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28 enero

284. Poesías a ella dedicadas


Leyendo en días pasados unos versos alusivos a su casa gijonesa del acantilado, me vinieron a la memoria algunos más, que poetas de otro tiempo le dedicaron en años ya un tanto lejanos.

En cada época, ciertamente, se generalizan determinadas costumbres, y la de utilizar la rima como muestra de afecto o admiración a las personas que integran el entorno de cada cual no resultaba infrecuente en la que a ella le tocó vivir. En determinados contextos, el verso otorgaba a lo dicho un valor añadido, un suplemento de calidad a lo que se quería expresar, de ahí que esa fuera la forma utilizada en álbumes o coronas literarias, tan frecuentes por entonces.  

La joven Rosario –que según nos ha contado empezó a escribir poesías desde la infancia– también participó de esta costumbre y escribió versos en algún que otro álbum, como bien podemos comprobar en su poemario Ecos del alma (donde incluye poesías de título inequívoco: «En el álbum de la Srta. Dª. M.T.», «Tu álbum y mi poesía»...) o en el que le dedicaron a su amiga Julia de Asensi, un manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional en cuya página veintinueve encontramos la titulada «Una gota de rocío» (⇑), precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874). 

En estos primeros años dedicó sus poesías a pintores, escultores o arquitectos, clásicos y contemporáneos, como Rafael Sanzio, Fortuny o Benlliure; a ilustres escritores, nacionales o extranjeros, como Cervantes, Espronceda, García Tassara, Calderón, Víctor Hugo, Leopoldo Cano, Bécquer o José Echegaray; a destacadas figuras del teatro nacional como Julián Romea o Elisa Boldun; o a conocidos cantantes de ópera, como Francisco Salas o Enrico Tamberlick. Luego, cuando decidió convertirse en una activa defensora de la libertad de conciencia renunciando a su prometedora carrera literaria, no abandonó su gusto por la poesía, aunque a partir de entonces sus versos tuvieran protagonistas bien diferentes («Al pueblo», «A la señorita Emilia Villacampa, la hija del héroe...», «La beata», «La calumnia», «Los seudo-sabios»...).

Casi al mismo tiempo, mediados de los ochenta, encontramos una fractura similar en lo que a poesías a ella dedicadas se refiere: las había habido años atrás, cuando obtuvo sus primeros éxitos literarios, y se volvieron infrecuentes a partir de entonces, tras su conversión en una propagandista de la libertad de conciencia, en una luchadora contra la marginación de la mujer, en una defensora de los más desfavorecidos. 

Primera etapa

Fue en 1876, tras el exitoso estreno de Rienzi el tribuno, cuando Rosario de Acuña, que por entonces contaba tan solo veinticinco años de edad, empezó a recibir halagos en forma de versos. El primero, de autor desconocido, fue un soneto titulado «A la Srta. Dª Rosario de Acuña (después de asistir a la representación de su bello drama Rienzi el tribuno)» que fue publicado a los pocos días del citado estreno en las páginas de La Ilustración Española y Americana, y cuya primera estrofa no desentona de otras que aparecían por entonces en este prestigioso –y longevo– semanario:

Suena del genio la sublime lira,

y al mágico poder de sus acentos, 

de amor y libertad los sentimientos, 

el alma ansiosa con placer aspira. 

A los parabienes de la crítica, se unieron los de algunos conocidos escritores que decidieron darle la bienvenida al gremio literario con algunas poesías dedicadas a tan prometedora y joven autora dramática. Una corona poética en la cual participaron Juan Eugenio Hartzembush (Para formarse idea / de las diversas gracias que atesora / Rosario, que vea / el curioso su Rienzi, y a la autora / ...), Enrique R. Saavedra -duque de Rivas- (Una te lleva al templo de la fama / otra los cielos te abre; / eres, por una, musa en el Olimpo, / por la otra eres un ángel / ...), Pedro Antonio de Alarcón (Dicen que eres un rosario / de dones maravillosos / ...), Ramón de Campoamor (Eres Venus cuando miras, / y Talia cuando cantas; / ...) o José Echegaray (⇑).

A estos versos un tanto almibarados que le dedicaron estos veteranos poetas, alguno ya setentón, le siguieron algunos otros de escritores más jóvenes, como Juan Tomás Salvany, nacido tan solo tres años antes que ella, autor del soneto «A Rosario de Acuña, autora del drama "Rienzi el tribuno"» que incluye en un poemario que publica el mismo año del estreno. Salvany era uno de los colaboradores de La Mesa Revuelta, una revista literaria dirigida por el común amigo Tomás de Asensi y en la cual Rosario también colabora. No debe de extrañar, por tanto,  que en sus páginas aparezcan también versos elogiosos. Allí se publica el poema escrito por Leopoldo Augusto de Cueto (Cartagena, 1815 - Madrid, 1901), cuya primera estrofa dice así:

Con tus veintitrés abriles

arduos problemas alcanzas

y en los abismos te lanzas

de las contiendas civiles

De hechuras bien diferentes es la poesía que le dedica José Ixart (con i latina o con y griega, que de las dos formas lo he visto escrito, incluso en el mismo texto, renglón arriba, renglón abajo), afamado crítico literario y, andando el tiempo, director de la revista ilustrada Artes y Letras que, con carácter mensual, se editó en Barcelona entre los años 1882 y 1883, contando con la colaboración de Eugenio Sellés, Armando Palacio Valdés o Leopoldo Alas, quien, por cierto es de los que utiliza «Ixart» en las cartas que le envía, aunque, curiosamente, Manuel de Montoliu titule José Yxart, el gran crítico del renacimiento literario catalán el libro publicado en 1956 y en el cual se recoge una relación de estas cartas enviadas por Clarín.

