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05 mayo

172. De médicos y enfermedades


Supo pronto de la existencia de los médicos: no en vano tenía uno por abuelo. Era el padre de su madre, de nombre Juan Villanueva Juanes. Tuvo tiempo de conocerlo, de disfrutar de su compañía, de sus aficiones y enseñanzas, pues murió en 1882 cuando Rosario de Acuña ya había iniciado la treintena. De él cuenta su única nieta que había estudiado medicina en Alemania, que era un afamado horticultor,  y que a su lado adquirió «conocimientos fisiológicos y naturalistas en edad en que apenas la mujer tiene otra pasión que las muñecas».

Reproducción de la pintura titulada ¿Será difteria? de Marcelino Santamaría Sedano (La Ilustración Española y Americana, 30-6-1894)

Una enfermedad ocular

Y fue precisamente en esa edad de juegos infantiles cuando la nieta del señor Villanueva se ve obligada a ampliar la lista de conocidos que usan la misma bata blanca que su abuelo. En esa primera infancia  empezó a padecer los dañinos efectos de una enfermedad ocular que la sumía en una dolorosa oscuridad. Después de varias consultas, hubo acuerdo en el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. Nada mejor que sus propias palabras para aproximarnos a lo que pudiera ser aquel sufrimiento:
 
Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.

Francisco Delgado Jugo. Grabado publicado en 1875 con ocasión de su muerte
Contando probablemente con la información de primera mano que acerca de la profesión médica dispondría su abuelo materno (y quizás también con la Andrés del Busto y López, médico de cámara de Isabel II y Alfonso XII, a quien le dedica su poesía «A la vida» (⇑), o la de Pablo León y Luque (⇑), el médico que la vio nacer y antiguo amigo de la familia), inició entonces un peregrinaje en búsqueda de la curación por las consultas de los más reputados especialistas, ya fueran operadores y oculistas prácticos, profesores universitarios, cirujanos o titulados en oftalmología por la universidad de París. Bien conocidos le resultarán los nombres de Antonio Ortega, Anselmo Sabatier, Rafael Cervera Royo, Antonio Alcaide de la Peña o Francisco Delgado Jugo. A este último –un venezolano especializado en París y que en Madrid desarrolló una intensa actividad clínica, primero en una de las casas de socorro y después en el Instituto Oftálmico– le dedicó la joven Rosario una poesía (⇑) al enterarse de su fallecimiento en 1875.

Diez años después, será uno de los discípulos de Delgado Jugo quien ponga fin a las penalidades padecidas durante treinta años. Gracias a la reconocida habilidad y sabiduría del doctor Santiago Albitos Fernández, Rosario de Acuña recuperará la certeza de la luz (⇑) tras una exitosa intervención quirúrgica que tiene lugar en el Hospital Asilo de Santa Lucía, sito en la madrileña calle de la Ruda. 

El origen de la locura

Resueltos de manera definitiva sus problemas de visión, serán otras las oscuridades que le preocupen a partir de entonces: la negritud del mal. Paradojas de la vida. Cuando en los años de infancia y de juventud había días en que amanecía libre de la dolorosa ceguera intermitente, sus ojos, ávidos de luz, se deleitaban con las bellezas que salían a su encuentro, con las brisas mediterráneas, con las olas del embravecido mar Cantábrico, con el sonoro volar de las gaviotas, con las melodiosas coplas de la paterna tierra andaluza, con el abrazo del viento serrano. Ahora que sus ojos pueden observar con atención sin temor a la sobrevenida oscuridad lacerante, su mirada se encuentra con algunas zonas de sombra que entenebrecen el escenario: la hipocresía, la ignorancia, la maldad... la locura. ¿De dónde viene la maldad; de dónde, la locura? Lleva un tiempo dándole vueltas al asunto. Primero se interesa por las lecturas de los teóricos de la frenopatía que ponen el acento en la herencia, en la relación existente entre la forma del cráneo y las cualidades morales; también por las de quienes, como Concepción Arenal, creen que los delincuentes son producto de la sociedad. Ahora, mediados los ochenta, por las informaciones de los llamativos crímenes que ocupan las primeras páginas de la prensa y también por los informes que acerca de los acusados realizan los médicos forenses. Le preocupa el tema; le da vueltas y más vueltas a la pregunta, al persistente dilema: ¿Es la herencia o es la sociedad la que convierte al hombre en criminal?

