martes, 28 de julio de 2009

5. Galdós, el admirado



Fotografía de Galdós publicada por el semanario Pluma y lápiz (1903)Aunque desde sus primeras apariciones en la arena literaria, Rosario de Acuña dedicó vítores, aplausos y alabanzas a varios de los integrantes del Parnaso hispano (Bécquer (⇑), Echegaray (⇑), Calderón (⇑), Espronceda (⇑)Mesonero Romanos (⇑)...), creo que no yerro al atreverme a afirmar que fue Galdós su escritor más admirado.

Y no lo digo por decir, que pruebas hay que avalan mi afirmación. Sirva como primer ejemplo  el hecho de  que a la hora de poner nombre a uno de sus  gallos  echara mano del imaginario galdosiano y le llamara Pipaón (recordemos que por tal respondía un  personaje de Memorias de un cortesano de 1815, una de las novelas de la Segunda serie de los Episodios Nacionales que Galdós había publicado en 1875). Por cierto que el citado animal, no sé si por su contrastada habilidad gallística  o por haber recibido tan novelesco nombre, gozó en su momento de cierta fama pues su ama le dedicó, al menos, un artículo (⇑) y un poema (⇑).

No solo acudió a una de sus novelas para tomar  prestado el nombre de Pipaón y así  llamar a su  gallo zaragozano de maravillosa inteligencia y especialísimo carácter,  sino que también se fijó en otra, buena excusa ciertamente,  para hacer públicas sus alabanzas al escritor. Así empieza sus comentarios sobre El amigo Manso (⇑):

No le conozco ni de vista, pero le admiro, le venero como a un ingenio de primer orden. Pérez Galdós es la figura más grande de nuestra literatura contemporánea. Su nombre ha de figurar unido a los nombres que ilustran el siglo presente. Cada una de sus novelas es un monumento de gloria para él y para la patria que tiene la honra de llamarle hijo suyo.

¿A qué seguir?

Pero la admiración no se quedaba solo en asuntos literarios, sino que también  alcanzaba a los asuntos ideológicos, a la política que defendía el escritor-diputado canario. Doña Rosario lo aplaudía y apoyaba en cuanto la ocasión así lo requiriese. Sirva de ejemplo la carta que le envió en el mes de octubre de 1909.
Dice así:

Excmo. Sr. D. Benito Pérez Galdós.
Respetable maestro:

He leído y meditado durante varios días su noble y valiente manifiesto al país; contesto el párrafo suyo que dice:

«Me lanzo a esta temeraria invocación esperando que a ella respondan todos los españoles de juicio sereno y gallarda voluntad, sin distinción de partidos, sin distinción de doctrinas y afectos, siempre que entre éstos resplandezca el amor a la patria, así los que hacen vida pública como los que viven apartados de ella»   

Aunque a juicio mío, hace mucho tiempo somos el ratón que tiene el leopardo inglés entre sus garras, destinados irremisiblemente –por ser nación sin virilidad ni cultura– a colonia protegida del sajón, mi alma latina se revela contra toda desesperanza y aun imagino posible un retorno a la personalidad ibérica, aunque para ello fuese preciso nadar en sangre.

Por mi patria y por mi raza, por la justicia y por la humanidad, los grandes soles de que son satélites las almas conscientes, le ofrezco a usted mi vida y mi alma: mándeme hacer lo que sea preciso; si mi viejo cuerpo sirve para ser acribillado, dígame dónde he de ponerme; si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame dónde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y de racional.

Quedo a sus órdenes su atenta lectora.

Rosario de Acuña y Villanueva
Santander, octubre 1909



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