31 agosto

218. A propósito de Dreyfus

Alfred Dreyfus (1885) (Biblioteca Nacional y Universitaria de Estrasburgo)
El primer día del mes de noviembre del año 1894 los principales periódicos de Madrid publican una información recibida por telégrafo desde París. Procede de la agencia Fabra y en ella se da cuenta de las reacciones de la prensa parisina tras conocerse la detención de un capitán de artillería acusado de un delito de alta traición. Se dice que el oficial ha sido arrestado tras descubrirse las relaciones que mantenía con un coronel italiano, al cual había enviado diversa información relativa a los planes de defensa del ejército francés para la zona alpina. Se llama Alfredo Dreyfus. 

Unos días después se publican nuevos datos acerca del capitán. Se cuenta entonces que es miembro de una familia de judíos alsacianos, que sus tres hermanos habían optado por adquirir la nacionalidad alemana tras los acuerdos que pusieron fin a la guerra franco-prusiana de 1871, con la cesión de los territorios de Alsacia y Lorena al naciente Imperio alemán. La referencia a su origen no era un asunto menor, el nacionalismo/revanchismo surgido tras la dolorosa derrota alimentó varias de las hipótesis que conferían verosimilitud a la traición del oficial. En las informaciones que se recibían de París no había espacio para la duda, se daba por cierto que Dreyfus era culpable. De ahí que cuando el 23 de diciembre los periódicos españoles publican el veredicto del consejo de guerra a casi nadie debió de sorprender. Por unanimidad los integrantes del tribunal contestaron afirmativamente: el capitán Alfredo Dreyfus, destinado en el Estado Mayor, era culpable de haber entregado a una potencia extranjera o a sus agentes cierto número de documentos secretos, proporcionándoles el medio de cometer hostilidades o de emprender una guerra contra Francia. Fue degradado públicamente, condenado a cadena perpetua y confinado en el penal de la Isla del Diablo, situada frente a la costa de la Guayana francesa. 

Con la publicación de la sentencia no se dio por concluida aquella historia de espionaje. Semanas después, una parte de la prensa española (La Unión Católica, La Dinastía...) da cuenta de una iniciativa del parisino diario La Verité que ha preguntado públicamente al Gran Oriente «acerca del traidor y judío H.·. Dreyfus». La pregunta, que al parecer fue reproducida por varios periódicos y no obtuvo ninguna respuesta, es la siguiente: «Dreyfus ha traicionado a la Patria, si se admite que un judío puede tener patria [...] vosotros debéis decirnos, y debéis deciros a vosotros mismos, ¿no será, por ventura, el famoso Dreyfus de los vuestros? Y si lo es, ¿cuándo lo habéis expulsado?» A primeros de febrero, el madrileño diario El País, de orientación bien distinta a los anteriores, publica unas palabras que habían sido pronunciadas por el alsaciano, judío y ¿masón? cuando aguardaba el momento en que sería conducido al patio de la cárcel militar para ser públicamente degradado, y que dejaban abiertas algunas preguntas, a modo de pequeñas fisuras en la monolítica verdad publicada. 

«Tenía ante mí un porvenir magnífico y una renta de 50 000 francos [...] No necesitaba el dinero. ¿Para qué iba yo a ser traidor? [...] Mi sentencia es el mayor crimen de este siglo, y dentro de tres años se verá que no miento. Mi familia me defenderá y probará mi inocencia. Todo el mundo sentirá entonces la pena con que hoy me infaman».

Tres años después de haber sido publicadas estas palabras, la prensa española propaga nuevas noticias procedentes de Francia que hablan de un vuelco en el caso Dreyfus: El escritor Émile Zola, quien durante las semanas anteriores ha denunciado en periódicos y en folletos las intrigas y maquinaciones que se esconden tras la condena de Alfred Dreyfus, hace pública una carta abierta al presidente de la República, que aparece en la edición del parisino  L' Aurore del 13 de enero del año noventa y ocho. Describe en primer lugar el irregular proceso seguido por el responsable de la investigación oficial, el por entonces comandante Armand du Paty de Clam; pasa después a explicar las condiciones que llevaron al descubrimiento del verdadero culpable, el también oficial Ferdinand Walsin Esterhazy, y a su incomprensible absolución tras un consejo de guerra; y termina con una demoledora acusación a los responsables de aquel gran error por el que se condena a un inocente y se absuelve al verdadero culpable.  

Fragmento de L' Aurore (BnF - RMN-Grand Palais )

Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más descabelladas y delictivas maquinaciones. Acuso al general Mercier de haberse hecho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa humanidad y de lesa justicia con fines políticos y para salvar al Estado Mayor, que se vela comprometido en el caso [...] 

Las acusaciones de Zola agitan la opinión pública francesa. Los periódicos españoles vuelven a ocuparse del caso Dreyfus y a diario publican las noticias que por telégrafo llegan de Francia. Se cuenta que varios centenares de estudiantes se manifiestan por las calles y bulevares de París a los gritos de ¡abajo Zola!, ¡mueran los judíos!, ¡viva el ejército!; que la gendarmería debe proteger su casa; que varios intelectuales (entre los que se encuentran Anatole France, Marcel Proust, Claude Monet, Jules Renard o Émile Duclaux, director por entonces del Instituto Pasteur), firman una petición reclamando la revisión del juicio; que se celebran mítines contra los defensores del militar condenado; que las manifestaciones antisemitas se extienden por todo el país; que el ministro de Guerra presentó una denuncia contra él por difamación de una autoridad; que el escritor ha sido procesado. 