El ocho de octubre de 1882, tres días después de haberse producido el fallecimiento de Pablo León y Luque (el médico que la ayudó a nacer, antiguo amigo de su padre y, con el tiempo, también suyo), escribe una carta al presidente del cuerpo de médicos forenses haciéndole saber su voluntad de rendirle público homenaje:

...deseando honrar la memoria del que tuvo en vida elevada inteligencia, vasta instrucción y ejemplarísimo amor al trabajo y a la ciencia [...] destinaba la cantidad de mil pesetas para otorgar un premio, mediante invitación a concurso público entre los doctores o licenciados en medicina, al mejor trabajo escrito sobre medicina legal que se presente ante un jurado compuesto de eminencias médicas.

José María Esquerdo Zaragoza. Grabado publicado en 1895
Aceptado el encargo y siguiendo fielmente sus instrucciones,  el comité organizador (entre cuyos miembros se encuentran los doctores Pedro Carnicero Cardiel y Andrés del Busto López, marqués del Busto) hace públicas las bases que habrán de regir el certamen eligiendo un tema de larguísimo título que habla de conocimientos frenopáticos, de libre albedrío, de moral, de razón y de locura: temas de su mayor interés. No sería extraño que acerca de todo ello hubiera inquirido al señor Pablo León en más de una ocasión. Ahora que él se ha muerto, no duda en visitar el sanatorio mental que el doctor José María Esquerdo Zaragoza dirige en Carabanchel para intentar encontrar allí las respuestas que anda buscando. Por lo que cuenta en el artículo «Un redentor de locos» (⇑), bien podemos concluir que quedó encantada con la visita; también que se va decantando por una de las opciones del dilema: «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos».

No habrá de pasar mucho tiempo para tener una nueva ocasión de contrastar todo lo que lleva meditando sobre el asunto. El 18 de abril de 1886 Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá, caía herido de muerte a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Se planteaba un nuevo dilema: el sacerdote era un asesino y debería de ser juzgado como tal o se trataba de un demente que no era dueño de sus actos y habría que tratarlo como un enfermo. Será en la vista oral donde los especialistas argumentarán sus razones y hasta la sala de justicia acudirá Rosario día tras día para aprender de cuanto allí se diga. A alguno de los peritos que acuden hasta la sede judicial ya los conoce. Tal es el caso de José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo que fue quien resultó ganador del certamen por ella promovido para homenajear a su amigo Pablo León.

De todo lo que ha aprendido durante el juicio, de las lecciones impartidas en aquella causa por los seis doctores que han actuado de peritos, sacará sus propias conclusiones. De parte de ellas dará cuenta en  El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), un folleto publicado en 1888  a propósito de este nuevo suceso, que volverá a captar la atención de la España letrada a lo largo de los varios meses que los periódicos se ocupan de la la larga instrucción del sumario y de la posterior vista oral. 

Paludismo

Estaba plenamente convencida de los beneficios de la vida en el campo, de los efectos salutíferos de la naturaleza, tanto que hubo ocasiones en las que estando enferma no dudó en acudir a la montaña para curarse. Ha dejado escrito que habiendo cogido un buen catarro, «de esos de mano armada, que son primos hermanos de la pulmonía», no se le ocurrió otra cosa que marchar desde Pinto a la sierra de Guadarrama, en compañía de su criado Gabriel y sus respectivas monturas. Cabalgó de Cercedilla al Alto del León «con fiebre bastante alta, con una respiración jadeante, con un escalofrío continuo, y con dolores aplastantes en todas las articulaciones». Detuvieron sus monturas al pie de un manantial de aguas cristalinas. En una cocinilla de campaña pusieron a calentar aquella agua pura endulzada con miel. Mientras tanto, la enferma se hizo un lecho de monte. Envuelta en los abrigos, en los impermeables, se tumbó con la cara hacia el viento del norte y, poco a poco, sorbo a sorbo, fue tomando aquella saludable bebida. Cuenta que aquel tratamiento no tardó en funcionar, que por la tarde, «con el pulso normal, sin fatiga, sin dolores, aspirando e inspirando como émbolo bien regido, ágil, alegre, fuerte y sana, montaba a caballo para pernoctar en El Espinar». Sin embargo, los resultados no siempre resultan tan satisfactorios.

