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27 mayo

266. La marea y el Primero de Mayo


«El Primero de Mayo de 1916», publicado en El Socialista del día siguiente

Para que nadie se llamara a engaño, lo dejó muy claro en un escrito publicado en Heraldo de París: «Oye tú, obrero; no soy de tu clase; vengo de muy alto...».   Como quiera que este texto vio la luz en los primeros días de 1901, cabe suponer que fuera escrito cuando el siglo XIX boqueaba. Por aquel entonces residía en la localidad cántabra de Cueto y era una avicultora dedicada por entero a sus patos y gallinas. Aunque vivía de su trabajo, de lo que obtenía por la venta de los productos de su granja, no se consideraba una obrera, a tenor de lo que cuenta:

«En el presente soy burguesa, desde la coronilla hasta los pies; me baño, lavo y peino todos los días; tengo abrigos para el invierno y medios de pasar fresco el verano; poseo biblioteca, muebles cómodos y ropas abundantes para mi limpieza e higiene; soy para ti una odiosa burguesa...»

No obstante y tal como ella dice, su cotidianidad se asemeja bastante a la de ese obrero anónimo al que se dirige: «Como tú me levanto antes del alba, y me pongo al trabajo del hogar, desempeñando duras tareas, como la más tosca de tus hembras. Como tú visto la amplia blusa, honorable librea de laboriosidad y economía. Como tú tengo mis manos encallecidas, bastas y recias, por el uso que de ellas hago en diez horas diarias de trabajos diversos». 

Por muy noble que pudiera ser su linaje, meses antes de que así se lo contara a ese anónimo obrero al que se dirige, en las mismas páginas del periódico de su amigo Luis Bonafoux se publicaron unos versos suyos bajo el título «La marea» (⇑), que bien pudieran haber servido de himno glorioso a los obreros que se manifestaron el Primero de Mayo del último año del siglo XIX:

Ya se escucha en las orillas 

el rumor de la marea; 

vendavales de dolores 

traen sus olas turbulentas. 

Son lamentos y sollozos de incontables muchedumbres 

que sufrieron el martirio bajo el yugo de la fuerza; 

viene henchida de agonías; 

¡ya se acerca! 

Por muy burguesas que pudieran ser sus raíces, ella lleva ya un tiempo viviendo del fruto de su trabajo, pues los únicos dineros que se ingresan en su casa son los que ella obtiene en las largas jornadas que, todos los días de la semana, todos los días del año, dedica al cuidado de su granja avícola. De ahí que, a pesar de las diferencias («no beber más que agua pura; el estudiar –durante las horas que tú dedicas a la taberna o la riña– las leyes de la vida, y el cultivar en mi corazón y en mi inteligencia el amor y la piedad hacia mis semejantes») declara tener gran simpatía por los ideales del movimiento obrero. A pesar de las diferencias, se muestra partidaria de caminar al lado: «Si en vista de todo esto te atreves a llamarte mi compañero, por mí no hay inconveniente… ¡Choca esa diestra! ». 

Es el grito del espanto del minero que sucumbe 

asfixiado por el fuego, en la entraña de la tierra, 

siendo el lodo del abismo tenebroso su mortaja, 

no dejando más que el hambre 

por herencia. 

Aunque fuera una burguesa de cuna, siente, como queda dicho, simpatía por los ideales del movimiento obrero y así lo hizo saber unos meses antes, el Primero de Mayo de 1900, cuando el santanderino La Voz del Pueblo publica un escrito suyo dedicado a día tan señalado (⇑), de gran significado para el movimiento obrero mundial desde que en 1889, tan solo once años atrás, el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional acordara declarar el día 1º de Mayo como jornada reivindicativa y de homenaje a los llamados mártires de Chicago (En 1886 se inició una huelga en Estados Unidos por la jornada de ocho horas. En Chicago, las protestas fueron duramente reprimidas, varios líderes obreros fueron detenidos y, tras el juicio, cinco de ellos fueron ahorcados).

