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03 febrero

206. «La caverna y el Patronato Rosario de Acuña», por Regina Lamo


Era el nombre de esta mujer lo más protervo, lo más execrado, lo más abominado de los cavernarios españoles.

Rosario de Acuña encarnaba el anticlericalismo, la heterodoxia científica, la épica lucha liberal de la España racionalista frente al reaccionarismo furibundo, sanguinario, cruel, impío, con la máximia impiedad que entraña hablar en nombre de Cristo –cantor de la fraternidad universal–, persiguiendo sañudamente a los practicantes de esa fraternidad cuando no va controlada por obispos, curas y monaguillos.

El Santo Oficio (fragmento), Francisco de Goya (Museo del Prado)

Rosario de Acuña era la protesta viva, la llama de las hogueras de la Inquisición española –la más cruel y sanguinaria– hecha verbo, centella, látigo flagelador de escribas y fariseos católicos, apostólicos y romanos.

Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor.

La amé mucho. Tanto que logré reaccionar sobre calumnias inmundas, todas lo son pero algunas lo son más cuando parten de labios familiares, impulsados por complejos psicopáticos atormentados por impotencia manifiesta contumaz. Logré reaccionar, y por encima de todo coloqué el deber indeclinable de que Rosario de Acuña se sobreviese.

Sus obras, sus maravillosas obras, eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotó la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!

Y sacrificándolo todo: mi labor personal hecha a pulso durante dieciocho años en toda la prensa española y americana; mi labor cooperativista a que consagré la mayor y mejor parte de mi tiempo fundando el primer banco obrero cooperativista, bajo el título Institución Regina Lamo –en mi anhelo de democratizarme en absoluto, modifiqué hasta el apellido para mi firma de publicista, suprimiendo el «de» de mi abolengo–, sacrificando cuanto hice y soñaba hacer por mí y para mi nombre, recogí el de Acuña, perseguido, vilipendiado, repudiado por la caverna invencible que en España imperó e impera, y lo enarbolé con todo el brío de un corazón impulsado por lo que consideró el más alto y primordial deber: rehabilitar una memoria, ponerla en marcha, hacerla vivir... ¿Cómo? ¿Sólo con el ditirambo? ¿Con el saumerio? ¿Con la loa como tópico? NO. Con mucho más. Con algo definitivo, palpable, fuerte y hermoso, como lo fue Rosario.

Una escuela, un patronato para vivificar su espíritu, para inyectarle su savia vigorosa en biología admirable... ¡Siempre superhombre!... ¡Siempre con el «plus ultra» infinito de los bellos sueños, de los grandes impulsos, de la progresión indefinida con que ungió toda su gran obra, su imperecedera –gracias a mí–  obra, la gran educadora de la Humanidad, Rosario de Acuña...

Y el patronato surgió al esfuerzo mío. Surgió tras titánica lucha. Era una entelequia para aquellos mismos que habían de ser beneficiaros suyos... ¡En verdad era osado el propósito! Partió de una equivocación básica. Creer que esta República era... la República a que España tenía derecho, después de las vejaciones y esquilmaciones soportadas por los anticlericales librepensadores nacionales durante el infamante siglo XIX...

¡Qué error tan inmenso! ¡Bien caro lo pagamos cuantos contribuimos infatigablemente al éxito de esta pseudorevolución, que fabricamos alegres y confiados.

Desde el más alto sitial de la República hasta el último escondrijo o madriguera burocrática, la caverna impera, la caverna manda, la caverna decreta.

Uno de los decretos transmitidos sotto vocce es boicotear todo cuanto trascienda a laicismo verdad, laicismo de pura cepa; de aquella solera vibrante y cristalina que se llamaron Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín, léase Rosario de Acuña y José Nakens.

Ellos, los dos grandes luchadores por el ideal racionalista, siguen siendo protervos, indeseables y «ab-renunciados» por todos estos ateos «gracias a Dios» que figuran en los mandos de la República, sometidos al papa y al nuncio...

¿Qué más necesitaba el Patronato Rosario de Acuña para ser solapadamente envuelto en malicias e insidias? Solo precisaba llevar el nombre de ella a la cabeza.