En otra ocasión y en algún paraje de esta misma sierra sufrió la picadura de un mosquito que por entonces propagaba por España el paludismo, malaria o tercianas (una enfermedad endémica en nuestro país, que no se consideró erradicada de manera oficial hasta el año 1964). Un par de semanas después de aquella picadura aparecieron los primeros síntomas, que venían a confirmar que estaba infectada por el parásito Plasmodium. Al principio aquellas fiebres palúdicas no parecían graves («unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de aires suelen curarse»), pero se hicieron resistentes y perduraron en el tiempo. El cuadro clínico se complicó hasta el punto de alcanzar un estado de caquexia (pérdida de masa muscular, anemia, agrandamiento del bazo...) que la situó al borde de la muerte. Afortunadamente para ella fue tratada por Félix Aramendía y Bolea, quien consiguió ponerla a salvo de la amenaza que la acechaba. En 1892, una vez recuperada de tan terrible mal, dedicó a este médico y catedrático de la Universidad Central el cuento titulado La abeja desterrada (⇑):

Su ciencia y su bondad me devolvieron la salud cuando hacía meses que luchaba contra el veneno de extenuantes fiebres infecciosas; el destino le trajo a mi hogar a tiempo de sacarme de una horrible agonía, ya iniciada en larguísimas horas de caquexia palúdica. Salud y vida le debo, y es bien cierto que, de existir el milagro, fuera uno de ellos el que vos hicisteis...


Tuberculosis

Una de las consecuencias de aquella prolongada enfermedad de tan perniciosos efectos fue su decisión de trasladarse a vivir a las orillas del mar Cantábrico. Aunque tuvo en cuenta diversas zonas de la costa norte, terminó optando por la Montaña, y en las proximidades de Santander fijó su residencia. Está decidida a pasar allí los últimos años de su vida. Parece el escenario perfecto:  «hermosísima tierra montañesa, de rico y fecundo suelo, de dulcísimo clima, de aguas cristalinas y puras». No obstante, al cabo de un tiempo descubre que no todo es tan maravilloso.

A poco que se ahonde en la vida y costumbres de este pueblo, veremos surgir, junto a cada llar de la Montaña, el prototipo fisiológico del hambriento de vida, del ser cuyos tejidos insuficientemente nutridos, albergan en sus células el plasma predispuesto a todas las infecciones. Aquí, en estos hogares montañeses, rodeados del medio ambiente más sano de España, aquí se han dado cita todos los genios malos del hombre, la escrófula, el alcoholismo, la sífilis, para encunar en sus funestos brazos el hijo amado de tan villanos padres: la tuberculosis. 

Le preocupan los efectos nocivos de aquella terrible enfermedad que, poco a poco, va debilitando la vitalidad del pueblo cántabro. Para combatirla no se le ocurre otra cosa que echar mano de su pluma y contar a sus lectores cómo se puede hacer frente al bacilo invasor. Es probable que, para contrastar la información obtenida en los manuales de medicina, acudiera a algunos de sus amigos médicos, pues entre sus nuevas amistades cántabras se encuentran  los doctores Enrique Madrazo Azcona (fundador de un prestigioso sanatorio ubicado en la capital santanderina) y Eduardo Estrañi Campo (hijo del fundador y director de El Cantábrico).

Fragmento de la tercera entrega de su trabajo sobre la tuberculosis publicado en el verano de 1901

Su aportación a la lucha contra aquel mal lleva por título  La tuberculosis en el pueblo montañés (⇑). A lo largo de las cinco entregas publicadas en el verano de 1901 en las páginas de El Cantábrico se dedica a ahondar en las causas que la producen, a describir los efectos de la enfermedad y a proponer diversas medidas profilácticas para intentar reducir el impacto que su contagio produce. Satisfecha con lo que ha escrito y creyendo que algunas de las medidas que propone bien podrían ponerse en marcha, no duda en enviarle una copia al mismísimo director general de Sanidad. Lo era por entonces el doctor Ángel Pulido Fernández, a quien debía de conocer de tiempo atrás, pues, además de ser un madrileño de edad parecida a la suya, fue otro de los discípulos de José María Esquerdo y autor, entre otras muchas obras, de una que bien pudiera haber sido leída por nuestra protagonista cuando estaba empeñada en desentrañar  –también en matizar y combatir, en la medida de sus posibilidades– las teorías frenopáticas: Conflictos entre la frenopatía y el código.

La respuesta del doctor Pulido («Si suprime usted la firma, cualquiera persona podría creer sin violencia que los ha escrito un médico...»), debieron animarla a seguir con su personal batalla contra el bacilo. Unos meses después de haber escrito sobre la tuberculosis pronuncia una conferencia dirigida a las mujeres obreras que lleva por título La higiene en la familia obrera (⇑), en el transcurso de la cual no puede menos de insistir en lo que ella considera el principal instrumento preventivo: limpieza, limpieza y limpieza.