Copia de la poesía «A Rosario de Acuña», José Ixart, 1876

Mayor repercusión obtuvo la poesía escrita por José Martí (Cuba, 1853-1895), creada a partir de un error original, como bien podemos deducir de su mismo título: «A Rosario de Acuña. Poetisa cubana autora del drama "Rienzi el tribuno", laureado en Madrid» (⇑). Tras unos primeros versos halagadores, la oda se torna más arisca y Martí reclama a la joven poeta que rechace las ajenas alabanzas y retorne a la patria común:

Mas ¿cómo no te dueles, 

¡oh poetisa gentil!, de que en extraña 

tierra enemiga, te ornen los laureles 

amarillos y pálidos de España,

 si en tu patria de amor te espera fieles

 y el odio allí su brillantez no empaña?

[...]

El error de Martí fue motivo de discusiones (⇑), que se mantuvieron durante largo tiempo, entre quienes no admitían la posibilidad de que el «padre de la patria cubana» pudiera haberse equivocado («Era cubana. ¿Qué mayor autoridad que la de José Martí, quien seguramente la conoció en la Península o tuvo de ella exactas referencias?») y quienes aportaban datos que probaban que no había nacido en Jiguaní o en El Caney, sino que lo había hecho en España.

Segunda etapa

«Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística...»: aquella carta en la cual se hace pública su adhesión al grupo de quienes defienden la libertad de conciencia supone el abandono de su carrera literaria y el inicio de su «campaña de Las Dominicales» (⇑). Nada será igual desde entonces, tampoco en el asunto del que estamos tratando: las poesías a ella dedicadas empiezan a escasear y ya no serán escritas por poetas, consagrados o noveles, sino por integrantes de la heterodoxia.  

Tan solo unos meses después de que fuera dada a conocer aquella carta, en el mismo semanario se hace pública una poesía a ella dedicada (⇑) escrita por Salvador Sellés (Alicante, 1848-Madrid, 1938), en cuyos versos se visualiza esa ruptura, los dos momentos, el de la joven y prometedora dramaturga («Desde entonces admiro / tu luz excelsa / en silencio y en sombra / sigo tus huellas, / ...» ), y el de la tenaz luchadora contra las supersticiones y el fanatismo («.../ a tus pobres hermanas / de cautiverio, / diles, emancipándolas: / –triunfad del miedo; / ...». 

Ya en plena campaña de Las Dominicales (⇑),  la sola mención de su nombre provoca el encendido aplauso de los unos y la vociferante crítica de los otros, como bien quedó de manifiesto en la visita que realizó a Luarca en el verano de 1877: «los centinelas valdesanos» se apresuraron a enviarle un anónimo con insultos y amenazas, al tiempo que sus partidarios organizaron una velada literaria en su honor en el casino de la villa. Enterado de tal circunstancia, el dramaturgo y publicista Eloy Perillán Buxó (Valladolid, 1848 - La Habana, 1889), que por entonces se encontraba en el cercano concejo de Coaña, lugar de nacimiento de su mujer, la también escritora y periodista Eva Infanzón Canel, Eva Canel, se acercó a la capital valdesana para dar lectura a un poema, escrito por un católico y cristiano confeso y   «dedicado a la ilustre escritora doña Rosario de Acuña», que tituló «La mitad del hombre» (se puede leer íntegramente en el comentario 75. De una visita a Luarca y de lo que allí aconteció ⇑), del cual aquí recordamos una de sus estrofas:

Pero esto no viene a cuento...

tú vas con otra idea en pos

con fervor y con talento,

que para amar bien a Dios

no es de rigor el convento...

Pasados ya algunos años de duro batallar, decide poner fin a la lucha activa con el estreno de El padre Juan: un drama escrito con pretensiones propagandísticas pues es una apología del librepensamiento, el triunfo de la luz de la razón frente a las tinieblas de la superstición. Tras el exitoso estreno en el madrileño teatro de La Alhambra, la  autoridad gubernativa decide suspender las representaciones, desatando la polémica: la prensa confesional apoya la medida por considerar herética la obra, mientras que desde otras cabeceras se critica, con mayor o menor beligerancia, la prohibición. Las Dominicales del Libre Pensamiento destacó por su decidido apoyo a la autora del drama. En uno de los números que salió a la luz semanas después de la prohibición se publicó un soneto escrito por Ángeles López de Ayala: un canto a la grandeza de su amiga (⇑), como bien se puede constatar leyendo sus últimos versos:

Pero ¿qué importa a tu esplendor radiante
el loco empeño y los esfuerzos vanos,
con que pretende el mísero intrigante

eclipsar tus destellos soberanos?
¡¡¡Tanto más colosal es el gigante,
cuanto más le circundan los enanos!!!

Texto de los sonetos «A Nakens» y «A Rosario de Acuña» 

Pasados ya unos años, cuando aquella campaña de Las Dominicales habitaba en el campo de los recuerdos, por más que, quizás a su pesar, ella aún se mantuviera en plena batalla contra todo tipo de injusticias porque nada de lo que sucedía a su alrededor le era indiferente, hasta la casa gijonesa del acantilado le llega un soneto de José Nakens (Sevilla, 1841 - Madrid, 1926), como contestación a otro que previamente le había escrito Rosario de Acuña, como resumen de sus comunes vidas vistas desde la atalaya de la vejez compartida, visión que comparte su compañero de batallas, el activista republicano y anticlerical : «Áspera y dura ha sido nuestra vida, / cuando tan fácil a los dos nos era / colgando nuestra pluma en la espetera, / trocarla en apacible o divertida. / »

Luis S. Arregui, quien andando el tiempo se convertirá en secretario del Círculo del Partido Republicano Federal de Gijón, es el autor de la poesía «A la señora doña Rosario de Acuña» que publica el diario gijonés El Noroeste algunas semanas antes de su muerte, que el republicano poeta presume aún lejana.