Anónimos amenazadores –de que, a su debido tiempo, di cuenta a la Dirección de Seguridad–, calumnias viles, suposiciones injuriosas exteriorizadas sin permiso del juez –¡claro está!–, diatribas, etcétera, etcétera. Todo el arsenal que ya creíamos enterrado con los chirimbolos de la monarquía surge en torno al Patronato Rosario de Acuña.

El Ateneo, que honró con un brillante núcleo de sus miembros al Patronato inscribiéndose en éste, se deja influenciar por dimes y diretes lanzados al socaire de cavernarios, que allí discurren a sus anchas gracias al marchamo republicano, fecha 12 de abril de 1931.

Se desea hundir el Patronato Rosario de Acuña. Se desea que «no florezca» –ésta es frase de un superateneísta–; se desea que fracase.

¿La obra? ¿La idea? ¿La protección puericultora? ¿La propaganda eugénica comenzada en las conferencias celebradas por los insignes pensadores Luis Huerta, Jiménez Asúa, Tato Amat, Belén Sárraga...? ¡No!... Lo que desean extirpar del ámbito español, de la periferia madrileña, del Ateneo de Madrid, es el simbólico nombre que sirve de bandera al Patronato que hoy represento yo.

Es el nombre de Rosario de Acuña, la anticlerical, la librepensadora, lo que estorba. Hay que acabar con lo que significa, como acabaron con ella en vida. Es la consigna de los elementos reaccionarios, más o menos encubiertos, incluso en la barriada del Puente de Segovia.

Acabar con el Patronato Rosario de Acuña les va a ser más difícil que tratar de desacreditarme a mí, fundadora y presidenta –también por derecho propio– del Patronato.

Subrayamos, para terminar, que si era el supremo título de valor  y energías defender el librepensamiento y el laicismo en los ominosos tiempos monárquicos, y ello solo podía ser realizado llevando en el alma temple tan audaz y estoico como era el de aquellos Nakens y Rosario de Acuña, acaso..., acaso..., sean necesarios mayores y más fuertes «reaños» para defenderlos en estos tiempos republicanos, tal y como se está poniendo la República, y tal y como yo los defiendo y me propongo seguir defendiéndolos.

Regina Lamo de O´Neill

La Tierra, Madrid, 26-7-1933




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10 diciembre

141. «Rosario de Acuña. En muerte como en vida», por Roberto Castrovido


Aún no hace un año que murió en Gijón doña Rosario de Acuña.Valía mucho aquella mujer por el temple de su voluntad, por lo mucho de ejemplaridad, por el arte de poetisa, de autora, de periodista y por sus virtudes de mujer. Era buena, era abnegada era sincera, era firme en sus convicciones, era franca y era artista.

Fragmento del artículo publicado en El Pueblo

Aristocrática por linaje, amaba al proletariado; católica por su ascendencia y el bautismo, fue librepensadora por convicción. Nació rica, murió pobre. Joven gozó del aplauso, de la adulación de la lisonja; vieja sufrió, con entereza destierros, persecuciones, censuras, apartamientos de las gentes, murmuraciones, injurias.

Estrenó triunfalmente un drama Rienzi, se le prohibió de El padre Juan. Se aparenta desdeñarla y hay contadas prosistas como ella. Hace un año escribía en el número extraordinario de  El Motín un precioso artículo. Y si la colaboradora de Las Dominicales del Libre Pensamiento valía mucho como prosista, su valer como poetisa es verdaderamente extraordinario. Basta para hacer perenne su fama literaria un soneto: el publicado después de fallecer la autora. (1)

Ni muerta dejan aún de perseguirla dice muy bien El Noroeste de Gijón: este suelto que copio del número 9787 del citado colega, correspondiente al día 20 de este mes y de este año:

Entérese el lector de la información municipal siguiente:

 «En la Alcaldía se recibió un oficio del Gobierno civil, aprobando el recurso presentado por varios propietarios de los terrenos por donde pasa el nuevo camino del Piles a la Providencia, contra el acuerdo municipal de dar á dicha avenida el nombre de la insigne escritora Rosario de Acuña (2). Se funda dicha decisión en no haber transcurrido los diez años, que prescribe la ley, desde el fallecimiento de la mencionada señora, y no haber mostrado su conformidad las dos terceras partes de los propietarios.