 Embolia cerebral

A pesar de que esa había inicialmente su intención, no fue en Cantabria donde pasaría los últimos años de su vida. A sus ojos aquel idílico escenario ya no lo es tanto, tal y como nos cuenta en «Los crímenes en la Montaña» (⇑). Decidida a cambiar de nuevo de residencia, en 1908 reside discretamente durante seis meses en Gijón, «sin que nadie notase mi presencia». Al año siguiente ya se encuentra en la villa gijonesa donde compra unos terrenos para construir la que será, ahora sí, su última morada.

Aunque en estos postreros años no padeció, que sepamos, enfermedades dignas de mención, no por ello resultaron todo lo plácidos y tranquilos que ella hubiera deseado. Las protestas contra aquel artículo que no pudo dejar de escribir (⇑) la condujeron al exilio portugués, y aquellos dos años de vivir errante en el vecino país consumieron la mayor parte de su capital, condenándola tras su regreso a una vida gobernada por penurias y estrecheces que nunca antes había conocido. Menos mal que su casa se encontraba al cuidado de la naturaleza y que la brisa del mar acariciaba sus encalados muros.

No murió atormentada por el dolor de aquellas vesículas que durante años abrasaron su córnea; no fue como consecuencia de los efectos del parásito que en la treintena le ocasionó la grave caquexia palúdica; tampoco fue responsable el bacilo de Koch que con tanto ahínco combatió utilizando su voz y su pluma. Mientras realizaba las cotidianas tareas domésticas, un coágulo desprendido de alguna vena y que circulaba por el torrente sanguíneo se detuvo en una de sus arterias cerebrales, taponándola. Fue una embolia cerebral la que en pocas horas puso fin a su vida cuando contaba con setenta y dos años de edad.

Todo se acabó entonces. Aquí concluye esta historia de médicos y enfermedades que dio comienzo el primer día del mes de noviembre de 1850, cuando el doctor Pablo León y Luque la ayudaba a nacer en el domicilio familiar situado en la madrileña calle de Fomento, y termina en el momento en que el doctor Alfredo Pico Díaz certifica su defunción a las seis de la tarde de aquel sábado cinco de mayo del año 1923, hace hoy noventa y cinco años.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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24 febrero

170. Aprendió a aprender


En 1857 fue aprobada la Ley de Instrucción Pública.  En su articulado se regulaba cómo habría de ser la educación de las nuevas generaciones de escolares. Rosario de Acuña, que no había cumplido aún los siete años, era una de las destinatarias de aquel programa que había diseñado el equipo del ministro Claudio Moyano Samaniego.

Además de las materias instrumentales (Lectura, Escritura, Principios de gramática castellana y Principios de aritmética), la ley también establecía la obligatoriedad del estudio de la Doctrina cristiana y nociones de Historia sagrada –en consonancia con lo establecido en el Concordato de 1851–, así como materias específicas para los niños y las niñas en función, claro está, de las diferentes expectativas que la sociedad tiene para los hombres (Breves nociones de agricultura, industria y comercio, Principios de geometría, de dibujo lineal y de agrimensura, Nociones generales de física y de historia natural) y las mujeres (Labores propias del sexo, Elementos de dibujo aplicados a las labores propias del sexo, Ligeras nociones de higiene doméstica).


Cabecera de una revista de educación editada en los años sesenta del siglo XIX

Es probable que, además de las materias establecidas por la normativa vigente, el plan de estudios que habría de seguir Rosario hubiera sido completado con algunas otras materias, como Piano, Solfeo, Pintura o Francés, que era lo habitual en los colegios de monjas a los cuales solían acudir las hijas de las familias de economía desahogada.

Todo se truncó cuando la niña había cumplido los cuatro años. Fue por entonces cuando comenzó a padecer los primeros síntomas de una enfermedad ocular que la habría de someter a grandes padecimientos durante buena parte de su vida. Tras consultar a los mejores especialistas, no hubo más remedio que aceptar con resignación el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas, que por entonces estaba asociaba a procesos tuberculosos. Ya en la madurez, cuando la cirugía había eliminado el problema, la propia paciente, en una de aquellas «conversaciones femeninas» (⇑) que publicaba en El Cantábrico, nos inocula con sus palabras el dolor del mal durante tanto tiempo padecido y, más aún, el de la terapia con ella practicada: «Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea [...] y el quejido del atenazante dolor helaba la risa de mis labios de niña...»

