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18 julio

163. Por la Canal del Embudo


Necesitábamos pernoctar en Espinama,  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras.

Cada año recorría durante meses la geografía hispana. Primero acompañada de Gabriel, su fiel criado; más tarde de Carlos Lamo, su joven y valeroso amigo. Muchas leguas a caballo, muchos lugares, muchas historias. El lance al que se refiere en esta ocasión tiene por escenario el macizo oriental de los Picos de Europa,  y sabemos de él porque la protagonista se lo cuenta al escritor Antonio Zozaya en carta (⇑) que le envía para agradecerle el elogioso artículo que el jurista y publicista publicó en el periódico La Justicia tras el estreno de El padre Juan (⇑), el drama prohibido por la autoridad gubernativa la noche misma de su  estreno.
 
Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa», y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Tiene razón. La aventura que nos está contando tiene lugar a finales de la década de los ochenta y no será hasta algunos años más tarde cuando las crónicas den cuenta de las primeras ascensiones conocidas a algunas de las cumbres de esos Picos de Europa protagonizadas por Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud: Morra de Lechugales, Peña Vieja (1890), Pica del Jierro (1891), Torrecerredo (1892)...

 Torrecerredo y Peña Vieja en un mapa topografíco del Instituto Geográfico Nacional

... se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), 

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar:  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

Un momento. Volvamos a leer: «... quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo» ¿Estaban en la cima del pico Torrecerredo? ¿Rosario de Acuña Villanueva y sus dos acompañantes habían ascendido a la cima más alta de los Picos de Europa y lo habían hecho dos o tres años antes que el conde de Saint-Saud?

Montañeros, estudiosos del montañismo, especialistas en el tema... ¡tranquilidad! Entiendo que cueste aceptar que se venga a poner en duda algo que se ha venido dando por cierto durante tanto tiempo... Vayamos por partes.

Dejemos por ahora el Torrecerredo y vayamos a otro de los picos que doña Rosario afirmó haber ascendido por entonces: El Evangelista. La mención por la escritora de su ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de topónimo semejante. Aquello parecía suficiente para poner en duda sus supuestas ascensiones, tal vez un recurso literario de una escritora decimonónica. Aquella conclusión no satisfizo a todos, pues doña Rosario no era dada a artificios de aquel tipo. Tal fue el caso de Daniel Palacio (⇑) que investigó con afán el asunto, hasta el punto de aclararlo. En las páginas de  «Rosario de Acuña. Homenaje», publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992,  nos cuenta que el pico que actualmente conocemos como Pica del Jierro aparecía citado en algunos mapas de finales del XIX con la denominación «pico El Evangelista». O sea que sí existía y  que, al parecer,  tenía que ver con  la existencia de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista.

Por tanto, gracias a las investigaciones de Daniel Palacio, sabemos ahora que –a pesar de las dudas suscitadas por el desconocimiento y, tal vez, los prejuicios–   el pico El Evangelista sí existía y, por tanto, no hay razón alguna para dudar que Rosario de Acuña hubiera ascendido a su cumbre, situada a 2425 metros de altura, durante una expedición que efectuó por los Picos de Europa a finales de la década de los ochenta. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint–Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista; por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Bien. Admitamos lo de El Evangelista; también la ascensión al resto de picos que se citan en  «Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano» (⇑) (La Nueva España, 6-2-2006),  pero lo del pico Torrecerredo es, ciertamente, otra historia. La posibilidad de que hubiera ascendido a esa cima resultaba más difícil de admitir, no tanto por tratarse del techo de los Picos de Europa, sino porque su descripción no se corresponde con aquel escenario:

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. 

Aquello no terminaba de encajar. Lo del heno alpino y la hierba finísima resultaba bien extraño. No obstante, había que seguir investigando sobre el asunto. A ello me comprometí en aquel artículo escrito hace once años. Pregunté a montañeros conocedores de la zona y todos me decían lo mismo: lo que allí se describía no era el Torrecerredo.

Hace unos meses di con un comentario que sí podría explicar aquel asunto. La clave estaba en una parte de la descripción:

El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. 