 »No se trataba de cambiar el nombre de una calle por otro, sino de dar a una nueva vía el de la gloriosa escritora que estableció en Gijón y quiso tener aquí su tumba. El nombre de Rosario de Acuña está en la Historia de España mucho antes de morir la mujer superior que tanto lo enalteciera en las letras y en la ejemplaridad de los ideales. Sus mezquinos enemigos no lograrán alcanzar nunca, no ya una parte de merecimientos ni un destello siquiera del glorioso prestigio  universal que goza el nombre de la ilustre dama y que perdurará a través de los años como uno de los valores espirituales positivos de su época.

»Quien tiene una página en la Historia que es el libro de las generaciones, pese a quien pese –y lo inmortal sólo abruma a los espíritus ruines– vive permanentemente en el recuerdo del mundo.

»¡Qué importa el nombre de una calle!

»Si se pensó en que Gijón se honrase dando a una de sus avenidas el nombre de aquella inolvidable mujer, espejo de bondad, de amor al prójimo y de elevadas virtudes cívicas,  fue, no por ella que no lo necesita, sino como exteriorización de la honda y fervorosa admiración que la mayoría del pueblo gijonés sintió por doña Rosario de Acuña, en vida, y siente ahora por su memoria.

»El jesuitismo local se ha opuesto al noble y sentido homenaje del pueblo. Así que supo del acuerdo del Ayuntamiento de dar el nombre de la gran escritora a la nueva  avenida de la Providencia, movilizó a uno de sus instrumentos y asesorándole de ciertos artilugios de legalismo, consiguió que el acuerdo no prosperase.

»Así está Gijón: boicoteado el sentimiento liberal por un jesuitismo sectario y perseguidor que no respeta ni a la muerte.

»Ayer se anotaba un triunfo contra una agrupación de ciegos infelices que un día rehusaron sometérsele; hoy se apunta otro contra la memoria de doña Rosario de Acuña, presidenta de honor de esos ciegos gijoneses.

»¡Y aún hay quienes llamándose liberales conviven con ese jesuitismo perseguidor le hacen el juego y lo secundan admirablemente en sus cálculos!»

Si el nombre ilustre de Rosario de Acuña se dio a una calle nueva, ¿qué vecinos habían de protestar? Y si hay que esperar a la década de la muerte, muchas, muchísimas calles han de cambiar de nombre. Se trata de una jesuítica añagaza que no debe consentirse.

El Pueblo, Valencia, 1-1-1924

Notas

(1) Probablemente se refiera al titulado «Mi última confesión» (⇑), que fue publicado en El Motín el 30 de junio de 1923.

(2) En relación con este tema se recomienda la lectura del comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑)





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26 diciembre

82. «Romanticismo y positivismo», por Ignacio Rodríguez Abarrátegui


Admirable señora:

He tenido el honor de leer el artículo que en El Noroeste de esa ciudad dedica usted a don Luis Barroca, don Andrés Corsino y demás tripulantes del vapor Felisa (⇑), y su lectura me ha producido el mismo efecto que me producían los que escribía in illo tempore, cuando todavía la nieve de los años no empezaba como ahora a blanquear mi cabeza.

 

Vapor Felisa (Colección José Ángel del Río Pellón)


  Por su espíritu no pasan los años abrumándole con las decepciones ni en él parecen causar mella los desengaños, a juzgar por la virilidad de su estilo vibrante fustigando a la canija generación actual falta de ideales, sin energías para volver por los fueros de la razón y del derecho, postrada vilmente ante el becerro de oro, al que rinde culto de mil formas diversas, arrastrándose penosamente para vivir con vilipendio.

 
No por referirse a mi humilde personalidad me ha sido grato su artículo solamente, sino porque en él ensalza usted el acto altruista de un grupo de hombres que, alejados la mayor parte del tiempo de una sociedad utilitarista, respirando el aire puro del mar, viviendo entre el abismo líquido y el estéreo del infinito, son, como la mayor parte de los que pasan sus días recorriendo la inmensidad de la llanura azul, mucho mejores que los que viven absorbiendo el aire emponzoñado de las grandes ciudades.

Dice usted que mi alma, según el vocabulario de superhombres que hoy se estila, es romántica: no sé lo que será; pero sí es enemiga de la falsedad, de la mentira convencional, de la injusticia dorada con la micácea legalidad, de todo lo que deprime al hombre y disfraza bestiales pasiones con la carátula religiosa, política y social.

Si esto es romanticismo, romántica es también su alma de usted, señora doña Rosario, sin que ese romanticismo haya logrado deshacer ni las virtudes ni los desengaños.

