20 marzo

232. El señorito chulo

Creo que a nadie se le escapa la importancia de contar con un buen diagnóstico a la hora de iniciar el tratamiento para la curación de los males, los que afectan a la salud de cada persona y los que lo hacen a la sociedad en su conjunto. Desde antiguo, al menos desde los tiempos de Galeno, se ha otorgado a la observación un papel destacado para conocer la naturaleza de la enfermedad. Solo después de haber efectuado un examen pormenorizado del cuerpo enfermo y tras ser convenientemente analizados los síntomas, es posible elaborar una conjetura razonable acerca del mal padecido, lo cual permitirá el empleo de los medios necesarios para su alivio o curación. También en lo que respecta a la sociedad: detectado el funcionamiento anómalo, se analizan las posibles causas que lo motivan y, una vez alcanzado un fundamentado diagnóstico, se proponen los remedios que se consideran adecuados para su regeneración.

Mariano Fortuny (1838-1874): Corrida de toros (Museo del Prado)

Ya antes del Desastre, hubo quien advirtió de los males que aquejaban a la España canovista, la del bipartidismo, el clericalismo y la miseria campesina, la del analfabetismo y los caciques, la de la oligarquía y el flamenquismo. Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Lucas Mallada, Ricardo Macías Picavea... Rosario de Acuña y Villanueva: ahí están sus escritos.   

Aunque en sus primeros textos ha quedado constancia de su capacidad de observación, no será hasta comienzos de la década de los ochenta cuando encontremos descripciones que van más allá de la mera traslación al papel de la realidad observada, pretenden diagnosticar los males y apuntan posibles remedios a los mismos. ¿Qué cambia? La mirada: dónde pone su atención y la finalidad con la que lo hace.

En «Las fiestas del Pilar de Zaragoza» (⇑), «Recuerdos de un día en Elche» (⇑) o «Correspondencia de Andalucía» (⇑), se dedica a describir lo que ve, como una buena cronista que no quiere dejarse nada relevante en el tintero, desde la hora de comienzo de los actos, al número de asistentes o la fisonomía de los personajes, que es descrita con todo lujo de detalles. Los comentarios más negativos, que también los hay («los fétidos miasmas que son tan frecuentes en casi todos los campanarios de nuestra patria», «se encuentren comarcas tan completamente aisladas y desiertas cual si nunca el soplo de la prosperidad hubiese pasado sobre su suelo»...), no van más allá, son uno más de los elementos que utiliza para describir con mayor fidelidad el escenario que contempla. 

Tras su estancia en Zaragoza (en «El camino de Torrero» (⇑) ya describe algunos de los síntomas que abordará más tarde) todo parece cambiar al respecto. Lo que ve no le gusta: el alejamiento del medio natural, la aglomeración urbana, limita los horizontes de las personas, convirtiéndolas en presas fáciles de la apariencia, la hipocresía, la banalidad y el sinsentido. No le gusta lo que ve y para intentar remediar la degeneración paulatina que amenaza el porvenir de la patria, propone el retorno a la vida campestre. Desde su Villa-Nueva, una quinta campestre que se ha hecho construir a las afueras de Pinto, rodeada de plantas y de varios animales domésticos entre los que no faltan dos buenas monturas, predica las bondades de la vida en el campo no solo a sus lectoras de El Correo de la Moda, sino también a quienes se adentran en las honduras divulgativas de Gaceta Agrícola, publicación del Ministerio de Fomento que tiene por objetivo fomentar el desarrollo agrícola y ganadero y la educación rural. Si en el periódico dirigido por Ángela Grassi mantiene una sección titulada «En el campo», en la edición ministerial publicará tres estudios más extensos, en los cuales explica con detalle sus propuestas regeneracionistas: Influencia de la vida del campo en la familia (⇑)El lujo en los pueblos rurales (⇑) y La educación agrícola de la mujer (⇑).

En vano es que los moralistas pretendan la regeneración colectiva, si la de la familia y la del individuo no se realiza; y ésta, forzoso es decirlo, jamás ha de verificarse en los grandes centros, donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles...

La España de la Restauración vive un proceso de decadencia y no alcanza los niveles de desarrollo y prosperidad que tienen otros países europeos. Se analizan las causas y se aportan diferentes soluciones. Algunos ponen el foco en el sistema caciquil que sustenta el bipartidismo, otros en la deficiente educación. Rosario de Acuña –quien primero batalló por la regeneración predicando el retorno a la naturaleza y más tarde, durante su campaña de Las Dominicales (⇑), arremetiendo contra el clericalismo en defensa de la libertad de conciencia, de la libertad de pensamiento– mostró siempre su admiración y respeto por quienes ponían lo mejor de sí mismos en la búsqueda de las mejores soluciones para los males de la patria. Lo hizo con Joaquín Costa (« ¡Ah, si de la tumba de Costa brotase la savia purificadora de nuestra regeneración!»), lo hizo también con Eugenio Noel, un  costista que años después recorrió España para intentar conocer cuáles eran las razones de su decadencia. Tras observar y analizar con detenimiento los comportamientos populares, llegó a la conclusión de que entre las costumbres que habían configurado sus rasgos distintivos las había que abonaban el tradicionalismo inmovilista («El caso es conservar lo viejo, lo que se ve y usa todos los días, lo que pasó a ser hábito y se consustanció en el instinto, lo que se hizo ley a fuerza de ser costumbre, lo que se convirtió en maneras, tradición, leyenda y gestas.»). Tras el diagnóstico, viene el remedio. Convencido como está de que resulta ineludible combatir los elementos patógenos que dificultan el desarrollo social, emprende una ardua campaña para hacer frente al flamenquismo, la superstición religiosa, el matonismo, la chulería, el desprecio hacia la sensibilidad artística o el caciquismo. 

