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18 febrero

151. De armas tomar


Fragmento de una litografía del año 1910Dejó el campo y se fue joven a Madrid. Apenas tenía  quince años cuando llegó a la capital para estudiar: fueron tres cursos en un colegio preparatorio para lograr en 1846 el grado de bachiller en Filosofía, título que le abre las puertas de la Facultad de Jurisprudencia. Quince años tan solo tenía cuando salió de Arjonilla, una villa situada al este de la provincia de Jaén. Felipe de Acuña Solís abandonó pronto los campos jiennenses, pero regresaba una y otra vez a aquellos territorios, a disfrutar de aquel espléndido escenario que conforma la parte más oriental de Sierra Morena, de aquellas serranías que  se elevan al norte de Arjona, Arjonilla o Andújar, las tierras de sus antepasados.

Madrileño de adopción, funcionario de Fomento, casado y con una hija, abandonaba con cierta frecuencia el urbano escenario para reencontrarse con umbrías y solanas, con collados y vaguadas, con valles y montañas: se convirtió en entusiasta cazador, en montero asiduo de partidas varias. Observador atento del natural escenario, de los vientos y las nubes, sus compañeros de montería tenían muy en consideración sus saberes meteorológicos.

Algo de todo esto, del disfrute en el campo abierto y de los empíricos saberes, debió de transmitir a su hija Rosario quien, desde muy temprana edad aprendió a disfrutar de los aires salutíferos que le brindaban las dos vertientes de la  Sierra Morena jiennense. Sus enfermizos ojos se familiarizaron pronto con los escenarios de las sierras de Andújar y Madrona, con los llanos de Navalahiguera, con las cumbres del Tamaral, con las mesetas de la Solana. Allí, en aquellos territorios tan unidos al señorío de los Acuña, observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales, las costumbres de los serranos, las de los señores y la servidumbre. Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego. Testimonios tenemos acerca del uso que hizo de alguna de ellas. He aquí alguno de ellos.

El primero tiene por escenario la villa de Pinto, donde decidió construir una quinta campestre. Pues bien, así que se concluyó la casa empezaron a romper los cristales de las ventanas de la vivienda que estaban más próximas al camino vecinal. Una y otra vez: cristales nuevos, cristales que se rompían a pedradas. Para poner remedio a tan mal comienzo, la nueva vecina, enterada de que su nuevo pueblo lleva tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados, se pone manos a la obra. Valiéndose de sus amistades y de la ayuda de su padre, a la sazón un alto cargo del Ministerio de Fomento y miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas, consigue la ansiada autorización y una dotación de tres mil pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver el asunto:

Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

El segundo sucede varios años después, en el año 1900. Nuestra protagonista vive por entonces en la localidad cántabra de Cueto, en una casa de campo en la que tiene instalada una afamada granja avícola. Después de una larga jornada, de esas que en el mes de marzo anuncian ya la primavera,  el silencio de la noche se interrumpe de pronto por el tronar de unos disparos. La prensa del lugar se hace eco de aquel suceso: «Anteanoche se intentó cometer un robo en el pueblo de Cueto, en la casa-quinta que habita Rosario de Acuña. Esta señora notó que dos hombres habían penetrado en la huerta de la casa y forcejeaban para romper la verja, que separa dicha huerta de la portalada. Inmediatamente la dueña de la casa, dando muestras de gran presencia de ánimo, disparó dos tiros que hicieron huir a los ladrones. Después se vio que había desaparecido una pequeña cantidad de leña, que se cree llevaron los ladrones». Queda dicho: una fiel amiga que doña Rosario maneja con regular acierto.

Carácter más festivo tuvieron los disparos que realizó en el verano de 1911 en  El Cervigón, lugar situado a las afueras de Gijón donde poco tiempo antes había construido la que habría de ser su última vivienda. Los de entonces tenían como objetivo anunciar la llegada de un gran buque a la bahía: «Doña Rosario de Acuña se ha ofrecido a atalayar, desde su pintoresca posesión del altozano de La Providencia, la llegada del trasatlántico La Navarra al cabo de Peñas, o sea, una hora antes de su entrada en El Musel. Al efecto, y como aviso, se izará allí una bandera, lanzando, a la vez, seis chupinazos. La delegación del Centro Asturiano se muestra agradecida a la atención y entusiasta deseo de la señora de Acuña.».