Aquella dolorosa enfermedad le impidió cumplir los designios ministeriales y su educación quedó en manos de su familia. Su madre tomó a su cargo los aprendizajes de la lectura y la escritura, instrumentos imprescindibles para permitir cierta autonomía en la formación; su padre se ocupó de que se adentrara en el estudio razonado de la Historia al que, según ella misma cuenta, dedicaba largo tiempo leyendo y comentando fragmentos de «obras amplísimas y documentadas», con la esperanza de que, poco a poco, aquellas enseñanzas fueran sedimentándose de manera adecuada. Las Ciencias Naturales ocuparon lugar preeminente en la educación de la jovencita; no en vano contaba con un abuelo –médico y experto naturalista– que, además de lecciones de contenido más ortodoxo, se aventuraba a explicarle las teorías evolucionistas de Charles Darwin, lo que constituía una verdadera innovación en cualquier programa de estudios del momento, y rozaba lo revolucionario en el caso de una delicada y católica jovencita. Además de estas enseñanzas, digamos teóricas, impartidas en la ciudad, la niña aprendió muchas otras cosas acerca del funcionamiento de la Naturaleza en la práctica, en el campo, en las ocasiones, frecuentes y numerosas, en que se refugiaba  en los salutíferos aires de las serranías andaluzas para intentar paliar los sufrimientos que su enfermedad le ocasionaba. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

Resulta vano y estéril plantearnos qué hubiera sucedido de no haberse topado de frente con la conjuntivitis escrofulosa que laceró buena parte de su niñez. Lo cierto es, que de resultas de la misma, aquella niña recibió clases de materias que no estaban en el programa oficial y desarrolló aptitudes de observación, análisis, clasificación, comprobación o deducción que, de otra forma, hubiera tenido más difícil. Las continuas estancias en el campo, el amor y respeto hacia el maravilloso funcionamiento de la Naturaleza con el que asistía desde bien pequeña a las monterías que se organizaban en las fincas familiares, inocularon en la joven Rosario un confesado gusto por las ciencias naturales, del que derivaría su afición por el análisis de la naturaleza humana. Para este otro campo de estudio, le vinieron muy bien las enseñanzas de índole práctica y, hasta cierto punto, experimental obtenidas en los diferentes viajes que realizó por España, Francia e Italia durante su juventud.

No sabemos qué hubiera sido de Rosario de Acuña Villanueva de haber seguido el plan de estudios inicialmente previsto para ella, lo que sí sabemos es que el que finalmente desarrolló en el entorno familiar fue eficaz, pues aprendió a aprender, a adquirir conocimientos por medio del estudio, de forma autónoma y de manera sistemática  He aquí algunos ejemplos que lo prueban. 

Primero. LA FRENOLOGIA Y EL CEREBRO DE LA MUJER

En la España del último cuarto del siglo XIX había quien era dado a admitir con cierta complacencia teorías, tesis o argumentos con tal de que tuvieran cierto aspecto de cientificidad, más si se habían desarrollado durante el Siglo de las Luces, lo más de lo más. Tal fue el caso de las conclusiones de Franz Joseph Gall, quien a mediados del siglo anterior alcanzó gran notoriedad al definir una nueva ciencia llamada frenología, cuyo objeto era el estudio de la forma del cráneo y su relación con las cualidades intelectuales y morales del ser humano. 

El doctor Franz Joseph Gall en un  grabado publicado en 1847
Aunque la frenología, convertida en uno de los soportes –científico y racional– del racismo, cayó en el olvido tras la Segunda Guerra Mundial por razones obvias, en el tiempo que nos ocupa gozó de gran predicamento, y sus argumentos fueron utilizados, entre otras cosas, para justificar el papel secundario que la sociedad asignaba a la mujer. Y es que, según el doctor Gall, el cerebro de la mujer estaba menos desarrollado en su parte antero-posterior que el de su compañero de especie, razón por la cual sus facultades intelectuales eran, por naturaleza, inferiores a las de los hombres

Como aquel asunto tenía para ella gran interés porque estaba en juego la capacidad de raciocinio de la mujer, se puso manos a la obra. Lo prioritario era la documentación, acudir a las fuentes. Según sus propias manifestaciones se hizo con varias obras especializadas sobre la materia «aumentadas con las que va produciendo la ciencia europea en este género de conocimiento». Luego vino el estudio concienzudo. Finalmente sus conclusiones.