«La olla de los embudos». Tanto el nombre como la descripción bien podrían coincidir con la zona conocida como canal del Embudo, un serpenteante sendero en la zona de Liordes con cerca de novecientos metros de desnivel. 

La Canal del Embudo en un mapa del Instituto Geográfico Nacional

Con estos datos en la mano el investigador Ramón Sordo Sotres, gran conocedor de los Picos, nos ofrece una hipótesis que resulta ciertamente verosímil y que fue publicada en Foropicos (⇑), un espacio dedicado a la montaña especializado en Picos de Europa. Según su versión de los hechos, doña Rosario de Acuña y sus acompañantes bien podrían estar situados frente «al monstruo de la cordillera Peña Vieja», como ella relata, pero la contemplarían desde un punto de vista bien diferente, pues no se encontrarían en la cima de Torrecerredo, tal y como creían, sino en lo alto de Peña Remoña.

La Torre Cerredu, por lo menos en su ubicación actual, está lejos de La Canal del Embudu y nuestra autora puede haber llamado Torre Cerredo –cima a la que otorga unos 322 metros menos que a Peña Vieja– a La Peña Remoña, y entonces al bajar de esta hacia Juentedé [Fuente Dé], haya llegado por malos vericuetos a La Canal del Embudu sin dar con el camino de Los Tornos de Llordes. 

Lo dicho. Teniendo a la vista el mapa del Instituto Geográfico Nacional, la hipótesis parece que da una respuesta satisfactoria a las dudas planteadas, razón por la cual  parece razonable que aquí quede recogido. Dando por buena la versión del señor Sordo Sotres (de la cual tuve noticias hace apenas unos meses, por más que fuera publicada a finales del mes de mayo del año 2008), bien podríamos concluir que doña Rosario de Acuña realizó una expedición por los Picos de Europa, en el transcurso de la cual ascendió, al menos, a las cimas del pico El Evangelista (o Pica del Jierro) y a Peña Remoña.

Si a estas ascensiones unimos aquellas otras de las que ella ha dejado constancia escrita, tanto por el Sistema Central como por Sierra Morena,  tanto por las tierras asturianas como por las cántabras (véase, por ejemplo,  el comentario que realiza sobre la ascensión al pico Cordel (⇑), el dosmil más oriental de la Cordillera), bien podremos concluir que, habida cuenta de que la mayoría tuvieron lugar con anterioridad a la última década del siglo XIX, doña Rosario de Acuña fue una verdadera pionera del montañismo en España.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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31 julio

8. Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano


Hace más de un centenar de años, allá por los ochenta del siglo diecinueve, que las más renombradas cumbres de la cordillera Cantábrica vieron interrumpida su virginal soledad con la llegada de una mujer, una pequeña mujer, que hasta allí ascendía para rendir su particular ofrenda a la Naturaleza. Su nombre: Rosario de Acuña y Villanueva; una madrileña nacida en 1850,  que desde su juventud quiso ser asturiana: «Hace muchos años, casi desde mi niñez, fue mi sueño rosado vivir y morir en esta Asturias, a la que conozco palmo a palmo...»

Para los cientos de viandantes que a diario recorren el paseo que bordea el gijonés arenal de San Lorenzo, el nombre de Rosario de Acuña es uno más entre los hitos que jalonan su cotidiana caminata: el puente del Piles, Les chapes, La Lloca, El pulpo, Los taper... la casa de Rosario de Acuña. Para los miles de visitantes que asoman su rostro  a la brisa marina en el Campo Valdés, la  blanca casa que se alza al otro extremo de la bahía supone un atractivo final para un seductor paseo. Unos y otros encuentran, tras un tramo empinado de la sinuosa senda, tras cuatro mil metros de placentero caminar, la que fuera su casa: «En esta casa vivió Rosario de Acuña y Villanueva, notable escritora y adelantada del movimiento feminista en España...». Escritora notable que abandonó su brillante camino para convertirse en propagandista de las ideas que defendía: libertad de pensamiento, regeneración y progreso.

Aquella niña que se crió en los alrededores de la Puerta del Sol se asfixia en la capital. Sus artículos y conferencias se convierten en una loa constante a la vida rural que la lleva a vivir en pequeñas localidades: primero Pinto, luego Cueto y Bezana (ambas en Cantabria) y finalmente, Gijón.