Mas no nos quejemos de ser así; no lamentemos este nuestro quijotesco modo de pensar y de obrar, persuadidos de que con lo que el vulgo califica de extravagancias nuestras contribuimos, aunque poco, a que ese vulgo se dignifique, ayudándole a desembarazarse paulatinamente de las atávicas cadenas que aún le aherrojan a un pasado de tinieblas y horrores.

Verdad es que estas extravagancias, si bien nos producen placer dedicando a ellas todas las energías de nuestra alma, agotando la ternura de nuestro corazón, también nos proporcionan algunos disgustos, crueles dolores y a veces la duda atormenta nuestro espíritu sumiéndolo en mortal abatimiento.

Nos consuela una cosa: considera que la Humanidad fue sobre poco más o menos siempre así: un conglomerado de soñadores y de vividores, de Quijotes y de Panzas; pero en las páginas de la Historia vemos brillar a través de los siglos y como faros de las almas los nombres de los grandes románticos. Los de los positivistas no aparecen o sólo sirven para ser execrados.

Fragmento del artículo publicado en El Motín el 30-3-1911 y que originó la carta de Rosario de AcuñaSócrates con su romanticismo es algo más superior que el negociante Anito; Jesús, soñador de la fraternidad, poeta del amor humano, es una figura superior con su túnica remendada que todos los pontífices romanos con sus túnicas y tiaras cuajadas de pedrería; Espartaco, medio muerto de hambre, es superior a Trimasción, borracho, y a Calígula, con el vientre repleto; Giordano, elevándose con el humo de la pira que consumió su cuerpo hacia los mundos del espacio, eclipsó la fastuosidad de los cerdos amarrados a la ridícula ciencia del Vaticano; los románticos de la inmensa revolución francesa transformaron las leyes anacrónicas del mundo, derrotando a los tiranos de Europa en los campos de batalla; en cambio, ¿qué hicieron y hacen los supers del positivismo de todos los tiempos?

El romanticismo en literatura, en ciencia, en política, en filosofía y en religión, fue, es y será la palanca que remueve las generaciones lanzándolas a la conquista de nuevos ideales en todos los órdenes de la vida.

Por escasez de ese romanticismo en España vivimos como los sapos entre el cieno de una laguna infecta, sin observarse entre la generación actual aquellos actos de admirable valor, aquellos arranques de dignidad, aquellos heroísmos sublimes de otros tiempos.

Bendigamos, pues, nuestro romanticismo.

Sin él, no nos elevaríamos sobre el nivel general en que vegetan tantos fariseos de bonete, corona o gorro frigio, tanto farsante como engaña al pueblo con su charlatanería, tanto bribón de todo género y toda laya, tanto charlatán y tanto escribidor bilingüe, tanto pillo y tanto tonto.

Terminaré, señora mía, con una pequeña aclaración.

Si los neos me han procesado, me han encarcelado, me han sentenciado a presidio y no sé como no me han matado, no han hecho más que cumplir con un principio de la ley natural de conservación.

Han estado en su derecho, no les censuro por ello; pero sí han llenado mi corazón de amargura algunos señores charlatanes del republicanismo positivista queridísimos amigos y correligionarios que me abandonaron en mi naufragio.

Le admira y considera su más atento servidor

I. Rodríguez Abarrátegui
Garrucha, Almería, mayo 1911

Notas

(1) Ignacio Rodríguez Abarrátegui fue un conocido activista del librepensamiento, lo cual –al igual que les sucediera a tantos otros– le ocasionó más de un contratiempo. En una de éstas, viéndose obligado a mudarse a tierras almerienses, se embarcó en el vapor Felisa. Tuvo la suerte de que los miembros de la tripulación –asturianos, por más señas– fueran lectores asiduos de El Motín, periódico donde el señor Abarrategui solía publicar sus escritos. Todo fueron atenciones durante los cuatro días de travesía, y así lo contó la agradecida pluma de don Ignacio en un artículo titulado «De Cádiz a Garrucha» que fue publicado en la edición de El Motin de 30 de marzo de 1911. Al enterarse Rosario de Acuña del ejemplar comportamiento de los marineros, y sabiendo que éstos eran gijoneses, conciudadanos suyos, no duda en hacer públicas alabanzas de «la noble y piadosa acogida» dispensada a su correligionario.

