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jueves, 22 de junio de 2017

162. Galdós, Acuña y el crimen


Portada del libro
«Anoche, a la una próximamente, un fuerte olor a quemado advirtió a los guardias de seguridad y al sereno de la calle de Fuencarral que se había iniciado un incendio en una de las casas de la citada calle, convenciéndose al cabo de poco tiempo que el incendio ocurría en el piso segundo izquierda de la casa núm. 109, habitada por Dª Luciana Ponciano, Marquesa de Montesacro, viuda de Varela, de cuarenta y ocho años próximamente, la cual vivía sola con su criada, Higinia Balaguer, de veintisiete años, natural de Zaragoza, que estaba a su servicio desde el día 26 del mes pasado.

[…] Una vez forzada la puerta, un fuerte olor a carne quemada les hizo presentir una desgracia; pero llegados a la habitación que ocupaba la dueña de la casa advirtieron con horror que se encontraban en presencia de un crimen.»

En efecto,  aquel era el escenario de un crimen. Doña Luciana, cuyo verdadero apellido era Borcino, no falleció por el fuego o por el humo del incendio. Había muerto a consecuencia de varias cuchilladas, todas graves de necesidad, según se pudo comprobar posteriormente. Además, tenía el cuerpo horriblemente mutilado, pues el autor o autores del crimen, le habían prendido fuego rociándolo con petróleo.

El crimen de la calle de Fuencarral tuvo lugar la madrugada del dos de julio de 1888 y conmocionó tanto a los madrileños como al resto de españoles. La opinión pública se mantuvo expectante durante los doce meses que duró todo el proceso judicial. Con la sentencia, que no satisfizo a casi nadie, no se acallaron los ecos de aquel crimen, que aún llegan hasta nosotros. El cine, la televisión, la prensa escrita y, también, los estudiosos de la jurisprudencia regresan una y otra vez a aquel verano de 1888 para recrear lo sucedido entonces. Tres son las razones que, a mi juicio, pueden explicar no solo la pasión suscitada por entonces, sino también el hecho de que el crimen de Fuencarral se incorporara a la memoria colectiva y su eco llegara hasta nosotros. La primera tiene que ver con los protagonistas, su naturaleza y los escenarios en los que se desenvuelven: un ambiente muy novelesco, muy galdosiano al decir de algunos. La segunda está relacionada con las repercusiones políticas que van surgiendo a medida que avanza la investigación policial, razón esta que confiere singularidad al suceso, aviva la llama del inicial relato novelesco y eleva el número de expectantes seguidores del proceso, ampliando de esta forma los círculos interesados en el mismo: a las calles se unen los cafés y, ¡a qué desaprovechar la ocasión!, las tribunas públicas. Por último, y no menos importante, el papel amplificador que en aquel suceso juega la prensa, una prensa que vive por entonces un periodo de transformación empresarial y que se afana en aumentar el número de lectores, no dudando para ello en tomar parte activa en la investigación o constituirse en acusación particular.

Dada la expectación despertada en la opinión pública no debe de extrañarnos que aquel crimen concitara la atención de algunos destacados publicistas. Tal es el caso de Benito Pérez Galdós y Rosario de Acuña y Villanueva.

Don Benito, por entonces un cuarentón que cuenta ya con una larga trayectoria periodística y con varias novelas publicadas, dedicó a los pormenores del crimen varios artículos que publicó el diario La Prensa de Buenos Aires. Quedaron inéditos en España  hasta que en 1924 Alberto Ghiraldo los publicó en el octavo volumen de las Obras inéditas.

Rosario de Acuña y Villanueva, por su parte,  publicó ese mismo año de 1888 un folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral. Odia el delito y compadece al delincuente. Ya en el mes de septiembre se encontraba a la venta en las principales librerías y el editor parece que no repara en gastos para dar a conocer la obra, contratando la inserción de anuncios en los principales diarios. A tenor de este esfuerzo publicitario, de la avidez con la cual los lectores seguían las noticias referidas al crimen y de la notoriedad que había adquirido doña Rosario, nos inclinamos a pensar que no fueron pocos los ejemplares que se editaron. Sin embargo en la actualidad resulta harto difícil encontrarlos, tanto que no fue posible incluir este texto en las Obras reunidas, que vieron la luz entre los años 2007 y 2009.

Anuncio de la venta al público del folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral

Durante años las búsquedas en archivos y bibliotecas resultaron negativas, por más que alguna de las pistas resultara fiable (véase, por ejemplo, lo que a este respecto se cuenta en el comentario 14. Tras la pista inglesa ⇑ ). Al final, la fortuna se alió con el esfuerzo y... aquí está el resultado.

El volumen que ahora sale a la luz,  publicado por la editorial madrileña Ediciones 19, consta de tres partes. La primera, a modo de planteamiento,  procura poner al lector en antecedentes: se presenta a los protagonistas, se analiza el singular papel que juega la prensa en el proceso, así como las connotaciones políticas  que tiene el caso. En la parte fundamental aparecen los textos de doña Rosario y don Benito, en los que, cada uno a su manera y según su perspectiva, analizan los comportamientos de unos y de otros.  Y solo al final, en el epílogo, se conoce el desenlace, dando cuenta de lo que les sucede a los distintos personajes una vez que se hizo pública la sentencia.

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