Poesía escrita por Luis S. Arregui


Tercera etapa

«A la que fue honra de nuestro sexo. La ilustre doña Rosario de Acuña» Luisa Cervera, 1923
La hora de la muerte es un buen momento para glosar las virtudes de quien nos abandona, sin escatimar elogios, incluso cuando se trata de alguien como ella que habitó en la heterodoxia; incluso si ha sido una mujer a quien en vida se la calificó de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias». Dicen que en «España se entierra muy bien» y en su caso no fue una excepción: sus detractores tuvieron el detalle de guardar silencio, los tibios hablaron de sus dotes literarias obviando todo lo demás, y sus correligionarios llenaron páginas y más páginas con sus alabanzas, entre las que no faltaron las poesías. Tal fue el caso de «A la que fue honra de nuestro sexo. La ilustre doña Rosario de Acuña», un soneto escrito por Luisa Cervera (Requena, 1843 - Valencia, 1924) que fue publicado junto a otros recordatorios en El Motín de su amigo Nakens, en uno de los números aparecidos tras su muerte.

Epílogo 

Al cuarto lado que cierra este polígono poético ya me he referido al inicio, pues fue el origen de este comentario. Se trata de la poesía titulada «Casa de Rosario de Acuña», obra de José Luis Argüelles (Mieres, 1960) que forma parte de su poemario Morar, publicado en el recién finalizado 2023, el año del centenario de la muerte de quien viviera en esa casa, (o faro) cuya luz aún perdura en el promontorio de El Cervigón, convertida en «un símbolo de la mejor España frente al odio de la carcunda», en palabras del poeta.


Casa del diablo y de la bruja, casa

batida por tormentas y rumores, 

por piedras de ignorancia fiera y rasa

que arrojaban oscuros odiadores.


Casa muy blanca en los acantilados

que azotan las mareas, casa en la ola, 

abierta casa para los alzados

contra las sombras, casa nunca sola.


Casa o faro en la noche gijonesa,

en la noche española, noche dura

de sables y sotanas, noche densa

frente a la casa cuya luz perdura.


La casa de Rosario de Acuña: alta

casa que guarda la razón más alta. 




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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28 septiembre

276. Del amigo (y futuro nobel), el consejo


Cuando la joven Rosario ya se encuentra preparada para presentarse ante el público, su padre echó mano de la nutrida lista de contactos y se puso manos a la obra. No tarda en obtener las primeras respuestas. Su amigo Agustín Urgellés de Tovar se brinda a publicar en Gaceta Universal algunos de los trabajos de la joven escritora: el primero de noviembre de 1872, el mismo día en que cumple veintidós años, aparece en las páginas del periódico barcelonés  «Las fiestas del Pilar de Zaragoza» (⇑),  donde cuenta sus impresiones de la visita que había realizado días antes a la capital aragonesa coincidiendo con el ceremonial de consagración del templo. Al año siguiente, también en noviembre, les llega el turno a dos nuevos artículos: «¡Paso a la verdad!» (⇑) y «Las ilusiones» (⇑).

Su proximidad al general Serrano y a Sagasta, cimentada en sus comunes aficiones cinegéticas, le abre las puertas de las redacciones de la prensa afín al Partido Constitucional. El Eco Popular, La Iberia, ambos editados en Madrid, o El Constitucional, de Alicante,  publican algunos de los primeros escritos de su hija. 

Una imagen de Echegaray publicada con ocasión de la concesión del Premio NobelFelipe de Acuña también acude a las amistades del mundo literario, ya sean críticos literarios o escritores,  y les envía varias copias de las poesías de su hija, pidiéndoles su docta valoración y su atinado consejo. Conocemos el nombre de algunos de los destinatarios de sus correos, pero no me consta que entre ellos se encontrara el escritor José Echegaray (Madrid, 1832-1916), que por entonces iniciaba su prolífica carrera como autor teatral, por más que datos hay para pensar que se conocían, al menos desde el tiempo en que  coincidieron en el Ministerio de Fomento: fue el ministro Echegaray  quien firmó en 1869 el decreto por el cual se le concedía al por entonces inspector jefe de Ferrocarriles don Felipe de Acuña y Solís los honores y consideración de Jefe de Administración Civil (distinción que, dicho sea de paso, suponía el  tratamiento oficial de «Ilustrísimo señor»); pocos años después ambos coincidirían, en su condición de vocales de la misma, en la comisión encargada de promover y dirigir la concurrencia de objetos y productos españoles a la Exposición Universal de Filadelfia.

Conociera o no los primigenios escritos de la joven Rosario, lo cierto es que el señor Echegaray –quien por entonces ya había entregado a los escenarios cuatro de sus obras– asistió al estreno de Rienzi, mostró su satisfacción por el resultado, sin escatimar elogios para la obra y para su autora, y fue uno de los escritores que se sumó a la iniciativa promovida por Matías de Velasco y Rojas, IX marqués de Dos Hermanas y amigo de Felipe de Acuña, para realizar una corona poética en honor de la prometedora dramaturga. Al lado de las poesías de Gaspar Núñez de Arce, Pedro Antonio de Alarcón, Enrique R. Saavedra (duque de Rivas), Juan Eugenio Hartzenbusch o Ramón de Campoamor aparece el soneto que le dedica el polifacético escritor madrileño:

 

De Italia rompe Rienzi la cadena,

pero le falta al fin coraje o suerte;  

su luchar, su vencer, su triste suerte, 

lleva tu musa a la española escena. 

 

Tu voz divina los espacios llena; 

despierta y late el corazón inerte, 

y el pueblo delirante quiere verte, 

y allí te ve: modesta, más serena.

