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20 agosto

125. La pesada losa de Rienzi


Tan sólo tenía veinticinco años y el éxito de Rienzi (⇑) le había situado en el centro del escenario; los ojos de cuantos tenían algo que decir en el mundo del teatro nacional estaban puestos sobre ella. Todos esperaban el estreno de una nueva obra para poder confirmar que aquella joven había llegado para quedarse; que de su fecunda y ardorosa inspiración podían surgir primorosos dramas; que Rosario de Acuña Villanueva podía convertirse en la sucesora de la Avellaneda.

Imagen de la portada de Rienzi el tribuno
Ella sabía de la sorpresa y admiración que aquel estreno había causado. Conocía las alabanzas de Manuel de la Revilla, de Peregrín García Cadena, de Ramón de Navarrete, Asmodeo. Sabía que Rienzi le brindaba la  oportunidad de consagrarse como poeta dramático, de alcanzar la gloria literaria, de agradecer los desvelos que su padre había realizado para ilustrar a su hija semiciega, de colmar de orgullo y satisfacción a los suyos... Lo sabía bien. Y fue pronto consciente de ello, pues pocas semanas después del estreno escribe en el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑) lo que sigue:

  «…él me sirvió de carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada del Parnaso, y aunque en el número de orden sé que estoy de los últimos, no por eso dejo de vanagloriarme de haber logrado siquiera la aproximación a los umbrales de tan hermoso reino…»

 En efecto, sabía de los parabienes que su primer drama había cosechado, pero también de los defectos que los críticos habían encontrado en Rienzi, achacables –según opinión compartida– a la inexperiencia de la autora. García Cadena habla de elementos desordenados y señala que «el conjunto está desprovisto de cohesión y de sólida contextura». Manuel de la Revilla, por su parte,  afirma que es un drama «mejor sentido y escrito que pensado, lleno de inexperiencia», por más que también diga  que la obra rebosa inspiración, que los personajes están «vigorosamente acentuados», que la autora utiliza recursos atrevidos, versificación robusta, bellas imágenes y hermosos pensamientos.

Era consciente de que se encontraba a la puerta que daba acceso al Parnaso; también de que  franquearla o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación, de su segundo drama. ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Las dudas acechan; la responsabilidad cobra entonces mayor presencia que cuando escribiera Rienzi; la inseguridad se va abriendo camino... Por si fuera poco, se encontraba lejos de todo, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla...

Bien. De la necesidad se hace virtud: está en Zaragoza, pues Zaragoza será el escenario. Su segundo drama  estará ambientado en la heroica defensa de la capital zaragozana durante la Guerra de la Independencia. Se llamará Amor a la patria (⇑). Una vez tomada la decisión, no queda más que coger la pluma y aplicarse a la labor, por más que las dudas surjan una y otra vez. La presión no aminora cuando la obra está concluida. ¿Será buena?, ¿estará a la altura de lo que de mí se espera? ¿Estrenarla en Madrid o mejor en Zaragoza? ¿Qué dirá la crítica?... Dudas y vacilaciones que seguían acechando, hasta tal punto de que a ellas bien pudiera deberse el hecho de que usara un seudónimo –por primera y única vez– cuando a finales de noviembre de 1877 se estrenara la obra en la capital aragonesa.

Y con el estreno de su segundo drama no se aquietó su ánimo, por más que fuera aclamado por el público, por más que fuera alabado y aplaudido por José Ortega y Munilla. No, las dudas persistían, los temores seguían al acecho. Así que, apenas unas semanas después del segundo estreno, cuando las fiestas navideñas la retornan a Madrid, llama a algunos de sus amigos escritores para pedirles auxilio y consejo. A su llamada acuden, al menos,  José Echegaray, Francisco Pérez Echevarría, Gaspar Núñez de Arce y Ramón Rodríguez Correa. La velada tuvo por protagonista el teatro: se leyó el único acto de la obra recién estrenada  y se trataron los problemas que se encontraba su autora para estrenarla en Madrid; también se habló de un nuevo proyecto en el cual la joven poeta estaba trabajando... Y todos se dieron cuenta del estado en que se encontraba su anfitriona. Rodríguez Correa nos lo cuenta:

...al ver el decaimiento de la autora para escribir más dramas, en vista de las dificultades que se experimentan para ponerlo en escena, dificultades que si forman una carrera de obstáculos para un hombre, son casi insuperables para una dama, todos los que allí estábamos, dejando aparte la galantería, exigimos y obtuvimos la promesa de ver pronto en el mundo un hermano de Rienzi, comprometiéndonos todos a que si el niño nacía viable correríamos con los afanes y cuidados de sacarle de pila.