No pudiendo rebatir la tesis de manera concluyente y a la espera de que los estudios aportaran más luz al asunto (Cuando se cultive suficientemente esa gran rama del árbol del saber; cuando sus declinaciones no se hagan exclusivas de las escuelas intransigentes, y comience a sintetizar sobre los grandes análisis [...] entonces se dirá la última palabra), fija su atención en el punto de partida de esa supuesta diferenciación, que para ella está en la falta de posibilidades con las que ha contado  la mujer para su desarrollo. Lo avanzó en 1881 en Algo sobre la mujer (⇑):

…no se me venga con la fisiología a probar que nuestro cerebro, en cantidad y calidad es inferior al del hombre e igual casi al del hotentote, último ser de la escala racional, el más inmediato al cuadrumano, porque a esto respondo yo que órgano que no se utiliza concluye por atrofiarse

Años después desarrolló su tesis con mayor amplitud en la conferencia titulada Consecuencias de la degeneración femenina (⇑) que pronunció en la sociedad Fomento de las Artes el 21 de abril de 1888. El resumen fue concluyente: Insuficiencia por medios, no inferioridad por origen; he aquí todo.


Segundo. ACERCA DE LA LOCURA

El tamaño del cerebro o la forma del cráneo no justificaban, de ningún modo,  la supuesta inferioridad de la mujer, pero ¿podrían ayudar a predecir el carácter, la personalidad o los comportamientos humanos?  ¿Era posible, como algunos afirmaban, identificar a un loco o a un criminal en potencia con tan solo analizar sus rasgos físicos o palpar su cabeza? Aunque la frenología está actualmente desacreditada, no sucedía lo mismo en la España del XIX, razón por la cual había que hilar muy fino a la hora de poner en cuestión sus argumentos.

Para intentar obtener respuesta a preguntas de tanta hondura, a Rosario de Acuña no le basta en esta ocasión con la información que se encuentra en los libros, en esas obras especializadas sobre frenología que había adquirido. Necesita conocer otras fuentes, otras realidades, otros puntos de vista, sobre la locura, sobre sus causas.

Sabe que el doctor José María Esquerdo, especializado en el estudio de las enfermedades mentales, dirige en Carabanchel un hospital mental donde los enfermos llevan a cabo diversas terapias ocupacionales cuyos resultados no están en consonancia con el determinismo biológico que subyace en las tesis frenológicas.  Conoce que  aquel novedoso proyecto contribuyó a avivar el debate sobre el origen y las causas de la locura, del papel que en la enfermedad mental jugaba la herencia o acerca de los mecanismos que conducen a la degeneración humana. Así que, no duda en acudir a Carabanchel para comprobar todo cuanto se pregonaba acerca del doctor Esquerdo y su sanatorio. Y a juzgar por lo que dejó escrito, quedó encantada con la visita:

Su casa de salud es un pueblo, mejor dicho un estado, cuyo rey es el racionalismo; ¡raro contraste! Toda aquella muchedumbre de locos, está regida por la razón: para ellos no hay violencias, contradicciones, brusquedades, ni satíricos ultrajes; diríase, al verlos en amigable consorcio, que es una reunión de verdaderos cuerdos: para ellos no hay más que dulzura, condescendencia, suavidad y una firmeza racional, en cuya tersa superficie se estrellan impotentes las olas de sus extraviadas sensaciones: he aquí porqué ha conseguido Esquerdo redimir al loco; él le da nombre, tratamiento, palabra, libertad y, por último, le da la razón, primer paso que le ofrece para regenerar su pensamiento, y este sabio, esta gran figura de nuestra época, que está tan plagada de fantasmas irrisorios de sabiduría y grandeza, se encuentra solo ante su obra, como estuvo solo Sansón para derribar el templo filisteo; su ciencia ha creado escuela; su fe ha reunido discípulos; su voluntad y su honrado trabajo, ha levantado ese edificio donde se refugian todos los dolores de la pasión, de la herencia o del organismo, y desde cuyas ventanas amplias y siempre abiertas, se contempla un horizonte extenso y un anchuroso cielo: su obra es de gigante, como toda obra de redención. 

Además de las entusiastas alabanzas a la labor de Esquerdo, en el artículo, publicado con el expresivo título «Un redentor de locos» (⇑), anticipaba algunas de las líneas de investigación que habría de seguir en el futuro. Así, cuando afirma «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos», está señalando directamente a la sociedad como responsable, directa o indirecta, de la locura, lo cual la impulsa a hacerse una pregunta crucial: «¿qué importa que llevando sus conclusiones al límite, es decir, hasta la puridad más absoluta, nos encontremos con la absolución del criminal…?»

Ahí es nada. La señora de Acuña se ha metido de lleno en una disputa de altos vuelos que no ha hecho más que empezar, la que enfrentará a juristas y alienistas acerca de la responsabilidad penal de los dementes. El tema le apasiona porque intuye que en ese ámbito de investigación puede encontrar buena parte de las explicaciones que anda buscando. Tanto le atraen las tesis defendidas por los alienistas que no duda en convocar un certamen público bajo el lema «Irresponsabilidad del loco lúcido», dotado con mil pesetas.

