreros concienciados y combativos, hijos del pueblo ansio-sos de ilustrarse, de librarse de la superstición y de abrazar la racionalidad y el progreso, mujeres a quienes desea ver «emancipadas de los fanatismos de las religiones positivas», como las que, no tardando, se manifestarán a su lado por las calles de Gijón en defensa de la llamada «Ley del candado».

¿Qué más podría pedir? Tan solo faltaba la ocasión para hacer realidad su sueño: «vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo». Y la oportunidad se presentó a finales de la primera década del siglo veinte, cuando, tras un desahucio, dos mudanzas obligadas y un robo que diezmó su granja, puso fin a su etapa como avicultora en Cantabria. En 1908 pasa seis meses seguidos en una pensión de Gijón. Lo hace de incógnito, «sin que nadie notase mi presencia», como si de una prueba se tratara. Debió de resultar satisfactoria, pues al año siguiente ya ha comprado unos terrenos en El Cervigón para construir la que habrá de ser su última morada. Meses más tarde se encuentra en su nueva casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean el cabo de San Lorenzo: « ¡Gijón!, ¡Gijón!, el mar en oleadas vierte en ti su infinita poesía…».

Muchas horas, muchos días de cabalgar caminos, de ascender lomas y montañas, de andar senderos, de atravesar collados, de vadear riachuelos; muchas horas, muchos días, de ver y sentir. « ¡Ay! ¡Asturias!, ¡Asturias! Si tus hijos quisieran, si metieran allá, muy dentro del alma, en el más oscuro rincón, el catecismo clerical y llenaran su inteligencia de ciencia positiva, y su corazón de amor a la vida…». Recorriendo esta tierra desde los quince años, cuando sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa cantábrica, hasta pocos antes de su muerte. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco, recién vuelta del exilio portugués al que la llevó aquel contundente artículo en el cual arremetió contra los agresores de una joven universitaria, realizó la que probablemente fue su última expedición por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón al suroccidente asturiano. Por la costa hasta Ribadeo; subida a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos (« ¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón.

« ¿Quién podrá descifrar tanta belleza

 que Asturias toda guarda en sus rincones?

 ¡Cuando el hombre se libre de locuras 

y odie al odio, y encauce las pasiones, 

podrá vivir la vida de venturas 

que ofrece una región con tales dones! ».

 

 La Voz de Asturias, 20-9-2021




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domingo, 5 de septiembre de 2021

243. Un nuevo aliado en las tareas divulgativas

 

A medida que avanzaba en la investigación, a medida que iba profundizando en el conocimiento de su vida y de su obra, me afianzaba más en la idea de que todo aquello había que darlo a conocer, debía de ser conocido. Supongo que fue lo mismo que pensaron quienes me precedieron en esta labor de redescubrimiento: la desmemoria había ocultado durante años un valioso testimonio vital que había que sacar a la luz. Lo había dicho Amaro del Rosal décadas atrás desde su exilio mexicano: era preciso «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...». 

Pronto comprendí que la investigación debía de ir unida a la divulgación. En el otoño de 2004 me propusieron publicar un libro sobre Rosario de Acuña (⇑) destinado al alumnado que terminaba el bachillerato y fue entonces cuando me enfrenté con el dilema. Aunque no tenía concluido el plan que me había trazado, a pesar de tener abiertas varias vías de investigación, contaba con suficiente información, con datos contrastados, que bien podían ayudar a clarificar algunos aspectos de su vida, ocultos bajo la capa que el olvido y la inercia habían tejido durante años. Analicé pros y contras y terminé por aceptar el reto. El resultado fue Rosario de Acuña en Asturias, un libro que tenía por objetivo aproximar el valioso testimonio vital de esta mujer a quienes terminaban sus estudios en el instituto gijonés que lleva su nombre y, por añadidura, a cuantas personas estuvieran interesadas en conocer quién había sido esa mujer y se acercaran a sus páginas. Con los apuntes que sobre su vida en Asturias se dibujan en la primera parte y con la lectura de sus escritos gijoneses (publicados en El Noroeste desde 1909 a 1923) recogidos en la segunda, pretendía contribuir a disipar la borrina que la había ocultado durante tantos años.

Desde entonces, fui consciente de que investigación y divulgación podían –y debían– ir de la mano, tan solo era preciso encontrar los mecanismos adecuados. La publicación en formato libro era la forma tradicional de dar a conocer algo. Sus ventajas resultaban evidentes: las estanterías de las bibliotecas las corroboran. Pero también tenía inconvenientes, dos de ellos a tener muy en cuenta: no depende de la propia voluntad, por lo cual el proceso puede alargarse más de lo deseado (pasaron dos años desde que en 2007 di por concluido Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato hasta que fue publicado); además, una vez que está en imprenta ya no se pueden incorporar nuevos datos, nuevas referencias, nuevas actualizaciones, lo que obliga a reediciones o a preparar nuevas publicaciones que completen la anterior.  De ahí que, sin renunciar a las indudables ventajas del libro (ahí están:  ¿Quien fue Rosario de Acuña?El crimen de la calle de Fuencarral; Rosario de Acuña Hipatia (1850-1923). Emoción y razón; Rosario de Acuña), en 2009 abrí dos espacios en Internet que, gracias a la versatilidad propia del medio, me han ayudado a solventar la rigidez del formato papel. Quienes accedan a Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑) encontrarán información actualizada sobre los aspectos más sobresalientes de su biografía, los escritos salidos de su pluma y las referencias más recientes de cuanto se haya publicado sobre ella; quienes lo hagan a Rosario de Acuña y Villanueva. Comentarios (⇑) hallarán opiniones y reflexiones –las propias y las, siempre bien venidas,  ajenas– acerca de su trayectoria vital.