 

Pues bien, entonces, en aquel momento, 

como la dicha y el placer fugaz, 

¿sabes lo que anhelaba el pensamiento, 

 

que siempre ha sido el pensamiento audaz? 

¡La Libertad al escuchar tu acento! 

¡La esclavitud al contemplar tu faz! 

 

Bien es verdad que de la vida privada de la hija de don Felipe no parece estar muy al tanto, pues es en el propio Teatro del Circo, el día del estreno, cuando Echegaray se entera de que la joven tiene por novio a un capitán de infantería con el que no tardará en casarse. 

De la boda, celebrada un par de meses después, y de su posterior traslado a Zaragoza, donde ha sido destinado el militar, sí que será sabedor, pues a la capital aragonesa enviará más de una carta dirigida a «su distinguida amiga».  


Bien sabe también, fuera por el correo o por haberlo leído en los periódicos de la capital, que a finales de noviembre del año setenta y siete, en el zaragozano Teatro Principal su amiga estrena Amor a la patria (la primera fuera de Madrid, la primera –y única– con seudónimo); que, a pesar de los aplausos del público y de las favorables críticas de la prensa local, ella no está satisfecha.

Tan solo un mes después, tendrá ocasión de escuchar las razones de su desilusión, pues Rosario, que ha vuelto a Madrid, a pasar las Navidades con los suyos, se reúne con unos cuantos escritores amigos suyos para hablar de aquel drama estrenado en Zaragoza.  

De aquella reunión, en el transcurso de la cual se leyó y analizó la obra, sabemos que los presentes, «al ver el decaimiento de la autora para escribir más dramas», porfiaron hasta que su anfitriona les prometió que sí, que escribiría una nueva obra, digna hermana de Rienzi; también que Echegaray se comprometió a hablar con el empresario, con actores y con actrices para presentar al público madrileño Amor a la patria en el Teatro Español, con la mejor compañía.

De las gestiones que realiza le va dando cuenta en sucesivas cartas que le envía a su domicilio zaragozano (también a su padre, con quien se reúne en distintas ocasiones para hablar del asunto). En la que le envía a finales de marzo del setenta y ocho, le dice que se resiste a cumplir la orden que le ha dado su amiga para que desista del proyecto sin antes hablar con Vico y la Marín (el actor Antonio Vico Pintos y la actriz Concepción Marín); también de la posibilidad de sustituir al actor, que padece problemas de garganta. En las siguientes, le sugiere diversas alternativas para evitar que el estreno de Amor a la patria coincida en el mismo día con la representación de Consuelo, la obra de Adelardo López de Ayala que por entonces se está representando en el Español: «después de un drama una tragedia es cosa imposible: ni hay público que la sufra, ni público que la aplauda». 

Vivir en Zaragoza suponía estar fuera de los círculos literarios de la capital. El correo era el medio  más accesible para conectar con su madre, con su padre, con sus amigos. A alguno de estos destinatarios le envió la poesía titulada «A Romea» (⇑), que fue leída en febrero de 1879 en el Teatro de la Comedia, en el transcurso de una velada organizada para recaudar fondos con el fin de erigir un mausoleo al actor Julián Romea. Sí que sabemos que fue a José Echegaray a quien le remitió el poema  «Una limosna para Murcia» (⇑), su contribución al acto organizado para socorrer a los damnificados por las inundaciones que asolaron el Levante. En carta fechada el 5 de noviembre de ese mismo año, su amigo le cuenta que llevó su poesía al Teatro Español y que pidió al actor Rafael Calvo que la leyera, a lo que accedió gustoso; que así lo hizo al día siguiente en una solemne función que contó con la presencia del rey, las infantas y la sociedad más distinguida de la capital.

Pocos meses después aquella lejanía en la que ha vivido parece que toca a su fin. A principios del año ochenta su marido es autorizado a residir en Madrid y, aunque el traslado no debió de producirse de manera inmediata (hay algún escrito de Rosario que aparece firmado en el mes de mayo en Zaragoza), ella se las arregla para acudir el domingo 24 de abril al Teatro Español, disfrutar de la representación de la obra El gran Galeoto, que su amigo Echegaray había estrenado algunas semanas atrás, y hacerle entrega al acabar la función de una corona de laurel con una cinta en la cual había escrito un soneto a él dedicado: 

Como el cóndor en la región serena 

del cielo extiende su brillante pluma,

así tu genio, de potencia suma,

sus alas abre y el espacio llena. 

 

A tu esfuerzo se rompe la cadena

que une los años, y entre densa bruma 

la innovación del arte se consuma 

y un nuevo sol alumbra nuestra escena.

 

Al frente de los dioses del acaso

inclinada a tus pies la poesía. 

junto a un abismo asegurando el paso,

 

y al fulgor de tu luz muriendo el día

así alzarán estatuas a tu gloria

en los futuros siglos de la historia.

 

Al día siguiente el señor Echegaray le envía una carta a su amiga agradeciéndole el detalle que ha tenido con él, la corona y el «admirable soneto»; sabedor que ella vuelve a residir en Madrid, también le pide su nueva dirección para poder enviarle alguna de sus últimas obras. Aquella no fue la única representación a la que Rosario acudió. Sabemos que, al menos, también asistió al estreno de la obra Conflicto entre dos deberes que tuvo lugar el 14 de diciembre de 1882; que estuvo acompañada de sus primas Petra Solís de Acuña, X condesa de Benazuza, y de Francisca de Acuña y Espinosa de los Monteros, marquesa consorte de Rianzuela, madre de la anterior y hermana del primo Pedro Manuel (⇑); y que, según comenta la prensa,  las tres se muestran constantes en asistir a todos los estrenos.

