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28 enero

148. Poeta de calendario


Estaba decidida. ¡Se acabó! Ninguna duda al respecto. Si alguna vez se había encontrado a las puertas del Parnaso nacional (⇑), desde ese mismo momento renunciaba a intentar dar ese paso definitivo que podría conducirla a los pies de la gloria. Abandonaba cualquier afán por conseguirla. Finales de 1884: ponía fin a su carrera literaria. Renunciaba a todo, incluso a lograr que la aureola del éxito inundara el recuerdo del ausente padre; a que, tras los homenajes del triunfo, la voz paterna, «con el ritmo conmovedor de la emoción, vibre húmeda con tus lágrimas, interrumpida por tus besos diciéndome: "¡Gracias, hija mía!"». Renunciaba a todo. 

Finales de 1884: firmemente decidida a cruzar a la otra orilla, su pluma se ponía al servicio del librepensamiento y, con ello, a la edad de treinta y cuatro años recién cumplidos daba por concluida su carrera literaria.

Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística.

Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas en aquella lucha requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

Portada del Almanaque para 1908, Madrid: Regino Velasco ImpresorNo obstante, aunque arrinconada en la intimidad, no abandona la poesía. De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto, la composición poética que más utiliza, la que construye con mayor soltura, aquella con la que más cómoda parece sentirse. Escribió sonetos siendo muy joven, cuando de su rubia melena colgaban tirabuzones; no mucho después, hizo recitar a Rienzi aquél, tantas veces reproducido, que así se iniciaba:  ¡Oh!, libertad, fantasma de la vida (⇑). Con un soneto despidió a su querido padre (⇑); con otro anunció el reencuentro con su madre (⇑) , uniendo para siempre sus destinos. Decenas y decenas de sonetos, algunos de los cuales permanecieron inéditos hasta después de su muerte. Hubo otros que habrían seguido la misma suerte de no haber sido por un avispado impresor, que intuyó cómo funcionaba el asunto del marketing mucho antes de que se generalizara tanto su uso, que los guardianes del idioma se vieran obligados a recomendar el uso de alternativas: bien su adaptación («márquetin») o su sustitución por «mercadeo» o «mercadotecnia».

Lo cierto es que el tal Regino Velasco, que así es como se llamaba este entusiasta de la publicidad, consiguió convertir su Almanaque en una codiciada publicación que, año tras año y durante más de tres décadas, esperaban sus cada vez más numerosos seguidores. La primera vez que vio la luz tan afamado almanaque debió de suceder en los primeros años noventa –de no haberlo hecho antes– pues a finales de 1892 La España Artística anuncia que don Regino, en cuyo taller se imprime la citada publicación,  repartirá muy en breve entre sus numerosos favorecedores, el bonito y elegante almanaque de bolsillo con que acostumbra a obsequiarlos cuando ya se dan vuelta las últimas páginas del anterior. Y así año tras año hasta los primeros veinte cuando se bruscamente se interrumpió tan feliz iniciativa, pues el señor Velasco falleció a primeros de septiembre de 1921, tras ser empitonado en la plaza madrileña por un toro que logró saltar al tendido.

Fragmento del soneto «A Benlliure», publicado en el calendario de 1899


Digamos, por redondear, que fueron treinta años. Treinta almanaques de tamaño reducido, de bolsillo o de cartera: alrededor de doscientas páginas de diez centímetros de largo por seis y medio de ancho, con un tipo de letra de pequeño tamaño, no compatible con la presbicia. Dos partes: la primera, el almanaque propiamente dicho, con una página por mes, en la cual figura el día de la semana, el santo del día y una columna para notas; la segunda, denominada «Álbum», aparece repleta de poesías escritas por un nutrido grupo de autores, «desde los poetas de más campanillas hasta los más modestos metrificadores». Ramón de Campoamor, Vital Aza, Ramos Carrión, Echegaray, los hermanos Álvarez Quintero, Emilia Pardo-Bazán, Muñoz Seca... Y entre las firmas asiduas de la publicación se encuentra Rosario de Acuña, cuyo esperado soneto ocupó, las más de las veces, lugar destacado. Desde los comienzos, pues consta que ya apareció en el de 1893, hasta el que vio la luz en 1912. El exilio debió de ser el motivo que interrumpió esa larga colaboración. 