Cabecera de La Voz de Asturias del 8-5-1923 donde aparece un texto de Mario Rey: un emocionado homenaje a la fallecida recordando una visita reciente a su casa en El Cervigón

Además de los libros y de los espacios en Internet, me pareció que la prensa resultaba un canal muy apropiado para divulgar su mensaje, pues no sólo llegaría a más personas, sino que también quedaba abierta la  posibilidad de que hubiera quien buscara más información sobre ella en los libros y en la Red. Con este objetivo en mente, desde principios de 2006 («Rosario de Acuña, pionera del montañismo en Asturias» se publicó por entonces) fueron apareciendo algunos escritos en la prensa regional, tanto en La Nueva España como en El Comercio. En esas estaba cuando hace apenas unos meses me topé con diversas informaciones referidas a las audiencias de la prensa que me dieron que pensar: resulta que los periódicos digitales siguen batiendo récords de audiencia; resulta que la diferencia porcentual entre quienes leen los diarios por internet y los que lo hacen en papel sigue aumentando; resulta que, por esta razón, los diarios se han digitalizado y en la mayor parte de los casos requieren de una cuota de suscripción para acceder a los contenidos; resulta que hay diarios que han optado únicamente por la digitalización y el acceso libre, sin pago... Este era el caso de La Voz de Asturias, una cabecera casi centenaria que, tras su cierre en 2012, resurgió tiempo después en formato digital  con un crecimiento constante de su audiencia. Las últimas cifras publicadas (3,3 millones de usuarios únicos durante el año, nueve millones de páginas leídas al mes en 2020... ) se encuentran muy alejadas de las que estoy acostumbrado a ver y  hablan bien a las claras del potencial divulgativo del medio.

Me puse en contacto con Ángel Falcón, su director, y con la vista puesta en la fecha del centenario (días antes de que se cumpla el de la muerte de nuestra protagonista, La Voz de Asturias celebrará el de su salida a la calle), acordamos que periódicamente les enviaría un escrito sobre Rosario de Acuña. En ello estoy. Voy seleccionando entre los comentarios incluidos en este blog aquellos que considero más interesantes y, tras someterlos a un necesario proceso de adaptación (tamaño, contextualización...), se los envío cada tres o cuatro semanas. He aquí el resultado (pulsando sobre el título, podrás acceder al contenido completo):

  • El centenario de la muerte de Rosario de Acuña a dos años vista (⇑). El cinco de mayo de 2023 se cumplirán cien años de su muerte. Con esa fecha en mente y hallándome en esa etapa de la vida en la cual los objetivos se suelen aderezar con cierta dosis de escepticismo, decidí actuar con tiempo, con la mirada larga, no fuera a ser que el calendario terminara por convertirse en un obstáculo insalvable...

  • La primera mujer que ocupa la tribuna del Ateneo de Madrid (⇑). No fue la primera vez que sorprendió a la sociedad madrileña. Ya lo había hecho en 1876, con ocasión del estreno de Rienzi el tribuno, su primera obra dramática: concluido el segundo acto, la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena a la joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes...

  • Marruecos: la tumba de miles de españoles (⇑). Verano de 1921. «Los graves sucesos desarrollados en la zona de Melilla»: con este titular a toda página abre el periódico madrileño La Acción su edición del sábado 23 de julio. La prensa de la capital cuenta que el ministro de la Guerra estuvo reunido en el despacho oficial con sus asesores hasta altas horas de la madrugada; también que Alfonso XIII interrumpirá sus vacaciones en San Sebastián para presidir un Consejo de Ministros extraordinario...

  • Salvoconducto para una mujer separada (⇑). El imaginario colectivo, cimentado sobre arraigados soportes religiosos («Con dolor parirás a tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará»), había situado al esposo y a la esposa en niveles diferentes, y la legislación civil asume y sanciona tal desigualdad: la mujer debe «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia […] no puede administrar sus bienes ni los de su marido…»

  • Por la libertad de cátedra ¡Yo pago la matrícula! (⇑). El artículo segundo del Concordato de 1851, vigente durante ochenta años, lo dejaba meridianamente claro. A la jerarquía católica española le correspondía el derecho a la vigilancia de la ortodoxia ideológica en todos los estudios impartidos en cualquier centro de enseñanza, público o privado, teniendo los obispos y demás prelados libertad para «velar sobre la pureza de la doctrina de la fe, y de las costumbres, y sobre la educación religiosa de la juventud»...

  • A pesar de las llagas en los ojos, aprendió a aprender (⇑). En 1857 fue aprobada la Ley de Instrucción Pública, que regulaba cómo habría de ser la educación de las nuevas generaciones de escolares. Rosario de Acuña, que no había cumplido aún los siete años, era una de las destinatarias de aquel programa que había diseñado el equipo del ministro Moyano Samaniego. Además de las materias instrumentales (Lectura, Escritura, Principios de gramática castellana y Principios de aritmética), la ley también establecía la obligatoriedad...

  • Asturias: el rincón más hermoso, florido y fecundo de la patria (⇑). Mucho antes de que a alguien se le ocurriera el muy afortunado y tantas veces repetido «Asturias paraíso natural», ya hubo quien proclamó con entusiasmo las cualidades paradisiacas de la región. Tal fue el caso de Antonio Pérez Pimentel, español de Cuba llegado a Gijón en l907 como catedrático de Francés del Instituto de Jovellanos, a cuya iniciativa y perseverancia se debe en gran medida la construcción del mirador del Fito...

 
(Continuará)

miércoles, 18 de agosto de 2021

242. Sin una buena educación el futuro no será el que deseamos

 

A finales del siglo XIX la gran mayoría de quienes habitaban España no sabían ni leer ni escribir. Y eso era así a pesar que la Ley de Instrucción Pública (Ley Moyano, 1857) había establecido que la enseñanza era obligatoria desde los seis hasta los nueve años. Treinta años después de que Gaceta de Madrid publicara esta norma de obligado cumplimiento, los datos del Censo de 1887 reflejan que alrededor de las dos terceras partes de la población eran analfabetas, también que existen grandes diferencias entre hombres (alrededor del 52%) y mujeres (77%). Unos porcentajes que evidencian el retraso con respecto a Inglaterra, Francia, Bélgica o Irlanda y mucho más en comparación con Alemania, Suiza o los países nórdicos. De ahí que fuera la educación uno de los elementos sobre los que se construyeron las diferentes propuestas que pretendían poner fin al atraso, económico y social, que padecía España. Ahí están los escritos de Joaquín Costa («El problema de la regeneración de España es pedagógico tanto o más que económico y financiero») o de Macías Picavea (« ¿cómo no creer en la pobreza de España, resultado fatal de su ya demostrada incultura, torpeza o ignorancia?»). También los de Rosario de Acuña, quien no solo habla de la ineludible necesidad de mejorar la instrucción, sino que también señala los ejes sobre los cuales deberían girar las propuestas para su mejora: la liberación del yugo clerical y la igualdad educativa para niñas y niños. 

