domingo, 15 de noviembre de 2020

223. No, no era Carmen de Burgos (Colombine)


Carmen de Burgos en una fotogafría publicada en 1905
Una vez que tuve a punto la base de datos con los cerca de trescientos documentos que integran el archivo personal de Rosario de Acuña, ese que– como ya he contado en un comentario anterior (⇑)– había aparecido sorprendentemente en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, llegaba la hora de entrar en materia, de conocer su contenido.  Elaboré una lista con aquellos que consideraba más interesantes y solicité su digitalización. (Fácil resulta conocer cuáles fueron los documentos elegidos, pues el equipo de Ilda Pérez, una vez cumplido mi encargo y creo que con muy buen criterio, los ha dejado accesibles para que puedan ser consultados libremente). 

Entre los seleccionados se encuentra una carta remitida por Carmen de Burgos firmada un 29 de julio en calle Teruel, 9 (hotel), Cuatro Caminos, Madrid. A pesar de que no figura el año, por su contenido sabemos que está escrita con posterioridad al mes de marzo del año 1905. En cualquier caso, es respuesta a una anterior que le había enviado nuestra protagonista solicitando su mediación ante algunos ministros del Gobierno. Aunque desconozco el asunto que motiva tal petición, como quiera que en ese tiempo doña Rosario está padeciendo los embates del oscurantismo y la sinrazón que azotan inmisericordes los cimientos de la empresa avícola que había puesto en pie en tierras cántabras, no sería de extrañar que su misiva fuera un último intento de salvar lo que, no tardando, resultaría ser insalvable (⇑).

Carmen da cuenta de sus gestiones («hoy mismo escribo al señor conde de Romanones», «al señor Echegaray le envío la carta de usted») y le adelanta lo que espera de ellas: confianza plena en lo que respecta al ministro Figueroa («No dudo que el conde de Romanones me atenderá, y deseo sea eficaz mi recomendación, ya que en este desdichado país se necesitan para pedir justicia»); todas las dudas acerca de lo que se pudiera esperar de quien recientemente se había convertido en el primer nobel español. Pronóstico tan negativo merece una aclaración, más cuando ella ha sido la persona que ha logrado que un nutrido grupo de escritoras (la propia Rosario de Acuña, Consuelo Álvarez, Carolina de Soto, Blanca de los Ríos, Patrocinio de Biedma, Cándida López Venegas, María de Echarri, Matilde García del Real...) se adhirieran al homenaje que se tributa al dramaturgo tras serle concedido el galardón. Sus palabras requieren una explicación y ella se explica. Dice que no lo conoce personalmente y que su decidida contribución al homenaje estuvo motivado por «la grosera protesta de la juventud decadente que se llama intelectual» (refiriéndose, sin duda, al comunicado que en relación con el homenaje que se piensa tributar al señor Echegaray ha sido elaborado por Azorín y refrendado por un grupo de escritores, entre los que se encuentra Valle Inclán, Baroja, los hermanos Machado, Rubén Darío o Maeztu, en el cual hacen constar que sus ideales artísticos son otros y sus admiraciones muy distintas). Que si su trayectoria ha sido extraordinaria en el pasado, su imagen se ha empañado al abandonar los ideales republicanos para convertirse en ministro de la monarquía alfonsina: «Él mismo ha cubierto de basura su historia pasada; lo mejor que puede pensarse es que chochea». 

A la hora de despedirse, utiliza palabras que manifiestan el afecto que dispensa a su interlocutora (se declara «siempre admiradora, correligionaria y amiga»), lo cual a quien esto escribe no le resulta para nada extraño pues doy por hecho que su amistad viene de muy atrás y que entre ambas existe una comunión ideológica que han mantenido en el tiempo. Tanto que ya en 1888, diecisiete años atrás, una joven Carmen Burgos envía a Las Dominicales del Libre Pensamiento una carta en la cual proclamaba su firme adhesión a cuantas ideas había manifestado Rosario de Acuña en su escrito titulado «A las mujeres del siglo XIX». 