(2) La fotografía del vapor Felisa que ilustra este comentario forma parte de la Colección José Ángel del Río Pellón, según referencia incluida en el blog Vida marítima (https://vidamaritima.com/2016/09/el-vapor-felisa-y-la-compania-del-vapor-lucienne/)

(3) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 22-10-2010.




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25 diciembre

80. «A la memoria de la gran pensadora Rosario de Acuña», por Amalia Carvia


Las mujeres españolas emancipadas de la rutina religiosa están de duelo. Ha muerto la gran mujer que un día enarboló en el baluarte del libre examen la hermosa bandera del más sagrado de los derechos, llamando a agruparse bajo ella a las conciencias femeninas.

Natural es que nosotras, las que fuimos despertadas por su elocuente voz del sueño de la inconsciencia, nos lamentemos hoy de tan sensible pérdida; porque Rosario de Acuña era una estrella luminosa en el brumoso cielo de la conciencia nacional y a sus fulgores pudieron distinguir muchas almas el recto camino que lleva a la verdad y la razón. Aquellos sus artículos publicados en Las Dominicales, que hicieron célebre su magistral pluma, serán siempre recordados por todos los amantes de los fueros del pensamiento humano.

La pluma de la señora de Acuña fue una formidable piqueta golpeando sin descanso en el vetusto alcázar de la tradición. La admirable pensadora con lógica contundente arremetía contra todos los absurdos del dogma católico, pero entre las filigranas de su inimitable y valiente estilo, asomaban los tiernos y exquisitos sentimientos de su elevado espíritu verdaderamente religioso. Y por esto, su resonante voz vibraba fuertemente en las almas femeninas, penetrando hasta el fondo de las más místicas y piadosas, que abandonaban resueltas el culto del altar católico por el culto más alto de la victoriosa razón.

Fragmento del escrito publicado en El Motín (19-5-1923)]


Así era de ver el inmenso número de adhesiones que llegaban a manos de la famosa propagandista, firmadas por mujeres españolas. Fue una explosión de entusiasmo que la reacción se encargó prontamente de apagar; pero no hay duda que los corazones de todas aquellas mujeres quedaron grabadas con indeleble sello.

Podrían las fuertes influencias del ambiente jesuítico cambiar las manifestaciones exteriores de esas mujeres, pero sus almas seguirán siendo libres, y al imprimir sus sanos besos de madre sobre las frentes de sus hijos, lo harán sin las estupideces del ciego fanatismo.

Rosario de Acuña habrá muerto quizá con el pensamiento entristecido ante la perspectiva de una España esclava de los hijos de Loyola; mas ya su valiente espíritu, desde las altas regiones donde mora, percibirá que su labor no ha sido perdida, que su siembra fructificará rápidamente cuando las circunstancias porque hoy atraviesa nuestro país desaparezcan, y el suelo, libre del cieno que lo cubre pueda dejar brotar todo lo que ha sido sembrado.

Hasta sus últimos años, la pluma férrea de la escritora de alma inquebrantable ha fustigado sin parar las mentiras e hipocresías que inficionan el ambiente patrio, asombrándonos que en su avanzada edad conservara tan perfectamente los ímpetus juveniles, la gallardía y donosura de sus mejores años. Y es ello la prueba más evidente de que tan admirables atributos no tienen su asiento en el organismo material, que residen en el espíritu, decidido a cumplir su destino en la tierra, a pesar de todos los obstáculos que el mundo ponga a su paso.

El alma de Rosario de Acuña, abierta siempre a los efluvios del espacio, tenía la conciencia de su misión, ya hoy cumplida; que ella nos fortifique en las luchas de la vida por la liberación humana; que ella, que hasta última hora ha persistido en la creencia en ulteriores fines, siga desde el infinito prestándonos las energías potentes de su ser, para continuar esa labor de los siglos de separar la verdad del error, de combatir las imposiciones del fanatismo que entenebrecen la existencia del hombre, a pesar de sus esfuerzos por acabar con un mal tan antiguo.

Bendigamos la memoria de la valiente mujer que pasó la vida aprovechando todas las horas de ella en una titánica empresa, cual es la de levantar esa espantosa mole que pesa sobre el pensamiento humano.

Valencia, mayo, 1923
Amalia Carvia


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 8-10-2010.