Portada del Boletín de la Escuela Moderna
El Concordato de 1851 había dejado en manos de la jerarquía católica el control de la educación en España, «que será en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica», incluso en las escuelas públicas. Seis años después, la Ley de Instrucción Pública  no sólo incorporó el contenido del acuerdo a su articulado, sino que también estableció el procedimiento a seguir para garantizar su cumplimiento: «Cuando un prelado diocesano advierta que en los libros de texto, o en las explicaciones de los profesores, se emiten doctrinas perjudiciales a la buena educación religiosa de la juventud, dará cuenta al Gobierno, quien instruirá el oportuno expediente...». 

Tras el paréntesis del Sexenio Democrático (durante el cual se dan pasos para poner fin a la confesionalidad educativa y para afianzar la libertad de cátedra) y la subsiguiente purga que sigue a la circular que en febrero de 1875 el ministro de Fomento Manuel de Orovio envía a los rectores («el Gobierno no puede consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explique contra un dogma que es la verdad social de nuestra patria»), a consecuencia de la misma varios profesores dimitieron y otros fueron separados o suspendidos, Antonio Cánovas abre una pequeña rendija en el entramado del sistema político de la Restauración que está poniendo en pie: la Constitución de 1876 mantiene la confesionalidad del Estado, pero deja abierta la puerta a la libertad de pensamiento («nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas») y al ejercicio, en privado eso sí, del culto de otras religiones. En ese espacio de tolerancia se instala la Institución Libre de Enseñanza, que en 1878 pone en marcha un centro de Enseñanza Primaria y Secundaria regido por el principio de neutralidad ideológica, ajeno  a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político; proclamando el solo principio de la libertad e inviolabilidad de la ciencia. También lo hacen las escuelas laicas o neutras que, no sin grandes reticencias, van surgiendo a partir de entonces.

Rosario de Acuña, quien a finales de 1884 inicia una campaña como propagandista (⇑) en defensa de la libertad de conciencia, muestra su más firme apoyo a este tipo de escuelas que desarrollan su actividad educativa al margen de la tutela eclesiástica. Lo hará en el caso de las escuelas laicas de Zaragoza, a cuyos promotores envía una larga carta para ser leída con ocasión del aniversario de su fundación («estáis haciendo la grande obra, el gran trabajo de redimir y libertar las conciencias infantiles, es decir, las conciencias de los hombres futuros»); lo hará también en 1888 cuando acuda a Getafe para participar en el banquete que se celebra tras la inauguración del colegio-asilo para huérfanos de masones; lo volverá a hacer  a principios del nuevo siglo, con ocasión de la instalación de una escuela laica en  Cádiz, a la que enviará unos poemas como muestra de apoyo y felicitación y algunas de sus publicaciones.

Mayor implicación parece haber tenido con las se ponen en marcha en Madrid, pues su promotora, la sociedad Los Amigos del Progreso –de la cual es presidenta honoraria junto a Pi y Margall o Nicolás Salmerón–, declara su obra Certamen de insectos libro de texto para las escuelas laicas que ha abierto en la capital. También con la escuela neutra de Gijón, en cuya ceremonia de inauguración pronunciará un alabado discurso, titulado El ateísmo en las escuelas neutras y que será ampliamente reproducido, en el transcurso del cual va desgranando, materia a materia, las ventajas que para el progreso del país presentan este tipo de escuelas: «La enseñanza de las ciencias positivas no radica ni se sustenta en las palabras de los hombres, manera pueril de inculcar la fe muy usual en España, donde todavía se siente el horror a la funesta manía de pensar, única manía que emancipará el rebaño humano de las dentelladas del lobo...».

Portada de uno de los manuales editados en vida de Rosario de Acuña que tuvo una amplia difusión
Con todo, su pensamiento en materia educativa no se limita a apoyar el establecimiento de escuelas laicas, racionalistas o neutras, imbuidas de razones científicas y ajenas a las supersticiones y los dogmatismos. Le preocupa también, y mucho, que la educación que reciban las niñas sea en todo «semejante y equivalente» a la de los niños. Un buen ejemplo de ello es  La casa de muñecas, un cuento o cartilla de lectura, incluida como tal por el Consejo de Instrucción Pública en la lista las consideradas de utilidad para servir de texto en las escuelas de primera enseñanza.  La obra constituye una alegoría, una representación del ideal que su autora se ha ido forjando de la pareja y de la familia. El argumento es muy sencillo: Rosario y su hermano Rafael se reencuentran tras haber pasado algunos años separados por exigencias del sistema educativo vigente que preceptuaba que los niños estudiasen sus materias en sus colegios, lejos de las niñas. 

A lo largo de casi noventa páginas de grandes letras que facilitan que los ojos infantiles puedan aprehender fácilmente el mensaje de futuro que allí se lanza, Rosario de Acuña va a reescribir la historia del hombre y la mujer. Para empezar, nada mejor que hacer añicos algún que otro estereotipo, pues la niña de la historia nace viva, alegre, expansiva, llena de vigor; el niño, por su parte, es cariñoso, reflexivo y menos alborotador que su hermana. Nada de diferencias originales que expliquen comportamientos dispares: «sus almitas eran gemelas, exactamente iguales en sentimientos e inteligencia, y la diferencia y desconocimiento mutuo no provenía de la naturaleza, sino del molde en que los habían tenido sujetos». 

La obra permite a su autora ir desgranando algunas de las propuestas que va a defender a lo largo de su vida. Así sucede con las que plantea en el ámbito educativo, que en gran medida resultan coincidentes con las que sustentan las iniciativas que han puesto en marcha los krausistas españoles a través de la Institución Libre de Enseñanza: coeducación (las niñas y los niños reciben la misma educación, en la misma escuela), formación integral (a las materias instructivas se suman la moral, la higiene o la economía doméstica), educación activa (son protagonistas de su propia formación gracias a su creatividad, iniciativa e imaginación)… Constituye una imagen adelantada, una proyección a futuro de un nuevo escenario, en el cual las mujeres y los hombres no tendrán que asumir los papeles que la tradición les ha venido asignando en el transcurso de los siglos. La casa de muñecas dibuja un mañana deseado, un mañana en el cual la mujer, «radiosa mitad humana que entrará en los mundos de la ciencia y del arte con representación propia», no tendrá que ver su vida reducida a las cuatro paredes del hogar: «no será necesario, para que la respeten y la estimen los suyos que planche, que cosa, ni que friegue».

