jueves, 17 de septiembre de 2020

219. Una feliz iniciativa con incierto final

El 5 de octubre de 1882 fallece en Madrid Pablo León y Luque, médico forense del distrito del Congreso, antiguo presidente de los forenses madrileños, amigo de Felipe de Acuña Solís y, tal y como se cuenta en un comentario anterior (⇑), el médico que vio nacer a su hija. Unas semanas después de la defunción, la prensa especializada da cuenta de la feliz iniciativa que había tenido Rosario de Acuña para honrar la memoria del difunto galeno, a quien estaba unida por lazos de profunda amistad: la insigne autora de Rienzi ofrece la cantidad de mil pesetas como premio de un certamen que se habría de organizar en honor del finado. 

Ángel con corona de azucenas

Se dice que es su voluntad que en la fecha del aniversario del fallecimiento de don Pablo León se celebre «la solemnidad pública de entrega del premio» y que, para dar mayor realce al acto de adjudicación, solicita a Pedro Colmenero –por entonces presidente del cuerpo de médicos forenses de Madrid–, que pronuncie el discurso preliminar del acto; a Andrés del Busto –antiguo presidente del mismo cuerpo– que realice una reseña biográfica del finado, y a Gregorio Sáez –también forense, director que fue de la sección oftálmica del hospital Nuestra Señora de Atocha y discípulo de Francisco Delgado Jugo– el «resumen conmemorativo de la solemnidad verificada». 

A finales de noviembre se constituye una comisión que asume la organización del certamen y que está integrada, entre otros miembros, por los forenses anteriormente citados. Los reunidos establecen el tema sobre el que versarán los trabajos, que tiene que ver con la indagación y razonamiento de la falta del libre albedrío en las acciones humanas en los casos dudosos de razón o de locura y algunos añadidos más, sin duda entendibles por los doctores o licenciados de las facultades de Medicina a quienes va dirigida la información, pues son ellos los que pueden optar al premio; y acuerdan invitar para la constitución del jurado a individuos eminentes de la Escuela Médica de Madrid, de la Real Academia de Medicina, del cuerpo médico-forense, hospitales, Beneficencia municipal, prensa médica y academias libres. Todo parece estar preparado para que se inicie el proceso. La comisión organizadora ha dado a conocer las bases del certamen y Andrés del Busto López es el depositario de las mil pesetas que Rosario de Acuña le ha entregado como premio para el ganador.

Llegados a este punto, quizás resulte conveniente hacer un inciso para intentar fijar la atención en un punto que creo de interés. Para la mirada actual, es bastante probable que nada de lo dicho hasta aquí resulte anómalo o chocante: una señora ofrece un dinero para la celebración de un certamen literario que tiene por objetivo honrar la memoria de un amigo fallecido. Sin embargo, en la España de finales del siglo XIX (y aun bastante después, ciertamente) era preciso añadir una coletilla para que la noticia no provocara cierta estupefacción en los lectores. Rosario de Acuña entregaba las mil pesetas del premio, pero lo hacía «conforme también con los deseos de su esposo, el señor don Rafael de Laiglesia». Aclaración del todo punto necesaria, no sólo porque era él quien aportaba regularmente dinero al matrimonio, sino –y sin duda más importante para el pensar del momento–  porque la esposa requería el permiso del marido para casi todo, incluso, como es su caso (y se ha tratado en el comentario 184. De la tutela del padre a la tutela del esposo ⇑ ), para poder publicar dramas o poemas.   

En cuanto al depositario del dinero salido del caudal matrimonial, el señor Andrés del Busto, conviene resaltar que goza de toda la confianza de Rosario (lo que probablemente sea causa más que sobrada para que sea él quien reciba las mil pesetas), pues no solo es amigo de la familia, sino que también es uno de los médicos que alivió los crónicos padecimientos oculares de nuestra protagonista, quien, agradecida, no dudó en ponerlo de manifiesto en el primer poemario que dio a la imprenta. En la página cuarenta de Ecos del alma encontramos la poesía titulada «A la vida», dedicada a D. Andrés del Busto y López (por entonces no ostentaba el título de marqués, pues tal dignidad le fue concedida por León XIII en el año 1880), que iba precedida de tres quintillas a él dedicadas. Creo que la segunda  de ellas creo habla bien a las claras del motivo de su eterno agradecimiento:

ANDRÉS, la luz de tu ciencia 
luz a mi vida le dio; 
mientras tenga inteligencia 
nunca olvidaré que yo 
te debo a ti mi existencia.