Reproducción de las páginas del Almanaque para 1911 en las que aparece el soneto «A la memoria de mi perro Tom»

Con el pasar de los años fueron unos cuantos los sonetos escritos por doña Rosario que vieron la luz en el popular Almanaque, algunos posteriormente reproducidos en periódicos, revistas y antologías (El beato (⇑), Almanaque para 1896; ¡Triste destino! (⇑), 1905;  La muerte (⇑), 1909;  ¡Por saturación!... (⇑), 1910). De todos ellos hay uno, publicado en el Almanaque para 1911, que, en mi opinión, merece especial atención,  por plasmar los «íntimos afectos de su alma», por la honda ternura con que la autora añora la ausencia de un ser querido; también por el comentario que lo acompaña.


A la memoria de mi perro Tom

¡Leal amigo del alma! ¡Cuán hermoso
bajo el amparo de un hogar creciste!
En los trece años que, a mi lado, fuiste
¡cuán noble, fiel, valiente y cariñoso!

¡Jamás te olvidaré! ¡Siempre animoso
por montañas y costas me seguiste!
¡Cuántas veces de apoyo me serviste!
¡Cuántas fuiste guardián de mi reposo!

Sin hablar, nuestras almas se entendieron;
bastábanos cruzar una mirada
y, al mirarme llorar, también lloraste.

¡Cuando al morir tus ojos no me vieron,
presintiendo mi voz acongojada,
me buscaste la mano y expiraste!


Nota. Este noble perro San Bernardo, soberbio ejemplar, fue una maravilla de inteligencia, valor y lealtad.

Toda la cordillera Cántabra, desde el puerto de La Sía (Santander) hasta Las Portillas (Zamora), de cumbre en cumbre; todas las costas, desde Cabo Mayor al Miño; toda Castilla la Vieja, León y una parte de Portugal, fueron recorridos por mí a caballo durante los cuatro meses de los veranos de once años seguidos y en todas estas expediciones me acompañó este portentoso animal cuyo valor, entendimiento, previsión –así como suena– y fortaleza fueron en varias ocasiones  la salvación de mi vida; y en las ascensiones a ventisqueras y picachos, algunos a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar; en jornadas nocturnas por despeñaderos, entre el fragor de la tempestad, en pernoctaciones entre pastores, o en solitarias y abruptas costas, fue siempre una providencia para mi seguridad, la de mi acompañante y mis caballos. Se necesitaría un libro –¡cuánto sentiré no poderlo escribir!– para relatar las maravillosas acciones de este animal que, más de una vez, demostró estirpe superior a la humana. Séame permitido dejar en el Almanaque de Regino Velasco, libro destinado a gran perpetuidad, un homenaje a la memoria de mi llorado Tom. ¿Qué menos puedo hacer por el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome? ¿Y no es verdad que, a quien trabajó todo lo que pudo por el progreso de la humanidad, se le debe dispensar que, alguna vez, muestre los íntimos afectos de su alma, aunque éstos se dediquen a un perro?

¡Perdonen los maestros que firman en el Almanaque estas lágrimas de mujer ante la memoria de un pobre animalito!

De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto... aunque para ello tenga que convertirse en una poeta de calendario.




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03 junio

114. Ostracismo zaragozano


Hace tres o cuatro años estrenábase en el incendiado teatro de la plaza del Rey una obra escrita con vigoroso estilo, en versos sonoros y armoniosos, abundante en situaciones dramáticas y en bellezas literarias. Titulábase Rienzi el tribuno (⇑), y obtuvo un grande y legítimo éxito. Su autora era la señorita doña Rosario de Acuña, quien en pocas horas alcanzó merecida reputación por su talento. Algunas muestras dio de él en revistas y periódicos; pero después la joven e inspirada poetisa enmudeció totalmente; más aun, desapareció de Madrid.
¿Qué había sido de la elevada musa que nos prometía composiciones no menos notables que las publicadas? ¿Qué de la autora colocada desde su primer paso al nivel de los más aventajados ingenios?
Algunos decían que, trocando la corona de laurel por la de azahar, se había unido a un bizarro militar; otros que había renunciado a la gloria por deberes sagrados o imperiosos; pero ninguno precisaba sus informes, ninguno sabía con exactitud el paradero de Rosario de Acuña...

