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lunes, 24 de diciembre de 2018

181. Maternidad


Maternidad, Pierre Augusto Renoir, Museo d´Orsay, París
Luchó con todas sus fuerzas para acabar con las ataduras que sometían a la mujer; combatió sin tregua las teorías que pretendían justificar el secundario papel que la sociedad había asignado a las mujeres en razón de una supuesta menor capacidad intelectual; denunció con tesón aquel reparto injusto que otorgaba preeminencia al varón y «la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer»; animó sin descanso a las mujeres, a sus compañeras («pues toda mujer que trabaja y piensa lo es mía»), para que asumieran sin complejos todo el protagonismo en la imprescindible regeneración patria; atacó con tesón el soporte ideológico que la iglesia católica había suministrado durante siglos a la sociedad patriarcal, la secular colaboración del confesionario en el sometimiento de la mujer («Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre...»);  alertó del peligro que suponía prestar oídos a los aduladores de halago fácil y a los falsos salvadores («¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería!»)...

No rehuyó el combate frente a los creadores de opinión, frente a quienes utilizaban la tribuna, el púlpito o el escaño para defender la secular primacía del varón. Puso su palabra y su pluma al servicio del engrandecimiento de la mujer («por y para la mujer, he aquí mi emblema: he aquí en lo único que me permito tener egoísmo, porque, ¿quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer?»). En primera línea de batalla la encontraron quienes pretendían conservar sus ancestrales prerrogativas:

Y vosotros, los adalides del harén o del gineceo, que pretendéis para la mujer el yugo de la bestia; vosotros que queréis cerrarla todas las puertas del progreso, dándola para su trabajo una rueca, para su placer vuestra sensualidad, para su fin la multiplicada gestación de vuestros hijos; vosotros, que intentáis hipertrofiar su inteligencia con el vaho de la cocina doméstica, y encallecer su corazón con el apartamiento de las cuestiones científico-sociales; vosotros, los que pregonáis al sol de la trompeta de vuestro amor propio, que la mujer es un puñado de células nerviosas, que solamente pueden vibrar en el lecho nupcial o en el parto o en el trabajo de la lactancia…

En primera línea de batalla, defendiendo su abolición (véase el comentario 90. La ramera ⇑),  la encontraron  «los hábiles gimnastas de la vida, que, en equilibrio constante sobre la sólida maroma de su egoísmo, dominan, con benévola sonrisa, la pública opinión» y presentan la prostitución como vicio preciso, como necesidad de la naturaleza o como mal que evita mayores males...

Y al hallar a la ramera más que culpable desgraciada, ¿cómo no revolverse contra el llamado fuerte, contra el hombre, y arrojar a su frente, manchada con pensamientos repugnantes, un anatema tremendo? ¡Fuerte! ¿Para qué? ¿Para someter a la debilidad?

En primera línea de batalla la encontraron también aquellos estudiantes que, incapaces de soportar lo que algunas mujeres a base de mucho esfuerzo estaban logrando, agredieron a unas universitarias a las mismas puertas de la universidad Central a la que habían osado acudir para recibir la misma formación que sus compañeros varones. Aquel grupo de agresores, rodearon a una de ellas «vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra». Cuando aquella noticia llegó hasta su casa gijonesa, doña Rosario no lo dudó, cogió su pluma y se despachó a gusto:

¡Ahí es nada!, ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales. ¿Qué les quedaría que hacer a aquellas pobres chicas?... digo pobres chicos... si las mujeres van a las cátedras, a las academias, a los ateneos y llegan a saber otra cosa que limpiar los orinales, restregarse contra los clérigos, y hacer a sus consortes cabrones y ladrones, para lucir ellas las zarandajas de las modas...?