Dibujo que ilustra el asesinato del primer obispo de Madrid publicado en 1886
Una circunstancia inesperada le permitió ahondar aún más en el asunto. El 18 de abril de 1886, Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá caía herido de muerte, a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro y ante numerosos testigos, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Para muchos el asunto estaba claro: Galeote era un asesino y debía de ser castigado como tal; otros, en cambio, argumentaban que se trataba de un demente y no era dueño de sus actos. Sería en los juzgados donde los peritos dirimirían la cuestión y hasta la sede judicial, bien provista de lápiz y cuartillas,  se acercaría día tras día Rosario de Acuña con la intención de no perder detalle (⇑) de cuanto allí se diga.

Las conclusiones de aquel intenso aprendizaje acerca de la locura quedan expuestas en El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), un folleto publicado en 1888  en cuyas páginas argumenta acerca de las causas que la desencadenan, del papel de la herencia, de la influencia de la educación recibida y del ambiente en el cual se crece y se desarrolla.

Tercero. LA AVICULTURA

A finales del siglo XIX toma la decisión de fijar su residencia en Cantabria y, habida cuenta de las excelentes condiciones que esta tierra reúne para la avicultura, se propone dedicarse a la cría de aves. Lo primero que hace es documentarse convenientemente, empaparse bien de los conocimientos y experiencia de los mejores avicultores del país, a la cabeza de los cuales se encuentra por entonces Salvador Castelló Carreras, quien en Areyns de Mar dirigía la afamada finca Paraíso, en la cual desarrollaba los conocimientos que sobre la materia había adquirido en el Instituto Agronómico de Gembolux (Bélgica). Leyó, estudió, consultó a los expertos y... ¡no la convencieron! Casi todos venían a coincidir en que el camino a seguir pasaba por el aislamiento de las distintas razas, la selección sobre sí mismas,  para conseguir la mayor pureza, los mejores ejemplares.

Al lado de esta chillería, cuyo verdadero origen es de muy problemática buena fe, y que, como digo, puede calificarse de avicultura teocrática, abría yo las obras de Darwin (que antes de traducirse a ningún idioma ya me las había explicado en castellano mi abuelo materno), tan admirablemente presentidas en una de sus tesis más fundamentales por nuestro Cervantes en el Quijote, que dice, poco más o menos, que todo linaje que pretende conservarse puro suele acabar en punta; axioma comprobado por las leyes darvinianas de la variabilidad; y no sólo en las páginas del sabio inmortal, del naturalista inglés, sino en las páginas (más sabias que todas) de la Naturaleza, veía yo triunfar en la lucha por la vida a todos los mestizajes.

Frente a la pureza de la raza optó por el mestizaje. Mezcla de razas con el objetivo de lograr una variedad de gallinas rústicas, buenas ponedoras, «de polladas sanas y fáciles de criar, de carnes aceptadas en el mercado general, sin suculencias exóticas, ni dificultades de venta, y para lo cual me sirviesen los elementos que tenía».

Solo había que poner en marcha el proyecto y comprobar si estaba en lo cierto. Adquirió en las mejores granjas del país varios lotes de diferentes razas de gallinas; preparó convenientemente el habitáculo para sus aves dotándolo de los aparatos más modernos para la cría artificial... ¡Manos a la obra! Cuidado, limpieza, observación... y anotar, y registrar: en cada huevo la fecha de puesta y la raza de la gallina ponedora; en los libros de ingresos y gastos, en el de puesta, en el de alza y baja de pollitos...

Imagen de la portada de AviculturaDocumentación y estudio. Elaboración de una hipótesis. Puesta en marcha de la experiencia. El resultado fue positivo: consiguió una raza de «gallinas mixtas» que resultaron grandes ponedoras de huevos grandes (el que menos de setenta y cinco gramos) y fueron muy valoradas pues, según sus propias palabras, en un año vendió catorce mil huevos para incubación con pedidos llegados de casi todas las provincias españolas, también de México y Argentina. Su apuesta por el mestizaje fue, al fin valorada, tanto por los avicultores cántabros (véase el laudatorio artículo (⇑) escrito por Pablo Lastra y Eterna, uno de los promotores de la Asociación de Avicultores Montañeses), como por los expertos internacionales que integraban el jurado de la Exposición Avícola Internacional celebrada en Madrid en 1902, los cuales le otorgaron el segundo premio, Medalla de Plata. También por quien fuera su maestro en el tema, el señor Castelló Carreras, quien no duda en pedir su autorización para reproducir en La Avicultura Práctica (⇑) aquellos artículos  que sobre el tema había publicado El Cantábrico, los cuales, dado el interés despertado, fueron reeditados en forma de folleto.

