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30 octubre

297. Con las niñas a otra parte

Aunque sabemos que Regina Lamo Jiménez solía visitar a su hermano Carlos y a su tía Rosario, gracias a la prensa local tenemos constancia de alguna de estas visitas, como la que tiene lugar en el verano de 1920, pues a mediados de septiembre el diario El Noroeste da cuenta de su partida «tras haber pasado en Gijón la temporada veraniega» en compañía de sus dos hijas: Carlota, que ya tiene quince años, y Enriqueta, que en la primavera cumplió los once. 

Regina la conocía desde bien joven (⇑) y, a pesar de que tiene veinte años menos que Rosario, comparte con ella puntos de vista e inquietudes en lo que respecta a la emancipación de la mujer, a la llamada cuestión social, al gusto por la poesía o al amor por los animales: Regina estará en los inicios de la Federación Ibérica Protectora de Animales y Plantas, desde donde luchará contra las corridas de toros y contra todo acto que pueda suponer sufrimiento para los animales, objetivo que comparte con Rosario de Acuña. Las coincidencias no se limitan al campo de las ideas que defienden (la necesidad de avanzar en la situación social de la mujer, la defensa del librepensamiento, la importancia de la educación de las nuevas generaciones, el papel protagonista que ha de jugar el proletariado español en la regeneración patria…); además, las dos se caracterizan por poseer una fuerte personalidad: ambas muestran decisión, voluntad y coraje para pelear por la consecución de sus ideales.

Quizás sea esa capacidad de lucha, esa decisión, la razón de que fuera ella y no su hermano quien intente por todos los medios a su alcance cumplir la encomienda que Rosario de Acuña dejó escrita en su testamento: «encargo a don Luis París y Zejín que ayude a ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) a D. Carlos Lamo y Giménez todas mis obras literarias publicadas o inéditas, en prosa o en verso...». Tal y como explico en un comentario anterior (⇑), no fue ni el uno ni el otro, fue Regina quien impulsó varias iniciativas para publicar las obras de su tía: a principios del año 1929 pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, que publicará varios de sus cuentos y algún que otro escrito; en 1933 logra editar Rosario de Acuña en la escuela, con algunos artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías: un proyecto destinado al ámbito escolar que quedó truncado, y el libro, anunciado como «Tomo I», se convierte en «tomo único», pues no tuvo la continuación inicialmente prevista.

Aunque no está presente en los homenajes que se le tributan en Gijón con ocasión de los dos primeros aniversarios de su fallecimiento («ausente yo de Gijón, adonde no fui hasta transcurridos dos años y cinco meses del tránsito de mi tía»), será ella quien tome el relevo de su hermano para evitar que la ejemplar trayectoria vital de Rosario de Acuña cayera en el olvido. Elegida vicepresidenta del Ateneo Socialista de Barcelona en noviembre de 1928, organiza una velada para honrar la memoria de su amiga. Tras la proclamación de la Segunda República, Regina redobla sus esfuerzos que se van a ver en parte recompensados cuando, a principios del año 1933, la Junta Municipal de Enseñanza de Madrid, acuerde que uno de los grupos escolares de nueva creación lleve su nombre. El 11 de febrero, con la asistencia de Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, se inaugura el Grupo Escolar Rosario de Acuña, establecido en la calle de España, en el barrio de Aluche. 

Poco después, con la intención de prestar apoyo al nuevo colegio y de enaltecer la memoria de la mujer que figura en su denominación oficial, impulsa la creación del Patronato Rosario de Acuña (⇑), que pasa a presidir. Los actos se suceden. Ilustres conferenciantes (Jiménez de Asúa, Belén Sárraga o Tato y Amat) que hablan sobre educación e higiene, pero también sobre otros asuntos de interés general. En cuanto a las actividades para el alumnado, destacan las veladas artísticas o las meriendas de confraternización con ocasión de algunas efemérides, como el Día de la Cooperación Internacional o el aniversario de la proclamación de la República. El último tuvo lugar el domingo 19 de abril de 1936: tras repartirse una «suculenta y abundantísima merienda» no solo para quienes asisten al centro escolar sino también para muchos pequeños del barrio, «aspirantes a ingreso en sus aulas», la Agrupación Musical Obrera de La Latina amenizó una animada velada de confraternización. 

Todo habrá de cambiar pocas semanas después con las primeras noticias de la sublevación del Ejército de Marruecos contra el Gobierno de la República. Aunque en Madrid no triunfó la conspiración militar y la capital queda bajo control gubernamental, la toma de la ciudad es un objetivo para los sublevados. Antes de que concluya aquel trágico mes de julio del año treinta y seis, el Patronato Rosario de Acuña hace público un comunicado de apoyo al Gobierno del Frente Popular en el cual ofrece la colaboración de sus miembros para prestar auxilio en hospitales, ambulancias o guarderías. El texto, firmado por la presidenta Regina Lamo, concluye anunciando «que está organizando una guardería de niños que ampare a los de la barriada de Aluche, a la cual pertenece el grupo escolar que ostenta el nombre de la insigne republicana librepensadora Rosario de Acuña».

Enriqueta O´Neill Lamo en la guardería infantil Rosario de Acuña reinstalada en Barcelona
Enriqueta O´Neill Lamo en la guardería infantil Rosario de Acuña reinstalada en Barcelona

A principios de octubre, los militares sublevados que habían reorganizado sus tropas en el Frente del Tajo, inician su avance hacia Madrid. Es entonces cuando se decide trasladar a los niños. Una parte de los que integran el grupo escolar Rosario de Acuña son enviados a la huerta murciana. Los de la guardería parten hacia Barcelona, donde ya se encuentran a primeros de noviembre, instalados en una guardería sita en la calle Aviñó número 20.

La capital catalana se convierte por entonces en lugar de acogida para la infancia desplazada. Se ponen en marcha varios CAIR (Comité de Ayuda Infantil en la Retaguardia) con la misión de proporcionar refugio a los niños evacuados. Tal y como se cuenta el semanario madrileño Crónica en el primer número del año 1937, son más de tres mil quinientos niños los que por entonces están a cargo de Ayuda Infantil en la Retaguardia. Los primeros habían llegado del frente de Aragón, luego de Irún, los últimos llegaron de Madrid. 