Bien, prosigamos con el relato. La comisión organizadora ha publicado las bases del certamen y Andrés del Busto tiene en su poder las mil pesetas que le ha entregado Rosario de Acuña (conforme también a los deseos de su esposo, claro). Parece que solo resta esperar que todo vaya según lo previsto y que el día 5 de octubre de 1883, cuando se cumpla el aniversario del fallecimiento de Pablo León, se celebre con toda la solemnidad requerida la ceremonia de entrega del premio al ganador. 

Sin embargo, no sucedió como estaba previsto. Resulta que llega la fecha señalada, el día en el que, por voluntad de la fundadora del certamen, tendría lugar «la solemnidad pública de entrega del premio», y nada se sabe del asunto. La prensa madrileña no ha facilitado información alguna acerca de acto alguno que se hubiera celebrado para honrar la memoria del eminente galeno, forense del distrito del Congreso, antiguo presidente del Cuerpo de Médicos Forenses de Madrid, caballero de la Orden de Carlos III, condecorado con la Cruz de Isabel la Católica...

¿Qué pasó? Quizás nada explique mejor lo sucedido que una carta que con fecha cinco de febrero del año ochenta y cinco (esto es dieciséis meses después de la fecha en la cual debería de haberse celebrado acto tan solemne) le escribe el señor del Busto a doña Rosario. En uno de los párrafos habla sin tapujos de la desidia que ha alimentado la demora: 

Vergonzoso es por demás que ya han pasado dos años y que no haya habido interés ni tiempo para leer y juzgar las memorias ligeras que se han presentado, y que después de fallado ya el asunto, se tarde meses en extender el acta a pesar de mis ruegos empeñados. Veo en esto dos cosas que son deplorables. Primero, el poco entusiasmo con que se ha acogido pensamiento tan noble como el tuyo por compañeros de la profesión, y aun de la especialidad que Pablo cultivaba; y segundo, que aunque el acta se extienda, no sé cuando, pues no logro recabarla, la ceremonia o solemnidad para la adjudicación resultará un acto frío y deslucido que honrará poco la memoria y el cariño que hacia el finado deberían tener sus compañeros, y poco hablará también en favor del prestigio e influencia para con ellos de los que en dos años no hemos logrado que este asunto ande.

El injustificable retraso en el cumplimiento de los compromisos adquiridos no sólo le provoca vergüenza, también le ha ocasionado no pocos contratiempos. Se cree en boca de unos y otros pues le ha llegado el rumor de que hay quien piensa que el retraso obedece a su interés por retener el dinero del depósito. Cuenta que días atrás ha recibido por segunda vez un anónimo indecente en relación con el premio. Y le dice que el autor premiado le aburre a visitas y recados. Por todo lo anterior, solicita a su amiga que le releve de la responsabilidad y que, a la mayor brevedad, busque a otra persona «que le pueda sustituir con más provecho».

La lectura de la carta contesta algunas de las preguntas, pero no todas. Al menos queda una en el aire: ¿Cómo es posible que la promotora de aquel premio nada hiciera al respeto cuando aún había tiempo para remediarlo? Cuesta trabajo creer que quien tanto interés había mostrado en brindar a su amigo Pablo León un homenaje acorde a sus merecimientos, viera pasar el tiempo sin tener noticias del certamen por ella promovido y no apremiara a unos y a otros. Quizás la explicación haya que buscarla, de no aparecer algún documento que diga otra cosa, en la intricada senda por que discurría su vida por entonces. Apenas unas semanas después de que la comisión organizadora hiciera públicas las bases del certamen, una pulmonía acabó con la vida de su querido padre sin haber cumplido los cincuenta y cinco años. El escenario se agrietó entonces,  «toda la sombra esparcida en mi existencia [...] se extendió fría y desolada en mi derredor». A la muerte del padre sucede, pocas semanas después, la separación de su marido. Rafael de Laiglesia se va a trabajar a Badajoz; Rosario permanece en su quinta campestre de Pinto. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas y reflexiones. Tras meses de alejamiento, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento. Quizás en este voluntario alejamiento del mundo, se encuentre la respuesta a la pregunta planteada.

Sea como fuere, el caso es que tan solo unas semanas después de que Andrés del Busto le escribiera la carta arriba citada, la prensa da cuenta del final, no esperado, de esta historia:

Se ha adjudicado ya en público certamen el premio de 4000 reales propuesto por doña Rosario de Acuña, para el autor de la mejor memoria acerca de la «irresponsabilidad del loco lúcido», mereciendo este honor, según acuerdo del tribunal médico nombrado, el doctor Escuder, médico alienista. 




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