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22 abril

289. Aquí está



A finales de la década de los sesenta del siglo pasado dieron con ella. Unos pocos saben de su existencia; unos pocos saben que la conoció, que fue su amiga. Amaro del Rosal (⇑) es uno de ellos. Le han dicho que en una aldea gijonesa aún vive una mujer que tuvo una relación de amistad con Rosario de Acuña, que guarda algunos textos de ella, además de otros valiosos recuerdos, y le escribe una carta desde el exilio mexicano para interesarse por ellos. Luciano Castañón (⇑), es otro de los gijoneses que sabe quién es. Se acerca hasta su casa y comprueba que, en efecto, allí se encuentra el último eslabón, el enlace que nos une con el recuerdo de su memoria, oculta durante tanto tiempo. No sólo por lo que cuenta, también por lo que ha atesorado durante décadas: algunas de sus cartas, recortes de periódico, copias manuscritas o fotografías. De todo ello también es conocedor Patricio Adúriz (⇑), quien cita su nombre –uno más entre los diecinueve que figuran al inicio de «Rosario Acuña»(1),  la serie de cinco entregas publicadas en el gijonés diario El Comercio en 1969– como muestra de agradecimiento: «Vosotros, uno por uno, aportando el pequeño detalle o el dato vital hicisteis posible que se diera cima a esta trabajosa tarea en la que nos metimos de lleno». Por lo que supimos después, ella era de las del «dato vital» o, mejor,  de los datos vitales. 

Habrá que esperar unos años más para que su testimonio sea conocido, trascienda el reducido ámbito de los investigadores y se haga público, gracias al reportaje de Javier Ramos que aparece en la revista Asturias Semanal en su edición del 27 de octubre de 1973. 


Aquilina Rodríguez Arbesú (Asturias Semanal; fotografía de Piñera)

«Bruno salió a recibirnos cuando franqueamos el portón de hierro de esta casa llamada Rienzi...». Rienzi, como el personaje de su primer éxito teatral... Ya desde el inicio, ya desde las primeras palabras,  Rosario de Acuña, es la auténtica protagonista del reportaje, revivida en el recuerdo de quien, a pesar de la diferencia de edad, fue su amiga. 

«Recuerdo que mi padre, que fue quien me presentó un día en una conferencia a doña Rosario, me mandaba leer todas sus obras». Bien pudiera ser que ese encuentro hubiera tenido lugar el 29 de septiembre de 1911, día en el cual Rosario de Acuña pronunció una conferencia en el acto de inauguración de la Escuela Neutra Graduada de Gijón. De haber sido así, Aquilina Rodríguez Arbesú tendría por entonces veintiún años y ahora, en el momento en el que rememora aquel acto que tuvo por escenario el gijonés teatro de los Campos Elíseos, ya ha cumplido los ochenta y tres. Mucho es el tiempo transcurrido desde entonces, y cincuenta son ya los años que han pasado desde la muerte de quien fuera su amiga. Aunque la memoria se resienta y desdibuje algunos recuerdos (como sucede con  el año en el cual doña Rosario se instaló en Gijón), hay otros que ya quedaron entonces debidamente contrastados, pues Aquilina cuenta con recortes de periódicos o cartas que los respaldan, y algunos más abrirán nuevas vías de investigación que, tiempo adelante, nos permitirán concretar la fecha de su nacimiento (⇑): por entonces se daba por hecho que había sido en una indeterminada fecha del año 1851, como también se afirma en el texto. 

En otra ocasión Aquilina ya había contado que, al menos, dos veces al año llevaba flores a la tumba de Rosario de Acuña: el 5 de mayo y el 1 de noviembre. Hubo quien creyó que la visita al cementerio en la segunda fecha estaba relacionada con la festividad de Todos los Santos, pero en esta ocasión Aquilina lo deja más claro: «Desde que murió vamos por lo menos dos veces al año a llevarle flores al cementerio: el día de su nacimiento y el de su muerte». De ese hilo fui tirando hasta concluir que, en contra de lo que se pensaba, Rosario de Acuña Villanueva había nacido el 1 de noviembre de 1850, como tiempo después quedó probado cuando pudimos contar con su partida de bautismo.

Copia del testamento ológrafo de Rosario de Acuña, 1907 (Asturias Semanal, fotografía de Piñera
Los recuerdos de Aquilina se complementan con fotografías que nos muestran algunos de los documentos que guarda en su casa, como el texto impreso del discurso que Rosario de Acuña pronunció en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra, una de las hojas volanderas que unos admiradores encargaron imprimir tiempo después. (Al margen o entre paréntesis: otra como esa, conservada en la Biblioteca Asturiana del Padre Patac, valioso material en mi investigación sobre la Escuela, fue la responsable de que en los comienzos del presente siglo iniciara esta tarea inacabada que tiene por objetivo conocer a la autora de aquel texto). En otra de las fotografías aparece una auténtica joya: Aquilina conserva en su casa una copia del testamento manuscrito (⇑) que Rosario de Acuña firmara en Santander en el año 1907.

Aquí está. Ella es Aquilina Rodríguez Arbesú: una mujer que no solo la conoció, sino que fue su amiga; una mujer que durante años ha atesorado su recuerdo y que ahora nos lo transmite con orgullo. De alguna forma, sus palabras logran rescatarla de la borrina del olvido y la devuelven a la memoria colectiva. De alguna forma, su testimonio se convierte en nutriente de nuevos afanes recuperadores. Pocos meses después de la aparición del reportaje, el mismo semanario hace pública en una sección destinada a recoger las opiniones de sus lectores el texto siguiente:

 

Homenaje a Rosario de Acuña

Señor director:

Cada época tiene sus grandes olvidados; unos, después de muchos años han vuelto a resucitar, otros permanecen  latentes en la historia, pero marginados en el recuerdo. Los olvidados forman una «casta de malditos» que vagan por la historia como almas en pena buscando una época en la que reencarnarse. Generalmente son adelantados a su tiempo que no han encontrado acomodo entre los de su generación, que se equivocaron de siglo y solo saldrán a flote con el paso de los años. 

Rosario de Acuña (1851-1923) es una de ellas (2) . Cuando pensar era para la mujer una deshonra, cuando los movimientos de liberación femeninos, de conocerse, sonarían a fin del mundo, esta gijonesa de adopción ya estaba dando ejemplo a las generaciones futuras. Muchas de sus ideas, avanzadas incluso para bastantes hombres librepensadores de su época, siguen hoy teniendo plena vigencia. Contemporánea de Rosalía de Castro, supo atacar con energía los prejuicios y supersticiones de la época, enfrentándose a una mentalidad de redil y telarañas. 

Sus poemas, sus obras de teatro, sus valientes artículos de prensa, su pensamiento polémico y su crítica contra una Iglesia y un Estado anclados en viejas glorias ya periclitadas, fueron suficientes para declararla enemigo público número uno. Mal estaba que se fustigasen de tal forma los valores tradicionales, pero que esos ataques al espíritu y la gloria almidonada del pasado partiesen precisamente de una mujer ya era el colmo. Así fue como desde la España oficial unos y otros solo se acordaron de Rosario de Acuña para calumniarla. Ella era la voz acusadora, el anticristo y el antipolitiquerismo que no perdonaba la estrechez de miras, las ideas de redil. 

Con la II República volvió a resucitar su memoria. El paseo de la Providencia en Gijón pasó a denominarse Paseo de Rosario de Acuña, pero luego, como el Guadiana, volvería a desaparecer de la faz del recuerdo para permanecer sepultada en el cementerio civil de Gijón hasta hoy. 

Ahora que han pasado más de cincuenta años desde su muerte, ahora que su figura ya forma parte de la historia y han quedado atrás los partidismos, ¿por qué no se recupera para Gijón el honor de haber albergado a una mujer de tal categoría humana e intelectual? ¿Es que andamos tan sobrados de figuras históricas como para permitirnos el lujo de despreciar o ignorar los talentos enterrados?, ¿tendrán que pasar otros cincuenta años para que nuestros nietos del siglo XXI descubran entusiasmados la enorme talla intelectual y clarividencia de esta mujer del siglo XIX?

Algo habrá que hacer, sin duda, para darle a Rosario de Acuña el puesto que se merece como dramaturga y pensadora, como mujer que desarrolló una labor aperturista, en opinión de diversas personas, «no superada por nadie e igualada por muy pocos de su época».

Ricardo Santuña

Gijón

Asturias Semanal, 7 de septiembre de 1974


Notas

(1) Patricio Adúriz utiliza en el título y en los primeros párrafos del texto del primer capítulo «Acuña» por «de Acuña», que es la forma correcta, al menos la que utiliza la interesada en sus escritos. En las entregas siguientes ya será habitual la utilización «de Acuña».

(2) Como ya ha quedado dicho, por entonces se daba por bueno que Rosario de Acuña había nacido en 1851. Habrá que esperar a contar con la copia de su partida de bautismo (⇑) para que se enmendara tal error. 

 

 



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17 junio

269. Un faro en El Cervigón

 

Hoy es el día señalado para que se constituyan las corporaciones municipales que resultaron elegidas en las elecciones del 28 de mayo. También lo hará la de Gijón. Las veintisiete personas que la integran seguro que son conocedoras de que en este 2023 se cumplen cien años de la muerte de una ejemplar gijonesa llamada Rosario de Acuña y Villanueva; también de las actividades que se vienen realizando en la ciudad con este motivo (y de las que están programadas para los próximos meses). Por si no fuera así y dado que a ellas les corresponderá tomar decisiones acerca de diversos asuntos que quedan pendientes, creo oportuno recuperar en este primer día del nuevo Ayuntamiento gijonés el escrito aparecido en las páginas de La Nueva España hace escasas semanas, la última de las entregas de la serie a ella dedicada (⇑).


