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09 septiembre

196. El exitoso estreno de Rienzi


Cartel del estreno de Rienzi el tribuno en La Coruña. Archivo Rosario de Acuña, Biblioteca Historica Municipal de Madrid
«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después del exitoso estreno de Rienzi el tribuno en el madrileño teatro del Circo. La autora tiene veinticinco años y un aspecto que no debía de ser muy diferente del que muestra el grabado que ilustra este comentario, pues fue publicado por entonces. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon las opiniones de buena parte de los críticos. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil (⇑); eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a esta joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.

Grabado de J. A. Camacho, incluido en su poemario Ecos del alma (1876)«Continúa representándose en el teatro del Circo con excelente éxito Rienzi el tribuno, original de la señorita Rosario de Acuña. El público se levanta en masa a aplaudir con entusiasmo la escena del segundo acto...». El eco de la favorable respuesta obtenida por la obra llega a los oídos de los responsables de las compañías dramáticas. El director y primer actor Francisco Domingo no tarda en ponerse en contacto con su autora: en carta fechada en Oviedo el día 25 del mismo mes de febrero la felicita por el éxito obtenido, al tiempo que le comenta que piensa ponerla en escena a la mayor brevedad. Así lo hará. La incorpora al repertorio de la compañía en la gira que por entonces realiza por Galicia: La Coruña, Ferrol, Santiago y Vigo. Tras el estreno en esta última ciudad  El Faro de Vigo se une a las alabanzas de los críticos madrileños: «Este drama parece escrito en uno de esos momentos de sublime inspiración que solo a las almas elevadas le es dado expresar».

La compañía del barcelonés teatro del Olimpo la estrenará en la capital catalana, mientras que la de Rafael Calvo lo hará en Málaga. La lista de ciudades donde se estrenar el drama se irá incrementando en los meses siguientes: Valencia (teatro Principal, 29 de abril), Santander (agosto), Zaragoza (noviembre), Cartagena (enero de 1877). A finales de febrero la compañía de Rafael Calvo abre la temporada en el teatro Calderón de Valladolid. El empresario Aureliano Tresgallo, que lo gestiona desde el año anterior, parece decido a darle el mayor realce posible invitando a alguno de los autores de las obras que se presentan. El estreno de O locura o santidad, que tiene lugar el 7 de marzo, cuenta con la asistencia de José Echegaray, y el señor Tresgrallo pretende que para la puesta en escena de Rienzi, prevista para los primeros días de abril, Rosario de Acuña también esté presente en el teatro. Tras el largo viaje desde Zaragoza, la autora es testigo de un nuevo éxito cosechado por su obra: «fue llamada a escena repetidas veces, recibiendo en ella palomas, versos, flores, aplausos y una magnífica corona».  A Valladolid le sigue de nuevo Madrid (en abril se representa en el teatro Apolo), Barcelona (Gran Teatro del Liceo, octubre), Alicante (teatro Español, noviembre)...

A los parabienes de la crítica y la fervorosa respuesta de los teatros patrios, se unen las invitaciones a colaborar en periódicos y revistas, las propuestas para nuevos estrenos o las numerosas felicitaciones que recibe la autora. En su archivo personal (⇑) se conservan cartas de la escritora María del Pilar Sinués; de Sofía Bisso Zulueta, marquesa de Dos Hermanas; de Juan Bautista Topete, quien con ese nombre, ese apellido y en aquel momento, no puede ser otro que el por entonces vicealmirante de la Armada y uno de los protagonistas de La Gloriosa; de Manuel Elola Heras, gobernador de Navarra; del marqués de Dos Hermanas (que le anuncia la intención del rey de acudir al teatro del Circo); de Emilia Llull, encargada de organizar los actos del Liceo Piquer, que había fundado su marido; del escritor Eduardo López Gago; de Rafaela López Guijarro, viuda reciente del escritor Fermín de la Puente Apecechea; de Isabel de Borbón, quien desde el exilio parisino le escribe en carta fechada el 30 de abril: «Tu drama Rienzi el tribuno es una joya literaria en que veo tanta gallardía y tanta naturalidad, como virilidad y ternura»; del escritor Antonio Sánchez Pérez, director por entonces del semanario El Solfeo;  del tenor italiano Enrico Tamberlick... Algunos veteranos poetas deciden homenajear a la recién llegada con unos versos plagados de felicitaciones y lisonjas que recogen en un álbum que piensan entregar a la joven. Allí se juntan, con ingenio más bien forzado, los versos de autores consagrados como Pedro Antonio de Alarcón, José Echegaray o Gaspar Núñez de Arce con los de otros más veteranos aún como Ramón de Campoamor o Juan Eugenio Hartzenbusch.

Parece, pues, evidente que el estreno de Rienzí el tribuno resultó todo un éxito, que su autora, una joven veinteañera de rostro ovalado y tirabuzones clareados, con la mirada perdida, entre esperanzada y temerosa, había logrado los aplausos del público y el beneplácito de la crítica para iniciar una prometedora carrera como poeta y dramaturga. No obstante y a la vista de lo sucedido con posterioridad, bien pudiera pensarse que quizás aquel exitoso estreno no llegó en el mejor momento, pues Rosario se adentraba por entonces en una nueva etapa de su vida. Su boda, que tuvo lugar dos meses después del exitoso estreno, y su posterior traslado a Zaragoza, ciudad a la que fue destinado su marido, dieron inicio a un periodo de acomodación y reajuste que no parece que fuera el mejor escenario para que pudiera disipar las dudas (⇑) acerca de su capacidad para escribir un nuevo drama que estuviera a la altura del Rienzi. No la ayudaba en nada estar lejos de Madrid, estar lejos de los suyos. No la ayudaba en nada el que la distancia le impidiera poder hablar cara a cara con sus editores, que avisos y liquidaciones llegaran unas veces a su padre y otras a su marido, en una suerte de tutela compartida (⇑). No la ayudaba en nada enterarse del extravío del manuscrito de un drama inédito en prosa y en tres actos titulado Castigar con la culpa, que en el verano de 1880 envió al editor Guillermo Gullón... ¿Sería capaz de traspasar el umbral del Parnaso en el cual le había colocado Rienzi? ¿Sería capaz de escribir una nueva obra que estuviera a la altura de aquella? Temores y vacilaciones que su  residencia en Zaragoza (⇑), la lejanía de la capital,  no hacía más que avivar.

