martes, 29 de enero de 2019

182. Amigo Teodomiro



Teodomiro Menéndez Fernández (Oviedo, 1879-Madrid, 1978). Fotografía publicada en 1918
Cierto es que dejó escrito (⇑) que no pertenecía a ningún grupo social organizado («yo que no soy -ista de ninguna clase...»), que a nadie ni a nada rendía la integridad de su razón; cierto es también que manifestó (⇑) que no se consideraba socialista «en el sentido dogmático y científico de la palabra». Pero no es menos cierto que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos dirigentes socialistas y que colaboró en algunas de sus iniciativas; que ya en Cantabria participó en un ciclo de conferencias organizado por la federación local de la UGT, pronunciando una dirigida a las mujeres que llevaba por título  «La higiene en la familia obrera» (⇑), y que colaboraba con el  semanario La Voz del Pueblo, dirigido por el socialista Isidoro Acevedo, quien de tanto en tanto le solicitaba sus escritos.

Esta proximidad a los socialistas se hizo aún más patente durante la última etapa de su vida, la de su residencia en Gijón. Fueron los integrantes de la Juventud Socialista Gijonesa quienes tomaron la iniciativa: decidieron incluir en los actos del Primero de Mayo de 1914 la celebración de un té fraternal presidido por la ilustre librepensadora, en lo que constituía el primer acto público en el cual participara desde su reciente regreso del exilio portugués (⇑).  A partir de entonces, la clase obrera gijonesa no se olvidó de aquella veterana luchadora en las celebraciones sucesivas. Durante los últimos años de su vida, la ilustre librepensadora recibía en esa fecha tan señalada a las decenas de trabajadores que hasta su casa se acercaban para interesarse por su estado y mostrarle su respeto.

El proceso de acercamiento progresivo a la clase trabajadora, iniciado en tierras cántabras, es ahora, tras su retorno del exilio, mucho más evidente. No es solo por justicia social; es también una  cuestión de esperanza: anhelaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso. No podía menos que confiar en quienes, hurtando horas al merecido descanso tras las largas jornadas de trabajo intenso, eran capaces de  acudir a las clases nocturnas: «No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse». Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!».

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro y de silencio durante los cuales el olvido se afanó en tapar las ofensas recibidas,  fuera una publicación socialista la que acogiera sus palabras: a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las agrupaciones socialistas de Asturias publicará una carta suya (⇑). Desde entonces, terminado el periodo de voluntario alejamiento de la pública tribuna, sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo. También en las de  Acción Socialista, «revista semanal ilustrada», órgano del grupo de igual nombre constituido por militantes pertenecientes a las Juventudes Socialistas Madrileñas, cuyo director era Andrés Saborit, en cuyas páginas aparecerán por entonces algunas obras de doña Rosario, en el mes de octubre de ese año quince se publica en portada su soneto «¡Por saturación...!» (⇑) y unas semanas después un artículo titulado «Los deportes del porvenir» (⇑).

No solo se acercó a las páginas de la prensa de los trabajadores (se confiesa lectora habitual de El Socialista), sino que también mantiene una buena relación con alguno de los dirigentes socialistas. Tal es el caso de Isidoro Acevedo, al que me he referido anteriormente, y de Teodomiro Menéndez, directores ambos, claro está que en momentos diferentes, del semanario La Aurora Social. Si la amistad con el primero se fraguó en los años en que ambos vivían en Cantabria, la que entabló con Teodomiro fue más tardía, no por ello menos intensa ni fluida, pues a su condición de socialista unía este último la de su pertenencia a la masonería, lo cual, supuestamente, habría de facilitar la comunicación entre ambos.

El jueves 13 de enero de 1916 el diario gijonés El Noroeste publica un escrito remitido por Teodomiro Menéndez en el cual denuncia las malas artes de «la gente reaccionaria y clerical» de Oviedo. Resulta que las huestes eclesiales acechan día tras otro el hogar de un obrero moribundo, militante antiguo,  «un hombre honrado que defendió siempre los ideales de la libertad y del socialismo». Ofrecen un escapulario para su letal tuberculosis, ayuda y protección para sus hijos. Y todo a cambio de que aceptara la entrada de un padre carmelita «para reconciliarle con la Iglesia y absolverle de sus errores».

El autor del escrito, Teodomiro Menéndez Fernández, tenía por entonces treinta y seis años de edad y contaba con una ya larga trayectoria en el seno de la UGT y del PSOE. Compatibilizó su trabajo en la ovetense fábrica de armas con los cursos de la Extensión Universitaria y en 1901 ingresó en la Agrupación Socialista de Oviedo. Asistió como delegado a los congresos de la UGT celebrados en 1905 y 1908. Fue presidente de las Juventudes Socialistas y director de La Aurora Social  desde 1909 a 1911, año en el que fue elegido concejal del Ayuntamiento de Oviedo. En 1912 ingresó en la masonería, en la logia  Jovellanos nº 337 de Gijón. 

Quien no tarda en darse por enterada de la denuncia es Rosario de Acuña y Villanueva, que cuenta por entonces con sesenta y cinco años de edad y una larga trayectoria como incansable luchadora en defensa de la libertad y de los más desfavorecidos. Quisiera descansar, gozar de la tranquilidad de una vida retirada, al lado del mar, pero noticias como esta, agresiones como las que sufren algunos de sus convecinos, se lo impiden. Tras leer lo que en el escrito se cuenta, tras conocer el asedio al que es sometido aquel enfermo desahuciado, no puede hacer otra cosa que coger la pluma y salir de nuevo a la palestra, para escribir dos cartas, la una remitida a Teodomiro Menéndez (⇑), la otra al obrero ovetense Faustino Fernández (⇑).

Al año siguiente volverán a estar en la misma trinchera. Desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de 1917,  algunos creen llegado el momento de alcanzar un gran acuerdo entre las organizaciones de la izquierda para hacer frente a las fuerzas reaccionarias. Tal es el caso de Rosario de Acuña quien, en «La hora suprema» (⇑), se dirige a «las izquierdas de Asturias» para decirles que «es hora ya de ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones, conservando en la actuación las particularidades de cada grupo (que es lo secundario para el gran ideal de la libertad) e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto...». La convocatoria de una huelga general, apoyada por republicanos y socialistas, va tomando cuerpo.  Al inicio del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro. Teodomiro Menéndez, que tuvo un destacado papel en aquellos días de agosto como responsable que era del Sindicato Ferroviario, fue detenido, encarcelado y, posteriormente, desterrado.

En 1919 se celebran elecciones al Congreso y Teodomiro Menéndez presenta su candidatura por la circunscripción de Gijón. Rosario de Acuña abandona su retiro de El Cervigón para apoyar públicamente al candidato asistiendo al mitin de cierre de campaña. Tras la victoria, coge la pluma y escribe una carta a su amigo (⇑) en la cual, muestra su alegría por el triunfo conseguido («Y he aquí, en Gijón, hecho el milagro, que es de necesidad, se realice en toda España de unirnos, en haz apretado todos cuantos suspiramos […] los albores de una nueva edad»), para conminarle después a trabajar duramente para conseguir el objetivo final: «¡Alerta!, mi muy estimado amigo, […] siga recto derecho y sin más rodeos que las aparentes curvas de los atajos, que, a la postre, hacen más breve la caminata».

Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en la prensa del partido, que mostró públicamente su admiración por Pablo Iglesias (⇑), que recorrió decenas de kilómetros para escuchar la intervención de Virginia González (⇑), que en alguna de sus cartas enviadas a algún socialista se autodefinió como «compañera», y que entre sus amistades figurara el amigo Teodomiro.



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