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10 junio

191. Tarrasa recupera su presencia en el callejero


Imagen de la plaza que llevará el nombre de Rosario de Acuña en Terrasa (Terrassadigital.cat)Hace tan solo unos días que me llegó una noticia reconfortante: los responsables del municipio de Tarrasa han acordado recuperar el nombre de Rosario de Acuña para denominar a una de las plazas de la ciudad, tras haber desaparecido de su callejero hace más de treinta años. De esta forma se pone fin a una situación un tanto incomprensible, que solo se puede explicar por la corrosiva acción de la desmemoria, por la pesada losa de olvido que sepultó su recuerdo durante tantos años. Decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.

Siempre me llamó la atención lo que había sucedido en esta ciudad. Tras la muerte de doña Rosario, Tarrasa fue la primera de las ciudades españolas en tomar la decisión de conceder su nombre a una de sus calles principales. El Ayuntamiento lo acordó por unanimidad y su alcalde así se lo comunicó en el mes de marzo de 1924 a Carlos Lamo Jiménez, la persona con la que la ilustre librepensadora pasó buena parte de su vida. Como bien señalaba la prensa que le era más afín, el homenaje que le tributaba esta populosa urbe catalana suponía todo un ejemplo para el resto de las ciudades españolas, y Carlos agradeció el gesto enviando a los responsables municipales tarrasenses un ejemplar de Rienzi el tribuno con la siguiente dedicatoria: «Al Ayuntamiento de Tarrasa en modesta prueba de la gratitud que le guarda el corazón de quien compartió casi la mitad de la vida de Rosario de Acuña por el acuerdo tomado con su nombre».  Hubo que esperar algunos años para que, tras la proclamación de la Segunda República, en diversos lugares de España se acordaran de esta incansable luchadora (⇑), y decidieran que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes de Gijón, Madrid, Porcuna, Puertollano, Santander, Sama de Langreo o Pola de Laviana.

Fragmento del artículo publicado en la edición de El Motín de 29-3-1924Tras la barbarie bélica todo cambió. Las autoridades que accedieron al poder por la fuerza de las armas no podían tolerar que siguiera viva la memoria de aquella mujer librepensadora, masona, feminista y republicana. Su nombre se fue cayendo de las calles de pueblos y ciudades. No sucedió así en Tarrasa, donde permaneció incólume en su callejero. Durante más de cuarenta años, las páginas de los periódicos testificaron  su persistencia con la publicación de anuncios relacionados con alguna sociedad allí radicada (ya fuera acerca de la venta de hilaturas, de la actividad societaria de una empresa de colchones o de la existencia de un servicio técnico de reparación de electrodomésticos), también de algún triste suceso que tuvo lugar en esta calle que llevaba el nombre de una mujer –de la que casi nadie se acordaba por entonces–,  que había dedicado buena parte de su vida en una larga lucha en pro de la libertad de conciencia y en defensa de los más desfavorecidos.

Pero, y aquí viene lo sorprendente del asunto, la calle Rosario de Acuña que, contra todo pronóstico,  permaneció  en el callejero de Tarrasa durante los años del franquismo, desapareció del mismo con los primeros ayuntamientos democráticos. Toda una paradoja. Era tan difícil de entender, al menos para mí, que no se me ocurrió otra cosa que recurrir a Alfredo Vega López, alcalde de la ciudad. Las afinidades académicas y profesionales me hacían albergar esperanzas. Así que hace unos meses, a primeros de noviembre del pasado año, le envié un mensaje describiendo la paradoja que acabo de relatar, al tiempo que le apuntaba, a grandes rasgos (cierto es que también con enlaces a la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑) y a comentarios de este blog), algunas de los rasgos biográficos de nuestra protagonista.

Pasó el tiempo y no tuve noticia alguna al respecto; di por hecho que mi propuesta dormiría el sueño de los justos. Sin embargo y como bien pude saber en correo recibido hace apenas unos días, resultó que mi escrito no cayó en saco rato, que el señor Vega lo tomó en consideración y puso en marcha el protocolo previsto para estos asuntos. Tiempo después, la Comisión de Nomenclátor de Espacios Públicos (un órgano asesor de carácter consultivo, integrado por políticos, técnicos de diferentes áreas municipales y personas especializadas en la toponimia, la geografía o la historia de la ciudad) analizó el procedimiento seguido en los años ochenta, cuando la Alcaldía firmó un decreto por el cual se sustituía el nombre de la calle Rosario de Acuña. Parece ser que aquella decisión se adoptó de acuerdo a unos criterios, acordados por el Ayuntamiento unos años antes,  para retirar del callejero urbano los nombres de aquellos personajes y hechos históricos de significación contraria a las instituciones democráticas. Treinta y dos años después, la Comisión, en reunión celebrada el pasado 27 de marzo, dictamina que «no había razones objetivas» para tal cambio, razón por la cual propone se proceda a la restitución de su nombre en el callejero de la ciudad. Tan solo unas semanas después, el 17 de mayo, el alcalde de Tarrasa firmó un decreto por el cual la plaza situada entre las calles de Nuria, de Valencia y de Atenas pasa a denominarse «plaza Rosario de Acuña».

Ciertamente, decisiones como esta parecen confirmar que la recuperación de su valioso testimonio vital, una tarea colectiva emprendida a finales de los sesenta del pasado siglo (⇑), continúa dando sus frutos.




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27 noviembre

179. A vuelta con sus calles


Cuando el periodista Roberto Castrovido reclamaba en 1925 (⇑) que el Ayuntamiento madrileño pusiera el nombre de Rosario de Acuña a una de las calles de la capital, es bastante probable que desconociera que ya la tenía. Lo ignoraban también las autoridades municipales cuando decidieron purgar el callejero de la capital tras la Guerra Civil: eliminaron una, pero convivieron años y más años con la otra. Ese mismo desconocimiento explicaría por qué durante décadas se mantuvo presente en las calles de otras ciudades, la razón por la cual cartas y más cartas mantuvieron vivo el nombre de tan ilustre librepensadora y masona, en aquel tiempo de la tan manida «conspiración judeo-masónica». Resulta aún más paradójico que fueran los nuevos ediles, los elegidos democráticamente, quienes decidieran eliminarla de aquellos callejeros en los cuales había conseguido sobrevivir durante los largos años de la dictadura (véase como ejemplo lo sucedido en Tarrasa ⇑)

