domingo, 2 de agosto de 2009

10. La visión de un agustino


El 28 de diciembre de 1884 Las Dominicales del Libre Pensamiento insertó en su primera página la carta en la que Rosario de Acuña hacía pública su adhesión a la causa. A partir de ese momento nada fue igual para ella. Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando, lo cual no tiene perdón de Dios.

Al principio, hubo gentes de la Iglesia que,  pensando que aquello podía ser una ofuscación pasajera, intentaron el retorno de la oveja descarriada. Esa parece que fue  la intención de José María Benito Serra y Juliá, por aquel tiempo obispo in partibus de Daulia, quien, según ella misma nos ha contado, porfió durante un tiempo con la nueva librepensadora:

...dándome golpecitos en el hombre, me repitió muchas veces, allá por los años de mi campaña en Las Dominicales: «Con nosotros, con nosotros, debería usted estar. ¿qué ventaja hay para que esa pobre clase aldeana y popular en abrirla los ojos. Pan y catecismo es lo que necesita el pueblo para ser feliz... ¡Ah, si usted quisiera sería, entre nosotros, otra Teresa de Jesús, aunque no fuera santa»

Más tarde, siendo evidente el fracaso de aquellos intentos, ya no hubo espacio para el diálogo: Aquello era una batalla y ella se había cambiado de bando.

Lápida colocada en la que fuera casa natal del padre Blanco en Astorga, donde nació en el año 1864 y no en el que por error ahí figura

Los elogiosos comentarios recibidos tiempo atrás, entre los que Rosario recordaba  los de su pariente el cardenal Benavides que le enviaba cartas llamándola «poeta insigne y otras lindezas» parecidas, se tornaron críticas ácidas, con escasos argumentos literarios. Sirva el ejemplo de lo escrito por el astorgano Francisco Blanco García. Este fraile agustino, profesor del Real Colegio de Estudios Superiores de El Escorial y director de la revista La Ciudad de Dios dejó escrito en la parte segunda de su voluminosa obra La literatura española en el siglo XIX lo que sigue:

Triunfo bien extraño fue el que consiguió doña Rosario de Acuña con su Rienzi el tribuno (1876), obra en que resaltan más los alardes democráticos que el conocimiento de la escena. Ni el protagonista y las figuras accesorias pasan e la medianía, ni los amores de aquél están bien delineados; y por lo que hace a los desahogos de Rienzi y sus apóstrofes a la libertad, no hacía muchos años que en otro drama con el mismo tema había precedido a la poetisa el malogrado Carlos Rubio. El talento de doña Rosario ha concluido en punta, como las pirámides. Las atenciones y lisonjas que le prodigó la galantería en 1876, le hicieron concebir de sí propia una idea equivocada; y ansiando a toda costa inmortalizarse, formó una alianza ofensivo-defensiva con los herejotes cursis de Las Dominicales, escribió a destajo versos y prosas incendiarios, y anunció en los carteles un dramón archinecio que delata con elocuencia el lastimoso estado mental de la autora.

Queda dicho.

Bien parece que a la hora de opinar sobre  la obra  de nuestra protagonista, don Francisco se deja llevar por argumentos que poco tienen que ver con la literatura, incide en cuestiones de tipo más sociológico, de grupos o bandos, lo cual, dicho sea de paso, tampoco resulta tan extraño si tenemos en cuenta la situación de confrontación ideológica en la que estaban inmersos algunos de los españoles de entonces.Y esta visión, lo dicho por el agustino padre Blanco, perduró pues su obra tuvo una trayectoria exitosa ya que vio la luz en tres ediciones distintas, en los años 1891, 1903 y 1910.




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