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04 febrero

169. En una caja de cerillas

 A medida que avanzamos en la investigación, a medida que conocemos con mayor detalle la trayectoria vital de Rosario de Acuña Villanueva, mayor es el asombro y la perplejidad que nos ocasiona la relectura de testimonios que evidencian la avidez del tiempo pasado para quedarse con su memoria y sepultarla en lo más recóndito del olvido.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces.

Tal y como atestigua Patricio Adúriz (⇑), a finales de los sesenta del pasado siglo, apenas cuatro décadas después de su muerte, pocos eran los que sabían decir algo acerca de doña Rosario, de esa «Rosario Acuña» que daba nombre a un lugar situado en los acantilados gijoneses.  ¡Y eso pasaba en la ciudad en la cual había pasado los últimos quince años de su vida!

 Evidentemente tal olvido no se explica solo por el tiempo transcurrido. Su nombre estaba íntimamente unido a la masonería, a la libertad de pensamiento, a la reivindicación de los derechos de la mujer, al anticlericalismo más combativo, a la defensa de los más desfavorecidos... Parece evidente que el nuevo Estado instaurado en España tras el golpe militar de 1936 procedió en consecuencia y, a la vista de los resultados, bien podemos decir que logró su objetivo.

Algunas de las fototipias que integran la serie dedicada a escritoras
A pesar de alguna que otra omisión, tenemos que admitir que el borrado al que fue sometida la memoria colectiva resultó eficaz en grado sumo, habida cuenta del grado de notoriedad que alcanzó en la España de su época doña Rosario de Acuña Villanueva. No debemos de olvidar que dio a la imprenta, al menos, veinticuatro obras (⇑) de diferente contenido (dramas, artículos, conferencias, poemarios...) y extensión variable, de algunas de las cuales se hicieron varias ediciones. Que sus escritos fueron publicados en los principales periódicos del país y que luego fueron copiados en otros muchos, hasta superar en varias decenas el centenar de publicaciones que hasta el momento tenemos catalogadas.  Que algunas de sus obras ( Un certamen de insectos (⇑), La casa de muñecas ⇑...)  fueron autorizadas para servir de texto en la primera enseñanza. Que hubo un tiempo en el cual la Administración adquiría sus obras para destinarlas a las diferentes bibliotecas (tal sucedió, por ejemplo,  con su poemario Ecos del alma (⇑), del cual el Ministerio de Ultramar adquirió un lote de ejemplares el mismo año en que fue publicado).  Que  durante, al menos, dieciocho años alguno de sus sonetos abría el Almanaque (⇑) que el impresor Regino Velasco enviaba  a las redacciones de los periódicos, a los anunciantes y a sus muchos clientes.  Que fue tal escándalo que se produjo con la publicación de su artículo La jarca de la Universidad (⇑) que bien se puede afirmar que no hubo periódico en España que no se hiciera eco de las protestas de los estudiantes contra su autora. Que no sólo eran conocidas sus obras, sino también su aspecto físico, pues su retrato ecuestre (⇑), en el que aparecía tal y como había realizado su viaje por León, Asturias y Galicia (⇑), fue puesto a la venta por los responsables de El Porvenir Editorial.

Fototipia nº 41 de la serie número 27, dedicada  a «célebres poetisas y grandes escritoras» (Archivo del autor)
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la popularidad de nuestra protagonista hubo de aumentar de forma considerable cuando su rostro ilustró las cajas de cerillas.

Fue a principios del siglo XX cuando la Compañía de Cerrillas y Fósforos, arrendataria del monopolio, decidió poner en circulación una nueva serie de fototipias, la número 27, dedicada en esta ocasión a «célebres poetisas y grandes escritoras», que venía a dar continuidad a otras anteriores que tuvieron por protagonistas a guerreros, escritores, reinas y princesas o toreros.

Diseñada para su colección en un álbum, estaba ordenada cronológicamente e integrada por autoras de diversas nacionalidades. La galería de escritoras, integrada por setenta y cinco láminas se inicia con Aspasia de Mileto y termina con Bertha Kinsky, baronesa de Suttner. Entre las españolas, además de doña Rosario, figuran Beatriz Galindo, santa Teresa de Jesús, sor Ágreda de Jesús, Juan Inés de la Cruz, Isidra Quintana, Cecilia Bohl de Faber, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Concepción Arenal, Pilar Sinués, Concepción Gimeno o Patrocinio de Biedma.