Placa de la calle

Pues bien, aunque Castrovido no tuviera noticia de ello, gracias a la prensa de la época sabemos que a principios del siglo XX en Madrid ya existía una calle con su nombre: dos noticias de sucesos –la primera de 1901– sitúan en ese escenario unos lamentables accidentes laborales. Si una tuvo en vida, alguna más tendrá tras su muerte. Las primeras en movilizarse para lograrlo fueron las integrantes de Fraternidad Cívica (una asociación de mujeres –constituida en 1916 con el objetivo inicial de dignificar el cementerio civil madrileño– que hizo de la libertad, de conciencia, de pensamiento, su principal razón de ser). Enteradas de la muerte de doña Rosario, tan solo tardaron unas pocas semanas en organizar un homenaje en su honor, que tuvo lugar en el Ateneo madrileño el 30 de mayo del año veintitrés. Pocos días después envían una carta al alcalde de Gijón solicitando «que se le dé a una calle de la ciudad el nombre de doña Rosario de Acuña». De las peripecias administrativas de aquella propuesta (aprobación por el plenario del Ayuntamiento, recurso de alzada contra el acuerdo, estimación del recurso por parte del gobernador...) ya he dado cuenta en el comentario 58. La avenida que da a la ermita (⇑). Menos inconvenientes encontraron en Tarrasa, cuya corporación municipal acordó por unanimidad dar el nombre de la librepensadora recién fallecida a una de las principales calles de la localidad. En Madrid el acuerdo se tomó en el verano de 1928, momento en el cual los regidores municipales deciden que una de las calles de la denominada colonia Iturbe, construida dos años antes, pasara a denominarse Rosario Acuña (sin la preposición «de», tal y como figura en la placa que ilustra este comentario). Así que, de no haberse eliminado la anterior, serían dos las que figurarían con tal nombre. No sería la única vez.

Reproducción de un cartel de Luis Dubón

Tras la proclamación de la Segunda República, los callejeros de pueblos, villas y ciudades se remozaron, elevando a estos santorales laicos a aquellos personajes que mejor pudieran ejemplificar los valores republicanos.  Fue entonces cuando en Gijón, al fin, acordaron denominar Rosario de Acuña a la avenida que conduce a la ermita (⇑). Fue entonces cuando en diversos lugares de España se acordaron de esta incansable luchadora y decidieron que su nombre bien podría guiar los pasos de los viandantes. Así lo hicieron en  Sama de Langreo, Pola de Laviana, Badajoz, Porcuna, Puertollano o Santander. También en Madrid. Otra vez en Madrid. En el mes de mayo de 1931 la corporación municipal decide que el paseo de Los jesuitas, pasara a denominarse paseo de Rosario Acuña (también sin la preposición «de»).

De nuevo tenía dos vías públicas con su nombre en la capital de España, y la existencia de esta última, el paseo, llevaba aparejada una gran carga ideológica, pues a nadie se le escapaba la importancia –una auténtica victoria simbólica– que para los anticlericales suponía aquel cambio, dado que no solo eliminaban del espacio público a los jesuitas (una de sus bestias negras), sino que elevaban a las alturas a una destacada librepensadora. Claro está, que lo que tenía de victoria para unos, suponía una derrota, una auténtica afrenta, para otros. Así las cosas, en este terreno de abierta confrontación, no debiera de resultar muy extraño que, cuando la fuerza de las armas que habían sido enarboladas por los militares sublevados en julio del año treinta y seis logró cambiar los designios de las urnas, todo se volviera del revés: se sacralizaron de nuevo las calles, las avenidas y los paseos; el de los jesuitas, también. Se retiró la placa que llevaba el nombre de aquella librepensadora. ¡Y masona! La afrenta quedaba reparada. Así sucedió también en aquellos otros lugares en los que había lucido durante el periodo republicano. No en todos. Permaneció, al menos,  en Tarrasa... y en Madrid, donde, no lo olvidemos, había otra calle con su nombre. Quizás la desmemoria fuera la razón, quizás el olvido pueda explicar por qué durante tantos años se mantuvo vivo su recuerdo en las placas de aquellas calles; por qué en el Boletín Oficial del Estado se recordaba su nombre de tiempo en tiempo; por qué los vendedores de hilaturas o los industriales colchoneros avivaban la tenue llama del recuerdo cuando anunciaban sus productos.

Los nuevos aires que penetraron en los ayuntamientos en la primavera de 1979 volvieron a agitar los callejeros de España. Paradójicamente, su nombre se cayó entonces del de Tarrasa (⇑). A Madrid, su ciudad natal, se unieron Pinto y Santander, localidades en las cuales residió durante dos etapas de su vida. Y en Gijón, donde decidió vivir sus últimos años, donde quiso permanecer para siempre, también acordaron dar su nombre a un vial urbano, aunque la mayoría de la población ignore que en la ciudad exista un paseo Rosario de Acuña: nadie lo lee, pues no hay placa alguna en el paseo; nadie lo escribe, pues en el lugar no hay vivienda a la que enviar carta alguna; nadie lo pronuncia, pues el paseo que a ella decidieron dedicar es un tramo (desde el sanatorio Marítimo a la carretera de la Providencia, según cuenta Luis Miguel Piñera en su obra Las calles de Gijón) de un camino que todo el mundo conoce como «sendero de El Cervigón», el mismo que bordea la que fue su última morada (⇑). Una casa que fue comprada por el Ayuntamiento en los años ochenta, que quiso ser un albergue juvenil y terminó siendo la sede de una escuela taller. Una casa que lleva tiempo, demasiado tiempo, sin uso conocido, y a la que se llega caminando por el paseo Rosario de Acuña, aunque casi nadie lo sepa.

Nota. Al fin, treinta y tres años después de que así fuera aprobado en un pleno municipal,  el  viernes 5 de mayo de 2023, día del centenario de su muerte, se colocaron dos placas, una al inicio del paseo (en las proximidades del Monumento a la madre del emigrante) y otra al final (en su entronque con el Camino de los Arces), que nos indican que caminamos por el Paseo Rosario de Acuña.




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03 junio

114. Ostracismo zaragozano


Hace tres o cuatro años estrenábase en el incendiado teatro de la plaza del Rey una obra escrita con vigoroso estilo, en versos sonoros y armoniosos, abundante en situaciones dramáticas y en bellezas literarias. Titulábase Rienzi el tribuno (⇑), y obtuvo un grande y legítimo éxito. Su autora era la señorita doña Rosario de Acuña, quien en pocas horas alcanzó merecida reputación por su talento. Algunas muestras dio de él en revistas y periódicos; pero después la joven e inspirada poetisa enmudeció totalmente; más aun, desapareció de Madrid.
¿Qué había sido de la elevada musa que nos prometía composiciones no menos notables que las publicadas? ¿Qué de la autora colocada desde su primer paso al nivel de los más aventajados ingenios?
Algunos decían que, trocando la corona de laurel por la de azahar, se había unido a un bizarro militar; otros que había renunciado a la gloria por deberes sagrados o imperiosos; pero ninguno precisaba sus informes, ninguno sabía con exactitud el paradero de Rosario de Acuña...