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71. De curas y beatas


Hay quien se sorprende cuando afirmo que Rosario de Acuña fue una persona de hondas creencias religiosas. Y no es de extrañar que tal cosa suceda: se hacen eco de sonoras etiquetas que, sin apenas espacio para los matices, han terminado prendiendo en algún lugar nebuloso del acervo colectivo, donde parece que no está muy claro que siendo anticlerical se pueda ser hondamente creyente. Y si esto sucede ahora, qué no pasaría en aquella España del Concordato, cuando la prelatura contaba con tantos acólitos, misarios y rapavelas que pocos había que pudieran sustraerse al control de los más próximos. Si quien leyera El Motín, Las Dominicales corría el riesgo de ser fulminantemente excomulgado ¿cómo no habría de ser llamada atea quien habitualmente colaboraba en ambos periódicos? Habida cuenta de la maldad que se escondía en aquellas y otras páginas similares, ¿iba alguien a leer algunos de sus escritos por más que en ellos se rindiera homenaje al Creador de la esplendorosa Naturaleza?

Caricatura publicada en El Motín, 1-4-1888

Sí; la religiosidad de Rosario de Acuña es tan palpable como su anticlericalismo. Para obtener una muestra de la primera basta leer Desde la cumbre (⇑), Sobre la hoja de un árbol (⇑), La verdad inmanente de las religiones positivas (⇑), o Nuestro ateísmo (⇑); para conocer las razones del segundo, nada mejor que adentrarse con curiosidad en los textos de su serie de artículos Ateos (⇑) o leer A dos beatas gijonesas (⇑) y el soneto «La beata», que se reproduce a continuación:

Por dentro sin piedad, como la hiena;
ni un destello de amor su pecho tiene;
por fuera, ¡con qué maña se previene!
para lograr la estimación ajena.

Miel derraman sus labios mientras llena
de odio y de envidia pérfida, se aviene
a toda acción villana, si conviene
con las horas del triduo o la novena.

Donde quiera que exista, hiere o mata;
la ignorancia en su mente forma nido;
lleva siempre los vicios de rebata,

y el corazón por la soberbia henchido.
¡Dios! ¿Qué Dios, es el Dios de la beata.
Pan rezado y nombrado y tan… vendido?

            La Dinamita Béjar, 19-7-1903


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 6-8-2010.



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El pasado día 3 de mayo se inauguró en Gijón la exposición «Rosario de Acuña y Villanueva (1850-1923). Una aproximación desde el Archivo José Bolado». Como quiera que en estos días ya me han hecho llegar algunas preguntas, creo conveniente...


Amazonas 215. Amazona
Años ochenta del siglo diecinueve; una desconocida mujer se aproxima a las primeras casas de una apartada aldea gallega. Los aldeanos «se paran atónitos sin explicarse cómo me sostengo sobre mi silla inglesa...



ragmento de la carta que Rosario de Acuña envía en 1921 al presidente del Ateneo Obrero de Gijón166. De una carta manuscrita en la Biblioteca Jovellanos
Agradecida por habérsele concedido permiso para leer los libros de la Biblioteca Circulante les adjunta dos presentes: una revista y un retrato suyo. Por lo que respecta a la publicación, de la cual se atreve a asegurar que hay poquísimos ejemplares...



Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)114. Ostracismo zaragozano
Poco después de su boda, Rosario de Acuña se traslada a Zaragoza, ciudad a la cual es destinado su marido. Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida: sabe que se halla al comienzo de un largo camino...



Busto de Rosario de Acuña, del escultor José María Palma23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña
Aunque tras su fallecimiento no faltaran quienes se dedican a enaltecer su memoria, no será hasta la proclamación de la Segunda República cuando empiecen a surgir voces reivindicando la figura de Rosario de Acuña y Villanueva como ejemplo de mujer comprometida...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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70. «Doña Rosario de Acuña», por José Nakens


Fotografía de José Nakens publicada en Crónica (3-5-1931) Ha muerto esta señora; señora en todas las nobles y elevadas acepciones de la palabra. El sábado 5 del corriente dejó de latir aquel corazón que tanto amó a los humildes.

Por Gijón y por toda España cundió la noticia, arrancando expresiones de pesar.

El entierro fue civil, concurriendo a él gentes de todas las clases sociales, especialmente de la obrera.