 Un faro en El Cervigón

 

El pasado viernes se cumplieron cien años de la muerte de Rosario de Acuña y Villanueva, que falleció en su casa de El Cervigón el 5 de mayo de 1923, como consecuencia de un derrame cerebral que le sobrevino mientras trajinaba por su casa. A pesar de que a la mañana siguiente no apareció mención alguna en los periódicos («Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni dada de palabra que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento»), la noticia corrió por la ciudad, razón por la cual muchas fueron las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje. 

El Cervigón en el primer plenilunio de 2023
 

Aquel primer domingo del mes de mayo amaneció lluvioso, lo cual no fue obstáculo para que numerosos gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, en las estrecheces cotidianas, se dieran cita a las puertas de su casa para despedir a aquella vecina ejemplar que, renunciando a las comodidades que su cuna le había brindado, se dedicó a luchar por la libertad de conciencia y a defender a los más desfavorecidos. La lluvia tampoco impidió que fueran muchas las mujeres que, abandonando su reducto doméstico, se echaron a la calle para para decir el último adiós a aquella gijonesa que, «siendo mujer, se atrevió, en España, a vivir como persona y por su cuenta», para testimoniar su gratitud a aquella compañera que había luchado los últimos cuarenta años de su vida por la dignidad de todas ellas.

 El acto de despedida debía de atenerse fielmente al guion que la dramaturga había escrito en su testamento: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el carruaje más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el modesto coche que aguardaba en las proximidades resultara necesario. A pesar de la lluvia incesante, el féretro fue portado a hombros por las calles de la ciudad, seguido por un numeroso cortejo. Una vez en el cementerio civil, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la villa, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposan los restos de esta mujer ejemplar.

Tras su muerte, llegaron los recuerdos y homenajes; pusieron su nombre a calles y colegios, se organizaron veladas, se publicaron sentidos escritos laudatorios... No sólo en Gijón y en otros lugares de Asturias, también en el resto de España; no sólo en los días inmediatos a su entierro, también tiempo después: en 1931 el Ayuntamiento de Madrid acordó poner su nombre a uno de sus céntricos paseos; dos años después el presidente de la República inauguró el Grupo Escolar Rosario de Acuña en la barriada madrileña del paseo de Extremadura, hoy distrito de La Latina.

Todo cambió con la Guerra. Las nuevas autoridades no estaban dispuestas a que se recordara a quien tanto se había significado en pro de la libertad de conciencia y en defensa de la igualdad de mujeres y hombres. Su nombre se cayó de los calles, de los colegios, de los paseos; desapareció de los periódicos, de la mutilada memoria colectiva… Tanto fue así, tan eficaz resultó el borrado gubernativo, que años después apenas había alguien que supiera decir algo de ella, ni siquiera en Gijón, la ciudad en la que vivió los últimos años de su vida, la ciudad que le tributó un cálido homenaje el día de su entierro.

No obstante, hay quien está empeñado en recuperar su memoria (⇑). Amaro del Rosal, un asturiano exiliado en México, que en su juventud había conocido a doña Rosario, lleva un tiempo recopilando materiales con la intención de publicar un libro sobre ella. Entre sus colaboradores en España se encuentra el gijonés Luciano Castañón, quien a finales de los sesenta le informa que ha localizado en Gijón a una anciana que fue amiga de Rosario de Acuña. Además de sus recuerdos vividos, la mujer ha guardado durante décadas algunas de sus cartas, recortes de periódico, fotografías y otros variados recuerdos entre los que se encuentra su famoso testamento.

 Estos documentos son los que permitieron abrir una grieta en la desmemoria. Patricio Adúriz, Javier Ramos y el propio Luciano Castañón llevarán de nuevo el nombre de Rosario de Acuña a los titulares de la prensa. A ellos se unirá posteriormente José Bolado, promotor de una reedición de El padre Juan, y Daniel Palacio, quien publicará una esclarecedora investigación sobre la actividad montañera de doña Rosario. El mayor conocimiento que se va teniendo sobre esta gijonesa ejemplar, será una de las razones que impulsará al Ayuntamiento a comprar en los años ochenta la que fuera su casa en El Cervigón; también para que, tiempo después, aprobara denominar Paseo Rosario de Acuña a un tramo del sendero costero.

Cuando me empecé a interesar por ella, de esto hace ya más de veinte años, ya no era una desconocida, aunque aún quedaba mucho por conocer. En 2005 publiqué Rosario de Acuña en Asturias (anticipo de Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑)); en 2007 José Bolado da inicio a su inestimable edición de las Obras reunidas, donde recoge buena parte de su obra, que fue recopilando tras años de búsqueda. A estos trabajos siguieron otros, dentro y fuera de Asturias. A medida que iba conociendo más cosas sobre ella, me di cuenta de que, al tiempo que investigaba, era preciso divulgar cuanto descubría, de ahí que siguiera publicando nuevos libros, de ahí que en 2009 pusiera en marcha la página Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (www.rosariodeacuna.es ⇑), y el blog de comentarios que la complementa (⇑). La gijonesa de El Cervigón es cada vez más conocida. Además de la Asociación de Viudas de la República, que lo hizo en los años setenta a propuesta de Paz Fernández Felgueroso, su nombre quedó unido a un instituto de secundaria de la ciudad, a una agrupación coral femenina, a una escuela feminista…

No obstante, en los últimos años asomaron síntomas que parecían indicar que aquel impulso inicial iba perdiendo intensidad: no había ningún rastro del paseo con su nombre, su casa no tenía un uso conocido… De ahí que, ante la proximidad del centenario de su muerte, creí necesario avivar la llama. Hace ahora cuatro años se lo recordaba en un escrito a quienes, tras las elecciones de entonces, iban a integrar la corporación municipal; y en marzo del año pasado, gracias al interés y apoyo de Eloy Méndez, redactor jefe y responsable de la edición gijonesa de La Nueva España, inicié esta serie de artículos con el doble objetivo de mantener activado el aviso de la efemérides y de recordar quién fue esta ejemplar convecina. 

No sé si habrá tenido algo que ver la aparición durante los últimos catorce meses de estos escritos (treinta, contando con el que, a modo de introducción, estuvo dedicado a la estación de Gijón-Rosario de Acuña (⇑) y con este epílogo que los cierra), pero en este año del centenario de su muerte, tal parece que Rosario de Acuña ha recuperado protagonismo en la ciudad en la que quiso vivir y morir. Gracias a la red colaborativa impulsada por Goretti Avello, Adelina Lena y el resto del equipo de la Dirección General de Igualdad, han florecido diversas iniciativas. Tras el calendario y la agenda que habitualmente publican –y que este año están íntegramente dedicados a doña Rosario– han sido editadas también una Ruta cultural Rosario de Acuña y una unidad didáctica (ambas obra de Carmen Suárez), ha habido conferencias, exposiciones (la diseñada por el Fórum de Política Feminista continúa su periplo por diversos institutos gijoneses tras permanecer varias semanas en el Antiguo Instituto)…

Llegado el mes de mayo, el mes del centenario, los actos se suceden. El pasado miércoles en la remozada casa de El Cervigón se inauguró una exposición que pretende acercarnos a su testimonio vital, a su vida y a su obra; dos días después uno de los grupos de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Asturias (ESAD) estrenó en el teatro Jovellanos Rosario Reflejo de Acuña, un atractivo espectáculo dirigido por el profesor Francisco Pardo que, con un montaje sugerente y emotivo, de gran plasticidad y dinamismo, nos va mostrando los hitos más importantes de su biografía, recuperando su pensamiento librepensador y la vigencia de su lucha.

 De todas las actividades en las que, de una manera u otra, he colaborado en este tiempo, quizás las más esperanzadoras e ilusionantes sean aquellas que han tenido por protagonistas a los grupos más jóvenes de nuestra comunidad. Tal fue el caso del encuentro que mantuve con alumnas (la mayoría) y alumnos de la ESAD: querían conocer mejor a doña Rosario y sus intervenciones me demostraron que se habían metido de lleno en el personaje. Lo mismo me sucedió con el alumnado de sexto curso del Colegio Público Príncipe de Asturias: para mi sorpresa, mantuvieron su atención durante casi dos horas de reunión, realizando preguntas muy atinadas, tomando notas y siguiendo con detalle cuanto se decía. Lo dicho: esperanza e ilusión.

Mayo de 2023: mes del centenario, mes de elecciones… Toca pensar en el futuro ¿Qué hará la nueva corporación municipal con la Casa de Rosario de Acuña cuando finalice la exposición? ¿La mantendrá abierta y le dará un uso apropiado?, ¿la cerrará y pasará a estar, de nuevo, sin uso conocido? En cualquier caso, hagan lo que hagan al respecto, estoy convencido de que cada vez serán más los ojos que, al mirar aquella casa, recordarán con gratitud a la gijonesa que allí vivió: todo un ejemplo de honestidad, coherencia y generosidad para quienes aún seguimos en el camino. 

 

La Nueva España, edición de Gijón, 10 de mayo de 2023





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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12 junio

214. Su última confesión


Emblema teosófico (Sophia, Madrid, 1/1913)
Nació católica, pero no murió como tal; basta leer su testamento (⇑) para constatarlo. Mediada la treintena decidió enrolarse en el minoritario grupo de quienes en España defienden la libertad de conciencia y luchan contra la «casta sacerdotal» –a la que considera responsable de fomentar la superstición y el infantilismo religioso en el que está sumido el pueblo–, pero no por ello dejó de ser una persona con hondas convicciones religiosas. Sus escritos así lo atestiguan, por más que no resulte fácil calificarlas de forma estereotipada y simplificadora, por más que no puedan circunscribirse al ámbito de las religiones positivas, razón por la cual no faltará quien le requiera mayor concreción. Tal fue el caso de Consuelo Álvarez, Violeta, que la interpela en este sentido al poco de hacerse pública su adhesión a la causa del librepensamiento: «¿En qué consiste su fe? ¿Cuáles son aquellas creencias que por nada ni por nadie consentiría en perder?».

