
Tras su muerte, Carlos Lamo Jiménez, su acompañante durante tantos años y también su heredero, se fue desprendiendo de todos aquellos recuerdos. Vendió primero la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla; en el verano de 1927 se encuentra entre los expositores de la IV Feria de Muestras de Asturias que se celebra en Gijón con varios artículos que figuran bajo el epígrafe «reliquias»; en 1930 en una notaría de la ciudad tiene lugar la subasta de la casa (⇑) de El Cervigón...
He seguido el rastro de sus libros (⇑) y también conocemos buena parte de lo sucedido en relación a la que fuera su casa del acantilado (⇑), pero del resto no tenemos noticia. Siempre me he preguntado qué fue de aquellas reliquias, qué de aquellos recuerdos, qué de tantas y tantas cartas escritas y recibidas a lo largo de su vida, pues la correspondencia, la abundante correspondencia, era una tarea a la cual y según sus propias palabras reservaba un tiempo en sus quehaceres cotidianos. Cierto es que durante muchos años su recuerdo estuvo oculto por la desmemoria, que apenas quedó un eco lejano de su existencia; pero no es menos cierto que todo eso quedó atrás, que el proceso de recuperación de su testimonio vital (⇑) lleva años dando frutos. Pues bien, a pesar de los avances, tan solo hemos conseguido localizar algunas cartas manuscritas (por ejemplo, la que envía en 1904 a Tomás Costa (⇑) o Al presidente del Ateneo Obrero de Gijón (⇑) en 1921); el resto, la gran mayoría, las conocemos por haber sido publicadas en la prensa del momento.
Conste que no he dejado de buscar, por más que los hallazgos fueran más bien escasos o resultaran inalcanzables (tal y como quedó de manifiesto en el comentario titulado Manuscritos a precio de oro ⇑). Conste también que, al fin, ha aparecido lo que bien parece ser el archivo personal de doña Rosario de Acuña o, al menos, una parte nada desdeñable.

Integran el archivo 298 documentos de diverso tipo, entre los que se incluye un cartón de 22 centímetros en el que figura escrito el siguiente texto: «Ruego sean leídos por persona que me sea afecta por si en ellos hallara algo de importancia». Bien, bien, bien. La mayoría son cartas (también telegramas) dirigidas a doña Rosario, a su padre o a su marido; había también algunas escritas por nuestra protagonista, bien copias de las enviadas o bien originales que a última hora no lo fueron. Durante las siguientes semanas fui elaborando una base de datos con toda aquella documentación: fecha, lugar, destinatario, remitente, asunto tratado, observaciones... La siguiente tarea fue la de solicitar la digitalización de una parte significativa de aquellos documentos. La mayoría de ellos no hacen otra cosa que confirmar lo que ya sabíamos; otros, en cambio, abren nuevas líneas de investigación en las cuales ya estoy trabajando (acerca de la obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España o las gestiones realizadas con vistas a la presentación de una querella por las críticas vertidas contra ella tras la conferencia «Consecuencias de la degeneración femenina»). Como quiera que de todo ello me ocuparé en próximos comentarios, sirva ahora como anticipo la enumeración de algunos de los remitentes o destinatarios de la correspondencia catalogada: Isabel de Borbón, Pompeyo Gener, Joaquín Dicenta, Antonio Ros de Olano, Leopoldo Cano, José Echegaray, José Lon Alvareda, Josefa Pujol, Santiago de los Albitos, Luis Bonafoux, Agustín Urgellés, Francisco Serrano, Faustina Sáez de Melgar, Ramón de Campoamor, vizconde de Ros, Antonio Zozaya, Carmen de Burgos, cardenal Benavides, Enrico Tamberlick...
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