Claro está que una cosa es el mundo de la ficción y otra, muy diferente, la cruda realidad, como bien tendrá ocasión de comprobar doña Rosario en 1911. Veintitantos años después de que hubiera escrito esta cartilla, la situación dista mucho de parecerse a la que ella había soñado. Fue entonces cuando se enteró de la agresión a la que fue sometida una estudiante a la salida de las clases en la Universidad Central, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra»; fue entonces cuando no pudo menos que coger la pluma para arremeter públicamente no solo contra los agresores sino también contra el entramado social que lo posibilitaba: « ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas... digo, pobres chicos..., si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos, [...]? ¡Arreglados quedarían entonces todos estos machihembras españoles si la mujer adquiere facultades de persona!». Aquel escrito, publicado con el título La jarca de la Universidad, desató las iras de los universitarios españoles que fueron intensificando sus protestas en las calles hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y los jueces dictasen una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Quizás en algún momento de sus dos largos años de exilio rememorara aquellas palabras llenas de esperanza que salieron de su pluma tiempo atrás: « Hay una cosa que positivamente sabemos; que en pos de nosotros llega una generación más apta para el conocimiento de la Verdad. [...] Dejémosla, al morir nosotros, con la conciencia bien iluminada por la luz de la sabiduría».




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miércoles, 4 de agosto de 2021

241. «Tarea pendiente la del centenario de Rosario de Acuña», por Félix Población

 

El reciente fallecimiento de José Bolado, a quien tuvo el gusto de conocer cuando se publicó su magnífica edición de las Obras Reunidas de Rosario de Acuña, me hizo recordar a la escritora librepensadora que vivió y murió en Gijón el 5 de mayo de 1923 y de la que tuve temprana noticia cuando pocos adolescentes de mi edad sabían que ese nombre no solo respondía al de una apartada zona de la ciudad sino al de una personalidad literaria, comprometida con la lucha social, y sepultada, como tantas otras, por la mordaza de la dictadura.

Mi conocimiento precoz se lo debo a Amaro del Rosal (⇑), que había tenido oportunidad de visitar a la poeta y escritora en su casa del Cervigón un primero de mayo y desde su exilio en México solicitaba regularmente a Luciano Castañón artículos publicados por Acuña en el diario local El Noroeste, en el que colaboró durante bastantes años. Movido por la curiosidad, recuerdo haber solicitado en la biblioteca pública del viejo instituto, con catorce o quince años, un tomo de ese periódico sin que se me permitiera su lectura. 

Con el paso del tiempo, antes de que Bolado llevase adelante su más que notable edición –en la que podemos leer una excelente biografía de la escritora–, tuve oportunidad de revisar los artículos publicados por Rosario de Acuña en Las Dominicales del Libre Pensamiento, al lado de las firmas más sobresalientes del primer feminismo en España. Amaro de Rosal, que guardaba un recuerdo imborrable de Acuña, comparaba su personalidad con la de Flora Tristán, sobre la que Vargas Llosa escribió una novela (El paraíso en la otra esquina) que no está precisamente entre las mejores.

 La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Desconozco si la actual corporación municipal, con ocasión de centenario del fallecimiento de Acuña –cuyo entierro reunió a una multitud en las calles de la ciudad–, tiene proyectado algún tipo de conmemoraciones que haga más viva la precaria presencia de su memoria. Macrino Fernández Riera, que tan bien conoce la obra de Rosario de Acuña, recordaba en varios artículos la necesidad de que el equipo de gobierno municipal no pasase por alto esa oportunidad.

En este sentido, no solo convendría resaltar el nombre del paseo que lleva el nombre de Acuña, desde el Sanatorio Marítimo a la carretera de La Providencia, sino recuperar un uso colectivo para la casa del Cervigón, que bien podría convertirse en un centro de documentación feminista. Se da la circunstancia de que el tío abuelo de Lidia Falcón, la persona que reúne en España la mayor documentación sobre el feminismo histórico, fue Carlos de Lamo Jiménez, con quien convivió Acuña durante los últimos años de su vida, hermano de la abuela de Falcón, Regina de Lamo, música, escritora y una avanzada también en la lucha por los derechos de la mujer.

En la localidad de Pinto (Madrid), en donde Rosario de Acuña también vivió, su nombre no solo está en el callejero sino al frente de un centro social inaugurado hace más de diez años. Esos precedentes son la base para que, con vistas al año 2023, una de las asociaciones culturales de aquella ciudad proyecte incrementar las obras de Acuña en las bibliotecas públicas y dedicar todo el año del Aula de Historia a la personalidad y obra de la escritora. Allí, ya está entre las previsiones del municipio todo un mes de mayo de 2023 dedicado a exposiciones, conferencias, proyecciones y funciones teatrales en torno a Rosario de Acuña.

Porque Gijón puede y debe, si quiere ser coherente con la multitudinaria despedida que sus ciudadanos dieron a quien tanto se preocupó por las clases populares en su lucha por una vida digna, sería deseable que en breve tuviéramos noticia de que Rosario de Acuña ha dejado de ser algo más que un bello promontorio desde el que se avista el mar. También debería avistarse desde allí una ciudad agradecida con quienes se comprometieron con la emancipación social.

MiGijón, 28-6-2021

 

 



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miércoles, 21 de julio de 2021

240. Un alto en el camino

Como bien saben quienes suelen disfrutar de la montaña, no se trata de caminar por caminar, de ascender y ascender. De vez en cuando conviene hacer una parada. Resulta conveniente no solo para recuperar el aliento, aliviar el reseco gaznate o calmar el apetito con unos frutos secos o con el tan socorrido plátano, sino también –y no menos importante– para disfrutar con mayor sosiego del reconfortante panorama que se despliega ante nosotros; para escuchar, ver y sentir; para mudar la mirada, que con cierta testarudez vuelve a fijarse en el repecho que tenemos por delante, cuando no en la cima a la cual queremos llegar y que tras cada recodo reaparece ante nuestros ojos. Es entonces cuando, si el escenario lo permite, podemos echar la vista atrás; es entonces cuando nos percatamos de lo que ya llevamos recorrido. 