Bien pudiera pensarse que el exitoso estreno de Rienzi no llegó en el mejor momento.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 febrero

184. De la tutela del padre a la tutela del esposo



Retrato de una joven (siglo I d.C, pintura al fresco, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles)

Con tan solo veinticinco años, saboreando con deleite el éxito de Rienzi el tribuno (⇑), cuenta que su afición por la poesía viene de bastante tiempo atrás, que desde bien niña empezó a hacer versos:  «desiguales renglones que con lápiz, carbón, o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta».  Los parabienes de los más próximos se habrían de convertir en el acicate más eficaz para que aquella temprana inclinación no se fuera difuminando con el paso del tiempo. Tanto su padre como su madre debieron de ver con buenos ojos las incipientes aficiones literarias de la hija, acaso consideradas como el esperado producto del mimo que habían puesto en su formación, salpicada de buenas lecturas, instructivos viajes y la asistencia a los mejores conciertos acomodada en el palco del Real. Más que eso: por los datos que disponemos, tal parece que Felipe de Acuña no escatimó ni tiempo ni dinero a la hora de apoyar la actividad de su hija, hasta el punto de llegar a ejercer lo que bien podríamos considerar labores propias de un agente literario.  Parece ser que don Felipe disponía de una bien nutrida lista de contactos que no dudó en utilizar para mayor gloria de su hija. Metido en faena, no debió de parecerle mala idea enviar artículos y poesías a algunos de sus conocidos que contaban con cierta influencia en la redacción de algún que otro periódico liberal; tampoco la de recabar opinión y sugerencias de críticos y autores consagrados.

El año del éxito de Rienzi el tribuno fue también el de su matrimonio. Rosario de Acuña se casa con Rafael de Laiglesia Auset, teniente de infantería con el grado de capitán y el matrimonio se traslada a Zaragoza, ciudad a la que es destinado el militar. Todo cambia tras la boda. Según la legislación de entonces, es al marido a quien corresponde ejercer la tutela de la joven escritora. La Ley de matrimonio civil de 1870, aunque modificada parcialmente, sigue vigente en este asunto: «La mujer no puede administrar sus bienes ni los de su marido, ni comparecer en juicio, ni celebrar contratos, ni adquirir por testamento o ab intestato sin licencia de su marido, a no ser en los casos y con las formalidades y limitaciones que las leyes prescriben». Cierto es que el cambio, el traspaso de tutela, no se debió de producir de manera brusca, necesitó de un tiempo de acomodación, como bien se puede deducir del cruce de telegramas familiares que se produce con ocasión del estreno de Rienzi el tribuno en el teatro Calderón de Valladolid. Resulta que el empresario que lo gestiona invitó a su autora a asistir al estreno de la obra en la ciudad castellana y, según parece, hubo dudas al respecto de quien habría de acompañarla. Gracias a los documentos conservados en su archivo personal (⇑), sabemos que el empresario Aureliano Tresgallo envía a un representante a recogerla; que Rafael comunica a su suegro que no salga para Valladolid, que espere noticias; que Dolores Villanueva, la madre de la dramaturga, le dice a su hija que su padre le lleva «el vestido»; que su marido, al fin, no fue su acompañante, pues contamos con un telegrama fechado en Cádiz con destino Valladolid con el siguiente texto: «Casa Leocadia. Rosario Acuña. Llegué bien vivo fonda de América. Rafael». Según parece, al principio padre y marido debieron de compartir administración y tutela, una manera de solventar los inconvenientes que para Rosario suponía vivir alejada de la Villa y Corte: don Felipe podría realizar en Madrid personalmente las gestiones que fueran necesarias. 

Un documento de 1879 puede servirnos de esclarecedor ejemplo acerca de cómo funcionaría en la práctica esta tutela compartida. Se trata de una carta que con fecha 22 de mayo envía Eduardo Hidalgo a Rafael de Laiglesia. El remitente, que  lo hace en calidad de responsable de Administración Lírico Dramática, la empresa editora de los dos primeros dramas de Rosario, adjunta a la misma la liquidación de la cuenta de ejemplares vendidos de Amor a la patria (⇑), su segundo drama, estrenado en Zaragoza.  El editor complementa el estado de cuentas con algunas anotaciones que bien pueden ilustrarnos sobre el asunto: le dice que los gastos de impresión fueron satisfechos por Felipe de Acuña (probablemente hizo lo propio con los libros anteriormente publicados), a quien entregó parte de los ciento treinta ejemplares que figuran en  la casilla «Entregados al autor» (el resto fueron para diversos actores).

Contando como parece ser que contaba con el beneplácito paterno, en Madrid tuvo las puertas abiertas para acariciar la gloria literaria: Rienzi fue la prueba. En Zaragoza las cosas parecen bien diferentes. La ley lo deja bien claro: al esposo le corresponde «proteger a su mujer» (art. 45); a la esposa, «obedecer a su marido, vivir en su compañía y seguirle a donde este traslade su domicilio o residencia» (art. 48). Para quien como ella además de mujer era escritora, estaba previsto el artículo 52: «Tampoco podrá la mujer publicar escritos, ni obras científicas ni literarias de que fuere autora o traductora, sin licencia de su marido o, en su defecto, sin autorización judicial competente». A las cortapisas legales a las que está sometida por ser una mujer casada, debe añadir los inconvenientes derivados de su residencia en la capital aragonesa, alejada de Madrid, su ciudad natal y el principal centro literario del país (véase el comentario 114. Ostracismo zaragozano ⇑). Si como resultado de todo ello se produce el extravío de un «drama inédito y original, en prosa  y en tres actos» cuyo manuscrito envió a su editor en 1880 y del cual nunca más tuvo noticia,  no debiera de resultar extraño que, cuando la ocasión se presente, Rosario de Acuña y Villanueva tome las medidas oportunas, incluidas las legales, para librarse de tanta tutela, pero eso será asunto de próximos comentarios.  



