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lunes, 21 de diciembre de 2015

37. Huevos para incubar



A lo largo de la última década del siglo XIX la vida cotidiana de Rosario de Acuña va a experimentar un profundo cambio, como consecuencia de las decisiones tomadas años atrás: ha pasado a ser una republicana, masona y librepensadora cuyos artículos aparecen con cierta frecuencia en las páginas de Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario que junto a El Motín se sitúa a la cabeza de la «mala prensa», aquella cuya lectura tienen prohibida los fieles católicos bajo amenaza de excomunión.

Algunos reveses económicos precipitan el fin de su estancia en Pinto y el abandono de sus otrora fieles servidores, que prefieren buscar mejor acomodo. A esto hay que añadir la suspensión de las representaciones de su obra El padre Juan dictada por la autoridad gubernativa en la primavera de 1891 y la caquexia palúdica que dos años más tarde la tuvo al borde de la muerte... Como bien nos cuenta en la dedicatoria de La abeja desterrada y en el artículo Los enfermos, se impone un cambio de aires:
En aquella Castilla de clima feroz, hube de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la Corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de bibelots, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.
Tras una breve estancia en tierras gallegas, se trasladó a Cueto, una aldea cercana a Santander, lugar elegido para emular a la viuda normanda que conoció durante su juventud en la Bayona francesa. La mujer se había quedado sola con un hijo y dos hijas y sin más medios que una corta pensión. Vendió cuanto tenía y se marchó a Bayona donde tomó en arrendamiento una casa de campo donde estableció una pequeña granja avícola, que seis años después, cuando la joven Rosario la conoció, estaba a pleno rendimiento. Con este ejemplo bien presente, próxima a cumplir los cincuenta, decidió doña Rosario poner en marcha su propia granja avícola:
Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria, y queriendo, a la vez, unir a mi tarea de propia salvación la salvación ajena, recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola: simultaneando la teoría y la práctica, el ideal de altísima y noble ciencia con la tradición vulgar de seculares experiencias, bajé, resueltamente, al estadio de lo sencillo, de lo popular, e incluyéndome, desde luego, en la turbamulta de nuestros campesinos, tracé mis comienzos de avicultura pasando del corral vulgar al parquecito en miniatura, con cierta coquetería adornado; y me acuerdo, ¡lo confieso sin rubor!, las vueltas y revueltas que di, encantada, al primer bebedero mecánico y el primer comedero según arte que me mandaron de las granjas de Castelló...
De todo lo que le aconteció en su experiencia como empresaria avícola nos ha dejado cumplida explicación en varios artículos ( Patos y gallinas, abril de 1901; Las especialidades en Avicultura, mayo de 1901; Avicultura popular, junio-julio de 1901; Sobre Avicultura, octubre de 1901; Avicultura, noviembre de 1916) y en algunas cartas (como las que tienen por destinatarios al director de El Cantábrico, a Salvador Castelló, a José Ruiz Pérez o a Tomás Costa, hermano del conocido jurisconsulto y economista aragonés por quien Rosario sentía gran admiración).

Anuncio de venta de huevos para incubar

Uno de los anuncios que solía publicar el diario santanderino El Cantábrico informando de las bondades que poseían los huevos que doña Rosario tenía a la venta. El que aquí se reproduce apareció en la edición del 27 de febrero de 1902.

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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 8-1-2010.

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