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domingo, 27 de diciembre de 2015

88. «Rasguño psicológico»



Cuando se encuentra uno al frente de las obras de Rosario de Acuña, el ánimo formula sin quererlo, espontánea e intuitivamente, esta pregunta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe, quién se lo ha enseñado? Porque la verdad es que cuesta trabajo figurarse a Rosario de Acuña como producto de la educación moral y literario-científica que entre nosotros disfruta la mitad débil de nuestra especie. Ni se trata sólo de que nuestra escritora publique versos más o menos brillantes y armoniosos, ni que con facilidad pasmosa imite –como ella dice– a Campoamor, forjando en Morirse a tiempo (⇑) una joya que en nada deslustraría al ser con ellas engarzada, las más primorosas y artísticas del maestro, ni siquiera que escriba la prosa española con un desenfado, una facilidad y una precisión que sorprenden a los que estamos canos de luchar contra las rebeldías del estilo. En una tierra como la nuestra –donde la fantasía y la facultad de asimilación alcanzan niveles tan altos- no nos sorprende el ver producirse éste y otros fenómenos aún más peregrinos; lo que realmente suspende el ánimo y engendra en él la más legítima y científica curiosidad, es la manera como Rosario de Acuña discurre, es el nervio poderoso de su raciocinio, la lucidez de su entendimiento, la profundidad de sus ideas, lo raro, levantado y filosófico de sus dudas, intuiciones y presentimientos.

Tres dramas [Rienzi el Tribuno (⇑), 1876; Amor a la patria (⇑), 1877; Tribunales de venganza (⇑), 1880], un pequeño poema [Morirse a tiempo, 1879], un tomo de poesías [Ecos del alma, 1876,] y otro volumen de artículos en prosa, le habían dado derecho para ocupar en el mundo de nuestra literatura el lugar eminentemente reservado al verdadero talento y a los méritos visibles y reconocidos. Sin con Rienzi el tribuno había salido de la oscuridad, cual astro luminoso que rompe, en un momento afortunado, la oscuridad que le envolviera, Amor a la patria y Tribunales de venganza demostraron la persistencia en su entendimiento de la valiente inspiración que en su primer drama se advirtiera, anunciando para lo futuro triunfos no menos legítimos y merecimientos cada día menos controvertidos. Su representación de poetisa logró afirmarse en breve plazo; su crédito en la esfera literaria hizo grandes progresos en sus artículos sobre «La influencia de la vida del campo en la familia», y otros bosquejos tan notables por el fondo, como bellos por la forma. Y esta reputación ganada ante la opinión pública en honroso certamen, nada debía, por lo mismo, a la complaciente y funesta facilidad de la gacetilla.

Ilustración publicada en El Correo de la Moda (10-1-1883)
Una de las ilustraciones publicadas
en la edición de El Correo de la Moda
del 10 de enero de 1883.
Rosario de Acuña vive como siempre ha vivido, distante de todo bullicio, de toda liviandad y ligereza, de todo lo que presuponga asechanza o complot contra la sencillez ingenua y nativa de la vida de familia y de la contemplación de la naturaleza.

Diríase que Rosario de Acuña existe, no para la sociedad, sino para el hogar doméstico; no para el artificio de la civilización, donde las luces se confunden con las sombras, sino para ese eminente esplendor que se llama infinito en el universo e infinito en el espíritu. O mucho nos engañamos, o su alma, joven por los años, anciana por la experiencia, sufre una dolencia incurable: leyendo a Rosario, creemos adivinar que padece de la nostalgia de lo ideal.

En sus poesías nos parece presentirlo, en su prosa pensamos haberlo descubierto. La siesta (⇑) , último libro suyo, a excepción de unas cuantas páginas que huelgan en ese admirable ramillete, no es más que el quejido prolongado y sonoro de una alma enferma (…). Su pensamiento está en conflicto permanente con la realidad finita. Hay en Rosario algo parecido a una fiebre permanente de lo desconocido. La agudeza de sus sentidos dice lo extraordinario de su sensibilidad. Donde el común nada ve, ella descubre espectáculos a cual más atractivos e inocentes.