«El mundo del mañana se elabora entre las masas obreras. En ellas están todas las esperanzas de justicia y fraternidad. La sociedad que traen es el último jalón que ha de servir a la especie racional para desprenderse de su edad infantil»: así comienza la avicultora de Cueto su escrito en aquel 1º de Mayo del último año del siglo XIX. No fue el único. Sabemos de otros cuatro más: uno publicado en el año 1910 (⇑),  (El Noroeste, Gijón) y los otros tres en 1916: se trata de textos diferentes que vieron la luz en el diario gijonés en el que colaboraba habitualmente («Como los granos de arena que...» (⇑), 1-5-1916), en el periódico mataronés Acción Fabril, dirigido a las mujeres proletarias (⇑), y  en El Socialista ( «Desde esta región cántabra...» (⇑), 2-5-1916), donde proclama su fe en el esperanzador futuro que sus ojos ya no podrán ver: 

«¡Cantad, proletarios, vuestro triunfo! ¡El porvenir es vuestro! ¡Que la libertad os bendiga y que, al cerrarse nuestros oídos al rumor de la tierra, entremos en el camino de la inmortalidad oyendo, por última vez, vuestro himno, anunciador de la fraternidad humana!»

Aunque no tengo constancia de que en años posteriores publicara nuevos escritos coincidiendo con fecha tan señalada, sí que sabemos de su participación en los actos organizados con ocasión del Primero de Mayo durante los últimos años de su vida, un tiempo en el cual comparte las penurias y estreches cotidianas con buena parte de la población gijonesa, pues los escasos dineros que recibe de su pensión de viudedad le obligan a milagrear con los gastos del comer (comprando al fiado las más de las veces) y del vestir,  para poder hacer frente a los réditos de la casa que se vio obligada a hipotecar tras los dos años de exilio que pasó en Portugal para evitar ser procesada por el asunto de La jarca (⇑)

Es el grito del que cae de una cumbre del palacio, 

jaspeando con su sangre el vestíbulo de piedra, 

donde luego, vanamente, clamarán sus pequeñuelos 

cuando vayan mendigando 

por las puertas.

En la primavera del año 1914, meses después de su regreso del exilio portugués a su casa gijonesa del acantilado, los integrantes de la Juventud Socialista Gijonesa, reunidos para tratar acerca de la celebración de la movilización obrera internacional el día 1º de Mayo,  acordaron organizar ese día un té fraternal al que se invitará a Rosario de Acuña y, para el caso de que no pudiera acudir, realizar el domingo inmediato a dicho día una visita «a la venerable señora ya encanecida en las luchas por la causa de la libertad doña Rosario de Acuña». Tal parece que, al igual que aquellos otros jóvenes que integran la redacción de El Ideal (⇑), «órgano de las Juventudes Republicanas Revolucionarias de los distritos de Tortosa y Roquetas», algunos hay en Gijón que (a diferencia de los estudiantes que no hace tanto tiempo pedían su cabeza por aquellas palabras suyas condenando la agresión sufrida por unas universitarias) agradecen su ya larga lucha en favor de la libertad de conciencia y en apoyo de los más desfavorecidos.

Al final no pudo ser. Lo agradeció, pero no hubo visita: la «venerable señora» de El Cervigón, enterada de las intenciones de los jóvenes socialistas, les rogó en una carta enviada con tal motivo que suspendieran la excursión programada porque, hallándose enferma, no podría recibirlos como quisiera.

Rosario de Acuña durante la visita de los obreros a El Cervigón el Primero de Mayo de 1923

Aunque no fue posible en esa ocasión, si que lo fue años después. Sabemos que entre las actividades que se llevaron a cabo en la jornada del Primero de Mayo de 1921 hubo, a la tarde, una excursión al campo, que se alargó hasta la casa de doña Rosario de Acuña, a cuya ilustre escritora saludaron los excursionistas. 

La visita se repitió el año siguiente.  Según publicó El Socialista algunos días después, una comisión («formada por más de cuarenta compañeros y compañeras») acudió en representación de los organismos obreros a visitar «a la ilustre escritora doña Rosario de Acuña y Villanueva».

Volvió a suceder en 1923 y también por la tarde. Partieron del centro de la villa en dirección a El Cervigón en pequeños grupos, disfrutando del esplendoroso día. Doña Rosario, de cuyo aspecto da cuenta la fotografía que le hicieron durante la visita y que ilustra este comentario, les recibe en la puerta de su casa y les invita a pasar. Fue en el transcurso de este encuentro cuando, según nos ha dejado escrito Manuel Tejedor (⇑), uno de los presentes, la vieja luchadora les pidió que en adelante, además de Juan José, la obra de su amigo Dicenta, en ese día tan señalado representaran también El padre Juan, cuyo texto les entrega. Fue también durante esta amigable reunión cuando alentó a los presentes a unirse frente a la amenaza que se cierne sobre la vieja Europa: «únanse ustedes los socialistas, los comunistas, los sindicalistas, los anarquistas, todos los verdaderos liberales; unirse en bloque ante esa avalancha que se nos echa encima en todos los países, que es el fascismo».