Desde muy pequeña observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales... Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego...





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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21 diciembre

41. El catedrático de instituto y la servidumbre


A finales del XVIII había en el país quienes albergaban la esperanza de situar a España en la senda del progreso por la cual transitaban las naciones más avanzadas de Europa. Los había incluso que pretendían desamortizar la tierra que estaba en manos muertas, fuera del mercado, aduciendo que el principal capital de la nación estaba en poder de la Iglesia y la nobleza, tenedores éstos a los que les faltaría la iniciativa y el empuje necesarios para obtener el rendimiento que sería deseable.

La tierra, la posesión y explotación de la tierra, se va a convertir en uno de los elementos fundamentales en la larga disputa que los liberales entablan durante buena parte del XIX con los sectores más tradicionalistas en su afán de introducir reformas en la estructura económica del país. Las diferencias entre unos y otros se irán acrecentando a medida que la población se va haciendo cada vez más urbana y sean más aquellos que deciden guardar los usos y costumbres de su pasado rural en el baúl de la nostalgia.

Caricatura publicada en El Motín en diciembre de 1883


La sociedad del Antiguo Régimen es mayoritariamente agraria y las relaciones que se establecen entre sus miembros están condicionadas tanto por la naturaleza de las actividades agrícolas como por el régimen de propiedad de la tierra. Es en este contexto en el que se desarrollan las relaciones de servidumbre, de hondas raíces históricas, y sin las cuales las relaciones humanas en la vida rural no tendrían adecuada explicación. La existencia de criados en el campo, mayoritaria en buena parte de las tierras de España durante el siglo XIX, se mantendrá en mayo o menor medida hasta épocas relativamente recientes, por más que la progresiva urbanización de la sociedad española posibilite la paulatina la aparición de nuevas miradas sobre la tradicional relación amo-criado.

Las cosas van a ir cambiando poco a poco como bien podemos comprobar rastreando los escritos de doña Rosario (véase, por ejemplo, «La servidumbre» (⇑), El Cantábrico, Santander, 30-6-1902 y 7-7-1902). Nuestra protagonista pasó largos periodos de su infancia, «rodeada por buena porción de criados», en la casa solariega que su abuelo paterno tenía en Jaén. Creció teniendo por natural aquella relación, «siendo el señor moralmente amo y padre a la vez, y siendo el servidor criado e hijo al mismo tiempo»:

...el servidor era un ser de imprescindible necesidad en todo hogar medianamente digno, y confieso que, durante largo tiempo, no imaginaba que la familia, o el individuo, pudiera existir, en sociedad, sin criados.


Pensando así, no resulta extraño que cuando decide instalarse en una casa de campo en Pinto se hiciese con los servicios de Gabriel y su familia, criados que estuvieron a su servicio cerca de diez años. Claro está que las relaciones entre la propietaria de la casa y la servidumbre no eran ya las del tiempo de su abuelo. Por más que doña Rosario se empeñase en basarlas en la lealtad y la protección, sus criados cobraban en dinero los servicios prestados y si, como sucedió, atisbaban que éstos podían llegar a escasear no tenían reparo alguno en buscar mejores pagadores. Y así pasó para lamento de la señora:

...después de sacar de la miseria y de la ignorancia a una familia entera, después de tenerla 9 ó 10 años en mi casa, procurándola un capitalito para desempeñar sus fincas, y hacerse de otras nuevas, así que, por golpes ajenos, mi fortuna empezó a deshacerse, toda la familia buscó otro sol de más calor monetario, yéndose la hija de ama de cura y los padres a ser pequeños usureros en su tierra.