El mestizaje es el motor de la vida; la bandera de la libertad, de la democracia, ondea triunfante en avicultura sobre todos los dogmatismos reaccionarios de escuela.

Cuarto. LA HIGIENE Y LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS 

Desde que fijó su residencia en la Montaña no se cansa de alabar las bondades de la tierra cántabra,  su benigno clima,  la belleza de sus montes y de sus valles... No obstante, algo hay que empaña tan idílico escenario: las condiciones de vida de la gente más humilde. Así es que, considerándose «casi hija de esta hermosa tierra», no duda en adentrarse en la literatura médica con la pretensión de poner en manos de quien más lo necesita los instrumentos para luchar contra las enfermedades infecciosas, que acechan los hogares de la Montaña, «convirtiéndolos en nidales del dolor y la muerte».

Cuando la Federación Local de la UGT le propone participar en un ciclo de conferencias que pretendía acercar el saber a los círculos obreros, ella elige por tema La higiene en la familia obrera (⇑). Y sobre limpieza habló largo y tendido el 23 de abril de 1902, dirigiéndose de manera especial a las mujeres («dedico mi conferencia exclusivamente a las obreras, porque tengo absoluta fe en el destino superior de la mujer»). De limpieza, de higiene y de los tres elementos que ella considera imprescindibles: la luz, el aire y el agua. Al final confiesa que le bastará para sentirse satisfecha con su intervención «que todos  vosotros abráis las ventanas de vuestras casas así que amanezca, que todos vosotros lavéis vuestras manos y rostro dos veces al día»; que los hijos sean lavados y bañados diariamente; que las casas estén limpias, «olientes a cal», aireadas por todas partes.

A los obreros, a las mujeres obreras, no les habló en aquella conferencia de nada que tuviera que ver con la «destrucción del microbio por medio del desinfectante». Consideró entonces que, no habiendo apenas dinero para comer,  no lo habría para el cloruro de cal, el ácido fénico o el Zotal. Sí que lo hizo un año antes cuando eligió como protagonista de sus escritos al Mycobacterium tuberculosis o bacilo de Koch, la bacteria protagonista en el contagio de la tuberculosis: «Allí está, vertiendo la supuración corrosiva generadora de la fiebre, en el torrente circulatorio...».

A la enfermedad producida por esta bacteria, causante por entonces de la muerte de varias decenas de miles de españoles,  dedica el trabajo titulado La tuberculosis en el pueblo montañés (⇑). A lo largo de las cinco entregas publicadas en El Cantábrico se dedica a ahondar en las causas que la producen, a describir los efectos de la enfermedad y a proponer diversas medidas profilácticas para intentar reducir el impacto que su contagio produce. 

Aquel trabajo no pasó desapercibido. Fue reproducido en algún que otro periódico y su eco llegó hasta la prensa madrileña, apareciendo una laudatoria reseña en la primera página de El País. Mayor interés para el tema que nos ocupa representa la opinión que le merece al doctor Ángel Pulido Fernández, dada la significación que el citado galeno ostenta en la sanidad española del momento, habida cuenta de su condición de director general de Sanidad y de académico correspondiente de la de Medicina.

Fragmento de la carta que el doctor Pulido le envía a Rosario de Acuña

En carta que envía a su autora, el doctor Pulido no escatima en elogios a la hora de valorar el trabajo de doña Rosario. Quizás el más relevante de todos ellos sea el que escribe en el segundo párrafo de la misiva:

Puede usted estar satisfecha de su obra. Si suprime usted la firma, cualquiera persona podría creer sin violencia que los ha escrito un médico, por lo que se refiere a la doctrina; un eximio higienista, por el acierto de su propaganda, y un varonil y bien fogueado literato por su forma brillante y enérgica...

No tiene sentido elucubrar acerca de la formación que nuestra protagonista hubiera alcanzado de haber seguido –con todos los aditamentos habituales en las niñas de su condición– el plan de estudios establecido en la Ley de Instrucción Pública de 1857.  No sabemos, ciertamente,  cómo hubiera sido su educación de no haber sufrido en su primera niñez los efectos de aquella dolorosa enfermedad ocular. Lo que sí podemos afirmar es que, a la vista de los ejemplos anteriores, la educación alternativa que recibió en el ámbito familiar resultó  eficaz, pues parece evidente que logró abastecerla de los instrumentos necesarios para su educación permanente y continua, que aprendió a aprender.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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