viernes, 22 de marzo de 2019

186. La escopeta nacional



Partida de caza, de Francisco de Goya (Museo del Prado)
Felipe de Acuña Solís nació en Arjonilla (Jaén) el catorce de marzo de 1828, convirtiéndose en el  segundo hijo del matrimonio formado por María del Rosario Solís Reinoso (Doña Mencía, Córdoba, 15-11-1804) y Felipe Neri de Acuña Cuadros (Baeza, Jaén, 26-5-1790). Su padre era el segundogénito de Juan Plácido de Acuña, IX Señor de la Torre de Valenzuela y de la Casa Solar de Largacha, razón por la cual será Pedro, su hermano mayor, quien herede la dignidad señorial y el patrimonio familiar.

El camino que se abre ante el joven Felipe es el mismo que han seguido anteriormente otros miembros de su familia: los estudios de Leyes. Con este fin se traslada a Madrid cuando tan solo contaba quince años de edad, quedando al cuidado de un pariente suyo, de nombre Miguel de Cuadros. Tres cursos en un colegio preparatorio le permiten obtener en 1846 el grado de bachiller en Filosofía y el posterior ingreso en la Facultad de Jurisprudencia. Parece ser que no concluyó la carrera, y no es de extrañar pues a finales de 1847, al poco de haberlos iniciado, asumirá nuevos compromisos que, sin duda, vendrían a alterar la recién estrenada vida de estudiante: en diciembre se casa con la joven Dolores Villanueva de Elices; semanas antes había comenzado a trabajar como escribiente en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas. Los cinco mil reales que cobra de sueldo anual parecen escasos para sus expectativas, pero el trabajo ofrece cierta seguridad y, dados los contactos familiares, promete algún que otro ascenso en un futuro no muy lejano. No le vendrá nada mal pues tres años más tarde, cuando ambos contaban con veintidós años de edad, nacerá su hija, a la que pondrán de nombre Rosario, dando continuidad a una tradición muy extendida en la familia paterna.

Asciende en el escalafón entre los escribientes, pasando luego a hacer lo propio entre los auxiliares, convirtiéndose en 1864 en inspector de ferrocarriles, con un sueldo de dieciséis mil reales. A la vista de los resultados, pudiera decirse que ha aprovechado el tiempo, pues no solo ha multiplicado por más de tres sus ingresos, sino que también desarrolla una intensa actividad social, cultivando un creciente círculo de amistades, lo cual le habrá de deparar alguna que otra satisfacción en el futuro, tanto en lo que se refiere a la proyección literaria de su hija, como a su promoción personal. Se desenvuelve bien tanto en el entorno cultural como en el político, a veces interconectados, moviéndose con soltura por los despachos gubernativos intentando obtener beneficios para los ayuntamientos de su provincia natal (logra que el instituto de Baeza sea declarado oficial); apela a su «distinguido amigo y respetable general» Fernando Fernández de Córdoba, marqués de Mendigorría, a la hora de pedir un favor para el director de escena del madrileño teatro Rossini o solicita a escritores y críticos la opinión que les merecen los primeros escritos de su hija, tal y como se ha contado en el comentario 184. De la tutela del padre a la tutela del esposo (⇑).

Con todo, serán sus habilidades cinegéticasticas las que le permitirán acceder a los círculos de poder. Las primeras noticias acerca de su participación en cacerías del más alto nivel, datan de 1869. En diciembre de aquel año, Juan Prim Prats –más conocido como general Prim y por entonces presidente del Consejo de Ministros–  tiene a bien invitarle a una partida de caza que tendrá por escenario la finca de su propiedad ubicada en los montes de Toledo. Tres son las cartas que le envía para informarle de los pormenores de la misma, acerca del equipaje o de los caballos que aguardan en la capital toledana tanto a Felipe como al resto de participantes, entre los que se encuentran el general Milans, el marqués de Ahumada o el barón de Benifaya.

No tenemos noticia de que participara en otras cacerías con Prim (quizás no hubo tiempo para ello pues el general falleció un año después como consecuencia de las heridas sufridas en un atentado), pero sí nos consta que lo hizo al lado de otros ilustres personajes de la política española. Tal es caso de Francisco Serrano o Práxedes Mateo Sagasta, quienes también fueron presidentes del Consejo de Ministros. El general Serrano contaba en Jaén con diversas propiedades rústicas y urbanas entre las que destacaba el Coto del Socor, una finca de más de tres mil hectáreas donde tenían lugar afamadas monterías en las cuales solían participar personas con relevancia en la política, la cultura o la economía. Así, por ejemplo, en la que tuvo lugar en diciembre de 1871 participaron, entre otros,  los marqueses de Caracena y de Ahumada, los condes de Monte Real y de la Quintería, el duque de Hornachuelos o José Luis Albareda, político y periodista, fundador de la Revista de España. También Felipe de Acuña, sus hermanos Antonio y Cristóbal, y su primo Pedro Manuel, los cuales, como se ha contado en un comentario anterior (⇑), eran habituales en las cacerías que el duque de la Torre organizaba en el Socor. Felipe parece que se prodigaba más, pues le acompañaba a otras más que tenían por escenarios distintos lugares de la geografía patria. Así, por ejemplo, en el verano de 1876 (tras el éxito de Rienzi y la boda de su hija ⇑) viaja hasta Reinosa en compañía de Serrano y de Sagasta para participar en unas cacerías por los montes cántabros.

Es de suponer que no solo se hablaría de batidas, perros y escopetas. Las largas horas de convivencia dan para mucho más, para comentar de política y de negocios, también de libros y escritores, de palcos y proscenios, habida cuenta de entre los presentes no faltaba quien solía escribir de estos asuntos en las páginas de periódicos y revistas, por no hablar de la presencia de destacadas figuras de los escenarios, como el afamado tenor italiano Enrico Tamberlick (⇑). Cuando así sucedía, cuando las conversaciones derivaban hacia el teatro o la poesía, Felipe de Acuña no debía de desaprovechar la ocasión para hablar de su hija. Y no es suposición vana, pues contamos con algún testimonio, contado por alguno de los integrantes de aquellas monterías, que así lo prueba:

«Aquella noche se leyó en la Avecedilla el drama Rienzi, de la señorita Rosario [de] Acuña de Laiglesia, hija de don Felipe; y seguro es que si gran éxito alcanzó la obra en el teatro del Circo, no le fue a la zaga el que obtuvo en los montes de Toledo, donde escopetas blancas y negras aplaudieron a porfía con frenético entusiasmo, haciendo repetir algunas de aquellas bellísimas escenas...».

En 1874 es nombrado secretario general del Consejo Superior de Agricultura, también vocal de la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia; en 1882 fue nombrado secretario del Consejo Superior de Agricultura, Industria y Comercio (dependiente del ministerio de Fomento al frente del cual se encontraba José Luis Albareda), miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas... No terminó los estudios de Leyes, ingresó en el ministerio como escribiente... pero Felipe de Acuña Solís no desaprovecha las oportunidades que sus amistades le deparan: se mueve con soltura por los despachos ministeriales, también por palcos y bambalinas, y, al parecer,  no se le da nada mal el manejo de la escopeta.

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