Aunque no lo haga de manera catequética, en algunos de los textos que publica por entonces asoman los primeros bosquejos de su credo. Por ellos sabemos que el suyo no es un «Dios chico, personal, ocupado en el trajín de penar culpas cometidas por sus propios hijos, Dios de minucias, administrador de premios y castigos; vengativo de peor condición que los padres y abuelos humanos; atareado, como maestro de lugar, en apuntar en la pizarra las picardigüelas de sus discípulos». También que no precisa de ningún lugar específico para rendirle homenaje, respeto y amor, pues hay uno en cada rincón:

Y cuando en mi ansia de obedecer y amar a Dios he ido, año tras año, peregrinando por montañas y costas, mil veces me arrodillé extasiada al alzarse ante mi vista sus majestuosos altares en los ventisqueros pirenaicos, en las crestas rocosas de las cimas cántabras o en las escolleras abruptas donde los torbellinos del mar cantan hosannas eternos… Y allí, en presencia de los grandes cuadros de la Naturaleza, donde todos los colores de la divina paleta trazan la armonía del mundo, mi alma, siempre arrodillada, siempre sumisa y piadosa, volvía sus anhelos a la divinidad desconocida y magnífica que, por decreto inescrutable, nos da ojos para ver, corazón para amar, conciencia para sentir y mente para analizar.

Sobre los escombros de la heredada cosmogonía católica (derruida tras los embates de su insatisfactoria etapa zaragozana, su frustrante experiencia matrimonial y la traumática pérdida de su querido padre), va construyendo una nueva con el «Dios de la Naturaleza» como principal soporte estructural. Cuando todo se derrumbó, cuando tuvo que replantearse la manera de entender el mundo, echó mano de su experiencia personal y en la divina naturaleza encontró el núcleo germinador: «el estudio de las leyes de la naturaleza es una oración clarividente al Sumo Hacedor. Conocer a Dios en su ser nos es imposible, admirarlo en sus obras es la obligación de toda alma racional».

Situada por propia voluntad al margen de las religiones positivas, su credo permanece en la penumbra de lo aparentemente inconcreto, por más que se entrevean algunos de los rasgos que lo pudieran bosquejar (panteísmo, deísmo, espiritualismo...). Sin acotaciones artificiales e interesadas, sin la mediación e influencia de las castas sacerdotales, sin el sometimiento a los rígidos códigos religiosos, ante sus ojos surge un amplísimo espacio en el cual todas las criaturas humanas pueden asomarse a la religión universal de la humanidad. Es su convencimiento de que todas las religiones tienen idéntico fundamento («la misma sagrada Verdad que las alumbró y engrandece a todas, al fundamentarlas sobre el AMOR AL PRÓJIMO») la razón que pudiera explicar la diversidad de sus conexiones religiosas, bien sean los círculos espiritistas surgidos en torno a Amalia Domingo Soler y el semanario  La Luz del Porvenir, donde sus escritos ocupan lugar destacado; sea un franciscano seglar (⇑) estudioso de la botánica y farmacéutico de profesión; o un misionero evangélico de origen inglés llamado Eduardo Turrall, avecindado en un pueblo leonés y que en Gijón pasaba los veranos en compañía de su familia.  

Mario Roso de Luna (Ahora, Madrid, 10/11/1931) Habrá que esperar hasta después de su muerte para que Carlos Lamo Jiménez – la persona que estuvo a su lado (⇑), día tras día, durante los últimos treinta y cinco años de su vida– haga pública la que podemos considerar su última confesión acerca de sus creencias religiosas. Lo hace en una carta que envía a Mario Roso de Luna, un ilustre personaje de trayectoria polifacética: doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Físico-Químicas, apasionado de la astronomía y la arqueología, periodista, miembro destacado del Ateneo de Madrid, masón, gran divulgador de la teosofía...  En 1923 es director-propietario de Hesperia, «Revista teosófica y poligráfica» que se edita en Madrid mensualmente. En el número correspondiente al mes de octubre de ese año se publica en lugar preferente un escrito titulado «Rosario de Acuña, teósofa».

Se incluyen en el mismo fragmentos de la carta enviada por Carlo Lamo. En uno de ellos afirma: «Sus escritos eran profundamente teosóficos, aun antes de conocer las doctrinas de H.P. Blavatsky [Helena Petrovna Blavatsky, considerada la iniciadora del movimiento teosófico moderno, tras participar en la fundación en 1875 de la Sociedad Teosófica] y sus conferencias y libros de usted». El propio Roso de Luna corrobora tal aseveración al afirmar que el párrafo final de su testamento es, en efecto, digno de un teósofo. No se conforma Carlos con lo ya apuntado y aporta nuevas evidencias. Afirma que algunos de los libros del señor Roso (cita expresamente los titulados Conferencias [Conferencias teosóficas en América del Sur], Hacia la Gnosis y En el umbral del misterio) «estaban desde hace muchos años a la cabecera de su cama sirviéndole en sus largos y dolorosos insomnios de consuelo, de estudio, de confianza en otra más justa vida para ella que la que en el ciclo de las suyas le tocó vivir ahora. Decía que constituía su biblia».

El eco de esta pública confesión acerca de su condición de teósofa –aunque fuera a título póstumo y realizada por otra persona– debió de perdurar en el tiempo, pues a finales de los sesenta del pasado siglo llega a oídos de Patricio Adúriz («Incluso hubo –así por las buenas– quienes la adscribían a la quiromancia, a la teosofía, al ocultismo...»), que la desestima tras realizar algunas indagaciones al respecto, y lo hace con un argumento que parece bien sólido. Resulta que en 1916 el señor Roso de Luna publica El tesoro de los Lagos de Somiedo, un libro escrito tras un viaje a la Asturias tenebrosa en el que se mezclan la leyenda, la mitología y el ocultismo; resulta también que en ninguna de sus varias centenares de páginas aparece el nombre de Rosario de Acuña. A la vista de lo cual, el señor Adúriz se pregunta en uno de los apartados de su extenso escrito (⇑) «¿cómo es posible que una tal autoridad en la materia no mencionase a tan ilustre dama ni, tan siquiera, la hubiese ido a visitar?». La pregunta resulta  a todas vistas pertinente y razonable, pues doña Rosario vivía por entonces en Gijón, localidad que el autor del libro visitó en aquel viaje; la respuesta no se hace esperar y resulta concluyente: «¡porque no existía afinidad alguna entre ellos!».

Fragmento del texto publicado en la revista Hesperia

Ahora sabemos que Adúriz no tenía todas las claves del asunto, pues, si bien es cierto que no se conocían, también lo es que doña Rosario comulgaba con la doctrina teosófica de don Mario, hasta el punto de que sus obras eran por ella consideradas como libros de cabecera, al decir de Carlos Lamo. Él será también quien nos aporte una explicación plausible a la inexistencia de comunicación entre ambos, lo cual no deja de resultar un tanto extraño pues sabemos que nuestra protagonista era muy dada a la correspondencia epistolar. Al respecto dice el buen discípulo que en más de una ocasión él la había instado a que le enviase una carta de adhesión, en la cual le manifestara lo que sentía por la doctrina teosófica. Ella, dolida como estaba por las vejaciones sufridas a lo largo de sus muchos años de lucha, por no haber recibido más que desaires y desprecios, aun por muchos de los que se decían sus correligionarios, «siempre me contestaba que no; que ella era demasiado insignificante, que usted ni la contestaría siquiera y que quería conservar la ilusión de que usted no era un hombre como los demás españoles».

Tras su muerte, Carlos no pudo menos que tomar la pluma para transmitir a Mario Roso la que bien pudiera considerarse la última confesión de Rosario de Acuña acerca de sus creencias religiosas. Además de lo ya afirmado respecto a la consideración como «su biblia» a los libros teosóficos, cuenta que en la noche anterior a su muerte estuvo leyendo uno de sus libros, dejó registro acerca de la lectura de la página 119 del primer tomo de Conferencias. Por si todo ello no fuera suficiente, cuenta que al abrir el departamento de sus originales, encima de todos ellos, para que se viera bien, encontró el siguiente soneto, el cual y en su opinión sintetiza muy bien el credo teosófico:

El día terminó; la noche llega;
he sentido, he pensado y he llorado;
amé y odié, pero jamás ha dado
asilo el alma a la pasión que ciega.

La fe en el porvenir mi ser anega;
constante y rudamente he trabajado;
sufrí el dolor con ánimo esforzado
y sembré mucho, sin hacer la siega.

Gané el descanso en la región ignota
donde reina la paz del sueño inerte;
pero la luz que de la muerte brota

y en ruta eterna sus destellos vierte,
será encendida en estación remota,
¡Tendré otro día al terminar la muerte!




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Cumple cuarenta años el primero de noviembre del año 1890 y ese parece el momento elegido para abandonar la lucha activa, para dar por concluida su campaña en Las Dominicales. Así lo había manifestado tiempo atrás («solo me quedan tres años...




Imagen del cuadro Muchacha en el jardín haciendo ramilletes, del pintor barroco Tomás Yepes138. Arreglos florales
¡La naturaleza!, o, como ella prefería escribirla, «Naturaleza», así con mayúscula, era la fuente de todas las bondades, de todos los bienes, de todas las bellezas. Y nos dejó páginas y páginas en las que describe...



