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viernes, 29 de abril de 2016

109. Ni mujer ni española



Todavía resuenan los ecos de aquella avalancha de críticas que recibió cuando El Progreso publicó «La jarca de la universidad (⇑)». La inmensa mayoría de periódicos españoles, aun los de tirada más reducida, dedicaron algún comentario casi siempre crítico, cuando no despectivo, a la opinión expresada por doña Rosario en aquel artículo. Cierto es que el tono empleado era muy duro, pero –como bien ha señalado Elena Hernández Sandoica en una reciente conferencia (⇑)–, no muy diferente al utilizado en ocasiones anteriores. Pero claro, aquel era un episodio más de la guerra ideológica que se estaba librando en España desde tiempo atrás y a la señora de Acuña, tras el escándalo producido por aquellas sus palabras, por aquellas sus opiniones,  no le quedó otra que huir a Portugal a la espera de que amainase la tormenta. Prevenida debía de estar pues cuando  hizo pública su adhesión al librepensamiento (⇑) a finales de 1884 ya barruntaba  que florecerían enemigos por doquier:

Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos.

La de la jarca fue la más sonada, pero no fue la única. Años después, apenas recuperada la calma tras el exilio portugués y sufriendo las consecuencias que aquella obligada estancia supusieron para su ya mermada economía, vuelve a sufrir en sus carnes ya envejecidas la punzada de quien, respondiendo a otro de sus artículos, le niega patria y condición: «Ni mujer ni española»


En su edición correspondiente al 20 de agosto de 1918 el periódico Diario de Galicia, editado en Santiago de Compostela e integrante de la denominada «buena prensa» como distintivo diferenciador de aquella otra calificada de «liberal e impía», comienza recordando a sus lectores la polémica de 1911:

Acuña, la «radicala» desaprensiva, tuvo un día la osadía de agraviar a la mujer gallega, intentando manchar su honra con el veneno viperino de su pluma corrompida.
Entonces nos mereció el más absoluto desprecio, porque el perfume de las virtudes que la mujer gallega atesora, nos impidió percibir el hedor de la ciénaga que desde Barcelona nos enviaba sus emanaciones pútridas. 

Avisados sus lectores de quién es la «radicala» en cuestión, el Diario de Galicia entra de lleno en el asunto, que no es otro que el de la posible acogida en  España de la familia del zar Nicolás II, acerca de la cual doña Rosario de Acuña había escrito un artículo que con el título «Ahí estamos (⇑)» fue publicado en El País el 27 de agosto. Allí la radicala decía cosas como las siguientes:

Las mujeres tenemos el derecho al cadalso. Nos lo otorgó: primero, la Naturaleza al hacernos pensantes, sintientes y hacientes (ahí van dos verbos anormalizados que no pueden chocar mucho, ahora que nuestro idioma se está haciendo híbrido a fuerza de vocablos estrepitosos); segundo, nos lo confirmó la Revolución Francesa, donde hombres y mujeres subían a la guillotina tan campantes; tercero, las mujeres de las familias reinantes son coautoras, cuando no autoras responsables ante la historia humana, de todo cuanto hicieron durante su reinado.

Y a lo que parece aquella posición no era muy del agrado del diario santiagués, y menos viniendo de una mujer:

¡Parece increíble que el cerebro donde tales ideas se elaboran, esté regado por un corazón de mujer y sean vertidas en la tierra clásica de la hidalguía...! Si bien la Acuña, ni es mujer más que fisiológicamente, ni española, porque no desperdicia ocasión de escarnecer la patria generosa en que nació. Transcribe –con cierta libertad, pues no lo hace literalmente– algunas frases del artículo en cuestión hasta que el ofendido redactor empieza a sentir ciertos trastornos estomacales «¡Repugnante hasta provocar náuseas! No copiamos más, para no producírselas al lector». De tripas hace corazón, al menos hasta que la pluma de cumplida condena a lo que considera un acto deplorable, mucho más por tratarse de una mujer.

Si éste es una mujer, la ausencia del movimiento compasivo raya en lo inconcebible. El alma femenina, ante todo y sobre todo, es sentimiento; o deja la mujer de serlo para convertirse en algo monstruoso incompatible el normal funcionamiento de los órganos psíquicos.

A esto ha llegado la Acuña en este límite máximo de su ferocidad ácrata.

Denunciada la atroz falta cometida, sólo queda solicitar la pena consiguiente:

Afortunadamente se trata –concluye– de un ejemplar esporádico y singularísimo que lleva sobre sí la execración y el absoluto desprecio de la gente honrada, acompañado de esa compasión que no acierta a sentir la autora del exabrupto, para la cual solo desea la reclusión  en una casa de salud y que Dios le dispense su misericordia.

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