08 noviembre

28. «Nuestras plegarias», por Fernando Dicenta


A pesar de lo desapacible del día, a pesar de la persistente lluvia, buena parte de la población gijonesa salió a la calle el domingo 6 de mayo de 1923 para dar su último adiós a Rosario de Acuña. Muchas fueron las personas que se juntaron en El Cervigón, donde estaba situada la que había sido su casa durante los últimos años. Así lo contó El Noroeste en su edición del martes 8:

«Numerosos elementos obreros, representaciones de sociedades y entidades democráticas y muchas personas, en fin, de todas las condiciones sociales [...] Familias de labradores que vivían en aquellos contornos y que sentían gran admiración y cariño por la ilustre escritora por conocer de cerca su bondad sin límites y sus costumbres ejemplares se mostraban apenadísimos.
[...]
El cadáver, encerrado en un modestísimo féretro con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo. La carroza fúnebre, también modestísima, resultó innecesaria porque el pueblo, las gentes humildes que viven del trabajo y a las que dedicó doña Rosario el fruto de su talento y el tesoro de su innata bondad, se apoderaron del querido despojo encerrado en aquel modesto féretro y quisieron rendirle el último homenaje de su gratitud.
[...]
El cortejo fúnebre desfiló por las calles de la ciudad seguido de una imponente manifestación.»

Fernando Dicenta Alonso (1) fue una de aquellas personas que acompañaron a Rosario de Acuña hasta el cementerio civil de Gijón, hasta su sencilla tumba (⇑), tal y como él mismo contó en un artículo titulado «Nuestras plegarias» que fue publicado unas semanas más tarde.


Nuestras plegarias 

«Indagué entre aquellos millares de rostros que formaban aquel duelo insólito y no puede encontrar una huella de dolor, un rostro de lágrimas, ni un movimiento de labios musitando una plegaria». (Fray Adaneto en La semana parroquial).

Tiene razón fray Adaneto. Los que acompañábamos el cadáver de nuestra Rosario de Acuña al cementerio civil no llevábamos entre los labios el susurrar inquietante de una plegaria religiosa.
Había en esa multitud, del trabajo y de la idea, algo más hondo y más humano, siquiera porque es más real: un dolor.

Yo, preciándome de más agudo observador que el cronista católico, sé que el dolor, cuando lleva en sí una verdadera fuerza de sentimiento, es egoísta en su personal manifestación, repudiando todo acompañamiento de gala, más aún si estas galas encierran únicamente una ficción no sentida.

¡Plegaria...! ¿Para qué y por qué? No necesita indulgencias quien de una manera heroica, guiada en la acción por un noble puritanismo de amor hacia el prójimo, sacrificó su gloria, su fortuna y su egoísmo de tranquilidad, en aras de un mundo de redención.

Carné de refugiado político de Fernando Dicenta Alonso (Veracruz, México, 1939)

Bondad, cariño y fe fueron en todo momento los conductores lazarillos de la vida de Rosario de Acuña. Quien tales divisas ostentó exenta está siempre de toda falta.

La plegaria es súplica, imploración de perdones. Si como asegura la práctica católica, un tribunal beligerante enjuicia los actos de la vida, esté tranquilo fray Adaneto que el alma de la que se fue lleva ligada a ella suficiente inocencia de pecado para no sentarse en el banquillo de los acusados.

Santas hay sobre altares veneradas a quienes los mismos manuscritos católicos acusan implacables de graves faltas y, sin embargo, fueron suntuosamente canonizadas.

No obstante, cuantos en días pasados rendimos un último y mezquino tributo a la hembra gloriosa que cubrió de enseñanzas, atenuándola, la ideal incultura ajena durante los penosos días de su existencia, llevábamos todos, no luciendo en los labios, sino ocultándola en nuestras almas, una oración, una plegaria; pero una oración y una plegaria exclusivamente nuestra.

Nuestro rezo, reverendo y consecuente fray Adaneto, es de entonación vibrante, de letanía estentórea, de versículos y mandamientos, a todos aires proclamados.