Allí, en la primera línea de la batalla, recibió insultos e improperios, padeció persecuciones y procesamientos (también el exilio ⇑)... Todo por un objetivo: que las mujeres piensen por sí mismas y consigan liberarse de la pesada losa que las ha mantenido oprimidas durante siglos. La liberación de la mujer tan solo tiene un límite para ella: el mandato de la naturaleza, la maternidad. «Las solteras y las viudas hagan lo que quieran; las madres no pueden ser otra cosa que madres». La madre humana, al igual que el resto de las madres, debe supeditar cualquier cosa al cumplimiento de la misión encomendada. Son numerosos los textos en los que describe las muestras de amor con que obsequian las madres de las distintas especies a sus pequeñuelos: la mujer, en cuanto madre, no debe hacer menos, debe seguir el mandato de la Naturaleza y entregarse por entero a la tarea de prolongar la vida con el fruto de sus entrañas.  La lucha por la eliminación de toda traba que impida a la mujer su desarrollo como persona tiene, pues, para Rosario de Acuña y Villanueva una sola limitación: las obligaciones que a las madres impone la Naturaleza. Es probable que esta supeditación de la mujer a las obligaciones maternales, sin apenas matices, sea también deudora de una cierta sublimación de la maternidad por quien queriendo ser madre no lo fue:

No tuvimos hijos. Al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. Cuando desplegué mi atención para conocer a mis contemporáneos me estremecí de espanto al suponer que, acaso yo, habría tenido hijos como multitud de hijos de otras madres ¡Ah! ¡No! ¡Bien muertos están los senos de mis entrañas si hubieran de tener hijos decrépitos en su juventud, pueriles en sus orgullos, viciosos en sus costumbres; con los cerebros resquebrajados por herencias alcohólicas o sifilíticas; pingajos de carne macilenta donde fluctuara un espíritu indeterminado, tocado de los delirios de las falsas grandezas, sin más ideales que un libro de cheques, un sibaritismo principesco o una insultadora procacidad para conservar todas las menudencias de la vida!...

Sobre maternidad y naturaleza, sobre las madres de todas las especies trató en algunos de sus escritos. En Ni instinto ni entendimiento (⇑) describe con todo detalle el comportamiento de algunas madres de diferentes especies animales a las que escudriñó en más de una ocasión en el Jardín de Aclimatación situado a las afueras de París. Resalta el comportamiento de las madres monas a la hora de alimentar a sus crías. No puede resistir la tentación de compararlo con el de algunas madres humanas que observó en sus expediciones a lo largo de las tierras de España: «vi dar a niños de tres meses sopas hechas con chorizo [...] meter en la garganta de otros rorros bolas de jamón crudo y de patata cocida mascadas antes por la madre [...] cómo atascaban la boquita de otros niños con galletas mojadas en vino [...] a otros he visto darles castañas, almejas y percebes...».  La ausencia de entendimiento, la incultura, suponían un grave impedimento para que algunas madres racionales consiguieran superar las maravillas del instinto animal.

Si en el asunto de la alimentación de los pequeños el panorama no resultaba muy alentador, qué decir del horror que de tanto en tanto se asomaba a las páginas de sucesos de los periódicos dando cuenta de algunos macabros infanticidios. Rosario de Acuña reflexiona acerca de estas atrocidades en Las madres (⇑), un proyecto de libro que, según parece, no llegó a ser y del que tan solo conservamos algunos fragmentos. Para ella, aquellas muertes son todo un síntoma,  una manifestación más de la profunda hipocresía que anidaba en aquella España dominada por el oscurantismo:  «¡Oh! ¡Las madres!, ¡las madres humanas... y cristianas! ¡Qué edificantes!, ¡qué sublimes!, bien cuando queman o despedazan a sus hijos, bien cuando rellenan las inclusas a los nueve meses del carnaval, o a los nueve meses de la feria del pueblo».

Queda mucho por hacer, mucho atraso e incultura que vencer. La mujer es la víctima propiciatoria de los vacíos convencionalismos, las hueras normas, las apariencias vanas y los comportamientos fatuos con que se nutre esa sociedad; es la primera damnificada de la ignorancia y la superstición que invade la vida patria. Es preciso conseguir que las madres preparen el camino a las nuevas generaciones para que puedan formarse con planteamientos bien diferentes a los que han originado aquella sociedad decadente: en un nuevo ambiente, con una nueva formación, los hombres y mujeres del mañana habrán de ser diferentes.

¡Mujeres, mujeres futuras!, ¡solo madres!, ¡salud! ¡Salve a vuestra majestad, a vuestra libertad, a vuestra consciente mayoría de edad en las décadas de los siglos, a vuestra liberación del macho, que afirmará sobre el planeta la evolución del racionalismo en sus más culminantes alturas! 


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