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24 diciembre

61. Poeta o poetisa


Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra joven escritora comenzó a utilizar los versos para expresar sus emociones siendo aún muy jovencita; tan prematura debió de ser en esto de la rima que a la edad de veinticinco años nos dice que ya llevaba dieciocho haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta» (Ecos del alma, VI). La aprobación de los más próximos debió de estimular su largo aprendizaje que, al fin, dio sus primeros frutos con la publicación del poema En las orillas del mar (⇑), una extensa composición dividida en seis cantos que agrupan 92 estrofas con variada rima, pues si bien predominan los serventesios, tampoco faltan los quintetos, las quintillas y las octavas reales. La composición publicada en La Ilustración Española y Americana el 22 de junio de 1874, debió contar con el aprecio y la estima de sus lectores, pues en 1876 no duda en incluirla en el poemario Ecos del Alma y en publicarla, ese mismo año, en un volumen independiente que será reeditado hasta en cuatro ocasiones en los años siguientes. La experiencia, por tanto, resultó favorable y ello parece abrirle las puertas de imprentas y redacciones. De tal forma que pocas semanas después sus versos vuelven a ocupar las páginas de un periódico: El Imparcial publica en su edición del 20 de julio «A la muerte» (⇑), una oda que, según propia confesión, estaba inspirada en las reflexiones surgidas ante la contemplación de un cadáver. Cualquier acontecimiento es ocasión propicia para que la pluma de la joven poeta se afane en transcribir al papel sensaciones y sentimientos. Su oda «A la memoria de Fortuny» (⇑), publicada el 23 de diciembre de 1874 en La Iberia despide con enfática admiración al pintor reusense, fallecido en Roma el mes anterior: «¡Alcázar de la luz, patria del genio/ inmensa eternidad que en pabellones/ el porvenir ocultas de la vida/ entre la gasa azul de tus festones!...» En el verano siguiente, sus versos vuelven a aparecer: lo hacen el 31 de agosto en honor de Francisco Delgado Jugo, un afamado oftalmólogo de origen venezolano que se había ocupado de su enfermedad ocular en los pasados años («…Ya que libre te ves (⇑), y el pensamiento/ puede bajar al mundo donde vivo,/ deja un instante la mansión del alma,/ y entre una triste lágrima de pena / recoge aquesta palma/ que el corazón te envía;/ que gracias a tu ciencia/ gozan mis ojos de la luz del día.»).

Grabado publicado en su poemario Ecos del alma (1876)


Al principio fue, en efecto, la poesía; incluso cuando escribía de seguido hasta terminar los renglones, pues poesía había en aquel escrito fechado en 1870 con el título «Una lágrima» (⇑) que fue publicado años más tarde en La Siesta, un volumen con sus primeros artículos; o en los que publicó en el semanario La Mesa Revuelta en el verano del setenta y cinco acerca de las tierras andaluzas («Correspondencia de Andalucía» ⇑) o las gentes venecianas (el ya citado ««Una ramilletera en Venecia» ⇑); o, incluso, en aquellas siete páginas que, dedicadas a la reina Isabel II que pasaba sus días en el exilio parisino, publicó en Bayona en 1873. Pero no fue la prosa, la poética prosa de la joven Rosario, la que le daría la entrada oficial en el parnaso madrileño. Ni siquiera aquella lírica femenina de sus primeros poemas. No; será con el verso grave y viril de un drama trágico con el que reciba el reconocimiento del público y la crítica capitalina. Su primer gran éxito: Rienzi el tribuno (⇑).

El empresario del teatro del Circo había hecho muy bien su trabajo y el sábado 12 de febrero el teatro se hallaba lleno al completo. Entre los asistentes se rumorea que la autoría de aquel drama se debe a la mano de una joven poetisa, lo que aumenta la expectación. Al finalizar el primer acto, el público «seducido por los pensamientos, que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor», según cuenta el poeta Ramón de la Huerta Posada, presente allí. Ante la insistencia mostrada por los espectadores, el actor Rafael Calvo tuvo que rogarles que fueran un poco pacientes, que aguardasen hasta el final de la obra. Sin embargo, concluido el segundo acto la autora tuvo que subir al escenario para saciar la curiosidad de los presentes. Al ver aparecer en escena al joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala ensordeció con los inacabables aplausos de los presentes. La cosa no acabó ahí, pues, según cuentan las crónicas, el tercer acto transcurrió entre una sucesión interminable de aplausos. Al final, una noche gloriosa que tendrá su continuidad en los siguientes días en los cuales la prensa, entre loas y alabanzas a la autora del drama, viene a coincidir a la hora de resaltar el carácter viril que Rosario, la señorita de Acuña, ha impregnado a los versos de aquel drama, muy lejos de la delicadeza y el lirismo que son atribuidos a las mujeres. Las críticas ensalzan a la joven autora, «poeta de gran aliento, de rica fantasía y alto vuelo», a la actriz Elisa Boldún, al actor Rafael Calvo y a la empresa del teatro «por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda».