La fototipia de Rosario de Acuña, que ocupa el número 41, mantiene el programa iconográfico que caracteriza la serie: el retrato, realizado a partir del grabado de Camacho de 1876 (⇑) que se publicó en el poemario Ecos del alma (⇑),  se sitúa sobre un fondo en el cual aparece a la derecha la musa Clío ante un templo. En la parte superior se muestra el país de la autora entre el número de serie y el de la fototipia. Por lo que respecta a la cartela situada bajo el retrato, podríamos aventurar que no sería muy del gusto de nuestra protagonista pues ni acertaron con el año de su nacimiento (que nació en 1850 como ella ha dejado escrito y, por si no bastara, confirma su partida de bautismo ⇑), ni tampoco con el término que utilizan, pues si dejó claro que no le gustaba el de «poetisa» (Si han de ponerme nombre tan feo,/ todos mis versos he de romper... ⇑), no creo que se sintiera muy a gusto con el de «literata», habida cuenta de la connotación negativa que tal palabra tuvo en determinados círculos durante la época isabelina.

«Literata» y con el año de nacimiento erróneo... Vale. Lo cierto es que su nombre se popularizó todavía más con aquellas cajas de cerillas en las iba su retrato. Dado que por entonces las cerillas eran un producto de gran consumo –de ahí el establecimiento del monopolio, fuente segura de ingresos para el erario–, es dado suponer que  aquellas cajas que llevaban en su interior la fototipia de «célebres poetisas y grandes escritoras» se vendieran con profusión, a pesar de que hubiera otras más baratas. Parece que la idea fue todo un éxito ya que según fuentes del sector, las ventas de las cajas que llevaban una fototipia en el interior aumentaron un cincuenta por ciento.

¿De cuántas cajas de cerillas estamos hablando? En un reportaje publicado en 1903 en las páginas de un semanario madrileño, «entre las cerillas que encendemos, las que nos apaga el aire y las que fallan»,  los españoles consumirían al año un total de veinticinco mil millones de cerillas. Si todas fueran en las cajas con mayor cantidad, las que llevan noventa, el resultado final se aproximaría a los doscientos ochenta millones. Existen otras estimaciones que sitúan el consumo en cifras más modestas, pero las cantidades siempre son de varios millones para los diferentes tipos de cajas de cerillas vendidas cada año.

Millón arriba, millón abajo, fueron muchas. Demasiadas para que no resulte sorprendente que, tan solo unas décadas después, hubiera tal desconocimiento sobre aquella mujer. Tanto que a finales de los sesenta del pasado siglo, alguien hiciera público manifiesto el desasosiego que le producía la magnitud del olvido que habían apilado sobre su memoria.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 enero

148. Poeta de calendario


Estaba decidida. ¡Se acabó! Ninguna duda al respecto. Si alguna vez se había encontrado a las puertas del Parnaso nacional (⇑), desde ese mismo momento renunciaba a intentar dar ese paso definitivo que podría conducirla a los pies de la gloria. Abandonaba cualquier afán por conseguirla. Finales de 1884: ponía fin a su carrera literaria. Renunciaba a todo, incluso a lograr que la aureola del éxito inundara el recuerdo del ausente padre; a que, tras los homenajes del triunfo, la voz paterna, «con el ritmo conmovedor de la emoción, vibre húmeda con tus lágrimas, interrumpida por tus besos diciéndome: "¡Gracias, hija mía!"». Renunciaba a todo. 

Finales de 1884: firmemente decidida a cruzar a la otra orilla, su pluma se ponía al servicio del librepensamiento y, con ello, a la edad de treinta y cuatro años recién cumplidos daba por concluida su carrera literaria.

Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística.

Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas en aquella lucha requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

Portada del Almanaque para 1908, Madrid: Regino Velasco ImpresorNo obstante, aunque arrinconada en la intimidad, no abandona la poesía. De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto, la composición poética que más utiliza, la que construye con mayor soltura, aquella con la que más cómoda parece sentirse. Escribió sonetos siendo muy joven, cuando de su rubia melena colgaban tirabuzones; no mucho después, hizo recitar a Rienzi aquél, tantas veces reproducido, que así se iniciaba:  ¡Oh!, libertad, fantasma de la vida (⇑). Con un soneto despidió a su querido padre (⇑); con otro anunció el reencuentro con su madre (⇑) , uniendo para siempre sus destinos. Decenas y decenas de sonetos, algunos de los cuales permanecieron inéditos hasta después de su muerte. Hubo otros que habrían seguido la misma suerte de no haber sido por un avispado impresor, que intuyó cómo funcionaba el asunto del marketing mucho antes de que se generalizara tanto su uso, que los guardianes del idioma se vieran obligados a recomendar el uso de alternativas: bien su adaptación («márquetin») o su sustitución por «mercadeo» o «mercadotecnia».