Reproducción de la obra El parnaso (1811) de Andrea Appiani, Il parnaso (1811) - Galleria d'Arte Moderna, Milán53. A las puertas del Parnaso
La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra; una ópera de Wagner en el Real; teatro en la Comedia, en el Apolo, en el Martín...



Fragmento del artículo publicado en El Noroeste18. «Rosario de Acuña», por Fernando Dicenta
Fernando, hijo del dramaturgo Joaquín Dicenta, estudió Náutica en Gijón y en esa ciudad se afincó. En este artículo, escrito tras una de sus visitas a la casa del acantilado, nos describe sus impresiones acerca de aquella venerable...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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19 mayo

189. Rosario de Acuña, patrimonio colectivo...


Rosario de Acuña, patrimonio colectivo. La recuperación de su valioso testimonio vital

Charla pronunciada en el Club La Nueva España de Gijón el 6 de mayo de 2019 

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Buenas tardes

A finales de los sesenta del pasado siglo casi nadie en Gijón sabía quién era Rosario de Acuña. Según contaba por entonces el escritor Patricio Adúriz, muchos eran los que habitualmente utilizaban su nombre para referirse a un determinado lugar del litoral, pero pocos los que eran capaces de decir algo acerca de aquella desconocida mujer. Atraído por la curiosidad, un día se acercó hasta el cementerio de El Sucu para intentar localizar su tumba. Después de mucho buscar, nos cuenta lo que encontró:

Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción, en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.

Imagen con el título de la charla pronunciada el 6/5/2019

Aunque apenas habían pasado poco más de cuatro décadas desde su muerte, tan solo quedaba ese rastro: tres renglones en una sencilla lápida con pocos datos y alguno de ellos erróneo, como tiempo después sabremos. Aquellos cuarenta y tantos años transcurridos habían logrado acallar el eco de esta mujer, entonces casi olvidada, por mucho que antaño fuera bien conocida, por mucho que en las páginas de los periódicos y las revistas de su época, hubieran aparecido varios centenares de sus obras, bien fueran poesías, cartas, artículos o conferencias. En esas mismas páginas, que ahora amarilleaban en olvidadas estanterías de archivos y bibliotecas, se dio cuenta de algunos de los hechos más significados que le acontecieron a lo largo de su vida.


En 1876 la prensa informó ampliamente del éxito cosechado por Rienzi el tribuno (⇑), su primera obra dramática, que fue estrenada en un teatro madrileño cuando tan solo contaba veinticinco años de edad. Unos meses después también se hace eco de su boda con un joven militar, y de la obligada marcha a Zaragoza (⇑), ciudad a la que ha sido destinado su marido. Escribe poesías y artículos, estrena nuevos dramas, retorna a Madrid y se instala en una finca campestre situada a las afueras de Pinto, una pequeña localidad al sur de la capital. Tampoco pasó inadvertido otro hito importante en su biografía: Rosario de Acuña se convirtió en la primera mujer que había subido a la tribuna del Ateneo Científico y Literario de Madrid (⇑), la primera en haber sido invitada a recitar sus poesías desde aquel prestigioso estrado, que hasta entonces había estado completamente vetado a las mujeres, simplemente por el hecho de serlo. Se había convertido en una escritora reconocida y todo cuanto a ella se refería merecía la atención de la prensa.

Los elogios recibidos por buena parte de la crítica la habían situado a las mismas puertas del Parnaso nacional. Sin embargo, todo habrá de cambiar para ella. Ya en 1884 aparecen algunas noticias que van a poner de manifiesto los cambios que se estaban produciendo en su vida, como consecuencia del profundo proceso de reflexión que llevó a cabo tras la muerte de su querido padre y la separación definitiva de su marido. A finales de ese mismo año, cuando los universitarios madrileños se ponen en huelga en defensa de un profesor, a quien la prensa confesional y la jerarquía católica acusan de haber pronunciado un discurso herético en la lección inaugural del curso, Rosario de Acuña les brinda todo su apoyo (⇑), anunciando que, en el caso de que los estudiantes perdieran la matrícula de honor por encontrarse en huelga, ella costearía el pago de la de uno de ellos, de quien estuviera más adelantado en la carrera y contara con el mejor expediente académico. Unas semanas después hace pública una carta (⇑) en la que proclama su decisión de convertirse en una tenaz luchadora en defensa de la libertad de pensamiento, de la libertad de conciencia. La prometedora escritora, que tantas alabanzas había cosechado como dramaturga y poeta, abandona toda aspiración literaria para convertirse en una activa publicista.

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

A partir de ese momento y durante varios años, serán las páginas del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento la principal fuente de información acerca de la larga lucha que ha emprendido. En ellas se informa de su ingreso en la masonería, de su iniciación en la logia Constante Alona de Alicante. También de su participación en la ceremonia de inauguración del colegio-asilo, que el Gran Oriente de España abrirá en Getafe para huérfanos de masones. Y en varios números aparecidos en el verano de 1887, se facilita información pormenorizada de lo que le aconteció en un viaje por tierras de León, Asturias y Galicia (⇑), en una de sus habituales expediciones a caballo, que solía hacer cada año para recorrer durante varios meses la geografía patria. Pero aquella, gracias a las crónicas que enviaba al semanario, se convirtió en una prueba fehaciente de las pasiones que la sola mención de su nombre despertaba en los lugares que visitaba esta mujer, librepensadora y masona, que viajaba a lomos de un caballo. Durante su estancia en Luarca (⇑), los unos la agasajan, los otros le envían anónimos amenazantes. Camino de Tribes es seguida por un jinete; en Barco de Valdeorras, fue interrogada por el juez de primera instancia, pues hay una denuncia contra ella, la acusan de repartir proclamas revolucionarias, de instigar tenebrosos planes de levantamientos sociales…

Regida con mano firme desde el púlpito y los confesionarios, aquella España que tan bien decía conocer languidece alimentada por la ignorancia y las supersticiones. Era preciso, según su parecer profusamente publicado, acabar con el oscurantismo y la sinrazón; era ineludible que entrara luz a raudales y para ello, para regenerar su querida patria, nada se podría hacer sin contar con las mujeres. De ahí que ella hubiera asumido la tarea de combatir a los enemigos «de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre». De ahí que en muchas ocasiones, su mensaje estuviera destinado a las mujeres, a quienes consideraba sus compañeras (⇑), como manifiesta en alguno de sus escritos, donde afirma que «toda mujer que trabaja y piensa, lo es mía». Pues bien, en 1888 pronuncia dos conferencias en la sociedad madrileña Fomento de las Artes, que están dedicadas a las mujeres y a la importante misión que tienen asignada en la imprescindible regeneración de la sociedad. La segunda de ellas, titulada «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑) y publicada, como la anterior, en un número extraordinario de Las Dominicales, tuvo las repercusiones que cabía esperar por parte de la prensa confesional. Algún diario hubo que la tildó de pornográfica, incluyendo a su autora en ese grupo de «mujeres que en vez de estar en el hogar santo de la familia prestando culto a las virtudes domésticas, se salen a la plaza pública a vocear lo que llaman la emancipación de la mujer», a proclamar que «la mujer debe emanciparse de la religión, de la fe, de la oración, de la caridad, de la tranquilidad del hogar, de la autoridad patriarcal de su marido y de la ley».


Fragmento del texto de la conferencia publicada en Las Dominicales del Libre Pensamiento

Las críticas recibidas no consiguen que abandone la batalla, y en 1891 ya la encontramos dispuesta a estrenar El padre Juan (⇑), un drama en tres actos y en prosa concebido con una evidente voluntad proselitista, como bien se puede deducir del argumento: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Isabel y Ramón deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales, pero sus altruistas iniciativas chocan con la abierta oposición de sus convecinos, cuyas conciencias han sido corrompidas durante años por el perverso magisterio del cura, del padre Juan. Su apuesta es tan fuerte que no encuentra empresario que se quiera embarcar en tal aventura, así que no tiene más remedio que echar mano de sus ahorros y asumir todos los riesgos. Alquila un teatro, contrata a los actores, se encarga de los decorados y del vestuario, dirige los ensayos y consigue estrenar la obra. Pero esta primera representación se convierte también en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones que se producen la misma noche del estreno, prohíbe que la obra continúe en cartel.

Ninguna sorpresa, nada con lo que no hubiera ya contado. Cuando decidió dar aquel paso, cuando inició su campaña en Las Dominicales, ya suponía que aquel camino por el que se adentraba era estrecho y estaba orlado de precipicios: «Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas». Sabía que iba a ser una lucha intensa, sin cuartel, y que sus fuerzas se irían debilitando con el paso de los años. De ahí que ya hubiera pensado que no podría estar siempre en la primera línea de combate, de ahí que no tardara mucho en anunciar su intención de retirarse «para siempre del trabajo activo de la inteligencia» cuando cumpliese los cuarenta años, momento en el que, si pudiera, se marcharía para América del Sur. Sin embargo, no fueron las persecuciones, las amenazas, las denuncias o las prohibiciones gubernativas las que lograran aminorar la intensidad de su lucha. Fue la malaria (⇑).