Primero de Mayo de 1923-Rosario de Acuña con unas mujeres integrantes de la Federación local de Sociedades Obreras (Archivo Patricio Adúriz, Museo del Pueblo de Asturias)

 

Fue su último Primero de Mayo. Cuatro días después de esta visita, de este «homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes», una embolia cerebral acabó con su vida mientras trajinaba por la casa.

Ya se escucha en las orillas 

el rumor de la marea; 

no habrá rocas, ni aún las altas, 

que resistan los embates de sus olas turbulentas; 

viene henchida de agonías. 

¡Ya se acerca!...




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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19 diciembre

202. Mujeres míticas


Ilustración incluida en la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Un buen día, consultando Asturias en el resurgimiento español (Apuntes históricos y biográficos) de Antonio López Oliveros, me detuve a analizar el índice onomástico que se incluía en aquella edición. Allí encontré más de quinientos nombres de personajes que, según el autor, tuvieron algún tipo de protagonismo en los sucesos que relata. Pues bien, entre esos cientos de referencias tan solo aparecen citadas tres mujeres. Ellas son: Veneranda García Manzano, maestra, escritora y política, diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; Matilde de la Torre Gutiérrez, de Cabezón de la Sal, folklorista, intelectual y política que fue diputada por Asturias en la legislatura de 1933-1935; y Rosario de Acuña. El hecho, además de sorprendente, resultaba muy significativo, tanto por la cualificación del autor como por la trascendencia de la obra. A Antonio L. Oliveros se le puede considerar un testigo excepcional de la época que describe, pues ocupó la dirección del periódico El Noroeste desde 1917 hasta 1934, años en los cuales el rotativo gijonés desempeñó una notable influencia en la sociedad asturiana. Su libro, editado en 1935, pretende recoger los hechos más significativos de la vida regional sucedidos entre 1898 y 1934: el dinamismo de los indianos, el desarrollo del movimiento obrero, la huelga general de 1917, la revolución de 1934… Pues bien, de su lectura se deduce que quienes protagonizaron este periodo de gran significación en la vida de la región fueron los hombres, con esos centenares a la cabeza. ¿Qué hacían las mujeres mientras tanto? ¿Dónde estaban? Esas preguntas fueron el detonante de Mujeres de Gijón (1898-1941), donde intento darles adecuada respuesta.

Imagen de la portada del libro Mujeres de Gijón (1898-1941)
Hombres eran los que dirigían la política, las empresas, las organizaciones obreras, los periódicos… Hombres los que se manifestaban, los que se ponían en huelga, los que acudían a asambleas, los que se agrupaban… Hombres los de la Extensión Universitaria, los del Ateneo, los de los casinos, los de los clubes deportivos… Ante esa evidencia, ante la constatación de la ausencia de mujeres en las crónicas de un periodo de gran interés en la historia regional y, especialmente, en la gijonesa, no pude menos de preguntarme ¿qué hacían las mujeres mientras tanto?, ¿dónde estaban? La búsqueda de respuestas a esas preguntas me ocupó varios meses en los que me vi obligado a ajustar la lente con la cual miramos el mundo. Con paciencia y enfoque adecuado las busqué en las fábricas, en las calles, en los bailes, en las casas… Al final, ¡cómo no!, las encontré. Allí estaban: en la Gota de Leche, en la Pescadería, en La Algodonera, en el matadero, cogiendo agua en La Pipa, manifestándose por las calles, en el Ateneo Obrero, en la playa, en las trincheras, en el Ayuntamiento, en la cárcel de El Coto, en la Escuela de Comercio, en el Sindicato de la Aguja, ante los tribunales, en la Fábrica de Tabaco, jugando a jóquey, en las Agrupaciones de Mujeres Antifascistas, en el teatro Dindurra, atendiendo la Cocina Económica, descargando pescado, en los conventos, en la Fábrica de Vidrios, huyendo de la guerra… Ahí están por centenares, con nombre y apellidos.