Lo cierto es que el tal Regino Velasco, que así es como se llamaba este entusiasta de la publicidad, consiguió convertir su Almanaque en una codiciada publicación que, año tras año y durante más de tres décadas, esperaban sus cada vez más numerosos seguidores. La primera vez que vio la luz tan afamado almanaque debió de suceder en los primeros años noventa –de no haberlo hecho antes– pues a finales de 1892 La España Artística anuncia que don Regino, en cuyo taller se imprime la citada publicación,  repartirá muy en breve entre sus numerosos favorecedores, el bonito y elegante almanaque de bolsillo con que acostumbra a obsequiarlos cuando ya se dan vuelta las últimas páginas del anterior. Y así año tras año hasta los primeros veinte cuando se bruscamente se interrumpió tan feliz iniciativa, pues el señor Velasco falleció a primeros de septiembre de 1921, tras ser empitonado en la plaza madrileña por un toro que logró saltar al tendido.

Fragmento del soneto «A Benlliure», publicado en el calendario de 1899


Digamos, por redondear, que fueron treinta años. Treinta almanaques de tamaño reducido, de bolsillo o de cartera: alrededor de doscientas páginas de diez centímetros de largo por seis y medio de ancho, con un tipo de letra de pequeño tamaño, no compatible con la presbicia. Dos partes: la primera, el almanaque propiamente dicho, con una página por mes, en la cual figura el día de la semana, el santo del día y una columna para notas; la segunda, denominada «Álbum», aparece repleta de poesías escritas por un nutrido grupo de autores, «desde los poetas de más campanillas hasta los más modestos metrificadores». Ramón de Campoamor, Vital Aza, Ramos Carrión, Echegaray, los hermanos Álvarez Quintero, Emilia Pardo-Bazán, Muñoz Seca... Y entre las firmas asiduas de la publicación se encuentra Rosario de Acuña, cuyo esperado soneto ocupó, las más de las veces, lugar destacado. Desde los comienzos, pues consta que ya apareció en el de 1893, hasta el que vio la luz en 1912. El exilio debió de ser el motivo que interrumpió esa larga colaboración. 


Reproducción de las páginas del Almanaque para 1911 en las que aparece el soneto «A la memoria de mi perro Tom»

Con el pasar de los años fueron unos cuantos los sonetos escritos por doña Rosario que vieron la luz en el popular Almanaque, algunos posteriormente reproducidos en periódicos, revistas y antologías (El beato (⇑), Almanaque para 1896; ¡Triste destino! (⇑), 1905;  La muerte (⇑), 1909;  ¡Por saturación!... (⇑), 1910). De todos ellos hay uno, publicado en el Almanaque para 1911, que, en mi opinión, merece especial atención,  por plasmar los «íntimos afectos de su alma», por la honda ternura con que la autora añora la ausencia de un ser querido; también por el comentario que lo acompaña.


A la memoria de mi perro Tom

¡Leal amigo del alma! ¡Cuán hermoso
bajo el amparo de un hogar creciste!
En los trece años que, a mi lado, fuiste
¡cuán noble, fiel, valiente y cariñoso!

¡Jamás te olvidaré! ¡Siempre animoso
por montañas y costas me seguiste!
¡Cuántas veces de apoyo me serviste!
¡Cuántas fuiste guardián de mi reposo!

Sin hablar, nuestras almas se entendieron;
bastábanos cruzar una mirada
y, al mirarme llorar, también lloraste.

¡Cuando al morir tus ojos no me vieron,
presintiendo mi voz acongojada,
me buscaste la mano y expiraste!


Nota. Este noble perro San Bernardo, soberbio ejemplar, fue una maravilla de inteligencia, valor y lealtad.

Toda la cordillera Cántabra, desde el puerto de La Sía (Santander) hasta Las Portillas (Zamora), de cumbre en cumbre; todas las costas, desde Cabo Mayor al Miño; toda Castilla la Vieja, León y una parte de Portugal, fueron recorridos por mí a caballo durante los cuatro meses de los veranos de once años seguidos y en todas estas expediciones me acompañó este portentoso animal cuyo valor, entendimiento, previsión –así como suena– y fortaleza fueron en varias ocasiones  la salvación de mi vida; y en las ascensiones a ventisqueras y picachos, algunos a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar; en jornadas nocturnas por despeñaderos, entre el fragor de la tempestad, en pernoctaciones entre pastores, o en solitarias y abruptas costas, fue siempre una providencia para mi seguridad, la de mi acompañante y mis caballos. Se necesitaría un libro –¡cuánto sentiré no poderlo escribir!– para relatar las maravillosas acciones de este animal que, más de una vez, demostró estirpe superior a la humana. Séame permitido dejar en el Almanaque de Regino Velasco, libro destinado a gran perpetuidad, un homenaje a la memoria de mi llorado Tom. ¿Qué menos puedo hacer por el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome? ¿Y no es verdad que, a quien trabajó todo lo que pudo por el progreso de la humanidad, se le debe dispensar que, alguna vez, muestre los íntimos afectos de su alma, aunque éstos se dediquen a un perro?

¡Perdonen los maestros que firman en el Almanaque estas lágrimas de mujer ante la memoria de un pobre animalito!

De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto... aunque para ello tenga que convertirse en una poeta de calendario.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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