La crítica del estreno que aparece al día siguiente en El Imparcial resalta la excepcional acogida que tuvo la obra por parte de los asistentes, entre los que se encontraban gran número de autores dramáticos y literatos que «acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña». El crítico utiliza diversas expresiones para marcar diferencias con otros versos y con otras escritoras. Habla así de «versificación verdaderamente viril», de la «profunda intención de los sentimientos» y los «pensamientos siempre levantados y generosos», obra de una «verdadera poetisa» que «revela condiciones excepcionales para la escena dramática» y que recuerda la fuerza de la Avellaneda. Una semana más tarde, recibe por el crítico de La Época elogios similares. Se alaba de nuevo el vigor de los versos y de nuevo también se evoca a Gertrudis Gómez de Avellaneda como referente de la nueva dramaturga.

¿Dónde reside la clave de tan rara unanimidad?, ¿dónde se encuentran los méritos de esta primera obra dramática?, ¿cuáles son las virtudes de esta joven escritora? Después de haber leído con detenimiento los comentarios de estos afamados críticos literarios, creo que el éxito alcanzado por Rienzi se debe fundamentalmente a la sorpresa, al desconcierto producido al conocerse que aquel texto había sido escrito por una mujer que, además, era muy joven. Las críticas coinciden a la hora de atribuir a los versos de aquel drama una fuerza y un vigor que solo pueden ser obra de la recia pluma de un hombre curtido en las mil peripecias de la ruda realidad. Sin embargo, aquellas rimas vigorosas, enérgicas, que enaltecen el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad son obra de una joven mujer. El crítico de La Ilustración lo refleja con gran nitidez: los afectos que entretejen aquella obra «no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo». No; allí hay «palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril». He ahí la sorpresa; he ahí la chispa que enciende el espontáneo elogio de los espectadores: ante ellos se presenta una jovencita que no parece contentarse con el estrecho reducto de intimismo lírico que la sociedad ha asignado a las poetisas. En vez de encerrarse en el entorno doméstico para pintar con tiernos versos las bellas canciones de amor que solo la sensible alma femenina es capaz de entonar, aquella mujer se atreve a contar con pasión encendida asuntos de honor, de patriotismo, de libertad… tan alejados del papel que aquella sociedad burguesa ha asignado al ángel del hogar.

El reto parece que ha tenido un resultado feliz. Rosario de Acuña y Villanueva será desde entonces «la autora de Rienzi»; una de las escasas poetas del panorama literario español, abandonando, de esta forma, el grupo de las poetisas, que desde el apogeo del Romanticismo ha seguido nutriéndose de nuevas componentes. La diferenciación no parece que sea entonces nada sutil, sino sustancial, a juzgar por el escrito que sobre tal distinción realiza Manuel de la Revilla, por entonces catedrático de Literatura en la Universidad Central, además de escritor y uno de los más influyentes críticos del momento. En su sección habitual del número de Revista Contemporánea que ve la luz el 15 de julio de 1876, coincidiendo con la aparición de Ecos del alma (⇑), un volumen de poesías que Rosario de Acuña publica tras el estreno exitoso de Rienzi, se detiene precisamente en explicar la diferencia entre ambos términos. Nada más comenzar la reseña, lo primero que comenta es que a los versos les falta entusiasmo, no tienen el genio vigoroso y la pasión impetuosa que sí están presentes en el drama: «Rosario, poeta en su drama, es poetisa en sus obras líricas». Y abundando en la diferencia, señala: «Aquel drama parecía de un hombre, estas poesías se parecen a las de todas las mujeres». Ahí está la clave; ahí el por qué de ese empeño de los críticos en hablar de «versos vigorosos» al referirse a los de Rienzi. Diferencian, pues, muy bien entre unas y otras; entre las escritoras que son poetas y las que son poetisas.

Y a la joven señorita de Acuña parece gustarle que la incluyan entre las primeras y así lo hace saber en la poesía titulada «¡Poetisa…!» que, paradójicamente, incluye al comienzo de Ecos del alma:

Si han de ponerme nombre tan feo,
todos mis versos he de romper;
no me cuadra
tal palabra;
no la quiero;
yo prefiero
que a mi acento
lleve el viento
y cual sombra
que se aleja
y no deja
ni señal,
a mi canto,
que es mi llanto,
arrebate el vendaval.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 28-5-2010.




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23 diciembre

53. A las puertas del Parnaso


Madrid, 12 de febrero de 1876. Tras la agitación vivida años atrás, las cosas parecían haberse calmado una vez que Cánovas, don Antonio, se había hecho con el control de la situación. La buena sociedad de la Villa y Corte se disponía a disfrutar de aquel sábado invernal sin sobresaltos. La oferta era variada: baile de máscaras en Capellanes o La Alhambra; ópera en el Real; teatro en la Comedia, en el Apolo o en el Martín... Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro del Circo: un estreno del que se venía hablando desde hacía unos días, desde el mismo día del estreno de la ópera Rienzi. ¿Quién era el tal, que tan de moda se había puesto? La ópera de Wagner en el Real, y este drama en el Circo de autoría desconocida... Bueno, algo sí que se sabía a juzgar por lo que el mismo día del estreno publicaba El Imparcial:

La Correspondencia ha dicho que es una traducción y semejante noticia carece absolutamente de fundamento. El drama que se estrenará esta noche es original de una joven y distinguida poetisa que ha honrado ya las columnas de EL IMPARCIAL con algunas de sus siempre inspiradas composiciones [por ejemplo la oda A la muerte (⇑) ], y cuyo nombre no revelamos porque ella y su apreciable familia, que nos favorecen con su amistad, nos han rogado que acerca de este punto guardemos silencio. Podemos, en cambio, determinar una circunstancia verdaderamente notable: la obra de que se trata ha sido escrita en cuatro semanas.

Para qué más. La expectación era tanta que el teatro se llenó. Aunque –a decir de los críticos– en el primer acto se notó la inexperiencia de la autora «el público caminó de sorpresa en sorpresa, agradablemente sorprendido, oyendo las varias rimas de una versificación verdaderamente viril, admirando la profunda intención de los pensamientos, conmoviéndose con los delicados rasgos de un corazón que brota a raudales de sentimientos».