Estaban ahí. ¡Claro que estaban ahí! Solo era preciso buscarlas en el sitio adecuado y, una vez encontradas, darles la visibilidad adecuada. Eso es lo que ha venido haciendo en los últimos años el Servicio de Políticas de Igualdad del Ayuntamiento de Gijón, que por estas fechas publica una agenda que tiene por únicas protagonistas a las mujeres. La de 2020 lleva por título Mujeres míticas de Gijón/Xixón y sus protagonistas  son –según escribe Ana González Rodríguez, alcaldesa de la ciudad– destacadas mujeres «que forman parte de nuestra cultura, de nuestra memoria colectiva, de nuestra idiosincrasia». Al lado de Rosario de Acuña, a quien se le dedica el mes de marzo, aparecen Xosefa Jovellanos, Les Cigarreres (las obreras de la fábrica de tabacos de Cimavilla), Esmeralda Maseda (la primera concejala del Ayuntamiento) o las mujeres dedicadas a los tradicionales oficios de la mar (las pescaderas ambulantes y con puesto fijo, rederas, conserveras).

«Recordamos con admiración su trabajo, sus reivindicaciones laborales, políticas y sociales, su obra artística y literaria. Su memoria se perpetúa desde el cariño, la admiración y el reconocimiento, manteniendo vivo su pensamiento feminista que ha contribuido a hacer de Gijón/Xixón la ciudad que hoy es».

Portada de la Agenda 2020 Mujeres míticas de Gijón/Xixón
Tanto la inclusión de nuestra protagonista en la agenda como las palabras de la alcaldesa, dan pie a pensar que algo parece haber cambiado en el Ayuntamiento con respecto a la figura de Rosario de Acuña. Tras varios años de atonía, me enrolé en la lista de quienes confiaban en que la llegada de una nueva corporación municipal podría restablecer el respaldo que, tiempo atrás y desde la Plaza Mayor, se había prestado a todo cuanto tuviera que ver con la recuperación de su testimonio vital. Así lo manifesté en el escrito «Cuatro años por delante» (⇑), publicado en la edición gijonesa del diario La Nueva España el pasado 2 de julio, con la mirada puesta en 2023, año en el que se cumplirá el centenario de la muerte de esta ilustre gijonesa.

Aunque ya han pasado unos meses desde entonces, aún se está a tiempo para hacer reconocible ese paseo que lleva su nombre y que, como se escribe en la agenda, «recuerda su paso por el Cervigón» (aunque casi nadie sepa que camina por él, pues nada hay que así lo informe); aún se está a tiempo de darle un aprovechamiento apropiado a la que fuera su casa. Lograrlo sería una magnífica manera de afrontar el reto del centenario: una oportunidad para dar visibilidad a esta mujer excepcional, «gran defensora de los derechos sociales y la emancipación de las mujeres». Confío en que Mujeres míticas, la agenda para el año 2020, sea un indicio de que, efectivamente, el Ayuntamiento de Gijón va a involucrarse en la organización del centenario de la muerte de una de sus vecinas más ilustres. Al fin y al cabo, toda caminata, por larga y exigente que sea, empieza siempre por un primer paso.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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10 diciembre

141. «Rosario de Acuña. En muerte como en vida», por Roberto Castrovido


Aún no hace un año que murió en Gijón doña Rosario de Acuña.Valía mucho aquella mujer por el temple de su voluntad, por lo mucho de ejemplaridad, por el arte de poetisa, de autora, de periodista y por sus virtudes de mujer. Era buena, era abnegada era sincera, era firme en sus convicciones, era franca y era artista.

Fragmento del artículo publicado en El Pueblo

Aristocrática por linaje, amaba al proletariado; católica por su ascendencia y el bautismo, fue librepensadora por convicción. Nació rica, murió pobre. Joven gozó del aplauso, de la adulación de la lisonja; vieja sufrió, con entereza destierros, persecuciones, censuras, apartamientos de las gentes, murmuraciones, injurias.

Estrenó triunfalmente un drama Rienzi, se le prohibió de El padre Juan. Se aparenta desdeñarla y hay contadas prosistas como ella. Hace un año escribía en el número extraordinario de  El Motín un precioso artículo. Y si la colaboradora de Las Dominicales del Libre Pensamiento valía mucho como prosista, su valer como poetisa es verdaderamente extraordinario. Basta para hacer perenne su fama literaria un soneto: el publicado después de fallecer la autora. (1)

Ni muerta dejan aún de perseguirla dice muy bien El Noroeste de Gijón: este suelto que copio del número 9787 del citado colega, correspondiente al día 20 de este mes y de este año:

Entérese el lector de la información municipal siguiente:

 «En la Alcaldía se recibió un oficio del Gobierno civil, aprobando el recurso presentado por varios propietarios de los terrenos por donde pasa el nuevo camino del Piles a la Providencia, contra el acuerdo municipal de dar á dicha avenida el nombre de la insigne escritora Rosario de Acuña (2). Se funda dicha decisión en no haber transcurrido los diez años, que prescribe la ley, desde el fallecimiento de la mencionada señora, y no haber mostrado su conformidad las dos terceras partes de los propietarios.