El escenario cambiará por completo. A las pocas semanas de aquel estreno fallece de muerte prematura su querido padre; poco después se separa definitivamente de su marido;  no tardando, decide abandonar su prometedora carrera literaria para convertirse en propagandista de la libertad de conciencia, también en masona; en la década siguiente abandonará Madrid, para vivir lo más cerca posible de su amada naturaleza, primero en Cantabria y, finalmente, en Asturias.

José Echegaray siguió estrenando nuevas obras teatrales (más de una treintena antes de que el siglo terminara), se convirtió en presidente del Ateneo de Madrid, senador vitalicio, presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, miembro de la Real Academia Española, presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles... 

Aunque sus vidas se encuentran bastante alejadas por entonces, cuando Rosario de Acuña se entera de que a su antiguo amigo le han concedido el Premio Nobel se apresura a unirse a la iniciativa promovida por Carmen de Burgos, Colombine: varias escritoras acordaron adherirse y contribuir al solemne homenaje dispuesto en honor del señor Echegaray, «dedicando al eminente dramaturgo una elegante corona de laurel y roble con esta sencilla inscripción en las cintas "Al gran Echegaray, las escritoras españolas"».

Quizás entonces, al leer esas seis palabras, se acordara de aquellas otras, que años atrás ella escribiera dedicadas también a su amigo «el señor Echegaray», el mismo al que  los intermediarios de entonces  llaman Pepe:

Al frente de los dioses del acaso

inclinada a tus pies la poesía. 

junto a un abismo asegurando el paso,

 

y al fulgor de tu luz muriendo el día

así alzarán estatuas a tu gloria

en los futuros siglos de la historia.





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15 noviembre

223. No, no era Carmen de Burgos (Colombine)


Carmen de Burgos en una fotogafría publicada en 1905
Una vez que tuve a punto la base de datos con los cerca de trescientos documentos que integran el archivo personal de Rosario de Acuña, ese que– como ya he contado en un comentario anterior (⇑)– había aparecido sorprendentemente en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, llegaba la hora de entrar en materia, de conocer su contenido.  Elaboré una lista con aquellos que consideraba más interesantes y solicité su digitalización. (Fácil resulta conocer cuáles fueron los documentos elegidos, pues el equipo de Ilda Pérez, una vez cumplido mi encargo y creo que con muy buen criterio, los ha dejado accesibles para que puedan ser consultados libremente). 

Entre los seleccionados se encuentra una carta remitida por Carmen de Burgos firmada un 29 de julio en calle Teruel, 9 (hotel), Cuatro Caminos, Madrid. A pesar de que no figura el año, por su contenido sabemos que está escrita con posterioridad al mes de marzo del año 1905. En cualquier caso, es respuesta a una anterior que le había enviado nuestra protagonista solicitando su mediación ante algunos ministros del Gobierno. Aunque desconozco el asunto que motiva tal petición, como quiera que en ese tiempo doña Rosario está padeciendo los embates del oscurantismo y la sinrazón que azotan inmisericordes los cimientos de la empresa avícola que había puesto en pie en tierras cántabras, no sería de extrañar que su misiva fuera un último intento de salvar lo que, no tardando, resultaría ser insalvable (⇑).

Carmen da cuenta de sus gestiones («hoy mismo escribo al señor conde de Romanones», «al señor Echegaray le envío la carta de usted») y le adelanta lo que espera de ellas: confianza plena en lo que respecta al ministro Figueroa («No dudo que el conde de Romanones me atenderá, y deseo sea eficaz mi recomendación, ya que en este desdichado país se necesitan para pedir justicia»); todas las dudas acerca de lo que se pudiera esperar de quien recientemente se había convertido en el primer nobel español. Pronóstico tan negativo merece una aclaración, más cuando ella ha sido la persona que ha logrado que un nutrido grupo de escritoras (la propia Rosario de Acuña, Consuelo Álvarez, Carolina de Soto, Blanca de los Ríos, Patrocinio de Biedma, Cándida López Venegas, María de Echarri, Matilde García del Real...) se adhirieran al homenaje que se tributa al dramaturgo tras serle concedido el galardón. Sus palabras requieren una explicación y ella se explica. Dice que no lo conoce personalmente y que su decidida contribución al homenaje estuvo motivado por «la grosera protesta de la juventud decadente que se llama intelectual» (refiriéndose, sin duda, al comunicado que en relación con el homenaje que se piensa tributar al señor Echegaray ha sido elaborado por Azorín y refrendado por un grupo de escritores, entre los que se encuentra Valle Inclán, Baroja, los hermanos Machado, Rubén Darío o Maeztu, en el cual hacen constar que sus ideales artísticos son otros y sus admiraciones muy distintas). Que si su trayectoria ha sido extraordinaria en el pasado, su imagen se ha empañado al abandonar los ideales republicanos para convertirse en ministro de la monarquía alfonsina: «Él mismo ha cubierto de basura su historia pasada; lo mejor que puede pensarse es que chochea». 

A la hora de despedirse, utiliza palabras que manifiestan el afecto que dispensa a su interlocutora (se declara «siempre admiradora, correligionaria y amiga»), lo cual a quien esto escribe no le resulta para nada extraño pues doy por hecho que su amistad viene de muy atrás y que entre ambas existe una comunión ideológica que han mantenido en el tiempo. Tanto que ya en 1888, diecisiete años atrás, una joven Carmen Burgos envía a Las Dominicales del Libre Pensamiento una carta en la cual proclamaba su firme adhesión a cuantas ideas había manifestado Rosario de Acuña en su escrito titulado «A las mujeres del siglo XIX». 