Tras el éxito de Rienzi todo fue muy rápido. Cuatro meses después, el 20 de abril de 1876, firma el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑); dos días más tarde contrae matrimonio con el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset y no tardando parten de viaje de novios hacia Andalucía; a finales de junio se trasladan a vivir a Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado el militar. A partir de entonces muchos fueron los que le perdieron la pista, como bien señala Asmodeo (seudónimo de Ramón de Navarrete) en el texto anterior, publicado en La Época el 15 de enero del año setenta y nueve.

Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida. Basta leer el Prólogo para darse cuenta de que, tras el éxito de su primer drama, la joven autora sabe que está ante la puerta que da acceso a algo grande. Siente que, en efecto, se halla al comienzo de un largo camino que la puede llevar al olimpo literario, a alcanzar esa gloria inmarcesible, por utilizar un adjetivo muy frecuente en sus escritos. Sabe también de las dificultades que le aguardan y la lejanía de la corte no le facilitará nada las cosas.

Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)

Desde la distancia procura mantener abiertos sus contactos en diarios y revistas. En agosto La Moda Elegante publica su poesía El canto del poeta (⇑); antes de que el año termine Revista Contemporánea,  tres sonetos (Casualidad (⇑), Europa (⇑) y Al siglo XIX ⇑). No obstante, Madrid queda lejos y a Rosario no le queda otra que intentar asentarse en su nueva ciudad. Así que unos meses después de su llegada, tiene lugar el estreno de Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro Principal de la capital aragonesa. Fue todo un éxito: la autora tuvo que subir a escena llamada varias veces aclamada por un público entregado que obsequió a la autora con flores, palomas y coronas.

A pesar de los aplausos Madrid estaba, ciertamente, muy lejos y durante el año 1877 su firma parece haber desaparecido de los periódicos. Se dedica a su segundo drama, Amor a la patria (⇑), dedicado a los hijos de Zaragoza y estrenado en dicha población a finales de noviembre (curiosamente lo hizo ocultando su nombre tras el seudónimo Remigio Andrés Delafon) sin que apenas llegase eco alguno a la prensa madrileña, la cual tan sólo se dio por enterada cuando más de un año después, en los inicios del año 1879, se puso a la venta en las principales librerías madrileñas y los críticos recibieron un ejemplar de la obra. 

Tan lejos estaba Madrid que, en una de las escasas ocasiones en las cuales regresa a su ciudad, aprovecha para reunirse con algunos escritores amigos para presentarles tanto Amor a la patria (⇑), como Tribunales de venganza (⇑), su tercer drama, inspirado en la Germanías de Valencia y que también había escrito en Zaragoza. De Echegaray, Rodríguez Correa o Núñez de Arce recibía no sólo el atinado consejo, sino también el empuje y el ánimo que parecía faltarle en la lejanía. Parecía evidente que echaba de menos aquellas tertulias.

Alejada como estaba de lo que constituía el principal centro literario del país, no dudaba en enviar alguna de sus composiciones cuando en la capital se organizaba algún evento de relevancia. Tal sucede en febrero de 1879, cuando en el Teatro de La Comedia se celebra una función destinada a recaudar fondos para la construcción de un mausoleo para los restos del actor Julián Romea. Tras la representación de la comedia en tres actos Por derecho de conquista, de Manuel Catalina y de la pieza cómica Una de tantas de Bretón de los Herreros, alguno de los actores presentes proceden a dar lectura a algunas poesías, entre ellas la que envió Rosario de Acuña para la ocasión y que lleva por título A Romea (⇑):

[...]

Allí está: ¡de su voz el eco suave
tranquilo y reposado,
sarcástico o cruel, agudo o grave,
triste o apasionado, jamás descompasado,
señala con fijeza
de su genio coloso la grandeza! [Sigue...⇑]

Meses después son los damnificados por las inundaciones que han asolado la huerta murciana, quienes reciben el homenaje y los fondos obtenidos en la velada teatral que tiene lugar en el teatro Español. Rosario de Acuña envía desde Zaragoza su poesía Una limosna para Murcia (⇑):

[...]

Desdichados de aquellos que no lloran,
cuando su hermano vive acongojado.
¿Qué pueden esperar? ¿Qué bien o dicha
habrán de conseguir, sin el yerto pecho
al ajeno dolor se encuentra estrecho
desoyendo el clamor de la desdicha? [Sigue...⇑]

Tan lejos queda Madrid que, a pesar de haber escrito esta poesía, su nombre no se encuentra en El Libro de la caridad, un voluminoso ejemplar  publicado en 1879 –«a expensas y de orden espontánea de SM el Rey»– y dedicado «por los poetas que lo escriben al socorro de las víctimas de las inundaciones en las provincias de Levante». En sus páginas se encuentran las firmas de unos ochenta poetas, afamados algunos  y otros no tan conocidos. Allí están las de Julia de Asensi,  Emilia Pardo Bazán, Ángela Grassi, Dolores Cabrera, Joaquina Balmaseda, Josefa Estévez, Blanca de los Ríos, Joaquina Oliván, Faustina Sáez, Francisca del Riego, al lado de las de José Echegaray, Adelardo López de Ayala, Pedro Antonio de Alarcón, José Zorrilla o Gaspar Núñez de Arce. No está el suyo.

Tan lejos queda Madrid que durante los años que pasó en Zaragoza el correo se convirtió en su principal nexo con la capital. El correo... y la escritura.




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26 diciembre

85. «Las calles de Rosario de Acuña y del Marqués de Comillas», por Roberto Castrovido


¿Quién lo podía imaginar? El propio don Claudio López, marqués de Comillas, coge con la punta de los dedos la mano de la poetisa madrileña doña Rosario de Acuña y la lleva, a son de dulce pavana, a la calle de Fomento, donde nació la vigorosa escritora; hace gentil reverencia, muy siglo XVIII, la sombra del prócer clerical, y desaparece. ¡Quién pensara! ¡El marqués de Comillas introduciendo en el callejero madrileño a doña Rosario de Acuña!

La casualidad es maestra de humorismo. El demonio tiene cara de conejo.

El Ayuntamiento actual, dignísimo heredero, por atavismo tal vez, de aquel corregidor que compró el palacio de Buenavista para regalárselo a don Manuel Godoy, personificación del viejo régimen (el nuevo se inició en las Cortes de Cádiz) ha propuesto cambiar por el de Marqués de Comillas el nombre de San Andrés que lleva desde el siglo XVII la vieja calle que partiendo de la del Espíritu Santo termina hoy en la de Carranza y que limitaba por oriente el vasto palacio de Motezuma y Monteleón, Parque de Artillería cuando lo inmortalizaron Daoiz, Ruiz, Malasaña y otros muchos que han tenido la mala suerte de no ser recordados ni en azulejos o placas metálicas denominadores de calles.