El 11 de junio de 1915,  pocas semanas después de haber visto la primera luz, la revista España da inicio a una serie titulada «Los españoles pintados por sí mismos», que a lo largo de varios meses incluirá veintidós tipos de españoles descritos por veintiún afamados escritores, entre los que se encuentran Joaquín Dicenta (⇑), José Francos Rodríguez, los hermanos Álvarez Quintero, Gabriel Miró, Luis Bello, Pedro de Repide o Santiago Rusiñol. En noviembre de ese mismo año se publica «El señorito chulo», en el cual Eugenio Noel disecciona algunos de los males que considera atenazan al pueblo andaluz:  

Tiene treinta años y su vida es un modelo. Su padre, el cacique de la ciudad, es de Andújar y su madre, hija de un fabricante de licores, malagueña. El padre además de cacique es abogado, jefe de su partido político en la región y propietario de latifundios amén de administrador de las dehesas del duque X. El padre adora a su hijo como solo en Andalucía es posible adorar a un hijo; desde que nació lo tiene a su lado y, cuando las juergas lo retienen fuera de casa, va a por él como una niñera y lo trae en brazos. La madre se lo come a besos minuto a minuto con mimos que parecen de amante. En esta atmósfera ha crecido estudiando cuando le daba la gana y haciendo siempre lo que tenía por conveniente. Desde los doce años sostiene queridas, maneja dinero, viaja cuando hay toros en las ciudades, vuelve sin enterarse de otra cosa que de la corrida, no lee jamás y está absolutamente convencido de que sabe lo que ha de saber un hombre.

Rosario de Acuña –quien treinta y tantos años atrás había participado con «La cordobesa» en Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, un proyecto similar– reconoce en el texto al personaje, reconoce al señorito chulo. Le parece que ha sido descrito con gran exactitud y no duda en hacérselo saber a su autor a quien escribe una tarjeta postal, sin demora alguna (el matasellos lleva fecha del 23 de noviembre, tan solo cinco días después de que la revista fuera puesta a la venta). «Exacto, exacto...», le dice. Tenía elementos de juicio suficientes para afirmarlo. No hay que olvidar que durante su infancia, también en la juventud, pasaba temporadas en las posesiones que su abuelo tenía en la campiña jiennense, en la campiña jiennense (⇑), a donde acudía acompañada, las más de las veces, de su joven padre. «La vieja casa de los Acuña radicaba en Andújar... Admirable, exacto... exacto», volvía a escribir.

Eugenio Noel (a la izquierda) ante la tumba de Joaquín Costa, fotografía publicada en 1912

Aquella tarjeta postal debió de ser acogida con satisfacción por el joven propagandista, lo cual explicaría que aún hoy se conserve integrando su archivo personal. No le vendría nada mal esa muestra de apoyo, pequeña gragea de estímulo para proseguir la batalla contra el flamenquismo que había comenzado a finales de 1911, cuando decidió recorrer España de parte a parte con el objetivo de propagar su pensamiento, de avivar las conciencias, de ampliar las miradas de cuantas personas acudieran a escucharle a ateneos, casinos o teatros. La patria común no podría progresar mientras no soltara el lastre que la anclaba al pasado, que tomaba por tradición lo que no era más que juerga, matonismo y chulería.

Resulta difícil de admitir que su lucha contra los males que atenazaban a España (el clericalismo, la incultura o el flamenquismo) no fuera conocida por doña Rosario de Acuña desde tiempo atrás, más aún si tenemos en cuenta que ya en 1911 las páginas de El Noroeste, el diario gijonés en el cual ella también colaboraba, acogieron algunos de los escritos del publicista madrileño. No resultaría extraño, por tanto, que hubiera estado interesada en asistir a alguna de las conferencias que Eugenio Noel pronunció en diferentes locales gijoneses, bien fuera en el teatro Jovellanos, en el Ateneo Obrero o en Los Campos Elíseos («En el Teatro Circo de Gijón, que es imponente, tan numerosa era la concurrencia que llegó a emocionarme», escribió el conferenciante algunos meses después), pero le fue imposible hacerlo: en ese tiempo, primavera del año 1913, se encontraba lejos de su casa, en el obligado exilio portugués (⇑).  

A pesar de que, tal y como parece, no llegaron a conocerse personalmente, lo cierto es que tras la publicación de «El señorito chulo» el nombre de Eugenio Noel pasó a integrar la que para doña Rosario constituía la no muy nutrida lista de españoles admirables, acompañando a Costa, Pi y Margall, González de Linares o Giner de los Ríos. Así lo manifestaba un año después en una carta dirigida al director de El Noroeste:

¿No sería cosa de ir por estas aldeas en misiones de tolerancia, amor y cultura, como las que propone uno de los pocos hombres viriles y cultos de España, Eugenio Noel?




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