La carroza fúnebre no pudo utilizarse, porque el pueblo quiso conducir a hombros el féretro para demostrar de este modo su cariño a la muerta.

Como literata, pues lo era a gran altura, cultivó Rosario de Acuña el verso y la prosa, alternando en lo dramático, en el poema y en el periodismo.

En 1876 estrenó el drama en verso Rienzi el tribuno (⇑), que obtuvo un triunfo enorme. El público pidió, entusiasmado, la presencia del autor, y cuando se oyó el nombre de la poetisa, se reprodujo la sorpresa, pues contaba a la sazón veinticinco años. La crítica acogió tan favorablemente la obra, que los más salientes escritores decidieron dedicarle un álbum, homenaje que ella rechazó.

Escribió dramas, Tribunales de venganza (⇑), El padre Juan (⇑) y Amor a la patria (⇑); libros como La siesta (⇑) y Tiempo perdido (⇑); y poemas como En las orillas del mar (⇑) y Ecos del alma (⇑).

Colaboró en Las Dominicales del Libre Pensamiento, de Madrid; El Diluvio, de Barcelona; El Pueblo de Valencia; El Noroeste, de Gijón, y El Motín.

Su pluma era entera; su inspiración, fácil; su corrección, exquisita. En los versos transcritos en otro lugar (1), pueden observarse estas cualidades. Rosario de Acuña sufrió persecuciones sin cuento por sus ideas.

Cuando estrenó con gran éxito El padre Juan (⇑) en abril de 1891 en el teatro de la Alhambra, prohibieron su representación al quinto día (2), por su marcada tendencia racionalista.

En un periódico de Barcelona emitió juicios sobre la juventud y las costumbres de la época (3), que promovieron un revuelo grandísimo y el procesamiento de la autora, que viose obligada a refugiarse en Portugal, tierra hermana que ella conocía y amaba. Cuando volvió a España, se refugió en su casa de las cercanías de Gijón, edificada sobre un promontorio

El año 17, cuando la huelga general, fue molestada con registros y amenazas. Los soldados creían comprobar en casa de la escritora denuncias anónimas que hablaban de armas y explosivos ocultos. La intervención de Castrovido (⇑) puso fin a tan deplorables episodios.

Aunque hizo todo el bien que pudo se la acosaba hasta en su retiro y, pobre y anciana tuvo que soportar la barbarie de ciertas gentes que azuzadas por clericales estimuladores de la ignorancia y la superstición, tildábanla de bruja y nigromántica. Llagó a publicarse en periódicos la afirmación de que Rosario de Acuña había encantado a varias personas y teníalas en su casa convertidas en bestias. Y también se dijo en un artículo firmado, que en noches de tormenta volaba la escritora montada sobre los riñones de un demonio verde. Todo con la sana intención de excitar el fanatismo de la gente aldeana que pudo ocasionar cualquier salvajismo.

Diatribas, calumnias, persecuciones. A todo, y también a la miseria, supo resistir la noble señora que acaba de morir.

No hizo daño a nadie y empleó su pluma, su palabra y sus escasos medios pecuniarios en auxiliar a los caídos, a los pobres, a los ignorantes. Pudo medrar haciendo la corte a los poderosos y prefirió defender a los que no lo eran. Este es su más cumplido elogio.

Yo, que la admiraba, he sentido mucho su muerte.


El Motín, Madrid, 12-5-1923


Notas

(1) En la misma página se publican «A mi madre» (⇑) y «Más allá de la muerte» (⇑).
(2) En realidad, fue la misma noche del estreno.
(3) Se refiere a La jarca de la Universidad (⇑)
(4) Véase La casa del diablo (⇑).
(5) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 30-7-2010.





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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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22 diciembre

43. El donativo de la difunta


En la España del Concordato la prensa díscola, la «mala prensa» que estaba en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica, tuvo que soportar todo tipo de penalidades para sobrevivir, no en vano en algunas zonas su lectura fue prohibida por los prelados del lugar con amenaza de excomunión a quienes se atrevieran a poner los ojos en tan nocivos escritos. Dos son las cabeceras que más diatribas provocan: Las Dominicales del Libre Pensamiento y El Motín. El semanario librepensador no logra superar la primera década del siglo XX; la segunda, la «irrespetuosa hoja» nacida en 1881 y que José Nakens pone en circulación cada semana, consigue resistir unos años más, aunque para ello tenga que recurrir a medidas extraordinarias.