Texto de la aclaración al reportaje publicado por el semanario Crónica acerca de la guardería Rosario de Acuña
El reportaje, firmado por Madrigal Hernández, es muy completo, a doble página, pero contiene un error: las fotografías que lo ilustran no son de la guardería Lina Odena como equivocadamente se afirma, sino de la Rosario de Acuña, «radicada en Madrid, Paseo de Extremadura, 105», y llegada a Barcelona el 5 de noviembre, tal y como precisa la nota que publicó el periódico barcelonés El Diluvio en los primeros días del mes de enero de 1917, recogiendo la aclaración remitida por las profesoras Enriqueta O´Neill y Josefa Mildon, que son quienes aparecen en las fotos.

La menor de las hijas de Regina Lamo, había interrumpido varias veces su enseñanza por razones familiares y cambios de domicilio; luego intentó estudiar diversas enseñanzas que no llegó a completar. «Su belleza, su inteligencia, su desordenada cultura, sus conocimientos de esto y de aquello, sus ansias de superación, constituían un hermoso conjunto». Con veintitantos años conoció a César Falcón, por entonces uno de los mejores escritores y periodistas de habla hispana, activo militante del Partido Comunista de España y director de Mundo Obrero. En diciembre del año treinta y cinco nació su hija, a la que pusieron por nombre Lidia. Once meses después del nacimiento, abandona Madrid con los niños de la guardería Rosario de Acuña, que queda instalada «solo accidentalmente» en la barcelonesa calle Aviñó. 

Como años después contará su hija, Lidia Falcón O´Neill, en Los hijos de los vencidos, la estancia de Enriqueta en Barcelona no tendría el carácter de provisionalidad que ella pensaba por entonces. El inicio de la larga posguerra las pilló a las tres, hija, madre y abuela, en aquella ciudad, «sin un amigo, sin un céntimo, sin una esperanza». Menos mal que, sorprendentemente, Enriqueta consiguió una plaza de secretaria en la recién creada Delegación de Prensa y Propaganda, dependiente del Ministerio de Educación Nacional. 

Gracias al dinero que ganaba Enriqueta con su nuevo trabajo (y al cupo de alimentos al que tenía derecho) se alimentaban las seis personas que se alojaban en un piso de la barcelonesa calle Muntaner. Allí habían logrado reunirse la abuela Regina, sus hijas Carlota y Enriqueta y sus tres nietas: Lidia, la más pequeña, que había llegado de Madrid y María Gabriel y Carlota, rescatadas del Asilo de Huérfanos de Militares, donde se encontraban desde los inicios de la guerra civil, cuando su padre, el comandante de aviación Virgilio Leret, fue sentenciado a muerte por oponerse a la sublevación militar y su madre, Carlota Lamo O´Neill, ingresó en la prisión de Melilla. Al final, las seis se encontraban gracias a los buenos oficios de Bernabé, que por entonces era el Delegado de Prensa y Propaganda en Barcelona: «Mis años de infancia transcurrieron bajo el amparo de Bernabé y sus relaciones con mi madre no me dejaron entrever la existencia de aquel amor que era para todos patente». 

De Bernabé, a quien llamaban familiarmente Pepe, cuenta también Lidia Falcón que fue el artífice de la desaparición de los antecedentes de su madre. Relata que tuvo que pagar una buena cantidad de dinero a un policía para hacerse con el expediente completo de su madre: su matrimonio con César Falcón, sus colaboraciones en Mundo Obrero, su trabajo en el Teatro Proletario o su pertenencia a Film Popular, productora que se dedicaba a la importación de películas soviéticas y a la redacción del noticiero España al día.  

Uno de los dibujos de Enriqueta O´Neill Lamo que ilustra el libro Rosario de Acuña en la escuela

Ni qué decir tiene que la condena que podría esperarse de hacerse público el expediente hubiera sido muy grave, nefasta para la familia. Todo quedó destruido. Gracias a la actuación de Bernabé nadie sabría lo de César Falcón, Mundo Obrero, Film popular o el Teatro Proletario; tampoco que Enriqueta O´Neill Lamo pasó temporadas en la casa gijonesa de aquella mujer cuyo nombre se había proscrito, arrancado de paseos, calles y colegios; que sus dibujos habían ilustrado aquel libro, titulado Rosario de Acuña en la escuela, que su madre había conseguido publicar para enaltecer la memoria de su tía y amiga; o que había sido profesora en la guardería Rosario de Acuña, cuando no tuvieron más remedio que salir del asediado Madrid para refugiarse en aquella misma ciudad donde ahora las tres nietas de Regina Lamo Jiménez iniciaban una larga posguerra, que no parecía acabar nunca.






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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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04 agosto

241. «Tarea pendiente la del centenario de Rosario de Acuña», por Félix Población

 

El reciente fallecimiento de José Bolado, a quien tuvo el gusto de conocer cuando se publicó su magnífica edición de las Obras Reunidas de Rosario de Acuña, me hizo recordar a la escritora librepensadora que vivió y murió en Gijón el 5 de mayo de 1923 y de la que tuve temprana noticia cuando pocos adolescentes de mi edad sabían que ese nombre no solo respondía al de una apartada zona de la ciudad sino al de una personalidad literaria, comprometida con la lucha social, y sepultada, como tantas otras, por la mordaza de la dictadura.

Mi conocimiento precoz se lo debo a Amaro del Rosal (⇑), que había tenido oportunidad de visitar a la poeta y escritora en su casa del Cervigón un primero de mayo y desde su exilio en México solicitaba regularmente a Luciano Castañón artículos publicados por Acuña en el diario local El Noroeste, en el que colaboró durante bastantes años. Movido por la curiosidad, recuerdo haber solicitado en la biblioteca pública del viejo instituto, con catorce o quince años, un tomo de ese periódico sin que se me permitiera su lectura. 

