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25 diciembre

68. Noticia sobre el destino de una parte de su biblioteca


El pago de los intereses de la hipoteca con que está gravada la casa de El Cervigón fuerza a Carlos Lamo a poner a la venta la nutrida biblioteca de Rosario de Acuña. En esa tesitura, prefiere que sea una sociedad cultural gijonesa la destinataria del legado. Así fue como en 1924 la recién creada Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla se hace con una parte los volúmenes atesorados a lo largo de los años, tal y como se recoge en la crónica de la inauguración de la citada sociedad:

En el local que ocupa en la Casa de Nava, se celebró ayer a las siete y media de la tarde, la inauguración de la nueva Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla, instalada allí por los animosos elementos del barrio alto, que no desmayaron en sus gestiones hasta ver colmada una de las más vivas aspiraciones de aquellas gentes buenas y sencillas, deseosas de incorporarse al movimiento cultural latente en un núcleo de nuestra juventud.

El local se hallaba atestado de gente, marineros en su mayoría, pues casi todos vestían el típico traje de mahón.

En la presidencia se sentaron el presidente de la nueva sociedad, don Luis Sánchez, el secretario, don Luis Fernández del Corral; el doctor don José María Gutiérrez Barreal; el abogado don Carlos de Lamo y el digno maestro de Primera enseñanza don José Trabanco García, al cual se rendía un homenaje como premio a sus cincuenta años de incesante y fructífera labor pedagógica.

[...]

A continuación, nuestro querido amigo don Carlos Lamo, dio lectura a unas cuartillas en la que, con vigoroso estilo, recordó los rasgos espirituales de doña Rosario de Acuña, aquella mujer que estuvo siempre tan cerca de las gentes humildes y supo sentir como propias las vicisitudes y las adversidades de los trabajadores todos y, principalmente, de los trabajadores de la mar.

Hizo resaltar el señor Lamo en su trabajo la trascendencia que encierra el hecho de que la biblioteca de aquella gran mujer fuese a para a un lugar que tan bien se asocia a la ideología de redención espiritual de los humildes que animó a doña Rosario en todos sus actos. Por último el señor Lamo indicó la conveniencia de gestionar la biblioteca de Jovellanos, aquel hombre que amó tanto a Asturias y a Gijón, como a la virtud y a la verdad, en vez de correr el riesgo de perecer, tal vez abandonada, fuese utilizada para difundir la cultura entre los hombres sanos de pensamiento que van a comenzar una nueva vida siguiendo la de la Sociedad inaugurada ayer.


Pues bien, como quiera que en 1928 la citada sociedad publicó un folleto en el cual, entre otras cosas, se incluye el catálogo de su Biblioteca Circulante, es de suponer que entre las cerca de setecientas referencias allí incluidas se encontrarían las de aquellos que la sociedad había comprado a Carlos Lamo cuatro años antes. Sólo hay que encontrarlos. Veamos: los libros aparecen ordenados alfabéticamente por el apellido de su autor, lo cual, ciertamente, no nos aclara gran cosa. Mayor interés adquiere para nosotros el número de registro que se asigna a cada título, pues cabe pensar que aquellos que componían el lote comprado al heredero de la escritora debieron de ser anotados correlativamente. Una vez ordenados los títulos por este concepto encontramos bloques de volúmenes en número variable que mantienen el orden alfabético de autor de forma más o menos rigurosa. Uno de ellos, el que comienza en el número 295 y termina en el 422, contiene autores que coinciden con algunos de los citados por Rosario de Acuña en diversos artículos, además de otros con títulos de temática muy querida para ella, como la Agricultura, la Gramática Francesa, la Historia Natural o la Geografía. Allí están, en efecto, Modesto Lafuente, César Cantú, Charles Darwin… y, a su lado, Pascual Madoz (Diccionario Geográfico de España), Emilio Castelar (Historia de las clases trabajadoras), Victoriano Garrido y Escuín (La cárcel o el manicomio, con prólogo del doctor Esquerdo ⇑), Edmundo de Amicis o el filósofo fray Ceferino González, citado por ella en más de una ocasión. Las referencias apuntan a que, probablemente, estos 129 volúmenes, entre los que no hay ninguna obra literaria, sean aquellos procedentes de su biblioteca que fueron comprados por la Sociedad de Cultura e Higiene. Es probable que más adelante la misma entidad adquiriese a Carlos Lamo algunas obras más, pues aún se conserva en la biblioteca Jovellanos (lugar donde fueron depositados todos los libros de la Sociedad a la terminación de la Guerra), un volumen de aquel fondo del que sí sabemos con certeza que perteneció a la escritora. 