Durante meses padeció los maliciosos efectos de unas fiebres palúdicas que la llevaron al borde la muerte. En aquel tiempo de horrible agonía solo pensaba en abandonarlo todo y correr a la orilla del océano para recuperar su salud. Tras haberlo intentado primero en tierras gallegas, será en Cantabria donde establezca su nueva residencia. Antes de que acabe el siglo la encontramos residiendo en Cueto, por entonces una pequeña localidad situada a algunos kilómetros de la capital. Con ella se encuentra su madre y Carlos Lamo, el hijo de unos correligionarios (⇑) que permanecerá a su lado hasta que la muerte acabe por separarlos. Será en este lugar, en una finca situada en las proximidades de la costa cántabra, donde decida ganarse la vida como avicultora. Y no le fue nada mal: en 1902 obtiene una Medalla de Planta en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebra en Madrid. Aquel premio supuso para ella una merecida recompensa al intenso trabajo que había dedicado a aquel proyecto, a las interminables jornadas que dedicaba a sus patos y gallinas, al riesgo económico que asumió, pues invirtió buena parte de sus ahorros en la compra de los mejores ejemplares, de la más moderna maquinaria. Fue todo un reconocimiento a su apuesta por el mestizaje de las razas. Gracias a los cruces realizados, había conseguido que sus gallinas fueran grandes ponedoras, razón por la cual los productos de su granja eran muy apreciados (⇑), tal y como ella misma contará tiempo después: «mandé ejemplares de aves y huevos a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias de España; en un solo año vendí catorce mil huevos para incubación».

Una muestra de su trabajo como avicultora

Aunque las labores de la granja ocupaban la mayor parte de sus largas jornadas, no por ello dejó de escribir. Tenía mucho que contar y sus escritos aparecieron con frecuencia en las páginas de El Cantábrico, casi siempre con afán divulgativo, para mejorar la vida de sus convecinos. Tal es el caso de las series de artículos que dedica a la avicultura o a la tuberculosis, una enfermedad que por entonces causaba estragos en el pueblo montañés. A las mujeres cántabras les ofrece la sección titulada Conversaciones femeninas (⇑), en la cual va reflexionando acerca de aquellos temas que considera pueden ser de su interés: la vida en la aldea, la infancia y la juventud, el trabajo, la enfermedad, el interés por aprender o la elaboración y venta de productos del campo: flor cortada, seda, miel, quesos, mantequilla, conservas de frutas y legumbres… A ellas también está destinada la conferencia titulada «La higiene en la familia obrera» (⇑), dentro del ciclo programado por la federación santanderina de la UGT, con el objetivo de mejorar la instrucción del proletariado.

Imagen de las publicaciones

Sus primeros años en Cantabria pasaron desapercibidos para la mayoría. Pero en 1902, al aparecer su nombre con cierta frecuencia en la prensa, la situación cambió. Tanto lo hizo, que su casera, al enterarse de quién era su inquilina y sintiendo «terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje», le dio un plazo de quince días para desalojarla. Tuvo que derribarlo todo, los gallineros, los cobertizos y el resto de las instalaciones. Tres mil pesetas perdidas: una parte importante de los beneficios obtenidos en varios años de duros trabajos. No se amilanó, sin embargo. Lo volvió a intentar en otra finca de Cueto y, más tarde, en Santa Cruz de Bezana. Será aquí donde se plantee abandonar definitivamente aquel proyecto, como consecuencia de las pérdidas ocasionadas por el robo de un buen lote de gallinas (⇑). Tras la muerte de su madre, ocurrida en 1905, parece que se toma un tiempo de reflexión. Las dudas se agolpan en su cabeza, pues está convencida de que los ladrones son vecinos suyos y que, además, están amparados por la complicidad y el silencio de la mayoría. Un año después desmantela la granja y, libre de las diarias obligaciones, aprovecha el tiempo para recorrer la preciosa tierra cántabra. Está pensando en una nueva mudanza (⇑).

En 1908 reside durante seis meses en Gijón, lo hace de forma discreta, «sin que nadie notase mi presencia». Aunque no le es desconocida, pues en ella pasó algunas temporadas en su juventud, tal parece que aquella estancia temporal tuviera por objetivo experimentar, de forma anticipada, cómo se encontraría en la ciudad si decidiera convertirse en una gijonesa más. La experiencia debió de resultar positiva, pues al año siguiente compra un terreno en El Cervigón, para construir allí la vivienda en la que habría de pasar los últimos años de su vida. Aunque en un primer momento pretende pasar inadvertida, pronto se dará cuenta de que no es posible, razón por la cual decide aproximarse a los sectores más liberales de la ciudad. No tarda en establecer contacto con los responsables del Ateneo Obrero, sociedad con la cual ya había colaborado en el pasado; sus escritos empiezan a aparecer en las páginas de El Noroeste; asiste a un mitin contra la política del gobierno de Maura que se celebra en la plaza de toros; participa en una manifestación por las calles gijonesas a favor de la denominada ley del Candado; y su palabra es escuchada en el teatro de los Campos Elíseos (⇑), por las más de tres mil personas que, según cuentan las crónicas, asisten a la ceremonia de inauguración de la primera escuela neutra que abre sus puertas en la ciudad.

Unos meses después de haber participado en este multitudinario acto, su nombre aparecerá, un día sí y otro también, en las páginas de la práctica totalidad de los periódicos y revistas que por entonces se publican en España. Resulta que a su apartada casa del litoral, llegó la noticia de la agresión a la que fue sometida una universitaria en la madrileña Universidad Central (⇑), cuando unos estudiantes que con ella compartían estudios, la rodearon a la salida de clase, «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Doña Rosario, ni corta ni perezosa, toma la pluma para condenar con toda la dureza de la que es capaz aquella tropelía. Utiliza palabras fuertes (⇑) como las que siguen: «Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas, la de la mujer y la del cura o el fraile, y de unos solos calzones, los del marido o querido, resultan con dos partes de hembra o, por lo menos, hermafroditas…». El destino de aquel escrito es el periódico El Internacional, que edita en París su amigo Luis Bonafoux (⇑). Es probable que, de no mediar otros intereses, su eco se hubiera pronto desvanecido, pero la aparición de una copia del mismo en un periódico barcelonés, desató las iras de los estudiantes de las diez universidades españolas, que no tardaron en ponerse en huelga, y que fueron intensificando sus protestas en las calles, hasta que consiguieron que la Fiscalía interpusiese una querella contra la escritora y se dictase una orden de búsqueda y captura contra ella, que bien hubiera dado con sus cansados huesos en la cárcel, de no haber huido a la vecina tierra portuguesa.

Algunas de las respuestas a la publicación de La jarca

Tras dos largos años en Portugal (⇑), regresa a la casa de El Cervigón más desilusionada, más cansada y con una merma importante en sus ya reducidos ahorros. Sus únicos ingresos son los de su pensión de viudedad: poco más de noventa pesetas mensuales. Quien tiempo atrás formó parte de lo que ella calificó como «alta burguesía», era ahora una anciana y menesterosa mujer, que por avatares de la vida (por opciones personales, sí, pero también por decisiones ajenas) se ha integrado en alguna sección de la extensa nómina de españoles que necesitan estirar sus reducidos ingresos para ir malviviendo. Aquella pudiente y sensibilizada mujer que en el pasado había enarbolado banderas de justicia y solidaridad en apoyo de sus hermanos proletarios, se encuentra ahora tan próxima a los desheredados, a los que sufren y padecen, que bien pudiera decirse que se siente una de ellos, con las mismas estrecheces, con esperanzas similares. Mantiene su admiración por Melquíades Álvarez y sus propuestas reformistas, pero, según sus propias palabras, es lectora habitual de El Socialista. Es ahí, en lo que por entonces se denomina «las izquierdas» (⇑), donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas. Tan próxima está, que en 1917 los responsables de Gobernación, acuciados por las noticias de una inminente convocatoria de huelga general, ordenan el registro de su vivienda, y lo hacen en dos ocasiones diferentes, convencidos como están de que en algún lugar de la finca, habrán de encontrar los pasquines que se estaban repartiendo en las fábricas, las proclamas revolucionarias.

Aunque no las encontraron, doña Rosario sigue en su punto de mira. Sus simpatías políticas eran conocidas; sus contactos con socialistas, reformistas y anarquistas, también; sus apelaciones a la «nueva era», que habría de llegar para acabar con la civilización que se derrumba, estaban en las páginas de los periódicos. Es firme partidaria de la confluencia estratégica de las fuerzas de izquierda, y no desaprovecha ocasión para exhortar a la unidad a cuantos luchan por la libertad y la causa proletaria: «¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!». Hasta su hipotecada vivienda del acantilado solían acercarse distinguidos reformistas, republicanos y socialistas (⇑). También los representantes de las organizaciones obreras locales quienes, desde su regreso del exilio portugués, tenían por costumbre realizar una gira hasta El Cervigón para compartir con ella la festividad del Primero de Mayo. No olvidan su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. La última visita (⇑) que realizaron tuvo lugar el martes 1 de mayo de 1923. Cuatro días después, una embolia cerebral acabó con la vida de su anfitriona, mientras trajinaba por la casa realizando tareas domésticas.

Fragmento de la primera página de El Noroeste en la cual se da cuenta de su fallecimiento

Cuando el director de El Noroeste, su amigo Antonio Oliveros, se dispone a dar cuenta de la noticia, se le hace saber que la voluntad de la finada es tajante al respecto: «Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento». No fue posible evitar, sin embargo, que la mala nueva se propagara de boca en boca por toda la ciudad y que al día siguiente, una plomiza y lluviosa mañana de domingo, fueran numerosas las personas que acudieron hasta El Cervigón para manifestar su admiración y respeto por quien fuera su ilustre convecina. Cuenta el cronista que «el cadáver, encerrado en un modesto féretro, con arreglo a las disposiciones testamentarias, fue sacado a hombros de obreros, que se disputaban este honroso tributo», y que «a pesar de la lluvia pertinaz y de todos los inconvenientes que ofrecía el tiempo, en extremo desapacible, el pueblo siguió hasta el cementerio el cadáver de doña Rosario que fue conducido a hombros», a lo largo de los varios kilómetros que separan su casa del cementerio civil.

