domingo, 12 de diciembre de 2021

248. Una vieja luchadora en la Huelga del Diecisiete

 

A pesar de que España se mantuvo oficialmente neutral en la devastadora guerra que asolaba a Europa, la vida se fue haciendo más dura para buena parte de su población como consecuencia de aquel conflicto que años después se denominó Primera Guerra Mundial. El aumento de la actividad económica, provocada por una mayor demanda de aquellos productos que habían dejado de producir los países en guerra, derivó en un descontrolado proceso inflacionario: las constantes subidas de precios se comían rápidamente los aumentos salariales. La carestía de las subsistencias azuzó el descontento social, hasta el punto de que en el seno de los dos sindicatos mayoritarios se fueron abriendo paso las propuestas más contundentes.  Con el objetivo de forzar al Gobierno a intervenir en el control de los precios, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores acordaron convocar una huelga general de veinticuatro horas. Fue la primera de este tipo en España y tuvo lugar el 18 de diciembre de 1916 con altas tasas de seguimiento (en algunas ciudades solo abrieron las farmacias y los estancos). Animados por  el éxito obtenido, los sindicatos empiezan a pensar en la posibilidad de convocar una huelga general indefinida si las autoridades gubernamentales no se avienen a sus peticiones.

Como si la unidad mostrada por la clase trabajadora hubiera provocado reacciones balsámicas en su ya cansado organismo, Rosario de Acuña parece encarar el nuevo año con renacida esperanza, dispuesta a continuar interviniendo en la tribuna pública, dando por terminado el voluntario silencio que siguió tras el regreso de su exilio portugués. El año empieza, en efecto, con una mayor presencia en la prensa amiga de lo que ha sido habitual en los últimos tiempos, pues a sus propios escritos hay que añadir aquellos otros que se ocupan de su persona, bien para alabar su trayectoria vital («Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y estudie…»), para sumarse a la propuesta de convertirla en miembro de la Academia Española que públicamente realiza Castrovido en El País; o la elevan a la categoría de ejemplo vivo de la heterodoxia («es muy conocida en todos los centros intelectuales donde haya un poco de arte y un mucho de revolución»).

En cuanto a los que ella publica, tal parece que están cargados de una renacida radicalidad, lo cual debió de poner nervioso a más de uno en un momento en el que militares, fuerzas de la oposición y sindicatos están poniendo en evidencia la descomposición del sistema político de la Restauración. No duda en reafirmar su antiguo republicanismo, arremeter contra «las fuerzas reaccionarias» en las que «renace el espíritu inquisitorial, cruel, sanguinario, de tiempos pasados»; o tomar partido por los países aliados que están haciendo frente en las trincheras europeas a quienes defienden «la regresión hacia ideales gastados, desmenuzados, inútiles ya para el camino de progresión». Se posiciona, de forma y clara y rotunda,  frente a las fuerzas que sustentan al Gobierno o, quizás mejor, al lado de quienes pretenden derribarlo.

Probablemente sea el artículo que aparece en El Noroeste el 12 de mayo con el título «La hora suprema» el que más recelos pudo haber despertado en los círculos regionales de poder. Se trata de un escrito en el cual, dirigiéndose «particularmente a las izquierdas de Asturias», les impele a «ponerse en pie y, con mesura y firmeza, avanzar sin vacilaciones […] e ir serenamente a la brecha, con la bandera en alto». Aquellas palabras no pudieron pasar inadvertidas a los delegados gubernativos en la región, pues bien parecen que están alentando a que convoquen esa huelga general de la cual no hace más que hablarse desde que a finales de marzo se firmara en Madrid un acuerdo entre la UGT y la CNT. Tampoco debió de pasarles inadvertida su asistencia al gran mitin aliadófilo que se celebró en Madrid el último domingo de mayo organizado por las fuerzas de la oposición, y del cual la escritora dio cumplida cuenta en el artículo «Ráfagas de huracán» que publicó el semanario madrileño El Motín.

 José Uría y Uría: Después de la huelga (Museo de Bellas Artes de Asturias)

La llamada pública a la unión de las fuerzas «de izquierda»  es lo que en aquella primavera de 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas ante todo lo que pudiera estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se para de hablar. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de «las izquierdas», como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid. En los inicios del verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la librepensadora. Buscaban panfletos, pasquines... las «proclamas de Marcelino Domingo», el mismo diputado socialista que, tan solo unos días antes y en las páginas de El Noroeste, había planteado que nuevos hombres, desligados de los partidos en turno, asumieran la dirección del Estado y dieran paso a un proceso constituyente. No encontraron nada, tan solo la contundente respuesta de la dueña de la casa: «Yo no necesito leer proclamas, si acaso las escribiría».   