El Urriellu, un pico imposible para Rosario de Acuña, resultaba «insuperable a mis fuerzas su escalamiento» (Archivo del autor)

La pasión de doña Rosario por la Naturaleza le viene desde la cuna.  Su padre, «cazador de osos en los montes de Reinosa»,  la llevaba desde bien chica a  las monterías que organizaban en su casa solariega por  las serranías jienenses. Al tiempo, su abuelo materno, «el famosísimo médico y naturalista, el doctor Villanueva», le explicaba los secretos de la vida a la luz de los últimos avances de la ciencia, conociendo, de forma temprana,  las teorías de Darwin cuando éstas apenas comenzaban a ser difundidas en España, para disgusto de aquellos que las tachaban de pura herejía.

Este gusto por la vida agreste, que la llevó a recorrer España de norte a sur y de este a oeste a lomos de un caballo andaluz, encontró en Asturias el escenario propicio para tan apasionado amor por la Naturaleza. Recorrió su territorio palmo a palmo, a pie y a caballo; por valles y cañadas, por la costa y por el interior más profundo.

Conservamos algunos testimonios de sus innumerables andanzas por tierras asturianas: Leitariegos, Tarna, Ventaniella, el desfiladero de los Beyos («uno de esos cañones de ríos inverosímiles si se explican, asombradores si se contemplan»), el Nalón «desde sus fuentes principales, en las heleras majestuosas de la Nalona, hasta el deslumbrante panorama de su desembocadura en el Soto del Barco»... Recorriendo Asturias  desde los quince años, cuando  sus ojos pasaban un mes recibiendo los beneficios de la brisa yodada, hasta poco antes de morir. Contando entonces sesenta y cuatro o sesenta y cinco años, recién vuelta de  dos largos años de exilio portugués a causa de aquel afamado artículo en el que defendía el derecho de la mujer a estudiar en la universidad,  realizó la que, probablemente, fue su última singladura por estas tierras que tanto amó: un viaje a pie desde Gijón a los Oscos. El itinerario seguido  por nuestra librepensadora podría ser ahora rescatado para ser ofrecido a los amantes del senderismo, los  propios y los foráneos. Veamos: por la costa hasta Ribadeo; subida  a la sierra de la Bobia y de allí a los Oscos («¡Qué Oscos! ¡Qué riqueza de tierra! [...] Si los Oscos se cultivasen intensamente, si se replantasen sus bosques, antes de veinte años toda aquella región sería un río de oro...»). Desde esas ricas tierras a Grandas de Salime, para posteriormente adentrarse en  tierras de Tineo tras atravesar el puerto de El Palo; luego, por el de La Espina, a Salas, Grado y... vuelta a El Cervigón. ¡No está nada, pero que nada mal! A la luz de lo contado hasta aquí, podemos afirmar que la escritora tenía sobradas razones para decir aquello de «Asturias me la sé». Pero, ¡vayamos a la montaña!... que en eso habíamos quedado.

Doña Rosario, que se caracterizaba por observar sistemática y minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor, anotaba cuanto acontecía en sus andanzas por las montañas españolas. Conservamos testimonios de algunas de sus ascensiones en Sierra Morena, Guadarrama, la sierra de la Estrella, los Pirineos, picos de Mampodre, pico Cordel (en cuya cima nos cuenta que puso «una bandera gigantesca en que con un ¡Viva la República! y un ¡Viva la libertad de pensamiento! se enlazaba mi nombre»)...

Durante el verano de 1889 o 1890 estuvo una temporada en las Peñas de Europa en compañía de un «fiel compañero». Se trataba, con casi total probabilidad,  de Carlos Lamo Jiménez, con quien convivió durante los últimos treinta y tantos años de su vida; primero como separada de su marido, el militar, y después como viuda: la viuda de Laiglesia. Para acercarse a la cima, se servían de dos caballos asturcones que les facilitaban la aproximación hasta las primeras pendientes; a partir de ahí, esfuerzo, tesón, pericia... De sus escritos conocemos que son varias las cumbres por ella coronadas: Peña Ubiña, La Silla del Caballo, El Evangelista, Torrecerredo...

