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domingo, 17 de abril de 2016

107. Del Ultimátum británico y la Unión Ibérica



A principios de 1890, el Gobierno británico entrega al portugués un ultimátum en el que le exige la retirada de las fuerzas militares lusas que se encuentran en el corredor que une sus colonias de Angola y Mozambique, territorio que ya había sido reivindicado por Portugal en la reciente Conferencia de Berlín. La amenaza que se cierne sobre el pueblo portugués va a reavivar el sentimiento iberista activando el apoyo espontáneo de muchos españoles. Los universitarios responden con prontitud a la llamada de sus vecinos, solidarizándose con su causa y participando junto a ellos en diversos actos unitarios condenando la agresión británica. Los republicanos, por su parte, se movilizan con celeridad organizando grandes manifestaciones en apoyo de la nación lusa que tienen lugar frente a la embajada y los consulados de este país en Madrid, Zaragoza, Salamanca y Valencia. También los masones españoles, quienes desde antiguo mantenían estrechos lazos con sus hermanos portugueses.

A las pocas semanas de conocerse la amenaza británica, Rosario de Acuña hace público su apoyo al pueblo portugués en una carta que aparece publicada con el título «La logia "6 de abril del 88" al pueblo portugués» (⇑) en la que exalta la mutua pertenencia de los dos pueblos a la raza latina:

Pueblo hermano: Una agrupación de almas españolas, no contaminadas con el petrificador aliento del egoísmo que circula en nuestras decadentes sociedades, levanta hoy su voz, desde un Templo Masónico, para ir con su palabra a saludar esa alborada de heroico patriotismo, que, rasgando la niebla de marasmos en que se adormece el genio de la raza latina, ha irradiado desde la fértil Pontevedra hasta el golfo de Cádiz, fecundando con esplendor glorioso la patria de Camoens y de Vasco de Gama. En todos los horizontes de la Europa meridional flamea hoy, reverberando, sobre la sublime historia de la raza latina, esa actitud elocuente y arrebatadora en que vuestras muchedumbres se han colocado, al sentir, sobre las abrasadas arenas de vuestras colonias africanas, la planta brutal de los hijos del Septentrión, que llevando en sus pechos el frío aliento de los ventisqueros polares, no ostentan más grandeza que la helada grandeza del escepticismo y la fría grandeza de la ambición. 

 La agresión procedente del oscuro y frío norte había conseguido despertar a la familia latina, que hasta entonces parecía caminar adormecida, despojada de su tradicional nervio de abnegaciones, que constituye «la más alta herencia recibida de su cielo radiante de luz, y de su tierra impregnada de sol». He aquí, de nuevo, al astro rey dibujando paraísos y forjando carácter en los pueblos. La nación española, que en otro tiempo dominara el mundo, comparte con sus hermanos latinos una tierra luminosa que ha forjado un carácter similar a los pueblos que la comparten y que la han compartido a lo largo de un venturoso pasado común.

Portada de la revista Anathema La carta, publicada en Las Dominicales del Libre Pensamiento  el 8 de marzo de 1890 y reproducida en español en A Patria el día 30 del mismo mes, representa un valioso testimonio, no solo del caluroso apoyo prestado a los hermanos portugueses, que habrá de tener continuación en las páginas de Anathema, una revista cuyo único número fue publicado por iniciativa de dos estudiantes de la universidad de Coimbra en mayo de 1890, cuyos destinatarios eran los estudantes portuguezes y cuya recaudación se destinaría  a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra. Junto a «El continente latino» (⇑), artículo escrito por Rosario de Acuña, aparecen textos de escritores rumanos, franceses, italianos (Enrico Ferri, Mario Rapisardi o Edmondo de Amicis),  portugueses (Anthero de Quental,  Henrique de Barros Gomes, Fialho de Almeida), españoles (Rafael María de Labra, Pi y Margall, Francisco Giner de los Ríos o Miguel Morayta).

El escrito en cuestión constituye, en efecto, una clara defensa de la republica federal, de una «España unida para la libertad, para el trabajo, para su honra de nación poderosa, pero autónoma, independiente y separada para el régimen de su vida interna», que aspira a integrarse junto a Portugal en aquel anhelado proyecto común para el que pretende aunar voluntades: «unámonos para realizar este portentoso ideal de la nación ibérica».

Apresurémonos a reunir nuestras dispersas legiones latinas; que en ellas resuene la última frase de esta gran epopeya humana que se llama civilización europea. Formemos el continente latino. Denos el ejemplo la más pequeña de sus naciones: Portugal. Que sepa tener energía; que sepa sobreponerse al cálculo y al interés de una vida pacífica; que domine la corriente de las alturas sociales, de donde no puede brotar más que egoísmo y ambición, y que de tal modo intenta sujetarla en un quietismo vergonzoso y enervante. Su dignidad de nación latina, hollada por nación sajona, puede servir de toque de clarín para dar comienzo a la gran obra. Su bandera de república puede cobijar el Estado Ibérico, primer paso para constituir el continente latino.

La unión de los dos pueblos, además de suponer un primer paso en aquella utopía que contempla a la Humanidad avanzando fraternalmente unida por la senda del progreso, representa también el abrazo de su querida España con el país de sus ancestros, con la tierra de aquellos da Cunha, sangre de su sangre. El país luso tendrá para ella una gran significación, tanto por razones ideológicas como sentimentales, llegando a convertirse en el referente de la regeneración patria que ella predicará durante el resto de su vida.


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