Tras doscientos treinta y nueve comentarios, bien podemos hacer lo propio: una parada, un alto en el camino para recordar de dónde venimos y para poder visualizar sobre el terreno la huella de nuestra ya larga andadura. El once de julio de 2009 echaba a andar este blog con un escrito de agradecimiento a la investigadora María del Carmen Simón Palmer (⇑), cuyos trabajos posibilitaron que la comunidad académica empezara a interesarse por la figura de nuestra protagonista, desconocida para la mayoría. Desde entonces no han faltado los comentarios, entreverados con análisis propios y ajenos, acerca de su vida y obra, en los que se ha dado cuenta de los avances que se han venido produciendo en el proceso de recuperación del testimonio vital que nos ha legado doña Rosario de Acuña y Villanueva. 

Sendero en las montañas de Covadonga (archivo del autor)

Nos hemos alegrado de que su pasión por la razón y por la libertad cobrara vida en el Centro Dramático Nacional, donde en el otoño de 2018 se estrenó la obra Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán, escrita por Asunción Bernárdez. Asimismo, de su incorporación a espacios digitales muy visitados, no solo a la ya casi ineludible Wikipedia (⇑), sino también a otros más especializados como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (donde cuenta con un portal desde febrero de 2013 ⇑), la Biblioteca Nacional (⇑), cuyos responsables la incluyeron en el programa Escritores en la BNE, o el sitio que acoge el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), ambiciosa y estimulante iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. 

Aunque en este campo aún quedan asuntos por resolver (⇑), lo cierto es que su nombre ha vuelto a tener presencia en el espacio público, en las calles y en los edificios. Hace un par de años su nombre volvió a figurar en el callejero de Tarrasa, poniendo fin a una situación paradójica (⇑). Unos meses antes, fue un edificio madrileño el que recuperó su antigua denominación. Al centro sociocultural sito en la calle María del Carmen número 65, inaugurado el 11 de febrero de 1933 como Grupo Escolar Rosario de Acuña, le fue entonces oficialmente restituido su anterior nombre (⇑). Mayor significación, si cabe, tiene lo sucedido en Pinto, donde otro centro municipal, en este caso de nueva creación, fue inaugurado con el nombre de nuestra protagonista, al ser el suyo el más votado en la consulta popular que se convocó a tal efecto (⇑).

Parece evidente que esta mayor visibilidad lograda en los últimos años no hubiera sido posible sin un mayor conocimiento de su vida y de su obra. A la recuperación de sus dos obras dramáticas más representativas efectuada a finales de los ochenta por Simón Palmer, siguió la publicación de varios estudios biográficos y la edición de las Obras reunidas (2007-2009). A medida que se iba abriendo el camino, a medida que se iba dibujando el sendero en la ladera, mayor era el número de quienes se adentraban por él, mayor el número de quienes se enrolaban en  esta tarea colectiva (⇑). No hay más que acudir a la relación bibliográfica (⇑) que aparece en la página Rosario para comprobarlo: artículos en la prensa diaria y en revistas académicas, especialistas de universidades españolas y extranjeras, nuevos estudios biográficos,  inclusión de obras suyas en diversas antologías, reedición de algunas otras que se habían dado por desaparecidas (⇑)... Con todo y de cara a lo que aún queda por recorrer, quizás lo más gratificante sea el hecho que Rosario de Acuña se haya convertido en materia de estudio para quienes finalizan sus estudios universitarios y que su vida o su obra sean el fundamento de algunos trabajos fin de grado o fin de máster. 

Aunque, ciertamente, cada vez son más las personas que se interesan por nuestra protagonista, aunque cada vez es mayor el número de quienes transitan por el sendero, también lo es que, vuelta la vista al tramo ya recorrido, notamos la ausencia de algunas otras que lo han dejado. El último en abandonarnos ha sido José Bolado, de cuya ausencia nos enteramos hace unas pocas semanas. Nos unía el interés por conocerla mejor, y ella era el tema principal de nuestras conversaciones. Aunque coincidimos en alguna ocasión, casi todas fueron a distancia. Las primeras, allá en el verano de 2006, cuando preparaba las Obras reunidas. Recuerdo que trataron de la estancia de doña Rosario en Santander. Contrastamos nuestras informaciones sobre los escritos publicados en El Cantábrico y hablamos sobre la fecha de su marcha de Cueto. Fue entonces cuando me contó que su familia paterna era originaria de Cantabria y que unos parientes suyos habían rastreado infructuosamente el asunto de la mudanza; yo le conté lo que yo había averiguado al respecto. Cambió de correo, cambiamos de correo, pero el tema era el mismo. El largo proceso de preparación de Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923) Emoción y razón (⇑), el libro colectivo en el que ambos participamos, propició un intercambio epistolar más intenso.

Mi muy estimado José, aunque sin duda notaremos tu ausencia, creo que estarás de acuerdo conmigo en que debemos dar por finalizado este alto en el camino para volver al sendero, con más ganas aún si cabe y con la mirada puesta en lo que todavía nos queda por recorrer.




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martes, 6 de julio de 2021

239. Las campesinas: protagonistas de la regeneración patria

 

Si nos atenemos a los dos elementos principales que estructuran el heterogéneo movimiento ideológico que denominamos regeneracionismo (diagnóstico de decadencia y prescripción de un tratamiento para su restablecimiento), bien podremos concluir que años antes de que el escenario patrio quedara impregnado por la atmósfera de pesimismo colectivo que insuflaba la crisis finisecular, sin esperar  a que el Desastre hiciera aflorar las diferentes propuestas atribuidas al regeneracionismo, ya hubo regeneracionistas en España, ya hubo quienes alertaron del atraso del país, quienes propusieron vías para atajar los males de la patria. Tal es el caso de Rosario de Acuña, de la cual y sin temor a errar en demasía se podría decir que fue regeneracionista durante buena parte de su vida; luego, ya en la vejez y quizás un tanto desalentada, fue abriéndose a remedios más profundos (⇑).

