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10 diciembre

141. «Rosario de Acuña. En muerte como en vida», por Roberto Castrovido


Aún no hace un año que murió en Gijón doña Rosario de Acuña.Valía mucho aquella mujer por el temple de su voluntad, por lo mucho de ejemplaridad, por el arte de poetisa, de autora, de periodista y por sus virtudes de mujer. Era buena, era abnegada era sincera, era firme en sus convicciones, era franca y era artista.

Fragmento del artículo publicado en El Pueblo

Aristocrática por linaje, amaba al proletariado; católica por su ascendencia y el bautismo, fue librepensadora por convicción. Nació rica, murió pobre. Joven gozó del aplauso, de la adulación de la lisonja; vieja sufrió, con entereza destierros, persecuciones, censuras, apartamientos de las gentes, murmuraciones, injurias.

Estrenó triunfalmente un drama Rienzi, se le prohibió de El padre Juan. Se aparenta desdeñarla y hay contadas prosistas como ella. Hace un año escribía en el número extraordinario de  El Motín un precioso artículo. Y si la colaboradora de Las Dominicales del Libre Pensamiento valía mucho como prosista, su valer como poetisa es verdaderamente extraordinario. Basta para hacer perenne su fama literaria un soneto: el publicado después de fallecer la autora. (1)

Ni muerta dejan aún de perseguirla dice muy bien El Noroeste de Gijón: este suelto que copio del número 9787 del citado colega, correspondiente al día 20 de este mes y de este año:

Entérese el lector de la información municipal siguiente:

 «En la Alcaldía se recibió un oficio del Gobierno civil, aprobando el recurso presentado por varios propietarios de los terrenos por donde pasa el nuevo camino del Piles a la Providencia, contra el acuerdo municipal de dar á dicha avenida el nombre de la insigne escritora Rosario de Acuña (2). Se funda dicha decisión en no haber transcurrido los diez años, que prescribe la ley, desde el fallecimiento de la mencionada señora, y no haber mostrado su conformidad las dos terceras partes de los propietarios.

 »No se trataba de cambiar el nombre de una calle por otro, sino de dar a una nueva vía el de la gloriosa escritora que estableció en Gijón y quiso tener aquí su tumba. El nombre de Rosario de Acuña está en la Historia de España mucho antes de morir la mujer superior que tanto lo enalteciera en las letras y en la ejemplaridad de los ideales. Sus mezquinos enemigos no lograrán alcanzar nunca, no ya una parte de merecimientos ni un destello siquiera del glorioso prestigio  universal que goza el nombre de la ilustre dama y que perdurará a través de los años como uno de los valores espirituales positivos de su época.

»Quien tiene una página en la Historia que es el libro de las generaciones, pese a quien pese –y lo inmortal sólo abruma a los espíritus ruines– vive permanentemente en el recuerdo del mundo.

»¡Qué importa el nombre de una calle!

»Si se pensó en que Gijón se honrase dando a una de sus avenidas el nombre de aquella inolvidable mujer, espejo de bondad, de amor al prójimo y de elevadas virtudes cívicas,  fue, no por ella que no lo necesita, sino como exteriorización de la honda y fervorosa admiración que la mayoría del pueblo gijonés sintió por doña Rosario de Acuña, en vida, y siente ahora por su memoria.

»El jesuitismo local se ha opuesto al noble y sentido homenaje del pueblo. Así que supo del acuerdo del Ayuntamiento de dar el nombre de la gran escritora a la nueva  avenida de la Providencia, movilizó a uno de sus instrumentos y asesorándole de ciertos artilugios de legalismo, consiguió que el acuerdo no prosperase.

»Así está Gijón: boicoteado el sentimiento liberal por un jesuitismo sectario y perseguidor que no respeta ni a la muerte.

»Ayer se anotaba un triunfo contra una agrupación de ciegos infelices que un día rehusaron sometérsele; hoy se apunta otro contra la memoria de doña Rosario de Acuña, presidenta de honor de esos ciegos gijoneses.

»¡Y aún hay quienes llamándose liberales conviven con ese jesuitismo perseguidor le hacen el juego y lo secundan admirablemente en sus cálculos!»

Si el nombre ilustre de Rosario de Acuña se dio a una calle nueva, ¿qué vecinos habían de protestar? Y si hay que esperar a la década de la muerte, muchas, muchísimas calles han de cambiar de nombre. Se trata de una jesuítica añagaza que no debe consentirse.

El Pueblo, Valencia, 1-1-1924

Notas

(1) Probablemente se refiera al titulado «Mi última confesión» (⇑), que fue publicado en El Motín el 30 de junio de 1923.

(2) En relación con este tema se recomienda la lectura del comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑)





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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25 diciembre

70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens


Fotografía de José Nakens publicada en Crónica (3-5-1931) Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno (⇑), que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza (⇑), El padre Juan (⇑) y Amor a la patria (⇑); libros como La siesta (⇑) y Tiempo perdido (⇑); y poemas como En las orillas del mar (⇑) y Ecos del alma (⇑).

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar (1), pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan (⇑) en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día (2), por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época (3), que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido (⇑) puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que pudo se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.


El Motín, Madrid, 12-5-1923


Notas

(1) En la misma página se publican «A mi madre» (⇑) y «Más allá de la muerte» (⇑).
(2) En realidad, fue la misma noche del estreno.
(3) Se refiere a La jarca de la Universidad (⇑)
(4) Véase La casa del diablo (⇑).
(5) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 30-7-2010.





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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