 Dedicatoria que aparece en el libro El curiosos parlante que se conserva en la Biblioteca Jovellanos de Gijón

Se trata del que lleva por título ¡El curioso parlante!... , álbum que reunió y publicó Sebastián López Arrojo en homenaje a su suegro Ramón Mesonero Romanos y en el que se incluyó un artículo de doña Rosario: en dicho ejemplar consta la siguiente dedicatoria manuscrita: «A la Sra. Dª Rosario de Acuña. s.s.s. y afmo. amº. S. López Arrojo. Junio de 1889», que confirma la titularidad del ejemplar registrado con el número 511 en el catálogo al que me estoy refiriendo.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 16-7-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 julio

5. Galdós, el admirado



Fotografía de Galdós publicada por el semanario Pluma y lápiz (1903)Aunque desde sus primeras apariciones en la arena literaria, Rosario de Acuña dedicó vítores, aplausos y alabanzas a varios de los integrantes del Parnaso hispano (Bécquer (⇑), Echegaray (⇑), Calderón (⇑), Espronceda (⇑),  Mesonero Romanos (⇑)...), creo que no yerro al atreverme a afirmar que fue Galdós su escritor más admirado.

Y no lo digo por decir, que pruebas hay que avalan mi afirmación. Sirva como primer ejemplo  el hecho de  que a la hora de poner nombre a uno de sus  gallos  echara mano del imaginario galdosiano y le llamara Pipaón (recordemos que por tal respondía un  personaje de Memorias de un cortesano de 1815, una de las novelas de la Segunda serie de los Episodios Nacionales que Galdós había publicado en 1875). Por cierto que el citado animal, no sé si por su contrastada habilidad gallística  o por haber recibido tan novelesco nombre, gozó en su momento de cierta fama pues su ama le dedicó, al menos, un artículo (⇑) y un poema (⇑).

No solo acudió a una de sus novelas para tomar  prestado el nombre de Pipaón y así  llamar a su  gallo zaragozano de maravillosa inteligencia y especialísimo carácter,  sino que también se fijó en otra, buena excusa ciertamente,  para hacer públicas sus alabanzas al escritor. Así empieza sus comentarios sobre El amigo Manso (⇑):

No le conozco ni de vista, pero le admiro, le venero como a un ingenio de primer orden. Pérez Galdós es la figura más grande de nuestra literatura contemporánea. Su nombre ha de figurar unido a los nombres que ilustran el siglo presente. Cada una de sus novelas es un monumento de gloria para él y para la patria que tiene la honra de llamarle hijo suyo.

¿A qué seguir?

Pero la admiración no se quedaba solo en asuntos literarios, sino que también  alcanzaba a los asuntos ideológicos, a la política que defendía el escritor-diputado canario. Doña Rosario lo aplaudía y apoyaba en cuanto la ocasión así lo requiriese. Sirva de ejemplo la carta que le envió en el mes de octubre de 1909.
Dice así:

Excmo. Sr. D. Benito Pérez Galdós.
Respetable maestro:

He leído y meditado durante varios días su noble y valiente manifiesto al país; contesto el párrafo suyo que dice:

Me lanzo a esta temeraria invocación esperando que a ella respondan todos los españoles de juicio sereno y gallarda voluntad, sin distinción de partidos, sin distinción de doctrinas y afectos, siempre que entre éstos resplandezca el amor a la patria, así los que hacen vida pública como los que viven apartados de ella» 

Aunque a juicio mío, hace mucho tiempo somos el ratón que tiene el leopardo inglés entre sus garras, destinados irremisiblemente –por ser nación sin virilidad ni cultura– a colonia protegida del sajón, mi alma latina se revela contra toda desesperanza y aun imagino posible un retorno a la personalidad ibérica, aunque para ello fuese preciso nadar en sangre.

Por mi patria y por mi raza, por la justicia y por la humanidad, los grandes soles de que son satélites las almas conscientes, le ofrezco a usted mi vida y mi alma: mándeme hacer lo que sea preciso; si mi viejo cuerpo sirve para ser acribillado, dígame dónde he de ponerme; si mi palabra escrita vale para fustigar la cobardía de las masas, dígame dónde he de escribir. Allí donde me mande sabré trabajar, sufrir y morir, como me lo ordena mi condición de española y de racional.

Quedo a sus órdenes su atenta lectora.

Rosario de Acuña y Villanueva
Santander, octubre 1909



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