(…)

En todas estas páginas, el fondo es lo primero: Rosario piensa con una lucidez e intensidad pasmosas. Por eso nos hemos preguntado al concluir de leer su Siesta: ¿Dónde ha aprendido esta mujer todo lo que sabe? ¿Quién la ha iniciado en las amarguras de la reflexión filosófica? ¿Cómo ha llegado ella, que ante todo sentimiento debía adherirse a la realidad, a vivir enamorada del vacío?

Éste es el problema psicológico que nosotros hemos planteado al pretender juzgar, como críticos, sus artículos: con ser bellos como arte estos bocetos, valen más como ideas. En Rosario, lo superior es la pensadora (…) En nuestro juicio, Rosario de Acuña es una naturaleza melancólica (…). El entendimiento de Rosario podría calificarse de intuitivo. Es de aquellos que se rehacen sobre sus mismas fuerzas y que al salir fuera –en forma de ideas– rompen toda vulgaridad y se transfiguran en diáfanas espirales que suben hacia lo alto.

No conocemos personalmente a la autora del Rienzi; pero se nos figura que debe ser sencilla, modesta, llana, casera, en una palabra, como Fernán Caballero, a quien tratamos por tiempo y con sincera amistad. Quien (…) tiene pensamientos tan exactos y justos sobre los deberes de la mujer para con la prole (…) es una criatura que sin quererlo, por determinación misteriosas y virtual de su organismo, siente y descifra, sin ahogo, los más arduos problemas del alma humana.

No sabríamos decir de plano dónde encontramos más alto precio, si en el género literario subjetivo o en el objetivo. Mirad el segundo arte, se relaciona con el gusto, la tradición literaria y la complexión social; es, ante todo y sobre todo, producto de relaciones convencionales; el primero, en cambio, aspira a lo permanente y a lo general, por no decir absoluto; el del dominio del sentimiento puro en consorcio con la razón, dueña de sí misma, agitándose, moviéndose apartada de toda acepción de persona, cosa o tiempo.

Toda manifestación subjetiva tiene algo de revelación. ¿Revelación de qué? De lo infinito. Entre lo subjetivo y lo inmenso está siempre tendido el puente de lo ideal, por donde caminan con paso seguro las almas melancólicas, únicas que no experimentan vértigos en esas alturas inconmensurables. Rosario de Acuña siente una propensión inconmensurable hacia lo alto, donde se le revela lo eterno.

(…)

La muerte y la vida son primeras relaciones: lo permanente y absoluto es la eternidad sin límites. Si nuestra escritora no tiene la certidumbre de su realidad, tiene la intuición, y esto le basta para sobreponerse a cuanto le rodea, y a vivir con una diafanidad de conciencia y de espíritu que debe ser verdaderamente inefable y beatífica.

(…)

En suma, La siesta no es más que una colección de artículos más o menos bellos, más o menos ingeniosos y bien escritos. Es una autobiografía, es la puerta para entrar en el sagrado recinto, en el santuario de un alma que alienta en la comunión de las cosas grandiosas. Es un conjunto al parecer incoherente, y que no obstante, ata el nexo admirable de la unidad intelectual. Empieza el libro con un quejido del pensamiento que se siente aislado en medio de la muchedumbre.

(…)

Nos parece escuchar a Goethe pidiendo ¡luz, más luz!

Éste era otro melancólico
Un académico [1]

El Correo de la Moda, 10-1-1883


[1] Iñigo Sánchez Lama en su Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894) apunta la posibilidad de que el autor del artículo pudiera ser Juan Pedro Criado, colaborador de El Correo de la Moda, miembro de varias sociedades científicas y literarias, y autor, años después, del ensayo Escritoras españolas (1889).

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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 3-12-2010.

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