Tras el éxito de Rienzi todo fue muy rápido. Cuatro meses después, el 20 de abril de 1876, firma el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑); dos días más tarde contrae matrimonio con el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset y no tardando parten de viaje de novios hacia Andalucía; a finales de junio se trasladan a vivir a Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado el militar. A partir de entonces muchos fueron los que le perdieron la pista, como bien señala Asmodeo (seudónimo de Ramón de Navarrete) en el texto anterior, publicado en La Época el 15 de enero del año setenta y nueve.

Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida. Basta leer el Prólogo para darse cuenta de que, tras el éxito de su primer drama, la joven autora sabe que está ante la puerta que da acceso a algo grande. Siente que, en efecto, se halla al comienzo de un largo camino que la puede llevar al olimpo literario, a alcanzar esa gloria inmarcesible, por utilizar un adjetivo muy frecuente en sus escritos. Sabe también de las dificultades que le aguardan y la lejanía de la corte no le facilitará nada las cosas.

Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)

Desde la distancia procura mantener abiertos sus contactos en diarios y revistas. En agosto La Moda Elegante publica su poesía El canto del poeta (⇑); antes de que el año termine Revista Contemporánea,  tres sonetos (Casualidad (⇑), Europa (⇑) y Al siglo XIX ⇑). No obstante, Madrid queda lejos y a Rosario no le queda otra que intentar asentarse en su nueva ciudad. Así que unos meses después de su llegada, tiene lugar el estreno de Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro Principal de la capital aragonesa. Fue todo un éxito: la autora tuvo que subir a escena llamada varias veces aclamada por un público entregado que obsequió a la autora con flores, palomas y coronas.

A pesar de los aplausos Madrid estaba, ciertamente, muy lejos y durante el año 1877 su firma parece haber desaparecido de los periódicos. Se dedica a su segundo drama, Amor a la patria (⇑), dedicado a los hijos de Zaragoza y estrenado en dicha población a finales de noviembre (curiosamente lo hizo ocultando su nombre tras el seudónimo Remigio Andrés Delafon) sin que apenas llegase eco alguno a la prensa madrileña, la cual tan sólo se dio por enterada cuando más de un año después, en los inicios del año 1879, se puso a la venta en las principales librerías madrileñas y los críticos recibieron un ejemplar de la obra. 

Tan lejos estaba Madrid que, en una de las escasas ocasiones en las cuales regresa a su ciudad, aprovecha para reunirse con algunos escritores amigos para presentarles tanto Amor a la patria (⇑), como Tribunales de venganza (⇑), su tercer drama, inspirado en la Germanías de Valencia y que también había escrito en Zaragoza. De Echegaray, Rodríguez Correa o Núñez de Arce recibía no sólo el atinado consejo, sino también el empuje y el ánimo que parecía faltarle en la lejanía. Parecía evidente que echaba de menos aquellas tertulias.

Alejada como estaba de lo que constituía el principal centro literario del país, no dudaba en enviar alguna de sus composiciones cuando en la capital se organizaba algún evento de relevancia. Tal sucede en febrero de 1879, cuando en el Teatro de La Comedia se celebra una función destinada a recaudar fondos para la construcción de un mausoleo para los restos del actor Julián Romea. Tras la representación de la comedia en tres actos Por derecho de conquista, de Manuel Catalina y de la pieza cómica Una de tantas de Bretón de los Herreros, alguno de los actores presentes proceden a dar lectura a algunas poesías, entre ellas la que envió Rosario de Acuña para la ocasión y que lleva por título A Romea (⇑):

[...]

Allí está: ¡de su voz el eco suave
tranquilo y reposado,
sarcástico o cruel, agudo o grave,
triste o apasionado, jamás descompasado,
señala con fijeza
de su genio coloso la grandeza! [Sigue...⇑]

Meses después son los damnificados por las inundaciones que han asolado la huerta murciana, quienes reciben el homenaje y los fondos obtenidos en la velada teatral que tiene lugar en el teatro Español. Rosario de Acuña envía desde Zaragoza su poesía Una limosna para Murcia (⇑):

[...]

