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domingo, 7 de julio de 2019

193. Cuatro años por delante. El reto del centenario


La sede del Ayuntamiento gijonés a principios del siglo XX
El pasado sábado día 15 se constituyó el Ayuntamiento de Gijón: dieciséis concejalas y once concejales que, a buen seguro, llegan al salón de plenos con el decidido propósito de dar cumplida respuesta a los retos que el concejo tiene planteados, de satisfacer las demandas de la ciudadanía. Aunque doy por hecho que acuden con una mochila repleta de ideas, de ilusionantes proyectos, que intentarán llevar a buen término a lo largo de los cuatro años de mandato que tienen por delante, voy a atreverme a plantearles uno más, con la esperanza de que tengan a bien tomarlo en consideración.

Resulta que en 2023, coincidiendo con el final del mandato de este renovado consistorio, se cumplirá el centenario de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que en Gijón quiso vivir los últimos años de su vida, cumpliendo así un deseo que abrigaba desde que visitó la ciudad por primera vez, cuando tan solo contaba quince años de edad: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo, pues que la recorrí a caballo y a pie durante varios años…». En El Cervigón construyó su última morada y en el cementerio civil de El Sucu descansan sus restos desde el día aquel, una tarde gris y lluviosa del primer domingo del mes de mayo de 1923, en el cual una muchedumbre silenciosa acompañara su humilde féretro hasta una sencilla tumba, con sus iniciales grabadas por única distinción.

Cuando en 1908 llega a la ciudad esta ejemplar gijonesa (¿podemos acaso negarle tal condición a quien, no siéndolo por los azares del nacimiento, lo es por voluntaria decisión?), ya era bien conocida en el solar patrio por su largo batallar en defensa de la libertad de conciencia y en apoyo de los más desfavorecidos. Nacida en confortable cuna y convertida en reputada escritora (desde que, con tan solo veinticinco año y tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, alcanzara el aplauso del público y el reconocimiento de la crítica), decidió abandonar su cómoda situación para adentrarse en la otra orilla, allí donde se encuentran quienes, enfrentándose al omnímodo poder de la jerarquía religiosa, del pensamiento único, se afanan en cizallar las cadenas de oscuridad que aprisionan al pueblo español. Admira su lucha, su tenacidad, pero cree que nada podrán hacer sin contar con las mujeres. El hombre, por temor a considerarla su igual, ha preferido mantenerla en la ignorancia y ahora se encuentra con que su compañera se ha convertido en un dócil instrumento al servicio del púlpito y del confesionario. Combatan ustedes leyes, combatan ustedes a los prelados y a los gobiernos que se oponen al progreso de la libertad, que «yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». Y vaya si lo hizo.

A punto de llegar a los sesenta, cansada ya de batallar, creyó hallar en los acantilados de El Cervigón la tranquilidad que andaba buscando. Se equivocó. Bien puede decirse que en esta última etapa, su compromiso social fue aún más intenso y evidente. Nada de lo que pasa a su alrededor le es indiferente y no puede menos que prestar todo su apoyo a quien más lo necesita: los presos, las mujeres agredidas, los niños sin futuro, los trabajadores, los pescadores abandonados a su suerte, los soldados que combaten en las trincheras africanas o europeas... Enterada de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Su escrito de repulsa (⇑) desató las iras de los universitarios, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales («Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje… »). Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», se encuentra ahora tan próxima a las personas desheredadas, a quienes sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una más entre ellas, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Tan próxima está, tan próxima la ven, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos de que en algún lugar de la finca habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