Las cosas han cambiado, ciertamente. ¡Qué tiempos aquellos en que uno era siervo hasta la muerte y el señor te protegía a ti y a los tuyos! Puesta a comparar el comportamiento de los criados de su abuelo con el que con ella han tenido Gabriel y familia, no puede menos que recordar el encuentro que tuvo cierto mes de noviembre cuando, viajando por las estepas centrales con prisa por llegar a Madrid, decide hacer noche en una posada de una ciudad castellana. A la mañana siguiente, dispuesta ya para emprender el viaje de vuelta, se le presentó un caballero que decía conocerla:

Entonces me entregó una tarjeta en la cual, debajo de su nombre, leí: «Catedrático del Instituto» Aquel caballero, cuyas manos estrecharon las mías con verdadera efusión, aquella noble persona, aquel intelectual doctorado, era nieto de la nodriza que crió a mi padre. ¡Con que placer, con qué alegría acepté la hospitalidad que, en nombre de los suyos, venía a ofrecerme, pues había sabido casualmente de mi paso por la ciudad: olvidé la prisa que llevaba; olvide el invierno que se echaba encima, y fuime a su hogar: ¡Con qué emoción tan honda y tan sentida, traspasé los umbrales de aquella honrada casa donde la abundancia y la inteligencia reinaban, y donde se me recibió con lágrimas en los ojos, no menos sentidas al hablar de los beneficios que le debían a mi noble padre, que agradecidas por mi parte al encontrar entre ellos, con la comunidad de ideas y de opiniones, la atmósfera de respeto y de amor de las antiguas servidumbres, acabadas para siempre en los tiempos modernos...!


A pesar de la satisfacción que le produjo aquel encuentro, ese tipo de servidumbre, establecido sobre un «contrato mutuo de amor y respeto entre amo y criado» ha pasado a mejor vida por el empuje de los tiempos. El amo ha pasado a ser jefe o patrón y el criado se convierte en trabajador asalariado. Ante el nuevo rumbo que toman las cosas, Rosario de Acuña modifica la perspectiva que de la servidumbre había mantenido desde su juventud: «El criado no debe existir, luego es preciso que no exista»

La casa, sin los quehaceres que el lujo y las inutilidades suntuarias proporciona; la casa, sin más estancias que la del trabajo en común y las del reposo; la casa, con el agua dentro, o a la puerta, la luz por los alambres, el calor por las tuberías, el mercado por el automovilismo; la casa, con las máquinas de lavar y coser, el huerto al lado, el corral inmediato, el palomar en lo alto, las colmenas junto al jardín... la casa así, puede llevarse (simbólicamente hablando) entre los brazos femeninos de la familia, y si hay pocos brazos en ella, o están cansados porque los años pesan sobre los hombros, busquemos el jornal, bien remunerado, con todas las prerrogativas que la evolución social lo va entregando, y, sino basta el jornal, organicemos el consorcio de las familias similares que se presten ayuda mutua en ciertos trabajos, primer jalón para la nueva organización de la humanidad, que vuelve ya el rostro hasta esa ley fraternal cuya base no es el cielo sino la tierra: busquemos quien parta con nosotros, trabajos y productos, pero jamás, ¡jamás! volvamos el rostro hacia las servidumbres, reflejo sombrío de la esclavitud, en las cuales acumulado y esenciado el odio y la venganza de sufrimientos seculares, se amasa una atmósfera de contrariedades y disgustos continuos, que envenenan y enlodan nuestros hogares. Reconozcamos, en los que ayuden nuestro esfuerzo individual, los mismos derechos a la misma vida que tenemos nosotros, y así es que aún ha de tardar en realizarse este abrazo fraternal que los hombres se den a través de las clases, procuremos que aquellos que, por jornal, nos ayudan, nos vean superiores y autoritarios, no por la soberbia, ni por la vanidad; no por la holgazanería, el capital, la alcurnia, o el saber, sino por la paciencia, por la bondad y por la ternura.


Definitivamente, los tiempos en los que un catedrático de instituto agradecía a la nieta del antiguo señor los beneficios recibidos habían pasado a mejor vida, eran fruto de otra época.

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 5-2-2010.




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