Terminado el primer acto, los presentes hicieron patentes sus deseos de conocer el nombre de la autora hasta el punto que Rafael Calvo, el primer actor, tuvo que suplicarles que aguardaran a la finalización de la obra.

Esto, sin embargo, no pudo ser así. La bellísima situación del acto segundo, que sorprendió a todos vivamente por su originalidad, por la nobleza del sentimiento en que está inspirada, y por su corte, en fin, altamente dramático, electrizó al público, y entre salvas y nutridísimos e incesantes aplausos, se presentó la joven autora de distinguida figura y simpática belleza, la cual recibió aquella entusiasta ovación con sencilla modestia, pero también con elegante soltura, como quien recibe elogios por méritos de que, a la verdad, no presume.

Andrea Appiani: Il parnaso (1811) - Galleria d'Arte Moderna, Milán

El estreno fue un éxito, no hay duda alguna. Basta leer los elogiosos comentarios publicados en los siguientes días en las páginas de El Imparcial, La Época o La Iberia.

A la conclusión, la señorita doña Rosario Acuña se presentó repetidas veces, aclamada a una sola voz. La musa de Rienzi entra en la escena sobre una alfombra de flores y bajo arcos de palmas.

La discreción y natural compostura del bello sexo es causa las más veces de que no se asocie a las manifestaciones tumultuosas de un público que se siente herido con energía en el cerebro o en el corazón por las inspiraciones de un autor dramático; pero el bello sexo creía tener ayer justa disculpa para sus entusiasmos, y aplaudía ruidosamente a la autora que así sabía entrelazar los laureles de la gloria en la diadema de perlas de la hermosura.

Gran número de autores dramáticos y literatos acudieron entre los bastidores a felicitar a la señorita de Acuña, conviniendo todos ellos en que este su primer ensayo revela condiciones excepcionales para la escena dramática.

La empresa del teatro del Circo merece elogios y agradecimientos de los aficionados al arte escénico por haber dado a conocer a esta poetisa, a esta verdadera poetisa, que parece encender sus inspiraciones en la luz de la estrella inmortal en que vive el alma de la Avellaneda.

La Época, 13-2-1876


Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil. Nada lo denuncia, nada lo revela, ni en el género, ni en la entonación... Verdad es que tenemos el ejemplo de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero era una mujer en toda la plenitud de sus facultades intelectuales... Ignoro si la joven es un autor dramático, pero puedo asegurar ya que es un poeta de gran aliento, de rica fantasía y de alto vuelo...

La Época, 20-2-º876


Aunque los comentarios de los diarios madrileños resultaron elogiosas, todavía había que esperar el juicio de eso que se ha dado en llamar «la crítica», esto es el sesudo y reposado análisis de aquellos que gozaban del poder de hundir en los infiernos de la indiferencia o encumbrar hasta las puertas del Parnaso. Ese era el caso de Peregrín García Cadena, reputado crítico teatral que por entonces oficiaba en La Ilustración Española y Americana en cuyas páginas publicó lo que sigue a continuación:



Peregrín García Cadena

La quincena ha dado fin con un señalado acontecimiento teatral. Una poetisa de diez y seis abriles [yerra el señor Peregrín pues la autora tiene veinticinco], hija predilecta de las musas, de cuyo peregrino ingenio habían dado ya alguna muestra muy notable las columnas de LA ILUSTRACIÓN, acaba de conquistar en la escena un triunfo muy lisonjero. Aludo a la Srta. D.ª Rosario Acuña y a su drama Rienzi el Tribuno, representado por primera vez en el teatro del Circo en la noche del sábado anterior.

Rosario Acuña era ya conocida en el mundo literario por algunas composiciones líricas que revelaban un ingenio poético nada común, pero en las cuales era imposible traslucir el desenvolvimiento imprevisto y la mágica dirección a que iban encaminadas sus facultades. La revelación de su potencia poética ha sido un suceso que con razón ha causado maravilla y ha puesto en emoción a nuestra república literaria. La sorpresa se explica fácilmente: Rosario Acuña ha ofrecido el ejemplo de un fenómeno psicológico muy raro: en plena primavera de su edad, cuando el alma poética de la mujer, que posee este don soberano, se entrega al subjetivismo vago y sentimental de las primeras ilusiones, el númen de Rosario Acuña, sin detenerse en esas regiones nebulosas, se levanta osadamente, en alas de una poderosa intuición, y se siente con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las luchas de la vida. La joven poetisa no se contenta con pulsar la lira quejumbrosa y semi-afónica de las Safos del siglo: una fuerza que parece superior a su sexo y a su temprana edad la impele a calzar el coturno trágico, sin que le espante el grave peso con que agobia su pie de niña, y la primera inspiración grandiosa de su inquieta musa es un drama en que han de resonar los viriles acentos del patriotismo, en que han de lanzar sus gritos ardientes o desgarradores el entusiasmo y la nostalgia de la libertad, en que el contraste de la pasión amorosa ha de abrazar los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros, y adivinada en sus resortes más odiosos, y en que todos los elementos, en suma, que intervienen en la ficción son de naturaleza tal que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril.

Rienzi, tal como lo ha comprendido Rosario Acuña en el drama que acaba de producir tan gran entusiasmo en el teatro del Circo, es el patriotismo, la abnegación, el sentimiento exaltado de la justicia y la libertad. Colonna es el orgullo y el despotismo de raza en un carácter capaz de llevar la pasión criminal a los últimos límites de la bajeza y la perversidad. María es la mujer amante que se asimila los sentimientos y los fanatismos del objeto de su ternura, y se eleva con él a las alturas excepcionales en que se desenvuelven las grandes luchas de la vida. Juana es el amor vigilante y la incorruptible fidelidad, arraigadas en un alma fuerte y en una naturaleza asiática, en quien la pasión concentrada, árbitra absoluta de sus destinos en la tierra, camina derechamente al sacrificio, y cuyo heroísmo postrero se traduce de este modo: Abnegación, fatalidad.