En los inicios de la década de los ochenta, apenas cumplida la treintena, su vida da un brusco giro. Rosario y Rafael abandonan Zaragoza, ciudad en la que la joven pareja se había establecido poco después de su boda, y se instalan en una quinta campestre a las afueras de Pinto, una localidad situada al sur de la provincia de Madrid y que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. Ha pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron resultar tal como se había imaginado. Por lo que sucedió después, por lo que escribió por entonces, bien pudiera pensarse que la imagen que tenía de su querida España –forjada en sus familiares viajes de juventud o escuchando con atención las lecturas paternas de «obras amplísimas y documentadas» que hablaban de glorias pasadas– se estaba resquebrajando. La ensoñada visión de su patria, aprendida a golpe de charlas y lecturas, se tambalea cuando tropieza de lleno con las insanas vanidades que se gastan sus compatriotas, cuando la acaramelada existencia aburguesada en que ha vivido se da de bruces contra la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad que impregnan las ciudades, contra la «asfixia moral y física» en que están sumidas las aglomeraciones urbanas.

La única alternativa que encontró fue la de poner distancia de por medio: abandonarlo todo y recluirse en el campo, al abrigo de la Naturaleza, para llevar allí una vida más auténtica, más acorde con las leyes naturales que los humanos parecían haber olvidado. Con ese objetivo en mente se hace construir una vivienda en las afueras de una pequeña localidad. La llama Villa-Nueva y pretende convertirla en una unidad de producción autosuficiente, con palomar, gallinero y establo para dos caballos fuertes y mansos, compañeros indispensables en sus expediciones por los caminos de la vieja España (⇑), una cuidada huerta, un maizal, variedad de frutales y plantas de todas clases... Ilusionada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida de la importancia que para la regeneración del país representa la vida en el campo, pretende convertir a las mujeres en protagonistas del cambio que plantea:

Si criáis a las generaciones futuras, hoy infantiles, en el amor a la naturaleza, la agricultura sacudirá su marasmo; la pobreza se sumirá, desapareciendo, en el raudal de los trabajos agrícolas; la repoblación de nuestras desiertas campiñas comenzará con brío, y ese manantial vivo e inagotable de riqueza, que es la agricultura, engrandecerá la España del porvenir, matando el caciquismo, destruyendo la empleomanía, equilibrando las pasiones de partido, y alzando al grito del progreso la bandera de la igualdad.

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)

Convencida de la influencia regeneradora de la vida en el campo para las personas y, por ende, para la sociedad, se muestra decidida a propagar sus ideas; quiere esparcir aquella simiente en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos. Nada mejor para ello que una revista dirigida a mujeres preocupadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de los suyos. En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 se presenta a las lectoras desde una sección que ha dado en llamar En el campo: «He aquí otra razón poderosísima que me impulsa a dirigiros la palabra: el porvenir; quien observa y siente, por fuerza ha de lamentar esa degradación paulatina que, como frío sudario, envuelve nuestras juventudes...».

Aquella nueva forma de vida, en armonía con el resto de la naturaleza, adaptándose a sus ciclos y sus exigencias;  aquel vivir sin las obligaciones impuestas por la mirada, el pensamiento y los dichos de los otros, sin la máscara exigida por la vanidad, el lujo y la envidia... La vida se torna más natural, más pura, más digna de ser vivida. Está plenamente convencida de que la vida en el campo no solo es más auténtica, sino que también constituye la antesala de la regeneración que España precisa  y por ello no duda en utilizar cuantos medios tiene a su alcance para dar a conocer sus pensamientos al resto de las mujeres, a quienes en sus escritos llama «compañeras mías». A ello se dedica con dedicación y entusiasmo: en ese tiempo, además de su colaboración en El Correo de la Moda, publicará tres extensos trabajos en Gaceta Agrícola, una publicación de amplia difusión que publica el Ministerio de Fomento. En uno de ellos, titulado «La educación agrícola de la mujer» (⇑), avanza algunas de sus propuestas para construir un futuro más prometedor:

Mujeres en una quintana asturiana (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)
En la escuela granja-modelo puede abrirse un curso de botánica, de zoología, de física y mecánica, las cuatro principales ciencias auxiliares de la agricultura, y prácticamente puede enseñarse la cría de animales caseros; en miniatura podría la joven poseer una heredad, llevar las cuentas minuciosas de ingresos y gastos, así como el alza y baja de los rendimientos de su tierra, haciendo un balance comparativo entre diferentes cosechas, y, en una palabra, podría ejecutar todos los trabajos propios del agricultor ilustrado...

Escribe con la mirada larga, rayana en la utopía, pero lo hace convencida de que sus propuestas, por inviables que pudieran parecer entonces, terminarán por imponerse en un futuro, por lejano que este se encuentre. De ahí su insistencia en algunas de ellas, como la «escuela granja-modelo» a la que se refiere en el texto anterior y que años después incluirá también entre las medidas regeneradoras que pretenden poner en marcha Isabel de Morgovejo y Ramón de Monforte, la pareja de protagonistas de El padre Juan (⇑). De ahí que asuma desde el principio que sus reflexiones solo despertarán el interés de algunas de sus compatriotas. De ahí que se dirija a aquellas mujeres que cuenten «con cierta preparación», con espíritu de observación y análisis, y estén abiertas a la posibilidad de mejorar su vida y la de los suyos. Solo ellas pueden ser capaces de emprender el camino de la regeneración, las únicas que pueden construir un hogar campesino iluminado por la luz de la razón, modelo de virtudes que se alce frente a la degeneración que está corroyendo las ciudades. «En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...».

Ciertamente estos textos, que fueron apareciendo de 1882 a 1885 en la sección En el campo, estaban escritos con la mirada larga. Por entonces parece conformarse con haber despertado la curiosidad de sus interlocutoras, a las que les ha mostrado la vida en el campo («que muchas desconocéis») tal y como ella la estaba viviendo en aquel tiempo; parece conformarse con la posibilidad de que algunas de ellas mediten despacio acerca de la importancia que para la regeneración patria representa la mujer en el campo, asumiendo las riendas de un hogar racional regido por su inteligencia. Pero no acaba ahí, su propuesta sigue viva, y volverá a retomarla años después cuando, en otro lugar y en otras circunstancias, se dirija de nuevo a otras mujeres para decirles que ellas son las llamadas, que ellas han de ser las protagonistas, las hacedoras de la sociedad del porvenir, «que uno de los factores esenciales de la regeneración española estriba en elevar el nivel físico, moral e intelectual de las almas femeninas». Lo hace entonces desde una columna titulada Conversaciones femeninas que publica el santanderino diario El Cantábrico a lo largo de 1902. 