Bien. Pues resulta que no son la misma mujer; que esta Carmen Burgos del ochenta y ocho no es la Carmen de Burgos del homenaje a Echegaray: son dos personas distintas, tal y como ha podido constatar Manuel Almisas Albéndiz en un trabajo titulado «¿Carmen de Burgos (Colombine), Librepensadora? Otro bulo más en la historia del feminismo» (⇑) que ha sido publicado recientemente. A este investigador gaditano no le cuadraban algunas cosas al respecto y se puso a indagar sobre el tema. Dos fueron los elementos que centraron su atención: que la carta publicada en Las Dominicales estuviera fechada en Andújar y que su autora tuviera por entonces una activa (y precoz) participación en diversas publicaciones espiritistas. Estos son los datos que resultan más clarificadores, pues la Carmen que dirige su escrito de adhesión a la obra emprendida por doña Rosario («Cuénteme usted pues como una humilde pero entusiasta y firme cooperadora...») también firma en Andújar otros textos que se publican en el semanario espiritista La Luz del Porvenir, y lo hace en el transcurso de tres años (del verano del ochenta y siete a finales del ochenta y nueve). Aunque hubieran pasado inadvertidos para el resto, los dos resultaban un tanto incoherentes con la biografía conocida de Colombine.  La inercia había dado por buenos datos que, cuando menos, eran cuestionables. La duda, el interrogante, la disrupción discursiva, habilitaba una vía alternativa, la de la coherencia, como tantas otras veces. 

Detectadas las incongruencias, Almisas acude a las fuentes primarias en busca de la necesaria clarificación. La encuentra: en el padrón municipal de Andújar correspondiente al año 1888 no aparece Carmen de Burgos Seguí, pero sí una mujer de apenas veinte años de edad llamada Carmen Burgos Villalba. El hallazgo le permite zurcir aquel roto que había descubierto con el resistente hilo de la verosimilitud: la autora de la carta escrita en Andújar en febrero del año 1888 y dirigida a Rosario de Acuña y Villanueva no fue la que, andando el tiempo, será conocida como Colombine. La aparición de esta otra Carmen, vecina en aquel tiempo de la localidad jiennense, devolvía a la escritora almeriense su perfil biográfico: residía en Almería, su ciudad natal, en compañía del pintor y periodista Arturo Álvarez Bustos con quien se había casado cinco años atrás (cuando ella tan solo contaba con dieciséis); ayudaba en la imprenta que regentaba su suegro; y no consta que estuviera próxima a los círculos espiritistas y librepensadores en los que se movía la joven Burgos Villalba. 

Este trabajo no solo deshace un error que la inercia ha logrado mantener en el tiempo, sino que también nos permite incrementar la ya nutrida lista de aquellas mujeres que públicamente se han adherido a la lucha que a mediados de los ochenta emprende Rosario de Acuña, una larga batalla en pro de la redención de la mujer española, que años después recordaría Amalia Carvia: «Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida». No fueron pocas las que respondieron a aquella llamada. Al nombre de Carmen de Burgos Seguí es preciso unir ahora el de Carmen Burgos Villalba, una mujer que en su juventud decidió alistarse en aquel ejército de mujeres luchadoras: «deseo conste en las columnas de sus Dominicales mi fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa, pues aunque joven, ni temo la opinión de los hipócritas, ni oculto la mía». Ahora que, gracias al concienzudo trabajo de Almisas Albéndiz, conocemos su filiación, quizás podamos llegar a saber algo más de ella. Tal vez tirando del hilo que la une a Andújar, localidad donde veinte años más tarde constatamos la presencia de quien parece ser uno de sus hermanos, un tal Antonio Burgos Villaba que por entonces regenta un taller de encuadernación en la villa. 




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