Tras su muerte, llegó el momento de las alabanzas, llegó el momento de los homenajes. Las primeras en movilizarse fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unos días en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el ateneo madrileño el día treinta de ese mismo mes de mayo. Poco después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». Aunque así se hizo, aunque el plenario del Ayuntamiento aprobó por amplia mayoría dar su nombre al camino que va del Piles a la Providencia, el acuerdo tardó bastante tiempo en hacerse efectivo, por la oposición de quienes consideraban que la vía de acceso a la ermita no podía llevar el nombre de una hereje (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la ilustre librepensadora a una de las principales calles de la localidad. En Madrid, su ciudad natal, el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña, así como suena, sin la preposición «de».

Tiempo después, tras ser proclamada la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades comenzaron a remozarse, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos. Fue entonces cuando los responsables municipales de Gijón consiguieron que, por fin, la avenida que conduce a la ermita de la Providencia estuviera dedicada a una de sus vecinas más ilustres. Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora (⇑), y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana. También en Madrid. Otra vez en Madrid, pues en el mes de mayo de 1931, los nuevos gobernantes municipales decidieron que una de las calles próximas a la Casa de Campo, el hasta entonces denominado paseo de Los jesuitas, tomara el nombre de quien, durante tantos años, había luchado para que la luz de la razón se abriera paso en su querida patria.

Seguimiento en la prensa de la inauguración del colegio

El Gobierno de la República también quiso rendirle público homenaje, y decidió poner su nombre a uno de los dieciocho colegios que se construyeron en Madrid, dentro del ambicioso plan de construcciones escolares, diseñado con el objetivo de paliar la escasez de plazas existentes en los centros públicos. El 11 de febrero de 1933, el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, inauguró el grupo escolar Rosario de Acuña (⇑), situado en el paseo de Extremadura, en la calle España. Para que nada faltara, el día anterior se celebró en el Ateneo de Madrid una velada en su honor, en la que participaron Eduardo Barriobero, diputado del Partido Republicano Democrático Federal por el distrito de Oviedo, y Rodolfo Llopis, diputado del Partido Socialista Obrero Español, que lo era por el de Alicante.

A Regina Lamo Jiménez (la hermana de quien durante treinta y tantos años vivió al lado de doña Rosario, primero como sobrino de su madre, y luego como su propio sobrino), le hemos de adjudicar buena parte del mérito, pues fue ella, en mayor medida que su hermano Carlos, quien porfió para que su recuerdo no cayera en el olvido (⇑), llamando a cuantas puertas consideró necesario, visitando despachos, enviando cartas y peticiones o dirigiendo el patronato Rosario de Acuña, constituido con el objetivo de servir de soporte, de complementar la actividad educativa, incluso de «atender materialmente» a los alumnos del colegio, con la puesta en marcha de un dispensario infantil de asistencia médica y económica. Todo ello sin menoscabo del enaltecimiento de la mujer que da nombre al grupo escolar, a quien ella se refería como su tía. Será Regina quien también tome la iniciativa en lo que a la divulgación de las obras de doña Rosario se refiere. A finales de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones ECO, que publicará la colección La Novela Blanca, en cuyas dos primeras entregas se reeditan diversos escritos de su admirada amiga. En 1933 se hace cargo de la edición de Rosario de Acuña en la escuela. Cuentos y versos. Anunciado como «Tomo I», se convierte en tomo único, lo cual parece indicar que las dificultades encontradas frustraron el propósito inicial de aquella empresa. Si por falta de apoyos económicos no fue posible su continuidad en tiempos de paz, mucho menos lo sería durante la larga noche que siguió a los años más sangrientos.

Dos de la ediciones realizadas por Regina Lamo Jiménez

Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar, de ninguna de las maneras, que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Los vencedores de aquella sangrienta guerra no consentirían, en modo alguno, que hubiera un solo resquicio por el que se colara el recuerdo de quien, como ella hizo, había dedicado buena parte de su vida a luchar contra la jerarquía de aquella Iglesia, que habrá de convertirse en uno de los pilares ideológicos del nuevo Estado. Los ideólogos del naciente régimen no permitirían, en ningún caso, que su ejemplo pudiera distorsionar el modelo de esposa-madre virtuosa, soporte y refugio del varón, que tienen reservado para las mujeres. Ni lo podían tolerar ni lo consintieron: su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades (⇑), el madrileño grupo escolar Rosario de Acuña pasó a llamarse San José de Calasanz… Una espesa borrina fue ocultando su recuerdo. El miedo, el silencio y el paso del tiempo acabaron por arrinconar su memoria en el algún recóndito lugar del olvido. Tan eficaz fue el tratamiento empleado, que a finales de los sesenta casi nadie en Gijón sabía quién había sido. Muchos eran los que habitualmente utilizaban su nombre para referirse a un determinado lugar del litoral, pero pocos los que podía decir algo acerca de aquella desconocida mujer.

Lo que no pudieron evitar los guardianes del pensamiento único fue que, a pesar del tiempo transcurrido, hubiera quien consideraba que el testimonio de aquella mujer era tan valioso que bien merecía la pena intentar localizar el eco de su nombre, por muy acallado que estuviera. Tal era el caso de Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México, que había sido secretario adjunto de la Unión General de Trabajadores en los primeros años treinta y director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra Civil. Desde la lejanía, desde su exilio mexicano, utilizando la correspondencia como principal instrumento y gracias a varios colaboradores que le auxiliaban desde España, del Rosal va recopilando información acerca de aquella mujer que él había tenido la fortuna de conocer poco antes de su muerte, va reuniendo cuanto material tuviera con ella alguna relación, pues —según sus propias palabras— pretendía publicar un libro que pudiera «sacarla del olvido y darla a conocer a la juventud de hoy que tanto necesita de un ideario de libertad, de justicia y de humanismo, que son las tres palabras a las que Rosario de Acuña dedicó su vida...».


Mientras sus colaboradores en Madrid y en Barcelona buscan algunas de sus obras, el escritor Luciano Castañón localiza a una anciana mujer que en Roces rememora su etapa de librepensadora, republicana y amiga de doña Rosario, de la cual conservaba valiosos recuerdos. Cuenta entonces que su padre, que fue quien se la presentó en una conferencia, le mandaba leer todas sus obras. Y debió de leerlas con atención, pues aquella veinteañera se convirtió en una entusiasta discípula de la librepensadora de El Cervigón (⇑): suscriptora del semanario anticlerical El Motín, militante del Partido Republicano Federal y, tras la muerte de su admirada amiga, una de las promotoras del Comité Femenino Pro-Rosario de Acuña, que tenía por finalidad enaltecer su memoria. En los años de silencio de la posguerra, no faltaron nunca unas flores en su tumba. El uno de noviembre, aniversario de su nacimiento, y el cinco de mayo, el de su despedida, aquella fosa austera que albergaba los restos de quien habitara la casa de El Cervigón, aparecía coronada por un ramo de flores rojas. Allí habían estado Aquilina y su hermana Rosario, recordando a quien había sido su amiga y maestra.

A pesar de la diferencia de edad, Aquilina había mantenido una estrecha relación con doña Rosario, al menos en los últimos años de su vida. Sentía tanta admiración por ella que durante décadas atesoró recuerdos y más recuerdos hasta convertir su casa en un auténtico relicario: recortes de prensa con algunos de los artículos de su amiga o con escritos a ella dedicados; copias manuscritas que había realizado de algunas de sus poesías; alguna carta; varias fotografías, un ejemplar de El padre Juan… Toda esta colección de recuerdos le fue entregada en el año 1969 a Amaro del Rosal Díaz, quien la fue incrementando con nuevos materiales: más artículos de prensa, copias mecanografiadas de algunas obras, fotografías de la que había sido su casa…

Aquilina era la última posibilidad, el último eslabón al que se agarraron quienes querían saber algo más, quienes a finales de los sesenta se interesaban por conocer qué había tras aquel nombre, quién era aquella mujer de la cual tan solo quedaba un topónimo en el litoral, una sencilla lápida en el cementerio civil gijonés. Consiguieron localizarla cuando la ancianidad ya nublaba su memoria. Los escritos y los recuerdos que atesoró durante tanto tiempo sirvieron de base al reportaje de Patricio Adúriz, titulado «Rosario Acuña» (⇑), que el diario gijonés El Comercio publicó a lo largo de cinco entregas en la primavera de 1969; también documentaron el que Javier Ramos publicó en la revista Asturias Semanal en octubre de 1973 con el título «Rosario de Acuña: una mujer que se adelantó a su época»; y fueron el soporte en el que se apoyó Luciano Castañón para elaborar su «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña».


