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sábado, 17 de diciembre de 2016

142. La víbora de Asnieres


Fotografía de Bonafoux publicada en 1931Así era conocido Luis Bonafoux,  por lo afilado y mortífero de su pluma y también por la localidad cercana a París donde residió durante un tiempo, cuando era corresponsal del diario  Heraldo de Madrid.  Dos características que lo definen en gran medida, pues don Luis fue escritor y periodista, un periodista de raza a decir de algunos, y no se contentó con escrutar el escenario desde un sólo lugar, sino que lo hizo desde localidades bien diferentes: Burdeos, Puerto Rico, Cuba, Salamanca, Madrid, Santander, París, Londres...

Su padre, un francés que comerciaba con vinos que traía de su tierra, llevaba años asentado en Guayama (localidad puertorriqueña por la que, andando el tiempo, se convertirá en diputado el mismísimo Galdós) cuando en uno de sus viajes conoce a Clemencia, hija del político venezolano Ángel Quintero. Se casan y embarcan para Francia, donde no tardando nacerá Mario Luis Bonafoux Quintero. Poco después padre, madre e hijo regresan a Guayama, lugar en el que Luisito pasará sus primeros años. Parece que en poco tiempo ya está escrito una parte de su libreto: niño de origen franco-venezolano, nacido en Saint Loubez, a las orillas del Garona, y residente en Puerto Rico, España.

Algunas pifias cometidas en sus tiempos de bachiller dirigen sus destinos universitarios a la metrópoli. En Madrid inicia sus estudios de Leyes, que continuará en Salamanca, donde realizará sus primeras incursiones en el mundo del periodismo. Primero fue El Eco del Tormes; luego, ya en Madrid, El Solfeo, revista en la que se dará a conocer Leopoldo Alas, Clarín, con quien mantendrá una encarnizada polémica al acusarle de haber plagiado La regenta; más tarde El Globo, Alma Española, El Liberal, El País, Vida Nueva...


Amigo Bonafoux: Me envían el recorte de un periódico con un artículo que dice son «hampa dorada» los que colaboran en el Heraldo de París. No sabía yo que había vuelto a publicarse su Heraldo, pero sí sé que es un verdadero honor el contarme entre sus colaboradores, pasados o presentes. Como yo escribí en él (y escribiera si esta lucha feroz de trabajo y penalidades en que estoy metida me dejase algunos minutos de tiempo para honrarme en las columnas de su periódico), le ruego me haga partícipe de todo ese cieno que los sapos de la prensa española arroja sobre el Heraldo...

La carta de Rosario de Acuña es del año 1904. Había colaborado en el pasado en Heraldo de París y antes en La Campaña, dos periódicos que Bonafoux publicó en París. Su amistad viene, por tanto, de tiempo atrás. Quizás se conocieron en los últimos años del XIX, cuando la librepensadora residía en las proximidades de Santander, habida cuenta de que el señor Bonafoux tenía lazos familiares en aquella tierra y la visitaba con cierta frecuencia. Resulta que en una ocasión en que los días de bohemia le habían dejado la bolsa esquilmada, recibe una propuesta sorprendente: convertirse en gerente de unas minas de cobre localizadas en Soto de Campoo, en las cercanías de Reinosa. Ni sus estudios de Leyes, ni su experiencia periodística... la oferta tenía mucho más que ver con el hecho de que uno de los fundadores de la empresa fuera tío suyo. Lo cierto es que a finales de 1888 Luis Bonafoux ya está en tierra cántabra y que un año después se casa con  Ricarda Encarnación Valenciaga y Gordejuela, una joven de veinte años que trabajaba en la fonda que en Soto regentaba su padre. No aguantó durante mucho tiempo Bonafoux aquella vida tranquila y sedentaria, y meses después el matrimonio se traslada a Puerto Rico. Se marchó de allí,  pero volverá a Soto, a Santander, una y otra vez, desde Madrid, desde París... Dicen que sentía la obsesión de las cumbres...

Si los apologistas de la costa de Esmeralda fuesen costeando de San Sebastián a Deva, Saturrarán y Motrico; si hubieran hecho el fantástico viaje de Zumárraga a Bilbao, o visto a Bárcena desde los riscos por donde trepa el tren de Santander, o entrado en Solares al despuntar el sol sobre el tupido follaje que envuelve el pueblo, o internándose, con doña Rosario de Acuña o con don Ángel de los Ríos, en el atormentado laberinto de aquella provincia hasta llegar a los Picos de Europa, no pareceríales tan pintoresca la impresión que la costa de Esmeralda deja en la retina.

Aunque es probable que hubieran coincidido en alguna cima admirando las cumbres de La Montaña, donde tenemos constancia de que sí lo hicieron fue en las páginas de Gente Nueva, escrito por Luis París. Allí compartieron ambos  espacio y protagonismo con Pompeyo Gener,  Nakens, Dicenta, Mariano de Cavia, Degetau, Fernández Shaw, Zahonero, Alejandro Sawa, Urrecha y otros escritores disidentes.

Con algunos de los integrantes de aquel grupo mantuvieron ambos una amistad compartida. Tal fue el caso de Joaquín Dicenta y el propio Luis París. De la relación que mantuvo con ellos doña Rosario ya ha quedado constancia en anteriores comentarios. Por lo que respecta a Bonafoux, baste decir que ambos fueron sus amigos y confidentes  y que el madrileño café Fornos fue testigo de las animadas tertulias que –junto a otros integrantes de aquella «gente nueva» como  Manuel Paso o Alejandro Sawa– mantuvieron durante años. 

Aunque es probable  que hubieran coincidido en cualquier paraje de La Montaña –habida cuenta de que cuando el periodismo y la bohemia soltaban amarras, volvía don Luis a Santander y doña Rosario allí vivió unos cuantos años– donde sí que coincidieron fue en todo aquel escándalo de La jarca: la pensadora le envió el ácido escrito y el periodista lo publicó al instante. Fue en París... pero todo se termina sabiendo. Mucho más si alguien está por la labor de que así sea. Se supo... y se armó una buena. Los nombres de Luis Bonafoux y de Rosario de Acuña estuvieron en todas las protestas, en todas las proclamas, en todas las manifestaciones, en todas las quejas. Uno ya estaba fuera de España, la otra se tuvo que ir. También coincidieron en esto.

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