Pocos meses después, los asistentes a aquella velada son convocados de nuevo para asistir en el teatro Español de Madrid a la lectura de Tribunales de venganza (⇑), un drama en tres actos inspirado en las Germanías valencianas. De nuevo es Rodríguez Correa quien nos cuenta las impresiones de los presentes tras aquella lectura:

...causó el entusiasmo de cuantos le oíamos, en lo que se refiere a la forma bellísima literaria y a la admirable sujeción a la verdad histórica de su asunto y personajes. Todos opinamos que el drama tenía un flaco y era el segundo acto en el que, además de parecer más premiosa la inspiración de la autora, se acumulaban recursos que podían comprometer el éxito de la obra. En cambio, la nitidez de la exposición en el primer acto y las maravillas de versificación, de majestad y de grandeza que formaban el tercero, reducido a una protesta elocuente y en acción contra la pena de muerte por delitos políticos, constituía un asunto que debía ser simpático en la época moderna, y en cuya representación no había peligro si se llegaban a salvar los inconvenientes que a nuestro juicio ofrecía la representación del segundo acto.

Después de algunas dificultades y más de un retraso, el martes 6 de abril del año ochenta se estrena el drama en el escenario del teatro Español. Su autora no utiliza en esta ocasión un seudónimo, pero su nombre no es conocido por el público. Parece que las dudas continúan. Están presentes hasta tal punto que, según cuentan las crónicas, Rosario de Acuña no asistió al estreno, y ello a pesar de haberse trasladado de Zaragoza a Madrid con esa intención. Dicen que, a última hora, decidió no acudir y pasar la noche en Aranjuez.  Allí se entera de que, finalizado el primer acto,  los presentes aplauden y llaman al autor al escenario, pero se mantiene la incógnita.  Entre aplausos se escucha el segundo, volviendo a pedirse al final el nombre del autor, que continúa sin saberse. Se aplauden varios trozos del tercer acto, pero al caer el telón y ser llamado nuevamente el autor, se establece una división entre el público.

Dicen que alguien de su entorno se encontraba en el teatro, y que comunica por telegrama el resultado. Al conocer el inconsistente veredicto del público, Rosario de Acuña toma una drástica decisión: aquella sería la primera y también la última representación del drama, no habría más. Las dudas que albergaba desde que Rienzi la hubiera llevado hasta las puertas de la gloria, no se disipaban. Sus amigos escritores le habían aconsejado que modificara el segundo acto, y el público lo aplaudió;  alabaron el tercero («maravillas de versificación, de majestad y de grandeza»), y al público no le convenció...

Cuatro años atrás, cuando el estreno de Rienzi, público y crítica habían coincidido en las alabanzas. Amor a la patria, que cosechó el aplauso de sus nuevos vecinos zaragozanos, seguía siendo desconocido por la crítica madrileña. Y ahora que, ilusionada por el aliento de los próximos,  había conseguido volver a estrenar en Madrid: para Tribunales de venganza, la tibieza, la división de opiniones. El éxito cosechado por Rienzi constituía una pesada losa. Los dos dramas que había escrito después no habían conseguido brillar a la misma altura. Rienzi era la medida. El cronista lo resume perfectamente: «Tribunales de Venganza contiene grandes bellezas líricas; como drama vale mucho menos que Rienzi, primera y afortunada tentativa teatral de su aventajada autora».