Bien. Pues resulta que no son la misma mujer; que esta Carmen Burgos del ochenta y ocho no es la Carmen de Burgos del homenaje a Echegaray: son dos personas distintas, tal y como ha podido constatar Manuel Almisas Albéndiz en un trabajo titulado «¿Carmen de Burgos (Colombine), Librepensadora? Otro bulo más en la historia del feminismo» (⇑) que ha sido publicado recientemente. A este investigador gaditano no le cuadraban algunas cosas al respecto y se puso a indagar sobre el tema. Dos fueron los elementos que centraron su atención: que la carta publicada en Las Dominicales estuviera fechada en Andújar y que su autora tuviera por entonces una activa (y precoz) participación en diversas publicaciones espiritistas. Estos son los datos que resultan más clarificadores, pues la Carmen que dirige su escrito de adhesión a la obra emprendida por doña Rosario («Cuénteme usted pues como una humilde pero entusiasta y firme cooperadora...») también firma en Andújar otros textos que se publican en el semanario espiritista La Luz del Porvenir, y lo hace en el transcurso de tres años (del verano del ochenta y siete a finales del ochenta y nueve). Aunque hubieran pasado inadvertidos para el resto, los dos resultaban un tanto incoherentes con la biografía conocida de Colombine.  La inercia había dado por buenos datos que, cuando menos, eran cuestionables. La duda, el interrogante, la disrupción discursiva, habilitaba una vía alternativa, la de la coherencia, como tantas otras veces. 

Detectadas las incongruencias, Almisas acude a las fuentes primarias en busca de la necesaria clarificación. La encuentra: en el padrón municipal de Andújar correspondiente al año 1888 no aparece Carmen de Burgos Seguí, pero sí una mujer de apenas veinte años de edad llamada Carmen Burgos Villalba. El hallazgo le permite zurcir aquel roto que había descubierto con el resistente hilo de la verosimilitud: la autora de la carta escrita en Andújar en febrero del año 1888 y dirigida a Rosario de Acuña y Villanueva no fue la que, andando el tiempo, será conocida como Colombine. La aparición de esta otra Carmen, vecina en aquel tiempo de la localidad jiennense, devolvía a la escritora almeriense su perfil biográfico: residía en Almería, su ciudad natal, en compañía del pintor y periodista Arturo Álvarez Bustos con quien se había casado cinco años atrás (cuando ella tan solo contaba con dieciséis); ayudaba en la imprenta que regentaba su suegro; y no consta que estuviera próxima a los círculos espiritistas y librepensadores en los que se movía la joven Burgos Villalba. 

Este trabajo no solo deshace un error que la inercia ha logrado mantener en el tiempo, sino que también nos permite incrementar la ya nutrida lista de aquellas mujeres que públicamente se han adherido a la lucha que a mediados de los ochenta emprende Rosario de Acuña, una larga batalla en pro de la redención de la mujer española, que años después recordaría Amalia Carvia: «Este movimiento fue iniciado por la ilustre doña Rosario de Acuña que, con una lógica irrebatible, con unos admirables razonamientos envueltos en una exquisita poesía, hablaba a las mujeres españolas, llamándolas a una nueva vida». No fueron pocas las que respondieron a aquella llamada. Al nombre de Carmen de Burgos Seguí es preciso unir ahora el de Carmen Burgos Villalba, una mujer que en su juventud decidió alistarse en aquel ejército de mujeres luchadoras: «deseo conste en las columnas de sus Dominicales mi fervorosa adhesión a los nuevos ideales que usted tan brillantemente expresa, pues aunque joven, ni temo la opinión de los hipócritas, ni oculto la mía». Ahora que, gracias al concienzudo trabajo de Almisas Albéndiz, conocemos su filiación, quizás podamos llegar a saber algo más de ella. Tal vez tirando del hilo que la une a Andújar, localidad donde veinte años más tarde constatamos la presencia de quien parece ser uno de sus hermanos, un tal Antonio Burgos Villaba que por entonces regenta un taller de encuadernación en la villa. 




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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20 agosto

125. La pesada losa de Rienzi


Tan sólo tenía veinticinco años y el éxito de Rienzi (⇑) le había situado en el centro del escenario; los ojos de cuantos tenían algo que decir en el mundo del teatro nacional estaban puestos sobre ella. Todos esperaban el estreno de una nueva obra para poder confirmar que aquella joven había llegado para quedarse; que de su fecunda y ardorosa inspiración podían surgir primorosos dramas; que Rosario de Acuña Villanueva podía convertirse en la sucesora de la Avellaneda.

Imagen de la portada de Rienzi el tribuno
Ella sabía de la sorpresa y admiración que aquel estreno había causado. Conocía las alabanzas de Manuel de la Revilla, de Peregrín García Cadena, de Ramón de Navarrete, Asmodeo. Sabía que Rienzi le brindaba la  oportunidad de consagrarse como poeta dramático, de alcanzar la gloria literaria, de agradecer los desvelos que su padre había realizado para ilustrar a su hija semiciega, de colmar de orgullo y satisfacción a los suyos... Lo sabía bien. Y fue pronto consciente de ello, pues pocas semanas después del estreno escribe en el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑) lo que sigue:

  «…él me sirvió de carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada del Parnaso, y aunque en el número de orden sé que estoy de los últimos, no por eso dejo de vanagloriarme de haber logrado siquiera la aproximación a los umbrales de tan hermoso reino…»

 En efecto, sabía de los parabienes que su primer drama había cosechado, pero también de los defectos que los críticos habían encontrado en Rienzi, achacables –según opinión compartida– a la inexperiencia de la autora. García Cadena habla de elementos desordenados y señala que «el conjunto está desprovisto de cohesión y de sólida contextura». Manuel de la Revilla, por su parte,  afirma que es un drama «mejor sentido y escrito que pensado, lleno de inexperiencia», por más que también diga  que la obra rebosa inspiración, que los personajes están «vigorosamente acentuados», que la autora utiliza recursos atrevidos, versificación robusta, bellas imágenes y hermosos pensamientos.