El centro de Madrid en un plano de principios del siglo XX publicado por El Noticiero-Guía de Madrid

A la circunstancia de existir con el mismo nombre en 1808 debe su permanencia la de San Andrés, respetado por el Ayuntamiento revolucionario que en 1869 urbanizó la plaza del Dos de Mayo. No me quejaría si a la calle de San Andrés la variarán el nombre, porque hay además de esa calle, plaza y costanilla del mismo apóstol, y la dieran el de un héroe o un mártir de la jornada de Monteleón «aquel sangriento día»; pero es adulación desatendida pretender elevar la cruz de San Andrés al Marqués de Comillas ¿Es equiparable su muerte a la gloriosa de los que sucumbieron el Dos de Mayo en el Parque de Monteleón? Luchaban mujeres y hombres, clérigos y seglares, paisanos y militares por la libertad y la independencia a la puerta del palacio, habilitado parque, en el pórtico, desde sus ventanas, encima de sus tapias, y a pecho descubierto contra muy superiores fuerzas. Y el marqués pescó un catarro en la falda del cerrillo de los Ángeles, por él y otros consagrado al Corazón de Jesús.

Indiscretos panegiristas, torpes aduladores, estómagos agradecidos, y mentes vanas, llegan a parangonar al señor López en patriotismo a Velarde, y en religiosidad a San Andrés. No hay que desesperarse.

En Barcelona tiene una estatua el padre de don Claudio, y en Madrid tiene una calle, la antigua carretera de Andalucía; con poner a esta vía «calle de don Antonio y de don Claudio López» o de los señores López, todos contentos.

Todos menos yo, porque si se sustituye el de San Andrés por el de Marqués de Comillas, abrogando las disposiciones legales que impiden los cambios de nombres y el darlos nuevos sin anuencia de la mitad más uno de los vecinos, lograré mi intento de que se cambie el nombre de Fomento por el de Doña Rosario de Acuña, merecedora de dárselo a la calle en que nació.

De Fomento se llama la calle que de Rosario de Acuña debe ser llamada, por la circunstancia de haberse instalado el ministerio de Fomento en el caserón que fue morada del inquisidor general y que ahora es convento de no sé qué. Nada, una futesa. Ni siquiera la tradición abona el nombre de Fomento, pues antes se llamaba de La Puebla esta calle, excepto uno de sus trozos que de Castro Domingo se denominaba. El ministerio de Fomento estuvo muy poco en el sombrío palacio del inquisidor Torrija, con vueltas a Fomento y al Reloj, mucho en el convento de la Trinidad ¿A qué conservar ese nombre para la calle donde nació Rosario de Acuña?

Puede ocurrir que no sepan quién era. No es sorprendente. En Madrid hay calles del Españoleto y de Gonzalo de Córdoba, y un señor concejal se quejó no ha mucho de que no las tenían el pintor Ribera ni el Gran Capitán. El creador de El burlador de Sevilla tiene calle y glorieta, la calle a su apellido Téllez, la glorieta a su seudónimo Tirso de Molina, redundancia que me hace maliciar que ignoraban que fray Gabriel Téllez del hábito de la Merced, se llamaba en los corrales y mentideros Tirso de Molina.

Por haber nacido en Madrid y por sus excelsos méritos de escritora merece dar su nombre Doña Rosario de Acuña a la calle de Fomento, en la cual vio la luz del mundo. Ahora que se abrogan las reales ordenanzas que lo impedían es hora de reclamarlo. Y así lo hago.

El Noroeste, Gijón, 22-5-1925


Notas

(1) Roberto Castrovido Sanz (Madrid,1864-México,1941) fue un conocido político republicano y periodista. Durante varios años dirigió El País, en cuyas páginas aparecieron algunos de sus artículos sobre Rosario de Acuña.

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 12-11-2010.




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83. Que no, que no... que nació en Madrid


Escribo estas líneas horas después de que se hiciera pública la muerte de Marcelino Camacho. Luego resultó que la noticia no era tal, que el dirigente sindical se encontraba ingresado en un hospital de Madrid en estado muy grave, pero que no había muerto. Al parecer, los errores se sucedieron: una agencia proporcionó la noticia –sin haberla contrastado, se supone– a sus abonados, algunos de los cuales la publicaron sin más. Hete tú aquí, que hay quien llama a la familia y comprueba que lo publicado no es cierto, que el fundador de CCOO está grave, pero aún vive.

Sirva el hecho como muestra de la confusión que rige nuestros actos: tal parece que nos importa más la cantidad que la calidad, la rapidez que la verdad. ¿Para qué perder tiempo contrastando una fecha, un dato... una muerte?

Y si esto sucede con hechos contemporáneos, de fácil comprobación, ¿qué no sucederá con asuntos acaecidos décadas atrás? De eso sabemos bastante todos cuantos nos dedicamos a rastrear las fuentes del pasado: los errores, las pistas falsas, suponen mayor contratiempo que la ausencia de datos. Veamos un ejemplo en el asunto que nos compete: cuando empecé a investigar acerca de la vida y obra de doña Rosario de Acuña –hará de esto del orden de unos de diez años– me sorprendió que no hubiera informaciones ciertas sobre su lugar de nacimiento, pues unos afirmaban que era oriunda de Pinto y otros que decían que había nacido en Bezana, en Madrid o en Cuba. En cambio, parecía haber unanimidad en cuanto al año: 1851.

Dibujo de la Puerta de Alcalá publicado en La Ilustración Española y Americana, marzo de 1876

Tras varios años de investigaciones, entrada ya la primavera de 2005, en Rosario de Acuña en Asturias (⇑) pude avanzar lo siguiente: «Una vida que comenzó mediado el anterior siglo [me refería al de su llegada a Gijón] en Madrid, donde ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la que será más tarde la Gran Vía madrileña». O sea que, a pesar de lo que se había venido diciendo, no había nacido ni en Pinto, ni en ningún otro lugar que no fuera la capital de España; y no lo había hecho en el año 1851. Más adelante, en otro capítulo, citaba alguno de los argumentos en los que basaba aquella afirmación. El más contundente de todos ellos quizás fuera el aportado por Francisco Fernández de Bethencourt, quien en su Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, publicada en 1901, señalaba lo que sigue: «Doña María del Rosario Santos Josefa de Acuña y Villanueva, nacida en Madrid el 1º de noviembre de 1850, bautizada el 2 en la parroquial de San Martín...». Basándome en este dato, de gran precisión y procedente de una fuente cuya fiabilidad había podido contrastar en ocasiones anteriores, así como en algunos otros que allí también enumeraba y que apuntaban en la misma dirección, di por buena aquella fecha, a pesar de que cuantos a ella se han referido en el pasado, y aun en el presente, en las diversas enciclopedias, historias de la literatura y monografías que he consultado se habían empeñado en afirmar que 1851 era el año del nacimiento de Rosario de Acuña Villanueva.