La pesada losa de Rienzi estará siempre presente; hasta el final; hasta el estreno de su último drama. A finales de 1893 estrena La voz de la patria (⇑), con el cual retorna en buena medida al ámbito más literario, tras el paréntesis militante que supuso El padre Juan (⇑). Aquella obra supone su último intento de superar la alargada sombra de Rienzi:

Al llevar al tribunal de la pública opinión este drama, no es factor insustituible mi presencia en el teatro: no es obra de lucha, de controversia; es el eco de una realidad del presente; no se trata en él de sellar, con la vida si fuera preciso, la libertad de conciencia, de pensamiento; anexo a él no va más que el hecho escueto de la aprobación, o repulsa, hacia un talento literario: ¡Triunfo o derrota baladí, porque es personalísimo, esencial a mí, sin trascendencia para la ejemplaridad, para el apostolado del progreso!...




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10 junio

115. Un amor entre dos quintillas


Preguntado don José Echegaray por su opinión acerca de la obra Rienzi el tribuno (⇑) el día de su estreno, contestó lo que sigue:

Una maravilla. No se parece a ninguna de las Safos del siglo; hace resonar los viriles acentos del patriotismo, y siente la nostalgia de la libertad como si fuera un correligionario de don Manuel Ruiz Zorrilla. Una mujer muy poco femenina.

A lo cual su interlocutor se apresuró a contestar: «No lo crea usted, don José. Tiene la muchacha novio y está muy enamorada de él». Y al preguntarle el señor Echegaray por «el afortunado mortal», consigue averiguar que se trata de «un capitán de infantería».

Ciertamente, como señala el acompañante de don José, Rosario de Acuña Villanueva tiene por novio a un joven militar, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra. Lo sabía de primera mano, pues se trata del también escritor Emilio Gutiérrez Gamero, cuñado del novio de la señorita de Acuña.

Dos meses después del estreno de Rienzi el tribuno, el jueves 27 de abril de 1876, la escritora y el militar se otorgan mutua promesa de fidelidad ante el católico ministro y sus respectivas familias. La «muy enamorada» y joven esposa escribe en un ejemplar del drama la siguiente dedicatoria:

A mi marido:
Sobre palmas de laurel
entré en la escena española;
allí me encontraste, sola;
¡no lo olvides, Rafael!

Fragmento del fresco El triunfo de Galatea, pintado por Rafael Sanzio en la Vila Farnesiana

Tras la boda, la pareja pasa su luna de miel por tierras de Andalucía. A su regreso, y casi sin tiempo para casi nada, deben volver a partir para  iniciar una nueva vida lejos de su Madrid natal, pues a Rafael le han destinado al Depósito de Ultramar que tiene su sede en Zaragoza. Y hacia allí se encaminan la noche del veintinueve de junio.

Una vez en la capital aragonesa, la pareja podrá lucir sus mejores galas: al capitán le ha sido autorizado el uso de la Medalla Conmemorativa de la Guerra Civil; la escritora, probablemente estimulada por el ambiente militar que la rodea, estrenará en un teatro local un nuevo drama dedicado a «los nobles descendientes de los inmortales zaragozanos de 1808» (Amor a la patria).

A finales de enero de 1880 el militar es dado de baja en su anterior destino, pasando entonces a la situación de reemplazo con la misma residencia; posteriormente es autorizado a trasladar sudomicilio a Madrid, manteniendo la misma situación. Finalizaba el año cuando Rafael, que ya debe tener tomada la decisión de abandonar el ejército, se traslada a Alcalá la Real (Jaén) donde le han ofrecido desempeñar el puesto de agente del Banco de España, para lo cual obtiene de las autoridades militares el oportuno permiso de residencia. En marzo del siguiente año pasa a la situación de supernumerario sin sueldo por el término de tres años «a fin de dedicarse a asuntos de familia»,obteniendo seguidamente autorización para residir en Pinto, una pequeña localidad del sur de la provincia, donde el matrimonio ha construido una pequeña quinta campestre. Han pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron ir tal como se habían imaginado. Rosario nos da alguna pista al respecto cuando, refiriéndose a esta época, señala:

Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre...

 Los cambios de residencia y de trabajo (regreso a Madrid y posterior traslado a Pinto; Rafael queda desligado temporalmente del ejército y pasa a desempeñar un puesto en el ministerio de Fomento) parece que obedecieron a los acuerdos que toma la pareja después de que se hiciera evidente que las cosas no iban bien entre ellos. De todas formas aquella situación no habría de durar. En el mes de enero de 1883 la escritora, y campesina, recibe un duro golpe al producirse el fallecimiento de su padre. En ese mismo mes Rafael cesa en su puesto como visitador en el ministerio. Todo se acabó.

