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sábado, 19 de noviembre de 2016

138. Arreglos florales



¡La naturaleza!, o, como ella prefería escribirla, «Naturaleza», así con mayúscula, era la fuente de todas las bondades, de todos los bienes, de todas las bellezas. Y nos dejó páginas y páginas en las que describe con deleite riscos y montañas, analiza el comportamiento de los animales, proclama sus efectos salutíferos, por ella comprobados. Páginas llenas, también, de flores, de muchas flores. 

Imagen del cuadro Muchacha en un jardín haciendo ramilletes, del pintor barroco Tomás Yepes

En cuanto abandonó la ciudad y se fue a vivir al campo, a la casa que mandó construir en las afueras de Pinto, se rodeó de flores: «guirnaldas de rosas y de pámpanos en sus ventanas; entoldaba sus cenadores con madreselva y enredaderas». Más que un jardín, lo que ella tenía en su Villa-Nueva era un trozo de Naturaleza prendido al lado de su vivienda.

...vuestro jardín ha de semejarse en todo a obra de la naturaleza, y no a un artefacto industrial: las plantas, creciendo libres y mezcladas, sin otro orden que el necesario para su mayor desarrollo y amplitud; las flores estacionales, brotando al natural impulso de los agentes creadores de la atmósfera, ni forzado su desarrollo en cálido invernadero, ni perturbada su generación por el ensanchamiento y multiplicidad de sus pétalos; que a la vez haya entre ellas flores campestres las más bellas y admirables de todas las flores: vuestro jardín ha de ser todo lo más rústico y natural que sea posible en un recinto plantado y cuidado por la mano del hombre; pero tanto como sencillo, ha de ser rico en abundancia de flores y plantas; que podáis coger las rosas, las lilas, las azucenas, los claveles, los jazmines, las dalias, el geranio y la verbena, materialmente a cargas...

Tanto le gustaban que, cuando la ocasión lo requería, ése era su regalo: un buen ramo de flores. Tal fue el obsequio que envió al madrileño teatro Español –«una bandeja con ramos de flores» y un abanico seda y concha– con ocasión del homenaje tributado a la actriz Elisa Mendoza Tenorio en abril de 1880.

Andando el tiempo, su situación económica  empeora hasta el punto que el hecho de encargar un ramo de flores para hacer un obsequio constituye todo un lujo para su bolsillo. No por ello deja de regalar flores. Claro está que desde entonces son sus manos las que las cortan; son sus manos las que dan forma, las que preparan los ramos y las coronas.

Tras el abandono obligado de su quinta Villa-Nueva, no tardó Rosario de Acuña en tener otro huerto repleto de plantas. Primero fue en Cueto y más tarde en Bezana. Allí  residía en 1906, cuando la muerte se encontró con el escritor santanderino José María de Pereda. Su entierro constituyó todo un acontecimiento social en la capital cántabra, donde cerraron la mayoría de los establecimientos en señal de duelo. Con todo, la prensa destacó un aspecto singular:  «Al pasar la fúnebre comitiva por el pueblo de Bezana, la ilustre escritora doña Rosario de Acuña colocó sobre el féretro una soberbia corona de flores naturales». Este sucedido, que  la única corona que embellecía el féretro de quien fuera persona de hondas creencias católicas hubiera sido elaborada por las cariñosas  manos de persona tan «apasionadamente anticlerical» como nuestra protagonista, sorprendió tanto como el hecho de que el diseño del panteón en que habrían de reposar los restos de Pereda fuera obra de Benito Pérez Galdós.

Cuando, años más tarde, las flores que adornan su vida crecen en El Cervigón, son las páginas de la prensa gijonesa las que nos dan cuenta de otros arreglos florales, de otras coronas. Sus destinatarios no son por  entonces actrices famosas o célebres escritores, no. Sus regalos son reconocimientos postreros a quienes contracorriente deciden que sus restos reposen en el cementerio civil. Tal sucede en abril de 1914, recién regresada de su exilio portugués. Es entonces el féretro de un obrero gijonés, de nombre Rafael Díaz Secades, miembro de la Agrupación Socialista Gijonesa y de la sociedad El Despertar, el depositario de un ramo que doña Rosario había elaborado con las flores de su huerto. Al año siguiente, también en abril, la familia de Guadalupe de la Campa  y Trabanco, suegra del conocido dirigente obrero Pedro Sierra, es quien agradece a la ilustre escritora «por la atención que ha tenido al enviar un magnífico ramo de flores que se colocó sobre el féretro». En 1917 tendrá lugar el entierro civil de Julián Moreno Villazón,  «excelente ciudadano de ideas sanas y progresivas». No falta entonces el ramo de flores enviado por doña Rosario de Acuña y Villanueva. 

Más sorprendente resulta el último caso al que me voy a referir. No se trata ni de un ramo, ni de una corona de flores. El arreglo floral que realiza nuestra librepensadora tiene forma de aeroplano. Sí, de aeroplano. Veamos. En el verano de 1916 la gijonesa sociedad Arte y Sport organiza un homenaje al aviador Valentín Díaz en un restaurante gijonés. Una vez dispuestos los comensales a dar cumplida cuenta del banquete, llama la atención de los presentes el arreglo floral situado en la mesa presidencial. Se trata de  «un hermosísimo aeroplano, hecho de flores, obra y regalo de la ilustre escritora doña Rosario de Acuña, admiradora del aviador desde que pudo apreciar sus vuelos desde el retiro de El Cervigón». Las alas del aparato estaban hechas con claveles, figurando la bandera española.  De las hélices del aparato pendía una tarjeta que decía:

Al señor don Valentín Díaz: Aunque ese aeroplano no vuele, él lleva, como trabajo de mis manos, mi admiración y agradecimiento por los hermosos vuelos con que nos obsequia usted.


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