No era uno, sino varios los argumentos en los que me apoyaba para realizar esa afirmación. De todas formas, meses después recibí la prueba que estaba esperando: la copia de la Partida de bautismo de la escritora, documento que se encuentra en el expediente abierto en 1883 con motivo de la solicitud de pensión de viudedad que realizó su madre por entonces. No sólo hice mención a la existencia del documento en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑) (2009), sino que poco después publiqué el texto de la citada partida (⇑) en la página «Rosario de Acuña. Vida y obra»:

«En la Iglesia Parroquial de S. Martín de Madrid a dos de Noviembre de mil ochocientos cincuenta, Yo D. Sebastián Fernández, Teniente Cura de ella, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos y Crisma a una niña que nació el día primero del corriente a las cinco y media de la mañana en la calle de Fomento número veintinueve y la puse por nombre María del Rosario Santos Josefa, hija legítima de D. Felipe Acuña, natural de Arjonilla, provincia de Jaén, y de Dª Dolores Villanueva de Elices, natural de Yebra, diócesis de Toledo. Abuelos paternos D. Felipe, natural de Baeza, provincia de Jaén y Dª Rosario Solís y Abellán, natural de Doña Mencía, provincia de Córdoba, y los maternos D. Juan, natural de San Pedro del Monte, provincia de León y Dª Polonia Elices, natural de Ocaña. Padrinos D. José Gómez y Dª Francisca Elices, a quienes advertí el parentesco espiritual y obligaciones. Testigos D. Isidoro María Fernández y D.José Sánchez y lo firmé. Sebastián Fernández.»

Bien creía, iluso de mí, que con aquello sería suficiente, que ya nadie albergaría dudas al respecto y que a partir de entonces no habría publicación que no dijera que doña Rosario de Acuña y Villanueva había nacido en Madrid el primer día de noviembre del año 1850 (en unos días, el CLX aniversario).

Claro está que no contaba con el hecho de que la Wikipedia puede ser actualizada por cualquiera que pase por allí. Y el otro día me encontré con que en este lugar tan socorrido en estos tiempos, la entrada dedicada a nuestra librepensadora se decía que había nacido en Pinto el 1 de noviembre de 1851.


Captura de la página dedicada a Rosario de Acuña en la Wikipedia
Captura de la página en octubre de 2010

De nuevo a las andadas. ¡Qué tiempos! Todo rápido, todo globalizado, todo al alcance de todos... Lo que a unos les lleva años de investigación, otros lo resuelven con una lectura de reojo; lo que a unos les supone consultar y consultar fuentes, otros lo ventilan cortando y pegando de cualquier sitio, en el cual ha sido publicado tras haberlo cortado y pegado de vete tú a saber dónde...

Notas 

(1) Parece ser que las cosas han empezado a cambiar, al menos en algunos ámbitos. Para que conste, véase el comentario 95. La fiabilidad de la Wikipedia (⇑).

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 29-10-2010.



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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25 diciembre

72. De un banquete en el Café de Fornos y de su trascendencia


Tengo escrito que la gran transformación en la vida de Rosario de Acuña se produjo en los primeros años de su residencia en Pinto; que tras la prematura muerte de su padre, acaecida en enero de 1883, se inició para ella un tiempo de reacomodo, de cambio, de metamorfosis:

«Huérfana de padre ("un alma como la suya, gemela en el amor hacia todas las lealtades") y definitivamente separada de su marido, los meses que siguieron a aquel aciago inicio de 1883 conformaron un tiempo de gran trascendencia para nuestra protagonista, a juzgar por el brusco giro que, tiempo después, tomó su vida. Fueron aquellos meses momento de analizar las leyes que rigen el universo, de diseccionar las costumbres animales, de echar mano de la teoría darwiniana que su abuelo materno, fallecido unos meses antes, se empeñó en que conociera; de repensar las enseñanzas del Evangelio, de analizar las enseñanzas de otras religiones, de separar la paja del grano; de diseccionar el alma humana, de contemplar su bondad y de analizar las causas que la enturbian; de rememorar las primeras imágenes del pasado de la humanidad, que su padre le hizo ver cuando ella estaba casi ciega...» (Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), pág. 170).

De lo que hoy quiero hablar es del inicio del fin de esa etapa de cambio, del momento en que doña Rosario ve la luz al final del túnel en que se metió su vida tras el fallecimiento de su padre. Hay indicios suficientes para pensar que tal cosa sucede a finales del otoño de 1884 y, puestos a buscar la instantánea que reflejara ese momento, no se me ocurre otra mejor que el banquete que Rosario de Acuña Villanueva ofreció a unos distinguidos invitados en el madrileño Café de Fornos.

Imagen de la fachada del Café de Fornos (1908)

Veamos. El discurso que Miguel Morayta pronuncia en la apertura del curso 1884-85 desata una oleada de reacciones por parte de los sectores más conservadores, los cuales consideran que lo dicho por el profesor en la tribuna universitaria es de todo punto irreverente y herético. La prensa confesional, liderada por El Siglo Futuro, arremete no solo contra el señor Morayta, sino también contra el Gobierno, y en especial contra el nuevo ministro de Fomento, el otrora neocatólico y lider de la Unión Católica, Alejandro Pidal y Mon, a quien acusan de ser muy permisivo con los profesores liberales. La reacción no se hace esperar: los estudiantes universitarios se echan a la calle en defensa de la libertad de cátedra.

La nueva Rosario de Acuña hace pública su posición de apoyo tanto a Miguel Morayta como a los estudiantes. En primer lugar hace pública una carta (⇑) que es ampliamente reproducida por los periódicos madrileños, en la cual se compromete a costear la matrícula a uno de los estudiantes de la Facultad de Medicina si las autoridades acordasen la supresión de las matrículas de honor. Una semana más tarde ofrece un banquete en el Café de Fornos a una comisión de estudiantes.

Además de los estudiantes son invitados otros conocidos librepensadores, entre los cuales se encuentran el diputado Ruperto J. Chávarri, el escritor y político Eduardo Gómez Sigura, el profesor Miguel Morayta y Ramón Chíes, uno de los directores de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

A los postres, según contó la prensa, la anfitriona pronunció un brindis por la libertad y la juventud. Lo que no contaron la mayoría de los periódicos es que doña Rosario comunicó a los presentes su decisión de adherirse públicamente a la causa del librepensamiento que con tanto afán defienden Las Domincales.