Francia se parte en dos. A un lado se encuentran los que consideraban que Dreyfus es culpable; al otro, quienes lo tienen por inocente. A un lado, los que cierran filas en defensa del Ejército, quienes defienden la razón de Estado por encima de otras consideraciones que estiman de orden menor; al otro, aquellos que piensan que sin la Verdad y la Justicia no se puede sustentar el Estado de Derecho.  El debate llega a España. La prensa nacional también toma partido en aquella batalla ideológica. Algunos periódicos expresan con claridad su punto de vista. Sirva como ejemplo lo publicado por El Siglo Futuro en la primera página de su edición del veinticinco de enero del año noventa y ocho. Las primeras líneas del escrito titulado «¡Abajo los judíos!» dicen lo que sigue:

Nada más justificado que la explosión de ira del pueblo francés. Este general movimiento de indignación empieza a dar idea de la situación a la que había llegado Francia, anegada por la ola de cieno levantada y agitada por mano de los judíos. El gobierno, las leyes, la banca, las grandes y las pequeñas industrias, la prensa, el teatro, la novela... todo, todo segregaba baba semita [...]

Aunque resulte lógico suponer que no utilizaría para informarse las páginas del medio de difusión del Partido Integrista, sabemos que Rosario de Acuña estaba al tanto del asunto Dreyfus; también de la batalla que Zola había emprendido en defensa de la Verdad. No sería extraño que hubiera leído los comentarios enviados desde París por su amigo Luis Bonafoux (⇑) y que fueron publicados en las páginas del Heraldo de Madrid o las crónicas de L. Arzubialde que aparecieron en El Imparcial, el caso es que en pleno proceso contra el autor de Germinal, sin esperar a que fuese conocida la sentencia (lo mismo había hecho años atrás en el asunto del crimen de la calle de Fuencarral ⇑), el catorce de febrero del año noventa y ocho tomó la pluma y le escribió una carta para rendirle lo que ella llama «mi pobre homenaje de respeto y admiración». 

A vuestro lado tiene, no lo dude, lo sano y viril que sobrenada en esta corriente social cada vez más hundida en el cauce de las corrupciones. A vuestro lado se hallan cuantos fijan la postrera esperanza en el lejano porvenir. Y en el lugar más humilde, como en el más suntuoso palacio; lo mismo entre las razas del frío norte, que entre las alegres muchedumbres del mediodía; allí donde viva un corazón honrado y un cerebro que piense, allí estará hoy escrito vuestro nombre ilustre, rodeado con limbos de gloria a través de cuyos resplandores sentirán las almas la intuición de la posible ventura humana.

Una vez escrita, queda por decidir qué hacer con ella, qué destino dará a aquella carta. Si fuera unos años antes, es muy probable que hubiera ocupado un lugar preferente en la primera página del semanario librepensador en el cual se inició como publicista, pero tras el escándalo de El padre Juan, parece haber dado por finalizada la campaña de Las Dominicales (⇑). De hecho, los últimos escritos suyos de los que tengo constancia fueron publicados en octubre de 1892: son dos cartas dirigidas al director del semanario y a Remigio Sánchez Covisa, en las que les informa de que no podrá acudir al Congreso Librepensador que se celebrará en Madrid. Desde entonces no aparecen nuevos textos suyos  en el más conocido de los periódicos librepensadores. 

Aunque no sería esta la primera vez que un escrito suyo termina en una carpeta o en un cajón, cabe pensar –y parece lo más probable– que cuando escribió aquellas líneas dirigidas al «señor don Emilio Zola» ya sabía que el destino de esta carta era el mismísimo París. Tan solo cuatro días después, el viernes 14 de febrero de 1898 veía la luz en la primera página de La Campaña, un semanario que su amigo Bonafoux había empezado a publicar tan solo unas semanas antes. 

Desconozco si la carta tuvo respuesta por parte del destinatario, aunque no sería del todo extraño que tal cosa hubiera sucedido, pues sabemos que a otras muestras de apoyo recibidas desde España sí que el señor Zola contestó agradecido. Tal es el caso de la que con fecha 4 de marzo envía a Miguel Sawa, director del semanario Don Quijote y promotor de un manifiesto de apoyo al escritor que fue firmado por más de dos mil jóvenes españoles. Desconozco si al autor de «J'Accuse...!» le llegó el eco de las palabras que en Madrid había escrito una empecinada batalladora en defensa de la Verdad, («la más desconocida de las escritoras españolas», según sus palabras), lo que sí sabemos, a tenor de su escrito,  es que Rosario de Acuña estaba bien al tanto de la trayectoria más reciente de don Emilio, pues la última de las novelas que cita (la que pone fin a la serie Las tres ciudades) acababa de publicarse: 

Faltaba a esa grandiosa trilogía Lourdes-Roma-París, cuya síntesis demuestra teóricamente todo cuanto la razón humana puede concebir de noble y de justo, el acto tangible de colocaros voluntariamente en las aras del sacrificio, ofreciendo a las iras de los espíritus ruines, tan magistralmente descubiertos por vuestro talento, los bienes que pueden hacer dichosa la vida del honrado, y las grandezas que hacen feliz la grandeza del genio.




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