Se ve, pues, que los afectos que ha llevado a la escena la joven poetisa no están en esas fibras delicadas que un fino instinto de mujer, dotada de peregrino entendimiento, puede penetrar sin esfuerzo; son palpitaciones robustas, fiebres ardientes, arteros movimientos de la pasión que no se traducen sino con el auxilio de un aliento viril. Pues bien: Rosario Acuña ha encontrado en su talento poético bríos bastantes para expresar esas pasiones, esos entusiasmos y esos siniestros rugidos de la perversidad humana, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles más de una vez admirable expresión de verdad. Su drama está lleno de imágenes valientes, de rasgos grandemente humanos, de situaciones superiormente sentidas e imaginadas, de bellezas que no desdeñaría un poeta dramático iniciado en los secretos del arte y avezado a los laureles de la escena. El conjunto ideado por la Srta. de Acuña es defectuoso, falto de artificio y de armonía; descúbrese en él una gran fuerza de intuición, luchando con una inexperiencia no menos visible; pero sobre ese conjunto desprovisto de cohesión y de sólida contextura se cruzan sin cesar las corrientes de una inspiración ardorosa y de una poesía llena de savia y de vigor y las llamaradas de un númen levantado y fecundo. Los elementos son desordenados, pero el genio centellea en medio del caos.

Rienzi no es un carácter histórico; ya lo he dicho: es una pasión, una idea, un entusiasmo. Es el espíritu vigilante de la libertad consagrado a su obra de redención: ni la inercia resignada al yugo le detiene en el camino de la abnegación, ni le turba el pensamiento del martirio. No es un hombre; es un ideal. Cuando le arguyen con el desvío del pueblo adormecido al son de sus cadenas, Rienzi responde:

"El cuerpo duerme, pero el alma vela."

Porque Rienzi es la idea que se abre camino a través del tiempo, penetrada de su virtud: no la impacienta la tardanza del brazo que ha de llevarla a la victoria. La frase es bellísima, y en ella, como en otros pasajes del drama, se echa de ver el propósito de revestir de cierto idealismo -que, a la verdad, no siempre se sostiene en estas alturas- la trágica figura del tribuno romano. En este mismo sentimiento está inspirado un notable soneto a la libertad que la señorita de Acuña pone en boca de Rienzi, en un monólogo del tercer acto, y que voy a transcribir en la seguridad de que ha de ser del agrado de mis lectores.

Dice así:

¡Oh! libertad, fantasma de la vida,
astro de amor a la ambición humana
el hombre en su delirio te engalana,
pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida
cruzas la tierra, como sombra vana;
se te busca en el hoy para el mañana,
viene el mañana y se te ve perdida.

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte
y piensa que te ve ¡triste quimera!
Con la esperanza de llegar a verte

ruedan los años sobre la ancha esfera
y en el último trance de la muerte,
aun nos dice tu voz, ¡espera, espera!

Con esta fuerza poética ha expresado la señorita de Acuña el sentimiento en su primera obra escénica, y con esta valentía se ha entrado de rondón en las entrañas del drama trágico, donde riñen fiera batalla los más grandes afectos del corazón humano.

Lo que hay, pues, de superior en la obra de la joven poetisa, y lo que da grandes esperanzas de un rápido desenvolvimiento de sus facultades, es la energía de la concepción, el nervio y el calor de la expresión poética y los rasgos verdaderamente admirables con que ha acertado a expresar ciertos movimientos de la pasión. El que impele ciegamente a Rienzi a destruir la amañada prueba que le presenta Colonna contra la virtud de María; el que provoca, con el final del drama, el acto hermoso de desesperación con que Juana se arroja a las llamas con el cuerpo inanimado de la mujer del tribuno, para que sus restos no sean profanados por el odioso vencedor, son de una belleza y de una fuerza que revela un extraordinario instinto y un gran sentimiento de la belleza. Verdad es que estos grandes rasgos y otros muchos que la gallarda poetisa ha sembrado en su creación son llamaradas del genio, que resplandecen en un conjunto defectuoso, en que frecuentemente se echa de ver una falta natural de iniciación en los secretos del arte y un ingenio desorientado. No se debe ocultar por un exceso de inoportuna galantería, de que no ha de menester la señorita de Acuña para recibir muy colmada la medida del elogio, que el plan de su composición tiene mucho de endeble; que el movimiento del drama en los dos primeros actos es de una vitalidad escasa e intermitente; que la aparición de los personajes no siempre está justificada; que algunas de las principales figuras, dotadas de gran actividad moral, producen poco movimiento en la marcha del drama: que Rienzi tiene grandes arranques dramáticos, como el que le inspira su fe inquebrantable en el amor y en la virtud de su esposa, y como los que abundan en la escena del segundo acto con Colonna; pero que aparte de éstos y otros enérgicos latidos de la pasión, su actitud es más bien, a veces, la de un soñador que la de un entusiasmo personificado que vive en la lucha: en suma, que el poema tiene de imperfecto en la concepción general, en la marcha y en el desarrollo de los caracteres, lo que tiene de superior en la energía del númen poético que lo vivifica constantemente y en la belleza de ciertos movimientos dramáticos. La Srta. Acuña no ha venido al palenque de la escena a recoger una ovación transitoria, arrancada a la benevolencia y a la galantería: tiene grandes dotes de autor dramático, tiene vocación verdadera, y ha de volver a la liza en busca de nuevos laureles. La crítica, pues, no pagaría completo tributo a su privilegiado ingenio, si creyéndole llamado a realizar nuevas empresas, no procurase alejarle de los obstáculos del camino, señalándole francamente los defectos de que no ha podido triunfar en el primer paso un instinto feliz. Rienzi es un brillante alarde de facultades poéticas, una primera alentada del númen trágico, aposentado en alma de niña, y en la que se perciben todavía vagidos infantiles. Rosario Acuña ha acreditado la fuerza con pruebas irrefragables; necesita desenvolverla en la armonía. La poetisa ha dejado oír los altos acentos de una poderosa inspiración: esperemos a la artista.