En un artículo suyo publicado en la primavera de 1891 en el semanario madrileño Las Dominicales del Libre Pensamiento, nos relata pormenorizadamente el peligroso descenso de Torrecerredo  que realizaría el verano anterior en compañía de su acompañante habitual y de un lugareño que actuaría como guía:

«...el lance era serio [...] en aquella elevación colosal, el frío, así que cae el sol, es cruelísimo; no teníamos abrigos, el hambre nos acosaba ya, y ni la sed podíamos calmar, porque las neveras se hallaban en precipicios inabordables... Se imponía la bajada so pena de jugarnos la vida quedándonos sobre las agudísimas aristas que nos servían de pedestal, y en las cuales les pareceríamos a las águilas, que giraban en torno nuestro, tres gigantescas hormigas puestas en pie. [...] Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos 2 km. atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 m. sobre el nivel del mar: entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana...»

De confirmarse que tal suceso tuvo lugar en el verano de 1890 (por nuestra parte seguiremos estudiando el tema), obligaría a adelantar en dos años la fecha de la  primera ascensión a  esta emblemática cumbre, pues la que realizó el conde de Saint-Saud  tuvo lugar en 1892. En todo caso, no sería ésta la primera vez en la que Rosario de Acuña aventajase al conde en una cumbre de los Picos. Tal parece que ocurrió con el pico El Evangelista. ¡Ah!, «El Evangelista», la mención por la escritora de su  ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de  topónimo semejante. La tenacidad investigadora de Daniel Palacio vino a poner las cosas en su sitio. Las conclusiones de sus estudios sobre el tema  han quedado reflejadas en las páginas de Rosario de Acuña. Homenaje, publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992. En efecto,  en algunos mapas de finales del XIX aparecía con la denominación «pico El Evangelista» al que conocemos como Pica del Jierro, situado en el Macizo de Ándara, entre Asturias y Cantabria. El nombre utilizado por la escritora y montañera, objeto de la confusión, parece ser debido a la existencia en las cercanías del monte de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista. A pesar de  las dudas iniciales, aquella cima que doña Rosario dijo haber ascendido sí existía. El habitual carácter riguroso y realista de sus escritos quedaba patente una vez más. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint-Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista;  por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan (⇑), y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Por todo lo dicho hasta aquí, creo que hay motivos suficientes para afirmar que estamos ante una verdadera pionera del montañismo asturiano no sólo por la entidad de las ascensiones que realiza, sino por la fecha en la que éstas tuvieron lugar. No debemos olvidar que ocurrieron con anterioridad a 1891, fecha en la que fueron públicamente relatadas. Y en ese momento nos encontramos en los comienzos del montañismo asturiano: no muchos años antes se habían realizado las primeras ascensiones a los picos más altos de la cordillera para colocar los vértices geodésicos; a fines del XIX, se realizan las primeras con finalidad deportiva, esto es, sin motivaciones geológicas.

En estos tiempos en los que la conmemoración del centenario de la primera ascensión al Urriellu, realizada el 5 de agosto de 1904 por Gregorio Pérez, El Cainejo, y Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, nos ha obligado a repasar la nómina de aquellos pioneros que en el montañismo asturiano han sido, no está de más que reivindiquemos la inclusión en la misma de doña Rosario... y ello a pesar de que no se hubiera atrevido con la ascensión al Naranjo de Bulnes, "por ser insuperable a mis fuerzas su escalamiento". Si con el Urriellu no se atrevió, las que si llevó a cabo en fecha tan temprana le hacen acreedora a tal distinción. Espero que a partir de este momento el nombre de Rosario de Acuña y Villanueva figure junto a los de Gregorio Pérez, Pedro Pidal, Casiano de Prado, Loriere,  Vernuil, Frasinelli, Guillermo Schultz, el conde de Saint-Saud, Juan Suárez, Francois Salles y algunos otros, en la historia del montañismo asturiano, puesto que, no me cabe  duda alguna,  en esto de la ascensión fue una auténtica pionera.

¡Que así sea!

Macrino Fernández Riera
La Nueva España, Oviedo, 6-2-2006


Nota. En el comentario 163. Por la canal del Embudo (⇑) se recogen nuevas informaciones que complementan lo aquí publicado.




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