Desdichados de aquellos que no lloran,
cuando su hermano vive acongojado.
¿Qué pueden esperar? ¿Qué bien o dicha
habrán de conseguir, sin el yerto pecho
al ajeno dolor se encuentra estrecho
desoyendo el clamor de la desdicha? [Sigue...⇑]

Tan lejos queda Madrid que, a pesar de haber escrito esta poesía, su nombre no se encuentra en El Libro de la caridad, un voluminoso ejemplar  publicado en 1879 –«a expensas y de orden espontánea de SM el Rey»– y dedicado «por los poetas que lo escriben al socorro de las víctimas de las inundaciones en las provincias de Levante». En sus páginas se encuentran las firmas de unos ochenta poetas, afamados algunos  y otros no tan conocidos. Allí están las de Julia de Asensi,  Emilia Pardo Bazán, Ángela Grassi, Dolores Cabrera, Joaquina Balmaseda, Josefa Estévez, Blanca de los Ríos, Joaquina Oliván, Faustina Sáez, Francisca del Riego, al lado de las de José Echegaray, Adelardo López de Ayala, Pedro Antonio de Alarcón, José Zorrilla o Gaspar Núñez de Arce. No está el suyo.

Tan lejos queda Madrid que durante los años que pasó en Zaragoza el correo se convirtió en su principal nexo con la capital. El correo... y la escritura.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 julio

5. Galdós, el admirado



Fotografía de Galdós publicada por el semanario Pluma y lápiz (1903)Aunque desde sus primeras apariciones en la arena literaria, Rosario de Acuña dedicó vítores, aplausos y alabanzas a varios de los integrantes del Parnaso hispano (Bécquer (⇑), Echegaray (⇑), Calderón (⇑), Espronceda (⇑)Mesonero Romanos (⇑)...), creo que no yerro al atreverme a afirmar que fue Galdós su escritor más admirado.

Y no lo digo por decir, que pruebas hay que avalan mi afirmación. Sirva como primer ejemplo  el hecho de  que a la hora de poner nombre a uno de sus  gallos  echara mano del imaginario galdosiano y le llamara Pipaón (recordemos que por tal respondía un  personaje de Memorias de un cortesano de 1815, una de las novelas de la Segunda serie de los Episodios Nacionales que Galdós había publicado en 1875). Por cierto que el citado animal, no sé si por su contrastada habilidad gallística  o por haber recibido tan novelesco nombre, gozó en su momento de cierta fama pues su ama le dedicó, al menos, un artículo (⇑) y un poema (⇑).

No solo acudió a una de sus novelas para tomar  prestado el nombre de Pipaón y así  llamar a su  gallo zaragozano de maravillosa inteligencia y especialísimo carácter,  sino que también se fijó en otra, buena excusa ciertamente,  para hacer públicas sus alabanzas al escritor. Así empieza sus comentarios sobre El amigo Manso (⇑):

No le conozco ni de vista, pero le admiro, le venero como a un ingenio de primer orden. Pérez Galdós es la figura más grande de nuestra literatura contemporánea. Su nombre ha de figurar unido a los nombres que ilustran el siglo presente. Cada una de sus novelas es un monumento de gloria para él y para la patria que tiene la honra de llamarle hijo suyo.

¿A qué seguir?

Pero la admiración no se quedaba solo en asuntos literarios, sino que también  alcanzaba a los asuntos ideológicos, a la política que defendía el escritor-diputado canario. Doña Rosario lo aplaudía y apoyaba en cuanto la ocasión así lo requiriese. Sirva de ejemplo la carta que le envió en el mes de octubre de 1909.
Dice así:

Excmo. Sr. D. Benito Pérez Galdós.
Respetable maestro:

He leído y meditado durante varios días su noble y valiente manifiesto al país; contesto el párrafo suyo que dice:

Me lanzo a esta temeraria invocación esperando que a ella respondan todos los españoles de juicio sereno y gallarda voluntad, sin distinción de partidos, sin distinción de doctrinas y afectos, siempre que entre éstos resplandezca el amor a la patria, así los que hacen vida pública como los que viven apartados de ella» 

Aunque a juicio mío, hace mucho tiempo somos el ratón que tiene el leopardo inglés entre sus garras, destinados irremisiblemente –por ser nación sin virilidad ni cultura– a colonia protegida del sajón, mi alma latina se revela contra toda desesperanza y aun imagino posible un retorno a la personalidad ibérica, aunque para ello fuese preciso nadar en sangre.

Por mi patria y por mi raza, por la justicia y por la humanidad, los grandes soles de que son satélites las almas conscientes, le ofrezco a usted mi vida y mi alma: mándeme hacer lo que sea preciso; si mi viejo cuerpo sirve para ser acribillado, dígame dónde he de ponerme; si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame dónde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y de racional.

Quedo a sus órdenes su atenta lectora.

Rosario de Acuña y Villanueva
Santander, octubre 1909



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