Han pasado dos décadas y su vida ha cambiado. Ya no es la joven ilustrada que vive en el oasis pinteño; ya no cuenta con la ayuda que, en calidad de sirvientes, le proporcionaba un matrimonio manchego y su hija, a los que, gracias al capital que en aquel tiempo poseía, podía pagar espléndidamente; ya no realiza largas expediciones a caballo por las tierras de España... Ha entrado en la cincuentena, se ha convertido en viuda recientemente (⇑), vive en Cueto, por entonces una aldea situada a escasos kilómetros del centro de Santander, y se esfuerza en sacar adelante una granja avícola, con cuyos esperados beneficios podrá completar la pensión de viudedad que ha empezado a cobrar por entonces. 

Aunque hay diferencias evidentes entre las dos series de artículos, tanto en el tono como en los puntos desde los que articula su discurso, la tesis sigue siendo la misma, a pesar de los veinte años que los separan: la regeneración de la sociedad debe de iniciarse en el campo, en el contacto con la naturaleza, y la mujer, la mujer campesina, ha de ser la protagonista de ese cambio tan inevitable como necesario. La redención del campo, y por ende de la sociedad española, ha de lograrse por la implantación en el medio rural de hogares cultos, a cuyo frente se halle la mujer campesina, culta e inteligente. Cambia, eso sí, el tono con el que articula su propuesta. Suena ahora menos bucólico, más admisible, más próximo a la realidad, a la suya y a la de algunas mujeres montañesas, coetáneas suyas.  

Su ejemplo parece avalar su propuesta. Debe de ganarse su sustento y lo hace poniendo en práctica buena parte de lo que ha predicado. Convertida en una de esas campesinas que deben protagonizar la regeneración patria, trabaja, estudia y aprende. Diseñó la instalación de su  granja avícola (⇑), la dotó de las últimas novedades mecánicas, compró lotes de las mejores razas ponedoras y se dedicó de lleno, en largas jornadas cada uno de los siete días de la semana, al cuidado de sus patos y gallinas. El concienzudo trabajo no tardó en obtener sus frutos: los productos de su granja no solo contaron con el favor del público sino que obtuvieron un galardón en la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902. 

La utopía no parece serlo tanto. Su ejemplo y el de otras mujeres invitan a pensar que, ciertamente, el cambio es posible. De ahí que dedique las últimas entregas de sus Conversaciones femeninas a esbozar el camino para lograrlo: las pequeñas industrias rurales, «una de las fuentes de mayor riqueza de todo país culto y trabajador». Riqueza y cultura en el campo, de la mano de la mujer campesina, que es quien debe liderar el cambio, ella es quien debe poner en marcha esas actividades que supondrán un valor añadido en la vida de los suyos y un impulso para el restablecimiento de la adormecida nación. El abanico es bien amplio, a tenor de la enumeración que realiza, pues, además de la avicultura que bien conoce, se refiere también a la avicultura, a la producción de quesos, la elaboración de mantequilla, la cría del gusano de seda, la preparación de  conservas de frutas y legumbres, la floricultura... Convencida de que es posible, exclama con entusiasmo:

« ¡Volvamos el rostro a los campos de la patria; hagamos en ellos surgir el ideal de la mujer agrícola, culta e inteligente!»

 



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miércoles, 16 de junio de 2021

238. Madrina de guerra

 

Si bien es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, también lo es que una parte de su población tomó partido por alguna de las dos alianzas contendientes, alentada por la disputa que se dirimía en las páginas de los periódicos, los ya conocidos y los que se crearon por entonces con esa finalidad (Los Aliados, Germania...). A pesar de la neutralidad oficial, no era inhabitual que aliadófilos y germanófilos se enzarzaran en discusiones en los cafés, en los tranvías o en las reuniones familiares, alimentados por los argumentos que los intelectuales de una y otra tendencia habían vertido en sus manifiestos: el de los primeros, redactado por Ramón Pérez de Ayala y titulado «Manifiesto de adhesión a las Naciones Aliadas», fue publicado en los primeros días del mes de julio de 1915 en francés y en la prensa francesa (semanas más tarde se reprodujo, ya en español, en las páginas del semanario España); el de los segundos, obra de Jacinto Benavente, apareció a finales de ese mismo año en el periódico maurista La Tribuna con el título «Amistad hispano-germana».

Los posicionamientos de unos y de otros estaban directamente relacionados con los planteamientos políticos que defendían. Para buena parte de los germanófilos la prosperidad alemana se había fundamentado en la tradición, la jerarquía, el orden, la fortaleza, la disciplina o la organización, valores que en su opinión debían de convertirse en un modelo para España. Para muchos aliadófilos Francia (en mayor medida que Inglaterra) representaba el triunfo de la libertad, la secularización y la justicia. También para Rosario de Acuña («...Francia, la patria gloriosa de Víctor Hugo, de Zola, de Severine, de Flammarión... de tantas lumbreras de la ciencia y el arte, será también la que, en futuros días, imponga con sus ejemplos de Justicia y de Amor el imperecedero reinado del Amor y de la Justicia»).