Pues sí. Bien puede decirse que aquel banquete en el Café de Fornos resultó ser la presentación en sociedad de la nueva Rosario de Acuña. Jóvenes y librepensadores serán sus nuevos compañeros de viaje: apenas dos semanas después del banquete el semanario de Chíes y Lozano hace pública su carta de adhesión (⇑); no mucho más tarde es nombrada presidenta honoraria del Ateneo familiar (⇑) que integran varios estudiantes universitarios, entre los que se encuentra Carlos Lamo Jiménez (⇑), un activo estudiante de Leyes con quien habrá de compartir el resto de su vida.

Parece evidente que para ella fue importante aquel primer contacto con los universitarios madrileños. Para confirmarlo bastaría con leer lo que, cuatro años más tarde, cuenta al respecto en el manifiesto que dirige A los estudiantes de Madrid (⇑): «Desde aquella memorable fecha vengo consagrando mi inteligencia a la defensa de todos los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad, dispuesta siempre a aplaudir sus triunfos y participar de sus desgracias».

Nota. Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 13-8-2010.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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24 diciembre

62. «La fosa de Rosario de Acuña», por Mario Eduardo de la Viña


I

En Gijón, cerrando por el Este el horizonte de mar que se abarca desde su playa, hay una loma lenta y voluptuosa, toda de verdes jugosos y tierras de sembradura, crasas y sabrosas. Casi al fin de esa loma, cerca ya del acantilado fuerte y heroico, una casita de paredes morenas y tejado rojo se alza tranquila, rodeada de una cerca baja de piedra caliza. Por encima de ella, cuando sopla viento de travesía, viento del Norte, pasan las nubes blancas y gordas, como ovejas lanudas, y planean las gaviotas altas y serenas.

Imagen actual de la tumba de Rosario de Acuña en el cementerio civil de Gijón (archivo del autor)La casita —tierra de siena tostada y naranja muy madura— es allí como un pedazo más, natural y vivo, de la loma donde se asienta, como un árbol, como una linde de zarzamoras y ortigas salvajes. Los habitantes de la agridulce villa del Cantábrico la ven, y la ven en cuanto se asoman al mar, y la tienen ya hecha paisaje amigo y fiel en sus ojos. Y para un extraño, para un viajero, la casita, vigía allá lejos de distancias remotas, aun siendo toda nueva para él, en cuanto que llega a sus sentidos y ellos la gustan y la gozan enteramente, conviértese de golpe en paisaje definitivo y sereno, paisaje limpio, claro y puro.

Nadie que la vea podrá después imaginarse, sin un gran desasosiego profundo, el fin de la loma sin ella. Ella es allí gracia, galanía y gentileza, adorno y remate donoso de todo lo que la rodea. Ella preside y acaba con perfección suprema la finura larga y reposada del pequeño cabo donde se levanta. Y sin ella, el perfil tibio y apacible de aquel trozo de tierra arrogante que avanza brioso mar adentro perdería su gracia y su espíritu, su valor y su emoción de esperanza y de fe inagotables.

La casita está formada por un cuerpo central de planta baja y por otros dos más pequeños que nacen de los hastiales del primero. Tiene en la fachada que da al Sudoeste cinco ventanas, todas enrejadas, y dos puertas. Y en la otra, en la que mira al Nordeste, una sola ventana, también enrejada —ahora le han abierto otras dos—, y ninguna puerta.

Antes, delante de la casita había rosales, y claveles, y matas de geranios de hierro y de malva, y una planta de heliotropo mirando siempre hacia el sol, y un peral, y tres o cuatro higueras melancólicas, y una enredadera de campanillas moradas, y una parra vieja y nudosa que se apretaba con amor a la pared. Y todo ello estaba muy cuidado por las manos fervorosas de doña Rosario de Acuña, dueña y moradora de aquella finca diminuta y cordial.

En aquel retiro solitario la escritora vivía, apartada de todo y de todos. Al principio aquello fue una verdadera reclusión voluntaria. A la puerta de la casita había un letrero que decía: «Inútil llamar: no se recibe a nadie». Más tarde, en sus paseos por aquella costa valiente, tuvo ocasión de hablar con algunas personas que la admiraban de corazón: aldeanos sencillos, obreros modestos, y el calor y la fidelidad de sus palabras la movieron a cultivar de nuevo el trato de algunos escogidos.

Ella veía desde allí la ciudad, posada como un gran pájaro en el fondo del valle dilatado. Y más lejos, las altas chimeneas de las fábricas peinando sus cabelleras de humo cansado. El mar también era de ella, todo de ella, hasta el filo frío del horizonte, y de ella eran también, gozosamente, los barcos que pasaban por él, dejando amplios adioses geométricos en la carne profunda del agua: veleros con toda la lona extendida navegando a bolina; vapores negros y rojos con su tormenta de espuma bajo la popa confiada.

Yo la vi sólo tres veces en mi vida: mejor dicho, dos, porque la última vez iba ya camino de la negrura y del silencio eternos. Una fue en verano, en una tarde de domingo amplia y madura, en la que, volviendo con un amigo de bañarnos en una playa recogida y sola, el camino y el sol nos hicieron sentir sed muy reseca. Y como las fuentes conocidas y los casales aldeanos quedaban lejos, llamamos a la puerta de la casa de doña Rosario. Y ella misma nos salió a abrir y nos ofreció el agua ansiada en un botijo moreno de barro frío.

La segunda vez fue en invierno —invierno largo y duro aquél—. El viento y la mar de travesía aconcharon a una goleta de dos palos sobre los bajos de la costa, en un lugar señalado en las cartas marinas con el nombre del Cervigón —el pueblo llama a aquel cabo Rosario de Acuña— Todavía recuerdo el nombre de la goleta naufragada: «Nuestra Señora del Carmen». Venía de Zumaya cargada de cemento, y al partirse el casco contra los peñascos se inundaron las bodegas y el buque quedó como una piedra. Los ramalazos del mar barrían la cubierta y allí no quedaba nada en pie. El patrón se amarró por la cintura al palo bauprés. Un marinero trepó como un loco por el trinquete hasta los más altos estayes. Murieron dos tripulantes al intentar ganar la tierra a nado. Después los demás, como la embarcación aguantó, cuando bajó la marea, se pusieron a salvo a pie (1).