 »No se trataba de cambiar el nombre de una calle por otro, sino de dar a una nueva vía el de la gloriosa escritora que estableció en Gijón y quiso tener aquí su tumba. El nombre de Rosario de Acuña está en la Historia de España mucho antes de morir la mujer superior que tanto lo enalteciera en las letras y en la ejemplaridad de los ideales. Sus mezquinos enemigos no lograrán alcanzar nunca, no ya una parte de merecimientos ni un destello siquiera del glorioso prestigio  universal que goza el nombre de la ilustre dama y que perdurará a través de los años como uno de los valores espirituales positivos de su época.

»Quien tiene una página en la Historia que es el libro de las generaciones, pese a quien pese –y lo inmortal sólo abruma a los espíritus ruines– vive permanentemente en el recuerdo del mundo.

»¡Qué importa el nombre de una calle!

»Si se pensó en que Gijón se honrase dando a una de sus avenidas el nombre de aquella inolvidable mujer, espejo de bondad, de amor al prójimo y de elevadas virtudes cívicas,  fue, no por ella que no lo necesita, sino como exteriorización de la honda y fervorosa admiración que la mayoría del pueblo gijonés sintió por doña Rosario de Acuña, en vida, y siente ahora por su memoria.

»El jesuitismo local se ha opuesto al noble y sentido homenaje del pueblo. Así que supo del acuerdo del Ayuntamiento de dar el nombre de la gran escritora a la nueva  avenida de la Providencia, movilizó a uno de sus instrumentos y asesorándole de ciertos artilugios de legalismo, consiguió que el acuerdo no prosperase.

»Así está Gijón: boicoteado el sentimiento liberal por un jesuitismo sectario y perseguidor que no respeta ni a la muerte.

»Ayer se anotaba un triunfo contra una agrupación de ciegos infelices que un día rehusaron sometérsele; hoy se apunta otro contra la memoria de doña Rosario de Acuña, presidenta de honor de esos ciegos gijoneses.

»¡Y aún hay quienes llamándose liberales conviven con ese jesuitismo perseguidor le hacen el juego y lo secundan admirablemente en sus cálculos!»

Si el nombre ilustre de Rosario de Acuña se dio a una calle nueva, ¿qué vecinos habían de protestar? Y si hay que esperar a la década de la muerte, muchas, muchísimas calles han de cambiar de nombre. Se trata de una jesuítica añagaza que no debe consentirse.

El Pueblo, Valencia, 1-1-1924

Notas

(1) Probablemente se refiera al titulado «Mi última confesión» (⇑), que fue publicado en El Motín el 30 de junio de 1923.

(2) En relación con este tema se recomienda la lectura del comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑)





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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06 febrero

97. De la admiración del fundador del Sporting a Rosario de Acuña


El Cervigón, fantástico cerro, parece andar, moverse; parece querer marchar por los ámbitos del mundo como presuntuoso y orgulloso sostén de un templo desamparado por una raza dormida, y en cuyo templo se halla la Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y escribe, madre que pudiera ser de una raza de gigantes

Esa diosa, esa esclarecida escritora, no es otra que Rosario de Acuña, a quien el autor dedica el artículo que con el título «Mirando a Gijón» fue publicado en El Noroeste el 24 de enero de 1917: «Dedico la pobreza de esta crónica a la muy culta y esclarecida escritora doña Rosario de Acuña y Villanueva. Dispense el atrevimiento y lo malo de la oferta, porque mi pluma, ilustre mujer, no sabe describir los nobles y sinceros sentires de mi alma.»

Anselmo López, fundador del Sporting (Real Sporting de Gijón. Boletín informativo, enero 1976) ¿Fue Anselmo López, fundador y primer presidente del Sporting, el autor de ese artículo en el cual describe las sensaciones que despierta en sus sentidos la contemplación de la silueta de Gijón vista desde lo alto? ¿Es suya esa contraposición de los dos núcleos antagónicos que se ciernen sobre su ciudad: de un lado El Cervigón, donde se halla el templo del progreso librepensador; del otro, a la parte opuesta «…una fortaleza jesuítica que, como yugo dominador del gigante dormido, parece querer elevarse al espacio, y en guerra de su egoísmo incendiar el Cervigón, arrojando sobre aquel templo del saber humano bombas de fuego y metralla… »?