En el mismo ejemplar de Rienzi el tribuno que siete años atrás había dedicado a su marido, Rosario registró la fecha de la ruptura, añadiendo a la primera quintilla esta otra que aquí se escribe:

27 de abril de 1883:
¡Siete años de ayer a hoy!
Vivo entre penas, sin gloria...
Tienes mi cuerpo... ¡la escoria!
Sola estaba; sola estoy.

A partir de mayo Rafael ya se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer continúa en la casa de Pinto. Ya no volverán a vivir juntos; por lo que sabemos, fue una separación amistosa (⇑): legalmente Rosario de Acuña seguirá estando casada y desde enero de 1901, momento del fallecimiento de  quien seguía siendo su marido, se convirtió en la viuda del señor Laiglesia y Auset (⇑).




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03 junio

114. Ostracismo zaragozano


Hace tres o cuatro años estrenábase en el incendiado teatro de la plaza del Rey una obra escrita con vigoroso estilo, en versos sonoros y armoniosos, abundante en situaciones dramáticas y en bellezas literarias. Titulábase Rienzi el tribuno (⇑), y obtuvo un grande y legítimo éxito. Su autora era la señorita doña Rosario de Acuña, quien en pocas horas alcanzó merecida reputación por su talento. Algunas muestras dio de él en revistas y periódicos; pero después la joven e inspirada poetisa enmudeció totalmente; más aun, desapareció de Madrid.
¿Qué había sido de la elevada musa que nos prometía composiciones no menos notables que las publicadas? ¿Qué de la autora colocada desde su primer paso al nivel de los más aventajados ingenios?
Algunos decían que, trocando la corona de laurel por la de azahar, se había unido a un bizarro militar; otros que había renunciado a la gloria por deberes sagrados o imperiosos; pero ninguno precisaba sus informes, ninguno sabía con exactitud el paradero de Rosario de Acuña...

Tras el éxito de Rienzi todo fue muy rápido. Cuatro meses después, el 20 de abril de 1876, firma el prólogo de su poemario Ecos del alma (⇑); dos días más tarde contrae matrimonio con el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset y no tardando parten de viaje de novios hacia Andalucía; a finales de junio se trasladan a vivir a Zaragoza, ciudad a la que ha sido destinado el militar. A partir de entonces muchos fueron los que le perdieron la pista, como bien señala Asmodeo (seudónimo de Ramón de Navarrete) en el texto anterior, publicado en La Época el 15 de enero del año setenta y nueve.

Aquel traslado debió de suponer un cambio muy brusco en su vida. Basta leer el Prólogo para darse cuenta de que, tras el éxito de su primer drama, la joven autora sabe que está ante la puerta que da acceso a algo grande. Siente que, en efecto, se halla al comienzo de un largo camino que la puede llevar al olimpo literario, a alcanzar esa gloria inmarcesible, por utilizar un adjetivo muy frecuente en sus escritos. Sabe también de las dificultades que le aguardan y la lejanía de la corte no le facilitará nada las cosas.

Vista de la iglesia de la Virgen del Pilar tomada desde el Ebro (La Ilustración Española y Americana, 15-10-1880)

Desde la distancia procura mantener abiertos sus contactos en diarios y revistas. En agosto La Moda Elegante publica su poesía El canto del poeta (⇑); antes de que el año termine Revista Contemporánea,  tres sonetos (Casualidad (⇑), Europa (⇑) y Al siglo XIX ⇑). No obstante, Madrid queda lejos y a Rosario no le queda otra que intentar asentarse en su nueva ciudad. Así que unos meses después de su llegada, tiene lugar el estreno de Rienzi el tribuno (⇑) en el teatro Principal de la capital aragonesa. Fue todo un éxito: la autora tuvo que subir a escena llamada varias veces aclamada por un público entregado que obsequió a la autora con flores, palomas y coronas.