Gracias al impulso que vino de México, se había logrado evitar que la información atesorada durante tanto tiempo por Aquilina Rodríguez Arbesú se perdiera para siempre. No obstante, aún habrá que esperar hasta la década de los ochenta para constatar nuevos avances, propiciados, sin duda, por la mayor libertad que por entonces se respira en el ambiente. Su nombre ya se asocia con el de una tenaz defensora de los derechos de las mujeres, razón por la cual una sociedad de viudas, la que desde 1978 agrupa a las de quienes murieron por defender los valores republicanos, pasa a denominarse Asociación de Viudas de la República Rosario de Acuña. Es tal el interés por conocer a esta mujer, de quien se dice que fue una infatigable defensora de los más desfavorecidos y una tenaz defensora de la libertad de conciencia, que en un mismo día del año 1980 se programan dos conferencias que la tienen a ella por protagonista: organizada por la Asociación de Vecinos Jovellanos, Luciano Castañón pronuncia en el salón de actos de la Caja de Ahorros de Asturias la que lleva por título «Algunas referencias de Rosario de Acuña»; Enrique Dosal Quintana, por su parte, habla a los presentes en el Ateneo Jovellanos acerca del testamento de Rosario de Acuña y sus creencias. Es este buen momento para destacar la labor de difusión que por entonces lleva a cabo Luciano Castañón, quien, animado por el eco que despiertan sus entusiasmadas palabras acerca de la vida y obra de doña Rosario, no solo solicita una calle para la ilustre escritora en un artículo publicado en 1982, sino que, por fin, da a conocer en el Boletín del RIDEA su documentado trabajo titulado «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña», del que ya se ha hecho mención y en el cual se incluye la transcripción del testamento escrito por su mano, fehaciente testimonio de sus firmes convicciones. Otros trabajos se hacen públicos por entonces complementando la labor de Castañón: la profesora Sara Suárez Solís publica un estudio acerca de Rienzi el tribuno y el Ateneo Obrero de Gijón realiza una nueva edición de El padre Juan. Este creciente interés ciudadano por la recuperación de la figura de quien fuera una de las más ilustres vecinas de la ciudad, va a propiciar que en los inicios de 1988 y tras varios meses de negociaciones, el pleno del Ayuntamiento apruebe la compra de la que fuera su casa en El Cervigón, que por entonces se encuentra en estado ruinoso; también que, en el mes de mayo de 1990, se acuerde denominar paseo Rosario de Acuña al tramo que discurre entre el sanatorio Marítimo y la carretera de la Providencia.

Portada de la edición realizada por María del Carmen Simón Palmer
A medida que su nombre aparece una y otra vez en la prensa, aumenta el número de personas interesadas en conocer algo más sobre su vida. Es mucho aún lo que se ignora pero, gracias a lo que ya se ha ido contando, va creciendo en la ciudad un halo de simpatía hacia su figura, especialmente entre las mujeres. A propuesta de María José Marqués, responsable de la secretaría del instituto conocido por entonces como «número 9», la comunidad escolar del citado centro escolar aprobará, en el mes de junio de 1994, la presentación formal de una solicitud ante las autoridades competentes, para que su denominación oficial pasara a ser la de «Instituto Rosario de Acuña» (⇑). Cuatro años más tarde y por iniciativa de Yolanda Cueto, se va a crear en uno de los barrios de la ciudad un coro integrado en su totalidad por voces femeninas, al que decidieron poner el nombre de nuestra protagonista. Las razones de tal elección las explicarían sus responsables tiempo después: «Elegimos a Rosario de Acuña para dar nombre al coro porque fue una mujer luchadora y librepensadora: un ejemplo para nosotras que somos fieles a su memoria». Ella también fue una de las elegidas por María Teresa Álvarez para protagonizar uno de los documentales de la serie Mujeres de la historia, que fue emitido por Televisión Española en el verano de 1998. En cuanto a las publicaciones que vieron la luz en esta década, la de los años noventa, es preciso destacar además otro nombre de mujer, el de María del Carmen Simón Palmer, profesora de Investigación en el Instituto de Lengua Literatura y Antropología, organismo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ella será la responsable de una nueva edición de Rienzi el tribuno y El padre Juan, promovida por el Instituto de la Mujer; asimismo, de la obra Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio-bibliográfico, en cuyas páginas facilita detallada información sobre el paradero de un centenar de sus obras (⇑) (bibliotecas donde se encuentran, periódicos o revistas en cuyas páginas se publicaron...). Gracias a la amplia difusión que tienen estos dos trabajos en el ámbito académico, el proceso de recuperación de la figura de doña Rosario, que se había iniciado en Asturias al final de los años sesenta, recibirá un notable impulso: recupera espacio en las historias de la literatura que aparecieron desde entonces, aparece como tema de debate en algunos congresos especializados y se incrementa el número de artículos que se publican sobre ella.


Mi primera lectura de un escrito de Rosario de Acuña tuvo lugar hace ya unos cuantos años, cuando el siglo presente apenas había echado a andar. No lo buscaba, me lo encontré cuando andaba investigando acerca de la escuela neutra de Gijón. Fue en el archivo del padre Patac que se conserva en la biblioteca Jovellanos donde leí «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑), el texto del discurso que había pronunciado en la ceremonia de inauguración. A medida que lo iba leyendo se me fueron haciendo añicos las cuatro cosas que había oído acerca de aquella mujer. Salí de allí con una copia del discurso en la mano, también con la decidida voluntad de encontrar respuesta a las muchas preguntas que me planteó su lectura. Leí con avidez Las luces de la ciudad. Biografías gijonesas, de Luis Roda, y El cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, de José Bolado, dos libros aparecidos por entonces y que a ella dedicaban una parte de sus páginas. También, todo cuanto se había publicado con anterioridad. Con la lista de Simón Palmer como principal referencia, pedí copias de sus obras a la Biblioteca Nacional y a las de Ciudad Real, Zamora, Santander o León; a sociedades culturales como el Ateneo de Madrid, el Gabinete Literario de Las Palmas o el Ateneu Enciclopedic Popular de Barcelona; al instituto Gil y Carrasco de Ponferrada, en cuya biblioteca se conservaba alguno de sus dramas. Pasé tardes y tardes rastreando, microficha a microficha, cualquier información con ella relacionada que se hubiera publicado en la prensa asturiana del momento; revisé con atención revistas de Hispanoamérica que estaban depositadas en el Archivo de Indianos de Colombres, en cuyas páginas encontré referencias y alguno de sus escritos; en la biblioteca municipal de Santander pude consultar la edición digitalizada del periódico El Cantábrico y hacerme así con las copias de una buena relación de poesías y artículos que allí fueron publicadas. En cuanto avanzó la digitalización de la prensa histórica, ya no resultó imprescindible el desplazamiento para realizar la consulta, aunque no por ello la tarea dejó de ser laboriosa, pues en los inicios no todas las cabeceras estaban incluidas en los buscadores. Tal sucedió con la prensa alicantina, de gran interés para conocer todo lo relacionado con su presencia en la ciudad y con la ceremonia de su iniciación en la masonería. La consulta, día a día, de los ejemplares de La Unión Democrática publicados a lo largo de varios meses de 1886 me permitió obtener información de interés (⇑) y algunas obras más.

A medida que atesoraba escritos y datos, que llegaban hasta mí las informaciones que había solicitado a distintos archivos, que iba encontrando respuestas a los interrogantes que me había planteado, cobraba sentido la necesidad de abordar, de una vez por todas, un estudio biográfico lo más completo posible. No obstante y ya desde el principio, lo que me interesaba no era tanto el relato de su vida, como el diálogo intenso y abierto que ella estableció con aquella sociedad en la que le tocó vivir. Conocedor de este proyecto, en el año 2004 Francisco Alonso Llano, director por entonces del instituto que en Gijón lleva su nombre, me habló de su intención de publicar un libro sobre Rosario de Acuña, que se habría de entregar a los alumnos al finalizar sus estudios de Bachillerato, y me preguntó si estaba dispuesto. Tuve mis dudas, pues me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, representara una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando. Suponía todo un reto hacer posible este primer e inesperado trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo. El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias (⇑), un libro centrado en la etapa final de su vida, que se complementaba con la edición de veintinueve de sus escritos que fueron publicados en el diario gijonés El Noroeste.

Dos años más tarde, a comienzos de 2007, di por terminada la biografía en la que tanto tiempo llevaba trabajando. Se la llevé a Benito García Noriega de KRK Ediciones, con quien ya había publicado dos trabajos anteriores. Fue entonces cuando me enteré del proyecto de edición de las obras reunidas que le había presentado José Bolado. Me habló de que tenían pensado distribuirlas en cuatro volúmenes, agrupadas por géneros. ¡Vaya casualidad!, ambos trabajos fueron a parar casi al mismo tiempo a las manos de la misma persona. De hecho, convivieron en los ordenadores de la editorial durante un periodo indeterminado. Luego siguieron rumbos bien diferentes: las Obras reunidas (⇑), que iniciaron su publicación a los pocos meses, añadiendo finalmente un nuevo volumen a los cuatro inicialmente proyectados, convirtieron en inviable que la misma editorial se embarcase en la publicación de una nueva obra sobre Rosario de Acuña. Así que no me quedó más remedio que buscar otra alternativa. Tras varios intentos fallidos, tras varios meses de recibir negativas por parte de algunos responsables editoriales, para quienes la figura de doña Rosario les decía más bien poco, en 2009 me uní a otros tres socios para poner en marcha Zahorí Ediciones, una pequeña editorial que, a lo largo de sus cinco años de funcionamiento, publicó treinta obras de temática diversa, entre ellas Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), que fue presentada públicamente antes de que el año terminara.

Portada del libro «Rosario de Acuña y Villanueva.Una heterodoxa en la España del Concordato»
A lo largo de sus casi quinientas páginas, el libro intenta dar cumplida cuenta de los hechos más relevantes de su vida, sin olvidar el análisis del escenario en el que se desarrolla y poniendo especial atención al diálogo, continuo y reflexivo, que ella establece con la sociedad en la que vivió. Pero claro, aún hay algunos escritos sin localizar, aún hay algunas líneas de investigación abiertas, y de unos y de otras el libro, una vez publicado, ya no podrá dar cuenta.  Esa es la razón por la cual no tardo en tomar la decisión de adentrarme en un ámbito con mayores posibilidades de actualización, también de divulgación, el amplio espacio de la red de redes, de internet. Abro la página Rosario de Acuña y Villanueva. Vida y obra (⇑) y, algo más tarde, Rosario de Acuña. Comentarios, el blog que la complementa (⇑); escribo el capítulo a ella dedicado en el portal Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), que dirige el profesor José Luis Gómez Martínez, catedrático de la Universidad de Georgia; y, cuando se agota la edición en papel, subo su biografía a las plataformas Dialnet y Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en donde se puede consultar libremente su contenido.