Era consciente de que se encontraba a la puerta que daba acceso al Parnaso; también de que  franquearla o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación, de su segundo drama. ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Las dudas acechan; la responsabilidad cobra entonces mayor presencia que cuando escribiera Rienzi; la inseguridad se va abriendo camino... Por si fuera poco, se encontraba lejos de todo, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla...

Bien. De la necesidad se hace virtud: está en Zaragoza, pues Zaragoza será el escenario. Su segundo drama  estará ambientado en la heroica defensa de la capital zaragozana durante la Guerra de la Independencia. Se llamará Amor a la patria (⇑). Una vez tomada la decisión, no queda más que coger la pluma y aplicarse a la labor, por más que las dudas surjan una y otra vez. La presión no aminora cuando la obra está concluida. ¿Será buena?, ¿estará a la altura de lo que de mí se espera? ¿Estrenarla en Madrid o mejor en Zaragoza? ¿Qué dirá la crítica?... Dudas y vacilaciones que seguían acechando, hasta tal punto de que a ellas bien pudiera deberse el hecho de que usara un seudónimo –por primera y única vez– cuando a finales de noviembre de 1877 se estrenara la obra en la capital aragonesa.

Y con el estreno de su segundo drama no se aquietó su ánimo, por más que fuera aclamado por el público, por más que fuera alabado y aplaudido por José Ortega y Munilla. No, las dudas persistían, los temores seguían al acecho. Así que, apenas unas semanas después del segundo estreno, cuando las fiestas navideñas la retornan a Madrid, llama a algunos de sus amigos escritores para pedirles auxilio y consejo. A su llamada acuden, al menos,  José Echegaray, Francisco Pérez Echevarría, Gaspar Núñez de Arce y Ramón Rodríguez Correa. La velada tuvo por protagonista el teatro: se leyó el único acto de la obra recién estrenada  y se trataron los problemas que se encontraba su autora para estrenarla en Madrid; también se habló de un nuevo proyecto en el cual la joven poeta estaba trabajando... Y todos se dieron cuenta del estado en que se encontraba su anfitriona. Rodríguez Correa nos lo cuenta:

...al ver el decaimiento de la autora para escribir más dramas, en vista de las dificultades que se experimentan para ponerlo en escena, dificultades que si forman una carrera de obstáculos para un hombre, son casi insuperables para una dama, todos los que allí estábamos, dejando aparte la galantería, exigimos y obtuvimos la promesa de ver pronto en el mundo un hermano de Rienzi, comprometiéndonos todos a que si el niño nacía viable correríamos con los afanes y cuidados de sacarle de pila.

Pocos meses después, los asistentes a aquella velada son convocados de nuevo para asistir en el teatro Español de Madrid a la lectura de Tribunales de venganza (⇑), un drama en tres actos inspirado en las Germanías valencianas. De nuevo es Rodríguez Correa quien nos cuenta las impresiones de los presentes tras aquella lectura:

...causó el entusiasmo de cuantos le oíamos, en lo que se refiere a la forma bellísima literaria y a la admirable sujeción a la verdad histórica de su asunto y personajes. Todos opinamos que el drama tenía un flaco y era el segundo acto en el que, además de parecer más premiosa la inspiración de la autora, se acumulaban recursos que podían comprometer el éxito de la obra. En cambio, la nitidez de la exposición en el primer acto y las maravillas de versificación, de majestad y de grandeza que formaban el tercero, reducido a una protesta elocuente y en acción contra la pena de muerte por delitos políticos, constituía un asunto que debía ser simpático en la época moderna, y en cuya representación no había peligro si se llegaban a salvar los inconvenientes que a nuestro juicio ofrecía la representación del segundo acto.

Después de algunas dificultades y más de un retraso, el martes 6 de abril del año ochenta se estrena el drama en el escenario del teatro Español. Su autora no utiliza en esta ocasión un seudónimo, pero su nombre no es conocido por el público. Parece que las dudas continúan. Están presentes hasta tal punto que, según cuentan las crónicas, Rosario de Acuña no asistió al estreno, y ello a pesar de haberse trasladado de Zaragoza a Madrid con esa intención. Dicen que, a última hora, decidió no acudir y pasar la noche en Aranjuez.  Allí se entera de que, finalizado el primer acto,  los presentes aplauden y llaman al autor al escenario, pero se mantiene la incógnita.  Entre aplausos se escucha el segundo, volviendo a pedirse al final el nombre del autor, que continúa sin saberse. Se aplauden varios trozos del tercer acto, pero al caer el telón y ser llamado nuevamente el autor, se establece una división entre el público.

Dicen que alguien de su entorno se encontraba en el teatro, y que comunica por telegrama el resultado. Al conocer el inconsistente veredicto del público, Rosario de Acuña toma una drástica decisión: aquella sería la primera y también la última representación del drama, no habría más. Las dudas que albergaba desde que Rienzi la hubiera llevado hasta las puertas de la gloria, no se disipaban. Sus amigos escritores le habían aconsejado que modificara el segundo acto, y el público lo aplaudió;  alabaron el tercero («maravillas de versificación, de majestad y de grandeza»), y al público no le convenció...

Cuatro años atrás, cuando el estreno de Rienzi, público y crítica habían coincidido en las alabanzas. Amor a la patria, que cosechó el aplauso de sus nuevos vecinos zaragozanos, seguía siendo desconocido por la crítica madrileña. Y ahora que, ilusionada por el aliento de los próximos,  había conseguido volver a estrenar en Madrid: para Tribunales de venganza, la tibieza, la división de opiniones. El éxito cosechado por Rienzi constituía una pesada losa. Los dos dramas que había escrito después no habían conseguido brillar a la misma altura. Rienzi era la medida. El cronista lo resume perfectamente: «Tribunales de Venganza contiene grandes bellezas líricas; como drama vale mucho menos que Rienzi, primera y afortunada tentativa teatral de su aventajada autora».

