viernes, 25 de diciembre de 2015

78. De tal astilla, tal palo


De todos sus escritos, quizás sea el testamento escrito «en la ciudad de Santander a veinte de febrero de mil novecientos siete» (⇑) por el que sienta mayor predilección. Y me consta que también lo es para quienes se han acercado hasta Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑); al menos, es el texto que más visitas ha recibido durante el tiempo que la citada página lleva abierta.

Dicho lo cual, tengo que añadir que no me extraña, pues si bien otras hay de entre sus obras que pudiéramos calificar de más combativas, de más líricas, de más plásticas, de más clarividentes o de más dramáticas, el testamento escrito de su puño y letra y por triplicado, en papel rayado de la clase oncena, quizás sea la síntesis de todas ellas: la esencia de una larga marcha en busca de la Verdad.

A los cincuenta y seis años de edad, considerando que ya se encuentra en el final de su recorrido, cree llegado el momento de escribir la escena final de su vida. Y lo hace con la clarividencia adquirida en los más de veinte años de lucha dirimida contra quienes se han empeñado de sumir en la más absoluta oscuridad el solar patrio. El colofón es del todo coherente con el resto de la obra. Prueba de verdad de todo lo que ha predicado y vivido. Verdad y coherencia que se contagian, hasta el punto de prender en corazones que en otro tiempo abrazaron otros credos, vivieron otras esperanzas, anhelaron otros paraísos. Tal fue el caso de su madre.


Nacida y criada en una familia católica, con un hermano de probada fidelidad al sector más integrista del catolicismo español, Dolores Villanueva Elices mudó sus creencias de tal modo que cuando en 1905 la muerte vino a su encuentro su entierro se convirtió en evento noticioso, merecedor de ocupar un espacio en las páginas de El País, diario madrileño que recoge de esta forma la crónica de su corresponsal en Santander:

Querido director:
Ha muerto doña Dolores Villanueva, viuda de Acuña, madre de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña.
La virtuosa finada, en su original testamento, entre otras cosas dignas de admirar dejó dicho:
«Sea mi entierro sin aparatos ni fatuidades, y con la mayor sencillez se celebre de madrugada, sin acompañamiento, y déseme sepultura en el cementerio civil. No se ostente signo alguno de religión de clase alguna.
»Dejo preparada mi mortaja: una sábana para el cuerpo y un velo para la cara»
Al pie de la letra se cumplió la voluntad de tan respetable señora, que, a pesar de sus setenta y siete años, jamás vaciló su espíritu para no caer en necedades rutinarias, y vivir y morir libre de la esclavitud del cura, y alejada de mojigaterías de la sociedad en que vivimos.
El cadáver fue acompañado solamente del doctor Toca y del sobrino de la difunta don Carlos Lamo, por voluntad expresa de la finada.

El País, Madrid, 1-7-1905


Reseña necrológica publicada en El Cantábrico el 21 de julio de 1905En términos muy similares se dio a conocer la noticia a los lectores de El Cantábrico. El diario santanderino estaba dirigido por José Estrañi Grau, integrante del reducido grupo de amistades (⇑) que Rosario de Acuña cultivó durante su estancia en Cantabria. Tras varios años de mutua colaboración, ella escribía para su periódico (en sus páginas vieron la luz varias poesías, sus artículos sobre avicultura (⇑),  la serie Conversaciones femeninas (⇑) y otros escritos), él colaboraba en la venta de los productos de la granja (en la sede del diario se facilitaba la información necesaria para que las personas interesadas pudieran adquirir los huevos para incubar, los gallos y las gallinas, tal y como se decía en los anuncios que publicaba con frecuencia en sus páginas), el señor Estrañi debía de conocer de primera mano las últimas voluntades de doña Dolores Villanueva Elices.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 24-9-2010.



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