Una palabra para terminar: la empresa del teatro del Circo no ha honrado las primicias dramáticas de Rosario Acuña con la galante ofrenda de una buena decoración final, y el cuadro postrero del poema, el bellísimo rasgo trágico que pone término a la obra, si no han sido perdidos para la gloria de la poetisa, lo han sido en gran manera para la ilusión del espectador. No se comprende, ciertamente, cómo ha podido ocurrir esta falta de galantería en un teatro tan hospitalario como el del Circo, donde el bárbaro Atila acaba de ser objeto de tan urbana y tan espléndida acogida.

La Ilustración Española y Americana, 15 de febrero de 1876


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 5-4-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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13 noviembre

29. Manuscritos a precio de oro


Cierto día, de esto hace ya varios años, cuando paseaba por la Red en busca de alguna pista que iluminara mi investigación, me encontré de pronto con la noticia de que se subastaban unos manuscritos inéditos de Rosario de Acuña. Lo podéis imaginar... Inmediatamente me puse manos a la obra. Tras enterarme de los requisitos y de las normas de participación, pujé con tiento y esperé. Unos días después me enteré de la buena nueva: era yo el afortunado. Los responsables de la página me facilitaron el correo electrónico de quien tenía en su poder los ansiados manuscritos: Oiga verá usted, que he participado en la subasta, que me la han adjudicado, que me han dado su dirección para realizar la transacción...

Sospechaba que lo que me iba a encontrar no sería nada extraordinario pues el lote había salido sin precio, pero, fuera lo que fuera, quizás un soneto o, tal vez, una firma, tendría para mí un gran valor. En esas estaba cuando me llegó el jarro de agua fría en forma de respuesta: Que había sido un error, que no me lo podía enviar por ese precio, que el precio de salida era de... 100.000 euros (¡¡¡ CIEN MIL EUROS!!!).

Me decían que por ese dinero podía hacerme con un diario que había pertenecido a una mujer llamada María Pedraza en el cual figuraban trece textos escritos por diferentes personas, entre los que se encontraban los dos firmados por doña Rosario: una oda dedicada al actor Rafael Calvo (representó el papel de Rienzi en el estreno de la obra) y «una carta de desamor» titulada Adónde me arrastras. Y todo ello por CIEN MIL euros.

Como es de suponer, el asunto no prosperó y me tuve que conformar con seguir los pasos de estos manuscritos que por un error fueron durante un instante míos. Su precio fue bajando a medida que pasaba el tiempo y no aparecía comprador dispuesto a pagar lo que por ellos pedían. Los vi a sesenta mil, a veinte mil y, ya en el verano de 2007, a seis mil euros. Todavía no hace mucho que los volví a ver a ese precio.

Fragmento de uno de los sonetos que Rosario de Acuña regaló al doctor Albtios

No fueron los únicos manuscritos que encontré. En el verano de 2005 di con un anuncio de venta de «Cinco sonetos, autógrafos e inéditos, de la insigne poetisa y feminista Rosario de Acuña». Para mayor información se precisaba que llevan los siguientes títulos: «Al doctor Albitos», «Sombra», «Miedo», «Luz» y «A la ciencia»; y que estaban dedicados al doctor Santiago Albitos, el oftalmólogo que en 1885 devolvió la luz a sus lacerados ojos. Su precio: cinco mil euros.

¡Quién se lo hubiera dicho a doña Rosario de Acuña y Villanueva! Sus odas a 50.000 euros cada una y los sonetos a 1.000. ¡Quién se la habría de decir! Ella que tantos sonetos escribió; ella que tantas penurias hubo de soportar en los últimos años de su vida, tantas que cuando en 1920 recibió el Premio Ayuso, dotado con mil pesetas (poco menos del importe de su pensión anual de viudedad) vio el cielo abierto, pues con aquel dinero pudo rescatar algunas alhajas empeñadas, pagar los reditos de la hipoteca de la casa en la que vivía y saldar algunas deudas que había contraido por la compra de algunos comestibles, tal y como le cuenta en una agradecida carta (⇑) que por entonces le envía a José Nakens.

En fin, estimado lector, no sé si con el tiempo llegaremos a disfrutar con la lectura de esos manuscritos que la ley del mercado ha convertido en innacesibles, al menos para la mayoría. De todas formas no está de más que, visto el precio que ha llegado a alcanzar el verso de tan insigne poeta, mostremos nuestra satisfacción por el tesoro nada desdeñable que se cobija en Rosario de Acuña. Vida y Obra (⇑), donde, gracias al esfuerzo colectivo de quienes hemos ido reuniendo una parte importante de los escritos de nuestra protagonista, las personas interesadas pueden consultarlas libremente.





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11 octubre

25. «También era mucho hombre esta mujer», por Roberto Castrovido


Fotografía de Roberto Castrovido publicada en 1931Ha descansado, al fin, la señora doña Rosario de Acuña y Villanueva (⇑) de larga vida y combatida, trabajosa, aflictiva ancianidad. Puede aplicársele con justicia la frase de D. Nicasio Gallego a otra poetisa española: «Era mucho hombre esta mujer». Era la mujer fuerte de las Escrituras. 