Con el paso del tiempo, antes de que Bolado llevase adelante su más que notable edición –en la que podemos leer una excelente biografía de la escritora–, tuve oportunidad de revisar los artículos publicados por Rosario de Acuña en Las Dominicales del Libre Pensamiento, al lado de las firmas más sobresalientes del primer feminismo en España. Amaro de Rosal, que guardaba un recuerdo imborrable de Acuña, comparaba su personalidad con la de Flora Tristán, sobre la que Vargas Llosa escribió una novela (El paraíso en la otra esquina) que no está precisamente entre las mejores.

 La casa con anterioridad a la reforma (El Comercio, 16-1-1988)

Desconozco si la actual corporación municipal, con ocasión de centenario del fallecimiento de Acuña –cuyo entierro reunió a una multitud en las calles de la ciudad–, tiene proyectado algún tipo de conmemoraciones que haga más viva la precaria presencia de su memoria. Macrino Fernández Riera, que tan bien conoce la obra de Rosario de Acuña, recordaba en varios artículos la necesidad de que el equipo de gobierno municipal no pasase por alto esa oportunidad.

En este sentido, no solo convendría resaltar el nombre del paseo que lleva el nombre de Acuña, desde el Sanatorio Marítimo a la carretera de La Providencia, sino recuperar un uso colectivo para la casa del Cervigón, que bien podría convertirse en un centro de documentación feminista. Se da la circunstancia de que el tío abuelo de Lidia Falcón, la persona que reúne en España la mayor documentación sobre el feminismo histórico, fue Carlos de Lamo Jiménez, con quien convivió Acuña durante los últimos años de su vida, hermano de la abuela de Falcón, Regina de Lamo, música, escritora y una avanzada también en la lucha por los derechos de la mujer.

En la localidad de Pinto (Madrid), en donde Rosario de Acuña también vivió, su nombre no solo está en el callejero sino al frente de un centro social inaugurado hace más de diez años. Esos precedentes son la base para que, con vistas al año 2023, una de las asociaciones culturales de aquella ciudad proyecte incrementar las obras de Acuña en las bibliotecas públicas y dedicar todo el año del Aula de Historia a la personalidad y obra de la escritora. Allí, ya está entre las previsiones del municipio todo un mes de mayo de 2023 dedicado a exposiciones, conferencias, proyecciones y funciones teatrales en torno a Rosario de Acuña.

Porque Gijón puede y debe, si quiere ser coherente con la multitudinaria despedida que sus ciudadanos dieron a quien tanto se preocupó por las clases populares en su lucha por una vida digna, sería deseable que en breve tuviéramos noticia de que Rosario de Acuña ha dejado de ser algo más que un bello promontorio desde el que se avista el mar. También debería avistarse desde allí una ciudad agradecida con quienes se comprometieron con la emancipación social.

MiGijón, 28-6-2021

 

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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26 noviembre

200. El buen discípulo


Fragmento de «La escuela de Atenas», de Rafael Sanzio (Museos Vaticanos)
Cuando me incorporé a la tarea colectiva (⇑) de recuperación del testimonio vital de Rosario de Acuña, di por bueno lo que contaban quienes sobre ella habían indagado anteriormente; no podía ser de otra manera. Por aquel entonces, tal y como he contado en el comentario 105. ¡Maldita neblina! (⇑), asumí que había nacido en 1851, que era condesa o que se había educado en un colegio de monjas.

A medida que iba profundizando en la investigación, encontré evidencias que me hicieron dudar de algunas de estas afirmaciones. Llegaron después los documentos que probaban que el apellido correcto de su marido era Auset y no Anset; que había nacido en Madrid y que lo había hecho en el año 1850 (⇑); que no contamos con fuentes que prueben su relación con un supuesto título de condesa de Acuña (⇑)... Asunto bien diferente es aquel que tiene que ver con la figura de Carlos Lamo Jiménez y con el tipo de convivencia que mantendría con doña Rosario: mantengo dudas razonables acerca de que fuera una «relación de pareja» (esto es, que Carlos era su amante o compañero sentimental, expresiones que se han venido utilizando al respecto), pero en este caso no dispongo de documento alguno que pueda respaldar mi suposición, aunque sí de algunos indicios que, a mi juicio, la sustentan.

Todo comenzó al leer la carta que en 1920 envía a José Nakens (⇑), director de El Motín, para agradecerle su mediación en la concesión del Premio Ayuso (y de las mil pesetas con que estaba dotado). La descripción que realiza de los pagos efectuados entonces, los números de la rendición de cuentas del dinero recibido, convierten al escrito en una impactante radiografía de las penurias por las que está pasando aquella mujer:

Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca [...] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. [...] Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros. Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno. Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo...

Pero, bueno, ¿dónde estaba Carlos?, ¿qué hacía? Me resultaba difícil entender aquella situación: Carlos Lamo Jiménez era abogado, pertenecía al minoritario grupo de quienes en aquella España mayoritariamente iletrada había conseguido realizar estudios universitarios... Tenía por entonces cincuenta y un años, y estaba perfectamente capacitado para el desempeño de diversos trabajos... Dediqué tiempo a aquel asunto. Recuerdo que lo hablé con Lidia Falcón, sobrina nieta de Carlos, que me vino a decir que su tío abuelo no debía de estar muy interesado en las cuestiones crematísticas. Bien, vale, pero... cincuenta duros para rescatar alhajas empeñadas, sesenta duros para saldar deudas de comestibles, diez duros para pagar el carbón que se había comprado a fiado...

No consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista

Resumamos. No consta que en aquella casa de El Cervigón entraran más ingresos que las noventa y tantas pesetas mensuales de su pensión de viudedad  (que vienen a ser un poco más de las mil anuales a las que ella hace mención en su carta, del importe del Premio Ayuso); no consta que Carlos tuviera a su cargo las tareas domésticas, que debieron de ser de la sola competencia de Rosario hasta el mismo día de su muerte, así lo evidencian algunos de sus escritos; no consta que el señor Lamo trabajara en las granjas avícolas, primero en Cueto y luego en Bezana, que con tanto esfuerzo mantuvo activas durante varios años nuestra protagonista; no consta que participara en aquellas jornadas interminables que comenzaban a las tres y media de la madrugada y concluían a las nueve de la noche... Creo suficiente lo hasta aquí apuntado para poder afirmar que la de Rosario de Acuña y Carlos Lamo no parece que haya sido una relación entre iguales. Y no siéndola, conviene recordar algunas de las cosas que ella escribió al respecto:

Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer: los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento, de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; y los dos, juntos, sufriendo, con la misma intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres...