La publicación de las Obras reunidas (⇑) supuso un hito de gran importancia en la recuperación de la palabra de Rosario de Acuña. Gracias al trabajo ímprobo de José Bolado, tenemos al alcance de la mano la mayor parte de los textos que doña Rosario dio a la imprenta a lo largo de casi cincuenta años. Con las Obras reunidas en formato papel, con su biografía disponible tanto en libro como en formato digital, con las incorporaciones que van apareciendo en la página web (⇑) de nuevos textos, que Bolado no pudo reunir, con los casi doscientos comentarios publicados en el blog, bien puede afirmarse que aquellas personas interesadas en conocer quién fue doña Rosario cuentan actualmente con la información necesaria. La documentación disponible ha facilitado que en los últimos años hayan visto la luz nuevas publicaciones sobre distintos aspectos de su biografía o de su obra: desde el año 2010 son más de una veintena las que aparecen reseñadas en la bibliografía recogida en la página web. Voy a mencionar aquí a tres de ellas: La primera es El crimen de la calle de Fuencarral (⇑). Su publicación en el año 2017 supone un buen ejemplo de todo cuanto llevo contado hasta aquí: años y años de seguir indicios, de preguntar aquí y allá, de consultar archivos y bibliotecas, tanto españolas como extranjeras, que en este caso –y no siempre es así–, tuvo un exitoso final que nos permitió rescatar del olvido, de recuperar para el patrimonio colectivo, esta obra suya que ya se daba por perdida. La segunda tiene por protagonista al profesor Sergio Sánchez Collantes, uno de los investigadores más cualificados en lo que respecta a la historia del republicanismo español, también en la relación de las mujeres con el espacio público. Y es ahí, en la confluencia de esos dos campos de estudio, donde se han producido sus reiterados encuentros. «El republicanismo libre de Rosario de Acuña (1850-1923): ni adjetivos, ni dogmas, ni rediles», fue su aportación al libro Activistas, militantes y propagandistas. Biografías en los márgenes de la cultura republicana (1868-1978), publicado hace poco más de un año. Y con la tercera referencia quiero destacar la importancia que ha tenido el trabajo colectivo en este largo proceso de recuperación. Se trata de Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923). Emoción y razón (⇑), una obra de reciente aparición que recoge siete estudios inéditos, de siete voces especializadas, que se unen con el objetivo común de contribuir a la divulgación de su valioso testimonio vital. Christine Arkinstall, Ana María Díaz Marcos, Elena Hernández Sandoica, Solange Hibbs-Lissorgues y María José Lacalzada de Mateo, profesoras de las universidades de Aukland, Connecticut, Autónoma de Madrid, Toulousse y Zaragoza respectivamente, analizan desde diferentes perspectivas su rica personalidad, su inspiración filosófica, la espiritualidad de su pensamiento, su universo masónico o su posición feminista en torno a la maternidad. Un análisis de sus poesías líricas, elaborado por Bolado, y el estudio que realizo acerca de las figuras de Acuña y su coetánea Emilia Pardo Bazán, completan este volumen colectivo.

A todas estas obras ya publicadas, habrá que añadir en los próximos días una más, pues la de Rosario de Acuña es una de las biografías que integran la colección Mujeres en la Historia (⇑) que edita el diario El País, compartiendo espacio con Isabel de Castilla, Simone de Beauvoir, Victoria Kent, Marie Curie o Cleopatra. Hace unos meses la coordinadora editorial del proyecto se puso en contacto conmigo para encargarme la obra, y será este próximo domingo cuando se ponga a la venta. Es de esperar que, a partir de entonces, se incremente en varios miles de personas el grupo, cada vez más numeroso, de quienes ya conocen quién fue la mujer que hoy aquí nos ha reunido.

Llegados a este punto, no parece arriesgado afirmar que, en el tema que nos ocupa, la situación ha cambiado notablemente. Aunque aún puedan aparecer nuevos documentos, nuevos estudios, nuevas obras; aunque desde hace unos meses cuento con nuevos documentos, con documentación fehaciente que habla de una obra de teatro hasta ahora desconocida que traspapelaron sus editores; de su negativa a aceptar la propuesta para dirigir una revista masónica de nueva creación, que le había formulado el vizconde de Ros, a la sazón Gran Comendador del Gran Oriente Nacional de España. Aunque, como es de desear, se vaya profundizando en todo lo que ya conocemos, creo que, a la vista de todo cuanto se ha contado hasta aquí, bien podemos afirmar que, poco a poco y gracias al esfuerzo de un grupo cada vez más numeroso, estamos consiguiendo, al fin, rescatarla del olvido. Cincuenta años después de que Patricio Adúriz se lamentara de que casi nadie sabía quién era Rosario de Acuña, contamos ahora con la posibilidad de seguir el eco cierto de su historia. Tenemos a nuestra disposición buena parte de su obra, ya sea en papel, en las Obras reunidas, ya sea en la pantalla, en Rosario de Acuña. Vida y obra. Dispone de espacio propio en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) y en la Biblioteca Nacional (⇑). Ha recuperado su presencia en los callejeros de las ciudades en las que pasó parte de su vida. Apenas hace unos meses que el Centro Dramático Nacional la ha situado de nuevo en el escenario con el estreno de la obra Rosario de Acuña. Ráfagas de huracán (⇑). Desde el año 2015 Pinto cuenta con un centro municipal que lleva su nombre, tras haber obtenido el mayor número de votos en una consulta popular (⇑), que a tal fin organizó el Ayuntamiento de esta localidad donde estuvo avecindada durante varios años. Hace tan solo unos meses que en Madrid, su ciudad natal, el centro sociocultural (⇑) sito en la calle María del Carmen, en el distrito de La Latina, pasó a denominarse Rosario de Acuña, recuperando así el nombre del colegio ubicado en este mismo edificio y que fue inaugurado por el presidente de la República el 11 de febrero de 1933.

Fragmento del escrito sobre la casa de Rosario de Acuña publicado en noviembre de 2018

¿Y qué decir de Gijón, la ciudad que ella eligió para que fuera su última morada? Pues creo que en los últimos tiempos ha perdido el protagonismo que tuvo años atrás, cuando aquí se dieron los primeros pasos para recuperar el testimonio vital de quien fue una de sus más ilustres vecinas. Para ejemplo, ahí tenemos su calle y su casa. Resulta que el 11 de mayo de 1990 el Ayuntamiento de Gijón decidió dar el nombre de Rosario de Acuña al tramo que va desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia. La referencia está tomada del libro Las calles de Gijón de Luis Miguel Piñera, gran conocedor de la historia local, y uno de los integrantes de ese grupo de investigadores que han seguido la estela que en la ciudad dejó doña Rosario, prueba de ello son los artículos que, con menor frecuencia de lo que habría sido deseable, ha escrito sobre ella. Lo que seguramente quien hoy es nuestro anfitrión no pudo siquiera imaginar, cuando nos facilitó el dato, es que fueran pocos, muy pocos, los que en la actualidad conocen la existencia de tal paseo, pues no habiendo ningún cartel, ninguna placa que así lo informe, la mayoría camina por él sin saberlo. En cuanto a la que fuera su vivienda en El Cervigón, ya di cuenta, en un largo escrito publicado hace apenas unos meses en el diario La Nueva España, de su preocupante retorno al olvido (⇑). La casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller, se ha convertido en un edificio que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido. Para intentar remediarlo, para evitar que siguiera siendo tan solo un punto en el litoral, un mojón de referencia, un topónimo más en la costa gijonesa, me atreví a plantear una propuesta en el escrito: que se convirtiese en una casa museo, un lugar en el cual, además de dar a conocer su valioso testimonio vital, se ubicara un centro de documentación del movimiento obrero y/o del movimiento feminista. De las consultas que se efectuaron tras la publicación del escrito a algunos grupos y sociedades, parece que la respuesta más utilizada tenía que ver con la lejanía de la casa. Ciertamente, como bien saben las numerosas personas que a diario caminan por el litoral gijonés, la distancia que separa el Ayuntamiento de aquella casa es de unos 3600 metros, aunque tal parece que desde hace ya algún tiempo, para algunos (y para algunas también), la casa de Rosario de Acuña está tan lejos que no son capaces de verla más que como un punto dibujado en la línea costera.

Dicho lo cual, también he decir que albergo la esperanza de que, tras las elecciones previstas para dentro de unos días, las cosas comiencen a cambiar. Espero y deseo que la nueva corporación municipal encuentre un destino adecuado para esta vivienda que cada Primero de Mayo, en los últimos de su vida, acogía a cuantos trabajadores hasta allí se acercaban para agradecer a aquella mujer su larga lucha por la libertad, su continuo batallar contra las injusticias, su tenaz apoyo a los más desfavorecidos. Espero y deseo que quienes integren el nuevo Ayuntamiento sean capaces de recuperar el protagonismo de tiempos pasados, de aprovechar la excepcional circunstancia que les brinda el calendario para consolidar la recuperación de su valioso testimonio vital e integrarlo en el patrimonio colectivo de la ciudad, pues resulta que casualmente el final de su mandato coincidirá con el centenario de la muerte de esta ejemplar luchadora.

Esperando que así sea, solo me queda agradecerles su presencia y la reconfortante atención con la que han seguido mis palabras.

Muchas gracias




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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