Al opuesto de los que el piadoso fray practica en el ambiente tristón y lleno de penumbras de su celda, nosotros los recitamos puestos siempre nuestros ojos, pletóricos de esperanza, en una aurora, toda llena de irradiaciones de luz.

Nuestros credos están formados de excesivas tristezas de esclavitud sufridas y reclaman demasiada claridad para musitarlos, bajo las tenebrosidades de noche de las naves de la iglesia; perfumes de primavera que renacen con elevado olor de vida anestesian nuestros sentidos huyendo de la enervación malsana del incienso; arpegios de cantos de lucha y de guerra repudian por baldíos el vibrar amargo y prolongado de los órganos; cantos de rebeldía acallan en nuestros oídos, sobreponiéndose a ellos, las voces lentas de los cantos litúrgicos.

Oramos en pie, erguidas las frentes, extendidos los brazos en continua predisposición de ayuda, no implorando en actitud doblegada con el rostro bajo por la culpa y las manos entrelazadas a fuerza y fuerza de resignación.

No pedimos perdón para nuestras culpas, exigimos justicia ante los procedimientos de esta sociedad culpable, hasta la misma desaprensión e ignorancia de sus más inhumanos crímenes.

Miramos al más allá volviendo la espalda al pasado. No agradecemos el sacrificio otorgado hacia la redención ajena porque está en nuestras convicciones cincelado reciamente como ley.

Enemigos de resucitar, en imágenes, los mártires de nuestra religión, cuando la muerte, regando sus vidas, los engrandece, no apelamos a visiones de figuras para con su continua contemplación avivar el recuerdo débil en sus raigambres.

Esparcemos la semilla sin preocuparnos del fruto, seguros de su floración, ciertos de que la siembra es buena y el grano de la simiente rebosante de savia.

Estas son nuestras plegarias, éstas y no otras son las que adornaban nuestras almas al disputarnos, con cariño, con admiración y con agradecimiento, el cuerpo sin vida de nuestra Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 31-5-1923


(1) Fernando había nacido en Madrid el 15-6-1894 y era hijo de un buen amigo (⇑) de doña Rosario: Joaquín Dicenta Benedicto (1863-1917), prolífico escritor que –pese a haber publicado varias novelas, poemas y cuentos– adquiere gran prestigio como autor dramático, con títulos de fuerte contenido social como Aurora (1902) o Juan José (1895), su obra más emblemática y que durante mucho tiempo figurará en el repertorio de representación casi obligada en los centros culturales obreros. El hijo conoció a nuestra escritora a edad muy temprana, cuando, siendo casi un niño, acompañaría a su padre a visitarla. Entusiasmado por el mar, se trasladó a residir a Gijón en cuyo Instituto de Jovellanos realizaría los estudios de Náutica. Convertido en un gijonés más tras contraer matrimonio en la parroquial de San Lorenzo en 1918, aprovechará cualquier ocasión para pasar por El Cervigón a charlar sin prisa con su vieja conocida.  Aunque su actividad laboral se desarrolló en la marina mercante no se apartó mucho de los escenarios (como tampoco lo hicieron sus hermanos Joaquín, dramaturgo, y Manuel, actor). Si en 1924 estaba escribiendo un drama titulado Juan Miguel, un cuadro de costumbres asturianas «lleno de color y vida», al decir del cronista, en 1928 se estrenó La Promesa en el madrileño teatro de La Latina. Se trata de una zarzuela en dos actos, cuyo libreto es obra suya y de Alfredo de la Escosura, con musica de Eduardo Martínez Torner. Meses después, el último día del año, la representación tuvo lugar en el gijonés teatro Dindurra.

Como le sucedió a tantos otros, la guerra segó todas las expectativas. El 29 de julio de 1938  la Gaceta de la República publica una orden nombrando a don Fernando Dicenta Alonso, delegado político representante directo en la Flota Mercante Española. Unos meses después, el 23 de abril de 1939 llega al mejicano puerto de Veracruz huyendo de una condena cierta como uno de los miles de encausados por el tribunal especial de represión de la masonería y del comunismo, por un «delito  de masonería»





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