Nada que ver. Suena bien diferente: sin limitaciones externas a su propio desarrollo; comparten dolores y placeres, con la misma intensidad, en el mismo grado; ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de la otra... Me cuesta mucho trabajo aceptar que quien – y no solo en el texto anterior–  proclama la equidad en la pareja (y lo hace en un escrito que, no lo olvidemos, fue el que provocó su exilio portugués ⇑), que quien lleva buena parte de su vida luchando contra la postergación que padece la mujer española, pudiera llegar a asumir una relación de pareja como la que, supuestamente, mantuvo con Carlos Lamo Jiménez, más propia de un sobrino (quizás un tanto consentido), que fue el parentesco que los próximos le atribuyeron. Sobrino era en Cantabria para José Estrañi, director de El Cantábrico, o para el doctor Magarzo; sobrino era en Gijón para Antonio López-Oliveros, director de El Noroeste, o para el joven periodista José Díaz Fernández que acudía de cuando en cuando a la casa de El Cervigón.

Si para los próximos era su sobrino, ¿qué era Carlos para ella?,  ¿cómo calificaba Rosario su relación con él? Al principio lo trató como amigo («Estimado amigo: Empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo...», así iniciaba una carta que le escribió en 1888 (⇑); «A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico...», contaba en 1891. También le llamó públicamente «sobrino»: «Salió mi sobrino de la casa y volvió al poco rato diciéndome que, efectivamente, un buque de vela se hallaba en peligro inminente a un centenar de metros», decía en 1923, poco antes de su muerte, con ocasión del naufragio de una goleta en los acantilados próximos a su casa. Como «compañero» le calificó  en varias ocasiones  («Decidimos que yo escribiría al general Burguete y que mi compañero iría, comisionado, a llevarle la carta, enterándole de la estulticia que se estaba cometiendo conmigo...»), lo cual pudiera ser razón suficiente para que se diera por válida la acepción coloquial del término («persona con la que se convive maritalmente»), desechando a priori alguna otra que, quizás, pudiera cobrar mayor sentido en textos como el siguiente:  «…no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta». 

En cualquier caso, no deberíamos olvidar que ella no es, para nada, una mujer timorata, a quien le importe gran cosa el qué dirán; no es de las que refrene su pluma por temor, por más que algunos de sus escritos le ocasionaran no pocos sufrimientos (⇑). Cabe pensar, por tanto, que de haber alguna razón para que no afirmase abiertamente que Carlos era su amante, compañero sentimental o cualquier otro término similar utilizado por entonces, en ningún caso pudiera ser atribuible a consideraciones de conveniencia social, a un deseo de no violentar las convicciones morales o religiosas de sus convecinos. Tampoco conviene pasar por alto que sus enemigos son poderosos y que, a buen seguro, no dudarían en arrojar sobre ella toda la munición que su supuesto adulterio les brindaría (recordemos que hasta 1901, año de la muerte de Rafael de Laiglesia, su estado civil era el de casada). Quienes afirmaron que  «ni era mujer ni española», quienes la calificaron públicamente de «harpía laica», «engendro sáfico», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias» no hicieron mención alguna, al menos que yo sepa, a su «vida licenciosa» ni caracterizaron a Carlos como «su amante».

Reseña necrológica publicada en El Cantábrico el 21 de julio de 1905Volviendo al sobrinazgo, parece conveniente que recordemos en este punto dos aspectos que bien pudieran aportarnos alguna luz acerca de la naturaleza de este vínculo. Alude el primero al hecho de que su condición de sobrino fue, de alguna forma, heredada, pues antes de serlo de Rosario, lo fue de su madre, Dolores Villanueva (así consta, por ejemplo, en las reseñas necrológicas aparecidas en El País y en El Cantábrico, en este último caso quien la escribe parece saberlo de primera mano, pues dice que es buen amigo de Carlos). El segundo tiene por protagonista a Regina Lamo, quien en un escrito de 1933 se refiere a la relación que ambas mantuvieron utilizando las siguientes palabras: «Eso era ella. Yo, ¿quién soy yo? Una mujer que la amó mucho, a quien su padre enseñó a admirarla a ella como un ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...» Ya antes había compartido sobrinazgo con su hermano llamándola públicamente «mi tía», ahora compartía con su padre la admiración que sentían hacia ella. Tal parece que, más que una relación de pareja, lo que se vislumbra es la existencia de otra más amplia que implica a los integrantes de ambas familias. Todo comenzó en la segunda mitad de la década de los ochenta, momento en el cual  nuestra protagonista conoce a los Lamo Jiménez (⇑): a Carlos, a su hermana, a su madre y a su padre.

A finales de 1884 los universitarios madrileños salen a la calle en defensa de la libertad de cátedra tras los ataques vertidos contra el profesor Miguel Morayta, a quien se acusa de haber pronunciado un discurso herético en la inauguración del curso. Rosario de Acuña no duda en salir a la palestra para defenderlos públicamente,  ofreciéndose a correr con los gastos de matrícula de uno de los estudiantes que, contando con el derecho de matrícula de honor, «lo perdiese por resistirse a entrar en clase, mientras no se dé satisfacción cumplida a la maltratada dignidad de la cátedra». Días después ofrece un banquete en un conocido restaurante madrileño (⇑) a una comisión de estudiantes y al propio Morayta. A partir de entonces compartirá ideales y esfuerzos con la juventud liberal, como ella misma contará tiempo después:

Hace cuatro años que en fraternal banquete de protesta contra los sucesos del 19 de noviembre reuní a compañeros vuestros atropellados por la soberbia e insultante política conservadora. Desde aquella memorable fecha vengo consagrando mi inteligencia a la defensa de todos los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad, dispuesta siempre a aplaudir sus triunfos y participar de sus desgracias.

