viernes, 18 de diciembre de 2009

34. Pidiendo por las calles de Pinto


El 16 de junio de 1885 la Gaceta de Madrid publica una Real Orden en la cual se reconoce oficialmente la existencia de una epidemia de cólera en algunas provincias españolas:

Siendo por desgracia un hecho cierto y oficial la aparición del cólera morbo asiático en las provincias de Valencia, Castellón, Murcia y en la capital del Reino, aunque en ésta todavía, por fortuna, en proporciones que permiten albergar la fundada esperanza de impedir su desarrollo, si el celo y las medidas higiénicas adoptadas por las autoridades son vigorosamente secundadas por el vecindario...

Parece ser que fue en la tierra murciana donde la epidemia causó mayores estragos a juzgar por el elevado número de defunciones, los aislamientos, las partidas de auxilio para los damnificados, las visitas de los ministros... La prensa se hace eco, un día sí y otro también, de la incesante lista de bajas que el mal endémico va amontonando a la vista de todos.

Como otros muchos compatriotas, Rosario de Acuña y Villanueva se muestra conmovida ante el dolor que sufren los afectados por este mal endémico:

«Es llegado el momento. Sobre los horizontes de nuestra patria se alza fatídicamente el espectro del cólera. Fuera dudas ni subterfugios: hay que mirarlo cara a cara, tal como se apareció en los años 1865 y 66, con sus palideces de cera y sus ojos vidriosos...» (Vivir para los demás , 5-7-1885)

Ni corta ni perezosa, el jueves 2 de julio de 1885 Rosario de Acuña y Villanueva se echa a las calles de la villa de Pinto, localidad en la que había fijado su residencia cuatro años atrás, para animar a sus convecinos a que colaboraran en la suscripción abierta por Las Dominicales del Libre Pensamiento para socorrer a quienes en Murcia sufrían los zarpazos del cólera.

¡Cuánto ha cambiado su vida en pocos años! Años atrás, cuando las inundaciones de 1879 (vivía por entonces en Zaragoza, era una conocida dramaturga, estaba casada con un joven militar...); cuando el 15 de octubre de 1879, en la llamada «riada de Santa Teresa», la mitad de la provincia murciana perdió su cosecha, a Rosario de Acuña, conmovida por la desgracia de los huertanos, sólo se le ocurrió echar mano de su pluma y escribir una poesía: «Una limosna para Murcia» (⇑). Ahora, librepensadora confesa y a pocos meses de convertirse en masona, busca aliados entre sus convecinos y se dedica a pedir de casa en casa para conseguir dinero con que socorrer a los desafortunados.

Fragmento de la carta publicada en Las Dominicales

Había tomado la decisión días antes: «...adiviné que a mi lado había un pueblo que sabía conmoverse, y aunque lo desconocía en absoluto, pues ni siquiera por sus calles había transitado, armada de mi presentimiento; y buscando en mi memoria los nombres de unos cuantos amigos, a quienes siempre encontré cuando los he necesitado, puse en ejecución mi idea...»

Tres días después, el domingo 5 de julio, la primera página de Las Dominicales recoge la lista de donantes encabezada con las cincuenta pesetas de Rosario de Acuña y las diez de su madre: doña Bernardina Martínez (5), Gabriel Martínez (2), Tomás Pareja (5); Federico Rubín de Celis; Juliana López José Lozano (2´50), Abdón Sangrador (2), Ramón Herreros (5), Julián Ortíz de Lanzagorta (5), Compañía Colonial (50)... En total: fueron ciento veintitrés las personas que decidieron atender la petición de doña Rosario. Hubo quien no se conformó con poner unas pesetas y decidió ir más lejos:

«El Sr. D. Francisco Illescas y Baquerizo, comerciante en comestibles en esta localidad, estaba en mi casa para hacerme la siguiente petición: Deseo que, por medio de los Sres. Chíes y Demófilo, se recoja una niña de 9 ó 10 años que haya quedado huérfana y sin familia, perteneciente a la clase del pueblo, pero que sea hija de personas honradas y de buenas costumbres, y mi mujer y yo, toda vez que no tenemos hijos, la aprohijaremos con todas las formalidades que mande la ley.»

Entusiasmada por la respuesta de sus convecinos, no puede menos de coger la pluma a las dos de la mañana, (hora inusual para ella que solía acostarse a poco de oscurecer), para pregonar a los cuatro vientos la buena nueva:

«¡Loor a Pinto! Lo confieso; jamás puede creer que de tal manera se fundieran a una sola voz los sentimientos del católico fervoroso, del pensador libre, del indiferente escéptico; sí; no hay que hacer distinciones, todos han entregado su moneda con el fervor de la caridad, ¡con el santo fervor del evangelio! que ve en los hombres que padecen a sus hermanos pobres o ricos, creyentes o escépticos, buenos o malos; todos se han apresurado a socorrer, sin preguntar siquiera muchos de ellos para quién era el socorro, algunos sin querer saberlo cuando se les iba a decir, bastándoles solo el saber que era para los desgraciados»

La carta (⇑), dirigida a Ramón Chíes y Fernando Lozano, Demófilo, directores de Las Dominicales, fue publicada íntegramente en primera página: el escrito destila satisfacción, agradecimiento y esperanza.

«¡Loor a Pinto!»



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