En cierta ocasión algunos periodistas, conocedores de la crítica situación económica por la que atravesaban tanto el semanario como su director, ponen en marcha una campaña de apoyo. Se trata de conseguir cien suscripciones mensuales de 25 pesetas «para inyectar un poco de oxígeno económico». Una semana después de haberse dado a conocer la iniciativa el semanario publica una relación con las donaciones recibidas y el de Rosario de Acuña, con la cantidad requerida, es el primer nombre que allí figura. Dadas las simpatías que la escritora sentía por Nakens (⇑), no habría que extrañarse por el donativo sino fuera porque la edición de El Motín en la que aparece lleva fecha de 29 de noviembre de 1924... ¡La donante lleva más de año y medio enterrada!

Relación de donantes y cabecera de El Motín del 29-11-1924
No era ésta la primera vez que realizaba semejante proeza. Un año antes, en la edición de El Motín correspondiente al 7 de julio de 1923, la encontramos en la relación de donantes que acuden, en su caso con diez pesetas, a la suscripción abierta por el el Centro Democrático de Portugalete para levantar en esa localidad un mausoleo en memoria de Juan José Conde-Pelayo, padre de Volney, el autor del artículo «Homenaje a una mujer ilustre» (⇑) publicado en esta bitácora semanas atrás.

¡Vale! Aceptemos que, aún después de muerta su memoria desate pasiones; que haya disputas ideológicas entre quienes quieren poner su nombre a una calle en Gijón y quienes no dudan en recurrir a los tribunales para que tal cosa no suceda; que algunos guarden objetos personales suyos como si fueran reliquias... Pero esto de andar realizando donaciones a estas alturas de su muerte sólo sería creíble para quienes guardaran en su casa una de aquellas hojas volanderas que afirmaban, según se cuenta en «La casa del diablo» (⇑), que se había visto a doña Rosario volando «montada en los riñones de un gran demonio de color verde».

Los lectores de El Motín no eran, a pesar de lo que hubieran llegado a pensar las autoridades eclesiásticas, dóciles siervos del mal que creían a pies juntillas todo lo que aparecía en las diabólicas páginas del semanario, y el señor Nakens se vio en la obligación de aclarar el asunto en el número siguiente:

Se me pregunta cómo, habiendo muerto aquella gran mujer llamada doña Rosario de Acuña, figura la primera con 25 pesetas en la lista publicada en el número anterior de amigos que envían cantidades para ayudar a El Motín.Voy a explicarlo por complacer a su heredero don Carlos Lamo, que las envió en la siguiente carta:

«Mi querido don José:

Cuatro palabras, porque hace un frío muy grande y se me hielan las manos al escribir. Ahí van las 25 pesetas que doña Rosario le manda por la acción que le pedí de la editorial y que nadie me aceptó.

He vendido la biblioteca de doña Rosario, ¡calcule usted qué dolor!, y al recibir parte del importe le remito esos cinco duretes, que le ruego admita para ayuda de El Motín, pues no quiero ser de peor condición que los demás amigos de usted.

Ah! y conste en la lista que quien se las envía es doña Rosario; y nadie más que ella. No puede usted desairarla.»

Encontré tan delicada la proposición de Lamo, que prescindí de la incongruencia en que yo incurría al hacerme su cómplice fingiendo aceptar un obsequio de una muerta. No quise desaprovechar la ocasión de honrar nuevamente las columnas de El Motín estampando el nombre de aquella mujer inolvidable.

No parece aventurado pensar que la carta de Carlos Lamo (⇑), que explica lo sucedido en torno al donativo para El Motín, pueda servirnos también para explicarnos la donación del verano anterior. No creo, sin embargo, que la misma pueda utilizarse para justificar la aparición en las páginas de El Noroeste correspondiente al primer día de noviembre de 1924 de estos versos que, bajo el título «De ultratumba», aparecen firmados por Rosario de Acuña:

¡Ay! hermanitos, hermanos del alma,
no hagáis de comparsa
en tan triste farsa;
sed más bien faros de amor infinito
que alumbre el camino de tanto hermanito.
Negamos a Dios si creemos la muerte;
tened siempre en cuenta que no hay nada inerte.
Adiós hermanitos, la muerte no existe,
no hagáis de comparsas en farsa tan triste.


Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 13-2-2010.



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