Estas palabras forman parte de un escrito titulado «A los estudiantes de Madrid», en el cual manifiesta su apoyo a la comisión que redactó un mensaje de adhesión a los universitarios sevillanos, quienes, unos días antes y aprovechando la visita a la ciudad de Cánovas del Castillo que lo hacía acompañado de quien fuera gobernador civil cuando se produjeron las protestas, se habían manifestado en gran número por las calles de la capital andaluza recordando «la improcedente conducta observada por don Raimundo Fernández Villaverde y sus secuaces contra los estudiantes de Madrid» cuatro años atrás. A una parte de la prensa le preocupaba que el recuerdo de los sucesos de la Santa Isabel, que la protesta sevillana se extendiera por el resto de las universidades españolas. Como quiera que el temor se incrementara cuando los universitarios madrileños publicaron su «entusiasta felicitación», hubo quien ya proponía que se procesase a la comisión que había redactado el escrito. Rosario de Acuña, una vez más, se apresuró a tomar la pluma para mostrar públicamente su apoyo a «los ideales que constituyen el alma de la juventud y de la libertad»:

Entusiasmada con el magnífico mensaje de adhesión que habéis suscrito a vuestros compañeros de Sevilla, y habiendo sabido que espíritus ruines y caracteres innobles intentan procesar a la comisión iniciadora y redactora de tan elocuente, profundo y digno escrito, me apresuro a poner en vuestro conocimiento que de aquí a cuando sea requerida por la Justicia (si así sucede) la susodicha comisión, suscribo con mi firma el documento. 

El primero de los doce nombres de la comisión redactora que figuraba al pie de aquel escrito era el de Carlos Lamo Jiménez, estudiante de veinte años de edad, alumno de tercer curso de la carrera de Leyes y domiciliado en la madrileña calle Montera, donde su padre tiene abierta una sastrería. Anselmo Lamo y Micaela Jiménez habían decidido abandonar su residencia en Úbeda para instalarse en Madrid con el objetivo de que su hijo Carlos y su hija Regina pudieran educarse en un entorno más abierto y tolerante. Su llegada a la capital debió de producirse a finales del año ochenta y dos o principios del ochenta y tres, y Anselmo no tardó mucho en encontrar los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en Jaén. A pesar de la manifiesta comunión de ideales con Rosario de Acuña, parece que no fue él sino su hijo el primero en entablar amistad con nuestra protagonista: Carlos es presidente de una entidad cultural denominada Ateneo Familiar que ha decidido nombrarla presidenta honoraria, y ella acepta el nombramiento (⇑). Unos meses después se convierte en anfitriona de una fiesta en su quinta de Pinto a la que acuden unos cuarenta integrantes del ateneo. Entre los invitados se encuentra la familia Lamo Jiménez al completo. En el transcurso de aquella velada de ambiente familiar se alabaron los méritos de los ateneístas, se recitaron poesías, se «cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo», y también se bailó. A la hora de los brindis, habló Carlos en calidad de presidente de aquella fraternal sociedad; lo hizo también Anselmo, quien «presentó sencillamente su vida como ejemplo de lo que pueden lograr la constancia y el trabajo honrado»; la anfitriona puso fin a las intervenciones con entusiastas palabras a favor de una trinidad presente y viva: «libertad, mujer y juventud».

Copia de la firma de Carlos Lamo en una de las solicitudes de matrícula en la Unversidad Central

«Libertad, mujer y juventud»... Anselmo Lamo era lector habitual de Las Dominicales del Libre Pensamiento (consta que a principios del ochenta y cuatro colabora en la suscripción abierta para pagar una multa impuesta al semanario), vocal en la directiva del Casino Democrático de Madrid, presidente de la sección de sastres constituida en la sociedad Fomento de las Artes, secretario del comité de Coalición Republicana del distrito del Congreso, y habría leído sus escritos en el periódico de Chíes y de Lozano, y habría escuchado sus conferencias en el Fomento: «Los convencionalismos» (⇑), que pronunció en enero y «Consecuencias de la degeneración femenina» (⇑), tres meses después, en abril de 1888.  Ese debió de ser un año de gran significación en las relaciones entre los Lamo Jiménez y Rosario de Acuña, y más aún si consideramos que el 5 de abril tiene lugar la constitución del Grande Oriente Español a partir de la fusión de dos de las obediencias masónicas existentes en España. Tal era la importancia de aquella unión que la fecha dio nombre a una de las logias que se constituyó por entonces. Ni Rosario, ni Micaela, ni Anselmo, ni Carlos, ni Regina debían de andar muy lejos de las masonas y masones que la componían. Coincidirían con sus integrantes en los anhelos por conseguir una masonería más fuerte, más unida; abierta de par en par a las mujeres. También en la defensa del iberismo, tan querido por muchos republicanos de entonces, y que se habría de poner a prueba en 1890 con ocasión del ultimátum del gobierno británico a Portugal para que retirase sus tropas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique. Fue entonces cuando aquella logia decide enviar un escrito de apoyo. Lleva por título «La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués» (⇑) y está firmado por una nutrida lista de nombres, que encabeza el de Rosario de Acuña y entre los que se encuentran los de Anselmo Lamo y Micaela Jiménez, los de Carlos y Regina Lamo Jiménez.

Abandonaron las tierras de Jaén para que su prole pudiera educarse en un entorno más abierto y tolerante. Parece que lo están logrando. Carlos sigue los pasos de su padre y se ha convertido en un joven comprometido con la lucha por la «libertad de la patria» frente a los «ídolos innobles»: republicano como él (es procesado por publicar un artículo en el que afirma que no hay otro medio para el establecimiento de la república que el procedimiento revolucionario), librepensador como él (es elegido por el grupo cubano Roque Barcia como delegado en el Congreso de Librepensadores celebrado en Madrid en 1892), iberista como él (proclamando vivas a Portugal, a la península Ibérica y a la raza latina), admirador como él de aquella luchadora mujer. En abril del noventa y tres obtiene el grado de licenciado en Derecho.