«No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse, de elevarse…» Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde que regresara del exilio, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a quienes sufren la marginación y la pobreza. La última visita tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas. El día de su entierro fueron numerosas las personas que allí se congregaron para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Sirvan los párrafos anteriores como escueto resumen de su valioso testimonio vital (quienes quieran conocerlo con mayor profundidad pueden consultar la edición de las Obras reunidas (⇑), alguno de los libros que he escrito sobre ella o la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑), que desde hace diez años mantengo actualizada). Su recuerdo, sepultado durante décadas por la desmemoria, empezó a recuperarse a finales de los sesenta gracias al trabajo de Patricio Adúriz, Luciano Castañón o Amaro del Rosal. Aunque aún era mucho lo que se desconocía, el eco difuso de algunos de los hechos que aquí se han recordado fue razón suficiente para que, poco a poco, floreciera en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A ellas se debe en gran medida que una asociación de viudas de la República, un coro femenino, un instituto (⇑) o una escuela feminista lleven su nombre.

Señoras concejalas, señores concejales, esta es la mujer de cuya muerte se cumplirán cien años en 2023. Su valioso testimonio vital forma parte ya del patrimonio colectivo, del patrimonio de la ciudad, y este centenario puede ser ocasión propicia para darle una mayor visibilidad. Sería deseable que la corporación municipal que ustedes integran tome la iniciativa en este asunto y prepare como se merece el importante evento que el calendario ha puesto en sus manos. Sería una buena forma de recuperar el protagonismo que en este tema tuvo el Ayuntamiento de Gijón tiempo atrás. A finales de los ochenta compró la que había sido su casa en, unos años más tarde tomó el acuerdo de denominar «paseo Rosario de Acuña» al tramo que va del sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia: se notaba entonces cierta sensibilidad hacia la figura de esta ilustre vecina. En los últimos años parece que la desmemoria ha vuelto a hacer de las suyas. Así, mientras su nombre recupera protagonismo en otros lugares (en 2015 un centro municipal en Pinto (⇑); hace unos meses, otro en Madrid (⇑) , en el mismo edificio en el que estuviera ubicado el colegio con su nombre que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933; hace tan solo unas semanas recuperó su espacio en el callejero de Tarrasa (⇑)…), aquí, en la ciudad en la que ella quiso permanecer para siempre, parece desvanecerse el impulso de otro tiempo. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Pocas son las personas que hoy conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un escrito publicado hace unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa, que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para evitar que siguiera siendo un edificio entregado a los avatares del tiempo, un punto que se divisa en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista, tan cercanos ambos al discurrir de sus días.

La Nueva España, Gijón, 2-7-2019
Hacer reconocible el paseo Rosario de Acuña, darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa, constituirían una magnífica manera de afrontar el centenario de la muerte de una ilustre gijonesa, dramaturga, feminista, montañera, poeta, republicana, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, productora teatral, autodidacta, deísta, masona, publicista, melómana… empecinada luchadora por la libertad de conciencia, incansable defensora de quienes sufren la injusticia y la marginación. Tan intensa fue su etapa gijonesa, tan fuerte fue la huella que aquí dejó, que la pesada losa del olvido con la que se pretendió ocultar cualquier rastro de su presencia no fue capaz de extinguir su recuerdo. Ahora que, gracias al esfuerzo colectivo, hemos conseguido recuperar su memoria no creo que la ciudadanía gijonesa, al menos una parte de ella, acepte de buena gana que volviera a caer en el olvido (a las intervenciones de algunas de las presentes en la charla (⇑) que pronuncié el pasado seis de mayo en el Club La Nueva España me remito).

Señoras concejalas, señores concejales, dentro de cuatro años se cumplirá el centenario de la muerte de esta portentosa mujer que quiso vivir y morir en Gijón. En sus manos está recuperar el protagonismo perdido en los últimos tiempos, en sus manos está la posibilidad de contribuir a dar la mayor visibilidad posible a su valioso testimonio vital, en sus manos está aprovechar esta oportunidad que se presenta ante ustedes. Ciertamente, el centenario de la muerte de Rosario de Acuña constituye todo un reto para las dieciséis concejalas y los once concejales que desde el pasado sábado día 15 integran el Ayuntamiento de Gijón.

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