viernes, 20 de mayo de 2016

112. Álvaro de Laiglesia, director de La Codorniz y sobrino-nieto



Portada de La Codorniz, 28-12-1969
Fundada por Miguel Mihura en el año 1941, La Codorniz ostenta el mérito de ser una de las revistas de humor de mayor trayectoria en la historia de la prensa en España: treinta y siete años acudiendo a la cita semanal con sus lectores, desde aquel 8 de junio del año de su nacimiento,  hasta el 11 de diciembre de 1978, en que apareció el último de sus ejemplares.

Autotitulada o, mejor dicho, autosubtitulada «La revista más audaz, para el lector más inteligente», su historia está íntimamente ligada a Álvaro de Laiglesia. Con Mihura fue redactor jefe y, cuando éste vendió la publicación, los nuevos propietarios le convirtieron en el segundo director. Y al frente de la que durante muchos años fuera la «decana de la prensa humorística» estuvo el señor de Laiglesia treinta y tres años, de 1944 a 1977.

Era joven, muy joven en el contexto actual, pues tenía veintidós años cuando se convirtió en director de La Codorniz, ya que había nacido en el año 1922. Nació en San Sebastián  porque lo hizo en verano; de haberlo hecho en invierno, probablemente sería madrileño. Así que vio la primera luz en la capital guipuzcoana por casualidad, al menos es lo que él ha dejado escrito en Con amor y sin vergüenza, uno de sus numerosos libros:

Soy donostiarra pero por pura casualidad. Porque mi familia que entonces era rica solía veranear en la costa vasca francesa (no sé por qué, la verdad, pues a mí siempre me ha parecido igual a la española: hay en ella los mismos vascos con su boina, los mismos calamares con su tinta... Pero cuando las familias tienen dinero, en algo se lo han de gastar). Fui bautizado en la iglesia de San Ignacio, con los nombres de Álvaro María Eugenio Alejandro Sebastián de Laiglesia González-Labarga. Y conmigo nacido y bautizado, mis padres regresaron a Madrid en cuanto terminaron las lluvias veraniegas.

 Todo eso, lo del bautizo y lo de las lluvias veraniegas, lo sabría por sus padres, claro. Los dos pertenecían a «familias con dinero», como él nos ha contado. Eduardo de Laiglesia Romea y Rosario González Labarga (así como están escritos, sin guión, era como aparecían los apellidos de su madre en la prensa de la época) se habían casado el 6 de mayo de 1913 y la boda fue todo un acontecimiento social al que asistieron duquesas y duques, marquesas y marqueses, condes y condesas, vizcondesas (al menos una, la de Eza), ministros españoles y extranjeros, embajadores... y el mismísimo Antonio Maura. No era para menos: su abuelo Francisco había sido diputado durante varias legislaturas, uno de los integrantes de los primeros consejos de administración del Banco Español de Crédito (luego Banesto) y  presidente del Banco Hipotecario. De todo ello se enteraría más tarde, pues cuando el abuelo se muere, Álvaro tiene unos meses de vida. Él es el último de los nietos que aparece en la esquela.

Esquela del fallecimiento de Francisco de Laiglesia

Es de suponer que, a medida que Álvaro cumplía años, don Eduadro le hablaría a su hijo de los entresijos familiares. Puestos a contar, quizás lo hiciera acerca de sus orígenes franceses o de su ilustre antepasado, el coronel Francisco de Laiglesia y Darrac (1771-1852), Caballero de la Real Orden de Carlos III, fundador y director de la Real Escuela Militar de Equitación. Tal vez de su abuela, Rosario Auset y Pérez de Lema, quien murió en Écija al dar a luz a su quinto hijo cuando contaba con treinta y nueve años de edad. Menos probable es que le hablara de los problemas con la justicia que tuvo su abuelo –el de don Eduardo– don Augusto de Laiglesia y Laiglesia como consecuencia de sus actuaciones como encargado de la compra de unos caballos sementales para los Depósitos del Estado (⇑).

Es posible también que Álvaro de Laiglesia supiera por su padre de la existencia de un hermano de su abuelo, su tío abuelo Rafael, el cual, siendo director de la sucursal del Banco de España en Alicante, había fallecido en aquella localidad levantina en enero de 1901. Menor probabilidad existe de que al hablar de Rafael, el señor Eduardo de Laiglesia y Romea contara a su hijo Álvaro, que cuando él nació, en un acantilado sobre el mismo mar Cantábrico que bañaba su San Sebastián natal,  vivía una anciana de nombre Rosario de Acuña Villanueva que legalmente era la viuda de su tío abuelo Rafael.




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