lunes, 3 de febrero de 2020

206. «La caverna y el Patronato Rosario de Acuña», por Regina Lamo


Era el nombre de esta mujer lo más protervo, lo más execrado, lo más abominado de los cavernarios españoles.

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máximia impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos.

El Santo Oficio (fragmento), Francisco de Goya (Museo del Prado)

Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos, apostólicos y romanos.

Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

La amé mucho. Tanto que logré reaccionar sobre calumnias inmundas, todas lo son pero algunas lo son más cuando parten de labios familiares, impulsados por complejos psicopáticos atormentados por impotencia manifiesta contumaz. Logré reaccionar, y por encima de todo coloqué el deber indeclinable de que Rosario de Acuña se sobreviese.

Sus obras, sus maravillosas obras, eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotó la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!

Y sacrificándolo todo: mi labor personal hecha a pulso durante dieciocho años en toda la prensa española y americana; mi labor cooperativista a que consagré la mayor y mejor parte de mi tiempo fundando el primer banco obrero cooperativista, bajo el título Institución Regina Lamo –en mi anhelo de democratizarme en absoluto, modifiqué hasta el apellido para mi firma de publicista, suprimiendo el «de» de mi abolengo–, sacrificando cuanto hice y soñaba hacer por mí y para mi nombre, recogí el de Acuña, perseguido, vilipendiado, repudiado por la caverna invencible que en España imperó e impera, y lo enarbolé con todo el brío de un corazón impulsado por lo que consideró el más alto y primordial deber: rehabilitar una memoria, ponerla en marcha, hacerla vivir... ¿Cómo? ¿Sólo con el ditirambo? ¿Con el saumerio? ¿Con la loa como tópico? NO. Con mucho más. Con algo definitivo, palpable, fuerte y hermoso, como lo fue Rosario.

Una escuela, un patronato para vivificar su espíritu, para inyectarle su savia vigorosa en biología admirable... ¡Siempre superhombre!... ¡Siempre con el «plus ultra» infinito de los bellos sueños, de los grandes impulsos, de la progresión indefinida con que ungió toda su gran obra, su imperecedera –gracias a mí–  obra, la gran educadora de la Humanidad, Rosario de Acuña...

Y el patronato surgió al esfuerzo mío. Surgió tras titánica lucha. Era una entelequia para aquellos mismos que habían de ser beneficiaros suyos... ¡En verdad era osado el propósito! Partió de una equivocación básica. Creer que esta República era... la República a que España tenía derecho, después de las vejaciones y esquilmaciones soportadas por los anticlericales librepensadores nacionales durante el infamante siglo XIX...

¡Qué error tan inmenso! ¡Bien caro lo pagamos cuantos contribuimos infatigablemente al éxito de esta pseudorevolución, que fabricamos alegres y confiados.

Desde el más alto sitial de la República hasta el último escondrijo o madriguera burocrática, la caverna impera, la caverna manda, la caverna decreta.

Uno de los decretos transmitidos sotto vocce es boicotear todo cuanto trascienda a laicismo verdad, laicismo de pura cepa; de aquella solera vibrante y cristalina que se llamaron Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín, léase Rosario de Acuña y José Nakens.

Ellos, los dos grandes luchadores por el ideal racionalista, siguen siendo protervos, indeseables y «ab-renunciados» por todos estos ateos «gracias a Dios» que figuran en los mandos de la República, sometidos al papa y al nuncio...

¿Qué más necesitaba el Patronato Rosario de Acuña para ser solapadamente envuelto en malicias e insidias? Solo precisaba llevar el nombre de ella a la cabeza.

Anónimos amenazadores –de que, a su debido tiempo, di cuenta a la Dirección de Seguridad–, calumnias viles, suposiciones injuriosas exteriorizadas sin permiso del juez –¡claro está!–, diatribas, etcétera, etcétera. Todo el arsenal que ya creíamos enterrado con los chirimbolos de la monarquía surge en torno al Patronato Rosario de Acuña.

El Ateneo, que honró con un brillante núcleo de sus miembros al Patronato inscribiéndose en éste, se deja influenciar por dimes y diretes lanzados al socaire de cavernarios, que allí discurren a sus anchas gracias al marchamo republicano, fecha 12 de abril de 1931.

Se desea hundir el Patronato Rosario de Acuña. Se desea que «no florezca» –ésta es frase de un superateneísta–; se desea que fracase.

¿La obra? ¿La idea? ¿La protección puericultora? ¿La propaganda eugénica comenzada en las conferencias celebradas por los insignes pensadores Luis Huerta, Jiménez Asúa, Tato Amat, Belén Sárraga...? ¡No!... Lo que desean extirpar del ámbito español, de la periferia madrileña, del Ateneo de Madrid, es el simbólico nombre que sirve de bandera al Patronato que hoy represento yo.

Es el nombre de Rosario de Acuña, la anticlerical, la librepensadora, lo que estorba. Hay que acabar con lo que significa, como acabaron con ella en vida. Es la consigna de los elementos reaccionarios, más o menos encubiertos, incluso en la barriada del Puente de Segovia.

Acabar con el Patronato Rosario de Acuña les va a ser más difícil que tratar de desacreditarme a mí, fundadora y presidentea –también por derecho propio– del Patronato.

Subrayamos, para terminar, que si era el supremo título de valor  y energías defender el librepensamiento y el laicismo en los ominosos tiempos monárquicos, y ello solo podía ser realizado llevando en el alma temple tan audaz y estoico como era el de aquellos Nakens y Rosario de Acuña, acaso..., acaso..., sean necesarios mayores y más fuertes «reaños» para defenderlos en estos tiempos republicanos, tal y como se está poniendo la República, y tal y como yo los defiendo y me propongo seguir defendiéndolos.

Regina Lamo de O´Neill

La Tierra, Madrid, 26-7-1933




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