Sé por referencias y lecturas que Rafael Calvo estrenó en el teatro Español en la temporada 1875-76 el drama en verso Rienzi el tribuno (⇑). La autora, una jovencita bella, elegante, de familia noble, fue aclamada. La crítica la diputó poetisa insigne, reemplazadora y sucesora en el parnaso castellano de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina Coronado. La madrileña Rosarito escribió en verso y prosa, siempre de triunfo en triunfo, sin que le faltara el coro de entusiastas. La audacia de su pensamiento y la sinceridad de su estilo arrancaron a comentadores tímidos esta exclamación: «¡Qué lástima de muchacha!» Hacía hasta gracia la travesura ideológica de la joven. «Ya reaccionará con los años, ya vendrá al buen camino», pensaban los hombres graves y escribía don  Manuel Cañete, expresión crítica de la gravedad.

No acertaron. La Acuña les dio un chasco tremendo el año 1881. Aparecieron Las Dominicales del Libre Pensamiento, y con sorpresa y disgusto supo la buena sociedad que Rosarito escribía en aquel semanario, con Ramón Chíes, Fernando Lozano, Francos Rodríguez, Salvador Sellés, Odón de Buen, Dorado y un cura renegado. ¡Qué horror! ¡Chitón! Desde entonces, el silencio envolvió a doña Rosario de Acuña. Y primero maliciosamente, después por costumbre, se olvidó a la grande escritora.

Estrenó antes de 1890 un drama en el teatro de la Alambra, El padre Juan (1) , muy inferior, a la verdad, a Rienzi el tribuno, y en el teatro Español estrenó en 1893 un dramita en un acto y en verso, inspirado en la campaña de Melilla. Es ahora de lamentable actualidad.

Y desapareció de Madrid doña Rosario. En las cercanías de Santander, en Cajo (2) , a la orilla del mar, vivió años y sin dejar de escribir, como si la leyeran, como si la recordaran. En El Cantábrico escribió una serie de notabilísimos artículos describiendo la vida aldeana y adoctrinando a los rústicos para que no despreciaran la higiene. La Sociedad de ese nombre y el Consejo de Sanidad harían obra beneficiosa editando un folleto de poco coste para divulgar los artículos de doña Rosario de Acuña.

Escribe en un diario de Barcelona un artículo que (3) , mal comprendido y maliciosamente explicado, levanta contra la ya vieja escritora a una clase juvenil y generosa; procesada, emigra a Portugal, donde vive algún tiempo. Y después de 1909 (4) , que es la fecha de esta andanza, habita una casita elevada sobre un promontorio en las cercanías de Gijón, tan cerca del mar, que en los temporales, cuando el tiempo embravece las olas, parece un islote y un barco de náufrago el palacete de doña Rosario.

En Madrid, silencio, olvido, la muerte; más allá, en Asturias, no la dejan vivir en paz. Murmuraciones, calumnias, silbas infantiles –lo que más apenó a la buena mujer–, pedreas, conatos de incendio. No retrocedió, no se abatió. La madrileñita tenía un ánimo de pórfido. Cuando la huelga general, la casa de la señora Acuña fue registrada varias veces: con las culatas golpeando en las paredes y en los suelos, buscaban escondrijos de armas. Falsas denuncias obligaban a nuevos registros y provocaban amenazas de detención. Acudió a mí doña Rosario, y escribí al señor general Burguete, con quien desde 1899 me une una buena amistad; me atendió, y por telégrafo me dijo que doña Rosario de Acuña sería sagrada para él. No se la volvió a molestar.

Vino a Madrid, y asistió, del brazo de Nakens, a la manifestación a favor de la amnistía para los del Comité de huelga. Entonces la conocí personalmente. Era una viejecita simpática, menuda, ágil, de mirada viva, juvenil, de habla suave, de modesto porte. Una señora, toda una señora.

Era muy simpática. Su charla era amena, tenía gracejo, ni sombra de petulancia, juzgaba pronto y bien, sin tapujos, sin concesiones y también sin atrevimientos groseros. Era, lo repito, toda una señora.

Asistió al mitin aliadófilo celebrado en la plaza de toros, y marchó a su sanatorio –así lo llamaba ella– de las cercanías de Gijón. Marchó para no volver.

Supe de ella con frecuencia. Nunca en sus cartas se quejaba. Su tema era la política y las letras. Amigos de ella y míos me escribían de sus enfermedades, de sus cuitas, de su miseria, de las persecuciones de que era víctima. Tan apremiantes y dolorosas fueron una vez esas quejas que sobre la suerte de doña Rosario me enviaban, que hube de escribir a varios amigos de Asturias. Me oyeron, y don Melquíades Álvarez, con otros correligionarios suyos y amigos míos, acudió en auxilio de doña Rosario, quien entonces me escribió por primera vez acerca de su situación, dudosa sobre la aceptación del auxilio.

Escribió en el número extraordinario de El Motín homenaje a Nakens, y El Pueblo, de Valencia, ha publicado su último artículo [se refiere al titulado «Castañas asadas» (⇑)], hace unos meses.

Respeto, por lo menos respeto, merece una mujer que, pobre, aislada, combatida por unos y olvidada por los más, se ha mantenido fuerte y austera, sin cambiar por benevolencia, atenciones y cuidados, abdicaciones. Se comprende tal entereza en un hombre; pero es más admirable en una mujer y en una poetisa, en una literata. Cambiar por ditirambos la censura hosca cual un gruñido y el silencio desalentador es tentación muy perdonable. Resistirla llega a lo heroico.

Tan espeso ha sido el silencio envolvedor de la escritora, que para romperlo ha sido necesaria la muerte de la mujer.

La Voz, Madrid, 9-5-1923
La Democracia, Zaragoza, 12-5-1923
El Motín, Madrid, 19-5-1923
El Pueblo, Valencia, 30-5-1923



Notas

(1) En realidad, la primera –y única– representación de El padre Juan tuvo lugar el 3 de abril de 1891.
(2) Fue en Cueto, primero, y en Bezana, después.
(3) Se trata de «La jarca de la Universidad (⇑)».
(4) Tanto la publicación del artículo en las páginas de El Progreso como las protestas estudiantiles tuvieron lugar a finales de 1911.





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