A pesar de los aplausos Madrid estaba, ciertamente, muy lejos y durante el año 1877 su firma parece haber desaparecido de los periódicos. Se dedica a su segundo drama, Amor a la patria (⇑), dedicado a los hijos de Zaragoza y estrenado en dicha población a finales de noviembre (curiosamente lo hizo ocultando su nombre tras el seudónimo Remigio Andrés Delafon) sin que apenas llegase eco alguno a la prensa madrileña, la cual tan sólo se dio por enterada cuando más de un año después, en los inicios del año 1879, se puso a la venta en las principales librerías madrileñas y los críticos recibieron un ejemplar de la obra. 

Tan lejos estaba Madrid que, en una de las escasas ocasiones en las cuales regresa a su ciudad, aprovecha para reunirse con algunos escritores amigos para presentarles tanto Amor a la patria (⇑), como Tribunales de venganza (⇑), su tercer drama, inspirado en la Germanías de Valencia y que también había escrito en Zaragoza. De Echegaray, Rodríguez Correa o Núñez de Arce recibía no sólo el atinado consejo, sino también el empuje y el ánimo que parecía faltarle en la lejanía. Parecía evidente que echaba de menos aquellas tertulias.

Alejada como estaba de lo que constituía el principal centro literario del país, no dudaba en enviar alguna de sus composiciones cuando en la capital se organizaba algún evento de relevancia. Tal sucede en febrero de 1879, cuando en el Teatro de La Comedia se celebra una función destinada a recaudar fondos para la construcción de un mausoleo para los restos del actor Julián Romea. Tras la representación de la comedia en tres actos Por derecho de conquista, de Manuel Catalina y de la pieza cómica Una de tantas de Bretón de los Herreros, alguno de los actores presentes proceden a dar lectura a algunas poesías, entre ellas la que envió Rosario de Acuña para la ocasión y que lleva por título A Romea (⇑):

[...]

Allí está: ¡de su voz el eco suave
tranquilo y reposado,
sarcástico o cruel, agudo o grave,
triste o apasionado, jamás descompasado,
señala con fijeza
de su genio coloso la grandeza! [Sigue...⇑]

Meses después son los damnificados por las inundaciones que han asolado la huerta murciana, quienes reciben el homenaje y los fondos obtenidos en la velada teatral que tiene lugar en el teatro Español. Rosario de Acuña envía desde Zaragoza su poesía Una limosna para Murcia (⇑):

[...]

Desdichados de aquellos que no lloran,
cuando su hermano vive acongojado.
¿Qué pueden esperar? ¿Qué bien o dicha
habrán de conseguir, sin el yerto pecho
al ajeno dolor se encuentra estrecho
desoyendo el clamor de la desdicha? [Sigue...⇑]

Tan lejos queda Madrid que, a pesar de haber escrito esta poesía, su nombre no se encuentra en El Libro de la caridad, un voluminoso ejemplar  publicado en 1879 –«a expensas y de orden espontánea de SM el Rey»– y dedicado «por los poetas que lo escriben al socorro de las víctimas de las inundaciones en las provincias de Levante». En sus páginas se encuentran las firmas de unos ochenta poetas, afamados algunos  y otros no tan conocidos. Allí están las de Julia de Asensi,  Emilia Pardo Bazán, Ángela Grassi, Dolores Cabrera, Joaquina Balmaseda, Josefa Estévez, Blanca de los Ríos, Joaquina Oliván, Faustina Sáez, Francisca del Riego, al lado de las de José Echegaray, Adelardo López de Ayala, Pedro Antonio de Alarcón, José Zorrilla o Gaspar Núñez de Arce. No está el suyo.

Tan lejos queda Madrid que durante los años que pasó en Zaragoza el correo se convirtió en su principal nexo con la capital. El correo... y la escritura.