La batalla de El padre Juan pone fin a su campaña de Las Dominicales (⇑). Unas fiebres palúdicas la llevan al borde de la muerte. En el verano del noventa y dos publicó un cuento en Heraldo de Madrid, precedido de una agradecida dedicatoria al doctor que la atendió en su enfermedad, en la cual anuncia que está pensando seriamente en marchar por largo tiempo, quizás para siempre, a orillas del Océano. Tan pronto como pudo tenerse en pie marchó a Galicia donde pasó algunos meses devolviendo la fortaleza a su debilitado cuerpo. Regresó a Madrid y en diciembre de 1893 presentó en el teatro Español el que habría de ser su último estreno: La voz de la patria. Tiempo después marchó de la capital, ahora para siempre, y en este viaje sí llevó consigo a Carlos Lamo Jiménez, por entonces más unido, si cabe, a quien era su guía, mentora y compañera, pues poco tiempo atrás había ingresado en la logia Española nº 176, con el nombre simbólico de Michelet.

En los últimos años  del siglo diecinueve tres personas conviven en una finca de la localidad cántabra de Cueto, por entonces situada a unos pocos kilómetros del centro de Santander. Se trata de Dolores Villanueva Elices, de su hija Rosario de Acuña y de su sobrino Carlos Lamo Jiménez. Fallecida su madre en 1905, Rosario continúa al lado de Carlos. Ambos se trasladan en 1909 a Gijón, instalándose en una casa situada sobre un acantilado, a las afueras de la ciudad. Allí los encuentra la Guardia Civil cuando en el verano de 1917 acuden para registrar la vivienda en busca de las proclamas de la huelga general:

Llega una mañana de agosto –olvidé la fecha– y a las tres empiezan a aporrear el portón de la finca. El pariente que, hace ya muchos años, se abrogó el derecho de defender mi persona y mi hogar de villanos ataques, habitaba en el piso bajo de la casa y yo en el alto. Y como nuestra vida es racional, nos levantamos y acostamos con la luz del día. «¿Llaman?», nos dijimos por el hueco de la escalera. «Yo voy», dijo mi compañero, y salió a abrir.

Aquel pariente que un día decidiera seguir los pasos de quien, en palabras de su padre, era un «ente semidivino, traído a la vida de la Humanidad para guiarla entre escorias, hacia el camino del Bien, de la Justicia, del Amor...», no solo la defendía de los villanos ataques, sino que también seguía sus enseñanzas, y como buen discípulo era capaz de hablar de avicultura (como hiciera en 1905 en Puente de San Miguel, en el municipio de Reocín, donde pronunció una conferencia titulada «Avicultura rústica») o de «La higiene en el hogar obrero» (que tuvo por escenario la sucursal de La Calzada del Ateneo Obrero de Gijón y con un título bien similar (⇑) a la leída por doña Rosario en el Centro Obrero de Santander en el año 1902). Lo que no hizo fue cumplir el encargo testamentario de «ordenar, coleccionar, corregir y publicar (poniéndole prólogo a la colección) [...] de todas mis obras literarias, publicadas o inéditas, en prosa o en verso». Será su hermana Regina quien pondrá todo su afán para intentar cumplir el deseo de su tía. A finales de la década de los veinte pone en marcha la Editorial Cooperativa Obrera, Publicaciones EC., que publicará la colección La Novela Blanca con una periodicidad quincenal. Las dos primeras entregas están dedicadas por entero a Rosario de Acuña: el número uno contiene los cuentos titulados El secreto de la abuela Justa, que da título al volumen, y El pedazo de oro, así como Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés durante la Gran Guerra; en el número dos, titulado El país del sol, se incluye un cuento homónimo y ¡España! (Estudio sobre España hecho para América). En 1933 ve la luz Rosario de Acuña en la escuela, con una selección de artículos, diálogos teatrales, cuentos o poesías de la escritora, destinados a la lectura escolar.

Sus obras. Sus maravillosas obras eran antes que todo para mí. Las palabras de mi padre me impelían a no cejar, a derrochar mi energía entera para salvarlas. Contra viento y marea. ¡Lucha de seis años que no agotaron la mina, caudal de agua purísima que es mi voluntad en este postulado por un algo inexplicable que me sostiene aún!.

Anuncio de la subasta de la casa de Rosario de Acuña (julio 1930)
¿Y Carlos? Desconozco cómo se las arregló a partir de la muerte de su mentora, a partir del momento en que dejaron de entrar en aquella casa las noventa y tantas pesetas mensuales de la pensión de viudedad de doña Rosario. Lo que sí sabemos es que obtiene la ayuda de algunos amigos de Galicia, Extremadura y Santander, así como de las logias alicantinas Numancia y Constante Alona, para hacer frente al importe de la lápida (⇑) (también del grabado y del transporte al cementerio de Ciriego) que se colocará en la tumba de su tía Dolores Villanueva con los versos del soneto que su hija le había dedicado. Sabemos también que en 1924 vendió la biblioteca (⇑) a la gijonesa Sociedad de Cultura e Higiene de Cimadevilla por mil quinientas pesetas; que a finales de la década inicia los trámites para vender la casa de El Cervigón (⇑) y que unos años antes, entre los expositores que concurren a la IV Feria de Muestras Asturiana, que se celebra en la ciudad gijonesa, figura Carlos Lamo Jiménez con una serie de objetos que se describen como «reliquias».

Probablemente no se encontrara entre los elementos expuestos la carta que Rosario de Acuña le escribiera a Fernando Mora en 1915, pero, sin duda, las frases que en la misma le dedicaba tenían  para él mayor valor sentimental que el resto:

  …no en mi soledad, porque afortunadamente no estoy sola, sino en compañía de quien hace veintiocho años, sacrificando su carrera, sus naturales talentos, su porvenir y hasta su fama, ha sabido, con paciencia generosa, atenuar el vía crucis de quien, siendo mujer, se atrevió en España, a vivir como persona y por su cuenta

= = = = = 

LOS PREVISORES DEL PORVENIR

Líneas arriba escribía que ignoraba cómo se las había arreglado Carlos Lamo Jiménez tras la muerte de su mentora, cuando ya no pudo contar con los dineros de la pensión de viudedad, que vendió la biblioteca, la casa y puso a la venta unas «reliquias» en una feria de muestras. Añado ahora que en 1927, cuatro años después de la muerte de Rosario de Acuña, se va a convertir en beneficiario de una pensión vitalicia, gracias a la previsión de aquella mujer que un día debió de preguntarse qué sería de Carlos cuando ella faltara. Veamos.