Tengo el convencimiento de que, en efecto, esas líneas son obra de Anselmo López. Y me explico.

Para empezar, ése es el nombre y ése el apellido, que aparecen al final del artículo. Claro es, que tal coincidencia no resulte suficiente, por más que como tal, como Anselmo López, fuese citado en cuantas informaciones a él referidas aparecieron en la prensa hasta entonces. Me dirán quienes lean estas líneas, y con razón, que otros en Gijón habría con ese nombre y ese apellido. Además estaba lo del lugar, pues su artículo aparece firmado en «Alto de Somió» y, por lo que sabemos, el domicilio familiar estaba situado en la calle Dindurra.

Admitido que la firma por sí sola no es prueba concluyente, queda por encontrar otro punto seguro, fiable, en que apoyar mi convencimiento. Pues si por un punto pueden pasar innumerables rectas, por dos, como todos sabemos, sólo pasa una. Vayamos a ello.

Mi primera aproximación a la figura de Anselmo López tuvo lugar hace unos años, cuando recopilaba información para Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil. Me sorprendió. Su perfil difería un tanto del de aquellos otros pioneros del fútbol que por aquel entonces, primeros años del siglo XX, ocupaban sus ratos de ocio practicando el novedoso deporte en el ovetense Campo de Maniobras, en El Bibio gijonés o en el avilesino Prado del Carnero. Sus objetivos no parecían ser los mismos que los de aquellos otros de apellidos tan conocidos (Alvargonzález, Navia-Osorio, Maribona, Adaro…) que compatibilizaban sus estudios universitarios con la práctica del lawn tennis o del foot-ball. No. Para Anselmo López el deporte tenía mucho que ver con lo educativo, con la regeneración patria, con la formación de «una verdadera legión de sanas y hercúleas juventudes».

Me sorprendió, que, fundado el Sporting, no tardara en crear Arte y Sport una sección –en 1914 la denominaban Real Sección Arte y Sport–, que pretendía prestar su contribución al fomento de estas dos disciplinas, lo cual hablaba bien a las claras de la diversidad de sus objetivos. Amplitud de miras que también podemos atisbar en la organización de carreras de aros para niñas; la de campeonatos locales de fútbol infantil, para «propagar la afición y entusiasmo al tan sano e higiénico deporte»; en las proclamas a favor del atletismo «bajo cuyo pórtico excelso cabe toda manifestación evidentemente deportiva»; o en la introducción en la ciudad del Joku-on (pelotón higiénico), deporte creado en el Club Deportivo de Bilbao que consistía en lanzar con los brazos un pelotón de cuero relleno de lana lo más lejos posible.

Resultaba evidente. Para Anselmo López el fútbol, y el deporte en general, era mucho más que ocio, más que un entretenimiento. Parecía tener las ideas muy claras al respecto y ello a pesar de su juventud, pues no debemos olvidar que no tendría más de catorce o quince años cuando se convirtió en el primer presidente del Sporting y unos veintitrés o veinticuatro cuando, en calidad de tal, presidirá la Federación Asturiana de Clubes, de diciembre de 1914 a mayo de 1915. De ahí, de su vinculación al fútbol como fundador, portero y presidente de club y federación, a las páginas de la prensa deportiva. Sabemos que, entre otras revistas, escribió para Madrid Sport y, puesto que ese dato sí que está suficientemente documentado, ahí será donde encontremos lo que, en mi opinión, constituye un apoyo firme a mi hipótesis.

El 17 de enero de 1918 aparece publicado en esa revista deportiva un artículo suyo que lleva por título «Allá en Gijón…», del que paso a reproducir algunos fragmentos:

Allá, en aquella bella llanura; allí, donde relampaguean aquellas luces de puerto, en aquella culta villa, emporio del trabajo que ahora descansa y duerme las fatigas del día, se envuelve, no en las tinieblas de la noche, sino en el odioso y frío manto de la indiferencia, un nombre, un noble y patriótico nombre de regeneración; el sacrosanto nombre de la redención de la raza. ¡Deporte!
¡Pobre juventud! ¡Pobre deporte! ¡Pobre patria!
De la llamada sólo nos trae la brisa el apagado ambiente del fútbol que le vemos esfumarse en lontananza. De la llamada de la ciudad donde todo es impureza, miserias y envidias nos sube el escalofrío del miedo.
¿Miedo a los hombres? A los hombres no, a sus cobardías, a sus ruines pasiones, a sus bajezas desenfrenadas, a sus degenerados vicios y sus costumbres denigrantes. El fútbol muere por eso, porque somos los menos y ellos son los más.