Unos días antes del registro, los ferroviarios de Valencia habían iniciado una huelga que precipitará los acontecimientos: el Gobierno declara el estado de guerra, la Federación Nacional de Ferroviarios anuncia que si los trabajadores valencianos no son readmitidos convocará a todos sus afiliados del país a una huelga general para el 10 de agosto, la empresa no cede... La huelga de los ferroviarios sorprende a los dirigentes ugetistas trastocando el plan acordado con la CNT. A pesar de considerarla prematura, la UGT, que no podía dejar abandonados a los ferroviarios, decidió convocar una huelga general indefinida que se iniciaría el lunes 13 de agosto. Aunque las circunstancias no eran las más convenientes, pues quedaban muchos aspectos por debatir y muchos temas por concretar, no había marcha atrás y la huelga debería de ser general y revolucionaria y así lo hizo saber el comité de huelga en el manifiesto publicado el día anterior: no cesaría «hasta no haber obtenido las garantías suficientes de iniciación del cambio de régimen». 

A pesar de lo precipitado de la convocatoria, la huelga fue un hecho: pararon los principales centros industriales y mineros del país, así como las grandes ciudades. El Gobierno (que al decir de algunos habría precipitado los acontecimientos para no dar tiempo a los sindicatos a organizarse convenientemente) detuvo a los integrantes del comité de huelga y reprimió duramente a los huelguistas, dando por restablecido el orden cinco días después, aunque se mantuvo activa en Asturias algunas jornadas más. Dispuestos a acabar con aquel último reducto huelguista, los regidores gubernativos no quisieron dejar ningún cabo suelto. En la madrugada del 22 de agosto varios guardias civiles se presentan de nuevo en la casa de doña Rosario, uno de ellos, de paisano, armado de pala y azadón: venían a cavar en busca de  «bombas, armas, municiones y papeles» que supuestamente allí se habían enterrado. 

Aunque aquellos intempestivos registros no hacían más que confirmar que su nombre volvía a estar en el punto de mira de los celosos guardianes de la ortodoxia, aunque lo más sensato y razonable hubiera sido, por tanto, alejarse de la primera línea de confrontación, ella no podía hacerlo sin antes saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido  detenidos, sometidos a un consejo de guerra bajo la acusación  de sedición y condenados a cadena perpetua. El domingo 25 de noviembre acude a la manifestación convocada por socialistas, republicanos y reformistas para exigir la amnistía para Anguiano, Besteiro, Saborit y Largo Caballero: en la cárcel también estaba encerrada la esperanza que había depositado en la clase trabajadora, ansiaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso.

Lejos han quedado los tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Las dificultades económicas por las que atraviesa en los últimos años de su vida van a situarla al lado mismo de los más necesitados, con quienes compartirá estrecheces y penalidades, anhelos e ilusiones. Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: «¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!». De ahí que tras aquella huelga general, también está más próxima a aquellos que encabezan la lucha.

La madrileña Agrupación Feminista Socialista, tras enterarse por la prensa de los registros, hace pública su enérgica protesta contra semejante tropelía, al tiempo que manifiestan su admiración por la librepensadora y su deseo de contar con ella «para encauzar con su talento al elemento femenino por vías más amplias a su emancipación». Tiempo después, al aproximarse el aniversario de la huelga, los socialistas quieren contar con su testimonio para hacerlo público en el órgano del partido obrero y doña Rosario no puede menos de manifestar en las páginas de El Socialista cierta desazón por los magros logros cosechados por una huelga que pretendió ser revolucionaria. Tras varios días de horrores y de martirios, de correr sangre por ciudades y campos, la Semana Roja dio paso a una revolución blanca, una serie de leyes «liberales, progresivas, emancipadoras». No cabe otra cosa que seguir mirando al futuro con la esperanza puesta en las mujeres proletarias:

«De las mujeres del pueblo, que son las que aguantan las bestialidades de toda clase de machos, ha de surgir el núcleo de las rebeldes, e ínterin ellas primero y todas después no se rebelen en todos los órdenes de la vida moral y social de España, seguirán haciéndose revoluciones blancas».




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