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Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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23 abril

108. Cervantes: ¡¡Yo te saludo!!


Extraño resulta que una admiradora confesa de Miguel de Cervantes no hubiera dado a la imprenta detalle alguno de tal sentimiento. Ni siquiera en aquel tiempo en el cual –joven escritora, poeta que no poetisa– prodigaba laureles de admiración a los integrantes del parnaso nacional. Si en 1875 imitaba a Espronceda en El canto del poeta (⇑) y con unos pocos años más a sus espaldas glorificaba a Calderón (Pasan los siglos, pasan las edades... ⇑), Bécquer (Ya eres polvo, ya nada de lo que eras... ⇑) o a Echegaray, (Como el cóndor en la región serena... ⇑), nada encontrábamos que hubiera sido escrito para alabanza y gloria de don Miguel. A nuestro alcance sí que teníamos alguna pequeña muestra de su honda admiración, como aquel comentario en el que define al Quijote como  «evangelio de purezas y enseñanzas», en la carta que remite a Baldomero Villegas (⇑) con ocasión de la celebración del III centenario de la muerte de su autor, hace de esto cien años.

Uno de los grabados que sugieren la supuesta fisonomía de Cervantes

Sabiendo de su pasión por la lectura, conociendo por sus palabras que los suyos la habían alentado desde la más tierna infancia, ¿a qué dudar que tuviera a su alcance alguna edición del Quijote? Quizás en su niñez su padre le leyera algunos fragmentos cuando sus ojos no podían hacerlo por sí mismos; quizás imaginara las aventuras del simpar caballero en las páginas de El Quijote de los niños, publicado en 1861, cuando ella aún no había cumplido los once años. Tal vez allí viera el retrato de Cervantes realizado por Daniel Urrabieta, que acompaña estas líneas. Quizás, años después, mudara aquella imagen por la que ella misma moldeara al leer la descripción que de sí mismo realiza don Miguel en el prólogo de sus Novelas ejemplares («Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva...»). Muchos «quizás», algún «tal vez»... suposiciones todas. Hora es que aportemos alguna certeza, algún testimonio escrito.

 
En 1905 se publicó el libro La casa de Cervantes en Valladolid, obra de Fidel Pérez Mínguez, en cuyas páginas se dan a conocer diversas circunstancias relacionadas con la vivienda vallisoletana que ocupó Miguel de Cervantes en los inicios del siglo XVII. Relata los pormenores de la creación en 1875 de una sociedad artística y literaria que tenía por objeto dar mayor realce a la histórica casa, sin descuidar el papel de conservación que había venido realizando hasta entonces una junta conservadora en la que figuraban diversos miembros de la familia propietaria. También de la apertura el día 23 de abril de ese mismo año de un álbum dedicado al autor del Quijote, «en cuyas páginas habrían de estampar cuantos visitasen la histórica casa, el pensamiento que les sugiriese la vista de la humilde morada». Y entre los textos recogidos se encuentra el de doña Rosario de Acuña:

«¡Gloria a tu nombre, ilustre mártir de la inteligencia! Tu corona de espinas la has trocado por la inmortal de la gloria. Bendita la Justicia Eterna, que graba en la historia del mundo el nombre de los genios. ¡¡¡Yo te saludo!!!

Ahí está la certeza, el documento que prueba no sólo su admiración sino su visita a la que fuera la casa vallisoletana del genio. El único problema es que no figura la fecha. Aunque pudo tener lugar en cualquier momento, dada la cercanía de la ciudad vallisoletana, sabemos que en 1877 doña Rosario se desplazó de Zaragoza, donde residía con su marido, a Valladolid para dirigir los ensayos de su drama Rienzi el tribuno, cuya representación tiene lugar en el teatro de Calderón en los primeros días del mes de abril. 

Cuadra bien esa fecha de abril de 1877 con el evento que a continuación se refiere  y que también tiene a Miguel de Cervantes Saavedra como protagonista.  Resulta que para el día 23 de ese mes y de ese año, en Zaragoza, lugar de residencia por entonces de Rosario y Rafael, han organizado un homenaje al autor del Quijote y con tal motivo le piden unos versos a nuestra protagonista (¡Al fin!). El 23 de abril de 1877 se da lectura a la poesía titulada «A Cervantes», obra de doña Rosario de Acuña Villanueva, exitosa autora del drama Rienzi el tribuno. A la hora de elegir, la poeta se pone en situación, se ambienta en la época del genio, y opta por la quintilla, una estrofa muy utilizada en el teatro clásico del Siglo de Oro.

Me dijeron sin por qué,
que escribiese para ti,
por ser galante accedí,
mas luego que lo pensé,
juro que me arrepentí.