Mediada la primera década del siglo XX, la apacible cotidianidad de su estancia en Cantabria, primero en Cueto y luego en Bezana, se resquebraja. La muerte de su madre en junio de 1905 y el obligado final de su actividad como avicultora (⇑), acuciada por las pérdidas económicas derivadas del desahucio de su primera granja y del robo de gallinas en la segunda, la empujan a tomar decisiones mirando al futuro. No tardará en mudarse a Asturias, donde vivirá hasta el día de su muerte, tampoco en integrarse en Los Previsores del Porvenir, una asociación mutua de ahorro para pensiones vitalicias que había sido fundada en mayo de 1904: el asociado pagaba una cuota mensual de una a cinco pesetas, para recibir a los veinte años de su ingreso una renta anual, pagadera por trimestres vencidos.  

La opción resulta interesante, por más que ese periodo de veinte años supusiera unas perspectivas bien diferentes, pues a finales de 1906 Rosario de Acuña tenía 56 años y Carlos 38. Ciertamente él cuenta con una mayor probabilidad de poder cobrar la pensión vitalicia, pero visto lo visto, parece que de eso es de lo que se trata. El caso es que doña Rosario da el paso adelante: en el mes de enero de 1907 ingresan en la sociedad Los Previsores del Porvenir como «asociados protectores», una categoría establecida en los estatutos para quienes, en vez de ingresar la cuota correspondiente mes a mes durante dos décadas, optan por satisfacer las 240 cuotas mensuales en un solo pago.  

La opción elegida implica que no hay que darle más vueltas al asunto, que no hay que estar pendiente del pago cada uno de los meses y que solo habrá que esperar veinte años: a finales de 1926 llegará esa pensión vitalicia. 

Rosario de Acuña Villanueva no la llegó a cobrar, pues se murió el 5 de mayo de 1923, tres años antes de la fecha señalada. Carlos Lamo Jiménez, sí. En los inicios del año 1927, tras haber enviado la oportuna solicitud con el justificante de su derecho a pensión, recibe el carnet-libreta de pensionista con el número 51652-B.   

 



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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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01 octubre

131. Micaela y Anselmo


Carlos Lamo Jiménez había llegado a Madrid siendo un estudiante de bachillerato. Lo había hecho en compañía de su familia tras haber pasado buena parte de su infancia en Úbeda. En esta ciudad jiennense vino al mundo el 18 de agosto de 1868, convirtiéndose en el primero de los hijos de Micaela y Anselmo, al que pusieron por nombre Carlos Tomás de Santa Clara. Dos años después, nacerá Regina, su única hermana. Para sacar adelante a sus dos hijos, el matrimonio hubo de repartirse las tareas productivas: Anselmo, sastre de profesión, complementaba su actividad habitual recorriendo los pueblos andaluces dedicado a la promoción y venta de las máquinas de coser Singer, que por entonces se estaban introduciendo en España. Micaela, por su parte,  realizaba demostraciones del manejo de la máquina en la tienda que poseían en el pueblo.

«Huérfano miserable e ignorante», la infancia de Anselmo no debió de ser nada fácil, pero gracias a la constancia y al trabajo honrado pudo forjarse una vida independiente y una inusual amplitud de miras, que le llevaría a convertirse en un militante defensor de las ideas liberales. Esta mentalidad abierta no siempre será bien entendida por sus convecinos, razón por la cual tanto Micaela como su marido se enfrentarán a más de un contratiempo. Gracias a una de sus descendientes, la conocida abogada, escritora y feminista Lidia Falcón O´Neill, conocemos alguno de estos sucesos:

Después de un tifus, difícilmente superado con la ayuda de la medicina de la época, Micaela se vio en la necesidad de cortarse la larga cabellera que exigían las buenas costumbres y la moda. Y no quiso usar ni pelucas ni postizos. Durante varias semanas, los gritos de los chiquillos, «la pelona, la pelona», y las risas de las mujeres, la acompañaron por las calles del pueblo. El atraso de sus contemporáneos proporcionó numerosos sinsabores a mis bisabuelos. La suciedad de las casas y de las personas era comentada siempre por mi familia. Micaela tenía fama de mala mujer porque se lavaba continuamente, incluso en el bidé.

Según nos cuenta su bisnieta, la repetición de episodios similares colmó la paciencia de Anselmo y Micaela, hasta el punto de plantearse seriamente la posibilidad de trasladarse a Madrid, con objeto de que sus hijos pudieran educarse en un entorno más abierto y tolerante. La instalación de la familia Lamo Jiménez en la capital de España debió de producirse a finales de 1882, pues a principios del año siguiente Anselmo ya trabaja como sastre en la calle Montera. En julio de 1885 Carlos se matricula en el Instituto San Isidro, donde va a continuar los estudios de Bachillerato que había comenzado en el provincial de Jaén en el año setenta y ocho. Tras superar los ejercicios del Grado de Bachiller, da inicio a los de Derecho en la Universidad Central. Mientras tanto, su hermana Regina estudia Piano y Solfeo con gran aprovechamiento, pues en los concursos que anualmente organiza la Escuela Nacional de Música y Declamación obtiene un Segundo Premio en 1888 y un Primer Premio en 1889. Bien parece que las expectativas que Micaela y Anselmo se habían planteado para sus hijos se están cumpliendo.