El naufragio ocurrió por la noche, en medio de un chubasco terrible. El barco tocó roca talmente bajo la casa de doña Rosario (⇑). Y ella fue la que dio la voz de alarma, y la que organizó los primeros socorros, y la que atendió con tibiezas de madre en su propio hogar a los náufragos ateridos.

A la mañana siguiente fuimos unos cuantos estudiantes a ver el velero perdido. Ya no había nadie a bordo, y a cada golpe de mar la campana del buque sonaba tristemente. Y entonces fue cuando vi por segunda vez a doña Rosario, asomada a la ventana de su casa que se abría sobre el mar infinito.

Luego recuerdo que ella publicó unos trabajos bellísimos (⇑), en los que contaba cómo había oído los gritos de los náufragos en medio del infierno de la tempestad; ella, a todas horas sintiendo los lamentos del mar y arrullada y dormida por ellos.

Y la última vez..., la última vez fue en primavera, el 6 de mayo de 1923. Pronto hará diez años de aquello. El día anterior, doña Rosario de Acuña, asaltada violentamente por un ataque cerebral, se derrumbó vencida a las doce en punto de la noche.

Su entierro se realizó bajo una lluvia incesante, lenta y melancólica. Era domingo, y una muchedumbre espesa y silenciosa se congregó en las cercanías de la casa de la muerta. Yo recuerdo mejor esto, porque aún está todo muy amigo y muy fiel, muy limpio y muy transparente en mi memoria.

Las escasas palabras que sonaban caían temblorosas y profundas, empapadas de pena y de dolor muy grandes…El cadáver, guardado en una caja humilde, fue sacado de la casa a hombros de obreros y bajado así hasta la carretera. Allí esperaba la carroza fúnebre, toda negra, negra; pero resultó innecesaria, porque el pueblo, el pueblo auténtico, los bajos, los últimos, los que viven al día de su trabajo de todos los días, luchaban y se disputaban el honor de sentir sobre sus fuerzas el peso de aquel tesoro caído, que le había dedicado los frutos mejores de su talento y de su vida larga y penosa.

Iban también en el acompañamiento mujeres y familias enteras de labradores que vivían por aquellos contornos y sabían de las bondades y de la excelsitud ejemplar de la finada.

Encima del féretro llevaba una golondrina muerta con las alas extendidas como desmayada. Y verdaderamente como aquella avecilla parlera había sido ella, que luchó y luchó hasta su última hora por quitarnos a los hombres de la frente algo de esta pesada corona de espinas que nos hace sangrar desde que somos hombres.

El cortejo —la reliquia al frente— se paró un momento ante el Ateneo. Y después siguió pasando por una calle dedicada a otra mujer inolvidable —Concepción Arenal—, camino de la tierra amorosa que ya esperaba abierta para abrazarse a su hija por siempre jamás.

Y distante, lejana, allá atrás, sola y callada sobre su punta verde y marinera, la casita miraba cómo se le iba su dueña, su madre, para no volver nunca ya. Y cuando la perdió de vista fue como si le clavasen siete puñales muy buidos en el corazón, y sintiose vacía, y helada, y muerta también.

………………………………………..

Perdonadme si, llevado por los hilos y la emoción del recuerdo, me distraje a sabiendas y me aparté voluntariamente de lo que os prometí en el título de estas palabras de hoy. Pero yo espero que lo que os conté no os habrá sido muy molesto y me disculparéis totalmente.

Y para un día cercano os hago promesa de otras cuatro cuartillas humildes, en la que os diré a todos —y a los madrileños muy especialmente, que Rosario de Acuña es coterránea vuestra— algo que da dolor y vergüenza y que quiero que sepa España entera.

La Libertad, Madrid, 28 de abril de 1933



II


Hace unos días salí a pasear por las afueras de la ciudad con un amigo mío pintor, buen pintor y buen amigo. Era una de esas contadas tardes de sol amplio y bueno que en Asturias hay que saber aprovechar muy a tiempo. Recorrimos calles absurdas con nombres peregrinos, esas calles que circundan a toda población grandes, que no son calles ni son campo, sucias y llenas de arrugas, con racimos de chiquillos revolucionarios y muchachas frescas y sensuales asomadas a las ventanas bajas, y, al fin, nos sumergimos alborozadamente en el paisaje blando de verdes y de sienas obscuros de las tierras fecundadas. Y caminando caminando llegamos a las cercanías del cementerio, que se descolgaba por el seno de una colina pura y tranquila, y decidimos entrar en él. Ya en su aire, siempre un poco denso y emotivo, me asaltó a la memoria, no sé por qué, la figura limpia y señera de Rosario de Acuña. Y como sabía que sus restos yacían allí y nunca había visto su tumba, sentí deseos de sufrirla —una tumba se sufre siempre—, y así se lo comuniqué a mi amigo. El no puso reparo alguno a aquello y nos encaminamos hacia la parte que antes se reservaba a los que no morían en gracia del Dios de Roma.

Antes de llegar al sitio apetecido, yo recordé, y así se lo dije a mi amigo, un soneto que había visto grabado en una losa de mármol, y que la distancia, obscureciéndome la memoria, me hizo creer compuesto por doña Rosario para ser colocado sobre su tumba.

(Este soneto que empieza: Ya estoy contigo, madre (⇑) , nuestras vidas-caminaron por sendas diferentes, es al que se refiere la escritora en su testamento cuando dice:…y cuando yo muera, póngase sobre el sepulcro de mi madre una losa de mármol con el adjunto soneto, esté o no esté mi cuerpo enterrado junto al de mi madre.)

Y en esa creencia buscamos el lugar deseado. Y claro es, nosotros nos fijábamos solamente en los túmulos amplios, sobresalientes, creyendo con lógica natural que a tan grande mujer los hombres la habían honrado en muerte, ya que por ellos, en vida, contados habían sido para ella los momentos de alegría y de tranquilidad completas.

Pero por mucha atención y cuidado que poníamos en nuestra búsqueda no acabábamos de dar con lo pretendido. Y ya empezábamos a hacer conjeturas complicadas y raras, cuando por pura casualidad, al pasar por junto a un grupo de cipreses callados, vimos en el suelo, como olvidada allí sobre la tierra lisa e igual, una pequeña, casi insignificante, loseta de mármol blanco. Y en ella leímos: «Aquí yacen los restos de doña Rosario Acuña».

Nuestro asombro no tuvo límites. Quedamos bastante tiempo como de piedra. ¿De modo que aquello era todo?... Yo no podía creer lo que estaba ante mis ojos. ¿Qué olvido, qué olvido imperdonable, o qué maldad llegando hasta lo eterno hacía que aquello fuese así, tan desoladamente así? ¿Había una mujer luchado como una heroína altísima durante toda su vida, y padecido vejámenes, y persecuciones, y destierros, y pobreza hasta la muerte por los hombres, por la redención de los bajos, de los últimos, de los humildes, para que sus huesos estuviesen abandonados, tirados, perdidos en una vulgaridad mil veces más vergonzosa que el anónimo absoluto?... ¿Y ésta, esta República real, efectiva, de hoy, por la que ella se había partido el pecho en todo momento, resistiendo, haciendo cara sin miedo y sin desmayar a los peligros, consentía aquello?