La pesada losa de Rienzi estará siempre presente; hasta el final; hasta el estreno de su último drama. A finales de 1893 estrena La voz de la patria (⇑), con el cual retorna en buena medida al ámbito más literario, tras el paréntesis militante que supuso El padre Juan (⇑). Aquella obra supone su último intento de superar la alargada sombra de Rienzi:

Al llevar al tribunal de la pública opinión este drama, no es factor insustituible mi presencia en el teatro: no es obra de lucha, de controversia; es el eco de una realidad del presente; no se trata en él de sellar, con la vida si fuera preciso, la libertad de conciencia, de pensamiento; anexo a él no va más que el hecho escueto de la aprobación, o repulsa, hacia un talento literario: ¡Triunfo o derrota baladí, porque es personalísimo, esencial a mí, sin trascendencia para la ejemplaridad, para el apostolado del progreso!...




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10 junio

115. Un amor entre dos quintillas


Preguntado don José Echegaray por su opinión acerca de la obra Rienzi el tribuno (⇑) el día de su estreno, contestó lo que sigue:

Una maravilla. No se parece a ninguna de las Safos del siglo; hace resonar los viriles acentos del patriotismo, y siente la nostalgia de la libertad como si fuera un correligionario de don Manuel Ruiz Zorrilla. Una mujer muy poco femenina.

A lo cual su interlocutor se apresuró a contestar: «No lo crea usted, don José. Tiene la muchacha novio y está muy enamorada de él». Y al preguntarle el señor Echegaray por «el afortunado mortal», consigue averiguar que se trata de «un capitán de infantería».

Ciertamente, como señala el acompañante de don José, Rosario de Acuña Villanueva tiene por novio a un joven militar, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Lo sabía de primera mano, pues se trata del también escritor Emilio Gutiérrez Gamero, cuñado del novio de la señorita de Acuña.

Dos meses después del estreno de Rienzi el tribuno, el jueves 27 de abril de 1876, la escritora y el militar se otorgan mutua promesa de fidelidad ante el católico ministro y sus respectivas familias. La «muy enamorada» y joven esposa escribe en un ejemplar del drama la siguiente dedicatoria:

A mi marido:
Sobre palmas de laurel
entré en la escena española;
allí me encontraste, sola;
¡no lo olvides, Rafael!

Fragmento del fresco El triunfo de Galatea, pintado por Rafael Sanzio en la Vila Farnesiana

Tras la boda, la pareja pasa su luna de miel por tierras de Andalucía. A su regreso, y casi sin tiempo para casi nada, deben volver a partir para  iniciar una nueva vida lejos de su Madrid natal, pues a Rafael le han destinado al Depósito de Ultramar que tiene su sede en Zaragoza. Y hacia allí se encaminan la noche del veintinueve de junio.

Una vez en la capital aragonesa, la pareja podrá lucir sus mejores galas: al capitán le ha sido autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil; la escritora, probablemente estimulada por el ambiente militar que la rodea, estrenará en un teatro local un nuevo drama dedicado a «los nobles descendientes de los inmortales zaragozanos de 1808» (Amor a la patria).

A finales de enero de 1880 el militar es dado de baja en su anterior destino, pasando entonces a la situación de reemplazo con la misma residencia; posteriormente es autorizado a trasladar sudomicilio a Madrid, manteniendo la misma situación. Finalizaba el año cuando Rafael, que ya debe tener tomada la decisión de abandonar el ejército, se traslada a Alcalá la Real (Jaén) donde le han ofrecido desempeñar el puesto de agente del Banco de España, para lo cual obtiene de las autoridades militares el oportuno permiso de residencia. En marzo del siguiente año pasa a la situación de supernumerario sin sueldo por el término de tres años «a fin de dedicarse a asuntos de familia»,obteniendo seguidamente autorización para residir en Pinto, una pequeña localidad del sur de la provincia, donde el matrimonio ha construido una pequeña quinta campestre. Han pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron ir tal como se habían imaginado. Rosario nos da alguna pista al respecto cuando, refiriéndose a esta época, señala:

Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...

 Los cambios de residencia y de trabajo (regreso a Madrid y posterior traslado a Pinto; Rafael queda desligado temporalmente del ejército y pasa a desempeñar un puesto en el ministerio de Fomento) parece que obedecieron a los acuerdos que toma la pareja después de que se hiciera evidente que las cosas no iban bien entre ellos. De todas formas aquella situación no habría de durar. En el mes de enero de 1883 la escritora, y campesina, recibe un duro golpe al producirse el fallecimiento de su padre. En ese mismo mes Rafael cesa en su puesto como visitador en el ministerio. Todo se acabó.

En el mismo ejemplar de Rienzi el tribuno que siete años atrás había dedicado a su marido, Rosario registró la fecha de la ruptura, añadiendo a la primera quintilla esta otra que aquí se escribe:

27 de abril de 1883:
¡Siete años de ayer a hoy!
Vivo entre penas, sin gloria...
Tienes mi cuerpo... ¡la escoria!
Sola estaba; sola estoy.

A partir de mayo Rafael ya se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a vivir juntos; por lo que sabemos, fue una separación amistosa (⇑): legalmente Rosario de Acuña seguirá estando casada y desde enero de 1901, momento del fallecimiento de  quien seguía siendo su marido, se convirtió en la viuda del señor Laiglesia y Auset (⇑).




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