jueves, 23 de abril de 2020

211. El médico que la vio nacer


Hace apenas unos años errábamos tanto en el año como en el lugar de su nacimiento, ahora no sólo sabemos que nació el día primero de noviembre de 1850 y que lo hizo en la madrileña calle de Fomento (⇑), sino también conocemos el nombre del médico que la vio nacer. Nos lo dejó escrito cuando, enterada de su muerte, quiso rendirle un público homenaje. Se trata de Pablo León y Luque, afamado galeno que repartió sus esfuerzos entre los juzgados y las casas de socorro de Madrid, entre la beneficencia y la medicina forense.

The doctor (1891) óleo de Luke Fildes (Tate Britain. Londres)

Unas semanas después de producirse su fallecimiento, las más prestigiosas revistas médicas del país se hicieron eco del certamen convocado por Rosario de Acuña «con el fin de honrar la memoria del que la vio nacer y era íntimo amigo suyo y de su familia, el malogrado doctor D. Pablo León y Luque...». Aunque, por la propia naturaleza del feliz acontecimiento, no tengamos prueba documentada de la primera aseveración, creo que debemos darla por cierta por, al menos,  dos razones: primera, porque tal parece que lo afirma la propia interesada; segunda, porque sí contamos con datos documentales que prueban la relación de amistad que se declara, lo cual confiere verosimilitud a todo lo manifestado.

En 1876 publica su poemario  Ecos del alma,  en cuya página ciento ochenta y dos encontramos la poesía titulada «La felicidad» (⇑), dedicada «A mi querido amigo Pablo León y Luque». En cuanto a la amistad del referido médico con el padre de nuestra protagonista, es de suponer que se remonte a los tiempos de juventud, pues don Felipe contaba veintidós años en el momento del nacimiento de su hija,  y jóvenes eran cuando en 1856 ambos compartían ideales progresistas como oficiales del quinto batallón de la Milicia Nacional de la Villa y Corte. La relación se mantuvo, como luego constataremos, hasta que la muerte hizo acto de presencia, poniendo fin a la vida del médico en octubre del año ochenta y dos, y tres meses después a la de su amigo Felipe.

La actividad profesional de Pablo León está ligada a la ciudad de Madrid. Si médico era en noviembre de 1850, cuando vio nacer a Rosario de Acuña y Villanueva, su nombre aparece cuatro años más tarde en la relación de profesores que por real orden se adscriben a los juzgados de primera instancia de la capital, para realizar los análisis reclamados por los jueces, para el reconocimiento de heridas y para la asistencia de quienes las padecen. Compatibiliza esta labor en los juzgados con su trabajo como médico numerario de hospitalidad domiciliaria, actividad que incluye el servicio de guardia permanente en la casa de socorro. En ese desempeño, asumida la secretaría de la Junta Municipal de Sanidad, le correspondió combatir la epidemia de cólera de 1865, labor por la cual le fue concedida la Cruz de Beneficencia de Segunda Clase. Al año siguiente es elegido presidente del Cuerpo Médico Forense de la capital.

Su labor profesional no se limita a los juzgados y la beneficencia, pues el señor León (Arana) y Luque también destaca como traductor: pues vuelca al español afamados manuales de las diferentes disciplinas médicas (Tratado de patología interna, Lecciones de clínica médica, Tratado práctico de las enfermedades de las vías urinarias...). Consta también su participación en diferentes congresos médicos, siendo secretario de la junta organizadora del que se celebra en Madrid en 1864, en el transcurso del cual procede a la lectura de una ponencia titulada «Consideraciones sobre el criterio de la libertad moral en la perpetración de un delito», texto que, a buen seguro, será atentamente estudiado por nuestra protagonista cuando años después se dedique a indagar sobre la naturaleza humana (⇑) y sobre el comportamiento de algunos conocidos delincuentes (⇑).

A mediados del año ochenta y dos la prensa se hace eco de un suceso que tuvo a don Pablo como uno de sus protagonistas. En calidad de médico forense asistió al nacimiento del que se creía hijo póstumo de un barcelonés de mediana fortuna. Resultó ser que la viuda había convenido con otra mujer –embarazada, soltera y carente de medios– que se hiciera pasar por ella, y así poder reclamar la herencia en nombre de ese hijo que, gracias a la estratagema, la Justicia consideraría como  suyo. Fue una de sus últimas ocupaciones profesionales, pues en el mes de septiembre de ese mismo año se conoce que el presidente del cuerpo de médicos forenses de Madrid se encuentra en estado de gravedad. Pocos días después,  se hace público su fallecimiento. En la esquela tan solo aparecen dos nombres además del suyo: el ilustrísimo señor don Felipe de Acuña y Solís y el excelentísimo señor marqués del Busto, don Andrés del Busto y López, de quien nos ocuparemos más abajo.

La Correspondencia de España, Madrid,  6/10/1882

Tan solo tres días después de su fallecimiento, Rosario de Acuña envía una carta a varios doctores del círculo de amistades del finado, entre los que se encontraban tanto Pedro Carnicero, a la sazón presidente del cuerpo de forenses, como el ya citado Andrés del Busto, que lo había sido con anterioridad, para comunicarles que destinaba la cantidad de mil pesetas para entregar al mejor trabajo escrito sobre medicina legal. Lo hacía para «honrar la memoria del que tuvo en vida elevada inteligencia, vasta instrucción y ejemplarísimo amor al trabajo y a la ciencia». A tal fin entregó en depósito tal cantidad al marqués del Busto y encomendó a los destinatarios de sus misivas la organización del concurso público dirigido a doctores o licenciados en Medicina, cuyos trabajos deberían de ser valorados por un jurado «compuesto de eminencias médicas».

Del resultado del certamen y de las peripecias que acontecieron (inexplicable tardanza en la lectura de los trabajos presentados, demora en la elaboración del acta de adjudicación, envío de anónimos al depositario del dinero...) daré cuenta en un próximo comentario. Baste por ahora decir que el acto solemne de adjudicación del premio previsto para el día 5 de octubre del año ochenta y tres, la fecha del aniversario de la muerte de don Pablo, no se pudo celebrar porque nada se había hecho al respecto. A pesar del interés por ella mostrado, tal parece que el recuerdo del eminente médico que la vio nacer se ha disipado a los pocos meses de su fallecimiento, en razón al escaso entusiasmo mostrado por compañeros de la profesión y aun de su especialidad, y no son palabras mías, que escritas están por la pluma del señor del Busto.




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