Anuncio de la sastrería de Anselmo Lamo publicado en Las Dominicales, 17-10-1891

Será en ese tiempo, finales de 1887 o principios del siguiente año, cuando Rosario de Acuña conozca a los Lamo Jiménez. Probablemente sea Carlos, universitario por entonces y quizás afin al grupo con el que la escritora había establecido contacto tras las huelgas estudiantiles de finales de 1884 (véase el comentario 137.Yo pago la matrícula ⇑), el primero en relacionarse con ella. Lo cierto es que el hijo de Micaela y Anselmo es presidente de una entidad cultural denominada Ateneo familiar, que los miembros de la sociedad han decidido nombrarla presidenta honoraria, y que nuestra protagonista acepta el nombramiento (⇑). Del contenido de la misiva en la que da respuesta a la invitación recibida, podemos deducir que no hace mucho tiempo que Rosario y Carlos han entablado amistad y que la nueva presidenta honoraria del Ateneo familiar parece haber recuperado el ánimo, reconfortada por la vitalidad de aquel grupo de jóvenes entusiastas:

Sr. D. Carlos Lamo: Estimado amigo: empiezo por suplicarte que me dispenses el tuteo; ciertas hebrillas blancas que van tornasolando con visos de plata el oro de mi cabellera, vuelven un tantico despreocupada mi voluntad cuando se dirige hacia una juventud tan flamante como la tuya, que apenas ha dejado al tiempo trazar sobre tu rostro el albor de la primavera de la vida. […] Atiende, Carlos, y hazlo presente a tus asociados. Tengo por seguro que la regeneración española, es decir, el levantamiento de las energías laceradas y entumecidas de mi patria no se realizará sino por la juventud. ¿Vas comprendiendo tú y los tuyos por qué me congratulo tanto de ser vuestra presidenta? Vuestra generación es la España del porvenir; con ella están en los códigos del Estado: la República, sin adjetivos, sin reyes y sin histriones; la Iglesia sin autoridad devastadora, sin rentas sacadas del trabajo del pueblo contra su voluntad, y sin soberanía sobre la dignidad de los ciudadanos […] . 

Tras las profundas transformaciones que ha experimentado la vida de Rosario en los pasados años, aquel ateneo familiar se convertirá en un revulsivo para ella, será el núcleo de sus nuevas relaciones. En aquel grupo nuestra protagonista parece sentirse tan a gusto que no duda en organizar una fiesta en su villa de Pinto. Por una crónica publicada en el semanario en el que ella colabora habitualmente, sabemos que a la cita acuden alrededor de cuarenta asociados entre los que se encuentran algunos profesores, muchos alumnos y la familia Lamo Jiménez al completo. Según ha dejado escrito el cronista, en el transcurso de aquella velada de ambiente familiar se alabaron los méritos de los ateneístas, se recitaron poesías, se «cantaron cuantos himnos recuerdan los triunfos de la libertad en el mundo», y también se bailó. A la hora de los brindis muchos fueron los intervinientes. Habló Carlos en calidad de presidente de aquella fraternal sociedad; lo hizo también Anselmo, quien «presentó sencillamente su vida como ejemplo de lo que pueden lograr la constancia y el trabajo honrado». La anfitriona puso fin a las intervenciones con entusiastas palabras a favor de una trinidad presente y viva: libertad, mujer y juventud; como instrumentos ineludibles para «que las edades futuras puedan dedicarse al culto de otra trinidad, definitiva en el pensamiento humano y perenne para todas las humanidades: Dios, Naturaleza y Trabajo» .

No tardó Anselmo Lamo en encontrar los cauces adecuados para continuar la actividad que como republicano, masón y librepensador había desarrollado en Jaén. A la vista está que en todas esas facetas habrá de coincidir, al igual que su mujer y sus hijos, con Rosario de Acuña. Y aun habrá nuevos puntos en común, pues Anselmo va a adquirir cierto protagonismo en Fomento de las Artes , una sociedad de artesanos, artistas e industriales empeñada en contribuir a la emancipación de las clases trabajadoras, en cuyos salones pronunciará doña Rosario dos conferencias a lo largo del año 1888.

Parece evidente que el ochenta y ocho tuvo una gran significación en lo que respecta a las relaciones entre la familia Lamo Jiménez y Rosario de Acuña, y más aún si consideramos que el 5 de abril de ese año tiene lugar la constitución del Grande Oriente Español a partir de la fusión de dos de las obediencias masónicas existentes en España. Tal era la importancia de aquella unión que la fecha dio nombre a una de las logias que se constituyó por entonces. Ni Rosario, ni Micaela, ni Anselmo, ni Carlos, ni Regina debían de andar muy lejos de los hermanos masones que la integraban (tampoco de las hermanas, pues la logia 5 de abril del 88 lo era de adopción, esto es, que, al igual que la alicantina Constante Alona donde se inició nuestra protagonista, permitía la presencia de las mujeres). Coincidirían con sus integrantes en los anhelos por conseguir una masonería más fuerte, más unida; abierta de par en par a las mujeres. También en la defensa del iberismo, tan querido de muchos republicanos de entonces, y que se habría de poner a prueba en 1890 con ocasión del ultimátum del gobierno británico, mediante el cual pretende que el ejército portugués retirase sus tropas del territorio comprendido entre Angola y Mozambique. Fue entonces cuando aquella logia decide enviar un escrito de apoyo a sus hermanos portugueses. Lleva por título «La logia 5 de abril del 88 al pueblo portugués» (⇑) y está firmado por una nutrida lista de nombres, que encabeza el de Rosario de Acuña y entre los que se encuentran los de Anselmo Lamo, Micaela Jiménez, Carlos Lamo y Regina Lamo.

Aquella jovencita que había sido recibida en audiencia privada por Pío IX, que había saludado alborozada la entrada en Madrid de Alfonso XII, que se había sentido plenamente integrada en la burguesía isabelina, católica y liberal, con una vela puesta en el Cádiz de las Cortes y la otra en el Vaticano, con un ojo en el pariente Francisco de Paula Benavides y Navarrete, primero obispo y luego cardenal, y el otro en el progresista Pascual Madoz, comandante del subteniente de las Milicias Felipe de Acuña, sabe que ya no pertenece al grupo social en el que se crió. Las relaciones con la familia de su marido se han roto por completo; de las que mantiene con la suya poco sabemos, pero parecen haberse enfriado en grado sumo; sus antiguos conocidos, muchos de ellos representantes aventajados de aquella sociedad ostentosa y enfermiza que tanto ha criticado, parecen haber desaparecido. Republicana, masona y librepensadora, encuentra en la familia Lamo y Jiménez nuevos vínculos que mantendrá hasta la muerte.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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