El último domingo del mes de mayo de 1917 se celebra en la plaza de toros de Madrid un mitin de apoyo a los aliados, y allí estaba doña Rosario. Cuando Roberto Castrovido ocupa la tribuna  así se lo hace saber a los presentes, que responden con una gran ovación en el momento en el que el orador le envía el saludo «de esta representación espiritualista, aliadófila en el exterior y revolucionaria en el interior de España». La edad tampoco fue en esta ocasión inconveniente suficiente para que dos días antes tomara el tren correo que la trasladó desde Gijón hasta Madrid, la ciudad en la que había nacido sesenta y seis años antes. Allí estaba y, tal y como contó más tarde, el viaje mereció la pena: «Por un momento, mientras las ráfagas del huracán rodaron entre la muchedumbre, España perteneció a Europa; sobre ella soplaba la renovación, la liberación, la expiación, la dignificación, el engrandecimiento…». Europa representaba el más eficaz revulsivo para aquella España lastrada por la incultura y la superstición. Y Francia, donde ella había pasado algunas temporadas (⇑), constituía un buen modelo a seguir. En aquella contienda que sacudía los cimientos de Europa, su opción estaba clara. Lo había dejado patente y por escrito un año antes del mitin, en una carta pública que dirige a la misión francesa que visita la tierra asturiana en el mes de mayo de 1916: « Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…¡Viva Francia!».

Soldados en las trincheras (fotografía de Argus publicada en el nº 51 de La Guerra Ilustrada)

Compatriotas hubo que pasaron de las palabras a los hechos y se enrolaron como voluntarios en la Legión Extranjera Francesa. En su apoyo surgieron diversas iniciativas. Tal es el caso de la que proyecta un grupo de escritores y artistas a finales del dieciséis: organizar una exposición de dibujos y destinar sus beneficios íntegros al envío de un regalo navideño a los legionarios españoles. La revista España no solo hizo suya la iniciativa sino que decidió complementarla abriendo una suscripción popular. Rosario de Acuña no colaboró con dinero, envió una carta (en la cual ofrecía amistad y madrinazgo a su desconocido destinatario, «catalán o aragonés, andaluz o gallego, castellano o extremeño; joven, casi niño, o mozo casi anciano») y un paquete con «unas golosinas», para endulzar el recuerdo de las nochebuenas pasadas (una botella de jerez, una libra de chocolate, una cajita de turrón, unos cuantos cigarros, unos calcetines de lana y un libro de Galdós). 

La redacción del semanario España hizo llegar el paquete a Agustín Heredia, uno de los suyos, un colaborador del periódico que apenas declarada la guerra se enroló como voluntario en la Legión Francesa, participando en «ataques de importancia» en Artois, la Somme o Champaña, herido dos veces y condecorado con la Cruz de guerra por su heroísmo. A primeros de marzo de 1917, tras varios meses de silencio, envía una carta a la redacción confirmando que ha recibido el paquete. Un mes más tarde aparece publicado un nuevo escrito suyo, lleva por título «Los buenos artistas» y está dedicado a doña Rosario de Acuña, su madrina. Por ella sabemos que el soldado aceptó ser su ahijado: «de las trincheras vino a mí una conmovedora respuesta de un joven español, don Agustín Heredia, voluntario de la guerra, el cual aceptaba gustoso mi madrinazgo. Con él estoy en correspondencia; es un joven de ilustre familia malagueña, cultísimo, simpático (tengo su retrato)...».

La guerra sigue, las batallas se suceden. Las tierras de la Lorena, de Flandes Occidental, de Cambrai, de la Picardía se pueblan de decenas de miles de muertos. La desaparición del frente oriental tras la retirada de Rusia, permite a los alemanes desplegar más divisiones en el oeste. El frente occidental se convierte en el escenario decisivo tras la entrada en el conflicto de Estados Unidos, en abril del diecisiete. Agustín Heredia continúa su lucha en aquella interminable guerra de trincheras, empuñando su fusil. Su madrina prosigue la suya en la retaguardia, utilizando la pluma, la palabra. 

A pesar de que ya llevaba más de tres décadas luchando contra el clericalismo reinante, contra el oscurantismo y la superstición, en pro de la libertad de conciencia, de la emancipación de la mujer («Quería a la mujer libre y señora / no sierva por la fuerza esclavizada»), en defensa de los más necesitados; a pesar de las calamidades que ha padecido en estos años, de los insultos, las persecuciones, las denuncias, del forzoso exilio; a pesar de todo ello, tal parece que en sus ojos vuelve a anidar la esperanza: además de dolor y muerte, aquella guerra puede ser la antesala de un provenir más alto, puro y limpio («Esta guerra es la postrera convulsión de la animalidad [...] es la convulsión postrera de una Humanidad que deja su cáscara de gusano para que le nazcan alas de mariposa»). De ahí que por entonces redoblara su presencia en las tribunas de papel, arengando a los obreros, apoyando a las mujeres, entonando cantos a la libertad. Aquella redoblada actividad no pasó desapercibida para las autoridades gubernativas quienes, en el verano del diecisiete, en plena huelga general, ordenaron el registro de su casa en busca de proclamas revolucionarias. 

Mientras tanto las crónicas van situando en mapas de la vieja Europa los escenarios de la tragedia (Passchendaele, Caporetto, Cambrai...); mientras tanto los voluntarios españoles siguen combatiendo por la Libertad y la Justicia. Agustín Heredia lo llevaba haciendo desde hacía muchos meses, casi desde los inicios de aquella guerra, y lo siguió haciendo hasta el verano de 1918. El 22 de agosto el semanario España dio cuenta de la luctuosa noticia: su compañero, soldado voluntario español enrolado en la Legión Extranjera, había muerto en el sector de Amiens a los treinta y cinco años de edad. 

A centenares de kilómetros de allí, en una casa edificada en el litoral gijonés, Rosario de Acuña llevaba tiempo penando por aquellos jóvenes españoles que luchaban por un futuro mejor para su patria. La soledad de la noche sabía de su pesar: «se suspende mi sueño muchas noches en una congoja de angustia, pensando en vosotros, y va mi imaginación ahí, a ese cataclismo que os envuelve». El cataclismo se llevó por delante centenares de miles de vidas, también la de muchos de los españoles que se habían alistado como voluntarios en la Legión Francesa; también la de Agustín Heredia, su ahijado de guerra. La noticia llegó a la casa de El Cervigón y el temor se hizo carne. Doña Rosario utilizó su pluma para aliviar el duelo y le dedicó un soneto titulado «A los legionarios españoles en la guerra europea». Iba precedido de la siguiente dedicatoria:

«Agustín Heredia, soldado de esta legión, mi ahijado de guerra, muerto en campaña: ¡duerme en gloriosa paz tu descanso, y que no retorne tu espíritu, si ha de volver, hasta que la Patria sea digna de ti, que supiste morir en su honor!»

 



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