A mí, la música de ambos escritos me resulta bastante similar. En los dos subyace cierta visión pesimista que comparte espacio, casi mitad por mitad, con la esperanzadora ilusión de la llama regeneracionista; en ambos, las monedas tienen por cara la esperanzadora luz del progreso, la regeneración, la redención de la raza; la cruz, está protagonizada por la oscuridad de las impurezas y las costumbres denigrantes.

Como no se trata de dejarlo todo a la apreciación subjetiva de quien esto escribe ahí están los dos artículos para comprobación de cuantos sientan interés en ello. Por cierto, los dos están firmados en el Alto de Somió. Coinciden también en esto, y tal coincidencia abre un nuevo hilo del que harían bien en tirar todos aquellos que quieran conocer mejor a Anselmo López, pues allí, en el Alto de Somió, tenía su taller por aquel entonces un joven pintor del mismo nombre y apellido de quien en estos días, al cumplirse el 125 aniversario de su nacimiento, rinde homenaje el club del que fuera su fundador y presidente.


Notas

(1) La contestación de Rosario de Acuña a aquel escrito del joven presidente esportinguista fue publicada en El Noroeste el día 29 de enero de 1917 con el título «El paisaje y el hombre. Carta abierta» (⇑).

(2) Este comentario fue publicado en el diario El Comercio de Gijón el 2 de febrero de 2016.




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26 diciembre

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández


Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

–Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría (1), que le decía de sus dibujos:

–Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Fotografía de Rosario de Acuña en El Cervigón Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes (2) de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

–¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

–¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

–Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández
El Noroeste, Gijón, 4-5-1924


Notas

(1) Probablemente se refiera a Luis Bavaría Bou (Barcelona, 1882-La Habana, 1940), caricaturista que desarrolló buena parte de su carrera profesional en Madrid, en el diario El Sol.

(2) Joaquim Pereira Teixeira de Vasconcelos (1877-1952), considerado por algunos el poeta portugués moderno más importante hasta la aparición de Fernando Pessoa, quien dijo de él que era «uno de los mayores poetas vivos y el mayor poeta lírico de la Europa actual».

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 19-11-2010.




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84. El apoyo de la Agrupación Feminista Socialista


Tras su regreso del exilio portugués Rosario de Acuña parece decidida a retirarse de la primera línea de la batalla ideológica. No aguanta mucho. Tras un par de años de silencio casi absoluto, a principios de 1916 sus palabras vuelven a ocupar las primeras páginas de la prensa amiga («A la memoria de don Domingo Hernández León (⇑)», «A la señorita María Oliva Riestra Rubiera (⇑)», «A los misioneros de la cultura y la fraternidad que Francia nos envía (⇑)»...). Más allá de sus tesis habituales, de su defensa de la libertad de conciencia, de su oposición al todopoderoso clericalismo reinante, lo que llama la atención es su llamada pública a la unión de las fuerzas de «izquierda». Eso es los que en los primeros meses de 1917 parece inquietar a las autoridades provinciales, recelosas a todo lo que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo que se celebra en Madrid a finales de mayo. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades se muestran muy nerviosas, tanto que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

He aquí el relato de lo sucedido en palabras de la interesada:

Llegan los sucesos de agosto. Usted ya sabe, como todos los que me conocen bien –y apelo al cultísimo escritor don Rafael Sánchez Ocaña, a quien tuve el honor de recibir en mi casa cuando vino a intentar hacer un periódico liberal-europeo de El Noroeste, de Gijón–, lo aislada que vivo. Y también saben que ni soy socialista, ni anarquista, ni republicana: en el sentido redilesco de estas adjetivaciones; nada que huela a dogma, imposición y enchiqueramiento.

Además, dada la condición marroquí de la mayoría de los españoles, las mujeres que queremos «ser personas –solo eso–» tenemos que pasar, como cochinillas de circo, por bachilleras, petulantes, histéricas, etcétera. Las que se precian de no haber pasado por este aro es que tuvieron que pasar por otros peores.

[...]