Vale más no abrir otras interrogantes. Yo sólo os diré que la realidad es así, desnudamente, crudamente, ásperamente: Que la fosa de Rosario de Acuña y la fosa de un animal cualquiera son una misma cosa. Que si a alguien le da por llevarse de allí aquel trozo miserable de mármol que hay sobre sus huesos, ya nadie podrá saber donde descansan los restos de la inolvidable mujer. Y que aquello da frío, y dolor, y vergüenza al más insensible.

***
Y ahora recobremos la serenidad e intentemos reparar con algo la gran injusticia que ha pasado, y sigue pasando aún, sobre lo que queda de la en otro tiempo esforzada escritora.

Y antes de nada voy a dar aquí de su testamento ológrafo (⇑), fechado en 20 de febrero de 1907, un párrafo interesante a este fin, y que no puedo resistir, aunque sea un poco largo, el deseo de darlo a conocer íntegro. Dice así Rosario de Acuña:

Cuando mi cuerpo dé señales inequívocas de descomposición (antes de ningún modo, pues, es aterrador ser enterrado vivo) se me enterrará sin mortaja alguna, envuelta en la sábana en que estuviese, si no muriera en cama, écheseme como esté en una sábana, el caso es que no se ande zarandeando mi cuerpo ni lavándolo y acicalándolo, lo cual es todo baladí; en la caja más humilde y barata que haya, y el coche más pobre (en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase, todo esto cosa impropia de la austeridad de la muerte) se me enterrará en el cementerio civil, y si no lo hubiere donde muera, en un campo baldío, o a la orilla del mar o en el mar mismo, pero lo más lejos posible de las moradas humanas. Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento. Que vaya una persona de confianza a entregar mi cuerpo a los sepultureros y testificar dónde quedé enterrada. Si no se me enterrase en Santander que no se ponga en mi sepultura más que un ladrillo con un número o inicial; nada más.

Como veis, con estas palabras sencillas y humildes, Rosario de Acuña cierra el paso a todo intento de homenaje suntuoso sobre su tumba. Pero esto no debe hacernos retroceder en nuestro empeño, sino que, por el contrario, esa misma sencillez, esa misma humildad cristiana que vibra en su última voluntad es la que ha de movernos más eficazmente al logro de nuestros deseos.

Por otra parte, otras cláusulas de su testamento no han sido observadas fielmente, ya que se la enterró a las diecisiete horas de su fallecimiento, cuando aún parecía que estaba dormida, y sobre su fosa hay algo más que un número o inicial, como ella dejó ordenado. Además, un ladrillo puede ser de muchos tamaños y de muchas materias; y…, en fin, nuestra propia dignidad, y decoro, y conciencia, colocándose a la hora presente por encima de las determinaciones radicales de la muerte, no nos consienten, ni por un día más, que aquello siga así, tan frío, tan solo y tan doloroso.

Hay que hacer algo. Es necesario, es preciso hacer algo. Y algo grande y sonado, que Rosario de Acuña bien se lo ha ganado y bien se lo merece.

Lo ideal sería adquirir la casa donde murió —la casita paisaje, tierra de siena tostada y naranja muy madura— y reunir de nuevo todos los objetos que pertenecían a la finada y que con ella estaban a la hora de la muerte, y hacer allí algo como un santuario del librepensamiento, de la constancia y del heroísmo. Pero esto, aunque económicamente pudiera llegar a ser realizado, prácticamente es algo imposible, porque el heredero universal de doña Rosario aventó en pública subasta —la biblioteca fue vendida en 500 pesetas— todos los objetos y recuerdos, hasta los más íntimos, de la escritora.

Otra idea buena para llevarla a la realidad sería ampliar aquel pequeño edificio e instalar allí un grupo escolar de verano, que llevase su nombre. O elevar un obelisco, alto, sereno y firme —como su vida— en la punta brava de aquel cabo valiente que tanto supo de ella.

Todo esto sin perjuicio de que su fosa, la fosa de Rosario de Acuña, se adecente y deje de ser como la del último animal.

Pero perdón; llevado de mi celo estoy ya dando ideas, y esto, esta labor, debe quedar reservada para otros mejores que yo.

Lo único que me queda por hacer ya es llamar, y llamar muy reciamente, a la puerta de Madrid, a la puerta de España. Llamar para que la autora de Tiempo perdido (⇑), de Rienzi el tribuno (⇑), y sobre todo la mujer de carne y hueso, la Rosario de Acuña auténtica, la de los artículos, la de los gestos, la que celebró en un soneto el alzamiento de Villacampa (⇑), la buena y la indomable, la humilde con los humildes y la poderosa con los poderosos, la alta, la serena, la pura y la heroica, sea honrada y levantada hasta el cenit como es de justicia. Y mi llamada la hago a todos, a todas las conciencias. A los escritores, a los políticos, al Estado, al pueblo, a este pueblo de hoy que camina derecho hacia su redención, y que en los momentos de dolor, y de ignominia, y de cansancio, halló mano amiga, cabeza firma, pecho caliente y defensa fiel en la persona siempre fiel de Rosario de Acuña.

Y mi llamada, mi voz, queda aquí en pie impaciente esperando.


Mario Eduardo de la Viña
Gijón, abril, 1933
La Libertad, Madrid, 2 de mayo de 1933



Notas  

(1) En el comentario 247. Un recado para los responsables del puerto de El Musel se relata con detalle el naufragio, el socorro de Rosario de Acuña a las víctimas y sus intervenciones posteriores.

(2) Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 4-6-2010.




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Imagen del cuadro La Libertad guiando al pueblo, Eugéne Delacroix (1830)104. Revolucionaria
En 1917 Rosario de Acuña estuvo en el punto de mira de los gobernantes. La policía efectuó, de madrugada, dos registros en su vivienda. Los organizadores de la huelga general fueron encarcelados... Represión, dolor. ¿Y no lloraremos...



Fragmento de uno de los sonetos que Rosario de Acuña regaló al doctor Albitos29. Manuscritos a precio de oro
Cierto día, de esto hace ya varios años, cuando paseaba por la Red en busca de alguna pista que iluminara mi investigación, me encontré de pronto con la noticia de que se subastaban unos manuscritos inéditos de Rosario de Acuña. Lo podéis imaginar...



Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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