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viernes, 3 de junio de 2016

114. Ostracismo zaragozano



Hace tres o cuatro años estrenábase en el incendiado teatro de la plaza del Rey una obra escrita con vigoroso estilo, en versos sonoros y armoniosos, abundante en situaciones dramáticas y en bellezas literarias. Titulábase Rienzi el tribuno (⇑), y obtuvo un grande y legítimo éxito. Su autora era la señorita doña Rosario de Acuña, quien en pocas horas alcanzó merecida reputación por su talento. Algunas muestras dio de él en revistas y periódicos; pero después la joven e inspirada poetisa enmudeció totalmente; más aun, desapareció de Madrid.
¿Qué había sido de la elevada musa que nos prometía composiciones no menos notables que las publicadas? ¿Qué de la autora colocada desde su primer paso al nivel de los más aventajados ingenios?
Algunos decían que, trocando la corona de laurel por la de azahar, se había unido a un bizarro militar; otros que había renunciado a la gloria por deberes sagrados o imperiosos; pero ninguno precisaba sus informes, ninguno sabía con exactitud el paradero de Rosario de Acuña...

Tras el éxito de Rienzi todo fue muy rápido. Cuatro meses después, el 20 de abril de 1876, firma el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑); dos días más tarde contrae matrimonio con el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset y no tardando parten de viaje de novios hacia Andalucía; a finales de junio se trasladan a vivir a Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado el militar. A partir de entonces muchos fueron los que le perdieron la pista, como bien señala Asmodeo (seudónimo de Ramón de Navarrete) en el texto anterior, publicado en La Época el 15 de enero del año setenta y nueve.

Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida. Basta leer el prólogo para darse cuenta de que, tras el éxito de su primer drama, su joven autora sabe que está ante la puerta que da acceso a algo grande. Siente que, en efecto, se halla al comienzo de un largo camino que la puede llevar al olimpo literario, a alcanzar esa gloria inmarcesible, por utilizar un adjetivo muy frecuente en sus escritos. Sabe también de las dificultades que le aguardan y la lejanía de la corte no le facilitará nada las cosas.


Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)

Desde la distancia procura mantener abiertos sus contactos en diarios y revistas. En agosto La Moda Elegante publica su poesía El canto del poeta (⇑); antes de que el año termine Revista Contemporánea,  tres sonetos (Casualidad (⇑), Europa (⇑) y Al siglo XIX ⇑). No obstante, Madrid queda lejos y a Rosario no le queda otra que intentar asentarse en su nueva ciudad. Así que unos meses después de su llegada, tiene lugar el estreno de Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro Principal de la capital aragonesa. Fue todo un éxito: la autora tuvo que subir a escena llamada varias veces aclamada por un público entregado que obsequió a la autora con flores, palomas y coronas.

A pesar de los aplausos Madrid estaba, ciertamente, muy lejos y durante el año 1877 su firma parece haber desaparecido de los periódicos. Se dedica a su segundo drama, Amor a la patria (⇑), que se estrena en Zaragoza a finales de noviembre sin que apenas llegase eco alguno a la crítica madrileña, la cual tan sólo se dio por enterada cuando más de un año después, en los inicios del año 1879, se puso a la venta en las principales librerías madrileñas y sus integrantes recibieron un ejemplar de la obra. 

Tan lejos estaba Madrid que, en una de las escasas ocasiones en las cuales regresa a su ciudad, aprovecha para reunirse con algunos escritores amigos para presentarles tanto Amor a la patria (⇑), como Tribunales de venganza (⇑), su tercer drama, inspirado en la Germanías de Valencia y que también había escrito en Zaragoza.  De Echegaray, Rodríguez Correa o Núñez de Arce recibía no sólo el atinado consejo, sino también el empuje y el ánimo que parecía faltarle en la lejanía. Parecía evidente que echaba de menos aquellas tertulias.

Alejada como estaba de lo que constituía el principal centro literario del país, no dudaba en enviar alguna de sus composiciones cuando en la capital se organizaba algún evento de relevancia. Tal sucede en febrero de 1879, cuando en el teatro de La Comedia se celebra una función destinada a recaudar fondos para la construcción de un mausoleo para los restos del actor Julián Romea. Tras la representación de la comedia en tres actos Por derecho de conquista, de Manuel Catalina y de la pieza cómica Una de tantas de Bretón de los Herreros, alguno de los actores presentes proceden a dar lectura a algunas poesías, entre ellas la que envió Rosario de Acuña para la ocasión y que lleva por título A Romea (⇑):

[...]

Allí está: ¡de su voz el eco suave
tranquilo y reposado,
sarcástico o cruel, agudo o grave,
triste o apasionado, jamás descompasado,
señala con fijeza
de su genio coloso la grandeza! [Sigue...⇑]

Meses después son los damnificados por las inundaciones que han asolado la huerta murciana, quienes reciben el homenaje y los fondos obtenidos en la velada teatral que tiene lugar en el teatro Español. Rosario de Acuña envía desde Zaragoza su poesía Una limosna para Murcia (⇑):

[...]

Desdichados de aquellos que no lloran,
cuando su hermano vive acongojado.
¿Qué pueden esperar? ¿Qué bien o dicha
habrán de conseguir, sin el yerto pecho
al ajeno dolor se encuentra estrecho
desoyendo el clamor de la desdicha? [Sigue...⇑]

Tan lejos queda Madrid que, a pesar de haber escrito esta poesía, su nombre no se encuentra en El Libro de la caridad, un voluminoso ejemplar  publicado en 1879 –«a expensas y de orden espontánea de SM el Rey»– y dedicado «por los poetas que lo escriben al socorro de las víctimas de las inundaciones en las provincias de Levante». En sus páginas se encuentran las firmas de unos ochenta poetas, afamados algunos  y otros no tan conocidos. Allí están las de Julia de Asensi,  Emilia Pardo-Bazán,  Ángela Grassi, Dolores Cabrera, Joaquina Balmaseda, Josefa Estévez, Blanca de los Ríos, Joaquina Oliván, Faustina Sáez, Francisca del Riego, al lado de las de José Echegaray, Adelardo López de Ayala, Pedro Antonio de Alarcón, José Zorrilla o Gaspar Núñez de Arce. No está el suyo.

Tan lejos queda Madrid que  durante los años que pasó en Zaragoza el correo se convirtió en su principal nexo con la capital. El correo... y la escritura.


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