Pues bien; a pesar de todo esto, sobre mí y mi casa se extendió en aquellos días, una leyenda negra:

«Que yo había predicado el amor libre en los paseos de Gijón; que era una conspiradora de cuidado; que mi casa era centro de conciliábulos misteriosos a las altas horas de la noche».

Esta prédica para la mema burguesía que parece vivir solo tragándose idioteces. Para el vulgo campesino que me circunda se hizo otra propaganda:

«Yo era una bruja, que salía por la noche untada al tejado para hacer mal de ojo a vacas y chicos; era una perra judía que tenía un macho cabrío, y que azotaba la santa cruz los viernes». ¡Así, «así –aún–», corren estos dichos por nuestros desgraciados y embrutecidos pueblos!.

Los «policías honorarios» de la villa, todos ellos ajesuitados, íntimos y militantes de las huestes reaccionarias, cuando ya tuvieron bien batido el basurero de estas absurdas infamias, entraron en campaña con las autoridades militares de Gijón. [...]

Llega una mañana de agosto –olvidé la fecha– y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca.

[...]

Se presentaron dos de Orden público y dos policías que, previa exhibición, exigida, del carné de identidad y la orden judicial militar de registro domiciliario, pasaron adelante. Al verlos bajé rápidamente. Se explicaron y portaron como personas correctas. Venían a buscar «las proclamas de Marcelino Domingo» que, en aquellos días se encontraban en Gijón hasta en las soperas y en el cuartel se recibían a centenares.

–Aquí tienen ustedes las llaves de mundos, librerías, muebles, etc.; no encontrarán nada, les dije, porque, ni por casualidad, leí el artículo de que se trata; y, es más, yo no necesito leer proclamas, si acaso, las escribiría, y, entonces, ya pueden comprender que no habría ninguna en casa.

Cinco horas duró el registro, sin tener ninguna queja contra los que, por su profesión, tenían que realizarlo.

A los dos días de esto corrió por Gijón la noticia de que habían encontrado en mi casa cheques y mazos de billetes de miles de francos; cartas escritas desde Inglaterra y Francia, libros pornográficos. (Esta fue labor germano-jesuita. No atribuyo a los policías oficiales estos infundios. Sus contrafiguras, los «honorables honorarios policías», serían los encargados de extender tales patrañas).

Pasan unos días. Segundo aporreamiento del portón a las cinco de la mañana. Cinco guardias civiles, uno de ellos vestido de paisano, con pico y azadón. Preséntanse, también, correctamente, y dentro de la férrea disciplina que los sujeta, más como a fieras que como a hombres, se les veía violentos, contrariados, al tener que hacer lo que se les mandaba. Venían a levantar el prado, en los alrededores de la casa, en busca de un enterramiento de bombas, armas, municiones y papeles que «habían visto que habíamos escondido».

[...]

Desde aquel día tuvimos preparados los hatillos para ingresar en la cárcel, pues, pensando lógicamente, suponíamos ir a parar allí, toda vez que, por la ciudad, la traílla policíaca honoraria decía, a voz en cuello, que era preciso, preciso, que yo durmiera en la cárcel. ¡Como si alguien fuera capaz de hacerme dormir en la cárcel!

[Enlace para leer la carta completa (⇑)]

A los pocos días de haberse publicado este escrito, la Agrupación Feminista Socialista hace pública la siguiente carta de apoyo a Rosario de Acuña:

Fragmento del escrito dirigido por la Agrupación Feminista Socialista

Por El País nos enteramos al leer vuestra carta que también fuisteis víctima de los sucesos de agosto.

Considera esta entidad un atropello incalificable los registros que en vuestro domicilio se practicaron, así como la falta de respeto y consideración a personas honradas y, una vez más, la Agrupación Feminista Socialista protesta contra este hecho vergonzoso.

Denigra en extremo la tolerancia de estos abusos que denota la carencia del respeto y conocimiento en los casos a perseguir.

Arbitrario es el recurso de los mantenedores del orden, interpretando las ideas progresivas como un hecho escandaloso, admitido como está el librepensamiento; pero lo que más subleva el ánimo es considerar lo injusto del atropello, puesto que no ostentaba la sujeción a un partido de clase.

¡Lástima no estar al lado de los socialistas para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación!

Sirvan, pues, estas líneas de saludo a doña Rosario de Acuña y de protesta por los sucesos pasados; quedando reconocidas estas admiradoras suyas q.s.m.e.

Por el Comité: La presidenta, Dolores Fernández; la secretaría, María Rojo.

El País, Madrid, 19-7-1918


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 5-11-2010.




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