Que ni tú puedes hallar
 dignos de ti mis cantares,
ni yo te puedo cantar,
que no se debe pulsar
la lira con los pesares.

Y, ¡por Cristo!, que sin ver
 el puro azul de los cielos,
nadie llegase a creer,
ni pudiera florecer
la primavera entre hielos.

¿Qué ofrece tu vida, di?
¡El cáliz de la amargura
y algún placer baladí,
de esos que llaman aquí,
yo no sé por qué, ventura.

Después el triunfo en la historia
cual sólo a los genios cabe
de tu calvario a la gloria
subiste, cual sube el ave
hasta el sol desde la escoria.

¿Y yo te puedo seguir
a esa región infinita?
¿Puedo mis fuerzas medir
donde se empieza a vivir
en atmósfera bendita?

Inútil empeño el mío;
ni aun sintiendo mucho brío
conseguiría mi anhelo,
porque es muy grande el vacío
desde la tierra hasta el cielo.

Crúcelo cual torbellino
quien pueda, por el camino
del arte, seguir tu paso,
en tanto se hunde en ocaso
la estrella de mi destino.

Con los últimos fulgores
y entre sus campos mejores
te mando cuanto se encierra
de inspiración y de amores
en esta cárcel de tierra.

Y si llega la armonía
que hoy el Parnaso te envía
hasta ese cielo en que flotas,
¡Cervantes! entre sus notas
hay una del alma mía.


Quiso el afán, y también la casualidad (¡quien busca –y busca, y busca, y...– halla!), que el autor de estos comentarios diera con esta poesía titulada «A Cervantes» en un lugar próximo, y un tanto alejado de donde tuvieron lugar. Fue publicada en la edición correspondiente al 18 de mayo de 1877 del diario La Mañana, subtitulado «Diario político» y editado en León, en cuya biblioteca se conserva.

 
Quiso el afán, y también la casualidad, que, por fin, supiéramos la fecha exacta en la que Rosario de Acuña visitó la Casa de Cervantes en Valladolid: fue el ocho de abril de 1877, tal y como se recoge en la información publicada días después en El Norte de Castilla, y que coincide, como era de suponer, con su estancia en la capital castellana para asistir al estreno de Rienzi el tribuno en el teatro Calderón.




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El Bosco: Extracción de la piedra de la locura (fragmento), Museo del Prado 252. En la prensa internacional
No sólo contábamos con sus publicaciones en la prensa española, también había otros escritos suyos en los periódicos de México, Argentina, Puerto Rico, Portugal, Cuba, Estados Unidos o Francia; tan solo había que esperar que alguien se preguntara...


Teodomiro Menéndez Fernández (Oviedo, 1879-Madrid, 1978). Fotografía publicada en 1918182. Amigo Teodomiro
Cierto es que manifestó que no se consideraba socialista en el sentido dogmático y científico de la palabra, pero no es menos cierto que colaboró en algunas de sus iniciativas y que mantuvo buenas relaciones con unos cuantos...




Retrato de Rosario de Acuña publicado en Heraldo de París en 1900132. Un retrato "robado"
Heraldo de París se honra publicando el retrato, que debemos a feliz casualidad, de doña Rosario de Acuña. Tenemos la certeza de que con ello desagradamos a la amiga; pero debemos este homenaje a la primera española contemporánea, la primera...



Lidia Falcón en el Centro de Cultura Antiguo Instituto (Gijón)87. Lidia Falcón: un merecido homenaje
Faltaban pocos días para la huelga general y no se cansó de decirnos que ya estaba bien de propuestas de futuro y de teorías, que lo que había que hacer era salir a pegar carteles y a convencer...


Fragmento de la noticia publicada en la revista municipal Pinto. Información y ocio, nº 143, junio 200948. El Centro Municipal Rosario de Acuña de Pinto
Los vecinos de Pinto deciden que el Centro de la Mujer de la localidad ostente el nombre de Rosario de Acuña. El resultado de la votación viene a poner de manifiesto el cariño con que los habitantes de Pinto recuerdan a quien durante...


Rosario de Acuña y Villanueva. VIDA y OBRA (⇑)

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