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sábado, 25 de junio de 2016

117. Tres sonetos para un siglo



Caricatura publicada en El Motín, 7-8-1881
Nació cuando el siglo XIX cumplía la mitad de su andadura. Transitó, ávida de conocimiento,  por la senda que, año a año, dibujaba ante sus pies. Cosechó sonoro triunfo al llegar al tercer cuarto, cuando crítica y público  la auparon hasta  las mismas puertas del Parnaso nacional...

No se acabó entonces el siglo, pero sí las lisonjas y parabienes de quienes antes la aplaudían,  como bien pudo comprobar cuando, a finales del año ochenta y cuatro, dijo en voz alta que abrazaba por siempre la causa del librepensamiento.

No se acabó entonces el siglo, pero mudó desde entonces la perspectiva desde la cual ella lo observaba. Ya no era el heredero de la luz, de la razón; ya no era el objeto de su romántica mirada. Ya no era el tiempo aquel en el cual las libertades se abrían paso sobre las ruinas del Régimen Antiguo, de siervos, diezmos y atávico atraso; ya no era la gloriosa etapa que anunciaban las lecturas, aquellas apasionadas lecturas que de la historia patria escuchaba emocionada de labios de su querido padre.

Aquel siglo que ella  re-encontró cuando sus ojos se vieron libres de las llagas del oscurantismo y la sinrazón, apenas se vislumbraba en aquel soneto que escribiera cuando las páginas de la Revista Contemporánea y de otras publicaciones del campo liberal estaban abiertas de par en par a la autora de Rienzi:

Naciste ante la luz de las edades
entre ruinas de tronos confundido
y empezaste a vivir, estremecido
de orgullo, ambición y de maldades.

El ancho campo de la ciencia invades
y de fantasmas por do quier seguido
acometes a Dios, que al fin, caído,
lo envuelves en groseras liviandades.

Al tumulto que mueven tus pasiones
brilla del genio la indomable gloria,
el oro ¡nada más! ven tus legiones;

en tu carro se anida la discordia
y al estruendo infernal de tus cañones
se escriben los anales de tu historia.

Aquel soneto era de 1876 y mucho habían cambiado las cosas desde entonces. Allí había gloria, cañones e historia... Pero la historia no siempre es pasado: hay ocasiones en que se resiste al olvido y vuelve, a veces con nuevos ropajes. El Antiguo Régimen no se había ido del todo y Rosario de Acuña lo sabía; hasta tal punto lo sabía que en 1887 –convertida ya en luchadora por la Verdad y en adalid del librepensamiento–  y ante las ruinas del castillo de Sobroso, sito en el concejo de Mondariz, escenifica un desafío a la ancestral alianza:

 ¡Levantaos, guerreros, duques, obispos, condes, abadesas y magnates, y atended, que para hablaros frente a frente recabo por un solo instante mi derecho de levantar bandera señorial sobre el coronado escudo de mi casa! ¡La adarga que en cien combates os sirvió de defensa contra las huestes de los almorávides, hoy la empuña mi mano en afilado acero transformada! ¡Luchad contra ella si os atrevéis! ¿Sabéis a quién defiende? ¡A vuestros siervos, a vuestras víctimas, a los vejados, a los oprimidos! ¿Sabéis por qué los defiende? Porque no late la vida en sus fibras sino buscando lo más alto, lo más puro, lo más perfecto, y vosotros, con toda la escala de vuestras grandezas pasadas y presentes, habéis sido como bloques de hierro pesando sobre todas las alturas, y todas las purezas y todas las perfecciones!...

La revolución liberal –la del ciudadano, la razón y la libertad– encontró en España inesperados compañeros de viaje, como ella hacía tiempo que había comprendido y aun sufrido. Así que cuando pudo ver, no le gustó lo que vio y –ya en los primeros años ochenta– empezó a clamar por la regeneración de su patria y en fiar en la mujer la larga y ardua tarea que había que emprender para conseguirla.

Cuando, tras el Desastre,  las voces de Costa, Mallada, Ganivet o Picavea retumbaron en aquella patria que debía cambiar pues –claro estaba– no funcionaba, Rosario de Acuña echaba una mirada retrospectiva y amarga a aquel siglo que fenecía:


Al siglo XIX


Huye, siglo, a esconderte en las edades
que contarán el salvajismo humano;
en ciencia, industria y artes soberano,
también fuiste gigante en crueldades.

Nacido entre rabiosas libertades,
de la razón te apellidaste hermano,
y al fin mueres en lecho de tirano
hidrópico de vicios y maldades.

Huye al pasado; ¡siglo maldecido!
tu claridad es luz de sepultura;
si una brisa de amor meció tu nido

la sangre humana orló tu vestidura,
y te dejas al hombre sumergido
¡en el fangal del odio y la amargura!

Octubre, 1900


España a fines de siglo


Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Taifa que vive bien de lo que pilla;
los que mandan, legión de rutinarios;
turba de jesuitas y falsarios
que envuelta en oro deslumbrante brilla.

La envidia en trono; el ocio a sus anchuras;
tribus de prostitutas y de ratas;
hambre, ignorancia, piojos, salvajismo;

muchos frailes, mendigos y beatas
y te dejas al hombre sumergido
¡Así camina España hacia el abismo!

Noviembre, 1900


Estos dos sonetos, escritos en los meses finales del siglo que termina y publicados semanas después en el Heraldo de París, son la última página del ultimo año del XIX. Lo que su autora no sabe por entonces, es que el que comienza le deparará nuevos sufrimientos, nuevas desventuras; que la desigual batalla que comenzó hace ya dieciséis años la obligará a exiliarse, a abandonar esa España que tanto le duele.


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